Cicloturismo urbano en Vélib’: Un día en bici por París

Provincias: Paris, Seine-Saint-Denis y Val-de-Marne (Francia)

Distancia: 35 km aprox.

Mapa:

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Descripción:

Debo reconocer que, como ciclista provinciano que soy, nunca me entusiasmó la idea de ponerme a pedalear entre el tráfico del centro de una capital de más de dos millones de habitantes. Pero, aunque soy más de campo y carreteras tranquilas (yo, como Unamuno, «intento figurarme parisiense y no me encuentro»), la idea de pasear en bici por la orilla del Sena yendo desde Notre-Dame hasta la Torre Eiffel me atraía y, además, era un asunto que tenía pendiente desde mi primera visita a París hace un par de décadas. Así que, aprovechando que a causa de un potente anticiclón el tráfico de las principales ciudades francesas estuvo restringido a los coches durante varios días, me lancé a la aventura.

Y es que, a diferencia de las rutas que describo habitualmente, lo que vamos a encontrarnos en nuestra excursión de hoy podemos resumirlo con unas pocas frases entresacadas de algunos artículos que, sobre París, escribió un poco amigable Miguel de Unamuno: «¡Ni montaña, ni desierto, ni mar, ni siquiera río, verdadero río! ¡Y por todas partes historia, historia, historia!» «Estamos enjaulados aquí en la ciudad, en la gran ciudad», «no se ve, entre los bulevares y avenidas, otra tierra que la de los jardines, ¡tierra prisionera también! Y arriba el cielo, casi siempre entoldado de nubes lluviosas, enmarcado entre tejados. ¿Es eso cielo?»

Pero lo primero es lo primero: acabamos de aterrizar en París…¿de dónde sacamos una bici sin dejarnos los ahorros en el intento? Una simple mirada a nuestro alrededor nos mostrará que en esta ciudad son extrañamente abundantes las bicicletas de un curioso modelo gris y verde/azul. Se trata del sistema de préstamo de bicicletas de uso compartido Vélib’ (unión de las palabras francesas «bicicleta» y «libertad»: veló liberté). Un servicio instaurado hace ya algunos años que, gracias a su éxito, sufre ampliaciones año tras año. Actualmente, en el centro de París, es difícil que nos encontremos a más de unos pocos pasos de un aparcamiento de estas bicicletas que, además, son de dos tipos: bicicletas normales (verdes) y de pedaleo eléctricamente asistido (azules). A riesgo de parecer un purista que se resiste al progreso, me atrevo a recomendar las bicicletas tradicionales de color verde pues, además de ser más baratas y más abundantes, la orografía de la capital francesa no es nada exigente salvo que nos aventuremos en las zonas más abruptas de Montmartre y nos encabezonemos en no poner pie a tierra. Se trata de bicis robustas y pesadas (van equipadas con todos los complementos: guardabarros, cubrecadena, timbre, cesta de manillar, candado, alumbrado delantero y trasero, cesta de manillar, pata de cabra, cuentakilómetros…) que solo disponen de tres velocidades, pero ruedan bien (salvo las bicis averiadas, obviamente) y se dejan llevar. Respecto al precio, tendremos acceso al servicio durante todo un día por la módica cantidad de cinco euritos de nada, cuantía que se verá multiplicada por tres en caso de querer disponer de bici durante toda una semana. A cambio, el único límite es que tendremos que devolver cada bici en menos de media hora (o, como mínimo, anclarla en un aparcamiento antes de volver a liberarla). En caso de no cumplir este requisito, se nos cobrará un euro por cada media hora extra, mismo extra que nos cobrarán si deseamos probar una bici eléctrica. Podemos contratar el servicio con cualquier tarjeta de crédito, tanto por internet como en los dispositivos que existen junto a casi todos los aparcamientos de Vélib’ (eso sí, nos dejarán bloqueados trescientos euros de donde descontar cualquier abuso cometido hasta que se aseguren de que hemos devuelto todas las bicis correctamente). Una vez registrados y hecho el pago tan solo tendremos que memorizar los dos números de cuatro y ocho cifras respectivamente que nos permitirán desbloquear las bicicletas… et voilá!

Debo decir que, después de seis días de uso intensivo, me pareció que Vélib’ funciona muy bien para un servicio de este tipo. Por supuesto, abundan las bicis averiadas aunque menos de lo que me temía (los usuarios tienen la costumbre de señalar las averías dando la vuelta al sillín de la bici así que basta con evitar las que lo tienen mirando hacia atrás) y la gran mayoría produce algún tipo de ruido al pedalear (lo que molestará a los más tiquismiquis) pero, en general, cumplen su cometido con gran solvencia. Eso sí, al devolver la bici conviene asegurarse de que queda bien anclada pues, en caso contrario, el reloj electrónico del manillar seguirá contando y nuestra factura subirá como la espuma (en una ocasión me encontré una bicicleta mal enganchada que marcaba nada menos que ¡38 horas de uso!). Tanto al desbloquear una bici como al devolverla recibiremos una confirmación por e-mail, pero recomiendo descargarse también la aplicación para el móvil que, además de permitirnos comprobar nuestros préstamos y las distancias recorridas, nos muestra en un mapa todas las estaciones con el número y tipo de bicicletas disponibles, así como el número de plazas de aparcamiento libres, todo ello en tiempo real.

