Provincia: Pontevedra
Distancia: 9 km aprox. (18 km i/v)
Mapa:

Track: Descargar ViaVerdeSalnes.gpx
Vídeo: Ver ruta completa en vídeo
Descripción:
Dicen que Galicia es verde y, aunque está demostrado que esa frase como eslogan electoral es un fracaso, algo de cierto hay en ello si atendemos a la abundante vegetación alimentada por la humedad y las frecuentes lluvias de estas tierras. Sin embargo, en lo referente a las conocidas como «vías verdes» (antiguas vías férreas reconvertidas en rutas ciclistas y peatonales), hemos de reconocer que Galicia, más que verde, es un secarral.
Más allá de unos pocos kilómetros compartidos con Asturias en la Vía Verde del Eo (apenas once kilómetros repartidos más o menos a partes iguales entre ambas comunidades) no existía en toda Galicia ningún trazado de este tipo y los gallegos que querían pedalear una distancia considerable alejados del tráfico debían ir al otro extremo de la región, cruzar la frontera y recorrer la ecopista que discurre por la orilla portuguesa del río Miño. Hubo que esperar hasta los últimos meses del pandémico año 2020 para ver otra vía verde en Galicia, cuando se inauguró (a finales de verano el trazado casi completo y ya avanzado el otoño el puente que completa el trayecto) la Vía Verde del Salnés.
Y así, gracias a la cooperación de los tres municipios que atraviesa y a la tardía financiación de la Xunta (responsable de la recuperación del ya mencionado puente), ya nos es posible recorrer en bicicleta los poco más de 9 kilómetros que van desde las afueras de Vilagarcía de Arousa hasta la estación ferroviaria de Portas, atravesando por el camino parte del concello de Caldas de Reis. Después de varios intentos frustrados por las peculiares restricciones de movimiento impuestas por la Xunta para tratar de controlar la covid-19, eso es lo que finalmente conseguí hacer yo un bonito día de primavera de 2021, si bien tuve que ir embozado en todo momento durante el trayecto pues, por absurdos caprichos Feijóanos, Galicia es la única región donde es obligatorio llevar mascarilla incluso estando solo en medio del monte y realizando ejercicio físico (y no era mi intención arriesgarme a recibir una cuantiosa multa después de haber sido ya previamente desplumado en el peaje de la AP-9, la más sencilla y cara forma de acceso a esta vía verde para quienes vengan a la zona en coche).
Pero, antes de comenzar, hagamos un poco de historia…
Y esa historia nos remonta a 1873, año en el que llega a Galicia el revolucionario invento que está triunfando y poniéndose de moda en el mundo entero: el ferrocarril. La primera línea construida en Galicia enlazaba la capital, Santiago de Compostela (concretamente el lugar de Cornes), con la localidad de Carril, ya junto a la ría de Arousa y a muy poca distancia de Vilagarcía. Visto el éxito del proyecto, la compañía promotora -The West Galicia Railway Co. Ltd.- y el director de esta -John Trulock, a la sazón abuelo del Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela- decidieron extender la línea férrea hasta Pontevedra. Este segundo tramo fue inaugurado el 24 de julio de 1899.
El tren, como todo en esta vida, está en constante evolución y, con los años, la vía construida por Trulock tuvo que adaptarse a la llegada de convoys más rápidos, lo que dejó obsoletos algunos tramos del trazado. Es el caso del túnel del Faramello, cerca ya de Santiago, pero es también el caso de prácticamente todo el trazado de Vilagarcía a Pontevedra (aunque el tramo de Portas a la capital de la provincia se mantiene en uso por algunos -pocos- trenes de mercancías). Así, una decena de kilómetros de raíles quedaron abandonados y fueron poco a poco invadidos por la vegetación hasta que los ayuntamientos de la zona tuvieron la genial idea de rescatarla del olvido y ofrecer a los ciclistas y caminantes, además de una ruta para el paseo diario, una conexión casi directa entre la Ruta del Padre Sarmiento (o la Variante Espiritual del Camino de Santiago) y el Camino Portugués a Santiago que pasan, respectivamente, a poca distancia de ambos extremos de esta Vía Verde.
Y así comenzamos ya a pedalear por esta ruta cuyo perfecto estado nos permite recorrerla en prácticamente cualquier tipo de montura, si bien debemos recordar que mi descripción corresponde a una vía verde casi recién inaugurada, por lo que es difícil avanzar cuál será el efecto del paso del tiempo en su firme de tierra compactada. Dado que el comienzo de la ruta se encuentra ya fuera del casco urbano de Vilagarcía de Arousa, no voy a describir aquí el centro histórico de esta bonita villa, pero recomiendo que, antes de comenzar a pedalear o ya a nuestro regreso, bajemos hasta la orilla de la ría y nos demos una vuelta por sus calles que nos depararán más de una interesante sorpresa. Para encontrar nuestra vía verde debemos seguir la avenida de las Carolinas, tomar después la N-640A y, algo más adelante, subir hacia la izquierda bien por la rúa de San Martiño o bien por la rúa Pedral hasta llegar a un viñedo (uno de los muchos que cruzaremos hoy en esta tierra de albariño) dominado por un palomar cuyos alados habitantes deben de ser adictos a la caja tonta, a tenor de la inmensa antena de televisión que corona su estructura. Apenas unos metros más adelante llegamos a la primera zona de descanso de la Vía Verde do Salnés, donde podemos dejar la bici en el aparcamiento y sentarnos en los bancos a atisbar entre la vegetación los trenes que pasan por la nueva vía, de la que solo nos separa un breve trecho cubierto aún por las traviesas del antiguo trazado.


