Provincia: Cáceres
Distancia: Variable (18 rutas de entre 13 y 130 km aprox.)
Mapa:

Tracks: Descargar todos SECT2023.rar
Descripción:
Ya he hablado aquí en alguna ocasión de la Unión Europea de Cicloturismo y de sus míticas Semanas Europeas de Cicloturismo, por lo que no me extenderé mucho más al respecto. Solo merece la pena señalar que hubo una larga temporada en la que este evento parecía estar gafado. Después de la que tuvo lugar en Belmonte (Portugal) en 2019, se programó la de 2020 en Bosnia pero debió ser suspendida a causa de la covid-19. La de 2021 iba a tener lugar en Bélgica, pero se canceló debido a las inundaciones que asolaron la zona ese mismo año por lo que se trasladó a Holanda, si bien finalmente fue también suspendida por la pandemia. En 2022 la idea era viajar a Ucrania pero un tal Putin decidió boicotear los planes invadiendo el país por lo que, aunque finalmente sí pudo celebrarse, tuvo que ser en Meppel (Holanda), lugar que ya había sido la sede suplente del año anterior.
Es por eso por lo que en 2023 no las tenía todas conmigo cuando me inscribí en la Semana Europea que la delegación española de la UECT organizó en Plasencia (Cáceres) y no descarté hasta el último segundo que un desastre natural impidiese celebrar la prueba (no son raros los incendios devastadores en la comarca placentina) pero por suerte los astros se alinearon y ni siquiera tuvimos que soportar un calor excesivo, más allá del que es habitual en la región a principios de julio, claro. Eso sí, el día de nuestra llegada a la ciudad pudimos presenciar una manifestación de los productores de cerezas que habían perdido gran parte de su cosecha por las fuertes tormentas del mes de junio: quizás sí hubo un desastre natural después de todo…
Así, pasemos ya a describir lo vivido durante la XVII Semana Europea de la UECT y las deliciosas rutas que la FECT señalizó para nosotros que, básicamente, lo único que tuvimos que hacer fue seguir las flechas.

Día 0:
Al parecer, Plasencia fue fundada por Alfonso VIII de Castilla en 1186 con el propósito de «agradar a Dios y a los hombres» (ut placeat Deo et hominibus) y de ahí tomó su nombre la villa cacereña. Así, como buenos dioses… digo, hombres, después de pasar por el recinto ferial de El Berrocal a recoger nuestros dorsales y efectos varios, nos dedicamos a disfrutar de los placeres que la localidad ofrece a sus visitantes y que empiezan no lejos del propio recinto ferial en el futurista palacio de congresos, obra de Lucía Cano y José Selgas. Después debemos coronar el alto que nos separa del resto de la ciudad y dejarnos caer hasta el casco histórico que ya vemos ante nosotros.


Lo primero que debemos visitar (también lo más caro) es la catedral o, para ser precisos, las catedrales o, para ser precisísimos, las dos medias catedrales. Me explico: Plasencia tenía una preciosa catedral de estilo románico (y protogótico) cuya construcción había comenzado en el siglo XIII y que apenas había sido concluida cuando, en 1498, creyeron que era buena idea demolerla para construir una nueva en estilo gótico-renacentista y a ello se pusieron durante el siglo XVI los mejores arquitectos de la época aunque, por suerte, no la tiraron toda de golpe sino que lo iban haciendo a medida que avanzaban en la construcción de la catedral nueva. Y es que no llevaban ni un siglo con la obra cuando decidieron parar y darla por concluida, dejando así dos edificios solapados y separados por un muro. En todo caso, es de visita obligada para disfrutar del bello claustro o de la Torre del Melón de la catedral vieja así como del magnífico edificio de la nueva, en cuyo interior destacan un par de impresionantes puertas platerescas.






Después de la catedral, es lugar de paso obligado la plaza mayor donde hay que admirar el edificio renacentista del ayuntamiento (s. XVI) y , en su torre principal, al Abuelo Mayorga tocando la campana cada hora desde 1743 (si bien el que vemos ahora es mucho más joven, pues el autómata original fue destruido por las franceses a principios del XIX). Para verlo en acción lo mejor es que nos dirijamos a la terraza de cualquiera de las muchas cafeterías de la plaza, busquemos una mesa que esté a la sombra y nos sentemos a refrescarnos el gaznate mientras esperamos cómodamente a que el reloj entre en funcionamiento.



Es hora ya de seguir nuestro paseo y dirigirnos a las murallas, en cualquiera de los lienzos que aún conservan el mismo aspecto que presentaban en el siglo XII (otros tramos fueron derruidos en el siglo XIX) o a cualquiera de las puertas que fueron ampliamente reformadas entre el renacimiento y el siglo XVIII. También podemos visitar a la sólida Torre Lucía, a la que es posible subir y en la que hay un centro de interpretación.











Otro punto de gran interés lo constituye el acueducto del siglo XVI que fue levantado por orden de Juan de Flandes para sustituir el construido durante el medievo para surtir de agua a la recién fundada ciudad.



Y, ya que estamos de paseo, no debemos dejar de visitar tantos y tantos lugares de interés que esconde la ciudad y que empiezan en la propia oficina de turismo, insertada dentro de un antiguo monasterio. Tampoco puedo dejar de mencionar el edificio neomudéjar que alberga la universidad (antiguo Colegio de la Merced), el palacio episcopal del siglo XII, la gótica casa del doctor Trujillo, la casa de los Almaraz (s. XVII), la románica iglesia del Salvador (siglo XIII, reconstruida en el XVIII), la iglesia -hoy auditorio- de Santa Ana del siglo XVI, el palacio de los Monroy del siglo XIV, la iglesia de San Nicolás del siglo XIII, el fortificado palacio del marqués de Mirabel del siglo XV, el anexo convento de los dominicos -hoy parador- del mismo siglo, o la arruinada iglesia medieval de la Magdalena -actualmente sitio arqueológico y centro de promoción de la artesanía-, por citar solo algunos de los lugares que llamaron mi atención.




















Por supuesto, antes de retirarnos a descansar no podemos dejar de dar un paseo por la orilla del río Jerte, que da vida a la ciudad e incluso, si el calor y las fuerzas nos lo permiten, subir al santuario de la Virgen del Puerto.


Día 1:
Recorrido único (75 km aprox.):
El primer día de pedaleo de esta Semana Europea de Cicloturismo consiste en una única ruta, propuesta pero sin señalizar, que sirve de aperitivo a todas las demás. Salimos temprano para evitar la dura ola de calor que estamos terminando de superar y salimos de Plasencia, cruzando el río Jerte, por la carretera EX-203 que se interna en la comarca de la Vera.
Nada más enfilar esta carretera que debemos seguir durante bastantes kilómetros vemos ya un reguero de ciclistas que se esfuerzan en el duro repecho que debemos afrontar así, de buena mañana. Lo peor de la subida quizás sea que el carril doble que facilita el adelantamiento apenas cubre el primer tramo y después quedamos expuestos al denso tráfico que sale de Plasencia en esta dirección y que adelanta de cualquier forma a los numerosos grupillos de ciclistas que se extienden durante kilómetros de carretera.
Una vez arriba tenemos que llanear durante bastantes tiempo por la misma carretera en la que, a falta de banda sonora en la línea lateral, alguna lumbrera tuvo la genial idea de fabricarla a mano picando con una excavadora. Me explico: en lugar de la tradicional pintura con bandas rugosas que solemos encontrar en las líneas laterales de las carreteras de cierta importancia (y que ya suelen resultar incómodas para el ciclista) aquí, directamente, han cogido un martillo picador y han cavado varios surcos transversales a, aproximadamente, intervalos de un metro: un metro liso, otro par de metros con diez o doce socavones marcados en el asfalto, otro metro liso, etc. Una auténtica tortura que se suma al hecho de que el arcén está impracticable por la vegetación y la suciedad y que los coches nos pasan sin mucha delicadeza por el otro lado. Si por despiste pillamos los surcos con una de nuestras ruedas, todas las partes no fijas de nuestra bici terminarán rodando por el asfalto: bidones, luces…
A pesar de todo, la carretera es encantadora y rodamos sin problema por un paisaje adehesado de roble dejando un pequeño embalse a la derecha. El antiguo trazado debía de ser muy sinuoso y eso ha dejado como resultado numerosos apartaderos en los que podemos detenernos a reponer fuerzas a la sombra.
Llegamos así a Tejeda de Tiétar, localidad que debemos cruzar de lado a lado sin abandonar la carretera principal, dejando a la derecha una pequeña ermita dedicada a San Sebastián, del siglo XVII, y un crucero plateresco del XVI (de la iglesia principal del pueblo y de su «muerte pelona» hablaré en la ruta del día 4, cuando volveremos a pasar por aquí).


