La tranquilidad rural: SIBIT Malta Noroeste

Provincia: Isla de Malta (Malta)

Distancia: 36 km aprox.

Mapa:

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Descripción:

Perdidas en la zona central del Mediterráneo, entre las costas de Italia, Túnez y Libia, existen numerosas islas de pequeño tamaño. Muchas de ellas pertenecen a Italia pero un pequeño archipiélago, formado por tres islas habitadas y algún que otro islote despoblado, forma desde hace unas décadas su propio país desde que consiguió independizarse del Reino Unido: estoy hablando de Malta.

Meter un país entero en el escaso espacio que ofrecen las islas supone un problema: casi medio millón de malteses (y no pocos turistas) se apiñan en los pocos más de trescientos kilómetros cuadrados de tierra emergida, lo que coloca a Malta en el quinto puesto entre los países más densamente poblados del mundo. Así, en la costa este de la isla principal se agolpan las ciudades sin dejar apenas espacio entre ellas. Sin embargo, existen espacios relativamente grandes escasamente habitados y dedicados aún hoy en buena medida a la agricultura.

En nuestra excursión de hoy vamos a recorrer una de estas zonas tranquilas del noroeste de la isla principal de Malta y, para ello, vamos a hacer uso de una ruta diseñada hace unos años dentro del programa europeo SIBIT (siglas en inglés de Cicloturismo Interregional Sostenible) que se encuentra -o, más bien, debería encontrarse- perfectamente señalizada.

En esta ocasión, para no llevar hasta el archipiélago una de mis propias monturas, conseguí un vehículo en una diminuta y atestada tienda-taller de Buġibba, localidad por la que no pasamos en nuestra ruta, pero que no queda demasiado lejos de ella en algunos puntos. Por 30€ alquilé durante unos días una bicicleta híbrida que había conocido días mejores pero que cumplió su cometido a la perfección. El precio incluía un candado, una bomba, una caja de parches y, por supuesto, un casco, elemento este último del que no debemos prescindir, como comprobaremos en cuanto tengamos el placer de cruzarnos con un par de conductores malteses y descubramos que no se caracterizan precisamente por su delicadeza al volante.

Si algo debe ser tenido en cuenta por los ciclistas en Malta, además del calor criminal que azota estas islas en verano, es precisamente la técnica de conducción suicida que caracteriza a los malteses. En Los anillos de Saturno, W. G. Sebald ponía en boca de dos enfermeras una posible relación entre ambas cosas: «[…] que los malteses, con un desprecio incomprensible hacia la muerte, no conducían por la derecha ni por la izquierda, sino siempre por el lado de la calle cubierto de sombra«. Es una posibilidad, pero lo dudo: no hay tantas sombras en Malta.

Volviendo al programa SIBIT, de entre las cinco rutas incluidas en él dos de ellas discurren por la isla de Malta y ambas parten del mismo punto: la Villa Romana que se encuentra frente a las murallas de Mdina. Como ya he descrito los alrededores de este lugar de salida en la entrada correspondiente a la ruta SIBIT Malta Sudoeste, me permito el lujo de copiar aquí textualmente lo que escribí allí. Quien ya haya leído aquella entrada, puede olvidarse los siguientes párrafos y unirse de nuevo a nuestro pelotón a la salida del casco urbano de Rabat.

Nuestra ruta, como ya he dicho, tiene su punto de inicio en una de las ciudades más bellas de la isla: Mdina y, antes de comenzar a pedalear, merece la pena pasar al interior de sus murallas para conocer la antigua capital de la isla (puede hacerse en bicicleta, pero el elevado número de turistas y carruajes que pasean en todo momento por sus calles peatonales lo hacen poco práctico y peligroso).

Nos encontramos en lo alto de una colina, en la zona central de la isla de Malta, que fue fortificada ya por los fenicios y donde, en tiempos romanos, el gobernador construyó su palacio. La ciudadela que ahora podemos visitar tiene su origen en la época medieval, concretamente entre los siglos IX y XI, años en los que los árabes dominaron la isla antes de ser expulsados por los normandos.

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Paseando por sus estrechas callejuelas podemos admirar bellos edificios, coquetos rincones e impresionantes vistas de la parte este de la isla.

