Provincias: Pontevedra y A Coruña
Distancia: 190 km aprox.
Mapa:

Track: Descargar PadreSarmiento.gpx
Descripción:
«El lunes 19 de julio salí de Pontevedra a Santiago, rodeando todo el Salnés», escribía Fray Martín Sarmiento en las notas de su Viaje a Galicia de 1745. Y partiendo de esta frase, y de los apuntes del benedictino sobre los lugares por los que pasó, los ayuntamientos de esta zona de O Salnés han reproducido su camino y lo han señalizado para quien quiera seguir los pasos del erudito gallego. Vayamos pues, desde la capital del Lérez con destino Compostela siguiendo prácticamente en todo momento la línea de costa, recorriendo una comarca muy turística, de grandes playas, impresionantes paisajes, lujosos balnearios, excelente marisco, exquisito vino y, cómo no, el regusto de la fariña siempre presente en segundo plano.

Comenzamos nuestro particular peregrinaje en la capilla de la Virgen Peregrina, lugar emblemático de Pontevedra -como es habitual, en las ciudades importantes paso de largo por muchos sitios de interés, pues es fácil encontrar información en otros lugares y, de entretenerme en ellos, no acabaría nuca mis rutas-. Dejamos a la derecha la plaza da Ferrería con su magnífico convento de San Francisco y nos adentramos por la rúa Real con precaución para no atropellar a ningún peatón. Al final de la calle encontramos el río Lérez, que atravesamos gracias al puente do Burgo y continuamos por la rúa da Santiña. En este primer tramo seguimos las flechas amarillas que señalizan el Camino Portugués a Santiago.





No tardamos mucho en toparnos por primera vez con un problema que nos surgirá en demasiadas ocasiones antes de llegar a Santiago: una redonda señal roja nos dice que la calle por la que nos llevan las flechas es dirección prohibida. Desmontemos o no, debemos extremar las precauciones en este tramo.
Algo más adelante, cuando la presencia de casas disminuye indicándonos que estamos saliendo de la zona urbana encontramos a nuestra izquierda una plataforma de madera en deplorable estado que se adentra en las marismas del Alba, humedal que rodea al río Gándara, para llegar hasta una plataforma de observación de aves. Pero nosotros seguimos por nuestra pista de tierra para, poco después y también a la izquierda, encontrar una fuente donde rellenar nuestros bidones, lo que nos vendrá bien para lo que nos espera en los próximos kilómetros. Desde este punto, y durante unos metros, circulamos por una pista de tierra que va dejando la plataforma del ferrocarril a la derecha. Al final de la pista regresamos de nuevo al asfalto: hacia la derecha, pasando bajo la vía, continuaríamos hacia Santiago por el Camino Portugués. Nosotros tomamos a la izquierda siguiendo ahora un nuevo tipo de señales que nos indican la Variante Espiritual del Camino (la flecha sigue siendo amarilla, pero ahora va acompañada de una concha y la cruz de Santiago).
A los pocos metros, varias señales nos preparan para cruzar un paso a nivel, pero lo que encontramos es una vía abandonada que muere en la verja que rodea una gran nave industrial. En este punto la carreterita por la que rodamos empieza a ponerse cuesta arriba, y lo hará aún más después de pasar sobre la autopista AP-9. Después de cruzar sobre otra carretera, cuando llevamos ya un kilómetro de subida continua, la carretera nos da un respiro y desciende un poco, lo que nos permite pasar bajo una nueva carretera, ahora ya rodando por tierra. Desde aquí el camino vuelve a ponerse cuesta arriba pero es asequible hasta que nos topamos una flecha amarilla incomprensible que señala a nuestra derecha. Al detenernos, sorprendidos, vemos un estrecho camino vertical que a duras penas se abre paso entre la vegetación. No queda otra que resignarse y empujar nuestras monturas por el sendero, mientras algunas señales nos observan entre los helechos, confirmándonos que estamos en el buen camino (al menos en el camino correcto, porque de bueno tiene poco).

Por suerte el tramo complicado no es demasiado largo y no tardaremos en llegar a una nueva carretera. que nos espera junto a una iglesia. Se trata de San Pedro de Campaño y, aunque originaria de la Edad Media, fue totalmente reconstruida en tiempos de Sarmiento (siglo XVIII) y presenta un estilo barroco con portada neoclásica al que más nos vale irnos acostumbrando pues nos encontraremos muchas iglesias casi idénticas en nuestro pedalear por tierras gallegas. En la que nos ocupa, si tenemos la suerte de poder acceder al interior -no fue mi caso-, podremos contemplar una imagen gótica de la Virgen (siglo XIV) y un retablo barroco obra de Benito Rey y José Malvárez.

Tomamos la carretera a la izquierda, hacia las cercanas casas, y nos dejamos caer entre el hotel y los restaurantes de la zona para, más adelante, abandonar el asfalto por el camino que se adentra en el bosque a nuestra izquierda. Al otro lado del bosque, sin dejar de bajar, cruzamos una nueva zona construida y nuestro camino se pone en paralelo a una carretera. La cruzamos por un paso elevado y continuamos en paralelo a ella por el camino que transcurre por el otro lado. Este camino no tarda en transformarse en asfalto y nos deja, a la altura de una rotonda, en la carretera que hemos ido esquivando. Debemos hacer la rotonda prácticamente completa para continuar por la carretera que, en pocos metros, nos deja en el monasterio mercedario de San Xoán de Poio.
Lo primero que encontramos a nuestra izquierda, junto al aparcamiento que da acceso a la hospedería, es un impresionante hórreo del que dicen que es el más grande de Galicia (aunque disimula bastante bien por la contundencia de sus volúmenes en comparación con los de, por ejemplo, Carnota o Lira, mucho más alargados). Junto a él, una pequeña construcción alberga la traída del agua de donde se abastecía el monasterio, canalizada desde los cercanos montes de Meis.

En cuanto al monasterio en sí -cuyo acceso se encuentra al otro lado del edificio, junto a la iglesia- perteneció hasta el siglo XIX a los benedictinos, motivo por el que nuestro Padre Sarmiento realizó muchos viajes hasta aquí para consultar sus manuscritos. Su origen es oscuro, aunque se cuenta que fue fundado por Fructuoso de Braga ya en el siglo VII aunque, por supuesto, desde aquellos tiempos ha sufrido numerosas vicisitudes. La obra que ahora tenemos ante nosotros procede principalmente del periodo barroco.
Así, lo que más nos llama la atención que es la fachada de la iglesia es claramente barroca, con dos torres gemelas y la imagen de San Juan sobre la puerta principal enmarcado por dos pares de columnas dóricas que, en la parte superior dan paso a otras columnas corintias que sustentan un frontón abierto. En el interior de la iglesia (cuyo largo proceso de construcción no culminó hasta bien entrado XVIII) llama la atención el magnifico retablo churrigueresco del XVII.



En cuanto a las capillas laterales, destacar una en cuyo interior encontramos un curioso sarcófago suevo-visigótico con un interesante relieve en la tapa que ya fue descrito por Sarmiento. Se trata del sepulcro de Santa Trahamunda. Esta santa vivió, en la alta Edad Media, en el convento de San Martiño de la cercana isla de Tambo (de la que hablaré más adelante). Parece ser que fue raptada por Abd-al-Rahman (hay discusiones sobre si fue el primero o el segundo) durante una incursión en estas tierras y llevada a Córdoba para formar parte de su harén, pero se resistió y por ello sufrió presidio durante once años. Una noche de San Juan parece ser que pidió a Dios estar en Poio al día siguiente y sus plegarias fueron respondidas con un ángel que le dio una rama de palma que la trajo volando hasta aquí, donde volvió a la vida religiosa y falleció años más tarde. Por ello, esta santa voladora es, nada más y nada menos, que la patrona de ese famoso sentimiento tan gallego conocido como morriña.

Quienes, como yo, vengan a este monasterio durante 2018, tienen la oportunidad especial, como peregrinos, de cruzar la «Puerta Santa» (la que da acceso a la capilla donde se encuentra el sepulcro de Santa Trahamunda) lo que, junto con la confesión, la comunión, y la promesa de orar por las intenciones del Papa Francisco, les otorgará la indulgencia plenaria. Sin embargo yo no encuentro ningún cura disponible y me voy por donde he venido con todos mis pecados a cuestas.
Una de las puertas laterales de la iglesia da acceso al llamado claustro de las procesiones, del siglo XVI e impresionante bóveda de crucería que rodea un verde jardín con fuente y todo. Un poco más allá, el claustro del cruceiro, del siglo XVIII, alberga un enorme mosaico realizado, ya en el siglo XX, por la escuela de mosaicos que tiene aquí su sede. Su diseño corrió a cargo de Antonio Machourek artista checo afincado en Poio que representó en él el largo camino de los peregrinos a lo largo del Camino Francés, desde París a Santiago. Junto a este claustro se encuentra también un pequeño museo donde pueden verse otras obras de Machourek junto a una representación de las obras más interesantes de la biblioteca del monasterio -la biblioteca privada más grande de Galicia- entre las que destacan varios cantorales procedentes del monasterio, también mercedario, de Conxo, en Santiago, o algunos de los libros más pequeños del mundo.



Es hora de continuar camino y lo hacemos, como no, por dirección prohibida en una bajada empedrada (si vamos con cuidado podemos dejarnos caer por la acera para evitar así a los tontos de coche tuneado que me consta que circulan por este lugar) que nos deja en una carretera a la que recurriremos mucho en los próximos kilómetros: la muy transitada (insoportable en verano) PO-308.

En esta ocasión la tomaremos hacia nuestra derecha hasta una rotonda cercana, donde giraremos trescientos sesenta grados para desandar una decena de metros y tomar la primera calle que sale a nuestra derecha, en el lado de la carretera opuesto a aquel por el que hemos llegado a ella. Una breve sucesión de callejuelas nos terminan dejando en un sendero que nos lleva a una explanada junto a unas pistas deportivas (invadidas por los feriantes si realizamos nuestro viaje en fechas cercanas al solsticio de verano). Al otro lado del campo de fútbol nos encontramos con el mar, en este caso la orilla norte de la ría de Pontevedra, en una ensenada centrada en la isla de Tambo.

Esta boscosa isla, que ya mencioné antes, tuvo en tiempos un convento y, por lo que cuenta el Padre Sarmiento, un sarcófago antropomorfo donde yacían los religiosos para meditar. Quizás por ese motivo trata nuestro amigo Martín de relacionar el nombre de Tambo de la isla con el término de «tumba».
Atravesamos un riachuelillo por un pequeño puente y continuamos por un camino que nos permite atravesar primero un aparcamiento y después un parque diseñado nada menos que por el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, en el que destaca un conjunto escultórico con los rostros de algunos de los grandes nombres de la literatura gallega acompañados de frases de varios premios Nobel. Al otro lado de este Parque de la Memoria, como se llama, regresamos a la carretera PO-308 por la que hemos de circular ahora durante un trecho hasta que la abandonamos para entrar a la playa de Pinela, a través de la cual accederemos a la bonita localidad de Combarro. Es interesante mencionar aquí lo que ya tendremos tiempo de comprobar en toda la ruta y es que, al recorrer este camino en bicicleta nos veremos obligados a cruzar continuamente la transitada carretera, pues por ella deberemos circular siempre por nuestra derecha y todos los caminos que nos permitirán acercarnos al mar saldrán a nuestra izquierda.
Bordeando la playa por una pequeña acera y dejando a nuestra izquierda un crucero y los primeros hórreos, entramos en las calles de esta pintoresca (y excesivamente turística) localidad de antiguas casas de piedras que miran al mar -las de los marineros- o hacia el interior -las de los campesinos-. Si queremos disfrutar más de la localidad y perdernos por sus tranquilas calles deberemos arreglar nuestro viaje para pasar por aquí un día de diario a primera hora de la mañana, antes de que los comerciantes llenen las calles de puestos de recuerdos, pues más tarde y especialmente los fines de semana el pueblo se convierte en un enjambre de turistas que hacen muy difícil caminar por las calles, y más aún si empujamos una bici cargada.








Otro detalle interesante es que a partir de aquí nos separamos también del Camino Espiritual, el cual se aleja de la costa para ascender hacia el interior, buscando el monasterio de Armenteira, pasando en su recorrido cerca de varios petróglifos de la Edad del Bronce y de un interesante bosque de secuoyas (cuyos indicadores ya vimos a la altura de Poio) plantado aquí para conmemorar el descubrimiento de América, pues una de las carabelas recaló en estos parajes a su regreso. Nos reencontraremos con este camino más adelante. Mientras tanto seguiremos un nuevo tipo de flechas, una vez más amarillas, pero ahora sobre una placa de fondo azul, también con la cruz de santiago y, además, con la figura de un peregrino -Martín Sarmiento, supongo- en negro.
La única pega que se le puede poner a este bonito lugar -además del exceso de turismo- es que las vistas panorámicas quedan estropeadas por la polémica fábrica de celulosa que domina la orilla opuesta de la ría, detrás de las bateas -plataformas flotantes en cuya parte sumergida se crían los deliciosos mejillones de la zona- que empiezan ya a acompañarnos en nuestra ruta.
Cuando nos cansamos de callejear por la zona antigua de Combarro salimos a una plaza abierta al mar y continuamos siguiendo la costa para atravesar el moderno puerto de la localidad, por un paseo con varias fuentes que nos permitirán rellenar los bidones. Al otro lado regresamos, una vez más, a nuestra conocida pero poco querida PO-308, que debemos seguir de nuevo.

