Provincia: A Coruña
Distancia: 74 km aprox. (desde A Coruña) o 114 km aprox. (desde Ferrol)
Mapa:

Descripción:
Cuenta la leyenda que hubo un tiempo -allá por la lejana Edad Media- en el que la inmensa mayoría de los europeos compartían un mismo credo (el cristianismo) y una sola religión (el catolicismo). Los ingleses, a pesar de haber estado siempre peleados con el resto del continente, también eran católicos por aquel entonces y, como tales, no renegaban de las peregrinaciones, pues ellos mismos acudían de cuando en vez a la lejana Compostela a rendir tributo al recién descubierto sepulcro del apóstol Santiago. Los hoy anglicanos, como es lógico, no podían llegar a su destino a pie y no tenían otro remedio que viajar hasta la Península Ibérica en barco para, una vez allí, completar el recorrido caminando.
El lugar de desembarco podía, por supuesto, depender del viajero pero no era raro que lo hicieran en alguno de los numerosos puertos existentes en lo que se conoce como el golfo Ártabro, que engloba las rías de A Coruña, Betanzos, Ares y Ferrol. A estos puertos llegaban también peregrinos procedentes de otros lugares del norte de Europa que, curiosamente, hoy en día son también protestantes y por tanto, al igual que los británicos, poco amigos de las peregrinaciones. Una vez en las salvajes tierras hispanas, los navegantes se calzaban sus alpargatas y las usaban para recorrer las pocas millas que los separaban de su destino.
Lo que actualmente se conoce como Camino Inglés engloba dos rutas relativamente cortas: una con origen en A Coruña y la otra comenzando en Ferrol. Transitan por tanto íntegramente por tierras coruñesas y, a partir del concello de Carral, ambas comparten recorrido hasta llegar a la meta. Por motivos meramente geográficos, la ruta que parte de la capital herculina -con poco más de setenta kilómetros- es notablemente más corta que la ferrolana, que apenas llega a los ciento veinte. Por supuesto, los peregrinos que comienzan su viaje en tierras de la Gran Bretaña tienen ante ellos un reto mucho más interesante, pues buena parte de ellos toman como punto de inicio la abadía de Finchale, algo más al norte de Durham y cerca ya de Newcastle, lo que hace que tengan que atravesar caminando la mayor parte de Inglaterra (y no precisamente por su eje más corto). Mi descripción se limita aquí a la versión para cobardes, es decir, la oficial: desde el lugar de desembarco en Galicia hasta la catedral compostelana.
Comencemos, pues…
Nota: Empecé a recorrer esta ruta en un periodo en el que los movimientos por territorio gallego estaban muy restringidos debido a la COVID-19 y a las volubles decisiones de la Xunta de Feijóo. Después, cuando ambos (el virus y Feijóo) se habían alejado lo suficiente como para recuperar parcialmente la libertad de movimientos, no me fue posible retomar este Camino Inglés con la prontitud deseada. Continuaré en cuanto me sea posible pero, por ahora, tenéis disponibles los aproximadamente 37 últimos kilómetros de ruta común, desde la iglesia de San Pedro de Ardemil (Ordes) hasta la catedral compostelana.
Camino Inglés desde A CORUÑA
Distancia: 74 km aprox.
Track: Descargar CaminoIngles_Coruna.gpx
Descripción:
Supongo que nadie se sorprenderá si digo que el Camino Inglés desde A Coruña comienzo -¡oh, casualidad!- en A Coruña. Así que nos desplazamos a esta bella localidad para comenzar a pedalear. Imperdonable sería, sin embargo, comenzar a hacerlo sin disfrutar de algunos de los atractivos que tiene la ciudad: la Torre de Hércules (faro de origen romano, Patrimonio de la Humanidad desde 2009), el castillo de San Antón (del siglo XVI, actual Museo Arqueológico e Histórico Provincial), sus playas de Riazor y Orzán (y el estadio, para los futboleros), la Colegiata de Santa María del Campo (románica, del s. XII) o, justo frente a esta última, la Casa Cornide (pazo del siglo XVIII muy conocido por pertenecer, aún hoy, a cierta familia dictatorial de infausto nombre), entre otros lugares de no menos interés (podría entretenerme mencionando un par de pulperías, pero un cicloturista que se precie de serlo no necesita ayuda para descubrir estos lugares por su cuenta).












