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Tras los pasos del nacionalismo gallego: Ruta de la batalla de Cacheiras

Provincia: A Coruña

Distancia: 9 km aprox. (18 km i/v)

Mapa:

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Vídeo: Ver ruta completa en vídeo.

Descripción:

Parece ser que los días 23 de abril no gustan mucho de pasar desapercibidos, y el de 1846 no quiso ser menos. En el marco de las revoluciones liberales que por aquellas décadas del siglo XIX brotaban por toda Europa, el levantamiento que tuvo lugar aquel día en Galicia podría pasar desapercibido por su escasa importancia, pero no por pequeño dejó de tener una amplia relevancia que, aún hoy, se ve reflejada en los movimientos galleguistas. Aquel enfrentamiento militar tuvo lugar en Cacheiras, muy cerca de la capital compostelana, y el Concello de Teo -en cuyas tierras se encuentra dicha aldea- ha señalizado una corta ruta que recorre los principales lugares que marcaron aquella contienda histórica. Como amante de las rutas y de la Historia, no podía ignorar una invitación tan clara. Comencemos.

Como ya he dicho, corría el año de 1846 y reinaba en España Isabel II, siendo presidente del Gobierno el conservador Ramón María Narváez, quien ejercía unas políticas de marcado carácter centralista. Sin entrar en los precedentes en los que se fue cociendo el descontento social durante décadas (existe sobrada bibliografía sobre el tema para quien quiera profundizar en él), el caso es que el 2 de abril se produjo en Lugo un pronunciamiento que cuestionaba el conservadurismo de Narváez y reivindicaba la unidad de Galicia, cuyo antiguo reino había sido recientemente dividido en cuatro provincias. Como consecuencia de este pronunciamiento se constituyó, el 15 de abril, la Junta Superior del Gobierno de Galicia, que no tardó en proclamar el levantamiento contra la Corte «colonizadora».

Por supuesto, a Narváez no le hizo ninguna gracia el levantamiento y, como por aquellos tiempos no se andaban con tonterías, mandó hacia Galicia sus tropas con la intención de soplarles de encima a los gallegos sus aires revolucionarios. Tres mil soldados fuertemente armados (trescientos de los cuales a caballo) se dirigieron hacia la colina -o cumio do Montouto- donde los aguardaban los tres mil hombres sin formación militar que formaban el Ejercito Libertador de Galicia bajo el mando del General Miguel Solís, a la sazón representante del ejército en la Junta Superior del Gobierno de Galicia… y, el 23 de abril, se lio parda.

Parece ser que las tropas gubernamentales comandadas por el general Gutiérrez de la Concha, en su camino hacia el norte, pasaron la noche previa al enfrentamiento en la casa rectoral de la iglesia de Bamonde y es en este lugar donde comienza nuestra ruta, perfectamente señalizada con flamantes postes en perfecto estado de conservación (no parece que lleven mucho tiempo) y un par de completos paneles informativos en ambos extremos del recorrido. Se da la circunstancia de que a escasos metros del inicio del recorrido se encuentra un bar donde, de encontrarlo abierto, podremos tomar fuerzas para el paseo que, en su mayor parte, es ascendente. Entre el bar y el inicio de la ruta encontraremos también un «tele-club» pero, como se desprende de su propio nombre, el local tiene pinta de llevar unos añitos clausurado.

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El panel informativo que nos resume la historia de la batalla y marca el comienzo de la ruta se encuentra, como ya he dicho, frente a la casa rectoral de la aldea de Bamonde, una sobria casona señorial de aspecto cúbico que parece haber conocido tiempos mejores y que sobrevive como puede entre las ruinas de otras construcciones que han corrido peor suerte. En su fachada este, desprovista de balcones, cabe destacar como única ornamentación el escudo nobiliario que puede verse sobre la puerta, una inscripción prácticamente borrada en el dintel principal y, cerca del tejado, una figura esculpida en altorrelieve que no pude identificar pero, por la advocación de la cercana iglesia y por los ángeles que la acompañan y coronan, imagino que representa a la Virgen María. En la fachada sur, semicubierta por la hiedra, destaca la balconada del piso superior en la que echamos en falta la barandilla: una barandilla que a punto estuvo de provocar un vuelco en la historia de Galicia al ceder bajo el peso del general de la Concha al asomarse este al balcón durante la noche de autos y librándose por los pelos de darse un buen costalazo.

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Frente a la casa rectoral y a un nivel más elevado que esta, se encuentra la iglesia de Santa María de Bamonde, un magnífico ejemplo de iglesia rural gallega en cuya barroca fachada principal podemos ver una hornacina conteniendo, ahora sí, una escultura de la Virgen. Completa el conjunto un crucero de bella factura levantado junto a la balaustrada que rodea el atrio de la iglesia, al que se accede por unas empinadas escaleras.

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Continuamos la ruta por la calle asfaltada que, en sus primeros metros, se encuentra cubierta por una parra. En este tramo nuestro camino es descendente. Disfrutémoslo, pero no nos acostumbremos pues no durará mucho. Apenas unos metros más adelante, en la primera bifurcación, encontramos otro crucero muy simple, sin decoración. Nada que ver con el que hemos dejado atrás junto a la iglesia.

Nuestro camino -hasta ahora asfaltado- llega así a la aldea de Tribaldes, en la que no hay nada digno de mención aparte de lo habitual que encontraremos en todo nuestro recorrido: hórreos e impresionantes casas de piedra. Regresamos a campo abierto y nuestro camino parece estrecharse cada vez más hasta que, al adentrarnos en un bosque, el asfalto termina muriendo frente a una casa y nos vemos obligados a tomar a la izquierda en un  descenso por tierra. En pocos metros, nos topamos con un río (el Santa Lucía) que podremos salvar gracias al sencillo Ponte do Recobio. Antes de hacerlo, sin embargo, merece la pena detenerse unos instantes en el pequeño merendero que queda a nuestra derecha y junto al cual el río salva un pequeño desnivel (lo que parece haber sido en tiempos una pesquera) formando una mínima cascada.

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Regresamos al camino y ascendemos al otro lado del río hasta llegar de nuevo al asfalto, que tomamos hacia la derecha para llegar a otra pequeña aldea, Eo dos Menecos, que hemos de cruzar. Salimos al otro lado por un camino de tierra que deja a su derecha una mínima zona recreativa consistente en un banco junto a la fuente de un viejo lavadero. El camino se transforma de nuevo en asfalto -de esa forma tan típica de Galicia, en la que vas por tierra y de repente pasas al asfalto sin que puedas asegurar dónde fue el punto exacto donde tuvo lugar la transición- y giramos a la derecha para llegar a Vilanova, una nueva aldea de magníficas casonas familiares centenarias construidas en granito.

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Pedaleamos ahora por una larga recta con inmejorables vistas sobre el Pico Sacro. Una vez más el camino ha pasado a ser de tierra y emprendemos un corto tramo de pronunciada bajada para girar bruscamente a la izquierda y reencontrarnos con la carretera. Nos encontramos en Trasparedes, donde tendemos que enfrentarnos a un duro repecho que tiene como recompensa alcanzar, tras superar un cruce y callejear por una aldea, una extraña glorieta en cuyo centro se encuentra un no menos extraño crucero que, aunque conserva elementos originales, ha sido completamente reconstruido ¡con cemento! Si queremos cerrar los ojos para no herir nuestra sensibilidad estética no necesitaremos hacerlo por mucho tiempo, pues en pocos metros alcanzamos una bifurcación que tomamos a la derecha para encontrarnos casi de inmediato con un crucero mucho más bonito: el de Santa Eufemia, que se levanta al lado mismo de la grandiosa ermita del mismo nombre (de factura, por cierto, muy similar a la iglesia de Santa María de Bamonde). Entre ambos -crucero e iglesia- nos encontramos un restaurante con aspecto de moderno y probablemente caro, pero que bien pude servirnos para reponer fuerzas.

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Continuamos nuestro pedalear hasta una curva de la carretera, donde abandonamos el asfalto para cambiarlo por la tierra del camino que aparece a nuestra derecha. La pista asciende a través de un bosque de eucaliptos y termina llevándonos de nuevo al asfalto de una carreterilla que usamos para cruzar, por un paso elevado, al otro lado de la autovía AG-59. Inmediatamente después tomamos a la derecha y de nuevo a la izquierda en una interminable alternancia de cruces, aldeas, tierra y asfalto, que terminan dejándonos en Raxó, aldea que lo tiene todo: un crucero bastante elaborado (aunque en medio de un cruce y rodeado de asfalto), una capilla de ánimas y, si bajamos unos metros por la carretera que encontramos a nuestra derecha desde el crucero, un santuario de curioso nombre: Nosa Señora das Cabezas.

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Merece la pena recorrer la corta distancia que nos separa de esta pequeña ermita, con amplio pórtico y dos hornacinas vacías flanqueando la puerta, aunque solo sea para rodearla y curiosear, en la parte trasera de la misma, en una zona con molino, fuente y una pequeña pila de piedra con inscripciones.

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De regreso ya a la zona del crucero después de un corto ascenso, tomamos a la derecha (de frente según veníamos antes) para enfrentarnos a una dura subida entre enormes casas modernas, una de las cuales -que dejamos a nuestra derecha- muestra un llamativo reloj de sol en su jardín. Poco más adelante el camino desciende un poco para permitirnos pasar bajo la autovía y a continuación retoma el ascenso aún con mayor dureza.

Como de costumbre, llega un punto en el que el asfalto da paso, sin motivo conocido, a la tierra y algo más adelante dejamos la pista que traemos para girar a la derecha y asustarnos viendo la bestial rampa que aparece ante nosotros. Si queremos ganar nuestra personal batalla de Cacheiras deberemos llegar hasta arriba, a ser posible sin desmontar (en mi caso, con la disculpa de un radio roto unos kilómetros atrás, me permití el lujo de aceptar mi derrota y subir empujando la bici a pie).

Finalmente, y una vez ascendido lo más duro, solo nos queda rodear el alto de Montouto -que dejamos a nuestra izquierda- hasta llegar a la carretera que da acceso a las antenas de telecomunicaciones y utilizar esta para llegar hasta la cima donde podremos disfrutar de unas magníficas vistas de todo el valle por el que ha transcurrido nuestra excursión e ilustrarnos con un nuevo panel informativo que nos cuenta la batalla que aquí tuvo lugar y que terminó con la derrota de las tropas sublevadas de Solís, cuyos cabecillas fueron ejecutados días más tarde en la localidad de Carral (por lo que pasaron a la particular historia del nacionalismo gallego como «los mártires de Carral»).

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Y hasta aquí la ruta que nos ha traído por las tierras que tenemos ante nosotros y que no pueden ser descritas mejor de lo que lo hizo en 1908 Francisco Tettamancy:

«Desde Montouto, abstráese el espectador al admirar el poético panorama que a su vista se presenta, destacándose en primer término los pintorescos y exuberantes valles de Cacheiras y Recesende, con sus agrupaciones escalonadas de blancas casitas, que se asientan en los lugares de Constenla, do Sixto, Recesende, Cacheiras, San Simón, Riveira, Sebe, Feros y Rejo, hasta dominar todas aquellas extensas y risueñas lejanías que completan la cuenca de la Ramallosa, Lucí, Rarís, Sales, Illobre, Oza, Reyes al Puente Vea, con su profusión de grisáceas montañas, sobresaliendo la del famoso Pico Sagro, ese monte de gran Importancia legendaria por su riqueza en leyendas, tradiciones y recuerdos históricos.

Otros pueblecitos divísanse igualmente hacia la floreciente vega del Ulla, como el valle de Santa Lucía, que presenta, como el de Cacheiras, múltiples variantes de esmeraldina alfombra, festonándolo espesas robledas, castañares y los esbeltos y aromáticos pinos, tan cantados por la lira del ilustre poeta Eduardo Pondal.