Circulando por esta carretera vamos dejando a nuestra izquierda bonitas playas como la de Chancelas o la de Ouriceira hasta que la abandonamos para bajar a la playa de Covelo y seguir avanzando por la calle que bordea la costa. Al final de la misma , en el puerto de Covelo, vemos que los carteles nos indican que debemos continuar por un sendero pegado a la costa pero, al mismo tiempo, una señal nos prohíbe hacerlo en bicicleta. En mi caso, para más inri, coincidió que un coche patrulla de la Policía Local había decidido detenerse en este punto. Desmontados -en mi caso- o en bici debemos seguir por este caminito que enseguida da acceso a una serie de plataformas de madera que siguen la línea de costa dando acceso a varias playas, desde la diminuta de Caeiro hasta la mucho más larga de Samieira. Cerca del final de esta última, el camino nos devuelve a la PO-308.
Seguimos por tanto por carretera, que en este punto va muy pegada al mar, hasta abandonarla de nuevo en la localidad de Raxó. Una vez más dejamos que la carretera vaya por el interior y nosotros nos pegamos a la costa, por la calle que separa la playa de las casas del pueblo. En esta ocasión más que en las anteriores recomiendo disfrutar del paseo pues, al final de la última playa la calle que seguimos se adentra entre las casas en lo que parece un repechito pero es todo un señor repechón. La calle zigzaguea entre las casas para ascender unos setenta metros de desnivel en menos de un kilómetro (depende del recorrido que elijamos para llegar arriba, pues la señalización no está nada clara). Lo único que nos ofrece consuelo durante la subida son las magníficas vistas sobre la ría de Pontevedra que vamos ganando con la ascensión. En el punto más alto, ya en la PO-308 de nuevo, el mirador de A Granxa nos dejará disfrutar de estas vistas mientras recuperamos el resuello refrescándonos con las aguas de su fuente.

Ahora debemos descender lo que hemos subido y lo haremos en parte por la PO-308 hasta que, después de la primera curva pero antes de llegar a la segunda, la abandonemos por un camino que sale de entre dos casas y que parece intransitable por la vegetación. Por suerte son solo unos metros y, sin tener que llegar a desmontar siquiera, llegamos a un camino más amplio que se abre paso por un tranquilo bosque de pinos: estamos en Punta Festiñanza. Después de disfrutar de las vistas del mar que vamos teniendo entre los pinos terminamos saliendo a una calle asfaltada que da acceso a unas casas -auténticas mansiones- con aspecto de ser más lujosas de lo que jamás llegaremos a poder permitirnos pisar siquiera. Describiendo una pronunciada curva hacia la izquierda entre estas casas llegamos a un pequeño mirador, desde donde un corto paseo nos lleva hasta la cercana playa de Areas.


A la altura del aparcamiento de la playa nos desviamos a la izquierda para tomar una plataforma de madera que rodea el arenal y que en ocasiones nos obligará a echar pie a tierra por hallarse cubierta de la fina arena de la playa. Rodeando una zona de dunas y pasado un restaurante salimos de la playa por una calle que surge a nuestra derecha y que nos devuelve, para variar, a la PO-308. Esta vez no abandonaremos ya la carretera hasta llegar a la localidad más turística de la zona: Sanxenxo.
En este archiconocido pueblo salimos de la carretera una vez más hacia la izquierda para ir en busca del mar. Después de descender unas empinadas escaleras con la bici al hombro llegamos a una playa desde donde una plataforma de madera construida sobre el mar, a la altura del puerto, permite circular sin interferir con las terrazas de los innumerables locales de hostelería. Si nos asomamos a nuestra izquierda, sobre las aguas, podemos ver grandes bancos de mújoles nadando tranquilamente mientras se alimentan de lo que encuentran.

Llegamos así a la zona del puerto deportivo, lugar de grandes eventos festivos donde una piedra nos recuerda que de aquí partió una Vuelta Ciclista a España. Sin embargo no somos ciclistas, sino cicloturistas (cosas muy diferentes, aunque algunos se nieguen a verlo) e ignoraremos el puerto para acercarnos, entre las casas, a ver la sencilla iglesia marinera de San Ginés de Padriñán, originaria del siglo XV aunque por su aspecto parezca haber sido construida anteayer. La sencilla portada, con una sola torre y una puerta coronada por la Virgen del Carmen y un pequeño rosetón da acceso a una única nave rectangular sustentada por llamativos arcos de sillería. Merece la pena recordar que estamos en la parroquia que dio origen al pueblo pues San Ginés no es otro que el famoso San Xenxo, a pesar de que muchos foráneos lo traduzcan como San Jenjo (santo, este último, de cuya existencia no tengo constancia).



Desde aquí continuamos por la calle que rodea la inmensa y concurrida -atestada- playa de Silgar hasta que, al final del arenal, la calle se ponga cuesta arriba. Después de unos metros de subida, vemos que nuestras queridas flechas nos mandan hacia la izquierda, hacia el parque que ocupa la punta do Bicaño. Podemos hacerlo pero las vistas no son nada del otro mundo (en comparación con lo que ya hemos visto o con lo que vamos a ver) y los caminos de tierra del parque nos devolverán a la calle por la que vamos tan solo unos metros más adelante.
Eso sí, al otro lado del parque debemos tomar hacia la izquierda para descender hasta la playa de Portonovo, donde una nueva pasarela de madera nos permite rodear todo el arenal y nos deja en el paseo marítimo de esta otra localidad turística limítrofe con Sanxenxo. Después de pasar por el puerto y dejar a nuestra izquierda la lonja, debemos ascender unos metros hasta un pequeño mirador con un gran ancla y una escultura que ocupa la conocida como Punta Cepelo. Unos metros más adelante, a la altura de la playa de Caneliñas, nos separamos de la costa para subir un repecho y, después de girar bruscamente, regresar a la costa junto a la playa de Canelas.


En esta playa el camino nos abandona en pleno arenal. Debemos pues desmontar y caminar hasta el aparcamiento donde podemos regresar a nuestras monturas para tomar el camino que surge a nuestra izquierda y que asciende pegado a uno de los extremos de la playa. Aquí la cosa se pone interesante porque, después de circular unos metros por un sendero entre un pinar dejando la costa rocosa a nuestra izquierda, el sendero se va estrechando más y más hasta llegar casi a desaparecer a la vez que el descenso se transforma en ascenso. Una vez más nos toca empujar e incluso llegar a cargar con las bicis para finalmente alcanzar la punta Cabicastro, donde un mirador nos espera para recompensar nuestros esfuerzos (aunque habríamos podido llegar hasta aquí por caminos más tranquilos si la ruta estuviese mejor señalizada, la verdad).
El caso es que las vistas de la boca de la ría de Pontevedra son fantásticas: la orilla opuesta desde la localidad de Marín hasta Bueu y las islas Cies en un extremo y las Ons casi en primer plano. Estamos además en un buen punto para observar cetáceos por lo que, si somos afortunados, podremos ver algún grupo de delfines entrando o saliendo de la ría (aunque yo hasta ahora solo he conseguido ver delfines un par de rías más al norte, en Lariño, cerca de la desembocadura de la ría de Muros).

Pasado el mirador, un corto camino de tierra y una calle asfaltada que se abre paso entre hoteles y apartamentos turísticos nos lleva, una vez más, a la onmipresente PO-308.
Apenas unos metros más adelante volvemos a abandonar la carretera pero, después de rodear un camping por un camino de tierra y pasar junto a la larga playa de Montalvo, regresamos a ella de nuevo.
Al poco volvemos a abandonar la carretera, esta vez por algo más de tiempo. Salimos otra vez por la calle de acceso a un grupo de campings y apartamentos varios. Después de sucesivos descensos y ascensos cortos pero empinados terminamos saliendo a un camino que busca el litoral. Después de describir una cerrada curva que dibuja la forma de la Punta de Montalvo regresamos a zona urbanizada pero, justo antes de hacerlo, nos toca adentrarnos en un brusco descenso por un estrecho sendero que se abre paso a duras penas entre la vegetación. Lo más probable es que nos toque bajar a pie para poder controlar la bici y así podremos mirar la playa hacia la que nos dirigimos y nos daremos cuenta de que ¡nadie lleva ropa!. En efecto, se trata de la playa nudista de Bascuas y vamos directos hacia ella. Si no llevamos bañador en nuestro equipaje este es un lugar inmejorable para refrescarnos en las frías aguas atlánticas sin llamar demasiado la atención.
Después del baño pasamos de largo por el aparcamiento de la playa y pedaleamos por el camino que sigue la línea de costa hasta otra playa, esta vez textil: la de Pragueira (que más delante recibe el nombre de Magor). Desde el aparcamiento de esta tomamos el camino que, a lo largo del muro de una finca, sube casi en vertical hasta nuestra ya familiar PO-308. Dejando un parque a nuestra izquierda y una pista de karting a nuestra derecha avanzamos por el arcén de la transitada carretera que, después de una rotonda con pinta de llevar construida muy poco tiempo, empieza un ascenso. Apenas unos metros después de empezar la subida nos toca una vez más salir de la carretera para tomar la pista asfaltada que da servicio a un camping. Después, una sucesión de caminos de tierra nos permite rodear varias fincas hasta que sale de nuevo a campo abierto y nos lleva hasta la orilla del mar, en una zona desde donde se dominan perfectamente las islas Ons. Aquí, en pocos metros encontramos una especie de tumba erigida sin duda en memoria de alguien que perdió la vida en estas aguas, un banco que parece haber sido puesto aquí solo para subir fotos a las redes sociales (hasta tiene grabado el hashtag correspondiente en el respaldo) y una pequeña escultura con forma de puerta con muy buenas vistas.


Aquí un nuevo cartel nos indica que debemos seguir a lo largo de la costa… y entramos de lleno en la polémica pues, como ya nos ha pasado otras veces anteriormente, las flechas nos mandan ir por un sendero impracticable y después desaparecen por completo hasta que, después de que con mucho sufrimiento hayamos atravesado el tramo complicado, vuelvan a reaparecer ya en el asfalto. Pues eso mismo ocurre aquí: siguiendo las flechas nos adentramos en un estrechísimo sendero no ciclable en el que nos tocará empujar la bici pero, al no haber sitio para ambos, nos llevaremos nuestros buenos raspones en las piernas gracias a los tojos que bordean, implacables, el sendero. Llegamos así a una zona donde una serie de postes de cemento parecen indicar que nos estamos colando en una finca privada. Ante la falta de señales tomamos aquí la mejor opción, que es tomar un camino más ancho que aparece a nuestra derecha y que, por suerte, nos deja pocos metros más adelante en una pista asfaltada. Siguiendo esta, no tardamos en llegar de nuevo a nuestra PO-308 donde nos entra la risa floja al ver los carteles que nos habían abandonado metros atrás, cuando tanta falta nos hacían.
Descendemos ahora sin más novedad por asfalto hasta llegar a una explanada a nuestra derecha que da acceso a la ermita de A Lanzada. Lo primero que encontramos a nuestra izquierda al entrar en esta pequeña península es una excavación arqueológica en cuyo interior podemos ver los restos del castro y necrópolis de A Lanzada que se remonta al siglo VIII a.C. (aunque se han encontrado restos de numerosos periodos desde el Bronce Final y, además, se sabe que fue un importante enclave comercial hasta ya el siglo VI de nuestra era).


Pasado el castro, vemos junto al centro de una explanada un cruceiro y un pequeño pozo y, más allá de los puestos de los vendedores ambulantes de recuerdos, un puentecillo da acceso a otra explanada. Pero, para llegar a ella, antes habremos de pasar junto a los restos de un gran muro perteneciente a la Torre da Lanzada, restos de una fortaleza medieval (siglo X) que se levantaba aquí (junto a otras que iremos viendo más adelante) como defensa ante las frecuentes incursiones normandas. Se cree que antes de esta torre existió ya aquí un faro romano o incluso fenicio y, después de siglos de uso, la fortaleza fue finalmente destruida durante las guerras irmandiñas del siglo XV.


Y al otro lado de la torre, en una explanada donde una fuente nos permite un merecido refresco, la ermita de Nuestra Señora de La Lanzada, una pequeña capilla románica originaria del siglo XII. En su interior hay un retablo románico que podremos ver si tenemos la suerte de encontrar abierto el templo, porque lo turístico del lugar hace que haya que pagar hasta para poder mirar a través de una minúscula mirilla abierta en la puerta principal. Un pequeño deambulatorio nos permite también pasar por detrás de dicho retablo y, de desearlo, dejar el suelo como los chorros del oro haciendo uso de una de las varias escobas que allí encontramos a nuestra disposición: se trata de un rito para alejar de nosotros el mal (hay también un cartel con las instrucciones, por lo que no me alargo más con el tema). Ya al borde de la península, unas pequeñas escaleras de piedra nos permiten bajar al mar y, si la marea lo permite, cruzar hasta un cercano islote como vemos hacer a los percebeiros. No es, sin embargo, necesario cruzar al islote para ver la «cama de la Santa», una oquedad en la piedra donde, según cuenta la tradición, es conveniente hacer cosas bastante impúdicas en caso de desear tener una descendencia que se resiste cuando se la busca en otros lugares (el famoso baño de las nueve olas que se realiza en la playa de al lado tiene también el mismo fin).