Pero hemos venido a lo que hemos venido que no es otra cosa que pedalear en dirección a Santiago y, para ello, debemos primero localizar la iglesia que está consagrada precisamente a Santiago Apóstol. Muy céntrica, y a no muchos metros de las ya mencionadas colegiata y el pazo de los Franco, encontramos esta bonita iglesia románica originaria del siglo XII. Muy recomendable cruzar sus puertas, bajo el Santiago caballero que preside el tímpano del s. XV y bajo la atenta mirada de las dos imponentes estatuas de San Juan y Santiago situadas en las jambas, para acceder al interior donde hay piezas de gran valor (incluyendo una nueva figura de Santiago, esta vez en su versión peregrina, aunque no parezca muy motivado para venirse con nosotros hasta Compostela)





Podemos salir del templo por su puerta norte, que no desmerece en nada a la principal en cuanto a decoración se refiere. Una vez fuera, vamos hasta la cabecera del templo donde, junto a los ábsides, escondido en una zona ajardinada que durante mi visita estaba en obras, encontramos el mojón que nos indica que estamos a 72 kilómetros y 804 metros de nuestro destino: el sepulcro del Apóstol. Hacemos caso a la flecha y comenzamos nuestra ruta alejándonos de la iglesia.





Los primeros metros de nuestra ruta nos llevan a través de la Plaza de Azcárraga donde, entre la frondosa vegetación, nos vemos obligados a rodear la Fuente del Deseo, que data de 1870, antes de alcanzar la calle lateral que tomamos a la izquierda, en sentido descendente (en sentido contrario llegaríamos enseguida la Colegiata y a la Casa Cornide). A donde llegamos nosotros, sin embargo, es a la plaza mayor de la ciudad, que lleva el nombre -y la estatua- de María Pita, señora esta que, a pesar de su apellido (Pita en gallego significa «Gallina») pasó a la historia por su heroico comportamiento cuando en 1589 un piratilla inglés llamado Francis Drake decidió atacar A Coruña por orden de Isabel I. Gracias a María Pita se pudo salvar la plaza y, a cambio, los coruñeses le levantaron una plaza (valga el lamentable juego de palabras) en 1877. ¡Más vale tarde que nunca!
Dentro de la plaza, lo más llamativo es el Palacio Municipal (lo que viene siendo el ayuntamiento), terminado de construir en 1914 según un proyecto del benaventano Pedro Mariño y Ortega y, fuera de la plaza, cabe mencionar la proximidad de las zonas de la Marina y el Parrote, con sus fachadas de galerías que mirar a los barcos amarrados (hacia el sur) y de la iglesia barroca de San Jorge, del siglo XVIII (hacia el norte).





Nosotros sin embargo salimos de la plaza hacia el oeste por una calle saturada de transeúntes y tiendas y que no es otra que la Calle Real (¿serán las demás imaginarias?). Pedaleamos como podemos o, mejor aún, caminamos empujando nuestras bicis, para evitar accidentes, hasta el final de la calle, donde nos topamos con un reloj subido a una alta columna que data de 1895. Justo aquí arranca un carril bici que utilizaremos para protegernos del tráfico de la transitada calzada y para proteger a los peatones de la transitada acera. Por si nos pica la curiosidad, la calle por la que circulamos se llama Cantón Grande y los jardines que dejamos a la izquierda son los de Méndez Núñez. Al otro lado de estos últimos se encuentran las instalaciones portuarias.

