Al sur de la raia: Ecopista del Miño

Provincia: Viana do Castelo (Portugal)

Distancia: 47 km aprox.

Mapa:

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Descripción:

Los carriles bici siempre han sido una asignatura pendiente en España. De vez en cuando -sobre todo en los últimos años- a algún alcalde, en algún arrebato deportivo-ecológico, le da por hincar los codos y se deja unos euros en una estrecha pista asfaltada que da varias vueltas por la ciudad pegada al asfalto de alguna vía urbana y que termina muriendo en un punto aleatorio sin llegar realmente a ninguna parte. Pero a la hora de la verdad, la construcción de verdaderas rutas ciclistas siempre nos queda para septiembre.

En cuanto a las famosas Vías Verdes, construidas para el aprovechamiento turístico de alguna de las tristemente abundantes vías de tren abandonadas, se cuentan con los dedos de la mano y -salvo contadas excepciones- tienen distancias muy reducidas y/o son solamente aptas para senderistas o bicicletas de montaña pues su firme no va más allá de la tierra más o menos aplanada. La siempre saturada Senda del Oso da fe del éxito que pueden llegar a tener estas vías si se hacen las cosas medianamente bien, pero sigue estando muy lejos de las rutas similares que, sin darles ningún bombo, disfrutan en el resto de Europa (pongo aquí el ejemplo de la que siempre será mi ruta ciclista favorita: el Bristol and Bath Railway Path, creado hace ya casi cuarenta años por Sustrans entre estas dos localidades inglesas).

Por otra parte, cada año hay ciclistas españoles que se dejan unos buenos cuartos en pasar sus vacaciones de verano recorriendo alguno de los larguísimos carriles bici que siguen el cauce de alguno de los grandes ríos europeos. Personalmente conozco el que sigue el francés Loira, con sus castillos renacentistas; pero también es posible seguir el mítico Danubio a lo largo de casi todo su curso, atravesando varios países, o el Rin, por citar solo unos pocos. Incluso el americano Great Allegheny Passage y el Canal C&O nos permiten pedalear de Pittsburgh a Washington D.C. siguiendo en gran parte el curso de ríos y canales. En España, así a bote pronto, tengo que recurrir al olvidado (y casi abandonado) Canal de Castilla si quiero poner  un ejemplo comparable.

Pero, como decía Siniestro Total, «menos mal que nos queda Portugal». La red de ecopistas lusa (digna de explorar en profundidad, como haré en cuanto se me presente la ocasión) cuenta entre sus muchas rutas con una que, además de estar extremadamente cerca de España, sigue el curso de un río: el Miño o, como les gusta llamarlo a nuestros vecinos, o Minho. A pesar de que su distancia (apenas cuarenta kilómetros uniendo varias rutas) se queda un poco corta en comparación con las grandes rutas fluviales europeas, su firme apto para todo tipo de bicis (incluso para patines y hasta sillas de ruedas) no tiene nada que envidiar a aquellas. Además, las obras de enlace para unirla con otras rutas ya existentes y alargarla mucho más ya están en marcha.

Esta ruta se puede hacer, obviamente, en los dos sentidos: río arriba o, como describo aquí, río abajo. Comencemos:

Arrancamos, por tanto, en Monção (atrévanse a intentar pronunciarlo solo los más osados). Se trata de una freguesía de poco más de dos mil habitantes, cabeza del ayuntamiento del mismo nombre, que destaca por su tranquilidad. En comparación con las otras villas que visitaremos en nuestro viaje -mucho más concurridas-, en Monção da gusto pedalear por sus adoquinadas calles en busca de sus lugares de interés. El primero, por supuesto, es su fortaleza.

Como veremos en toda nuestra ruta de hoy, los portugueses y los españoles no siempre tuvieron una relación tan cordial como la que tenemos ahora y, en los puntos fronterizos, eso salta a la vista en forma de los numerosos castillos y fuertes existentes en ambos lados con sus cañones -por suerte hoy en día solamente decorativos- apuntándose aún mutuamente. En el caso de Monção, el fuerte que protegía la orilla sur del Miño data del siglo XIV. Fue en esta época, en el marco de las Guerras Fernandinas, cuando se hizo célebre una señora llamada Deu-la-deu Martins, figura que aparece en el escudo de la localidad y que da nombre a la principal plaza, decorada con su estatua. Al parecer, durante el sitio de la villa por parte de los castellanos en 1368, esta brava mujer (toda una portuguesa con bigote, que habría dicho mi abuelo) se las apañó para reunir la poca harina que quedaba en la famélica localidad y, haciendo con ella pan, se lo lanzó a las tropas castellanas al grito de «Si queréis más, avisad». Vista la presunta abundancia, las tropas sitiadoras se desmoralizaron y abandonaron su afán.

