La bulliciosa isla turística: SIBIT Malta Sudoeste

Provincia: Isla de Malta (Malta)

Distancia: 28 km aprox.

Mapa:

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Track: Descargar SIBITMaltaSO.gpx

Descripción:

La primera vez que estuve a Malta fue durante un caluroso verano de hace ya muchos años (tantos que incluso el Costa Concordia flotaba aún sobre las aguas del puerto de Valetta en uno de sus últimos cruceros). Tuve entonces ocasión de visitar los principales atractivos turísticos del país: su capital renacentista y las antiguas ciudades de su alrededor, los templos de Tarxien, el bello puerto pesquero de Marsaxlokk (con sus embarcaciones protegidas por impresionantes ojos pintados), la desaparecida Azure Window (en la isla de Gozo), la idílica -pero saturada- Laguna Azul (en la diminuta Comino)… Tengo en mi archivo fotográfico bonitas imágenes de todos esos lugares que prueban que estuve allí, pero en mi recuerdo solo quedaba una sensación: CALOR. Un terrible calor que derretía hasta las piedras mientras yo trataba de arrastrarme a duras penas -y sin perecer en el intento- entre un punto y otro, siempre intentando cumplir los rigurosos horarios malteses (todos los museos cierran antes de las cinco de la tarde) en su por entonces lamentable sistema de transporte público.

Nunca he sido persona de conceder segundas oportunidades, pero creía que el pequeño archipiélago mediterráneo lo merecía, por lo que decidí hacer con él una excepción… eso sí, tomando mis medidas: ir en pleno invierno y fuera de periodos vacacionales, limitar esta vez mi viaje a la isla principal del país y, por supuesto, utilizar para mis desplazamientos el medio de transporte más fiable que existe (si alguien necesita que aclare de cuál estoy hablando ¡ya puede ir saliendo de esta página!).

Dado que el tráfico de la isla es intenso y salvaje (no por el hecho de que se deba circular por la izquierda, algo a lo que ya estoy acostumbrado, sino más bien porque cada conductor circula por donde y como le da la realísima y soberana gana), decidí también evitar las zonas más pobladas del país, que vienen siendo la zona este y la costa sudeste de la isla de Malta. Esto dejaba fuera de mi alcance algunos objetivos turísticos (que, por otra parte, ya había visitado), pero me daba vía libre para rodar enlazando otros muchos puntos interesantes incrementando mis probabilidades de no ser atropellado en el intento.

Curioseando en internet descubrí que los omnipresentes fondos FEDER de la Unión Europea (aunque en inglés se refieran a ellos como ERDF) sufragaron hace tiempo un programa para fomentar el cicloturismo en las principales islas del Mediterráneo central. Así, bajo el nombre genérico de Programa SIBIT (siglas en inglés de Cicloturismo Interregional Sostenible), se diseñaron y señalizaron hace ya más de un lustro ocho rutas para realizar en bicicleta: cinco en Sicilia (en realidad una sola dividida en cinco etapas), dos -interconectadas- en la isla de Malta y una última circunvalando Gozo. De todas, voy a describir aquí la bautizada como Malta Sudoeste (y señalizada por carteles con el número 1), que pasa por los principales objetivos turísticos de la mayor isla del país. (La otra ruta de la isla, señalizada con el número 2, la describo en mi entrada correspondiente a SIBIT Malta Noroeste).

Y una vez listos para pedalear solo nos falta una cosa obvia: los pedales. Después de una ardua búsqueda (no es que sea difícil alquilar una bici en Malta, lo complicado es hacerlo en invierno) localicé un pequeño y caótico taller en Buġibba, junto a la Bahía de San Pablo, donde por un precio asequible (30€) pusieron a mi disposición durante unos días una bicicleta híbrida aceptablemente apañada, aunque bastante maltratada ya por la vida (a juego con el ciclista en este sentido). Las únicas pegas de Ecobikes Malta, como se llama la tienda, son dos. A saber: que no abre los domingos (lo que puede -o no- afectar a nuestros planes) y que está relativamente separada del punto de inicio de nuestra ruta (no muy lejos en distancia, pero para llegar tendremos que ascender un buen puñado de metros por una carretera de tráfico enfermizo que sería agradable poder evitar).

Una vez discutidos los detalles empezamos a pedalear…

Bueno, mejor vamos a esperar un poco más aún. Y es que nuestra ruta tiene su punto de inicio en una de las ciudades más bellas de la isla: Mdina y, antes de comenzar, merece la pena pasar al interior de sus murallas para conocer la antigua capital de la isla (puede hacerse en bicicleta, pero el elevado número de turistas que pasean en todo momento por sus calles peatonales lo hace poco práctico y un tanto peligroso).