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Una vez solucionado el tema de la bicicleta nos surge otra pregunta. En una ciudad tan grande como París, donde la densidad de monumentos y puntos de interés es increíblemente grande, ¿hacia dónde debemos pedalear una vez a bordo de nuestra montura? En mi opinión, lo mejor es no diseñar la ruta pensando en la bici sino decidir qué queremos visitar y utilizar la bici como sustituto del metro para desplazarnos (personalmente, cuando me veo obligado a meterme bajo tierra para ir de un sitio a otro considero que no conozco una ciudad). La red de carriles-bici es impresionante y rara es la calle que no dispone de uno (los principales están señalizados por carteles blancos y verdes). Los hay de todo tipo: las líneas pintadas en el suelo (frecuentes en calles con mucho tráfico, así que ¡cuidado!), los carriles-bicis separados del tráfico (una maravilla, pero cuidado con los adelantamientos y, sobre todo, con los cruces), e incluso las vías verdes (ya hablaré de ellas más adelante). En París el tráfico es una locura (y debo admitir que los ciclistas no destacan por su exceso de celo cumpliendo las normas) pero cualquiera con un mínimo de destreza al manillar puede arriesgarse a pedalear por sus calles y salir entero. Desde el punto de vista de un «paleto» recién llegado a la ciudad, creo que merece la pena mencionar dos normas de circulación curiosas: 1) en casi todas las calles estrechas de sentido único un cartel diciendo «sauf vélos» bajo la señal de dirección prohibida nos indica que está permitido circular en bici a contrasentido (normalmente hay también pintado un mínimo carril-bici en el suelo pero, si viene un coche, es recomendable quitarse de en medio lo antes posible), y 2) es posible saltarse muchos semáforos en rojo si vamos a girar con la bici a la derecha, siempre que así lo indique una pequeña señal triangular con una bici y una flecha adosada al poste del semáforo en cuestión.

Como yo siempre me baso en alguna ruta predefinida para las descripciones que hago en esta página, en esta ocasión recurrí al libro que, dentro de la serie City Cycling editada para la conocida marca de ropa y complementos ciclistas Rapha, la editorial Thames&Hudson dedicó a París. En esta guía, además de información general de utilidad para el ciclista, se cubren los principales barrios de la ciudad listando los principales puntos de interés de cada uno. Además, en la cara interior desplegable de una de las tapas del libro, se indica una ruta de aproximadamente 35 kilómetros para quienes quieran pasar el día pedaleando por las calles de la ciudad. Esta es la ruta que describiré aquí, con los lógicos desvíos a puntos imprescindibles que quedan fuera del camino principal. Dado que la guía es bastante «hipster» y busca sobre todo bares, restaurantes y tiendas de interés, yo traeré la descripción de vuelta a mi terreno fijándome en cosas que, a mi entender, pueden resultar mucho más atractivas para el cicloturista clásico.

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Sin más, empecemos a pedalear por París tratando de no ser atropellados ni terminar con nuestras bicis bajo las frías aguas del Sena. Este Sena que no es un río; este Sena que es un canal.

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El punto de partida de hoy es el Marché d’Aligre -a mitad de camino entre La Bastilla y la Plaza de la Nación-, una animada plaza de mercado con dos partes bien diferenciadas: la cubierta, un edificio de interesante arquitectura en cuyo interior destacan los puestos de productos alimenticios de todo tipo, y la exterior, donde dicen que abundan los puestos de venta de objetos usados y antigüedades (digo «dicen» porque durante mi visita estos puestos no estaban montados, aunque desconozco si por el horario o por los chubascos que estaban cayendo de vez en cuando). Ya sea en el propio mercado, ya en alguna de las panaderías o bares cercanos, tenemos en esta zona una buena oportunidad de coger fuerzas para la ruta que estamos a punto de iniciar.

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Una vez con los estómagos preparados y con una bici en nuestro poder, comenzamos ya a pedalear por la calle que sale de la plaza por su extremo redondeado -el opuesto al mercado cubierto-, es decir, siguiendo la tranquila Rue Beccaria hasta que, poco después de cruzar el Boulevard Diderot, giramos a la izquierda siguiendo la Rue de Charenton. A través de alguna de las calles que salen a nuestra derecha, pasamos después a la Avenue Daumesnil, avenida que debemos seguir, pero no debemos ignorar el hecho de que acabamos de pasar bajo unos arcos que parecen sostener una de las habituales líneas férreas parisinas… y esto es así solo hasta cierto punto: estas arcadas cuyos bajos acogen tiendas variadas (incluso alguna de bicicletas) sostienen lo que antaño -entre 1859 y 1969- fue una vía de ferrocarril que unía La Bastille con la localidad de Verneuil-l’Étang, pero que hoy en día -desde 1988- se ha convertido en la Coulée verte René-Dumont, un concurrido paseo peatonal de casi cinco kilómetros de longitud también conocido como Promenade Plantée. Merece la pena que aparquemos nuestras bicis por unos minutos y subamos por alguno de los accesos para dar un paseo a pie por esta isla de tranquilidad en medio de la gran urbe.

