El paraíso del ciclista urbano: Un día en bici por Copenhague

Provincia: Hovedstaden (Dinamarca)

Distancia: 30 km (aprox.)

Mapa:

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Descripción:

Como ciclista urbano tristemente acostumbrado a jugarme el tipo cada vez que pedaleo entre los coches de la España salvaje, cada vez que visito una ciudad del centro-norte de Europa me siento en el paraíso. La primera vez que visité Amsterdam pensé que era la ciudad ideal para moverse en bici, pero me equivoqué: Copenhague le da mil vueltas a la capital holandesa. Frente a la en ocasiones caótica Amsterdam (a lo que la presencia de los tranvías tampoco ayuda),  la red de carriles-bici que cubre todas y cada una de las calles de Copenhague se ve a diario invadida por ciclistas extremadamente cívicos que, ayudados por una completa señalización exclusiva para el tráfico de bicicletas, se mueven de forma perfectamente sincronizada. De hecho, quizás sea ese respeto a las normas de circulación la única forma en la que ese tráfico ciclista urbano pueda tener éxito (me pone los pelos de punta pensar en el caos que produciría el mismo número de ciclistas saliendo simultáneamente a las calles de cualquier ciudad española, con nuestra insana costumbre de pensar que las leyes de tráfico generales no afectan a los ciclistas). Los coches y peatones respetan también escrupulosamente a los ciclistas con quienes comparten las calles, lo que convierte a Copenhague en la ciudad ideal, ejemplo de convivencia para cualquier urbe del mundo (la única excepción sean, quizás, los despistados turistas y, sobre todo, la invasión de patinetes eléctricos que, como en todas partes, se extienden en Copenhague como una plaga).

La bicicleta es pues el medio ideal para recorrer Copenhague, aunque la meteorología no sea quizás la más agradable para el paseo pues, si bien la temperatura del verano es perfecta para pedalear, las lluvias intermitentes pero intensas no descansan ni en plena época estival en esta extensa llanura plantada en medio del mar que es Selandia (Sjælland). Respecto a la montura a utilizar, en un pasado no muy lejano Copenhague contó con un sistema de bicis pública gratuitas pero el sistema que está en marcha actualmente ha perdido mucho encanto pues no solo es bastante caro (todo en Dinamarca es caro) sino que las bicis de uso compartido son todas ellas eléctricas y no suelen encontrarse en un estado de conservación demasiado bueno (al menos en su aspecto externo, no puedo opinar sobre su funcionamiento porque no llegué a probarlas). Sin embargo, las bicicletas son uno más de los muchos atractivos turísticos de la ciudad, por lo que los lugares donde alquilar un vehículo de dos ruedas no escasean. De hecho, en la práctica totalidad de los hoteles de la capital ofrecen este servicio.

En mi caso, recurrí a la céntrica Copenhagen Bicycles, tienda que suele contar con personal de habla hispana y donde por 110 coronas danesas (en torno a quince euros) alquilé una bonita bici urbana de tres velocidades (lo que da de sobra para una ciudad totalmente plana, ya que las poco halagüeñas condiciones meteorológicas dieron al traste con mis planes de alquilar una bici mejor para hacer una ruta más larga hasta Roskilde) y donde me hicieron tragarme un corto tutorial para aprender a circular en bici… nos podemos ya ir haciendo una idea de que los cicloturistas que pedalean por Copenhague suelen tener más de turistas que de ciclo. Por supuesto, circular en bici por Copenhague es igual que hacerlo por cualquier otra ciudad del mundo (incluso más sencillo por no tener que estar todo el tiempo pendiente de los vehículos motorizados) salvo por un pequeño detalle: el giro a la izquierda. Aquí, para girar a la izquierda en un cruce no basta con señalizarlo e ir hacia allá sino que, muy al contrario, tenemos que desplazarnos a la derecha de la vía y ponernos en cabeza del grupo de los ciclistas que esperan para cruzar (siempre hay ciclistas esperando en los cruces); cuando el semáforo se ponga en verde arrancamos y ya está. Por supuesto, espero no tener que decir que todos y cada uno de los giros y paradas que vayamos a hacer en nuestra ruta deben ser perfectamente señalizados con nuestros brazos pues en esta ciudad siempre, absolutamente siempre, circularemos en pelotón. Igualmente, avisaremos con el timbre a aquellos ciclistas a los que vayamos a adelantar y, antes de hacerlo, comprobaremos que no vamos a ser adelantados nosotros a su vez por otro ciclista más rápido.

Otro detalle sobre las bicis: como es normal en el norte de Europa, el freno trasero de las bicis urbanas se acciona con un suave pedaleo hacia atrás, mientras que el delantero funciona con una maneta normal (supongo que el motivo es que la gente aquí monta en bici con la misma naturalidad con la que camina un peatón y eso se traduce en que muchas veces circulan con las manos ocupadas y alejadas del manillar, pero yo no recomiendo hacer eso por muy danés que se quiera parecer). Por último mencionar que todas las bicis (creo que hay hasta una ley al respecto) vienen dotadas de un candado básico en la rueda trasera: un giro de la llave y una barra metálica se atravesará entre los radios; otro giro y la barra desaparece y nos permite continuar nuestro camino. En una ciudad tan civilizada como Copenhague no suele ser necesario ningún sistema de seguridad extra para aparcar durante el uso diario de la bici (quizás sí lo sea durante la noche o para bicis extremadamente caras, pero no puedo opinar al respecto).

Respecto a la ruta a realizar, como ya he hecho en otras capitales europeas, recurro a la pequeña guía (en inglés) dedicada a Copenhague dentro de la serie City Cycling de la editorial Thames & Hudson, en colaboración con Rapha. En su solapa delantera detallan una ruta de poco más de treinta kilómetros que recorre gran parte de los lugares de interés de la ciudad. Esta será nuestra ruta de hoy. Para seguirla, quienes no dispongan de tiempo para pedir la guía o no la encuentren disponible en internet, en la tienda de Copenhagen Bicycles, en pleno Nyhavn, comprobé que disponían de varios ejemplares para su venta.

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Sin más, sumerjámonos en la riada de bicicletas de todo tipo (urbanas, de carretera, de montaña, cargo, fat bikes, eléctricas, christiania, pedersen…) que inunda los carriles bici de la capital danesa. Vamos a pedalear unas horas por Copenhague.

