Entre mouras e irmandiños: Ruta de los dólmenes de Vimianzo

Provincia: A Coruña

Distancia: 65 km aprox.

Mapa:

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Descripción:

Para los amantes de la Historia, pedalear por tierras gallegas es complicado: cada pocos metros es necesario hacer una parada para admirar los incontables restos que el transcurrir de los siglos nos ha dejado. Incontables hórreos, un sinfín de cruceros de diferentes tipos, iglesias de todas las épocas desde el prerrománico hasta la segunda década del siglo XXI, puentes históricos y modernos que salvan los abundantes ríos y, cómo no, numerosos castillos en mejor o peor estado de conservación.

Si estamos más interesados en la prehistoria, Galicia tampoco nos defraudará pues no son pocos los castros que parecen estar casi en cada elevación del terreno y, en algunas zonas, casi cada afloramiento rocoso muestra un grabado procedente de la remota Edad del Bronce.

Pero aún podríamos irnos más allá, al periodo megalítico, para descubrir que no son pocos los dólmenes que en tierras gallegas han sobrevivido hasta nuestros días. Algunos, como el Dolmen de Dombate han sido protegidos por un espectacular edificio moderno que alberga también un museo. Otros, como el de Axeitos o el de Cabaleiros, sobrellevan magníficamente los años a pesar de hallarse expuestos a las inclemencias meteorológicas de la Barbanza y Tordoia respectivamente. Otros muchos dólmenes desaparecieron dejando como recuerdo tan solo parte del túmulo -mámoa- y el característico cono de violación por el que fueron extraídas las piedras. También, en algún lamentable caso reciente, los restos de un dolmen fueron transformados en mesa de merendero. Sin embargo, muchos otros dólmenes permanecen aún hoy en su sitio convertidos en un montón de inmensas piedras con mayor o menor recuerdo de su estructura original.

Si hay un lugar en el que abundan estos últimos es en el concello de Vimianzo, donde se ha habilitado una ruta -diseñada para coches- que permite visitar nueve de estos dólmenes. Dado que la mayor parte de la ruta transcurre por carreteritas estrechas y tranquilas con algún tramo de camino que permite llegar hasta los dólmenes, es también ideal para ser recorrida en bicicleta (de todo tipo, aunque hayamos de desmontar en los tramos de tierra en caso de que nuestra montura no sea adecuada para ellos). Eso sí, debemos extremar las precauciones al transitar por los tramos de carretera que unen Baíñas, Berdoias, Vimianzo y Recesindes, pues no son excesivamente amigables para los ciclistas.

Sin más, comenzamos nuestro recorrido en (no podía ser de otro modo) Vimianzo. Y lo haremos desde un lugar singular. De entre todo su casco urbano hay un elemento arquitectónico que destaca sobre todos los demás: su castillo. Se trata de una coqueta construcción en perfecto estado de conservación que tiene su origen histórico entre los siglos XII y XIII pero que ha sufrido tantas vicisitudes en su agitada vida que de esos orígenes apenas si se conservan unas cuantas piedras. En realidad, el magnífico estado que presenta el edificio se debe al lamentable y devastador incendio que sufrió en 1965, tras lo cual fue impecablemente rehabilitado.

Sin embargo, este castillo vivió su periodo de máximo esplendor allá por el siglo XV cuando, siendo propiedad de la renombrada familia Moscoso y codiciado por el Arzobispo de Santiago, se convirtió en uno de los principales protagonistas de las Guerras Irmandiñas. En esta conocida revuelta popular, la plebe se cansó de la opresión feudal, se levantó en armas y consiguió hacerse con esta fortaleza. Por desgracia para nosotros, plebeyos del futuro, la revolución no tuvo continuidad y los sublevados fueron derrotados al poco tiempo, tras lo que los Moscoso y el Arzobispo continuaron alternándose la posesión del castillo. En la actualidad, los primeros días del mes de julio de cada año los habitantes de Vimianzo se visten de época, se dividen en bandos, y se lanzan en alcohólica batalla a rememorar esta rebelión que sus antepasados no pudieron llevar a buen puerto. El resto del año, libre de modernos irmandiños, el castillo se encuentra abierto al público, es de visita gratuita, y alberga en su interior un centro de interpretación (de la propia fortaleza y de la Costa de la Muerte) y una especie de museo-taller de artesanía de la zona.