Poco después de dejar atrás Tejeda, a nuestra izquierda vemos una iglesia del siglo XVI con una placa indicando que se trata del santuario de Santa María la Blanca. Adelanto a un señor en bici eléctrica que no tarda en ponerse a mi altura para entablar conversación (al parecer soy el único con pinta de hablar español de las decenas de ciclistas que se ha encontrado en su ruta de hoy). Me cuenta que ha estado ligado a varias asociaciones ciclistas locales y hablamos largo y tendido sobre las mejores zonas para montar en bici por la región y sobre la indefensión del ciclista en esta carretera. En ello estamos cuando un coche en deplorable estado nos adelante ruidosamente mientras el copiloto nos lanza diversos improperios sacando su torso desnudo por la ventanilla y agitando agresivamente el puño hacia nosotros. Los ciclistas de este país estaremos jodidos mientras existan energúmenos como este que no sepan resolver sus frustraciones sexuales en su casita. De gilipollas está el mundo lleno.
Empezamos a subir ligeramente y llegamos a Torremenga, en uno de cuyos bares dejo a mi eventual compañero de ruta, y sigo ya en solitario hasta el cercano Jaraiz de la Vera para lo que hago uso del corto carril-bici que existe a la derecha de la carretera.

Jaraiz es pueblo de cierta enjundia que debe, sin duda, a la producción de su afamado pimentón, del que cuenta hasta con un museo. A mí me interesa más el arte, por lo que callejeo hasta localizar la iglesia de San Miguel Arcángel, originaria del siglo XV, si bien la mayoría fue reconstruida en el XX. De su interior nada puedo decir pues se hallaba cerrada a cal y canto. Aprovecho para seguir pedaleando por sus estrechas calles, donde los limoneros dejan caer sus olorosos frutos sobre el empedrado y donde una vecina se afana en explicar a una cicloturista francesa que los naranjos que crecen en la calle son decorativos y no comestibles repitiendo sin parar a voz en grito «No, malas» (debo intervenir para decirle que «on ne peut pas manger», lo cual resulta claramente más efectivo que los infructuosos esfuerzos de la señora jaraiceña).

En Jaraiz abandonamos la carretera principal (que continúa su camino por Yuste y la Vera) para tomar la que lleva a Pasarón. A la salida del pueblo encontramos una fuente donde rellenar los bidones y un mirador desde donde contemplar las primeras estribaciones de la sierra de Gredos y envidiar el buen gusto de Carlos V, quien eligió estas tierras para retirarse del mundanal e imperial ruido (detrás de las vistas del mirador añado algunas fotos del monasterio de Yuste, donde murió, que se encuentra cerca de aquí y que bien merece una visita).




La subida a la que nos enfrentamos ahora es una maravilla. Con pendientes muy moderadas, avanzamos por una tranquila carreterita rodeada de robles y castaños que nos protegen del implacable sol que a estas horas empieza ya a mostrarse inmisericorde. Cuando la carretera se abre un poco, algunos cerezos (aunque ya sin frutos la mayoría) nos acompañan en el llano que hay en la parte superior y en el comienzo de la bajada.
A la izquierda dejamos un mirador desde donde podemos ver ya, a nuestros pies y sobre las higueras, el caserío de Pasarón de la Vera, a donde no tardamos en llegar descartando el desvío que, a nuestra derecha, asciende hacia Piornal.


Entramos a Pasarón con unas bonitas vistas del conjunto urbano a nuestra derecha para, después de un par de curvas, pasar a meternos en él. Como, aunque lo atraviesa, la carretera pasa por lo que serían, más o menos, las afueras del pueblo, conviene aquí adentrarse en sus empinadas callejuelas para ver, entre otros puntos de interés su interesante iglesia de los siglos XV-XVI y campanario exento pero, sobre todo, para acercarnos a un lugar del que ya hemos visto carteles anunciándolo desde hace tiempo: el Museo Pecharromán.

Ricardo Pecharromán y Morales es un artista madrileño que, en los años noventa del siglo XX, adquirió y rehabilitó una casona señorial del siglo XVI situada en el centro de Pasarón de la Vera -no lejos de la iglesia- para convertirla en su estudio y que hoy en día acoge un museo del propio autor y es, al mismo tiempo, la sede de su fundación. La entrada al museo cuesta cinco lereles, lo que no es poco, pero si llamamos a la campanilla que sirve de timbre no nos arrepentiremos, pues es el propio Pecharromán quien suele salir a atender a los visitantes y quien nos sirve de guía en nuestra visita por un edificio que, en si mismo, es una auténtica joya. Respecto a la obra pictórica del autor, las opiniones son variadas pero a mí personalmente me sorprendió gratamente y me pareció que la figura del madrileño debería ser más conocida (no deja de ser curioso lo poco conocido que es, teniendo en cuenta lo bien que sabe vender su propia carrera). La verdad es que Pecharromán es todo un personaje y nuestra conversación se alargó durante casi dos horas en las que tuvimos tiempo de hablar de todo: arte, historia, libros, viajes, y de la vida en general. De hecho, mi visita duró más de lo que las circunstancias hacían aconsejable y, cuando salí del frescor de la casona y de las callejuelas del pueblo, el sol, en todo lo alto, no tuvo piedad de mí y me devolvió de golpe a la cruda realidad (o más bien a la asada realidad, por la temperatura que había).

Poco después de abandonar Pasarón abandonamos la carretera principal para tomar una antigua vía que, según anuncia un cartel de la misma época, nos lleva a Arroyomolinos de la Vera (para lo que debemos volver a cruzar la carretera principal a los pocos metros). Nos metemos así en un terreno rompepiernas que continúa después de tomar en las afueras de Arroyomolinos la carretera que surge a nuestra izquierda y de abandonarla al poco hacia la derecha. Después de unos kilómetros de continuo sube y baja por una carreterita antigua y aparentemente abandonada (más allá de los grupillos de ciclistas rezagados que, como yo mismo, nos arrastramos con esfuerzo de sombra en sombra bajo el sol de mediodía) llegamos a una carretera algo más importante donde retomamos el descenso y por la que llegamos a Gargüera, localidad donde lo más interesante lo encontramos en la propia carretera, a la salida del pueblo: la iglesia de la Asunción (s. XV).

Desde Gargüera, y siguiendo por la misma carretera que avanza entre robles y rocas graníticas, primero subiendo y después bajando, llegamos a la EX-203 (sí, la de los socavones laterales) por la que salimos de Plasencia y por la que regresamos a ella para completar nuestra primera ruta de la semana.
Día 2:
Apertura (13 km aprox.):
Es domingo y hoy no se madruga en Plasencia. Así, un poco antes de las diez de la mañana me planto en el recinto ferial de El Berrocal para participar en la marcha ciclista que abre oficialmente la SECT 2023. Nada más llegar me encuentro a algunos viejos conocidos asturianos (que forman parte de la organización del evento pues, no en vano, uno de ellos es el presidente de la FECT) y, después de un rato charlando con ellos, me meto en el bar del recinto a desayunar algo.
A las diez, con puntualidad europea, los 445 inscritos (358 franceses, 43 polacos, 14 belgas, una decena de españoles y otros tantos portugueses, cuatro gatos de Suiza, tres británicos, una pareja de valientes ucranianos y un único alemán) ajustamos nuestros pedales y nos ponemos en marcha para dar un paseo por las calles del centro de Plasencia. Después de llenar varias avenidas de las afueras y de colapsar las callejuelas del centro histórico, descendemos al Jerte para seguir, por su orilla, la vía para ciclistas y caminantes que nos lleva río arriba hasta las proximidades el camping La Chopera, que me trae recuerdos de otro viaje cicloturista que tuvo lugar hace un par de décadas. Allí cruzamos el río por una pasarela peatonal y regresamos por la otra orilla hasta llegar al puente del siglo XVI que lleva el irónico nombre de Puente Nuevo, desde donde pasamos al parque de La Isla, lugar en el que tendrá lugar el acto de apertura oficial.



Después de un buen rato esperando a las autoridades, el presidente de la UECT (Patrice), su homólogo de la FECT (Junquera), el vicepresidente de la Federación Portuguesa de Ciclismo (con el que había hablado un rato antes y que creo que se llama Sandro) y un par de concejales locales (Belinda y Álvaro) dan los discursos de rigor delante de las banderas correspondientes y declaran inaugurada la SECT 2023, después de lo cual pasamos a la comida de apertura y que consta de un menú muy español: un vaso de gazpacho, un bocata de tortilla y refresco a elegir. Durante la comida me presentan a los dos concejales (me jacto de asocial, pero siempre termino en el meollo de todos los saraos) y charlo unos minutos con ellos del evento y del atractivo que supone para el turismo local la reciente apertura de la Vía Verde Ruta de la Plata.