Sin prisa, pero sin pausa (salvo por los semáforos) pedaleamos carril bici adelante, ahora en dirección sur, un poco a ciegas pues las señales del camino inglés se encuentran en su mayoría adosadas a las viviendas de nuestra derecha y fuera de nuestra vista. Algo más adelante la amplia avenida se bifurca y la de más a la derecha (por la que seguiríamos de forma natural) comienza a ascender. El carril bici desaparece y una señal nos invita a hacer uso de la acera que a los pocos metros de ascenso, al cruzarse una calle, se estrecha y todo parece indicar que debemos regresar al asfalto. Personalmente, recomiendo no hacerlo y continuar por la acera a pie, pues solo unos metros más adelante debemos girar a la izquierda y no es posible hacerlo si nos comportamos como vehículos.
Después de cruzar como peatones por el semáforo, al otro lado encontramos una tranquila calle por la que podemos volver a pedalear durante un breve tramo. Luego, para nuestra desgracia, nos incorporamos a una transitada avenida y cruzamos una rotonda enorme. La señalización del Camino en este tramo parece conocer nuestros pensamientos y nos augura un camino hacia la muerte de seguir circulando entre tanto tráfico (si bien en realidad la calavera y las tibias forman parte del escudo de la ciudad).

Al otro lado de la rotonda de Cuatro Caminos, y tras un carril bici que disfrutamos durante apenas una decena de metros, frente al edificio González Salgueiro (un interesante ejemplo de arquitectura expresionista, afeado por el horrible campanario de la iglesia redentorista con la que comparte manzana), giramos a la izquierda para seguir, como no, por la avenida más ancha y transitada de las que se abren ante nosotros.

Escribiendo…
Y llegamos así a Ardemil, localidad que debe su nombre a una legendaria batalla contra los musulmanes y al número de ellos que terminaron chamuscados. Lo primero que vemos al llegar, a la izquierda junto a una explanada, es un crucero bastante apañado y, un poco más adelante, la iglesia que, rodeada del correspondiente cementerio, lleva el nombre de San Pedro.


Salimos de la aldea -apenas un puñado de casas- enseguida, y continuamos por la carretera salpicada de casas aisladas cada pocos metros. Vamos atravesando el típico paisaje idílico gallego rodeado de suaves colinas cubiertas de bosques, prados y algún que otro maizal y, si el tiempo es agradable, el asfalto descendente invita a la relajación hasta que… ¡un dinosaurio nos ataca!

El simpático animalito cuyas fauces abiertas asoman tras un árbol que queda a nuestra izquierda no es sino una gran escultura de cartón piedra instalada sobre un remolque para poder moverla. Si nos fijamos más, vemos que todo a nuestro alrededor tiene ahora cierto carácter surrealista: esculturas de piedra evocando la más pura tradición gallega (hórreos, cruceros y hasta un apóstol Santiago gigante), una fuente, maquinaria agrícola oxidada y formando parte de abstractos montajes (o esperando para formar parte de ellos), etcétera. Todo ello agrupado en los terrenos adyacentes a un bar con la intención, tal vez, de servir de reclamo publicitario ¡y vaya si llama la atención!



Pero la verdad es que este tramo descendente está plagado de curiosidades esperando a ser descubiertas por el viajero observador: una explotación de vacas cachenas (raza típicamente gallega), un jardín decorado con bicicletas antiguas, un hórreo totalmente oculto bajo la hiedra que asciende por sus paredes…



Interrumpe después nuestra bajada un pequeño repecho que se hace más llevadero aprovechando la fuente que hay a nuestra derecha para rellenar nuestros bidones y hacer una breve parada de refresco. La subida se acaba enseguida y retomamos el descenso dejando ahora el asfalto para adentrarnos en un frondoso sendero rodeado de vegetación que hace que la temperatura caiga varios grados en comparación con la que teníamos en el asfalto (lo que puede ser agradable o un problema si fuera ya hacía fresco). Nos dejamos caer disfrutando del entorno hasta que, tras un par de curvas entre un grupo de casas, volvemos a salir al asfalto.