Nuestra excursión comienza en una calle con un nombre con cierto regusto andaluz: Alhambravej. El motivo para arrancar aquí, como es habitual en esta serie de guías de Rapha como la que estamos siguiendo, es que al parecer en esta calle existe un bar pijo donde poder desayunar. Pero nosotros no somos hipsters y buscamos otros objetivos turísticos de más interés, por lo que ya venimos desayunados de casa -o del hotel-, como niños buenos y aplicados que somos, y comenzamos a pedalear en dirección norte, girando inmediatamente a la derecha por Gammel Kongevej. Yendo por el carril bici que encontramos entre la acera y los coches aparcados seguimos esta avenida, dejando a la derecha el bonito edificio (con pasaje inferior incluido) que alberga Det Ny Teater, uno de los teatros más grandes del país, que fue inaugurado en los primeros años del siglo XX. Aunque durante algunos años estuvo cerrado, hoy vuelve a estar plenamente operativo (cuando pasé por allí se estaba representando un clásico: El violinista en el tejado).

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Continuando por la avenida pronto vemos a nuestra izquierda un murete de piedra continuado por uno vegetal. Si nos asomamos por la rampa que se abre en ellos podemos ver que nos encontramos en el extremo sur de lo que se suele conocer con el nombre de Los Lagos de Copenhague (Søerne), un conjunto de tres lagos rectangulares que se encuentran en pleno centro de la ciudad y que, junto con el puerto, le dan a la ciudad aspecto de tener agua por todas partes (y la abundante lluvia tampoco ayuda a borrar esa húmeda sensación). El lago más meridional de los tres, a cuya orilla nos hallamos, recibe el nombre de Sankt Jørgens Sø (o sea, lago de San Jorge). En la esquina del lago vemos un curioso edificio de una planta torreado que no es sino el planetario de la ciudad, dedicado al más grande astrónomo local: Tycho Brahe (que, sin embargo, nació en el castillo de Knudstrup, en Escania, en territorio actualmente sueco pero que por aquel siglo XVI pertenecía a Dinamarca). Este edificio, inaugurado a finales de los años ochenta del siglo pasado en el lugar donde antes había un teatro, además de las clásicas atracciones de cualquier planetario alberga también la roca lunar más grande que puede encontrarse fuera de los Estados Unidos (y de la propia Luna, claro), sustraída a nuestro satélite en 1972 por la tripulación del Apolo 17.

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Continuando nuestra ruta nos vamos adentrando en el corazón de la ciudad. A nuestra izquierda, las vías de tren desaparecen bajo nuestro pies en un túnel camino de la cercana Estación Central, pero lo que debe llamar nuestra atención, a la derecha poco después de haber pasado junto a un remedo viario del Ponte Vecchio florentino, es el Hotel Radisson que, a pesar de su nuevo nombre, es el antiguo edificio SAS (Hotel Real SAS) diseñado hasta el último detalle por el genial Arne Jacobsen en 1960. Hoy en día solo una de sus habitaciones, la 606, conserva el famoso mobiliario original creado por el propio Jacobsen.

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Los edificios interesantes se suceden. Abierta a una pequeña plazuela dominada por las torres Axel (inauguradas en 2017), a nuestra izquierda dejamos la que fuera la estación de tren hasta 1911, convertida pocos meses después en lo que continúa siendo hoy en día: el colorido cine Palads Teatret. Al otro lado de la plaza nos topamos con otro edificio curioso por su forma circular, su cúpula y el bonito friso de motivos clásicos (obra de Frederik Hammeleff) que recorre su fachada. Diseñada en estilo historicista por el arquitecto local H. V. Brinkopff, esta construcción de 1886 cumplió durante más de un siglo la función de acoger los espectáculos circenses de la capital danesa.

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Pocos metros más adelante llegamos al centro neurálgico de Copenhague: Rådhuspladsen. Inaugurada en 1905 y rediseñada noventa años más tarde (y, una vez más, en obras durante mi visita debido a la construcción de una estación de metro bajo la explanada), esta inmensa plaza de casi diez mil metros cuadrados recibe su nombre del edificio que la domina y que no es otro que el Ayuntamiento de Copenhague, una obra de Martin Nyrop en estilo romántico nacionalista que se inauguró al mismo tiempo que la plaza y que, al igual que esta, está inspirada en la ciudad italiana de Siena. La fachada principal está dominada por un relieve que representa al mítico obispo Absalón (o Axel, según se prefiera), pero lo que realmente domina el conjunto es la torre del reloj, con más de cien metros de altura. Dentro del edificio hay otro reloj, en este caso astronómico: el Reloj Mundial de Jens Olsen. En la plaza, a pocos metros del ayuntamiento, podemos ver una fuente coronada por una escultura de bronce donde un toro y un dragón llevan peleando desde 1904. Especial atención merece el edificio que marca la esquina de la plaza con Vesterbrogade donde, en función de la meteorología, la figura de una chica de color dorado sale a dar un paseo en bici, o bien se protege con un paraguas mientras pasea a su también metálico perro.

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Desde un lateral del ayuntamiento, el afamado escritor local Hans Christian Andersen, sentado en un banco tan de bronce como él mismo, mira desde 1965 hacia su izquierda donde, al otro lado de la calle, no puede estar viendo otra cosa que el Tívoli. No, después de hablar de Florencia y de Siena no me he trasladado ahora a Roma por arte de birlibirloque. Hablo de los jardines Tívoli: un parque de atracciones que, en pleno centro de Copenhague, lleva entreteniendo a los daneses desde nada menos que el año 1843 (pero, ojo, que por antiguo que sea ni siquiera es el más viejo de la región pues, un poco más al norte, el de Dyrehavsbakken lleva funcionando ¡desde el siglo XVI!). Pese a lo curioso que resulta ver a la gente subida en las atracciones rodeada de grandes avenidas y altos edificios (bueno, tampoco tan altos, que estamos en Copenhague), el motivo por el que abrió este parque no tiene nada de romántico pues, en pleno absolutismo del rey Cristian VIII, el objetivo original de la atracción era distraer a los ciudadanos de los asuntos políticos (el fútbol, que cumple hoy el mismo papel, nació oficialmente unos años más tarde que los jardines Tívoli).

