Más allá del fin de la tierra: Prolongación Jacobea (Santiago-Fisterra-Muxía-Santiago)

Provincia: A Coruña

Distancia: 210 km aprox. (i/v)

Mapa:

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Track: Descargar FisterraMuxia.gpx

Descripción:

Menos conocido que sus hermanos mayores –o, quizás, sus progenitores- que acaban en Compostela, el camino desde Santiago a Fisterra y Muxía es una interesante elección para pasar unos pocos días pedaleando por los lejanos confines del noroeste peninsular que rebosan arte, cultura y paisajes de vértigo.

Esta “Prolongación Xacobea a Fisterra e Muxía” está algo menos saturada que las rutas del Camino más publicitadas y, sin embargo, cuenta con infraestructuras más que suficientes para adentrarnos sin sobresaltos en el peculiar mundo de las peregrinaciones jacobeas. Una de las ventajas que ello conlleva es que podremos pernoctar a un precio asequible sin necesidad de acarrear la tienda de campaña, haciendo uso de la red de albergues de peregrinos que, ya sean públicos o privados, no ofrecen grandes lujos pero sí un techo firme donde resguardarnos de las frecuentes lluvias gallegas.
Para ello no debemos olvidar hacernos con la credencial del peregrino que iremos sellando en nuestro camino y que nos dará acceso a estas instalaciones (aunque debemos tener en cuenta que los públicos no admiten reservas y, en caso de que se complete el aforo, los ciclistas somos los cuartos en el orden de prioridad para acceder a los albergues, por detrás de discapacitados, caminantes y jinetes).  Igualmente encontraremos un sinfín de fuentes, bares, restaurantes, máquinas expendedoras y hasta improvisados chiringuitos donde saciar nuestra sed y nuestra hambre.

Este viaje transcurre en gran parte por caminos pedregosos y empinados senderos, por lo que a priori sería recomendable utilizar una bicicleta de montaña. Sin embargo, es posible realizarlo con una bicicleta híbrida (o de “gravel”, como se dice ahora) e incluso con una de carretera como hice yo: unas simples cubiertas del 32 me permitieron completar el recorrido integro, siguiendo escrupulosamente las señales y sin sufrir ni un solo pinchazo. En el caso de elegir esta última opción, pagaremos el precio de tener que bajarnos en tramos con firme excesivamente malo o subidas con demasiada pendiente (al viajar con carga, si no disponemos de frenos de disco también habrá que hacer a pie algunas bajadas casi verticales, ya que las zapatas no serán capaces de detener un vehículo tan pesado y corremos el riesgo de acabar aterrizando entre los abundantes tojos). A cambio, en los nada raros tramos de asfalto, ganaremos en comodidad y velocidad, compensando lo perdido en la tierra. Además, en la inmensa mayoría del trayecto dispondremos como alternativa de una extensa red de presuntas carreteras mejor o peor asfaltadas que nos permitirán evitar tramos de camino si así lo deseamos, aunque debemos ser cuidadosos al elegirlas, ya que generalmente no están señalizadas y es fácil perderse… y no debemos olvidar tampoco el hecho de que nos encontramos en Galicia y no es nada extraño encontrar por sorpresa una rampa de más del veinte por ciento en el medio de cualquier carreterita llana y aparentemente inocente.

No es mi intención dar las indicaciones exactas de la ruta a seguir (aunque pueda descargarse el track desde esta misma página, cada uno es libre de atajar, recortar, alargar o completar a su gusto, ¡faltaría más!) pero en este caso localizar el camino es sencillo: solamente hay que seguir las flechas amarillas que veremos en prácticamente cada cruce, desvío, piedra, pared o árbol que encontremos en nuestro pedalear. Los indicadores oficiales de piedra incluso muestran –o deberían mostrar- los kilómetros que quedan hasta nuestro destino. En determinadas épocas y, sobre todo, en los años santos jacobeos -cuando el 25 de julio cae en domingo- para encontrar el camino correcto basta con seguir la hilera de peregrinos (aunque, ¡ojo!, en este caso es tal el nivel de borreguismo que se ha alcanzado que basta con que un peregrino se equivoque de camino para arrastrar a todos consigo). Y como ya queda dicho, por si con las flechas no bastase, en este caso en concreto al tratarse de una ruta tan popular una búsqueda rápida en Google nos dará decenas de enlaces donde poder descargar el track detallado del recorrido para llevarlo también en nuestro GPS (aunque no resulte imprescindible nos puede dar un poco de confianza en los escasos puntos conflictivos que aparecen, casi exclusivamente, en el camino de vuelta). También es importante tener en cuenta que el trazado suele sufrir frecuentes modificaciones en su trazado, bien para evitar algún tramo complicado, para recuperar algún sendero histórico o simplemente para hacerlo pasar por el chiringuito de algún comerciante con contactos en el ayuntamiento. Un consejo extra es que montéis un timbre en vuestra bicicleta: además de ser obligatorio por ley, es muy recomendable para no asustar a los innumerables peregrinos a pie a los que nos veremos obligados a adelantar en el estrecho camino. En todo caso, por potente que sea vuestro timbre, recordad que los peatones tienen prioridad y que en muchos casos han venido caminando desde los Pirineos o incluso desde más lejos, así que ¡respetadlos! (también es cada día más común encontrar pseudoperegrinos permanentemente conectados por auriculares a su dispositivo móvil, por lo que en estos casos el timbre nos será de escasa utilidad).

Comencemos pues…

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Oficialmente la ruta comienza en la plaza del Obradoiro, frente a la catedral compostelana a la que teóricamente nos habrá traído nuestra larga peregrinación previa. Sin embargo en nuestro caso (dando por hecho que ya habremos visitado previamente este templo y tenido sobrada ocasión de disfrutar de tamaña maravilla arquitectónica), nos saltaremos este punto y, dejando atrás el Obradoiro y el Hostal de los Reyes Católicos, comenzaremos al otro lado de la rúa das Hortas, en la parte inferior de la rúa do Campo do Cruceiro do Gaio (si queremos ver el crucero que da nombre a la calle tendremos que subir la empinada cuesta que nos lleva hasta su ubicación actual, en un extremo del parque de la Alameda). El motivo de comenzar en este lugar es que aquí tenemos al alcance de la mano un par de bares, un albergue e incluso algún hotel donde sellar nuestra credencial antes de abandonar Santiago.

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Comenzamos, ahora sí, nuestra particular peregrinación siguiendo la rúa Poza do Bar (a nuestra derecha dejamos, en forma de hotel, nuestra última oportunidad de sellar la credencial) hasta la cercana Carballeira de San Lourenzo. Se trata de un pequeño pero sorprendentemente denso bosque de robles –carballos- que alberga en su interior un crucero y una fuente. Su forma es casi triangular, entrando el Camino en él por uno de sus vértices y abandonándolo por otro, y se encuentra rodeado por casas  por uno de sus lados, por el campus universitario por otro y, por el tercer lado, por el Pazo de San Lourenzo de Trasouto: magnífico ejemplo de la típica edificación gallega (pura piedra en buena parte teñida de verde) que data de la época medieval, si bien el monasterio fue reconstruido durante los siglos XV-XVI y, con la colaboración del archiconocido desamortizador Mendizábal, pasó a manos privadas y hoy en día está dedicado a la celebración de bodas, bautizos, comuniones y eventos en general.

Crucemos con calma por este lugar, uno de esos recunchos o rincones mágicos que nos ofrece Compostela, donde:

O alciprés que direito s’asoma

D’o convento tras d’o muro,

Y o lixeiro campanario

Cuberto d’herbas e musgo,

D’a devesa, c’o cruceiro

Eran cintinelas mudos.

como lo describía una de las estrofas del poema que Rosalía de Castro dedicó a esta hermosa carballeira.

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Bordeando el muro del pazo e intentando mantenernos alejados de él por su aspecto de poder derrumbarse en cualquier momento, descendemos en picado al valle del río Sarela que cruzamos, como no podía ser menos, por el puente conocido como Ponte Sarela, de origen tardomedieval. A nuestra derecha dejamos un molino y a nuestra izquierda las ruinas de una antigua -1780- fábrica de curtidos de las que antaño abundaban en la ciudad. Viendo el tranquilo transcurrir actual del Sarela cuesta pensar que sus crecidas pasadas se cobraron no pocas vidas.

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Si fuesemos algunos metros más Sarela abajo encontraríamos, aún hoy, los restos del Puente Domingos (apenas un arco de piedra escondido entre la vegetación). Este puente era la única alternativa al Puente Sarela antaño existente para quienes, como los peregrinos, quisieran ir al otro lado del río pero hoy permanece semioculto y olvidado en las proximidades del Hospital Clínico de Santiago.