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Una vez visitadas las exposiciones, escaladas las murallas, explorada la torre del homenaje, recorrido el foso y fotografiado todo el conjunto, es hora de acomodar nuestras posaderas en el sillín y comenzar a pedalear con ganas, pues el aperitivo va a ser de aúpa.

Frente al acceso principal al castillo encontramos un pequeño parque con una singular fuente en escalera. Junto a él, en el cruce frente a la gasolinera, el primer cartel violeta que señaliza la «ruta de los dólmenes» nos indica que debemos seguir la dirección que menos nos gusta: hacia arriba. Obedientes, ponemos un desarrollo adecuado a las circunstancias y empezamos la escalada por la carreterita que comienza llevándonos a la parte más alta de la mencionada fuente, después rodea la que debe de ser la residencia de ancianos con mejores vistas del mundo y, pasando al lado del depósito municipal de agua potable, continúa imparable un ascenso que hace que por momentos nos arrepintamos de habernos embarcado en esta excursión.

Una vez coronado el minipuerto (menos de un par de kilómetros, aunque se hacen largos por el factor sorpresa) podemos pasar directamente a la otra ladera del monte para iniciar el descenso o, si somos algo masoquistas y el entrante de hoy nos ha sabido a poco, tomar el desvío a la derecha que lleva al mirador de San Bartolo, cima de uno de los montes más altos de la zona (408 metros sobre el cercano mar) donde se levanta una sencilla ermita dedicada a ese apóstol y desde donde las vistas deben de ser de impresión. Y digo deben porque el que esto escribe, después de analizar la jugada desde la distancia, decidió que para alcanzar tan elevada ermita necesitaría como mínimo un helicóptero y que, para empezar la jornada, con lo subido hasta ahora era suficiente, así que orientó su bici hacia el oeste y, dejando atrás el valle de Vimianzo, se dejó caer al valle de Salto.

La bajada es rapidísima, por lo que debemos extremar las precauciones para que un par de curvas pronunciadas no nos pillen por sorpresa (especialmente para quienes estamos acostumbrados a los frenos de disco y ese día solo llevábamos unas sobrias zapatas para detener la bici). Pasadas dichas curvas -que, por cierto, son consecutivas- llegamos en un instante al núcleo urbano de Reboredo y, siguiendo las señales de nuestra ruta, comenzamos a llanear dejando a nuestra derecha el desvío a Salto. Podemos, si así lo deseamos, visitar la iglesia de Santa María de esta localidad (con partes góticas del siglo XV, aunque la mayor parte del edificio sea posterior) o la cercana aldea de Castro que, como su nombre indica, se levanta junto a donde hubo en tiempos un antiguo castro.

Si no nos hemos desviado, pasamos junto a una maloliente granja y nos adentramos en el bosque que refresca el pequeño repecho que nos toca ahora subir (y que ya nos da una idea de que esta zona, aunque relativamente llana, no deja de estar en la siempre ondulada Galicia). Un breve descenso nos saca después al raso junto a la localidad de Tines, que rodearemos dejándola a nuestra derecha, siempre siguiendo escrupulosamente las señales de color violeta. Llegamos así a una carretera un poco más transitada que tomamos hacia la derecha para llegar de inmediato a la iglesia de Santa Baia de Tines. El templo data de diferentes épocas, comprendidas entre el siglo XII correspondiente al ábside románico hasta la más moderna parte barroca del XVIII. Una de las capillas laterales es en realidad el ábside de la ermita que se levantaba antiguamente en el atrio y que, al ser trasladada, permitió el descubrimiento de los restos de una villa romana. En el atrio de la iglesia se descubrió también una necrópolis de origen romano-suevo que parece que fue utilizada entre los siglos I y VIII. Los restos de las antiguas tumbas pueden aún verse entre el moderno cementerio (aunque un candado no me permitió pasar a comprobarlo) y en los muros y espadaña de la iglesia. El hallazgo más destacado fue una estela funeraria cristiana del siglo IV. Frente a la fachada principal, un crucero con «pousadoiro» y, dando acceso al recinto, una inscripción sobre la puerta nos recuerda que «El cuerpo según lo veis, el alma según obréis».