No parece algo que el destino había reservado a la noble revolución gallega, la belleza de esa pequeña porción de tierra para las primeras pruebas de su sacrificio: tan en consonancia estaban las ideas de la una con las bondades de la otra […]»

Una vez disfrutadas las magníficas vistas, podemos ya salir de nuestra abstracción de espectadores y, habiendo echado un vistazo a los paneles informativos y al pequeño monumento conmemorativo de la batalla (o más bien de la carrera que todos los años se celebra aquí), sopesar nuestras opciones: regresar por donde hemos venido hasta el comienzo de la ruta en un tranquilo descenso casi continuo -para desquitarnos de lo que hemos sufrido para subir aquí-, recorrer la corta distancia que nos separa de Santiago -si deseamos terminar allí nuestra excursión-, o bien dirigirnos al otro lado del «Plató 1000» que vemos a nuestras espaldas -y donde, por cierto, se graban algunos de los programas más exitosos de la televisión gallega- por donde pasa la ruta número 6 del Centro BTT de Santiago, y seguirla hasta A Susana desde donde, siguiendo la ruta 4 del mismo Centro, podremos llegar relativamente cerca de Bamonde cerrando así nuestro círculo.

No podemos dar por cerrada esta ruta sin mencionar que, si recorremos la zona en las semanas previas al carnaval, es posible que nos topemos en alguna aldea con los pintorescos Xenerais da Ulla y podamos disfrutar de alguno de sus característicos atranques.

Completamos así una ruta apta para todos los públicos y para todos los tipos de bicicleta (ya que, aunque no todo está asfaltado, tampoco encontramos caminos en mal estado) e incluso para senderismo. Una buena opción para una histórica tarde de paseo por los alrededores de Compostela.

Entre mouras e irmandiños: Ruta de los dólmenes de Vimianzo

Provincia: A Coruña

Distancia: 65 km aprox.

Mapa:

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Descripción:

Para los amantes de la Historia, pedalear por tierras gallegas es complicado: cada pocos metros es necesario hacer una parada para admirar los incontables restos que el transcurrir de los siglos nos ha dejado. Incontables hórreos, un sinfín de cruceros de diferentes tipos, iglesias de todas las épocas desde el prerrománico hasta la segunda década del siglo XXI, puentes históricos y modernos que salvan los abundantes ríos y, cómo no, numerosos castillos en mejor o peor estado de conservación.

Si estamos más interesados en la prehistoria, Galicia tampoco nos defraudará pues no son pocos los castros que parecen estar casi en cada elevación del terreno y, en algunas zonas, casi cada afloramiento rocoso muestra un grabado procedente de la remota Edad del Bronce.

Pero aún podríamos irnos más allá, al periodo megalítico, para descubrir que no son pocos los dólmenes que en tierras gallegas han sobrevivido hasta nuestros días. Algunos, como el Dolmen de Dombate han sido protegidos por un espectacular edificio moderno que alberga también un museo. Otros, como el de Axeitos o el de Cabaleiros, sobrellevan magníficamente los años a pesar de hallarse expuestos a las inclemencias meteorológicas de la Barbanza y Tordoia respectivamente. Otros muchos dólmenes desaparecieron dejando como recuerdo tan solo parte del túmulo -mámoa- y el característico cono de violación por el que fueron extraídas las piedras. También, en algún lamentable caso reciente, los restos de un dolmen fueron transformados en mesa de merendero. Sin embargo, muchos otros dólmenes permanecen aún hoy en su sitio convertidos en un montón de inmensas piedras con mayor o menor recuerdo de su estructura original.

Si hay un lugar en el que abundan estos últimos es en el concello de Vimianzo, donde se ha habilitado una ruta -diseñada para coches- que permite visitar nueve de estos dólmenes. Dado que la mayor parte de la ruta transcurre por carreteritas estrechas y tranquilas con algún tramo de camino que permite llegar hasta los dólmenes, es también ideal para ser recorrida en bicicleta (de todo tipo, aunque hayamos de desmontar en los tramos de tierra en caso de que nuestra montura no sea adecuada para ellos). Eso sí, debemos extremar las precauciones al transitar por los tramos de carretera que unen Baíñas, Berdoias, Vimianzo y Recesindes, pues no son excesivamente amigables para los ciclistas.

Sin más, comenzamos nuestro recorrido en (no podía ser de otro modo) Vimianzo. Y lo haremos desde un lugar singular. De entre todo su casco urbano hay un elemento arquitectónico que destaca sobre todos los demás: su castillo. Se trata de una coqueta construcción en perfecto estado de conservación que tiene su origen histórico entre los siglos XII y XIII pero que ha sufrido tantas vicisitudes en su agitada vida que de esos orígenes apenas si se conservan unas cuantas piedras. En realidad, el magnífico estado que presenta el edificio se debe al lamentable y devastador incendio que sufrió en 1965, tras lo cual fue impecablemente rehabilitado.

Sin embargo, este castillo vivió su periodo de máximo esplendor allá por el siglo XV cuando, siendo propiedad de la renombrada familia Moscoso y codiciado por el Arzobispo de Santiago, se convirtió en uno de los principales protagonistas de las Guerras Irmandiñas. En esta conocida revuelta popular, la plebe se cansó de la opresión feudal, se levantó en armas y consiguió hacerse con esta fortaleza. Por desgracia para nosotros, plebeyos del futuro, la revolución no tuvo continuidad y los sublevados fueron derrotados al poco tiempo, tras lo que los Moscoso y el Arzobispo continuaron alternándose la posesión del castillo. En la actualidad, los primeros días del mes de julio de cada año los habitantes de Vimianzo se visten de época, se dividen en bandos, y se lanzan en alcohólica batalla a rememorar esta rebelión que sus antepasados no pudieron llevar a buen puerto. El resto del año, libre de modernos irmandiños, el castillo se encuentra abierto al público, es de visita gratuita, y alberga en su interior un centro de interpretación (de la propia fortaleza y de la Costa de la Muerte) y una especie de museo-taller de artesanía de la zona.

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Una vez visitadas las exposiciones, escaladas las murallas, explorada la torre del homenaje, recorrido el foso y fotografiado todo el conjunto, es hora de acomodar nuestras posaderas en el sillín y comenzar a pedalear con ganas, pues el aperitivo va a ser de aúpa.

Frente al acceso principal al castillo encontramos un pequeño parque con una singular fuente en escalera. Junto a él, en el cruce frente a la gasolinera, el primer cartel violeta que señaliza la «ruta de los dólmenes» nos indica que debemos seguir la dirección que menos nos gusta: hacia arriba. Obedientes, ponemos un desarrollo adecuado a las circunstancias y empezamos la escalada por la carreterita que comienza llevándonos a la parte más alta de la mencionada fuente, después rodea la que debe de ser la residencia de ancianos con mejores vistas del mundo y, pasando al lado del depósito municipal de agua potable, continúa imparable un ascenso que hace que por momentos nos arrepintamos de habernos embarcado en esta excursión.

Una vez coronado el minipuerto (menos de un par de kilómetros, aunque se hacen largos por el factor sorpresa) podemos pasar directamente a la otra ladera del monte para iniciar el descenso o, si somos algo masoquistas y el entrante de hoy nos ha sabido a poco, tomar el desvío a la derecha que lleva al mirador de San Bartolo, cima de uno de los montes más altos de la zona (408 metros sobre el cercano mar) donde se levanta una sencilla ermita dedicada a ese apóstol y desde donde las vistas deben de ser de impresión. Y digo deben porque el que esto escribe, después de analizar la jugada desde la distancia, decidió que para alcanzar tan elevada ermita necesitaría como mínimo un helicóptero y que, para empezar la jornada, con lo subido hasta ahora era suficiente, así que orientó su bici hacia el oeste y, dejando atrás el valle de Vimianzo, se dejó caer al valle de Salto.

La bajada es rapidísima, por lo que debemos extremar las precauciones para que un par de curvas pronunciadas no nos pillen por sorpresa (especialmente para quienes estamos acostumbrados a los frenos de disco y ese día solo llevábamos unas sobrias zapatas para detener la bici). Pasadas dichas curvas -que, por cierto, son consecutivas- llegamos en un instante al núcleo urbano de Reboredo y, siguiendo las señales de nuestra ruta, comenzamos a llanear dejando a nuestra derecha el desvío a Salto. Podemos, si así lo deseamos, visitar la iglesia de Santa María de esta localidad (con partes góticas del siglo XV, aunque la mayor parte del edificio sea posterior) o la cercana aldea de Castro que, como su nombre indica, se levanta junto a donde hubo en tiempos un antiguo castro.

Si no nos hemos desviado, pasamos junto a una maloliente granja y nos adentramos en el bosque que refresca el pequeño repecho que nos toca ahora subir (y que ya nos da una idea de que esta zona, aunque relativamente llana, no deja de estar en la siempre ondulada Galicia). Un breve descenso nos saca después al raso junto a la localidad de Tines, que rodearemos dejándola a nuestra derecha, siempre siguiendo escrupulosamente las señales de color violeta. Llegamos así a una carretera un poco más transitada que tomamos hacia la derecha para llegar de inmediato a la iglesia de Santa Baia de Tines. El templo data de diferentes épocas, comprendidas entre el siglo XII correspondiente al ábside románico hasta la más moderna parte barroca del XVIII. Una de las capillas laterales es en realidad el ábside de la ermita que se levantaba antiguamente en el atrio y que, al ser trasladada, permitió el descubrimiento de los restos de una villa romana. En el atrio de la iglesia se descubrió también una necrópolis de origen romano-suevo que parece que fue utilizada entre los siglos I y VIII. Los restos de las antiguas tumbas pueden aún verse entre el moderno cementerio (aunque un candado no me permitió pasar a comprobarlo) y en los muros y espadaña de la iglesia. El hallazgo más destacado fue una estela funeraria cristiana del siglo IV. Frente a la fachada principal, un crucero con «pousadoiro» y, dando acceso al recinto, una inscripción sobre la puerta nos recuerda que «El cuerpo según lo veis, el alma según obréis».

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Seguimos ahora pedaleando por la carretera en una larga recta hasta que, justo al salir de la primera curva, la abandonamos hacia la derecha para encontrarnos un nuevo repecho, si bien este se hace llevadero por las magníficas vistas que nos da sobre la aldea de Xora. Al poco la carretera se adentra de nuevo en el frescor del bosque que, salvo que algún coche o los trabajos de la industria maderera nos lo impidan, nos permite disfrutar de una absoluta tranquilidad durante casi dos kilómetros, hasta que encontramos de nuevo signos de civilización, esta vez en forma de una granja.

Pasada la granja, que queda a nuestra izquierda, en apenas unos metros llegamos a un camino que sale a la derecha de la carretera y, en el mismo punto, encontramos el cartel que nos indica  la situación del dolmen de Pedra Cuberta, que ya se ve desde la propia carretera. Este dolmen, a tan solo unos metros del asfalto y situado en medio de un bosque de eucaliptos conserva aún algunos de sus enormes ortostatos en pie y todavía se intuye la cámara, aunque carece de cubierta. Ya entrado el siglo XX se podían apreciar aún las pinturas murales que cubrían su interior -como ocurre también en Dombate y, probablemente, ocurriese también en muchos otros dólmenes- pero a finales de ese mismo siglo se habían ya perdido sin remedio. (Nota: realicé esta ruta en el verano de 2017 y a esa excursión corresponde este texto. Durante posteriores visitas a la zona he podido comprobar que los alrededores de algunos dólmenes, como este de Pedra Cuberta, han sido posteriormente desbrozados de árboles y maleza).

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Continuamos por la carreterita entre muros de piedra, atravesando un bosque de pinos y eucaliptos hasta que un suave descenso nos saca de la zona arbolada y encontramos un cruce en el que un cartel nos indica que debemos desviarnos a la izquierda. Así lo hacemos e ignoramos la nueva carretera que sale a nuestra derecha para cruzar un riachuelo y comenzar a ascender por el otro lado. Llegamos a un nuevo cruce donde sí nos desviamos a la derecha y empezamos a subir en serio (demasiado en serio para mi gusto) en un tramo no demasiado largo, pero sí intenso.

En la zona superior de la subida encontramos un nuevo cartel a nuestra izquierda que nos indica que hemos llegado al dolmen de Pedra Moura. De hecho, en realidad no es así, sino que aún hemos de recorrer un par de cientos de metros por el camino que allí empieza para llegar, llaneando entre los árboles, hasta la pradera donde encontraremos este dolmen que, comparado con el de Pedra Cuberta, nos parece pequeño. Sin embargo, en este caso se conserva parte de la cubierta de la cámara lo que le confiere un aspecto mucho menos ruinoso (y justifica el nombre por el que es conocido). Aunque en esta ocasión no estamos cerca de la carretera, el punto de modernidad lo pone el tendido eléctrico que pasa justo por este lugar.

