Provincia: Salamanca
Distancia: Variable (53 km señalizados aprox.)
Mapa:

Track: Descargar BajoTormes.gpx
Vídeos:
- Ver en vídeo el tramo de Almendra a El Manzano (y continuación hacia Berganciano)
- Ver en vídeo el recorrido Monleras – Sardón – El Manzano – Berganciano – El Gejo – Villaseco – Berganciano – Monleras
Descripción:
En la zona fronteriza que separa las provincias de Salamanca y Zamora de Portugal se encuentra el impresionante Parque Natural de Arribes del Duero. Todo el mundo debería visitar al menos una vez en su vida este espectacular cañón fluvial que nos separa del país vecino y, para hacerlo, una de las vías de acceso es la que nos lleva desde Salamanca hacia el oeste, vía Ledesma.
Una vez hayamos dejado atrás esta histórica villa medieval –sería también imperdonable no detenernos a explorar su sorprendente casco urbano, su muralla, sus numerosos puentes e, incluso, su menhir– nos encontraremos una serie de pequeños pueblos que aún no pertenecen al Parque y que en principio pueden pasar desapercibidos, por lo que corremos el riesgo de pasar de largo sin darles su merecida oportunidad.
Se trata de Villaseco de los Reyes (con sus anejos, El Gejo y Berganciano), Monleras, El Manzano, Sardón de los Frailes y Almendra; pequeñas poblaciones que no llegan ni a los trescientos habitantes –algunas no llegan ni a los cien– más o menos alineadas a lo largo del curso del Tormes, río convertido aquí en el extensísimo embalse de Almendra. Hace unos pocos años sus respectivos ayuntamientos se pusieron de acuerdo para señalizar la red de caminos que unen los cascos urbanos y formar lo que bautizaron como Red de Senderos Cicloturistas del Bajo Tormes, aunque lo de ”senderos” es una licencia poética, pues los caminos que componen el trazado no son exactamente lo que esperaríamos encontrar bajo tal denominación.
Lo que encontraremos, en cambio, son amplios caminos de concentración en muy buen estado que, salvo algún cortísimo repecho puntual, son totalmente planos y aptos para todos los públicos, incluso para los poco amigos del pedaleo. Son también caminos aptos para todo tipo de bicicletas y las únicas dificultades técnicas que hallaremos serán unos pocos puntos en los que la acumulación de agua y el paso de tractores puedan haber estropeado el firme en las poco frecuentes épocas de lluvia abundante. Quizás sea más habitual el problema contrario: las peligrosas zonas de arena suelta que encontraremos en épocas secas. Recomendables por tanto bicis de montaña, híbridas, gravel, de cicloturismo, de ciudad, plegables, monociclos, etc. Lo único que no recomiendo son bicis de carretera con ruedas demasiado finas, porque con ellas sería fácil resbalar en las zonas mencionadas antes y porque con ellas circularíamos tan rápido (especialmente en las zonas de asfalto) que no disfrutaríamos de nuestra excursión como la zona se merece. Tampoco conviene olvidar que se trata de una zona mesetaria situada en torno a los 750 metros sobre el nivel del mar, por lo que no debemos olvidar protegernos del frío extremo (habitualmente bajo cero) si vamos en invierno y del sol de justicia si vamos en verano. Un último enemigo a tener en cuenta –sobre todo ya avanzado el verano o a principios del otoño– es la abundancia de “abrojos” (tribulus terrestris), planta herbácea tristemente conocida entre los ciclistas de secano porque sus pequeños frutos espinosos son capaces de hacer trizas una rueda (o dos) en cuestión de segundos.
Por cierto, habéis leído bien: he hablado de asfalto. Aunque a veces lo parezca, quienes mueven los hilos económicos del progreso no han olvidado del todo esta zona y los pueblos se encuentran unidos por carreteras además de por caminos. En un par de casos los caminos señalizados nos llevarán a rodar por asfalto: entre Villaseco y Berganciano (una estrecha carreterita por la que no circulan muchos coches y que no viene siendo más que un camino asfaltado) y en parte del trayecto entre Monleras y Sardón (que, aunque no excesivamente transitada, es una carretera general sin arcén que nos obligará a circular pegados a la derecha con todos los sentidos alerta).
Además de los “senderos” cicloturistas, cada pueblo dispone además de una ruta urbana que nos invitará a recorrer los lugares más pintorescos de sus respectivos cascos urbanos. En cuanto a señalización, los principales cruces de caminos tienen postes con carteles indicando la dirección a seguir y la distancia hasta el siguiente punto; cuando nuestra ruta se cruce con otro camino encontraremos una pequeña flecha indicando el camino correcto; en los lugares de interés natural, paisajístico o etnográfico, veremos carteles con un pequeño texto explicativo; en los puntos de interés de las rutas urbanas, además de carteles informativos, nuestros teléfonos móviles nos permitirán escuchar grabaciones en los que las gentes del lugar nos cuentan cosas muy interesantes sobre lo que estamos visitando.