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Volviendo a nuestra ruta, pisamos ya caminos de tierra y, tras desmontar brevemente para salvar un arroyo por un diminuto puente de piedra (de hecho, casi una sola piedra), nos enfrentamos a una empinada subida que nos dejará en la localidad de Sarela de Abaixo. Desde aquí, durante unos pocos metros de bajada por asfalto, tendremos una última oportunidad de despedirnos de la fachada barroca de la catedral compostelana. Volvemos a la tierra entre los imponentes eucaliptos que han vuelto a invadir la zona después de los violentos incendios que los arrasaron en 2006 y una súbita bajada nos permite por primera vez comprobar de qué son capaces los frenos del vehículo que hayamos elegido para nuestro viaje (cuidado con no llevarse por delante a ningún peregrino y, por supuesto, de no abrir un nuevo camino con nuestro cuerpo cuando el que seguimos gire 180° a la izquierda en plena bajada).

La ruta transcurre así durante varios kilómetros (casi podríamos decir que en su totalidad): un tramo de asfalto, uno de tierra; un tramo de bajada, uno de subida… Vamos adelantando peregrinos a pie –a decir verdad, por ahora no son muchos los ciclistas que recorren este camino- entre las muchas casas unifamiliares que nos recuerdan que aún estamos cerca de la ciudad y, si estamos atentos, podremos ver curiosidades como, a nuestra derecha, la elevación del castro de Marmancou o, algo más adelante, una vieja casona mostrando uno de sus muros con el tradicional recubrimiento aislante a base de conchas de vieira.

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Pasamos junto a un campo de fútbol (si tuviésemos la suerte de pasar por aquí durante el fin de semana del Corpus podremos aprovechar para un breve refrigerio en las carpas que tendrán montadas con motivo de la festividad) y cruzamos el río Roxos por asfalto. Si no nos fijamos, ni nos daremos cuenta de que estamos sobre el Ponte Brea un antiguo puente de piedra junto al que un pequeño merendero y un más que agradable entorno invitan a tomarnos un breve descanso.

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Tras el puente continuamos recto por asfalto antes de girar en ángulo recto a nuestra derecha. Los peregrinos continúan su incesante caminar y nosotros sin duda haríamos lo mismo en esta zona de aparente escaso interés si no fuese porque somos gente de gran cultura y sabemos que nos encontramos en una de las zonas de mayor interés arqueológico del área de Santiago: a pocos metros del lugar por el que pedaleamos despreocupadamente, hace unos cuatro milenios nada menos, los habitantes de esta zona se dedicaron al noble arte de grabar casi cada afloramiento rocoso con todo tipo de símbolos. A apenas un par de metros del asfalto podemos encontrar ya alguna cazoleta pero, si nos adentramos por los senderos de esta zona, podremos ver en gran concentración grabados de todo tipo (las clásicas espirales, más raras formas cuadrangulares, numerosas cazoletas, algún zoomorfo…) y variada datación (desde la mencionada Edad del Bronce hasta grabados más recientes). Por desgracia esta zona fue afectada en 2016 por un incendio que dañó algunos de los grabados (alguno fue también destruido por las maquinas que luchaban contra las llamas) pero, sin duda, merece la pena perder un rato entre los tojos de esta zona y ver cuántos de los grabados somos capaces de encontrar.

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Llegamos ya al Alto do Vento donde comienza una larga bajada. Al llegar al fondo del valle, en Augapesada, el Camino abandona el  asfalto para subir por un tramo adoquinado. Justo al comenzar la subida, sobre uno de los ramales que da origen al conocido como Rego dos Pasos, encontramos un pequeño puente medieval de un solo ojo que parece puesto allí por equivocación, ya que ningún camino pasa por él en la actualidad.

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A continuación tenemos la subida más dura que encontraremos en nuestro viaje: el Mar de Ovellas, curioso nombre cuya etimología he tratado de descifrar sin éxito (tan solo he conseguido rastrearla hasta el siglo XII, cuando era ya mencionado como Mor do Obellias o Mordouelias). La interminable subida, de gran pendiente, no es excesivamente larga pero sí dura, especialmente en algunos tramos en los que un tímido empedrado trata de echarnos una mano para que las ruedas no patinen. La alternativa de tomar la carretera asfaltada que transcurre a nuestra izquierda paralela al Camino, por Castiñeiro do Lobo, tampoco es muy prometedora ya que la pendiente no es muy inferior.

Y es que esta cuesta del Mar de Ovellas no es un repecho cualquiera. En su currículo cuenta nada menos que con ser actriz secundaria en otro de los poemas que la gran Rosalía de Castro incluyó en 1880 en su Follas Novas, obra ya citada con anterioridad:

Y a vella vay sube, sube

A costa d’o mar d’ovellas

C’un ollo posto n’o chan

Y outro ond’as casas fomegan.

Como viejos cicloturistas que somos, daremos ánimos a nuestras sufridas piernas, como hace la anciana Juana en el poema: «Valor, meu corpiño vello, / Levaim’aló miñas pernas. / Paseniño, paseniño, / Aqui para, alí te sentas / Irás chegando Ẍuana, / Adond’as casas fomegan.» De ese modo, paso a paso, tarde o temprano llegaremos al punto donde camino y carretera se unen y donde un banco de piedra nos tienta con su sola presencia. Si hemos conseguido subir hasta aquí sin apearnos nos sentiremos como héroes y desearemos que haya en el lugar numerosos peregrinos que presencien nuestra gesta. Si llegamos al lugar empujando nuestra pesada bicicleta, montaremos rápidamente en ella tratando de evitar a cualquier posible testigo. Sea como fuere, aún nos quedan unos metros de subida (más tendida y ya por asfalto) hasta coronar el monte. Si nuestras fuerzas han resultado muy dañadas, a nuestra derecha queda una fuente (fonte da Costa o do Breixo) donde descansar antes de hacer cima.

Llegados a este punto, la entrada a la aldea de Carballo, tomando la pista forestal que sale a nuestra izquierda es posible, si así lo deseamos, hacer unos pocos kilómetros extra (no señalizados) para visitar las ruinas de la magnífica fortaleza medieval de la familia Moscoso: las Torres de Altamira, en el cercano concello de Brión. Se trata de un castillo originalmente construido en el siglo IX en el emplazamiento de un antiguo castro que dominaba todo el valle de A Mahía. Destruido varias veces durante su historia (el papel protagonista que jugó durante la famosa revuelta irmandiña no es para menos), los restos que pueden verse en la actualidad corresponden en su mayoría al siglo XV, aunque las ruinas han sido bastante maltratadas desde que el castillo quedó deshabitado.

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Pero volvamos al camino de las flechas amarillas. Estamos en Carballo, desde donde un tranquilo descenso por asfalto nos espera. A nuestra derecha, sobre la pared de limita la carretera, una antigua cruz de piedra con una inscripción casi borrada recuerda a una señora que murió en este lugar allá por la mitad del siglo XIX. Un poco más adelante nos topamos con otro núcleo urbano: el de Trasmonte, donde merece la pena avanzar unos metros por la carretera que surge a nuestra izquierda para ver su iglesia y un bonito crucero con su correspondiente pousadoiro.

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Volvemos al Camino y completamos el descenso ya sin más paradas. La parada hay que hacerla abajo del todo, ya que nos encontramos en Ponte Maceira, enclave con gran encanto y miembro del selecto club de «Pueblos más bonitos de España». Lo primero que veremos según bajamos es un antiguo molino reconvertido en bar-restaurante pero, salvo que sea mediodía o ya muy tarde, lo más probable es que esté cerrado, ya que solo abre para comidas y cenas. Tras él, al otro lado de caudaloso Tambre, veremos una bonita panorámica del conjunto urbano de Ponte Maceira, con su pazo, su capilla, sus molinos y pesqueras y, ante todo, imponiendo su presencia, el puente que cruza el río.

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Esquivando peregrinos y turistas, cruzamos el majestuoso puente medieval de piedra que tan mal ha sido tratado a lo largo de los siglos por las frecuentes crecidas del Tambre. Muchas veces arrastrado por el agua y durante largos periodos impracticable, el puente permite aún hoy cruzar el río a los peregrinos. En la margen derecha del río, unos metros aguas arriba, varios molinos de agua reconstruidos hacen las delicias de los turistas ajenos a que raro es el invierno en que las aguas del Tambre no cubren hasta los tejados de estas antiguas construcciones. Tras los molinos, el Pazo de Baladrón, del siglo XX. Frente al puente, nada más cruzarlo, la pequeña capilla de San Brais (Blas), del siglo XVIII, aunque su moderno ábside de estilo neorrománico intente engañarnos (la que sí es románica es la iglesia de Santa María de Portor, a apenas un kilómetro de aquí, que data del siglo XII). Completa el bello conjunto un palomar que, visto desde el puente, asoma sobre la casa aneja a la capilla.

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Continuamos por la calle principal del pueblo, con un bonito pero incómodo firme empedrado. A nuestra izquierda dejamos el río y un crucero de principios del siglo XX. A la derecha, justo en la salida del pueblo, una fuente de doble caño nos indica que sus aguas no son potables (motivo por el que recomiendo no beber de ella, aunque el que esto escribe lo haya hecho en más de una ocasión sin consecuencias nocivas).

Abandonamos ya A Ponte Vella, como también es conocido Ponte Maceira en contraposición con A Ponte Nova, junto al puente moderno que cruza el río un poco más abajo. Primero por asfalto y luego por tierra avanzamos por la orilla derecha del Tambre hacía la villa de Negreira, no sin antes superar un último repecho que deja a la izquierda la elevación sobre la que se hallaba el castro de Logrosa y un poco más adelante, en A Chancela, el pazo de Albariña del que poco puede decirse por ser privado y hallarse rodeado de un alto muro.