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Recuperadas nuestras bicis -o tomando prestadas unas nuevas- regresamos a tierra firme para seguir por la Avenue Daumesnil en dirección este, lo que nos permite pasar junto al ayuntamiento del decimosegundo distrito de París, un bonito edificio que, construido por el arquitecto Antoine-Julien Hénard en el siglo XIX, dejamos a nuestra derecha.

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Nosotros en cambio nos desviamos hacia el otro lado de la Avenida, por la Rue Brahms, para enlazar con el tramo de la Coulée Verte accesible a los ciclistas: una auténtica vía verde en pleno París que nos debería permitir circular sin mayor novedad hasta el Boulevard Périphérique de la ciudad. Sin embargo, después de un breve tramo de Coulée Verte abierto a ciclistas, algunas señales me hacen dudar de que lo siga siendo más adelante, por lo que decido apartarme de los consejos de la guía para regresar a la Avenue Daumesnil y poder visitar un lugar que ya conozco de otras visitas anteriores: el Palais de la Porte Dorée, un magnífico edificio art déco construido para la Exposición Colonial Internacional de 1931 que actualmente alberga el museo de Historia de la Inmigración junto a un interesante acuario tropical que bien merece una visita.

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Frente al palacio, casi sin darnos cuenta, pasamos al otro lado del Boulevard Périphérique para toparnos con un bucólico lago lleno de patos y cisnes. Se trata del lago Daumesnil, puerta de entrada al bosque de Vincennes, parque que, con su casi un millar de hectáreas de extensión, constituye la mayor zona verde de la capital francesa. Si estamos en la época del año adecuada podremos aquí alquilar una barca para navegar por las tranquilas aguas del lago y, si es invierno, tendremos que conformarnos con explorar sus dos islas a las que es posible acceder por puentes. Dejo que cada cual recorra el parque a su antojo y disfrute a su gusto de este extenso antiguo cazadero de los reyes de Francia e, incluso, que se acerque a la vecina localidad de Vincennes a visitar su magnífico castillo. Por mi parte, yo -y quien desee continuar acompañándome- continúo la ruta rodeando el lago por su cara sur y, esquivando niños en ponnies por los concurridos paseos del parque, llego hasta el histórico estadio del Vélódrome Jacques Anquetil, construido como pista para ciclismo allá por 1894, que fue sede de los juegos olímpicos del año 1900 -además de acoger varias pruebas de los de 1924- y que fue línea de meta de las etapas finales del Tour de Francia entre los años 1968 y 1974 (ediciones casi todas ellas ganadas por Eddy Merckx, por cierto).

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Por el lado donde el velódromo tiene su puerta principal llegamos a la Avenue de Gravelle, que tomamos en dirección oeste de vuelta al centro de la ciudad. Con solo cruzar esta calle, por cierto, nos saldríamos del departamento de París y pasaríamos a otro de los que componen la región de Île-de-France: Val-de-Marne, que recibe su nombre del río tributario del Sena que cede sus aguas a éste poco más al sur de donde nos encontramos en estos momentos.

Continuamos por tanto por la Avenue de Gravelle hasta regresar de nuevo al interior del anillo delimitado por el Boulevard Périphérique. Seguimos de frente hacia la Porte de Charenton dejando a la izquierda el cementerio de Valmy. Continuamos por la Rue de Charenton y algo más adelante, siguiendo el trazado de las vías férreas que vemos a nuestra izquierda, tomamos la Rue Coriolis por donde, permítaseme el pésimo chiste, giramos en contrasentido hasta el primer cruce, donde nos adentramos en el túnel con carril-bici que cruza bajo las vías. Salimos al exterior al otro lado en el barrio de Bercy, concretamente en la plaza Lachambeaudie, que se abre en torno a la iglesia de Notre-Dame-de-la-Nativité. Esta iglesia, de interesante fachada clásica, data originariamente del siglo XVII, aunque ha sido destruida y reconstruida muchas veces a lo largo de su historia. Frente a la iglesia no es extraño encontrar un pequeño mercadillo de objetos diversos y hay también en la zona algunos locales de comida rápida por si necesitamos reponer fuerzas.

