Buscando el norte: Vía Verde Ruta de la Plata

Provincias: Cáceres, Salamanca, Zamora y León

Distancia: 330 km aprox.

Mapa:

Descripción:

Para quienes, como el que esto escribe, crecimos en la zona norte de la ciudad de Salamanca, la ruta ferroviaria Vía de la Plata era simplemente conocida como «las vías»; y entre esas vías nos criamos, habituados a la compañía de traviesas y vagones, haciendo de todo en su cercanía y jugando, incluso, a dejar monedas (pesetas rubias, que no estaba el presupuesto para más alardes) en los raíles para que el siguiente convoy las aplastase al pasar sobre ellas. Sin ir más lejos, la primera carrera de mountain bike en la que participé siendo más joven -e infinitamente más competitivo- transcurrió por los senderos dibujados en los descampados aledaños a «las vías».

Pero esas vías eran algo más extenso que los niños que no habíamos subido nunca a un tren desconocíamos. La línea ferroviaria unía, desde 1896, la extremeña localidad de Plasencia con la leonesa Astorga y tomaba su nombre (al-Balat o vía Delapidata) de la calzada romana con la que compartía espacio geográfico: la mítica Vía de la Plata. Esa ruta operada, cómo no, por RENFE, cerró sus vagones a los viajeros nada más comenzar el año de 1985 y, aunque aguantó otra década larga como conexión para trenes de mercancías, fue abandonada definitivamente en 1997. Desde entonces, los espacios entre las traviesas fueron invadidas poco a poco por los abrojos hasta que se consiguió finalmente convertir algunos de sus tramos en una gran vía verde que, cuando se complete, tendrá nada menos que 330 kilómetros de longitud (suponiendo, claro está, que los eternos proyectos de reapertura de la línea sigan quedando en agua de borrajas como lamentablemente ha venido sucediendo una y otra vez y no se revierta la transformación para volver a dejar paso a los ferrocarriles). Por ahora, los tramos ciclables son tres: entre la propia Plasencia y Béjar (aunque el primer trozo no esté oficialmente terminado y el último se alargue casi hasta Navalmoral), entre la ducal Alba de Tormes y Carbajosa de la Sagrada (a las puertas de la capital charra) y, finalmente, entre las zamoranas localidades de Barcial del Barco y Pobladura del Valle (hasta el límite provincial con León, en realidad). Un cuarto tramo, que conectaría los dos primeros, se encuentra actualmente en su fase de diseño.

Preparemos las alforjas y vayámonos, pues, de viaje por la Vía Verde Ruta de la Plata. ¡Viajeros, al tren!

TRAMO PLASENCIA – JARILLA

Comenzamos el viaje en una localidad de cierta importancia e impresionante belleza. No voy a describir Plasencia en detalle porque no saldríamos nunca de ella y porque ya hemos estado aquí en alguna otra ocasión, así que me limitaré a decir que sería imperdonable empezar a pedalear sin perderse antes por el casco urbano de esta ciudad extremeña para visitar sus dos catedrales, sus murallas, su acueducto o algunas de sus muchas iglesias y palacios.

Una vez hayamos disfrutado de la capital placentina, es hora de cruzar el río Jerte y dirigirnos al sur, hasta la cercana estación ferroviaria: tenemos un tren que tomar… o, más bien, solo la plataforma de las antiguas vías.

En realidad, la estación de Plasencia todavía está en activo, aunque desde los años ochenta el tráfico ferroviario solo se dirige hacia el sur de la ciudad, y como nosotros vamos al norte, lo mejor es que nos dirijamos hacia el barrio de San Lázaro que, aunque no goza precisamente de una fama demasiado buena, es donde comienza nuestro camino. Para llegar allí, a no ser que queramos visitar la ermita dedicada al famoso santo zombi -que se levanta junto al puente del mismo nombre-, lo mejor es que, desde el centro de la ciudad, nos dirijamos al puente de las Tenerías, lo crucemos (sin dejar de apreciar las aceñas que vemos en el río), sigamos de frente en la rotonda e, inmediatamente después de pasar bajo las vías, tomemos a la derecha para acceder a ellas justo en el punto donde comienza oficialmente la Vía Verde Ruta de la Plata.

Escribiendo…

TRAMO JARILLA – NAVALMORAL DE BÉJAR

Distancia: 48 km aprox.

Track: Descargar VVRutaPlata_Jarilla-Navalmoral.gpx

Pues, como digo más arriba, los primeros kilómetros de Vía Verde desde Plasencia están ya terminados pero sin inaugurar (de hecho, faltan también algunos remates de la señalización que no han podido ser terminados por problemas con el suministro del material). La amable mujer que atiende la oficina de turismo de Hervás me dice que, aunque permanece vallado, ya es posible realizar todo el recorrido y que ella misma lo realizó hace poco. En todo caso, como tengo una larga jornada de bici por delante, prefiero dejar los primeros veinte kilómetros para otra ocasión en la que aprovecharé, también, para acercarme a las cercanas ruinas romanas de Cáparra que hace años que no visito.

Comenzamos así esta ruta, por ahora, en medio de la nada, al pie de la N-630 y un poco más al norte del cruce con la carretera que va desde la ya mencionada Cáparra a la localidad de Villar de Plasencia. En este punto, nuestra Vía Verde pasa una especie de túnel para pasar bajo la autovía A-66 «Ruta de la Plata» y queda por tanto encajonada entre esta y la nacional, si bien no tarda mucho en liberarse de su presidio y, tras pasar de nuevo bajo la autovía, ponerse en paralelo a la nacional que llevaremos a nuestra izquierda, a mayor o menor distancia, casi hasta Béjar.

Pedaleamos por un tramo de firme asfaltado (o algo parecido al asfalto pero más suelto, por lo que es de esperar que no tarde en perder parte de la gravilla para asilvestrarse un poco) que, aunque en continua subida, de tan suave parece llano. Nos limitamos por tanto a disfrutar del entorno y a prepararnos para lo que viene. Por tanto, nadie nos mirará mal si aprovechamos la cercanía de la poco transitada nacional para hacer uso de la cafetería, restaurante e incluso del hotel que dejamos a la izquierda a poca distancia de la antigua vía férrea por la que transitamos. A la derecha dejamos también, a apenas un par de kilómetros pero a mayor altura, la localidad de Jarilla.

El firme semiasfaltado deja pronto paso a la tierra al adentrarnos en un tramo inaugurado algún tiempo antes que el que hemos venido recorriendo hasta ahora. En los próximos kilómetros, hasta llegar al término municipal de Hervás, no son raros tampoco los tramos en los que la vegetación ha invadido la Vía Verde estrechándola considerablemente.

Por ahora lo que encontramos es un olor peculiar en el ambiente y no precisamente agradable (al menos para el gusto del que esto escribe). El aroma, con ciertos toques de materia fermentada, proviene de una fábrica que dejamos a la izquierda y que se dedica al procesamiento de las aceitunas que produce esta tierra extremeña. Pasamos así con cierta prisa la antigua estación de Casas del Monte aunque, si el viento nos es favorable y arrastra el olor en otra dirección, podemos hacer uso del área de descanso que han construido es este lugar. Merece la pena que diga aquí que Casas del Monte es una de las localidades que vamos a ir viendo colgadas en la ladera de las montañas que se nos van acercando por la derecha (más tarde serán Segura de Toro y Gargantilla) y hasta las que no pedaleé bien por ser ya viejas conocidas, bien por falta de ganas de subir las empinadas cuestas que llevan a ellas.