Nos encontramos en lo alto de una colina en la zona central de la isla de Malta que fue fortificada ya por los fenicios y donde, en tiempos romanos, el gobernador construyó su palacio. La ciudadela que ahora podemos visitar tiene su origen en la época medieval, concretamente entre los siglos IX y XI, años en los que los árabes dominaron la isla antes de ser expulsados por los normandos.

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Paseando por sus estrechas callejuelas (con cuidado de evitar los carruajes que pasean a los turistas) podemos admirar bellos edificios, coquetos rincones e impresionantes vistas del lado este de la isla.

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Entre otras muchas cosas, no hay que pasar de largo la catedral de San Pablo, magnífico edificio barroco oculto tras una discreta fachada, construido en la transición entre los siglos XVII y XVIII por el arquitecto maltés Lorenzo Gafà después de que un gran terremoto destruyese la iglesia del siglo XII que se erigía en el lugar. Dice la tradición que la catedral se levanta en el mismo lugar donde el gobernador de la isla, San Publio, recibió al apóstol San Pablo después de la llegada de este último a la isla a mediados del siglo I.

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Frente a uno de los laterales de la catedral, en un antiguo seminario construido a mediados del XVIII, se encuentra desde 1897 el museo de la catedral donde, tras la bella fachada barroca con balcón central sostenido por sendos atlantes, se guardan auténticas joyas entre la que destacan varias tallas de Durero.

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Saliendo ya al exterior por la puerta principal de 1724, caminamos hacia el punto de comienzo de nuestra ruta (hacia la derecha según salimos) disfrutando de las vistas sobre la robusta muralla que demostró su utilidad en 1565, durante el sitio al que los otomanos sometieron a los habitantes de Mdina.

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Nuestro punto de partida no es otro que la Villa Romana, museo de fachada clásica levantado en el lugar donde en 1881 se descubrieron los restos de una casa aristocrática romana (ruinas que podemos ver en la parte trasera). En el interior se expone una colección de mosaicos. Desde aquí, siguiendo ya las indicaciones del primer cartel que indica nuestro camino, comenzamos ya a pedalear por la carretera que desciende a la izquierda de la fachada del museo.

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Por esta carretera rodamos dejando la ciudad de Rabat (nombre que recibe la moderna urbe extramuros de Mdina) a nuestra izquierda. Cuando estamos casi en el extremo sur de su casco urbano llegamos a una carretera donde sendos carteles nos dan a elegir un número del uno al dos. Por ahora elegimos el 1 y, consecuentes con nuestras decisiones, giramos a la izquierda y pedaleamos hacia el centro de la ciudad. En pocos metros nos topamos de frente con la fachada de una iglesia que, bajo la advocación de Santo Domingo y la Virgen, da servicio al monasterio dominico que se encuentra junto a ella y que fue reconstruido en el siglo XVII después de haber sido utilizado como cuartel por las tropas otomanas. Lo más reseñable de la iglesia es la talla en mármol de la Virgen que existe en su interior y de la que cuentan que llora sangre (y parece que a nadie se le ha ocurrido llevarla al oculista para hacérselo mirar).

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Girando a la derecha salimos de Rabat y pedaleamos hacia el sur por una ancha carretera por la que no será extraño que adelantemos -o nos adelante- algún carricoche tirado por caballos de los que abundan en la isla.

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A nuestra izquierda, sobre una boscosa elevación del terreno, no tardan en aparecer las torres calizas del Palacio Verdala, construido en 1586 -en estilo renacentista- por orden del Gran Maestro de la Orden de San Juan Hugues Loubenx de Verdalle, ampliando el pabellón de caza que ya existía en el lugar. Actualmente es la residencia de verano del Presidente de Malta y no es visitable, por lo que ignoramos la entrada al mismo que aparece a nuestra izquierda. Lo que no debemos ignorar es el puesto de venta ambulante de frutas que suele haber en la explanada frente a la reja de las puertas del palacio y que, como los muchos que encontraremos en nuestro pedalear por Malta, nos puede servir para aprovisionarnos.