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De vuelta a la carretera, continuamos hasta la cercana aldea de Carnio a cuya entrada, obedeciendo al correspondiente cartel violeta, nos desviamos a la derecha para seguir por otra carretera de similares características: escasa anchura, asfalto aceptable y terreno ondulado. Entramos por ella en una nueva zona arbolada (eucaliptos y pinos, para no variar) por la que circulamos durante cerca de un kilómetro hasta que, a punto de salir ya al raso, encontramos un nuevo cartel indicando el tercer dolmen: Pedra da Lebre. Para acceder a él debemos tomar el sendero que se adentra en el bosque a la derecha de la carretera donde, rodeado de eucaliptos y helechos, encontramos un montón de piedras que antaño formaron un dolmen de gran tamaño del que hoy apenas puede intuirse la posición del corredor.

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Volvemos una vez más al asfalto para salir del bosque y recorrer el pequeño descenso que nos lleva a Serramo. A la derecha de la carretera vemos una explanada, con un moderno crucero en el centro, que sirve de aparcamiento a un bar donde podemos refrescarnos si así lo deseamos. Al otro lado del bar se levanta la iglesia del lugar que, bajo la advocación de San Sebastián, conserva una magnífica obra de orfebrería del siglo XII: la cruz procesional más antigua de Galicia (eso dicen, pues no pude entrar a verla). El edificio en sí no llama demasiado la atención, con una extraña mezcla de estilos románico, barroco y chapuzas recientes, con un crucero de aspecto moderno y un cementerio con poco encanto.

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Volviendo a la carretera por la que veníamos, al otro lado de la explanada junto al bar, un nuevo cartel a los pies de un hórreo nos indica que tomemos la callejuela que sube a nuestra izquierda. Al otro lado de la misma encontramos, en un entorno semiurbano con algunas casas y bonitos hórreos de piedra, un nuevo cruce que tomamos a la derecha y poco más adelante, en un cruce más, un nuevo cartel nos manda hacia la izquierda, esta vez por pista de tierra. Por este camino, en continuo pero moderado ascenso, rodeamos el monte que vemos a la izquierda y pedaleamos entre plantaciones de eucaliptos hasta que, en el segundo cruce que encontramos, nos desviamos bruscamente a la derecha. Después de un breve llaneo llegamos a un nuevo cruce, donde otro cartel nos advierte de la presencia de nuestro siguiente dolmen a apenas unos metros del camino, en medio del descampado que se abre ante nosotros y que domina todo el paisaje de los alrededores. Se trata de A Arca da Piosa, un enorme dolmen situado en el centro del aún mayor túmulo que todavía se aprecia. En este caso el estado de conservación es más que aceptable y puede apreciarse perfectamente la estructura de la cámara y el corredor, además de la inmensa cubierta. Como curiosidad, merece la pena asomarse al interior para ver, en la parte inferior de la gran losa que cubre el corredor, una serie de surcos grabados en el granito a modo de -quién sabe- decoración.

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Visto el dolmen, debemos regresar por donde hemos venido durante aproximadamente kilómetro y medio hasta llegar de nuevo a Serramo. Allí, de nuevo en las proximidades de nuestro ya conocido bar, tomamos la carretera hacia la izquierda para recorrer una larga y llana recta que nos lleva, a través de tierras de labor sin apenas arbolado, hasta Baíñas, una localidad de aceptable tamaño situada en la carretera que une Negreira y Muxía y que dispone de los variados servicios que podamos necesitar.

Aquí cruzamos, con precaución, la carretera principal para continuar con nuestra eterna recta en dirección a Olveira. Cuando el  suave descenso por el que vamos se transforma en repecho ascendente, justo en el punto en el que comienza el concello de Dumbría, encontramos un nuevo cartel que nos señala el camino que surge junto a una casa a la izquierda de la carretera. Este camino nos lleva, en suave descenso en buen estado primero y en ligera subida en algo peor estado después, hasta el quinto dolmen del recorrido: el de Regoelle, más conocido como Pedra da Arca. Este monumento megalítico se encuentra a la izquierda del camino y habremos de acceder a él cruzando unos metros de pasto, pues se encuentra en una zona de transición entre una pequeña masa forestal (de eucalipto, cómo no) y las tierras de cultivo. De nuevo estamos ante un dolmen en buen estado de conservación del que, además de su gran cámara, destaca su corredor cubierto por losas escalonadas. En uno de los ortostatos de la cámara se conservan restos de grabados (aunque seguramente su origen sea contemporáneo al dolmen, sin duda han sido repasados recientemente por algún desaprensivo). Cerca de este dolmen existía también un castro pero no parece conservarse rastro alguno de él.

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Regresamos desde aquí, por donde hemos venido, de nuevo hasta Baíñas (a unos tres kilómetros). Antes de abandonar la localidad no debemos dejar de visitar la iglesia de Santo Antoíño, de origen románico del siglo XIII, que fue un antiguo monasterio medieval del que aún puede verse alguna ruina. En su exterior, más que en la fachada del siglo XIX, merece la pena fijarse en la decoración de los otros muros, como los canecillos de las fachadas laterales o el relieve de una figura a caballo que decoraba la parte superior de una antigua puerta hoy cegada que ha sido interpretado como una representación de San Martín (pues este monasterio estaba ligado al compostelano de San Martín Pinario).

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Tomamos ya la carretera principal AC-441 (siguiendo ahora las flechas amarillas con punta azul que señalizan la recientemente creada Vía Mariana Luso Galaica) con intención de iniciar el duro ascenso que nos espera en dirección Muxía pero, justo antes de comenzar, nos desviamos por la carreterita que sale a nuestra derecha y avanzamos por ella hasta salir por completo de la zona urbanizada y adentrarnos en el monte. Allí, aún a la vista del taller que hemos dejado a nuestra izquierda, un nuevo cartel nos señala la situación del Arca de Rabós, un diminuto dolmen que encontraremos en medio de una pequeña parcela de terreno limitada por muros de piedra e invadida por los eucaliptos. En este caso lo único que vemos son la cubierta de la cámara y dos de las piedras que la sustentaban. Con imaginación, también pueden interpretarse las otras tres piedras como parte del corredor (más que nada, por estar situadas al este de la cámara, orientación acorde a la que presentan todos los corredores de los dólmenes).

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Volvemos al asfalto donde hemos dejado aparcadas nuestras monturas pero, antes de volver a ellas, cruzamos la carretera y nos adentramos en la finca del otro lado. Aquí, partido en dos por el muro de piedra que demarca las parcelas, podemos ver aún un viejo túmulo y el agujero excavado en él para extraer las piedras que conformaban el dolmen -el conocido como cono de violación-. Posiblemente los ortostatos y las losas de la cubierta se encuentren no muy lejos, formando parte de algún muro de piedra.

Ahora sí, volvemos a las bicis, regresamos hasta la carretera principal y, a la derecha, empezamos la subida que, aunque ni demasiado larga (unos dos kilómetros y medio) ni  excesivamente dura (en torno al 5% de media), se hace complicada por tratarse de una carretera bastante más transitada que las que hemos traído hasta ahora. Coronamos a más de cuatrocientos metros de altitud, justo donde surge la carretera que lleva al centro de control marítimo de Chan da Lagoa (hasta donde podemos acercarnos si queremos disfrutar de las vistas, aunque en la parte final encontraremos otra buena subida). Desde aquí, solo debemos dejarnos caer durante varios kilómetros hasta llegar a Berdoias donde, nada más llegar, uno de nuestros conocidos carteles violetas nos mandará salir de la carretera principal y dirigirnos a la izquierda.

Siguiendo las indicaciones volveremos a salir del casco urbano de Berdoias en dirección sur, por un bonito camino rodeado de paredes de piedra, robles, castaños y algún laurel (aunque tampoco nos libramos del todo de los eucaliptos) que muere un kilómetro más adelante junto a una extraña contrucción. Se trata de la Casota de Freáns, séptimo dolmen de la ruta y el más extraño, pues más que de un dolmen propiamente dicho se trata en este caso de una cista funeraria construida entre el 2500 y el 2000 a.C. (estaríamos hablando casi ya más de Edad del Bronce que de Neolítico) y en vez de la característica cámara con corredor presenta una única cámara cuadrangular abierta hacia el Este. En las caras interiores de sus paredes abundan los grabados y algún autor ha querido ver en ellos una precisa representación del firmamento de la época. Cuenta la leyenda que esta construcción fue levantada en una sola noche por una moura -seres mágicos de la mitología gallega- que llevaba las grandes piedras volando mientras amamantaba a un bebé y, como le sobraban manos, al mismo tiempo iba hilando un hilo de oro (supongo yo que, mientras la hacendosa moura gallega hacía todo esto, el «Señor Mouro» estaría tirado en el sofá bebiendo cerveza y viendo el fútbol, aunque la leyenda no entra en tales pormenores).

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Dejamos a la moura y a su perfectamente conservada Casota para regresar a Berdoias, lugar que no abandonaremos sin antes visitar su casco urbano, cuyas magníficas construcciones, en su mayoría en ruinas, nos hablan de un rico pasado mejor. Aunque no sea nada del otro mundo, también merece la pena echarle un vistazo a la iglesia barroca de San Pedro.

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Desde Berdoias debemos tomar la carretera general que va hacia Vimianzo. Los primeros metros podemos evitarlos circulando por la antigua carretera, que desemboca en la nueva poco más adelante. Igualmente, algo más adelante esa vieja carretera ha sido transformada en área de descanso, separada de la general por una tranquila zona con bancos y mesas, y también puede utilizarse para evitar el tráfico. Salvo esos dos tramos, nos toca pedalear por el arcén de una carretera bastante transitada (aunque al menos el arcén es bastante aceptable) hasta que los carteles nos mandan torcer a la izquierda por una estrecha carreterita que se adentra en la localidad de Vilaseco. Entre las casas de esta aldea destaca una gran construcción de piedra con una inscripción grabada sobre la puerta, pero no pude leer lo que decía (algo relacionado con que quien la construyó la dejó en manos de Santiago para su protección) porque dos enormes perros estaban intentando devorarme al mismo tiempo.

Volvemos a estar en nuestros dominios: una carreterita estrecha y tranquila, medianamente llana (aunque algún repecho explosivo sigue quedando) que nos permite reencontrarnos con el placer de pedalear que habíamos perdido en la carretera general. Cruzamos los desmontes por los que algún día pasará una autovía, aunque a día de hoy  la obra está bastante abandonada y, poco más adelante, dejando a la izquierda una construcción, vemos un panel informativo que nos informa que hemos llegado a la Arquiña de Vilaseco. En realidad no es así, pues si seguimos el cartel que apunta a la derecha de la carretera, hacia dentro de una finca, comprobaremos que el nuevo dolmen no se ve aún. Dejando las bicis aquí, debemos avanzar por el estrecho sendero siguiendo el muro de piedra que separa las dos fincas hasta que, algo más adelante, llegamos a una elevación del terreno: estamos sobre la Arquiña de Vilaseco. Como podemos comprobar, el túmulo es enorme (el más grande de la zona) y el dolmen permanece sin excavar, aunque se cree que está en buen estado de conservación, pues el cono de violación no era importante. Por ahora, lo único que vemos de la construcción son un par de sus grandes piedras que sobresalen de la superficie.

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Volvemos a la carretera, desde donde debemos volver por donde hemos venido hasta la carretera general. Ya puestos a ver vestigios prehistóricos, no muy lejos de aquí, si vamos en dirección contraria (como si fuésemos hacia Muxía) podemos encontrar, en la cima rocosa de una colina, los petróglifos de Boallo, de tipo espiral y geométrico.

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Regresando a la carretera de Vimianzo (AC-552), pedaleamos en dirección noreste con precaución y lo más pegados a la derecha que podamos, tratando de disfrutar en lo posible de unos kilómetros que, superado un primer repecho -suave y corto- son completamente descendentes. Llegamos así a las primeras casas de Vimianzo donde, en un solar a la derecha de la carretera, nos topamos con nada más y nada menos que un asentamiento de la Edad del Hierro: el Castro das Barreiras.

Lo más llamativo de este yacimiento arqueológico son las impresionantes murallas que, rodeadas por un foso, aún hoy destacan claramente sobre el terreno. El motivo de esta importante obra defensiva no es otra que el modesto emplazamiento del castro, en pleno valle, muy alejado de los escarpados lugares en los que se encaraman habitualmente este tipo de asentamientos. A cambio de poder explotar las fértiles tierras, el poblado se veía peligrosamente expuesto al enemigo y, por tanto, obligado a construir tan poderosa infraestructura defensiva. Pendiente aún de una excavación completa, las primeras campañas arqueológicas han datado el periodo de ocupación de este yacimiento en la Segunda Edad del Hierro, entre los siglos II y I a.C.

