Bordeando la Costa de la Muerte: Camino de los faros

Provincia: A Coruña

Distancia: 220 km aprox.

Mapa:

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Track: Descargar CaminoFaros.gpx

Descripción:

El Camiño dos Faros es una ruta senderista que transcurre por el litoral de la conocida como Costa de la Muerte, entre la localidad de Malpica y el cabo de Fisterra. La ruta se encuentra señalizada en su totalidad pero, al estar pensada para ser recorrida caminando, no es apta para bicicletas en gran parte de los tramos. Por suerte para los viajeros sobre dos ruedas, Os Trasnos –como se denominan a sí mismos los miembros de la asociación que creó, mantiene y difunde la ruta- diseñaron hace poco un recorrido alternativo para bicicletas de montaña. El track completo puede descargarse fácilmente en internet, desde la página oficial del camino, donde también puede encontrarse todo tipo de información sobre la ruta y los lugares por los que pasa (sin duda mucho más completa de la que pueda verter yo en este humilde blog).

Existe también un pequeño libro de Rafael Lema -que lleva por título precisamente Camiño dos Faros (publicado en la serie GuíaBurros de Editatum)- donde se recogen algunas interesantes leyendas de las tierras que visitaremos durante nuestro viaje. Su reducido precio y su escaso peso hacen de él una lectura ideal para llevar en nuestras alforjas y entretener nuestros ratos de ocio. Por último, en diversos puntos de nuestro recorrido podremos encontrar también alguno de los folletos que, distribuidos por Os Trasnos, contienen una somera descripción del camino y de sus etapas.

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En este caso se trata de una ruta apta únicamente para bicicletas todoterreno: un viaje ideal para esa modalidad tan de moda ahora del bikepacking. En caso de querer utilizar otro tipo de bici sería necesario realizar muchas más modificaciones en el recorrido. Lo remoto de algunos (la mayoría) de los lugares por los que se pasa hace que sea imprescindible planear antes mínimamente los lugares donde se pernoctará. Lo escarpado del terreno, la meteorología generalmente adversa y, lo más importante, el estar circulando por ecosistemas muy frágiles, son motivos suficientes para recomendar que NO se practique acampada libre (y además, el hecho de no llevar el par de kilos extra que supone el material de acampada será muy de agradecer en algunos de los repechitos que nos encontraremos).

Sin más, comencemos esta aventura que promete ser una ruta dura, pero repleta de paisajes de impresión. Esta vez no la haremos solos: nos acompañará el simpático Traski, mascota de Os Trasnos, que nos iluminará el camino con el faro que lleva en su bastón.

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Y comenzamos precisamente con Traski, ya que al acceder al puerto de Malpica nos encontramos un panel con la forma de este simpático personaje indicando que estamos en el Km.0 de la ruta. En la parte trasera (en la «espalda» de Traski) podemos encontrar información sobre este Camino de los Faros que estamos a punto de emprender.

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En realidad, nuestro track nos dice que la ruta no comienza aquí sino unos metros más allá, en el extremo del dique de abrigo que protege el puerto. Sin embargo, un cartel de prohibido el paso y una barrera nos disuaden de llegar allí. En realidad tampoco perdemos mucho pues lo más importante (el espigón, la cofradía de pescadores, la lonja y la actividad portuaria en sí) ya lo vemos desde aquí. Así pues, nos despedimos de Traski y, dejando atrás el que fuera otrora un importante puerto ballenero, damos las primeras pedaladas de este Camiño dos Faros subiendo la rampa que nos lleva a las calles de Malpica y, más concretamente, a la Praza do Cruceiro donde, como su propio nombre indica, dejamos a la derecha un crucero, además de una fuente y unos bancos.

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Malpica de Bergantiños, ya que este es su nombre completo al llevar a modo de apellido el nombre de la comarca de la que es capital, es un pueblo de buen tamaño que se encuentra construido en el istmo de una pequeña península que termina en altos acantilados. A nosotros se nos ha hecho tarde y estamos ansiosos por comenzar la ruta, pero es sin duda una buena idea explorar sus angostas y empinadas callejuelas para encontrar, entre las casas de colores que miran al mar, rincones de gran interés.

Desde la Praza do Cruceiro, y dejando una librería a la derecha, vamos en busca del mar abierto cruzando antes la rúa Patria Galega, con su animado mercadillo de los sábados. Llegamos así al océano en el mirador de la Cerca donde un gran mural y la enorme hélice de un barco a modo de monumento nos recuerdan el carácter marinero de esta villa. Es hora ya de hacer lo que haremos durante los próximos días: seguir la línea de costa. Así lo hacemos avanzando por la calle que vemos a nuestra izquierda y que, apenas a unos metros, nos permite acceder a una rampa que nos deja bajar al Paseo do Caldeirón, por donde pedaleamos unos metros bordeando las rocas entre las mesas de una cafetería antes de vernos obligados a desmontar para subir unas cortas escaleras.

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Seguimos ahora por el paseo marítimo que deja a la derecha la playa de Area Maior, un extenso arenal animado durante todo el año (bañistas en primavera y verano, surfistas en otoño e invierno). Como será la tónica habitual en esta ruta, desde aquí ya vemos los próximos kilómetros que tendremos que recorrer (subiendo, en este caso, a la ermita de San Adrián), al igual que si miramos hacia atrás alcanzamos todavía a ver el corto trayecto que llevamos ya recorrido. Al final del paseo llegamos al pequeño aparcamiento que se encuentra junto a otra pequeña playa que lleva por nombre Canido, donde debemos tomar el pequeño sendero empedrado que bordea la playa, con una rampa bastante dura después de los primeros metros de bajada. No está de más que nos vayamos acostumbrando, pues estos repechos, y otros aún peores, nos harán la vida imposible durante los más de doscientos kilómetros que tenemos por delante. Mirando atrás, tenemos una buena panorámica de la bonita y colorida fachada atlántica de Malpica.

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Después de una curva en ángulo recto, las baldosas de piedra dan paso a un camino de tierra de estos que en todos los ayuntamientos denominan «rutas saludables» o algo parecido, como se desprende de los aparatos de ejercicio que abundan en sus márgenes y de los vecinos en chándal que lo frecuentan. Completada la subida, nos dejamos caer por él hacia otro aparcamiento y otra playa, la de Seaia. Para poder atravesar esta playa en bici sin problemas, nuestra ruta se separa por primera vez de la de los senderistas. A nosotros nos toca, justo antes de llegar al aparcamiento, tomar la carretera que asciende alejándose del mar para luego tomar el desvío de la derecha, pasar una pequeña vaguada y tomar el nuevo camino que sale frente a nosotros que vuelve a enlazar más adelante (al otro lado de la playa de Seaia) con la ruta por la que veníamos.

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Estamos ya subiendo al cabo de San Adrián y, al poco de que ambos caminos se junten, encontramos una moderna fuente junto a la cual unos paneles nos cuentan la historia de este santo. Al parecer había por esta zona una plaga de serpientes y el bueno de San Adrián (escrito con H en gallego) decidió acabar con ellas, para lo cual solo tuvo que bajar hasta la costa y pisar una que inmediatamente se transformó en piedra, lo que hizo que las demás serpientes aprendieran la lección y tomaran las de Villadiego. Como prueba de la veracidad de esta historia, cuando la marea baja, es posible ver en una de las rocas la serpiente petrificada junto a la poderosa huella del santo (y, para que no andemos bajando, en el panel que hay junto a la fuente hay foto de ambas). Por cierto, dicen los lugareños que no es recomendable beber de esta «fonte da gripe», como la conocen.

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Pero tranquilos, no pasaremos mucho tiempo sin agua pues después de unos metros más de subida tendida por este buen camino con vistas al mar llegamos a la fuente de San Adrián. Aquí las aguas sí son saludables y, aún más, milagrosas, pues dicen que es posible curar las verrugas enjuagándolas con un paño humedecido con el agua de la fuente, que deberá después dejarse a secar tendido en el árbol cercano. Como podemos atestiguar a tenor de la cantidad de trapos colgados de sus ramas, ¡hay una verdadera plaga de verrugas en esta zona!

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Desde la fuente el camino empieza a endurecer sus rampas pero, por suerte no nos queda mucho por recorrer hasta la ermita. En el camino podemos hacer un breve descanso en el mirador que encontramos a la derecha, para deleitarnos con las bellas vistas que llegan desde Malpica hasta las ya cercanas islas Sisargas.

Con renovadas energías salvamos ya el último repecho que nos separa de la ermita, un edificio originario del siglo XVI que fue reformado en el XX. Aquí, hacia mediados de junio, tiene lugar una popular romería en la que los vecinos traen desde Malpica la figura del santo a pasar el día disfrutando de las bellas vistas, de música y bailes tradicionales y hasta de una subasta de gallos en su honor.

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Continuamos nuestro viaje por la carretera que llega a la ermita por su parte más alta. No dejamos de ganar altura sin acallar con ello el incesante rumor del mar que llega hasta nuestros oídos desde las rocas de la orilla, en torno a un centenar de metros más abajo. En un cruce, junto a lo que parece una antigua cantera, damos media vuelta y continuamos el ascenso que, por suerte, no llega a ser excesivamente duro en ningún momento.

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Después de una larga recta, cuando la carretera comienza a girar en lo que es el punto más septentrional de toda nuestra ruta (prácticamente igualado con la ermita de San Adrián), recomiendo deshacer el empate saliéndonos temporalmente del trazado para ir un poco más al norte y acercarnos a la explanada que vemos a nuestra derecha, desde donde se tienen unas inmejorables vistas de las cercanas islas Sisargas, nombre que recibe el pequeño archipiélago que tenemos ante nosotros.

Lo que vemos, básicamente, son tres islotes -aunque desde donde estamos puedan parecer dos-: la Sisarga Grande (obviamente, la de la izquierda), la Sisarga Chica (a la derecha, en primer plano) y Malante (desde nuestro punto de vista, sobresaliendo detrás de la Sisarga Chica), además de otras pequeñas rocas (Chalreu, Xoceiro, Gateira…). Aunque en la actualidad se encuentran todas ellas deshabitadas, existen en la Sisarga Grande varias construcciones, además de un embarcadero. Desde donde estamos se alcanza a distinguir el faro de 1919, totalmente automatizado, aunque no hace mucho era atendido por un farero residente en la isla (en turnos de dos semanas). Antes de este, existió en la isla otro faro que, construido en 1853, fue uno de los más antiguos de esta Costa da Morte. Dicen quienes han estado en el lugar (lo que solo es posible contratando un barco privado en Malpica, pues no existe línea regular) que se conservan también algunos restos de la antigua ermita que, consagrada a Santa Mariña, existió en el lugar, si bien las fuentes discrepan en cuanto a su historia, pudiendo tratarse bien de una ermita antigua destruida en una incursión de los normandos en el s. X o bien de una capilla de 1589 arrasada por Francis Drake.

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Es hora ya de dirigirse hacia el sur y salir del cabo de San Adrián en el que nos encontramos y, para ello, debemos regresar al camino y recorrer por asfalto los pocos metros de ascenso que nos separan del radar que corona el monte. Justo frente a la entrada al recinto debemos abandonar la carreterilla para adentrarnos por un camino que va en dirección contraria a las antenas. A los pocos metros abandonamos este camino para rodar por otro bastante más irregular y cubierto de vegetación que, aunque dificulta nuestro paso, es perfectamente ciclable.

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Después de un rato de llaneo (más bien de subidas y bajadas aleatorias), nuestro camino enlaza con otro algo menos abandonado, aunque tampoco parece estar demasiado concurrido. Antes de comenzar a descender por él, merece la pena hacer una breve parada para disfrutar del impresionante paisaje que tenemos desde aquí: a la izquierda vemos el mar en torno a la localidad de Malpica; a la derecha también vemos el mar hasta el faro de Nariga hacia el que nos dirigiremos ahora; mirando de frente tenemos una no menos espectacular panorámica del interior de la comarca de Bergantiños, una sucesión interminable de montes cubiertos de bosques, prados y la eterna neblina que los difumina. Y es que una vez que emprendemos el descenso no hay tiempo para paisajitos: el camino se lanza dando tumbos con gran inclinación ladera abajo y, enlazando con otro, nos lleva directos a una pequeña carretera, a la que llegaremos tras habernos desviado por un tercer camino de firme igual de irregular que el de los anteriores.

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Al llegar al asfalto nos encontramos un breve repecho que, aunque no sea duro, nos sorprende después de llevar un buen rato bajando. Es solo un espejismo, pues la carreterilla enseguida se desploma buscando la playa y la gravedad se encarga del resto. Poco antes de llegar abajo tenemos, según el track, que desviarnos a la derecha para regresar después casi al mismo punto después de dar la vuelta a una casa. Intento obedecer pero es solo para descubrir que no existe ningún camino que permita hacerlo. Sin embargo, merece la pena acercarse por el camino inferior (por el que deberíamos volver a la carretera) hasta la casa, pues se trata de una peculiar construcción pintada de verde y decorada con motivos negros -tanto pictóricos como escultóricos-. Desconozco el nombre de su propietario quien, supongo, será un artista local (aunque el lugar está a tan solo un par de neones de parecer un club nocturno). Lo que sí pude comprobar al encontrarlo trabajando en una de las esculturas junto al acceso a la finca es su escasa simpatía pues, después de saludarlo dos veces sin obtener respuesta, a mi petición de permiso para sacar una fotografía solo pude escucharle decir en voz baja mientras se alejaba de mí: «desde ahí, sí». Tomándomelo de forma literal (aunque entre líneas se entendía una clara invitación a que me largase cuanto antes), saqué un par de fotos desde el camino público antes de despedirme sin respuesta y regresar a la carretera.

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Pocos metros de descenso nos separan del acceso a la playa de Beo, donde hay un tranquilo merendero. Después la carretera decide cobrarse los favores anteriormente recibidos, y lo hace en la forma de la pared que tendremos que escalar para llegar a las casas de la aldea (Beo). Como disculpa para detenernos a media subida, recomiendo dejar la bici junto a la escalera descendente que vemos a nuestra derecha y bajar por ella unos metros para ver la playa desde un pequeño balcón colgado en el acantilado. Después, terminamos de subir el repecho, cruzamos la aldea y giramos a la derecha  para tomar la carreterilla que conduce a la playa (o más bien a un recodo de esta). Al final del asfalto encontramos tres cosas: un lavadero con su correspondiente caño, un mínimo sendero que desciende a la arena y otro sendero que será el que tomaremos. Y lo haremos con sumo cuidado, no por tratarse de un tramo especialmente complicado, pero sí por discurrir al borde del acantilado, por lo que una mala caída hacia la derecha podría terminar con nuestros huesos rompiéndose contra las rocas que salpican la playa unos cuantos metros más abajo.

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Separándonos una vez más (serán tantas a lo largo del recorrido que lo más normal es que no lo mencione) del sendero para caminantes, nosotros tomamos ahora unas roderas que nos alejan del acantilado. Al poco, esta se transforman en asfalto y nos llevan zigzagueando tierra adentro (a la derecha dejamos el inexplorado castro marítimo de Entretorres) entre campos de maíz, que irán acompañados de alguna mancha boscosa algo más adelante, cuando abandonemos el asfalto hacia la derecha para seguir un camino de tierra.

Después de varios cruces, este camino termina escupiéndonos en una carretera con bastante tráfico. Se trata de la vía que une las localidades de Malpica y Ponteceso y que nosotros utilizamos en esta ocasión para dar un pequeño rodeo y salvar el humedal formado por el riachuelo de Esteiro en su desembocadura. Poco después de cruzar el río, abandonamos la carretera en el desvío que indica que el Faro Nariga está a 6.5 kilómetros de nosotros, hacia nuestra derecha.

Debo mencionar, por si alguien tiene interés en acercarse, que a poca distancia de aquí -apenas a un kilómetro siguiendo la carretera hacia Ponteceso- se levantan las Torres de Mens, un castillo del siglo XV (construido sobre uno anterior que a su vez se levantó sobre un castro) en magnífico estado de conservación. Dicho estado de conservación se debe precisamente a que en la actualidad es una vivienda privada, por lo que de acercarnos a visitarlo tendremos que conformarnos con ver sus torres desde la propia carretera por la que vamos.

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Volviendo a nuestra ruta, tomamos como he dicho la carretera que va hacia Punta Nariga y, cuando esta describe una pronunciada curva, la abandonamos hacia la derecha en dirección a la playa de Seiruga. Desde la carretera que nos lleva a ella alcanzamos a ver el antes mencionado humedal del Xuncal do Martelo, desde donde el riachuelo que lo alimenta solo tiene que recorrer unos metros a través del arenal de la playa para alcanzar las aguas de la ensenada de Seiruga.

Cuando casi estamos llegando al aparcamiento de la playa, giramos a la izquierda junto a un bar (puede ser buena idea comer o descansar en algunos de los negocios que encontraremos en los próximos dos o tres kilómetros, pues después tardaremos mucho tiempo en encontrar otra zona con este tipo servicios). La carretera que tomamos no tarda en morir junto a la playa no sin antes dejar a la izquierda un pequeño sendero que escala la ladera y por el que debemos empujar no sin esfuerzo nuestras bicis. Al otro lado de este complicado paso nos encontramos una nueva carretera que no es tan nueva, pues es uno de los ramales en los que se dividió la que nos conducía a la playa de Seiruga (si hubiésemos tomado el correspondiente desvío a la izquierda nos habríamos ahorrado este tramo a pie). Un par de cruces después -siempre siguiendo nuestro track– tomamos un camino a la derecha y apretamos los dientes preparándonos para el ascenso que tenemos ante nosotros. Sin embargo, a los pocos metros de haber tomado el camino y habiendo subido aún muy poco, dejamos este camino para tomar el que nos lleva llaneando a la derecha.

Cuando el camino llega a una explanada cubierta de hierba y difumina su trazado giramos levemente a la izquierda para reencontrarnos con él, ahora algo más marcado mientras bordea un bosque y se dirige en descenso hacia la parte trasera de una cetárea, dejando a la izquierda un impresionante paisaje que más parece noruego que gallego

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Llegamos así a una carreterilla que va pegada a las rocas de la costa. A la izquierda dejamos un par de restaurantes, uno de los cuales ofrece también alojamiento, si bien no creo que sea barato alojarse aquí pues el Restaurante As Garzas cuenta nada más y nada menos que con ¡una estrella Michelín!

Entre las rocas, a nuestra derecha, vemos con interés una antigua construcción triangular en ruinas prácticamente sumergida en el mar (desconozco de qué se trata) antes de que la carretera empiece a apuntar tierra adentro. Lo solucionamos girando a la derecha en el primer cruce (junto al que hay otra posada-restaurante, por si la última no nos resultó asequible) y, al final del asfalto, tomar el caminillo que comunica el aparcamiento de la playa de Barizo con la playa propiamente dicha. A la derecha, al otro lado de la ensenada, vemos el pequeño y apartado puerto de Barizo.

Nada más llegar a la playa la abandonamos por la rampa que sale frente al camino por el que llegamos y que nos lleva después a una pista asfaltada que se aleja del mar entre algunas casas dispersas. Enlazamos después con otra carretera que llanea unos metros y nos lleva a otra que vemos señalizada con un cartel que a estas alturas ya nos resulta familiar: Faro Nariga.

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Después de unos metros de rápido descenso llega el temido ascenso. Después de los primeros metros de subida, un crucero situado -precisamente- en un cruce, nos da una disculpa para detenernos unos segundos a tomar una fotografía. Después, dejando a la derecha la carretera que va hacia el puerto de Barizo, continuamos subiendo hasta que la iglesia de San Pedro nos sirve de nueva excusa para volver a descansar. Ignorando la presencia de un cuervo muerto en el caminillo de acceso a esta pequeña iglesia, vuelvo a subirme a la bicicleta. Ahora estoy convencido de que se trataba de un mal augurio: nada bueno espera en los próximos kilómetros a los cicloturistas obedientes que siguen ciegamente las instrucciones de un track malvado.

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Dejando atrás la iglesia, subimos siguiendo los indicadores del Faro de Nariga. Después de enfrentarnos a unos duros -muy duros- repechos, justo cuando alcanzamos a ver al fondo la capilla de San Nicolás (la capilla no parece muy interesante, pero junto a ella hay una fuente que nos puede resultar de interés si andamos cortos de agua) nuestro track nos pide que nos desviemos por el camino de tierra que aparece a nuestra derecha, así que así lo hacemos. Aviso: nos arrepentiremos de ello, si bien en mayor o menor medida en función de nuestras futuras decisiones.