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Entre otras muchas cosas, no hay que pasar de largo la catedral de San Pablo, magnífico edificio barroco oculto tras una discreta fachada, levantado en la transición entre los siglos XVII y XVIII por el arquitecto maltés Lorenzo Gafà después de que un gran terremoto destruyese la iglesia del siglo XII que se erigía previamente en el lugar. Dice la tradición que la catedral se levanta en el lugar donde el gobernador de la isla, San Publio, recibió al apóstol San Pablo después de la llegada de este último a la isla a mediados del siglo I.

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Frente a uno de los laterales de la catedral, en un antiguo seminario construido a mediados del XVIII, se encuentra desde 1897 el museo de la catedral donde, tras la bella fachada barroca con balcón central sostenido por sendos atlantes, se guardan auténticas joyas entre las que destacan varias tallas de Durero.

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Saliendo ya al exterior por la puerta principal de 1724, caminamos hacia el punto de comienzo de nuestra ruta (hacia la derecha, según salimos) disfrutando de las vistas sobre la robusta muralla que demostró su utilidad en 1565, durante el sitio al que los otomanos sometieron a los habitantes de Mdina.

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Nuestro punto de partida no es otro que la Villa Romana, museo de fachada clásica levantado en el lugar donde en 1881 se descubrieron los restos de una casa aristocrática romana (cuyas ruinas excavadas podemos ver en la parte trasera). En el interior se expone una colección de mosaicos. Desde aquí, siguiendo ya las indicaciones del primer cartel que indica nuestro camino, comenzamos a pedalear por la carretera que desciende a la izquierda de la fachada del museo.

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Por esta carretera, rodamos dejando la ciudad de Rabat (nombre que recibe la urbe moderna extramuros de Mdina) a nuestra izquierda. Cuando estamos casi en el extremo sur de su casco urbano llegamos a una carretera perpendicular donde sendos carteles nos dan a elegir un número del uno al dos. En esta ocasión elegimos el 2, alejándonos así de la ciudad.

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Circulamos por una carretera relativamente ancha y bien pintada de las que se esperaría encontrar alrededor de una ciudad como Rabat, con un tráfico no exagerado (dependiendo del día y la hora, claro) y atravesando un paisaje salpicado de muros, casas, fábricas, etcétera. Aunque con subidas y bajadas, la tónica general es ascendente, pues nos estamos acercando a la parte más alta de la isla, en la costa oeste.

Llegamos así a una nueva ciudad… por llamarla de alguna forma, pues la población de Dingli apenas rebasa los tres mil quinientos habitantes. Lo más interesante de la localidad lo vemos a través de las callejuelas que conducen allí: la iglesia parroquial de la Asunción de Santa María, obra de los primeros años del siglo XX que se esconde tras una llamativa portada clásica con un pequeño frontón triangular sobre columnas corintias de fuste liso.

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Poco antes de que la carretera por la que venimos termine de atravesar el casco urbano, una de las flechas que marcan nuestro recorrido nos dice que debemos girar a la izquierda para salir de Dingli -siempre subiendo- en dirección sudoeste. Frente a las últimas casas dejamos a la izquierda la entrada a un parque, desde donde un niño metálico gigante nos observa subido a un triciclo tan grande como él.

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En el siguiente cruce giramos a la derecha para recorrer los últimos metros que quedan de carretera… ¡y de isla! Frente a nosotros, al otro lado de una rotonda, vemos una sencilla ermita que no podría haber sido colocada un metro más allá pues, desde sus mismos cimientos, la roca caliza que conforma el suelo de toda la isla de Malta se precipita de forma casi vertical hasta hundirse en las aguas del mar Mediterráneo.

Esta capilla de Santa María Magdalena data de 1646 y fue construida sobre una obra anterior -como curiosidad, decir que la inauguró un obispo que había nacido en España, Miguel Juan Balaguer Camarasa- en un estilo vernáculo de extrema sencillez tanto en el exterior (planta cuadrangular, tejado a dos aguas y una única ventana circular sobre la puerta sin ornamento) como en su interior, decorado únicamente por una pintura de Paul Camilleri Cauchi. La modesta arquitectura contrasta con la espectacularidad de su localización, casi colgada al borde de los acantilados de Dingli donde, como ya dije antes, Malta se desploma desde su punto más alto -a unos 250 metros de altura- hasta el mar. La posición de la capilla es imitada a poca distancia por un gigantesco radar instalado en 1939.