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Dejando a la izquierda el ayuntamiento, pedaleamos ahora por la calle que separa a nuestro amigo Hans (podemos llamar así al genial Andersen, pues terminaremos familiarizándonos con él en nuestra ruta de hoy) del Tívoli hasta que encontramos a nuestra derecha un enorme edificio sobre cuya fachada historicista de ladrillo destaca una impresionante cúpula: estamos ante la Gliptoteca Ny Carlsberg. A apenas unos metros de la frivolidad del Tívoli, este majestuoso edificio alberga una de las más importantes colecciones de arte antiguo de Europa, lo que abarca desde el antiguo Egipto hasta la Francia del siglo XIX. El edificio, con jardín interior incluido, ya merece la pena la visita pero aquí podemos ver además el mayor conjunto de piezas procedentes de la recientemente destruida ciudad siria de Palmira (incluyendo la conocida como Bella de Palmira), además de miles de obras más.

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Girando a la izquierda justo al llegar a la Gliptoteca (tomando la calle que sale frente a esta, ligeramente escorada a la izquierda) avanzamos entre edificios de elegantes fachadas y dejamos atrás el ayuntamiento, que vemos por la bocacalle que se abre a nuestra izquierda. Al lado contrario pasamos unos largos soportales que no tendrían nada de especial si no fuera porque tras ellos, al otro lado del muro, se esconden auténticos tesoros. Toda esta manzana está ocupada por el Museo Nacional de Dinamarca, un museo de historia que contiene piezas que abarcan desde la más antigua prehistoria hasta los últimos años del siglo XX (no recuerdo haber visto expuesto en él nada del siglo XXI, pero no lo descarto). Y eso es mucho decir pues, entre otras muchas piezas interesantes (destacando especialmente la sección dedicada al mundo vikingo), podemos admirar aquí maravillas de fama mundial como el carro solar de Trundholm o el caldero de Gundestrup.

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Dejando atrás el museo, un puente nos deja al otro lado del canal por cuya orilla debemos seguir pedaleando, pero nos encontramos en la isla de Slotsholmen y, aunque el nombre no nos diga mucho, eso merece detener nuestras monturas por un momento y concedernos un rato para pasear por la zona.

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Pero antes de adentrarnos en los recovecos de la isla, curioseemos un poco en el extraño edificio amarillo que tenemos ante nosotros, tras una fuente circular. Estamos frente al museo monográfico que recoge la obra del escultor neoclásico danés Bertel Thorvaldsen (a quien, por cierto, algunos consideran islandés). A su muerte en 1844, Thorvaldsen legó su fortuna, su colección de obras de arte y modelos de su extensa obra para abrir un museo en su honor. El edificio lo construyó Michael Gottlieb Bindesboll (en estilo neoclásico, como no podía ser menos) y sus salas se llenaron de la extensa obra del escultor, destacando el Cristo y sus apóstoles que más tarde veremos de nuevo cuando pasemos por la catedral. Los restos del propio Thorvaldsen descansan en el centro del patio del museo.

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Slotsholmen, islote en la que nos encontramos, fue el Copenhague original. Como su nombre en danés indica, aquí hubo un castillo del siglo XII (el castillo de Absalón) que fue destruido por la Liga Hanseática en el siglo XIV. En su lugar se construyó otro, el castillo de Copenhague, que aguantó en pie esta vez hasta el siglo XVIII. Esta última demolición se realizó para construir el palacio de Christianborg que tenemos ante nosotros, si bien un par de incendios importantes (1794 y 1884) cambiaron su estructura a lo largo de los siglos. La mayor parte de lo que vemos ahora terminó de construirse ya avanzado el siglo XX y es de estilo neobarroco, aunque también se conserva la capilla neoclásica del siglo XIX y un amplio recinto ferial barroco de mediados del XVIII.

Actualmente el palacio sirve de sede a los tres poderes supremos del reino de Dinamarca (incluyendo la oficina de su primera ministra, que encontraremos fácilmente siguiendo el rastro de coches blindados y guardaespaldas tamaño armario) pero también presta servicio a la Corona, como espacio ceremonial y acogiendo las caballerizas reales, motivo por el que veremos caballos por doquier en la explanada central.

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Tras el palacio encontramos otra joya: la Biblioteca Real de Dinamarca, la de mayor tamaño de Escandinavia, que fue fundada por Frederik III en el siglo XVII. El bonito edificio, que vemos aparecer tras una fuente entre jardines, es de la primera década del siglo XX, obra de Hans J. Holm. Su sala central es una copia de la capilla del palacio de Carlomagno en Aachen (ciudad alemana más conocida por los españolitos de a pie como Aquisgrán). En la parte trasera de este edificio se inauguró en 1999 un nuevo anexo construido en mármol negro y cristal, razones por las que responde al poco modesto nombre de Diamante Negro.

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Una vez explorada a nuestro gusto la zona regresamos a nuestra ruta, que habíamos dejado justo frente al museo Thorvaldsen. Dejando el edificio a la derecha, avanzamos por la orilla del canal bordeando la isla de la que estamos a punto de salir, pero no lo haremos sin antes fijarnos en otro edificio alargado de ladrillo que dejamos a la derecha (justo después de pasar ante la fachada de frontón semicircular del Ministerio de Economía). Se trata de la antigua Bolsa (Børsen) de Copenhague, levantada por los arquitectos Lorentz y Hans van Steenwinckel el Joven, en estilo renacentista holandés, durante la primera mitad del siglo XVII. Reconoceremos el edificio por su inconfundible torre en espiral formada por las colas enroscadas de cuatro dragones (aunque, teniendo en cuenta que estamos hablando de la Bolsa, lo más probable es que se trate de sabandijas). Frente a la Bolsa, al otro lado del canal, vemos la iglesia renacentista de Holmen, construida en el siglo XVI con planta de cruz griega (aunque la perfecta forma de cruz se ve desvirtuada por la alargada capilla funeraria barroca del siglo XVIII que vemos pegada al canal).

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Al llegar a la esquina donde acaba el islote en el que ya llevamos un buen rato encontramos un puente frente a nosotros pero, en vez de cruzarlo, descendemos al nivel inferior, donde giramos a la izquierda para tomar el puente perpendicular (a la izquierda, es decir, hacia el norte) que nos permite llegar al otro lado del canal y toparnos de frente con el edificio del Banco Nacional de Dinamarca, obra póstuma del ya mencionado Arne Jacobsen. Aprovechando el puente, disfrutamos de las vistas que desde él se tienen del islote que hemos dejado atrás.

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Giramos ahora a la derecha para avanzar por la explanada que se extiende a lo largo del puerto, entre este y la calle Havnegade. A nuestra derecha, al otro lado del agua, tenemos las primeras vistas de la zona de Christianshavn por la que pedalearemos dentro de un rato.