Nuestra ruta prosigue por el camino de tierra que a veces se estrecha por la vegetación y en ocasiones se encharca ligeramente (nada preocupante más allá de las salpicaduras de barro). Los restos ferroviarios son abundantes, y no solo por las trincheras por las que circulamos y que fueron excavadas para permitir el paso del tren o por las estructuras que antaño permitían cruzar las vías y que ahora cuelgan maltrechas sobre nuestros cascos, sino también por semáforos, mojones y otra señalización. Cruzamos de vez en cuando algún riachuelo por puentes reconstruidos y con los tablones que conforman el suelo grabados con la leyenda «Camino Natural Vía de la Plata». El paisaje adehesado cada vez se va tupiendo más de encinas y la sierra que llevamos desde el principio a la derecha parece venir a nuestro encuentro, lo que nos hace temer un duro encuentro con sus rampas cuando nuestros destinos terminen convergiendo. Como no hay mucho que decir de nuestra ruta en los próximos kilómetros (más allá de deleitarnos con el magnífico entorno que nos rodea), aprovecho para decir que, a no mucha distancia de nosotros (a apenas tres kilómetros a la izquierda), se halla la localidad de Abadía con su palacio de Sotofermoso, un edificio mudéjar que perteneció a la Casa de Alba y que fue originariamente una fortaleza templaria y una abadía cisterciense (de ahí el nombre del pueblo). Lo más destacable del palacio son sus jardines renacentistas, mandados construir por el duque de Alba Fernando Álvarez de Toledo y que fueron la envidia de la España de su tiempo aunque, lamentablemente, hoy se han perdido casi en su totalidad. Me consta que es posible visitarlo pero las pocas horas de apertura al público me hacen desistir de intentarlo.

Así, sin dejar de subir en ningún momento, alcanzamos la antigua estación de Aldeanueva del Camino, cuyas instalaciones (un almacén en pésimo estado y el propio edificio de la estación que sí parece conservarse bien) dejamos a la izquierda de la vía. Apenas unos metros más adelante llegamos a un punto conflictivo, pues hemos de cruzar una carretera en un paso a nivel con visibilidad reducida, pues la carretera describe sendas curvas cerradas a ambos lados del cruce. Por suerte, la escasez de vegetación u otros obstáculos, junto al hecho de que el tráfico no suela ser demasiado intenso, simplifica resolver la papeleta. De hecho, podemos aprovechar el cruce para, a nuestra izquierda, acercarnos a Aldeanueva del Camino, localidad que, como su propio nombre indica, siempre ha estado ligada al paso de viajeros, desde los antiguos romanos, los peregrinos jacobeos o los conductores que utilizan la N-630 o la A-66, hasta quienes hacían uso de la vía férrea o incluso de la moderna Vía Verde. Una localidad en la que, por tanto, podemos encontrar un buen número de servicios como hoteles o restaurantes. En sentido contrario -a nuestra derecha-, la carretera nos permite acceder a la cercana Gargantilla o, algo más lejos y retrocediendo, a Segura de Toro, donde el esfuerzo de llegar hasta allí se verá recompensado con las vistas de un castillo o del verraco vetón (escultura pétrea del s.VI a.C.) que da nombre a la localidad.

Seguimos adelante por una Vía Verde con un firme en inmejorable estado. Junto a la vía vamos dejando ruinas de antiguas construcciones, señalización de la vía férrea y fincas dedicadas tanto a la ganadería como a la caza. A la izquierda, al otro lado de la autovía, tenemos una amplia panorámica de Aldeanueva del Camino y del territorio que se extiende muchos kilómetros más allá, en el entorno del embalse de Gabriel y Galán, en el río Alagón. A la derecha, la cadena montañosa se acerca amenazadora y ya vemos frente a nosotros que no hay escapatoria posible: tarde o temprano tendremos que subir.

De hecho, el entorno ya ha cambiado de forma perceptible. Del paisaje adehesado dominado por las encinas y algún olivo despistado, hemos pasado a una vegetación más típica de las zonas montañosas: robles y algún que otro castaño salpicados aquí y allá por vegetación de ribera (me atrevería a decir que alisos, pero mis conocimientos de botánica no son como para presumir). El color amarillo que domina los campos si hacemos esta ruta desde mediada la primavera hasta ya casi entrado el invierno va dejando paso a un verde que se mantiene durante todo el año y solo algún campo de cultivo interrumpe el cada vez más denso bosque. Nos encontramos ya en las inmediaciones del Castañar Gallego de Hervás (podemos detenernos a respirar su frescura junto a la fuente que dejamos a la derecha, al otro lado de una pequeña carretera), espacio natural protegido de recibe su nombre de quien lo donó en 1264 a la localidad: la mujer de Alfonso X «el sabio», Violante de Aragón «la gallega». Además de castaños, dicen que también crecen aquí el rebollo, el arce y el acebo pero, como he dicho, el que esto escribe no los reconocería ni aunque chocase contra uno de ellos (bueno, quizás el acebo sí).

Rodeados de castaños llegamos a Hervás. Pero antes, pasamos bajo una carretera que debo mencionar porque se dirige al puerto de Honduras que, a 14 kilómetros de aquí (todo subida) y a unos 1440 metros de altitud (ahora estamos a menos de setecientos) separa el valle del Ambroz en el que nos encontramos del valle del Jerte. Si tenemos ganas de juerga podemos acercarnos a conocerlo y, si tenemos ganas de mucha juerga, podemos catar también su vertiente opuesta, por la que es más largo, más duro y rematado por un falso llano que se las trae (lo dice alguien que lo ha sufrido en sus propias piernas por ambas caras)

Lo primero que vemos de Hervás es su antigua estación ferroviaria, hoy albergue turístico y centro de interpretación del ferrocarril (un cartel de «vuelvo en media hora» que estuvo en la puerta más de ese tiempo me impidió visitarlo). Cabe destacar aquí, además de la casita de fachadas bellamente decoradas con tiestos y de algún que otro resto ferroviario (aguadas, depósitos, raíles, agujas, etc.), la vagoneta descarrilada que anuncia el albergue y el puesto de reparación de bicicletas que hay junto a la estación.

Pero lo mejor de Hervás está más allá de la estación y es este un buen punto para dejar temporalmente la Vía Verde y adentrarnos en esta preciosa localidad (ya he hablado antes de la amable atención que prestan además en su oficina de turismo). No muy lejos de la estación se encuentra el convento trinitario de San Juan Bautista, con una iglesia del s. XVII y fachada post-herreriana de ladrillo. Otra iglesia destacada es la de Santa María de Aguas Vivas, que se confunde con el castillo del siglo XIII sobre cuyos cimientos se edificó. Previamente había existido en el lugar una ermita templaria dedicada a San Gervasio de quien tomó el nombre la localidad (efectivamente, Hervás viene de Gervasio). Pero lo que sin duda destaca de este hermoso pueblo es su judería, barrio que creció en torno al castillo y que conforma uno de los barrios judíos mejor conservados a día de hoy. Perdiéndonos por sus callejuelas entre las bonitas casas podremos encontrar varias fuentes, llegar al puente de la Fuente Chiquita (y bañarnos en la piscina natural si tenemos suerte), probar el afamado vino de pitarra (con moderación, que lo carga el diablo y tenemos que seguir pedaleando), deleitar nuestros oídos con el acento de las gentes del lugar y adquirir y degustar productos locales, entre los que merecen mención especial las dulces cerezas (ya provengan del propio municipio o del cercano Jerte). Además, de alojamientos, restaurantes bares y otros servicios, en Hervás es posible también alquilar bicis eléctricas, por si se nos está haciendo largo el camino.