Desde aquí regresamos a la carretera y vamos por ella -dejando a la derecha una gran piedra sobre la que vemos una escultura en homenaje a un cormorán que, según la leyenda, salvó a unos pescadores de perderse en la niebla- hasta uno de los aparcamientos de la popular y larguísima playa de A Lanzada. Aquí debemos cruzar por la pasarela de madera que traviesa todo el arenal y permite evitar, en la medida de lo posible, que se produzcan daños en la sensible duna. Sin embargo, lo primero que vemos al entrar en la plataforma es una señal gigante que prohíbe el paso de ciclistas. Así, salvo que sea invierno y no haya nadie en la zona, no nos queda otra que desmontar y darnos un largo paseo por la playa.
Después de cruzar un segundo aparcamiento (este es enorme debido a que su finalidad original en el momento de su construcción -allá por 1954- era la servir como pista de aterrizaje para el gran aeropuerto intercontinental que algunos ministros del franquismo quisieron plantar aquí) y acceder a una nueva pasarela de madera, esta nos deja junto al edificio de un hotel. Rodeándolo, llegamos finalmente a una carretera (estamos justo en una curva) que debemos tomar hacia nuestra izquierda. Aunque la carretera suele tener un tráfico considerable, cuenta a cada uno de sus lados con un híbrido de acera y carril-bici que hará nuestra vida mucho más fácil. Pasamos ante un restaurante donde, si así lo deseamos, podremos comer en una terraza con magníficas vistas de la playa y continuamos pedaleando con el mar a nuestra izquierda y la ladera de un monte cubierto de pinos a nuestra derecha. Finalmente, al poco de haber dejado a la derecha otra carretera que ignoramos, tomamos la calle que sale a nuestra derecha y que, según los carteles, nos lleva al camping Sol y Mar. No tardamos en dejar atrás el camping y nos adentramos en una zona vacacional de pequeñas viviendas y cabañas. Llegamos así a una nueva carretera que tomamos a la izquierda para abandonarla de nuevo a los pocos metros, esta vez por el otro lado. Pedaleamos ahora por un camino de tierra en aceptable estado que nos lleva entre pinos, eucaliptos y algún que otro loureiro (laurel) hasta una nueva zona de viviendas donde, en los alrededores de un lavadero, cambiamos la tierra por una carreterita que no tarda en ponerse tontorrona, haciéndonos sudar de lo lindo en su ascenso a través del bosque hasta que finalmente alcanzamos la cima, de nuevo entre casas. Llegamos a una nueva carretera que tomamos a la izquierda y, una vez más, abandonamos a los pocos metros por la derecha, en esta ocasión siguiendo el cartel que nos indica dónde están las «praias»… y es precisamente de playas de lo que pronto nos vamos a hartar.
La carreterilla por la que circulamos serpentea en descenso entre bosques y casas aisladas hasta llegar a un ensanchamiento que sirve de aparcamiento y que significa el fin del asfalto, aunque el camino de tierra continúa en dirección al mar. Finalmente, en un entorno abundante en berruecos graníticos modelados por milenios de erosión, llegamos a un nuevo aparcamiento a pocos metros de las aguas atlánticas (el acceso a la zona de aparcamiento tiene tendencia a encharcarse, por cierto). Si nos fijamos en los postes de madera que proponen interesantes rutas por la zona, podemos comprobar que, de seguir la costa en torno a un kilómetro en dirección sur, encontraríamos la abandonada batería militar que se encuentra en la zona de O Conchido, en San Vicente, lugar donde en 1936 se instalaron tres cañones -posteriormente se añadió uno más- para la defensa costera y donde hoy en día un puñado de búnkeres languidece frente a la isla de Ons. Pero volviendo a donde nos encontramos, en nuestro aparcamiento playero junto al saliente rocoso conocido como Petón do Con Negro, la isla que tenemos frente a nosotros no es Ons, sino Sálvora, y las flechas que debemos seguir no indican al sur, sino al norte, así que sigámoslas y enfrentémonos a nuestro arenoso destino.


Tras unos pocos metros de aceptable camino alcanzamos una playa cuya arena no parece dispuesta a dejarnos avanzar sobre la bici. Superado, por las buenas o por las malas, este primer obstáculo, otro tramo de camino medianamente ciclable nos deja en otra playa con un arena aún más fina y profunda que la anterior (y con un riachuelo cruzándola, para mayor diversión). A otro lado de la playa ganamos un sendero donde el arenal adquiere un mínimo de consistencia, pero enseguida hemos de abandonarlo y los afilados tojos se cierran a nuestro alrededor cuando descendemos en dirección a una nueva playa. Por suerte, o por desgracia, en esta playa no hay tanta arena, pues estamos en una zona rocosa a pie de mar donde no nos quedará otra que cargar con nuestras bicis para saltar entre los numerosos pedruscos que siembran la playa mientras con el rabillo del ojo vigilamos el caprichoso Atlántico, siempre dispuesto a darnos un remojón en cuanto nos despistemos (nota importante: recomiendo especial atención, e incluso buscar un recorrido alternativo a este tramo, si hay alerta marítima durante nuestro viaje. Durante mi paso por aquí había activada una alerta naranja por olas de más de cinco metros, lo que obviamente no es ninguna broma, aunque gracias a un buen madrugón pude evitar este conflictivo tramo antes de que llegase lo peor del temporal).
Al otro lado de la playa -sin necesidad de llegar a la torre metálica que vemos más adelante- las flechas nos mandan ascender por el empinado camino que, por ahora nos aleja del mar. Al poco de empezar la subida, escondido a la derecha en un recodo del camino, encontramos un bonito lavadero de piedra. En un panel informativo que vemos un poco más adelante al borde del camino, aprendemos -entre otros valiosos datos- lo que la sabiduría popular gallega recomendaba a las sufridas mujeres de antaño:
Non te cases cun ferreiro
que ten moito que lavar,
casate cun mariñeiro
que ven lavado do mar.

Finalizada la subida llegamos de nuevo al asfalto y, girando en primer lugar hacia la izquierda y después a la derecha (a la izquierda llegaríamos a la torre metálica que hemos visto y mencionado antes y a un mirador), descendemos a la playa de O Carreiro a la que llegamos dejando a la izquierda una pintoresca casa marinera. Frente a nosotros, las numerosas bateas cubren la superficie de la ría de Arousa.
Giramos a la derecha al llegar a la carretera y casi de inmediato nos topamos, dentro de un recinto vallado entre la playa y la carretera por la que circulamos, con lo más interesante del lugar: la necrópolis de Adro Vello. En realidad no se trata solo de una necrópolis, sino de un yacimiento arqueológico bastante completo donde, en capas superpuestas, se han documentado: una factoría de salazón (s.I-III), una villa romana (s.III-IV), una iglesia visigótica (s.VII), una torre defensiva medieval (s.XII) y, cómo no, la mencionada necrópolis (largamente utilizada, desde el s.V hasta el XVIII). Merece la pena dedicar unos minutos a tratar de identificar alguno de estos restos en el puzzle de piedras que vemos a través de la verja metálica.

Avanzando por la carretera unos metros dejamos un quiosco (más bien chiringuito) a la izquierda y, casi de inmediato, tomamos el camino que abandona la carretera justo cuando esta comienza a ascender hacia la iglesia de San Vicente. Rodamos por el borde del bosque, entre este y las playas, dejando a ambos lados algunas construcciones dispersas y viéndonos obligados a desmontar de vez en cuando por culpa de la arena que encontramos bajo nuestras ruedas. Finalmente llegamos a la explanada que sirve de aparcamiento a la playa Mexilloeira donde, muy a nuestro pesar, ignoramos la tentadora carretera asfaltada que aparece a nuestra derecha. Siguiendo por el camino que continúa playa adelante no tardamos en alcanzar la laguna Bodeira, una extensión (hectárea y media, aproximadamente) de agua dulce -con puntuales aportaciones del cercano mar- rodeada de juncos que da cobijo a una gran variedad de fauna, especialmente a aves migratorias, aunque en cualquier momento del año es posible observar ánades y fochas sobre su superficie.

Un poco más adelante, ahora sí, tomamos la vía asfaltada que asciende hacia el núcleo rural de Reboredo, una vez alcanzado el cual y girando a la izquierda, una nueva calle descendente nos lleva de nuevo a la playa para continuar bordeando la ría por un camino aunque, por suerte, esta vez mucho más transitable que los anteriores. Nos encontramos ya en la punta Moreiras, donde podemos ver junto al camino algunas esculturas que miran al mar y una pequeña torre-mirador que nos permite hacer lo propio también a nosotros si así lo deseamos. En el extremo de esta punta Moreiras, frente al cercano puerto de Porto Meloxo, encontramos un interesante espacio cultural compuesto por varios museos e instalaciones al aire libre. El primero que encontramos es el museo da Salga, donde además de una exposición etnográfica dedicada a las artes de pesca y la historia marinera de O Grove podemos encontrar también un espacio explicativo del proceso de la salazón del pescado según se realizaba entre los siglos XVIII y XIX (no debemos olvidar que el nombre de toda la comarca que estamos recorriendo, O Salnés, proviene de las salinas que abundaban en la zona, por lo que no son extrañas las recurrentes referencias al proceso que la salazón que estamos encontrando en nuestra ruta). Frente a estos dos espacios museísticos, en una zona sembrada de viejos barcos, anclas y otras referencias marineras, se encuentra el acuario de O Grove donde podremos ver de cerca ejemplares representativos de la variada ictiofauna de la ría. En sus veintiocho tanques hay un poco de todo: desde un tiburón toro hasta un humilde mejillón, sumando más de un centenar de especies diferentes.



Continuando por la orilla de la ría nos adentramos en la desembocadura de un riachuelo que nuestro camino cruza por un llamativo puente. Al otro lado el sendero se complica y se ve salpicado por numerosas rocas que obstaculizan nuestro avance, más si cabe teniendo en cuenta que cualquier traspiés podría terminar en una dolorosa caída hacia nuestra izquierda, que supondría terminar varios metros más abajo bajo las aguas de la ría después de varios rebotes sobre las duras piedras. Así que recomiendo paciencia y empujar nuestras bicis en espera de circunstancias más favorables, que no tardarán en llegar en la forma del asfalto que nos permite deslizarnos suavemente hacia las casas de Porto Meloxo.

Desde el parque que da acceso a la playa local (donde por cierto hay varias tabernas donde tomarnos un merecido descanso) tomamos una calle que nos conduce a la carretera que, a la derecha, nos lleva ya sin dificultad hasta O Grove, una de las localidades más importantes y turísticas de la comarca (no creo necesario señalar la obviedad de que abandonar esta zona sin haber catado los mejillones locales se considera pecado capital sin perdón posible y, si nuestro viaje se desarrolla los primeros días de octubre, la popular fiesta del marisco nos pondrá difícil abandonar voluntariamente esta localidad). La carretera desemboca directamente en O Esteiro, una pequeña bahía rodeada íntegramente por un magnífico carril-bici que nos lleva cómodamente hasta el centro de la ciudad. Al final de este, nos vemos obligados a regresar al asfalto para callejear en torno al puerto y alcanzar el paseo marítimo, donde podremos ya circular -con precaución, por supuesto- por la amplia acera. (Si queremos dejar de ser viajeros y, durante un par de horas, convertirnos en vulgares turistas, es este un buen sitio para tomar uno de los innumerables barcos que zarpan del puerto sin cesar cargados de una marabunta de gente que escucha de fondo las explicaciones del guía sobre la cultura del marisqueo mientras centran toda su atención en ponerse las botas con los mejillones y ostras que, regados con abundante vino, se sirven a bordo). Así, sin mayor esfuerzo, alcanzamos el puente que nos va a permitir acceder a la mítica isla de A Toxa (o La Toja, como dirán aquellos que llaman Sangenjo a Sanxenxo).






Por supuesto, no podemos dejar de visitar la isla por lo que nos adentramos en el puente y lo cruzamos. Nada más llegar al otro extremo encontramos un primer indicio del postín que en su momento tuvo (y, en cierta medida, sigue teniendo aún) esta isla: una garita de seguridad. Continuamos recto, dejándola a nuestra derecha, y avanzamos por una de las avenidas de la isla, rodeada de viviendas vacacionales por la derecha y un gran parque por la izquierda. Al final de este parque-bosque llegamos al centro neurálgico de la isla. Pero comencemos por el principio…
Cuenta la leyenda que un vecino de O Grove era propietario de un burro, al que tenía en gran aprecio, que se encontraba muy enfermo. Pese a estar por completo desahuciado, su dueño se resistía a sacrificarlo, por lo que decidió llevarlo hasta la cercana isla y abandonarlo allí. Tiempo después regresó a la isla y, allí donde esperaba hallar los despojos del pobre rucio se encontró un lozano asno retozando en el lodo. Fue así como las milagrosas propiedades de los lodos de la isla supuestamente se dieron a conocer. Y es por esto por lo que en la isla existe un cercado donde pace un buen grupo de asnos y por lo que junto a la ermita podemos ver también la escultura de un simpático burrete revolcándose.