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Después de admirar las vistas desde la barandilla que rodea la capilla, de descansar en uno de los bancos que hay frente a ella, o de reponer fuerzas en la camioneta que vende bebidas y productos típicos, continuamos nuestra ruta siguiendo la costa en dirección norte según nos indica la flecha del cartel que lleva el número 2 (cuidado, pues también se indica aquí cómo llegar a la ruta 1 que pasa, no muy lejos, al sur de aquí).

Dejando a nuestra izquierda el impresionante radar del que ya he hablado antes y, poco más adelante, un restaurante a nuestra derecha, llegamos a una rotonda donde una carretera se dirige hacia el interior mientras que otra continua recto por la línea marcada por los acantilados de Dingli. A pesar de la ausencia de señales, seguimos esta segunda opción por una carretera en relativo buen estado (aunque en obras cuando pasé yo por allí) hasta llegar a unas lujosas casas que, a nuestra izquierda, cuelgan sobre el acantilado.

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A partir de aquí el asfalto se deteriora significativamente y de nuestra maltrecha bici surgen sonidos que protesta (confiamos en que tales chirridos salgan de la bici y no de los huesos del ciclista) mientras continuamos pedaleando al borde del precipicio en una zona tremendamente expuesta cuando sopla viento noroeste como sucedía durante mi excursión. Las vistas compensan el esfuerzo y nos detenemos con frecuencia para asomarnos al cantil y disfrutar del paisaje, entre carteles que ruegan no lanzar piedras a los campos de cultivo del nivel inferior.

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Llegamos así a un cruce (más bien una explanada) donde nuestra carretera sigue de frente en forma de camino de tierra, aunque a estas alturas es difícil ya encontrar la diferencia con el presunto asfalto por el que venimos. A nuestra derecha, casi en sentido contrario al que traíamos, sale una nueva carretera que debemos tomar a pesar de la ausencia de flechas (los postes que sostenían el cartel aún se encuentran en su sitio y, si nos fijamos, veremos el panel tirado en el suelo).

La carreterilla serpentea en descenso, con algún repecho, entre campos de labor sobre los que sobresalen aquí y allá torres metálicas con molinos de viento. Las tierras se ven también salpicadas de chumberas que aparecen entre los muros de piedra seca. De pronto, el desconchado y casi inexistente firme que había bajo nuestras ruedas se transforma en un negro e impecable asfalto recién echado. Casi sin tiempo para aceptar tan significativa mejora, una flecha que destaca en la esquina de un alto muro nos dice que giremos a la izquierda y, por suerte, el asfalto es también perfecto en esta dirección.

Pero lo bueno nunca dura mucho y la magnífica carretera desaparece tan de golpe como llegó, dando paso a una de firme mucho más deteriorado que continúa su recorrido entre los omnipresentes muros de piedra caliza levantados con la técnica de piedra seca. Un nuevo cruce y de nuevo nuestra carretera mejora su firme aunque, a cambio, pasa a tener más tráfico. Tomamos hacia la izquierda y seguimos sin desviarnos hasta un nuevo y amplio cruce en torno a un parquecillo, donde tomamos de nuevo a la izquierda (señalizado). Pocos metros después de una gran curva en ángulo recto hacia la izquierda (ignoramos el camino de pésimo asfalto que se une por la derecha junto a una chumbera) llegamos a otro cruce similar donde ya no está tan claro que camino debemos tomar y donde la señalización brilla por su ausencia, hecho al que haríamos bien en irnos acostumbrando. En esta ocasión debemos girar a la derecha, en dirección noroeste.

Llegamos poco más allá a un nuevo cruce sin señalizar en torno a una pequeña isleta. Tomamos ahora la carretera que mejor aspecto presenta, a la derecha, que muere en apenas unos metros en otra carretera que tomamos a la izquierda para enfrentarnos a una dura subida. Ignorando la nueva carretera que sale a nuestra derecha terminamos por fin coronando la cuesta que da paso después a una suave bajada con unas maravillosas vistas a la izquierda del asfalto: el mar es visible al fondo, en el hueco dejado en el horizonte terrestre por un valle abierto entre un cortado rocoso y una iglesia que vemos más cerca de nuestra posición.