Visitado Hervás, regresamos a la estación y pedaleamos unos metros hasta el viaducto o «puente de hierro» que permite cruzar el río Ambroz y que, a su vez, constituye un magnífico mirador sobre la localidad, hacía un lado, y sobre el curso alto del río, hacia el otro. Además de la magnífica panorámica, podemos en este lugar recabar información sobre la historia de esta vía férrea gracias al panel informativo que aquí existe. Podemos también hacernos una idea de lo que opina sobre el tema la ciudadanía local gracias a los graffiti que han escrito sobre el panel y algunos de cuyos comentarios, que transcribo, comparto plenamente. Se menciona aquí, por ejemplo, que la obra del primer tramo, entre Palazuelo y Hervás comenzó en 1890 y quedó inaugurada en 1893, completándose la línea hasta Astorga tres años más tarde. Sobre el cierre de la línea, se dice que en 1984 la «mafia Juancar-Felipista de privatizadores» (Gobierno) elaboró una «excusa» (estudio) que llevó al cierre de la línea de pasajeros en 1985 y que, finalmente, en 1996 «la mafia privatizadora de Jose Mari le dio el remate» (se clausuró también la línea de mercancías). Sobre el puente, el cartel nos dice que data de 1931, fecha en la que sustituyó al anterior, y que mediante dos arcos de sillería de granito y un único vano central metálico de 32 metros salva el cauce del río Ambroz con una longitud total de 110 metros.

Pasado el puente, la cosa se pone seria pues Extremadura se nos acaba y no nos queda otra que subir a la meseta donde se encuentra Castilla y León. En realidad apenas si lo vamos a notar en las piernas pues el desnivel seguirá siendo todo el tiempo muy suave, si bien los paisajes nos irán indicando que estamos subiendo sin prisa, pero también sin pausa.

Pasadas unas trincheras, las vistas se abren al valle de un pequeño río que, además de ir lozano, se llama Balozano y, aunque no de inmediato (un pequeño monte se interpone), tendremos a la izquierda una hermosa panorámica de Hervás que nos servirá para despedirnos de esta localidad que ya vamos a dejar definitivamente atrás.

Nos aproximamos ahora a la última localidad extremeña, Baños de Montemayor, cuyo embalse vamos viendo como aperitivo a nuestra izquierda. En realidad no vamos a pasar por Baños sino únicamente por su antigua estación transformada actualmente en parque (donde hay unas mesas muy prácticas para comer, todo sea dicho), frente a la que vemos, al otro lado de las antiguas vías, una pequeña fuente con lavadero.

Pocos metros más adelante llegamos a un punto conflictivo por varios motivos. Por una parte, encontramos un paso a nivel con una carretera donde debemos tener mucha precaución para cruzar y continuar nuestra ruta. Por otra parte, esta carretera es precisamente la que lleva al centro urbano de Baños de Montemayor (en dirección contraria va hacia La Garganta, un puertecillo escalonado que la Vuelta a España ha subido en alguna ocasión y el que esto escribe en unas cuantas). Lo de conflictivo lo digo porque no me decido sobre recomendar o no acercarnos a esta localidad: si lo hacemos, podremos ver una bonita e histórica población donde, como su propio nombre indica, lo más destacable son sus baños termales que datas de época romana (termas cuyos restos aún se conservan en el interior del actual edificio del balnerario, que data del siglo XIX) y los restos de la Vía de la Plata original que aún pueden verse en un par de puntos. La pena es que la oficina de turismo local permanezca cerrada a cal y canto desde, por el aspecto, tiempos de los romanos. La contrapartida, si nos decidimos a visitar Baños, es volver a la Vía Verde, pues tendremos que ascender un tramo de carretera de unos dos kilómetros y medio al 5% con varias curvas de herradura que, si bien no es gran cosa, después de la suavidad de la subida a la que nuestra ruta nos tiene acostumbrados, nos parecerá una auténtica pared.

Volviendo a la Vía Verde, pasada la carretera nos adentramos en un tramo en el que avanzamos casi continuamente por las trincheras excavadas para dejar paso al tren y, sobre nuestras cabezas pasan algunas canalizaciones para los riachuelos que descienden la ladera. Tras pasar uno de estos arroyos (el río Garganta) que desciende casi en cascada y pasa la vía bajo nuestros pies, llegamos a un punto interesante: el túnel que permite salvar la montaña que se interpone ante nosotros. El túnel, cuya entrada parece tener una cortina vegetal, se encuentra iluminado gracias a unas placas solares que veremos a la salida y a una serie de sensores de movimiento que hace que las lámparas se vayan encendiendo a nuestro paso y nos permitan ver el suelo que, aunque en magnífico estado, sí cuenta con algunos surcos abiertos por el agua que gotea aquí y allá durante todo el trayecto. A la salida del túnel, si miramos a nuestra izquierda, podemos ver, además de la ya mencionada placa solar que le suministra energía, una bonita panorámica de Baños de Montemayor y de su pequeño embalse.

Seguimos pedaleando entre construcciones arruinadas y carteles de nuevo cuño que, entre otras cosas, nos recuerdan que estamos transitando -aunque en dirección contraria- por la ruta ciclista de larga distancia Eurovelo 1 que comienza en el Cabo Norte (en el extremo septentrional de Noruega), atraviesa dicho país nórdico de cabo a rabo, pasa a Escocia, salta a Irlanda del Norte, rodea la isla irlandesa, regresa por Gales al Reino Unido y, desde Inglaterra, recorre la fachada atlántica francesa, atraviesa España entera y termina en Caminha, al norte de Portugal (país al que ha entrado por su extremo sur, en el Algarve). Once mil kilometrillos de nada que, por ahora, dejamos para otra ocasión.

Poco después del túnel hemos abandonado Cáceres y entrado en Castilla y León (provincia de Salamanca), lo que es una buena noticia pues significa que, de momento, se acaba la subida que llevamos haciendo desde que arrancamos esta ruta. El punto exacto es la nueva estación a la que no tardamos en llegar y que daba servicio a la localidad de Puerto de Béjar. Aunque el mismo día de mi visita los periódicos locales habían publicado un artículo sobre la reconversión de este lugar en centro turístico, lo encontré completamente cerrado, aunque, eso sí, sus instalaciones se encontraban en perfecto estado de revista para acoger a futuros visitantes. Cabe aquí mencionar que en las proximidades existe un albergue de peregrinos (se indica en carteles cómo llegar) y otros alojamientos.