Sea como fuere, el caso es que ya desde época prerromana se conocen los manantiales termales de agua dulce que existen en medio de esta pequeña isla rodeada de agua salada (parece ser que su propio nombre, A Toxa, deriva de un vocablo preindoeuropeo que significa lugar fangoso). Ya en el siglo XIX se decidió sacar provecho de esta riqueza geológica comunicando esta isla de aprovechamiento ganadero con el pueblo de O Grove, lo que permitió transformarla en todo un lujoso complejo residencial donde destacan el campo de golf y el casino. Por supuesto, en su centro se construyó un balneario y, no podía faltar, un hotel de lujo que se convirtió en el lugar de veraneo habitual para mucha gente de postín. La vieja ermita originaria del siglo XII que existía en el lugar también se llevó una parte de la transformación de la isla. Actualmente, como centro del parquecillo que separa el hotel del balneario y el casino, podemos observar la curiosa iglesia en la que fue convertida en el siglo XIX: un pequeño templo con el exterior completamente recubierto de conchas de vieira (un magnífico aislante de la humedad marina) conocida como Capilla de las Conchas y donde se rinde culto a la marinera Virgen del Carmen y a un desconocido San Caralampio, aunque su nombre oficial sea el de Ermita de San Sebastián. En los alrededores de la iglesia podremos entretenernos en regatear con las señoras que venden recuerdos, en su mayoría fabricados con conchas.







El regreso en dirección al puente lo hacemos siguiendo la orilla de la ría, rodeando un aparcamiento y atravesando un bosquecillo de pinos que nos permite evitar un turístico centro comercial (con servicio de alquiler de bicis, por si deseamos ser infieles por un rato a nuestras monturas). Volvemos a cruzar el puente y, salvo que queramos tomar uno de los cruceros turísticos con degustación de mejillones que se ofrecen por doquier, salimos de O Grove por la carretera que se dirige al suroeste, en dirección de nuevo a La Lanzada.
Al poco de haber superado la primera rotonda y haber girado en ella hacia la izquierda vamos, sin embargo, a abandonar la carretera para subir por una calle que sale a nuestra derecha junto a una parada de autobús. Después de pedalear unos pocos minutos entre casas en paralelo a la carretera principal regresamos a ella para, de inmediato, volver a abandonarla hacia el mismo lado y tomar otra calle que al poco se transforma en camino ascendente. Atravesamos un bosque de eucalipto y laurel dejando a nuestra izquierda un bonito lavadero al que un cartel denomina «Río do Vilar». Poco más adelante encontramos una pista asfaltada que, hacia la izquierda, nos devuelve en descenso a la carretera que hace poco hemos abandonado.

Sin embargo no vamos a llegar a pisarla, pues en su lugar vamos a tomar una vía de servicio que nos permite pedalear con mayor seguridad hasta que más adelante nuestros queridos carteles azules nos indiquen que debemos dejar de nuevo el asfalto para tomar el camino que discurre por nuestra derecha. Los carteles desaparecen cuando este camino regresa al asfalto pero nuestro instinto nos dice que aquí se acaba lo bueno: después de encadenar dos o tres cruces a la derecha que nos permiten girar ciento ochenta grados, nos vamos a enfrentar a las primeras rampas de la subida al monte de A Siradella, el punto más alto de la península de O Grove.
En un principio la subida es medianamente llevadera, viéndonos obligados a desmontar de cuando en cuando por dificultades técnicas tales como rocas o ramas caídas (e incluso algún árbol completo), pero pronto la dureza aumenta y la ruta del Padre Sarmiento nos recuerda que no fue pensada para ciclistas sino para senderistas. Con tramos verdaderamente duros, empujamos nuestras bicicletas hacia la cumbre (no tiene pérdida aunque algunos de los cruces no estén señalizados: es siempre hacia arriba).

Subió a este lugar el Padre Sarmiento en busca de una misteriosa higuera de frutos rojos. La historia viene de la Galicia feudal, pues cuenta la leyenda que un mujeriego señor de estas tierras (Juan de Meca, «o Meco») gustaba demasiado de ejercer el derecho de pernada hasta que topó con un recién casado que decidió devolverle la broma ahorcándolo en una higuera que crecía -y aún crece- en este monte. Cuando la justicia fue en busca del autoproclamado verdugo y preguntó quién había matado al Meco, los vecinos de O Grove, en un arrebato fuenteobejuniano, protegieron al justiciero respondiendo que «ao Meco matámolo todos». Otras fuentes -entre las que se encuentra el propio Sarmiento- dicen que O Meco era un religioso madrileño (concretamente de Meco, al lado de Alcalá) muy dado a abusar de las mujeres hasta que, destinado a estas tierras, estas lo cazaron y lo colgaron de la susodicha higuera. Sea como fuere, el caso es que desde entonces, los grovenses conservan el gentilicio extraoficial de «mecos» y se dice que los higos empezaron a crecer rojos en este árbol por culpa de la sangre del Meco.
Aunque no pretendamos comprobar el color de los higos, el esfuerzo de coronar el monte se verá recompensado por las esplendidas vistas que hay desde los dos miradores de madera construidos en el lugar. La panorámica incluye las islas atlánticas y el istmo que actualmente une a tierra firme la antaño isla de O Grove. No podemos tampoco dejar de visitar el centro de interpretación de ocupa la cabaña construida en este lugar y donde, ya sea en forma de audiovisual, de carteles o de las piezas reales expuestas, podemos hacer un repaso de la riqueza natural, histórica y etnográfica de estas tierras.


Nos toca ahora descender, lo que hacemos por asfalto los primeros metros para, una vez alcanzado un aparcamiento, abandonar el asfalto hacia la izquierda para seguir un impecable camino de tierra. Después los carteles que guían nuestros pasos nos mandan girar a la izquierda en el mismo punto donde una valla y varias señales nos indican que se trata de un área natural protegida de acceso restringido. Con el mayor respeto y precaución para no dañar el terreno descendemos por el empinado sendero que más adelante tiene tramos de cemento y termina convirtiéndose en un arenal. Ya estamos de nuevo cerca del nivel del mar e, incorporándonos a la carretera hacia la derecha (preferiblemente haciendo uso de uno de los dos carriles-bici que la flanquean), pedaleamos en un momento hasta el hotel Samar, en cuya parte trasera encontramos de nuevo la pasarela de madera que rodea la playa de A Lanzada, por la que accedimos a esta península de O Grove y por la que la abandonamos ahora, en esta ocasión girando a la izquierda por otra pasarela antes de alcanzar el segundo aparcamiento de la playa.
Salimos de la zona de dunas y, abandonando también a nuestra compañera la plataforma de madera, llegamos a un semáforo para peatones que utilizamos (a pie, por supuesto) para cruzar por última vez la que fue nuestra eterna compañera de viaje, la PO-308. Al otro lado, un camino asfaltado nos lleva hasta una zona urbana formada, como es habitual en la zona, casi en exclusiva por alojamientos turísticos. Entre bloques de viviendas cruzamos otra carretera (en esta ocasión responde al nombre de PO-550) y, al otro lado, seguimos por asfalto por una zona salpicada de viviendas unifamiliares para, después de girar a la izquierda, llegar a un pequeño bosque en el que nos adentramos.

Al salir de entre los árboles nos encontramos en una zona de marismas por la que vamos a circular durante algunos kilómetros. La sensación de estar en medio de un pantano es aún mayor si, como en mi caso, pasamos por aquí con marea baja yen un día primaveral de mucho calor y abundancia de mosquitos. En esta zona, como digo, avanzamos por un camino en buen estado entre tierras de labor y lagunas dispersas alimentadas por el mar cuando sube la marea (numerosas barcas permanecen amarradas en la zona). Aunque la señalización (ni los tracks GPS oficiales) no es demasiado estricta, es relativamente fácil seguir nuestra ruta, aunque no es raro meterse por un camino sin salida que nos deje a la orilla de la fangosa orilla y nos obligue a desandar unos metros. Manteniéndonos fieles al principio de seguir la orilla de la costa llegamos finalmente, de frente, a una gran fábrica de cerámica, anticipo de los numerosos tejares tradicionales que encontraremos en los próximos kilómetros.

Desde esta fábrica tomamos a la derecha, de nuevo por asfalto, hasta llegar a una carretera más ancha que tomamos a la izquierda durante unos pocos metros para volver después a girar a la derecha, atravesar un bosquecillo y, ya por tierra otra vez, llegar a una nueva fábrica donde encontramos ya los restos de la tradición cerámica de O salnés. Lo primero que vemos al costado de una nave es una alta chimenea que, por los años que aparenta, desentona en su posición junto al muro del moderno edificio. Al otro lado de la construcción, en medio de una explanada de tierra que hace las veces de aparcamiento, una de las telleiras artesanales de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX que abundan en la zona, rica en arcillas y con fácil acceso al transporte marítimo (generalmente a pocos metros del horno). De hecho, el moderno edificio que hemos visto es el centro de interpretación de estas telleiras.

Continuamos por una amplia pista en perfecto estado que avanza por la orilla de la ensenada y que, después de rodear una depuradora de aguas residuales, llega a un parque donde un puente nos permite cruzar por asfalto el río da Chanca justo en su desembocadura. Abandonamos el asfalto justo al otro lado del puente para continuar por la orilla de la ría. Los viñedos, que hasta ahora hemos ido encontrando de forma puntual en nuestro recorrido se convierten ahora en amos y señores del lugar, pues no en vano nos encontramos en las tierras de origen del rico vino albariño que, por supuesto, tendremos oportunidad de degustar durante nuestro viaje (preferentemente lo haremos al final de nuestras etapas, antes de ir a dormir y cuando ya no hayamos de pedalear, pues no creo necesario tener que recordar aquí que somos conductores, aunque solo tengamos dos ruedas). Pocos metros más adelante, ya entre viñedos, dejamos a nuestra derecha un nuevo horno -en esta ocasión con forma de pirámide cónica escalonada- y vemos frente a nosotros otra alta chimenea, justo en el punto en el que giramos hacia la derecha de nuevo por asfalto.

A los pocos metros llegamos a un cruce donde, antes de girar a la izquierda, un parquecillo con una fuente nos permite rellenar nuestros bidones antes de un buen trecho sin más fuentes (al menos yo no las encontré). Seguimos pedaleando por asfalto entre campos de parras y algún eucaliptal esporádico y, como no, terminamos llegando a una bodega donde grandes depósitos metálicos recogen el preciado néctar obtenido de las uvas. Inmediatamente, un par de giros, primero a izquierda y luego a derecha nos devuelven a un camino de tierra para recorrer un corto tramo durante el que, si miramos a nuestra izquierda podremos ver un nuevo horno-chimenea enmarcado por un verde viñedo y con el fondo, tras las aguas de la ensenada, de la península de O Grove.

Volvemos al asfalto para seguir la costa pasando junto a un campo de fútbol y, cuando la carretera se aleja del mar, nosotros continuamos por el sendero que se adentra en el bosque. Pocos metros más adelante llegamos a una recogida playa y nos toca desmontar para empujar la bici por la arena -más bien pequeñas piedras- hasta que, al otro lado, podamos tomar el camino que rodea una piscifactoría. Pedaleamos ahora por un tranquilo bosque dejando el mar a nuestra izquierda. Dependiendo de la hora, de la temporada y de las mareas, es posible que veamos a los lugareños recogiendo algas o marisco (también es posible encontrarse con los vigilantes que guardan las playas de los mariscadores furtivos). Tras cruzar un regato por una pasarela de madera, aún dentro del bosque, salimos a un camino más amplio que, ya al raso, avanza por la costa bordeando tranquilas playas donde algunos «bañistas» (más bien tomadores de sol, si es el caso meteorológico) empiezan a tomar posiciones de cara al verano.

Llegando a la aldea de O Facho encontramos otro antiguo horno ladrillero, del mismo tipo cuadrangular que el que vimos en Vilalonga, otra alta chimenea casi metida en el mar y, poco más adelante dentro de una finca con aspecto de abandonada, otro más pequeño con forma de cúpula. En pocos metros vamos a ir dejando atrás una buena representación de lo que durante décadas ha sido la economía de la zona: después de las telleiras dejamos a nuestra derecha una marisquera, al lado de la cual vemos un nuevo campo de viñas y, poco más adelante, unos astilleros que, en este caso concreto además, son tristemente conocidos por haber servido de tapadera al narcotraficante más conocido de la ría de Arousa que responde al nombre -abreviado- de Sito. De los tejares hice fotos; de la marisquera y los viñedos no lo consideré necesario; ante los astilleros fariñeros, la verdad, no hubo huevos de echar mano a la cámara (aunque las puertas suelen estar abiertas de par en par y sigue trabajándose en ellos… ¡espero que haciendo barcos!).



Entramos en un nuevo bosque por un camino estrecho pero sin dificultades técnicas de importancia, más allá de un par de puntos. Pequeñas pasarelas de madera nos permiten pasar sobre puntuales cursos de agua que se interponen en nuestro camino. Aunque la señalización tiene algunas deficiencias, un mínimo sentido de la orientación sirve para no perder la ruta correcta. Alejándonos -pero no demasiado- del borde del agua salimos del bosque y tomamos una carreterilla que nos deja en Quintáns, entre cuyas casas giramos a la izquierda por una calle que pasa junto al pequeño museo que muestra la obra del artista contemporáneo local Manolo Paz. Unos metros más de camino de tierra nos llevan de nuevo al asfalto que nos lleva, más adelante, a la PO-550 que, con mucha precaución, utilizamos para cruzar el río Umia y entrar en Cambados.