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Un nuevo canal se interpone ahora en nuestro camino. A nuestra derecha vemos un moderno puente exclusivo para ciclistas y peatones. A la izquierda, en el semisótano de la esquina, se encuentra Copenhagen Bicycles, tienda donde podemos alquilar una bici (como hice yo). Doblando la esquina donde está la tienda seguimos el canal y, si la multitud de turistas haciéndose selfies lo permite, disfrutamos de la más famosa postal de Dinamarca: el puerto de Nyhavn.

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El Puerto Nuevo (Nyhavn) tiene su origen en el siglo XVII, cuando el por entonces rey, Christian V, decidió dar un entretenimiento a los prisioneros suecos que había hecho en la recién terminada guerra sueco-danesa y los puso a excavar aquí. Cuando comenzó a funcionar, Nyhavn sirvió como puerto de entrada de las mercancías que llegaban a la ciudad, y el continuo flujo de marineros hizo el resto: los coloridos hôtels construidos a su vera se convirtieron en albergue de las más animadas tabernas y lugares de prostitución. Nuestro conocido Hans Christian Andersen vivió en la zona durante casi dos décadas.

Hoy, las fachadas de llamativos colores son el foco de los objetivos de los teléfonos móviles de miles de visitantes que se apretujan después para comer algo en las terrazas que invaden la orilla noreste del puerto, mientras un puñado de embarcaciones históricas (entre las que se cuenta un teatro flotante) se mece suavemente al ritmo de las olas levantadas por los barcos cargados de más turistas.

Pedaleando llegamos al extremo del puerto donde, entre sendas hileras de árboles, vemos una gran ancla (Mindeankeret), memorial aquí colocado en recuerdo a los marineros daneses caídos durante la Segunda Guerra Mundial. Continuación natural del puerto, la plaza Kongens Nytorv también tiene bastante interés, pero el avanzado estado de las obras que la invaden (para hacer otra parada de metro, supongo) me impidió visitarla.

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Regresamos hacia atrás, ahora por la otra orilla de Nyhavn, donde lo más probable es que la masa humana que deambula lentamente por aquí nos impida circular sobre la bici y nos veamos obligados a caminar. Al llegar a la altura del puente giramos a la izquierda (volvemos a subir ya al sillín) para alejarnos de Nyhavn por la única calle que recuerdo haber visto en Copenhague sin carril-bici. Los coches suelen ser respetuosos, pero conviene mantener los ojos abiertos por si, como me ocurrió a mí, en uno de ellos viajan ¡la mismísima reina de Dinamarca y su hijo el príncipe heredero!

En el primer cruce giramos ahora a la derecha por una calle ajardinada y, dejando a la derecha un par de edificios de interesante aspecto (incluyendo el Teatro Nacional de DInamarca, cuya arquitectura ha recibido varios premios), retomamos después nuestra dirección noreste por la orilla del puerto, al que vemos anclados varios barcos de vela con carteles explicativos de sus características. Tampoco es raro ver a algún pescador de caña desafiando las condiciones meteorológicas en busca de algún pez despistado o, quién sabe, tratando de capturar a una sirenita. Al otro lado del agua tenemos ya unas vistas privilegiadas del edificio de la Ópera, que visitaremos más tarde.

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Estamos en Amaliehavn y ese nombre nos recuerda a algo. Abandonamos nuestra ruta para cruzar unos jardines con fuente central que vemos a nuestra izquierda. Al otro lado de los mismos encontramos una inmensa plaza octogonal a cuyo alrededor se levantan las cuatro alas del palacio de Amalienborg, cuyos habitantes habituales son los dos personajes que nos hemos cruzado en su escoltado coche negro apenas unos metros más atrás. Construidos por Nicolai Eigtved a mediados del siglo XVIII como residencias para varias familias de la nobleza, estos edificios de estilo rococó pasaron a ser la residencia de la familia real danesa a finales del mismo siglo, cuando un incendio redujo a escombros el anterior Palacio Real. Desde el centro de la plaza, un laureado Frederik V a lomos de un caballo de bronce nos dirige su neoclásica mirada desde 1711.

Los cuatro palacios que rodean la plaza están guardados por soldados de llamativa casaca y elevado sombrero, al más puro estilo británico. La estrechez de sus minúsculas garitas rojas los debe de tener de mal humor, pues presencié varios encontronazos con turistas asiáticos que se intentaban fotografiar demasiado cerca del palacio.

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No puede haber dejado de llamar nuestra atención que por una de las calles que parten del simétrico palacio asoma una monumental cúpula a la que Frederik V no quita ojo desde su caballo. Y es que la iglesia que tenemos ante nosotros lleva el nombre de este rey, pues fue él quien financió su construcción (al menos el comienzo de la misma). Diseñada en estilo rococó arcaico por el mismo arquitecto que construyó Amalienborg, Frederiks kirke (también conocida por el popular nombre de Marmorkirken o iglesia de mármol) vio la luz a mediados del siglo XVIII, aunque debido a su elevado coste no fue completada hasta finales del siglo XIX. El resultado final fue un impresionante templo barroco (firmado por Ferdinand Meldahl) cuya cúpula es la de mayor tamaño de toda Escandinavia. Pese a servir al rito luterano, la iglesia está inspirada en la basílica de San Pedro del Vaticano. Si en vez de luteranos fuésemos rusos ortodoxos, en la misma manzana tendríamos también nuestra iglesia: San Alexander Nevsky, cuya construcción en estilo historicista fue sufragada en el siglo XIX por el propio gobierno ruso.

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Regresamos ya a nuestra ruta, que habíamos abandonado en el puerto, y continuamos pedaleando a lo largo de este, dejando unas magníficas panorámicas a la derecha e interesantes edificios a la izquierda. Entre estos últimos destaca un alto edificio de ladrillo del siglo XVIII decorado con dos inmensas esculturas entre las que reconocemos una reproducción del David de Miguel Ángel. Se trata, agárrense, del Den Kongelige Afstøbningssamling de cuyo nombre -si es que he acertado a escribirlo bien- se desprende de forma trivial e inmediata que en su interior se alberga una amplia colección de moldes para esculturas pertenecientes a la Galería Nacional de Arte.