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Además de por su fortaleza (la que se conserva es del siglo XVII), Monção es también conocida por sus aguas termales que alimentan un moderno balneario. Este pasado termal también se barrunta en alguna bonita fuente que encontramos en el casco urbano.

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En el plano eclesiástico, es de destacar la iglesia matriz (donde, de hecho, se encuentra enterrada Deu-la-deu, aunque no pude entrar a comprobarlo porque se estaba celebrando una misa). De origen románico, lo más llamativo de esta bonita iglesia es que conserva el color original de la piedra, sin el enlucido blanco tan característico de las iglesias portuguesas (al menos no lo tiene en sus portadas principales).

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No se puede decir lo mismo de la capilla de la Misericordia, ya más moderna, que ha sido completamente pintada de blanco salvo en los elementos ornamentales, en los que se ha respetado el color de la piedra.

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Y, ya que estamos pedaleando por Monção, no debemos dejar de pasar frente a la antigua estación de ferrocarril (o de comboios, claro) por su importancia en relación con la ruta que vamos a hacer desde aquí. Tampoco debemos dejar de probar el delicioso vino verde (alvarinho) de la tierra, pero con moderación puesto que nos espera un buen trecho de pedaleo. Este vino da nombre también a un monumental pazo que se levanta en la plaza principal del pueblo, al otro lado de la cual no debemos dejar de disfrutar de los miradores abiertos al río Miño y a la cercana España.

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Si vamos sobrados de tiempo y/o fuerza, desde aquí podemos acercarnos hasta el Palacio de Brejoeira, a pocos kilómetros, un espectacular palacio del siglo XIX con magníficos jardines. Pero no hemos venido para eso y es hora de comenzar nuestra ruta, por lo que desde la plaza principal (Deu-la-deu, por supuesto) tomamos una calleja de firme especialmente irregular que está señalizada como «sin salida». En realidad sí tiene salida, y no es otra que la Porta de Salvaterra una de las cinco puertas abiertas en la muralla y que en esta ocasión nos permite descender traqueteando por el irregular empedrado hacia el río, dejando a la izquierda bonitas vistas de la fortificación.

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A la altura del Miño nos topamos ya con nuestro primer tramo de ecopista, aunque no se trata todavía de la que vamos a recorrer, sino de un corto carril-bici construido junto al río y que nos dejará en un parque justo bajo el puente internacional que comunica Monção con Salvaterra de Miño. Para los más sobrados, de nuevo recomiendo hacer unos kilómetros de más para cruzar hasta España y visitar la fortificación de Salvaterra (que ya hemos tenido oportunidad de ver desde la orilla portuguesa). Originaria de los siglos X y XI, este fuerte ha cambiado de manos varias veces a lo largo de la historia de conflictos hispano-lusos.

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Llegados a este punto, la corta ecopista de Monção se acaba y debemos adentrarnos en la estrecha callejuela asfaltada que aparece ante nosotros y que tras pasar junto a un invernadero comienza a ascender de forma significativa. Después de este corto tramo de enlace nos vamos a dar de bruces con la verdadera ecopista do Minho. Si la tomásemos hacia nuestra izquierda, en dirección Monção, llegaríamos en pocos metros al comienzo de la misma, en un polígono industrial donde destaca una hamburguesería con servicio a vehículos (por si queremos comer sin desmontar de la bici). Como este tipo de locales no nos parecen de interés turístico, que es a lo que hemos venido, tomaremos la ecopista en dirección contraria, hacia Valença.

