Subiendo las Rías Bajas: Ruta de la costa atlántica – Galicia (EuroVelo 1)

Provincias: Pontevedra y A Coruña

Distancia: 535 km aprox.

Mapa:

Track: Descargar RutaEV1Galicia.gpx

Descripción:

En episodios anteriores de EuroVelo 1:

No, tranquilos, que no habéis viajado, por arte de birlibirloque, a una serie mala de los años ochenta. Seguís en vuestra página cicloturista de referencia y estamos a punto de iniciar una nueva aventura… pero es que ya nos hemos encontrado aquí muchas veces con la red de rutas transeuropeas EuroVelo y, más concretamente, esta EuroVelo 1 ya la seguimos durante muchos kilómetros por la costa de Portugal, además de por la orilla lusa del río Minho. También la Vía Verde Ruta de la Plata va en paralelo a esta EV1, cuando no coinciden ambas, y durante una de nuestras aventuras por Extremadura nos entrecruzamos con esta ruta en varias ocasiones.

De hecho, el tramo gallego de la ruta EuroVelo 1 es nuevo: tan nuevo que ni siquiera los propios organizadores tienen el recorrido en su web (ni en la europea ni en la española), aunque se ve que la Xunta de Galicia tenía una buena partida presupuestaria para este proyecto, porque la señalización es impecable y han hecho un auténtico derroche económico en flechas, paneles informativos y aparcabicis. Sin ir más lejos, supe de la existencia de esta ruta gracias a las flamantes señales que me encontré durante una de mis habituales rutas siguiendo la costa entre Muros y Ézaro.

Y es que esta EuroVelo 1 es una ruta que no para de crecer. Como ya hemos dicho en otras ocasiones, nace en Cabo Norte (Noruega) y atraviesa el país hasta su punto más occidental, desde donde pasa a Escocia. Un nuevo salto la lleva a Irlanda del Norte, continuando por Irlanda y volviendo a Gran Bretaña por Gales y el suroeste de Inglaterra. Llega después a Francia, donde recorre la costa desde Bretaña hasta la frontera española, país este que atraviesa desde Irún hasta Ayamonte. En Portugal sigue metro a metro la costa, sin dejarse nada, y finalmente muere en Caminha… o más bien moría, porque después se decidió hacer uso de la Ecopista do Minho para alargar la ruta hasta Valença y recientemente, como decía, se ha decidido que la ruta cruce el río hasta Galicia para seguir después el Miño en busca de nuevo del Atlántico, cuya costa recorre íntegramente después hacia el norte, hasta el Cabo de Fisterra.

Son varias las veces que hemos llegado ya a Fisterra en esta web: por el interior siguiendo la ruta jacobea (por donde ahora va también la Eurovelo 3) y por la costa norte siguiendo el Camiño dos Faros. Así que, ¿por qué no completar las opciones llegando por la costa desde el sur? ¿Os animáis a acompañarme en este último medio millar de kilómetros de la ruta que atraviesa Europa?

Quien quiera venir conmigo necesitará para ello una bici de montaña o, como mínimo, de gravel, pues aunque haremos muchos kilómetros por asfalto también abundan las pistas de tierra y hasta nos meteremos por poco recomendables andurriales. ¡Vamos allá!

El punto de partida es Tui… o Valença… o, en realidad, el punto intermedio entre ambas localidades que constituye el puente internacional de 400 metros de longitud construido en 1884 por Pelayo Mancebo y Agreda para unir los dos países separados por el Miño y durante siglos enemistados. Hasta este puente podemos haber llegado bien desde el norte o el sur siguiendo la ruta de peregrinación que une Santiago de Compostela con Fátima, o bien por el este o el oeste siguiendo la portuguesa ecopista do Minho (por aquí habremos llegado si venimos siguiendo la ruta EuroVelo 1 que ahora vamos a continuar). En todo caso, vengamos de donde vengamos, antes de continuar merece la pena emplear unas horas en conocer ambas localidades, la portuguesa y la española, de las que no voy a volver a hablar por haberlo hecho ya en las rutas antes mencionadas.