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Un nuevo ancla de gran tamaño marca el final -por ahora- de nuestro recorrido por el puerto. Unos metros tierra adentro encontramos la iglesia de St. Albans, de culto anglicano y estilo neogótico, construida en el siglo XIX. En su parte trasera, construida en escalera sobre una elevación del terreno, vemos la fuente de Gefion. La escultura que corona dicha fuente representa la creación de la isla de Selandia -sobre la que nos encontramos- según la mitología escandinava, en la que se cuenta que el rey sueco Gylfi prometió dar a la diosa y vidente Gefjun (Gefion) toda la tierra que pudiese arar en una noche de trabajo, ante lo que la diosa convirtió a sus cuatro hijos en bueyes para avanzar más rápido. El terreno prometido fue entonces colocado sobre el mar (sería la isla de Selandia) y, en su lugar, en territorio sueco quedó su hueco vacío en forma de lago. La fuente, construida entre los siglos XIX y XX, fue diseñada por Anders Bundgaard.

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Vamos ahora a dar un pequeño salto temporal en nuestra ruta para visitar algo que teníamos previsto ver más tarde (el motivo lo explicaré a su debido tiempo).

Desde la iglesia de St. Albans nos vamos a adentrar en el conocido como parque Churchill para alcanzar desde allí la entrada sur al Kastellet, una fortificación barroca del siglo XVII con bastiones y la típica forma estrellada de los fuertes de la época que a día de hoy cumple al mismo tiempo funciones de parque y de instalación militar, como delatan las largas filas de barracones que vemos en su interior. Una vez hemos pasado el puente de madera que nos permite llegar a la puerta, dentro de la ciudadela nuestra ruta recorre la avenida principal que atraviesa el centro de la misma -comunicando sus dos puertas- y serpentea después por la senda elevada que dibuja el perímetro de la fortaleza donde podemos ver, además de muchos cañones y el cuidado parque que rodea el foso, un pintoresco molino de viento del siglo XIX.

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Hora de regresar a la fuente de Gefion, punto donde habíamos realizado este imprevisto salto temporal. Debemos continuar ahora por la ciclovía que va pegada al foso del Kastellet, y que encontramos pasando por un paso inferior junto a la zona más alta de la fuente. A nuestra derecha vemos, sobre una alta columna, una escultura de una Victoria alada. La obra es un homenaje al almirante Ivar Huitfeldt, que falleció junto a su casi medio millar de hombres al explotar su barco -el Dannebrog– durante la batalla de Stevns (1710), en el marco de la Gran Guerra del Norte.

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Continuamos pedaleando por la zona de Langelinie y, después de atravesar un pequeño edificio por un paso subterráneo, a nuestra derecha vemos una multitud que se agolpa junto al mar, al igual que lo hacen por su parte varios barcos repletos de turistas. El motivo de tal furor no es otro que una pequeña escultura de bronce realizada por Edvard Eriksen sobre una roca que sobresale del agua cerca de la orilla. La obra, convertida en todo un símbolo de Copenhague, fue instalada aquí en 1913 después de que hubiese sido encargada al autor por uno de los herederos de la familia Carlsberg. Aunque generalmente se cree que el mítico ser representado homenajea al personaje del cuento de Andersen La Sirenita, la realidad es que al rico heredero Carlsberg (de nombre Carl Jacobsen) quien de verdad le interesaba era la bella bailarina Ellen Price, quien representaba por entonces tal papel para el Ballet Real de Dinamarca.

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Giramos ahora a la izquierda para pedalear en ligerísimo ascenso (lo que en Copenhague es todo un puerto de montaña) mientras sorteamos la plaga de autobuses que espera a que sus respectivos enjambres de turistas regresen de rendir su inconsciente culto a la bailarina Price. A nuestra derecha, un monumento que homenajea a los marineros daneses muertos durante la Primera Guerra Mundial domina un pequeño puerto deportivo.

Un poco antes de alcanzar la «cima», nuestro libro de ruta nos dice que giremos a la izquierda para acceder al Kastellet por su entrada norte pero, como habíamos ya previsto, una larga valla metálica nos impide el acceso. El motivo, según informa puntualmente un vistoso cartel bilingüe, es que se están llevando a cabo obras para evitar que la fortaleza se vea dañada por eventuales inundaciones. Para quien no tenga la paciencia necesaria para esperar hasta 2021 cuando se reabrirá el acceso, la propuesta alternativa es rodear la ciudadela para utilizar la entrada sur cosa que, muy sabiamente, ya hicimos en su momento, por lo que podemos continuar nuestra ruta sin detenernos aquí.

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Por tanto, ignoramos el desvío a la izquierda hacia el Kastellet y recorremos los pocos metros de subida (presunta subida) que nos quedan para abandonar después la carretera hacia la derecha, en dirección a un puente peatonal y ciclista que nos permite cruzar de forma segura una ancha avenida y varias vías de tren. Al llegar al final del puente cruzamos la primera calle que vemos y entramos en la zona «diplomática» de Copenhague, es decir, donde casi cada edificio es una embajada. Si giramos ligeramente a la derecha, una de las primeras que encontramos es precisamente la española, tras la cual se halla la calle Kastelsvej, que es la que debemos tomar para desembocar, al final de esta, en Classensgade, que tomamos a la izquierda.

Pocos metros más adelante, la calle que seguimos muere en una ancha avenida (Østerbrogade) que nos separa de un lago. Se trata de nuevo de nuestros ya conocidos  Søerne, los lagos de Copenhague, solo que nos encontramos ahora en el extremo opuesto de los mismos que donde estuvimos poco después de comenzar nuestro paseo. El que tenemos ahora ante nosotros es el más septentrional de los tres y recibe el nombre de Sortedams Sø. Cerca de su centro vemos una pequeña isla poblada de vegetación (Fugleøen). Tomando Østerbrogade unos metros hacia la derecha y cruzándola posteriormente, tomamos la calle que sigue la orilla del lago, dejando el agua a nuestra izquierda.

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Pasando de largo la isla, llegamos al lugar donde un puente permite que la transitada avenida Fredensgade cruce los lagos. Tomando unos metros antes del mismo el desvío del carril bici hacia la izquierda pasamos fácilmente bajo el puente, al otro lado del cual, en lugar de seguir recto, giramos bruscamente a la derecha para subir a la avenida. Cruzando los lagos por el puente (Fredensbro) llegamos a un enorme cruce donde para girar a la izquierda, como es nuestra intención, debemos hacer gala de todos nuestros conocimientos sobre cómo circular en bicicleta por la civilizada Copenhague (ahora entendemos el vídeo que nos hicieron ver en la tienda de alquiler).

