Provincia: A Coruña
Distancia: 38 km aprox.
Mapa:

Track: Descargar VVCompostela-Tambre-Lenguelle.gpx
Descripción:
De entre todas las Vías Verdes que conozco y he recorrido, la recientemente construida y bautizada con el complejo pero descriptivo nombre de Vía Verde Compostela-Tambre-Lengüelle es de las menos ortodoxas. Digo esto porque, si bien las Vías Verdes en general suelen construirse sobre tramos ferroviarios en desuso, la mayor parte de las que conozco (aunque no todas, claro está) se levantaron aprovechando que los convoyes dejaron de circular por muchas vías cuando, en los años ochenta y noventa del siglo XX se cerraron sus respectivas líneas, como parte de este torbellino de modernidad en el que estamos inmersos: una eterna huida hacia adelante en el que apostamos por la velocidad y la tecnología sin mirar otros detalles más importantes para la calidad de vida. Al contrario que en esos tristes casos, en el de la Vía Verde que nos ocupa, se trataba de una transitada línea ferroviaria que no podía ser clausurada por lo que, cuando la tecnología y la imperiosa necesidad de velocidad de nuestros tiempos la volvió obsoleta, se modificó el trazado y se creo una moderna vía doble casi en paralelo, dejando abierto y en desuso un sugerente corredor que atravesaba buena parte de la provincia de A Coruña con muy poco desnivel: era inevitable que Vías Verdes de España -con la financiación de los respectivos ayuntamientos y la Diputación- recogiera el guante y se hiciera cargo del proyecto con sorprendente rapidez: menos de dos décadas desde el cierre del trazado hasta la construcción de la Vía Verde, ¡todo un récord!
Por los motivos arriba mencionados, esta ruta transcurre -como ya he dicho- no muy lejos de las vías que están operativas, coincidiendo con ellas en muchos puntos en los que nos veremos obligados a desviarnos por caminos alternativos y en otras muchas ocasiones pedalearemos a escasos metros de la transitada vía, por lo que no serán pocos los trenes que nos adelantarán y con los que nos cruzaremos a lo largo de la jornada. Los amantes de los trenes que no tengan suficiente con la antigua infraestructura ferroviaria que nos toparemos a cada pedalada, con los paneles informativos que hallaremos cada poco o con los libros que algunos de estos nos recomiendas, tendrán aquí el aliciente añadido de ver pasar con cierta frecuencia los raudos vehículos que transportan pasajeros entre Vigo u Ourense y A Coruña (también circulan mercancías transportando madera, pero pocos).

Resumiendo un poco la historia de este trazado que nos ocupa, decir que no es una de las líneas más antiguas. Formando parte de la línea que une Zamora con la capital herculina, el tramo entre Santiago de Compostela y A Coruña se construyó -guerra mediante- entre 1927 y 1943, año en el que entró en un servicio que se mantuvo ininterrumpidamente hasta los albores del nuevo milenio, pues su cierre acaeció en 2003.
El rumor de que iba a construirse lo que sería la primera Vía Verde de la provincia de A Coruña y, además, la más larga de Galicia (también es verdad que la del Salnés, en Pontevedra, o la del Eo, entre Lugo y Asturias, no suponen una competencia muy seria) no tardó en llegar, aunque el proyecto, la coordinación entre administraciones y la búsqueda de financiación, que fueron llegando con cuentagotas, demoraron algo el proyecto. Así, tras un pandemia que alargó más la espera, a mediados de 2022 se anunció a bombo y platillo que la Vía Verde del Tambre-Lengüelle estaba lista para su inauguración. Y, sí, he escrito bien el nombre que, como el lector avispado habrá notado, ha perdido ahora una de sus partes. El motivo de mi omisión es que el Concello de Santiago de Compostela, siempre pendiente de otros menesteres y con la lentitud que lo caracteriza, ni siquiera había empezado su parte cuando el resto del trazado ya llevaba meses operativo. Por este motivo describo aquí solo la parte final de la Vía Verde, desde que esta cruza el río Tambre (abandonando así el término municipal de Santiago de Compostela) hasta su final en Cerceda. El tramo compostelano será descrito cuando se complete la obra, para la que me consta que ya se dispone de financiación, por lo que confío en que la espera no sea desesperante. Para entonces dejamos lugares de interés como la estación de Berdía, que los más impacientes pueden conocer realizando el Giro Grande de los Montes de Compostela que el Concello de Santiago ya señalizó después de lo que también fue una larga espera.