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A continuación la carretera se divide en dos y, tomando la opción de la izquierda, llegamos a un punto donde un nuevo cartel nos hace desviarnos en ángulo recto a la izquierda para adentrarnos en la masa boscosa que ya hemos ido intuyendo en el último tramo. Se trata de los Buskett Gardens, una de las escasas zonas arboladas de la isla que fue replantada en la época del Gran Maestro Lascaris (esto es, en el siglo XVII) como área de caza y para la práctica de la cetrería (en tiempos más antiguos Malta estuvo cubierta por bosques, pero fueron talados para dejar espacio a la agricultura y para la obtener madera para la construcción de embarcaciones). Además de turistas, es frecuente encontrar en la zona a multitud de malteses refugiándose del cálido clima mediterráneo en el frescor creado por el bosque. A nuestra espalda, el siempre visible Palacio Verdala vigila sus jardines.

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Después de dejar atrás la zona de aparcamiento de Buskett Gardens (hay unos servicios públicos a pocos metros, por si la necesidad apretase) ascendemos para salir del bosque y giramos a la izquierda. Inmediatamente después una señal nos indica que sigamos de frente, pero vamos a permitirnos el lujo de ignorarla por ahora para dirigirnos a nuestra izquierda donde, después de pedalear un par de minutos, vemos un cartel a nuestra derecha que nos dice que hemos llegado a Clapham Junction. Aunque la entrada para vehículos está cerrada, desmontamos y, haciendo uso del paso para peatones abierto en la pared de piedra a la izquierda del camino de acceso, pasamos al interior del recinto para avanzar unos metros por asfalto y después girar a la derecha por el camino de tierra (más bien piedra). Recomiendo dejar aquí nuestras bicis y continuar a pie.

Clapham Junction -nombre popular que recibe este lugar y que yo voy a utilizar para evitar tener que escribir cada vez Misraħ Għar il-Kbir, que es como realmente se llama- no es sino una gran explanada de roca caliza con una peculiaridad: su pétrea superficie está completamente surcada por profundas roderas. No se trata de las únicas huellas de este tipo que pueden encontrarse en Malta, pero sí del lugar donde se hallan en mayor número. Nadie sabe cuál es su origen. Se especula que fueron creadas por las ruedas de madera de los carros que circulaban por este terreno fácilmente erosionable al principio de la Edad del Bronce (sobre el 2000 a.C.), pero también hay quienes dicen que en realidad fueron trineos los causantes de las huellas e incluso que se trataba de canales para el regadío. Por último hay quien opina que son mucho más recientes, concretamente del período fenicio (s. VII a.C.). Sea como fuere, las roderas se cruzan una y otra vez, convergen o divergen por toda la zona. Recorriendo estas marcas milenarias podemos dejar volar nuestra imaginación y hasta elaborar nuestra propia teoría: ¿serían realmente primitivas bicicletas las que pasaron por aquí?

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Pero Clapham Junction está en Londres y ya he dicho que este lugar se llama realmente Misraħ Għar il-Kbir, que significa «la gran cueva». ¿Por qué un nombre como ese para una explanada así? Para responder a esta pregunta solo tenemos que caminar unos metros más, con cuidado de no caernos… ¡en la cueva!

Nos hallamos al borde de un inmenso agujero: una dolina formada por el derrumbe del techo de una gran caverna que ha dejado a la intemperie la entrada a las ocho cuevas más pequeñas que la rodean. Si descendemos y nos abrimos paso a través de la densa vegetación del fondo podremos acceder a las cuevas (distribuidas en dos niveles) para hallar signos de ocupación humana -muros, nichos, alacenas…-, pues este lugar estuvo habitado durante muchos años por auténticos trogloditas malteses que las utilizaron para refugiarse de las inclemencias meteorológicas hasta el reciente siglo XIX. Y, si el temor a toparnos con alguna alimaña nos reprime el deseo de explorar las cuevas, es bueno recordar que el bueno de San Pablo tuvo el detallazo de quitar el veneno a todas las serpientes de estas islas.

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Debemos ahora recuperar nuestras bicis y deshacer los últimos metros para regresar al punto donde decidimos ignorar la señalización al poco de haber abandonado los Buskett Gardens. Obedecemos, ahora sí, a la flecha con la precaución de haber puesto antes un desarrollo suave, pues toca subir. Y toca subir porque la isla principal de Malta es básicamente un plano inclinado de roca caliza. Así, mientras en el lado este las ciudades descienden suavemente hasta tocar el mar en bonitos paseos marítimos, la costa oeste consiste en una larga sucesión de acantilados que se precipitan hacia el mar desde alturas que superan con creces los doscientos metros. Es hacia ese punto hacia el que nos dirigimos: hacia los acantilados de Dingli.