Precisamente por la abundancia de información in situ trataré de no abundar en detalles en mi descripción de esta ruta. Me limitaré a lo más significativo y a pequeñas aclaraciones que creo que conviene saber. Una de ellas –quizás el único detalle que los organizadores olvidaron tener en cuenta– es que en función de vuestra compañía telefónica no sería raro que no tengáis cobertura en algunas –amplias– zonas y os quedéis sin acceso a toda la información que debería descargarse con el móvil o, peor aún, que la cobertura sea de una red portuguesa y os cobren los datos a precio de oro (aunque esto último ya no debería pasar desde que dejaron de aplicar tarifas especiales al roaming en Europa y, además, la cobertura de las redes españolas va, poco a poco, extendiéndose).
Como no se trata de una ruta lineal sino de una red, cada uno es libre de empezar donde quiera e ir hacia donde le parezca conveniente. En total hay más de cincuenta kilómetros de caminos señalizados y algunos tramos hay que hacerlos de ida y vuelta (o buscar una alternativa no señalizada), así que las opciones son amplias. También es posible salir del trazado y explorar otros caminos igual de bonitos (siempre sabiendo lo que hacemos, claro).
Y, aunque ya estaréis deseando comenzar, no puedo dejar de citar lo que escribió sobre esta zona y sus gentes alguien que las recorrió antes que nosotros, César Morán:
“[…] son albergues de vida patriarcal, de sencillez aldeana; de recuerdos antañones que desaparecen. Las viejas, formando corrillos, sentadas a la puerta para ver quien pasa, toman el sol o la sombra, según les conviene, cuidan los nietos, algunas hilan la rueca, otras, con anteojos, cosen. Una conversación con ellas es como contemplar un códice lujosamente miniado. La gente es hospitalaria y buena. Sin conocerle a uno, le invitan a pasar a casa, le sacan una silla para que se siente y hasta casi le obligan a tomar un alivio de caminantes, de parecido modo a como lo hacían los iberos en tiempos de Polibio. La gente que vive en contacto con la naturaleza es, como ella, atractiva, sencilla y generosa hasta el sacrificio por el bien del prójimo; sin embargo es altiva y recta cuando se trata del cumplimiento del deber; no se presta a enjuagues sospechosos ni se asusta ante lo grande.”
Totalmente válido. Incluso hoy en día.
Comencemos:

Por tratarse del primer pueblo al que llegaremos si venimos desde Salamanca –y porque por algún sitio hay que comenzar–, empezaremos nuestra ruta en Villaseco de los Reyes. Se trata de la localidad más grande de las que visitaremos en nuestra excursión ya que, aunque en número de habitantes está igualada con la cercana Monleras, su ayuntamiento comprende también otros núcleos más pequeños y, con ellos, incluye una población mayor y abarca un territorio más extenso. Por tanto, no es de extrañar que disponga de todos los servicios que podamos (o no) necesitar, desde bares hasta pistas de padel.
Llegando desde Ledesma, nada más entrar en la zona urbana, encontraremos un cruce que debemos tomar hacia la izquierda, adentrándonos en el pueblo. Será aquí donde abandonemos el vehículo en el que hayamos venido y comencemos a pedalear (salvo el coche y, por supuesto, la propia bici, la única forma de llegar a estos alejados pueblos es en el autobús de línea que llega desde Salamanca pero quizás no sea esa la mejor opción ya que solo hay uno diario y no todos los días y, por si esto fuese poco los autobuses vienen aquí por las tardes y van hacia Salamanca por las mañanas, lo que no es nada práctico para hacer esta ruta de un día).
Podemos comenzar calentando las piernas por las calles del pueblo recorriendo su ruta urbana que nos llevará hasta su iglesia dedicada a la Concepción, además de a algunas casas interesantes, un puente y a varias fuentes de diversos tipos, incluyendo una cubierta con una bóveda de medio punto construida en granito (tipología de la que encontraremos numerosos ejemplos en estos pueblos). Siguiendo por la carreterita asfaltada por la que veníamos –y que, por cierto, va hacia El Gejo– casi a la salida del pueblo y a poca distancia de las piscinas, encontramos a la izquierda del asfalto una fuente (el “Caño” de la ruta urbana) y, frente a ella la carretera que va hacia Berganciano. La tomamos y salimos del pueblo pasando junto a una curiosa granja de caracoles (si es posible, recomiendo degustarlos ya que adecuadamente reparados están deliciosos). Antes de continuar nuestro camino no debemos dejar tampoco de visitar la magnífica ermita del siglo XIII que queda a nuestra derecha, dedicada a Nuestra Señora de los Reyes y, en caso de que nuestra visita tenga lugar el 8 de septiembre, ser testigos de su concurrida romería popular así como del tradicional baile y subasta de la bandera.














Visto ya Villaseco (repito: hay mucho más que ver que lo que aquí menciono, pero no faltarán los carteles que nos lo indiquen y nos proporcionen sobrada información al respecto) continuamos por la tranquila carretera escasamente transitada, aunque asfaltada, que nos lleva en ligerísima subida hacia la población más pequeña del día: Berganciano. Poco después de abandonar Villaseco atravesaremos un pequeño humedal y dejaremos a la izquierda la planta de tratamiento que proporciona agua potable a todos estos pueblos y a gran parte de la comarca, incluyendo Vitigudino y parte del Abadengo. Se trata del proyecto “Cabeza de Horno” que, además de la planta potabilizadora, incluye varias tomas de agua flotantes sobre el embalse de Almendra (una visita interesante pero difícil de realizar, salvo que conozcamos el terreno o estemos familiarizados a tratar con toros de lidia, claro), el gran depósito que vemos en el pequeño teso que tenemos hacia el sur, y una compleja red de tuberías que iremos viendo a lo largo de nuestra ruta señalizadas con carteles azules que indican “Agua Potable” (importante tener en cuenta que solo indican el paso de la tubería, no que podamos acceder al agua en esos puntos).
Un poco antes de llegar a las casas de Berganciano, junto a una pequeña explotación porcina, llegamos a un cruce por el que volveremos a pasar más adelante. Tomamos ahora hacia la derecha, por la amplia pista de tierra que nos lleva a Monleras y que, a pesar de no estar asfaltada, suele soportar más tráfico que la carretera por la que veníamos. Pedaleando por ella, en un par de kilómetros surgirá a nuestra izquierda una pista idéntica a la que seguimos. Aunque no está incluida en la “Red de Senderos”, recomiendo tomarla durante unos doscientos metros ya que nos permitirá visitar un molino de agua de los que antaño abundaban en esta zona. Se encuentra completamente restaurado e incluso, si la rivera que lo alimenta tiene suficiente agua, es posible –aunque poco frecuente– que lo veamos en funcionamiento. Después de la visita, regresamos al camino que une Berganciano con Monleras y continuamos en dirección a esta última localidad, a la que llegaremos después de una rápida bajada y la posterior subida. Si nos interesa la ornitología, veremos también algunos carteles que nos invitan a recorrer una pequeña ruta independiente dedicada a la observación de aves.


