Primera línea de playa: Ruta de la costa atlántica – Oporto y el Norte (EuroVelo 1)

Provincias: Aveiro, Oporto, Braga y Viana do Castelo (Portugal)

Distancia: 200 km aprox.

Mapa:

Track: Descargar RutaCostaAtlantica.gpx

Descripción:

Para quienes amamos viajar en bicicleta, la red EuroVelo no necesita presentación. Pero, por si acaso, lo resumiré brevemente diciendo que se trata de una red de rutas ciclistas de larga distancia que cubren de cabo a rabo el mapa del continente europeo, ofreciendo a los viajeros miles y miles de kilómetros por los que rodar.

EuroVelo nació a finales de los años noventa, si bien yo no escuché hablar de ella hasta finales del año 2000 o principios de 2001, cuando la red era gestionada principalmente por la británica Sustrans (en la actualidad lo hace exclusivamente la Federación Europea de Ciclistas), y desde entonces he rodado en numerosas ocasiones por diferentes tramos de esta red que a día de hoy cuenta con dieciocho rutas en diferentes fases de desarrollo.

La ruta Eurovelo 1, en concreto, recibe el nombre de Ruta de la Costa Atlántica y en su origen unía el Cabo Norte noruego con el portugués de San Vicente, si bien a día de hoy ha sido extendida por toda la costa lusa hasta la fronteriza Caminha e incluso se está trabajando ya en su prolongación hasta el Finisterre gallego. En todos esos kilómetros la ruta tiene tiempo de recorrer, además de Noruega y Portugal, todo el Reino Unido (Escocia, Irlanda del Norte, Gales e Inglaterra), Irlanda, Francia y España, pasando por ciudades tan emblemáticas -al menos para mí- como mi querida Bristol y mi natal Salamanca.

Al igual que me ha ocurrido con otras rutas de la red (como la 2 y la 3), he pedaleado en diferentes ocasiones por varios tramos de la Eurovelo 1 (algunos de los cuales han sido ya descritos aquí) pero, por falta de tiempo y dinero, que no de ganas, me ha sido imposible hasta ahora emprender la aventura de recorrerla en su totalidad. En todo caso, como sería inviable describir en este humilde blog describir un viaje de esa duración de un tirón, lo haré en versión despiezada. Aquí os dejo uno de los fragmentos que bautizo como lo hacen los propios portugueses en su página web del proyecto: Oporto y el Norte.

Nota: Este tramo denominado Oporto y el Norte se compone de las secciones 16, 17 y 18 de la ruta que unen Aveiro con Caminha. Por ahora describo aquí únicamente las dos últimas de las secciones indicadas, es decir, los aproximadamente 115 kilómetros que separan Vila Nova de Gaia y Caminha.

Una vez visitadas las bodegas y, si estamos en condiciones de pedalear, cruzamos el puente Luis I y, ya en Oporto, seguimos abriéndonos paso entre la marabunta turística para avanzar por la otra orilla del Douro, río abajo.

Por supuesto, no debemos dejar de aprovechar desde aquí para subir por las callejuelas que se alejan del río para adentrarnos en la segunda ciudad más importante de Portugal y descubrir sus numerosos encantos: la catedral y su claustro, la torre de los clérigos, la universidad, la estación ferroviaria, la librería Lello, un puente diseñado por Eiffel…

Cuando estemos listos, nos alejamos de la zona más masificada siguiendo la margen derecha del Duero. Como la calzada tiene demasiado tráfico y la acera suele estar atestada de peatones, casi lo mejor es pedalear siguiendo la línea del tranvía siempre atentos, claro, no solo a que pueda venir este, sino también a que ningún otro conductor o peatón haya tenido la misma idea que nosotros.

Así, pasamos por la puerta del museo del tranvía (carro eléctrico) y bajo el impresionante puente de Arrábida dejando a nuestra izquierda un Douro que vuelve a ser cada vez más marítimo hasta que, finalmente, alcanzamos el punto en el que entrega sus aguas al océano con su entrada bien protegida por varios diques de abrigo debidamente señalizados con sus correspondientes faros. También vemos en este punto, a nuestra espalda si nos encontramos mirando al mar, una de las muchas fortalezas que protegían la línea de costa portuguesa: la de São João Batista da Foz (siglo XVI).

A partir de aquí seguimos la avenida que, a su vez, sigue la costa haciendo para ello uso del carril bici que separa la calzada de la acera (no olvidemos respetar los semáforos). Si se nos hace largo podemos detenernos en cualquier punto para tomar algo en cualquiera de los chiringuitos que hay al borde de la playa o en las muchas cafeterías que vemos al lado contrario de la calle o, simplemente, para perder la vista mirando al mar. En todo caso, nuestra siguiente parada no está muy lejos ya que, al llegar a una gran rotonda decorada con una estatua ecuestre, merece la pena detenerse a visitar el fuerte de San Francisco Javier (siglo XVII), que alberga un pequeño museo de historia militar visitable por apenas medio euro.