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Seguimos ahora pedaleando por la carretera en una larga recta hasta que, justo al salir de la primera curva, la abandonamos hacia la derecha para encontrarnos un nuevo repecho, si bien este se hace llevadero por las magníficas vistas que nos da sobre la aldea de Xora. Al poco la carretera se adentra de nuevo en el frescor del bosque que, salvo que algún coche o los trabajos de la industria maderera nos lo impidan, nos permite disfrutar de una absoluta tranquilidad durante casi dos kilómetros, hasta que encontramos de nuevo signos de civilización, esta vez en forma de una granja.

Pasada la granja, que queda a nuestra izquierda, en apenas unos metros llegamos a un camino que sale a la derecha de la carretera y, en el mismo punto, encontramos el cartel que nos indica  la situación del dolmen de Pedra Cuberta, que ya se ve desde la propia carretera. Este dolmen, a tan solo unos metros del asfalto y situado en medio de un bosque de eucaliptos conserva aún algunos de sus enormes ortostatos en pie y todavía se intuye la cámara, aunque carece de cubierta. Ya entrado el siglo XX se podían apreciar aún las pinturas murales que cubrían su interior -como ocurre también en Dombate y, probablemente, ocurriese también en muchos otros dólmenes- pero a finales de ese mismo siglo se habían ya perdido sin remedio. (Nota: realicé esta ruta en el verano de 2017 y a esa excursión corresponde este texto. Durante posteriores visitas a la zona he podido comprobar que los alrededores de algunos dólmenes, como este de Pedra Cuberta, han sido posteriormente desbrozados de árboles y maleza).

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Continuamos por la carreterita entre muros de piedra, atravesando un bosque de pinos y eucaliptos hasta que un suave descenso nos saca de la zona arbolada y encontramos un cruce en el que un cartel nos indica que debemos desviarnos a la izquierda. Así lo hacemos e ignoramos la nueva carretera que sale a nuestra derecha para cruzar un riachuelo y comenzar a ascender por el otro lado. Llegamos a un nuevo cruce donde sí nos desviamos a la derecha y empezamos a subir en serio (demasiado en serio para mi gusto) en un tramo no demasiado largo, pero sí intenso.

En la zona superior de la subida encontramos un nuevo cartel a nuestra izquierda que nos indica que hemos llegado al dolmen de Pedra Moura. De hecho, en realidad no es así, sino que aún hemos de recorrer un par de cientos de metros por el camino que allí empieza para llegar, llaneando entre los árboles, hasta la pradera donde encontraremos este dolmen que, comparado con el de Pedra Cuberta, nos parece pequeño. Sin embargo, en este caso se conserva parte de la cubierta de la cámara lo que le confiere un aspecto mucho menos ruinoso (y justifica el nombre por el que es conocido). Aunque en esta ocasión no estamos cerca de la carretera, el punto de modernidad lo pone el tendido eléctrico que pasa justo por este lugar.

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De vuelta a la carretera, continuamos hasta la cercana aldea de Carnio a cuya entrada, obedeciendo al correspondiente cartel violeta, nos desviamos a la derecha para seguir por otra carretera de similares características: escasa anchura, asfalto aceptable y terreno ondulado. Entramos por ella en una nueva zona arbolada (eucaliptos y pinos, para no variar) por la que circulamos durante cerca de un kilómetro hasta que, a punto de salir ya al raso, encontramos un nuevo cartel indicando el tercer dolmen: Pedra da Lebre. Para acceder a él debemos tomar el sendero que se adentra en el bosque a la derecha de la carretera donde, rodeado de eucaliptos y helechos, encontramos un montón de piedras que antaño formaron un dolmen de gran tamaño del que hoy apenas puede intuirse la posición del corredor.