Entramos en Monleras dejando a la izquierda el cuartel de la Guardia Civil, el frontón municipal y el albergue (y algo más alejada, también a la izquierda, una quesería de las buenas, cuyo queso de oveja no debemos dejar de degustar). Apenas unos metros más adelante deberemos cruzar la carretera para llegar al Centro de Interpretación donde podremos obtener información (incluso un folleto impreso) de los caminos que estamos recorriendo. En caso de no encontrarlo abierto es posible informarse también en los paneles que hay frente a la puerta (similares a los que ya vimos a la salida de Villaseco). A escasos metros podemos encontrar también una panadería y un restaurante (tapas y hamburguesas altamente recomendables).
En el pueblo, de poco más de doscientos habitantes, hay también otros servicios: bares, alojamiento, tienda, farmacia, taller, biblioteca, escuela… Todos estos lugares los encontraremos a nuestro paso si, como buenos cicloturistas, recorremos la ruta urbana que nos llevará por pintorescas casas y fuentes, además de por la iglesia (construida entre los siglos XIV y XVII, con un interesante Cristo gótico del siglo XIV) dedicada a la Asunción y, junto a ella y adosado al viejo frontón de piedra, un interesante teatro al aire libre construido íntegramente en piedra gracias a la colaboración y mano de obra desinteresada de todos los vecinos -coronando el céntrico conjunto podemos ver una escultura del artista local Santiago Delgado-.







Salimos de Monleras, con precaución, por la carretera general en dirección Oeste. Después de poco más de un kilómetro de llaneo alcanzamos un estrecho pero alto puente que nos permite cruzar la rivera del Villar, que habitualmente forma parte del reculaje del embalse de Almendra. Un poco más adelante dejamos a la izquierda la carretera que va hacia El Manzano.

Dado que, en caso de encontrarnos con tráfico, el puente puede ser un punto conflictivo por su estrechez y porque las mínimas aceras han sido inutilizadas por un quitamiedos metálico, si el nivel de las aguas lo permite podremos evitarlo utilizando la carretera antigua y su pequeño puente que, aunque pasa largos periodos sumergido bajo las aguas, sigue siendo perfectamente utilizable en tiempos de sequía (aunque el firme no sea el mejor del mundo).
Si el nivel de las aguas es aún más bajo –como, por desgracia, es cada vez más frecuente- podremos acercarnos también a ver «la puente de Sardón», un tradicional puente de piedra que, a pesar de estar inundado de forma habitual desde hace décadas, aún permanece en pie. En sus alrededores (fuera ya del embalse) es posible también encontrar un petróglifo (un conjunto de cazoletas sin catalogar y, de momento, sin señalizar) y una especie de parque temático denominado Territorio de los Juegos donde, si nos apetece, podremos entre otras cosas recordar nuestra infancia echando una carrera de chapas en la pista construida al efecto (el camino hasta este lugar se encuentra señalizado desde el casco urbano de Monleras por las mismas señales triangulares que estamos siguiendo). Aguas abajo de la rivera es posible también encontrar ruinas de numerosos molinos que suelen estar sumergidos bajo las aguas (y por lo tanto en muy mal estado y difícilmente visitables).




Valga decir también aquí, aunque es válido para todo el embalse, que nos encontramos ante un paraiso para los aficionados a la pesca, especialmente de ciprínidos, pero también de especies depredadoras a spinning. Carpas, alburnos, percasoles, lucios, luciopercas y basses, entre otras especies exóticas invasoras pueblan estas aguas. Las autóctonas, como la boga, prácticamente han desaparecido y puede decirse que solo el barbo está aún presente. Como curiosidad, y aunque no sea un pez, durante el verano es posible ver en estas aguas algún galápago europeo (emys orbicularis) que baja desde los pequeños afluentes del Tormes, donde por suerte es todavía relativamente frecuente.