Finalmente, cuando todos mis conocidos (antiguos o recientes) se han despistado, me embadurno de protector solar y me dispongo a pedalear un rato: son las dos de la tarde.
Recorrido único (55 km aprox.):
Después de ayudar a un par de franceses a orientarse de vuelta hacia El Berrocal (me temo que sin mucho éxito), tomo la anchísima avenida de circunvalación que conecta Plasencia con la autovía A-66 y que a mí me permite enlazar con la EX-370 por la que comienza la ruta sin señalizar que la organización ha propuesto para esta tarde.
Después de un ascender penosamente bajo el calor de la tarde hasta cruzar la autovía, me dejo caer por el otro lado hasta pasar bajo los arcos de un moderno acueducto por el que discurre uno de los muchos canales que dan vida a esta zona de regadío. A la derecha queda un árbol que difícilmente podría acoger más nidos de cigüeña.


Tomando en el primer cruce a la izquierda avanzamos por una zona relativamente llana donde el calor se hace más y más patente. Me doy cuenta de que si sigo bebiendo a este ritmo mis dos bidones se agotaran en nada, pero necesito reponer líquido cada pocos metros. Dios proveerá.
Dejamos a la izquierda el cruce que lleva a Pradochano y pasamos bajo una autovía para llegar a San Gil, donde tomamos hacia la derecha la carretera con la que nos cruzamos. Al poco volvemos a abandonar esta carretera en dirección a Galisteo, cuyas murallas y castillo ya vemos muy cerca.

Dejando a la izquierda las piscinas dela localidad (y descartando su bar por la desagradable señal que luce junto a la puerta, prohibiendo las bicicletas) alcanzo un bar donde arraso con todo lo que encuentro: un refresco, un helado, hielo y agua para mis bidones. Después de reponer fuerzas, asciendo hacia la muralla de cantos rodados de Galisteo pero decido dejar para otra ocasión (será el día 7) la visita turística, pues no sé si es buena idea malgastar fuerzas bajo este sol inclemente. En mi papel de cronista, no es mi objetivo vencer batallas sino, simplemente, sobrevivir para contarlas. Por eso, junto a la Puerta del Rey, continúo mi ruta por la carretera por la que he subido, sin entrar al interior de las murallas.

Eso sí, al llegar al valle sí me detengo a admirar el puente por el que hemos de cruzar el río Jerte, una obra de 1566 que muestra sobre su tajamar central el escudo de armas de quien lo mandó construir, un tal Enrique Fernández Manrique quien, al parecer, era el señor de Galisteo por aquel entonces.




Al otro lado del puente, tras ascender el corto repecho, salvamos las dos rotondas que dan acceso a la autovía y tomamos la carretera que, según las señales, lleva a un campo de golf. Un poco antes de llegar a él, un canal se pone en paralelo a la vía por la que circulamos, ocupando la cuneta de nuestra derecha. Dejamos atrás el campo de golf en una curva y proseguimos nuestra ruta siguiendo el canal que parece refrescar un poco el ambiente si bien el intenso calor sofríe de tal forma las jaras de la cuneta opuesta que su olor inunda el aire y llena nuestros pulmones.
Un pelotón de franceses aparece de repente y me adelanta sin miramientos, haciendo de del susto me vaya a la derecha acercándome peligrosamente al canal. Intento pillar el rebufo pero finalmente decido que es mejor seguir a mi ritmo si no quiero que me pase como a la vaca que veo junto a un cruce: hinchada y patas arriba no parece llevar demasiado tiempo muerta, pero el calor empieza ya a causar efecto en el cadáver.
Después de girar a la izquierda en el cruce donde se hallaba la vaca y de descender unos metros por una carretera donde algunos árboles proporcionan una maravillosa (pero insuficiente) sombra, terminamos llegando la EX-370 por la que salimos de Plasencia y a la que accedemos ascendiendo un repentino repecho donde devuelvo la jugada a los franceses adelantándolos. Ya por la carretera principal, seguimos ascendiendo bajo el sol hasta que finalmente el terreno se allana un poco y alcanzamos un cruce junto a una gasolinera donde un cartel nos dice que estamos cruzando la Cañada Real de las Merinas. Nosotros seguimos de frente e, ignorando el cruce a la derecha que va hacia Valderrosas, conseguimos llegar hasta Carcaboso, donde vemos a otros esforzados ciclistas refugiarse en la terraza de un bar.
Con un último esfuerzo seguimos recto hasta alcanzar el cruce por el que abandonamos esta carretera hace apenas un par de horas (cuando pedaleabamos hacia Galisteo) y emprendemos el duro ascenso y posterior glorioso descenso que nos llevan de vuelta a Plasencia.
Día 3:
Los tres recorridos propuestos para este lunes, primer día de rutas señalizadas, tienen como objetivo turístico el Parque Nacional de Monfragüe, un lugar cuyo solo nombre evoca la imagen de innumerables buitres sobrevolando los cortados rocosos entre los que se abre paso el río Tajo. Pero no olvidemos que su nombre aparecía también en los versos de una canción del grupo placentino Extremoduro cuyo título era una descripción perfecta de la zona por la que rodaremos hoy: «Extrema y dura».
Recorrido corto (35 km aprox.):
El primero de los tres recorridos de hoy sale, junto con las otras dos rutas, en dirección al Parque Nacional pero, justo antes de llegar al centro de interpretación y al cruce de la estación ferroviaria de Palazuelo-Empalme, se desvía hacia la izquierda (justo en el punto por el que se accede al comienzo de la vía verde que lleva el nombre del parque) para dirigirse hacia Malpartida de Plasencia y, más allá, enlazar con la EX-370 por la que rodamos el primer día y por la que hoy se regresa a Plasencia.
Recorrido medio (74 km aprox.):
Este recorrido sale por el mismo sitio que los otros dos y, cuando el recorrido corto se va hacia la izquierda, sigue de frente acompañando al más largo hasta el puerto de la Serrana. Al comenzar el descenso hacia el valle del Tajo, sin embargo, se desvía a la izquierda para pegarse al cauce del Tiétar, al que termina cruzando por la presa del embalse de Torrejón. Después hace un amago de subida que permite alcanzar un mirador sobre el Tajo pero vuelve a desplomarse en busca del embalsado Tiétar a cuya margen derecha se pega como una lapa hasta que, finalmente, en las cercanías del final de la Vía Verde de Monfragüe y justo antes de cruzar la autovía, se atreve a pasar a la otra orilla desviándose a la izquierda para dirigirse primero a Malpartida y después a Plasencia, cerrando así el círculo de hoy.
Recorrido largo (100 km aprox.):
Al acudir a El Berrocal para el control de firmas y para recoger el avituallamiento compruebo que mi número de dorsal no está en la lista. ¡Empezamos bien!
Nimiedades aparte, la ruta de hoy sale de Plasencia por el polígono industrial que se encuentra hacia el sur y, después de desviarnos a la izquierda en una rotonda, comenzamos a subir en dirección al parque de Monfragüe (sí, parece que de Plasencia se sale en todas direcciones subiendo). El ascenso es, como de costumbre, duro en algunos tramos y vamos adelantando, cuando los coches nos lo permiten, a un rosario de ciclistas que ruedan con más calma seguramente por ir a hacer alguno de los recorridos más cortos.
Superado el repecho, pasamos a llanear por un paisaje adehesado salpicado de encinas y alcornoques durante el que salvamos una carretera perpendicular a la nuestra (¡cuidado con el cruce!) y una autovía por un paso elevado. Llegamos así al punto donde la ruta corta se aleja de nosotros y donde da comienzo la Vía Verde de Monfragüe. Casi en el mismo punto pasamos bajo la vía del tren (la estación de Monfragüe está cerca) y dejamos a un lado el centro de visitantes del parque. Todo apunta a que estamos llegando ya al Parque Nacional.
Continuamos la ruta en suave descenso hasta que un mínimo desnivel positivo nos indica que estamos superando el puerto de la Serrana, puerta natural que da acceso a los valles del Tiétar y del Tajo. Merece la pena detenerse unos segundos a admirar el paisaje y quienes entiendan de geología seguramente saquen mucha información de la disposición de los estratos rocosos que tenemos ante nosotros.