Antes de empezar no estaría de más dar algunas indicaciones más referidas a esta Vía Verde:
En primer lugar, decir que es apta para todo tipo de bicis, si bien, al haber un tramo de varios kilómetros de «enlace» por caminos, se hace recomendable no ir con ruedas demasiado finas pues, aunque está en muy buen estado, un camino no deja de ser un camino. En cuanto a lo que se refiere al tramo ferroviario propiamente dicho, es ancho -muy ancho- y dividido en dos franjas, una semiasfaltada cubierta de una gravilla muy fina por la que se rueda muy bien (salvo que llevemos guardabarros, lo que hará que cada chinita que levantemos monte un auténtico escándalo) y otra banda más estrecha de tierra compactada por la que también se rueda muy bien (aunque el frecuente orballo de la zona unido al polvo que se levanta de esta tierra hace que nuestras bicis puedan llegar a parecer el trapo donde Jackson Pollock limpiaba los pinceles). Ignoro el motivo de esta división, aunque sospecho que la parte de tierra está reservada a los peatones.

Otra curiosidad de la Vía Verde es la abundancia de zonas de descanso (no las mencionaré todas aquí). Lo más llamativo es que medio kilómetro antes de llegar a cada una de ellas veremos un cartel que nos indica que, en bici, tardaremos en llegar cinco minutos lo que nos resulta extraño, pues generalmente ya están al alcance de la vista. Un cálculo rápido nos indica que el tipo que instaló los carteles supuso una hipersónica velocidad promedio de 6 km/h para un ciclista… ¡a ver quién consigue alcanzarlos sin doparse!
Un último detalle de interés: todas las intersecciones están señalizadas con un cartel advirtiéndonos de que estamos llegando a un cruce peligroso. En casi todos los casos el único riesgo existente es que choquemos con una desbrozadora, pues los «caminos» con los que nos cruzamos apenas si se intuyen entre la cerrada vegetación. En un par de casos sí se trata de un cruce en el que verdaderamente debemos tener precaución pero, en tales casos, las señales que encontraremos nos advierten de que llegamos a un «paso de niños». Personalmente creo que puede haber niños en cualquier punto de la Vía Verde (de hecho, debería haberlos) por lo que debemos tener precaución con ellos todo el tiempo para evitar atropellos. Sin embargo, en los cruces así señalizados el peligro es más bien que los niños viajen en autobús y nos arrollen.
Y ya que estamos con consideraciones previas, mencionar que a partir del río Tambre casi todo el recorrido transcurre en paralelo al río Lengüelle por lo que estaremos en todo momento rodeados de un verdísimo bosque de ribera salpicado aquí y allá por los ya tradicionales pinos y eucaliptos. Algunos robles y castaños puntuales también asomarán sus ramas a la Vía. En cuanto a la fauna, lo que más encontraremos serán aves de todo tipo, desde los inevitables cuervos y pegas (urracas), pasando por tórtolas, garzas y hasta aves rapaces, además de todo tipo de pájaros de menor tamaño. Curiosamente también vi una única gaviota, muerta en el centro de la Vía Verde y con sus plumas cubriendo una amplia superficie, esparcidas por algún depredador o carroñero. Los únicos mamíferos que alcancé a ver fueron un conejo (que se refugió en la cuneta a mi paso) y un par de ardillas (una de las cuales parecía ser la reencarnación de un kamikaze y cruzó tan cerca de mi rueda que me hizo clavar los frenos). Y, en cuanto a peces, baste decir que ya el señor Ernesto Hemingway elogió a principios del siglo XX las bravas truchas del Tambre y el que esto escribe pudo comprobar que en el Lengüelle existen también buenos ejemplares y pescadores dispuestos a comprobar su bravura (aunque no tengan el caché de don Ernesto).

Dicho esto, es hora de comenzar nuestro recorrido precisamente sobre las aguas del Tambre: en el puente de permitió durante más de cincuenta años cruzar a los trenes que seguían esta vía y que sigue haciendo este servicio a los cicloturistas que hacemos los propio hoy en día. Si echamos la vista atrás vemos el tramo de vía que aún no está convertido en Vía Verde pero, aunque lo que vemos parece ciclable (en realidad solo lo es unos cientos de metros), evitamos por ahora aventurarnos entre la densa vegetación en espera de que el Concello de Santiago haga su parte.