La ecopista que vamos a seguir no es sino una vía verde construida sobre las vías de la antigua vía de tren que unía Monção con Valença do Minho (ya hemos visto antes la antigua estación de comboios de Monção). El firme es impecable, de cemento color ocre totalmente liso y, aunque en continuo sube y baja, las pendientes son tan suaves que ni nos daremos cuenta. Un terreno perfecto para rodar, aunque sin dejar de estar atentos, pues cada pocos metros encontraremos una especie de barreras de madera que impiden a los vehículos a motor entrar en la pista y a nosotros nos servirán para recordar que la ecopista se cruza a menudo con vías abiertas al tráfico. La estrechez del paso por dichas barreras puede ser complicado si utilizamos una bici de montaña de manillar ancho, pero se hace sin problemas con un manillar tipo carretera. En muchos de ellos han desaparecido alguno de los palos, ensanchando el paso, mientras que en otros hay pasos alternativos en los laterales.

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Durante los primeros kilómetros circularemos pegados a una pista asfaltada sin apenas tráfico, de la que nos separa una hilera de bolardos de madera. Después esa carretera se va a la izquierda y nos deja solos en nuestro pedalear. Circulamos rodeados de un bosque de robles y pinos que merece ser disfrutado.

Poco a poco nos vamos acercando más al río y nos adentramos en una zona de casas. El firme ha cambiado al color gris y sigue siendo igual de suave, aunque el compuesto debe de ser menos resistente y se ha agrietado en algunas zonas. Vamos tan centrados en el paisaje y la monotonía del pedalear por cemento que no nos damos cuenta de que el carril-bici se ha transformado en una auténtica carretera (que da acceso a una planta de tratamiento de aguas) pero que no tiene tráfico, por lo que no debemos preocuparnos. Después vuelve a estrecharse y un puente metálico nos permite salvar el curso de un riachuelo que desemboca en el Miño y que nos recuerda que estamos circulando por el antiguo trazado de una vía férrea. Pocos metros después, en un pequeño ensanchamiento, encontramos un merendero con vistas al río.

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En breve tenemos la primera oportunidad de romper la monotonía de la ruta al llegar a la localidad de Lapela. A la izquierda de la ecopista encontramos el edificio de la antigua estación, hoy reconvertido en la sede del club cicloturista local. Desde aquí lo mejor es que abandonemos la pista y vayamos a nuestra derecha en dirección al casco urbano que estamos circunvalando, ya que en Lapela se encuentra unos de los vestigios más interesantes del conjunto de fortificaciones de Monção: la torre del castillo de Lapela. Aunque se desconocen sus orígenes, parece ser que la torre actual fue construida durante el reinado de Don Fernando (s. XIV), durante las guerras con Castilla. El resto del castillo fue demolido en el siglo XVIII debido al mal estado en que lo dejaron los ataques de artillería sufridos a lo largo de su historia. La torre, con unos treinta y cinco metros de altura y diez de lado, puede visitarse gratuitamente y su interior es una especie de centro de interpretación que nos permite conocer la historia del lugar. Eso sí, hay que tener el valor de subir la empinadísima escalera que da acceso a su única puerta, que se encuentra a seis metros del suelo. Lo mejor es que tendremos una ocasión única de ver el aspecto de nuestra bicicleta desde las alturas. A pesar de estar en Portugal, la similitud de estas tierras con la cercana Galicia española se descubre por los hórreos que se levantan junto a la torre y en otros puntos de la localidad.

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Volviendo a nuestra ecopista, casi sin darnos cuenta asistimos a un nuevo cambio del color del firme, pasando ahora al rojo típico, por ejemplo, de la tierra batida de las pistas de tenis. Estamos circulando a pocos metros de la transitada N-101 y, si estamos atentos a nuestra izquierda, veremos aparecer un bello edificio que se levanta en una explanada junto a esta carretera. Se trata de la impresionante portada barroca de la Quinta do Castro, de cuya factura original no se conserva nada más y de la que tampoco me ha sido posible obtener mucha más información. Merece la pena prestar atención a su decoración almenada, su simetría, el potente almohadillado de puerta y ventanas y, especialmente, a los «salvajes» que sostienen el escudo de armas de la familia.