Ahora sí, comenzamos el descenso que nos mete en las entrañas del parque. No tardamos en perder, por la izquierda, a quienes recorren la ruta intermedia del día. Un poco más adelante queda, también a la izquierda, la aldea de Villarreal de San Carlos, antiguo destacamento militar del siglo XVIII que hoy en día es más bien un pequeño parque temático, con sus casas remozadas, su centro de visitantes, su centro de interpretación, sus variada oferta hotelera, su helipuerto, su aparcamiento desproporcionado… solo la ermita parece sobrevivir entre tanto turismo (aunque seguramente sea ya más un auditorio que un templo).
Nosotros seguimos cuesta abajo y alcanzamos un pequeño mirador desde donde podemos ya admirar el río Tajo que acaba aquí de recibir las aguas de su tributario Tiétar y se encuentran ambos embalsados. Si el nivel de las aguas lo permite, podemos ver también el puente del Cardenal, construido en el siglo XV (y destruido en la guerra contra la tropas napoleónicas, por lo que fue reconstruido en el XIX) y sumergido en el XX. Estamos en un punto de gran importancia en la historia de la trashumancia pues por aquí pasaba la Cañada Real de la Plata o de la Vizana.

Pero ha llegado el momento de que nosotros también nos liemos la manta a la cabeza y atravesemos el Tajo, lo que hacemos poco más adelante por un moderno y feo puente que termina, en la otra orilla, en la llamada Fuente del Francés, donde podemos rellenar nuestros bidones (aunque un cartel indica que se trata de agua sin tratar, yo la bebí y no me he muerto). Después ascendemos muy ligeramente siguiendo el curso del Tajo -a nuestra derecha- y viendo ya sobre nuestras cabezas -a la izquierda- el imponente castillo de Monfragüe llegando en poco rato al espectacular paso conocido como Salto del Gitano.

Y es que, según la leyenda, un bandolero gitano que huía -cómo no- de la guardia civil, cruzó el Tajo de un salto entre las impresionantes rocas que jalonan el cortado que ahora tenemos ante nosotros y que, desde entonces, uno de sus perseguidores, convertido en cuarcita, observa pasmado la otra orilla desde Peña Falcón. Lo que si verá el decimonónico picoleto desde su posición son los numerosos buitres que anidan, sobrevuelan y descansan en el roquedo, lo que también hacen desde nuestra orilla varios aficionados a la ornitología desde sus potentes telescopios.






Continuamos nuestra ruta alejándonos del río y con el castillo, en lo alto, vigilándonos desde nuestra izquierda. No tardamos en llegar al aparcamiento desde el que asciende la carretera que lleva a hasta él (una construcción del siglo IX reconstruida en el XII y en el XV) y hasta la ermita anexa, donde se conserva la Virgen de Monfragüe, talla bizantina traída en el siglo XII desde Jerusalén. Algunos carteles indican que hay un autobús gratuito para subir desde este punto, pero el aparcamiento se encuentra desierto y, como aún nos queda mucha ruta por delante, desistimos de subir en esta ocasión.


Tras un breve ascenso y algo de llaneo, descendemos para cruzar el arroyo de la Vid (cuidado con el puente, pues está en obras y le falta algún trozo de sus alzas) y ascender al otro lado un mínimo puertecillo de poco más de un kilómetro y continuar después por una carretera más ancha hasta Torrejón el Rubio. Se trata de una localidad de no gran tamaño pero que cuenta con una importante oferta de hostelería (lo que aprovechamos para descansar en una terraza) y que tiene también, además de oficina de turismo, un centro de interpretación del arte rupestre, pues no son pocos los yacimientos de este tipo con los que cuenta Monfragüe. Por desgracia vamos sin demasiado tiempo si queremos huir de los calores vespertinos, por lo que nos conformamos con ver el inmenso mural pintado en un lateral del pabellón polideportivo que representa un ciervo en estilo realista y, junto a él, un par de representaciones esquemáticas copiadas de un panel epipaleolítico de la zona.
A la salida de Torrejón tomamos un desvío a la derecha que nos lleva por una carretera en buen estado y sin demasiado tráfico que va llaneando por la dehesa de encinas (probablemente también haya alcornoques, pero quercus en todo caso). Después tomamos un nuevo desvío a la derecha y continuamos llaneando hasta que el abismo se abre ante nosotros y descendemos en picado hacia el Tajo de nuevo.
A la salida de una marcada curva de herradura encontramos un mirador desde el que podemos ver el río y el puente por el que no tardaremos en cruzar. Durante el resto del descenso, un buitre leonado (que no Leonardo) se coloca en vuelo rasante sobre nuestras cabezas, a menos de una decena de metros de altura, y se desliza por el aire oteándonos. Es un momento de comunión mágica: el buitre sobre volándonos sin mover sus alas, dejándose llevar por las corrientes de aire y, justo bajo él, nosotros deslizándonos silenciosamente sobre el asfalto, sin pedalear, dejándonos arrastrar por la fuerza de la gravedad. Una experiencia inolvidable.

Pero no tardamos en volver a la dura realidad y nos damos cuenta de que es probable que el buitre solo estuviese valorando la calidad de nuestras magras carnes y nuestra capacidad para defendernos de un potencial ataque pues, nada más cruzar el río, las rampas de la otra orilla nos hacen sentirnos con la misma fuerza que un cadáver. No se trata de la inclinación per se, que también, sino de un fatídico microclima que hace que en esta zona no corra ni una pizca ni una meaja de viento y, al hallarse la ladera plenamente expuesta al sol de mediodía, cual sábana tendida para secarse, y sin una sola sombra que nos dé alivio, las condiciones para el ascenso son dantescas.
Retorciéndonos, vamos avanzando poco a poco bajo el calor aplastante (por suerte aprovechamos el anterior descenso para aplicarnos protector solar en toda la piel expuesta). Con un poco de masoquismo, configuramos el Garmin para que nos muestre la temperatura y la pendiente. En un momento en el que marca una pendiente del 9% y una temperatura de 45ºC adelanto a una francesa entrada en años que camina junto a su bici y que con sus últimas fuerzas se queja de que no haya ninguna sombra. Mis fuerzas llegan justitas para entender su francés, pero no para responder de forma coherente, por lo que sonrío, pongo cara de sufrimiento (no necesito fingir) y tiro para adelante, donde no tardo encontrar esperándola a su pareja (al menos llevan maillots a juego) haciendo equilibrios junto a un quitamiedos para aprovechar los pocos centímetros cuadrados de sombra que ofrece un pequeño arbusto.
Finalmente, completamos la subida (este tramo de subida, que aún nos queda otro más largo) y llaneamos un poco hasta la localidad de Serradilla, donde lo primero que veo es a otro francés en un parque metido bajo una manguera de riego. Avanzando hasta medio pueblo, me detengo en la primera tienda que veo a la izquierda de la carretera y cuyo propietario, al verme aparecer, me planta en la mano una botella de agua de litro y medio helada (se va que no soy el primero que para aquí completamente deshidratado). Después de un rato charlando el el fresco interior con los parroquianos, de trincarme una lata fría de bebida isotónica y una bolsa de gominolas (la mitad de las cuales reservo para más tarde), me tiro por encima el poco líquido caldoso que quedaba en mis bidones, los relleno con la botella fría y prosigo camino después de comprobar, con alivio, que la pareja de franceses a los que dejé atrás en la subida ha conseguido llegar hasta aquí con vida.
Por un momento me planteo la posibilidad de callejear por Serradilla en busca de lugares de interés pues sé que de su santuario del Santísimo Cristo de la Victoria se dice que:
Caminante peregrino
que llegas a Serradilla
haz un alto en el camino
contempla la maravilla
de Cristo Señor Divino.
Pero a partir de aquí ya conozco el recorrido y sé que va a ser duro por lo que, por algún motivo, la cancioncilla que no puedo quitarme de la cabeza es otra bien diferente:
Desde que tú no me quieres
yo quiero a los animales
y al animal que más quiero
es al buitre carroñero
es al buitre carroñero.
Desde que tú no me quieres
yo todos los días me muero
y alimento con mi carne
en Monfragüe buitres negros
en Monfragüe buitres negros.
Así, salgo de Serradilla sin perder más tiempo y encaro de inmediato el siguiente tramo de subida que es más larga que la que hemos dejado atrás y no menos dura (los tramos al 8% son los más habituales) pero, quizás por la leve brisa que sopla en esta zona, quizás por el refrigerio recién ingerido o tal vez por ser un tramo que ya he subido anteriormente y que aún recuerdo lo suficiente como para regular adecuadamente mi esfuerzo, parece costar mucho menos que el anterior paredón. De este modo, más pronto que tarde terminamos saliendo de este infierno que en verano es el valle del Tajo, del cual tenemos una amplísima panorámica al llegar arriba, desde la explanada a la izquierda de la carretera.