Nuestra carreterita desemboca en otra transversal al otro lado de la cual parece no haber nada más que azul. Estamos en los acantilados. Aunque aquí haya desaparecido el cartel que nos debería decir qué hacer, debemos girar a la izquierda y seguir la línea del precipicio. A la izquierda, tras una pequeña franja de hierba, queda la cantera de roca caliza que ya estropeó hace un rato nuestras vistas desde Clapham Junction (donde, por cierto, se encuentra Ta’Dmejrek, el punto más elevado de Malta a 253 metros sobre nivel del mar). A la derecha tenemos múltiples oportunidades de acercarnos al borde del cantil a disfrutar de las espectaculares vistas.

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Un poco más adelante la carretera parece doblar ligeramente hacia el interior. Vemos a la derecha, sin embargo, un camino bastante frecuentado por turistas y gente local. En función del tipo de montura que llevemos podremos tomarlo o desmontar para internarnos en él a pie, pues merece la pena acercarse hasta el saliente rocoso que vemos en la lejanía y donde en la lejana Edad del Bronce hubo un asentamiento humano del que apenas quedan algunos restos de muros y, lo más interesante, unos curiosos agujeros excavados en la roca del suelo de los que cuentan cumplían el papel de silos. En todo caso, las vistas desde este lugar son impresionantes.

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Una amable señora me informa, en impecable maltés -hasta que se da cuenta de que no hablo ese idioma y se ve obligada a repetir otra vez la información en inglés-, de que existe un camino que desciende unos metros para, ya por asfalto, permitirme atajar en mi recorrido de hoy. Esa ruta concuerda con la propuesta en el libro electrónico Cycling Malta, de J. Henwood y E. McMahon, para visitar las capillas de Nuestra Señora del Monte Carmelo y la de la Anunciación (ambas del s. XVIII) que se encuentran en la zona, pero yo he venido aquí a hacer mi propia ruta (o más bien la del programa SIBIT) y mi bici híbrida no da para andarse saliendo mucho del asfalto con ella, por lo que regreso por donde he venido hasta la carretera y pedaleo hacia el interior siguiendo escrupulosamente los carteles.

Descendemos por una estrecha carretera que atraviesa nuestra ya conocida cantera y, al otro lado y después de un par de pronunciadas curvas, se adentra en un amplio valle. A la derecha dejamos el camino de acceso al palacio Girgenti, del siglo XVII, otrora residencia veraniega del inquisidor de Malta y hoy una de las residencia del presidente del país (quien, por cierto, poco antes de mi visita a la isla acababa de dimitir tras verse salpicado por el asesinato con coche bomba de una periodista que investigaba un caso de corrupción). Ignoro si es posible visitar el palacio pero a mi paso por allí estaba cerrado a cal y canto, por lo que continué camino sin detenerme más que a disfrutar unos minutos de las vistas del valle y, poco más adelante, a tomar una foto de una pequeña capilla que descubrí junto al asfalto.

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Llegamos así a un cruce donde nuestras queridas señales pueden conducir a error por el sencillo hecho de que nuestra ruta pasa por aquí dos veces. Ignoramos la carretera que surge a nuestra izquierda en la rotonda y, en su lugar, continuamos recto tan solo unos metros para tomar después el desvío a la derecha en una nueva carretera que empieza de inmediato a subir. A nuestra izquierda tenemos el alto muro que rodea el viñedo de unas bodegas por cuya puerta no tardamos en pasar. A la derecha, en lo alto de un monte cercano, vemos una ermita y, sobre todo, una gran cruz metálica que llevamos ya un rato viendo en lontananza y que nos servirá de referencia durante gran parte de nuestro recorrido de hoy. Pasamos de largo por un cruce donde, desde una hornacina en la esquina de una casa, nos observa una escultura de Cristo. A la izquierda, una escultura blanca mucho peor integrada en el paisaje muestra un cartel según el cual un antiguo obispo maltés nos otorga cuarenta días de indulgencia si rezamos un credo. Récelo quien lo sepa y continuemos.

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Si hace buen tiempo es un placer pedalear por esta maltrecha carretera flanqueada por pequeños muros de piedra seca (en mejor o peor estado de conservación) que nos separan de las tierras de labor. Llegamos más adelante a un cruce donde la carretera parece dividirse en dos: una opción elevada que gira a la derecha (por donde llegaríamos aquí de haber tomado el atajo desde los acantilados de Dingli del que hablé hace ya unos kilómetros) y una a menor altura que desemboca en pocos metros en una carretera recién asfaltada. Tomamos esta segunda opción y, ya en el impecable asfalto, nos desviamos a la izquierda, hacia el este.