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Siguiendo recto pasamos sobre el Parc de Bercy, un pequeño parque -de «sólo» 14 hectáreas- construido a finales del siglo pasado como proyecto personal del entonces Presidente de la República, François Miterrand. Al otro lado del parque debemos pasar por un amplio puente (Pont de Tolbiac) que nos permite llegar a la otra orilla nada más y nada menos que del río Sena. Nos detenemos a observarlo desde la gran escalinata con aspecto de grada que vemos nada más alcanzar la orilla sur. Nos encontramos en la Biblioteca Nacional de Francia, donde se conserva una copia de todos los libros que se publican en el país (aunque la institución se creó en el siglo XV, este edificio fue construido a finales del siglo XX bajo el mandato de Miterrand, de quien toma su nombre). Mirando el Sena desde las escalinatas llama nuestra atención la piscina flotante Joséphine Baker, que permanece amarrada en la orilla sur, y el estadio AccorHotels Arena que, en la orilla de Bercy, acoge los principales acontecimientos deportivos y musicales de Francia.

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Nuestra ruta continúa ahora siguiendo el curso del Sena. Seguimos para ello el cómodo carril-bici de doble sentido que discurre a la izquierda de la avenida, y nos mantiene separado del tráfico de esta (aunque no perdamos de vista que algún coche puede cruzar el carril-bici y la acera para acceder a los edificios). A la derecha dejamos la Ciudad de la Moda y del Diseño, que reconoceremos por el curioso edificio del club Wanderlust.

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No tardamos en dejar a la derecha el puente Charles de Gaulle y aparece ante nosotros el bonito viaducto de Austerlitz, que permite a los trenes acceder directamente al edificio de la estación del mismo nombre después de salvar el Sena (el viaducto metálico se construyó durante la primera década del siglo XX, penetrando directamente en el vestíbulo del edificio del siglo anterior). Inmediatamente detrás del viaducto se encuentra el verdadero puente de Austerlitz -que en este caso es de piedra y de la primera década del XIX-, uno de los protagonistas de Los Miserables de Victor Hugo.

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Es interesante recordar que, entre 1815 y 1850, el puente de Austerlitz se llamó Puente del Jardín del Rey. El motivo no es otro que el hecho de que frente a él, en la orilla izquierda del Sena, se encuentra el Real Jardín de las Plantas Medicinales (o, simplemente, Jardin des Plantes), jardín botánico fundado en el segundo cuarto del siglo XVII. No debemos pasar de largo por este punto sino que, dejando nuestra Vélib’ en el cómodo aparcamiento situado frente a la entrada del parque, recomiendo dedicar un rato a pasear a pie por el jardín que, mitad de estilo francés y mitad a la inglesa, alberga en su interior numerosos invernaderos, un zoo (la Casa de las Fieras o Ménagerie, fundado en 1794) , un par de laberintos, el Museo de Historia Natural de París y otros muchos edificios impresionantes que no voy a ponerme a describir aquí para que cada cual pueda explorar por su cuenta.

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Después del relajante paseo, retomamos las bicicletas y seguimos por la orilla del Sena, en esta ocasión por la orilla misma de los muelles, a través de la animada zona ajardinada que separa el río de la transitada avenida superior.

No tardamos en ver a nuestra derecha una cuña de tierra que se clava en las aguas dividiendo el Sena en dos. Se trata del extremo occidental de la Isla de San Luis (espero no tener que decir que el tal San Luis fue rey de Francia en el siglo XIII). Nuestra ruta sube aquí de nuevo hasta la avenida, justo en el cruce con el puente de Sully. Si no queremos pelearnos con el intenso tráfico tenemos la posibilidad de cruzar el puente del siglo XIX para circular por las tranquilas calles de la isla y pasar después a la Île de la Cité hasta Notre-Dame, pero si decidimos seguir por la orilla sur del Sena deberemos integrarnos al tráfico utilizando para ello el angosto carril-bici pintado en el suelo (creo que están construyendo uno más amplio, pero yo lo encontré aún en obras, lo que estrechaba aún más el existente). A nuestra derecha la isla de San Luis deja paso a la de la Cité y vemos ya la inconfundible construcción gótica de Notre-Dame. Llegamos a un puente saturado de turistas y…

Vale, quizás un cruce en obras saturado de coches y peatones no sea el mejor sitio para detenernos, pero aprovechando que en realidad estamos todos frente a un ordenador o un teléfono móvil, voy a permitirme el lujo de hacer aquí una pausa en nuestra ruta. Como ya dije al principio, esto no es más que una ruta al azar entre la inagotable variedad de recorridos que podríamos hacer por la capital de Francia. Sin duda en esta ciudad hay sitio para todo menos para el aburrimiento y vayamos donde vayamos encontraremos algo digno de ver, ya sea por su interés artístico o, simplemente, histórico. Por eso, aunque en breve continuaremos nuestro recorrido, no debemos pasar por alto que, desde el punto donde nos hemos detenido, tenemos todo un mundo de posibilidades turísticas a nuestro alcance. Parafraseando de nuevo a Miguel de Unamuno: «¡Ay! ¡Este empacho de civilización! ¡Y pisar siempre en losa, en encachado! ¡Pisar siempre en historia!«.