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Si siguiésemos la carretera, a pocos metros de aquí encontraríamos un monumento a Charles Lindbergh. La escultura en sí no es gran cosa, pero la historia merece la pena: ¿qué pinta en una aldea perdida de Portugal llamada Friestas un monumento al aviador americano que cruzó por primera vez el Atlántico sin escalas y en solitario en 1927? Pues parece ser que, siendo ya un mito de la aviación, Lindbergh, se dedicó -junto a su mujer, Anne Morrow- a la prospección de rutas aéreas con fines comerciales. En uno de sus viajes, de Ginebra a Lisboa, el mal tiempo  que encontró al cruzar los Pirineos lo dejó sin reservas suficientes de combustible y se vio obligado a detenerse para repostar… y, como iba a los mandos de un hidroavión Lockheed, consideró que el río Miño era un buen lugar para hacerlo, lo que dejó conmocionados a los lugareños que en su vida habían visto un artilugio semejante y mucho menos conducido por una figura de renombre internacional. Por decirlo de alguna manera, y salvando las distancias, sería como si Fernando Alonso parase con su Formula 1 en la gasolinera de un pueblo cualquiera.

A pocos metros del monumento vemos también una pequeña capilla dedicada al Senhor dos Aflitos. En torno a ella se levanta un tranquilo parque preparado para todo tipo de fiestas con su quiosco y otro escenario extra.

Pero nos hemos desviado de nuestra ruta. Volvemos al cemento rojizo de la ecopista junto a la Quinta do Castro y seguimos pedaleando. Pronto abandonamos el bosque para salir a amplios campos de viñedos (ya hemos dicho que el vino es uno de los principales productos locales). A nuestra izquierda vemos la antigua estación de Friestas, reconvertida en área de descanso con un edificio de servicios, donde podremos pararnos a echar un pis si fuese menester.

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Alternando tramos de bosque y amplios campos de viñedos llegamos a la siguiente estación, en este caso la de Verdoejo, donde de nuevo se ha habilitado una zona para descansar y orinar.

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Poco a poco los viñedos se van haciendo más abundantes y a lo lejos, al otro lado del río, aparece el casco urbano de Tui. En los últimos kilómetros hemos ido poniéndonos de nuevo en paralelo a la carretera N-101 y llegamos casi a unirnos a ella antes de separarnos definitivamente para, salvando algunos derrumbes del talud de la pista, adentrarnos en las afueras de Valença do Minho.

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Llegados a Valença encontramos la última estación, que en este caso se ha convertido en un centro de interpretación de la ecopista (aunque lo reducido de su horario de apertura me ha hecho imposible visitarla) y el carril-bici muere en una escultura metálica junto a la vía del tren. Tengo entendido que es posible, girando a nuestra derecha, unir varias vías que rodean el caso urbano de Valença y enlazan con el siguiente tramo de ecopista, pero somos cicloturistas y nos encontramos a los pies de una preciosa localidad con cientos de lugares que visitar, así que salimos a la carretera principal y después de unos metros de asfalto y una dura subida de adoquines irregulares, nos encontramos al pie de la muralla de la famosa fortificación de Valença.

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Valença es una freguesía que consta de apenas mil habitantes más que Monção, pero en este caso no vamos a encontrarnos en su casco antiguo una fortaleza como nos ocurrió en Monção, sino que ¡encontramos dos! Sus orígenes se remontan a un castillo medieval y sus correspondientes murallas construidos en el siglo XIII. En el siglo XVII, en el contexto de la Guerra de la Restauración, adquirió su formato actual que responde al estilo Vauban (en honor del ingeniero militar  Sébastien Le Prestre, marqués de Vauban), es decir, una fortificación de muros de piedra y arena más bajos pero más anchos que los tradicionales para contrarrestar el poder de la artillería enemiga y repletos de bastiones o baluartes que le dan su característica forma de estrella y que permitían el fuego cruzado desde la fortificación contra el ejército aspirante a invasor. Esta posibilidad se aprecia claramente si nos fijamos en los cañones ornamentales que aún hoy se mantienen en la muralla (como curiosidad merece la pena fijarse en que uno de ellos apunta directamente a Tui).