Apenas llevamos unos metros de esta nueva carretera recorridos cuando algo llama nuestra atención en las tierras a la derecha del asfalto. Estamos viendo el acueducto de Fawwara, una canalización de aguas construida en la época victoriana (s. XIX) después de un largo periodo de sequía. Y es que, como ya habremos notado, los ríos de Malta que merezcan ese nombre son más bien poquitos… por no decir ninguno.

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Llegamos a la intersección con una nueva carretera que debemos tomar a la derecha. Notamos que una tercera vía que sale casi frente a nosotros (ligeramente más a nuestra izquierda) es llamativamente recta y ancha. Y es que, a pesar de las apariencias, lo que vemos no es una carretera (aunque lleve muchos años sirviendo como tal) sino la pista de aterrizaje de una base de la RAF de la Segunda Guerra Mundial (de breve vida, fue construida en 1940 y dejó de utilizarse en 1945).

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Pedaleamos ahora hacia el suroeste, de vuelta a la costa, no sin antes disfrutar de una vista mucho más cercana del acueducto de Fawwara, que parece morir bajo el asfalto sobre el que transitamos (en realidad sus restos continúan todavía unos metros más hacia el otro lado).

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Con la velocidad del descenso no tardamos en llegar a una rotonda donde giramos a la izquierda. Nos ponemos ahora en paralelo al mar y comenzamos una subida tendida por una carretera que no tarda en doblar ligeramente hacia el interior en una zona dominada por las canteras dedicadas a la explotación de la roca caliza de la que está compuesta toda la isla. Al fondo a la derecha ya alcanzamos a vislumbrar nuestro próximo destino en forma de gran carpa blanca (pero tranquilos, que por ahora no vamos a ir al circo).

La carretera vuelve a picar hacia abajo en un tramo que se va poblando cada vez más de turistas. El motivo no es otro que la proximidad de un par de lugares reconocidos por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad: los templos prehistóricos de Ħaġar Qim y Mnajdra. El acceso a los mismos queda a nuestra derecha, así que abandonamos nuestra ruta por un rato y recorremos los pocos metros que nos separan de su centro de visitantes, frente al que encontramos un práctico aparcamiento para bicicletas (y un puestecillo ambulante de comidas y bebidas).

Después de pasar por taquilla para abonar religiosamente los diez euros que cuesta la entrada al recinto (en el piso inferior existe una consigna donde podemos dejar gratis nuestros cascos y/o alforjas si no queremos andar paseándolos durante nuestra visita) nos encaminamos a pie hacia el templo más cercano, el de Ħaġar Qim, desde el cual se accede posteriormente al de Mnajdra (ambos están separados por un paseo de varios cientos de metros y no poco desnivel).

Se trata, como ya he dicho, de dos templos megalíticos de roca caliza (existen muchos de este estilo en Malta, destacando el subterráneo Hipogeo de Ħal Saflieni) que se remontan al periodo Ġgantija, que se corresponde, grosso modo, al cuarto milenio a.C., es decir, que estamos hablando de monumentos que ya estaban construidos cuando otros como las pirámides egipcias o el Stonehenge británico no eran aún más que piedras tiradas por el monte. Su estado de conservación es más que aceptable teniendo en cuenta la fragilidad de la roca caliza de la que están hechos, pues tan solo el perímetro exterior del templo de Mnajdra es de roca coralina, un poco más dura que la globigerina de la que está construido el resto. Merece la pena recorrerlos con calma, fijándose en los detalles y leyendo los carteles informativos que nos darán mucha más información de la que yo pudiese aportar aquí (razón por la que no voy a extenderme mucho). Sorprende conocer la precisión con la que alinearon en Mnajdra la entrada principal del templo con los principales eventos solares del año, lo que nos lleva a asombrarnos ante el alto grado de conocimientos astronómicos que tenían estas gentes «primitivas».

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Después de este inigualable viaje de la imaginación a los siempre sorprendentes tiempos prehistóricos, emprendemos el camino ascendente de vuelta al centro de interpretación, no sin antes darnos un paseo por los senderos de una zona de privilegiadas vistas sobre el islote deshabitado de Filfla donde, entre los siglos XIV y XIX, existió una pequeña ermita en una cueva (destruida por un terremoto) y que durante la Segunda Guerra Mundial se convirtió en blanco de las prácticas de tiro de la RAF. Su diminuta vecina, la roca de Filfoletta, apenas es visible desde aquí, escondida tras su hermana mayor. Aunque parezcan cercanas, se encuentran a unos cinco kilómetros de distancia, así que espero que a nadie se le ocurra acercarse a nado ya que, además, se trata de una zona protegida de acceso restringido.