Sin embargo, para entrar en esta importante localidad a orillas de la ría de Arousa, abandonamos antes la carretera para tomar a la izquierda una calle que, entre viñedos donde ya se barrunta el futuro albariño, nos lleva al barrio de San Tomé. Llegando a la orilla de la ría tomamos el paseo que avanza a la vera del mar hasta llegar a una pasarela de piedra que permite acceder a un islote donde unas maltrechas ruinas desafían con su verticalidad al paso de los siglos. Se trata de la isla de San Sadurniño y de la torre del mismo nombre. Al igual que nos pasó en A Lanzada, aquí vemos que solo se conservan un par de muros de la fortaleza que, al igual de la anterior, servían para proteger la ría de las incursiones normandas. También como en el caso anterior es una obra de origen incierto, probablemente romano o fenicio, que fue destruida y reconstruida en numerosas ocasiones hasta que -en este caso ya en el siglo XVIII- fue abandonada.

Continuamos por la orilla del mar en dirección al centro de Cambados pero, antes de abandonar San Tomé, mientras dejamos a la izquierda el puerto y una diminuta playa, es interesante volver la mirada a la derecha para ver el pazo de Montesacro, bello edificio barroco del XVIII que se aúpa a lo alto de una magnífica escalinata. Junto a la fachada , donde destaca el escudo de la familia Zárate y Murga, vemos también la capilla anexa dedicada a la Virgen de la Valvanera. No menos interesante que el edificio en sí es el uso que tiene el mismo pues, por deseo expreso de la familia que fue su propietaria, es ahora una residencia de ancianos.
Nuestra ruta nos lleva ahora, siguiendo el mar, frente hasta la estación de autobuses desde donde atravesaremos un parquecillo y nos meteremos, para variar, por una calle en dirección prohibida. Sin embargo yo recomiendo que ignoremos las señales y dediquemos un rato a callejear por esta preciosa localidad donde numerosos pazos, restos históricos o simples casas con gran encanto nos sorprenderán a cada paso (sin olvidarnos de los innumerables bares donde catar los mejores albariños). No voy a pararme aquí a enumerar todo los lugares de interés que podemos visitar antes de abandonar Cambados, pero tarde o temprano nuestro deambular nos llevará a la plaza de Fefiñáns, una amplia explanada empedrada en la que, por un lado veremos la iglesia de San Bieito (Benito, para los no gallegos), de origen románico, remodelación del siglo XV y prácticamente reconstruida por completo en el XVII. Los estilos arquitectónicos son variados, con exterior neoclásico, torres barrocas e interior gótico.


El atrio elevado de la iglesia es un buen lugar para observar, siguiendo con la variedad de estilos, el edificio renacentista del pazo de Fefiñáns (siglo XVI) que, con su forma de L, da cobijo a la plaza del mismo nombre en la que nos encontramos. En su planta baja el edificio alberga también un par de bodegas. Si subimos unos metros por la calle que parte bajo el pasadizo del pazo llegaremos a la conocida como Torre del Homenaje, también del siglo XVI. Pero he dicho que no me detendría más en este bonito pueblo y no lo haré, pues de hacerlo no continuaría jamás el viaje y privaría a los demás de hacer sus propios descubrimientos.

Volvemos a la orilla de la ría y continuamos por ella nuestro pedalear hacia el norte haciendo uso del carril-bici que pasa junto al estadio de fútbol local (también bastante conocido en la particular historia del narcotráfico local).
Al final del carril-bici seguimos por el camino de tierra que sale a la izquierda del mismo. Llegamos por él a un muro de piedra que atraviesa un ramal de la ría y al otro extremo del cual vemos una sencilla construcción. Se trata del molino de mareas de A Seca y de la presa que le daba servicio. Se trata de una construcción relativamente habitual en tierras gallegas cuyo funcionamiento es similar al de cualquier molino hidráulico con la particularidad de que lo que mueve sus piedras no es la fuerza del agua de un río sino la de las mareas marinas en su imparable subir y bajar. Si cruzamos por la propia presa para llegar al edificio del molino tendremos oportunidad de visitar su interior, pues en la actualidad funciona como un museo que explica de dónde salía antaño la auténtica fariña de Arousa.


Continuamos por el camino de tierra hasta llegar una vez más al asfalto, donde tomamos primero hacia la derecha y luego a la izquierda, en un punto junto al que vemos una pequeña tienda de ultramarinos. Aquí, al detenerme para comprar suministros, la propietaria me hizo una demostración práctica del significado de la expresión gallega «e ti, de quén ves sendo?» en su modalidad interrogatorio (lo que en el resto de España llamamos «y tú, ¿de quién eres?». Una vez satisfecha su curiosidad me compensó con un meticuloso repaso a su historia familiar para finalmente, dejarme continuar mi viaje con muchos más conocimientos de la zona de los que habría adquirido en ninguna biblioteca.
Después de un nuevo giro a la derecha, un nuevo camino de tierra a la izquierda nos conduce otra vez hacia el mar que habíamos abandonado. A los pocos metros de habernos reencontrado con la orilla volvemos a dejarla por la carretera que nos lleva hacia la derecha. Siguiendo el asfalto y tomando tres desvíos consecutivos a la izquierda volvemos a la orilla (poco más adelante de donde la habíamos dejado pero habiendo superado un pequeño regato). Atrás dejando también unas nuevas bodegas de albariño).
Seguimos por un camino de tierra dejando a la izquierda una playa y a la derecha un cocedero de mariscos. Cada vez vemos menos diferencia entre el firme por el que rodamos y la arena de la playa hasta que llegamos a una zona llena de coches que sirve de aparcamiento a una concurrida playa (según las fechas y la meteorología) que se extiende a ambos lados de un enorme puente que la divide en dos . Se trata del puente de acceso a la Illa de Arousa y debemos subir por el camino, a la derecha, que nos permite subir hasta él y utilizarlo para llegar a la isla.
Este puente es más largo que el que nos permitió tiempo atrás acceder a la isla de A Toxa y no es totalmente plano, sino que tiene la parte central algo más elevada que los extremos. Por suerte sus amplias aceras cumplen también la función de carril-bici, por lo que podemos cruzar sin mayor peligro y, una vez en la isla, bajar del puente y seguir por él a lo largo de la calzada, aunque separados de ella de forma segura. Cuando llegamos a una rotonda tomamos la carretera de la derecha (aún por carril-bici) y más adelante, a la altura de punta Ximeliño giramos a la derecha separándonos del asfalto para pedalear por el camino que bordea la costa en la zona de la punta do Aguilón.
Más adelante nuestro camino (puntualmente obstaculizado por algún coche e incluso por algún barco) vuelve a colocarse al lado de la carretera y pasa ante un pequeño muelle antes de separarse otra vez del asfalto, recorrer la punta do Furado y regresar una vez más a la carretera. No debemos dejar de disfrutar, entre las ramas de los pinos que rodean el camino, de las privilegiadas vistas de Vilanova de Arousa que tenemos desde aquí.

Cruzamos una rotonda y no nos queda otra que pisar el asfalto por primera vez desde que estamos en la isla, aunque solo por unos metros, pues aún podemos mantenernos separados un poco más gracias a un pequeño camino paralelo. Regresamos, ahora sí, al asfalto y lo utilizamos para rodear el puerto do Xufre, en la ensenada de San Julián. Nos encontramos en el caso urbano de A Illa de Arousa del que no tardamos en salir (regresaremos más tarde) por un camino poco definido, siempre siguiendo la línea de costa.

Al poco regresamos a un paseo de tierra apisonada en perfecto estado que utilizamos para relajarnos mientras pedaleamos por el perímetro de esta maravillosa isla, con el bosque a la izquierda y el agua a la derecha, en la zona de Punta Campelo. El camino nos lleva directamente a una pasarela de madera que nos permite rodar sobre las rocas de la costa sin los problemas que hemos tenido para salvar este tipo de obstáculos en otros puntos de nuestro viaje. Al final de la pasarela regresamos a la tierra y uno de nuestros conocidos carteles azules intenta jugarnos una mala pasada, pues nos indica a la izquierda cuando, de hacerle caso, evitaríamos pasar por punta Cabalo lo que implicaría perdernos su pintoresco faro con vistas, al otro lado de la ría, a Pobra do Caramiñal y Cabo da Cruz.


Volviendo al redil una vez visitado el faro, le hacemos ahora caso al cartel y volvemos al camino que se dirige al casco urbano pero tomamos después un sendero que aparece a nuestra derecha que nos lleva hasta una carreterita de cemento con bandas sonoras de piedra que desciende de nuevo hacia el mar dejando a la derecha unas bonitas vistas sobre el faro de Punta Cabalo y de la ría de Arousa. Pasado el aparcamiento de una zona de playas encontramos una nueva plataforma de madera que nos conduce, a través de un pinar, al otro lado de la punta de Barbafeita, donde abandonamos la pasarela para tomar la carretera de profundas cunetas que asciende hasta un cercano campo de fútbol, al llegar al cual giramos a la derecha para continuar, esta vez por tierra, a través de un nuevo bosque de pinos. Algo más adelante tomamos la carretera que nace a nuestra izquierda y ascendemos por ella adentrándonos en zona urbana hasta llegar a un parquecillo coronado, al final de unas escalinatas de piedra, por un estatua del Sagrado Corazón de Jesús. Estamos en el mirador de Con do Forno, punto más elevado de la isla de Arousa y, por lo tanto, no debemos dejar de subir junto a «El Santo» para comprobar que las vistas son tan buenas como corresponde a la altitud (aunque tan solo sean 63 metros sobre el mar).



Decir, como curiosidad, que las piedras empleadas para construir la estatua en 1962 proceden de la cantera de Noia y que las cinco piezas que conforman la imagen fueron subidas a este lugar a bordo del que fue el primer vehículo motorizado que hubo en la isla: una camioneta Renault perteneciente a Conservas Goday -que fue a su vez la primera conservera de Galicia- y que respondía al popular nombre de «A Cachonda» (algo así como «la tía buena», apodo que recibió porque todo el mundo se volvía para mirarla a su paso).
Desde Con do Forno nos dejamos caer por las calles del núcleo urbano de A Illa hasta toparnos con el edificio del Ayuntamiento, donde giramos a la derecha para alcanzar el cercano muelle y continuar por el paseo que rodea la preciosa ensenada (de nuevo vemos aquí una de las altas chimeneas tan características de la comarca). Nos separamos un poco del borde de la ría para salir del casco urbano y continuamos por una carretera de impecable asfalto reciente sin apenas tráfico que se dirige al sur.

Tras un rato por esta carretera giramos a la derecha y después a la izquierda para continuar pedaleando por las tranquilas carreteritas del oeste de la isla. Finalmente llegamos a una carretera algo mayor que termina pocos metros más a la derecha de donde nos encontramos en una rotonda desde donde podría accederse a un molino de mareas si no fuese porque un muro, una puerta cerrada y un cartel nos impiden el paso. Vamos, por tanto, en dirección opuesta para algo más adelante girar a la derecha en dirección al camping El Edén. Pasado este llegamos al istmo que divide la isla en dos partes y que vemos cerrado por una valla de madera. Se trata del acceso al Parque Natural de Carreirón y, como entre las restricciones de acceso no vemos ninguna referencia a las bicicletas, pasamos por la puerta.
Esta zona protegida es un área de especial protección para las aves por lo que debemos circular por ella con precaución, siempre respetando los vallados que impiden el paso a los espacios más delicados. Para qué negarlo, pedalear por aquí es duro por los omnipresentes bancos de arena y las zonas encharcadas, pero merece la pena rodear esta parte de la isla deteniéndonos en sus numerosas playas y visitando su laguna. El propio perímetro de la península de O Carreirón nos devuelve al istmo, desde donde un paseo empedrado (o la alternativa del camino que va pegado al él) nos lleva hasta un amplio aparcamiento y de regreso al puente que nos permite salir de esta isla.