Esta iglesia, en cuyo perfil destacan la cúpula y la torre que se recortan contra el fondo de mar y cielo, no es otra que la de Mtahleb, consagrada a la Natividad de la Virgen María y construida en 1656. Si queremos acercarnos a ella deberemos tomar el camino que sale inmediatamente antes del muro del edificio que encontramos en la parte baja de la cuesta.

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Pasado este edificio -que es, por cierto, un correccional de menores- la carretera vuelve a subir un poco. Tomamos el desvío de la izquierda para rodar por una carretera que va bordeando el cortado rocoso que hemos visto antes tras la iglesia. Las vistas ahora son precisamente las opuestas: la iglesia colgada de su correspondiente acantilado rocoso (al igual que lo hacen unas casas que vemos situadas sobre una cueva), el valle ante nosotros y, al fondo y a la derecha, el Mediterráneo.

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Pedaleamos por la serpenteante carretera que discurre por la parte alta del cortado en una zona muy expuesta a los elementos y aparentemente deshabitada hasta que, de repente, nos vemos encajonados entre dos chalés. Justo después de salir al otro lado, la carretera se divide en dos y tomamos el desvío de la izquierda en descenso hacia la zona baja del acantilado. En pocos metros, cuando la carretera describe una cerrada curva para proseguir el descenso, nosotros nos salimos por el camino que sale de la parte exterior de la horquilla (la señalización brilla por su ausencia en toda esta zona).

El maltrecho asfalto por el que rodamos ahora dibuja el contorno de la meseta a muy poca distancia del cantil, por lo que las vistas son increíbles, pero la exposición al viento es máxima lo que, en caso de vendaval, supone un desgaste elevado para nuestros cuerpos.

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Luchando contra el viento y acordándonos de todos los muertos de la gente que tira basura -e incluso cambia el aceite al coche- en tan espectacular entorno, salimos de nuevo a la «carretera» que abandonamos unos metros atrás. El asfalto es muy pobre y lo será aún más al llegar a la amplia explanada (también con abundante basura y escombros) que sirve de cruce tan solo unos metros más adelante. Tomamos a la derecha y, aunque parecía imposible, el lamentable asfalto de la carretera empeora aún más, hasta el punto de que no llegamos a tener muy claro si vamos por carretera o por un camino de gravilla o tierra.

Dejamos a la izquierda una gran tienda de campaña con pinta de estar habitada y algo más adelante, cuando el camino gira en ángulo recto a la derecha, nosotros tomamos a la izquierda (casi en línea recta desde donde venimos) por otro camino todavía en peor estado de conservación. Algo más adelante describimos una curva a la izquierda, el asfalto gana algo de enjundia y, en breve, nos topamos con una nueva carretera perpendicular que debemos tomar a la izquierda.

Estamos circulando ahora en dirección norte, y lo seguiremos haciendo después de pasar dos curvas (una a derechas compensada en pocos metros por una a izquierdas). Dejamos a la izquierda el acceso a un conjunto de casas y, algo más allá, llegamos a una nueva carretera -algo más transitada- que en esta ocasión tomamos a la derecha.

Ignorando la primera carretera que aparece a nuestra izquierda, tomamos poco más adelante la segunda en la misma dirección. Al frente, ligeramente a la izquierda, tras el azul mar, vemos asomar la isla de Comino. Ignoramos una primera carretera a la derecha y después, en el cruce, tomamos a la izquierda para emprender un pronunciado descenso por un asfalto muy agrietado que hará traquetear nuestra montura y, posiblemente, nuestros huesos. No debemos dejar que la emoción del descenso nos prive de disfrutar de las magníficas vistas que tenemos, al frente, del norte de Malta y de Comino y, a nuestra espalda, del impresionante cortado calizo.

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Pasamos entre un pequeño grupo de casas y, rodeados de viñedos, chumberas, vencidos postes telefónicos y algún que otro invernadero, vemos que delante nuestro hay una pequeña ciudad donde destaca una gran cúpula. Se trata de la localidad de Mġarr, pero una pronunciada curva a la izquierda nos aleja -por ahora- de su casco urbano.