Tomando en dirección contraria, comienza nuestra aventura. Empezamos a pedalear en paralelo a un camino asfaltado y nos adentramos en un pequeño cañón cortado a golpe de dinamita en la dura roca. Justo aquí, al pasar bajo un paso elevado, encontramos el que hasta ahora es el único bache de la vía verde, así que tomemos precauciones si llevamos ruedas finas. Al salir del cortado, y dejando a nuestra izquierda un hórreo limítrofe con un bosque de eucaliptos, comenzamos a bordear una zona semiurbana sobre la que, a nuestra derecha, tenemos una buena panorámica del casco urbano de Vilagarcía e incluso de las aguas de la ría de Arousa.


No tarda este paisaje de nuestra derecha en transformarse en una fea carretera nacional rodeada de naves comerciales e industriales. Buscamos entonces otra cosa en la que fijarnos y la encontramos al otro lado, a nuestra izquierda, donde tras una pista asfaltada y un muro encontramos el Pazo de Rubianes, casa señorial de piedra construida por un tal García Caamaño a principios del siglo XV, sobre una torre defensiva del siglo XII. El señor Caamaño, no contento con construirse este casoplón en 1411, se vino arriba y en 1441 fundó un pueblo entero al que, en un alarde de modestia, bautizó como Villa de García, ¿os suena? Exacto, estamos ante el que fuera el domicilio del fundador de Vilagarcía de Arousa.

Volviendo al pazo, la casa que apenas logramos atisbar entre los árboles tiene un estilo afrancesado que nos recuerda que uno de sus propietarios, Jacobo Ozores, estuvo desterrado en Francia en tiempos de Carlos IV y, a su regreso a tierras gallegas, reconstruyó su mansión con ayuda de un arquitecto gabacho. Más allá de la vivienda, del pazo destacan su capilla de finales del XVI, sus afamados jardines -abundantes en camelias- y, sobre todo, sus extensos viñedos, origen de un delicioso albariño. Por suerte para nosotros, todo esto es visitable y degustable por un módico precio. Y ya puestos a visitar pazos y degustar albariños, a poco de más de un kilómetro de este Pazo de Rubianes, en dirección sur, podemos hacer lo propio con el Pazo Baión, de caldos igualmente deliciosos e historia un poco más «fariñeira», pues durante años perteneció un tal Laureano Oubiña.
Volviendo a Rubianes, frente al pazo encontramos un nuevo aparcamiento para bicis junto a una explanada de hierba que hace la misma función para los coches. Continuamos nuestra ruta para encontrarnos con una de las dos estaciones que veremos en esta vía verde, el apeadero de Rubianes (o Rubiáns), que ha sido adecentado para la ocasión y, aunque no sea más que un tejado y unos cuantos muros, bien puede servirnos como protección en caso de chubasco. El mismo uso podemos dar, poco más adelante, al área de descanso construida junto a unas ruinas al abrigo de la vía rápida VG-4.7.


Nos vamos alejando de la civilización y la vía verde nos lo hace notar obsequiándonos con una amplias vistas al verde paisaje que vamos dejando a la derecha. Aprovechando la característica planitud de las vías férreas, podemos dedicarnos a admirar la belleza del rural gallego, salpicado de pequeñas aldeas, tierras de labor, ganado solitario (que parece no dar abasto para comerse todo el pasto que cubre los prados que se abren entre los árboles) y, como no, los viñedos propios de la zona.


Una extraña casa torreada a nuestra derecha nos anuncia que hemos llegado a Godos, donde recomiendo abandonar por un momento la vía verde para, subiendo apenas unos metros por la ladera, hacia nuestra izquierda, acercarnos a la iglesia de Santa María -del siglo XVIII- rodeada de un cementerio, donde encontraremos un crucero, además de magníficas vistas sobre el entorno.