Sin ir más lejos, al otro lado del puente que tenemos a la derecha, se halla la mítica catedral parisina de Notre-Dame, que viene acumulando en sus muros y torres más y más historia cada día transcurrido desde comenzó a ser construida en el lejano siglo XII (y el lamentable incendio que sufrió un par de meses después de mi visita, a pesar de destruir parte de esa historia, no deja de ser parte de la misma). Frente a ella, una cripta arqueológica nos permite explorar la más remota historia de la ciudad. En la misma isla encontramos también un animado mercado de flores y pájaros y, a pocos metros y escondida entre los juzgados de la ciudad, la indescriptible Sainte-Chapelle, joya del gótico radiante mandada construir por el mencionado rey San Luis como relicario privado a mediados del siglo XIII.

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Más allá del río, en su orilla norte, encontramos el Hôtel de Ville, magnífica construcción de estilo renacentista que alberga el Ayuntamiento de París y preside una amplia y animada plaza. Algo más allá se encuentra el Centro Georges Pompidou donde es imprescindible ir ya sea por las obras de arte que alberga o por las impresionantes vistas que hay desde su última planta. En la misma zona, innumerables edificios y lugares de interés que sería inútil tratar de detallar, aunque no puedo pasar por alto la Torre de Santiago, campanario gótico flamígero del siglo XVI desde donde durante siglos han partido miles de peregrinos jacobeos.

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Regresando al sur del Sena (o Rive Gauche) la cosa se complica. No debemos dejar de visitar la enorme iglesia de San Sulpicio (siglos XVII-XIX) aunque sólo sea para ver las pinturas de Delacroix o el curioso instrumento astronómico denominado gnomon (aunque su funcionamiento se haya visto dañado por un incendio apenas unas semanas después de mi visita). Pasando por la mítica universidad de La Sorbona (una de las más antiguas del mundo) llegaremos al espectacular Panteón neoclásico del siglo XVIII, en cuya cripta se hallan sepultados los más importantes franceses de la historia (además debemos fijarnos en el pendulo de Foucault que cuelga de su inmensa cúpula). Tras su majestuosidad pasa casi desapercibida la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont (San Esteban del Monte suena más vulgar que el original francés) de los siglos XV-XVII y mezcla de estilos gótico flamígero y renacentista (la reconoceremos de Medianoche en París, de Woody Allen). Frente al Panteón, siguiendo una amplia avenida con vistas a la Torre Eiffel, llegaremos a los Jardines de Luxemburgo, parque construido por la reina regente María de Medici en el siglo XVII en la parte trasera del palacio del mismo nombre, actualmente Senado de Francia. También aquí es tarea imposible describir todo lo que encontraremos en nuestro deambular por la zona (visita obligada es también el museo medieval de Cluny), por lo que me limitaré a recomendar mantener siempre los ojos bien abiertos pues París no dejará de sorprendernos.

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Antes de volver a nuestra excursión, no debemos olvidar que de seguir el curso del Sena por su orilla izquierda pasaríamos junto al imprescindible Museo de Orsay (antigua estación de tren) y cerca del hospital militar napoleónico de Los Invalidos para llegar hasta la visita obligada: la Torre Eiffel. En la misma zona, al otro lado del río, no debemos dejar de pedalear también hasta el Arco del Triunfo que corona la avenida de los Campos Elíseos. Si somos ciclistas de fondo podemos también hacer una excursión a la moderna zona empresarial de La Défense.

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Pero volvamos a las proximidades de Notre-Dame, al punto donde detuvimos una excursión que ya es hora de retomar.

Pocos metros más adelante de donde nos hemos detenido está la legendaria librería Shakespeare and Company, por la que pasaron todos los que fueron alguien en el mundillo literario de la primera mitad del siglo XX, cuando París era una fiesta (aunque ya no se encuentra en su emplazamiento original, el local sigue conservando su encanto). Tras la librería, a pocos metros, no debemos dejar de visitar la iglesia de rito melkita griego de San Julián el Pobre, una de las más antiguas de París (románica del siglo XIII).

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Continuando por la populosa orilla del Sena pasamos junto a los puestos de los Bouquinistes, libreros de viejo entre cuyas existencias aún es posible encontrar cosas interesantes (a pesar de su reciente enfoque hacia el turismo masivo). A nuestra izquierda nace el Boulevard Saint-Michel junto a la fuente del mismo nombre con una escultura monumental del arcángel (1860). A nuestra derecha, las aguas del Sena vuelven a reunirse en el extremo occidental de la île-de-la Cité, vigilada por la estatua ecuestre de Enrique IV. Llegamos así al edificio que alberga el Instituto de Francia, que desde 1795 agrupa las cinco grandes Academias del país (la Francesa, la de Inscripciones y Lenguas Antiguas, la de Ciencias, la de Bellas Artes, y la de Ciencias Morales y Políticas). Frente a él, un puente peatonal que responde al sugerente nombre de Puente de las Artes nos permite cruzar el Sena con preciosas vistas a ambos lados a pesar de los candados que saturan sus barandillas (además del peso extra que eso supone para el puente, lo que pone en peligro su integridad y la de quienes lo cruzan, la tradición de que los enamorados lancen las llaves al río supone un grave atentado ambiental así que, por favor, dejad de hacer estupideces por muy enamorados que estéis).