A partir de este punto empezamos ya a ver carteles indicando los albergues que flanquean el camino y que ya no faltarán en todo nuestro recorrido. Así llegamos a Negreira donde lo primero que encontramos es una pequeña cabaña de madera que sirve de oficina de información al peregrino. Además de albergues, Negreira es una localidad importante que dispone de todos los servicios (bares, restaurantes, hoteles, tiendas, supermercados…), por lo que será un buen momento para hacer aquello que necesitemos (comer, beber, comprar, dormir…) y, por supuesto, un buen lugar para sellar nuestra credencial.

La señalización del Camino nos dirige hacia la izquierda y la seguiremos, pero debemos ser cuidadosos ya que un momento después, al llegar a una rotonda, las flechas nos guían por dirección prohibida por lo que tenemos la opción de desmontar unos metros o bien subir por la calle que queda a nuestra derecha y girar después a la izquierda para, después de una breve bajada, volver a encontrarnos con las flechas. De cualquiera de las dos maneras terminaremos enfilando una calle adoquinada que pasa bajo un arco. El lugar merece que nos detengamos para examinarlo con calma.

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Nos encontramos en el Pazo do Cotón, de origen medieval aunque se conserven pocos indicios de dicha época.  Lo que ahora contemplamos ante nosotros (la capilla de San Mauro y la galería que une pazo y capilla, bajo cuyos arcos acabamos de pasar) es del siglo XVIII.

Inmediatamente después de continuar nuestro camino cruzaremos el río Barcala, el cual se encuentra ya muy cerca de su desembocadura en el embalse Barrié de la Maza (río Tambre). La construcción de este embalse supuso que la lamprea –un curioso pez que apenas ha evolucionado desde tiempos remotos- dejase de llegar a esta altura del río, acabando con toda una cultura asociada. Los restos de algunas de las pesqueras utilizadas por los pescadores locales para la captura este pez a la manera tradicional aún pueden encontrarse en la zona.

Y ya que hablamos del embalse Barrié de la Maza, debemos mencionar una leyenda muy ligada al Camino que estamos siguiendo y que, presuntamente, ocurrió en un lugar ahora bajo las aguas de este embalse. Cuando los discípulos que trajeron el cuerpo de Santiago a Galicia quisieron darle sepultura en tierras de la reina Lupa, necesitaron el permiso del gobernador romano de la zona, por lo que tuvieron que ir hasta Duio (en Fisterra) para reunirse con él. Éste los hizo prisioneros pero, al parecer, lograron escapar. En su huida, los discípulos del apóstol fueron perseguidos por las tropas romanas y, a la altura a la que ahora nos encontramos nosotros, estaban ya a punto de darles alcance. Sin embargo, el puente sobre el Tambre se derrumbó tras el paso de los discípulos impidiendo que los romanos lograsen su propósito. Cierto o no, este pasaje se encuentra recogido actualmente en el escudo de Negreira (generalmente se asocia esta leyenda al puente de Ponte Maceira, que sin duda tiene un origen posterior, por lo que lo más probable es que ocurriese -supuestamente- en el lugar de Ons, que es por donde cruzaría en aquellos tiempos la calzada romana).

Unos cuantos siglos después, acabamos de cruzar con nuestras bicis el río Barcala y deseamos continuar nuestro viaje al fin de la tierra. Hagámoslo.

Tomamos en el cruce la carretera de la izquierda y después, en el siguiente cruce, la de la derecha (salvo que necesitemos ya dar un descanso a nuestros cuerpos, en cuyo caso tomaremos también aquí a la izquierda para dirigirnos al cercano albergue municipal).  La pendiente ascendente de la carretera tiene una ventaja y es que en breve ganamos unas bonitas vistas sobre el valle del Barcala que podremos disfrutar mejor cuando lleguemos a la altura de la iglesia parroquial de Negreira, la de San Xián (Julián) construida en 1799, que rodearemos dejándola a nuestra derecha (si miramos también a nuestra izquierda podremos ver un crucero y un hórreo, aunque este tipo de construcciones –ambas- son tan abundantes por las tierras que estamos recorriendo que me saltaré muchas de ellas sin mencionarlas siquiera). El motivo de que la iglesia parroquial de Negreira esté tan alejada del núcleo urbano principal es sencillo: nos encontramos ahora en la Negreira original, pero el atractivo del pazo do Cotón hizo que la localidad cambiase su ubicación, dejando la iglesia y las casas más antiguas alejadas del casco urbano.

Seguimos el Camino, que avanza paralelo a la carretera, a veces por una bonita senda en medio del bosque a veces por el mismo asfalto. La ascensión es continua pero no tan dura como para hacernos echar pie a tierra (salvo en algún caso puntual, como el de un pequeño puente de madera que salva un riachuelo y que por faltarle un trozo nos obligará a dar un salto). Las aldeas se suceden (Zas, San Vicente…) y no paramos de adelantar peregrinos. En Rapote, una fuente al lado de un lavadero junto a los que han puesto una mesa con bancos nos invita a descansar unos minutos y a rellenar nuestros bidones. En A Pena, al poco de pasar la pequeña iglesia de San Mamede, damos por concluida temporalmente la subida y aprovechamos para avanzar rápido gracias a los tramos de asfalto más largos. Pronto llegamos a Villaserío donde los peregrinos se desparraman por la terraza de un bar. Continuamos por terreno más o menos llano alternando tierra y asfalto (algún tramo incluso ha sido dotado con un moderno “carril-peregrino”): O Cornado, As Maroñas y Santa Mariña (donde tendremos que salirnos unos metros del Camino oficial si queremos ver la iglesia de origen medieval que aún conserva algún resto románico y, como recompensa, refrescarnos en la terraza del bar que hay frente a ella).

Después de unos metros por la carretera general que va de Santa Comba a Muros (precaución en este tramo), volvemos a desviarnos a la derecha para ir por una carreterita más tranquila hacia Bo Xesús, donde al parecer en la antigüedad había hasta un hospital de peregrinos, pero que actualmente no es sino una casa abandonada y, poco antes de llegar a ella, un curioso cruceiro que, entre la columna y la cruz tiene un buen pedrusco (tal cual). Enseguida llegamos a A Gueima y, unos metros después, el Camino gira bruscamente a la derecha para bordear el Monte Aro. Si las fuerzas nos acompañan recomiendo hacer una escapada hasta su cima pues allí, además de un castro de la Edad del Hierro de gran tamaño, encontraremos unas vistas impresionantes que cubren toda la conocida como Terra de Xallas.

Independientemente de si hemos subido o no a la cima llegaremos, al otro lado, a la aldea de Lago y pronto a la pequeña iglesia de San Cristovo de Corzón (hay que estar atentos para no saltársela ya que se encuentra en una rápida bajada asfaltada, inmediatamente después de un cruce y a un nivel inferior que la carretera). Se trata de una sencilla iglesia rodeada por un cementerio. La bonita espadaña se encuentra separada de la nave principal. Domina el conjunto un cruceiro y desde el lugar tenemos unas amplias vistas de la zona.

Atravesamos el caserío de Corzón y llegamos a Ponte Olveira, donde en 1809 se enfrentaron las tropas francesas y los campesinos de la zona. Aquí tomamos la carretera general hacia la derecha para cruzar por ella el río Xallas. Un momento después llegamos a Olveiroa (es difícil pasárselo de largo por el tamaño del cartel que hay a la entrada del pueblo), donde dejamos la carretera principal para pasar por el centro de la aldea y donde podremos descansar unos minutos en un bar o unas horas en un albergue. Pero no solo para descansar estamos haciendo este viaje, así que también nos conviene desviarnos unos metros del camino, hacia la izquierda, para pasar por una pequeña plazuelilla en torno a una cruz de piedra sobre pedestal escalonado en un entorno abundante en hórreos de piedra y, al fondo, la iglesia de Santiago, de origen románico.

Salimos ya de la localidad en dirección a la carretera principal pero, aunque seguiremos recorridos más o menos paralelos y terminaremos por volver a ella, esta vez nos desviamos un momento antes de llegar al asfalto, junto a un lavadero, para cruzar el arroyo de Santa Lucía (aguas arriba encontraríamos el santuario del mismo nombre con romería en el mes de mayo recomendable, como no podía ser de otro modo, para quienes padecen de la vista) y dirigirnos hacia el embalse de Ponte Olveira.

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El camino va primero paralelo al río Xallas y después de pasar un arroyo por un puentecito se separa bruscamente de él para ascender hasta la cercana aldea de O Logoso, con albergues y restaurante. Cruzamos la localidad, construida a los pies de un monte en cuya cima moraba un legendario gigante y donde se levantaba un castro, y continuamos subiendo hasta volver a la carretera general que habíamos abandonado en Olveiroa. En el punto donde volvemos a ella, en Hospital, encontramos también una oficina de información al peregrino.