Por tanto, después de echar un vistazo a las aguas del Tambre en busca de sus legendarias truchas y de ver pasar algún tren por el puente por el que pasa la vía moderna, paralelo al nuestro, comenzamos a pedalear hacia el norte, abandonando el término compostelano y adentrándonos en el Concello de Oroso.



Este primer contacto con la Vía Verde es efímero, pues el trazado de la antigua vía férrea enseguida converge con el de la nueva y nos vemos obligados a abandonarlo. Lo hacemos hacia la izquierda, en bajada, para enseguida tomar un camino paralelo a las vías y al Lengüelle, al que conocemos de inmediato (si no tomamos la segunda curva del recorrido de forma correcta es posible incluso que lo conozcamos demasiado de cerca, pues sus aguas llegan hasta la misma cuneta del camino por el que circularemos). Si nos fijamos con atención, podemos comprobar aquí lo que dije antes de las truchas pues, en mi caso, en menos de un minuto mirando las aguas del río pude ver varios ataques de los peces a los insectos que cubrían la superficie


El camino por el que rodamos queda aquí encajonado entre el cauce del Lengüelle y la vía de tren, que durante un breve trecho siguen sus respectivos caminos a muy corta distancia. Después se separan algo más y dejan espacio, además de a la Vía Verde, a algún que otro campo de maíz. Al otro lado de la vía por la que circulan hoy los trenes dejamos la desaparecida estación de Vilacide, que en tiempos dio servicio a la capital del municipio, Sigüeiro. Hoy, si nos acercamos al solar donde estuvo la estación a través de uno de los pasos subterráneos que encontramos en la zona, lo único interesante que podemos encontrar es un pequeño restaurante.


Nuestra Vía Verde deja por fin de parecer un simple camino de tierra para tomar su característico aspecto de doble franja (una más ancha de gravilla y una estrecha de tierra) que nos acompañará buena parte del recorrido. Precisamente los primeros metros que nos encontramos con estas características forman un mínimo repecho que deja un área de descanso a la derecha y enseguida se cruza con una carreterita asfaltada. Después, la correspondiente bajada casi imperceptible y a rodar por el terreno más llano que vamos a encontrar la provincia rodeados, eso sí, por sendas franjas de arboleda que dejan ver más allá, alternativamente, tierras de labor y bosques algo más densos.


Dejamos a la derecha una pista que nos llevaría a la pequeña ermita de San Román, en Fafián, y poco después dejamos a la derecha lo que fue la estación de Garga-Trasmonte, cuyo edificio esta vez sí encontramos en pie, si bien buena parte del mismo se encuentra cubierta de hiedra. Durante mi paso por la zona, una cuadrilla de trabajadores se encontraba limpiando la maleza de la explanada e hincando estacas de madera en los accesos a la Vía Verde, por lo que no descarto que la estación vaya a ser puesta en valor en el corto plazo.

Continuamos rodando siguiendo la tónica general del día, entre vegetación de ribera y campos de maíz y dejando a un lado, de forma más o menos paralela a nuestra ruta un camino sobre el que llegaremos a rodar unos metros en el punto en el que nos cruzamos con él. Empezamos a adentrarnos en una zona atrincherada cuando, de repente, vemos que nuestra Vía desaparece dentro de un túnel a cuya entrada han colocado una flamante placa solar de buen tamaño. Confiados por presencia dela misma y por la del cable que intuimos que se extiende por la parte superior del túnel, nos metemos sin pensárnoslo para descubrir que ¡la iluminación no funciona! Por suerte para nosotros el túnel es ancho (increíblemente ancho para haber sido retirado del uso ferroviario) y su firme impecable, por lo que no corremos el más mínimo riesgo de accidentarnos por falta de visibilidad. Por si esto fuera poco, toda la bóveda ha sido recubierta por una tela impermeabilizante, por lo que la ausencia de filtraciones de agua garantiza una durabilidad máxima en la conservación del magnífico estado del firme. Como curiosidad referida a los apartaderos que vemos a ambos lados del tramo subterráneo, mencionar que se evitaba que los niños jugasen en el túnel asustándolos con la historia del fantasma de un hombre asesinado por un tal Foucellas, que no es sino el apodo de un afamado guerrillero del maquis cuyo verdadero nombre fue Benigno Andrade y que fue ejecutado por garrote vil en 1952.






