Provincia: Bragança y Guarda (Portugal)
Distancia: 105 km aprox.
Mapa:

Descripción:
Existen muchos tipos de fronteras entre países. En los mejores casos, las naciones limítrofes se limitan a colocar una línea de mojones, señales o marcas entre sus respectivos territorios, o solventan la papeleta colocando un puñado de policías malencarados en las principales vías de comunicación entre ambas. Más se lo curran los que levantan una alta valla y la decoran con afiladas concertinas para disuadir a sus vecinos de asomar sus curiosas naricillas al otro lado. Los hay también de los que sustituyen la malla metálica de la valla por un sólido muro de hormigón para tentar a Banksy a que se lo decore gratuitamente, o incluso algún optimista embaucador que sueña con que su vecino pague la factura de la construcción de dicho muro. Pero, que se sepa, nadie ha alcanzado el nivel ibérico donde, para separar España de Portugal se excavó un profundo foso que alcanza varios cientos de metros de profundidad durante la mayor parte de su extensión. El sufrido trabajador que lleva milenios excavando el duro granito responde al nombre de Duero -o Douro- y, en este tramo fronterizo, además de su ocupación como picapedrero es también el encargado de suministrar gran parte de la energía eléctrica que consumen ambos países.
Así, entre embalse y embalse (Miranda, Picote, Bemposta, Aldeadávila y Saucelle), las aguas del Duero sirven de frontera hispano-portuguesa en los ciento veinte kilómetros largos que separan la presa del embalse de Castro (en Zamora) del muelle de Vega de Terrón (en Salamanca) y, algunos kilómetros al oeste, un desconocido río de atractivo nombre -el Sabor- le acompaña en su viaje hasta terminar uniéndose a él ya bien dentro del territorio portugués.
Entre ambos ríos, una vía férrea abandonada está siendo -tramo a tramo- transformada en vía verde o, como gustan de llamarlas nuestros vecinos portugueses, en ecopista. Bienvenidos a la Ecopista do Sabor.
Pero, antes de decir nada más, cedamos la palabra al gran José Saramago para que nos haga su presentación de la línea cuando estaba en funcionamiento:
«Esta linha férrea que vai ao lado da estrada parece de brincadeira, ou restos de solene antiguidade. O viajante, cujo sonho de infância foi ser maquinista de caminhos de ferro, desconfia que a locomotiva e as carruagens são desse tempo, objetos de museu a que o vento que vem dos montes não consegue sacudir as teias de aranha. Esta linha é a do Sabor, do nome do rio que se torce e retorce para alcançar o Douro, mas onde esteja o gosto da traquitana, isso não descobre o viajante».
Y dejemos también que Julio Llamazares nos hable de la línea, esta vez después de su cierre:
«Era la línea del tren que venía de Miranda y que seguía hacia Mogadouro y hacia Torre de Moncorvo. La Sabor, como aún la llaman la gente de estas aldeas. Aunque hoy nadie viaja ya en sus trenes de juguete. La línea cerró hace años y sólo quedan las vías. Y un letrero que aún advierte al pie de la carretera: Atención a los convoyes. Pare, escuche, mire.»
La Linha do Sabor (línea del Sabor), como era conocida esta ruta ferroviaria, fue planeada en el siglo XIX para conectar la aislada región de Miranda do Douro, en el noreste portugués, con la línea del Duero, que acababa de abrirse y que conectaba la aldea de Pocinho con España por un lado y con los puertos de la costa atlántica por el otro. El primer tramo, el más cercano a la estación de Pocinho (que incluía un gran puente sobre el río Duero), fue inaugurado en 1911, pero no fue hasta 1938 cuando entró en funcionamiento el resto de la línea que, atravesando la meseta mirandesa, llegaba casi hasta su ciudad más importante -la propia Miranda-, con la estación final en la pequeña localidad de Duas Igrejas. Así, durante medio siglo esta conexión ferroviaria -de ancho métrico- permitió explotar comercialmente los grandes recursos naturales de la región -agrícolas, ganaderos y, sobre todo, mineros- hasta que, en el transcurso de una década negra para las conexiones ferroviarias de esta región transfronteriza, la línea del Sabor fue clausurada definitivamente en 1988.
Ya en la segunda década del siglo XXI, y tras varios rumores desmentidos de reapertura, se inició el desmantelamiento de los raíles y la construcción sobre la plataforma ferroviaria de una ecopista que en un futuro no muy lejano permitirá recorrer a pie o en bicicleta los más de cien kilómetros que separan el río Duero a su paso por la estación de Pocinho (aún operativa) de la aldea de Duas Igrejas, en las cercanías de Miranda do Douro. Por el momento solo han sido abiertos al público dos tramos: unos treinta y cinco kilómetros desde el comienzo de la línea, en Pocinho, hasta los alrededores de la localidad de Carviçais, y la última docena de kilómetros de la línea, entre las estaciones de Sendim y Duas Igrejas. Así que, en espera de que abran más tramos y como dijo un famoso carnicero de nombre Juanito, vayamos por partes:
TRAMO POCINHO – CARVIÇAIS
Distancia: 35 km aprox.
Track: Descargar EcopistaSabor_inicio.gpx
Aunque esta ecopista discurre íntegramente por el distrito de Bragança, vamos a comenzar nuestra excursión en el de Guarda, en la pequeña localidad de Pocinho, donde muere la vieja vía de tren aún activa (pero poco) que remonta el curso del Duero desde Oporto.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que esta pequeña aldea fue un núcleo ferroviario relativamente importante pues no solo los trenes llegados de la costa portuguesa continuaban camino hacia España para enlazar con el eje París-Lisboa, sino que de aquí partía también nuestra línea del Sabor en dirección a Miranda. Sin embargo, hoy en día la estación de tren es un conjunto de construcciones abandonadas o semiabandonadas que solo de vez en cuando reciben la visita de algún convoy despistado.
Unos minutos deambulando por la zona de la estación de Pocinho nos permitirán localizar también un pequeño restaurante y, lo más interesante para nosotros, la antiguas vías que se dirigen hacia el ruinoso puente que cruza el Duero. Nos encontramos en el punto de inicio de la antigua Linha so Sabor pero, debido al lamentable estado del puente ferroviario, para alcanzar la ecopista debemos dar antes un pequeño rodeo para cruzar el río.