Volvemos pues a la carretera en dirección Dumbría y ascendemos unos metros por ella antes de que el recorrido señalizado del Camino nos obligue a describir una amplia curva por el trazado antiguo de la carretera para evitar exponernos al tráfico de la moderna. Al final de esta curva regresamos a la carretera y encontramos una rotonda. Nos encontramos en un punto clave: los caminos que van hacia Fisterra y Muxía se separan. Vemos peregrinos ir a la derecha, hacia Muxía. Otros, como haremos nosotros, giran a la izquierda en dirección a la gran fábrica que domina (y destroza) el paisaje. Ahora sí, vamos hacia Fisterra.

Pasada la fábrica, salimos de la carretera hacia la derecha. Se trata de una zona llana y elevada en la que solo destaca, un poco más adelante, una gran roca a la derecha del camino, tapada por eucaliptos y tojos. Merece la pena dejar la bici a la orilla del camino y aventurarnos, aún a riesgo de llevarnos unos buenos pinchazos y arañazos, por los estrechos senderos abiertos entre la maleza, pues nos encontramos ante la Pedra Ancha, hogar de un mágnifico petroglifo.

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Se trata de un grabado de gran tamaño de tipo panoplia en el que sus autores trataban de dejar claramente visible un muestrario del armamento del que disponían. Al contrario que los más comunes petroglifos que representan formas geométricas que son más difíciles de asignar a un periodo concreto, los de este tipo son fácilmente fechables, pues el armamento representado es similar a armas metálicas encontradas en el registro arqueológico correspondiente a la Edad del Bronce. Mientras que este tipo de comparativa puede hacerse para los cuchillos y alabardas representados en la roca, no es tan sencillo para las formas que podrían identificarse como escudos ya que, posiblemente por estar construidos de materiales perecederos como la madera, no se han hallado en ningún yacimiento. En Santiago, relativamente cerca del punto por el que salimos de la ciudad, en Castriño de Conxo, es posible encontrar también grabadas en la piedra formas similares a estas ante las que nos encontramos, aunque en el caso compostelano, a una escala bastante inferior.

En la parte más baja del panel rupestre podemos ver en gran número cruces grabadas en la piedra, forma bastante habitual en los petroglifos y que generalmente corresponde a un intento de cristianizar el lugar. En nuestro caso, la proximidad a la vía de peregrinación podría explicar la abundancia de este símbolo religioso.

Un detalle a tener en cuenta es que, según la hora a la que pretendamos ver este petroglifo, es posible que nos resulte sumamente difícil o incluso que no seamos capaces de distinguir nada. El panel rupestre se encuentra orientado hacia el sureste, por lo que la peor hora para visitarlo será desde media mañana hasta primera hora de la tarde, que es cuando el sol incide perpendicularmente a la pared. Al contrario, ya avanzada la tarde hasta la puesta de sol, las figuras serán claramente visibles (aunque, por supuesto, el desgaste sufrido después de cuatro milenios de erosión no es baladí).

Volvemos ya al camino donde hemos dejado la bici de nuevo con precaución para no ser víctimas de las picaduras de los tojos o, esperemos que no sea el caso, de ninguno de los pequeños habitantes de la zona.

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Continuamos por un camino de tierra en relativo buen estado que transcurre por entre pinos y eucaliptos, obviamente de repoblación.

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Pronto llegamos a un cruce que dispone, como no,  de su propio crucero. En este caso, la base escalonada de la cruz se encuentra cubierta de piedras que los peregrinos han depositado allí a modo de exvoto.

Continuamos moviéndonos por las alturas de estos solitarios montes y desde algunos puntos ya es posible ver a lo lejos el mar. Si nos fijamos bien (y conocemos mínimamente su aspecto) podremos ya distinguir el cabo de Fisterra hacia el que nos dirigimos, a pesar de que oficialmente no lo veremos hasta algo más adelante. Al contrario, no es necesario ser muy detallista para distinguir la mole granítica del monte Pindo, que impone su presencia en toda la zona.

En un recodo del camino aparece ante nosotros una pequeña ermita. Se trata del santuario de As Neves en cuyo interior dicen que puede verse, grabada en un escalón de piedra, la huella de un peregrino francés que falleció en este lugar. Cuentan también que si el peregrino actual coloca su pie sobre esta huella verá renovadas sus fuerzas para poder continuar el camino (no dicen si este «dopaje» también es válido para los ciclistas). Y resalto lo de dicen porque es bastante complicado entrar en una iglesia que permanece casi siempre cerrada. Imagino que durante su romería, el 8 de septiembre, será posible acceder a ella, pero no he tenido oportunidad de comprobarlo.

Para compensar, la ermita posee un pequeño altar exterior cubierto sobre el que se encuentra una gastada representación en granito de la virgen y numerosas ofrendas que los peregrinos dejan allí a su paso (bastante más variadas y generosas que las piedras dejadas a los pies del cruceiro mencionado un poco antes). Hay también una pequeña caja incrustada en la pared conteniendo un libro donde los que por aquí pasan pueden reflejar sus pensamientos.

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Cerca de la ermita vemos un crucero y, junto a él, la Fonte Santa que da nombre a todo este lugar y a cuyas aguas se atribuye ser buenas para la fertilidad del ganado (no olvidemos que en la zona en la que nos encontramos esto es de vital importancia). Junto al camino hay también un merendero que, cosa curiosa, suele estar bastante más frecuentado que la iglesia.

A partir de aquí el camino se complica: se empina y al mismo tiempo se vuelve casi intransitable por las piedras, pero después de un buen tramo de llanos y bajadas deberíamos tener fuerzas suficientes para subir a buen ritmo e incluso para arrancar gritos de ánimo de clientes y trabajadores del improvisado chiringuito que a veces montan en esta cuesta. Superada la prueba, un cruce debidamente señalizado nos indica que estamos cerca de la capilla y fuente de San Pedro Mártir. La fuente es bastante nueva y de ella mana un potente chorro de agua que saciará nuestra sed y, si nos lavamos con ella, nos demostrará sus presuntos poderes milagrosos.

Respecto a la capilla, se trata de una sencilla construcción rectangular sin ventanas  de la que solo se intuye su finalidad religiosa por su pequeño campanil y la cruz que corona la fachada. Frente a ella hay también un crucero y un escenario que nos habla de las grandes fiestas que deben tener lugar en esta explanada durante las romerías.

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Volvemos al Camino y escuchamos gritos de júbilo. Los peregrinos que caminan por delante de nosotros han alcanzado un cambio de rasante y han encontrado ante ellos el mar y, al fondo, el cabo de Finisterre, donde ya se distingue claramente la ubicación del faro, lugar donde algunos acabarán su peregrinación después de meses de duro caminar.

En nuestro caso, conviene no emocionarse demasiado o, en caso de querer celebrarlo, detenerse previamente y echar pie a tierra. El camino decide suicidarse de repente y se tira a lo loco monte abajo por lo que, si no somos cuidadosos, nuestras bicis pueden tomar el control de sus propios destinos arrastrándonos a nosotros con ellas. Si vemos mal la cosa recurriremos a nuestro viejo truco: manos a los frenos, los dos pies en tierra y a caminar junto a nuestras monturas se ha dicho. Si así lo hacemos tendremos oportunidad de disfrutar con más calma del panorama que tenemos ante nosotros, con Fisterra y su mítico faro adentrándose en el océano y las localidades de Cee y Corcubión a nuestros pies (aunque afeadas las vistas por la factoría de Brens, aldea a la izquierda de Cee vista desde nuestra posición).

Una vez completado el descenso nos encontramos en Cee, pueblo de buen tamaño en el que tendremos oportunidad una vez más de hacer todo aquello de lo que hubiésemos menester: comer, dormir, sellar… En este caso tenemos un extra a nuestro favor, y es que en esta localidad existe una tienda de bicicletas donde tendremos oportunidad de comprar repuestos o arreglar aquellas averías que nos hayan podido ocurrir en nuestra aventura.

Nos adentramos en Cee por la carretera que viene siguiendo la costa desde la ría de Muros y Noia y, siguiendo las flechas, nos desviamos a la izquierda, acercándonos a la ensenada. Seguimos una estrecha calle y los indicadores nos dicen que giremos a la izquierda pero –oh, sorpresa- la calle está escalonada, por lo que tendremos que pasar el obstáculo a pie. Desembocamos así en el amplio espacio ganado a la ría a base de relleno y que da acceso a la playa. Dejamos a la derecha una insulsa iglesia, pero las indicaciones desaparecen. Sin preocuparnos, seguimos la actual línea de costa para tomar la carretera que sabemos que llega a Fisterra y, por mucho que más adelante -a la salida de Corcubión- se ponga bastante cuesta arriba, haríamos bien en no abandonarla ya más hasta Fisterra si supiésemos lo que nos conviene.