La pista que hemos tomado nos lleva hacia el noroeste en una subida no demasiado exigente salvo, quizás, en los primeros metros. A la derecha, tras el pinar, vemos claramente la silueta del castro de Barizo, un yacimiento arqueológico sin excavar del que, además de las murallas cubiertas de helechos que ya intuimos desde aquí, poco más puede verse (y, para muestra, la foto de su interior que adjunto). Después, lo que vemos a ese mismo lado es algo que ya conocemos: las islas Sisargas y la península que recorrimos al poco de iniciar este viaje.

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Al poco de dibujar un par de curvas y cuando vemos que la pista que seguimos está a punto de terminar, empieza la diversión. Nos toca cambiar un camino de tierra en buen estado por el que veníamos pedaleando con facilidad por un sendero apenas dibujado en la inclinada ladera que tenemos a nuestra izquierda. Si somos unos aspirantes a Indurain que no sienten el dolor intentaremos subir pedaleando. No nos servirá de nada: cuando parece que la pendiente comienza a ceder, llega el turno de la vegetación y el firme, cerrándose una en torno a nosotros mientras el otro empeora de forma significativa, dificultando seriamente nuestro empeño por avanzar pedaleando. En el suelo, cuando las piedras lo permiten, vemos grabadas las huellas de quienes pasaron antes que nosotros y solo son de moto, ni una sola de bicicleta.

Llegamos finalmente a un camino algo más marcado. De seguirlo a la izquierda, nos devolvería a la carretera y tendríamos que llegar al faro por asfalto. Lo descartamos y, en su lugar, obedecemos al track y giramos a la derecha. Strike 2.

Recuperamos así nuestra dirección original hacia el noroeste y vemos ya una hilera de aerogeneradores, dándonos la sensación de que estamos pedaleando hacia el situado más a la derecha de todos, junto al que vemos un camino que, con suerte, terminaremos llegando después de alguna penuria. Y es que, cuando completamos la subida que estamos haciendo, el camino se desploma y pierde altura de forma vertiginosa en una sucesión de curvas cuyo firme deja mucho que desear. Cuando finalmente llegamos a lo más hondo de la vaguada que se ha interpuesto en nuestro camino, nos parece intuir que nos unimos a un camino algo más marcado, y puede que sea cierto, pero el marcado desnivel que adquiere ahora la subida nos dejará el cerebro sin sangre para pensar en tales nimiedades. Si nos vemos obligados a apearnos y subir empujando las bicicletas, hagámoslo sin recato, pues salvo los pájaros y, tal vez, algún vecino de Malpica provisto de un telescopio, no nos verá nadie en estos remotos parajes.

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Por fin, un camino en buen estado, de los del parque eólico, se cruza en nuestro destino. Tomamos por él a la izquierda y, ahora sí pedaleando, avanzamos hacia el generador más cercano. Si no vamos demasiado obnuvilados por las vistas (ya sean de las Sisargas y del océano, si somos de gustos paisajísticos, o de los inmensos molinos, si somos ingenieros) veremos que una de las rocas del suelo tiene pintadas de verde unas minúsculas huellas de trasnos: estamos en el buen camino… o ¡eso quieren hacernos creer! Justo debajo del aerogenerador más cercano, cuando más intenso es su eterno zumbido y sus enormes palas parecen querer cortarnos en dos (lo que, por otra parte, nos ahorraría muchos disgustos en el futuro más inmediato), el dichoso track nos pide que nos desviemos a la derecha, donde solo una maldibujada senda parece intuirse entre los altos tojos. Miramos el mapa y vemos que el camino que estamos siguiendo no tarda en desembocar en la carretera y que podríamos terminar el camino hasta el faro por asfalto, pero somos novatos y, al fin y al cabo, hemos venido a jugar, así que respiramos hondo, nos santiguamos y nos adentramos en la jungla. Strike 3: ¡eliminados!

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Los primeros metros parecen viables. Aunque no tenemos espacio para caminar en paralelo a la bicicleta, podemos empujarla sin problema y caminar tras ella evitando los pinchos de los tojos con cierta facilidad. Al poco, la cosa se complica y el paso se estrecha. Los pinchos empiezan a traspasar nuestra ropa (y eso que fui afortunado y llevaba tanto pantalón largo como manga larga) y la bici se niega a avanzar, por no hablar de lo complicado que resulta encontrar un sitio donde colocar nuestros pies tras ella. Para colmo de males, cada dos o tres pasos encontramos una tela de araña atravesando el camino y, como su fornida constructora está cómodamente instalada sobre ella y no queremos que acabe en nuestra cara, nos vemos obligados a detenernos, romper la tela con un palo y cruzar rápidamente mientras su propietaria corre a ponerse a salvo en el tojo más cercano (espero que estos grandes arácnidos no sean una especie protegida, pues obligué a rehacer su vivienda al menos a una docena de ellas). Después de lo que no son más que unas decenas de metros de descenso entre tojos pero que nos parecen más largos y duros que correr un Tour completo sin doparse, la senda intenta abrirse un poco y vuelve a adoptar un aspecto que nos recuerda remotamente al que debería tener un camino (aunque siga teniendo vegetación atravesada). Es el momento de que entren en juego los cazadores: oigo ladridos no demasiado lejanos y entre la vegetación alcanzo a distinguir varios coches con remolque aparcados en la cercana pero aparentemente inalcanzable carretera, lo que me hace temer por mi integridad física, pues calculo que, para un observador externo, mi bici y yo no somos más que un grupo de tojos moviéndose bruscamente y que así es precisamente como delatan los jabalíes su presencia. Así, cantando a voz en grito para que no nos confundan con una pieza de caza mayor, con un cuerpo digno de un ecce homo (corona de espinas incluida), y con cara de tontos por no haber tomado anteriormente ninguna de las salidas que la fortuna nos ofrecía, llegamos finalmente a la carretera por la que, ahora sí, nos dirigimos hasta el faro de Punta Nariga, que ya hemos alcanzado a ver un par de veces.

Al poco de tomar la carretera dejamos a la izquierda -futura derecha- un cartel indicando, entre otros, que por ahí se llega a la Ensenada del Lago. Tomamos nota mental, pues ese será nuestro siguiente destino una vez hayamos visitado Punta Nariga. Poco más adelante, y mientras esquivamos a los ya mencionados cazadores que se agolpan junto a sus coches en las cunetas de la carretera, dejamos a la derecha otro cartel indicando cómo llegar a una fortificación, pero no nos arriesgamos a averiguar qué es por miedo a que algún cazador rezagado nos regale un poco de plomo. No nos queda otra que dejarnos caer por asfalto hacia el faro hasta que, poco antes de llegar a él, vemos otro cartel a la derecha. Esta vez sí merece la pena acercarse por el sendero hasta las primeras rocas (a apenas unas decenas de metros) para ver, escondidas en un pequeño abrigo rocoso, unas curiosas inscripciones en la roca representando numerosas cruces, un barco de dos mástiles y un breve texto que no he conseguido descifrar. Si bien es obvio que se trata de un grabado de época histórica, su cronología no ha podido ser precisada, aunque lo más probable es que sea medieval. Lo que no es tan antiguo son los restos de papel que ha dejado algún visitante desconsiderado que, ignorando los petroglifos, ha aprovechado este aislado rincón para desahogarse. Hay seres a los que no debería permitírseles salir de casa sin correa, como los animales que son (sin ánimo de ofender a ningún animal, incluyendo a los gusanos, que me merecen más respeto que los humanos que hacen estas cosas).

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Desde las rocas cercanas a los grabados hay unas maravillosas vistas del entorno y del faro, así que no dejamos de aprovechar para sacar unas fotos antes de acercarnos a contemplar más de cerca el edificio del faro: una obra del arquitecto César Portela tan reciente como de 1995 (dos años posterior si atendemos a la inauguración oficial). Se trata por tanto del faro de más reciente construcción de Galicia y, dicen algunos, de toda España. Situado sobre una base formada por dos triángulos superpuestos, tiene una altura de 50 metros y dicen los que han navegado estas peligrosas aguas que su luz puede verse desde más de 20 millas agua adentro. Yo, que soy de secano y de lobo marino tengo más bien poco, me entretengo fijándome en otros detalles, como que la escultura del Atlante que se encuentra en el vértice del triángulo inferior -obra de Manolo Coia-, visto desde el ángulo equivocado, no parece una imagen apta para menores (antes de criticar al que esto escribe por tener la mente sucia, recomiendo que el lector vea la foto incluida más abajo y juzgue por sí mismo).

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Dejando tranquilo ya al atlante y su sospechosa «pierna», abandonamos el faro y regresamos por donde hemos venido para descubrir sin sorpresa que las cuestas en esta dirección son bastante más duras que cuando veníamos hacia el faro. Sudando la gota gorda pero comprobando con mucho alivio que los cazadores han disuelto su reunión y se han largado, llegamos al cruce ya mencionado (que lógicamente nos queda ahora a la derecha) y lo tomamos para adentrarnos en un camino que, por ahora, parece agradable.

Avanzamos así por un camino de cierta anchura con el suelo cubierto de hierba y que, salvo en un par de tramos encharcados, no presenta mayor dificultad. De hecho, el barro de estas zonas nos permite ver que no somos los primeros ciclistas que pasan por aquí, pues entre las profundas rodadas dejadas por lo que parece ser una moto o un quad descubrimos también las tímidas huellas de un par de bicis. A la derecha del camino dejamos una explanada ocupada por una lancha granítica totalmente plana que es ideal para descansar, comer algo e incluso echar una siesta antes de lo que nos espera a continuación.

Nada más pasar esta roca, encontramos una bifurcación que nos tienta invitándonos a visitar una cruz y una mámoa (dolmen) que, según el cartel, se encuentra a 400 metros. Como el camino parece hacer una dura subida, ignoramos este desvío y tomamos el que nos indica nuestro track, que comienza a descender de forma preocupante. Y es que, con cierto temor, vemos que el camino se dirige en línea casi recta hacia el mar y que los montes que terminan en la misma costa no parecen dejar ni un solo metro libre para que pasemos por él.

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Efectivamente, cuando llegamos a la orilla de la ensenada comprobamos que estábamos en lo cierto: aquí nuestro camino desemboca en el sendero que siguen quienes hacen el Camino de los Faros a pie y seguir esta ruta parece ser nuestra única opción… salvo que nosotros ¡somos ciclistas!

Pero tranquilos, que no es tan fiero el león como lo pintan, ni la Enseada do Lago tan peligrosa como nos tememos. Si bien es cierto que el sendero perfila al milímetro la costa y que tendremos que avanzar por un espacio muy estrecho a pocos centímetros del acantilado que acaba directamente en el mar, con un mínimo de prudencia conseguiremos superar esta encerrona y vivir para contarlo. De entrada, no recomiendo comportarnos como suicidas y tratar de pasar en bici, así que desmontaremos y lo haremos como personas civilizadas, caminando. Aunque el sendero no es muy amplio, en gran parte del mismo podremos caminar junto a la bici con ciertas estrecheces pero sin mayor problema. En un par de puntos el paso es bastante complicado pero tendremos que apechugar, echarnos la bici al hombro y superar el tramo de la mejor manera posible. Por suerte la ensenada es de aguas tranquilas cual piscina infantil (de ahí el nombre de Lago), límpida cual laguna glaciar (y no como una piscina infantil precisamente) y, si coincide que pasamos durante la bajamar, el mar estará algo más lejos de nosotros y no nos impresionará tanto. En todo caso, si lo peor ocurriese (Dios no lo quiera), no faltará quien acuda al rescate pues parece ser esta una zona bastante concurrida: durante mi paso por aquí conté, en estos pocos metros, dos senderistas, tres pescadores de caña y tres buzos. Aunque, la verdad, los restos de embarcaciones que vemos entre las rocas tampoco sirven de gran ayuda para tranquilizarnos.

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Superando ya el tramo conflictivo al pasar justo sobre una cueva, vemos en las rocas una pequeña grúa y una tosca escalerilla labrada en la piedra. Comienzan ya a aparecer pequeñas construcciones junto a las que hay algunos coches aparcados (supongo que pertenecen a los pescadores y buceadores que hemos visto), lo que nos indica que el sendero se ensanchará en breve, como comprobamos con alivio a los pocos pasos. Entramos a ahora en un tramo delicioso, en el que pedaleamos por una pista de tierra con impresionantes vistas de la costa al otro lado de la ensenada. Después de las penurias sufridas en los últimos kilómetros (tojos, arañas, caminos inexistentes, cazadores, repechos durísimos, descenso trampa, sendero peligroso…) deseamos ahora que este tramo dure para siempre.

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Al final de la ensenada, y después de dejar a la derecha una finca privada con árboles frutales, merendero y acceso a la playa que hace que muramos de envidia, nuestro camino nos lleva directos a la playa de Niñóns. Se trata en realidad de una playa doble pues para llegar hasta el mar desde el pequeño arenal donde nos encontramos deberíamos vadear primero la pequeña laguna salobre formada por un pequeño riachuelo que aquí desemboca. Después está la playa en sí misma y, finalmente, el mar. Incluso podríamos decir que la playa es triple, pues pocos metros más allá hay un banco de arena que, con marea baja, llega a asomar a la superficie.

Toca aquí meterse en la arena, siguiendo las huellas de las bicis que pasaron antes que nosotros. Rodeando la roca llamada Petón do Indio (así bautizada, supongo, por su parecido con la cara de un anciano piel roja que mira al mar) encontramos el riachuelo que debemos remontar, dejando a mano izquierda un molino hidráulico. El pequeño sendero no tarda en ensancharse un poco y comenzamos a subir rodeados de altos eucaliptos abrazados por la hiedra.

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Abandonando este largo tramo compartido con los senderistas (que se van a la derecha buscando seguir la costa más de cerca), la subida se endurece y vemos que han puesto cemento en el suelo de algunas rampas, lo que se agradece para mejorar algo la tracción. En todo caso, unas idílicas vistas a la derecha de la playa del Morro (que casi se comunica con la de Niñóns) nos sirven de excusa perfecta para echar pie a tierra y descansar unos minutos. Recuperado el resuello, continuamos pedaleando unos pocos metros más para unirnos a una pista de tierra que, aunque sigue subiendo, lo hace de forma mucho más asequible.

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Rodeada de un espeso bosque de eucaliptos, la pista va ganando altura a medida que se aleja de la costa, si bien lo hace con pendientes moderadas y con algún descansillo de vez en cuando. Finalmente alcanzamos el alto (punto en el que, si miramos hacia atrás, volvemos a ver el mar en vez de únicamente árboles) y terminamos de recorrer la corta distancia llana que nos separa de Niñóns, aldea cuyas casa vemos ya ante nosotros pero a la que realmente no llegamos a entrar, pues nuestra ruta describe una curva para bordear el casco urbano, que queda en su mayoría a nuestra izquierda.

Salimos de Niñóns por la carretera y, dejando unas pistas deportivas a la derecha, comenzamos un ascenso que no es muy largo ni excesivamente duro pero en el que no nos conviene gastar demasiadas fuerzas pues, cuando la carretera corona la subida, nosotros debemos tomar a la derecha por la pista asfaltada que aquí nace y que, según rezan los indicadores, nos lleva al mirador del Monte do Faro. Lo que nos queda de subida ya casi lo podemos ver desde aquí, pues se trata de una larga recta abierta entre eucaliptos y algún que otro pino con una rampita nada desdeñable. Apenas unos metros después de dejar la carretera pasamos una portera con dos placas alusivas a la historia del lugar que estamos a punto de visitar y, a media recta, un tentador cartel nos indica que a 400 metros por el camino de la derecha llegaríamos a una fuente. Aferrándonos al manillar y pisando fuerte los pedales, llegamos al final de la recta, dibujamos la pronunciada curva a la izquierda y nos enfrentamos a los dos últimos repechos viendo ya el objetivo de nuestros esfuerzos: el prometido mirador.

Lo que tenemos ante nuestros ojos, cada vez más cerca, es una alta torre pintada de blanco que, a modo de extraña chimenea industrial, se levanta sobre la cumbre del monte del faro. Se trata de un monumento al Sagrado Corazón de Jesús (figura que corona tan singular pedestal) que, sufragado por un emigrante local, fue inaugurado en 1959. Al llegar a sus proximidades, comprobamos también que a poca altura sobre su base hay cuatro esculturas más representando al omnipresente Apóstol Santiago, a la Virgen del Faro (propietaria de la capilla anexa), a San Julián (titular de la parroquia en la que nos encontramos) y a San Ricardo (onomástica del acaudalado emigrante ya mencionado).

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Antes de nada, procedemos a reconocer el entorno. Nos encontramos en un monte situado muy cerca del mar (como todo en esta ruta) y a 231 metros sobre el nivel de este. Las privilegiadas vistas que desde aquí se tienen sobre los alrededores, tanto marítimos como hacia el interior, hacen que el nombre con el que fue bautizado este Monte do Faro caiga por su propio peso: aquí arriba se situaban vigías que, con sus lumbres, guiaban a los barcos que surcaban esta traicionera costa y avisaban también a los lugareños para que se pusiesen a salvo cuando las intenciones del navío de turno eran de dudosa honradez.

Antes de la construcción de la torre que acapara toda la atención de los visitantes del presente, ya se encontraba aquí la pequeña ermita que ya hemos mencionado y cuya titular, la Virxe do Faro, reside habitualmente en la iglesia de San Xián de Brántuas -al pie del monte, a escasos metros de Niñóns- y solo se desplaza a este chalecito el día 8 de septiembre con motivo de su popular romería. La tradición asigna a esta virgen diversos superpoderes entre los que, además de la curiosa capacidad de eliminar verrugas que parece muy extendida entre las vírgenes y santos de Galicia, se cuenta el control a voluntad de los fenómenos atmosféricos. Así, cuando el viento, la lluvia o los temporales ponen en riesgo las embarcaciones que faenan en la zona, es necesario subir hasta aquí y voltear una de las tejas de la capilla (virar a tella), lo que al parecer es suficiente para que la Virgen interprete nuestros deseos y serene el mal tiempo:

Imos xunto a Virxe

do Monte do Faro

que nos mande o vento

para que chegue o barco.

Nosa Señora do Faro

está no alto, fai que dorme

mais Ela ben veu pasar

aos mariñeiros de Corme.

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Como la figura de la Virgen no reside aquí de forma habitual, lo más normal es que nos encontremos la puerta de la ermita cerrada. Sin embargo, la que sí está siempre abierta es la del mirador así que, poniendo a buen recaudo nuestras monturas (en mi caso la dejé bajo la «atenta» vigilancia de un lugareño que trabajaba en la zona y que no mostró el más mínimo interés en nada que no fuese la rueda del remolque cargado de tojos de su tractor), nos encaramamos a la torre subiendo los 133 peldaños de su escalera de caracol y, una vez arriba, salvando los últimos metros por la escalera de mano colocada a tal efecto. Una vez a los pies del Sagrado Corazón, a 39 metros sobre la cima del monte y 270 metros sobre el mar, disfrutaremos de las vistas si el viento nos deja y, en caso contrario, regresaremos rápidamente al cobijo de los muros cilíndricos y tomaremos las fotos necesarias a través de las estrechas ventanas cuyos cristales, en su mayoría rotos, tampoco sirven para protegernos demasiado del viento. La verdad es que, si la meteorología lo permite, las vistas son de impresión, tanto hacia el interior como hacia el océano y a lo largo de la costa, donde se alinean paisajes ya recorridos (reconocemos Punta Nariga y Malpica, pero incluso puede verse más allá) y promesas por conocer (hasta el remoto Monte Branco, en tierras ya de Camariñas).

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De nuevo sobre la bici, bajamos ahora hasta la amplia explanada que dejamos a un lado en nuestra subida y que sirve de Campo de la Fiesta durante las romerías de finales de verano. Desde aquí sale el camino de tierra por el que vamos a descender, dejando atrás el Monte do Faro y teniendo siempre el mar a nuestra derecha donde, tras una franja de tierra quemada, vemos ya, entrando en la tierra a modo de fiordo noruego, la pequeña ensenada hacia la que nos dirigimos.

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Llegamos a un punto en el que nuestro track de ruta nos invita a abandonar el camino de tierra para tomar un mínimo sendero que aparece a nuestra derecha. Lo tomamos con reticencias y comprobamos que, a pesar de su estrechez y de los tojos que se pelean por acariciarnos con sus pinchos, es perfectamente ciclable. Después de un tramo no demasiado largo, el sendero desemboca en una bonita calzada de piedra rodeada de vegetación y muros de piedra seca, donde giramos a nuestra izquierda para descender de forma pronunciada. Algo más adelante, el GPS nos dice que debemos de nuevo girar a la derecha pero ahora el sendero que debería estar ahí no merece ni llamarse tal, pues ha sido invadido por la vegetación hasta el punto de que no parece posible avanzar por él. En su lugar, recomiendo aquí seguir descendiendo por la calzada por la que venimos para desembocar, apenas unos metros más adelante, en una vieja carretera que tomamos a la derecha. Al final de esta, nos incorporaremos al arcén de la carretera principal y la volveremos a abandonar en la primera salida a la derecha, a pocos metros de la cual llegaremos a un cruce donde nos reencontraremos con nuestro track. Aquí, si seguimos la pista asfaltada, «retrocederemos» en nuestra ruta (de hecho, dejamos a un lado el camino por el que deberíamos haber venido y que, por la hierba que crece salvajemente en él, no parece demasiado transitado) para hacer una visita que, por otra parte, es perfectamente prescindible.