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El camino asfaltado que nos permite llegar a la parte trasera del castro (desde donde se aprecia aún mejor lo imponente de las murallas que llegan a alcanzar los ocho metros de altura) da acceso también al Vao das Areas, un robusto puentecillo de sillería granítica que antaño permitía cruzar el regato de Cambeda y que hoy pasa sus días rodeado de maleza, olvidado entre sendas fincas de cubiertas de hierba, pero que, salvando algún pequeño derrumbe (parcheado con lanchas), aún podría cumplir perfectamente su función.

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Continuamos por la transitada carretera AC-552 por la que veníamos y nos vamos viendo rodeados de casas cada vez más densas hasta que nos damos cuenta de que hemos regresado a Vimianzo, lugar del que partimos hace unas horas. Pero no: no nos quitemos el casco todavía, pues nuestra excursión no ha terminado. Aún nos faltan unos kilómetros por recorrer y un último dolmen por visitar.

Aprovechando que estamos en Vimianzo, es un buen momento ahora para recorrer esta localidad, con mucho más que ver que su ya visitado castillo. Así, callejeando por su caso urbano, encontramos desde un molino hidráulico restaurado hasta un helipuerto, pasando por un agradable paseo fluvial y, como no, por la iglesia parroquial de San Vicente (s. XIX-XX) cuyo mayor interés es que está «cabeza abajo», es decir, con la cabecera mirando al oeste, solo para que la fachada principal se abra a la plaza principal del pueblo.

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Lo más interesante del conjunto urbano es, sin duda, el pazo de Trasariz, hermoso palacete situado cerca del castillo que data del siglo XVII. Aunque en la actualidad no puede visitarse (está dedicado exclusivamente a la celebración de eventos), desde el exterior es perfectamente visible su magnífica balconada con columnatas situada sobre la arquería de medio punto de la planta baja, las señoriales chimeneas, el cuidado jardín decorado con palmeras al más puro estilo indiano y la capilla barroca de la Virgen de la Soledad, con doble acceso desde la calle y desde el interior del pazo. Ya en el exterior del recinto, un crucero preside el parque que se abre a la carretera.

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Siguiendo la carretera que pasa junto al pazo y que se dirige hacia el noroeste, buscando la costa, llaneamos un corto tramo para enfrentarnos después a un pequeño repecho. Dejamos a la izquierda una pista de karting y a la derecha (un poco apartada de la carretera), la iglesia de San Juan de Calo (de origen románico, reformada en el s. XVIII) para comenzar después el descenso. A la izquierda dejamos el desvío que nos permitiría llegar a la ermita de Castrobuxán, del siglo XVIII, cuyo mayor interés reside no tanto en el modesto edificio barroco, sino más bien en la cercana fuente barroca y en las ruinas del castro que da nombre al recinto, así como el paraje en el que se encuentra todo el conjunto (lo pagaremos con las rampas que tendremos que subir para regresar después a la carretera principal).

Volviendo a nuestra ruta, el descenso concluye al cruzar el río Grande en un entorno de gran belleza que podemos disfrutar desde el puente de la antigua carretera, al lado del moderno. Después de relajarnos un poco en el lugar, dejamos al río Grande continuar felizmente su camino hasta su cercana desembocadura (formando la ría de Camariñas, en pleno centro de la Costa de la Muerte) y -con precaución, pues la experiencia me dice que esta carretera es utilizada como circuito por algunos motoristas sin respeto- pedaleamos en ascenso hasta la cercana aldea de Recesindes.

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Aquí, al llegar a un bar (de gran ayuda si tenemos sed), giramos en el cruce hacia la derecha y nos enfrentamos al breve repecho hasta encontrar el último cartel morado del día, que nos indica hacia un camino que surge a nuestra derecha. Inmediatamente después encontramos el pequeño panel informativo que nos indica que estamos ante el dolmen de la Mina de Recesindes, aunque desde aquí solo es visible su gran túmulo. Para llegar a él debemos continuar por el camino asfaltado hasta casi meternos en el garaje de la casa cercana y tomar el camino de tierra a la derecha hasta llegar a los restos del dolmen, muy deteriorado por las profanaciones. Si la maleza lo permite (aunque parece ser desbrozada con frecuencia, la vegetación es tan densa que sigue complicando el acceso) podemos ver los restos de la cámara funeraria formada por varias losas graníticas verticales encajadas entre sí. Parece ser que este dolmen formaba parte de una necrópolis megalítica de mayor tamaño, si bien la mayor parte de sus túmulos sucumbieron a la construcción de la carretera que viene de la cercana localidad de Carantoña.

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Regresamos después a la carretera y cerramos nuestra ruta de hoy regresando a Vimianzo por donde hemos venido, completando así un corto pero interesantísimo recorrido por las más significativas etapas de la Historia de Galicia.

Alrededor de la ciudad del Apóstol: Centro BTT Santiago (A Susana)

Provincia: A Coruña

Distancia: Variable (6 rutas de entre 10 y 62 km aprox.)

Mapa:

rutas

Tracks: Descargar todos CentroBTT_ASusana.rar

Descripción:

No soy un apasionado de los llamados centros BTT, pues sus rutas suelen exigir un nivel técnico bastante por encima del que yo tengo y porque, además, cuando monto en bici me gusta prestar la menor atención posible a la conducción para poder centrarme en disfrutar del lugar que estoy recorriendo. Sin embargo, como practicante asiduo de ese deporte en la zona de Santiago de Compostela, no pude resistirme a recorrer las rutas que proponen desde el recién creado Centro BTT Santiago y voy a describirlas aquí por tratarse de un buen ejemplo de los caminos que existen en el entorno de la ciudad del Apóstol y de las cosas que visitar por allí.

Lo primero que llama la atención al llegar al edificio que acoge el punto de información del Centro, en la parroquia de A Susana, es que todo es nuevo y reluciente. Al parecer el edificio es una antigua escuela que no cumple su función desde hace años pero que ha sido mantenida en buen estado por los habitantes del lugar y a la que desde el Concello compostelano han decidido dar una nueva vida como centro deportivo. En él disponemos de todos los servicios que podamos necesitar para disfrutar de nuestro deporte favorito sin contratiempos: máquina de café, información (incluyendo un folleto con mapa y descripción de las rutas), amplio aparcamiento tanto de coches como de bicis, máquina de café, lavado de bicis, duchas, máquina de café, taller (previsto, aunque de momento no está operativo), etc. ¿He mencionado ya que hay máquina de café?

También es posible alquilar bicicletas pero por ahora todas las unidades disponibles son bicicletas de paseo y, por lo tanto, no aptas para la mayor parte de los caminos que encontraremos. La curiosa explicación para esto es que las bicicletas proceden del antiguo sistema de bicicletas de uso público del casco urbano de la ciudad, servicio cancelado hace unos seis o siete años, y que decidieron traer aquí desde el almacén de la estación de autobuses donde llevaban desde entonces cogiendo polvo.

Otra cosa digna de mención es que las rutas no están señalizadas. La forma más sencilla de seguirlas es entrar en la página web del Centro y descargar los tracks en nuestro GPS (dispositivos que, por cierto, podemos alquilar también en el Centro). Por el momento es posible pasar por todos los caminos sin problemas, aunque algunos tramos de senderos empiezan a verse preocupantemente estrechados por la vegetación. Supongo que ambos detalles se solucionarán en caso de que el Centro BTT sobreviva a su fecha de caducidad, prevista por ahora para el 28 de Febrero de 2018.

Nota: Este centro cerró el día 1 de marzo de 2018 por «fin de temporada» (curiosa ironía, teniendo en cuenta que estaba a punto de comenzar la primavera) para reabrir de nuevo poco después. Por otra parte, tengo entendido que está prevista la próxima apertura de otro centro BTT en Santiago, en esta ocasión en Amio, para lo cual están rehabilitando otro edificio escolar (con intención quizás de dar servicio a la Vía Verde proyectada en la zona). En todo caso -e independientemente de estos vaivenes políticos- dado que las rutas (sin señalizar) siguen ahí, sigue mereciendo la pena recorrerlas.

Las rutas disponibles son las siguientes:

Ruta 1: Santa Lucía – Castro de Vixoi (10 km aprox.)

Esta ruta, como casi todas, sale del Centro BTT siguiendo el Camino Jacobeo (Camino Sanabrés o de Fonseca) en dirección a Santiago. Casi a la salida debemos tener mucha precaución para cruzar la carretera nacional que va de Santiago a Ourense y, a partir de este punto, circularemos por tranquilas carreteritas de asfalto que ratonean entre las numerosas casas y aldeas que hay en esta zona abundante en duros repechos que se harán más llevaderos si nos lo tomamos con calma y vamos disfrutando de los muchos y bonitos cruceros -además de algún lavadero- que encontraremos a nuestro paso.

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Ya relativamente cerca de Santiago encontraremos a la derecha del camino la iglesia de Santa Lucía con una bonita fuente a sus pies, situadas ambas junto al pequeño río del mismo nombre que, desde la carretera, vemos internarse en un oscuro y húmedo bosque de ribera surcado por numerosas pasarelas, caminos y senderos. En esta primera ruta la propuesta es precisamente esa: internarnos en este precioso bosque y dar un corto paseo por estos caminos que suben y bajan por ambas orillas del río.

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Los tracks en esta zona dejan ciertas dudas sobre el camino que debemos tomar y es posible que tomemos algún sendero que no sea posible seguir (al menos sin desmontar) por lo que lo más sencillo es elegir nuestro propio camino y buscar una alternativa que nos permita subir aguas arriba del río. En nuestro rodar por estos caminos que supuran agua encontraremos bellos rincones, con abundantes molinos que aún conservan algunos de sus canales y, cuando nos resulta posible comprobarlo, restos de su maquinaria.

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En la parte más elevada del recorrido, en la margen izquierda del río encontraremos también, si somos observadores, los interesantes restos de las murallas de un castro de la edad del hierro que responde a los nombres de Castro de Vixoi o Castro del Coto.

Una vez completado el paseo, regresamos por los umbrosos caminos hasta la iglesia y, desde ésta, pedaleamos de vuelta al Centro BTT por la misma ruta por la que vinimos.

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Ruta 2: Santa Lucía – Castro de Vixoi – Prolongación ata Bando (20 km aprox.)

Esta segunda propuesta, como su propio nombre indica, es una prolongación de la ruta 1. Por tanto, los primeros kilómetros de ambas coinciden: del centro BTT hasta la iglesia de Santa Lucía y, de allí, río arriba hasta las proximidades del castro donde finalizaba la ruta anterior. Sin embargo, en esta ocasión continuaremos remontando el curso del río, primero por un pequeño tramo asfaltado y después por caminos de tierra más abiertos que los que componían la ruta 1.

Después de pasar bajo el impresionante viaducto del tren Ourense-Santiago (no voy a entrar en la discusión de si es o no alta velocidad), el camino vuelve a acercarse al cauce del río del que temporalmente se había alejado ya que, aunque según el track oficial deberíamos ir pegados al río en todo momento, fui incapaz de encontrar un camino que lo siguiese, salvo los puntuales accesos a los molinos de la zona.

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En un primer momento solo oiremos el rumor de las aguas que quedan a una cota inferior de la del sendero por el que circulamos y prácticamente ocultas por la vegetación que dejamos a nuestra derecha, mientras que a nuestra izquierda los matorrales ocultan el muro de algunas casas cercanas (precaución en este tramo pues la estrechez del camino, la densidad de la vegetación y la presencia de aves domésticas sueltas puede causar un accidente con gallinicidio incluido). Después el río volverá a ser visible y ya no nos despegaremos de él en toda la ruta, pedaleando siempre por anchos caminos de tierra rodeados de un magnífico bosque de ribera entre el que solo conseguí distinguir un diminuto grupo de eucaliptos lo que, teniendo en cuenta que estamos en Galicia constituye una auténtica rareza. Dado que vamos remontando el curso del río, todo el trayecto es en subida, aunque tan tendida que apenas nos damos cuenta, salvo en un par de brevísimos repechos que no entrañan ninguna dificultad. Nuestro recorrido se ve salpicado por molinos de agua que, aunque cerrados, parecen estar en perfecto estado de conservación.