Dejando atrás la estación de Pocinho -frente al que vemos el curioso complejo del Centro de Alto Rendimiento que acoge los entrenamientos de los equipos portugueses de remo- nos dirigimos hacia la cercana presa que nos permitirá cruzar el Duero. A la derecha dejamos también un cartel que nos anuncia la cercanía de un lugar que no debemos dejar de visitar cuando tengamos ocasión: los grabados rupestres prehistóricos del Valle del Côa que, situados en la zona de la desembocadura de dicho río en el Duero, forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO junto a los cercanos grabados de Siega Verde (junto al cauce del río Agueda, en Salamanca).

Cruzamos por tanto el Duero/Douro por la presa del embalse de Pocinho, inaugurada en 1983. No debemos de pasar de largo sin reparar en un pequeño detalle que observamos en el extremo del muro de la presa, junto al margen derecho del río: la gigantesca esclusa que permite, junto a las otras cuatro que existen aguas abajo, que el río Duero sea navegable en todo el territorio portugués, ayudando a los barcos a salvar los 22 metros de desnivel que tiene la presa. Si somos afortunados podremos ver utilizarla a algunos de los barcos turísticos que con frecuencia recorren el río.


Una vez en la orilla norte (la de Bragança) del Duero continuamos por la carretera hasta que, apenas unos metros más adelante, vemos a la izquierda el desvío hacia la vieja carretera, donde ya está indicado cómo llegar a la ecopista. Esta, de hecho, comienza justo donde acaba el destrozado puente ferroviario que viene de Pocinho, el acceso al cual -muy sabiamente- está prohibido. Ignoro si está previsto recuperar el puente para la ecopista. Después de un último vistazo a Pocinho, del que tenemos desde aquí una vista panorámica al otro lado del río, comenzamos ya nuestra excursión.