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Como digo, el siguiente tramo es opcional (por ser de ida y vuelta) y espero que mi descripción sirva para que cada cual valore si merece la pena bajar aquí hasta el nivel del mar.

La pequeña carretera que hemos tomado se tira en picado ladera abajo con tramos casi verticales para llegar, en el extremo de la ensenada que antes hemos visto desde arriba, a la pequeña playa de la Barda: un tranquilo rincón de arena y roca donde desemboca un riachuelo y donde algunas rústicas construcciones, barcas y coches aparcados son indicio de que más que en una playa turística estamos en un apartado lugar que solo los locales conocen.

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El único problema de este lugar lo vamos a descubrir al darnos la vuelta para regresar sobre nuestros pasos. Y es que las curvas que en la bajada hicieron sufrir a nuestros frenos no van a tener ninguna piedad con nuestras piernas en la subida, con unas rampas imposibles que pondrán a prueba nuestros límites de resistencia. Si las bicicletas tuviesen embrague, es cosa segura que las nuestras dejarían de tenerlo en este momento. Valorando si ha merecido la pena bajar hasta aquí y tomando nota mental de no comprar nunca un coche de segunda mano a los pescadores y percebeiros de esta comarca, vamos poco a poco ganando altura viendo al otro lado de la ensenada la ladera quemada del Monte do Faro que ya dejamos definitivamente atrás.

Una vez hemos conseguido regresar al cruce, tomamos ahora la pista de tierra que, según los paneles informativos, se adentra en un parque eólico. Después de un breve ascenso en dos partes -con un breve tramo llano entre ellas- entre estos monstruosos aerogeneradores, llegamos por fin a nuestro merecido premio: el descenso, que hacemos siguiendo los indicadores de la estación eléctrica. Poco antes de llegar a esta, y no mucho después de habernos incorporado a una pista asfaltada, se acaba el descenso y tenemos que volver a pedalear, dejando la planta eléctrica a la derecha, para alcanzar la pequeña aldea de O Roncudo, apenas un puñado de casas de piedra y otros tantos hórreos situadas en un entorno de ensueño (a pesar del horizonte de aerogeneradores).

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Atravesamos la aldea y salimos al otro lado por una estrecha carreterilla que ha conocido días mejores. El asfalto va empeorando gradualmente hasta que en una curva lo abandonamos para seguir el camino que sale a la izquierda, hacia la siguiente hilera de la formación de aerogeneradores. Zigzagueamos por las amplias pistas del parque eólico en una zona invadida por el zumbido de las enormes palas de los molinos y donde el fuerte viento dominante nos puede servir para volar en dirección oeste (si sopla el Nordés) o para sufrir en caso contrario. Finalmente, tras superar los últimos generadores, abandonamos la pista para seguir un camino abierto en la vegetación y, a los pocos metros, giramos a la derecha por un camino en peor estado que se lanza ladera abajo en busca del mar.

La bajada es técnica y rápida, por lo que debemos permanecer atentos a las irregularidades del suelo, pero merece la pena hace de tanto en tanto una parada para relajarnos y admirar el paisaje que nos rodea, pues desde este punto se domina toda la entrada de la ría de Corme-Laxe y, por supuesto, toda la Punta Roncudo en la que nos encontramos y de la que tenemos una magníficas vistas aéreas, en especial de la zona del faro al que no tardaremos en llegar.

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Finalmente, un último escalón rocoso nos deja en una carretera que tomamos por ahora a la derecha en dirección a Faro Roncudo que, si el fuerte viento lateral que suele haber en la zona lo permite, alcanzamos en poco tiempo.

Muy tranquilo tiene que estar el mar para que no averigüemos, nada más acercarnos a él, el origen del topónimo del lugar -Roncudo-. En medio del impresionante paraje rocoso azotado por las olas, una torre blanca de once metros de altura a la que se accede a través de una rampa de cemento trata, desde 1920, de mantener a salvo a los intrépidos que se aventuran a navegar por estas aguas.

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En los alrededores del faro, varias cruces blancas salpican las rocas de la costa recordándonos que adheridos a ellas se crían los mejores percebes del mundo pero que algunos pagaron muy cara la osadía de tratar de cogerlos. Tampoco son escasos los naufragios ocurridos en la zona a lo largo de la historia. Junto a las cruces, la roca denominada Petón do Millo fue el lugar donde vino a terminar sus días un barco cargado de maíz. Algo más adelante, en un pequeño merendero que dejamos a la derecha de la calzada, un panel hace un listado de los naufragios ocurridos en la Costa da Morte y nos recuerda el caso del navío italiano (construido en Alemania en 1902) Padova, que en 1923 intentaba ir de Argelia a Bélgica sin contar con la parada final que se vio obligado a hacer en las rocas de Punta Roncudo. El mismo panel nos cuenta la historia del monumento funerario que, con una inscripción en memoria de un inglés fallecido en 1878, fue encontrado misteriosamente entre estas rocas y recuperado por los vecinos (una pieza que se puede ver aquí mismo, al pie del merendero).

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Continuamos pedaleando plácidamente por la carretera, dejando a la derecha pequeñas ensenadas cubiertas de cantos rodados y a la izquierda los cortes que prueban que en algunos tramos el espacio para construir la vía por la que circulamos fue ganado a la roca por las bravas. Finalmente, pasamos junto al dique que protege el puerto de Corme y, junto a él, el monumento que honra a los recolectores que han dado fama internacional a estas remotas tierras: los percebeiros.

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Y es que Corme, en cuyo puerto nos adentramos ahora, parece girar en torno al percebe extraído en Punta Roncudo, si bien no hace ni un siglo era el primer puerto nacional de la industria maderera. Esta pequeña localidad (surgida en torno al puerto de Corme, aldea que se encuentra a un par de kilómetros tierra adentro) rezuma ahora tranquilidad, tanto en el puerto mismo (quizás por la hora, pero con poca actividad visible) como en las terrazas y paseos que abundan entre las casas (quizás por ser otoño o por la pandemia). Junto al puerto, me cruzo con Suso Lista, polifacético personaje (actor, escritor, locutor, marino…) que, por haber sido también percebeiro conoce como pocos las historias de esta zona y está al mismo tiempo bastante ligado al proyecto de este Camiño dos Faros.

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Salimos de la localidad siguiendo la costa y dejando a la izquierda incluso un monumento al percebe mismo con forma de inmenso crustáceo de bronce (Pollicipes pollicipes broncineus subespecie metálica que, por cierto, no es comestible). Dejando atrás las últimas casas, nos desviamos de la carretera principal tomando la alternativa de la derecha.

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Pocos metros más adelante abandonamos temporalmente la carretera por la que circulamos para acercarnos, a la derecha, a la playa de la Ermida (aunque en el indicador lo ponga con una H bien grande). Enseguida llegamos al aparcamiento de esta playa, de la que nos separa un pequeño complejo dunar protegido. Junto a la playa, encontramos también un pequeño islote -la Isla de la Estrella- que con marea baja es más bien una península en la que se encuentran los restos de un castro y, como era de esperar dado el nombre de la playa, también los de una antigua ermita.

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Después de descansar en la playa tomamos el camino que sale frente al aparcamiento para, protegidos por el frescor del mismo, regresar a la carretera por la que veníamos que tomamos a la derecha. Esta vez tenemos que pedalear apenas trescientos metros antes de tener que detenernos de nuevo para admirar la curiosidad que encontramos a nuestra izquierda, a escasos centímetros del asfalto y junto a un cruce. Hemos llegado a la Pedra da Serpe.

Y es que esta Piedra de la Serpiente es eso mismo: un pequeño afloramiento granítico cuya superficie ha sido modelada en relieve para darle una forma de serpiente alada única en el mundo occidental. A pesar de las numerosas teorías y estudios, la cronología y significado de esta representación es incierta. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que la cruz que se levanta sobre la misma roca es reciente, pues la original fue destruida de forma accidental (dada la localización y nula protección de la roca lo raro es que no haya sufrido más accidentes).

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Cada uno es libre de creer en lo que más guste así que, ya sea encomendándonos a la serpiente alada o bien a la cruz que cristianiza el lugar, nos preparamos para lo que nos espera a continuación y que ya podemos ver desde aquí. Dando la espalda a la Pedra da Serpe, suavizamos el desarrollo todo lo que podamos y comenzamos a pedalear por la dura rampa que nos lleva a la cercana aldea de Cospindo, que atravesamos, y salimos de ella por una zona rica en hórreos de piedra donde el asfalto se transforma en tierra sin que el grado de inclinación se vea afectado por ello. Este ascenso por la ladera del Monte da Facha es breve pero intenso y nos hará sudar la gota gorda antes de que la pendiente se suavice y nos deje pedalear más a gusto. Después de la subida, un tramo de «llaneo a la gallega» (ligeras subidas, ligeras bajadas y algún que otro repecho traicionero) nos permite avanzar entre manchas de bosque y esporádicas vistas de la ría de Corme-Laxe a la derecha. Cuando menos nos lo esperamos, el camino decide que ya se ha cansado de nosotros y, perdiendo altura de forma vertiginosa (cuidado con los regueros causados por el agua), nos escupe de nuevo al asfalto.

Aquí tenemos la opción de tomar a la derecha, en descenso, para acercarnos a la playa de Valarés (o Balarés, según las fuentes) donde además de una tranquilísima playa y, una vez al año, un entretenido festival, pueden aún encontrarse algunos restos de Titania S.A., la empresa que, entre 1936 y 1960, se dedicó a la extracción del filón de titanio encontrado en este lugar por Isidro Parga Pondal en 1935. Lo recóndito del lugar dio después al pequeño puerto de la malograda compañía un nuevo uso en el mundillo del contrabando.

Pero toca volver a subir, así que tomamos la carretera en dirección contraria a la playa y dedicamos el siguiente par de kilómetros a luchar contra la gravedad en un ascenso por asfalto que, sin llegar a ser nada del otro mundo, no deja de tener su aquel.

Llegamos al alto dejando a la izquierda una cruz de piedra y salimos del asfalto hacia la explanada de la derecha. Estamos en el paraje conocido como Chan das Travesas, presidido por el monumento al poeta local Eduardo Pondal: un monolito de piedra con su retrato y un verso de uno de sus más bellos poemas: «escuro enigma eu son». Más conocido por haber dotado de letra al himno oficial de Galicia, el poeta pontecesán dedicó también una composición al Monte Branco sobre el que nos encontramos (así conocido por el color característico que le confiere la arena que, procedente de la ría, asciende por su ladera meridional). Ya que estamos aquí, no cuesta mucho ascender los metros que nos faltan para llegar a las cercanas antenas que vemos a nuestra derecha y junto a las cuales hay un mirador desde donde poder admirar el espléndido conjunto que conforma el río Anllóns al desembocar en la ría de Laxe-Corme, paisaje en el que nos internaremos en los próximos kilómetros.

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De regreso al monumento a Pondal, el track de ruta nos lleva derechitos al cortafuegos abierto para permitir el paso del tendido eléctrico que tenemos ante nosotros. Como ciclista obediente que soy, obedezco ciegamente antes de -a la vista de las escasas huellas que veo en el arenoso sendero- detenerme a recapacitar: dada la gran inclinación del terreno por el que estoy bajando, en caso de encontrarme en uno de los callejones sin salida que parecen abundar en la modalidad ciclista del Camino de los Faros, ¡sería muy duro darse cuenta una vez abajo! La tentación de tener una magnífica carretera que desciende en paralelo a pocos metros termina de disuadirme de continuar el descenso por el cortafuegos y, empujando la bici, regreso al Chan das Travesas para emprender desde allí el vertiginoso descenso por asfalto. Así, después de sendos giros a la derecha, llego en un santiamén al mismo punto al que me habría traído el cortafuegos de haber continuado por él. Visto desde abajo, el sendero -marcado aquí con la señalización amarilla y banca del P.R. con el que enlazó algo antes- tiene mucha mejor pinta que desde arriba y es posible que sea perfectamente ciclable.

Sea como sea, estamos ya a los pies del Monte Branco y a pocos metros del agua de la ría. Giramos a la izquierda y nos adentramos por la pasarela de madera que se abre paso entre los cañaverales y que da acceso a un bonito camino de tierra (bautizado como Paseo del Malecón) que separa la ría propiamente dicha de una extensa laguna mareal. En caso de tener viento del suroeste (el que empuja las arenas ladera arriba del Monte Branco), la hilera de arbolillos que nos separan de la ría -a nuestra derecha- nos protegerán y solo tendremos que preocuparnos de intentar distinguir las diferentes especies de aves o de observar cómo los mújoles hurgan en el lodo bajo las aguas. Si, al contrario, el viento que sopla es el temido Nordés, la amplia llanura que supone la laguna que tenemos a la izquierda nos deja completamente expuestos, por lo que tendremos que dedicar más atención al pedaleo contra los elementos que al disfrute del entorno.

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Al poco de que el caminillo empiece a mostrar síntomas de haber sido asfaltado en algún momento, llegamos a su fin a la altura de un aparcamiento desde donde ya vemos el puente de Ponteceso, para llegar al cuál solo tenemos que rodar unos metros por el paseo que, separado del asfalto, transcurre entre la carretera y la ría (mucho cuidado con las escaleras que se abren hacia el agua, que parecen cumplir también una función de trampas para despistados). A nuestra izquierda no podemos dejar de apreciar la bien conservada casona señorial de piedra en cuyo interior, tras el crucero del jardín y los blasones de la fachada, nació Eduardo Pondal el 8 de febrero de 1835.

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Aprovechando nuestro paso por la localidad podemos aprovechar para aprovisionarnos o utilizar cualquier otro de los recursos a nuestra disposición aquí: bares, restaurantes, supermercados, bancos, etc. En caso contrario, nuestro camino continúa al otro lado del puente que, aunque construido en el siglo XIX, tiene unos orígenes mucho más antiguos (algunos dicen que romanos, pues por aquí pasaba la importante vía romana XX «per loca maritima»). De hecho, es este puente el que da nombre a la localidad de Ponteceso, pues no en vano el río que estamos cruzando se llamaba Zeso antes de que en la Edad Media fuese bautizado con el nombre actual de Anllóns.

Salimos de Ponteceso, una vez cruzado el puente, por asfalto siguiendo una carretera ascendente bordeada de casas (no es raro ver alguna de las habituales furgonetas que en Galicia venden pan o pescado de casa en casa) que responde al nombre de AC-429. Al llegar a la altura de una empresa de carpintería metálica con el nombre visiblemente anunciado en un inmenso cartel vertical salimos de la carretera en dirección contraria -hacia nuestra derecha- por la calle que da acceso a algunas viviendas unifamiliares antes de morir en un estrecho sendero rodeado de vegetación. Por suerte en esta ocasión no es difícil abrirnos paso y el mínimo sendero no tarda en hacerse algo más ancho para terminar llevándonos a una amplia pista que, a la derecha, nos lleva directamente al borde del agua. Después de girar a la izquierda para evitar la ría ascendemos ligeramente por otra pista (en algún momento hemos pasado del arbolado autóctono de robles al de pinos) que debemos abandonar hacia la derecha al llegar casi al punto más alto. El camino vuelve a verse invadido por la vegetación y empezamos a ver peligrar el paso a través de él cuando, una vez más, llegamos a una pista asfaltada que seguimos a la derecha apenas unos metros hasta llegar de nuevo al borde del agua.

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En este punto finalizan -de momento- nuestros problemas con la vegetación, pues los próximos kilómetros transcurrirán plácidamente por el paseo marítimo empedrado que vemos nacer a nuestra izquierda.

Con calma para no asustar a los frecuentes transeúntes a los que alertará el ruido de las piedras mal asentadas moviéndose a nuestro paso, circulamos pegados a la ría de la que solo nos separan unos metros; metros que, enseguida, vemos ocupados por una pequeña playa -A Urixeira- a rebosar de embarcaciones ancladas. Algo más adelante llegamos a otra playa algo más turística -la de A Carballa- junto a la cual, en un parquecillo, vemos un monolito recubierto de cerámica sobre el que está representado el sol naciente junto a un texto en japonés (mis conocimientos de esa lengua son nulos, pero creo que es un haiku): se trata de un recuerdo del ayuntamiento en el que nos encontramos -Cabana de Bergantiños- a las víctimas del tsunami que asoló la costa nipona en 2011.

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Poco a poco nos vamos acercando al extremo de la curva que describe la ría en torno a la Barra (el alargado depósito de arena dejado por el Anllóns en su desembocadura). Después de un corto ascenso vemos aparecer ante nosotros, un astillero del que nos separa una pequeña ensenada y por el que no vamos a llegar a pasar, pues nuestro inseparable track no lo desea.

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Así, en el extremo de esta ensenada de Lodeiro abandonamos el paseo marítimo por el que venimos para, al otro lado de una pequeña explanada con bancos y un aparcamiento, llegar a la carretera (a la derecha tenemos una tienda, por si necesitamos reponer nuestros víveres). Vamos ahora, durante unos kilómetros, a abandonar nuestra querida orilla del mar para hacer una incursión tierra adentro que nos llevará a conocer lugares de gran interés.

Pero para empezar vamos a cruzar el asfalto a la altura del paso de peatones y tomar la pasarela de madera que vemos al otro lado. Se trata -además de un tramo compartido del Camino de los Faros a pie y en bicicleta- de la denominada Ruta do Rego dos Muiños (ruta del arroyo de los molinos) que, como se desprende de su descriptivo nombre, remonta un riachuelo sembrado de molinos hidráulicos.

Durante los primeros metros de este tramo debemos tener precaución, pues los entablados de madera que tanto gustan como firme para las sendas en la naturaleza no son para nada compatibles con la húmeda climatología gallega creándose, como contraproducente resultado de tal combinación, una pista de patinaje natural (no fue este el caso durante mi paso por allí, pues la pasarela estaba completamente seca, pero podría darse el caso). Después de este poco prometedor comienzo, la senda pasa a tener un compacto firme de tierra que permite pedalear sin problema, debiendo tener únicamente precaución en algunos puntos donde se retoma la madera -algunos puentes o pasarelas esporádicas-, en un lugar donde hay que cruzar un ramal del arroyo sobre unas piedras, o en las escalinatas de la parte final del recorrido.

Así, poco a poco, vamos ganando altitud mientras nos alejamos perpendicularmente del mar dejando a nuestro paso numerosos molinos en muy diferente estado de conservación -desde los ruinosos devorados por la vegetación hasta el que ha sido medianamente adecentado como refugio para paseantes- y otros vestigios de los mismos, como los pequeños acueductos que canalizaban el agua que los alimentaba. El rumor de las aguas nos acompaña mientras los zapateros flotan indiferentes a nuestro paso y diversas especies de aves nos sorprenden al arrancar sus cortos vuelos entre las ramas de un bosque donde, entre otras especies a las que estamos más que acostumbrados, vemos también abedules y otras especies ribereñas.

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Como ya he mencionado, ya avanzado nuestro paso por esta ruta nos encontramos con sendas escalinatas de madera y tierra que dificultan nuestra marcha. La primera se salva con relativa facilidad, como si de una pronunciada cuesta se tratase pero, un poco después, la segunda nos pondrá en mayor aprieto al aumentar la inclinación y lo pronunciado de los escalones. Superadas ambas, un tramo de llaneo por un sendero bien marcado nos lleva a una bifurcación donde, después de unos dos kilómetros y medio de idilio, debemos abandonar a nuestro amado Rego dos Muiños.

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Tomando la opción de la izquierda, nos abrimos paso por un camino ascendente en el que la vegetación se empeña en complicarnos la vida. Poco después de que un tramo embarrado se una a la fiesta, un duro repecho nos remata antes de dejarnos al pie de la transitada carretera AC-430 cuyo tráfico llevamos oyendo todo el tiempo mientras seguíamos el arroyo. Con precaución, giramos a la derecha y nos tomamos con calma el  corto trecho de ascenso por asfalto, durante el que nos podemos entretener mirando las señales: en las de la izquierda vemos pintadas las huellas de Trasnos que sirven de señalización para el Camiño dos Faros, a la derecha vemos ya indicado nuestro próximo destino: el castro de Borneiro. Merece la pena también fijarnos en el tupido bosque que cubre la ladera de nuestra izquierda: en las profundidades del mismo, hace algunos años, el que esto escribe se topo por primera -y hasta ahora única- vez en su vida con un lobo en libertad.