Dada la sencillez de la ruta, comentaré solo el único punto de cierta dificultad que encontraremos y que bien merece ser mencionado aunque solo sea como curiosidad. Se trata de un punto en el que el camino parece estrecharse y acercarse sospechosamente al río hasta que este desaparece en un túnel para pasar bajo la vía del tren. Si salvamos el par de zonas encharcadas que nos separan de la boca del túnel y nos asomamos a su interior vemos que pegada al muro izquierdo existe una pasarela de aproximadamente un metro de ancho que, a modo de acera, permite cruzar al otro lado. Si llevamos iluminación, somos medianamente diestros y el manillar de nuestra bici no es demasiado ancho, podemos intentar cruzar montados a riesgo de llevarnos un buen costalazo y consiguiente chapuzón. Yo personalmente recomiendo desmontar.

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Al otro lado existen dos opciones. La primera (que no he comprobado personalmente pero que es la que más parece adecuarse al track) es subir la cuesta que trepa hasta la parte alta del túnel para pasar sobre este hasta la otra orilla, por la que podremos seguir río arriba hasta la cercana carretera. La otra opción es subir la cuesta que sube frente a la salida del túnel hasta las casas cercanas donde encontraremos una carretera que, tomando a la derecha, utilizaremos para cruzar al otro lado del río (en caso de intentar la primera opción recomiendo tener cuidado al trepar pues entre las piedras vi una víbora que, aunque diminuta, podría hacernos una buena faena).

En cualquiera de los dos casos llegaremos, en la margen izquierda del río, a la carretera que en este punto describe una cerrada curva. Con cuidado cruzamos al otro lado para seguir río arriba, lo que hacemos primero por la carreterita que surge frente a nosotros para abandonarla después por nuestra izquierda para continuar pegados al cauce del río, recuperando la tónica general de caminos de tierra cubiertos de árboles autóctonos encontrándonos de tanto en tanto algún molino.

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En determinado punto llegamos a un cruce que nos deja con sendas pistas saliendo hacia ambos lados, derecha e izquierda, mientras el río Santa Lucía sigue de frente (mejor dicho, viene de frente, ya que estamos siguiéndolo a contracorriente). Hemos llegado al fin de la ruta y ya podemos volver sobre nuestros pasos, salvo que queramos explorar los caminos de la zona que, sin gran dificultad (pero considerable ascenso) nos podrían permitir enlazar con otras rutas, pues la 5 y la 6 no pasan excesivamente lejos de nuestra posición actual.

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Ruta 3: Camiño de Santiago – Brañas de Sar e Restollal (26 km aprox.)

Una vez más salimos del Centro BTT situado en A Susana siguiendo la ruta jacobea en dirección a Santiago. También como en todas las rutas pasamos junto a la iglesia de Santa Lucía pero en este caso no nos desviamos aquí, sino que cruzamos el río Santa Lucía y continuamos siguiendo las flechas amarillas en dirección a la capital compostelana, por el conocido como Camiño Real de Piñeiro. Después de otros cuantos kilómetros con la misma tónica de sube y baja por carreteras poco transitadas, después de la localidad de Piñeiro, pasamos un cruce y subimos un repecho de camino de tierra que nos lleva hasta la AP-9. Debido a las obras que afectan a esta vía desde hace tiempo, el paso para los peregrinos cambia con frecuencia pero lo habitual es que pasen sobre la autopista después de una subida corta pero muy dura. Si es posible, nosotros pasamos por debajo, aprovechando para ello el viaducto de Angrois, volviendo a reunirnos con la ruta jacobea en el puente que nos permite pasar sobre las vías del tren. Las numerosísimas ofrendas que encontramos sobre la valla nos recuerdan que estamos exactamente en el punto donde el 24 de julio de 2013 perdieron la vida ochenta de las personas que iban a bordo de un tren que no frenó lo suficiente como para tomar la curva.

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Desde Angrois vamos a salir casi de inmediato al Cruceiro do Sar. Cruzamos la calle con precaución para tomar al otro lado la rúa empedrada que desciende. Esta calle es la conocida como Calzada de Sar y era la vía utilizada, ya en el siglo XII, por quienes venían desde Ourense o Castilla para acceder a Santiago a través de la puerta de Mazarelos o la puerta de la Mámoa. La calzada finalmente vuelve a unirse a la calle asfaltada para, juntos, cruzar el río por el Puente de Sar, también del siglo XII y conformado por tres ojos -con sus correspondientes tajamares- de cantería granítica y estilo románico.

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Antes de proseguir nuestra ruta, no debemos dejar de visitar uno de los monumentos más atractivos de la capital compostelana: la colegiata del Sar. Para acceder a esta majestuosa iglesia tan solo debemos recorrer unos pocos metros en línea recta después de haber cruzado el puente y, a continuación, girar a la izquierda para encontrar una pequeña capilla dedicada a San Blas y, junto a ella, una fuente. Estas dos construcciones dan acceso al recinto donde se levanta la gran colegiata, también conocida como Santa María la Mayor y Real de Sar, fundada en el siglo XII por el obispo Munio Alonso pero concluida ya por el arzobispo Xelmírez.

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Lo primero que llama la atención son los impresionantes y numerosos contrafuertes -en realidad solo arbotantes que se apoyan directamente en el suelo- que apuntalan la iglesia. Si nos acercamos más (y, sobre todo, si nos asomamos a su interior) comprobaremos también que los muros y pilares de toda la construcción muestran una más que preocupante inclinación. Esto se debe a dos errores cometidos por el arquitecto que planificó la obra: que los terrenos pantanosos sobre los que se asientan los muros no tienen la suficiente consistencia como para aguantar el edificio y que, al tener las tres naves de las que consta la iglesia la misma altura, las naves laterales no pueden cumplir correctamente su función habitual de aguantar el empuje de la bóveda central. Así, en época barroca se decidió construir los grandes arbotantes que sostienen actualmente los muros de la iglesia.

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Junto a la iglesia es posible también, por el módico precio de dos euros, visitar un pequeño museo y el claustro del edificio que, aunque en su mayoría es de época barroca y gran sobriedad, aún conserva en uno de sus lados la galería románica original, de significativa belleza.

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En el entorno de la iglesia podemos ver también, en un pequeño parque, un pintoresco conjunto formado por un crucero y un hórreo.

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Concluida la visita, regresamos al puente de Sar y nos disponemos a dar un paseo por los senderos que transcurren por las Brañas de Sar. En Galicia se denomina «brañas» a las zonas situadas en la parte baja de un valle, en el entorno del propio río, que pueden estar parcialmente inundadas y que normalmente suelen ser zonas verdes donde pasta el ganado. En este caso en concreto, nos encontramos en un entorno urbano prácticamente convertido en parque por el que discurren numerosos senderos (tanto de tierra como de cemento, piedra o, incluso, madera) que sortean el zigzagueante curso del Sar a través de pasarelas y al lado de los cuales veremos fuentes, molinos y alguna zona destinada a huertos urbanos. Salvando también algunas transitadas calles de la ciudad, los senderos suelen estar plagados de compostelanos -no es raro cruzarse por aquí con el alcalde de la ciudad en uno de sus habituales paseos matutinos- que pasan su tiempo libre en este agradable entorno, ya sea paseando o en bicicleta, por lo que nos vendrá bien en esta zona disponer de un timbre para avisar a los transeúntes de nuestro paso.

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Los tracks que ofrece la web del Centro BTT para esta zona no son todo lo precisos que deberían y, de seguirlos minuciosamente, en algún punto llegaremos a caminos sin salida o incluso veremos con sorpresa que un edificio se levanta allí por donde deberíamos pasar. Recomiendo, por tanto, olvidarnos del GPS en este tramo (teniéndolo, eso sí, a mano como referencia para no desviarnos demasiado) y disfrutar explorando los senderos que discurren a lo largo del Sar en la zona comprendida entre, por un lado, el pabellón polideportivo y el acceso a la Ciudad de la Cultura y, por el otro, la zona conocida como Restollal y, más concretamente, el aparcamiento existente bajo las vías del tren.

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Concluido nuestro paseo por esta zona volveremos, más o menos en su centro, al punto de paso obligado que constituye el Puente de Sar y, desde él, regresamos por donde hemos venido hasta el Centro BTT de A Susana.

Ruta 4: Río Pereiro – Capela do Santiaguiño (27 km aprox.)

Esta ruta, al contrario que el resto de las propuestas por el Centro BTT Santiago, no se dirige hacia la capital compostelana sino en dirección contraria, hacia el valle del Ulla, y transcurre en su mayor parte por tierras de los vecinos concellos de Vedra y Boqueixón.

Comenzamos por tanto a pedalear por la misma calle donde se encuentra situado el Centro BTT hasta cruzar (con mucha precaución) la N-525. Continuamos por la calle que vemos frente a nosotros para posteriormente girar a la izquierda y rodar por una tranquila carreterita que nos termina llevando a un puente que cruza la AP-53. Ya al otro lado, la carretera por la que circulamos nos lleva a otra algo más transitada que tomamos hacia nuestra derecha para describir una pronunciada curva casi de inmediato. Después, en uno de los cruces que vamos encontrando, giramos noventa grados a nuestra izquierda y nos dirigimos hacia la pequeña iglesia parroquial de San Félix de Sales. Si nuestra ruta coincide con alguna misa tendremos la oportunidad, sin necesidad de desmontar, de escuchar perfectamente lo que dice el cura pues los altavoces que sacan al exterior durante la celebración de los oficios religiosos así lo permiten.

Poco antes de llegar a la iglesia nos desviamos a la derecha y, apenas unos metros más adelante, la carreterita por la que transitamos describe una marcada curva que nosotros ignoramos, abandonando el asfalto por el camino que sigue recto para ir a salir poco más adelante a otra carretera más transitada. Debemos tomar esta carretera a la izquierda para apenas unas decenas de metros más allá, salir por el primero de los dos caminos que encontramos a la derecha que, tras atravesar un corto tramo de bosque, sale al raso para volver, una vez más, a encontrarse con el asfalto de otra de la innumerables carreteras que surcan estas tierras. Siempre atentos a nuestro GPS para no desviarnos de nuestra ruta, continuamos pedaleando hacia la izquierda entre las suntuosas casas que se levantan  junto a la carretera. Al poco de haber pasado cerca de la capilla de Santa Isabel -que queda a nuestra derecha a pocos metros- llegamos de nuevo a la AP-53 que cruzamos de nuevo, esta vez por un paso inferior.

Al otro lado, giramos a la derecha para seguir el camino que bordea la autopista pero, unos metros más adelante, descendemos bruscamente a nuestra izquierda para adentrarnos en una de la joyas de esta ruta: el sendero que recorre un buen trecho del río Pereiro. Se trata de un sendero estrecho muy pegado a la orilla del riachuelo, por lo que deberemos hacer gala de nuestra pericia al manillar y, si fuese necesario, llegar a desmontar para pasar algunos puntos conflictivos donde podríamos incluso caer a las frías aguas del río (como, por ejemplo, un punto donde un gran árbol ha caído sobre el camino, bloqueándolo). Conviene, en todo caso, desmontar de vez en cuando para contemplar de forma segura el bonito paisaje por el que transitamos.

La parada es obligatoria cuando veamos un par de carteles informativos al borde del camino y es que desde aquí, desde las ruinas de un molino de agua, es posible ver -aunque algo dificultada la vista por la vegetación- una magnífica cascada (una pena que la autovía pase tan cerca estropeando el entorno).

Algo más adelante el sendero va a salir a un camino de mayor anchura en ascenso que, a su vez, nos lleva algo más adelante a una pista forestal que abandonamos casi de inmediato para tomar otro camino que nos devuelve al entorno de la autopista. Dejamos a la derecha un puente que nos permitiría cruzar esta vía pero algo más delante encontramos otro que sí usaremos para, inmediatamente después de cruzar, girar a la izquierda para retomar la dirección sureste que llevábamos. Circulamos por el camino que nos lleva pegados a la autopista e ignoramos la pista que, a la derecha, nos llevaría a la pequeña Capilla de San Caetano. Quizás deberíamos visitarla y rezar algo pues ya empezamos a ver ante nosotros la penitencia que nos espera: circular pegados a una autopista tiene muchos riesgos y uno de ellos es que, mientras los coches circulan casi sin ascender gracias a un gran desmonte de terreno, nosotros encontramos nuestro camino interrumpido por una auténtica pared que arranca al poco de pasar junto a una gran casa de aspecto vasco o navarro.