Precisamente uno de esos alojamientos lo veremos al llegar a una pequeña área de descanso y pasar sobre la carretera que da acceso al casco urbano de Puerto de Béjar, localidad conocida por contar entre sus menos de cuatrocientos habitantes, además de con el exciclista Santi Blanco, con el gran poeta, ganadero y hostelero Manolo Chinato, conocido por cualquier amante del rock español que se precie por sus colaboraciones con grupos como Extremoduro o Platero y tú (es posible visitar su bar lleno de recuerdos, aunque él se jubiló recientemente)

Desde aquí la ruta continua en ligero descenso entre grandiosos paisajes (aunque un poco estropeados por la cercanía de la autovía) y restos del pasado ferroviario hasta que una nueva estación se levanta ante nosotros. No es necesario ser muy listo para saber que hemos llegado a la ciudad de Béjar, pues la enorme pintada realizada en el depósito de agua de la estación nos lo recuerda y, de paso, nos da la bienvenida.

Este completo complejo ferroviario que fue la estación de Béjar (estación, almacenes, aguadas, grúas, agujas y todo tipo de parafernalia así lo atestiguan), reconvertido en complejo de ocio -con fuente, área de autocaravanas, cafetería, etc.- es un buen punto de partida para dejar temporalmente nuestra ruta y adentrarnos en el caso urbano de la antigua ciudad textil para explorar sus calles, plazas, parques e iglesias. Para ello no debemos más que tomar la carretera nacional que pasa junto la estación y dirigirnos hacia el este donde, tras una corta subida, llegaremos a la oficina de turismo (aunque sus peculiares horarios hicieron que yo la encontrase cerrada).

Con o sin ayuda de la oficina turística, lo mejor es lanzarnos a recorrer las callejuelas que conforman el centro de esta ciudad (mucho más interesantes que las avenidas de la periferia) que en ocasiones tienen un desnivel nada desdeñable. Así encontraremos de todo, incluida la tienda de bicicletas cuyo nombre -Cubino- nos recuerda que estamos en tierra de grandes ciclistas entre los que se encuentra el gran campeón Roberto Heras o el propio Laudelino Cubino, hermano de quien regenta esta tienda (me consta que Lale se dedica más al negocio hostelero y no es raro encontrárselo en la cercana Covatilla). De mi ruta autoguiada destaco las iglesias, decoradas -al igual que algunas casas- para celebrar la festividad del Corpus: la de San Juan Bautista (románica del siglo XIII con añadidos barrocos del XVI), la de el Salvador (frente al ayuntamiento, también románica del XIII, aunque un incendio la destrozó en el siglo XX), la de Santa María la Mayor (junto a la antigua judería, de estilo románico con elementos góticos, retablo renacentista y un interesante ábside de ladrillo que le da cierto aire mudéjar a su aspecto exterior) o la pequeña capilla de Santiago (una vez más, románica del siglo XIII). Tampoco hay que olvidar pasar por el impactante Palacio Ducal, construcción del siglo XVI sobre un castillo preexistente que perteneció, como su propio nombre indica, a los duques de Béjar. Tras él, las murallas medievales de la ciudad, que datan del siglo XII, se contemplan muy bien, por ejemplo, desde el Parque de la Antigua, entre otros lugares. También es interesante fijarse, junto a la iglesia de Santa María la Mayor, en la casona del siglo XV que acoge al Museo Judío David Melul. Si se dispone de tiempo (no fue mi caso en esta ocasión), es recomendable acercarse también a disfrutar de la paz de los jardines renacentistas de El Bosque, al este de la ciudad. Por supuesto, hay que tener los ojos bien abiertos para fijarse en otros detalles, como el aislamiento de teja que lucen algunas casas, o por si nos topamos con alguno de los afamados hombres de musgo que salen a pasear durante el Corpus Christi (no pude ver a ninguno por apenas un par de días) y que, en todo caso, siempre están representados por la escultura que homenajea a tan singular tradición local.

Una vez conocida la ciudad y, en su caso, habiendo hecho alguna excursión a los alrededores (recomiendo visitar la cercana localidad de Candelario y, más allá, subir al Calvitero, con sus 2401 metros de altura máxima pedaleables por carretera hasta los 1853 metros de El Travieso o, si nos gustan las emociones fuertes, ir hasta La Hoya y subir a la estación de esquí de La Covatilla con sus duras rampas y casi dos mil metros de cota final) regresamos a la estación de tren donde habíamos abandonado la Vía Verde y la retomamos para poder, con propiedad, gritar aquello de ¡tierra, trágame!

Y es que, efectivamente, la vía del tren era tragada literalmente por las entrañas de la ciudad de Béjar pues, para evitar su caso urbano, se construyó un túnel que atraviesa de punta a punta el centro de la localidad, pasando, en sus casi 400 metros de longitud, justo bajo el ayuntamiento y la iglesia del Salvador a unos 50 metros de profundidad. El túnel se encuentra perfectamente iluminado y, aunque ligeramente deteriorado por las filtraciones de agua, el suelo se encuentra en un estado más que aceptable por lo que no deberíamos tener ningún problema para rodar por él salvo, claro está, que intentemos cruzarlo de noche y nos encontremos cerrados los dos grandes portones metálicos de sus extremos.

Al otro lado del túnel nos espera el río Cuerpo de Hombre, que debemos cruzar fijándonos, al hacerlo, en la vieja factoría que, a nuestra izquierda, ha sido reconvertida en Museo Textil. De hecho, las numerosas chimeneas que salpican esta zona de Béjar aledaña con el río nos hablan que un glorioso pasado industrial pero el lamentable estado de conservación de muchas de estas construcciones nos habla de un ignominioso olvido actual.

Nos adentramos ahora en un nuevo túnel, esta vez sin iluminar, si bien el perfecto estado del firme hace que no sea imprescindible llevar luces para sobrevivir a la aventura (aunque tampoco nos perjudicarán llevarlas) siempre que evitemos acercarnos demasiado a las canalizaciones de los laterales. Así, dejando a nuestra izquierda una buena panorámica de la ciudad y sus murallas y dando la espalda definitivamente a la mole de la Sierra de Béjar, continuamos nuestra ruta por un terreno mucho más llano.

Pedaleamos ahora hacia el norte por la vieja plataforma que avanza en ocasiones elevada y en ocasiones escondida entre los muros de una trinchera. La tónica general es la misma que traíamos por tierras cacereñas y vamos dejando atrás restos olvidados de estructuras ferroviarias de todo tipo. La vegetación sigue siendo de robles, si bien ahora se empiezan a hacer cada vez más abundantes las encinas. A nuestra izquierda vamos viendo una panorámica cada vez más abierta de un paisaje que pronto reconoceremos como típico del Campo Charro y que alcanza hasta donde unas montañas conforman el horizonte: se trata de la Sierra de Francia, con la famosa Peña de Francia destacándose en el centro. En un punto de nuestro recorrido, monótono, pero de gran belleza, vemos unas señales que marcan un camino que une (que no remueve) Roma con Santiago. De hecho, y siempre según estas señales, Fisterra se encuentra a unos 650 kilómetros de aquí y Roma a aproximadamente MMCVI, aunque no indican si este 2106 se refiere a kilómetros o millas romanas.

Y así, sin más, llegamos al final de este tramo de Vía Verde al alcanzar el límite del término municipal de Béjar. Sin embargo nos encontramos con algo curioso. A pesar de que a partir de aquí los viejos raíles no han sido retirados de la plataforma, los vecinos de la siguiente localidad por la que pasaba la vía se esmeran en mantener el espacio entre los raíles perfectamente limpio de vegetación. Así, aunque el firme es algo irregular y traqueteante, es perfectamente posible seguir adelante hasta que, ya en el casco urbano de Navalmoral de Béjar, los raíles se cruzan con una carretera más allá de la cual es imposible seguir pedaleando por una vía ahora sí completamente invadida por la vegetación. En este punto o, mejor aún, a pocos metros de aquí, junto a la iglesia de San Bartolomé (finales del siglo XVIII) damos por concluido este tramo de Vía Verde y, a la espera de que finalicen las gestiones que ya están en marcha para continuar las obras, damos un salto de unos sesenta kilómetros para continuar en Alba de Tormes.