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Volvemos una vez más al asfalto para salir del bosque y recorrer el pequeño descenso que nos lleva a Serramo. A la derecha de la carretera vemos una explanada, con un moderno crucero en el centro, que sirve de aparcamiento a un bar donde podemos refrescarnos si así lo deseamos. Al otro lado del bar se levanta la iglesia del lugar que, bajo la advocación de San Sebastián, conserva una magnífica obra de orfebrería del siglo XII: la cruz procesional más antigua de Galicia (eso dicen, pues no pude entrar a verla). El edificio en sí no llama demasiado la atención, con una extraña mezcla de estilos románico, barroco y chapuzas recientes, con un crucero de aspecto moderno y un cementerio con poco encanto.

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Volviendo a la carretera por la que veníamos, al otro lado de la explanada junto al bar, un nuevo cartel a los pies de un hórreo nos indica que tomemos la callejuela que sube a nuestra izquierda. Al otro lado de la misma encontramos, en un entorno semiurbano con algunas casas y bonitos hórreos de piedra, un nuevo cruce que tomamos a la derecha y poco más adelante, en un cruce más, un nuevo cartel nos manda hacia la izquierda, esta vez por pista de tierra. Por este camino, en continuo pero moderado ascenso, rodeamos el monte que vemos a la izquierda y pedaleamos entre plantaciones de eucaliptos hasta que, en el segundo cruce que encontramos, nos desviamos bruscamente a la derecha. Después de un breve llaneo llegamos a un nuevo cruce, donde otro cartel nos advierte de la presencia de nuestro siguiente dolmen a apenas unos metros del camino, en medio del descampado que se abre ante nosotros y que domina todo el paisaje de los alrededores. Se trata de A Arca da Piosa, un enorme dolmen situado en el centro del aún mayor túmulo que todavía se aprecia. En este caso el estado de conservación es más que aceptable y puede apreciarse perfectamente la estructura de la cámara y el corredor, además de la inmensa cubierta. Como curiosidad, merece la pena asomarse al interior para ver, en la parte inferior de la gran losa que cubre el corredor, una serie de surcos grabados en el granito a modo de -quién sabe- decoración.

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Visto el dolmen, debemos regresar por donde hemos venido durante aproximadamente kilómetro y medio hasta llegar de nuevo a Serramo. Allí, de nuevo en las proximidades de nuestro ya conocido bar, tomamos la carretera hacia la izquierda para recorrer una larga y llana recta que nos lleva, a través de tierras de labor sin apenas arbolado, hasta Baíñas, una localidad de aceptable tamaño situada en la carretera que une Negreira y Muxía y que dispone de los variados servicios que podamos necesitar.

Aquí cruzamos, con precaución, la carretera principal para continuar con nuestra eterna recta en dirección a Olveira. Cuando el  suave descenso por el que vamos se transforma en repecho ascendente, justo en el punto en el que comienza el concello de Dumbría, encontramos un nuevo cartel que nos señala el camino que surge junto a una casa a la izquierda de la carretera. Este camino nos lleva, en suave descenso en buen estado primero y en ligera subida en algo peor estado después, hasta el quinto dolmen del recorrido: el de Regoelle, más conocido como Pedra da Arca. Este monumento megalítico se encuentra a la izquierda del camino y habremos de acceder a él cruzando unos metros de pasto, pues se encuentra en una zona de transición entre una pequeña masa forestal (de eucalipto, cómo no) y las tierras de cultivo. De nuevo estamos ante un dolmen en buen estado de conservación del que, además de su gran cámara, destaca su corredor cubierto por losas escalonadas. En uno de los ortostatos de la cámara se conservan restos de grabados (aunque seguramente su origen sea contemporáneo al dolmen, sin duda han sido repasados recientemente por algún desaprensivo). Cerca de este dolmen existía también un castro pero no parece conservarse rastro alguno de él.

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Regresamos desde aquí, por donde hemos venido, de nuevo hasta Baíñas (a unos tres kilómetros). Antes de abandonar la localidad no debemos dejar de visitar la iglesia de Santo Antoíño, de origen románico del siglo XIII, que fue un antiguo monasterio medieval del que aún puede verse alguna ruina. En su exterior, más que en la fachada del siglo XIX, merece la pena fijarse en la decoración de los otros muros, como los canecillos de las fachadas laterales o el relieve de una figura a caballo que decoraba la parte superior de una antigua puerta hoy cegada que ha sido interpretado como una representación de San Martín (pues este monasterio estaba ligado al compostelano de San Martín Pinario).