Apretamos los dientes, el culo y, sobre todo, los pedales y tratamos de llegar arriba sin sufrir un infarto por el camino. Si lo conseguimos, en la cima nos espera un nuevo puente que nos permite regresar al otro lado de la autopista que tanta guerra nos está dando hoy. Nos olvidamos ya de ella de una vez por todas pero casi al momento nos encontramos con otra compañera de juegos: la vía de tren que nos obliga a describir una amplia curva ascendente para pasar al otro lado aprovechando que los raíles se internan en un túnel. Algo más adelante cruzamos una pequeña carretera y, en el siguiente cruce enlazamos un par de giros a la derecha por caminos para volver a encontrarnos ¡oh, sorpresa! con la vía de tren, que ya ha vuelto a salir del túnel en su camino hacia Ourense. En este tramo vemos algunos carteles que nos indican que estamos en el Camino Miñoto Ribeiro, una ruta jacobea recientemente redescubierta que se dirige hacia la capital del Apóstol desde tierras del norte de Portugal.

Cruzamos pues la vía de tren por un pequeño túnel excavado bajo ella e, inmediatamente, giramos a la izquierda para circular pegados a la elevación por la que discurre la vía. El camino en este caso, más que verlo, tendremos que intuirlo hasta llegar a las inmediaciones de una casa, donde un giro en ángulo recto a la derecha nos lleva de nuevo al asfalto que utilizamos en este caso muy pocos metros pues nos iremos por la izquierda y, algo más adelante, volveremos a girar a la izquierda para llegar finalmente, tras un descenso, a un cruce con una pequeña carretera.

Aquí deberíamos tomar esta carretera hacia la izquierda pero, en vez de hacerlo, vamos unos metros en sentido opuesto hasta encontrar un camino que baja hacia el Área de Interpretación dos Muiños. Se trata de un pequeño bosque que rodea el río Merín en cuyo entorno se conservan nada menos que ocho molinos restaurados con sus correspondientes canales y maquinarias. Varias pasarelas de madera nos permiten cruzar el río sin dificultad e incluso encontraremos una pequeña cascada. Varios paneles nos informan sobre el funcionamiento de estos ingenios hidráulicos.

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Vistos los molinos, regresamos a la carretera y la tomamos, esta vez sí, en la dirección correcta para abandonarla de nuevo por el primer camino a la derecha que nos lleva, en vertiginoso descenso, a otro camino, esta vez en subida que nos lleva a la pequeña aldea de Raxoi. A la salida del mínimo casco urbano de este pueblo cruzamos de nuevo bajo la vía de tren y enseguida tomamos el camino de la derecha para adentrarnos en un bonito bosque. El camino desemboca de nuevo en la carretera algo más adelante donde vemos señales que nos indican que por aquí pasa una ruta ciclista, aunque no es la que nosotros estamos realizando, sino una de las dos Rutas Cicloturísticas por el Val do Ulla de las que, tal vez, tratemos en otra ocasión.

Llegamos una vez más a la vía de tren en el lugar de Socastro. En esta ocasión no la cruzamos, sino que circulamos pegados a ella hasta llegar a la estación de Vedra-Ribadulla, que pasamos de largo para cruzar por debajo de la N-525 y llegar a otra carretera que cruzamos también. En este caserío en el que nos encontramos es posible encontrar diversos servicios (cafeterías, pensiones, farmacia, banco…) que pudiésemos necesitar.

Ya al otro lado de la carretera zigzagueamos entre las casas para enlazar con otra carretera ascendente donde entramos en contacto con la ruta jacobea popularmente conocida como Vía de la Plata, aunque esto no sea del todo correcto y más bien deberíamos hablar de Camino Mozárabe, Camino Sanabrés o Camino de Fonseca. Esta ruta y sus flechas amarillas nos guiarán durante la mayor parte del camino que nos queda por delante.

Así, después de un tramo de ascenso por asfalto giramos a la izquierda para tomar una ancha pista que sigue subiendo. Con mayor o menos dureza el camino sigue ascendiendo y, en los tramos en que los árboles lo permiten, disfrutamos de unas vistas preciosas sobre el inmenso valle del río Ulla. Después de un tramo en el que el camino se estrecha para adentrarse en un bosque y de un nuevo tramo de pista forestal nos encontramos con un camino asfaltado que nos lleva a otra de las joyas de la jornada: la pequeña capilla de Santiaguiño y la fuente que junto a ella se encuentra. Lo primero que veremos al llegar es la fuente, de estilo barroco, trasladada a este punto en 1724 (originalmente parece que se encontraba algo más arriba en la ladera). En ella, además de una extensa inscripción, podemos ver un relieve central bastante mal conservado y una magnífica figura de el apóstol Santiago bajo la que sendas figuras de sus discípulos Teodoro y Anastasio vigilan a los peregrinos. Dicen algunos expertos que estas imágenes proceden probablemente del antiguo coro románico de la catedral compostelana.

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Respecto a la ermita, también del siglo XVIII, muestra una factura muy parecida a otras que podemos encontrar en esta zona, con una única nave rectangular de reducido tamaño y un pequeño campanario en el centro de su fachada principal. Bajo este, sobre el dintel de la puerta, una inscripción cuenta la historia del templo. En el interior encontramos un pequeño retablo presidido por la figura del Apóstol con su atuendo de peregrino. Otra de las imágenes que nos llaman la atención es también una figura de Santiago que, a lomos de su caballo blanco y blandiendo su espada, ataca a los moros.

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Continúa el camino por la ruta jacobea, como lo atestigua el albergue de peregrinos que encontramos a pocos metros y que es el último que hay antes de alcanzar el final del Camino. Después de seguir incesantemente el camino a través del bosque, la pista desemboca finalmente en una carretera que, de seguirla, nos llevaría al impresionante Pico Sacro, cuya cima vemos próxima y que merecería una entrada propia para hablar de las numerosas leyendas que existen sobre él. Si nuestras fuerzas están relativamente integras sería buena idea ascender hasta su cima para ver las vistas que dominan las tierras compostelanas en todas las direcciones.

Sin embargo lo que haremos por ahora es descender por asfalto hasta el primer cruce, junto a unas pistas polideportivas. Aquí nosotros giramos a la derecha y abandonamos a los peregrinos, que continuarán recto en dirección a la cercana iglesia de Santa María de Lestedo. Al poco de haber girado, volvemos a girar a la derecha y nos dará la impresión de estar dirigiéndonos a la cima del Pico Sacro (por la dirección y por las duras rampas que estamos subiendo). Si embargo, abandonamos la subida sin completarla y, tras un brusco giro a la izquierda, nos lanzamos en una rápida bajada que nos lleva a pasar junto a la aldea de Rubial. Después enlazamos diferentes caminos y cruzamos por última vez bajo la vía de tren. Algo más adelante cruzamos otra pequeña localidad por una curiosa calle cubierta por una parra y vamos a salir a una pequeña carretera que nos lleva directamente a la parte trasera del Centro BTT, al que solo deberemos dar la vuelta para terminar nuestra ruta.

Ruta 5: A Susana – O Viso – Godos (29 km aprox.)

Al igual que en otras rutas, salimos en este caso del Centro BTT por el camino de Santiago, pasando junto a la capilla de Santa Lucía, y el Camino Real de Piñeiro hasta, pasado Angrois, llegar al Cruceiro de Sar. En este caso, inmediatamente después de entrar en el incómodo firme empedrado de la Calzada de Sar, giramos a la derecha por la rúa do Viso en dirección al monte Gaiás. A nuestra izquierda, si así lo deseamos, podemos acercarnos a la Ciudad de la Cultura para ver esta faraónica obra salida de las arcas públicas gestionadas por Manuel Fraga y de la mente del genial Peter Eisenman. Aunque las obras se cancelaron sin completar el diseño previsto, merece la pena acercarse a pasear entre los edificios construidos donde, además, casi siempre es posible encontrar alguna exposición o concierto interesante.

Concluida la visita regresamos al camino por el que veníamos y completamos la subida hasta cruzar la autovía por el paso elevado construido al efecto (aunque las obras de ampliación de la AP-9 pueden afectar a este camino puntualmente). Al otro lado del puente tomamos a la izquierda por una zona afectada por las obras que suele estar bastante embarrada. Finalmente salimos por un camino que surge a nuestra derecha y completamos la subida hasta el monte Viso por un duro camino que se va volviendo más técnico por momentos hasta volverse un pedregal casi intransitable en el último tramo (¡mi enhorabuena a quien consiga llegar hasta el vértice geodésico de la cima sin poner pie a tierra!)

Las vistas desde la cumbre son magníficas en todas direcciones. La ciudad por un lado, con la Ciudad de la Cultura a nuestra izquierda y la catedral destacando en el centro del casco antiguo. Al fondo las antenas del monte Pedroso y en primer plano el pabellón del Sar. A nuestra derecha, el estadio de San Lázaro nos permite ver gran parte del terreno de juego (¡un buen sitio si algún tacaño quiere ver medio partido sin pagar entrada!). En la otra dirección tenemos todo el terreno que recorreremos a partir de ahora, destacando el Monte do Gozo, claramente distinguible por su albergue gigante.

Panorama

Volvemos a bajar por donde hemos subido el último tramo y en el cruce giramos ahora a la izquierda para bajar por un camino que bien podríamos llamar pared, por su verticalidad. Finalmente enlazamos con una carretera asfaltada y nos dirigimos hacia el Monte do Gozo.

Después de cruzarnos con otra carretera un poco más transitada vemos ante nosotros una recta en subida que promete ser dura. La afrontamos con calma pues, aproximadamente a la mitad de la misma, debemos salvar el escalón lateral del asfalto para tirarnos monte abajo por un pequeño sendero que allí surge siguiendo un cortafuegos. Una vez más, aunque vemos ante nosotros una larga bajada y a continuación una subida inhumana, debemos abandonar a media bajada el sendero, en esta ocasión hacia la izquierda, para tomar un camino que va paralelo a la carretera por la que subíamos apenas un momento antes.

El camino por el que vamos en este tramo, aunque en subida, no es excesivamente duro pero es posible que nos toque desmontar pues la vegetación está estrechando el paso a gran velocidad y es posible que en poco tiempo sea incluso imposible pasar. Por el momento basta con pasar con cuidado de no quedarnos enganchados en los tojos y las zarzas que nos rozan dolorosamente.

Por este camino llegamos finalmente a una carreterita a la que entramos justo en una pronunciada curva. De tomarla hacia la izquierda podríamos llegar fácilmente a la cima del Monte do Gozo pero, al contrario, giramos a la derecha y, poco más adelante, abandonamos el asfalto por el camino que aparece a nuestra derecha, por el que descendemos y dejamos a nuestra izquierda, sin tomarlo, otro camino que nos daría acceso a la pequeña iglesia de Santa Eulalia de Bando. Pocas decenas de metros más abajo tomamos, ahora sí, un pequeño sendero que asciende a nuestra izquierda que nos da acceso a un camino algo más ancho que va hacia el este, remontando el curso de un pequeño riachuelo. Llegamos así a una pequeña carretera que debemos cruzar para continuar por el camino pero estamos aquí en un punto conflictivo ya que, aunque el camino sale de la carretera justo frente al camino que traíamos, apenas unos metros más adelante desaparece y reaparece al otro lado del río. Desconozco si hay una solución a este problema que no sea la que tomé yo: aprovecharme del escaso caudal del río para cruzar, bici al hombro, por unas piedras (en todo caso, también es posible salvar este complicado tramo gracias al asfalto que discurre a pocos metros).

Volvemos a salir a una carretera (una vez más queda demostrado que es imprescindible disponer de un GPS -o alquilarlo en el Centro BTT- y descargar los tracks para poder encontrar el camino correcto en este laberinto de carreteras, pistas y senderos sin señalizar que componen el rural gallego) y algo más adelante, de nuevo, la abandonamos por un camino que surge a nuestra derecha. Circulamos por caminos entre tierras de labor y alguna casa (atención al susto que nos darán los perros de una de ellas que, por el tono de sus ladridos, parece que basa su alimentación en la carne de ciclista cruda) y en poco tiempo nos internamos en un oscuro bosque en el que la humedad de los caminos puede causarnos alguna dificultad. Vamos subiendo poco a poco hasta encontrar una especie de cortafuegos que asciende en línea recta por la ladera aprovechando la zona que han limpiado para permitir el paso de una línea eléctrica. La tomamos hacia nuestra izquierda y continuamos el ascenso hasta que, después de unos cientos de metros que se nos hacen eternos, llegamos al punto más alto y empezamos el descenso, primero suavemente y, después de cruzar una carretera, de forma más pronunciada.