Superado el cruce y pedaleando ahora en dirección noreste, dejando el lago a nuestra izquierda, dejamos al otro lado una curiosa barriada de estrechas y largas callejuelas (concretamente once calles) que se abren entre hileras de pintorescas casas de ladrillo amarillo con jardín frontal (concretamente 480 casas). Nos encontramos ante Kartoffelrækkerne (algo así como los surcos de patatas) una barriada nacida entre 1873 y 1889 sobre lo que antiguamente habían sido campos de cultivo del conocido tubérculo. La epidemia de cólera que azotó la ciudad en 1853 matando al 3% de la población (lo que supone decir más de cinco mil muertes), hizo que los trabajadores del astillero B&W fundaran la Asociación de Viviendas Obreras para construir casas que permitiesen a los trabajadores vivir en condiciones saludables: de esa iniciativa surgió el barrio por el que nuestro libro de ruta nos invita a callejear.

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Una vez nos hayamos cansado de curiosear por la zona, debemos cruzar la calle que hay al otro lado de los surcos (Øster Farimagsgade) para tomar su perpendicular Lundsgade y, cuando esta muere frente a una zona verde, tomar Stockholmsgade hacia la derecha.

En la zona verde que vamos bordeando dejándola a nuestra izquierda (en realidad dos zonas verdes separadas por una avenida) existen numerosos museos que no podemos dejar de visitar. Personalmente creo que es imprescindible visitar el SMK -la Galería Nacional de Dinamarca-, con su magnífica colección de arte que incluye, entre muchísimas otras joyas, La raya verde Le Luxe II (por mencionar solo un par de obras icónicas de Matisse); aunque también están aquí el Museo Geológico, el de Historia Natural o el Jardín Botánico. Un poco más allá se levanta el Palacio de Rosenborg, un impresionante castillo renacentista de principios del siglo XVI en cuyos jardines colindantes podemos tumbarnos a descansar en el césped si el tiempo lo permite.

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Pero volviendo a nuestra ruta, estamos pedaleando por Øster Farimagsgade en dirección suroeste, dejando a nuestra izquierda la zona museística y a nuestra derecha algunos edificios pertenecientes a la Universidad de Copenhague. Al llegar a Vendersgade debemos girar a nuestra izquierda para cruzar primero ante la explanada de la plaza de Israel y después entre los edificios de la estación ferroviaria de Nørreport.

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Seguimos después por Nørregade hasta que vemos ante nosotros una iglesia que, a decir verdad, no llama demasiado la atención (apenas unos metros antes hemos dejado a la derecha una gótica más bonita, la de San Pedro, que es el edificio más antiguo del centro de la ciudad), pero las apariencias engañan pues nos encontramos nada menos que ante la catedral de Copenhague, Vor Frue Kirke (nada original: la Iglesia de Nuestra Señora). Aunque en el lugar ha habido toda una serie de iglesias desde el siglo XII, los incendios no se han apiadado de esta diócesis luterana y han acabado con todas ellas. El edificio actual (que esperemos que dure) es de la primera mitad del siglo XIX y solo con ver su puerta principal ya sabemos que se construyó en estilo neoclásico. Sin duda lo mejor del edificio está en el interior, del que se encargó nuestro viejo amigo Bertel Thorvaldsen con sus espléndidas esculturas de Cristo y los doce apóstoles (de las que ya hemos visto una copia en el museo monográfico del autor, pero que sin duda en este contexto religioso impresionan mucho más).

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En la misma plaza que la catedral, en el lateral norte, se encuentra el edificio principal de la Universidad de Copenhague (protegida por bustos de las principales figuras intelectuales relacionadas con ella), donde lo más interesante es su biblioteca: un edificio de ladrillo diseñado por Johan Daniel Herholdt e inaugurado en 1861.

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Cruzamos la plaza de la catedral dejando esta a nuestra derecha y la universidad a la izquierda y recorremos los primeros metros de la calle que aquí nace. De seguir de frente no tardaríamos en llegar a la Torre Redonda (Rundetårn), un observatorio astronómico del siglo XVII, pero vamos a desviarnos antes hacia la derecha, después de nuevo a la derecha y finalmente a la izquierda para pedalear por Klosterstræde en dirección a Slotsholmen.

Antes de llegar, sin embargo, hemos de atravesar la calle comercial conocida como Strøget -de la cual dicen que es la zona peatonal de tiendas más grande de Europa- donde es interesante pasear un rato aunque solo sea para ver las ostentosas fachadas antiguas de algunos edificios, además de otros lugares de interés como la iglesia del Espíritu Santo (Helligåndskirke) o, un poco más alejado de nuestra ruta, el Centro de Arte Contemporáneo Nikolaj (antigua iglesia de San Nicolás).

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Nuestro paseo urbano se topa una vez más -a la altura del Museo Thorvaldsen- con el canal que delimita el islote de Slotsholmen. Giramos a la derecha y pedaleamos para rodear la isla con las aguas del canal inmediatamente a nuestra izquierda.

Nos cruzamos con el carril bici por el que ya pasamos antes y continuamos ahora dejando el Museo Nacional a nuestra derecha e ignorando, a la izquierda, los sucesivos puentes que nos llevarían de vuelta a Slotsholmen. A nuestra derecha queda también una bonita construcción del siglo XVIII (remozada con una capa de llamativo amarillo) que, además de como almacén, sirvió de lugar de trabajo a escultores de la Real Academia Danesa de Bellas Artes. En una esquina de Slotsholmen, a nuestra izquierda, vemos también uno de los antiguos bastiones defensivos de Copenhague (de principios del XVII) que es conocido por el curioso nombre de Cervecería de Christian IV.

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Girando a la derecha pasamos ante el Centro para la Arquitectura de Dinamarca antes de girar de nuevo a la derecha y posteriormente a la izquierda para alcanzar el Boulevard Hans Christian Andersen, calle que seguiremos a la izquierda hasta cruzar al otro lado del puerto por el puente de Langebro.

Continuamos de frente siguiendo la amplia avenida y, a nuestra izquierda, vemos un nuevo lago que no es sino el foso de otra de las innumerables construcciones defensivas de la ciudad, cuyos bastiones (que dan a la fortificación la ya familiar forma de estrella) vemos ya al otro lado. Al llegar al primer puente que nos permite cruzar el foso giramos a la izquierda pero, en vez de cruzar, nos metemos a la derecha por el sendero peatonal y ciclista que aparece atrapado entre el propio foso y un minúsculo canal que hemos atravesado casi sin darnos cuenta. Esta estrecha franja de tierra -que, para no ser menos que sus colegas, también tiene sus propios bastiones y una más discreta forma estrellada- forma ya parte de Christiania (aunque serían solo las afueras de esta peculiar miniciudad) pero, por ahora, lo único que vamos a notar es un cierto aire alternativo en sus descuidadas construcciones que albergan viviendas y talleres, así como en los carteles que anuncian que está prohibido acceder a la zona en vehículos a motor (tampoco está bien vista la fotografía en esta zona, por lo que las líneas referentes a Christiania que escriba en esta entrada carecerán de ilustraciones)

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Al final de estos metros sin coches salimos a una carretera que, aunque tranquila, nos parece muy transitada después del relajado tramo anterior. La tomamos a la izquierda y, casi de inmediato, giramos de nuevo a la izquierda para -siguiendo la calle principal con sus curvas sin desviarnos- cruzar sendos puentes que nos llevan a la zona interior de la línea defensiva que hemos estado rodeando: la zona portuaria que queda justo frente al Palacio de Amalienborg.