Pero conocer este terreno es una gran ventaja pues, contra lo que pueda parecer, no hemos superado aún del todo la dificultad montañosa. Esta serranía en la que nos encontramos es un curioso pliegue geológico que dejó el terreno con aspecto de sábana arrugada (y, sin duda, tendida al sol), por lo que al otro lado del puerto que acabamos de subir, y tras una bajada que merece ser disfrutada, encontramos otra subida que nos llevará, como vemos ya ante nosotros, al castillo de Mirabel.
Por suerte, esta nueva dificultad orográfica no tiene nada que ver con las anteriores ni en longitud ni en dureza, por lo que la subimos con relativa facilidad y alcanzamos el mirador del castillo de los Zuñiga (marqueses de Mirabel) o castillo de la Peña del Acero, una obra del siglo XV construida sobre una anterior y de la que aún se conserva buena parte de la estructura. Desde donde nos encontramos se sube con relativa facilidad, por si tenemos la bici adecuada y queremos acercarnos.

Ahora ya sí, por fin, ha llegado la hora del descenso y lo hacemos con tantas ganas que pasamos de largo Mirabel, a pesar de que nos consta (por haber estado hace años) que tiene una apañada plaza mayor dominada por la iglesia de la Asunción, del siglo XIII, y cuyo campanario ahora nos conformamos con ver por el rabillo del ojo según pasamos por la calle principal, entre sus terrazas repletas de cicloturistas europeos a los que su temprana hora de la comida les ha sorprendido en plena ruta.
A la salida del pueblo cruzamos con precaución un paso a nivel con barreras en el que la cercanía con la estación hace que tengamos que superar nada menos que cuatro vías y, después continuamos unos kilómetros más de descenso hasta enlazar con la carretera nacional N-630, lo que viene siendo la Ruta de la Plata, que tomamos hacia la derecha.
Y desde aquí, poco más que añadir, pues los últimos veinte kilómetros del recorrido transcurren por esta nacional encajada entre la autovía y la vía del tren, que tiene bastante poco tráfico y por la que volamos de vuelta a Plasencia, aunque se hace monótona hasta decir basta.
Y así completamos un recorrido precioso pero duro. Al llegar a Plasencia e intentar liberar las calas de mis pedales, la suela se queda enganchada y se separa del resto de la zapatilla: el calor ha derretido el pegamento. Más tarde leo en la prensa que hoy ha sido, a nivel global, el día más caluroso de la historia de nuestro planeta (desde que hay registros, claro).
Día 4:
Las rutas de este cuarto día, al igual que la del primero, se adentran en la comarca de la Vera, rozando alguna de ellas la ladera del cercano Valle del Jerte. Son carreteras montañosas que esconden duras rampas, impresionantes vistas e interesantes rincones.
Recorrido corto (53 km aprox.):
El menor de los recorridos propuestos para hoy sale de Plasencia en dirección este, coincidiendo con el trayecto de vuelta de la ruta que hicimos el sábado (día 1). Después de dejar atrás Gargüera y de ascender unos kilómetros, la ruta vira a la derecha para ir en busca de Arroyomolinos. En las afueras de este pueblo vuelve a girar a la derecha para, saliéndose de lo que recorrimos hace unos días, tomar una carretera que desciende directamente hasta la EX-203, por la que se regresa a Plasencia.
Recorrido medio (71 km aprox.):
Como niños con zapatos nuevos (no en vano en día anterior tuve que comprar en una tienda local unas zapatillas nuevas para sustituir a las que sucumbieron al calor de Monfragüe) nos dirigimos a El Berrocal para el control de firmas y recoger el avituallamiento y, desde allí, bajamos al Jerte para tomar la carretera que se adentra en La Vera. La pintoresca y peligrosa banda lateral picada en el suelo continúa allí, pero se ve que hoy es un buen día para limpiar la vegetación de las cunetas, por lo que lo que nos encontramos es todo un ejército de trabajadores que, herramientas en mano, desbrozan los primeros kilómetros y dejan todos los restos vegetales tirados por el asfalto (especialmente por el arcén y la mitad exterior de los carriles) por lo que pedaleamos rezando para no pillar ningún abrojo o zarza y, al mismo tiempo, haciendo equilibrios para evitar los socavones sin meternos en la trayectoria de ningún coche.
Después de desviarnos a la izquierda y de dejar atrás Gargüera, comenzamos un duro ascenso que continúa más allá de donde la ruta corta -y el trayecto que ya conocemos- nos abandona hacia la derecha.

Tras un primer cruce que tomamos a la izquierda, continuamos por una carretera algo más ancha y plana hasta la localidad de Barrado, donde podemos tomarnos un respiro en los sofás de piedra que ocupan un pintoresco mirador o, unos metros más adelante, en el mirador que, desde el propio casco urbano y dominado por un gran letrero con el nombre del pueblo, mira hacia el largo valle que venimos de ascender.



Saliendo de Barrado dejamos irse a la izquierda a los participantes en la ruta larga del día. Nosotros tomamos el desvío de la derecha y subimos una rampa dura que después deja paso a una durísima. Y es que a partir del pueblo nuestra vida se complica bastante y lo que venía siendo un bonito paseo por el monte pasa a ser una dura etapa de montaña. A nuestra izquierda, significativamente más abajo, vemos con envidia la carretera por la que transcurre el recorrido largo pero nosotros vamos pedaleando con esfuerzo por una interminable serie de rampas que, según indica nuestro GPS, se mueven generalmente por encima del 10%. Aquí y allá vamos dejando a otros cicloturistas que se retuercen sobre los pedales o se detienen el las sombras que a estas horas de la mañana salpican los bordes de la carretera. Por suerte, las temperaturas hoy no superan todavía los cuarenta grados y, aunque se nota el calor, subimos sin sentir a cada momento que vamos a desfallecer como nos ocurría ayer.
Después de enlazar dos curvas de herradura, nos enfrentamos a una larga recta (bueno, prácticamente recta) que termina llevándonos a un cruce donde termina, por fin, nuestro calvario. Han sido diez kilómetros de subida con un desnivel medio en torno al 6%. No es el más duro de los puertos pero no está mal (sobre todo teniendo en cuenta que lo peor estaba al final).
Tomando a la derecha en el cruce (atrás dejamos, a apenas un par de kilómetros, el pueblo de Piornal, el más alto de Extremadura al estar situado a 1175 metros de altura sobre el nivel del lejano mar) emprendemos un descenso disfrutón. El primer tramo es el más suave y lo aprovechamos para comer algo sobre la bici y disfrutar de las magníficas vistas que tenemos a la derecha. Llegamos después a un apartadero a la izquierda de la carretera donde debemos detenernos para visitar, a apenas unos metros por un sendero, la espectacular cascada de la Desesperá; una caída de agua que, a pesar de la época, no está seca, lo que nos hace pensar que en invierno debe de ofrecer un espectáculo sensacional.


Después de la cascada el descenso gana en inclinación y presenta numerosas curvas amplias y nobles (un par de ellas son algo más traicioneras, por lo que no debemos confiarnos en exceso, pero tenemos margen para disfrutar de la bajada). En un santiamén llegamos a un cruce junto a un mirador que nos resulta familiar y es que por aquí pasamos el sábado camino del ya cercano Pasarón de la Vera. En el pueblo, donde algún ciclista acalorado se ha metido vestido en la fuente, abandonamos la carretera para errar un poco por la sombra que ofrecen sus estrechas callejuelas y nos planteamos la posibilidad de volver a visitar a Don Ricardo Pecharromán pero desistimos y, volviendo a la carretera, proseguimos el descenso siguiendo hoy recto donde hace unos días nos desviamos a la derecha. Tras cruzar, por tanto, la carretera que va a Arroyomolinos, seguimos descendiendo sin pausa hasta Tejeda de Tiétar donde, hoy sí, nos detenemos para visitar la pequeña ermita del Cristo (s. XVII) a la entrada del pueblo y, sobre todo, la iglesia de San Miguel (del siglo XVI y construida sobre una anterior del XIV), donde destaca la piedra conocida como «La Muerte Pelona», un ara votiva del siglo III integrada en el muro sur del templo y que, efectivamente, parece representar un personaje calvo con muy mala pinta (aunque supongo que esa misma descripción podría valer para mí mismo en este momento).