En un punto del descenso encontramos a ambos lados del camino sendas filas de colmenas. Justo antes de llegar a ellas giramos noventa grados a la derecha para seguir bajando (dejamos otras cuantas colmenas a nuestra izquierda en este tramo, así que mucho ojo si somos alérgicos a la picadura de estos insectos) hasta encontrar una pista que cruza perpendicularmente nuestro camino. La tomamos hacia la derecha, ya llaneando.

Unos pocos metros más adelante sale a nuestra izquierda una nueva pista. No debemos tomarla pero la menciono porque nos encontramos en las inmediaciones de la aldea de Zaramacedo y en el entorno de esta pista de la que hablo se encuentra el Dolmen das Derramadas… o más bien lo poco que de él queda. Tengo entendido que este monumento megalítico se encuentra en bastante mal estado escondido en medio de la plantación de eucalipto del que nos separa un extenso prado. Por desgracia durante mi visita no pude dedicar demasiado tiempo a la búsqueda y no pude dar con él, por lo que me vi obligado a continuar mi camino sin poder comprobar in situ su estado actual. Volveré. (Nota: esta última amenaza fue cumplida al recorrer el Giro de los Montes de Compostela, durante el que volví a pasar por la zona y, esta vez sí, pude localizar y fotografiar los restos del dolmen)

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Continuamos nuestra ruta por pistas forestales que, a partir de aquí, estarán ya siempre en muy buen estado. Algo más adelante nos topamos con el asfalto de la transitada AC-261 que tomamos con mucha precaución a la derecha para abandonarla unos metros más adelante por el primer camino a la izquierda. Una vez más, desestimo la opción de ir en dirección contraria para visitar la cercana cascada conocida como Fervenza de Rubio porque, dada la pertinaz sequía existente, lo más seguro es que la hubiese encontrado seca. Cuando llueva, también volveré aquí.

Volviendo a la pista por la que íbamos, algo más adelante de donde abandonamos el asfalto, dejamos también la pista para, mediante un corto sendero que surge a nuestra derecha, pasar a otra pista que va paralela a esta. No voy a enumerar todas las pistas que enlazaremos a partir de aquí pero el caso es que terminamos llegando a una zona con pistas deportivas donde nos desviamos, ya por una carreterita asfaltada, a la izquierda para, muy poco más adelante, encontrarnos de nuevo con el camino jacobeo por el que empezamos nuestra ruta de hoy. Para no repetirnos demasiado, vamos a ir por él solo lo justo para cruzar las vías del tren por un paso elevado y después continuamos más o menos paralelos a la vía férrea hasta las proximidades de la estación de tren de A Susana desde donde, esta vez sí, regresamos casi inmediatamente al Centro BTT, dando por concluida nuestra ruta.

Ruta 6: Xiro da Cidade (62 km aprox.)

Esta última propuesta es, con diferencia, la más larga y dura de todas y nos permitirá rodear todo el casco urbano de Santiago con las consiguientes vistas panorámicas de la ciudad desde prácticamente todos los puntos de vista además de, como es lógico, encontrarnos en nuestro pedalear con todos y cada uno de los caminos jacobeos que entran a Compostela desde todos los puntos cardinales. Recorreremos bellas pistas y senderos, pero también callejearemos mucho por los suburbios compostelanos e incluso por algún poco amigable polígono industrial.

Como no podía ser menos, comenzamos la ruta por nuestra conocida Vía de la Plata que utilizaremos una vez más para ir desde el Centro BTT hasta la iglesia de Santa Lucía (y, una vez concluido nuestro giro alrededor de la ciudad, también para volver al punto de origen).  Girando a la derecha por la última carretera que encontramos antes de llegar a la iglesia, que se transforma en camino a los pocos metros, subimos por el acogedor bosque que crece en torno al río Santa Lucía siguiendo la ya descrita ruta 1 y cruzamos después a la otra orilla por un pequeño puentecillo, junto a un molino, para después de unos metros de subida salir del bosque y tomar la carretera asfaltada, como también hicimos en la ruta 2.

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Seguimos la carretera hasta llegar a una curva donde un camino surge de frente y se dirige hacia el impresionante viaducto que tenemos ante nosotros. Como también hicimos en la ruta 2, seguimos este camino pero, inmediatamente después de pasar bajo la vía de tren abandonamos el recorrido de esa ruta para girar ahora a la derecha por la carretera que sigue la línea marcada por los pilares del viaducto. Al llegar al punto donde esta tuerce a la derecha para volver a cruzar entre los pilares, nosotros no lo hacemos y, en su lugar, tomamos la pista de tierra que asciende a nuestra izquierda.

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El camino asciende por el pedregoso terreno rodeado de un bosque que, aunque al principio esta compuesto en su mayoría por especies autóctonas, va dando paso a cada vez más pinos y eucaliptos a medida que ascendemos. Cuando parece que la dureza de la subida va remitiendo, encontramos un nuevo tramo donde se recrudece bruscamente para pasar bajo la vía de tren convencional (si considerásemos que la otra, la que pasa por el enorme viaducto, fuese de alta velocidad).

Pasado este tramo el ascenso vuelve a suavizarse y, tras girar casi ciento ochenta grados en un cruce, la pedregosa pista da paso a otra más cómoda con rastros de que en un pasado estuvo empedrada. Salimos así del bosque y vamos llaneando y a ratos subiendo, siguiendo un amplio valle cuya parte más profunda queda a nuestra derecha. Finalmente giramos en ángulo recto hacia la izquierda para encarar una larga recta -bordeada de terrenos plantados de pinos- consistente en una subida escalonada, a ratos muy dura, que pone a prueba nuestras fuerzas. Si nos vemos con ánimos de girar la cabeza comprobaremos que, a nuestras espaldas, el imponente Pico Sacro nos vigila.

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Una vez en la parte más elevada, tras una suave curva a la derecha, vamos llaneando -pero aún con algún repecho- durante un rato y podemos por fin descansar un poco mientras disfrutamos de las magníficas vistas que abarcan toda la comarca de Santiago, desde las antenas del monte Pedroso y A Fontecova (por cuyas laderas no tardaremos en circular) hasta el valle de Santa Lucía del que venimos.

Llegamos así a un camino -o más bien un cortafuegos- que cruza ante nosotros perpendicularmente. Giramos por él a la izquierda y nos tiramos en vertiginosa y técnica bajada intentando no rompernos la crisma hasta encontrar un pequeño sendero a nuestra derecha que tendremos que tomar y que no es difícil pasar de largo sin verlo, concentrados como estamos en el descenso. Tomándolo -y con mucho cuidado, pues los tojos que lo bordean parecen estar plantados a propósito para «acariciar» a los ciclistas- seguimos bajando hasta encontrar otro camino más amplio y que ya llanea. Salvando las numerosas zonas encharcadas y en un tramo que en partes coincide con la ruta 5, vamos a salir a una carretera que nos da acceso al núcleo de Bando de Arriba, cuyas casas están construidas en torno a un pequeño parque o bosquecillo que alberga en su interior una fuente con lavadero.

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Siguiendo la carretera, que va describiendo suaves eses, enlazamos con el Camino de Santiago con mayúsculas: el Camino Francés, aunque solo compartiremos recorrido con él durante unos metros pues poco más adelante los peregrinos girarán a la izquierda en busca ya del Monte do Gozo y nosotros giramos en sentido opuesto para, atravesando un solar utilizado como aparcamiento, acceder a la carretera nacional que comunica Santiago con el aeropuerto de Lavacolla.

Tomamos la carretera hacia la derecha pero, casi de inmediato, tomamos la carretera que sale al otro lado y que, a apenas unos metros, desemboca en la A-54. Sin embargo, justo antes de acceder a la rotonda sobre la autovía, nosotros nos desviamos a la izquierda para tomar la vía de servicio y, poco más adelante, cruzar al otro lado de la autovía por un puente, girando después a la izquierda para tomar una pista asfaltada que desciende vertiginosamente en una recta orientada directamente hacia las horribles instalaciones de una factoría maderera. Si tomamos sin contratiempos la curva que nos espera al final de la bajada, conseguiremos también pasar al otro lado de una nueva autovía -esta vez la AP-9- y giraremos después una vez más por una especie de vía de servicio separada de la autopista por un barranco y una valla de oxidado alambre de púas.

Sin embargo este feo tramo no dura mucho y nos adentramos de nuevo en el bosque a través de un bonito sendero que  primero llanea y después nos ofrece un breve pero divertido descenso. Por desgracia el sendero no dura mucho y durante el descenso aparece a nuestra derecha la vía de tren que nos indica que regresamos a la civilización. Así, al momento llegamos a una carretera de impecable asfalto que tomamos a la izquierda para atravesar A Sionlla de Arriba, después de lo cual giramos a la izquierda para dirigirnos en línea recta a la fea maderera que ya vimos desde lo lejos. Cuando ya parece que estamos abocados a entrar sin remedio en sus instalaciones giramos a la derecha para bordearla y vemos nuestro camino interrumpido por la N-550.

Cruzamos con mucha precaución al otro lado y nos unimos a una nueva ruta jacobea -en este caso el Camino Inglés- en su trayecto hacia Santiago. Al final de la recta ascendemos el corto repecho y, después de girar para evitar el polígono industrial que nos corta el paso, subimos otra brevísima pero dura cuesta. Un nuevo giro nos lleva de nuevo hacia las naves industriales y de nuevo las evitamos girando a la derecha hasta que poco más adelante llegamos a un cruce donde el Camino Inglés se adentra en el polígono y nosotros hacemos justo lo contrario, alejándonos de Compostela.

Nos adentramos así en una zona de explotaciones ganaderas donde el abandono de lo rural contrasta con las impresionantes casas que salpican nuestro recorrido. Cruzamos Garabal y As Pereiras, donde tomamos la carretera que se dirige a Bálsoma, aunque habremos de abandonarla a los pocos metros. Estamos en un punto conflictivo, pues el camino que sale a la izquierda de la carretera parece no haber sido usado en mucho tiempo. Sin embargo es posible -aunque no fácil- circular por él y después de unos metros de cauteloso descenso giramos a la izquierda para encontrar otro camino por el que parece más sencillo avanzar… hasta que más adelante, al salir al raso, se encharca por completo y nos obliga a desmontar para salvar el tramo y llegar a la casa que vemos en la lejanía. Una vez superada la dificultad recorremos una decena de metros por asfalto antes de tomar el camino que, a nuestra izquierda, se adentra de nuevo en el bosque y que nos lleva una vez más en dirección al polígono del Tambre.

En el polígono rodeamos la inmensa nave de Mercagalicia y llegamos a una carretera que cruzamos para meternos por el sendero que bordea las naves de una empresa de vidrio. Al otro lado encontramos una nueva calle que tomamos hacia la izquierda (aquí hay un bar, por si necesitamos descansar) y después tomamos un camino que sale a la derecha de la carretera y que, por fin, nos aleja del feo polígono.

Entramos así en un bonito tramo en el que vamos enlazando caminos entre bosques y claros de pradera cuyo único pero es que, en las inmediaciones de la aldea de Escarabuña, el track tiene un error y nos mete en un camino sin salida. Si lo seguimos al pie de la letra nos hallaremos en un bosque de pinos con el suelo cubierto de zarzas y otras hierbas en el que no hay ni rastro del camino que, según el track, debería estar allí (en realidad son muy pocos los metros que nos separan del camino auténtico, pero no fui capaz de salvarlos ni en bici ni andando). Así, cuando vemos que el camino por el que vamos desaparece lo mejor es no intentarlo y, volviendo atrás, tomar en el único cruce la opción ascendente que, esta vez sí, nos lleva al buen camino.

La pista por la que vamos dejándonos caer termina llevándonos a  un sendero y este a un diminuto puente formado por una sola piedra colocada sobre el cauce, que nos permite salvar el recién nacido río Sarela que se dirige ya hacia Santiago. Seguimos por el estrecho sendero el curso del río hasta encontrar otro sendero ascendente que tomamos para llegar a una casas y una carretera que, en pocos metros, nos lleva al cruce que vemos a la izquierda.