Dejando atrás una explanada a la derecha, atravesamos la carretera con precaución (estamos en una curva) para llegar al área de descanso que vemos al otro lado y donde hay una fuente donde refrescar nuestros esforzados gaznates. La abundancia de paneles informativos nos permite conocer los principales datos del castro de Borneiro (también conocido como A Cibdá), en cuyo aparcamiento nos encontramos. Así, pasando las instalaciones de una toma de agua potable, debemos empujar nuestras monturas por la escalinata que aparece a nuestra derecha (al otro lado del regato) para, una vez arriba, acceder al castro por su entrada principal.

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Lo primero que llama nuestra atención, antes de pasar la muralla del castro, son las construcciones que hay a nuestra derecha y que no eran sino un pequeño balneario o sauna ritual. La piedra horadada con forma de arco que aún se conserva (conocida como Pedra Formosa) constituía la entrada a la sala de vapor, a la cual había que acceder tumbado.

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Dentro de las murallas -lo que sería el recinto puramente castreño: la croa– nos encontramos una extensa superficie cubierta por muros de forma circular, restos de las viviendas y otras construcciones de este poblado de la Edad del Hierro que, según la información extraída de las excavaciones (aún por completar), estuvo habitado entre los siglos IV a.C. y I-II d.C. por una población que osciló entre las 300 o 400 personas dedicadas principalmente a la agricultura y la ganadería, además de una privilegiada clase guerrera cuya importancia nos dejan entrever los imponentes muros que formaban la muralla. Antes de abandonar el recinto por la moderna estructura de madera y metal que encontramos en uno de sus extremos, recomiendo dejar las bicis durante un rato y dedicarnos a pasear por los senderos que nos permiten explorar el castro, así como el perímetro de sus murallas.

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Completada nuestra exploración del lugar, retomamos las bicis y pedaleamos por la pista que sale al otro lado de la estructura que nos permitió pasar sobre la muralla. Unos metros más adelante, una rampa descendente nos deja de nuevo en la carretera por la que llegamos, que debemos ahora cruzar otra vez para meternos por el camino que surge justo frente a nosotros y que pasa por la trasera de la casa más cercana, no sin antes dejar a nuestra derecha un seco lavadero que ha conocido tiempos mejores.

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La carreterita por la que rodamos ahora asciende unos metros hasta pasar entre un hórreo y un gran castaño que se cierran sobre nuestras cabezas antes de doblar bruscamente a la izquierda entre un grupo de bellas casas de las que se conserva poco más que la fachada (en una de ellas, de hecho, es posible ver en su interior el típico hogar de las casas tradicionales gallegas). Numerosos hórreos flanquean nuestro paso por este barrio antes de llegar a otro conjunto de casas más modernas donde debemos girar a la derecha, por asfalto.

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Apenas unos metros más adelante dejamos el asfalto por el camino que aparece a nuestra izquierda. Tras el tramo de tierra regresamos al asfalto para girar ahora a la izquierda en dirección a unas cercanas pistas deportivas a las que, sin embargo, no debemos llegar, pues toca desviarse casi de inmediato por la callejuela que «vemos» a nuestra derecha enmarcada por sendos muros de piedra.

Las comillas que he usado no son gratuitas: el estado de abandono del camino que debemos tomar es tal que nos cuesta verlo en un primer vistazo. La vegetación que ha invadido el paso es especialmente densa en los primeros metros pero, aunque menos densa, aparece en toda su extensión dificultando rodar por un firme que, para más inri, es totalmente irregular (llegamos incluso a atravesar un sembrado). Sea como sea que logremos pasar por aquí, llegamos finalmente a una nueva carretera que debemos tomar hacia la derecha (podemos, en un principio, rodar por la acera) hasta llegar a un aparcamiento que da servicio a un conjunto de construcciones que se levantan tras un cartel que nos dice que estamos en el Centro Arqueológico Dolmen de Dombate.

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El dolmen de Dombate es considerado por muchos como «la catedral del megalitismo gallego», lo que no es poco decir en una región donde no son precisamente pocas las construcciones de este tipo que aún se conservan (dos magníficos ejemplos serían los de Axeitos y Cabaleiros pero, por su cercanía a Dombate, he de citar también los numerosos dólmenes que existen en los alrededores de la cercana localidad de Vimianzo).

La musealización actual del conjunto impide acercarse a las piedras originales -cosa que sí puede hacerse en los otros casos mencionados- pero, para solventar ese problema, el edificio más cercano al aparcamiento es un centro de interpretación consistente en un pequeño espacio donde diversos paneles nos ofrecen toda la información que podamos desear sobre la construcción megalítica y, lo más impresionante, una reconstrucción a tamaño real de la cámara donde pueden estudiarse en detalle los símbolos y dibujos (incisos y pintados) que decoran su interior. Una pequeña vitrina recoge también algunos de los hallazgos arqueológicos de las diferentes campañas de excavación. Por cierto, que la visita a todo el complejo es gratuita.

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No es la primera vez que visito este lugar, pero sí la primera que lo hago después de  la pandemia de nuestro archienemigo el covid-19, motivo por el que desconozco si siguen funcionando las visitas guiadas que se ofrecían también de forma gratuita cada poco tiempo. Lo que sí puedo decir es que en estos tiempos modernos acceder al recinto requiere del uso de mascarilla (que debemos llevar con nosotros) y desinfectante de manos (suministrado en la entrada). En todo caso, ya sea solos o acompañados, una vez desinfectados y visto ya el centro de interpretación, debemos encaminarnos al edificio  que se levanta a algunos metros y que es donde se encuentra el plato fuerte de la visita.

Lo primero que llama la atención al traspasar las puertas acristaladas es el propio edificio al que acabamos de entrar y que por fuera no parecía cosa del otro mundo: una impresionante cúpula de madera y vidrio (que no fue precisamente barata de construir) cubre en un único espacio la joya de la corona: el dolmen, que domina un montículo alrededor del cual una pasarela de madera nos permite rodearlo y apreciarlo desde todos los ángulos.

Cuando hablamos de «dolmen de Dombate» nos estamos refiriendo a un túmulo funerario de más de una veintena de metros de diámetro y casi dos de altura que se levanta en las proximidades de la localidad de Dombate. El lugar fue utilizado como lugar de enterramiento durante diferentes periodos que abarcan en total más de mil años: desde su construcción a principios del cuarto milenio a.C. hasta su abandono definitivo en torno al año 2700 a.C. La cámara del dolmen principal (pues en el mismo túmulo existió otro de menor tamaño y más antiguo) está formada por siete impresionantes ortóstatos cuyo gran tamaño puede contemplarse íntegramente gracias a que uno de los laterales del dolmen ha sido dejado por los arqueólogos al descubierto, sin enterrar de forma parcial como lo estuvieron todos originariamente. Su corredor, de tres tramos orientados como es habitual hacia el este, destaca por el hallazgo junto a su acceso de un conjunto de ídolos de piedra, una reproducción de los cuales puede verse actualmente frente al dolmen.

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Completada la visita, abandonamos el recinto y, recuperadas nuestras bicis, continuamos camino por la carretera, bordeando el Centro Arqueológico que queda a nuestra izquierda. La carretera tiene muy poco tráfico, pero podemos también rodar por la escasamente utilizada acera desde donde podemos contemplar por última vez el dolmen dentro de su millonaria cúpula de cristal. En pocos metros llegamos a una rotonda que es un puntazo (literalmente: un gran punto blanco pintado en el suelo) donde giramos a la derecha para rodar por la carretera que nos lleva, a través de maizales y un pequeño bosque de pinos y eucaliptos, hasta el pequeño caserío de A Fontefría, antes de llegar al cual dejamos a nuestra izquierda un lavadero con fuente (creo que de agua potable, pero no pude comprobarlo porque a mi paso por allí solo escupía algunas escasas gotas).

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Entre las casas de la aldea, ignoramos un primer desvío a la derecha para girar después a la izquierda y, después de unos metros de subida y ya saliendo del caso urbano, volver a torcer a la derecha. Seguimos la estrecha pista asfaltada durante un trecho hasta que un gran cartel de madera con la leyenda «Monte Castelo» señala la pista que aparece a nuestra izquierda (pintadas en el muro de nuestra derecha, las marcas del Camino de los Faros son más difíciles de localizar desde la bicicleta que el llamativo cartel).

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Nada más girar para avanzar por la tierra compactada de la pista vemos que la aventura no va a ser sencilla. Si el primer tramo ascendente que vemos desde aquí preocupa, lamento tener que decir que la cosa va a ponerse aún más fea. El ascenso al Monte Castelo no va a ser fácil puesto que tiene el honor de ostentar la cota más elevada de todo el Camino de los Faros (312 metros sobre el cercano mar). La pista por la que subimos tampoco ayuda y la tierra compactada se desprende a nuestro paso haciendo que tengamos continuos problemas de tracción en los tramos más escarpados, que no son pocos. Después de varias paradas para recuperar la respiración y mantener el pulso a raya y algún que otro trozo empujando la bici aprovechando que no nos ve nadie, llegamos a un punto donde la pista adquiere cierta horizontalidad y un panel de obra nos informa de que ha sido reformada recientemente (ya lo sospechábamos). Un pequeño sendero surge a la izquierda de la pista y asciende hasta el cercano vértice geodésico: hemos alcanzado la cima, del Monte Castelo y de nuestro viaje.

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Y el esfuerzo, sin duda, ha tenido recompensa. Las vistas -ilustradas por un panel explicativo frente al vértice geodésico- son inmejorables. Frente a nosotros, O Roncudo y Corme por donde no hace mucho que pasamos; un poco más a la derecha, el amplio estuario del río Anllóns, que desde aquí podemos apreciar en su conjunto; a nuestra izquierda la localidad de Laxe y otras tierras que no tardaremos en descubrir; a nuestra espalda, la zona de Dombate y Borneiro de donde venimos. Si el tiempo (y las pesadas moscas) lo permite, estamos en lugar perfecto para sacar algo de comida de nuestras bolsas de viaje y, sentándonos en la base del vértice geodésico o en una de las rocas cercanas, reponer fuerzas y llenarnos del majestuoso paisaje que tenemos ante nosotros.

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Una vez llenos nuestros estómagos y nuestras almas, debemos tomar una decisión. El track de ruta nos manda seguir las marcas del Camino, por un sendero poco prometedor que baja a través de la vegetación que puebla la ladera. Dado que esa opción se une con la pista por la que veníamos unos metros más adelante y no parece aportar nada a nuestro viaje más allá de unos cuantos rasguños en nuestra piel, recomiendo continuar por la pista por la que subimos (donde, de hecho, pudimos haber dejado las bicicletas para no tener que subirlas por el escarpado último tramo de sendero que nos trajo a la cima) que, después de unos metros llaneando alrededor de la cumbre, se despeña monte abajo en vertiginoso descenso (cuidado con las curvas). Poco más adelante, el track oficial se reúne de nuevo con nosotros y nos acompaña en la bajada. Tras frenar para incorporarnos apenas unos metros a una carretera, continuamos por el camino que sigue bajando al otro lado hasta que, ya en las cercanías de algunas casas, este se transforma en asfalto.

En una corta distancia hemos perdido casi toda la altitud que tanto nos costó ganar (y es probable que hayamos perdido también buena parte de nuestras pastillas de freno). Estamos ahora en Arnela, donde una curva en angulo recto nos lleva a un cruce en el que debemos girar a la izquierda. La carretera va entre casas dispersas en una zona donde, más allá de alguna curiosidad, no hay mucho que ver. A nuestra derecha, en algunos puntos, se alcanza a ver una iglesia de extraña factura: se trata de San Martiño de Canduas, construida sobre un desaparecido monasterio benedictino del siglo XIV, que además de la peculiaridad de estar totalmente desorientada (con la fachada hacia al norte) y de la curiosa torre de su cabecera que es lo que llama más la atención desde la distancia, tiene la fachada originalmente recubierta de las dovelas del hórreo del monasterio medieval.

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Llegamos así a una carretera que nos resulta familiar, ya que es la que es la misma (AC-429) que utilizamos para cruzar el río Anllóns y que vimos por última vez inmediatamente antes de adentrarnos en la ruta del Rego dos Muiños (de hecho nos encontramos a muy corta distancia de ese mismo punto, una vez concluida nuestra aventura tierra adentro). Cruzamos la carretera y metemos el desarrollo más suave que tengamos pues el repecho que nos espera al otro lado es de los duros, más si cabe por el contraste con el largo descenso que dejamos a nuestras espaldas.

Superada la cuesta, llaneamos por una pista asfaltada que se abre paso a través de un denso bosque de pinos en dirección al mar. Justo cuando empezamos de nuevo a descender debemos abandonar el asfalto por el camino que aparece a nuestra izquierda y, poco después, el track nos manda girar de nuevo a la izquierda pero ¡no hay camino!

Si nos fijamos bien, en realidad sí lo hay… o al menos lo hubo, pues los helechos que alfombran el bosque han crecido de forma descontrolada hasta cerrarlo por completo y hacerlo intransitable (conseguí avanzar tan solo unos metros antes de darme cuenta de que la opción era inviable). Aquí una persona medianamente inteligente vería que estamos en una de las muchas ocasiones en el Camino de los Faros versión BTT en las que hacemos una incursión campo a través durante un par de kilómetros antes de regresar casi al mismo punto en el que estábamos, así que lo más lógico sería regresar a la AC-429 y continuar por ella hasta que el track vuelva a nuestro encuentro y hacer como si nada de esto hubiese ocurrido, pero yo no soy una de esas personas inteligentes y sí un explorador muy cabezota. Por ese motivo, después de avanzar unos metros más por el camino por el que venía (dejando a la derecha una curiosa finca en cuyo centro han plantado la cabina de un antiguo barco), opto por aventurarme por un nuevo camino que sale a la izquierda. Después de unos metros aceptables pero de duro ascenso, la situación vuelve a hacerse complicada por la vegetación. Sin embargo, en esta ocasión el paso no es imposible, sino solo muy difícil por lo que, a pie y empujando la bici a duras penas, consigo abrirme paso hasta que mi GPS me dice que he recuperado el track original. En ese punto el camino se muestra más abierto (pero para ir caminando, sin opción aún para pedalear) y me permite al menos ver algo de lo que tengo alrededor en vez de únicamente una pantalla de helechos. Así, finalmente, llego a una nueva pista con vestigios de haber conocido el asfalto (o al menos gravilla) que parece descender en dirección al mar. Sin embargo, una vez más el track me pide que abandone la pista en el lugar más insospechado pues, aunque aquí sí se intuye lo que antaño fue un camino, en esta ocasión el suelo está cubierto ¡de zarzas! De nuevo a pie avanzo a través de la maleza viendo ya a mi derecha la playa de Rebordelo, a cuya carretera de acceso no tardo (¡por fin!) en llegar.

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Una vez más en asfalto y en zona medianamente civilizada, recompongo mi aspecto lo mejor posible y recorro los metros de descenso que me dejan en el aparcamiento de la playa, una recóndita cala donde descansar un rato antes de proseguir la aventura.

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Después del descanso, viene cansarse: la carretera que nos saca de la playa de Rebordelo es una pista casi vertical que pondrá a prueba nuestras fuerzas. Por suerte es corta y, después de las rampas más duras y de un tramo más moderado, alcanzamos una casa junto a la que transita nuestra ya conocida AC-429. Mi consejo: esta última incursión off-road no merece la pena y venir hasta aquí por la carretera principal desde el punto donde la cruzamos la última vez habría sido un gran acierto. En caso de querer conocer la bonita playa de Rebordelo podemos seguir el sabio ejemplo de los bañistas y descender y regresar por la pista asfaltada que lleva hasta ella (en realidad son dos pistas, ambas de sentido único para que la subida y la bajada se realicen por pistas diferentes ya que dos coches pasarían apuros en caso de cruzarse en ellas).

Una vez en la carretera, la seguimos en dirección oeste durante kilómetro y medio (un breve tramo de subida seguido de un terreno casi llano con bonitas vistas entre los eucaliptos de la derecha) antes de que nuestro track oficial (al que empezamos ya a odiar en secreto) nos pida que abandonemos de nuevo el asfalto hacia la derecha justo cuando la carretera empezaba, por fin, a apuntar hacia abajo.

La pista de tierra que tomamos ahora -que nace, rodeando una casa, junto a un cartel de madera que reza «Cruz do Cabalo»- se encuentra en un estado impecable y nos lleva, en ligero descenso, en dirección al mar a través de un poblado pinar. Pocos metros después de salir al raso, el firme empeora sensiblemente y da señales de ir a acabar pronto. Es aquí donde debemos tomar el camino que sale a la derecha y que enseguida nos deja en unas rocas tan expuestas que su superficie se encuentra completamente cubierta por oquedades con forma de pilas causadas por la erosión. Estamos en Punta do Cabalo y estas rocas son un magnífico mirador -uno más- de la boca de la ría de Corme (cuyo puerto vemos frente a nosotros) y Laxe (cuyo casco urbano destaca a nuestra izquierda). Cabe destacar, a nuestra derecha, la recóndita playa de Rebordelo de la que venimos.

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Por aquí pasa la versión peatonal de nuestro Camino de los Faros y, para celebrarlo, nuestro track -después de desandar los últimos metros que hicimos desde la pista principal- decide que nos unamos a los caminantes para continuar nuestro pedalear. El sendero que se abre camino entre los tojos, aunque no es ideal para el pedaleo no presenta grandes dificultades más allá de tener los ojos bien abiertos y disponer de una mínima pericia al manillar. Sin embargo estoy ya escarmentado de las últimas trampas y tengo serias dudas de que algo más adelante, cuando los caminos de senderistas y ciclistas se separen de nuevo, los últimos tengamos vía libre para avanzar. Dado que la ruta que debemos seguir no tarda en llegar de nuevo al asfalto de la AC-429 por la que veníamos, decido ir sobre seguro y regresar al asfalto por la misma pista impecable por la que llegué.

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Una vez en el asfalto (independientemente de cómo hayamos llegado a él) giramos a la derecha y nos dejamos caer felizmente hasta el nivel del mar, donde un inmenso arenal de más de un kilómetro de longitud nos recibe: hemos llegado a la playa de Laxe, aunque para llegar al caso urbano del pueblo del mismo nombre aún debamos recorrer unos centenares de metros por el paseo que, a nuestra derecha, nos permite circunvalar la playa.

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Salimos pues de la carretera por la derecha y, después de cargar con las bicis para bajar unos escalones llenos de arena, tomamos el autodenominado paseo saludable que, abundante en bancos y fuentes, transita entre el largo arenal y una cosa con aspecto de carril bici, al que no accederemos más que nada porque no hay acceso (apareció de repente en medio de la nada y para llegar a él tendríamos que saltar un tramo de cesped con sus correspondientes bordillos, lo que no tiene mucho sentido dada su estrechez y la amplitud del paseo por el que transitamos en su lugar).

El paseo poco a poco se va metiendo en el caso urbano de Laxe y se transforma en acera, por lo que quizás sea más recomendable pasar con nuestras bicis al asfalto para no molestar a los peatones. Dado que la villa tiene buen tamaño, disfruta de numerosos servicios que podemos aprovechar a nuestro paso por aquí.

Vemos a nuestra izquierda una plazuela cuadrangular con uno de sus lados abierto a la calle por la que pedaleamos. La cruzamos en diagonal (más bien perimetralmente, pues la plaza está llena de terrazas) para pasar, en el extremo opuesto, bajo un arco abierto en uno de los edificios -Casa do Arco- y subir por la callejuela que de allí parte. Poco más delante, a nuestra derecha, vemos un bello edificio de piedra de estilo gótico marinero. Se trata de la iglesia de Santa María de la Atalaya (da Atalaia), construida en el s.XV ampliando una capilla previa del XIII. Destaca en ella su campanario que se levanta en su cabecera (y no a sus pies como es habitual) debido a que era utilizado como «atalaya» para la vigilancia de la entrada al puerto. La escalera exterior de acceso al campanario está decorada con interesantes relieves de piedra. Desde el amplio atrio, dominado por un majestuoso crucero sobre pedestal escalonado, podemos disfrutar de unas inmejorables vistas del puerto de la localidad, lo que explica el hecho de que aquí se situasen los cañones que lo defendían.