TRAMO ALBA DE TORMES – SALAMANCA

Distancia: 20 km aprox.

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Retomamos la Vía Verde a orillas del río Tormes, en lo que antaño fue la estación de tren de Alba y hoy no es más que un puñado de construcciones ruinosas comidas por una maleza que empieza ya también a hacer lo propio con los primeros metros de nuestro trayecto, junto a la pequeña explanada que sirve de aparcamiento a los que lleguen aquí en coche siguiendo la carretera que une la propia capital ducal con Encinas de Arriba. Unos metros atrás vemos una explotación ganadera que, por los sonidos que salen de ella, entiendo es de ganado porcino. Nosotros comenzamos a pedalear en dirección contraria, dejando a nuestra izquierda un semáforo que es uno de los pocos recuerdos del pasado ferroviario que encontraremos hoy.

Estás estos primeros metros del día muy poco transitados, por lo que pedaleamos con calma para ir calentando las piernas, dejando a la izquierda, rodeados de encinas, los valles de diminutos riachuelos que casi nunca llevan agua, y rara vez conservan humedad. En contraste, a la derecha dejamos la fértil vega del río Tormes que fluye pausadamente en dirección norte dejando a su paso una verde estela de frondosa vegetación de ribera. A su vera podemos alcanzar ya a ver la antigua residencia de los duques, destacando entre las casas del pueblo.

La Vía describe una amplia curva a la izquierda y comienza a alejarse de Alba de Tormes. En el momento en el que un paso elevado nos permite cruzar la carretera que se dirige a Valdemierque, donde dejamos a la izquierda los restos de un curioso edificio octogonal (¿acaso un palomar?) es buen momento de tomar del camino de tierra que sale a la derecha para alcanzar el asfalto y descender hasta Alba de Tormes, pues esta localidad bien merece una visita.

Lo primero que nos topamos al llegar es que el río que da nombre a la villa se interpone en nuestro camino y que debemos salvarlo por un magnífico puente de veintitres arcos que data de época medieval (construido sobre uno previo romano y que en su agitada vida ha sufrido serias remodelaciones debidas a los desperfectos causados tanto por riadas como por guerras)

Al llegar a la margen opuesta, es decir, al casco urbano de Alba, lo primero que llama la atención es la mayor obra arquitectónica inacabada de España (con permiso de la Sagrada Familia de Barcelona, claro está): la basílica de Santa Teresa. Se trata de una enorme mole neogótica que comenzó a construirse en el siglo XIX pero que se quedó a medias, como ahora la vemos. La idea era que el templo diese cobijo a los errantes restos de la santa abulense pero a estas alturas parece estar claro que estos no están destinados a reencontrarse en un futuro próximo. Como escribía la chicana Gloria Anzaldúa en su poema «Reliquias sagradas», dedicado a los restos mortales de la Santa:

Somos las reliquias sagradas,

los huesos dispersos de una santa,

los huesos más amados de España.

Nos buscamos unos a otros.

Más allá de la basílica merece la pena perderse por las calles de la localidad para toparnos con todo tipo de visitas interesantes que van desde una plaza de toros cubierta hasta el Torreón de la Armería (lo único que queda en pie del Palacio Ducal, sede de la omnipotente Casa de Alba), pasando por el mal conservado alcázar. Por supuesto, en Alba de Tormes lo que más abunda son las iglesias y conventos, pues en algún sitio tenían que guardar los restos mortales de la desmembrada santa. De destacar son la iglesia de San Pedro (del siglo XVI, con la fachada gótica del templo anterior y una torre de ladrillo añadida en el s.XX), el convento de los Padres Carmelitas (construido en el s.XVII en un estilo de influencia herreriana y cuya iglesia recuerda a San Juan de la Cruz, como no podía ser menos), el convento de las madres carmelitas (que, con su iglesia de la Anunciación, fue fundado por la propia Santa Teresa en 1571 y en cuyo interior se conserva el sepulcro de la Santa, así como -por separado- su brazo izquierdo y su corazón «transverberado». Úsese un diccionario o en su defecto un catecismo si se quiere entender la complejidad del concepto), la iglesia de San Juan (de ladrillo, construida en estilo románico en el s.XII) o la iglesia de Santiago (también del siglo XII y estilo mudéjar). Los precios de taquilla para visitar cada uno de estos lugares nos serán recitados en la oficina de turismo con tal sequedad que de lo único que nos quedan ganas es de sentarnos en una terraza de la Plaza Mayor para refrescarnos el gaznate con el rumor de la fuente de fondo y, después de cargar nuestras alforjas en La Madrileña con un hornazo y las imprescindibles y deliciosas yemas, huir a visitar el magnífico Museo Arqueológico del Padre Belda que se encuentra en las afueras, junto a la carretera de Éjeme.

Volvemos a cruzar el río para abandonar Alba de Tormes por la misma carretera por la que vinimos, regresando así a nuestra Vía Verde. Rodamos ahora en dirección noroeste entre campos de cereal que, si es verano, bien podrían ser de oro, tanto por su espléndido color dorado y su brillo a la luz del sol como por el precio del trigo en el mercado desde que se declaró la guerra en Ucrania. A nuestra derecha, no muy lejos, aparece el caso urbano de Terradillos. Si lo deseamos, podemos acercarnos para ver de cerca la iglesia que alcanzamos a distinguir en el extremo derecho del casco urbano (desde nuestra posición), que fue construida en pizarra durante el siglo XVI y cuenta con un interesante artesonado mudéjar. En todo caso, lo mejor de la iglesia eran las pinturas de su retablo renacentista que hoy se encuentran en un museo de la capital.

Y, si hemos hecho el esfuerzo de pedalear hasta el casco urbano, bien podemos aprovechar para reponer nuestras reservas de agua, pues la fuente que existe a la izquierda de la Vía Verde y que se anuncia a bombo y platillo con cartelería y otra parafernalia está más seca que la cantimplora de un bereber.

Después de cruzar una corta trinchera donde un par de arbustos espinosos atraen tal cantidad de pájaros que nos sentimos protagonistas de una película de Hitchcock, un camino se atraviesa en nuestras vidas. De tomarlo a la izquierda y girando después otra vez a la izquierda llegaríamos a la puerta de una finca en cuyo interior se encuentra el dolmen de las Piedras Hitas, un monumento funerario megalítico que nos decepcionará pues de él solo hallaremos su túmulo (un pequeño otero de tierra cubierto de comederos para el ganado que, de hecho, se alcanza a ver desde la propia Vía Verde). Visita por tanto solo apta para bichos raros como el que esto escribe.

Los inmaculados campos de dorado cereal poco a poco se van viendo manchados por pequeños grupos de encinas que van ganando en extensión hasta convertirse en un auténtico bosque que nos rodea por ambos lados. Entre las encinas vemos las casonas de una finca que dejamos a la izquierda y, en los claros del encinar, grupos de ganado vacuno que pace tranquilamente. Estas vistas las disfrutamos solo cuando las paredes de la larga trinchera por la que circula la vía lo permiten; cuando no, nos entretenemos contemplando las curiosas texturas que presenta la tierra en los cortados, de roca caliza blanca con trazas rojizas que deja salir aquí y allá las raíces de las viejas encinas que crecen en la superficie, junto al terraplén.