Esta nueva carretera por la que transitamos ahora no tarda en llevarnos a una nueva población. Se trata de Buscás donde merece la pena hacer una breve parada para ver la iglesia de origen románico (reformada en los s.XVIII y XIX) donde lo más llamativo es la escultura policromada que saluda a los peregrinos desde la pared que da al Camino. Se trata de una obra de 1737 que representa al santo titular de la iglesia y que no es otro que San Pelayo (Paio) que porta la palma del martirio y, más explícitamente, una daga rebanándole el pescuezo. Junto a la iglesia encontramos un bar-restaurante y un albergue de peregrinos por si queremos descansar nuestros cuerpos al amparo del descabezado santo.


Tras Buscás prosigue el descenso por asfalto y, en una zona donde unas bandas nos invitan a reducir la velocidad, debemos estar atentos para seguir las flechas que nos indican que abandonemos la carretera principal para entrar en la aldea de turno (Vilariño, en este caso). No perdemos nada por hacerlo pero tampoco hay gran problema si nos saltamos el cruce, pues ambas opciones confluyen de nuevo a la salida de la localidad.
Eso sí, el cruce que no debemos saltarnos es el que encontramos pocos metros después y que nos saca del asfalto para tomar el camino de tierra que, a nuestra izquierda, desciende hasta un riachuelo donde, si somos pacientes observadores y la suerte nos es propicia, podemos tener ocasión de saludar y fotografiar a alguna rana ibérica. Inmediatamente después de cruzar este Rego do Cabo tomamos a la derecha para volver a adentrarnos en uno de esos corredores en los que la tupida vegetación se cierne sobre nosotros haciendo que en ocasiones parezca que estamos rodando por un túnel de árboles. La única pega es que en esta ocasión ya no basta con dejarnos caer disfrutando del entorno, pues el camino se pone tontorrón y nos hace pedalear de lo lindo para ascender serpenteando entre el bosque.


Después de salvar una carretera pasando por un túnel bajo ella y de dejar a nuestra derecha un nuevo albergue la vegetación se espesa aún más y apenas si deja pasar la luz, no hablemos ya de dejarnos ver la cercana iglesia románica de San Julián de Poulo que, a nuestra derecha, podemos intuir por algún agujero que queda entre las ramas de los árboles.

El Camino entra así en un nuevo tramo descendente y poco a poco vamos encontrando más claros entre la vegetación que ocuparán, si estamos en la temporada propicia para ello, grandes plantaciones de maíz. Entramos en una nueva carreterilla -en plena curva- y la seguimos a través de casas y explotaciones agrícolas aisladas que nos termina llevando a una aldea donde a nuestro paso encontramos un bonito crucero (delante de un bar adecuadamente llamado «O Cruceiro»), una marquesina de autobús que hace las veces de centro social para las señoras de la localidad (ignorando todas las advertencias de mantener la distancia, llevar mascarilla y evitar los lugares cerrados) y una iglesia que, recién revocada de pintura blanca, está consagrada a la Virgen de la Merced. Cuentan que en esta aldea de A Calle pernoctó Felipe II durante un viaje a Compostela en 1554.

Salimos de este pueblo por la calle que nace junto a su iglesia y que nos lleva en lígero descenso a través de una sucesión de campos de labor, tramos de bosque y, por supuesto -estamos en Galicia-, casas por doquier. Finalmente, en una curva donde la carretera dobla a la derecha, nosotros la abandonamos para tomar el camino que nace a nuestra izquierda y que continúa la misma tendencia de suave descenso pero en este caso por tierra.

Llegado un punto donde, salvando una pequeña canalización de agua y unos escalones que aparecen a traición en la parte izquierda del camino, dejamos un extenso merendero a nuestra derecha, nos incorporamos de nuevo a una carretera para salvar por ella un pequeño riachuelo (rego da Ponte Ribeira). Algo más adelante abandonamos de nuevo el asfalto (de nuevo lo hacemos en una curva) para tomar un nuevo sendero de los que ya empiezan a resultarnos habituales: una vez más estamos rodeados de vegetación por todas partes y, en caso de llevar gafas de sol, deberemos quitárnoslas para poder ver por dónde vamos.