El firme de tierra compactada de este tramo de ecopista está inmaculado. El motivo no es otro que el simple hecho de que, cuando yo lo recorrí, llevaba poco más de dos meses abierto al público. Basándome en lo que vi más adelante, mucho me temo que durará poco tiempo así.
Los primeros metros -después de dejar a la izquierda la abandonada construcción que vigilaba el acceso al puente- transcurren pasando bajo sendos viaductos. Primero bajo el camino que lleva a la central eléctrica asociada a la presa de Pocinho (que queda a nuestra izquierda) y, casi de inmediato, bajo la carretera IP2 que va aquí pegada a la orilla del río. Por cierto, que el paso bajo esta carretera es también utilizado por un ganadero local para refugiar su rebaño del intenso sol estival por lo que no nos extrañemos si, a nuestro paso, varias decenas de ovejas arrancan a correr asustadas de golpe.
A continuación la ecopista comienza ya su ascenso. Por suerte, al estar construida sobre un antiguo trazado ferroviario, las pendientes son siempre suaves y, aunque la subida es considerable, es muy llevadera y con estar en un estado de forma medianamente aceptable apenas si notaremos que estamos subiendo. Las magníficas vistas que se abren a nuestra izquierda nos ayudarán también a subir sin esfuerzo.
Subimos sin prisa pero sin pausa por un trazado construido directamente sobre la ladera con algunos mínimos refuerzos allí donde son necesarios para salvar algún desnivel brusco. Bajo nuestros pies -o más bien nuestras ruedas- discurre la ya mencionada IP2 pegada al cauce del río y, al otro lado del mismo, los viñedos de la Quinta do Vale Meão, que ocupan toda la parte interior del pronunciado meandro que forma el Duero en esta zona.


En nuestra orilla también hay cultivos de viñedos, pero únicamente salpicando una ladera más agreste, donde también encontramos algunos árboles frutales cuyos frutos podemos alcanzar con la mano sin necesidad de desmontar de la bicicleta (siempre que estemos en la época adecuada, claro). Las amplias superficies cubiertas de vides alineadas, los cuidados caminos de acceso y las zonas sin cultivar conforman un bello mosaico de colores y geometrías ordenado alrededor de la línea azul que serpentea en la parte inferior, siguiendo la cual podremos ver con cierta frecuencia los barcos que recorren el valle. Sin embargo, la belleza del lugar no debe distraernos de la conducción, pues no existe ninguna separación física entre la ecopista por la que avanzamos y los considerables barrancos que se abren hacia el Duero en algunos puntos, como las abundantes señales del recorrido se encargan de recordarnos .






Después de una pronunciada curva que nos aleja del río para salvar un barranco (y donde un zorro despistado que se encontraba en medio de la ecopista solo se apartó de mi camino en el último momento), dejamos un par de construcciones abandonadas a ambos lados de nuestra ruta y regresamos por un momento a la orilla del Duero (que, por supuesto, vemos desde las alturas) para contemplar la desembocadura del río Sabor, junto al que vemos un par de pueblos -Foz do Sabor y Cabanas de Baixo- y una concurrida playa fluvial. En este punto abandonamos por ahora el curso del Duero, que dobla bruscamente en su meandro para continuar su camino hacia Oporto, aunque nos reencontraremos más tarde con él (aunque en esta ocasión sea aguas arriba del mismo).

Los árboles frutales (principalmente almendros y olivos) se van haciendo cada vez más frecuentes y muestran un aspecto cada vez más cuidado a medida que avanzamos, lo que siempre es indicio de la cercanía de presencia humana. También apunta en esa dirección la aparición puntual de colmenas junto al camino (al igual que el incremento de los peatones que nos encontramos en la ecopista). No tardamos en comprobar la veracidad de nuestra intuición al ver aparecer a lo lejos el caserío, de importante tamaño, de Torre de Moncorvo al que la ecopista, siempre en suave ascenso, no tarda en llegar.