Situados en el extremo español del puente, vamos a pedalear alejándonos por ahora del río siguiendo la nacional (aunque los primeros metros los podemos hacer más tranquilos por el apartadero donde se encontraba la antigua aduana, a nuestra derecha). Seguimos la nacional en dirección a Tui hasta llegar a una gasolinera frecuentadísima por conductores portugueses que quieren aprovechar el precio de los carburantes en nuestro país, barato en comparación con el suyo. En este punto giramos a la izquierda para cambiar de carretera nacional y tomar la N-551 que va, como nosotros, hacia A Guarda. Por esta transitada carretera hemos de hacer los primeros kilómetros: pasamos primero bajo la vía del tren, después salvamos una primera rotonda y, pasando bajo la autovía, una segunda glorieta casi inmediata; después ignoramos la ancha carretera que sale a nuestra derecha seguimos nuestra nacional que, a partir de aquí, pierde su carácter y pasa a ser la simple carretera provincial PO-552. Como no nos gustan las carreteras segundonas, en la siguiente rotonda -en realidad unos tres o cuatro metros después de pasarla, frente al cementerio local- giramos a la derecha y abandonamos la carretera que nos ha traído hasta aquí.

Después de dejar atrás un «campo da festa» (explanada donde habitualmente se celebran las fiestas de las parroquias gallegas) adornado con un crucero, y atravesando entre unas casas, la carreterita que hemos elegido nos lleva a un camino de tierra donde vemos ya el primer cartel que, junto a un aparcamiento para bicis, nos informa de qué es esto del EuroVelo 1 que estamos recorriendo y cuyas abundantes flechas nos han traído hasta aquí. Siguiendo el camino, que nos lleva paralelos a la carretera por la que veníamos antes, atravesamos un primer tramo de bosque antes de llegar a un viñedo frente al que hemos de dibujar una pronunciada curva a la izquierda para rodearlo, bajando primero y subiendo después (en una de sus esquinas no hay señal, pero es fácil suponer por dónde debemos tirar y no tardaremos en encontrar la siguiente flecha que nos marque nuestro camino).

Después de girar a la izquierda para alejarnos del viñedo, la tierra da paso al crudo cemento y nos toca subir un breve repecho que nos lleva hasta una nueva zona urbana, ya en el concello de Tomiño. Aquí, en algunas paredes, vemos murales que celebran la romería del «lanzo da crus», una tradición local que se remonta al año 1500 y en la que se bendice a los barqueros del río Miño para garantizarles una buena pesca. También aquí, algo más adelante, tenemos el placer de conocer a un perro que sale desde una de las casas con la cancela abierta que nos persigue de cerca mientras comunica con sus ladridos a sus congéneres de toda la comarca que en el lugar hay un ciclista de apetitosas pantorrillas.

Por suerte, como dicen, perro ladrador poco mordedor, y en el siguiente cruce decide cambiar su interés por nuestras piernas por la esquina más cercana, que se acerca a olisquear, olvidándose de nosotros, que nos desviamos a la izquierda algo más adelante. Después de un breve descenso, giramos a la derecha y seguimos bajando para adentrarnos en un bosque de pinos y eucaliptos, donde seguimos pedaleando (ya no estamos bajando) por asfalto. Una vez más nos toca describir una amplia curva para rodear una finca, que dejamos a nuestra derecha, al otro lado de un muro, antes de que una de las flechas nos mande girar a la izquierda por un camino de tierra para descender por un umbroso bosque en dirección al río.

Bajando por este bosque encuentro a una mujer joven, de largo pelo moreno y piel muy blanca, vistiendo una falda larga y una blusa. Por un momento pienso que me encuentro ante una moura, pero los berridos que le pega a alguien que se encuentra al otro lado de su teléfono móvil pronto rompen la magia y me devuelven a la prosaica realidad. En todo caso, mi llegada al río en un entorno de gran belleza me hacen darme cuenta de que esa realidad no es para nada mala, así que me detengo un momento a disfrutar de la vida y a pensar en que debería regresar a este lugar con una caña de pescar y olvidarme del mundanal ruido mientras pesco en el Miño.