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Saliendo del atrio y continuando por la calle por la que veníamos, después de un giro a izquierdas y otro a derechas, salimos del casco urbano para encontrar justo en su borde una bifurcación. Tomamos a la derecha y pedaleamos cuesta arriba, esquivando los caballos de un picadero próximo (si nos interesa cambiar un rato de montura, ofrecen paseos para turistas), en dirección al faro de Laxe, que alcanzamos después de completar la subida y tras un breve tramo de descenso.

El faro en sí -una sencilla torre cilíndrica construida en 1920 y alimentada por paneles solares- no es gran cosa, pero sí lo es el entorno (aunque no estaría mal que lo limpiasen de vez en cuando, porque algunas zonas parecen un estercolero por culpa de los puercos que lo frecuentan). A un lado nos despedimos ya de nuestra conocida ría de Cormes-Laxe que venimos recorriendo desde el ya lejano faro de O Roncudo (que curiosamente desde aquí parece cercano), al otro un mundo aún por descubrir y que nos llevará hasta el pueblecillo que vemos en la lejanía (Camelle). Si lo deseamos, podemos sentarnos en el merendero panorámico que hay en la zona y dejar que nuestros pensamientos se pierdan un rato en el océano.

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En la zona del faro -A Insua- destaca también La Espera, una emotiva escultura de la artista Iria Rodríguez que homenajea desde este punto a todos los pescadores y marineros desaparecidos en el implacable Atlántico.

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Nuestro también implacable track nos dice que desde la estatua debemos tomar un camino que desciende hacia el mar. ¡No hagáis tal, insensatos! Aunque en un principio pueda parecer que sí hay camino, éste termina perdiéndose en un laberinto de mínimos senderos abiertos entre los afilados tojos por lo que es imposible circular en bicicleta y extremadamente complicado -y doloroso- empujarla. Por eso, lo más inteligente que podemos hacer aquí es regresar por donde hemos venido hasta el límite del casco urbano y allí, en la bifurcación antes mencionada, tomar la opción anteriormente descartada. Aunque sin salida, la visita merece la pena pues el caminito que bordea el mar nos permite llegar, en su extremo más lejano, hasta la Piedra de los Enamorados, una roca donde los amantes dejan grabados sus nombres (entre los que así hicieron destaca el del químico y geólogo Isidro Parga Pondal, sobrino nieto del poeta de Ponteceso) en un entorno donde, a poco revuelta que esté la mar, disfrutaremos del espectáculo de la Furna da Espuma (no creo necesario explicar a qué debe su nombre este lugar). De camino encontramos un lugar mucho más interesante (y turístico): la Playa de los Cristales, un mínimo arenal donde la caprichosa naturaleza ha ido acumulando los erosionados fragmentos de vidrio que, procedentes de un cercano vertedero irregular, el océano tiene a bien devolver convertidos en preciosas joyas de colores que se mezclan con la arena, las piedras, las conchas y las algas creando un increíble mosaico de color. Merece la pena acercarse a este rincón escondido a los pies del cementerio local y, abriéndonos un hueco entre los muchos turistas, entretenernos en hacer acopio de fotografías con las que alimentar nuestro hambriento Instagram (recordad que las fotografías podéis llevároslas, pero los cristales deben quedarse donde están).

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Después de la dura subida que nos saca de la playa regresamos al casco urbano de Laxe por donde hemos venido y ahora seguimos recto y tomando siempre los desvíos a la derecha para enfilar una calle encementada que asciende por la ladera. Salimos de nuevo del casco urbano y cerca de nosotros, a nuestra izquierda y ligeramente más arriba vemos una pequeña capilla construida en los años cuarenta del siglo XX en honor de Santa Rosa de Lima junto a la «cruz del navegante», crucero de piedra que ocupa este privilegiado emplazamiento con vistas sobre toda la localidad desde el siglo XVII.

Nosotros dejamos el cemento y, girando a la derecha ignorando la señal de dirección prohibida continuamos el ascenso. Si la señal no nos detuvo, tampoco lo hará el pedrusco que han colocado en medio del camino para impedir el paso de vehículos, y más si cabe ahora que el camino pica para abajo.

El camino nos deja en la playa de Soesto, de la que solo nos separa la desembocadura de un pequeño riachuelo. Más bien podríamos decir que el camino se transforma en playa y la abundancia de arena en la que nos hundimos nos obliga a desmontar y empujar la bici hasta el cercano aparcamiento al que tendremos que acceder buscando un hueco entre la gran plaga del siglo XXI: las autocaravanas y furgonetas que invaden hasta el último centímetro de espacio disponible en estos otrora solitarios parajes (no tengo nada contra este modo de viajar -al contrario: me encantaría disponer de presupuesto para poder permitírmelo- pero debemos reconocer que la saturación de estos vehículos que hay en la actualidad, unida a la general falta de modales de quienes los ocupan, empieza a ser preocupante).

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Sea como fuere, al otro lado del aparcamiento encontramos una pasarela de madera por la que avanzamos con gran estruendo de tablones vibrando a nuestro paso. Cuando la pasarela acaba -lo que coincide con el extremo oeste de la playa- ascendemos por el sendero que la prolonga hasta que, después de la corta subida, se transforma en un estrecho camino de tierra que nos permite rodar casi sin esfuerzo a pocos metros de la rocosa costa, desde la que algún pescador de caña y un gran número de gaviotas, esperan a que algún incauto pez se ponga a tiro.

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Salvo un corto trecho en el que el suelo de roca nos complica considerablemente el pedaleo, el camino se nos pasa volando y antes de darnos cuenta llegamos a una pequeña cala (playa de Arnado) donde, junto a un par de construcciones abandonadas pero rodeadas de furgonetas, el caminillo se transforma en amplia pista que nos permite avanzar por el límite del bosque de pinos que queda a nuestra izquierda. Poco después, cuando la pista comienza a alejarse de la costa, la abandonamos hacia la derecha perpendicularmente para descender unos metros en línea recta hacia el mar antes de volver a girar a la izquierda e internarnos por un estrecho sendero que se abre paso con dificultad entre la profusa vegetación. Entre los suaves helechos también abundan los tojos y zarzas que no dudarán en regalarnos sus dolorosas caricias.

Llegamos así a la siguiente playa (Traba, un arenal de más de dos kilómetros y medio de longitud) a la que accedemos, como no, a través de su aparcamiento atestado de caravanas. De hecho, poco antes de llegar a él a través del estrecho sendero que nos trae aquí, un desagradable olor delata que mi neumático ha pasado sobre un montón de excrementos de buen tamaño. Espero creer que el culpable es alguno de los perros descontrolados que vagan alrededor de los vehículos pero lo discreto del sendero oculto entre la vegetación y el hecho de que las furgonetas camperizadas carezcan de retrete me hacen temer algo peor.

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Dejando a un lado los groseros modales de los animales de bellota que conducen algunos de los vehículos, nos adentramos al otro lado del área recreativa en una nueva plataforma de madera que en esta ocasión nos permite avanzar, entre juncos, carrizos y espadañas, en busca de la cercana laguna de Traba a lo largo del estrecho canal que la comunica con el mar. Esta laguna, junto con la extensa duna que nos separa de la playa, es un espacio natural de gran valor ecológico que da cobijo a gran variedad de especies de aves, razón por la que insisto en la importancia del civismo de quienes acampan en la zona.

Al final de la plataforma, vemos aparecer a nuestra derecha una senda delimitada que nos permitiría pasar junto a la laguna y acceder a los numerosos puestos de observación de aves. En cambio, nosotros seguimos de frente, por la pista de tierra que, dejando la laguna a la derecha, nos aleja ligeramente del mar. Cuando nuestras ruedas tocan de nuevo asfalto (llevábamos sin pisarlo desde las calles de Laxe) giramos a la derecha para ir por una carreterita que atraviesa la aldea de Mordomo, dejando a la derecha un bar y un merendero (con alguna caravana pero no demasiadas) donde descansar y refrescarnos si así lo deseamos. Siguiendo recto llegamos al fin del asfalto y, tras un breve descenso por cemento, este también se acaba para dejarnos de nuevo en un camino de tierra.

Aquí, los caminos se ramifican y se separan entre los muretes de piedra por lo que, por una vez y sin que sirva de precedente, confiamos ciegamente en nuestro GPS y seguimos el track que nos interna en un paisaje nuevo: un berrocal entre cuyos berruecos de singulares formas nuestro camino se abre paso como buenamente puede. Nos basta con levantar la vista para comprobar que estas formaciones graníticas entre las que rodamos nos son sino la continuación costera de los espectaculares peñascos de caprichosa morfología que coronan los montes cercanos, destacando entre el tupido manto de pinos.

Es en estos pinares donde nuestra ruta ciclista se va a internar durante un corto trecho para permitirnos esquivar así un tramo escarpado de la costa. El sendero asciende unos metros y lo irregular del firme nos complica bastante la vida, pero a cambio podemos disfrutar unos minutos del frescor de la sombra de los pinos que llevábamos ya tiempo sin saborear. Antes de que hayamos tenido tiempo de cansarnos, el camino gira de nuevo hacia la costa volviéndose descendente y, después de atravesar un delicioso paraje donde los pinos dejan paso a los verdes laureles vuelve a llevarnos en paralelo al mar.

A la izquierda, ocultas por la vegetación, quedan las ruinas de Sabadelle, un pueblo de origen medieval que tuvo cierta importancia cuando la industria ballenera utilizaba estas calas para su negocio. Cuentan también que en las cercanías existe un petroglifo, pero me resulta imposible encontrar suficiente información como para localizarlo. Quizás sea mejor así.

Para estropear tan encantador lugar, un desagradable pero familiar olor llena de nuevo mis pituitarias: mis ruedas acaban de pisar otra mierda de no despreciable tamaño. En esta zona hay lobos, pero no son tan abundantes, por lo que una vez más decido culpar a los perros y a sus irresponsables dueños ya que me he cruzado en esta ruta con un buen número de senderistas que llevan a sus perros sueltos.

De nuevo nos toca ahora desmontar de la bicicleta para avanzar por una zona en la que el camino atraviesa la parte superior de una playa de cantos rodados, pero ya es la última dificultad que encontramos pues enseguida alcanzamos una nueva pista asfaltada que, dejando atrás alguna casa suelta, nos lleva hasta una pequeña cala que rodeamos por su paseo marítimo en dirección al casco urbano que vemos al otro lado: hemos llegado a Camelle.

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Camelle es una pequeña localidad marinera situada junto a una también pequeña bahía, en la que se encuentran su puerto y su playa (no muy apetecible para el baño, la verdad). Antes de la construcción del espigón que protege el puerto de los frecuentes temporales, se encontraban en la boca que esta bahía unas rocas donde numerosos barcos –y quienes a bordo de ellos iban- acabaron sus días de forma prematura. Esos naufragios, tan frecuentes en esta zona, pusieron históricamente a prueba la valentía de los pescadores locales que no dudaban en arriesgarse para salvar a quien pudiesen (y también tuvo aquí su origen la leyenda negra de la piratería de tierra, según la cual los habitantes de esta costa jugaban al despiste con los barcos que pasaban por aquí colocando señales luminosas falsas que los llevaban a naufragar para poder después asaltarlos pero esto, que haya podido demostrarse, solo pasó en el argumento de una de las primeras películas de Hitchcock –otra cosa es que, a posteriori, se aprovechasen los despojos que el mar devolvía a la tierra-).

Como prueba del valeroso esfuerzo de los marineros de esta población que trataron de rescatar a los tripulantes del City of Agra en 1897, la campana de este barco –donada, entre otras distinciones, por la corona británica- aún se encuentra en la iglesia local, dedicada al Espíritu Santo.

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Y fue precisamente el día de la fiesta del Espíritu Santo de 1962 cuando un joven alemán llamado Manfred  Gnädinger que se dirigía caminando a Muxía llegó a Camelle… y aquí se quedó.

Man, evocativo diminutivo con el que era conocido este artista plástico –exponente extremo del Land-Art-, fue convirtiéndose en un ermitaño que, tapado con un trapo cualquiera a modo de taparrabos (o paño de pureza, que suena más bonito), vivía en una diminuta chabola que levantó a la orilla del mar, junto al punto donde más tarde se construyó el dique de protección del puerto. Alumno aventajado del gran Thoreau, pasó el resto de sus días en esa “cabaña” de cemento y vidrio que carecía de agua corriente o electricidad y en cuyos alrededores creo su obra: grandes círculos pintados con colores básicos sobre las rocas y esculturas a base de cantos rodados y restos variopintos traídos por el océano unidos entre sí con cemento. Un “museo” que trae al espectador reminiscencias de un Gaudí salvaje que se hubiese alejado del apacible Mediterráneo para llegar al violento océano.

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Man vivía de la tierra, y de un mar en el que nadaba a menudo, y permitía visitar su museo por el módico precio de cien pesetas (más tarde, con el cambio de moneda, subió a un euro) pidiendo a cambio que el visitante dibujase alguna de sus obras. Su unión con el mar era tan íntima que el nefasto día otoñal de 2002 en el que el hombre dañó de forma irreparable al océano a través del Prestige, Man no pudo superarlo. Mientras el chapapote teñía de negro su museo –y toda la costa-, él se encerró en su cabaña y se dejó morir. Su cadáver apareció mes y medio más tarde en su cama, en su cabaña, a la puerta de la cual se enterraron años más tarde sus cenizas.

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A pesar de haber dejado una gran suma de dinero para preservar su legado, la desidia hizo que su obra cayese en un total abandono. Su amado océano hizo el resto. Hoy en día su museo no es sino una sombra de lo que antaño fue, aunque la memoria de este curioso personaje se conserva aún en un pequeño museo en el centro de Camelle que podemos visitar por el simbólico precio de un euro. Irónicamente, aún pueden verse en los alrededores de su cabaña rocas parcialmente teñidas de negro: el chapapote que Man quería que no fuese limpiado, como símbolo de la destructividad humana, aún sigue allí.

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Desde las proximidades de la cabaña de Man surge un estrecho sendero entre paredes de piedra por el que nos internaremos y que más adelante abandonaremos para ir, por carretera primero y por el paseo que bordea la playa después, hasta la cercana localidad de Arou que destaca en el paisaje por sus casas de brillantes colores y por sus bonitas y solitarias playas. Continuamos nuestro camino y comenzamos a ascender ligeramente hasta un cruce donde la subida se pone, por decirlo de forma suave, interesante. Antes de enfrentarnos a ella, continuaremos recto para dirigirnos a la playa de Lobeiras.

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Para que nuestras piernas no se amotinen, podemos concederles el capricho de no bajar hasta la playa (luego habría que volver a subir, lo cual no parece fácil). Desde  un pequeño mirador podremos ver el pequeño arenal cubierto de barcas de pesca, las casetas donde se refugian los dueños de éstas, y las rocas que se adentran en las aguas como amenazadores cuchillos dispuestos a rasgar el casco de cualquier embarcación que se arriesgue a navegar estas aguas. Así lo han hecho ya en demasiadas ocasiones como para tomarse la amenaza a la ligera. Entre otros naufragios, fue aquí donde encontraron su triste final 29 de las almas que viajaban a bordo del City of Agra mencionado anteriormente.

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Volvemos atrás hasta el cruce y, ahora sí, comenzamos la subida. El hecho de que el asfalto haya dado paso al cemento no dice mucho a favor de esta carretera que, a costa de mucho sudor, nos permite ascender por la ladera. Si todo va bien, llegaremos a un cruce donde giraremos 180° a la derecha y seguiremos subiendo, pero ya otra vez por asfalto y con pendientes más asequibles. Finalmente llega un punto donde la carretera se rinde y se vuelve llana. A nuestra derecha vemos las casas de Santa Mariña y, al frente, la proximidad de los inmensos aerogeneradores nos da una idea de lo que hemos subido en poco tiempo.

En Santa Mariña hubo en su momento un monasterio benedictino, avanzadilla cristiana en tan remotas tierras, que fue víctima de numerosos saqueos y ataques que, cómo no, vinieron desde el mar: vikingos y piratas llegaban aquí con asiduidad para hacer de las suyas. Después de varias destrucciones y reconstrucciones, el monasterio desapareció para siempre. Hoy en su lugar solo hay una pequeña iglesia.

Continuamos por la carretera que va hacia Brañas Verdes pero la abandonamos en una pronunciada curva, junto a la que se encuentra el cementerio, para tomar la amplia pista que sale a nuestra derecha, hacia el llamado Monte Blanco. El camino, de tierra pero con espacios separados para coches y peatones, sube casi hasta la cima y describe una amplia curva a la izquierda para comenzar el descenso. Cuando ya hemos bajado muchos metros, giramos hacia la derecha y es entonces cuando comprendemos el motivo por el que el Monte Blanco recibe ese nombre: por su empinada ladera oeste asciende una espectacular duna rampante de ciento cincuenta metros de altura, una de las más altas de Europa (a dos puestos de distancia de su tocayo, el Monte Blanco de Ponteceso, por el que ya pasamos y que encabeza el ranking). A sus pies, la playa do Trece, tristemente famosa por haber amanecido más de una vez sembrada de cadáveres tras un naufragio. No en vano el trayecto que estamos recorriendo coincide con el recorrido de la ruta de los naufragios, que va desde Camelle a Camariñas y de la que es fácil intuir el origen de su nombre.

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Un buen número de estos naufragios ocurrieron en la fatídica Punta Boi, a la que llegamos tras completar el descenso. Aquí encontramos una sencilla construcción compuesta por un recinto cuadrangular que contiene otro en su interior. Se trata del Cementerio de los Ingleses así llamado porque en su interior fueron enterrados los tripulantes de tres embarcaciones británicas que naufragaron en este lugar entre 1883 y 1893: el Iris Hull, el Serpent y el Trinacria. En total 239 muertos. Tan solo 11 supervivientes.

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Alrededor del cementerio, la fina arena aparece densamente poblada por caramiñas, planta que fue muy frecuente en toda la costa gallega y que lamentablemente hoy en día se encuentra prácticamente extinguida, quedando muy pocos lugares como este en el que nos encontramos. Cuidémoslo pues, y disfrutemos del momento si tenemos la suerte de ser testigos del bonito espectáculo que ofrecen a finales de verano, cuando los pequeños arbustos verdes aparecen cubiertos por perlas blancas: su fruto.

Si atravesamos (con sumo respeto y cuidado) el caramiñal y llegamos hasta las rocas de la orilla nos encontraremos entre innumerables montoncitos de piedras que los visitantes han ido levantando en el lugar sin que se sepa el motivo por el que comenzó esta curiosa costumbre (¿inspiración de Man?). No deja de ser curioso que a pesar de los fuertes vientos y los temporales que azotan siempre la zona y de que las piedras no estén unidas por ningún tipo de argamasa, sea difícil ver caída ninguna de las pequeñas y aparentemente inestables columnas.

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Entre naufragios, chapapote y otras tragedias, podría dar la sensación de que aquí, en pleno corazón de la Costa de la Muerte, la vida brillase por su ausencia. Nada más lejos de la realidad. El mar puede quitar vidas, pero es en sí mismo vida. Las caramiñas son solo el exponente más visible de la gran riqueza de fauna y flora que tiene esta zona. La vida bulle bajo las aguas y como prueba, si el tiempo lo permite, notaremos que allá donde miremos vemos a las gentes del lugar sacando del mar su sustento: pescadores de caña, barcos pesqueros, mariscadores, percebeiros…

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Asomamos ya al otro lado de Punta Boi y vemos ya a lo lejos el imponente saliente rocoso de Cabo Vilán, hacia cuyo faro nos dirigimos.

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Vamos avanzando por la costa dejando a la derecha una serie de pequeñas playas cuyo fuerte oleaje atrae a los amantes del surf (aunque yo no me atrevería a meterme en estas aguas ni hasta los tobillos, y no solo por la abundancia de fanecas bravas). Vamos dejando también a nuestro paso rocas de evocadoras formas (pedra dos namorados, pedra do oso…) e incluso el ancla de otro de los naufragios de la zona. Cerca del camino puede visitarse también una construcción de gran valor etnográfico: una trampa para lobos consistente en una especie de embudo formado por dos muros de piedras hacia el que era conducido el lobo durante las batidas para hacerlo caer en el foso construido en su vértice, donde quedaba atrapado y era abatido. Este tipo de trampas es también común en otras regiones de España aunque, por suerte para los lobos, hace décadas que no se utilizan.

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La pista se aleja ligeramente de la costa para emprender una breve subida entre un bosquecillo de pinos. Después vuelve a quedar colgada sobre los acantilados que dan al mar, pasando junto al parque de aerogeneradores que aprovecha los fuertes vientos del lugar. Llegamos finalmente a una carretera asfaltada que tomaremos a la derecha para ascender hasta el faro de Cabo Vilán.