Pero hoy hemos dejado la caña en casa y hemos venido a pedalear, así que continuemos al otro lado de la rivera del Villar -dejando atrás, como ya hemos dicho, el cruce con la carretera que va hacia El Manzano- para subir la ligera cuesta que nos lleva hasta el límite con el término municipal de Sardón de los Frailes, donde dejamos a nuestra derecha el acceso a la finca de El Villarejo. Desde este punto ya es posible apartarnos del asfalto por el camino abierto en paralelo a la calzada (aprovechando que, al ser una cañada, la anchura libre junto a ella es considerable). Así, por esta pista de tierra, un pequeño tramo llano o en ligero descenso es ya lo único que debemos recorrer antes de desviarnos levemente a la derecha para llegar al núcleo urbano de Sardón.
Se trata de un pequeño municipio de menos de un centenar de habitantes que dispone, sin embargo, de unas instalaciones impresionantes para una localidad de este tamaño. El motivo no es otro que las importantes cantidades de dinero que recibe su ayuntamiento como contraprestación por haber perdido la mayor parte de su territorio bajo las aguas del embalse. Aunque el motivo sea tan triste, hoy en día es posible disfrutar en Sardón de lujos tales como un frontón cubierto o una enorme piscina climatizada. Aunque más discretos, sin duda nos resultarán más útiles otras facilidades como, por ejemplo, el restaurante que encontraremos dentro del mencionado complejo deportivo.
Aunque pequeño en número de habitantes y en extensión del término, el caserío de Sardón es sorprendentemente grande y nos sorprenderá la distancia entre sus extremos: el polideportivo por una parte y la iglesia de San Pedro en la otra punta. Una vez hayamos disfrutado de los puntos de interés de la localidad siguiendo la correspondiente ruta urbana y, en su caso, nadado unos largos en la piscina, podremos continuar nuestra ruta. Para ello salimos del casco urbano cruzando el reculaje del embalse (o una pequeña rivera, en función de cómo esté el nivel de las aguas) por un pequeño puentecillo junto al que también vemos el diminuto puente de piedra antiguo y pedaleamos hasta cruzar perpendicularmente la antigua carretera que antaño llevaba a Almendra pero que yace ahora sumergida un poco más adelante. El camino que seguimos transita después unos metros en paralelo a la carretera general, que tenemos que cruzar algo más adelante, y después girar noventa grados a la derecha –hacia el Sur– para pedalear en ligero ascenso en dirección a El Manzano.



Tanto en este tramo como en toda la Red de Senderos, si tenemos suerte, podremos disfrutar de la riqueza faunística de la zona y es habitual que alguna liebre o algún zorro como el de la imagen nos salgan al paso (personalmente me topé -en el tramo entre Monleras y El Manzano- incluso con un gran jabalí que, por suerte, tenía cosas mejores que hacer que meterse conmigo). La fauna es tan variada y abundante que no es raro toparse con un meloncillo despistado e, incluso, algún camino de la zona ha sido casi inutilizado por los tejones al construir su madriguera (a este animal nocturno solo podremos verlo si, por desgracia, algún ejemplar ha sido atropellado). En cuanto a las aves, entre las numerosas especies destacan los buitres leonados -que casi con seguridad veremos sobrevolándonos en algún momento (e incluso posados)-, las cigüenas -que en algunos prados compiten en número con las vacas-, las garzas -que permanecen estáticas, haciendo guardia en los humedales-, las perdices o varios tipos de aves rapaces -que con frecuencia veremos descender en picado sobre sus desprevenidas víctimas (especies estas también abundantes, como la preciosa culebra de collar o la impresionante culebra de escalera que capturé en las fotografías que muestro)-.





Pedaleamos sin prisas, disfrutando del paisaje, hasta llegar al caserío de El Manzano. Se trata de otra pequeña localidad salmantina de las muchas que sobreviven por debajo del centenar de habitantes cuyo casco urbano, en el que –cómo no– destaca su iglesia dedicada a San Julián, no dejamos de visitar.