Este tipo de tierra tan peculiar hace que no nos extrañemos al encontrar a la izquierda de la vía una explotación ganadera con claras señales de haber sido en tiempos mejores una fábrica y, como deducimos de los numerosos hornos que jalonan una de sus fachadas, más concretamente una fábrica de ladrillos. El que esto escribe se aleja pedaleando lentamente mientras recuerda a Gaspar, un viejo vecino de la infancia, natural de Calvarrasa de Arriba que pasó toda su vida laboral trabajando en esta fábrica y con quien casualmente se había encontrado esa misma mañana antes de comenzar la ruta.

Apenas dejamos atrás la granja-ladrillera, desaparece el arbolado de nuestro lado izquierdo para dejar paso a una explotación porcina que olemos antes que vemos. Casi al mismo tiempo que llegamos a la altura de esta, justo al cruzar un pequeño arroyo, el encinar de nuestra derecha desaparece también y nos vuelve a dejar rodando por la despejada llanura, entre campos de cereal que abarcan tanto como alcanza la vista. Al fondo, frente a nosotros, aparecen ya dos pequeñas elevaciones del terreno que nos van a tener entretenidos un buen rato.

De hecho, la Vía Verde enfila recta hacia los dos montecillos -o arapiles– dispuesta a cruzar entre ellos. Al llegar a la altura del primero, el Arapil Grande (a nuestra izquierda) nos detenemos a recapacitar. Estamos en el lugar exacto donde el 22 de julio de 1812 tuvo lugar la histórica batalla de los Arapiles en la que el Duque de Wellington (de nombre de pila Arthur Wellesley), al mando de un conglomerado de tropas portuguesas, británicas y españolas, les dio para el pelo al mariscal Marmont y a los gabachos a su mando. Todo esto, claro está tuvo lugar en el marco de la Guerra de la Independencia. Sin entrar en mucho detalle (que para ello hay paneles informativos en la zona y un centro de interpretación en el cercano pueblo de Arapiles), baste decir que los franceses habían tomado el Arapil Grande mientras que los aliados de Wellington se habían tenido que conformar con el Arapil Chico. Un buen rato de cañonazos después, con Marmont y su segundo heridos, los franceses se vieron obligados a poner pies en polvorosa y Wellington pudo entrar triunfalmente en Salamanca, marcando un punto de inflexión en aquella larga guerra contra Napoleón.

Como recuerdo de tan memorable jornada bélica, además de los innumerables objetos (munición, armas y pertrechos de los combatientes) que yacen enterrados en la zona esperando a que algún agricultor los saque accidentalmente a la luz, hay en la cima del Arapil Grande un monumento conmemorando el acontecimiento. Para subir allí hay dos opciones: tomar el empinado senderillo que asciende directo a la cima desde la Vía Verde y que veremos nada más acercarnos a la ladera o bien tomar algo más adelante la carretera que va hacia el casco urbano de Arapiles y después torcer dos veces a la izquierda por los caminos que nos llevarán arriba. Una vez coronado el arapil, además del mencionado monumento donde siguen dejándose flores y recuerdos de forma frecuente, podemos también encaramarnos al vértice geodésico que comparte la parte alta de la pequeña meseta para examinar toda la región a vista de pájaro, pues las vistas sobre el valle del Tormes, la capital charra y su alfoz así como de la planicie que sirve de antesala al Campo Charro son dignas de dedicarles un buen rato de contemplación. Al otro lado de la Vía Verde vemos al hermano pequeño, el Arapil Chico, mucho peor comunicado y por cuya ladera, con suerte, veremos corretear a algún conejo ajeno a los devenires de la Historia de la Humanidad.

En la vaguada entre ambos arapiles, en lo que antaño fue sangriento campo de batalla, se ha levantado una pequeña área de descanso desde donde contemplar por penúltima vez el lugar antes de seguir pedaleando. Una vez en marcha, si volvemos la vista atrás para echar, esta vez sí, un último vistazo, nos daremos cuenta de que los dos arapiles son en realidad familia numerosa, pues tienen al norte a otros dos hermanos menores mucho más erosionados que los dos famosetes del grupo. Aunque escape al alcance de nuestra ruta, es interesante mencionar que algo más al norte, no demasiado lejos de aquí, en el entorno de los montes de Gargabete y de la ermita de la Virgen de la Peña, existen otros restos bélicos, en este caso de la Guerra Civil de 1936-39: el búnker antiaéreo de Pelagarcía, que al parecer sirvió de refugio al siniestro general Faupel, embajador nazi en la España nacional y líder de la Legión Cóndor.

Nuestra etapa está llegando a su fin y, para probarlo, vemos ya en lontananza las eclesiásticas torres de Salamanca sobresaliendo de entre su casco urbano. A pesar de la total ausencia de dificultades orográficas, nuestra Vía Verde parece querer hacerse la remolona para demorarse en alcanzar su fin. Bordemos primero la localidad de Carbajosa de la Sagrada, hoy casi convertida en un barrio residencial de la capital si bien conserva como símbolo de su identidad la pequeña (pero resultona) iglesia de la Asunción, y después, al lado contrario, un gran polígono industrial. Después de pasar un decorativo semáforo ferroviario, último recuerdo del glorioso pasado de esta vía férrea y cruzar bajo una ancha carretera, llegamos al final de este tramo de Vía Verde.

Pero este no es el final definitivo, sino solo relativo. Habida cuenta de la imposibilidad de continuar la Vía Verde por estar la vía férrea en uso a partir de este punto y hasta la estación de Salamanca (lo que incluye el puente ferroviario que cruza el Tormes), el Ayuntamiento de Salamanca ha tenido a bien comunicar el final de este tramo de Vía Verde con la red de carriles bici local. Por tanto, para llegar al centro de la ciudad no tenemos más que girar a la izquierda y tomar el carril bici que, atravesando el polígono nos llevará hasta el cercano río. Una vez allí me veo incapacitado para describir los múltiples atractivos turísticos de una ciudad que, así de entrada, cuenta con dos catedrales y otras tantas universidades (una de las cuales se cuenta entre las más antiguas del mundo). Guíese pues cada uno por su propio instinto cicloturista y visite todo lo que pueda visitar según el tiempo del que disponga. Semejante atracón cultural no puede sino venir acompañado por uno culinario así que, como menú propongo catar un buen hornazo con embutidos de la tierra, unos contundentes huevos fritos con farinato y, de postre, unos chochos típicos de Salamanca (y no, no estoy hablando ni de altramuces ni tampoco de lo que estará ahora mismo pasando por la cabeza de los lectores más malpensados).

TRAMO BARCIAL DEL BARCO – POBLADURA DEL VALLE

Distancia: 25 km aprox.