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Al otro lado del puente encontramos directamente el inmenso palacio del Louvre, museo del que creo no tener que decir que sería imperdonable pasar de largo sin entrar a admirar las principales obras de arte  del mundo que se hallan expuestas en su interior (y no solo La Gioconda que, de hecho, nos costará ver detrás de la multitud de gente haciéndose selfies). Se trata de un castillo medieval que Francisco I transformó (en realidad fue el arquitecto Lescot quien lo hizo a partir de 1546) en gran palacio renacentista al regresar a Francia tras estar prisionero en España. La puerta que se encuentra alineada con el Pont des Arts nos da acceso directo al Cour Carrée, el gran patio del palacio, de bellas fachadas renacentistas alrededor de una fuente central (que no pude ver por las obras que se estaban realizando en el momento de mi visita pero que recuerdo de visitas anteriores). Obviamente, debemos respectar las señales que impiden pasar al recinto montando en bicicleta por lo que debemos pasar sin nuestras monturas o, al menos, desmontar antes de pasar al Cour Carrée (aunque pocos meses después de mi visita, el Tour de Francia rindió homenaje al museo atravesando por este patio -ya sin obras- durante la etapa final y ¡ellos no se apearon de las bicicletas!).

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Pasando por los arcos centrales de la fachada de nuestra izquierda damos directamente  a la escalinata que se abre a la gran explanada que, protegida por sendas alas del palacio, tiene en su centro las famosas pirámides que, desde 1989 sirven de puerta de entrada al museo y cubren el gran recibidor subterráneo del mismo. Al otro lado de estas estructuras de metal y vidrio, y salvando la transitada calle que rodea la tercera pirámide (invertida en este caso), encontramos el arco de triunfo del Carrousel construido por encargo de Napoleón en 1806 para conmemorar sus victorias. Tras él se abren los jardines de Las Tullerías, que ocupan el lugar donde estuvo el palacio real de París hasta que sucumbió a las llamas tras ser incendiado en 1871 durante el gobierno de la Comuna de París. Al otro lado de los jardines (en los que, por cierto, están prohibidas las bicis) vemos alineados el obelisco de la plaza de la Concordia, los Champs-Élysées el Arco de Triunfo (el de l’Etoile, para diferenciarlo del Carrousel) y, si tenemos buena vista, el arco/rascacielos de La Défense. Ligeramente a la izquierda nos vigila, como es habitual en casi todo París, la imperturbable Torre Eiffel.

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Retrocedemos unos metros para regresar a la pirámide y salimos del recinto del Louvre por la puerta -passage Richelieu- que se abre, hacia el norte, a la pija Rue de Rivoli, alejándonos ya definitivamente del gran Sena.

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Al otro lado del Passage Richelieu salimos, como ya dije, a la turística rue Rivoli pero, en lugar de sus característicos soportales, encontramos aquí una pequeña plaza que separa esta calle de la paralela rue Saint-Honoré. Al otro lado de la cual vemos el edificio que alberga el Consejo de Estado francés. En realidad se trata del Palacio Real (otro palacio real) mandado construir por el archiconocido Cardenal Richelieu en el siglo XVII. Además de los diversos usos que se dan hoy al edificio palaciego, los jardines del mismo son hoy un recogido y coqueto parque público.

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Rodeamos el palacio por la derecha siguiendo la rue de Valois. Aparte de alguna placa que nos recuerda antiguos usos de los edificios (aquí tuvo su teatro en el siglo XVII Jean Eugéne Robert-Houdin, pionero del ilusionismo moderno) la calle podría parecer anodina e incluso un poco cutre pero solo tenemos que fijarnos un poco para ver que los nombres que aparecen en las puertas no nos son totalmente desconocidos: Stella McCartney, Jean-Paul Gaultier…

Dejamos ya atrás el Palacio Real y pedaleamos por la rue Vivienne, nombre que también recibe la galería comercial que dejamos a nuestra derecha, un buen ejemplo de las interesantes galerías comerciales cubiertas que podemos encontrar por todo París (los precursores Belle Époque de los actuales centros comerciales).