Inmediatamente después de salir al otro lado del túnel se cruza en nuestro camino el río Cabrón. Y no, no tengo nada en contra de este pequeño cauce que pasa bajo nuestros pies rodeado de vegetación y que está a punto de desembocar en un Lengüelle que ahora tenemos muy cerca. Lo de Cabrón no es sino su nombre propio y, de nuevo os equivocáis, quien lo bautizase tampoco tenía nada que reprochar al riachuelo sino que, al parecer, el origen de tan insultante nombre proviene de kar, término indoeuropeo para «roca».

Como decimos, vuelve aquí a estrecharse el cerco al que nos vienen sometiendo el Lengüelle por un lado y la vía férrea por el otro. De hecho, si mirarmos a nuestra derecha alcanzamos aquí a ver el pequeño apeadero del que dispone el municipio de Ordes, cerca de la aldea de Fosado.


Para poder comparar lo que es con lo que fue, poco después de dejar atrás este moderno apeadero (y después de tener que cruzar al otro lado de la vía de tren, seguir unos metros por un camino con bastante tierra suelta y regresar a la Vía Verde solo para que la línea ferroviaria vuelva a pasar sobre nuestras cabezas por un alto viaducto), llegamos a lo que fue antaño la estación de Ordes, esta vez en la aldea de A Pontraga: un espléndido edificio de varias plantas proyectado por el arquitecto modernista donostiarra Ramón Cortázar de Urruzola, que siguió aquí un diseño casi idéntico al de la estación de Azpeitia (Guipúzcoa), hoy convertida en Museo Vasco del Ferrócarril. Además del propio edificio de la estación, encontramos en A Pontraga variado material ferroviario (depósito de agua, aguada, el eje de un vago, agujas…), merenderos, barbacoas, un parque infantil con rocódromo y una inusitada actividad laboral, pues no hay rincón del recinto en el no veamos a uno o varios empleados municipales, ya sea limpiando la zona, cuidando la vegetación o trabajando en el vistoso invernadero.




Salimos de la estación de A Pontraga pasando bajo una carretera y poniéndonos en paralelo a otra mucho más pequeña que nos acompañará, a nuestra izquierda, durante un buen trecho. De hecho, cuando el Lengüelle vuelve a nuestro encuentro después de haberse alejado alguna distancia -no demasiada- en algún punto solo esta carreterita nos separará de sus aguas.

La carreterita se aleja de nosotros, el Lengüelle va y viene a su antojo, y nosotros seguimos nuestra ruta con la tónica habitual de bosques y maizales, si bien en este tramo pasamos bastante tiempo circulando por el fondo de una trinchera. A nuestra derecha, reaparecen los trenes de pasajeros que, en su camino a A Coruña, desaparecen raudos dentro de un túnel que se los traga sin masticar (ni eructar). La Vía Verde comienza a elevarse sobre su entorno y un pequeño grupo de casas hace su aparición a nuestra izquierda. Merece la pena mencionarlas porque entre ellas se halla uno de los escasos bares que encontramos en nuestra jornada. Al pie de la vía lo que vemos es una pequeña construcción que, más que estación, merece ser llamada apeadero (correspondiente a Gorgullos-Tordoia) y de la que lo que más destaca es su original color amarillo. La dejamos atrás y volvemos a nuestra rutina, pedaleando ahora por una zona algo más abierta que nos permite volver a ver los trenes recién vomitados por el mencionado túnel. Muy cerca de nosotros, a la izquierda pero fuera del alcance de la vista, se halla el embalse de Vilagudín, coto recreativo de pesca muy conocido por los aficionados a tirar la caña.



Sin nada más digno de mención que el cruce de varias carreteras (solo una a nivel en la que, aunque no parece muy transitada, debemos tener precaución), después de un rato de pedaleo vemos un almacén abandonado a nuestra izquierda y después una quincena de postes de cemento (correspondientes a la señalización kilométrica de un buen tramo de trazado ferroviario) alineados a lo largo de la Vía Verde. Al final de esta hilera, arranca un andén y una nueva estación hace su aparición: Queixas-Londoño, cuyo edificio principal, con soportales y amplias balconadas abiertas (cubiertas ahora con una red para evitar, supongo, la entrada de aves o murciélagos).


Dejamos atrás, una vez más, la estación para seguir nuestra ruta cuando… ¡se nos acaba la Vía Verde!