Abundancia de turistas aparte, en medio de este desolado y agreste paisaje las enormes estructuras que protegen los templos de la intemperie parecen extraños ingenios plantados aquí por extraterrestres.

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Recuperando nuestras bicis y demás efectos personales, es hora de retomar también nuestra ruta durante tan solo unos minutos. Saliendo del aparcamiento, regresamos a la carretera por la que veníamos (girando para ello a la derecha) y descendemos un tramo hasta que uno de nuestros ya conocidos carteles nos ordena girar a la izquierda. Haciendo uso de nuestro libre albedrío, lo ignoramos, pero nos detenemos solo unos metros más adelante en el mínimo aparcamiento atestado de turistas que, a la derecha de la carretera, da acceso a un balcón colgado sobre el mar (al circular por la izquierda, debemos ser muy precavidos para cruzar la carretera, pues estamos en medio de una curva y en una vía muy transitada).

Dejamos nuestras bicis en el aparcamiento y descendemos unos escalones hasta el pequeño parque que ocupa la parte alta del acantilado y que sirve de mirador a uno de los grandes espectáculos naturales de Malta (quizás el mayor de ellos tras el derrumbe hace unos años de la Azure Window de Gozo): Blue Grotto. La Gruta Azul.

Reprimiéndonos las ganas de colaborar con la selección natural dando un pequeño empujoncito a los cantamañanas que se hacen selfies en precario equilibrio sobre el muro de protección (y que en muchos casos son los mismos que momentos antes pusieron en riesgo nuestras vidas adelantándonos peligrosamente cerca con sus lujosos deportivos), podemos admirar desde aquí esta monumental estructura geológica donde la erosión del mar ha ahuecado la roca creando un espectacular arco (las cuevas marinas abundan en Malta pero, como ya he dicho, desde el colapso de Azure Window esta es la estructura de este tipo más impresionante del país). Vemos que los marineros locales hacen su dinero paseando a los turistas en sus embarcaciones por la cueva y sus alrededores por lo que, si así lo deseamos, podemos descender hasta el pequeño puerto desde donde embarcar en uno de estos botes.

Nosotros, sin embargo, nos contentamos con admirar desde aquí el paisaje (con Filfla al fondo) que cubre toda la ensenada formada por el relativamente profundo valle que tenemos a un lado y donde no es raro ver a escaladores practicando. En el balcón donde nos encontramos es posible también que encontremos a un aficionado a la cetrería disfrazado para la ocasión y exhibiendo sus aves rapaces (y que nos permitirá fotografiarnos con ellas por una módica propina).

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Después del baño de multitudes del mirador de la Gruta Azul salimos con precaución del aparcamiento y ponemos un desarrollo suave para enfrentarnos a la rampa que nos espera al comienzo de la carretera que sale de la vía principal casi frente a nosotros. Superada esta primera cuesta, disfrutamos de las bonitas vistas sobre el valle que ya mencioné unas líneas más arriba y nos preparamos para disfrutar de un tramo muy tranquilo que discurre con continuas curvas entre los característicos muros de caliza construidos mediante la técnica de piedra seca. Aquí y allá, algún árbol frutal asoma sus ramas al asfalto.

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Pronto llegamos a la parte trasera de una pequeña capilla que honra a San Mateo. Pese  a que no puede negársele un cierto encanto, lo más interesante lo encontramos en este caso en uno de sus laterales, tras descender los irregulares peldaños de una empinada escalera de piedra: hemos llegado a la dolina de Il-Maqluba, un profundo socavón que se formó durante la noche del 23 de noviembre de 1343 (no es que lo recuerde, es que está documentado) cuando el techo de una caverna subterránea se derrumbó a causa de una tormenta y/o terremoto (en este punto la documentación no es tan precisa como en la fecha). El agujerillo que se formó supera con creces los cincuenta metros de diámetro, con unos quince de profundidad, y el fondo del mismo es una reserva ecológica por derecho propio, con una amplia variedad de especies vegetales que, a su vez, acogen a otras animales. Todo esto lo podemos contemplar desde un mirador (protegido por una alta valla) en su parte superior pues las «escaleras» labradas en la roca que permitían descender hasta la parte más baja no inspiran mucha confianza (antes de que ninguna alma de cántaro intente descender, creo preciso recordarle que debe tener siempre en mente el camino de regreso, que no parece nada sencillo). Yo, que carezco de instintos suicidas, me abstuve de arriesgarme.