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Tras un repecho llegamos a un cruce. De tomar a la izquierda llegaríamos, a muy poca distancia, a la bahía de Ġnejna, un popular destino turístico donde una playa de arena (una rareza en esta isla rocosa) se abre a una pequeña cala rodeada de cabañas de pescadores tradicionales. Pero debemos recordar que todo lo que baja tiene que subir, y una ajada señal donde aún se adivina un 21% nos recuerda que esa última tarea no va a ser fácil. Bajar o no bajar, esa es la cuestión: allá cada uno con sus circunstancias y sus fuerzas.

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A la derecha, continuamos el recorrido señalizado en dirección a Mġarr. Antes de llegar a la ciudad, sin embargo, es imposible no fijarse en la casa fortificada de estilo victoriano -ahora un restaurante- que queda a nuestra derecha. Construido a principios del siglo XIX inspirado en la Torre de Londres, este Castello Zammitello es origen de numerosas leyendas (algunas de ellas basadas en la teoría de que el edificio data de 1675). Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que el asesinato de su propietario, el barón Francis Sant Cassia, ocurrido en 1988 en el lugar en el que nos encontramos -frente al edificio-, no se dio por resuelto hasta bien entrado el siglo XXI.

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Llegamos, ahora sí, a Mġarr y la propia carretera por la que venimos nos deja sin novedad en el principal punto de interés de esta tranquila ciudad de menos de cuatro mil almas: la iglesia de la Asunción, construida durante toda la primera mitad del siglo XX e inaugurada en 1946.

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Desde la plazuela que se abre frente a la iglesia y permite contemplar su majestuosa fachada (que recuerda a la de la Rotonda de Mosta que visitaremos más adelante), una flecha casi pegada a la pared de un edificio nos manda girar a la izquierda para continuar nuestro recorrido.

Pedaleamos así en dirección norte, saliendo de la ciudad, disfrutando de los pequeños detalles que la naturaleza maltesa nos ofrece y, si lo necesitamos, parándonos a descansar en el pequeño parquecillo que vemos a nuestra izquierda.

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Llegamos a un nuevo cruce donde, una vez más, podemos elegir si seguir nuestra ruta, a la derecha, o acercarnos a la cercana Għajn Tuffieħa. Ambas opciones son descendentes, por lo que la orografía no ayuda a optar por una u otra opción, si bien de tomar la alternativa de la izquierda nos veremos obligados a regresar a este cruce después de bajar hasta la costa.

En caso de optar por acercarnos hasta el mar, debemos saber en primer lugar que, poco después de iniciar el descenso, dejamos a la izquierda los restos de unos baños romanos (no nos cuesta nada visitarlos, pues están cerca de la carretera, pero lo que se adivina en medio de la excavación es bien poco) y, también, que el punto de la costa al que llegaremos es el aparcamiento que, separando la playa de rojas arenas de Għajn Tuffieħa y la turística playa dorada de Golden Bay, permite acceder a pie hasta la torre de Għajn Tuffieħa (1637) una de las trece fortificaciones costeras construidas por el Gran Maestro Lascaris.

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Ciñéndonos a nuestro recorrido, que habíamos abandonado al llegar a un cruce, giramos a la derecha y emprendemos un descenso que pronto nos lleva a pasar ante el acceso que, a nuestra derecha, permite llegar a Iż-Żebbiegħ, uno de los barrios de Mġarr (separado del nucleo principal donde ya estuvimos). Existen aquí, entre la maleza cercana a las primeras casas, unas tumbas púnicas subterráneas, pero no están señalizadas y son difíciles de encontrar si no se sabe cómo (debido a la falta de información previa yo no pude hacerlo pero, como recuerdo de mi búsqueda, me llevé unas bonitas vistas de la iglesia de la Asunción de Mġarr).

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Pero si no nos hemos desviado de la carretera principal llegaremos también a Iż-Żebbiegħ donde, nada más llegar a las primeras casas, vemos un cartel que nos pide que giremos a la izquierda para abandonar el casco urbano tan rápido como lo alcanzamos, no sin antes llegar a vislumbrar a nuestra derecha la iglesia parroquial de Santa Ana que es, para que engañarnos, bastante feucha (la iglesia, no la Santa).