Justo antes de llegar al caso urbano, un pequeño panel a nuestra izquierda nos recuerda que la decena de kilómetros que dejamos a nuestras espaldas conforman el tramo de ecopista más recientemente inaugurado, lo que nos abre la duda de qué encontraremos a partir de aquí, ya que nos vamos a adentrar en el primer tramo de ecopista construido.
Después de cruzar la carretera por un paso a nivel y, unos metros más adelante, pasar sobre otra calle por un diminuto puente metálico, avanzamos entre los viejos raíles (que aquí se conservan y asoman entre la tierra) hasta la estación de Moncorvo, aunque antes de llegar a ella recomiendo abandonar temporalmente el trazado de la ecopista para visitar la localidad.
Este breve desvío debería servir, como mínimo, para curiosear en torno a la magnífica estructura que llevamos viendo desde que vislumbramos a lo lejos el casco urbano del pueblo, destacando entre el caserío: la iglesia matriz de la Asunción, considerada uno de los templos parroquiales más grandes de Portugal. De estilo renacentista (como atestiguan, entre otros detalles, los medallones que la adornan), fue construida entre los siglos XVI y XVII y en su fachada destaca la torre del reloj, que no es sino un inmenso campanario coronado por una balaustrada. Esta iglesia es popularmente conocida como «de higos y miel», debido a la higuera que creció en medio de su fachada y a la colmena que las abejas instalaron en otro de sus muros. En su exterior destaca el conjunto de interesantes gárgolas y, en su interior, no debemos dejar de fijarnos en los retablos barrocos y manieristas o en sus pinturas murales del siglo XVIII.

No debemos tampoco abandonar el pueblo sin visitar el castillo gótico (s. XIII) o los restos de la muralla medieval (incluyendo una de sus puertas) que aún se conservan. El callejeo por las empedradas calles de la localidad (aunque solo sea en busca de un bar donde refrescarnos o tienda donde aprovisionarnos) nos recompensará también con otros rincones como fuentes, capillas o bonitos parques.




Es hora ya de regresar a la ecopista y descubrir las sorpresas que nos tiene reservadas. La habíamos dejado junto a la antigua estación, hoy correctamente recuperada y donde podemos ver, además de la estación misma y sus correspondientes andenes y almacenes, los antiguos aseos (en una de cuyas paredes hay una fuente), un depósito de agua elevado y, un poco más adelante, la aguada o grúa de agua (o, como a mí me gusta llamar a estas estructuras, el grifo gigante) que abastecía de agua a la locomotora en los viejos tiempos en los que los trenes se movían con la fuerza del vapor.



Pasadas las instalaciones de la estación la cosa se complica, pues el firme de la ecopista se estropea bastante en este punto como si hubiese sido transitada por maquinaria pesada. El firme irregular hace que por primera vez nos demos cuenta de que estamos subiendo, aunque en realidad no hemos dejado de hacerlo desde que salimos de Pocinho. La ecopista ha conocido sin duda días mejores -la inauguración de este tramo creo que fue allá por 2005- como atestigua el hecho de que circulemos por una zona dotada de iluminación y por las numerosas zonas de descanso que dejamos a nuestro paso, cada una con un par de bancos, un aparcamiento para bicis (algunas también cuentan con fuente) y magníficas vistas, aunque bloqueadas por los árboles que han crecido desde su construcción.
Aunque el estado del suelo requiera aquí toda nuestra atención, no debemos dejar de levantar la vista de cuando en cuando pues, después de haber pasado bajo la carretera, a nuestra derecha dejamos el convento carmelita del Carmelo de la Sagrada Familia, construido en la segunda mitad del siglo XX.

Poco después llegamos a una carretera que hemos de cruzar, dejando a nuestra izquierda la pequeña localidad de Larinho. Al otro lado de la carretera nos espera la antigua estación de tren, que se encuentra en perfecto estado de conservación y actualmente alberga un bar cuya terraza, a lo largo de la ecopista, nos invita a parar a tomar un refrigerio. Ignoro si la terraza se encuentra también aquí instalada en otras épocas del año, pero sí lo está en pleno verano que es cuando recorrí yo este tramo de ecopista, como lo prueba la columna de humo que veo a lo lejos, tras el caserío de Larinho, todo un clásico de los estíos portugueses.


No solo los incendios muestran que es verano. Mi archienemigo tribulus terrestris, alias «el abrojo», planta rastrera estival que adora los periodos de sequía, es especialmente abundante a lo largo de toda esta ecopista y en el breve trecho que, comenzando desde la estación de Larinho rodea el polígono industrial que dejamos a nuestra derecha, sus espinosas semillas no dudaron en destrozarme sin piedad ambas ruedas (y no fueron los únicos pinchazos que sufrí en esta excursión).