Pero tranquilidad, que no cunda el pánico: que la Vía Verde acabe junto a una pequeña zona de descanso no quiere decir que haya terminado nuestra ruta de hoy (y no estoy hablando de seguir la vía muerta que, aunque sin arreglar, ha sido limpiada de maleza al menos en los metros que vemos ante nosotros). Al contrario, dejamos aquí por el momento la antigua vía de tren para tomar el camino que sale a nuestra izquierda y que nos deja en la carreterita que venía paralela a nosotros. Después de una pequeña pero empinada bajada (al menos nos lo parece después de la monótona llanura que llevamos recorriendo todo el día), salimos al encuentro del río Lengüelle al que acompañamos unos metros hasta que un pequeño puente nos ofrece la ocasión de cruzarlo por primera vez en todo el recorrido. Sin embargo no vamos a hacerlo por ahora sino que seguimos, obedientes, los carteles que nos señalan cómo llegar a Cerceda (también vemos, como en cada cruce a partir de ahora, los opuestos que nos indican cómo regresa a la Vía Verde en dirección Santiago). Seguimos de cerca el trazado de la antigua vía férrea, que vamos viendo a nuestra derecha a mayor altura que el asfalto por el que vamos. Llegamos así a un cruce en el que, descartando la posibilidad de cruzar bajo las vías, seguimos de frente para, ya por tierra, adentrarnos en un encantador bosquecillo y alejarnos por vez primera de todas las vías de tren, antiguas o modernas.





Siempre obedeciendo los carteles indicadores, confiando en que quien los puso allí sabía lo que se hacía y que no nos dejará tirados, llegamos de nuevo al asfalto en un cruce que tomamos a la izquierda. Dejamos atrás una casa aislada y acudimos a un nuevo encuentro con nuestro viejo amigo el Lengüelle al que, esta vez sí, cruzamos por primera vez.

En la otra orilla, giramos bruscamente a la derecha para emprender una breve subida por un asfalto que no tardamos en cambiar por gravilla tras torcer de nuevo a la derecha. Llegamos así a unas casas donde tomamos la alternativa de la derecha (de frente según venimos) para encarar una corta bajada a un valle después del cual empieza la subida de verdad. Durante la larga subida (de tierra, como el último tramo de bajada) aprovechamos para admirar el paisaje, aunque el bosque de pino y eucalipto coronado, allá a lo lejos por la horrible columna de humo de un centro de tratamiento de residuos no es de lo más bello del mundo.


Por suerte la subida no era larga (solo nos lo parecía por comparación con la Vía Verde) y, sin saber muy bien cómo, nos damos cuenta de que hemos coronado, que la tierra ha vuelto a convertirse en asfalto y de que estamos bajando en dirección a un pequeño grupo de casas, pasado el cual dejamos otro a un lado y, después de un cruce a derechas, cruzamos un tercer núcleo algo más grande (quizás por eso sus perros sean tan creídos y nos ladren con tantas ganas).
A la salida de esta aldea la carretera se eleva unos metros y, de repente, nos encontramos cruzando un puente. Miramos hacia abajo y ¡vemos la Vía Verde cruzando bajo nuestros pies!

Al otro lado del puente tomamos el camino que baja a la Vía Verde (cualquiera de los dos caminos laterales es válido, en realidad) y nos enfrentamos a un dilema: ¿adónde ir ahora?
Si tomamos en dirección sudeste (a la derecha según nuestra perspectiva desde el puente) nos esperan un par de kilómetros de ruta que no tienen mayor interés que el bosque que la rodea y que termina súbitamente frente a la alambrada que nos separa del trazado ferroviario moderno.


En dirección contraria, hacia el noroeste (a la izquierda según lo vimos desde el puente) la distancia que nos queda por recorrer es más o menos la misma -apenas dos kilómetros-, si bien en esta dirección tenemos como primer aliciente la presencia de la antigua estación de tren de Cerceda, donde podemos ver un depósito de agua y el edificio de la estación reconvertido en albergue, amén de otros restos de infraestructura ferroviaria. Además, una vez alcanzado el final de la Vía Verde junto a la inevitable malla metálica que nos separa de una vía férrea que desaparece en un túnel, tenemos en este caso la opción de alargar nuestra excursión siguiendo los senderos que siguen el discreto cauce del río Acevedo y que, tras bordear un polígono industrial, nos llevan a un jardín botánico y al popular parque acuático de Cerceda donde podemos, ahora sí, poner fin a nuestra ruta de hoy con un merecido chapuzón.