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Volvemos a salir al campo y pedaleamos por una carretera zigzagueante, ignorando un primer desvío descendente y los dos accesos a una pequeña zona residencial. La tónica general es de tierras cultivadas separadas entre sí por los pintorescos muros de piedra caliza unida sin argamasa. Una flecha nos indica que debemos girar bruscamente a la izquierda para enfrentarnos a un corto repecho. Recomiendo, al hacerlo, que miremos hacia nuestro lado izquierdo para disfrutar del idílico paisaje agrícola de esta poco transitada zona de la isla.

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Un nuevo pueblo nos aguarda un poco más adelante. Se trata de Bidnija, con apenas trescientos habitantes, y lo más interesante del lugar es casi una de las primeras cosas que vemos al llegar: la bonita iglesia de la Sagrada Familia, diseñada por Salvu Zahra y construida entre 1920 y 1922.  En mi caso, tuve también oportunidad aquí de comprobar que en Malta hasta los bomberos viven una vida tranquila y relajada pues, habiendo realizado un considerable despliegue frente a un restaurante, se limitaron a palpar la puerta para ver si estaba caliente, golpearla para ver si alguien abría y, como último recurso, hurgar en la cerradura de la verja metálica. No me quedé a ver el desenlace de la situación y emprendí el descenso dejando la iglesia a mi izquierda, pero el camión de bomberos y el coche de policía que lo acompañaba no tardaron en adelantarme una vez cumplida su arriesgada misión.

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Llegamos a un nuevo cruce (puesto de fruta disponible al otro lado de la carretera, para quien vaya ya escaso de fuerzas) donde debemos incorporarnos a una transitada carretera para seguir recto respecto a la dirección que traíamos. Conviene ser precavidos en el cruce, no solo por tener que cruzar toda la carretera en plena curva, sino por el hecho de que lo primero que vamos a encontrar al incorporarnos a la nueva vía es una pendiente ascendente que nos ralentizará bastante y, sobre todo, porque los coches que nos adelantarán lo harán inmediatamente después de salir de una curva casi ciega, lo que impide que nos vean con antelación (aunque, siendo sincero, dudo que eso sirviese de mucho teniendo en cuenta el poco aprecio que los conductores malteses tienen a reducir la velocidad).

Como con el estrés producido por el denso tráfico no tendremos oportunidad de fijarnos, conviene mencionar que estamos circulando por el borde de la Gran Falla (en la foto, vista desde la parte inferior de carretera que hemos dejado a la izquierda), una inmensa barrera geológica que atraviesa de lado a lado la isla de Malta y que ha sido históricamente utilizada como línea defensiva, teniendo que ser para ello reforzada en algunos tramos para conformar las denominadas Líneas Victoria.

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Por si no hubiésemos tenido coches suficientes llegamos a una rotonda donde debemos seguir de frente, intentando mantenernos vivos (mis reflejos y los chirriantes frenos de mi maltratada bicicleta de alquiler me salvaron por los pelos de que un psicópata motorizado decorase conmigo su capó), para adentrarnos en una ciudad de tamaño relativamente grande -algo más de veinte mil habitantes- y tráfico desproporcionado y caótico.

Estamos en Mosta, donde enfilamos una larga avenida que, tras cruzar el valle Speranza (profunda garganta con bellas vistas en algunos tramos) sin poder apenas apreciarlo debido a que movernos entre el denso tráfico requiere de toda nuestra atención, nos lleva directamente al símbolo de la ciudad: la basílica de la Asunción de Nuestra Señora o, para que nos entendamos todos, la Rotonda de Mosta.