Antes de abandonar la isla no puedo dejar de mencionar dos detalles. Uno de ellos es la posibilidad que tenemos aquí de alquilar varios tipos de embarcaciones para dar un paseo por la ría, la más curiosa de las cuales son unas simpáticas bicis flotantes consistentes en dos grandes flotadores y un ingenioso propulsor que nos permitirán pedalear literalmente sobre las aguas (aunque son adaptables a cualquier montura los alquilan ya con bici, para no arriesgarnos a perder las nuestras bajo las aguas de la ría en caso de naufragio). La segunda cosa digna de mención es uno de los sitios que, a apenas un kilómetro de la costa, podremos visitar en caso de alquilar uno de estos artilugios: el islote de Areoso, una pequeña isla consistente en unas nueve hectáreas de fina arena y vegetación herbácea que alberga en su seno un dolmen (en realidad son varios los monumentos megalíticos que allí se conservan en mejores o peores condiciones). Por desgracia los cambios en las mareas y la presión de las numerosas visitas que soporta han puesto este lugar en peligro crítico de desaparecer para siempre.
De nuevo en tierra firme salimos del puente por la derecha para volver a la playa por la que ya pasamos antes de ir a la isla. Pasamos bajo el puente y continuamos por la orilla de la ría bordeando las playas que quedan a nuestra izquierda y dejando a la derecha restaurantes, campings y otros chiringuitos. Varias playas más adelante (no voy a enumerarlas todas, pues seguramente algunas no tengan ni nombre) llegamos a un gran dique de abrigo y, dejando a nuestra derecha un campo de fútbol, llegamos a una pasarela peatonal que cruza un brazo de la ría (O Esteiro). Pasamos al otro lado (cuidado con las piedras que impiden el paso de vehículos) y estamos en Vilanova de Arousa.
Nada más cruzar la pasarela las flechas amarillas nos mandan a nuestra derecha. Estas flechas dirigen a los peregrinos directamente al albergue municipal pero, de no querer hacer uso de sus servicios, nuestra ruta continúa en dirección contraria, siguiendo como de costumbre la línea de costa. Sin embargo, no debemos abandonar la localidad sin visitar la casa-museo del escritor nacido en la localidad, Ramón María del Valle Inclán (edificio originario del siglo XVI) y, en sus cercanías, la arruinada capilla románica de San Amaro frente a la inmensa mole neoclásica (siglo XX) consagrada en honor a San Cibrán (Cipriano). Como es mi costumbre, recomiendo dar una vuelta por el casco urbano para tratar de descubrir otros lugares interesantes que yo no pude o supe ver.
De Vilanova salimos por carretera pero fieles a nuestra costumbre de seguir la costa. A nuestra izquierda se suceden las playas y a nuestra derecha los hoteles, bares y restaurantes. En la zona denominada As Sinas la carretera, obedeciendo la idiosincracia de la costa, dobla en ángulo recto y dejaremos de pedalear en dirección norte para hacerlo hacia el este.

Por momentos la carretera se aleja del agua y nos lleva a otra carretera más transitada que tomamos a la izquierda. A la derecha de la carretera, dentro de un inmenso jardín, podemos alcanzar a ver las torres del pazo de O Rial construido -en estilo barroco- en el siglo XVII sobre los restos del malogrado castillo de Lobeira. Pasada una rotonda cruzamos la carretera para tomar un bonito paseo con firme de tierra que bordea una ensenada llamada, no por casualidad, como el pazo. Al salir de camino nos hallamos en una zona industrial donde la mayoría de las empresas se dedican a la comercialización de mejillones, almejas o mariscos varios. Si queremos saber el motivo nos basta aquí con mirar a nuestra izquierda, hacia las aguas plagadas de bateas entre las que, si nos fijamos, no es difícil ver los botes a bordo de los cuales se afanan los mariscadores con sus largas pértigas.

Entre marisqueras, pequeñas playas, lonjas y puertos avanzamos por asfalto los metros que nos separan de Vilaxoán, donde merece la pena desviarse unos metros hacia el interior para visitar la iglesia románica (siglo XII) de San Martiño de Sobrán. Volviendo a la ruta, el asfalto deja paso a un carril-bici que lo flanquea y por el que circulamos hasta que vemos a nuestra derecha la entrada a un parque. Cruzamos con precaución la carretera para entrar en él.
Estamos en el conocido como Parque do Castriño y es que, de hecho, existe un castro en su interior del que hablaré más adelante, pero el nombre actual de este auténtico bosque es el de Parque Botánico Enrique Valdés. Este farmacéutico asturiano a cuya memoria se dedicó el parque aún no había nacido cuando, en los años treinta del siglo XX, los Duques de Terranova y de Medina de las Torres crearon en sus tierras un jardín donde plantar ejemplares exóticos traídos de todo el globo por vía marina. Este jardín llegó a convertirse en lugar de recreo de la alta sociedad de la época, donde se celebraron concurridas fiestas por las que pasaron hasta reyes como Alfonso XII o Alfonso XIII quienes incluso se plantearon la posibilidad de construirse aquí una residencia. En la actualidad nos encontramos en un parque municipal ideal para pasear. Eso haremos con nuestras bicicletas y, entre gran la gran variedad de árboles, iremos subiendo por la ladera que va hacia O Montiño, a cuya cima llegaremos por una pasarela metálica.



En esta cima hubo en tiempos una ermita de la que actualmente no queda ningún vestigio. De lo que sí quedan restos es del anejo (y añejo) castro Alobre, emplazamiento que dio lugar a la actual localidad de Vilagarcía de Arousa. Se trata de un castro de la Edad de Hierro (siglo I a.C.) donde, además de numerosos restos de la época, se han hallado otros muchos vestigios de la ocupación romana, pues el lugar estuvo habitado, al menos, hasta el siglo V. Actualmente pueden verse sus restos gracias a las excavaciones arqueológicas que se están llevando a cabo aunque, como yo soy gafe, encontré el acceso cerrado y no pude confirmarlo.
Salimos del parque para entrar en el casco urbano de Vilagarcía y lo primero que encontramos al bajar de O Montiño es el muro del convento agustino de Vista Alegre, construido en el siglo XVII por orden de Fernando de Andrade Soutomaior y Caamaño (cuyos escudos, supongo, son los que vemos destacados en la pared). Desde la iglesia neoclasicista del convento surge un pasadizo en arco que la comunica con un grandioso edificio que no es sino el pazo de Vista Alegre, mandado construir en el siglo XVI por Rodrigo de Mendoza, abad de Teverga y capellán del emperador Carlos I. Un arco almenado abre todo este conjunto pazo-convento al cercano río.





Nuestra ruta continúa por una calle peatonal por la que, cómo no, está prohibido circular en bicicleta. Dependiendo de las ganas que tengamos desmontamos para dar un paseo a pie por el centro de Vilagarcía o buscamos una alternativa abierta al tráfico rodado que nos permita continuar pedaleando hasta el cercano parque Miguel Hernández que atravesaremos, al igual que haremos con la carretera y posterior aparcamiento que hallaremos al otro lado, para alcanzar el tranquilo paseo marítimo que avanza a lo largo de la playa de la Concha (no, no estamos en San Sebastián: seguimos en Vilagarcía). Al otro lado de la larga playa (que, por cierto, creo que cambia de nombre en algún lugar indeterminado) llegamos a una nueva zona urbana: estamos en Carril.

Pasada la lonja y el puerto, ya en el centro de la localidad, veo que las flechas me llevan directamente a otra estrecha calle que es dirección prohibida. Empiezan a confirmarse mis sospechas de que quien señalizó esta ruta del Padre Sarmiento odiaba a los ciclistas y, para evitar que pueda reírse de mí, decido ignorar las flechas y continuar por la carretera que sigue la costa. Poco más adelante, esta describe una curva en ángulo recto y comienza a ascender hacia el interior. Casi al momento veo una rotonda y, para evitarla, me meto por la carreterilla que sale a mi derecha, donde me reencuentro con las flechas amarillas y un paso subterráneo me permite salir al otro lado de la rotonda conflictiva, a la altura de una gasolinera desde la que, en vez de tomar la carretera por la que venía, más transitada, la ruta nos manda por una mucho más tranquila que asciende hacia una nueva zona urbana.
Al poco de entrar entre las casas vemos a nuestra derecha, en la ladera, un pequeño prado salpicado de afloramientos graníticos. Este lugar merece ser visitado, para lo que tendremos que ir hasta la puerta de la finca que está en su parte más alta (para ello no tenemos más que tomar la carretera que sale a nuestra derecha y subir unos pocos metros). Allí, un gran panel nos informa que estamos en los petróglifos de los Ballotes, un conjunto de grabados donde podemos ver una pequeña representación de buena parte de la tipología que caracteriza al arte rupestre gallego de la Edad del Bronce: cazoletas, dibujos geométricos y zoomorfos, destacando entre estos la presencia de ciervos dibujados con estilos muy diferentes (¿diferentes épocas?).



Volvemos a bajar hasta donde nos salimos de la ruta y continuamos llaneando por la tranquila carretera durante un buen trecho, por una zona semiurbana donde no faltarán bares donde saciar nuestras necesidades. Finalmente, la carretera desemboca en la otra más importante que hasta ahora habíamos conseguido evitar transitando paralelos a ella. Sin embargo, tomamos a la derecha para describir una pronunciada curva que rodea un pequeño parque en torno a un riachuelo. De vuelta a la carretera principal, la cruzamos y nos adentramos por un camino estrecho y casi cerrado por la vegetación por el que, sin embargo, se puede circular sin grandes dificultades y, algo más adelante, pasa a convertirse en una calle de cemento. Llegamos a un cruce entre varias casas y las flechas nos mandan seguir de frente por otro camino. El camino vuelve a estrecharse al cerrarse sobre él la verde y suave vegetación… ¡ortigas!. A estas alturas, después de haber sido asaeteados por los tojos a lo largo de media ruta nos creíamos curtidos para sobrevivir a cualquier batalla, pero esto es demasiado. Lo mejor es, en el cruce entre las casas, tomar a la derecha para llegar a la carretera principal.
Debo decir que, en este punto de la carretera, vemos una señal indicando cómo llegar a los petróglifos de la Pedra das Tixolas. Solo deberemos intentar llegar a ellos si vamos sobrados de fuerzas, pues se encuentran a bastante distancia de aquí y a mucha más altura, en la ladera de la sierra del Xiabre. Si subimos hasta allí, lo que encontraremos será una roca granítica salpicada de dibujos de lo que, en efecto, parecen tixolas (sartenes): una línea recta en uno de cuyos extremos hay un círculo con un punto en su centro.
Nosotros, sin embargo, seguimos la carretera principal hasta que, en una cercana curva, la dejamos para irnos a la derecha en dirección al tanatorio (no quiere eso decir que vayamos ya al límite de nuestras fuerzas). Desde aquí sale una tranquila carreterita (tan tranquila que podremos ver hasta conejos en las cunetas) que nos permite pedalear cómodamente en paralelo a la ruta «oficial». Si lo deseamos podemos intentar buscar el camino pero yo ya he escarmentado después de haber sufrido tantas encerronas.
Rodando por esta carretera empezamos a ver ya el enorme viaducto construido para permitir al tren cruzar hasta el otro lado de la ría. Como curiosidad, si tomásemos el último camino que encontramos a la derecha antes de cruzar bajo el viaducto, podríamos ascender por la ladera hasta encontrar una auténtica rareza en Galicia: un conjunto de molinos de viento (aerogeneradores no: molinos de viento de verdad, como los de La Mancha). Siguiendo por nuestra carretera, después de pasar bajo el viaducto nos desviamos a la izquierda para bajar, rodeando una conservera, hasta el río Catoira, por cuya orilla pasamos bajo la vía de tren. El carácter salobre de las aguas lo podremos comprobar por la presencia de abundantes mújoles en ellas.

Después de girar a la derecha junto a unas construcciones abandonadas que en tiempos parecen haber sido molinos y un posterior giro a la izquierda que nos lleva unos metros sobre una pasarela de madera, tomamos un camino de tierra que avanza por la orilla de la ría. Así llegamos a una explanada con funciones de playa fluvial donde no es raro ver a los lugareños practicando actividades acuáticas de todo tipo. Lo más interesante para nosotros, sin embargo, esta en el pequeño muelle que hay al otro lado y donde encontramos amarrado ¡un barco vikingo!


Después de mirar con suspicacia a uno y otro lado y comprobar con alivio que no hay en las cercanías ningún tipo con casco de cuernos continuamos nuestro camino (ya explicaré lo del barco en unos instantes). Al fondo, bajo un feo viaducto que cruza la ría, vemos ya las Torres de Oeste.

Tomamos una pasarela de madera que nos permite rodar sobre el humedal (existen puestos de observación de aves a lo largo de la misma) y, algo más adelante, giramos a la izquierda por una nueva pasarela, en esta ocasión de piedra, hasta llegar a las primeras ruinas de esta antigua fortaleza donde, entre los restos de los muros, todavía aguanta en pie un antiguo arco. Desde aquí, ya sea caminando sobre un antiguo muro de piedra o en bici por el camino que va bajo la cercana carretera, llegamos al núcleo principal de las ruinas cerca de las cuales vemos también otros barcos vikingos.




Ha llegado el momento de aclarar el misterio. Estas Torres de Oeste son, como la de A Lanzada y la de San Sadurniño, fortificaciones medievales destinadas a proteger la ría de las incursiones vikingas que sufría con frecuencia la zona. Como en los casos anteriores, su origen sea probablemente romano, pues ya Pomponio Mela hablaba de la existencia en la desembocadura del río Ulla de las Turris Augusti. Ya en el siglo X, los ataques normandos empezaron a poner en evidente riesgo la diócesis compostelana, por lo que el arzobispo de la época, a la sazón un tal Sisnando que murió en una de las batallas, encargó la reparación de las defensas. La estructura actual data del siglo XII, cuando también se construyó, por orden de Gelmírez, la bonita capilla de Santiago que aún vemos. Las torres fueron finalmente destruidas en el siglo XVI.
Respecto a las embarcaciones vikingas, no son más que las que se utilizan a principios de agosto en la romería con la que en Catoira rememoran la defensa de la localidad contra una incursión vikinga.
Volvemos, circulando bajo el viaducto, hasta una pequeña rotonda junto a un edificio, desde donde tomamos el paseo que avanza por la orilla del agua. Este tranquilo camino avanza, con la ayuda de plataformas de madera cuando es necesario a lo largo del humedal que ocupa toda la desembocadura del Ulla. A nuestra izquierda vamos dejando la marisma -y algún que otro cruceiro- y a nuestra izquierda un bosque con todo tipo de árboles (me alegra ver que están repoblando con carballo y no con el omnipresente eucalipto).