Dije al principio que el eslogan político «Galicia es verde» gozó en su momento de escaso éxito pero, de vuelta a la vía verde, encontramos una lamentable prueba de que sí tuvo cierto calado entre los más gañanes del lugar, pues algún destacado cantamañanas, seguidor de cierto partido pseudopolítico que prefiero no mencionar, ha aprovechado el lienzo que le ofrecía el cemento de uno de los accesos a la ruta para plasmar con escaso arte lo que opina del populista líder del partido antagonista (quiero dejar claro que no estoy criticando aquí ninguna ideología u opción política, sino únicamente los actos de vandalismo y violencia, sean del color que sean, que pretenden ocultarse tras esas ideologías).

Gilipollas aparte, seguimos rodando por un bello entorno de un color verde que huele a fresco y no a rancio como el otro. No tardamos en dejar a la derecha otra aldea donde de nuevo merece la pena abandonar la pista para admirar el crucero que da nombre al lugar (Cruceiro de Santiago) y, algo más abajo, ver la pequeña iglesia dedicada al Apóstol y originaria del siglo XI (aunque reformada en el XIX y totalmente reconstruida ya en el siglo XX) en cuyo atrio-cementerio destaca una piedra que, colocada sobre el muro perimetral, parece proceder de otro crucero.




De vuelta a nuestra ruta, pasamos bajo la carretera nacional N-640 y, después de describir una amplia curva (las vistas más interesantes las tenemos ahora hacia la izquierda), nos topamos con un nuevo aparcamiento para bicicletas y bancos para descansar en una zona señalizada como mirador. Si nos fijamos, por el hueco abierto entre los árboles para dejar pasar el tendido eléctrico sí se puede mirar algo, pero no es gran cosa si lo comparamos con otras panorámicas que hemos tenido antes. Lo que sí se ve siguiendo los cables es el río Umia, al que conoceremos más de cerca poco más adelante. Otra cosa que nos hace ver este mirador y las latas de refresco abandonadas que en él encontramos es que en toda la ruta hay una total ausencia de papeleras. Y, ahora que lo pensamos, tampoco hay servicios, lo que hace que en cada punto en el que es posible salir de la vía verde para adentrarse en la vegetación el suelo esté sembrado de trozos de papel y otras sorpresitas igualmente desagradables. Este tipo de campos minados ya los hemos visto antes en el propio firme de la ruta, cortesía esta de los desaprensivos que pasean con sus perros sueltos por la vía sin atender a lo que estos hacen sobre la tierra.

Hemos entrado ahora en una zona más boscosa donde la vía verde supone un auténtico corredor abierto entre la espesa vegetación de la que con frecuencia nos separan sendos taludes cubiertos de malla metálica para evitar desprendimientos. En un claro, uno de estos taludes, a nuestra izquierda, se transforma en una gran roca con marcada pendiente donde un cartel nos indica que estamos ante la «Pedra Rañacús», nombre cuya traducción literal (piedra rascaculos) nos indica que este peñasco era tradicionalmente utilizado a modo de rústico tobogán por los niños de la zona.


Nos adentramos nuevamente en el bosque hasta que de entre los árboles (más bien sobre ellos) vemos surgir el imponente viaducto doble que permite a la autopista AP-9 salvar de una solo tacada, y sin despeinarse, la vía verde y el río Umia. Nosotros no vamos a ser para menos que los conductores que circulan por la autopista así que, sin más dilación, nos enfrentamos a la ardua tarea de pasar a la otra orilla del río.
Por suerte, los ingenieros británicos del siglo XIX vienen en nuestra ayuda y nos permiten cruzar el Umia sin mayor esfuerzo utilizando el magnífico puente que encontramos ante nosotros. Esta estructura metálica sobre pilares de piedra fue construida apenas un par de años antes de inaugurar la vía férrea -esto es, en 1897- por la empresa Joseph Westwood & Co., que era lo que quedaba a finales de siglo de la otrora prestigiosa Westwood, Baillie & Co., quienes durante la segunda mitad del siglo XIX sembraron el mundo de barcos y puentes. En este caso, el puente nos lleva del término municipal de Caldas de Reis al de Portas y lo hace concretamente a la altura de la aldea de Paraíso. Solo con asomarnos hacia el río, por cualquiera de los lados del puente, descubriremos fácilmente el origen de ese nombre.




Ya por el concello de Portas continuamos rodando tranquilamente por el bosque, entre los innumerables restos del pasado ferroviario del lugar: semáforos, marcas kilométricas y otras señales flanquean nuestro pedalear hasta que, de repente, vemos que una nueva área de descanso ha sido construida directamente sobre la pista. ¿Hemos llegado ya al final del trayecto? Bueno, no exactamente. A la derecha de la vía sale un camino donde vemos que una señal nos indica que la vía verde continúa por allí. Durante unos metros el traqueteo nos hace añorar el impecable firme que habíamos tenido hasta ahora, pero no hay mal que cien años dure y en un suspiro llegamos al final del camino y salimos al asfalto (cuidado, ¡esta zona está abierta al tráfico!).