Volviendo a las bicis, seguimos ahora pegados a la arena hasta que el carril-bici nos devuelve a la calle principal justo un una rotonda decorada por una curiosa estructura conocida popularmente como la anémona y que en realidad se llama She Changes, o al menos así la bautizó su creadora, la artista norteamericana Janet Echelman en 2005.

Estamos ya en la localidad de Matosinhos y aquí nuestro carril bici hace uso de la ancha acera que bordea una de las playas más populosas de la zona. En el otro extremo del arenal, y ya entrando en el puerto, descubrimos un monumento del siglo XVIII que, al parecer, indica el punto en el que apareció la imagen del Bom Jesus de Bouças, más conocido como Señor de Matosinhos, al lado del cual mana también una fuente.

Antes de irse de Matosinhos no debemos dejar de degustar el pescado local en cualquiera de las decenas de restaurante que encontramos en las inmediaciones del puerto o, directamente, comprándolo en el mercado por el que pasamos camino ya del puente que nos permite cruzar el río Leça para pasar a la vecina Leça de Palmeira.

Al otro lado del puente, nuestra ruta continúa por una estrecha calle que va descendiendo suavemente en busca del mar. Al llegar allí, debemos girar a la derecha para proseguir nuestro camino hacia el norte, pero antes podemos, si así lo deseamos, retroceder unos metros por la costa para ver el fuerte de Nuestra Señora de las Nieves, del siglo XVII.

Ya en las afueras de Leça, a la altura de unas inmensas instalaciones de gas, encontramos el faro de Boa Nova, construido en 1926 y situado en lo alto de una espectacular torre de 46 metros de altura que hace que sea el segundo más alto del país, por detrás del de Barra, en Aveiro. No tenemos que avanzar mucho más para encontrar nuestro siguiente punto de interés que recibe además el mismo nombre que el faro (Boa Nova), la capilla franciscana consagrada a San Juan (o a un tal San Clemente das Penhas según otras fuentes) que, al parecer, fue fundada en 1392 aunque el pequeño edificio barroco que vemos hoy junto al mar es bastante posterior.

Seguimos rumbo norte y la pegatina de EuroVelo 1 que vemos que vemos pegada en una señal nos hace ser optimistas respecto a la señalización pero es un espejismo pues poco más adelante la especie de carril bici por donde rodábamos se acaba y la plataforma de madera que sigue la costa y por donde caminan los peregrinos tiene estrictamente vetado el acceso a las bicicletas (a lo largo de nuestra ruta terminaremos alucinando dela cantidad de dinero que se han gastado en señales prohibiendo las bicicletas, partida presupuestaria de la que parece que no sobró mucho para señalizar el EuroVelo 1). Así pues, no nos queda otra que rodar por la carretera (o por su acera) que separa la depuradora de la planta de gas, lo que es de todo menos bonito.

Algo más adelante encontramos un pequeño conjunto de casas y junto a la calzada por la que vamos vemos que han tenido, por fin, la buena idea de crear un carril bici con el firme pintado de rojo, lo que nos permitirá rodar mucho más tranquilos pero que nos impide acceder a puntos que podrían ser de interés como, por ejemplo, el obelisco que vemos más adelante y al que no podemos sino fotografiar desde bastante lejos.

De repente, sin previo aviso, el carril bici se acaba dejándonos huérfanos. Por unos metros podemos seguir por la acera pero enseguida no nos queda otra que echarnos al asfalto. Hacemos una breve incursión hacia el mar para ver si podemos seguir por allí pero las señales vuelven a prohibirnos el paso y nos obligan a regresar a la carretera aunque, por suerte, el carril bici vuelve a aparecer aquí.

Después de un giro a la izquierda para acercarnos más al mar nuestro querido firme rojizo juega a aparecer y desaparecer pero nosotros vamos más entretenidos fijándonos en detalles como el antiguo molino de viento reconvertido en vivienda que vemos a la derecha.

Volvemos a unirnos a la carretera, pedaleando por el carril bici hasta que en una curva este desaparece de nuevo bruscamente. Por suerte ahora encontramos un callejón que separa los muros traseros de unas casas de las dunas y por el que podemos circular un rato hasta que, más adelante, volvemos a la carretera y recuperamos el carril para bicicletas.

La siguiente vez que desaparece nuestro carril, debemos prestar atención para no perdernos el yacimiento arqueológico que dejamos a la izquierda: unos tanques para la salazón de pescado excavados en la roca de la playa y que datan del Bajo Imperio Romano (siglos IV-V). Una vez más, no podemos llegar hasta ellos en bici, pero esta vez no están lejos y podemos caminar dejando nuestras bicis a poco distancia.