De El Manzano salimos por la carretera que va hacia la cercana localidad de Iruelos pero al llegar a la primera curva nos desviamos por la pista que sale a nuestra derecha y que va directamente a la entrada de una finca. Pasada la puerta debemos atravesar por el camino que transcurre cerca de la casa y entre las otras construcciones que allí se levantan. Debemos circular aquí con precaución, ya que es muy habitual que los perros de la finca salgan a defender su territorio y, aunque –por lo que yo sé– no muerden, irán un buen trecho ladrando amenazadoramente a pocos centímetros de nuestros calcañales.
El camino discurre llaneando (en ligero descenso) a través de un paisaje salpicado por algunos árboles que se van haciendo cada vez más escasos a medida que avanzamos. En este tramo encontramos una puerta metálica interrumpiendo nuestro paso, por lo que debemos desmontar para abrirla, pasarla y volver a cerrarla (¡siempre hay que dejarla como estaba!). A pesar de no tener ninguna dificultad orográfica, quizás sea este el tramo más complicado de la ruta, ya que el camino tiene un firme bastante polvoriento que puede hacer patinar y donde, en caso de lluvia, tiende a acumularse el agua con la consiguiente formación de barro –pero que no cunda el pánico que no es nada grave–. Las diversas porteras canadienses nos indican que nos movemos por fincas privadas y no es raro que las vacas se interpongan en nuestro camino, por lo que es conveniente pedalear con sentido común y tratar de no asustarlas, manteniendo siempre la calma -aunque a veces no sea fácil cuando se tiene una vaca morucha con su ternero a escasos metros-. Debemos prestar atención a los detalles, como la cruz que dejamos a la vera del camino y que fue colocada aquí en recuerdo a un hombre fallecido en accidente ¡de carro! (de hecho, lleva tantos años aquí que hasta la charca que queda justo al otro lado de camino tiene desde hace décadas el topónimo de Charca de la Cruz). Finalmente salimos a un inmenso valle que hemos de atravesar de lado a lado. Al salir de él leemos en el correspondiente cartel una estimación de los millares de cabezas de ganado que podían llegar a alimentarse en este extenso prado. Simplemente impresionante.


Una vez abandonado el valle no queda ya casi nada –apenas un corto descenso– para llegar a la localidad de Almendra, donde vemos una tradicional fuente cubierta de piedra antes de cruzar la carretera y acceder a la ruta urbana. Además de la iglesia de San Miguel podemos ver, como en otras localidades por las que ya hemos pasado, varias de las tradicionales casas con el portalillo que protegía de las inclemencias meteorológicas a los tertulianos que, sentados en los poyos de piedra que aún se conservan, se reunían cada atardecer en los seranos. También es interesante aquí ver el «palacio», una casona rural que sirve para hacerse una idea de cómo era la vida en estos pueblos en tiempos todavía recientes, cuando los «señoritos» campaban a sus anchas por el rural español.


Salimos de Almendra en dirección Norte hasta que un poco más adelante giramos a la izquierda para cruzar una carretera. Nos encontramos ya dentro del Parque Natural de Arribes del Duero y aunque -por supuesto- ha sido un cambio gradual, se nota que estamos en un paisaje más agreste. El camino se adentra poco a poco en el valle labrado por el río Tormes en su transcurrir durante milenios hacia el Duero. Vamos descendiendo entre robles disfrutando del paisaje y ya empezamos a ver a nuestra derecha el imponente muro de la presa de Almendra. Finalmente el camino gira a la izquierda, sube un último repecho y muere al lado mismo de donde un cartel nos indica que estamos en un mirador. Así que dejamos las bicis, nos acercamos con precaución al borde del barranco y, obedientes, miramos.

A nuestros pies se encuentra un inmenso agujero escalonado. Se trata de la cantera de donde sacaron la mayor parte del material necesario para construir la presa y, teniendo en cuenta que, de punta a punta, el muro de ésta mide en torno a tres kilómetros, podemos hacernos una idea de la magnitud del socavón, que se encuentra en gran parte inundado y disimula así su profundidad. Algo más allá vemos la presa más grande que alguien tan pequeño como Franco pudo imaginar: un muro de unos doscientos metros de altura máxima que aguanta la fuerza que ejercen sobre él los 2.65 billones de litros de agua que caben en las cerca de ocho mil hectáreas de terreno inundadas (téngase en cuenta que el reculaje llega hasta Ledesma que, redondeando, está a treinta kilómetros de aquí). Por debajo de la presa, el profundo y desecado valle del río Tormes que, convertido en hilillo de agua, continúa tímidamente su curso separando tierras salmantinas y zamoranas. Algo más abajo cruzará el paraje de La Cicutina -con un puertecillo precioso para subir en bici entre Trabanca y Fermoselle (o viceversa)- antes de verter sus escasas aguas al gran Duero.