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De repente, a nuestra derecha nos sorprende un espectacular peristilo de estilo corintio. Se trata de la fachada del Palais Brongniart, construido en los primeros años del siglo XIX para la Bolsa de París, aunque en la actualidad es una especie de palacio de congresos y exposiciones. Como curiosidad, decir que las mujeres tuvieron prohibida la entrada a este edificio hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XX. Pasado el palacio, giramos a la derecha por la rue Feydeau sin dejar de prestar atención a los pequeños detalles que nos esperan en cada rincón de París.

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Al final de la calle giramos a la izquierda por la rue Montmartre y al poco cruzamos un ancho bulevar. Pocos metros a nuestra izquierda podemos visitar el conocido Teatro de Variedades y, justo frente a él, el mítico Museo Grévin donde el mago del cine Georges Melies hizo sus primeros pinitos como ilusionista. Saliendo de nuestra ruta en esta misma dirección podríamos (y deberíamos) también visitar el bello edificio de la Ópera de Garnier y el impresionante templo neoclásico de La Madeleine.

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Retomando nuestro paseo, nuestra ruta nos llevaría desde donde estamos a la derecha por Cité Bergère para tomar más adelante la rue de Trévise. Sin embargo, la calle actualmente se encuentra cortada por la reciente explosión ocasionada por un escape de gas en una panadería (los destrozos son aún claramente visibles en toda la zona), por lo que lo mejor es que en su lugar tomemos la rue Geoffroy-Marie que nos llevará directamente a la fachada art déco del cabaré Folies Bergère, inaugurado en 1869 e inmortalizado, entre otros, por las pinturas de Manet.

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Retomamos aquí la rue de Trévise que seguimos en dirección norte hasta que acaba desembocando en la rue la Fayette. A pocos metros a la derecha queda el tranquilo parque Montholon, hasta donde pedaleamos para tomar después, en su esquina noroeste, la rue Mayran y después subir por la rue de Rochechouart en dirección norte. Seguimos incondicionalmente por esta larga calle mientras nos da la sensación de que nuestra Vélib’ se hace cada vez más pesada, pues hemos abandonado ya la plana orografía de las orillas del Sena para ganar altura en dirección a Montmartre.

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Para romper la monotonía y dureza del ascenso, no debemos pasar la oportunidad de acercarnos a la zona de Pigalle, concretamente al Boulevard de Clichy para ver el mundialmente conocido club nocturno Moulin Rouge. Y, antes de terminar de alcanzar el punto más alto de nuestra subida por la rue de Clignancourt, aconsejo también hace un ascenso extra para explorar (a pie, eso sí) las empinadas callejuelas del barrio de Montmartre y respirar su famoso aire bohemio, que alcanza su máxima expresión en torno a la Place du Tertre y su mayor altura (y sus mejores vistas) en la basílica neobizantina del Sacre-Coeur. Visita obligada es también el molino de viento de La Galette, inmortalizado en la obra de los mejores artistas del París de los siglos XIX y XX.

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Tras nuestra expedición montemarciana, regresamos a la rue de Clignancourt, donde continuamos nuestra ruta ahora en descenso para penetrar en lo que, en contraste con la saturación turística que hemos vivido hasta ahora, nos parecerá el auténtico París, con gente que hace vida normal comprando en tiendas normales y donde incluso nos sentiremos extraños si paramos a tomar una foto.

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La calle que seguimos desemboca finalmente en el Boulevard Ornano, que tomamos a la izquierda para dirigirnos hacia la Porte de Clignancourt. El objetivo de venir aquí es visitar el concurrido Marché aux Puces (mercado de las pulgas), un mercadillo enorme en cuyos puestos se vende prácticamente de todo y, fuera de los puestos, también (pero en este caso seguramente todo sea robado). El mercadillo se extiende a ambos lados del Boulevard Périphérique y la zona más interesante son las calles y galerías cubiertas al norte de dicho bulevar, ya en el departamento de Seine-Saint-Denis, donde encontraremos en venta todo tipo de muebles y antigüedades. Siguiendo los consejos de nuestra guía de París en bici (aunque recomiendo que a la zona del mercadillo vengamos sin bici), podemos aprovechar para reponer fuerzas en alguno de los puestos de comida que también abundan aquí.

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Regresamos por donde hemos venido (cogiendo una nueva bici por el camino) hasta cruzarnos con la rue de Simplon, calle que tomamos hacia la izquierda hasta que acaba, punto en el que giramos a la derecha por la rue des Poissonniers y, algo más adelante, de nuevo a la izquierda por la rue Ordener. Pasamos por un viaducto sobre numerosas vías de tren, al otro lado de las cuales seguimos recto por la rue Riquet en la que, de nuevo, pasamos sobre más vías férreas que se dirigen al norte. Tras cruzar una ancha avenida (no olvidemos aquí girarnos para admirar los edificios conocidos como «los órganos de Flanders», construidos en los años 70 del siglo XX por el arquitecto Martin van Trek y cuyas cuatro torres reciben los musicales nombres de Preludio, Fuga, Cantata y Sonata), la calle gira en ligero ángulo para llevarnos finalmente hasta las mansas aguas del Canal de Saint-Martin.