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Nos encontramos en una pequeña y elevada península rocosa que es continuada, ya mar adentro, por el islote de Vilán de Fora, fuertemente azotado por las olas. Aquí existía ya desde mediados del siglo XIX un pequeño faro cuya luz no conseguía sobrepasar el cabo. Los numerosos accidentes marítimos que seguían sucediéndose sin descanso llevaron a la construcción a finales de siglo del faro actual, en el extremo del cabo: el primer faro eléctrico de España. La antigua vivienda, separada del faro por un túnel claramente visible, es ahora un museo donde podemos conocer la historia de este lugar previo pago del correspondiente euro de entrada.

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Regresamos, ahora en descenso, por la carretera hasta la piscifactoría donde tomamos el camino de tierra que la bordea. Al otro lado de la valla podemos ir viendo las numerosas piscinas cubiertas donde se engordan los rodaballos que comercializa esta empresa noruega.

El camino continúa por un paraje espectacular, bordeando el mar por el lado norte de la entrada a la ría de Camariñas. En la otra orilla vemos ya el santuario de la Virxe da Barca, hacia el que nos dirigimos, aunque al no tener bicis flotantes aún tardaremos un poco en llegar.

Solo una subida nos separa sin embargo de otro templo: la ermita de  la Virxe do Monte. Se trata de una única nave construida en el siglo XVIII sobre una península bastante elevada que recibe el nombre de Monte Farelo. Aunque la ermita no sea nada del otro mundo y debamos volver a bajar por el mismo sitio, merece la pena subir hasta ella solo por las magníficas vistas de toda la ría de Camariñas, Muxía y gran parte de los alrededores, desde Cabo Vilán hasta los montes Cachelmo y Punta Buitra, ya cercanos a Fisterra.

Volvemos por tanto a bajar por donde subimos, en dirección al campo de fútbol, y seguimos nuestro camino para bajar hasta la idílica y tranquila playa de Lago donde podremos refrescarnos al resguardo que ofrece la ría. Pasada la playa, el camino desemboca en la localidad de Camariñas, a la cual entra precisamente junto al Castelo do Soberano. Se trata de una fortaleza construida en el siglo XVIII para proteger la ría de las incursiones piratas. Lamentablemente los años han maltratado mucho a estas ruinas y hoy en día se conservan en muy mal estado.

Camariñas, principal núcleo de población del corazón de la Costa de la Muerte es un pueblo cuyo nombre se relaciona con dos palabras: mar y encajes (aunque en realidad el nombre solo se relacione etimológicamente con las caramiñas, planta sobre la que ya escribí unos párrafos atrás). Respecto al mar, el puerto de Camariñas es el auténtico centro de esta localidad y en torno al cual se desarrolla la vida diaria. En la fachada de una de las casas que se abren a él es posible aún ver el barómetro regalado a la localidad por los británicos en agradecimiento al apoyo prestado tras el naufragio del Serpent en 1890.

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Por supuesto, no debemos dejar de reponer fuerzas en alguna de las terrazas abiertas al puerto donde es posible degustar auténticas delicias salidas del mar (personalmente recomiendo el pulpo a feira y los chipirones a la plancha del Ave del Mar). Un paseo por las callejuelas del pueblo nos permite también encontrar algunos interesantes rincones.

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Respecto al encaje de bolillos típico de este lugar, no es necesario decir mucho, ya que el encaje de Camariñas es famoso en el mundo entero. Al parecer la técnica llegó a esta zona desde Flandes en los siglos XVI y XVII y aquí se perfeccionó hasta el grado máximo. Por todo el pueblo es posible encontrar tiendas donde adquirir alguna de estas obras maestras de la artesanía y se pueden ver también numerosas estatuas de palilleras trabajando sobre la curiosa almohada que utilizan para desarrollar su labor. Si hay suerte será posible incluso encontrar alguna de las palilleras locales trabajando al aire libre (si no hay suerte, siempre será posible visitar la localidad en semana santa para verlas durante la muestra dedicada al encaje que tiene lugar en estas fechas). Por un par de euros que cuesta la entrada, también podemos ver algunas piezas de este arte en el correspondiente museo que se levanta en un lateral de la plaza del concello.

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Salimos de Camariñas de nuevo por la orilla del mar, alrededor de una fábrica conservera reconvertida en museo. Rodeamos una pequeña playa y, tras pasar entre unas casas, una carreterita nos lleva a otra playa aún menor. Desde aquí una senda nos lleva a escasos metros de las estáticas aguas de la Ensenada da Basa. Por desgracia parece que el camino no es frecuentado más que por los pescadores que vemos con sus cañas en la ensenada, ya que se va estrechando más y más hasta que termina prácticamente desapareciendo comido por la vegetación. Si tenemos suerte y la marea no está del todo alta podremos cambiar el camino por la zona intermareal, aunque no nos quedará más remedio que caminar empujando nuestras bicis. Llegamos así a un punto donde para salvar un pequeño regato el camino baja también hasta la orilla del agua y poco después se aleja de nuevo (ahora ya podremos volver a seguirlo) al encuentro de la carretera. En todo caso, si no nos gusta demasiado la aventura, una buena opción es salir ya por carretera de Camariñas y olvidarnos de la senda.

En Xaviña la carretera cruza el Rego do Trasteiro e, inmediatamente después del puente, nuestra ruta se desvía a la derecha. De nuevo la vegetación ha reducido el camino a una mínima senda hasta el punto de que poco más adelante resulta imposible avanzar con bicicleta (ni siquiera empujándola). La alternativa más lógica es continuar ascendiendo por carretera y aproximadamente medio kilómetro más adelante girar a la derecha y tomar la pista que rodea el Monte da Insua, enlazando con la ruta que traíamos. El camino cruza después la carretera para continuar callejeando por entre las casas de algunas aldeas de la zona. Si la tentación del asfalto es demasiado fuerte, una opción a considerar para evitar rodeos y pérdidas de tiempo es recorrer todo el tramo entre Camariñas y Ponte do Porto por la carretera principal. Eso sí, extremando las precauciones, ya que la experiencia me dice que por esta carretera la gente no va precisamente despacio.

Llegamos así a Ponte do Porto donde, como su nombre indica, destaca un bonito puente originario del siglo XIII y que será el que utilicemos para cruzar el río Grande. A la salida del puente encontramos la blanquísima iglesia de San Pedro y una reproducción de la Fuente de los Leones de la Alhambra (no sé cual fue el criterio que les llevó a plantar eso aquí, pero estéticamente chirría bastante).

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Esta localidad en la que nos encontramos fue un punto neurálgico de la economía de la Costa de la Muerte, ya que era la principal conexión entre los puertos de la zona y el interior, pasando por aquí varias calzadas importantes. También tuvo gran importancia en la distribución internacional de los encajes de Camariñas y, para completar su economía, en los alrededores se levantaban varios molinos. Para conocer mejor la historia y costumbres de la zona, nada como visitar el museo etnológico de la localidad.

Continuamos nuestra ruta por el tranquilo paseo que, por la orilla de la ría, nos lleva en dirección a Cereixo.

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Al final del paseo fluvial continuamos unos metros por la carretera que avanza por la orilla de la ría para meternos después, a la derecha, por el camino que discurre entre ésta y un muro. Al otro lado del muro, en un terreno privado que pertenece a un pazo del siglo XVIII, podemos intuir la presencia de un largo hórreo y un palomar. Algunos carteles informativos nos ilustran sobre las especies animales (aves y peces fluviales) que habitan la zona y sobre los edificios históricos que estamos a punto de encontrar, como el molino de mareas del siglo XVII (que aprovechaba para moler, además de las mareas de la ría, la corriente del río Riotorto que pasa por aquí).

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Pedaleamos con cuidado por la plataforma de madera que constituye el paseo fluvial del Riotorto cuidándonos, siempre que sea posible, de rodar sobre la cinta de rejilla verde colocada, con muy buen criterio, sobre las húmedas tablas para evitar resbalones. En un punto encontraremos unas escaleras de piedra a nuestra derecha que nos obligarán a cargar con nuestras bicicletas para llegar a la iglesia de Santiago de Cereixo, del siglo XII. Por desgracia, si encontramos cerrada la puerta metálica que da acceso al recinto, no nos será posible acercarnos a ella y tendremos que contentarnos con intentar adivinar desde lejos el magnífico tímpano románico de su puerta lateral, que no es sino la primera representación en piedra del traslado en barca del cuerpo del apóstol Santiago por sus discípulos.

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Tampoco es posible acceder a las Torres de Cereixo, pazo del siglo XVI construido sobre una fortaleza del siglo X que protegía la ría de las incursiones piratas. Al encontrarse actualmente en manos privadas nos tendremos que conformar con admirar desde fuera los escudos nobiliarios esculpidos en sus paredes de piedra. Entre la iglesia y las torres, una pequeña placita alberga un majestuoso carballo (roble).

Después de este pequeño desvío cultural volvemos a salir a la carretera y nos enfrentamos a una corta pero empinada subida por asfalto. Salimos del casco urbano de Cereixo dejando atrás sus últimas casas, pasamos de largo por su cementerio y continuamos aún unos metros más subiendo junto a un arcén lleno de gravilla que parece que algún día será una acera pero que aún permanece en obras e intransitable. Llegamos así al punto donde encontraremos una carreterita que sale a nuestra derecha y que, según los numerosos carteles que hay en el cruce, nos llevará a multitud de alojamientos de todo tipo. La seguimos.

La carretera continúa ascendiendo, aunque con algún que otro descansillo y, justo al comienzo del último repecho, el track oficial de la ruta nos dice que debemos abandonar el asfalto para tomar el camino que sale a la derecha. Aunque los primeros metros del camino son prometedores es, sin embargo, una trampa. Como si de un embudo se tratase, el camino se va estrechando hasta convertirse en sendero y la vegetación lo ha invadido hasta volverlo intransitable. Suaves helechos y mimosas primero, punzantes toxos y silvas (zarzas) después, cierran el camino y no es para nada recomendable empeñarnos en avanzar por él (salvo que llevemos puesta una armadura que nos proteja de los afilados pinchos de los tojos y las zarzas). Para evitar que nuestra osadía termine convirtiéndonos en ecce homos a pedales, lo mejor es que no abandonemos el asfalto que apenas tiene tráfico y, en su tranquilo discurrir, nos llevará a Leis, donde podremos acercarnos a admirar la bonita iglesia de San Pedro de Leis de Nemancos que conserva su factura románica pese a haber sido recientemente restaurada con elementos excesivamente modernos.

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A la altura de las últimas casas de este pueblo volveremos a encontrarnos con la ruta “oficial” que seguiremos, por asfalto, en dirección al mar. Dejamos a la derecha el acceso a la playa de Barreira y un poco más adelante abandonamos el asfalto para, a nuestra derecha, tomar la pista que desciende hacia el mar. No tardaremos en abandonar esa pista para bajar por un sendero junto a una horrible casa abandonada (en venta, por si a alguien le interesa) que nos permite acercarnos al faro de la playa de Lago –para llegar hasta él deberemos cruzar una pasarela que nos da acceso a las rocas sobre las que se ubica–. Mirando hacia el mar tenemos desde aquí una panorámica magnífica de toda la ría. A nuestra izquierda la playa de Lago, rodeada de pinares. Siguiendo la costa veremos ya nuestro próximo destino: Muxía, adentrándose en el mar. Al otro lado de la boca de la bahía podemos ver la ermita de la Virxe do Monte, por la que ya pasamos y, algo más allá, el caso urbano de Camariñas. Un buen lugar para tomarse un descanso disfrutando de la vista.

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Salvo que queramos tomar un baño en la playa de Lago, volvemos a ascender por el mismo sendero por donde bajamos hasta la pista, que tomamos ahora a la derecha y después, gracias a un pequeño sendero que surge a nuestra izquierda, regresamos al asfalto que, entre casas, alojamientos y restaurantes, bordea la playa. Siguiendo esta misma carretera podremos cruzar el río Lago, junto a su desembocadura y, siguiendo a la derecha, continuamos por la orilla del mar.

Unos metros más adelante una vez más la ruta oficial sale del asfalto hacia la derecha. Aunque la salida no parece muy halagüeña, el camino que se ve más allá, primero descendiendo hacia un valle y luego remontando junto a un camping, sí parece lo suficientemente amplio como para circular por él en bicicleta. En todo caso, a estas alturas de viaje ya estoy escarmentado y, como sé que no tardará el camino en regresar al asfalto, decido no arriesgarme y continuar por la carretera hasta Merexo.

Merexo es un pequeño pueblecillo en cuyas cercanías se encuentra una gran piscifactoría y que tiene oferta tanto de alojamiento como de restauración. Lo más reseñable de mi paso por la localidad es que me dio la sensación de que ésta se encontraba invadida por gatos (mirase donde mirase solo veía mininos por doquier). Curiosamente también vi varios carteles de “Atención perro peligroso”. Interesante paradoja.

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A la salida del pueblo el Camiño dos faros se une al Camino Jacobeo que une Santiago de Compostela con Muxía (podéis encontrar mi crónica con amplia información sobre esa ruta aquí) y con el que desde este punto hasta el final de ambos, en Fisterra, compartiremos muchos tramos.

Acompañamos a los peregrinos un par de kilómetros de tranquilo asfalto, viendo y sobre todo oyendo el mar a nuestra derecha tras los árboles, hasta la localidad de Os Muiños. Al llegar al casco urbano, las flechas amarillas de la ruta jacobea marcan un giro a la derecha y las seguimos pero inmediatamente después los peregrinos volverán a girar a la izquierda y nosotros los abandonamos para seguir de frente, en pronunciado descenso hasta encontrar una empinada escalinata de piedra –toca desmontar de nuevo– que baja hacia el río Negro.

Al pie de las escaleras un pequeño merendero y una fuente –Fonte da Tella– nos permiten refrescarnos y recuperar fuerzas en un espléndido paraje natural donde el río forma pequeñas cascadas rodeadas por las ruinas de algunos molinos. Prosigue el camino aguas abajo, por el umbroso valle donde es difícil que veamos ningún rayo de sol. Nos encontramos en la conocida como Ruta dos Muiños do Río Negro y, como su nombre indica, numerosas de estas construcciones nos acompañan en nuestro pedalear. El entorno es precioso y sin duda merece la pena haber bajado hasta las profundas oscuridades del río Negro, pero debemos extremar las precauciones pues gran parte del trayecto transcurre sobre pasarelas de madera que, con ayuda las hojas caídas de los árboles, el musgo y la eterna humedad, se han transformado en un firme deslizante que hace que prefiriésemos rodar sobre una pista de hielo: el más mínimo movimiento brusco de la dirección o leve toque del freno se traducirá sin duda en caída. El que esto escribe, pese a extremar la concentración hasta el punto de no fijarse en el bello entorno para tratar de poner los cinco sentidos en la conducción e intentar sacar fuera toda su pericia al manillar, no  pudo evitar dar con sus huesos en la dura tarima de madera. Podría ser peor pues, dada la ausencia de protecciones más allá de algunos tramos de barandilla, podríamos fácilmente tanto nosotros como nuestras monturas terminar tras la caída en las muy probablemente frescas aguas del río.

Por seguridad, lo mejor es poner pie a tierra y caminar por las resbaladizas tablas (sin descuidarnos, pues incluso andando corremos el riesgo de patinar) y disfrutar de la ruta. Si se nos hace larga tomaremos la rampa que sube a nuestra izquierda o las escaleras que hacen lo propio unos metros más adelante. Una vez puestos a salvo, y tras algunos metros ya por asfalto, tomamos un desvío de tierra que abandona el asfalto hacia la derecha y descenderemos hacia la playa de Os Muiños. Recorremos el camino de arena o la pasarela de madera (esta vez seca y segura por estar expuesta al sol) hasta llegar al otro lado del arenal y nos alejaremos de él, una vez más, por asfalto.

Al momento surge a nuestra derecha una carretera ascendente que habremos de tomar. Antes de hacerlo, sin embargo, recomiendo seguir recto para reencontrarnos unos metros más adelante con el Camino Xacobeo que tomaremos –dirección Muxía– para, tras cruzar la peligrosa carretera general, visitar la joya románica que responde al nombre de iglesia de San Xulián de Moraime, y que no es sino lo que queda que un importante monasterio construido en el siglo XII. La belleza de la decoración de sus dos puertas bien merece la visita. Completan el entorno la antigua casa rectoral, del siglo XVIII, ahora convertida en hotel y un bonito palomar.

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Finalizado el desvío –salvo que hayamos decidido llegar hasta Muxía por la ruta de los peregrinos– volvemos a las cercanías de la playa de Muiños donde habíamos abandonado nuestra propia ruta.

Ascendemos por asfalto durante poco más de un kilómetro y llegamos a las casas de Chorente, a cuya salida volvemos a encontrarnos con las flechas amarillas del Camino. De nuevo entre peregrinos emprendemos un rápido descenso por el pedregoso camino rodeado de bosque que nos dejará en la playa de Espiñeirido. Una de nuestras conocidas plataformas de madera –nos vendrá bien aquí tener un timbre para advertir a los peregrinos de nuestra presencia– será la encargada de llevarnos hasta la playa de A Cruz y de dejarnos al pie de la carretera, ya en la entrada al casco urbano de Muxía.

Muxía, que llevamos viendo ya desde hace tiempo en la lejanía, se encuentra construida en torno al monte Corpiño en una península que termina en la punta de A Barca. Para llegar hasta ella no tenemos más que seguir la carretera que va por la orilla de la ensenada y pasa por el puerto pesquero de la localidad. Después nos adentramos en el caserío del pueblo (que cuenta con todo tipo de servicios de restauración y alojamiento que podamos necesitar) y continuamos por el paseo que, dejando a la derecha un tradicional secadero de congrios y a la izquierda la original iglesia románica de Santa María (siglo XII, con el campanario sobre una roca y separado del cuerpo principal de la iglesia) desemboca directamente en el santuario dedicado a Nosa Señora da Barca.

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Cuenta la leyenda que andaba algo desanimado el apóstol Santiago cuando trataba de cristianizar a las gentes de este apartado lugar y, para darle apoyo, la mismísima virgen María se acercó a bordo de una barca hecha de piedra. No debía ser la Virgen buena navegante, pues aquí quedó su peculiar nave hecha pedazos: frente a la iglesia podemos ver el casco de la embarcación –pedra dos cadrís–, su vela –pedra de abalar–  y el timón –pedra do timón–. Para celebrar este cuanto menos curioso encuentro, se construyó en el lugar la iglesia que vemos, del siglo XVIII y estilo barroco (aunque hay constancia de otras construcciones anteriores en el mismo emplazamiento). Lo que podemos ver a día de hoy es una reconstrucción de lo que el fatídico día de navidad de 2013 ardió como consecuencia de un rayo caído durante un violento temporal y que se llevó consigo lo más destacable del edificio: el retablo mayor de 1717 obra de Miguel de Romay.

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Ya que hemos llegado hasta aquí merece la pena acercarnos hasta el cercano faro y caminar entre las míticas rocas que se adentran en el mar frente a la iglesia y que, al haber formado parte de la embarcación usada por la Virgen, tienen asociados poderes milagrosos de los que podremos beneficiarnos si seguimos el ritual adecuado. Por supuesto, tanto para llegar hasta el faro como hasta las rocas, necesitaremos el permiso del caprichoso océano que suele mostrarse bastante agresivo en esta punta (no son raros los temporales en los que las aguas llegan a rodear por completo el santuario). Si nuestra visita tiene lugar en septiembre quizás podamos ser testigos de la multitudinaria romería en honor a la Virxe da Barca.

Continuando ya nuestro camino ascendemos unos metros hasta una gran escultura donde nos daremos media vuelta para contemplar por última vez la iglesia, el pequeño faro y, al otro lado del mar, el impresionante Cabo Vilán desde donde tanto esfuerzo nos ha costado llegar hasta aquí. El monumento ante el que nos encontramos, una mole granítica rajada por la mitad, recibe el nombre de A Ferida y es obra de Alberto Bañuelos-Fournier. Se trata de un homenaje a los miles de voluntarios que llegaron hasta la Costa da Morte para tratar de limpiar la mierda que, en forma de chapapote y miserable avaricia humana, dejó el Prestige tras su naufragio en noviembre de 2002. ¡Nunca mais!

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Continuamos pedaleando por el casco urbano de Muxía, ahora por la otra orilla de la península y alcanzamos a ver otro secadero de congrios sobre las rocas que nos separan del mar, a nuestra derecha. Poco a poco vamos dejando atrás las casas y circulamos por una carretera llana paralela a la orilla donde continúan rompiendo las olas. Dejamos atrás el campo de fútbol local y, podemos ver ya, al otro lado de la ensenada de Lourido, las obras de lo que pretende convertirse en parador turístico de Muxía pero que por ahora no parece sino un grave atentado estético. Llegamos así al camino que, a la derecha, nos permite bajar desde la carretera hasta la playa de Lourido.