El motivo por el que el curso del Tormes está tan menguado en este tramo es, obviamente, la presa pero sobre todo el ingenioso sistema de funcionamiento de sus turbinas que no están en la propia presa como suele ser habitual sino a varios kilómetros de aquí, en Villarino de los Aires. El agua viaja desde la presa por un monumental túnel hasta el pozo de nivel allí situado, desde donde la dejan caer directamente al Duero. De este modo no solo ganan varios metros más en la caida, con el incremento de producción energética que ello conlleva, sino que además las turbinas son reversibles y permiten subir agua desde el Duero directamente hasta el embalse de Almendra cuando el exceso de energía en la red lo permite. Así, este colosal ingenio cumple cuatro funciones: ganar en producción, reutilizar el agua, aprovechar el excedente de energía que de otro modo se perdería y, de propina, poder utilizar el gran embalse del Tormes como balsa de almacenamiento extra para los altamente productivos embalses que la misma empresa tiene en el Duero: Aldeadávila y Saucelle. ¡Y parecían tontos los ingenieros españoles!
Volviendo a la bicicleta, debemos ahora regresar por donde hemos venido. Aunque no esté incluido en la Red, no debemos desaprovechar la oportunidad de acercarnos a la parte superior de la presa. Para ello lo más sencillo es regresar hasta el punto donde cruzamos por última vez la carretera y girar a la izquierda. La propia carretera nos conducirá sobre la presa hasta los dos miradores desde donde podremos asomarnos, por un lado, al abismo sobre el cauce semivacío, por el otro, a la inmensidad del agua almacenada. El contraste es impresionante. Por supuesto, la visita no es completa si no paramos en el asador que encontraremos justo en el extremo salmantino de la presa, donde podremos degustar unos deliciosos pinchos morunos o uno de los ricos chorizos de esta tierra asado en lumbre de leña de encina (la combinación perfecta).

Hora ya de regresar, como ya he dicho, por el mismo sitio por donde vinimos, pasando Almendra y atravesando de nuevo el gran valle que nos separa de El Manzano. También es posible regresar por carretera hasta Sardón o buscar nuestra propia alternativa, pero no me desviaré aquí del guion propuesto, por lo que supondremos que hemos vuelto todos juntos hasta las casas de El Manzano y que los perros de la finca no nos han devorado al atravesarla, ni a la ida ni a la vuelta. Como este pueblo ya lo hemos visitado, al llegar a la carretera la seguimos en dirección norte para atravesar el pueblo dejando a la izquierda su plaza con frontón, algo tan frecuente en estas tierras. Ya al otro lado del casco urbano, en la primera de dos pronunciadas curvas encadenadas, dejamos el asfalto hacia la derecha para bajar en dirección a Monleras. La bajada es suave, entre tradicionales muros de piedra granítica y modernas alambradas de espino que nos separan (o no) de las vacas que pacen tranquilamente entre los robles que siguen dominando el paisaje.





Terminando ya la bajada, un cartel nos indica que para llegar a Monleras debemos girar a la izquierda. Si lo hiciésemos, un terreno de continuo sube y baja (pero suave) nos llevaría -después de cruzar una vez más el reculaje del embalse en la rivera del Villar por un estrechísimo puente de cemento en muy mejorable estado- a este pueblo por el que ya hemos pasado antes. Desde algunos puntos de este camino las vistas sobre el entorno del embalse son magníficas.