Reparados los pinchazos pasamos de nuevo bajo una carretera para continuar nuestro imparable ascenso en una zona parca en arbolado que, si el calor aprieta, nos hará aprovechar la más mínima sombra para respirar aire fresco. Ya vamos viendo que más adelante nuestra ruta describe una pronunciada curva para llegar a una nueva aldea: Carvalhal. En una de las calles que hemos de cruzar al entrar en ella vemos uno de los antiguos carteles de la línea férrea que, irónicamente, nos señala que está prohibido transitar por la vía. Otro par de carteles nos indican la distancia que llevamos recorrida desde Moncorvo y Larinho respectivamente. Un tercer cartel, en esta ocasión al otro lado de la calle, nos ofrece información sobre el recorrido de la ecopista.

Ya saliendo de pueblo llegamos a la antigua estación de Carvalhal, desde donde se contemplan los yacimientos de hierro (Cabeço da Mua, Carvalhosa y Serra do Reboredo) que, en parte, fueron responsables de la construcción de esta estación y de toda la línea férrea, pues los mineros se servía de ella para hacer llegar el mineral obtenido hasta la Línea del Duero y, a través de esta, hasta el puerto de Leixões, desde donde zarpaba hasta las proximidades de Lisboa para surtir a la industria siderúrgica de Seixal.
De todo este esplendor minero solo queda hoy el ya tradicional depósito de agua con su gigantesco grifo junto a las vías y un par de edificios que apenas si recuerdan los buenos viejos tiempos.



Prosigue la ecopista su trazado que ahora rodea uno de los montes de donde se sacaba el hierro triturando el mineral a mano. Los pinos (que aún se aprovechan para extraer su resina, como atestiguan las innumerables bolsas que vemos colgando de sus troncos) y los escasos alcornoques («despellejados» a su vez para el aprovechamiento del valioso corcho) demuestran que la riqueza natural de la zona sigue sin desperdiciarse a pesar de la bajada del precio y del prestigio de estos materiales. Estos mismos pinos y alcornoques nos impiden ver que estamos pasando muy cerca del casco urbano de Felgar, que queda a nuestra izquierda, ladera abajo.

Llegamos aquí después de muchos kilómetros, al fin de la subida y comenzamos un descenso tan tímido como lo fue aquella. A nuestro paso encontramos los restos olvidados de numerosas construcciones, antiguos apeaderos (Cabeço da Mua, Souto da Velha…), que languidecen abandonados a su suerte junto a la ecopista, como lo hace esta misma, convertida aquí en un simple camino de tierra (¡cuidado con los bancos de arena suelta!). La mayoría de los antiguos postes que delimitaban la ruta y señalaban los cruces yacen ahora en la cuneta en montones de madera semipodrida en espera de que alguien recuerde venir a renovarlos. Cuando la vegetación lo permite, eso sí, vemos a lo lejos -a nuestra izquierda- el impresionante valle del río Sabor que se encuentra aquí anegado por el embalse del Bajo Sabor, controvertida obra de ingeniería que arruinó, ya en la segunda década del siglo XXI, un curso fluvial que hasta entonces era único en su especie: totalmente libre de embalses.






Algo más antiguo, de la década de los años ochenta del siglo XX, es el diminuto embalse que estamos a punto de ver ante nosotros y que dejamos a la izquierda de la ecopista, el de Vale Ferreiros, construido para surtir de agua a las localidades cercanas y cuyas obras sacaron a la luz los restos de un poblado romano.


Después de cruzar la carretera de acceso a la presa continuamos pedaleando por la ecopista en un tramo donde encontré a un grupo de trabajadores desbrozando la maleza, lo que me hizo albergar esperanzas de que exista un plan en marcha para la renovación de la vía, pero que al mismo tiempo me hizo temer que los abrojos de la cuneta estuviesen ahora en el centro de la pista, con el consiguiente peligro para mis ya maltrechos neumáticos.
Cruzamos una nueva carretera y continuamos en paralelo ya a la N220 que viene, como nosotros, desde Pocinho. Con esta carretera entramos en el casco urbano de Carviçais donde, como es habitual, encontramos la antigua estación, en este caso completamente arruinada aunque, además del edificio de la estación, los almacenes y los aseos, encontramos también en pie el depósito de agua y su correspondiente grifo (o aguada).