Pero no adelantemos acontecimientos y volvamos a la ensenada de Cee, donde hemos perdido la traza del Camino. Entramos en la carretera de Fisterra casi ya en el punto que separa Cee de Corcubión (punto más bien teórico, porque en realidad los dos cascos urbanos forman un continuo de casas, al más puro estilo de los pueblos gallegos) y casi allí mismo volvemos a encontrarnos con nuestras viejas conocidas las flechas amarillas. Un corto repecho para salir de la carretera y entramos en una tranquila calle rodeada de bonitas casas que merecen ser disfrutadas según pasamos ante ellas. Llegamos a una iglesia de arquitectura bastante pretenciosa y giramos a la derecha para ir a desembocar a una placita donde el Camino, muy bien marcado en el suelo, parece dirigirse ya fuera del casco urbano, hacia el cercano monte. Y así es.

¡Y menuda salida de Corcubión! El camino adoquinado se va estrechando más y más hasta llegar a un rincón donde una gran flecha amarilla nos confirma que no estamos equivocados: en lo más profundo del oscuro rincón formado por dos casas se abre un estrechísimo sendero por el que se esconde el Camino. Como buenos aventureros cogemos aire y penetramos en lo desconocido.

La senda –que seguramente se corresponda con el camino tradicional a Fisterra- no es más que el camino de paso a una serie de huertos en las afueras del pueblo. Lo malo es que está llena de grandes piedras que no pueden evitarse por lo estrecho del camino, por lo que no queda otra que ir levantando la bici a pulso cada dos por tres para salvar los continuos obstáculos. Para colmo de males, en los tramos más empinados han colocado piedras aún mayores a modo de escalones para salvar el desnivel pero, para nuestra desgracia, a nadie se le ocurrió pensar que por estos andurriales fuese a meterse ningún loco acarreando una bicicleta de veinticinco kilos alforjas incluidas. Al menos tuvieron el detalle de canalizar el agua de lluvia por un lateral para que el peregrinaje no se convierta en rafting en caso de mal tiempo.

Por suerte el peor tramo es corto: aunque se haga interminable, en realidad termina poco más adelante… pero no nos hagamos ilusiones todavía porque, aunque el firme mejore, la calle asfaltada en la que desembocamos es tan empinada que de poco nos servirá intentar volver al sillín. A nuestra izquierda algún alma caritativa ha colocado un par de bancos de los que haremos buen uso unos minutos antes de continuar con la escalada libre para, por fin, hacer cumbre en la aldea de O Vilar. Desde aquí se llega en un periquete a la carretera que viene desde Corcubión y que, en este momento, desearíamos no haber abandonado jamás (aunque debemos reconocer que el sendero por el que hemos venido es de lo más pintoresco que hemos encontrado en todo el recorrido desde Santiago).

Pero el encuentro con la carretera será muy breve, ya que solo la cruzaremos a la altura de la aldea de San Roque para empezar a jugar con ella a una especie de juego del gato y el ratón en la que iremos entrando y saliendo del asfalto, sacando rectas las curvas y cruzando la carretera sin cesar. El resultado es que sumaremos mucho más desnivel y, sin duda, pasaremos bastante tiempo bajados de las bicis por culpa de las elevadas pendientes ascendentes y descendentes.  Pasamos así A Amarela, Estorde, Sardiñeiro y otras aldeas por un tramo de Camino que no deja de tener gran belleza por las magníficas vistas y por las idílicas playitas que iremos dejando a nuestra izquierda.

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Finalmente entramos en Escaselas por el paseo que recorre la playa de Langosteira. Si el tiempo lo permite podremos descansar  en la propia arena, tomar algo en alguno de sus chiringuitos o, incluso, refrescarnos en las aguas del Atlántico. Alcanzado el extremo opuesto del arenal ya solo nos quedará recorrer un cortísimo tramo de asfalto para haber alcanzado el primero de nuestros objetivos: por fin estamos en Fisterra.

El Camino, callejeando por la localidad, nos llevará directamente a una calle ancha donde está situada la pequeña estación de autobuses. Frente a nosotros se encuentra el albergue municipal de Fisterra donde, además de ofrecernos alojamiento si lo necesitamos (no faltan albergues en Fisterra), podemos enseñar nuestra credencial debidamente sellada para obtener la fisterrana, un bonito diploma certificando que hemos llegado peregrinando a estas lejanas tierras. Recomiendo seguir de frente por la calle Real, donde se encuentra la puerta del albergue, al final de la cual (es bastante larga) llegaremos a una plazuela dominada por un bonito conjunto: la Capela da Nosa Señora do Bo Suceso (siglo XVIII), un trabajado crucero, una fuente y alguna otra casa no menos interesante. Merece también la pena bajar desde aquí hasta la cercana playa para ver, unos metros más allá, el Castelo de San Carlos. Se trata de una fortaleza construida en el siglo XVIII para defender la ría pero que tuvo una breve vida, ya que fue destruida por los franceses a principios del XIX. Posteriormente fue reformada y restaurada.

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Pero no podemos dar por finalizado nuestro viaje (aunque sea solo la primera mitad del mismo) quedándonos tan cerca del fin de la tierra, por lo que habremos de llegar a él. Volvemos por tanto a subir en dirección a la carretera que nos lleva al faro de Fisterra. Se trata de una carretera muy transitada por todo tipo de vehículos y peatones, por lo que es necesario tener precaución pero, por suerte, los conductores en este tramo suelen ser bastante respetuosos con los peregrinos y es mucho más común que bajen la ventanilla para animar al ciclista a gritos en vez de adelantarlo de forma peligrosa como estamos tristemente acostumbrados.

Salimos por tanto del casco urbano de Fisterra y, justo en este punto, debemos detenernos de nuevo a la derecha de la carretera para prestar visita a la iglesia parroquial de Fisterra, Santa María das Areas, originaria del siglo XII que aún conserva numerosos restos de su factura original aunque posteriormente ha visto su estructura ampliada con la adición de diversas capillas. Es de destacar la milagrosa imagen del Cristo da Barba Dourada, del siglo XIV, que según cuentan fue hecha por Nicodemus y llegó aquí tras tener que ser arrojada por la borda del barco que la transportaba durante un temporal. Frente a la iglesia podemos ver también un crucero de cruz gótica y bella factura.

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La subida hasta el faro es suave y constante, por lo que se sube con facilidad. Además, la majestuosidad del paisaje y la cercanía de nuestro destino son de gran ayuda. En caso de necesitar un descanso, a media subida encontraremos una fuente a nuestra derecha. Finalmente, llegamos al final de la carretera o, lo que es lo mismo, a una marabunta de coches, autobuses, turistas y peregrinos. Con precaución para no llevarnos a nadie por delante continuaremos avanzando por un tramo pavimentado hasta llegar al edificio del faro. Asomarse a la zona del cabo que está más allá del faro es obligatorio para los peregrinos (es aquí donde se han originado numerosos incendios por la arriesgada tradición de quemar una prenda en una zona tan azotada por intensos vientos) pero, debido a la aglomeración, yo recomiendo volver sobre nuestros pasos hasta pasar de regreso el aparcamiento y allí subir por la carretera que sube hacia el aparcamiento para caravanas, ya que desde el camino que nos lleva hasta allí se contemplan unas vistas igual de espectaculares del océano y lo tendremos todo para nosotros (cuidado con no irse barranco abajo, ya que no nos sacarían ni con caña de pescar).

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Y ya que hemos subido hasta aquí, propongo terminar la subida hasta lo más alto del monte para contemplar una increíble panorámica del cabo, con su faro, internándose en el inmenso océano y al otro lado de la ría el inmenso Monte Pindo, olimpo celta que nos ha venido vigilando en gran parte de nuestro viaje. Desde aquí bajaremos por el camino que lleva a Fisterra sin olvidar hacer una parada previa para internarnos por la senda que, a nuestra derecha según bajamos por la pista de tierra, nos llevará directos a la ermita de San Guillerme, en ruinas desde el siglo XVII, en un lugar relacionado con un ancestral culto al Sol y cuyas ruinas se asocian todavía con ritos de fecundidad. Además de los restos de los muros, es de destacar el sepulcro antropomorfo que aún se conserva.

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Hemos llegado pues al fin de la tierra conocida en la antigüedad, a lo más profundo de la profunda Galicia. Hemos seguido los pasos de muchos nombres ilustres que antes que nosotros llegaron hasta aquí por diferentes motivos (desde George Borrow hasta Stephen Hawking, hasta aquí viene todo quisqui). Ahora ya solo nos queda regresar.

Volvamos por tanto sobre nuestros pasos, visitando lo que de Fisterra dejásemos sin ver a la ida (imperdonable sería también abandonar Fisterra sin haber degustado el marisco de la zona). Como ya hemos tenido el placer de recorrer el camino que viene bordeando la playa, en esta ocasión saldremos del pueblo por la carretera principal hasta Escaselas para, en una larga recta y a la altura de las últimas casas, girar a la izquierda por una carreterita que se dirige al norte. No tardaremos en reencontrarnos con nuestras viejas amigas las flechas amarillas que en este tramo estarán además duplicadas: la plaquita que indica los kilómetros restantes cambia ahora por placas que ponen o bien «Muxía» (las que seguiremos) o «Fisterra» (en dirección opuesta).