Continuamos por la misma calle, primero rodeados de casas por ambos lados y, más tarde, solo por uno, dejando nuestro flanco izquierdo abierto a la playa que cuenta de nuevo en esta zona con más tanques romanos excavados en la roca. De repente la calle por la que estamos rodando se acaba y nos queda, sí o sí, la opción de la pasarela de madera que, por suerte, aquí sí está a nuestro alcance, pues las señales no nos lo impiden.

Así lo hacemos y descubrimos que este tramo de pasarela es breve, lo justo para permitirnos cruzar el río Onda por un puentecillo de madera. Después salimos de nuevo al adoquinado unos metros y volver de nuevo a la pasarela que nos lleva ahora, sobre pilotes, varios metros sobre la arena de la playa.

Pero la vida no es fácil y la pasarela se llena ahora de tramos escalonados en los que no nos queda otra que cargar con nuestras monturas, en vez de a la inversa como sería natural. Pasamos así por un roquedo coronado por un vértice geodésico donde un buen número de peregrinos descansa disfrutando de las vistas y donde un panel nos informa de que en la zona hay grabados rupestres que, según algunas teorías podrían ser runas vikingas o normandas.

Nosotros seguimos subiendo y bajando escalinatas y, cuando ya dudamos de que una reconocida ruta ciclista transeuropea pueda trascurrir por estos andurriales, una pegatina nos confirma que estamos en el camino correcto. Se encuentra pegada, precisamente en el panel que indica que estamos al ladito mismo del castro de São Paio, un yacimiento de la Edad del Hierro (primer milenio antes de nuestra era) que constituye el único castro marítimo de la costa norte del país. Sobre las zonas excavadas, coronando el montículo, vemos una pequeña ermita dedicada al mismo santo que dio nombre al castro al ser descubierto en los años cincuenta del pasado siglo.

Pasado un chiringuito de playa, volvemos a un camino que de inmediato nos deja en nuestros añorados adoquines, que discurren aquí pegados a la pasarela. De hecho, cuando se acaba la calle por la que vamos, nos toca regresar ala pasarela para evitar el arenal y poder seguir avanzando por la costa.

Así llegamos a una pequeña aldea de pescadores donde lo primero que vemos es un pequeño jardín donde una lápida recuerda que aquí terminó durante la Segunda Guerra Mundial un bombardero inglés trataba de regresar a Gibraltar después de una misión y cuyos siete tripulantes sobrevivieron gracias a la ayuda de los pescadores locales. Los mismos pescadores cuyos descendientes tratan hoy de sacarse unos eurillos extra con obras como la que vemos unos metros más adelante: unos simpáticos monigotes creados con materiales de desecho que, a modo de photocall, invitan a los peregrinos a sacarse una foto entre ellos.

Tras un nuevo tramo adoquinado nos metemos de lleno en otra aldea pescadora donde las viviendas tradicionales aún conservan todo su encanto, si bien algún extravagante no ha escatimado en recursos artísticos para que la suya destaque sobre las demás. El pequeño puerto de esta localidad, encajado entre un faro y una capilla moderna, conserva también toda su actividad.

Subiendo un pequeño repecho nos separamos del y rodamos entre las casas de una localidad que, por lo que vemos, es más grande de lo que parecía al principio. Cuando nos parece que abandonamos ya el casco urbano, lo hacemos para meternos en otro y, cuando parecemos regresar a la playa, giramos bruscamente para volver a encerrarnos entre las casas.

Cuando por fin, después de lo que parece ya más una urbanización vacacional que una villa costera, salimos al campo, lo hacemos a lo bruto, pues el camino que tomamos se adentra en el Paisaje Protegido Regional del Litoral de Vila do Conde y Reserva Ornitológica de Mindelo y pasamos a rodar por una serie de estrechos caminos donde la arena de las dunas y la cerrada vegetación a veces complican la cosa. Después de unos metros así y de algún cruce conflictivo el camino se ensancha y mejora para cruzar un agradable bosquecillo del que salimos ya, una vez más, en pleno casco urbano de un nuevo pueblo (Areia).

Después de girar a la izquierda en un cruce regulado por semáforos (existen junto al cruce varias cafeterías donde podemos esperar sentados a que nos toque pasar), por la ya habitual carretera adoquinada abandonamos esta localidad para dirigirnos a la siguiente que, en esta ocasión, son ya los arrabales de la ciudad de Vila do Conde.