Desde Carviçais, la ecopista continúa aún durante un par de kilómetros antes de terminar y quedar únicamente el antiguo trazado ferroviario esperando su remodelación. Sin embargo, después de intentar avanzar unos cientos de metros por estos últimos retazos de ecopista, pude comprobar que la maleza la hacía casi por completo intransitable por lo que, al llegar a una bonita fuente en un ensanchamiento de la carretera junto a la ecopista, di por terminada esta primera etapa del recorrido, en espera de que continúen las obras que comuniquen estos kilómetros iniciales de ecopista con el ya operativo tramo final, en las cercanías de Miranda do Douro.
TRAMO SENDIM – DUAS IGREJAS
Distancia: 11.5 km aprox.
Track: Descargar EcopistaSabor_fin.gpx
Comienza este último tramo de ecopista -que apenas llevaba un par de meses abierto cuando lo recorrí- junto a la estación de Sendim, de rápido acceso en automóvil gracias a la cercanía de la IC5 y donde encontraremos un aparcamiento donde dejar nuestro coche en caso de haberlo utilizado para llegar hasta aquí.
Lo primero que llama nuestra atención es el propio edificio de la estación, minuciosamente restaurado, que tiene sus dos fachadas principales decoradas con bellos paneles de azulejos que representan los principales monumentos de la zona así como a gentes del lugar realizando las tradicionales labores del campo. Sobre las puertas, el escudo de Portugal centra el emblema de los «Caminhos de Ferro do Estado».





Aunque en realidad, y siendo sinceros, lo primero que habrá llamado nuestra atención al acercarnos a la estación es sin duda la motocicleta que, casco rojo incluido, se exhibe orgullosamente en lo más alto de un alto poste que surge entre los otros edificios del área. Desconozco qué hace ahí arriba, pero sí he podido averiguar que se trata de un modelo de fabricación portuguesa y, por los focos que la iluminan, deduzco que no llegó ahí por casualidad (aunque, debido a la mala fama de los conductores portugueses, bien podríamos sospechar que lo último que dijo su propietario al dejarla sobre el poste de hormigón fuese «Ale, aparcá»).

Otra de las cosas que nos llaman la atención si somos observadores es que en el poste que nos marca el inicio del tramo -encontraremos postes similares a cada kilómetro- junto al nombre en portugués de esta Ecopista do Sabor se puede leer también «L carril de l Praino» que no es sino el nombre de este tramo en mirandés, la lengua local.
El origen de esta denominación radica en que este mismo trazado de la vía férrea a través del Praino, como se conoce en la zona al planalto (o meseta) mirandés, fue elegido ya en el siglo II para la construcción de una vía romana con destino a Astorga que es conocida en la zona como «carril mourisco» o «carril romano». La hábil elección romana hizo que durante los casi dos milenios que han transcurrido desde entonces las nuevas vías de comunicación no se hayan apartado demasiado de la vía original. Así, a pocos metros de esta Línea del Sabor -actual ecopista- que estamos recorriendo, discurren la carretera nacional 221 y el Itinerario Complementario -una especie de vía rápida- IC5. Esto se debe a que nos vamos a mover precisamente por la línea de separación de dos cuencas hidrográficas, dejando los ríos que vierten directamente al gran Duero a nuestra derecha y los que desembocan en el pequeño Angueira a nuestra izquierda, por lo que el trazado de la ecopista evita de forma natural cualquier desnivel pronunciado o cauce fluvial que pudiese dificultar el paso o complicar las infraestructuras.
Respecto a la lengua mirandesa -o mirandés-, se trata, desde 1999, de la única lengua reconocida como oficial en Portugal además del propio portugués. Pertenece a la familia de lenguas astur-leonesas originarias de los siglos VI-VIII, siendo de raíz latina, aunque fuertemente influenciada por los idiomas hablados por otros pueblos que habitaron en la región, principalmente los astures y zoelas, pero también suevos, visigodos, árabes o judios.
Una vez hechas estas aclaraciones históricas, podemos comenzar nuestra excursión saliendo de la estación de Sendim hacia el norte para cruzar de inmediato la carretera que comunica el centro urbano con la IC5. Si tomásemos a la derecha, alcanzaríamos el caserío de la conocida como «capital de las Arribes», donde lo más meritorio es su iglesia matriz del siglo XIV. Junto a la ecopista vemos también un cartel que nos recuerda que vamos a pedalear siguiendo el límite occidental del Parque Natural del Duero Internacional, espacio natural protegido a ambos lados de la frontera hispano-lusa en torno al impresionante cañón fluvial excavado en el granito por el Duero y que bien merece que nos adentremos en él para explorarlo en profundidad y con toda la calma del mundo, aunque por ahora no me extenderé más escribiendo sobre él, pues no acabaría nunca.
Además de los ya mencionados postes que, a cada kilómetro, nos indican la distancia que llevamos recorrida y la que aún nos falta por pedalear, encontramos también en las cercanías de los cruces -como es habitual en las ecopistas- bolardos de madera que impiden el paso de coches y señales de precaución que nos avisan al llegar a los cruces más conflictivos. También veremos en nuestro recorrido un puñado de los carteles de cemento originales que advertían a los vehículos del peligro de cruzar por los pasos a nivel y aconsejaban sobre los más adecuados pasos a seguir para sobrevivir al trance: «Pare, escute, olhe». El firme de la ecopista es de tierra compactada aunque, a mi parecer, se quedaron un poco cortos a la hora de apisonarla, pues el pedalear se hace farragoso al hundirse ligeramente las ruedas en la arena y cualquier frenazo medianamente brusco deja un profundo surco (confío en que estos fallos se vayan solventando solos con el paso del tiempo, pues mi experiencia en este recorrido fue muy poco tiempo después de su apertura al público).