Tenemos ahora dos opciones. La primera es girar a la izquierda, pasar bajo la vía del tren (aquí sí tiene raíles) y continuar por la pista asfaltada hasta toparnos con una carretera más ancha pero poco transitada, donde tomaremos a la derecha por la senda que nos permite rodar por un lateral de la calzada. La otra opción es seguir recto sin cruzar las vías pero tratando de mantenernos lo más cerca de estas que nos permiten las callejuelas de la pequeña aldea que atravesamos, utilizando para ello como guía la enorme chimenea cuya silueta vemos recortarse en el horizonte. Eventualmente llegamos a un camino de tierra que nos conduce inexorablemente a un angosto paso bajo la vía férrea al otro lado del cual salimos a una zona ajardinada.
En esta zona vemos columpios, bancos y hasta un auditorio al aire libre pero, sin duda, lo que más llama nuestra atención son los casi setenta metros de chimenea que se levantan ante nosotros. Hemos llegado a la azucarera de Portas.


De las muchas y amargas consecuencias que tuvo en España el Desastre del 98, quizás una de las menos conocidas sea precisamente la más amarga. Literalmente. Y es que la pérdida de Cuba ocasionó el corte del suministro de caña y, por tanto, ¡España se quedó sin azúcar! Los empresarios repatriados que se habían dedicado a ese negocio en tierras caribeñas no tardaron en reaccionar y algunos de ellos fundaron, ya en 1899, la compañía Azucarera Gallega que, con esta fábrica de Portas como punta de lanza, pretendía edulcorar la vida de los dolidos españoles utilizando remolacha como materia prima.
Sin embargo, estos empresarios no demostraron tener una gran agudeza previendo el futuro y la imposibilidad de reconvertir la producción agrícola junto con la veloz caída de los precios de importación del azúcar de caña hicieron que el negocio remolachero fuese poco o nada rentable. Así, en 1903, tan solo tres años después de haber abierto sus puertas, la fábrica azucarera de Portas fue clausurada definitivamente y abandonada a su suerte.
Hoy en día, el edificio moderno construido dentro de los centenarios muros de piedra alberga servicios diversos -desde un centro de mayores hasta una guardería-, pero lo más llamativo sigue siendo la altísima y resistente chimenea de la que cuelga una vertiginosa escalera espiral. Para los valientes que se enfrenten a ella con éxito, las maravillosas vistas de toda la comarca que les esperan en el mirador de su cima les servirán de recompensa. Para los más vagos, un ascensor interior les llevará al mismo destino y al mismo premio. Para los que, como el que esto escribe, lleguen al lugar en tiempos de pandemia, una puerta metálica de grueso candado les impedirá siquiera intentar el reto.
Pero nuestra vía verde aún no ha acabado. Ya sea a través del aparcamiento de la azucarera o cruzando el parque anexo debemos llegar a la carretera (si es que no hubiésemos llegado ya antes a ella por haber elegido la ruta alternativa mencionada anteriormente). Aquí, de girar a la izquierda y continuar por la senda de tierra que bordea el asfalto, cruzaríamos el río Chaín y a poco más de un kilómetro llegaríamos al casco urbano de Caldas de Reis, preciosa localidad termal donde podríamos enlazar con el Camino Portugués a Santiago. Pero en nuestro caso, al salir de la azucarera, vamos a girar a la derecha y seguir el asfalto unos metros hasta que, junto a una fuente, volvamos a tomar el desvío de la derecha, donde una calle empedrada nos deja frente a la estación de Portas.


A pesar de su buen estado de conservación y los raíles que pasan ante sus andenes, esta estación no es más que un bonito decorado, pues el último tren que hizo uso de ella pasó por aquí el 20 de julio de 2008. Hoy, lo único que sigue funcionando del edificio es la cantina, un bar que a falta de un uso mejor a menudo instala su terraza sobre el propio andén. A pocos metros en sentido Pontevedra, la vía muerta que pasa ante la estación está algo más viva gracias a los trenes que un par de veces por semana llegan hasta el cargadero de una cementera, cuyos grandes silos hacen compañía a su malograda compañera, la terminal de viajeros.
Señores pasajeros, hemos llegado a nuestro destino. Al menos de momento, pues el éxito que ha tenido esta Vía Verde do Salnés ha hecho que los ayuntamientos de la zona estén ya trabajando en la extensión de esta para llevarla hasta las puertas mismas de la capital de la provincia: Pontevedra.