Sin embargo no vamos a desviarnos aquí en esta ocasión (aunque, como ya he dicho, este es solo un ejemplo de las numerosas rutas que pueden diseñarse utilizando los caminos incluidos en esta Red de Senderos) sino que vamos a continuar recto y, un poco más adelante, ignorar la curva que hace el camino hacia la izquierda para subir el repecho que tenemos frente a nosotros en un camino claramente menos transitado que aquel por el que veníamos. Algo más adelante entraremos en una finca privada atravesando una portera canadiense. El camino se transforma en una simple rodera pero sigue estando en muy buen estado. De nuevo es conveniente circular con precaución para no espantar al ganado vacuno. Aquí, como en todo el recorrido, la ruta sigue estando perfectamente señalizada, si bien es cierto que un par de postes han sido arrancados del suelo, aunque continuaban en el lugar e indicando la dirección correcta.
Otra portera canadiense (no creo necesario tener que recordar que debemos cruzar con cuidado de no meter la rueda entre las barras metálicas) nos permite salir de la finca y regresar al camino público que, casi inmediatamente nos deja en Berganciano.

Esta pequeña localidad, incluida dentro del ayuntamiento de Villaseco de los Reyes, es la menos habitada de todas las que visitaremos -con apenas un par de decenas de almas- y no dispone de la correspondiente ruta urbana. Nuestro camino nos dirige, bordeando el casco urbano, hasta la carretera que tomamos hacia la izquierda y, en apenas unos metros llegamos a un cruce que nos resulta familiar, pues ya estuvimos en él a los pocos kilómetros de comenzar nuestro paseo de hoy. En esta ocasión ignoramos tanto la carretera de Villaseco como el camino que va a Monleras y tomamos el camino ascendente que va hacia El Gejo.

La subida es tendida y no nos debería costar demasiado ascenderla, a pesar de los kilómetros que ya acumulamos en nuestras piernas. En la cima nos espera una recompensa. A nuestra derecha vemos el depósito principal del proyecto «Cabeza de Horno» del que ya hablé antes y en sus alrededores antaño hubo una ermita de cuyo cementerio recientemente se descubrieron varias tumbas con restos humanos (poco más que un pequeño cuadrado enmarcado con piedras de granito). La pena es que todo esto se encuentra dentro de una finca cuya puerta permanece cerrada con llave y no es posible acercarse más. Sin embargo la recompensa a nuestro esfuerzo no es esta, sino que se encuentra al otro lado del camino, a la izquierda según hemos llegado. Si seguimos el pequeño camino que aquí surge, en apenas unos metros llegamos a una supuesta área recreativa levantada en torno al agujero inundado que entre finales del siglo XIX y principios del XX fue una mina. Aunque dicen que en el fondo aún se encuentran los restos de las vagonetas, lo más interesante es lo que aún puede verse, que no es otra cosa que una vieja torreta metálica y un oxidado sistema de poleas. Lo más curioso de este lugar es que no se trataba de una cantera de granito como la que actualmente opera en la cercana Monleras ni de una mina de wolframio como las que en su momento hubo en diversas localizaciones de la zona. En este lugar, el pozo de ochenta metros de profundidad y la pequeña galería hoy inundada servían para extraer cristales de cuarzo ahumado para su posterior empleo en joyería. Si rebuscamos entre los montones de escombros que aún se acumulan por los alrededores es fácil encontrar ejemplos de este mineral. Lo que ya no es tan fácil (aunque tampoco imposible) es encontrar los característicos prismas que forma éste y que era lo que se explotaba. Si la búsqueda resulta infructuosa, lo mejor es levantar la vista del suelo y disfrutar con las amplias vistas que tenemos desde el punto más alto, donde se levanta la torreta.




Finalizada la visita, regresamos al camino y nos dejamos caer hasta El Gejo de los Reyes, otra pedanía de Villaseco de medio centenar de habitantes y de cuyo casco urbano lo más interesante es lo primero que veremos al llegar: la iglesia de San Blas.


Junto a la iglesia, el camino desemboca directamente en la carretera que nos llevaría en una rápida bajada hasta el cercano Villaseco. Sin embargo no vamos a circular por el asfalto sino por un camino paralelo, que alcanzamos pocos metros después de cruzar la carretera siguiendo las señales. Desde aquí ya solo nos queda dejarnos caer y disfrutar de los últimos minutos de esta magnífica jornada de cicloturismo, pues en unos tres kilómetros, tras girar noventa grados a la izquierda llegamos a Villaseco, exactamente al mismo punto de donde partimos: el Caño.