En el caso de Valença, al contar con nada menos que cinco kilómetros de perímetro amurallado, lo mejor es que nos lo tomemos con calma y nos perdamos por el «núcleo museológico» para explorarlo en profundidad. Durante el día, pese a lo imponente de las fortificaciones, la ciudad es invadida sin piedad por un auténtico ejército de turistas españoles que ocupa el caso histórico y saquea las tiendas en busca de su botín de toallas y pijamas, pero si hemos sido afortunados -o previsores- y hemos llegado a una hora temprana, podremos recorrer sus empedradas callejuelas con relativa calma, teniendo solamente que esquivar a los comerciantes portugueses que preparan sus tiendas y tenderetes para hacer frente al invasor. Si somos expertos en el gran arte de perderse, encontraremos en la fortaleza auténticos tesoros en forma de puertas (destacando las de Coroada en la fortaleza sur y las Portas del Meio que, como se desprende de su nombre, separan ambas fortalezas), ventanas y vistas espectaculares y, como extra, tendremos otros premios, como la iglesia de Santo Estevão (del siglo XIV y fachada neoclásica), la iglesia de Santa Maria dos Anjos (originaria del siglo XIII y superposición de estilos), la capilla de la Misericórdia (barroca, reformada en el XIX en estilo neoclásico), una capilla de almas, la casa del Arco da Gaviarra (con un pasadizo inferior), la capilla del Bom Jesus… ¡hasta un miliario romano del siglo I! A modo de aperitivo dejo un puñado de fotos sin ordenar de algunos rincones de Valença para ir abriendo el apetito de futuros cicloturistas curiosos.

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Cuando nos cansemos de curiosear por Valença (o, más bien, cuando se nos eche el tiempo encima o cuando los turistas invadan la ciudad y la hagan intransitable), lo mejor es que, imitando a nuestra manera a Dorothy, sigamos «el camino de baldosas amarillas», es decir, las flechas amarillas que señalizan el Camino Jacobeo Portugués para -pasando ante el autoproclamado último bar de Portugal- llegar al puente internacional que comunica Valença con la vecina ciudad española de Tui. El puente bien merece que le echemos un vistazo pues una única estructura metálica permite, desde nada menos que 1884, que trenes, coches y peatones (y ciclistas, por supuesto) crucen el río Miño y cambien de país. Las obsoletas instalaciones fronterizas , aunque menos agresivas que la fortaleza, recuerdan también un pasado en el que ambos países no estaban tan unidos como lo están hoy.

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Una vez más, si tenemos tiempo y fuerzas, recomiendo acercarnos a Tui para visitar, aunque solo sea, su magnífica catedral románico-gótica (siglos XII y XIII). Si decidimos dejar esa visita para otra ocasión, ha llegado la hora de continuar nuestro viaje a lo largo del Minho o Miño portugués.

Por debajo del puente vemos salir un carril-bici. Se trata de nuestra abandonada ecopista que ahora hemos de retomar en dirección oeste, trepando por la colina que sustenta las murallas de Valença y disfrutando por última vez de las magníficas vistas. Dejándolas ya atrás, descendemos sobre los pasos elevados que nos llevan sanos y salvos al otro lado del cruce de varias autopistas, llegando finalmente a un animado parque con puestecillos de vendedores ambulantes, quioscos de helados, bares y restaurantes. Nos encontramos junto a la capilla de Nuestra Señora de la Cabeza (Nossa Senhora da Cabeça). Llegar al parque es fácil, pero acceder a la capilla ya es otra cosa: una empinada y considerablemente larga escalinata nos lleva a la cima de la colina sobre la que se levanta una sencilla y pequeña capilla sin demasiado interés por sí misma, aunque sí resultan curiosas las ofrendas de velas con forma de cabeza dejadas en el altar por los fieles (después de comprarlas allí mismo).

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Recuperando nuestras bicis terminamos de bajar hasta el río por cuya orilla transcurre el resto de nuestro viaje. A partir de ahora no circularemos ya por una antigua vía de tren, sino simplemente por un bonito carril-bici construido junto al río y que en muchos tramos coincide con el Camino de Santiago Portugués por la Costa (desde luego no se puede decir que no haya rutas jacobeas para todos los gustos). Si somos especialmente sensibles notaremos que el cemento es ahora menos suave que el que tuvimos en el tramo Monção-Valença pero, aún así, sigue siendo una maravilla.