Después de cruzar un primer camino de tierra, pedaleamos por un terreno llano entre tierras de labor, dejando a nuestra izquierda un camino paralelo al nuestro y, más allá, la IC5. Al poco cruzamos una nueva carretera que pasa, a nuestra izquierda, a sustituir al camino que nos acompañaba en nuestro pedalear. No tarda el asfalto en alejarse de nosotros dejando de nuevo un camino de tierra a nuestra izquierda que poco después pasa al otro lado de la ecopista para acompañarnos ahora por la derecha. Si digo todo esto no es porque sea interesante, sino porque no tengo mucho más que decir ya que, aunque el paisaje tenga su encanto, la llanura con escasa vegetación que estamos atravesando tiene poco de lo que hablar.

Después de un nuevo cruce con un camino de tierra, la ecopista dobla ligeramente a la derecha. A nuestra derecha nos sigue acompañando nuestro ya conocido camino pero la IC5 que teníamos a la izquierda nos abandona por un rato. Entramos en una zona con más vegetación y a nuestra derecha, en una hondonada, vemos una pequeña cruz de piedra. El bosque se hace más denso por momentos y reconocemos a sus principales protagonistas como «sobreiros», alias Quercus suber (lo que vienen siendo los alcornoques de toda la vida, vamos). Estamos rozando el Cabeço da Santíssima Trindade, el mayor alcornocal de toda la región de Trás-os-Montes, que bien merece una reducción de nuestra velocidad de crucero para disfrutarlo (aprovechando, además, que la ecopista pica aquí un poco hacia arriba). Además de los alcornoques, arbustos de jara crecen por doquier en el pizarroso terreno.

Saliendo ya de la zona boscosa, encontramos a nuestra derecha la sencilla construcción -actualmente abandonada- que servía de estación a la cercana localidad de Fonte de Aldeia. Tras pasar un par de bolardos (cuando pasé por aquí, un graciosillo había apartado uno de ellos y transitaba impunemente por la ecopista en su destartalado BMW) y cruzar un nuevo camino, nuestra ruta desemboca en una carretera asfaltada. El motivo es que la vía de tren pasaba un poco más adelante bajo el asfalto y ese paso subterráneo se encuentra actualmente cegado por completo, por lo que no nos queda otra que circular unos metros por la carretera para abandonarla después en la curva que encontramos poco más adelante y retomar aquí la ecopista. Sin dejar de prestar atención al poco amigable tráfico portugués, no debemos dejar pasar la oportunidad de aprovechar este tramo para disfrutar del magnífico paisaje que se vislumbra hacia el oeste (a nuestra izquierda), entre viñedos y muros de piedra construidos mediante la técnica de piedra seca, patrimonio de la humanidad.