Aquí nuestra ruta es un poco confusa, pues nos lleva al encuentro de una transitada rotonda para continuar después al otro lado. Yo recomiendo desviarnos a la izquierda antes de llegar allí para acercarnos a la iglesia cuya torre ya llevamos viendo desde hace un rato y que no es otra que la de San Francisco de Azurara, en cuyo interior se guardan las reliquias de San Donato y que formó parte de un antiguo convento cuyo origen, anterior al siglo XVI, se pierde en el tiempo. Las reformas que le dieron el aspecto actual son de mediados del siglo XVII.

Desde aquí vamos a rodear el cercano cementerio y, ahora sí, vamos a cruzar la carretera principal en dirección a la otra iglesia que ya divisamos y que, al estar también en la localidad de Azurara, tiene un nombre bastante parecido a la anterior: Santa María de Azurara. Se trata de una rotunda construcción del siglo XVI que presenta una clara distribución en tres naves, estando la principal almenada en el exterior, y un bonito ábside manuelino. Frente a ella podemos ver un crucero.

Ahora nuestra ruta nos lleva, desde el ábside dela iglesia, por la calle que lleva en dirección a la ciudad pero, para nuestra desgracia, se trata de una calle de sentido único que no es precisamente el que nosotros llevamos. De seguirla, debemos hacerlo con mucho cuidado, pero podremos ver una sucesión de añejos y bellos edificios, como la Casa da Praça o la Iglesia de la Misericordia.

Pero ha llegado ya el momento de incorporarnos a la carretera principal, más que nada por es la única forma de salvar el río Ave que se acaba de poner en nuestro camino. Nada más embocar el puente las vistas ante nosotros son de impresión, con la imponente fachada sur del monasterio de Santa Clara de Vila do Conde dándonos la bienvenida a la ciudad. Para acceder a él, casi lo mejor es desviarnos a la derecha inmediatamente después de llegar a la otra orilla y subir después por la calle que se aleja del Ave hacia la izquierda y que rodea el monasterio (que, por cierto, como podemos apreciar claramente desde esta calle adoquinada, se encuentra en obras).

Al llegar arriba lo primero que vemos son otras cosas que dejan aparcado por un momento nuestro interés por Santa Clara. La primera es la iglesia del convento de San Francisco (antiguamente de la Encarnación) del siglo XVI. La segunda cosa que llama nuestra atención (más que nada porque tenemos que pasar bajo ella) es el largo acueducto de San Antonio que, iniciado en el siglo XVII y concluido en 1714, permitía abastecer de agua a las monjas residentes en Santa Clara que, cansadas de subirla desde el río Ave con una noria, prefirieron sustituirla con la traída desde una fuente situada en Terroso (a unos siete kilómetros de distancia). El acueducto era subterráneo hasta Beiriz pero desde allí venía sobre 999 arcos de medio punto (se sigue conservando la mayor parte de este trayecto de casi cinco kilómetros así que el que tenga tiempo ya sabe qué puede hacer).

Respecto al monasterio de Santa Clara (a cuyo interior no pude acceder en el momento de mi visita), decir que data de 1318, si bien todo lo que ahora vemos es muy posterior y fruto de posteriores intervenciones (la principal fue la llevada a cabo en el largo periodo entre 1778 y 1940). Debido al decreto de extinción de las congregaciones religiosas que se estableció en Portugal en 1834, este convento dejó de funcionar como tal el día que murió su última monja (en 1893) y actualmente es un hotel cuyos huéspedes pueden disfrutar desde sus habitaciones de las maravillosas vistas que nosotros, humildes cicloviajeros, solo podemos contemplar desde el exterior.

Volviendo al nivel de la ciudad, no debemos abandonar Vila do Conde sin visitar su iglesia matriz de San Juan Bautista, construida entre los siglos XV y XVI (la torre fue añadida en el XVII) y que cuenta en su interior con retablos de madera dorada del siglo XVIII.

Siguiendo la orilla del río, y ya con intención de salir de la ciudad, podemos aún ver alguna curiosidad, como la Nao Quinientista (una réplica moderna de una embarcación portuguesa del siglo XVI), la capilla del Socorro (una pequeña capilla construida entre 1599 y 1603 y que, con su cúpula esférica se asemeja a los templos orientales que su comitente, Gaspar Manoel Carneiro, había conocido en sus viajes por el mundo), el inmenso reloj de sol que ocupa la plaza de Don Juan II, la Capela de Nossa Senhora da Guia (una pequeña ermita cuyos orígenes se remontan al siglo X y que se encuentra justo en la separación entre el río Ave y el océano Atlántico) o, ya en la fachada atlántica de la ciudad, el fuerte de San Juan Bautista (del siglo XVI y similar a los otros muchos fuertes que hemos visto, y veremos, a lo largo de nuestra ruta).