Esta será la tónica habitual durante los siguientes kilómetros, saliendo y entrando de los tupidos bosques alternando senderos, caminos y asfalto. Vamos primero acumulando en las piernas metros de ascenso para después, finalmente entrar en un largo tramo de descenso suave que nos lleva, atravesando primero una pequeña aldea, a pasar bajo la autopista y tomar después el camino que se mantiene pegado a esta.
Si bien es verdad que la abundante vegetación suaviza un poco el efecto, es este un tramo feo en el que no podemos quitarnos de encima el ruido del tráfico de la vía rápida a pocos metros de la cual pedaleamos. Más o menos pegados a la autopista, pasamos de largo estos kilómetros de llaneo (ligero descenso) donde lo único reseñable es la presencia de un par de lavaderos donde podemos detenernos a descansar si el ruido del tráfico no nos agobia demasiado.


Cuando finalmente nos despegamos de la autopista, tomamos una carreterita donde una señal nos dice que es dirección prohibida salvo para residentes. Haciéndonos pasar por tales, o haciendo uso de la mínima acera que están construyendo por uno de sus márgenes, circulamos por ella hasta que, tras un giro a la derecha y unos metros llanos, el tímido descenso se transforma en una rápida bajada que nos dirige al polígono industrial de Sigüeiro.
Después de un buen puñado de kilómetros siguiendo una autopista, lo que menos nos apetece es cruzar un polígono industrial, pero esta vez tenemos suerte y, al ser cuesta abajo, no tardamos mucho en dejar atrás las feas naves y en llegar al lugar donde las flechas amarillas nos mandan saltar la acera de nuestra izquierda para adentrarnos en un parquecillo y perdernos en sus senderos. De hecho, para no hacer eso mismo -perdernos por los múltiples senderos que se abren por el arbolado parque- lo mejor es que sigamos las marcas del Camino incrustadas en el suelo, que nos llevan hasta un pequeño puente por el que cruzamos un riachuelo (rego Carboeiro) para después bordear las piscinas municipales y salir del parque justo a la altura de la comisaría de la Policía Local.

Cruzamos después la plaza del ayuntamiento, buscando un hueco entre las mesas de las terrazas y callejeamos dejándonos llevar por las flechas a través del animado casco urbano de Sigüeiro (cuidado, pues en algunos tramos vamos en dirección prohibida y deberemos recorrerlos a pie por la acera) hasta salir a la carretera N-550, a la que nos incorporamos en dirección Santiago para cruzar el río Tambre por un puente que tendría cierto encanto si no fuese por la propia carretera nacional que hace uso de él.
Para evitar la transitada carretera, antes de salir de Sigüeiro podemos hacer uso del carril de aparcamiento (separado de la vía principal) y, ya en el puente, utilizar la acera, asegurándonos antes de que al hacerlo no molestaremos a ningún peatón. Al otro lado del río, habiendo dejado atrás el término municipal de Oroso y adentrándonos ya en el de Santiago, podemos seguir rodando por la acera aprovechando que suele estar bastante vacía.
Tras unos metros de ascenso llegamos a una gasolinera en cuyo supermercado podemos comprar algún tentempié si no hemos sido lo bastante previsores como para hacer acopio de víveres en Sigüeiro, donde disponíamos de todos los servicios deseables (incluso una tienda de bicicletas en caso de necesitar algún repuesto o reparación). Justo antes de la misma, las flechas nos indican que, por fin, debemos dejar la peligrosa nacional y tomar la callejuela ascendente que sale a nuestra derecha. Después giramos a la izquierda y comenzamos a pedalear, en ligera subida, a lo largo de un tedioso tramo en el que vamos siguiendo el trazado de la nacional por carreterillas secundarias, terciarias o cuaternarias, a mayor o menor distancia de la nacional pero sin dejar nunca de oír el molesto ruido del tráfico. Dado que nos hallamos inmersos en el típico terreno gallego salpicado de innumerables casas que no llegan a constituir un casco urbano propiamente dicho, por suerte, también oiremos los sonidos de los animales domésticos (perros, gallinas, vacas, ovejas, caballos, ponis…) y podremos olvidarnos un poco de los coches y camiones.
En nuestro pedalear por este laberinto de pequeñas carreteras asfaltadas no tardamos en salvar nuestra conocidísima autopista AP-9 por un paso elevado (tranquilos, que en esta ocasión no la seguiremos más que unas decenas de metros antes de poder olvidarnos de ella ya de forma definitiva) y pasamos después a un breve tramo de camino de tierra que nos permite recordar que estamos en el campo antes de regresar al asfalto.
Un par de pronunciadas curvas nos acercan de nuevo a la nacional y parecen conducirnos inexorablemente a ella hasta que aparece una flecha amarilla que nos salva (al menos por ahora) y nos invita a adentrarnos en el bosque por un camino de tierra que, para nuestro pesar, no dura mucho y acaba junto a una nave donde giramos a la izquierda por asfalto y parece que, ahora sí, no nos quedará otra que reincorporarnos a la nacional.