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Tomamos ya la carretera principal AC-441 (siguiendo ahora las flechas amarillas con punta azul que señalizan la recientemente creada Vía Mariana Luso Galaica) con intención de iniciar el duro ascenso que nos espera en dirección Muxía pero, justo antes de comenzar, nos desviamos por la carreterita que sale a nuestra derecha y avanzamos por ella hasta salir por completo de la zona urbanizada y adentrarnos en el monte. Allí, aún a la vista del taller que hemos dejado a nuestra izquierda, un nuevo cartel nos señala la situación del Arca de Rabós, un diminuto dolmen que encontraremos en medio de una pequeña parcela de terreno limitada por muros de piedra e invadida por los eucaliptos. En este caso lo único que vemos son la cubierta de la cámara y dos de las piedras que la sustentaban. Con imaginación, también pueden interpretarse las otras tres piedras como parte del corredor (más que nada, por estar situadas al este de la cámara, orientación acorde a la que presentan todos los corredores de los dólmenes).

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Volvemos al asfalto donde hemos dejado aparcadas nuestras monturas pero, antes de volver a ellas, cruzamos la carretera y nos adentramos en la finca del otro lado. Aquí, partido en dos por el muro de piedra que demarca las parcelas, podemos ver aún un viejo túmulo y el agujero excavado en él para extraer las piedras que conformaban el dolmen -el conocido como cono de violación-. Posiblemente los ortostatos y las losas de la cubierta se encuentren no muy lejos, formando parte de algún muro de piedra.

Ahora sí, volvemos a las bicis, regresamos hasta la carretera principal y, a la derecha, empezamos la subida que, aunque ni demasiado larga (unos dos kilómetros y medio) ni  excesivamente dura (en torno al 5% de media), se hace complicada por tratarse de una carretera bastante más transitada que las que hemos traído hasta ahora. Coronamos a más de cuatrocientos metros de altitud, justo donde surge la carretera que lleva al centro de control marítimo de Chan da Lagoa (hasta donde podemos acercarnos si queremos disfrutar de las vistas, aunque en la parte final encontraremos otra buena subida). Desde aquí, solo debemos dejarnos caer durante varios kilómetros hasta llegar a Berdoias donde, nada más llegar, uno de nuestros conocidos carteles violetas nos mandará salir de la carretera principal y dirigirnos a la izquierda.

Siguiendo las indicaciones volveremos a salir del casco urbano de Berdoias en dirección sur, por un bonito camino rodeado de paredes de piedra, robles, castaños y algún laurel (aunque tampoco nos libramos del todo de los eucaliptos) que muere un kilómetro más adelante junto a una extraña contrucción. Se trata de la Casota de Freáns, séptimo dolmen de la ruta y el más extraño, pues más que de un dolmen propiamente dicho se trata en este caso de una cista funeraria construida entre el 2500 y el 2000 a.C. (estaríamos hablando casi ya más de Edad del Bronce que de Neolítico) y en vez de la característica cámara con corredor presenta una única cámara cuadrangular abierta hacia el Este. En las caras interiores de sus paredes abundan los grabados y algún autor ha querido ver en ellos una precisa representación del firmamento de la época. Cuenta la leyenda que esta construcción fue levantada en una sola noche por una moura -seres mágicos de la mitología gallega- que llevaba las grandes piedras volando mientras amamantaba a un bebé y, como le sobraban manos, al mismo tiempo iba hilando un hilo de oro (supongo yo que, mientras la hacendosa moura gallega hacía todo esto, el «Señor Mouro» estaría tirado en el sofá bebiendo cerveza y viendo el fútbol, aunque la leyenda no entra en tales pormenores).

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Dejamos a la moura y a su perfectamente conservada Casota para regresar a Berdoias, lugar que no abandonaremos sin antes visitar su casco urbano, cuyas magníficas construcciones, en su mayoría en ruinas, nos hablan de un rico pasado mejor. Aunque no sea nada del otro mundo, también merece la pena echarle un vistazo a la iglesia barroca de San Pedro.