Dejando atrás el diminuto puerto fluvial de Valença circulamos por un cemento grisáceo junto a un camino que nos abandona al poco tiempo. Después pasamos junto a otro muelle (en un tramo donde el cemento desaparece y nos recuerda que estamos en Portugal haciéndonos rodar sobre adoquines unos metros para regresar después al cemento de nuevo) y pronto giramos bruscamente a la izquierda para abandonar la orilla del río en un corto ascenso junto a una carreterita. Pasando bajo la vía del tren, giramos de nuevo bruscamente a la derecha para descender lo subido y circular entre la vía férrea y un camino de tierra sobre un firme que ha vuelto a adquirir su característico tono rojizo.

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Al poco se nos une a la derecha un camino (que viene, según las flechas amarillas, de Compostela) y llegamos a un pequeño puente que nos permite cruzar, junto a los peregrinos, un pequeño arroyo. Se trata del puente medieval de la Veiga da Mira, que cuenta con un arco de medio punto bastante apañado. Debo decir que, aunque la primera vez que hice esta ruta era harto complicado fotografiar este pequeño puente en condiciones debido a la maleza que rodeaba al cauce del río, el entorno ha sido posteriormente desbrozado y hoy ofrece una imagen bastante aseada.

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Inmediatamente después de cruzar el puente nuestra ruta gira a la derecha para pasar bajo la vía del tren y regresar a la vera del Miño (aunque justo aquí lo encontramos escondido tras una larga isla). Tras unos pocos metros en los que el firme de la vía ha cedido y, la última vez que pasé por aquí, estaba siendo reparado, circulamos tranquilamente entre la vegetación que crece a orillas del río hasta llegar a San Pedro da Torre, donde la ecopista deja paso a una pasarela de madera que nos permite rodear una casa y, tras unos metros más del clásico cemento rojizo, pasamos al asfalto de una calle del pueblo antes de retomar de nuevo el carril-bici. A la derecha, tras los árboles, vamos viendo cada vez más embarcaciones amarradas sobre el río.

Después de un brusco giro en forma de U para salvar el cauce de un nuevo regato, el firme vuelve a cambiar de color y pasa ahora a ser ocre. Cruzamos un parquecillo y después un nuevo giro en U nos lleva hasta un puente para salvar otro modesto tributario del Miño. A la altura de un nuevo pueblo (Carvalha, creo) los campos de cultivo que nos acompañan a la izquierda son sustituidos por el asfalto de una carretera, pero es solo por un corto trecho. El pedalear, en llano, por cemento, con árboles y el río por un lado y campos de labor y, algo más lejos, el tren por el otro empieza a hacerse aburrido por monótono pero no tardaremos en notar que el Miño se ha estrechado significativamente. En realidad es porque una nueva isla (Morraceira) nos lo oculta, dejando solo a la vista un pequeño canal. Llegamos a un parque plagado de coches, familias descansando y pescadores y nos damos cuenta de que tenemos el río a ambos lados justo a tiempo de ver como el carril-bici se acaba. En realidad lo que pasa es que nos hemos adentrado en la pequeña península da Lenta y nos vemos obligados a ir unos metros hacia atrás para poder continuar nuestra ruta río adelante (en este caso, debido a la curva que ha ido describiendo el río, estamos pedaleando hacia el sur).

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Cuando nos encontramos justo a la altura del extremo sur de la península que acabamos de abandonar, y tras pasar junto a un hotel, vemos que de la carretera que nos acompaña surge, a nuestra izquierda, una pequeña pista ascendente con firme asfaltado pero en lamentable estado. Si abandonamos nuestra ecopista y subimos por la carreterita llegaremos al fuerte de San Francisco de Lovelhe (o de Azevedo, o simplemente de Lovelhe), una fortificación muy similar a las de Monção o Valença, con la peculiaridad de que aquí no hay ninguna ciudad y puede apreciarse su estructura de cinco baluartes sin la interferencia de construcciones modernas. Este fuerte, construido en el siglo XVII, reconstruido en el XVIII y dañado y abandonado en el XIX, colaboró con la atalaya de Lovelhe (en el monte de la Encarnación de vemos tras él) y con el cercano castillo de Vila Nova de Cerveira en la defensa de este tramo del Miño.

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Regresando a nuestra ecopista y retomándola donde la dejamos, esta continúa junto a la carretera para pasar bajo el último puente internacional que conecta España y Portugal por carretera (a partir de aquí solo queda recurrir al ferry) y asciende después en paralelo a este puente hasta llegar casi hasta el fuerte de Lovelhe de nuevo. Después de un giro a la derecha desciende de nuevo, dejando a la izquierda un original edificio que alberga una piscina y a la derecha un puerto fluvial y, sin más, llegamos a Vila Nova de Cerveira.