Salimos de Tejeda por la EX-203 en dirección oeste (dejamos a la izquierda en esta ocasión la ya descrita ermita de San Sebastián y su crucero plateresco) y regresamos a Plasencia siguiendo esta vía que tan bien conocemos ya y a la que tanto odiamos.
Recorrido largo (99 km aprox.):
Idéntico al recorrido medio hasta la localidad de Barrado pero después cambiamos las duras rampas de la salida del pueblo por los toboganes que nos llevan hasta Cabrero, donde comenzamos el ascenso hasta el pueblo de Piornal y, más allá, hasta coronar el puerto del mismo nombre. Una vez arriba, emprendemos un descenso repleto de curvas que nos deja en la bella población de Garganta la Olla. Después seguimos bajando hasta cruzar el arroyo del Platero o de la Cereceda y ascendemos hasta Jaraiz de la Vera, donde tomamos de nuevo la carretera que usamos el primer día de la SECT para llegar a Pasarón, desde donde regresamos a Plasencia, pasando por Tejeda de Tiétar, junto a los otros recorridos del día.
Día 5:
Hoy las rutas se dirigen hacia tierras de Granadilla, si bien solo la más larga de ellas llegará allí (y solo llegará hasta las cercanías del embalse de Gabriel y Galán, no a la bonita localidad que lleva ese nombre). Son estas tierras de continuos subes y bajas para cruzar los ríos que las atraviesan de norte a sur, aunque los largos puertos de otras jornadas brillarán por su ausencia y nuestras piernas agradecerán el descanso.
Recorrido corto (57 km aprox.):
Se dirige esta ruta hacia Carcaboso por la carretera que ya conocemos del segundo día de la SECT. Desde la citada localidad, hay que desviarse hacia el noroeste, en dirección a Valdeobispo para cruzar más tarde el Alagón por la presa que lleva el nombre de este pueblo. Después continuamos hacia el norte hasta Santibáñez el Bajo donde giramos ala derecha para cruzar de nuevo el Alagón y, después del duro repecho que nos saca del valle, descender por Oliva de Plasencia y ascender después en busca de la nacional que nos lleva de nuevo a nuestro punto de partida.
Recorrido medio (76 km aprox.):
Después del paso de rigor por el recinto ferial, y mientras pedaleo tranquilamente por las calles de Plasencia siguiendo las señales de ruta, una furgoneta que circula claramente con exceso de velocidad se pone a mi lado (ocupando buena parte del carril contrario) y, bajando la ventanilla, su conductor se pone a increparme porque, según él, me he saltado un STOP. Aunque recuerdo perfectamente haberlo respetado y haber continuado mi marcha porque la furgoneta venía todavía muy lejos (de hecho no me habría alcanzado de haber circulado a la velocidad correcta), el sentido común me dice que no es buena idea discutir con gilipollas cuyo vehículo pesa treinta o cuarenta veces más que yo, por lo que guardo silencio mientras el imbécil de turno desahoga sus frustraciones con el pobre ciclista. Siempre igual: cada día aparece un tonto dispuesto a amargarte la jornada.
Pero bueno, el caso es que hoy salimos de Plasencia ascendiendo hacia el oeste para, al otro lado de la autovía, tomar la carretera por la que retornamos el pasado domingo (día 2). Después de cruzar el Jerte llegamos a Carcaboso pero, en vez de desviarnos como hace la ruta corta, continuamos recto por la carretera por la que venimos.
Al poco de pasar el punto en el que alcanzamos esta carretera al regresar a Plasencia hace unos días comienza un breve descenso que nos permite atravesar el Alagón y, en la otra orilla, encontramos un duro repecho que debemos superar para salir del valle y que nos lleva, después de dos largas rectas unidas por alguna curva suave, hasta Montehermoso, localidad de considerable tamaño que debemos atravesar por su arteria principal hasta que, a la salida del pueblo y justo al llegar a un polígono industrial (o comercial) tomamos, a la derecha, la carretera que pasa junto al estadio de fútbol y que se dirige a Aceituna.
Esta carretera discurre dejando a la derecha un parquecillo (donde vemos, entre otras cosas una pequeña ermita dedicada a San Cristóbal) que se extiende a lo largo del arroyo del Pez. Después de cruzar este riachuelo, nos unimos a otra carretera que viene del núcleo urbano y que sigue también su cauce, que vamos dejando a nuestra izquierda hasta que, aguas arriba, alcanzamos un pequeño embalse que parece un lugar idílico para practicar la pesca.
Nos dejamos caer después hacia el arroyo de Aceituna, localidad cuya iglesia alcanzamos a ver ya en el alto detrás de, por supuesto, los extensos campos de olivos que cubren la zona. Después de un repecho de cierta dureza alcanzamos el pueblo donde lo más destacado es la ya mencionada iglesia, con un campanario exento y situado a bastante distancia del templo y un cuerpo donde destaca el inmenso ábside de sillería y la diminuta nave que, a todas luces, es fruto de una reconstrucción posterior (más bien una nueva construcción para salir del paso y poder dar uso a la iglesia). También hay en esta localidad varios bares en los que podemos reponer fuerzas y entablar conversación con los lugareños a quienes a duras penas lograremos convencer de que viven en un pueblo muy bonito.

A la salida de Aceituna tomamos un desvío hacia la izquierda que, pasado el campo de fútbol, nos lleva por una carreterita rodeada ahora de robles melojos. Desembocamos después en otra algo más grande, que tomamos a la derecha, donde el olivo vuelve a ganar terreno y más tarde, en las inmediaciones de Santa Cruz de Paniagua (al lado del cementerio local), en otra más estrecha que tomamos también a la derecha y donde lo que abundan son los alcornoques.
Después de pasar un nuevo riachuelo volvemos a ver en los márgenes de la carretera plantaciones de olivos que se van alternando con los alcornoques hasta que llegamos a Santibáñez el Bajo, localidad que debemos cruzar casi de punta a punta para tomar la carretera que se dirige a Oliva de Plasencia. A la salida del pueblo dejamos a la izquierda una preciosa fuente de piedra con bóveda de cañón semiescalonada.
Como no podía ser menos yendo de Aceituna a Oliva, el campo vuelve ahora a estar cubierto de plantaciones de olivos que nos acompañan en todo el descenso hacia el arroyo del Palomero, que encontramos embalsado (uno de los ramales del embalse de Valdeobispo). Tras cruzar a la otra orilla emprendemos una primera subida para salir del valle que termina llevándonos hasta un cruce que tomamos a la derecha para descender de nuevo, ahora para dirigirnos al encuentro del río Alagón, que en el punto en el que lo atravesamos forma parte del mismo embalse.
Al otro lado, el repecho que nos saca ahora del valle es de bastante más dureza que el anterior y nos lleva un rato largo y bastante esfuerzo llegar al alto. Después llaneamos por un paisaje adehesado salpicados de fincas dedicadas a la ganadería y de charcas en las que es raro que no alcancemos a ver un buen número de garzas, además de las cigüeñas que vemos por todas partes e incluso de alguna rapaz muerta de sed que ha bajado a beber.

Así, después de ver varias señales que indican que estamos cruzando la ruta EuroVelo 1, llegamos a Oliva de Plasencia, cuyo casco urbano encontramos decorado con laboriosos trabajos de ganchillo que parecen sustituir a los habitantes que no vemos por ningún lado (también es verdad que en julio y a mediodía la gente inteligente no está al sol). En Oliva debemos también visitar la iglesia renacentista de San Blas (siglos XVI-XVII) y el Palacio de los Condes, contemporáneo de aquella.

Salimos de Oliva descendiendo en picado hasta un barranco y, para nuestra desgracia, después tenemos que salir de él ascendiendo duramente. Durante el ascenso pasamos bajo la Vía Verde Ruta de la Plata, desde donde un grupo de cicloturistas franceses a los que ya conocemos de vista nos saludan con alegría. Después de una rotonda, pasamos sobre la autovía y, en la segunda rotonda, tomamos la carretera nacional hacia nuestra derecha lo que, después de un rato de llaneo y un breve ascenso que nos lleva a pasar ahora sobre la Vía Verde, llegamos de vuelta a Plasencia.