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Antes de abandonar el lugar creo interesante recordar que la tradición oral propone que en este lugar habitaba una comunidad de vida poco ejemplar cuyo comportamiento quiso corregir Dios mediante la mujer de vida ejemplarizante a la que envió a vivir junto a ellos. Dado que los incorregibles hippies medievales no desistieron en su actitud, el Todopoderoso decidió dejarse de tonterías e hizo que se los tragara la tierra, literalmente. La nueva vecina, que seguía portándose correctamente pese a las malas influencias, sobrevivió ilesa aunque -y esto lo supongo yo, pues la tradición no dice nada al respecto- el susto debió ser de aúpa.

Después de disfrutar de un merecido descanso en el parquecillo frente a la iglesia, retomamos nuestro pedalear adentrándonos en el casco urbano de Qrendi. Dado que no pude encontrar aquí ninguna señal, informo de que lo correcto es tomar unos metros a la izquierda (dejando atrás la portada de la capilla) y en la primera calle girar en ascenso a la derecha, por donde seguiremos recto hasta volver a ver alguna de nuestras conocidas flechas.

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Llegamos así a una plaza presidida por la iglesia parroquial de Qrendi, dedicada a la Asunción y construida en estilo barroco entre 1620 y 1712. Como no podía ser menos, el diseño de la iglesia lleva la firma de Lorenzo Gafà.

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Sin salir de la propia plaza vemos un edificio coronado por la bandera local que tiene aspecto de ser una institución oficial pero cuya verdadera función de club es delatada por el volumen de la música que sale de su interior. Siguiendo las señales tenemos oportunidad, antes de abandonar este pueblo de apenas tres mil habitantes, de atravesar gran parte de su casco urbano y disfrutar del ambiente maltés alejado de las multitudes turísticas, con los vecinos sentados al serano a la puerta de sus casas.

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Decimos ya adiós a Qrendi girando a la derecha a la altura del último edificio del pueblo y, después de cruzar otra pequeña carretera, nos unimos a otra de mayor tamaño y relativamente transitada para pedalear por ella en dirección oeste entre los muros y tierras de labor que ya empiezan a sernos familiares. Estamos cerca de una de las pistas de aterrizaje del Aeropuerto Internacional de Malta, por lo que no es tampoco raro que algún avión nos pase cerca (aunque no rozándonos, como sí es preocupantemente frecuente que hagan los coches).

Con la salvedad de una estatua de la Virgen que dejamos a nuestra izquierda y que es casi mejor olvidar (por la carreterita que sale frente a ella encontraríamos a pocos metros una pequeña capilla mucho más bonita), llegamos sin novedad a una rotonda ovalada donde giramos a la derecha para toparnos de inmediato con otra que da acceso a una ciudad. Estamos a punto de entrar en Siġġiewi o Città Ferdinand, como tambien se conoce a esta ciudad de aproximadamente nueve mil habitantes.

En la rotonda seguimos de frente, por la carretera de circunvalación que abandonaremos tan solo unos metros más adelante por una ancha calle en subida que aparece a nuestra izquierda y que, después de un giro a la izquierda, nos deja en una amplia plaza dedicada a San Nicolás y presidida por una estatua del mismo. En la plaza vemos también una iglesia dedicada a San Juan Bautista, pero lo que más llama la atención lo vemos un poco más arriba y es la gran iglesia de San Nicolás, construida en el siglo XVII sobre las ruinas de una iglesia anterior (ruinas del siglo XV que aún se conservan en su interior). El estilo de la iglesia es, como corresponde a su época de construcción, barroco y su arquitecto fue -jamás lo adivinaríais- un tal Lorenzo Gafà, cuyo nombre quizás os suene de algo.

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Dejando la iglesia a nuestra derecha, callejeamos por Siġġiewi hasta abandonar el caso urbano por la carretera del cementerio, el cual dejamos a la derecha. Algo más adelante, también a la derecha, distinguimos entre los muros que bordean el asfalto lo que queda de lo que parece la portada de una pequeña capilla, con una serie de hornacinas conteniendo esculturas religiosas sobre un arco de medio punto hoy tapiado.

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Dejamos a la izquierda una carretera que nos resulta familiar, y el motivo no es otro que el hecho de que ya hemos pedaleado antes por ella. Nos encontramos en el punto que sirve de enlace central al lazo que compone nuestro recorrido de hoy. Ignorando ese desvío llegamos a la rotonda ya mencionada más arriba, donde tomamos ahora a nuestra derecha después -en caso de necesitarlo- de avituallarnos en el camión dedicado a la venta ambulante de frutas que a veces se instala en el cruce.