Pronto el Camino se desvía a la derecha y se dirige hacia el crucero de A Rapadoira, de gran interés artístico, con  un origen que podría ser anterior al siglo XVI y en cuya base podremos observar grabadas diferentes cazoletas y cruces. En sus proximidades hay también una mámoa (término gallego que designa a los túmulos asociados a enterramientos megalíticos, abundantes en esta zona y cerca de alguno de los cuales ya pasamos en nuestro camino hacia Fisterra). Otra posibilidad es continuar pedaleando por la carretera que traíamos -ignorando las flechas- y que a partir de ahora transcurre cerca de la costa, a lo largo de la inmensa playa de O Rostro. Esta opción es más cómoda si nuestra bicicleta es de carretera pero, en todo caso, nada evitará que tengamos que enfrentarnos a un par de repechos de los que dejan las piernas tiritando. Las dos opciones volverán a juntarse pocos metros más arriba del aparcamiento de la playa.

Sea cual sea la opción elegida, es recomendable una visita al larguísimo arenal de O Rostro, si bien no debemos cometer la locura de explorar también sus aguas, ya que el océano no tendrá reparos en mostrarnos la razón por la que esta zona es conocida como Costa da Morte (no seríamos el primer ni por desgracia el último incauto que termina su Camino demasiado bruscamente, ya que muchos peregrinos cometen la terrible imprudencia de bañarse aquí o en la playa fisterrana de Mar de Fora).

Desde aquí recomiendo también seguir la línea de costa durante unos centenares de metros por la pista forestal y posterior sendero que nos conducirán al paraje de Mexadoira donde, en medio de un espectacular entorno rocoso abierto a la inmensidad del océano, un diminuto riachuelo se dirige al mar y, al ver cortado su camino por la erosión marina, se tira directamente a su encuentro en una pequeña cascada en cuya base el agua dulce termina siendo barrida por las olas.

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Desde aquí podríamos ir hasta Muxía siguiendo la costa por el largo sendero conocido como camiño dos faros pero, para nuestra desgracia, no es apta para bicicletas (aunque me consta que se ha estado trabajando en una alternativa ciclable de la que pueden descargarse los tracks en internet). Volvamos pues al punto donde habíamos abandonado el Camino y subamos desde la playa hasta el lugar de Padrís, donde tomaremos a la izquierda y nos internaremos en un bosque (pino y eucalipto, para variar) que nos cobijará con su sombra durante algunos kilómetros.

La rutina es la de siempre, alternando subidas y bajadas, tierra y asfalto. En general será una ruta de interior, aunque las frecuentes apariciones del mar a nuestra izquierda no nos dejarán olvidarnos de él. Atravesamos la aldea de Canosa y llegamos a Lires, localidad al borde de una pequeña ría en la que es posible encontrar alojamiento si lo necesitásemos. Justo antes de llegar a ella, el Camino se abre paso por un estrecho sendero comido por la vegetación y nos sentimos un poco tontos por haber elegido esa opción, ya que a apenas unos metros existe una calle paralela perfectamente asfaltada. Saliendo ya del pueblo, no podemos evitar detenernos en la fuente que encontramos a nuestra derecha para rellenar nuestros bidones bombeando manualmente, como en los viejos tiempos, un agua de sabor metálico que nos retrotrae a nuestro más rústico pasado (si tuviésemos la suerte de haber disfrutado de una infancia feliz y pueblerina).

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Abandonamos ya el pueblo para encontrar nuestro paso interrumpido por el río Castro. Por suerte podemos sortearlo casi sin darnos cuenta por un puente de reciente construcción. Merece la pena detenerse para, además de disfrutar del idílico lugar, asomarnos sobre las alzas de nuestra izquierda para ver bajo nuestros pies las piedras por las que cruzaba el Camino hasta hace poco. Al verlas sumergidas por las aguas del río y separadas entre sí por una buena distancia, asumimos que si no hubiesen tenido el detalle de construir el puente sobre el que nos encontramos nos habríamos visto obligados a dar un buen rodeo para poder cruzar en bicicleta (aunque tampoco creo que resultase fácil para los caminantes cruzar por ellas, la verdad).

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Ascendemos por la ladera en la orilla derecha del río y llegamos a Frixe, aunque apenas rozamos su casco urbano. Si tomamos a la izquierda podremos visitar la playa de Nemiña. Si no lo hacemos y seguimos recto, al poco cruzamos una carretera que, de nuevo a la izquierda, nos llevaría al remoto cabo Touriñán y a su faro. Si disponemos de tiempo podremos visitar esos lugares o, si no, continuamos nuestro camino a través de interminables pistas en medio de montes sin fin en los que en ocasiones encontramos pequeños grupos de casas sin nombre (no porque no lo tengan, sino porque pocos lo conocen).

Eventualmente encontramos a la derecha de la carretera un rinconcito con una fuente y un crucero decorado con macetas. Eso significa que en unos metros cruzaremos el caserío de Morquintián y que, si nos desviamos unos metros hacia abajo -nuestra izquierda- podremos visitar la iglesia de Santa María, que aún conserva elementos románicos. Junto a ella existe también una fuente de piedra donde podemos refrescarnos.

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Apenas nos hemos dado cuenta de que llevamos ya varios kilómetros de suave pero continua subida y la repentina bajada nos sorprende. Cruzamos Xurarantes casi sin verlo y tenemos que esforzarnos para frenar la bici en el cruce cuando nos encontramos con la carretera que nos lleva ya a Muxía. Tras una pronunciada curva, comenzamos a llanear por buen asfalto, de nuevo a la orilla del mar. A nuestra izquierda queda la playa de Lourido, dominada por la tropelía estética y paisajista que algún día será el parador de Muxía (quizás una vez terminado se integre mejor en el paisaje, pero durante las obras de construcción tiene aspecto de mina a cielo abierto). Después, la arena de la playa da paso a una costa rocosa azotada por el oleaje y, antes de darnos cuenta, estamos entrando en Muxía.

Lo primero es lo primero, por lo que atravesamos de punta a punta el casco urbano para llegar al santuario de la Virxe da Barca, en la punta de la pequeña península en la que se asienta Muxía.

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Cuenta la tradición que andaba el apóstol Santiago por estos lares dedicado a sus quehaceres habituales (que no eran otros que evangelizar a las gentes de estas remotas tierras) cuando, desde el mar, se le acercó la virgen María que venía a bordo de una barca hecha de piedra nada menos. La virgen animó y reconfortó al apóstol -quien al parecer ya estaba un poco harto de explicar la palabra de Dios a los gallegos de la época- y después se volvió a Tierra Santa. No cuenta la leyenda cómo regresó, pero el caso es que la barca quedó abandonada en la agreste costa frente a la que actualmente se levanta el santuario. Y allí sigue aún hoy en día: una piedra es el casco, otra el timón, otra la vela… Las extravagantes formas que siglos y siglos de erosión han dado a las rocas de la zona han espoleado la imaginación de los muy bien evangelizados gallegos que levantaron una bonita iglesia para conmemorar tan celebrado encuentro. Merece la pena dedicar algo de tiempo a obtener información sobre los nombres de las famosas rocas, identificarlas in situ y, si el caprichoso océano lo permite, acercarse hasta ellas para celebrar los ritos que, según dicen, permiten obtener de ellas fantásticos milagros.

El caso es que el lugar impresiona: una iglesia levantada sobre un rocoso cabo especialmente azotado por violentas olas y fuertes vientos. Cerca de ella, un faro alerta a los navegantes de lo peligroso que resulta acercarse a estos bajíos e, incluso en época de temporales, decenas de turistas y peregrinos arriesgan sus vidas por obtener un bonito selfie ante las impresionantes olas para subirlo después a sus redes sociales. En fin…

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Volviendo a la iglesia, probablemente este enclave fue ya lugar de culto en tiempos precristianos y, ya en el siglo XII o en el XIII, los monjes del cercano monasterio de Moraime levantaron aquí una ermita. La iglesia actual es de estilo barroco y fue levantada en el siglo XVIII (salvo las torres, que son del siglo XX). Pese a todo, la iglesia que vemos en la actualidad es mucho más moderna ya que el día de navidad de 2013, durante el primero de los temporales de un invierno especialmente duro, un incendio provocado por un rayo devoró prácticamente todos los materiales susceptibles de arder. Sobre la base de la construcción en piedra (que obviamente no ardió), el templo fue reconstruido con una rapidez sin precedente, pero aún faltan bastantes años hasta que deje de notarse que casi todo lo que no está hecho de piedra es nuevo. Especialmente dolorosa fue la pérdida del retablo mayor original del siglo XVIII. Por suerte la imagen gótica de la virgen que se perdió en el incendio era solo una réplica de la original que, según la tradición, se encontró entre las rocas de este lugar. Tras la reapertura del templo, nuevas maquetas de barcos han ido ocupando los lugares de los exvotos que ardieron en la tragedia. En este santuario, en el mes de septiembre, tiene lugar una más que concurrida romería.

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Abandonando ya la zona (pero no Muxía), volvemos al casco urbano para visitar, en su extremo norte, la iglesia parroquial de Santa María, de estilo románico de transición –y algo de gótico-, que llama la atención por estar construida sobre la roca, especialmente el campanario que se encuentra separado del cuerpo de la iglesia. Merece también la pena acercarse a los secaderos artesanales de congrio que pueden verse junto al mar, en el extremo más cercano al puerto del mismo paseo que lleva al santuario de la Virxe da Barca.