Desde el fuerte hay un carril bici que sigue el borde de la playa hacia el norte. Nuestro track, sin embargo, nos indica que sigamos la calle principal, lo que carece de mayor importancia alno tener demasiado tráfico y converger ambas vías poco más adelante. La verdad es que, salvo por algún tramo un poco más agreste, parece que no hemos abandonado aún Vila do Conde, pues rodamos continuamente con la playa y sus chiringuitos a la izquierda y una interminable sucesión de casas y locales comerciales al otro lado. Cuando un campanario interrumpe la monotonía a nuestra derecha, no merece la pena detenerse más que para comprobar que se trata en efecto de un templo moderno y no de un transbordador espacial listo para el despegue. Estamos en Caxinas, en la parte trasera de la iglesia de Nosso Senhor dos Navegantes, diseñada por Manuel Gonçalves en 1928.

La siguiente iglesia que vemos en nuestro recorrido, ya en Póvoa de Varzim, también intenta pasar desapercibida haciéndose pasar, en esta ocasión, por un faro. En realidad, se trata solo de la torre trasera de la iglesia de Nossa Senhora da Lapa que, fundada por misioneros franciscanos españoles en 1772, cuenta también con un campanario propiamente dicho, de estilo barroco, en su fachada principal. Bajo la torre-faro, una imagen de la virgen preside el panel que recuerda la tragedia acaecida en el invierno de 1892, cuando un temporal sorprendió faenando a los pescadores locales matando nada menos que a 105 de ellos.

Siguiendo por nuestro carril bici, y dejando el puerto deportivo de Póvoa de Varzim a nuestra izquierda, detrás de un parquecillo, vemos a nuestra derecha una más de las ya familiares fortalezas abaluartadas (se trata ahora de la de Nuestra Señora de la Concepción, de principios del siglo XVIII) y, casi a continuación, el inmenso edificio neoclásico que, desde los años 30 del siglo XX, alberga el casino de Póvoa.

Volvemos a ponernos ahora en paralelo a un largo arenal y, alternando carril bici, acera, paseo marítimo y calzada adoquinada, vamos a comprobar que la playa de Póvoa de Varzim es, efectivamente, muy larga. De hecho, mientras el interminable arenal continúa sin más interrupciones que la desembocadura de un pequeño riachuelo, nosotros nos vemos obligados a apartarnos un poco de la costa para seguir por una carreterilla de adoquines que se abre paso entre huertos y otros solares de uso variado hasta llegar al cabo de San Andrés donde, junto al gran hotel que lleva el mismo nombre, los peregrinos siguen su ruta por la pasarela que pasa sobre las dunas mientras los ciclistas quedamos, una vez más, abandonados a nuestra suerte.

No nos queda otra que volver nuestros manillares hacia el interior, casi hasta la ermita de San Andrés, y girar allí a la izquierda para buscarnos la vida intentando mantenernos lo más pegados que podamos a la costa mientras erramos entre las innumerables casas que invaden la zona. Un buen rato después, cuando ya hace tiempo que hemos dejado atrás Barranha y rodamos entre tantos invernaderos que creemos estar en Murcia, nos sorprende volver a encontrar peregrinos compartiendo nuestros adoquines: hemos vuelto al buen camino. ¡Aleluya!

Tras haber cruzado una carretera asfaltada nos adentramos en el caserío de Apúlia (la iglesia principal de la localidad queda, no muy alejada a nuestra derecha, por si nos interesa). Como la calle por la que nos manda el track es de dirección prohibida, seguimos de frente para girar a la izquierda por la siguiente y volver casi enseguida a la ruta correcta, de lo que nos percataremos porque casi de inmediato veremos a nuestra izquierda el principal atractivo turístico local: los cinco espectaculares molinos de viento construidos sobre las dunas que nos separan de la playa y a los que se accede a través de una plataforma de madera (como siempre que hay escalones, esta vez sí nos dejan subir a ella con las bicis).

Dejando atrás los molinos, pedaleamos por una carretera adoquinada que poco a poco se va alejando del mar y adentrándose en un bosque de pinos. A nuestra izquierda, junto a la playa, queda el conjunto de casas-barco de Pedrinhas, unas curiosas y antiguas construcciones en piedra con forma de casco de barco invertido de gran valor etnográfico.

La vía por la que circulamos termina en las proximidades de la playa de Ofir, un enclave vacacional en el que hemos de girar a la derecha para remontar el curso del río Cávado, que no tardamos en divisar a nuestra izquierda. Cuando encontramos la ocasión de cruzarlo en la forma del puente de Fão (finales del s. XIX) lo hacemos para inmediatamente después girar a la izquierda y seguir las aguas por la margen opuesta gracias al carril bici que, ya en las calles de Esposende, nos devuelve a la primera línea de playa. Justo en el punto en el que el Cávado dona sus aguas al padre Atlántico encontramos un nuevo fuerte abaluartado que, en este caso, alberga también entre sus añejas piedras un faro de hierro más moderno. Se trata de la Fortaleza de San Juan Bautista, construida entre 1699 y 1704.