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Desde Berdoias debemos tomar la carretera general que va hacia Vimianzo. Los primeros metros podemos evitarlos circulando por la antigua carretera, que desemboca en la nueva poco más adelante. Igualmente, algo más adelante esa vieja carretera ha sido transformada en área de descanso, separada de la general por una tranquila zona con bancos y mesas, y también puede utilizarse para evitar el tráfico. Salvo esos dos tramos, nos toca pedalear por el arcén de una carretera bastante transitada (aunque al menos el arcén es bastante aceptable) hasta que los carteles nos mandan torcer a la izquierda por una estrecha carreterita que se adentra en la localidad de Vilaseco. Entre las casas de esta aldea destaca una gran construcción de piedra con una inscripción grabada sobre la puerta, pero no pude leer lo que decía (algo relacionado con que quien la construyó la dejó en manos de Santiago para su protección) porque dos enormes perros estaban intentando devorarme al mismo tiempo.

Volvemos a estar en nuestros dominios: una carreterita estrecha y tranquila, medianamente llana (aunque algún repecho explosivo sigue quedando) que nos permite reencontrarnos con el placer de pedalear que habíamos perdido en la carretera general. Cruzamos los desmontes por los que algún día pasará una autovía, aunque a día de hoy  la obra está bastante abandonada y, poco más adelante, dejando a la izquierda una construcción, vemos un panel informativo que nos informa que hemos llegado a la Arquiña de Vilaseco. En realidad no es así, pues si seguimos el cartel que apunta a la derecha de la carretera, hacia dentro de una finca, comprobaremos que el nuevo dolmen no se ve aún. Dejando las bicis aquí, debemos avanzar por el estrecho sendero siguiendo el muro de piedra que separa las dos fincas hasta que, algo más adelante, llegamos a una elevación del terreno: estamos sobre la Arquiña de Vilaseco. Como podemos comprobar, el túmulo es enorme (el más grande de la zona) y el dolmen permanece sin excavar, aunque se cree que está en buen estado de conservación, pues el cono de violación no era importante. Por ahora, lo único que vemos de la construcción son un par de sus grandes piedras que sobresalen de la superficie.

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Volvemos a la carretera, desde donde debemos volver por donde hemos venido hasta la carretera general. Ya puestos a ver vestigios prehistóricos, no muy lejos de aquí, si vamos en dirección contraria (como si fuésemos hacia Muxía) podemos encontrar, en la cima rocosa de una colina, los petróglifos de Boallo, de tipo espiral y geométrico.

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Regresando a la carretera de Vimianzo (AC-552), pedaleamos en dirección noreste con precaución y lo más pegados a la derecha que podamos, tratando de disfrutar en lo posible de unos kilómetros que, superado un primer repecho -suave y corto- son completamente descendentes. Llegamos así a las primeras casas de Vimianzo donde, en un solar a la derecha de la carretera, nos topamos con nada más y nada menos que un asentamiento de la Edad del Hierro: el Castro das Barreiras.

Lo más llamativo de este yacimiento arqueológico son las impresionantes murallas que, rodeadas por un foso, aún hoy destacan claramente sobre el terreno. El motivo de esta importante obra defensiva no es otra que el modesto emplazamiento del castro, en pleno valle, muy alejado de los escarpados lugares en los que se encaraman habitualmente este tipo de asentamientos. A cambio de poder explotar las fértiles tierras, el poblado se veía peligrosamente expuesto al enemigo y, por tanto, obligado a construir tan poderosa infraestructura defensiva. Pendiente aún de una excavación completa, las primeras campañas arqueológicas han datado el periodo de ocupación de este yacimiento en la Segunda Edad del Hierro, entre los siglos II y I a.C.

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El camino asfaltado que nos permite llegar a la parte trasera del castro (desde donde se aprecia aún mejor lo imponente de las murallas que llegan a alcanzar los ocho metros de altura) da acceso también al Vao das Areas, un robusto puentecillo de sillería granítica que antaño permitía cruzar el regato de Cambeda y que hoy pasa sus días rodeado de maleza, olvidado entre sendas fincas de cubiertas de hierba, pero que, salvando algún pequeño derrumbe (parcheado con lanchas), aún podría cumplir perfectamente su función.