Y, por supuesto, en Muxía podremos encontrar un lecho donde reposar nuestros cuerpos de nuestro largo pedalear por los duros caminos de la Costa da Morte y sobrados lugares donde saciar –y saciar bien- nuestra hambre. No debemos olvidar tampoco acercarnos a la oficina de turismo local donde, presentando nuestra credencial debidamente sellada, nos darán un nuevo diploma certificando que hemos llegado hasta aquí.

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Ha llegado el momento de abandonar Muxía y volver a Santiago. Desde aquí, como también ocurría en Fisterra, salen con cierta frecuencia autobuses con destino Santiago de Compostela que en general no suelen poner pegas para subir una bici a bordo. Sin embargo lo más probable es que nuestra aventura nos haya sabido a poco y estemos deseando continuar, así que la vuelta la vamos a hacer también en bici utilizando para ello el camino señalizado que, a través de Dumbría, nos lleva a Hospital y desde allí volveremos a Santiago por el Camino que ya recorrimos cuando íbamos a Fisterra.

Pero si hemos elegido para esta aventura una bici de carretera y creemos que es ya hora de tener nuestra merecida recompensa, podemos volver por asfalto directamente desde Muxía hasta la capital compostelana con lo que, además de ganar en comodidad (a pesar del tráfico), no nos perderemos los principales puntos turísticos del Camino y tendremos también oportunidad de conocer nuevos lugares por los que el Camino no pasa. Sin embargo, de elegir esta opción, debemos tener en cuenta que no volveremos a tener albergues de peregrinos hasta Negreira, por lo que deberemos rediseñar nuestro plan de viaje en función de esto. De este modo, si preferimos usar la carretera, tendremos oportunidad de visitar dos maravillosas iglesias como son San Xián de Moraime y San Martiño de Ozón (de las que trataré más adelante) pero además, una vez hayamos abandonado ya definitivamente la ruta jacobea, podremos visitar joyas históricas variadas como, entre otros, un petroglifo con cazoletas y espirales en Boallo, numerosos dólmenes (incluidos todos en la ruta de los dólmenes de Vimianzo) o la mina romana inundada de Pozo Limideiro, además del bonito puente de Brandomil, sobre el río Xallas, de origen romano, factura medieval -aunque reforzado en el siglo XVIII- y que jugó seguramente un destacado papel en la historia de esta ruta jacobea de Muxía de la que estamos tratando. Entre tanta maravilla, no debemos dejar de prestar atención a la carretera -en la que, por cierto, encontraremos muchos otros cicloviajeros que se dirigen a Muxía por asfalto- pues prácticamente carece de arcén y es muy transitada. Sin ir más lejos, en la localidad de Brandomil se pueden ver aún las flores depositadas en el punto donde un ciclista fue arrollado perdiendo la vida en 2016.

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Pero hemos elegido la opción caminera, por lo que abandonamos Muxía por carretera pero al salir del casco urbano, pasada la playa, nos desviamos a la izquierda para seguir durante algunos metros la costa por la plataforma de madera que bordea el arenal. A continuación nos internamos en el bosque por un bonito pero duro camino ascendente que nos lleva a la aldea de Chorente. Desde aquí salimos por asfalto pero, después de girar a la izquierda y llegar a unos chalets alineados a nuestra derecha, el asfalto desaparece dejando paso a un camino de tierra que nos deja casi de inmediato en una sencilla ermita dedicada a San Roque en cuyo tranquilo entorno podremos descansar unos minutos o unas horas. No tardamos en llegar después a la carretera que sube desde Muxía, que tendremos que cruzar extremando las precauciones pues estamos en una curva. Al otro lado, una tranquila carreterita nos ayuda a recorrer la corta distancia que nos separa de unos de los lugares que, por si mismos, hacen que merezca la pena este viaje: nos encontramos en Moraime donde en el siglo XII se levantó un monasterio del que aún se encuentra en pie la iglesia románica de San Xián, que bien merece ser visitada aunque tan solo sea para admirar sus puertas principal y lateral, bellamente decoradas. Uno de los edificios del entorno es ahora un hotel y en las proximidades puede verse también un palomar.

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Una vez hayamos disfrutado a gusto de esta joya románica (cuyas pilas bautismales fueron robadas por la santa esposa de un dictador cuyo nombre, francamente, prefiero no mencionar), continuamos nuestro camino y volvemos a toparnos con la carretera general que volvemos a cruzar -en curva, para variar- para seguir una carretera paralela pero más tranquila que nos vuelve a dejar en la carretera general al llegar a la localidad de Os Muiños, poco más adelante.

De Os Muiños saldremos hacia la izquierda por una bonita carreterita que discurre paralela a la costa, aunque a mayor altura, lo que nos permitirá rodar un par de kilómetros escuchando el oleaje. por aquí pasa también, aunque en sentido contrario al que llevamos, el Camiño dos Faros que abandonamos, al igual que el asfalto, a la entrada al pueblo de Merexo. Aquí tomamos una pista de tierra ascendente que nos aleja ya definitivamente de la costa y que nos lleva, con bastante esfuerzo, hasta Vilar de Sobremonte, desde donde solo tenemos que dejarnos caer unos metros para alcanzar otro de los lugares mágicos de este tramo: el antiguo monasterio de San Martiño de Ozón y su iglesia de origen románico (aunque las reformas llevadas a cabo en los siglos XVII y XVIII apenas dejaron restos del original). Lo más llamativo del conjunto es el hórreo donde se almacenaban las rentas pagadas al monasterio, que tiene nada menos que 27 metros de largo y consta de 22 pares de pies, lo que lo convierte en uno de los hórreos más grandes de Galicia y nos habla de lo rico que llegó a ser este monasterio allá por el siglo XVI.

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Desde aquí, el camino que pasa junto al enorme hórreo y que más adelante pasa a estar asfaltado, nos lleva a la localidad de Quintáns donde cruzamos una vez más (ya es la última, os lo prometo) la carretera general Santiago-Muxía. En caso de haber agotado ya los víveres que trajésemos desde Muxía, estamos también en un buen lugar para reabastecernos.

Dejando atrás Quintáns nuestro camino vuelve a ponerse cuesta arriba, por asfalto primero y por tierra compactada después. Después de un rato de ascenso moderado pero constante, la subida nos da una tregua al tiempo que, obedeciendo tal vez a un cambio de concello, la «autopista para peregrinos» por la que circulamos deja paso a un camino más tradicional y bonito, pero aún ancho y de circulación fácil. Después de lo que nos parecerá un momento llegamos de nuevo al asfalto en una carretera que tomamos a la izquierda y, casi de inmediato, a la derecha para entrar en el casco urbano de Vilastose, donde un par de bonitos hórreos nos dan la bienvenida. Lo siguiente que vemos, a la derecha, es la iglesia de San Ciprián de Vilastose, barroca del siglo XVIII, en cuya portada destaca el extraño rosetón y el frontón triangular que corona el conjunto. En su interior se encuentra una capilla gótica del siglo XV dedicada a Nuestra Señora del Rosario. Otro detalle llamativo es que en vez de torre lo único que vemos, a la derecha de la puerta, es una especie de muñón. De hecho, para ver el campanario de la iglesia debemos continuar nuestra ruta unos pocos metros, donde lo vemos a nuestra izquierda a un nivel más elevado. Como la iglesia, también es barroco y también del siglo XVIII aunque, quizás por su situación al lado de un hórreo y frente a un crucero, parece mucho más bonito que aquella (sin duda me gustan más los frontones partidos barrocos, como el del campanario, que los triangulares de apariencia neoclásica, como el de la iglesia).

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Salimos de la localidad por la misma calle por la que entramos (técnicamente estamos en un barrio que se compone únicamente de esta calle, el resto del pueblo está algo más al oeste) y tomamos la carretera a la izquierda, donde las casas siguen sucediéndose en ambas orillas (una de ellas tiene una higuera que invade la carretera con sus ramas y es difícil resistirse a sus jugosas brevas) hasta que entramos en otro núcleo urbano, en este caso Senande, donde podemos encontrar un par de bares y tienda de alimentación. Giramos a la derecha y al momento abandonamos la carretera principal hacia la izquierda en un tramo más o menos llano que alterna bosque de eucalipto y campos de maíz.

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 Después de cruzar el apacible río Castro y su fresca rivera, retomamos de nuevo la subida -dejando a nuestra izquierda un bonito hórreo y bellas vistas- pero no tardamos en llegar a la siguiente parada: la capilla de A Virxe do Espiño, también conocida como Santiña de Trasufre. En este caso, el edificio en sí -del siglo XVIII, ampliado en el XIX y, con su desconchada pintura blanca y ruinoso tejado, aspecto de que no aguantará mucho tiempo en pie- no es gran cosa pero sí lo es la festividad que tiene lugar el 21 de septiembre y que gira en torno a las aguas de la Fonte da Santa, a las que se le atribuye el milagroso poder de curar verrugas y otras enfermedades de la piel. El ritual incluye lavarse con el agua la zona afectada y secarse con un pañuelo que debe ser después colocado sobre la zarza (silveira o espiño) donde supuestamente se apareció la Virgen. Lo descuidado del entorno hace que sea difícil rodear el edificio o encontrar la fuente, siendo bastante más fácil llegar al crucero que hay en un nivel superior.