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Para acceder al casco urbano de Vila Nova de Cerveira (que, siguiendo con nuestra referencia habitual, tiene aproximadamente la mitad de habitantes que Monção) tenemos primero que pasar por uno de los dos arcos que se abren bajo la línea ferroviaria. Al otro lado -si hemos pasado por el arco de la derecha- nos espera una subida con firme de nuestros ya familiares adoquines. Ascendiendo por ella, y dejando a la izquierda una pequeña capilla dedicada al asaeteado San Sebastián, nos adentramos en una calle comercial -con tiendas, bares y restaurantes a ambos lados- que termina llegando a la plaza de la Libertad, donde lo primero que vemos es una capilla de ánimas y, frente a nosotros, la iglesia matriz de la localidad, consagrada a San Cipriano y del siglo XVI, aunque su aspecto barroco actual se deba a las reformas del siglo XVIII.

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A nuestra izquierda queda el acceso al recinto amurallado de forma oval -típicamente gótico- del siglo XIII. En el interior de este recinto amurallado se encuentra la iglesia da Misericórdia, del siglo XVII (aunque la que vemos actualmente se construyó en el XIX en estilo neoclásico) y el pelourinho (picota).

En el recinto amurallado se encuentra también una capilla dedicada a Nossa Senhora da Ajuda, cuya festividad se celebraba casualmente durante mi visita a la ciudad, lo que me impidió acceder al recinto amurallado para explorarlo. Además de esos festejos, en la animada localidad se celebraba también una exposición de crochet al aire libre y la famosa Bienal de arte, por lo que la ciudad entera era una fiesta con todo el interés que ello implica, pero también con la desventaja de no poder visitarla con tranquilidad. Aún así me las arreglé para fotografiar la casa verde (de llamativa fachada recubierta de azulejos verdes y adornos de granito, probablemente de finales del siglo XIX o principios del XX) y alcancé a ver a lo lejos, en la cima de un monte cercano, la famosa escultura de hierro -firmada por José Rodrigues- del Cervo de Cerveira.

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Volviendo a bajar, esta vez por el otro lado de la muralla, llegamos a una amplia explanada donde los sábados tiene lugar uno de los más concurridos mercadillos del norte de Portugal, aunque mi visita tuvo lugar en domingo y, aún así, encontré algunos puestos de antigüedades y chatarras varias. Quizás sea desde este punto desde donde mejores vistas de conjunto se tengan del recinto amurallado de la localidad.

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Volviendo al otro lado del tendido ferroviario (ahora por el otro arco) regresamos a nuestra ecopista, recordando fijarnos en la orilla opuesta del Miño, donde destaca la fortificación enemiga, en este caso el castillo de San Lorenzo de Goián, en el concello pontevedrés de Tomiño (de querer acercarnos a visitarlo, lo mejor es hacer uso del puente internacional que dejamos atrás al pasar por el fuerte Lovelhe). Como todas las fortificaciones que hemos visto hoy (salvo el castillo de Cerveira y la torre de Lapela), se trata de una fortificación estrellada del siglo XVII donde lo más reseñable es el puente de acceso.

Volviendo al lado portugués del río y a nuestra ruta, la ecopista atraviesa el parque del Castelinho, con su parque acuático y rocódromo (y donde, por cierto, es posible alquilar bicis) y pasa junto al interesante Aquamuseu, con acuario y un museo donde aprender más sobre las artes de pesca tradicionales de la zona. Después regresamos a nuestro monótono pedalear por la orilla de un Miño que tiene cada vez más aire marítimo. A nuestra derecha queda la isla da Boega y, antes de haberla pasado por completo, la mucho más pequeña y boscosa isla de los Amores o del Castillo, que sirve de refugio a numerosas embarcaciones.

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Al otro lado de la isla, la ecopista nos deja en el parque de Cais da Mota -apenas una explanada con embarcaderos- donde hasta hace bien poco moría junto a las aguas del Miño. Sin embargo, en la actualidad no es este sino un lugar de paso pues, pudiendo elegir aquí entre recorrer los siguientes metros por una pasarela de madera o el poco amigable firme empedrado típico de Portugal, volvemos a encontrar al poco la continuación de la ecopista, que sigue dibujando el contorno del Miño como si nada hubiese pasado.