Dejando atrás la carretera, la ecopista discurre en paralelo a un nuevo camino que algo más adelante queda a menor altitud que nosotros. A su vera, junto a un cruce -como no podía ser menos- alcanzamos a ver un majestuoso crucero de piedra sobre base escalonada que alberga en su parte inferior una pequeña cavidad que en tiempos mejores debió contener una imagen. Desde la ecopista no es posible descender aquí hasta el crucero (estamos sobre un paso elevado), por lo que si deseamos acercarnos a él debemos desviarnos al camino paralelo antes o después de este punto. Por desgracia, la extrema cercanía de la IC5 afea un poco este mágico lugar.


Una ligera curva a la derecha nos deja en una larga recta que desciende hacia un valle que da cobijo a un regatillo que desemboca en una pequeña laguna -a nuestra derecha, dentro de una finca privada pero perfectamente accesible- que responde al atractivo nombre de Lagoa das Bichas. Pasado este punto toca recuperar la altitud perdida (todo en la misma recta) en una tendida subida que poco a poco se va viendo salpicada de construcciones que nos indican que estamos llegando a un nuevo pueblo. De esta forma, pronto vislumbramos ante nosotros la estación de Duas Igrejas, aunque para acceder a ella aún debemos sortear a sus cancerberos: los dos fieros perros de la familia que habita la primera de las construcciones de la estación (aunque no muerden, ladran mucho y se cruzan en nuestro camino con el riesgo de caída y/o atropello que ello conlleva).


Sorteado el obstáculo llegamos a lo que antaño fue estación terminal de la Línea del Sabor: Miranda-Duas Igrejas (aunque, en realidad, Miranda está todavía a unos diez kilómetros de aquí). En este caso parece ser que el presupuesto no ha llegado para restaurar los edificios, por lo que resulta triste ver la construcción de dos plantas -totalmente destartalada- que albergó en su día la estación con sus preciosos paneles de azulejos que, como ocurría en Sendim, representan los lugares y tradiciones más característicos de la región, como es el caso de las danzas de los pauliteiros típicos de la localidad (un tipo de baile similar a los paleos del folklore charro).




Aunque lo que parecen ser una serie de almacenes ferroviarios aparentan albergar en la actualidad algún tipo de actividad industrial, el resto de edificios e instalaciones están, igual que la estación, abandonados a su suerte: galpones en ruinas donde los vecinos guarecen sus vehículos, el ruinoso depósito de agua y, a su lado, la oxidada grúa de agua y, como curiosidad, el gran dispositivo con forma de rotonda que en su momento permitía dar la vuelta a las locomotoras que habían alcanzado el final del trayecto y debían regresar por donde habían venido.




Llegados a este punto final de la ecopista, tenemos varias opciones. La primera y más inmediata es acercarnos hasta el casco urbano de Duas Igrejas para visitar estas «duas igrejas» (la matriz, dedicada a Santa Eufemia, y la de Nuestra Señora del Monte, ya en las afueras, aunque también haya un par de capillas más repartidas entre el caserío). También es recomendable buscar una ruta no señalizada que, por tranquilos caminos, nos permita llegar hasta la cercana Miranda do Douro. Sobre ella no voy a escribir en detalle por el momento, pues esta localidad ribereña merecería uno o varios capítulos propios por la gran riqueza cultural, patrimonial y natural que posee. Imprescindible es visitar el castillo, la muralla y sus puertas, su museo, la concatedral con su Menino Jesus da Cartolinha, su numerosas iglesias, fuentes y hasta un molino, aprender un mínimo de mirandés, asistir a una actuación de sus afamados pauliteiros, ir de compras (como la marabunta de españoles que invaden a diario sus calles) y, como no, bajar a la presa a navegar por el Douro y tratar de localizar en las paredes de granito el misterioso número 2 perfectamente dibujado por los líquenes.














De vuelta en Duas Igrejas, o si ya conocemos Miranda, o si preferimos dejar la visita para otra ocasión, podemos, por último, colocar nuestras bicicletas sobre el dispositivo giratorio antes mencionado, accionar la manivela hasta darles la vuelta como si fuesen locomotoras, y comenzar a pedalear por la Ecopista do Sabor ahora en dirección sur, como tantos y tantos trenes hicieran durante el medio siglo que duró la actividad de esta línea.