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Continuamos por la transitada carretera AC-552 por la que veníamos y nos vamos viendo rodeados de casas cada vez más densas hasta que nos damos cuenta de que hemos regresado a Vimianzo, lugar del que partimos hace unas horas. Pero no: no nos quitemos el casco todavía, pues nuestra excursión no ha terminado. Aún nos faltan unos kilómetros por recorrer y un último dolmen por visitar.

Aprovechando que estamos en Vimianzo, es un buen momento ahora para recorrer esta localidad, con mucho más que ver que su ya visitado castillo. Así, callejeando por su caso urbano, encontramos desde un molino hidráulico restaurado hasta un helipuerto, pasando por un agradable paseo fluvial y, como no, por la iglesia parroquial de San Vicente (s. XIX-XX) cuyo mayor interés es que está «cabeza abajo», es decir, con la cabecera mirando al oeste, solo para que la fachada principal se abra a la plaza principal del pueblo.

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Lo más interesante del conjunto urbano es, sin duda, el pazo de Trasariz, hermoso palacete situado cerca del castillo que data del siglo XVII. Aunque en la actualidad no puede visitarse (está dedicado exclusivamente a la celebración de eventos), desde el exterior es perfectamente visible su magnífica balconada con columnatas situada sobre la arquería de medio punto de la planta baja, las señoriales chimeneas, el cuidado jardín decorado con palmeras al más puro estilo indiano y la capilla barroca de la Virgen de la Soledad, con doble acceso desde la calle y desde el interior del pazo. Ya en el exterior del recinto, un crucero preside el parque que se abre a la carretera.

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Siguiendo la carretera que pasa junto al pazo y que se dirige hacia el noroeste, buscando la costa, llaneamos un corto tramo para enfrentarnos después a un pequeño repecho. Dejamos a la izquierda una pista de karting y a la derecha (un poco apartada de la carretera), la iglesia de San Juan de Calo (de origen románico, reformada en el s. XVIII) para comenzar después el descenso. A la izquierda dejamos el desvío que nos permitiría llegar a la ermita de Castrobuxán, del siglo XVIII, cuyo mayor interés reside no tanto en el modesto edificio barroco, sino más bien en la cercana fuente barroca y en las ruinas del castro que da nombre al recinto, así como el paraje en el que se encuentra todo el conjunto (lo pagaremos con las rampas que tendremos que subir para regresar después a la carretera principal).

Volviendo a nuestra ruta, el descenso concluye al cruzar el río Grande en un entorno de gran belleza que podemos disfrutar desde el puente de la antigua carretera, al lado del moderno. Después de relajarnos un poco en el lugar, dejamos al río Grande continuar felizmente su camino hasta su cercana desembocadura (formando la ría de Camariñas, en pleno centro de la Costa de la Muerte) y -con precaución, pues la experiencia me dice que esta carretera es utilizada como circuito por algunos motoristas sin respeto- pedaleamos en ascenso hasta la cercana aldea de Recesindes.

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Aquí, al llegar a un bar (de gran ayuda si tenemos sed), giramos en el cruce hacia la derecha y nos enfrentamos al breve repecho hasta encontrar el último cartel morado del día, que nos indica hacia un camino que surge a nuestra derecha. Inmediatamente después encontramos el pequeño panel informativo que nos indica que estamos ante el dolmen de la Mina de Recesindes, aunque desde aquí solo es visible su gran túmulo. Para llegar a él debemos continuar por el camino asfaltado hasta casi meternos en el garaje de la casa cercana y tomar el camino de tierra a la derecha hasta llegar a los restos del dolmen, muy deteriorado por las profanaciones. Si la maleza lo permite (aunque parece ser desbrozada con frecuencia, la vegetación es tan densa que sigue complicando el acceso) podemos ver los restos de la cámara funeraria formada por varias losas graníticas verticales encajadas entre sí. Parece ser que este dolmen formaba parte de una necrópolis megalítica de mayor tamaño, si bien la mayor parte de sus túmulos sucumbieron a la construcción de la carretera que viene de la cercana localidad de Carantoña.

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Regresamos después a la carretera y cerramos nuestra ruta de hoy regresando a Vimianzo por donde hemos venido, completando así un corto pero interesantísimo recorrido por las más significativas etapas de la Historia de Galicia.

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