A la salida de Esposende arranca una ecovía que sigue la costa hacia el norte. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, nuestro track nos lleva rodeando el casco urbano hasta la cercana carretera N-13, donde empieza un verdadero infierno, pues se trata de una vía muy transitada y con un arcén inexistente, lo que nos hará disfrutar de primera mano del poco respeto que los conductores portuguesas tienen por los ciclistas.

Como pedalear por aquí es horrible, nos valdremos de cualquier oportunidad para abandonar la carretera aunque solo sea un momento, como ocurre, por ejemplo, al pasar por una pequeña capilla dedicada a San Sebastián o cuando lo hacemos a la altura de la iglesia de São Miguel das Marinhas, una construcción de 1930 cuyo origen mucho más antiguo se intuye por el retablo renacentista o por los dos sarcófagos medievales que se muestran en el jardín junto a la cabecera del templo.

Pasamos poco después por la casa-museo dedicada al arquitecto racionalista local Alfredo Viana de Lima, pero a mí me resulta más interesante el pequeño tesoro que encontramos en la parte trasera de la iglesia de São Bartolomeu do Mar (a la izquierda en nuestro sentido de la marcha) y que no es sino un interesante menhir del Calcolítico o de la Edad del Bronce (segundo o tercer milenio a.C.) que tiene forma y tamaño ligeramente antropomorfos y cuya superficie está cubierta casi por completo de un total de 19 cazoletas. Algo más adelante veremos también un indicador de otro monumento megalítico de este tipo, pero se encuentra ya algo más alejado de nuestra ruta. En cuanto a la iglesia de San Bartolomé que hemos tenido que rodear, poco que mencionar, pues no presenta un exterior excesivamente atractivo y se encontraba cerrado a cal y canto, aunque merece la pena mencionar que en el mes de agosto se realiza un curioso ritual en el que niños y jóvenes se bañan en la cercana playa, dejándose golpear por un número impar de olas y alejado así al demonio (tradición que recuerda a los ritos de fertilidad que se realizan en otras playas como la gallega de A Lanzada).

La carretera se hace más y más monótona a medida que va avanzando hacia el interior y el tráfico cada vez resulta más molesto, sin mencionar el hecho de que empezamos a subir de forma perceptible (pero poco importante). Después llegamos a un breve descenso durante el cual debemos tomar un desvío hacia la izquierda (poco antes de llegar al cruce con una autovía) para terminar de bajar y volver a girar después a la izquierda.

Acabamos de abandonar el distrito de Braga y el adyacente de Viana do Castelo nos recibe con un repecho importante que notamos nada más tomar el mencionado desvío a la izquierda. Por suerte la subida dura poco más de un kilómetro y, a la altura de Santiago de Castelo de Neiva, da paso a un descenso que nos lleva hasta una rotonda donde giramos a la izquierda para ascender de nuevo ligeramente.

Después volvemos a descender por una carretera ancha pero que dispone de un arcén envidiable. Después de salvar varias rotondas y de subir un breve repecho, llegamos a una nueva glorieta donde giramos a la derecha y, en la siguiente, a la izquierda para descender ya definitivamente hacia el río Limia, que vamos a salvar por todo lo alto: por un puente diseñado por el mismísimo Gustave Eiffel que, aunque no podamos disfrutarlo por el denso tráfico, nos deja ya en el centro de Viana do Castelo.

Nada más cruzar el río debemos torcer a la izquierda y volver atrás unos metros para bajar desde el puente al parque conocido como Jardim da Marginal, junto al puerto local, desde donde se tiene una buena panorámica del puente que acabamos de cruzar.

Siguiendo la orilla del Limia y pasando junto al Jardim da Marina, encontramos anclado el buque Gil Eannes, un antiguo navío bacaladero que ahora sirve de museo de la tradición marítima de la localidad.

Después de girar en ángulo recto por la avenida por la que pedaleamos, nos encontramos ante un gran parque que se extiende ante una nueva fortificación abaluartada. Se trata del fuerte de Santiago da Barra, que fue construido por Filippo de Terzi a finales del siglo XVI (cuando Portugal era parte de los dominios españoles) sobre una fortificación anterior (quizás del siglo XIII o del XV). Quizás sea desde las murallas de Santiago da Barra desde donde mejor se contemple el monte de Santa Lucía que, con sus 228 metros de altura domina la ciudad desde el norte y en cuya cima destaca el templo neobizantino (s. XX) que da a esta localidad portuguesa un cierto aire montmartriano. En la parte más elevada se encuentra también un castro digno de una visita que no pude hacer porque el funicular que lleva a la cumbre no estaba operativo y por no disponer de tiempo para subir en la bici (pero es una subida que merece la pena, aunque solo sea por las vistas).