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Comenzamos a pedalear por el carril-bici que sigue el canal hacia el noreste y llegamos a una plazuela presidida por un quiosco para espectáculos y por una iglesia neoclásica del siglo XIX con doble consagración: Santiago y San Cristóbal. Seguimos por la orilla del canal de Saint-Martin, pero pronto otro santo canalizado nos lo impide: se trata del canal de Saint-Denis, que habremos de seguir durante unos metros hasta encontrar un puente que nos permita salvarlo. Una vez hecho esto nos topamos con un inmenso edificio en medio de un parque no menos grande. Estamos en el parque de La Villette y lo que tenemos ante nosotros es la Ciudad de las Ciencias y la Industria, un gran espacio dedicado a la difusión del conocimiento científico y tecnológico donde, aunque sea por fuera, no debemos dejar de visitar la llamativa geoda (un cine) y el submarino que se encuentra «aparcado» a su lado.

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Siguiendo el canal (por un carril-bici construido peligrosamente cerca del desprotegido borde del agua), no tenemos más que llegar hasta el puente peatonal que nos permite cruzarlo y regresar por la orilla opuesta. Una vez al otro lado no debemos dejar de buscar las desproporcionadas piezas de bicicleta que conforman La Bicyclette ensevelie (La bicicleta sepultada) obra  de los artistas Claes Oldenburg y Coosje Van Bruggen (1990) que simula una bicicleta de magníficas proporciones semienterrada. Aquí y allá sobresalen una rueda, un pedal, medio manillar… En esta zona del parque podemos ver también otras curiosas piezas artísticas y, por supuesto, se encuentran también la Ciudad de la Música y el Conservatorio de Música de París.

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Continuamos siguiendo el canal ahora en dirección suroeste por un carril-bici sin mayores complicaciones que tener que esquivar a los otros ciclistas y algún que otro corredor (y las omnipresentes obras que cortan algún tramo del carril-bici). Más adelante el canal se desvía ligeramente a la izquierda y pierde su carril-bici, por lo que nos vemos obligados a cruzar al lado opuesto y seguir por la calle Quay de Valmy, paralela al canal. Aquí las aguas comienzan a perder la altitud que las separa del Sena gracias a las pequeñas compuertas que encontramos cada pocos metros.

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Una vez más el canal gira un poco hacia la izquierda, y nosotros seguimos por la misma calle paralela. Cada poco, un puente peatonal exageradamente elevado permite cruzar al otro lado del canal y abundan las pasarelas flotantes sobre las aguas. En una de ellas reconocemos el lugar donde Amélie Poulain (encarnada por la actriz Audrey Tautou) lanzaba piedras al canal tratando de hacerlas rebotar. Inmediatamente detrás de este, en otro puente abierto al tráfico, cruzamos el canal y nos separamos definitivamente de él siguiendo la rue du Faubourg du Temple. Dada la estrechez de la calle ascendente, el hecho de que vayamos en contrasentido y las obras -cómo no-, quizás sea buena idea aquí abandonar la bicicleta y dar un paseo recorriendo con calma esta popular y animada calle abundante en tiendas de todo tipo.

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No muy lejos, al cruzar un bulevar más amplio, es hora de conseguirnos una nueva bici, pues tenemos a nuestra disposición el carril-bici que sigue el Boulevard de Belleville y que tomaremos en dirección sudeste (hacia nuestra derecha). De nuevo, aquí tampoco podían faltar las obras, por lo que con frecuencia nos veremos obligados a invadir la calzada antes de poder regresar al carril-bici.

Desde este mismo bulevar, que más adelante recibe el nombre de Ménilmontant, cuando estemos pasando a la altura del cementerio de Père-Lachaise (que queda a nuestra izquierda y donde se hallan enterrados algunos de los más famosos parisinos que no merecieron un lugar en el Panteón, desde Honoré de Balzac al americano Jim Morrison), debemos tomar a nuestra derecha la rue de la Roquette para llegar a la plaza dedicada a la memoria de Léon Blum donde enfilamos ahora, de frente, la Avenue Ledru-Rollin desde donde tomamos finalmente, a la derecha, la rue de Charonne. En esta calle en curva nos deja nuestra ruta de hoy (el libro que estoy siguiendo continúa fiel a su línea y termina la ruta en un bar). Estamos muy cerca de la plaza de La Bastille y a pocos metros del lugar donde iniciamos nuestra aventura de hoy. Con tan sólo llegar al final de la rue de Charonne, girar a la izquierda por Faubourg-Saint-Antoine y una vez más a la derecha por la rue de Cotte habremos llegado de nuevo a la Place d’Aligre, cerrando con ello el círculo.

Sin más, acabamos aquí nuestra excursión parisina que nos ha permitido descubrir una manera alternativa y muy divertida de explorar la Ciudad de la Luz. «Y ahora a seguir soñando…»

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