El motivo por el que hemos venido hasta aquí, además de para dar un paseo por entre los antiguos almacenes del puerto que sirven hoy a usos muy variados, es ver de cerca un edificio que ya vimos antes desde la otra orilla: la Ópera de Copenhague. Se trata de una enorme (y carísima) obra de Henning Larsen inaugurada en 2005. Además del edificio en sí y de la interesante zona donde se levanta, merece la pena dedicar un rato a contemplar la vista panorámica de la ciudad que desde aquí se tiene.

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Regresando por donde hemos venido, salimos de la isla donde se encuentra la ópera y tomamos ahora a la derecha para adentrarnos en la carreterilla que recorre la línea intermedia de bastiones (la que queda entre la isla de la Ópera y la estrecha franja de tierra por la que vinimos antes). El destartalado asfalto y el abandonado aspecto de la zona ya nos indican que algo va a cambiar pero, cuando nos desviamos ligeramente a la izquierda para abandonar la carretera, el cambio es evidente: hemos entrado de lleno en Christiania. La Ciudad Libre de Christiania, debería decir para ser exacto.

Estamos en una antigua zona militar que, tras ser abandonada por el ejército danés en 1971, fue invadida por un grupo de vecinos en busca de un lugar donde sus hijos pudiesen jugar… y ¡vaya si consiguieron que las criaturas se entretuviesen! En los años de mayor esplendor del movimiento hippie, en la zona se formó una comunidad de residentes que no tardaron en declararse independientes del estado danés (y, subsecuentemente, de la Unión Europea). Y, con sus más y sus menos, hasta hoy.

Con sus coloridos edificios plagados de graffiti, sus tiendas de artesanía y su inconfundible aroma a comida rápida y humo de marihuana flotando en el ambiente, Christiania es todo un universo paralelo que se rige por sus propias normas. A saber:

  • Prohibidas las armas.
  • Prohibidas las drogas duras.
  • Prohibida la violencia.
  • Prohibidos los coches privados.
  • Prohibidos los símbolos de bandas moteras.
  • Prohibidos los chalecos antibalas.
  • Prohibida la venta de pirotecnia.
  • Prohibido el uso de bengalas.
  • Prohibida la mercancía robada.
  • (Prohibido tomar fotografías: esta última regla -no escrita- es de aplicación en toda Christiania, pero más rigurosamente en la denominada «zona verde» donde la venta y consumo de drogas blandas es más intensiva).

Sigamos estas «leyes» y todo nos irá bien en la «ciudad». Así podremos recorrer a nuestras anchas sus callejuelas hasta toparnos con la nave donde se construyen y venden las exitosas Cristiania Bikes (modelo de bicicletas de transporte de mercancías de gran éxito en todo Copenhague), donde también se fabrican en la actualidad las pioneras y originalísimas (aunque generalmente desconocidas) bicicletas Pedersen.

Después de reponer fuerzas -si lo necesitásemos- en cualquier puesto de comida del lugar (o de doparnos en cualquiera de los otros puestos) abandonamos Christiania para salir a Prinsessegade, donde podemos inhalar unas bocanadas de aire puro para que se nos pase el «mareo» y continuamos nuestra ruta hacia la izquierda para alcanzar en pocos metros la iglesia barroca cuya curiosa torre espiral llevamos viendo en el horizonte todo el día: Vor Frelsers Kirke. Esta iglesia de San Salvador fue construida en el siglo XVII, aunque su original chapitel espiral data de una décadas más tarde, ya en el XVIII.

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Poco más adelante llegamos a Torvegade, donde giramos a la izquierda. Según describe la ruta el libro que estamos siguiendo, ahora deberíamos tomar rumbo al sur por el sendero que trascurre dibujando todo el perímetro de los bastiones de la fortificación. Sin embargo, un cartel nos indica que no debe hacerse tal cosa en bicicleta, por lo que podemos optar por desmontar y caminar un rato o, como hice yo, atajar por la calle que traza de forma más o menos recta la línea interior de los baluartes defensivos, si bien es cierto que el primer tramo de esta -de adoquines bien poco regulares- dejará cierto incómodo recuerdo en nuestras posaderas.

Llegamos así de nuevo al puente de Langebro por el que pasamos no hace mucho. Ahora pedaleamos bajo él (cruzando perpendicularmente nuestro recorrido anterior) y nos permitimos el lujo de elegir libremente entre las dos opciones que se nos presentan: pedalear junto a los demás ciclistas por el carril bici que transcurre junto al asfalto de la calle Islands Brygge o, al otro lado de los jardines, pedalear pegados a las aguas del puerto que nos flanquean por nuestra derecha (donde apenas si nos encontraremos algún peatón o runner, además del pintarrajeado vagón de tren que han colocado en los abandonados raíles del puerto). Hagamos lo que hagamos, al otro lado del agua tenemos una bonita panorámica de los modernos edificios construidos (y aún en construcción) en la zona. En el parque que separa nuestras dos rutas alternativas, además de numerosos lugares donde descansar un rato, existen unos servicios públicos para aliviar otras necesidades que pudiesen habernos surgido a estas alturas de la ruta.

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Vayamos por los adoquines del puerto o por el carril bici terminamos llegando al puente peatonal y ciclista que llevamos un rato viendo a nuestra derecha. Por él pasamos a un pequeño islote plantado en medio del puerto y sembrado de edificios de oficinas. Lo cruzamos en solo dos vueltas de pedal y enlazamos con un segundo puente serpenteante (esta vez solo para ciclistas, pues los peatones han sido desviados a un nivel inferior) que nos permite sortear un gran centro comercial antes de llegar a tierra firme. Una vez en la orilla noroeste del puerto llegamos de forma directa al viaducto que nos permite salvar una gran avenida y desde donde, si miramos hacia atrás, vemos con curiosidad la gran puerta del aparcamiento de bicicletas del centro comercial (dentro del mismo hay varios restaurantes, por si quisiésemos aparcar aquí y comer algo).