Y ya que hablamos de visitas, también es este un buen punto desde el que partir a explorar la ciudad que cuenta con numerosos atractivos como, por ejemplo, la populosa Plaza de la República, rodeada de bellos edificios alrededor de una fuente monumental o la preciosa catedral del siglo XV de estilo gótico-románico y torres almenadas, entre otras iglesias, edificios y detalles de gran interés.

De vuelta al fuerte de Santiago da Barra, en el extremo opuesto del parque encontramos una iglesia del siglo XVIII y estilo barroco que es conocida por albergar a la Virgen de la Agonia, patrona local y protagonista, en agosto, de una importante romería anfibia (porque además de por las calles de la ciudad, también se celebra sobre las aguas del Limia).

Giramos aquí a la izquierda para dirigirnos derechitos a la costa, donde retomamos nuestra sana costumbre se seguirla hacia el norte. No necesitamos mucho tiempo para recuperar también otra vieja costumbre como es la de toparnos con fuertes abaluartados, esta vez en la forma del Fortim da Areosa, terminado de construir en 1701 y que da fe de lo mal que portugueses y españoles nos llevábamos antaño.

Justo donde acaba la pasarela de madera que pasa frente al fortín, y al lado mismo de una extraña escultura de un pez, tomamos el camino (podríamos considerarlo un carril bici) que continúa costa adelante y que nos lleva a pasar junto a un nuevo molino de viento (ya carente de aspas) que nos distrae del hecho de que justo al otro lado del camino tenemos una planta depuradora. No será el único de estos restos etnográficos que encontraremos en este rocoso tramo de costa pues poco más adelante, tras pasar junto al campo de fútbol local, encontraremos varios más.

En Canto Marinho, nuestro carril bici pasa ante unas bonitas casas de pescadores (galpones, más bien) y, un poco más allá, junto a unas antiguas salinas rupestres (en una zona en la que también hay petroglifos) el inmejorable firme que llevamos disfrutando en los últimos kilómetros se transforma en una dura subida empedrada que se aleja de la costa hacia un grupo de casas. Estamos en Montedor y no debemos abandonar la diminuta localidad sin acercarnos a ver el pequeño grupo de molinos de viento que, en maravilloso estado de conservación, dejamos a pocos metros a la izquierda de nuestra ruta. A la derecha, coronando el cercano monte, vemos el imponente faro de Montedor, el más septentrional de Portugal, construido a principios del siglo XX.

En este punto el firme empedrado por el que hemos cruzado el pueblo recupera su carácter de carril bici que avanza pegado a la calle de adoquines y se independiza después para internarse por su cuenta en un delicioso bosquecillo. A la salida del mismo debemos tomar la vía adoquinada que encontramos para, hacia la izquierda, dejarnos caer por ella hasta el mar en cuya orilla encontramos una pasarela de madera que nos permite continuar por la costa, pasando por delante del fuerte de Paçô, una fortificación abaluartada del siglo XVII que parece haber tenido una vida más dura que otras similares que hemos visto en nuestra ruta, encontrándose en estado de abandono (hasta un cartel publicitario le han plantado encima).

Al llegar al cercano aparcamiento, nuestra ruta se desvía del carril bici que aquí reaparece (sospecho que el track que utilizo es un poco antiguo) y nos dirige hacia el interior por una carretera adoquinada. Giramos después hacia la izquierda y seguimos hacia el norte atravesando una zona de campos de cultivo donde alcanzo a ver hasta un faisán en libertad. Después de atravesar un pequeño riachuelo junto a una casa, viramos una vez más a la derecha para pasar bajo una transitada nacional y bajo la vía férrea incorporándonos después a una carretera más pequeña que tomamos, como no podía ser menos, hacia el norte para atravesar la localidad de Afife, cuya iglesia queda al borde de la carretera por la que circulamos (a la derecha).

Desde que hemos tomado esta carretera en Afife hemos ido subiendo ligeramente y, pasado el pueblo, mantenemos la carretera y la altitud hasta que desembocamos en una carretera más ancha que no es sino la misma N-13 que tantos problemas nos ha dado en este viaje (a poca distancia de este cruce, hacia el oeste, me consta que se conserva el dolmen conocido como Mamoa da Eireira y algo más abajo, en la costa de Gelfa, podríamos encontrar también la fortificación llamada Forte do Cão). La tomamos hacia la derecha y circulamos por ella en descenso hasta que, recuperado el nivel del mar, encontramos una rotonda en la que giramos a la izquierda. Poco después nos desviamos de nuevo a la izquierda para seguir el curso del río Âncora en los pocos metros que, serpenteando a través de la playa, le quedan para desembocar en el Atlántico.