Una vez más, cuando estamos ya casi con nuestra rueda delantera sobre el arcén, aparece una flecha amarilla que nos resuelve la papeleta señalando una calle que se va separando poco a poco de la nacional poniendo primero un parque y después varias casas de por medio. Cabe destacar aquí que a nuestra izquierda yace, aparentemente abandonada, una piedra de molino.
Pasado un cruce donde un tremendo casoplón de piedra hace que nos detengamos unos segundos a sacar una foto y a envidiar justamente a sus habitantes, una curva nos conduce una vez más a la nacional a la que estamos destinados.

Una flecha amarilla hace un último esfuerzo a la desesperada de librarnos de nuestro aciago destino mandándonos por un estrecho sendero de tierra. De nada sirve: el sendero va convergiendo poco a poco con la N-550 y, tras salvar un regato por la estrecha acera de un puente, llegamos a una parada de autobús donde no nos queda otra que pasarnos a rodar por el arcén de la nacional.
Hoy es nuestro día de suerte y nuestra aventura por la nacional no dura más que lo que tardamos en recorrer los metros que nos separan del primer cruce que encontramos, donde nos desviamos hacia la derecha para circular entre un colegio y el restaurante, de nombre deslocalizado y con pinta de caro, Mar de Esteiro. Pasamos después bajo las vías del tren y nos topamos de golpe con un repechaco de los que quitan el sentido (¡oh, sorpresa!… quizás no era hoy nuestro día de suerte, después de todo). Un primer tramo de dura subida asfaltada nos deja, después de un mínimo respiro, ante un corto repecho de tierra aún más duro. Después llaneamos unos metros siguiendo una ladera antes de girar a la izquierda y seguir un bonito camino de tierra flanqueado por árboles y grandes bloques de piedra que nos distraen un poco, sin llegar a conseguir disimular la dureza de la nueva subida.

Coronado es ascenso, una breve bajada nos lleva junto a una nave junto a la que debemos girar a la derecha adentrándonos aún más en el bosque. A nuestra izquierda dejamos un hotel, con cafetería y restaurante, con puerta de acceso en dos de sus fachadas para dar así servicio tanto a los peregrinos del camino como a los conductores de la N-550.
De repente, un cartel clavado a un árbol llama nuestra atención. Incrédulos, leemos en él que estamos entrando en un bosque encantado (está bien que avisen de estas cosas para no llevarnos después ningún susto al toparnos con las mouras o trasnos que lo habitan). La verdad es que el bosque es encantador (lo sería aún más sin el ruido de los vehículos pesados que transitan por la cercana carretera), pero el único ser que logramos distinguir es una bruja -o quizás una meiga- aparentemente pintada en otro gran cartel… pero ¿quién sabe? Porque el caso es que, haberlas, haylas.