Tomando a la derecha, como digo, nos adentramos en una carretera similar a la mayor parte de las que ya hemos recorrido hoy: asfalto aceptable, sin cunetas, rodeado de muros que nos separan de las tierras de labor y con un tráfico fluido pero continuo que nos adelanta sin miramientos. A nuestra izquierda dejamos una pequeña ermita de finales del siglo XVII, dedicada a San Blas, cuyo entorno muestra un lamentable estado de abandono.

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Estamos ya en la recta final de nuestra excursión de hoy y, como prueba, vemos frente a nosotros la colina coronada por la ciudadela de Mdina. En otra elevación del terreno, a nuestra izquierda, alcanzamos a ver el palacio de Tal-Virtù y la iglesia redonda del mismo nombre, construida a principios del siglo XVIII bajo la advocación de la Asunción.

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La carretera, que ya habíamos notado que venía picando para arriba, se quiere hacer notar en estos últimos metros del recorrido y se empina más de lo que a nuestras piernas les gustaría. Un último esfuerzo (en realidad es aún el penúltimo, pero no nos conviene que nuestras piernas se enteren) nos permite salir de la carretera hacia el aparcamiento que vemos a la izquierda, con un bonito edificio acastillado a la derecha y dominado por una extraña estructura que desde lejos parece una fuente pero que, al acercarnos, se desvela como un palco (debemos tener cuidado si subimos a él por la escalerilla metálica, pues uno de sus dos tramos está asentado sobre el suelo de forma un tanto precaria). Esta logia fue construida -¡cómo no!- por Lorenzo Gafà en 1696 con un propósito un tanto curioso: que el Gran Maestro de la Orden de San Juan presidiese las carreras de burros que tenían lugar en este lugar con motivo de la festividad de San Pedro y San Pablo.

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Las flechas nos indican que pasemos por el callejón que asciende a la izquierda de la estructura y llegamos así a un tramo de acera que nos permite ascender unos metros separados del transitado asfalto. Pero lo bueno nunca dura mucho y nuestro carril muere unos metros más adelante bajo una señal de tráfico. Saltando el bordillo, no nos queda otra que buscar un hueco entre el denso tráfico para terminar el duro ascenso. Desde la zona elevada al otro lado de la calle, los clientes de las terrazas observan nuestras arriesgadas maniobras.

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En pocos metros, habiendo dejado a la derecha una monumental fuente, entre otros bellos edificios, llegamos a un cruce donde, frente a una gasolinera, debemos girar a la derecha para adentrarnos en el caso urbano de Rabat. El cruce, inmediatamente después de la rotonda que acabamos de pasar, es complicado, por lo que recomiendo tomar todas las precauciones para evitar acabar bajo las ruedas de un coche (insisto, ningún conductor maltés se rebajará a pisar el freno porque una miserable bicicleta se interponga en su camino). En mi caso, arreglándomelas para sobrevivir al intento de atropello de una joven rubia que debía de llevar los ojos cerrados bajo sus grandes gafas de sol, conseguí llegar sin contratiempos al otro lado.

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Ya en Rabat, circulamos por la calle (Triq) il-Kbira hasta que una de las últimas flechas nos pide que giremos a la derecha. Al lado contrario, tras un parque dominado por una estatua del santo, dejamos la Colegiata de San Pablo, un templo barroco completado en 1683 por un tal Lorenzo Gafà (no se aburría el tío, no).

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Pegada a la colegiata existe otra pequeña iglesia que, dedicada a San Publio, fue reconstruida por última vez en 1726 por Salvu Borg (sí, habéis leído bien: esta vez no fue Gafà, pero es que para entonces nuestro amigo ya había muerto). En los bajos de San Publio (con perdón) se halla la gruta donde se dice que San Pablo vivió y predicó durante su estancia en Malta en el año 60 de nuestra era.

Volviendo a nuestra ruta… nos damos cuenta de que no nos queda ruta a la que volver, pues el último giro que hemos dado nos deja en la calle de San Pablo, que muere en la rotonda -frente a las murallas de Mdina y la Villa Romana- donde comenzamos nuestra excursión de hoy. No hace de eso ni treinta kilómetros, pero hemos tenido el placer de conocer parte del centro-sur de la isla de Malta además de, por supuesto, un buen tramo de su costa oeste, y hemos visitado puntos turísticos de gran interés, incluyendo -quizás alguien lo recuerde- un par de obras de un tipo llamado Lorenzo Gafà.

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