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La Rotonda de Mosta es una gigantesca iglesia neoclásica inspirada en el Panteón romano. Obra del arquitecto Giorgio Grognet de Vassé, fue levantada a mediados del siglo XIX sobre la iglesia renacentista anterior. Y cuando digo «sobre la iglesia anterior» lo digo de forma literal, pues la nueva basílica fue construida alrededor de la antigua mientras esta última seguía en uso, siendo finalmente demolida cuando la nueva ya estaba casi finalizada. Las columnas jónicas que soportan el frontón triangular de la fachada son impresionantes, pero si hay algo que destaca en la Rotonda es su cúpula: un monstruo de casi cuarenta metros de diámetro que presenta gran resistencia a pesar de su tamaño. La prueba más clara se tuvo a media tarde del día 9 de abril de 1942 cuando, durante un bombardeo alemán, cayeron tres grandes bombas sobre la iglesia. Dos de ellas rebotaron sin llegar a estallar mientras que la tercera horadó limpiamente la cúpula y cayó encima de la multitud que asistía a misa. Por suerte para los feligreses esta bomba tampoco estalló y, en lugar de un error de la industria armamentista alemana unida a la buena maña del arquitecto, el hecho fue considerado un milagro. La inmensa gotera causada fue reparada y el proyectil desactivado y arrojado al mar, si bien hoy en día es posible ver una bomba similar en la sacristía de la iglesia (lo que viene siendo la tienda de recuerdos, vamos).

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Como Mosta era un objetivo habitual de los alemanes (la razón de esta obsesión bombardera la explicaré más tarde), a los pies de la Rotonda se construyó un gran refugio aéreo para la población. Este refugio aún puede visitarse (incluyendo visita a la Rotonda y subida a su cúpula, 5€) y, además de sus tétricas galerías, puede verse dentro una exposición de los útiles tradicionales de las profesiones más comunes de la época.

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Retomando las bicicletas, tomamos la calle que sale frente a la Rotonda (cuidado con la flecha, pues algún graciosillo la ha puesto al revés) y continuamos nuestro viaje por una calle cuya superficie ondulada nos hará pensar que vamos montados sobre un caballo desbocado. Llegamos a una rotonda (esta vez es una glorieta, no una basílica) donde giramos a la derecha y, después de unos metros por una transitada avenida, giramos a la izquierda para dirigirnos a los suburbios de Mosta. En la calle que hemos tomado, a nuestra derecha destacando en la parte frontal de un amplio solar sin construir, vemos una interesante casa torreada, pintada de lo que antaño debió ser un tono rojizo, que aún muestra sobre el dintel un prominente escudo de armas. Por el sonido que parece proceder de su interior, hoy en día sus habitantes son ¡gallinas! (quizás me equivoque y el sonido viniese de la parte trasera, pero parecía venir de dentro del edificio).

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Giramos a la derecha al final de la calle y enfilamos una carretera bastante ancha pero sin pintar. A la derecha, poco después de pasar el cementerio local, vemos una nueva torre cuadrangular que en esta ocasión pertenece al edificio conocido como Torre Cumbo por el apellido de su antiguo propietario. De origen pretendidamente medieval, la Torre Cumbo cuenta en su haber con una larga y en ocasiones siniestra historia (desde haber servido como centro de captación de prisioneros de la ciudad en el siglo XVI o de cantina para oficiales durante la Segunda Guerra Mundial, a la romántica y feliz leyenda de la hermosa Marianne, el apuesto Toni y el malvado sirviente turco Haggi). Frente al recinto que rodea la torre, que actualmente es un depósito de agua, oímos los furiosos motores de los karts que usan una pista cercana.

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Continuamos por la carretera y, a la primera oportunidad, giramos a nuestra izquierda para toparnos de frente con los cuidados viñedos de las bodegas Meridiana. Tomando ahora a la derecha, apenas recorremos unos metros antes de cruzar lo que parece una pista de aterrizaje. En efecto, estamos sobre el antiguo aeródromo de la RAF Ta Kali, que vivió sus años de máximo esplendor -y mayor sufrimiento- durante la Segunda Guerra Mundial. El nombre de la base aérea se debe a la adaptación británica del nombre del pueblo donde se asienta, Ta’ Qali, y la proximidad de este a Mosta fue el motivo principal por el que la cercana ciudad fue tan intensamente bombardeada por los alemanes. La pista de aterrizaje ha visto recientemente invadido parte de su asfalto por el inmenso Parque Nacional y, en el extremo opuesto al que nos encontramos, se halla la embajada estadounidense.

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Pero Ta’ Qali no es conocido solamente por la base aérea, sino también por sus estadios. No tardamos, después de una pronunciada curva, en llegar al aparcamiento de los mismos y, tras él, vemos ya el Estadio Nacional. Doblando ligeramente a la izquierda llegamos antes, sin embargo, al Estadio del Centenario, que alberga entre otros los partidos de la selección sub-21 maltesa. Terminando de dar la vuelta llegamos al Millenium Stand, la parte más moderna del Estadio Nacional, sede de la Selección Nacional de Malta (no, no voy a hacer referencia aquí al famoso 12-1… ¡ups!).