La idea es bajar a la playa por el camino asfaltado que baja por este lado y, después de bordear el arenal, volver a subir a la carretera. Aparentemente los caminos de descenso y el del posterior ascenso están en muy buen estado y, vista desde nuestra posición actual, la conexión entre ambos no aparenta mayor complicación. Sin embargo, dado que este último sendero nos obligaría a circular sobre la frágil duna que rodea la playa, no me parece muy recomendable rodar por él con nuestros agresivos neumáticos así que mi consejo en este punto es continuar por la carretera por la que estamos circulando –que, de hecho, coincide con el camino que deben recorrer los peregrinos que van de Muxía a Fisterra–. Ignorando todos los desvíos que ascienden a nuestra izquierda (por uno de ellos se separará de nosotros la ruta jacobea), describiremos una amplia curva alrededor del arenal de Lourido que nos llevará, en ascenso, al punto al que llegaríamos si subiésemos desde la playa.

Una vez recuperada nuestra ruta, continuamos la pertinaz subida hasta la aldea de Lourido, donde dejamos a la derecha el acceso al horrible parador de turismo –en  obras– que , por fin, perderemos de vista a partir de este punto.  Ya solo nos quedan unos metros más de subida para poder darnos un breve respiro en un tramo llano y coger fuerzas para enfrentarnos al último repecho duro.

En este punto la ruta oficial sale una vez más del asfalto hacia la derecha con la intención de subir hacia el monte Cachelmo. Sin embargo a estas alturas de viaje ya somos perros viejos y olemos el peligro a distancia. Sin duda las vistas desde la cima del monte deben ser espectaculares pero el camino por el que se accede a él no tiene ninguna pinta de ser ciclable y muy probablemente nuestras piernas y brazos aún muestren las cicatrices de recientes incursiones exploradoras entre los tojos y las zarzas por lo que recomiendo no abandonar el asfalto. En breve tendremos otra ocasión de disfrutar de las magníficas vistas.

Continuando por nuestra amiga la carretera (muy tranquila, por cierto) la pendiente se suaviza y comenzamos a llanear. Pronto vemos a nuestra derecha, muchos metros más abajo, la diminuta y escondida playa de Arnela que, según cuentan, tiene historia propia en el oscuro mundo del narcotráfico. Viendo la dureza de la pista que asciende desde ella, nos alegramos de no habernos aventurado a explorar el monte Cachelmo, ya que desde él habríamos llegado a esta pista y nos habría costado muchos sudores regresar a la carretera por la que estamos rodando tranquilamente.

Apenas unos metros más adelante de donde la mencionada pista alcanza la carretera debemos estar atentos ya que, a nuestra derecha, un escondido camino se abre paso entre la vegetación. Atajando por él llegamos, después de solo unos metros, a la ancha pista que parece adentrarse en el mar. Nos encontramos en punta Buitra.

Rodamos por la amplia y relativamente llana pista de tierra disfrutando del impresionante paisaje pero sin despistarnos en la conducción ya que el viento en esta zona no suele conformarse con ser una simple brisa y, al contrario, apunta maneras de huracán. A nuestra derecha domina el paisaje el monte Cachelmo y, a sus pies, la playa de Arnela y la furna da Buserana. Más allá, el caserío de Muxía hace de puente entre la tierra y el monte Corpiño. El santuario de la Virxe da Barca destaca al final de la pequeña península. Al otro lado de la entrada a la ría, el cabo Vilán continúa siendo imponente, incluso desde la distancia.

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Llegamos así al final de la pista, en el extremo de punta Buitra, desde donde las vistas son siguen siendo de impresión. Hacia el Oeste vemos todo lo que aún nos queda por recorrer hasta el cabo Touriñán y, para desesperación de nuestras piernas, comprobamos que no parece haber ni un metro llano. Tomamos las fotos de rigor, un tentempié -si fuera necesario y el viento lo permitiese- y damos media vuelta para regresar sobre nuestros pasos hasta el asfalto. Antes de llegar a él y a la altura del punto por donde llegamos antes a la pista de tierra desde el camino, tendremos oportunidad de demostrar que tenemos las dotes de observación necesarias para ser un buen cicloturista tratando de descubrir entre los incontables tojos las raras caramiñas que sobreviven aún en esta zona.

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Regresamos pues al asfalto y emprendemos el descenso. No tardamos en encontrar una pista a nuestra derecha que tomaremos en descenso durante solo unos pocos metros para girar después a la izquierda, ya en ascenso, y adentrarnos en el caserío de Cuño (en este caso, caserío significa un par de casas y un puñado de ruinas). Lo más significativo del lugar son los dos hórreos entre los que pasamos al entrar en la aldea. Si tenemos oportunidad de entablar conversación con alguno de los escasísimos lugareños podremos comprobar lo indescifrable que es el acento del gallego que se habla por estas tierras.

Después del breve rodeo regresamos a la carretera y avanzamos a duras penas por un falso llano en ascenso en el que parece que las ruedas se hayan quedado pegadas al asfalto. Lejos de amilanarse, la carretera se viene arriba (literalmente) y se enreda en una serie de curvas de gran pendiente que nos harán retorcernos encima de la bici. Cuando parece que por fin suaviza, nos desviaremos a la derecha para, atravesando la aldea de Martineto y después de unos metros muy duros, regresar una vez más al asfalto para continuar subiendo en una larga recta.

Cuando la subida toca a su fin, nuestra ruta se desvía de la carretera por una pista que sale a la derecha para continuar subiendo hasta la cima del monte Pedrouzo. Por desgracia (o más bien por suerte, si le preguntasemos a mis piernas), durante mi paso por este punto encontré –con cierto alivio, para que negarlo– varias excavadoras trabajando en los alrededores de la pista, por lo que no me fue posible explorarla. De haberla tomado, después de coronar el monte, regresaríamos un poco más adelante a la misma carretera por la que rodamos, por otra pista que también encontré en obras. Ignoro cuál es el motivo de estos trabajos (no parecían debidos al aprovechamiento maderero), por lo que no sé en qué estado se encontrará la pista en un futuro próximo.

Hayamos podido o no llegar al monte Pedrouzo, nuestra inseparable carretera nos llevará hasta la localidad de Viseo donde encontramos, en un cruce, una señal que indica ya nuestro próximo destino: Touriñán. En un principio obedeceremos dócilmente a tan sabio cartel y tomamos esa carretera pero, algo más adelante cuando ya hayamos perdido de vista el cruce, nos salimos del asfalto por un camino que sale a la derecha y transcurre al borde de un bosquecillo de pinos. Tras unos metros por él, algo más adelante lo cambiaremos por otro caminillo que desciende a nuestra izquierda hasta que de la nada aparece ante nosotros un cementerio y, en su centro, la iglesia de San Martiño de Touriñán, del siglo XIX, considerada la iglesia más occidental de la Europa continental (al menos es una de las más occidentales). Merece la pena detenernos unos minutos para ver el templo y explorar las ruinas de la antigua casa rectoral y otras dependencias parroquiales abandonadas que se encuentran en el lugar. Llama nuestra atención el pino que crece casi en lo más alto del campanario.

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En este punto hallamos también una nueva carreterita. Hacia arriba, a la izquierda mirando desde la iglesia, vemos un cruceiro cercano. A la derecha, la carretera desciende hacia la aldea de Moreira. Aunque la ruta oficial plantea llegar hasta Moreira y, desde allí, tomar el camino que baja hacia su playa, recorrer unos metros de sendero y volver a subir otra vez por un camino hacia la localidad de Touriñán (una táctica que ya empieza a resultarnos familiar, esta de bajar hasta la orilla del mar para inmediatamente volver a subir después de abrirnos paso entre los tojos), mi opción es bajar solo unos metros por el asfalto para tomar después a la izquierda otra carreterita que me lleva directamente a Touriñán. A la altura de esta localidad giro de nuevo a la derecha por un camino que en apenas unos metros me devuelve a la ruta «buena» que, girando a la izquierda, vuelvo a seguir en un rapidísimo tramo recto de camino sin asfaltar en descenso.

Al final de la recta, tras un brusco cambio de dirección, el camino por el que vamos cruza la carretera. Antes de continuar deberemos, sin embargo, tomar el asfalto hacia la derecha para internarnos en el cabo Touriñán. Un ligero descenso nos lleva hasta el istmo que une esta pequeña península con tierra firme. Ya en el cabo propiamente dicho, la carretera asciende ligeramente y se dirige hacia el faro. Una vez más la ruta oficial nos invita a rodear la península por los caminos que la bordean y que aparentemente no presentan mayor dificultad, pero no debemos subestimar el hecho de que nos encontramos rodeados por todas partes de océano y que en estas situaciones puede pasar que no seamos nosotros quienes tomemos las decisiones sino el viento. En mi caso, el fortísimo viento del noreste convertía en toda una odisea mantener la bici vertical sobre el asfalto, por lo que ni me planteé la posibilidad de explorar el resto del expuesto saliente rocoso. Con llegar hasta el faro y regresar vivo tuve más que suficiente.

En las proximidades del faro se encuentra el punto más occidental de la España peninsular (superando por poco a la zona de Fisterra) y nada más llegar al pequeño aparcamiento vemos un cartel que nos informa que durante varias semanas en torno al equinoccio de primavera este es el último punto de Europa (islas aparte) donde se pone el sol.

Respecto al faro, fue construido originalmente en 1898 reaprovechando el viejo faro del cabo Vilán. La moderna torre que vemos actualmente en las proximidades de la casa del farero fue levantada en el año 1981. Llevamos ya muchos kilómetros recorridos por la Costa da Morte y no hemos mencionado ningún naufragio desde que pasamos por el entorno del cabo Vilán, pero haberlos haylos. Sin ir más lejos, frente al lugar donde ahora nos encontramos no son pocos los barcos que se han ido a explorar el fondo del mar.

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Si las condiciones meteorológicas lo permiten, los bancos que hay en las proximidades del faro son un buen lugar para tomar el refrigerio más occidental de Galicia y de la España no canaria. Si se tiene tan mala suerte como la de quien esto escribe, sacaremos un par de fotografías rápidas y tomaremos cuanto antes las de Villadiego o, para ser más exactos, tomaremos las de Nemiña.

Después de luchar contra el viento para regresar por la misma carretera hasta el mismo camino por el que llegamos a ella, abandonamos de nuevo el asfalto –obviamente en sentido opuesto al que nos trajo hasta aquí– y ascendemos una corta pero pedregosa subida. Al poco nos desviamos a la derecha por un sendero que parece estrecharse preocupantemente hasta que, unos metros más adelante, se cruza con otro camino y parece desaparecer entre la vegetación de –una vez más– tojos y zarzas. Varias flechas verdes pintadas en las piedras nos indican sin lugar a dudas que el camino correcto es el mínimo sendero ante el que nos encontramos así que no nos queda otra que internarnos en él y cruzar los dedos…

Falsa alarma: en solo unos metros el camino vuelve a ensancharse y se transforma en un bonito camino que transita por el monte cubierto de matorral permitiéndonos ver en todo momento el océano a nuestra derecha. En algunos puntos el camino se estrecha, en otros recupera su anchura, en unos tramos sube, en otros baja, pero salvo que tengamos algún pinchazo inoportuno nos parecerá que acabamos de llegar a él cuando, después de una breve subida, regresemos al asfalto.

La carreterita que encontramos es tan bonita o más que el camino por el que veníamos: una suave sucesión de curvas que llanean por la ladera bordeando pequeños prados colgados sobre el acantilado. A nuestra derecha vemos algunas vacas que pacen a su aire, ignorando nuestra vulgar presencia. A la derecha dejamos también un pequeño mirador con bancos dirigidos hacia el océano, pero las vistas serían sin duda infinitamente mejores si el lumbreras de turno no hubiese decidido plantar un bosque de pinos delante.

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Llegando a una pronunciada curva a la izquierda donde la carretera emprende el descenso, dejamos el asfalto por la pista que aparece a nuestra derecha para bajar tranquilamente a través de un pinar hasta la aldea de Talón. Después de zigzaguear un poco por el casco urbano salimos de él para enlazar una serie de pequeños caminos que nos llevan directamente a uno de los extremos de la playa de Nemiña.

Tan directamente nos llevan que el último de los caminos nos deja directamente en la arena. Si queremos evitar vernos obligados a caminar por la playa, el secreto está en meternos directamente en el patio trasero de la casa que hay a nuestra izquierda y que no es otra cosa que un bar. Rodeando la casa por el patio llegaremos a la parte frontal donde encontraremos un pequeño aparcamiento y el camino (con plataforma de madera anexa) que nos permitirá rodear la playa.

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Aunque no suela ser lo habitual, la pista que transcurre paralela a la playa no es en absoluto llana y nos obligará a esforzarnos en alguna rampa de cierta dureza que se alivia gracias a las magníficas vistas de la playa, en la que es muy habitual ver sobre sus tablas a los amantes del surf cuyas furgonetas vemos aparcadas en cada espacio disponible junto a la pista por la que pedaleamos. Llegamos así al final de la playa para encontrar nuestro avance interrumpido por la ría de Lires.

No nos queda otra que rodearla, para lo que empleamos la carretera asfaltada -y muy bacheada- en la que se ha transformado la pista de tierra. La enorme y extraña construcción que vemos a nuestra derecha no es sino una piscifactoría truchera que se alimenta, a través de un canal, de las aguas del río Castro. Después de apenas un kilómetro en suave ascenso por asfalto, descendemos por el camino que se adentra en el bosque de nuestra derecha. Por una vez nos sorprende gratamente que la vegetación sea la que debería ser y no una repoblación mal hecha. Por desgracia no podremos acostumbrarnos a esta bonita sensación.

Tras un rato por este tranquilo camino que, según cuentan, suele encontrarse habitualmente en buena parte encharcado (la sequía que encontré no me permitió verificar este punto) nos toparemos, en un cruce de caminos, con un gran pedrusco que nos resulta familiar por la gran flecha amarilla grabada en él: volvemos a coincidir con nuestros viejos conocidos los peregrinos. Siguiendo las flechas en dirección a Fisterra (es decir, las marcadas con una F) llegamos a una gran casa que, por si misma, conforma la aldea de Vaosilveiro. Unos metros más adelante nos topamos con un puente muy moderno que nos permite cruzar el río Castro. En este punto recomiendo desmontar y disfrutar unos minutos del precioso entorno. Si nos asomamos sobre las alzas del puente por el lado derecho (aguas abajo) podremos ver las grandes piedras que hasta hace muy poco constituían la única posibilidad de cruzar el río por este punto. ¡Gracias, Señor, por crear a los ingenieros que, a su vez, crearon este milagroso puente!

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Ascendiendo la ladera al otro lado del río llegamos, casi de inmediato, a las casas de Lires. Nada más llegar encontramos a nuestra izquierda una pintoresca bomba de mano que ha conocido tiempos mejores (yo mismo he bebido de sus aguas con regusto metálico, pero hoy en día parece seca). Además, al estar situada en plena ruta jacobea, la localidad de Lires dispone de diversos establecimientos donde pernoctar, alimentarnos o, simplemente, refrescarnos un poco y que no nos vendrán nada mal para reponer fuerzas antes de enfrentarnos a los últimos kilómetros que nos separan de nuestro destino final: el cabo de Fisterra.

Atravesamos el casco urbano en descenso hasta llegar a la pequeña iglesia barroca dedicada a San Esteban (santo a quien debe su nombre todo el pueblo, cuyo nombre completo es Santo Estevo de Lires). En el parque que hay frente a ella podemos recargas de agua nuestros bidones antes de continuar nuestro camino, ya separados de los peregrinos a quienes dejamos -temporalmente- en este punto.

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Nosotros vamos a cruzar el puente que tenemos frente a nosotros en dirección al camposanto que, al doblar hacia la derecha la carretera por la que vamos, dejamos a la izquierda. La carreterita sigue por la orilla de la ría y pedaleamos tranquilamente observando a los pescadores que tiran la caña casi desde la misma carretera. Al otro lado del agua, las inteligentes gaviotas se agrupan junto al desagüe del centro de acuicultura, ávidas de cualquier cosa que llevarse al gaznate. Más adelante vemos, por el aparente cambio de color del agua, que la composición del fondo ha cambiado del lodo que veíamos antes a la inmaculada arena blanca. Al otro lado de la ría vemos ya uno de los extremos de la playa de Nemiña sobre la cual reconocemos la pista por la que no hace mucho que pasamos.

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Tras un duro pero corto repecho, dejamos un bar a la izquierda y vemos que nuestra carretera finaliza en el aparcamiento de la pequeña playa que tenemos a la derecha. De todos los caminos que parten de aquí elegimos, para mantener nuestra costumbre, el que tiene la pendiente más pronunciada (el de más a la izquierda) que, tras el breve ascenso, continua picando para arriba ya de forma más moderada abriéndose paso por entre los tojos a mitad de camino entre el mar y el bosque. En un cruce donde vemos un panel informativo sobre la zona giramos a la izquierda alejándonos del mar, en dirección al pinar. Da comienzo aquí un duro tramo en el que, al duro ascenso, se suma el accidentado firme por el que rodamos, salpicado de irregulares piedras, traicioneras raíces y resbaladiza pinaza, que hará que tengamos que echar pie a tierra más de una vez.

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Poco a poco vemos que el bosque, todo pinar en su primer tramo, va dejando paso de vez en cuando a algún roble y cada vez más eucaliptos. El camino se suaviza a medida que van apareciendo algunos maizales junto a él. Llama la atención la sintonía entre agricultura y pesca que se intuye en los cierres de algunas fincas, donde se han reutilizado redes de pesca desechadas.

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Seguimos pedaleando tierra adentro hasta que un brusco descenso nos lleva a un camino trasversal que no es sino la ruta jacobea, como deducimos fácilmente de la multitud de peregrinos que vemos circulando en ambas direcciones y por las incontables flechas que indican cómo llegar a Fisterra (hacia nuestra derecha) y a Muxía (a nuestra izquierda).

Salvo que hayamos perdido algo en Lires cuando pasamos por allí, continuamos en dirección a Fisterra girando aquí a la derecha. Llaneamos en compañía de los peregrinos durante un buen trecho hasta que tras una larga recta vemos al fondo las casas de una pequeña aldea (Padris). Poco antes de llegar a ella tomamos la pista que surge perpendicularmente a nuestra derecha y abandonamos así una vez más la ruta jacobea.

No tardamos mucho en llegar a una nueva pista perpendicular que tomamos a la derecha y que parece querer confundirnos, ya que estamos retrocediendo pero una curva en ángulo recto devuelve nuestro camino a la dirección correcta y comienza el descenso hacia un mar que ya vemos aparecer a final de la recta. Al llegar allí, vemos que el camino prosigue su descenso (cada vez más pronunciado) hacia la derecha mientras que al lado contrario vemos ya la gran playa de O Rostro, de la que hablaré más adelante. Por ahora podemos aparcar temporalmente las bicicletas donde nos parezca que el camino se complica demasiado para nosotros pues estamos, como dirían los franceses, en un cul-de-sac, es decir, que este camino no tiene salida (al menos para los ciclistas) y tendremos que recorrerlo de nuevo en dirección contraria ¡y ascendente!

Ya libres de nuestras monturas completamos el descenso hasta que vemos ante nosotros una pequeña cala rocosa rodeada por todos lados de acantilados y con un pequeño islote de color rojizo emergiendo de las aguas turquesas en su centro. Estamos en la zona conocida como Mexadoira y, aunque ya nos parece bonita vista desde arriba, si nos acercamos descubriremos que guarda aún un secreto más: un pequeño riachuelo ha elegido precisamente este bello lugar para despeñarse desde el acantilado formando una pequeña cascada que se desploma sobre las erosionadas rocas de la orilla. Si no hay ningún dominguero egoísta estropeando el paisaje exhibiendo su cuerpo-escombro sobre las rocas y el tráfico de senderistas no es excesivo -por el estrecho sendero que vemos sobre el acantilado pasa el Camiño dos Faros a pie-, estamos en un lugar único para descansar y relajarnos escuchando el sonido de la cascada entremezclado con el del mar (eso sí, seamos discretos y pongámonos en un lugar donde no estropeemos las fotos de quienes, como nosotros, quieran llevarse un recuerdo de tanta belleza). No está de más recordar, para los más intrépidos que quieran bajar a refrescarse con las frescas aguas de la cascada, que es necesario extremar las precauciones al hacerlo pues no solo las húmedas rocas son extremadamente resbaladizas, sino que el mar puede ser también un peligro en caso de no estar en calma.