Recorrido largo (104 km aprox.):
Idéntico al recorrido medio en los primeros cuarenta kilómetros, hasta más allá de Aceituna. Después, en el cruce junto al cementerio de Santa Cruz de Paniagua, esta ruta se dirige a la izquierda para cruzar el núcleo urbano y cruzarlo en dirección a El Bronco. Después, un desvío a la izquierda nos lleva hacia Palomero y Marchagaz y adentrarnos en la Sierra de Santa Bárbara, donde coronamos nuestra ruta en el puerto del Gamo. Descendemos después en busca de Mohedas de Granadilla, donde nos desviamos, a la derecha, hacia el sur. Rodeamos Guijo de Granadilla e, inmediatamente después, hacemos lo propio con Ahigal para continuar hacia el sur hasta que, justo antes de cruzar el Alagón en el reculaje del embalse de Valdeobispo, nos volvemos a unir al ya descrito recorrido medio para regresar con él a Plasencia.
Día 6:
Llega el penúltimo día de la SECT y nos dirigimos al afamado Valle del Jerte, si bien eso será solo en las dos rutas más largas y solo parcialmente, pues la primera mitad de ambos recorridos (y la totalidad de la corta) se desarrolla al otro lado de las montañas que habremos de superar, en el caso del recorrido más largo, subiendo el duro puerto de Honduras.
Recorrido corto (46 km. aprox.):
Este primer recorrido ni se acerca al Valle del Jerte. Salimos por donde se regreso el día anterior, pasando por Oliva de Plasencia y dirigiéndonos hacia Santibánez pero, antes de cruzar el Alagón, tomamos el atajo que va directamente a Valdeobispo y desde allí, repitiendo también el recorrido de ayer (en sentido inverso), volvemos a Plasencia vía Carcaboso.
Recorrido medio (68 km aprox.):
La salida de hoy, desde el Berrocal, deshace los últimos kilómetros que nos trajeron ayer de vuelta a Plasencia. Una vez en Oliva, giramos a la derecha a la salida del pueblo para rodar por una dehesa por la que se rueda muy a gusto a estas horas de la mañana. Después nos incorporamos a otra carreterita que hemos de tomar a la derecha pero, antes, debemos hacer un inciso respecto a lo que encontraríamos de ir en dirección contraria y es que, no muy lejos de aquí se encuentran las ruinas de la ciudad romana de Cáparra.
Esta antigua localidad, de origen prerromano, fue una ciudad de pequeño tamaño pero de cierta importancia durante el Imperio ya que se hallaba situada sobre la Vía de la Plata, una de las principales vías de comunicación de la época. Tenía, por tanto, de todo: su cardo, su decumano, un magnífico arco tetrápilo en el lugar donde ambas calles se unían, su foro con su templo, sus termas, sus murallas, su anfiteatro… De todo eso y de muchas de las casas pueden verse hoy las ruinas perfectamente excavadas y con su debido centro de interpretación, aunque lo más espectacular es sin duda el magnífico arco de finales del siglo I que sigue aguantando en pie sobre la Vía de la Plata que, aún hoy, siguen recorriendo los peregrinos camino de Santiago de Compostela







Volviendo a la carretera en el punto donde lo habíamos dejado (al incorporarnos a la carretera que lleva a Cáparra), en esta ocasión vamos en dirección contraria, pasando sobre la Vía Verde Ruta de la Plata en incorporándonos a la nacional a la altura de una gasolinera, si bien vamos a utilizar esta vía muy pocos metros, pues de inmediato (justo al pasar la gasolinera) salimos por el otro lado para pasar bajo la autovía y continuar recto camino de Villar de Plasencia.
Al llegar a la entrada de esta localidad comienza la mayor dificultad montañosa del día, que nos sorprende, nada más torcer a la izquierda en la curva que evita el pueblo, con una primera recta larga y con más del 10% de pendiente.

Se trata sin embargo de uno de mis puertos favoritos y eso quiere decir que no es demasiado duro. Pasada esta primera recta, lo más duro de la subida con diferencia, giramos en una curva de herradura que nos permite terminar de rodear el casco urbano de Villar y ya la pendiente se suaviza para mantenerse ya a partir de aquí en torno al 5% (en total este puerto de Cabezabellosa tiene unos diez kilómetros de longitud). Voy subiendo a buen ritmo, disfrutando de las maravillosas vistas que en todo momento tenemos hacia la dehesa que acabamos de dejar atrás y adelantando casi de manera continua al rosario de ciclistas franceses a quienes parece que el puerto no gusta tanto como a mí. Así, sin darnos cuenta, hemos llegado a la localidad de Cabezabellosa, a la que no llegamos a entrar pues un par de curvas de herradura hacen que la carretera rodee el pueblo del que, sin embargo, gozamos de buenas vistas desde arriba.



Cuando por fin coronamos el puerto, varios ciclistas descansan en la orilla de la carretera. Es importante no hacer eso (y aquí es donde supone una ventaja conocer la subida) pues este puerto es un poco gamberrete y nos guarda aún una sorpresa en la forma del duro repecho que nos encontramos cuando apenas hemos comenzado a disfrutar del descenso. Es posible que el desnivel no sea especialmente duro, pero en un momento en el que las piernas han comenzado a relajarse después de la larga subida, este repecho puede atragantarse mucho.

Superada la trampa, podemos ya, si así lo deseamos, parar a descansar, aunque recomiendo hacerlo unos metros más adelante donde, a la izquierda de la carretera, encontramos el gigantesco roble melojo conocido como Roble del Acarreadero. Se trata de un añejo árbol que según cuentan, puede cobijar bajo su enorme copa a más de mil oveja (hoy está vallado para protegerlo de las vacas que pacen por la finca). Aquí dejo otros datos no menos impresionantes del árbol: 20-25 metros de altura en la copa (según fuentes), 31 metros de diámetro de copa y unos 6 metros de perímetro del tronco a la altura de nuestros ojos. Nada menos que 500 años de historia nos contemplan.

Ahora ya sí, estamos oficialmente en el Valle del Jerte y lo primero que tenemos que hacer es bajar hasta el río, pero lo haremos poco a poco. Un primer tramo de descenso nos lleva hasta la localidad de El Torno donde, nada más llegar nos incorporamos, hacia la izquierda, a la carretera que atraviesa el pueblo (justo en el cruce hay un bar donde podemos aprovechar para refrescarnos en su amplia terrazas con vistas hacia el valle).


Proseguimos después ladera adelante, teniendo que salvar en nuestro descenso un pequeño repecho (en la época adecuada dejamos a nuestra izquierda una pequeña cascada formada por las aguas que desciende por la Garganta de la Puria), y llegamos a Rebollar, una pequeña localidad que atravesamos en un plis plas. A la salida del pueblo dejamos a nuestra izquierda el desvío hacia una pequeña carreterilla que recorre la ladera del valle y termina conectando con el puerto de Honduras, por si a alguien le interesa.



Nosotros, sin embargo, seguimos descendiendo ahora de manera más marcada y no tardamos en llegar al fondo del valle donde, claro está, encontramos el río Jerte. Tras cruzarlo y subir una pequeña cuesta alcanzamos la carretera nacional que viene desde Tornavacas y por la que, tomándola a la derecha, vamos a dirigirnos hacia Plasencia.
Nos esperan ahora casi una veintena de kilómetros muy monótonos en los que solo tenemos que seguir la ancha carretera que va picando hacia abajo (lógico, al seguir el valle) encajonada entre las montañas que acabamos de dejar atrás (Rebollar y El Torno quedan a nuestra derecha) y las que nos separan de La Vera (nuestros conocidos Piornal y Barrado quedan a nuestra izquierda, junto a otros pueblos).
Poco antes de llegar a Plasencia abandonamos la nacional hacia la derecha por una carreterita que nos lleva directamente a la presa que, desde los años ochenta del siglo XX, embalsa las aguas del río Jerte aguas arriba de la capital placentina. Al otro lado, la misma carretera serpentea siguiendo el cauce del río, en paralelo también al sendero peatonal que recorrimos en la ruta de inauguración de la SECT, para finalmente dejarnos de vuelta en nuestro punto de partida.

Recorrido largo (130 km aprox.):
Salimos de Plasencia junto a los otros recorridos y, en Oliva, donde aquellos se separan, seguimos con el corto o, lo que viene siendo lo mismo, por la misma ruta de ayer en sentido inverso. Una vez cruzado el Alagón, nos dirigimos a Ahigal y Guijo de Granadilla para después volver a cruzar el Alagón por la presa del embalse de Gabriel y Galán. Pasamos por Zarza de Granadilla y, en La Granja, nos desviamos a la izquierda para coger una carretera secundaria que nos lleva a Abadía, pequeña localidad a orillas del río Ambroz donde podemos visitar el Palacio de Sotofermoso, que en su día albergó uno de los jardines renacentistas más bellos de España (lamentablemente muy deteriorado y casi perdido a día de hoy). Pasando por Aldeanueva del Camino y cruzando a nivel la Vía Verde Ruta de la Plata llegamos a Gargantilla y, posteriormente, a Hervás, localidad de gran interés que ya he descrito en detalle en otra ocasión.