Track: Descargar VVRutaPlata_Barcial-Pobladura.gpx

Comienza este último tramo abierto hasta ahora en Barcial del Barco, localidad zamorana de algo más de doscientas almas que se encomiendan a la patrona local, Santa Marina, cuya bella iglesia del siglo XVIII no podemos dejar de visitar antes de partir. De así hacerlo, notaremos la peculiaridad de su torre cuadrangular, que deviene octogonal a la altura del campanario (terminado en 1799). Al estar colgado a escasos metros del terraplén que desciende a la fértil vega del río Esla, podemos también aprovechar la visita al edificio para acercarnos a recibir a los peregrinos y viajeros que caminan por la Vía de la Plata y que entra en el casco urbano junto a la iglesia. Como recompensa, veremos también, excavadas a los pies de Santa Marina, las primeras de las muchas bodegas que encontraremos en nuestra jornada de hoy.

Pero es hora ya de empezar a pedalear, por lo que debemos dirigirnos -con precaución al cruzar la carretera nacional- al otro lado del pueblo para encontrar los edificios de la malograda estación de ferrocarril. Allí, entre elementos ferroviarios abandonados y a los pies de uno de los inmensos silos que caracterizan a Castilla, el granero de España, vemos el amplio camino que ha sustituido a la vía férrea. Hemos hallado nuestra Vía Verde y comenzamos a pedalear por ella en dirección norte, dejando a nuestra izquierda las instalaciones de la propia estación, un almacén y el ya mencionado silo, además de un curioso palomar de planta cuadrada que está incluido en la finca de una vivienda igualmente llamativa.

A los pocos metros, cruzamos el camino que se dirige al cementerio municipal e inmediatamente después cruzamos bajo la carretera nacional (a nuestra derecha, junto a esta vía, hemos podido ver el «toro de Osborne» que aún se conserva no a mucha distancia de este lugar). Dejando a la izquierda una fea depuradora, no tardamos en ponernos en paralelo a las turbias aguas del río Esla, que describe aquí una pronunciada curva rodeado de abundante vegetación de ribera, muy poco después de haber acogido en su seno las aguas del Órbigo. De detenernos a tomar alguna fotografía del cauce, debemos cuidarnos de no acercarnos demasiado al borde del terraplén, pues la caída de varios metros hasta el agua no parece ser una experiencia agradable.

En este punto, un pequeño afluente (más bien un brazo) del río se interpone en nuestro camino, pero los ingenieros que construyeron este ferrocarril acuden en nuestro auxilio con un corto (54 metros y medio, para ser exactos) pero apañado puente que, con su impecable pintura roja, nos permite salvar el cortado en un periquete.

Pero este puente no ha sido más que en aperitivo. Tras pasar sobre un camino transversal gracias a un mínimo viaducto y repetir la proeza apenas unos metros más adelante, vemos que una extraña estructura negra nos aguarda en el horizonte. Intrigados, apenas prestamos atención a la aguada o grúa de agua y al depósito que aparecen a nuestra derecha. Cuando ya estamos encima descubrimos de qué se trata: un inmenso puente metálico (253 metros de nada) con celosía de puro acero vasco (de Sestao, para ser exactos) sobre sillería de granito que permite salvar un río Esla que, a pesar de la sequía, parece aquí siempre desbordado. Después de cruzar, un pequeño sendero que desciende hacia el río nos permite coger un poco de ángulo para contemplar esta imponente estructura (hay que estar atentos no solo a no pisar en falso y caer al río sino a otros detalles: el que esto escribe estuvo a punto de llevarse de recuerdo una garrapata que aprovechó el momento de despreocupada contemplación bucólica para escalar por una de sus piernas y a la que, por suerte, detectó antes de que «agarrase»).

De vuelta a la ruta, nuestra Vía Verde salva otro pequeño puentecillo y continúa avanzando, elevada, por entre los campos de labor que aprovechan esta cuña de tierra que se abre entre los ríos Esla y Órbigo. No tardamos en avistar a nuestra derecha un pequeño pueblo al que, por su cercanía, no cuesta nada acercarse. Se trata de Villanueva de Azoague y, nada más llegar a él desde la Vía Verde, lo primero que nos encontramos es su iglesia parroquial, dedicada a la Virgen de la Asunción. Dicen que destaca en su interior -del siglo XVI- su rico artesonado con decoración geométrica y su coro pero, de encontrarla cerrada, su exterior nos regala también la vista con un sencillo pero bello campanario y un interesante conjunto de pórtico y sacristía de ladrillo visto.

Siguiendo nuestra excursión, y sin alejarnos mucho del casco urbano de Villanueva de Azoague (y dentro de su término municipal), después de dejar a la derecha un feo descampado lleno de escombros y basura, nuestra Vía Verde llega a la azucarera de Benavente, una fábrica todavía activa que, a falta de vía férrea, se sirve de las buenas comunicaciones por carretera que tiene Benavente para hacer acopio de materia prima y dar salida al azúcar producida. Dentro del propio recinto existe también un museo dedicado a tan dulce manjar. Y casi anexo a la azucarera vemos un curioso edificio moderno que, al parecer, es un monasterio cisterciense que data del siglo XII, si bien las monjas trapenses que lo habitan se trasladaron a este lugar en fecha tan reciente como 1976, lo que explica el poco atractivo del edificio (salvo, claro está, por los ricos dulces que producen y que compiten en dulzor con los productos de la vecina azucarera).

Cruzamos un camino, después un pequeño puente sobre un canal, pasamos bajo la carretera nacional y llegamos así a Benavente. Nuestro primer contacto con el casco urbano es una carretera que hemos de cruzar por un paso para peatones. En este punto, si giramos a la izquierda, en pocos metros habremos cruzado sendos canales -el Caño de los Molinos y el Canal de Sorribas- y, sobre el segundo, podremos ver un pequeño puente medieval (anterior al siglo XIII) del que solo queda el conocido Arco del Puente del Jardín, y del que no encontraréis foto tras estas líneas por el sencillo hecho de que desconocía su existencia (en mi defensa diré que en la Oficina de Turismo de Benavente olvidaron mencionarlo al indicarme las visitas obligadas en esta localidad zamorana).

Visto el puente (o ese único arco que aguanta en pie), continuamos pedaleando por la Vía Verde, que transcurre aquí encajonada entre una carretera y el ya mencionado Canal de los Molinos. A nuestra derecha ya empieza a llamar la atención una impresionante arquitectura que se levanta al borde mismo de un pronunciado corte del terreno. Se trata del Castillo de la Mota de Benavente, o más bien de lo que de él queda, pues la mayor parte fue destruida por los franceses durante la Guerra de la Independencia. Lo que tenemos ahora ante nosotros -sobre nosotros, en realidad- recibe el nombre de Torre del Caracol y fue construida a principios del siglo XVI por los Pimentel (a la sazón, condes de Benavente). Hoy en día es el Parador Nacional de Turismo y, si tenemos suerte, quizás podamos visitar su interior para admirar el artesonado mudéjar que se trajo aquí desde el monasterio de San Román del Valle, del que más tarde hablaremos.

Así, dominados por la impresionante silueta de la Torre del Caracol, nuestra vía llega a otro paso a nivel a la altura de una pintoresca fábrica de harinas. Antes de continuar, es este un buen momento para abandonar nuestra ruta y subir el repecho que comienza a nuestra derecha (no le vendrá mal a nuestras piernas romper la monotonía de la llanura zamorana) para acceder al casco histórico de Benavente donde, además del Castillo y de su típica plaza mayor -donde destaca el pictograma de su enlosado con los nombres de los principales ríos de la zona y, a su alrededor, el ayuntamiento (s.XIX), la casa de las Pescaderías (s.XVI, reformada en el XIX), y las casas Allén, Morán y Lesmes (las tres del s.XX)- podemos visitar la iglesia de Santa María del Azogue (construida a trompicones entre los siglos XI y XVIII y, por lo tanto, mezcla de diversos estilos, desde el románico al barroco), la iglesia de San Juan del Mercado (románica del siglo XII, donde destacan las numerosas marcas de cantero que parecen en sus muros) o la fachada renacentista del Hospital de la Piedad (actual residencia de ancianos).