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Continuamos nuestra ruta regresando por donde hemos venido. Las vistas panorámicas que desde la mitad de la subida se tienen sobre el enorme arenal de la playa de O Rostro nos sirven de disculpa para tomarnos un respiro de unos minutos. Después continuamos subiendo y, habiendo dejado a un lado el camino por el que los senderistas bajan a la playa, nosotros tomamos la pista que sale a nuestra derecha algo más adelante, que desciende hasta desembocar en el asfalto. Estamos en un cruce donde podríamos subir (a la izquierda, lo que nos devolvería a Padris y a la ruta jacobea), bajar (a la derecha, lo que nos llevaría a un pequeño aparcamiento atestado de furgoneteros, surferos y otros perroflautas y, más allá, a la playa) o llanear (de frente, aunque en realidad es una sucesión de duras subidas y bajadas). Elegimos esta última opción.

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Que la playa de O Rostro es larga lo atestigua la carretera por la que rodamos ahora y que nos permite rodearla: algo más de dos kilómetros de continuos toboganes con tramos donde nos vamos a tener que retorcer sobre los pedales si no queremos que la bici se quede clavada en el sitio y con más tráfico del que su aspecto y localización podrían hacer prever. Aprovechando los claros en los pinares que dejamos a nuestra derecha y los huecos entre ellos vemos no muy lejos el interminable arenal que nos separa del océano.

Cuando parece que estamos dejando ya la playa atrás, una pista de tierra -arena, más bien- aparece a nuestra derecha y la tomamos para volver a acercarnos al mar. Describiendo una pronunciada curva la pista desemboca en una explanada que hace las veces de aparcamiento para la playa, donde vemos aparcadas las furgonetas de los surferos que aprovechan las habituales olas del lugar. A nuestra izquierda, a pocos metros de donde nace el sendero que desciende a la playa, surge también un camino más ancho que nos permite ascender por la ladera dejando a la derecha unas privilegiadas vistas de O Rostro… vistas que podremos disfrutar incluso más de lo que nos gustaría, pues los continuos bancos de arena que conforman el firme del camino nos obligan a hacer buena parte del ascenso a pie.

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Una vez arriba debemos desviarnos a la izquierda pero, antes, no debemos dejar de acercarnos hasta la pequeña explanada donde acaba el camino por el que hemos subido pues desde ella tenemos una magnífica panorámica del acantilado que ahora vamos a bordear.

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Ahora que ya nos hemos puesto en situación viendo los acantilados, tomamos el camino que recorre su borde superior donde la tierra es aceptablemente compacta y nos permite circular pedaleando (lo que no descarta que no debamos despistarnos, pues los bancos de arena siguen ahí y reaparecerán de cuando en cuando, y siempre cuando menos lo esperemos). Dado que los acantilados están ocultos ahora de nuestra vista, nos deleitamos mirando en dirección contraria -a la izquierda- para vez una preciosas vistas que resumen perfectamente lo que es Galicia: grandes bosques que cubren las laderas de las numerosas colinas -con las inevitables manchas marrones de los característicos incendios estivales- salpicadas por algunas tierras de cultivo donde crece el maíz, casas dispersas por todas partes entre las que destaca algún laborioso aserradero, pequeñas carreteras que serpentean por el paisaje desapareciendo a tramos bajo el arbolado…

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Tomamos un desvío a la derecha que nos permite continuar pegados al cantil y, después de un abrupto descenso (¡cuidado con la arena!), proseguimos el ascenso en dirección a lo que desde nuestra posición parece una península rocosa cubierta de matojos y separada de nosotros por el cauce de un riachuelo seco que baja hacia el mar. Si miramos hacia atrás, vemos los últimos kilómetros de costa que hemos recorrido desde el faro de Touriñán. Si miramos hacia abajo no es raro que descubramos entre las rocas a alguna pareja de percebeiros ganándose el sustento a merced de las olas. Si miramos al frente (lo que recomiendo si no queremos dar con nuestros huesos en el suelo) vemos como el camino asciende, vira hacia el interior y, superado un corto tramo con el firme de sólida roca, se separa del sendero por el que seguirán los que recorren la ruta a pie y se aleja temporalmente del mar.

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Atravesamos ahora un pequeño pinar con aspecto de haber sido pasto de un incendio en un pasado no muy lejano y salimos al otro lado directamente al casco urbano de una pequeña aldea llamada Castromiñán (aunque hacemos nuestra entrada al mismo por una zona totalmente ruinosa y abandonada, a pocos metros de aquí hay un restaurante en el que reponer fuerzas de necesitarlo). Cruzamos la aldea dejando el grueso del caserío a nuestra izquierda y salimos por una estrecha carreterilla flanqueada por casas y hórreos que, muy al estilo gallego, alargan el casco más allá de sus límites. A nuestra izquierda, delante de un bonito paisaje, dejamos también un lavadero. Burros, cabras y vacas nos ven pasar con indiferencia. Los cuervos nos miran desde los cables con algo más de curiosidad.

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Giramos a la derecha para atravesar otra aldea por una serpenteante calle de cemento (cuidado aquí pues, o yo tengo muy mala suerte o la estrecha calle tiene un tráfico sorprendente). Al otro lado continuamos por asfalto hasta la siguiente aldea, justo antes de cuyas primeras casas vemos a la derecha un camino que, además de estar marcado con la flecha verde del Camino de los Faros (aquí es solo para quienes vayan a pie, así que no nos afecta por ahora), permite acceder a la pequeña playa que vemos algo más abajo y que recibe un nombre bastante común para las playas de esta zona: Arnela. Un cartel que también nos empieza a resultar familiar nos advierte del peligro para los bañistas que tiene nadar en esta zona. Nosotros seguimos unos metros más por el asfalto, aprovechando para fijarnos en que estamos ya entrando en la península que forma el cabo de Fisterra, como nos demuestra el hecho de que vemos ya mar a los dos lados de la carretera: a nuestra derecha, el océano abierto que abarca hasta el horizonte más allá de la playa de Arnela; a nuestra izquierda, la ría de Cee-Corcubión, más allá de cuyas aguas vemos levantarse la majestuosa mole granítica del monte Pindo.

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Dejamos atrás un primer grupo de casas y, de seguir por la carretera (pues hemos de abandonarla), hallaríamos el resto del núcleo urbano. Estamos en Vilar de Duio, un nombre con reminiscencias antiguas y mitológicas que nos remiten al Dugium romano que tanto protagonismo tiene en la tradición jacobea. Aunque las leyendas son numerosas y variadas, la más conocida es que a dicha ciudad fue adonde tuvieron que llegar los discípulos del Apóstol, siguiendo instrucciones de la reina Lupa, para solicitar al gobernador romano permiso para enterrar el cuerpo de su maestro; víctimas de una trampa hubieron de huir hasta que la destrucción de un puente por el que acababan de cruzar (probablemente sobre el río Tambre a la altura de Negreira) les libró de sus perseguidores. Otras leyendas hablan de una gran ciudad desaparecida bajo las aguas, lo que nos llevaría a olvidarnos del antiguo castro celta de Duio (habitado por los nerios) para situar la ciudad más abajo en el valle, sobre un lago o en la misma playa de Langosteira.

Abandonamos el asfalto por la callejuela que sale a nuestra derecha y discurre en sus primeros metros entre una destartalada construcción que antaño parece haber sido vivienda y un murete de piedra sobre el que crecen, entre otra vegetación, un par de higueras (los higos aún no estaban maduros a mi paso por allí). Superado un primer cruce en el que seguimos de frente, el camino continúa ascendiendo y se adentra en un pinar. Al poco, tomamos a la derecha un camino algo más estrecho que parece ser ascendente pero que no tarda en ponerse horizontal para llevarnos, llaneando, en dirección al mar.

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Cuando estamos a punto de salir del bosque (solo nos queda por delante un pequeño grupo de pinos que se apiñan -valga la redundancia- en torno a un montículo con aspecto de túmulo) nuestra ruta gira bruscamente a la izquierda y parece ir hacia atrás mientras asciende con convicción entre los pinos. Aún es ascenso, el camino vuelve a sacarnos del pinar para pasar a conducirnos por el límite de éste: a nuestra izquierda tenemos el tupido bosque, a nuestra derecha, unos metros de matorral bajo que nos separan del gran desnivel que cae hacia el mar. Circulamos por una especie de pistas que parecen haber sido abiertas en la vegetación a golpe de guadaña y, cuando parece que el ascenso toca a su fin, descubrimos ante nosotros el culpable de nuestros desvelos: un monte que acaba bruscamente en el océano y en cuya cima vemos un nutrido grupo de antenas. Nos dirigimos al Cabo da Nave y, para dolor de nuestras sufridas piernas, vemos que la subida ni siquiera ha comenzado aún.

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Aprovechamos pues para descansar el breve descenso que tenemos ante nosotros y donde solo necesitaremos ejercitar nuestros dedos para accionar el freno (motivados porque la inclinada rampa parece llevarnos directamente al mar). Un giro en ángulo recto a la izquierda nos lleva a un corto tramo de llaneo que apenas nos sirve de preparación para la subida que es, desde su mismo inicio, muy dura.

La pista que asciende a la cumbre del Cabo da Nave no es sino una larga recta con una inclinación más que pronunciada y que compartimos con los senderistas que siguen el Camiño dos Faros (también utilizado por peregrinos que caminan entre Muxía y Fisterra) y los que siguen la Ruta do Mar de Fora, un sendero P.R. cuya señalización llevamos tiempo viendo. Esto no es ninguna competición y nosotros no somos más que humildes cicloturistas maltratados por la dureza del camino, por lo que la presencia de este abundante público de senderistas no debe ser motivo de vergüenza si nos vemos obligados a desmontar y empujar las bicis para terminar el ascenso a pie, como hizo el que esto escribe sin ningún tipo de remilgos. Además, eso nos permite deternernos de vez en cuando para admirar la impresionante panorámica que estamos dejando atrás  y que abarca desde el lejano faro de Touriñán hasta el Cabo da Nave que estamos a punto de alcanzar.

Una vez en la cima y después de disfrutar de un merecido descanso disfrutando de las vistas y de algún refrigerio que hayamos rescatado de nuestras alforjas (si el viento lo permite), rodeamos las antenas siguiendo el camino hasta que este desemboca en el asfalto de la carretera que sirve de acceso para los coches que suben a las antenas. El panorama que tenemos ante nosotros es igual de impresionante que el que veíamos desde el otro lado de las antenas pero, al mismo tiempo, radicalmente distinto. Lo que vemos ahora es ya el final de nuestra ruta: la península que conforma el cabo Fisterra (A Insua) que no es sino un monte (O Facho) separado de tierra firme por un istmo compuesto de una playa (Mar de Fora) y un pueblo (Fisterra). Del mar, a cierta distancia de la costa junto al extremo del cabo, vemos surgir un islote rocoso (O Centolo).

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Bajamos por el asfalto hasta que, justo donde la carretera dobla hacia la izquierda al final de una recta descendente, lo abandonamos hacia la derecha para tomar del segundo de los dos caminos que aparecen a ese lado. A apenas unos metros, este camino se subdivide en dos y tomamos la opción de la derecha para atravesar un nuevo pinar que no tardaremos en dejar a nuestra izquierda, teniendo a la derecha, una vez más, la caída hacia el mar. Debemos estar atentos pues en mi caso, sin saber cómo, me salté un desvío del track y, siguiendo las flechas verdes de los senderistas, terminé en un estrecho sendero colgado en la ladera y salpicado por muchas rocas dejando poco margen para el error lo que, por miedo a una peligrosa caída, me hizo tener que caminar unos metros hasta que algo más adelante ambos caminos (BTT y senderistas) volvieron a unirse. La inmensidad del océano a nuestra derecha no debe tampoco hacernos olvidar que las vistas de la ría de Cee y el monte Pindo que tenemos a la izquierda también merecen mucho la pena.

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Nuestro camino se separa del de los caminantes una vez más para emprender el descenso por separado. Sin embargo, poco más adelante, coincidiendo con el cruce con otro camino, nuestra ruta desaparece entre la vegetación. Ante la duda, lo mejor es que nos unamos a los senderistas y bajemos -con mucha precaución- por el cortafuegos casi vertical que lleva directamente a la playa que vemos abajo. A media ladera vemos salir un camino a nuestra izquierda que será el que tomemos para separarnos de nuevo de los caminantes y reunirnos con nuestro track perdido. Una vez en el buen camino llaneamos a media ladera hasta llegar a un punto donde tres o cuatro caminos confluyen. Tomamos a la derecha la única opción descendente que nos lleva, después de rodear una planta depuradora, de vuelta a la civilización.

Dejamos atrás un par de casas y llegamos a un nuevo núcleo urbano (parte ya de Fisterra) en el que dejamos a la izquierda el edificio de un centro educativo. Por ahora solo vamos a rozar el pueblo, pues enseguida nos desviamos a la derecha por una calle asfaltada que dejamos después -de nuevo a la derecha- para tomar el camino que va hacia el mar y que, según el cartel que vemos en este punto, nos llevará a la playa de Mar de Fora.

El camino no tarda en transformarse en larga pasarela de madera que impide que pisemos las frágiles dunas (diversos carteles nos advierten de ello y de que está prohibido circular sobre la duna, lo cual no impide que veamos en la arena las huellas de vehículos todoterreno). Ya cerca de la playa, la pasarela por la que vamos se divide en dos: la de la derecha baja hacia al mar mientras la de la izquierda continúa sobre la duna bordeando la playa. Salvo que queramos descansar un rato en la arena (lo del baño no lo recomiendo pues, además de los carteles que por doquier indican la peligrosidad de la playa, cualquier revisión de la hemeroteca nos hace darnos cuenta de que el número de peregrinos despistados que se dan el último baño de sus vidas en estas aguas no es precisamente pequeño) tomamos la opción de la izquierda y continuamos pedaleando sobre el entablado hacia el sur. De querer descansar, podemos hacerlo también en el par de miradores-merendero que se abren junto a la pasarela.

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Al final de la playa, la pasarela zigzaguea y sube aferrándose al terraplén. No debemos esforzarnos de más sino reservar fuerzas para lo que ha de venir y aprovechar ahora para disfrutar de las vistas de la playa que dejamos atrás y, al fondo, el impresionante Cabo da Nave del que venimos

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La madera deja paso al adoquinado en el camino ascendente antes de bifurcarse en un punto en el que elegimos la opción de la derecha. La vegetación es profusa pero el frecuente mantenimiento (como el que llevaba a cabo una cuadrilla mientras pasé por allí) mantiene el paso franco. Si estamos en temporada, podemos reponer fuerzas picoteando las moras que crecen en las abundantes zarzas que bordean el camino hasta que entramos de nuevo en una zona urbana (uno de los barrios de Fisterra) donde lo primero que nos topamos es un taller de artesanía en cuero.

Tras un giro a la derecha junto a una mesa rodeada de bancos que nos tienta a hacer una parada vemos una pequeña tienda -junto a un par de hórreos- en cuya fachada destaca el retrato, pintado, de nuestro amigo Traski, mascota de Os Trasnos. Si necesitamos comprar algo esta es nuestra última oportunidad antes del fin de la ruta, pues en pocos metros el callejón por el que vamos subiendo deja atrás las últimas casas y se convierte en un angosto paso cortado a modo de cañón en el duro terreno. Es más que posible que necesitemos desmontar en este tramo pues la escarpada ascensión, unida a las irregulares y grandes piedras que sirven de firme, convierten este sendero en una auténtica trialera.

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Superados los primeros metros, se reduce la pendiente y mejora el firme a la vez que los cortados verticales en la roca entre los que circulábamos se convierten en muros de contención de piedra cubierta de vegetación y, algo más adelante, el camino prosigue su progresivo ensanchamiento para transformarse en un tranquilo corredor cubierto de árboles. Finalmente el camino se abre a la vez que sale del bosque (lo que nos permite recuperar las bellas vistas de Mar de Fora y Cabo da Nave) y llega a una bifurcación, donde no podemos dejar de alegrarnos de tener que tomar el camino más o menos plano de la derecha en vez de la empinada alternativa de la izquierda. A la derecha solo vemos mar y, si seguimos la linea de costa hacia adelante, vemos ya la gran roca que emerge del mar y que es conocida como O Centolo de Fisterra (si el mar está en calma puede parecer poca cosa, pero en días de temporal impresiona).

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Pero nuestra suerte no podía durar para siempre: un nuevo cruce se muestra menos compasivo con nosotros que el anterior y esta vez debemos tomar la opción de la izquierda (ascendente) en vez del camino de la derecha (aparentemente plano). Pero nuestros males no han hecho más que empezar pues, después de unos primeros metros ascendentes pero asequibles, la pendiente del camino que bordea un pinar roza la verticalidad y se pone casi imposible. Después de tantos kilómetros de ruta, nadie va a juzgarnos por ir justos de fuerzas y no tener ánimo para bravuconadas, por lo que podemos poner pie a tierra sin miedo al qué dirán. Aproximadamente a media subida hay unos metros de descansillo donde detenernos a recuperar el resuello. En medio de tan magnífico entorno, solo llega a nuestros oídos el sonido agitado de nuestra propia respiración, el canto de algunos pájaros desde el cercano pinar y, a lo lejos, el eterno rumor del mar y del motor de algún barco pesquero que regresa a puerto rodeando el cabo.

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Un último esfuerzo nos permite superar un nuevo tramo de especial dureza y nos lleva junto a unas rocas desde donde tenemos unas privilegiadas vistas del cercano Cabo de Fisterra y de su famoso faro. Podemos disfrutar de ellas el tiempo que queramos pues nos las hemos ganado: casi podemos decir que hemos terminado nuestra ruta pues a partir de ahora lo único que nos queda por hacer es vigilar el freno y tomar correctamente las curvas del camino descendente que nos llevará al faro. Además, gracias a la necesidad de mantenimiento de las antenas que vemos sobre nosotros, el firme está asfaltado a partir de este punto, lo que simplifica nuestro trabajo pero tiene como contrapartida que los turistas que visitan el faro se aventuren hasta aquí sin bajarse del coche y sin respetar mucho a los no motorizados, así que ¡cuidado! (sería una pena tener un accidente tonto tan cerca de la meta).

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Nada más comenzar la bajada, en una curva, dejamos a la izquierda un camino donde un cartel con forma de flecha reza «San Guillerme». De seguir las indicaciones llegaríamos no al propio santo, sino a las ruinas de una ermita a él dedicada construida  en el medievo aprovechando en parte una oquedad natural de un afloramiento granítico donde ya antiguamente se rendía culto al Sol. La ermita fue destruida definitivamente en el siglo XVII, pero aún se conserva la parte baja de los muros, la base del altar y, lo más destacable, una tumba antropomorfa que los locales identifican con el sepulcro del santo y al que atribuyen curiosos poderes asociados a ritos de fertilidad.

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Pero la ermita de San Guillermo está fuera de nuestra ruta que hemos abandonado a pocos metros de su final por lo que, volviendo a ella, continuamos por la pista asfaltada que desciende dejando en cada curva impresionantes vistas cenitales del faro. Ya abajo, poco después de atravesar un concurrido estacionamiento de autocaravanas, nos incorporamos hacia la derecha a la carretera que une el pueblo de Fisterra con el faro y damos las últimas pedaladas de nuestra ruta mientras atravesamos la zona de aparcamiento hasta llegar a una zona comercial (las típicas tiendecillas de recuerdos para turistas junto a una plaza-aparcamiento que fue recientemente bautizada en honor al físico Stephen Hawking) desde donde solo nos queda dejarnos caer por el paseo que nos separa de un restaurante y un poco más allá, del faro de Fisterra.

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Ahora sí, hemos llegado al final de nuestro viaje. Por supuesto, no debemos dejar -después de desmontar- de caminar hacia la parte del cabo que se abre en la parte trasera del faro desde donde, junto a los peregrinos jacobeos que han llegado también al final de su ruta, admirar el majestuoso paisaje que abarca toda la ría de Cee-Corcubión al otro lado del cual destaca el olimpo celta (O Pindo) y, sobre todo, asombrarnos con la inmensidad del océano Atlántico que nos rodea.

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Y es que, amigos, después de más de doscientos kilómetros de agreste costa, de continuas y pronunciadas subidas y bajadas, de recorrer carreteras, pistas, caminos y senderos de todo tipo y condición, de luchar contra los elementos y, en ocasiones, incluso contra nuestro propio GPS, hemos logrado lo que muchos navíos no consiguieron: hemos sobrevivido a la Costa de la Muerte y hemos alcanzado el fin de la tierra conocida. Más allá de este punto sólo podemos decir que hic sunt dracones. A partir de aquí hay monstruos.

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