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Frente al Millenium Stand, a solo unos metros, encontramos el Pabellón de Baloncesto de Ta’ Qali. ¡Aquí todos los deportistas están en el mismo gueto! Tomamos a la derecha y enseguida pasamos frente al hangar del Museo de la Aviación que, aprovechando las instalaciones de la antigua base aérea, recorre en su exposición de aeronaves toda la historia de la aviación del archipiélago.

Llegamos a un cruce que parece dar acceso a un polígono industrial, pero nos vamos en dirección contraria -a la derecha- para alcanzar el cementerio militar de Imtarfa e, inmediatamente después, llegar a una rotonda donde el tráfico va a empezar a incordiarnos seriamente.

Con mucha, muchísima precaución, cruzamos la rotonda para seguir recto (por si no lo he dicho antes, el hecho de que parezca que hay un carril bici pintado de verde en el suelo no nos ofrece ninguna garantía más allá de saber de qué color será el lugar donde seremos aplastados). Al otro lado encontramos una carretera de dos carriles para cada sentido por cuya acera izquierda recomiendo que nos subamos, por seguridad y para poder así relajarnos un poco y disfrutar de las inmejorables vistas de la majestuosa ciudadela de Mdina que desde aquí vemos en todo su esplendor, destacando tras los viñedos.

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Ignorando (por ahora, pues luego enlazaremos con ella) la carretera que sale a nuestra izquierda, llegamos a una nueva rotonda donde giramos a la izquierda para tomar una nueva carretera con un tráfico aún más pesado si cabe que el que teníamos hasta ahora. Por ello, recomiendo seguir por la ancha acera -lo que nos permitirá fijarnos en las localidades de Mtarfa, a nuestra derecha, Rabat, al frente, y Mdina, a la izquierda- hasta que vemos una de nuestras conocidas flechas que nos pide que giremos a la izquierda.

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Ahora sí, abandonamos la seguridad de la acera para retomar el asfalto en un tramo de carretera muy recto, demasiado recto para que sea casual. El motivo de tal rectitud no es otro que un engaño. Nos han engañado: hemos oído decir que Malta no tiene ninguna línea de ferrocarril cuando eso no es correcto o, al menos, es incompleto. Sí es cierto que Malta no tiene ninguna línea de ferrocarril en activo, pero sí la tuvo en el pasado. El Ferrocarril de Malta fue una única línea férrea que, construida en 1883, unió Valetta con Mdina. En el año 1900 esta línea fue ampliada gracias a un túnel que permitía pasar bajo Mdina y llegar hasta la cercana Mtarfa. Este es el tramo por el que estamos rodando ahora, muchos años después de que fuese cerrado al tráfico ferroviario en 1931 para ser reconvertido en carretera.

La primera prueba de la veracidad de esta historia la vemos en forma de puente: el que ya veníamos viendo cuando veníamos hacia aquí y que nos permite ahora salvar un pequeño valle. La segunda prueba no tarda en llegar: la propia estación que se encuentra aún en pie (una tercera prueba, la entrada al túnel que pasa bajo Mdina, se encuentra a pocos metros de aquí, pero no es sencillo acceder a ella).

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Pasada esta Museum Station la carretera empieza a picar hacia arriba y lo hace muy en serio, y es que Mdina se encuentra a solo unos metros de nosotros y aún debemos salvar un fuerte desnivel para llegar hasta ella. Por suerte, a los pocos metros de subida tenemos una disculpa maravillosa para detenernos: unos baños públicos de tiempos de los caballeros que, aunque muy deteriorados e ignorados por turistas y locales, aún conservan todo el encanto que unos baños pueden tener.

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Pasado lo más duro del repecho alcanzamos la base de las murallas de Mdina y, girando a la derecha y atravesando una zona de aparcamiento, vemos la boca de un túnel, al otro lado del cual nos espera algo que nos resulta familiar: la Villa Romana. Enhorabuena, hemos finalizado nuestro recorrido de hoy.

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