Visto el casco urbano de Benavente, y después de aprovechar las comodidades y servicios que una ciudad de 17500 habitantes nos puede ofrecer, es hora de echar un último vistazo a las vistas de la vega del Órbigo que desde sus alturas de tienen y descender de nuevo a la Vía Verde donde, dejando atrás la fábrica de harinas, enfilamos el parquecillo que actualmente ocupa el antiguo espacio de la estación ferroviaria. Aquí, entre mesas de merendero, todavía podemos encontrar el antiguo edificio de la estación, maquinaria diversa abandonada o reaprovechada como adorno (grúas, aguadas, etc.), y unos ruinosos almacenes a los que, por seguridad, es mejor no acercarse.

Seguimos pedaleando, cruzamos una carretera y salimos de Benavente en imperceptible ascenso, dejando a la izquierda la arboleda que rodea el Caño de los Molinos y adentrándonos poco a poco en un bosquecillo de encinas. Las encinas se hacen más numerosas después de que hayamos cruzado, por sendos pasos elevados, otra carretera y un camino. Llegamos así a un alto donde se nos cruza un camino que vemos señalizado con la característica señal amarilla de las rutas jacobeas y desde donde, mirando atrás, tenemos una última vista panorámica de Benavente. Como en toda nuestra ruta, es destacable aquí la presencia de abundante avifauna (desde jilgueros a urracas, así como varios tipos de rapaces) además de reptiles (dos veloces culebras bastardas de más de un metro que tomaban el sol en la Vía Verde se escabulleron a mi paso).

Un mínimo descenso nos lleva ahora a cruzar bajo una autovía (cuidado con las acumulaciones de agua en este paso) y, al poco, pasamos sobre una carretera y vemos ya más adelante la aparición de un pueblo a nuestra izquierda y a nuestra derecha otro… ¿para hobbits?

No. No estamos en la Comarca sino en Villabrázaro y lo que tenemos ante nosotros son las bodegas de la localidad donde, aprovechando una mínima elevación del terreno, los viticultores han ejercido históricamente de topillos y han horadado el subsuelo para almacenar sus caldos. Al llegar al apeadero del pueblo (donde hoy encontramos un merendero), es interesante tomar el camino que, a la derecha, se adentra entre estas «casas para gnomos» en desigual estado de conservación.

Al otro lado de la vía, merece la pena también atravesar el caso urbano (poco más de doscientos habitantes) para descender hasta la iglesia de la Magdalena del siglo XVIII y, por el camino, admirar las tradicionales construcciones de adobe de las que aún quedan abundantes ejemplos y dejar también que los jóvenes que se reúnen en la plazuela nos deleiten con sus acrobacias sobre la bicicleta.

Desde Villabrázaro, la Vía Verde cambia visiblemente. De hecho, ya en el propio casco urbano, vemos un visible estrechamiento a causa de la vegetación y al escaso uso que hace que durante unos metros en vez de un amplio camino circulemos por un angosto sendero. Después, aunque mejore un poco, ya no vuelve a ser la impecable Vía Verde por la que hemos circulado hasta ahora sino que parece uno más de los caminos de la zona, de los que solo se diferencia por la característica señalización ferroviaria que aún se conserva (y parte de la cual, más adelante, incluso ha sido enterrada durante los trabajos llevados a cabo en un viñedo colindante con la vía).

Pero estamos saliendo de Villabrázaro y aquí la vía se elevaba ligeramente para ir ganando altura de cara a salvar un pequeño arroyo que cruzaremos más adelante. El desnivel nos permite disfrutar de buenas vistas lo que implica el valle del Órbigo a nuestra izquierda y una gran llanura, levemente inclinada, a nuestra derecha. Tras estos verdes (o marrones, según la estación) campos, vemos un pequeño pueblo (San Román del Valle) y, a poca distancia de él, las ruinas de una iglesia. Nos encontramos ante el otrora poderoso convento franciscano de Nuestra Señora del Valle. Este monasterio (al que es fácil llegar tomando la carretera que partía desde la iglesia de la Magdalena recientemente visitada) apenas permite ya intuir su traza tardogótica, conservándose tan solo restos barrocos del siglo XVIII. Abandonado entre los siglos XIX y XX. De aquí procede el magnífico artesonado mudéjar que mencionamos al hablar de la Torre del Caracol de Benavente.

Cruzamos, como ya dije, un riachuelo con más aspecto de leonés que de castellano y pasamos sobre un nuevo camino. Al poco, un nuevo camino se cuza ante nosotros. De tomarlo a la derecha no tardaríamos en llegar a Paladinos del Valle, diminuta localidad de poco más de una decena de habitantes de la que, lo primero que encontraríamos sería lo más destacable de su casco urbano: su iglesia. Tomando el mismo camino hacia la izquierda iríamos hacia la cercana localidad de Vecilla de la Polvorosa, pero el río Órbigo nos impediría alcanzarla.

Tras unos kilómetros más entre viñedos y otros cultivos alcanzamos una nueva estación, de la que lo primero que vemos son unas vías muertas que aún se conservan a nuestra izquierda. De inmediato nos vemos en un entorno plenamente ferroviario entre almacenes, silos, la propia estación y otros elementos abandonados y/o recuperados. No muy lejos, a la derecha, queda el núcleo urbano de Pobladura del Valle, donde además de su iglesia (reconstruida sin muchos miramientos) y un gran conjunto de bodegas, es posible visitar un par de curiosos museos (uno de botellas de whisky y otro de maquetas navales y ferroviarias) y de encontrar varios restaurantes en los que degustar la deliciosa gastronomía de la zona. A destacar que uno de dichos restaurantes se encuentra en el interior de una bodega. Como mi visita se produjo durante una pandemia que no recomendaba frecuentar recintos mal ventilados, opté por una comida al aire libre en el merendero construido en la propia estación, lo que me permitió hacerme amigos de dos simpáticos perrillos (Ducati y Rover, eran sus motorizados nombres) que, subiendo por turnos a mi regazo, insistían en que compartiese con ellos mis viandas.

Al poco de dejar atrás la estación de Pobladura del Valle y su aún activa fábrica de piensos, las flechas amarillas piden a los peregrinos jacobeos que abandonen la Vía Verde, lo que es una señal poco halagüeña para quienes seguimos la abandonada vía férrea. Así es: tras unos kilómetros más de especial monotonía en los que pedaleamos en paralelo a la autovía, una última señal nos indica que hemos llegado al límite provincial que separa Zamora de León. Y eso es todo. Apenas dos pasos más allá los raíles del antiguo ferrocarril de la Ruta de la Plata vuelven a aparecer esperando su improbable vuelta a la vida. Es el final de este tramo de Vía Verde y no nos queda otra que volver sobre nuestras pedaladas o, como única alternativa, tomar el camino que conecta con la carretera que cruza sobre las vías y continuar nuestro viaje hacia Astorga por asfalto.

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