Pasada ya esta desembocadura, lo primero que vemos es un nuevo fuerte, el Fortim da Lagarteira, que fue construido en el siglo XVII para, junto con el ya mencionado Forte do Cão, proteger ambos extremos de la larga playa que hemos dejado atrás.

Siguiendo la costa por el carril bici, dejamos ya atrás esta localidad de Vila Praia de Âncora y, pasando ante una depuradora y tienda de mariscos, llegamos a una bonita ermita consagrada a San Isidoro, de cuya existencia ya se tenía constancia en el siglo XIV. En la zona, un grupo de ponis sueltos hace las delicias de los peregrinos que se desviven por fotografiarse junto a ellos.

A partir de aquí los peregrinos siguen recto buscando la vía de tren que hallarán junto al crucero de San Isidoro. Nosotros, en cambio, nos escoramos ligeramente hacia el mar, cuya costa seguimos al borde de las rocas, dejando al otro lado numerosas piedras organizadas en hileras que separan las fincas de pasto por las que pacen libremente las cabras.

Esta ecovia o carril bici por la que circulamos nos lleva a una pequeña población de viviendas vacacionales que se extiende la lo largo de la costa hasta unirse con la localidad de Moledo, cuya larga playa tenemos que bordear hasta llegar a un chiringuito con terraza haciendo esquina entre la playa y un aparcamiento. Desde aquí tenemos una magnífica vista, aunque en la lejanía, de un nuevo fuerte abaluartado al que no vamos a poder acercarnos mucho más en bicicleta, porque está construido sobre un islote que domina la desembocadura del Miño. Se trata del Forte da Insúa y, como casi todos los fuertes que hemos visto durante nuestro viaje, fue construido en el contexto de la Guerra de la Restauración de la Independencia (mediados del siglo XVII).

Salimos de Moledo siguiendo la carretera que sigue la costa y, poco después de que esta gire en ángulo recto a la derecha, tomamos un sendero que, a la izquierda, se adentra en un bosque de pinos. Seguimos en línea recta, salvando los frecuentes bancos de arena, a través de éste hasta que alcanzamos el aparcamiento de un campo de fútbol, momento en el que doblamos a la izquierda, hacia el mar y, ya cerca de la playa, giramos de nuevo a la derecha para ir a salir a la orilla del río Minho. A nuestra derecha hemos dejado una ermita que, aunque diminuta en tamaño, lleva dos nombres diferentes (Nossa Senhora do Bom Sucesso y Nossa Senhora das Areias) y que, además, está construida en homenaje a una tercera Señora, la de las Nieves, por ayudar a las tropas locales a vencer a los invasores franceses en 1809. La capilla fue prácticamente reconstruida por completo a mediados del siglo XX.

Al salir a la orilla del Minho, no serán pocos los marineros locales que salgan a nuestro encuentro para ofrecerse a transportarnos hasta la cercana A Guarda, ya en España y siguiente objetivo de los peregrinos que siguen el Camino de la Costa, cuyo famoso monte de Santa Tecla ya domina (o más bien tapa) el horizonte. Nosotros, sin embargo, declinamos las invitaciones y tomamos a la derecha para remontar el río por su margen izquierda. Después de un primer tramo tranquilo, giramos después a la izquierda para circular pegados a la N-13 por última vez hasta la cerca localidad de Caminha.

En Caminha no dejaremos de visitar la Torre do Relógio (única puerta conservada de la antigua muralla y que recibe este nombre por llevar, desde el s. XVII, un reloj incrustado en lo más alto de su fachada), la Iglesia de la Misericordia (del siglo XVI, reconstruida entre los siglos XVII y XVIII), la monumental Iglesia Matriz (construida entre los siglos XV y XVIII, por lo que muestra estilos gótico, renacentista y manuelino) y las murallas abaluartadas del siglo XVIII que serán, por ahora, la última fortificación de este estilo que veamos en esta ruta pues aquí, entre Caminha y el río acaba nuestro viaje.

En realidad, no está claro que la ruta EuroVelo 1 acabe aquí, pues en algunas guías la alargan hasta Valença do Minho (si queremos pedalear también este tramo solo tenemos que cruzar por la N-13 la desembocadura del Coura y después seguir la Ecopista del Minho) e incluso existen rumores de que pronto será extendida hasta Fisterra, donde se unirá al EuroVelo 3 que también ha sido extendido recientemente hasta alli. Pero nosotros, por hoy, vamos a aparcar las bicis en Caminha. Quien quiera llegar hasta el fin de la tierra solo tiene que rastrear esta misma página y encontrará rutas sobradas para hacerlo. ¡Buen Camino!

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