La vida es bella… pero dura. Después de seguir unos metros por el camino recientemente abierto en la hierba a golpe de guadaña para el EV1, tengo la sensación de que de repente el camino acaba en la zanja que supone un riachuelo que se nos atraviesa. Fijándome más, respiro tranquilo al darme cuenta de que han construido un mínimo puente de madera que permite cruzarlo (un poco hacia la izquierda de donde nos encontramos). Al otro lado, sin embargo, ya no hay camino sino un estrecho sendero delimitado por la alta vegetación por el lado del río y, al otro lado, por el pastor eléctrico que el ganadero de la finca aledaña ha colocado para que no se le escape el ganado hacia el río. Nos vemos por tanto obligados a extremar las precauciones para seguir, en todo un alarde de equilibrio, por el sendero sin tocar el cable que tenemos a solo unos centímetros y evitando que las ramas del otro lado nos empujen hacia él (en realidad, en teoría, los neumáticos de la bici nos deberían proteger de la descarga en caso de tocar el cable, pero no voy a ser yo, si puedo evitarlo, quien haga el experimento que demuestre esa teoría).

En esas estamos cuando un tentador y ancho camino nos invita a alejarnos del río. Sin embargo, aunque las flechas han desaparecido misteriosamente en este tramo, nuestro track nos dice que debemos seguir de frente, así que, de perdidos al río… y casi literalmente, porque lo primero que debemos hacer para seguir el Miño es salvar un nuevo riachuelo, pero esta vez sin puente y en un punto donde nuestro sendero ha desaparecido arrastrado por alguna crecida y el pastor sigue estando, amenazante, a nuestra derecha. Finalmente, después de un nuevo tramo casi sin sendero en el que seguimos el pastor eléctrico como uno de estos juegos infantiles en los que hay que seguir un circuito eléctrico sin tocar el cable (si lo tocas pierdes, como en nuestro caso), alcanzamos una pista de tierra, ancha y ascendente, que aunque no tiene señalización nos lleva, alejándonos del río, hacia el asfalto, donde nos reencontramos con nuestras queridas flechas.

Atravesamos ahora una nueva zona salpicada de casas, y llegamos a una plazuela denominada Plaza del Cristo y, si nos fijamos, detrás de los coches aparcados, entre postes eléctricos y rodeado de contadores, efectivamente, hay un Cristo. Después, sin abandonar el asfalto, dejamos atrás la zona más urbana y regresamos al bosque, aunque el cercano ruido de coches nos indica que estamos regresando de nuevo a la PO-552. Sin embargo, no vamos a pisarla por ahora: en una explanada donde vemos, a nuestra izquierda, un lavadero y donde vamos derechitos a la carretera, pegamos un manillarazo (no es posible dar un volantazo en una bicicleta) hacia la izquierda para alejarnos de nuevo de ella y, tras unos metros de campo abierto, meternos de nuevo en una zona con abundantes casas.

En realidad en esta zona no vemos casas, vemos casoplones rodeados de amplias parcelas, altos muros y pomposos portalones de acceso (alguno con preocupante parecido al del famoso rancho de Pablo Escobar en Colombia). No voy a describir todos los giros que debemos hacer (las flechas y el track se sobran para indicarnos el camino, si bien hay un par de puntos en los que discrepan ligeramente, pero sin pérdida tomemos la opción que tomemos). Ya por tierra, aunque por caminos en perfecto estado, nos metemos por el medio de una enorme plantación de aguacates (una alta valla nos separa de los árboles) y llegamos, como no, a la PO-552.

Aquí debemos hacer una maniobra peculiar, pero con mucho sentido si queremos evitar la carretera: primero nos incorporamos a ella en dirección contraria a la que esperaríamos tener que hacerlo (es decir, hacia nuestra derecha), después la abandonamos por el lado contrario al que hemos venido y nos incorporamos, a la izquierda, a la carretera secundaria que nace aquí; después de solo unos metros abandonamos también esta para meternos por un camino que sale a nuestra izquierda y que se dirige de nuevo hacia la PO-552, pegado a la cual nos permite transitar evitando el peligro de los coches. Este camino, además, nos permite cruzar el río Cereixo da Briña por un bonito puente de hechura medieval junto al que hay un molino, el de Forcadela, construido entre los siglos XV y XVI. Apenas unos metros más adelante pasamos también junto a un crucero, el Cruceiro da Ponte, que data de 1680 y que cuenta con la peculiaridad de tener una figura labrada en el fuste y de estar iluminado por dos faroles (uno colgado en su percha y otro, simplemente, abandonado en los escalones de la base).