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Tras un rato más de pedaleo entre el río y una carreterita empedrada llegamos a un bar que marca lo que parece ser, ahora sí, el final de nuestra aventura…pero no. Dejando el carril bici para pasar al empedrado que nos lleva, en perpendicular al Miño, hacia la izquierda, cruzamos la vía férrea con precaución por un paso a nivel y, con más precaución aún, la transitada N-13 con la que nos topamos al otro lado.

Al otro lado de esta (y desplazándonos ligeramente a la derecha), subimos por la calle empedrada y, nos disponemos a seguir la ruta jacobea que viene de la costa (en realidad hay más alternativas para cruzar el casco urbano de Lanhelas, donde nos encontramos, pero esta es la más sencilla por estar señalizada para los peregrinos, aunque sea en dirección contraria a la que nosotros llevamos) hasta llegar a una bonita capilla dedicada a San Sebastián (algo más arriba en la misma calle está una iglesia algo más grande consagrada al mismo asaeteado santo) donde giramos a mano derecha para enfilar una estrecha calle que nos lleva, bajo un pequeño arco, hasta una fuente donde, torciendo levemente a la derecha, seguimos de frente y abandonamos los adoquines para pasar al asfalto unos segundos y, al regresar a los adoquines, ignorar la cercana N-13, pasar junto a la discreta capilla de San Antonio y, por asfalto y muy brevemente por tierra, alcanzar una nueva carretera descendente que tomamos a la derecha, hacia la N-13.

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Al otro lado de la carretera vemos ya la estación de tren de Lanhelas y, si nos fijamos, un cartel que nos indica ya dónde retomar nuestra ecopista perdida. Obedeciendo la señal, cruzamos de nuevo la vía férrea por un paso a nivel y, rodando unos metros por el camino de tierra que sale a nuestra izquierda, alcanzamos de nuevo el carril-bici justo en la parte trasera de la estación.

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Una vez más rodamos por nuestro añorado firme rojizo que circula en este tramo pegado a la vía del tren. A la derecha dejamos un pequeño merendero construido cerca de un lavadero donde alcancé a vislumbrar un pequeño mamífero que se escabulló nada más verme sin darme tiempo a descubrir su especie. Algo más adelante, nuestra vía se estrecha para pasar entre un grupo de casas que, a nuestra derecha esconden un bonito conjunto estropeado por el aparatoso todoterreno que aparca entre la capilla dedicada -de nuevo- a San Sebastián y el cercano crucero. A continuación salimos una vez más a la orilla del río junto al que pasamos a rodar, dejando al otro lado un bar.

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Tras dejar a nuestra izquierda varios alpendres de pescadores alcanzamos una plazuela decorada con un ancla desde donde se alcanza a ver, al otro lado de la vía, el campanario de la iglesia de San Pedro, en Seixas. La panorámica hacia el otro lado, en la orilla opuesta del Miño, está ya dominada por el monte de Santa Tegra o Tecla, sobre el núcleo urbano de A Guarda.

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Tras unos pocos minutos pedaleando al lado de la vía, nos separamos de nuevo de ella para acercarnos al río en el entorno de un restaurante y, ahora sí ya de forma definitiva, alcanzamos el final de esta ecopista del Minho que durante tanto tiempo nos ha servido de guía en nuestra aventura de hoy. Si aún nos quedan ganas de fiesta en las piernas y no tenemos miedo al tráfico portugués, podemos unirnos algo más adelante a la N-13 para, cruzando por ella la desembocadura del río Coura, alcanzar la localidad de Caminha que ya divisamos en lontananza y donde, si así lo deseamos, podemos seguir pedaleando siguiendo el Eurovelo 1. En caso contrario, tras echar un último vistazo al impresionante monte de Santa Tegra y admirar la amplia desembocadura del Minho/Miño en el Atlántico, damos media vuelta a nuestras bicis y volvemos sobre nuestros pasos hasta Vila Nova de Cerveira, Valença do Miño o Monção, según nuestras fuerzas o necesidades.

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