De lo que sin duda estamos encantados es de circular en dirección a Santiago, pues no es moco de pavo el brutal repecho que descendemos dentro de este bosque y que no debe de ser fácil de ascender en sentido contrario. Con precaución, llegamos así a un regato (rego Salgueiro) cuyo curso seguimos unos metros antes de cruzarlo y salir al raso. Una curva, una nueva entrada en el bosque y, cómo no, un nuevo repecho del que ahora no nos libramos y en el que parece que la gravedad ha decidido aumentar localmente su fuerza.
Superado el reto, nos topamos de bruces con un grupo de naves industriales que nos vemos obligados a rodear girando a la derecha, en un tramo compartido con una de las rutas del Centro BTT de A Susana. Después giramos a la izquierda un par de veces (la segunda junto a un bar) para recuperar nuestra dirección y atravesar el polígono industrial del Tambre donde, a falta de señales, lo mejor es que sigamos todo recto por la amplia acera recientemente construida para los peregrinos hasta salir por el otro extremo.
A nuestra izquierda queda la parte trasera del cementerio municipal de Boisaca donde, si nos interesa, podemos visitar las tumbas de algunas personalidades compostelanas como, por ejemplo, Ramón María del Valle-Inclán (pero solo las de aquellos que no fueron lo bastante importantes como para reposar en el tan fránces «Panteón de los Gallegos Ilustres», en el convento de San Domingos de Bonaval). Pasado el cementerio, entre el tanatorio y una guardería infantil (tan congruente todo), la carretera se estrecha pero, aunque parezca lo contrario, no estamos alejándonos de la civilización, sino entrando ya en el casco urbano de Santiago de Compostela.
Tras incorporarnos hacia la izquierda a otra carretera, las flechas nos indican que debemos tomar otra calle a la izquierda pero, al ser esta dirección prohibida, no pasa nada si seguimos por donde vamos, pues en pocos metros ambas calles vuelven a converger. Después, en un cruce con una enorme avenida (la N-550 ya en su tramo urbano), debemos transformarnos temporalmente en peatones para hacer uso del semáforo que nos permite cruzarla y tomar la calle que sale al otro lado. Siguiendo esta (a nuestra derecha dejamos un crucero moderno) y tomando sucesivos desvíos a la derecha, vamos por una calle bastante elevada que no tarda, tras cruzar una rotonda, en ceder a la gravedad y bajar en picado. Doblando después a la izquierda junto a un lavadero vamos, por la parte de atrás de una fea gasolinera y una horrible hamburguesería, a salir a una nueva avenida que de nuevo debemos cruzar como peatones para seguir después de frente y por la acera (que no por ser ancha requiere que prestemos menos atención a los peatones).

Dejamos a nuestra izquierda un conjunto de edificios administrativos de la Xunta de Galicia y a nuestra derecha el mucho más interesante acueducto altomedieval de Puente Mantible, aún en servicio. Pasamos ante la iglesia de San Cayetano (o Caetano, que suena menos pijo) y, después de cruzar una nueva rotonda como peatones, seguimos de frente ya como vehículos una vez más.


Apenas tenemos tiempo para mirar de reojo, a nuestra izquierda, la fachada clasicista de la capilla de Pastoriza (s. XVIII) cuando ya nos tenemos que desviar a la derecha por la calle de Santa Clara, entre el monasterio del mismo nombre (s.XVII-XVIII) y el mucho más simplón convento de las carmelitas descalzas (orden a la que hace referencia el escudo que adorna su fachada principal).



La rua empedrada pasa a recibir el nombre de Loureiros, o Calle de los Laureles, y merece la pena que nos fijemos en los crípticos bajorrelieves que adornan algunas de sus casas. Entramos así ya en la zona vieja de Santiago, pasando ante la bella fachada de la iglesia renacentista del monasterio de San Martín Pinario (s.XVII) y por la pintoresca Casa da Troia antes de llegar finalmente a nuestro destino: la catedral compostelana.






Camino Inglés desde FERROL
Distancia: 114 km aprox.
Track: Descargar CaminoIngles_Ferrol.gpx
Descripción:
Próximamente…
