Tras este interesante tramo de camino, regresamos a las carreteras que acabamos de abandonar: primero a la secundaria y después a la PO-552, a la que nos unimos en una curva y que debemos seguir unos metros antes de abandonarla por la izquierda (esto es más fácil de decir que de hacer, debido al tráfico y a la proximidad de la curva, por lo que tenemos que extremar las precauciones para asegurarnos de llegar sanos y salvos al otro lado).

Después de unos pocos metros en perpendicular a la carretera, giramos en ángulo recto a la derecha y comenzamos un tramo muy tranquilo, completamente llano siguiendo el cauce del Miño, alternando tramos asfaltados con otros, más abundantes, de tierra y rodeados de campos de labor, muchos de ellos dedicados al cultivo de plantas ornamentales (no nos extrañe, por tanto, pedalear rodeados de especies que pueden saltar, sin solución de continuidad, del boj a las palmeras en solo unos metros). De vez en cuando, encontramos también paneles informativos que nos cuentan cosas sobre la zona: fauna, cultivos, flora invasora…

Después de dejar a la derecha una planta depuradora, abandonamos el asfalto por el que nos toca rodar en este momento para tomar el camino que sale a la izquierda y que, pasando bajo el Puente de la Amistad (que cruza el Miño uniendo este concello de Tomiño en el que nos encontramos con la localidad portuguesa de Vila Nova de Cerveira), convertirse en un paseo fluvial que, pegado a la orilla del río, sirve de lugar de asueto a pescadores y paseantes, por lo que debemos circular con precaución y respeto a los demás. En este tramo el firme va alternando entre la tierra y las pasarelas de madera (recubiertas estas de una malla plástica que evita los resbalones indeseados). Finalmente llegamos a un pequeño puerto fluvial (el embarcadero de Goián) donde conviene hacer una pausa, y no solo para disfrutar de las inmejorables vistas que desde aquí se tienen de la orilla portuguesa, que también, sino para hacer un pequeño alto en nuestra ruta y, aunque solo sea por unos metros, salirnos del recorrido oficial del EV1.

Y es que aquí, si subimos por la carretera (o el carril bici anexo a ella) que se aleja del río, tardaremos poco en llegar a la fortaleza de San Lorenzo de Goián, un fuerte abaluartado (lo que le confiere su característica forma estrellada) construido en 1671 para proteger el embarcadero, vigilar la cercana localidad portuguesa de Vila Nova de Cerveira y, ya de paso, el fuerte enemigo de San Francisco de Lovelhe. Durante aquellos años de la Guerra de la Restauración, las escaramuzas eran constantes y la raia era una sucesión continua de fuertes, castillos y fortalezas (solo desde Monção hasta la desembocadura del Miño, son incontables los que podemos encontrar en ambas orillas), de ahí lo significativo del nombre que recibió el cercano Puente de la Amistad que desde los primeros años del siglo XXI une España y Portugal en este punto. Aunque el interior del fuerte se encuentra bastante desangelado, la visita merece la pena aunque solo sea para ver el llamativo puente de acceso, la puerta principal y otros detalles de su estructura y su muralla, desde cuyos baluartes se controla perfectamente -como era su objetivo- un buen tramo del río Miño y de la orilla «enemiga».

Y, ya que hemos subido hasta aquí, podemos aprovechar para visitar también el crucero que podemos encontrar en el cercano cruce (al lado de la zona habilitada como aparcamiento) y, a no mucha distancia al norte de aquí, la Torre de los Correa, un pazo del siglo XVII que solo podremos ver desde fuera por estar dedicado actualmente al uso turístico (y en obras, me pareció advertir, lo que no sería de extrañar teniendo en cuenta que cambió de propietarios recientemente).

Una vez cumplidas las visitas obligadas, podemos descender de nuevo hacia el embarcadero para continuar con nuestra ruta.

Escribiendo…

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