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Continuamos la subida por la parte más alta de la aldea de Trasufre, donde parecen acumularse los mejores hórreos del lugar. Después giramos a la izquierda y nos metemos por un estrecho sendero con firme en perfecto estado -arreglado para los peregrinos- y rodeado de vegetación que sería mucho más fácil de disfrutar si no fuese todo de subida. Así lo comprobamos cuando, después de un buen rato de subida, el terreno cede al fin y comenzamos a descender. Cuando vemos ante nosotros un poco de asfalto, el camino se desvía bruscamente para evitarlo y seguimos bajando por tierra. Poco más adelante, y aún en bajada, nos topamos de nuevo con esa misma carretera, que en esta ocasión cruzamos (no es el mejor sitio para cruzar así que ¡precaución!) para seguir bajando por la carretera que sale frente al camino por el que veníamos.

Pero lo bueno no dura siempre así que, después de cruzar el río do Fragoso, empezamos un suave ascenso que en poco tiempo nos deja en Dumbría. Justo a la entrada a la localidad (donde podemos disponer de servicios como bares, resturantes, centro médico, banco, etc.) tomamos a la derecha para entrar en el casco urbano y después tomar de nuevo a la derecha para cruzarlo. Antes de abandonar Dumbría dejamos a nuestra izquierda, al fondo de una explanada que sirve de aparcamiento y donde encontramos un bar (siguiendo la ley no escrita de que frente a cada iglesia de España tiene que haber uno), la iglesia de Santa Baia, construida entre los siglos XVII y XVIII en estilo barroco.

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Por la misma carretera por la que vamos cruzamos un riachuelo e, inmediatamente después, nos salimos hacia la derecha en dirección al albergue municipal, construido entre un parquecillo y el campo de fútbol local. Después tomamos a nuestra derecha un bonito sendero rodeado de vegetación autóctona en el que recomiendo tomar aire para lo que se nos viene encima. El camino acaba junto a una casa y gira hacia la izquierda ya convertido en asfalto por el que rodamos unos metros hasta una pequeña aldea donde debemos dar un brusco giro a la izquierda y ¡nos damos de bruces con un muro de cemento!

Si hemos sido lo bastante previsores como para poner con tiempo nuestro desarrollo más suave y, después de asimilar que lo que tenemos ante nosotros no es la pared de una casa sino el comienzo de un camino, conseguiremos superar los metros de cemento, pero este no hace sino dar paso a un camino de tierra y piedra suelta con igual o mayor inclinación. Después de una curva de herradura llegamos a una carretera que tomamos a la derecha y donde respiramos por fin un poco, aunque seguimos subiendo. En la primera curva debemos cruzar el asfalto para tomar el camino que sale a la izquierda (de nuevo, ¡cuidado!) que sigue subiendo sin tregua con pendientes significativas, aunque no tan exageradas como en el primer tramo.

Lo más duro de la subida acaba cuando nos encontramos de nuevo con la carretera (que se plantea como una opción para subir más pausadamente si no nos importan los constantes adelantamientos) e incluso unos metros de bajada nos hacen albergar esperanzas, pero se trata solo del cauce de un riachuelo y después debemos seguir subiendo, aunque ya de forma mucho más asequible. La historia se repite poco más adelante, donde un pequeño puentecillo nos permite salvar otro riachuelo antes de volver a subir. Finalmente, un bestial repecho de gravilla -donde casi seguro que tendremos que desmontar para empujar la bici, más por las piedras sueltas que por la inclinación- nos deja de forma definitiva en el asfalto.

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Un último tramo de subida y un poco de llaneo posterior, dejando los imponentes aerogeneradores a nuestra izquierda (no son gigantes, sino molinos, mis queridos escuderos) y, viendo ya delante de nosotros, ligeramente a la derecha, una fea fábrica que domina el paisaje, llegamos a gran rotonda que nos resulta familiar: estamos en el cruce de Hospital donde el camino de Fisterra y el de Muxía se separan (o, si estamos ya de regreso como es nuestro caso, vuelven a unirse). Hemos completado así nuestro viaje o, al menos, nuestra descripción del mismo, pues lo que encontraremos de aquí a Santiago ya lo conocemos todos y no merece la pena repetir los detalles… aunque, por supuesto, ¡debemos aún pedalearlo!

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1 comentario en “Más allá del fin de la tierra: Prolongación Jacobea (Santiago-Fisterra-Muxía-Santiago)

  1. Avatar de MyCyclingRoutesmycyclingroutes Autor

    Respecto al origen etimológico del topónimo «Mar de Ovellas» que da nombre a una de las cuestas más duras de esta ruta y que en época medieval sería «Mor do Obellias» o «Mordouelias», un lector propone que podría proceder del protocelta «mor» (mar o lago) + «dubuwyo» (dolor o escuro), por lo que el nombre vendría a ser «mar del dolor» o «mar oscuro» pero, dado que el océano se encuentra aún a muchos kilómetros de este lugar, «mor» haría referencia más bien a un lago.
    La verdad es que no me constaba la existencia en la antigüedad de ningún lago cerca de este lugar, pero una rápida consulta hecha a raíz del comentario me ha llevado a comprobar que, junto al punto donde arranca la subida a Mar de Ovellas, en la aldea de Augapesada, los mapas topográficos del IGN muestran la existencia de un lugar denominado O Lago. Dado que el nombre del lugar aparece situado sobre el Rego dos Pasos (un riachuelo que termina desembocando en el Sar junto al casco urbano de Bertamiráns), es probable que el topónimo haga referencia a que esa zona estuviese inundada en el pasado aunque, por ahora, mis indagaciones no han logrado ir más allá.
    Ignoro si ese “O Lago” tiene algo que ver con el “mor” celta que buscamos, pero Galicia es una tierra abundante en agua y con mucha frecuencia sus topónimos hacen referencia a ella (el propio Augapesada, sin ir más lejos), por lo que no sería extraño que ese Mordouelias tuviese también un origen fluvial. La densidad del bosque que cubre la ladera y la cima del monte podría explicar lo de la oscuridad (aunque en la actualidad la parte baja del valle del Rego dos Pasos es un lugar despejado y luminoso). ¡La única referencia al dolor que se me ocurre es lo que sienten las piernas del ciclista que sube la empinada cuesta!
    Por mi parte, lo referente a la etimología de este topónimo del Mar de Ovellas, junto con otros muchos datos sobre esta ruta en concreto, lo saqué de “El Camino al Fin de la Tierra”, un premiado trabajo del muxiano Manuel Vilar Álvarez. Su fuente parece ser el Tumbo de Toxos Outos, un cartulario medieval gallego.

    Aunque no tenga nada que ver, recuerdo que la primera vez que pasé por este lugar el valle se hallaba cubierto por una densa niebla por lo que, al sobrepasar las nubes y llegar a la parte alta del monte, lo que podía verse al mirar hacia atrás era un verdadero “mar de ovejas”.

    No quisiera terminar sin agradecer a Jorge su culta e interesante aportación, y me gustaría también animar a los demás lectores a dejar en esta u otras entradas sus comentarios (para empezar, sería muy interesante cualquier pista que nos ayude a resolver nuestra lacustre duda).

    J.
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    Actualización: Jorge nos amplía sus comentarios, aunque advierte que los especialistas aún discuten sobre la etimología celta, por lo que recomienda tomar estas sugerencias con reservas:

    Respecto al nombre en el medievo Mor Douelias:

    Seguro que douelias es celta. Fueron los idiomas celtas los que aportaron el sonido «w» del inglés (como en «water»: uóter) mientras el alemán, por ejemplo, no tiene tal sonido (agua es «Wasser»: vásser) Ejemplo: el celta dwórios, copiado en el latín como duórios y que se transformó en Douro/Doro, el río. Dwórios significa «agua».
    En protocelta, padre de todos los idiomas celtas antiguos y de los que aún se hablan:
    Mor dwayo = lago lejano.
    Mor do leas = «do» y «to» significan «para» algún lugar; Tobar = to (para) var (agua); tobar, tovar = el camino para el agua (río, fuente u otra). Léas= cura (irlandés antiguo). Mor do leas = lago para la cura (de molestias).
    En irlandés antiguo hay una propuesta muy interesante:
    Mor do úile léas = lago para toda la cura (lago que sirve para curar todo).
    Y la última:
    douelias tendría su orígen en una supuesta palabra celta: dowelias, que puede ser do+welias. Mor do welias = Lago del sangre (ahí se hacían sacrificios a los dioses).
    Los celtas creían que las aguas, el rocío, el mar, curaban molestias. Es probable que si hubo un lago los galaicos lo consideraran sagrado: curaba molestias. Ellos solían tirar ofrendas, cosas, en las aguas de lagos sagrados. O según la última sugerencia de arriba, sería el lago donde se hacían los sacrificios a los dioses.

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