Comienza aquí la subida a la principal dificultad montañosa de la zona: el puerto de Honduras. Con sus 14 km de longitud, esta vertiente es para mi gusto la más agradable de las dos pues la primera mitad de la ascensión transcurre por el interior de un espectacular bosque de castaños que, en días como hoy, ofrecen una sombra maravillosa. La segunda mitad es más abierta pero las vistas que quedan hacia la derecha ayudan a sobrellevar el esfuerzo (en mi opinión lo peor es el eterno falso llano que encontramos en la parte superior, una vez superado el puerto y que hace que parezca que nunca va a llegar la bajada). Después del largo descenso por la vertiente del Valle del Jerte (son tres o cuatro kilómetros de falso llano y unos catorce de bajada propiamente dicha) alcanzamos la carretera nacional que tomamos hacia la derecha. Después de cruzar el río a la altura de Cabezuela del Valle y de pasar por Navaconcejo, llegamos al punto en el que nos unimos a la ruta intermedia del día, con la que regresamos a Plasencia.
Día 7:
En esta última jornada seguimos cerca del río Jerte, pero aguas abajo, ya en las proximidades del Alagón cuyo valle centra las rutas del día.
Recorrido corto (45 km aprox.):
En un recorrido que ya nos empieza a resultar familiar, salimos de Plasencia en dirección a Carcaboso y, a la entrada de esta localidad, giramos a la izquierda para seguir el cauce del río Jerte que acabamos de cruzar. Pasamos por Aldehuela del Jerte y, tras pasar bajo la autovía volvemos a atravesar el río por un puente del siglo XVI que reconocemos de la segunda jornada de la SECT. Vamos después a Galisteo y San Gil para regresar a Plasencia por donde salimos la calurosa tarde del pasado domingo.
Recorrido medio (74 km aprox.):
Después de nuestra última visita al recinto ferial de El Berrocal, salimos de Plasencia por una carretera que ya nos conocemos de memoria en dirección a Carcaboso. Después de cruzar el río Jerte y justo al entrar en el casco urbano del pueblo, nos desviamos a la izquierda (coincidimos por ahora con el recorrido corto del día) por una carreterita casi recta que sigue a cierta distancia la margen derecha del río. Atravesamos de punta a punta el caserío de Aldehuela de Jerte (su pequeña iglesia está dedicada a San Blas, lo que podría ser un indicativo de la gran cantidad de cigüeñas que vamos a ver hoy) y proseguimos, cada vez más cerca del río, por una ruta que en este tramo, como vemos por las señales, coincide con el EuroVelo 1 (señales que, por cierto, tanto eché de menos en otros tramos de esa ruta que recorrí en otra ocasión).

Llegamos así a una rotonda y, después de pasar bajo la autovía, a una segunda que recordamos de hace unos días y desde donde se tienen unas bonitas vistas de las murallas y el castillo de Galisteo, así como del puente que nos separa de este pueblo y por el que se va a ir, a nuestra izquierda, la ruta corta. Nosotros, sin embargo, nos alejamos de la amurallada localidad y, en su lugar, nos vamos en busca del río Alagón y de Alagón del Río lo que no es un juego de palabras sino la localidad que encontramos nada más cruzar a la otra orilla del curso de agua.

Aunque no vamos a entrar en esta localidad sino que nos limitamos a bordearla, merece la pena mencionarla como ejemplo de los pueblos de colonización que Paquito Franco decidió crear a mediados del siglo XX en diferentes lugares de lo que hoy conoceríamos como «España vaciada». Inicialmente denominado Alagón del Caudillo (muy socorrido era eso de bautizar a estos pueblos con del nombre de Ríodeturno del Caudillo), se trata de un conjunto de casas idénticas, sin personalidad, de fachadas blancas y trazado regular. Por si nos interesa, en la localidad podemos encontrar un centro de interpretación de los pueblos de colonización donde obtener más información sobre el tema. Lo que también merece la pena señalar es la increíble cantidad de nidos de cigüeña que encontramos en los tejados delas naves industriales que dan hacia la carretera así como en el depósito de agua.
Seguimos pedaleando en paralelo a la cercana autovía hasta que, justo antes de entrar en El Batán (otro pueblo de colonización o repoblación), nos desviamos hacia el sur (a la izquierda) para descender al encuentro, una vez más, del río Alagón entre campos de regadío donde parece que lo que se cultiva es la cigüeña, por lo bien que parece crecer en toda la región.

Al otro lado del río subimos una cuesta y llegamos a Holguera, pueblo que encontramos en pleno mercado semanal y donde hemos de girar en ángulo recto hacia la izquierda para continuar después hacia la cercana localidad de Riolobos, donde giramos también, esta vez casi ciento ochenta grados justo a la entrada del caserío.
La pequeña carreterita por la que circulamos en paralelo al arroyo del Boquerón del Rivero nos lleva a otra no mucho mayor que tomamos a la derecha para regresar al encuentro del Alagón, al que ya empezábamos a echar de menos. A la derecha de la carretera dejamos una pequeña ermita de curioso nombre: Virgen de la Argamasa.

Esta vez no vamos a cruzar el Alagón sino que nos vamos a poner en paralelo a su margen izquierda, a contracorriente, para seguir rodando por la carreterita donde se deja sentir el frescor del río (y se agradece). Después de cruzar un arroyo y de subir un pequeño repecho, cruzamos una instalación de paneles solares y, al poco, avistamos ya de nuevo el conocido perfil de Galisteo. Como esta vez vamos bien de tiempo (el día no parece que vaya a ser excesivamente caluroso en comparación con los anteriores) y tenemos pendiente una visita turística a este conjunto urbano, ascendemos el duro pero corto repecho que nos lleva hasta la muralla y penetramos en su interior.
Lo primero digno de mención (de hecho, ya la he mencionado) es la muralla almohade de cantos rodados subidos desde el cercano Alagón y que conserva su trazado íntegro, rodeando la mayor parte del caserío de la localidad. También es interesante la iglesia de la Asunción, reformada en el siglo XVI pero que conserva un bello ábside mudéjar románico del silgo XIII que parece sacado de cualquier iglesia de Castilla y León. El tercer elemento del conjunto histórico que llama la atención es el castillo del siglo XIV (construido sobre el alcázar almohade anterior) del que solo se conserva la torre del homenaje, cuya peculiar configuración y puntiaguda coronación la ha hecho merecedora del apodo de Torre Picota.




Como la visita ha sido breve y seguimos yendo bien de tiempo, ya sea dentro o fuera de las murallas (para eso hay diversas puertas, a cual más bonita) ¿qué mejor forma de matar el rato que mezclándonos con los habitantes locales que juegan a las cartas en alguno de los bares?


Cuando decidamos retomar la marcha, el regreso a Plasencia no tiene pérdida, pues no tenemos más que recorrer, en sentido inverso, el camino que nos trajo a Galisteo el pasado domingo.

Recorrido largo (123 km aprox.):
En el tercero de los recorridos propuestos para el día de hoy vamos a acompañar al recorrido intermedio hasta pasar Alagón del Río. Después, cuando aquella ruta se desvía hacia el sur, continuamos recto para atravesar El Batán y después viramos hacia el norte en dirección a Morcillo. Tomamos después un desvío a la izquierda que nos lleva a Guijo de Galisteo y seguimos hacia su tocayo Guijo de Coria donde cambiamos el rumbo para dirigirnos, hacia el sur a Coria, importante localidad (algo más de doce mil habitantes) donde merece la pena hacer parada para visitar todos sus monumentos, pues el pueblo tiene de todo: muralla, castillo, catedral, puentes, palacios, etc.
Finalizada la visita cruzamos el Alagón y tiramos por la carretera que sigue a contracorriente la margen izquierda del río, donde el único pueblo que encontramos es Rincón de Obispo antes de llegar a Galisteo, donde nos unimos al resto de las rutas del día.
*** *** ***
Uno de los motivos por el que no elegimos hacer hoy la ruta larga, a pesar de las ganas que tenemos de volver a visitar Coria, fue el calor pero, además, porque queríamos regresar a una hora razonable para tener tiempo de ducharnos, comer y ponernos nuestras mejores galas para asistir a la ceremonia de clausura de la Semana Europea de Cicloturismo, para lo que se nos había citado a las seis dela tarde en el placentino Teatro Alkázar (así, con k).
Después de un buen rato de espera -primero en la calle, después en el hall del teatro- la gala empieza con retraso y con una actuación de baile flamenco por parte de una chiquilla de la escuela de danza local (no fue ninguna maravilla, pero los franceses lo fliparon). Después, los discursos, agradecimientos e intercambios de regalos de rigor, con los ya tradicionales líos en las traducciones. Los discursos corren a cargo del alcalde de Plasencia, del presidente de la UECT, del vicepresidente de la FECT (el presi tuvo que irse para asistir a otros compromisos en Asturias), del tesorero de la Federación Francesa, del presidente de la Federación Polaca (para cuya traducción hubo que hacer auténticos malabares idiomáticos) y del Presidente de la Federación Portuguesa, que nos invita a la SECT de 2024 que tendrá lugar en su país. En resumen, un batiburrillo de francés, español, inglés, portugués, polaco e incluso alemán que, aunque no parezca práctico, resulta de lo más divertido para el espectador.



Finalmente se produce un desalojo, solo medianamente ordenado, del teatro en dirección a los dos autobuses que esperan en la puerta y que llevarán a los participantes a la cena de clausura en un restaurante de las afueras. Como es un poco pronto para mí y como, conociendo mis antecedentes sociales, temo terminar siendo presentado al alcalde, me limito a esperar en la puerta para despedirme de mis conocidos, especialmente de Jesús, que ha sufrido una caída y lleva medio cuerpo vendado y con quien me emplazo para volver a vernos el año que viene en Vila Pouca de Aguiar. Así sea.