El bonito camino nos termina alejando de la orilla de la ría y va hacia el interior, pasando para ello por debajo de la vía férrea. Después se transforma en asfalto y nos lleva hasta un pueblo -Vilar- que cruzamos. Inmediatamente después vemos señalizado un paso a nivel pero, justo al llegar a él, nos desviamos sin cruzarlo hacia la derecha para tomar una carretera rectísima, larguísima y planísima que, salvo un rápido zigzag a la altura de Vilarello para salvar una carretera que se cruza y un leve desvío a la izquierda para cruzar al otro lado de la vía por un paso a nivel, no presenta nada que nos saque de la monotonía del pedalear.
Ya al otro lado de la vía y después de dejar a la derecha una empresa de aluminios, nos desviamos a la izquierda para entrar a la aldea de Eirexe, donde podemos ver la pequeña iglesia románica de Santa Cristina de Campaña.


Desde aquí, después de cruzar el estrecho río Valga, vamos hasta otra pequeña aldea -A Devesa- que cruzamos y donde empezamos a ascender un duro repecho que nos lleva hasta el campo de fútbol local. Al otro lado solo tenemos que dejarnos caer hasta la orilla del Ulla, remontando cuyo curso (hacia la derecha, entre las plantas industriales de Nestle y Finsa) encontramos un paseo que seguimos y donde, por fin después de mucho tiempo, encontramos una fuente donde rellenar nuestros secos bidones, aunque la inusitada potencia con la que sale el agua requerirá de todo nuestro ingenio para poder hacerlo.
Ulla arriba llegamos a la carretera nacional N-550 por cuyo puente debemos cruzar, uniéndonos a los peregrinos que siguen el Camino Portugués a Compostela y cuyo destino compartiremos a partir de ahora. Para cruzar recomiendo esperar a que no haya peregrinos y hacerlo por la acera de nuestra izquierda, pues así evitaremos cruzar la carretera a ambos lados del puente. En la otra orilla del río abandonamos la carretera hacia la izquierda para ir por una pequeña carreterita que nos lleva hasta el cercano río Sar, que será ahora nuestro compañero durante los pocos metros que nos separan de Padrón.
Dejando un par de albergues y un campo de fútbol a nuestra derecha, pasamos ante el mercado de abastos de la localidad (buen lugar donde acopiar víveres) y entramos en el paseo del Espolón junto a una estatua del Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela (lo que no entiendo son las dos grandes bolas de granito que han puesto ante la escultura y que, desde cierta distancia dan a la obra un preocupante aspecto fálico (que, por otra parte, seguro que habría resultado muy del gusto del escritor). Al otro lado del paseo, otra estatua, en esta ocasión de Rosalía de Castro, nos flanquea el paso a la iglesia de Santiago de Padrón.


A pesar de no parecer gran cosa (edificio de la segunda mitad del siglo XIX), esta iglesia alberga un púlpito de piedra del siglo XV procedente de la iglesia que había originalmente en este lugar. Pero si por algo es conocido este templo es por la curiosa piedra que vemos en lugar privilegiado tras el altar mayor y no es otra cosa que el famoso pedrón, un ara romana dedicada a Neptuno a la que presuntamente fue amarrada la barca en la que los discípulos del apóstol Santiago trajeron a estas tierras el cuerpo de su maestro. Se trata por tanto de todo un símbolo jacobeo y de ahí su importancia, más allá de lo meramente arqueológico. A poca distancia de aquí, al otro lado del Sar, recientes prospecciones con georradar han localizado otro símbolo enterrado: la piedra donde fue depositado el cuerpo del Apóstol tras ser desembarcado.

Por cierto que, ya que esta ruta del Padre Sarmiento no es lo bastante larga -por poco- como para permitir a los cicloturistas obtener la ansiada Compostela, a modo de premio de consolación podemos conformarnos con solicitar en Padrón, a cambio de haber sellado la correspondiente credencial en cualquier lugar anterior de nuestra ruta, un bonito diploma para nuestra colección de peregrinos: la Pedronía.

Antes de abandonar Padrón, es también buena idea darse una vuelta por una localidad donde, además de numerosos cruceros y fuentes, es posible visitar la casa-museo de la escritora local (Rosalía de Castro) y un magnífico jardín botánico. Si nos vemos con fuerzas, podremos subir hasta la cercana localidad de Herbón donde, si es la temporada adecuada, podremos degustar in situ los deliciosos pimientos traídos desde América al monasterio franciscano de este lugar. Entre los invernaderos dedicados actualmente a su cultivo podemos visitar también una joya románica: la iglesia de Santa María de Herbón, construida en el siglo XII por mandato de el arzobispo Gelmírez.





En dirección contraria a Herbón, salvando el puente que cruza el Sar junto a la iglesia de Santiago, merece la pena también que dediquemos algo de tiempo (y mucho más esfuerzo) a subir al lugar conocido como Santiaguiño do Monte, donde cuenta la leyenda que predicaba y se escondía el Apóstol (a quien con tan cariñoso diminutivo se refiere el topónimo). De camino podemos también visitar el convento neoclásico del Carmen -del s. XVIII- y, a sus pies, la fuente del mismo nombre construida en el siglo XVI (reconstruida en el XVIII), con una representación en relieve de la Translatio (el viaje del cuerpo del Apóstol por mar hasta estas tierras). Algo más lejos -pero no mucho-, como curiosidad, podemos encontrar al borde de la carretera una escultura de un ciclista, levantada en la parroquia de Extramundi en honor a los varios ciclistas profesionales de la zona (uno de los cuales tiene una tienda de bicis casi al lado).

Volviendo a Padrón, rodeando la Iglesia de Santiago y siguiendo siempre las flechas amarillas, atravesamos una pequeña plazuela y continuamos por una serie de calles peatonales que nos sacan de Padrón por una carreterita paralela a la concurrida N-550. Finalmente, tras cruzar el canal del Sar, que desvía parte del río y lo lleva directamente hasta el Ulla, abandonamos definitivamente Padrón para entrar en Iria Flavia.
Casi de inmediato nos vemos obligados a cruzar la carretera nacional -cosa que haremos con gran precaución, como nos piden las señales- y al otro lado encontramos una estrecha calle que al momento nos lleva hasta un pequeño muro que nos separa del cementerio de la Iglesia de Santa María la Mayor de Iria Flavia. Antes de continuar nuestro camino, recomiendo girar a la izquierda siguiendo el muro para llegar a un pequeño parque (si es que se puede llamar así a este ensanchamiento de la nacional) presidido por un rotundo busto de Camilo José Cela. Desde aquí podremos acceder, por una parte, a la fundación que lleva el nombre del Premio Nobel de literatura aquí nacido. Por otra, a las escaleras que conducen al recinto de la iglesia. Si nos fijamos, al pie del muro del cementerio adornado por bellas esculturas, un cartel nos indica que por este lugar pasaba también una calzada romana.

La iglesia, antigua colegiata, fue sede episcopal y construida en el siglo XI, apenas unas décadas después de que Almanzor destruyese la antigua sede, situada más cerca del embarcadero del río Sar. La gloria fue efímera, pues a finales de ese mismo siglo XI la sede fue trasladada a Compostela, aunque poco después, ya en el siglo XII, el arzobispo Gelmírez declaró esta iglesia como segunda seo compostelana. Después de sucesivas reformas y reconstrucciones, el edificio que hoy vemos es de comienzos del siglo XVIII y es obra de Pedro García de Cotobade, con retablo mayor de Miguel de Romay. Además de varios sepulcros de piedra de gran antigüedad (s.VI-VII), en el cementerio anexo se halla la tumba de Camilo José Cela y en él estuvo enterrada también Rosalía de Castro, hasta que sus restos fueron trasladados al Panteón de Gallegos Ilustres, en Santiago.





Frente a la iglesia, en el conjunto de finales del XVIII formado por las Casas de los Canónigos y la Casa del Capellán, encontramos la fundación que lleva el nombre del Premio Nobel de Literatura y sobre una de cuyas puertas podemos ver el escudo de su marquesado, en el que destacan los dos unicornios y el lema «El que resiste gana». En los mismos edificios se encuentra también el Museo del Ferrocarril, situado aquí en honor al abuelo del escritor, el inglés John Trulock, responsable de la primera línea férrea gallega, entre Cornes y Carril. ¡Mucho cuidado con la carretera si decides cruzarla! En el solar contiguo a este conjunto de casas, donde hoy se levanta únicamente un bonito palacete, hubo antiguamente una fábrica azucarera y más tarde, en tiempos tristemente belicosos, un campo de concentración franquista.


Volviendo a nuestra ruta, las flechas amarillas nos llevan al otro lado de las vías del tren en uno de los característicos «desvíos provisionales» que parecen llevar así desde siempre. Al cabo de un rato, después de un par de giros bruscos, nuestra ruta desemboca en la carretera nacional y no nos queda otra que rodar por ella hasta pasar una rotonda, tras la cual ya podremos circular por un pequeño camino que transcurre paralelo a la calzada por su izquierda, pero separado de esta.
Poco más adelante, otro par de pronunciadas curvas nos alejan de la carretera principal para pedalear por estrechas carreteras y calles asfaltadas que transcurren entre pequeños grupos de casas, lo que será la tónica general de todo este tramo. En esta zona, tras un giro de noventa grados a la derecha, vemos un lavadero restaurado que es el más interesante que veremos de los muchos que quedan cerca de nuestro camino.


Después de algunos kilómetros más con la sensación de ir callejeando por el rural gallego, nuestro camino se une al trazado ferroviario (precaución pues, aunque no se trata de un tramo especialmente peligroso, no existe separación física) y poco más adelante nos vemos obligados a regresar a la carretera nacional por la que volvemos a tener que circular durante un trecho.

Por la nacional y con mucho cuidado llegamos a la localidad de Escravitude, donde encontramos el santuario dedicado a la virgen de ese nombre y cuya fachada barroca, con sus torres gemelas y escalinata de acceso, nos trae reminiscencias ya de nuestro destino final: el Obradoiro. Bajo la escalinata, casi en el arcén de la nacional, se ubica la fuente de aguas milagrosas que dio origen la templo (cuentan que un peregrino, curado de su hidropesía tras beber de ella, exclamó: «Grazas, Virxe, que me libraches da escravitude do meu mal», y de ahí el nombre de la Virxe da Escravitude). En un lateral del edificio un pequeño parque alberga un bello crucero y, tras él, podemos encontrar el jardín botánico de la Fundación Paideia.




Tan solo unos metros más adelante -que recorremos ya separados de la N-550- encontramos la iglesia de Santa María de Cruces, bastante más discreta que la anterior y en cuya fachada vemos un pequeño frontón triangular cobijando una escultura de la virgen flanqueada por sendas volutas. Esta vez la torre es solo una y desde el cementerio que rodea al edificio tenemos unas amplias vistas del valle del Sar que estamos recorriendo.


Después de Cruces nuestra ruta continúa por pistas con y sin asfalto por la ladera del monte hasta que algo más adelante se desvía del que debía ser su recorrido original para descender bruscamente por una amplia pista de reciente construcción que nos permite pasar bajo las vías de tren antes de desembocar en otra carreterita asfaltada que tomamos a la derecha para entrar en Angueira de Suso y, casi inmediatamente después, llegar a Areal.

En esta pequeña aldea nuestro camino gira en ángulo recto para llegar de nuevo, en A Picaraña, a la carretera nacional a la altura de un horrible polígono industrial. Es una verdadera pena que no hayan decidido llevar el Camino en la dirección que llevábamos pues a pocos metros de aquí se encuentra un túnel perteneciente a la primera línea férrea de Galicia -ya mencionada antes- que, fuera de servicio desde hace tiempo, es atravesado por un camino y aún hoy es posible pasar por su interior. Los ciclistas aventureros y con sentido de la orientación pueden intentar buscar este Túnel do Faramello y regresar al camino más adelante, visitando así un curioso resto de nuestro pasado y salvando al mismo tiempo de forma agradable uno de los tramos a mi parecer más peligrosos de toda esta ruta (la nacional la habremos podido cruzar por un paso elevado).