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El viaducto sobre el que circulamos se alarga y lo aprovechamos para cruzar sobre numerosas vías férreas (la Estación Central de Ferrocarril está aquí al lado). Si no hemos elegido la hora adecuada para pasar por esta zona es probable que nos veamos inmersos en un auténtico embotellamiento de tráfico… ¡de bicicletas! Dado que estamos utilizando el único paso que atraviesa las vías de tren y el puerto de Copenhague en la zona (la siguiente opción por el norte sería rodear la Estación Central y cruzar el puerto por Langebro, y al sur habría que irse a varios kilómetros de aquí para poder atravesar), todos los ciclistas de Copenhague que quieran desplazarse del populoso barrio de Vesterbro a la enorme isla de Amager deben cruzar por aquí, y ¡parecen ser miles!

Finalizado el viaducto continuamos recto, ya más tranquilos, por Skelbækgade hasta el final de la misma, donde giramos a la derecha por la avenida ajardinada de Halmtorvet. A la derecha dejamos una amplia zona de antiguos almacenes que hoy albergan galerías de arte, tiendas, bares y restaurantes de todo tipo donde reponer fuerzas.

La ruta continúa sin embargo en dirección contraria, por lo que debemos dejar Halmtorvet hacia la izquierda por Gasværksvej hasta que vemos frente a nosotros un lugar familiar: el paso inferior que atraviesa el teatro Det Ny Teater (en los primeros metros de nuestra ruta de hoy pasamos por el otro lado del mismo). Giramos en esta ocasión, antes de llegar a él, hacia la izquierda por la avenida principal del moderno barrio: Vesterbrogade. Un poco más adelante nos desviamos a la derecha por otra amplia avenida cuyo nombre, Frederiksberg Allé, ya nos indica hacia dónde nos estamos dirigiendo. Al atravesar la plaza de Santo Tomás (poco después de haber tomado el último desvío), podemos aprovechar para comprar algún comestible en los puestecillos que se alinean a lo largo de la avenida.

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Dejamos a la derecha Alhambravej, punto de origen de nuestra excursión de hoy, y seguimos recto hasta que la avenida muere en una plaza que sirve de entrada a un inmenso parque. Se trata del jardín paisajístico romántico de estilo inglés cuyas 64 hectáreas rodean el palacio de Frederiksberg que, a su vez, es un edificio barroco de 1699 que actualmente ejerce como academia militar. En este punto, la dificultad para acceder al parque por esta entrada debido a que en ella se estaba celebrando un torneo de fútbol y el diluvio universal que llevaba sufriendo en mis carnes durante gran parte del recorrido hicieron significativa mella en el espíritu de explorador cicloturista del que esto escribe, motivo por el que decidí prescindir de la visita a parque y castillo y, en su lugar, comerme una salchicha bajo la protección del tejadillo de uno de los abundantes puestos callejeros dedicados a este manjar, completando así el cutre menú de comida rápida previamente engullido entre dos chubascos a la puerta de un 7-Eleven.

Tomamos dirección norte por Allegade, dejando a la izquierda el ayuntamiento del municipio de Frederiksberg, un edificio de ladrillo cuyo elemento arquitectónico más destacable es su torre de sesenta metros (visitable el primer sábado de cada mes). Al llegar a un centro comercial, aunque nuestra ruta según el libro sigue de frente en busca de una reconocida pizzería, nosotros (que ya tenemos el estómago lleno, para bien o para mal) tomamos a la derecha por la ciclovía rodeada de vegetación que nace frente a la entrada del centro comercial. En este punto existe, por cierto, un punto de inflado de neumáticos de los que salpican la ciudad al servicio de los ciclistas de Copenhague.

El carril bici con aspecto de vía verde que hemos tomado nos permite circular con tranquilidad alejados de tráfico a motor y rodeados de vegetación. No en vano estamos en el conocido como «sendero verde» (Den Grønne Sti), el tramo frederiksbergiano de la Nørrebroruten (una vía ciclista de una decena de kilómetros que atraviesa diagonalmente la capital danesa y que forma parte de una red que, por ahora, alcanza los cuarenta kilómetros y tiene previsto superar la centena). El tren que antes pasaba por este lugar ahora es una de las líneas de la red de metro y, por tanto, circula bajo tierra.

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Tras pasar bajo una avenida y dejando a la derecha uno de los campus de la Universidad de Copenhague, el Grønne Sti se ve obligado a cruzar una calle (un cruce regulado por semáforos, faltaría más). Aprovechamos el momento para girar a la derecha y seguir por la mencionada calle hasta que esta nos termina llevando de vuelta a nuestros ya conocidos lagos Søerne. En concreto estamos en la separación entre nuestro viejo amigo Sankt Jørgens Sø y su inmediato vecino del norte, Peblinge Sø. Aprovechando la estrecha franja de tierra, se construyó aquí a finales del siglo XIX el edificio historicista que ahora estamos viendo y que, bajo el nombre de Søpavillonen (Pabellón del Lago) es ahora un club nocturno, si bien su función original fue ser sede del club de patinaje sobre hielo que utilizaba los lagos como pista en los fríos meses del invierno nórdico.

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Sin cruzar los lagos, tomamos dirección norte por el carril bici que discurre por la orilla del Peblinge Sø hasta llegar al siguiente puente (Dronning Louises Bro, o puente de la reina Luisa, construido entre 1885 y 1887) por donde cruzamos hasta que, al otro lado de los lagos, alcanzamos el final de nuestra ruta.

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Ha sido un día intenso en Copenhague. Hemos tenido lluvia, frío, granizo e incluso algunos minutos de sol. Hemos visto arquitectura de todo tipo y objetos artísticos que abarcan desde el más antiguo paleolítico hasta la más absoluta contemporaneidad. Pero ¡si hasta nos hemos cruzado con toda una reina por el camino! Podemos darnos por satisfechos y darnos un merecido descanso así que, si la implacable meteorología nos da un respiro, no dudemos en apropiarnos de uno de los bancos que existen a la orilla de los lagos e, imitando la posición recostada que tienen Tíber y Nilo en las dos estatuas que tenemos junto a nosotros, dedicar unos minutos a ver la vida de Copenhague -y sus ciclistas- pasar ante nuestros curiosos ojos de cicloturista.

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