Si somos de los que seguimos las flechas amarillas hasta sus últimas consecuencias, habremos llegado, como dije, a un polígono industrial donde nos toca volver a la nacional. Los primeros metros podemos salvarlos cruzando al otro lado para circular por una especie de acera abierta entre el polígono y la carretera, desde la que pasamos a un ensanchamiento de la nacional a la altura de un restaurante que nos permite circular a cierta distancia de los coches (¡aunque en sentido contrario!). Por desgracia estas opciones se acaban al llegar a la altura de una gasolinera. Si fuésemos peatones deberíamos circular por el arcén izquierdo hasta poder abandonar la carretera más adelante pero, como somos ciclistas, debemos regresar al lado derecho de la calzada y circular, como muchísima precaución, por el estrecho arcén. A los pocos metros, la presencia de una exitosa tienda de jardinería hace que el arcén esté invadido por coches peligrosamente mal aparcados (al menos así lo estaba cuando pasé por allí), lo que nos obliga a jugarnos el pellejo y ponernos con nuestras bicis en medio del carril de una nacional muy transitada.
Si salimos enteros de esta emboscada todavía nos aguarda otra sorpresa pues a los pocos metros, al poco de haber comenzado a subir una cuesta que parece ser larga, debemos tomar la carretera descendente que sale por el lado contrario de la nacional… ¡en medio de una curva! Para ello, siguiendo escrupulosamente la señalización horizontal, tomamos el carril de giro que aparece a nuestra derecha hasta llegar a la señal de stop. Nos detenemos allí y esperamos pacientemente el tiempo que haga falta hasta que se alineen los astros y dejen de venir vehículos. No recomiendo precipitarse pues desde nuestra izquierda vienen los coches en ascenso acelerando para llegar bien situados al carril de aceleración que comienza justo aquí, mientras que por nuestra derecha vienen coches en caída libre después de una larga bajada y en una curva que, aunque amplia, limita nuestra visibilidad. Podemos emplear el tiempo de espera en rezar lo que sepamos, como buenos peregrinos, y confiar en que el Cielo nos ayude a cruzar.
Una vez al otro lado abandonamos definitivamente -¡por fin!- la nacional y tomamos una carretera más estrecha que serpentea por el valle del río Tinto, afluente del Sar. A nuestra izquierda queda el acceso al Pazo do Faramello. Aunque no estemos celebrando ninguna boda, cometido actual del pazo, merece la pena acercarnos a visitar este edificio barroco del XVIII que tuvo su origen en la fábrica de papel aquí abierta en 1710 y cuyos molinos aún se conservan. La finca, a orillas del precioso río Tinto y al pie del la colina coronada por el mítico Castro Lupario (del que hablaré brevemente más adelante) es una magnífica carballeira -robledal- de gran riqueza faunística que alberga un interesante jardín francés del siglo XIX y una capilla del 1727 con retablo barroco de madera construido por José Gambino, maestro de la catedral compostelana que nació en este pazo. Como curiosidades históricas decir que fue este un lugar de importancia estratégica en la lucha contra los franceses en 1808, que los reyes se alojaban aquí durante sus visitas a Santiago y, por último, que el Señor del Paramello tiene el privilegio real de entrar, si así le place, en la catedral compostelana a caballo aunque, por lo que se sabe, nunca lo ha hecho.


Respecto al Castro Lupario, o castro de Beca, que corona la colina próxima, decir que es un poblado celta del que aún pueden verse restos de sus murallas (aunque, a decir verdad, hasta hace bien poco los tojos siempre me habían impedido acercarme a su interior). La leyenda jacobea dice que era en este castro donde vivía la mitológica Reina Lupa. Según se recoge en el Códice Calixtino, esta importante señora intentó en varias ocasiones quitarse de encima a los discípulos de Santiago cuando estos aparecieron por sus tierras con el cuerpo del apóstol buscando dónde enterrarlo. Al fracasar en sus intentos por culpa de los milagros que salvaban siempre a los discípulos de Santiago, decidió cambiar de bando y convertirse al cristianismo, ayudando ella misma a construir la tumba del apóstol. (Parte de esta historia la cuento ya en la entrada correspondiente al Camino de Fisterra).



Dejando atrás el Pazo do Faramello y algunos albergues cuya abundancia nos indica ya la cercanía de Compostela, llegamos a Rúa de Francos donde nos recibe un original cruceiro altomedieval con el Cristo crucificado y lo que parecen un par de peregrinos esculpidos en un monolito granítico. A pocos metros vemos también una sencilla capilla dedicada a San Martiño y otro cruceiro más convencional.





Continuamos por la carretera de nuestra izquierda y, si siguiésemos por ella, podríamos ver el bonito puente de Paradela o de los Mouros que, con su único ojo salva el río Tinto en un inmejorable paraje natural. No está bien determinado si su origen es romano o medieval, pero lo que es indiscutible es que se encontraba en bastante mal estado y, por eso mismo, actualmente está siendo restaurado. Al otro lado del río Tinto y después de superar un duro repecho encontraríamos el camino que, a nuestra izquierda, nos permitiría -con permiso de los tojos- acceder al Castro Lupario.

Pero, volviendo a la carretera que hemos tomado en Rúa de Francos, no debemos seguirla durante más que unas decenas de metros desde el cruceiro gótico pues, tras pasar junto a un lavadero, nos desviamos a la derecha para pasar junto a una casa rural y restaurante y salir de esta localidad cuyo nombre proviene de los peregrinos franceses aquí asentados en época medieval y donde, por cierto, se celebra una popular feria equina anual (el día, precisamente, de San Martiño).
Después de unos metros de tierra llegamos a un cruce donde debemos seguir de frente subiendo un corto pero duro repecho que nos deja junto a unas pistas deportivas. Siguiendo recto no tardamos en llegar a las vías del tren y a un puente que nos permite pasar sobre ellas por penúltima vez en nuestra ruta. Al otro lado callejeamos entre las casas de la zona -ya la mayor parte del recorrido que nos queda por hacer se hará con viviendas a la vista- hasta llegar a un lavadero, donde giramos a la izquierda para ponernos en paralelo a la nacional que nos sigue acompañando en nuestra ruta. En caso de necesitar cualquier tipo de servicio (supermercado, cajeros automáticos, bares o farmacia), solo tendremos que tomar durante unos metros cualquiera de las calles que salen a nuestra derecha para llegar a la transitada carretera y a los negocios que la flanquean.
Siguiendo nuestro camino no tardamos en llegar a un estrecho puente que, a pesar de sus horteras barandillas modernas y la carretera que aún circula sobre él, aún conserva parte de su encanto original. Algo más adelante, tras un cruce, pasamos de nuevo a un camino de tierra que ayudará a que volvamos a tener la sensación de estar en el campo, a pesar de las abundantes viviendas que vemos en cualquier dirección en la que miremos. Durante varios kilómetros esta será la tónica general: un camino relativamente ancho de tierra y generalmente ascendente, aunque sin excesiva dureza (en este tramo alguien se ha tomado la molestia de colgar unas papeleras improvisadas para que los peregrinos no ensucien en entorno así que, por favor, respetemos su esfuerzo). Después de varios cruces con carreterillas con tan poco tráfico como visibilidad llegamos a un punto donde cruzamos un pequeño riachuelo -que no es otro que el río Tinto del que tanto hemos hablado hasta ahora- y giramos a la derecha pasando por la puerta de un aserradero. Al poco, una pequeña caravana y unos bancos portátiles nos ofrecen, en temporada alta, la posibilidad de tomar un refrigerio antes de tomar otro «desvío provisional» que lleva estando así desde los tiempos de la reina Lupa, o casi. El motivo de dicho desvío es en esta ocasión una carretera relativamente moderna que se interpone en nuestro camino. La opción que nos dan para salvarla es llegar la casi hasta la N-550, donde encontraremos una rotonda y que vamos a tener que cruzar ¡saltándonos todas las normas de tráfico conocidas!
Al otro lado encontramos unos metros de pista de tierra tan bacheada que parece un queso gruyere y que, girando a la derecha, nos deja en un nuevo tramo asfaltado que nos lleva casi hasta O Milladoiro. De hecho, si siguiésemos recto hasta llegar a un gran supermercado y tomamos la pista de tierra que allí nace llegaríamos directamente a este localidad, pero las flechas nos desvían antes a la derecha y de nuevo a la derecha para llegar hasta el mismo punto, aunque por asfalto y con una subida más dura. En todo caso, terminamos llegando a esta pequeña aldea convertida en gran ciudad dormitorio a la que vamos a entrar girando a la izquierda en una curva con muy poco visibilidad.
Nos encontramos ante una larga recta que deja a la derecha una cuca ermita dedicada a María Magdalena y que parece fuera de lugar, por su aspecto de antigua parroquia rural en una diminuta plaza rodeada de grandes bloques de edificios modernos y centrada en la pequeña capilla exterior que custodia la imagen de la santa. A la izquierda de la recta queda un complejo polideportivo y unos metros más adelante un gran centro comercial que será lo último que veamos de O Milladoiro, pues lo abandonamos tras cruzar la siguiente calle (cuidado con el cruce, pues los vehículos que vienen por nuestra derecha apenas tienen visibilidad debido a lo empinado de la cuesta que están subiendo).



A partir de aquí el camino original continuaba recto por asfalto llegando a un marcado cambio de rasante que permitía a los peregrinos una primera panorámica de la capital compostelana dominada por el templo de peregrinación. Después cruzaba sobre la autovía de Brión y enlazaba caminos y senderos hasta cruzar sobre la vía de tren. Sin embargo hoy en día, nada más salir de Milladoiro, las flechas nos desvían a la derecha por un camino descendente que no tarda en dejarnos en una pista asfaltada que serpentea entre pequeñas casas hasta toparse con la autovía. Torciendo a la derecha bajamos en picado casi hasta la nacional -de nuevo- para pasar bajo un par de grandes viaductos que nos dejan al otro lado del nudo de autovías. Aquí no nos queda otra que subir una dura rampa asfaltada para recuperar la altitud perdida, cosa que haremos al llegar a la rotonda que constituye el centro de la localidad de A Rocha Vella.
A pesar de lo absurdo del desvío y de la dura cuesta que hemos tenido que sufrir, lo mejor de pasar por A Rocha Vella es sin duda la posibilidad de descender por la última calle que sale a la derecha de nuestra ruta antes de abandonar la localidad. Allí, casi bajo los raíles de la cercana vía férrea, podemos visitar los restos del castillo de la Rocha Forte, fortaleza que vivió sus mejores tiempos entre los siglos XIII y XV y que ofreció refugio a los beligerantes arzobispos compostelanos hasta que fue finalmente destruido durante las guerras Irmandiñas. Hoy en día, casi borrado del mapa por la vía, su estado es bastante deplorable, aunque ha sido medianamente restaurado y su aspecto actual es mucho mejor sin duda que el que presentaba apenas unos años atrás.

Volviendo después otra vez a nuestra ruta, tomamos la siguiente curva a la derecha para cruzar sobre las vías (última vez, lo prometo) en el mismo punto en el que lo hacía la ruta antigua de la que hablaba unas líneas atrás. Después de describir dos pronunciadas curvas a izquierda y derecha respectivamente, descendemos una empinada cuesta hasta un nuevo cruce. Si necesitamos rellenar nuestros bidones, por las escaleras que descienden frente a nosotros llegaremos a una bonita y antigua fuente de ricas y frescas aguas situada a la orilla misma del Sar. Si no necesitáis agua y mis criterios estéticos no os interesan lo suficiente como para acercaros hasta la fuente solo para verla, podéis girar aquí ya a la derecha como mandan las flechas.

Pasamos junto a un bar de dudoso aspecto (estamos aquí en un tramo por el que pasa una de las rutas del Centro BTT de Santiago) y cruzamos el Sar por un puente de piedra que nos deja en un cruce en el que desgastadas flechas amarillas indican hacia la empinada cuesta que sube a la izquierda, junto a una herrería artística. En esta ocasión el cambio de ruta ha sido para mejor, pues el nuevo Camino que indican las flechas más recientes nos adentran en un tramo de bosque por camino de tierra que remonta el Sar a mayor altura y que nos permite cruzar bajo la N-550 mucho más transitada aquí que todo lo visto hasta ahora. Al otro lado vamos poco a poco entrando en el entorno urbano, pero llegamos a un cruce donde en vez de una flecha amarilla vemos dos que apuntan en direcciones opuestas. A la derecha, el Camino da un pequeño rodeo para entrar en Santiago por el barrio de Conxo, conocido por el popular banquete que aquí, a orillas del Sar, tuvo lugar en 1856 y que tiene gran importancia para el nacionalismo gallego y donde lo más interesante es su iglesia de Nuestra Señora de la Merced. Cada uno es libre de entran en Santiago por donde quiera. Yo tomaré aquí la otra opción, para entrar en la ciudad por el barrio de Santa Marta salvando el paso elevado sobre la carretera de circunvalación.

Nada más pasar el puente dejamos a la derecha una pista que llega hasta la cercana carretera de entrada a la capital, al otro lado de la cual encontraremos el camino de acceso al Castriño de Conxo, restos de un castro del que prácticamente lo único que se conserva es un impresionante petroglifo de tipo panoplia originario de la edad del bronce con un magnífico conjunto de grabados representando puñales y escudos de la época.

Volviendo al puente que acabamos de cruzar, seguimos desde él las flechas amarillas que, después de salvar una zona de edificios de reciente construcción y cubrir por una pista de cemento la corta subida que separa a esta del resto de la ciudad (aquí encontramos una tienda de bicis con taller; en caso de haber tomado la opción de Conxo también habríamos encontrado un taller de bicicletas nada más cruzar la circunvalación), llegamos a una larga calle que va adentrándose en la ciudad, dejando a la derecha la pequeña capilla dedicada a Santa Marta y a la izquierda un par de hórreos que han conocido tiempos mejores. Ya en el caso antiguo, solo debemos unirnos al río humano que habitualmente recorre la rúa do Franco en dirección a la plaza del Obradoiro para llegar a nuestro destino final: la catedral compostelana.