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En este cruce tomamos la carretera hacia la derecha y, tras unos metros y ya en las inmediaciones de Sarela de Arriba, giramos casi ciento ochenta grados para tomar la carreterilla que surge a nuestra izquierda y que en un corto trecho nos lleva a la carretera que se dirige desde Santiago hacia la Costa da Morte (previo paso por Portomouro, entre otros lugares). La cruzamos con mucha precaución, pues la visibilidad en este punto no es la ideal, y continuamos de frente por otra carreterilla que al poco perderá su firme asfaltado para dar paso a un camino de tierra que se interna en el bosque. Dejamos a nuestra derecha una bifurcación que va ascendiendo hacia la cima del monte Pedroso (y que también nos permitiría acceder a una pequeña y moderna capilla dedicada a la virgen de Fátima) y continuamos llaneando hasta un cruce donde tomamos la pista ascendente de las dos que surgen frente a nosotros.

Después de superar sendas curvas en ángulo recto que esconden entre ambas un duro pero breve repecho continuaremos por un tranquilo camino llano que transcurre por la parte baja de la falda del Pedroso y deja ver a nuestra izquierda unas magníficas vistas de la ciudad compostelana. Este camino termina descendiendo hasta dejarnos en una carretera por la que debemos subir apenas unos metros hasta llegar a una rotonda. Nos encontramos en el acceso al área recreativa Granxa do Xesto, en la ladera del monte Pedroso, donde los compostelanos suelen disfrutar en familia de la naturaleza en una bonita zona con lagunas, juegos y hasta un chiringuito.

Desde este punto, si así lo deseamos, podemos hacer una ascensión a la cima del Pedroso donde tendremos unas amplias vistas panorámicas y podremos ver la gran cruz de piedra que marca el punto más alto (aunque un poco deslucida por estar rodeada de enormes antenas). A escasos metros podemos encontrar también un conjunto de petróglifos formado por varios dibujos espirales grabados en un afloramiento granítico (en la ladera opuesta, en la zona de Figueiras hay otros grabados similares y está también el castro de Marmancou, pero eso nos desviaría ya mucho de nuestra ruta).

Volviendo a la ruta donde la habíamos dejado, pedaleamos por la pista que limita el área recreativa Granxa do Xesto por su lado inferior (utilizada como zona de aparcamiento) hasta que, al final de la misma, superamos una pared de piedra y nos lanzamos en una rapidísima bajada por la zona forestal conocida como Selva Negra por un paseo de tierra (cuidado con los peatones) surcado por traviesas de madera colocadas para ofrecer sujeción a la tierra frente a las lluvias.  Al final de este camino llegamos una vez más al asfalto, en este caso a la carretera que va desde Santiago hacia Santa María de Figueiras y que también permite subir a la cima del Pedroso. Nosotros la tomamos en dirección descendente, hacia la ciudad, pero solo durante unos metros, hasta llegar a una zona de viviendas donde tomamos la calle que surge a nuestra derecha y que nos obliga a girar casi ciento ochenta grados. Casi al final de esta calle, tras pasar junto a una fuente de gran frontón, vemos un pequeño sendero descendente entre la vegetación, por el que nos internamos.

Al final del serpenteante sendero, que algo más adelante se ensancha, encontramos unas casas y un camino ancho, que no es sino el que lleva a los peregrinos desde la capital compostelana hasta la costa Atlántica, la única ruta jacobea que no termina en Compostela sino que arranca allí: la Prolongación Jacobea a Fisterra y Muxía. Nos unimos a los peregrinos y unos metros más adelante, en el asfalto, giramos a la izquierda para descender hasta la aldea de Sarela de Abaixo, donde podemos ver la última vista que tienen los peregrinos de la catedral compostelana antes de girar bruscamente a la derecha, subir un corto y duro repecho, y abandonar de nuevo el asfalto para rodar por un camino bien arreglado que transita por el medio de un bosque de eucaliptos (árboles que ardieron por completo en esta zona en fechas tan recientes como 2006). Por este camino emprendemos el descenso pero al poco de iniciarlo, abandonamos a los peregrinos y nos internamos en el bosque, hacia la izquierda, para enlazar varios caminos que nos llevan directamente -demasiado directamente, diría yo- a la carretera que sale de Santiago y se dirige a Bertamiráns y Noia. Agradeciendo haber logrado detener la bici a tiempo, sin llegar a meternos en la calzada que aparece de repente, salvamos la pequeña acera peatonal y ciclista y avanzamos unos metros por la carretera hasta poder cruzarla utilizando para ello la cercana rotonda.

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Desde la rotonda nos dirigimos hacia el hotel-balneario A Quinta da Auga para, justo al llegar, girar a la izquierda y remontar el cauce del río Sar por el caminito que avanza por su orilla. Por este camino seguimos avanzando hasta llegar hasta una bonita caída de agua (no puede llegar a llamarse cascada) donde ascendemos las escaleras de la izquierda para tomar otro camino que continúa remontando el Sar, aunque a mayor altura (unas piscinas y una pista de tenis nos separan ahora del río). A nuestros pies, a la derecha, vemos también una casa antigua de bonito jardín.

Llegamos así al lugar de Ponte Vella, donde la carretera cruza el Sar junto a una monumental fuente de bella factura. Comenzamos el ascenso por la carretera en una pronunciada curva para girar después a la izquierda (mucha precaución en el cruce sin visibilidad). Si desde la fuente hubiésemos subido por las escaleras que allí había habríamos llegado también a la carretera a la que hemos accedido ahora. Volvemos a encontrar señales jacobeas al llegar a un cruce, y eso es porque nos hemos unido a los peregrinos que vienen por el conocido como Camino Portugués (en un tramo compartido también con la Ruta del Padre Sarmiento).

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Dejamos a la derecha un improvisado bar de sospechoso aspecto y cruzamos de nuevo el Sar, esta vez por un puente de piedra más bonito que el que utilizamos la última vez. El Camino Portugués se bifurca al otro lado del puente -junto a una herrería artística- ofreciendo la posibilidad de subir por asfalto, de frente, hacia Santiago (una variante que antaño fue más popular) o de continuar por el camino de tierra y piedras por el que debemos continuar nosotros. El camino discurre en paralelo al río Sar, que vemos a nuestra derecha, muchos metros más abajo. A nuestra izquierda queda la carretera de circunvalación de Santiago al otro lado de la cual queda el conocido como Castriño de Conxo, restos de un castro que ha sido muy maltratado con los años pero que aún conserva un magnífico petroglifo de tipo panoplia originario de la Edad del Bronce.

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Volviendo al camino, éste termina pasando bajo la N-550 por el conocido como viaducto de la Rocha, pasado el cual el firme se transforma en asfalto una vez más y las casas vuelven a hacer acto de presencia hasta llegar finalmente a una carretera más ancha. En el cruce dejamos el Camino Portugués internándose en Santiago (aún sufrirá una nueva bifurcación antes de llegar a la ansiada catedral) y nosotros seguimos por la carretera hacia nuestra derecha, en bajada. Al momento, en un nuevo cruce, tomamos de nuevo a la derecha para cruzar así el río Sar y unos metros más adelante -pasado el colegio Santa Apolonia- giramos de nuevo, esta vez a la izquierda, para pasar bajo la vía férrea por un túnel con el tráfico regulado por un semáforo. Al otro lado, justo junto al semáforo del sentido inverso, debemos tomar el sendero que asciende a la izquierda y que desemboca algo más arriba en otra calle (cuidado en esta zona, pues los perros y sus pocos cívicos dueños la han convertido en «terreno minado»). Rodamos unos pocos metros en paralelo a la vía del tren -aunque a mayor altura- y después nos alejamos de ella para, después de un brusco giro a la derecha y uno posterior a la izquierda, encontrarnos cruzando la AG-56 por un puente (ignoramos en este punto las diversas señales que encontramos indicando que el paso está cortado). Casi de inmediato cruzamos otra autovía -en este caso la AP-9- por otro puente y al final de este giramos a la derecha para tomar la pista que avanza en paralelo a esta vía en dirección Pontevedra.

Rodamos en ligero ascenso desde una altura que permite contemplar perfectamente el casco urbano de O Milladoiro e ignoramos el puente que, a la derecha, nos llevaría a esta localidad después de cruzar la AP-9 y la N-550. Al contrario, nosotros doblamos en ángulo recto a la izquierda y comenzamos un largo ascenso más o menos escalonado por pistas forestales a través de un bosque de pino y eucalipto. Después de tomar diversas pistas en cruces sucesivos que no voy a detallar llegamos a un cruce en el que tomamos a la izquierda y, por fin, llaneamos durante algunos metros. Aún nos queda un corto -pero duro- repecho para llegar al siguiente cruce, esta vez a la derecha, que marca el final del ascenso (en la zona vemos un gran depósito de agua). Enseguida empezamos a ver de nuevo alguna vivienda unifamiliar salpicando el bosque y pronto regresamos al firme asfaltado, llegando después a un pequeño polígono industrial.

Giramos a la izquierda y pasamos rozando una de las urbanizaciones de la zona de Montouto. Después, en un nuevo desvío a la izquierda, dejamos otra vez el asfalto y regresamos a las pistas y al bosque. En cruces sucesivos vamos cambiando de la pista por la que veníamos a caminos cada vez de menor anchura hasta encontrarnos descendiendo a toda velocidad por un estrecho pero muy divertido sendero. Al contrario que antes, una nueva serie de cruces van ensanchando el camino por el que circulamos hasta que finalmente regresamos a la civilización representada por una casas y, una vez más, la AP-9. Pasamos bajo esta última por el paso inferior construido al efecto y, al otro lado, giramos a la izquierda de nuevo por un camino de tierra. En el primer tramo encontramos el paso interrumpido por un charco de grandes dimensiones que ocupa todo el camino pero un mínimo sendero elevado, a modo de acera, permite el tránsito por el margen derecho sin obligarnos a desmontar, pero poniendo a prueba nuestro equilibrio. Después el camino se estrecha y atraviesa un pequeño bosque hasta terminar de nuevo en el asfalto. Justo en los últimos metros, si tomamos la variante que desciende a la derecha en vez de seguir rectos hasta la carretera, encontraremos una bonita fuente al lado de un pequeño riachuelo que puede salvarse por una pasarela de cemento.

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Hayamos llegado por donde hayamos llegado a la carreterilla asfaltada, utilizamos esta para cruzar el túnel que pasa bajo la vía férrea que interrumpe nuestro paso. Al otro lado tenemos que girar a la derecha por la misma carretera por la que vamos. Nos encontramos encerrados en un curioso triángulo de terreno rodeado de vías de tren por todos sus lados y al que hemos entrado casi por uno de sus vértices. Así, en pocos metros llegamos a otro de estos vértices y parece no haber salida… hasta que vemos un pequeño sendero que, más allá de unas estructuras de ADIF, se interna en la vegetación. Unos metros más allá el sendero nos lleva a un paso subterráneo que parece haber sido construido más para desagüe que para permitir el paso de unos insignificantes ciclistas. Aún así, lo utilizamos para cruzar al otro lado y después giramos a la derecha para continuar avanzando pegados a la vía.

Algo más adelante nos topamos con la AC-841 que cruzamos con precaución para alcanzar el paseo construido sobre las vías de tren soterradas. Aunque no deja de ser pintoresco, su firme de cemento y césped es de lo más incómodo para los ciclistas, por las vibraciones que provoca rodar sobre él. Sin embargo no deberemos soportarlas mucho tiempo ya que, después de haber sido interrumpido en una ocasión por el cruce con una calle y en sus últimos metros por un muro, el paseo muere bruscamente al llegar a la muy transitada SC-11. Nos vemos aquí obligados a rodar unos metros por la acera en dirección al centro de Santiago (a nuestra izquierda) para encontrar una pasarela peatonal que nos permitirá cruzar sin contratiempos el peligroso vial.

Al otro lado lo que encontramos es un pequeño barrio mezcla de modernos edificios de varias plantas y casas de una sola planta con algún año más a sus espaldas. Tomamos una tranquila carreterita que parece alejarse de la ciudad, dejando a la izquierda un centro educativo (llama la atención ver en el recinto lo que parece un frontón de pelota al aire libre, lo que es tan normal en otras tierras pero tan extraño en Galicia). En pocos metros surge a nuestra derecha una corta senda peatonal que desciende en paralelo a las vías de tren. Al llegar a su extremo inferior nos damos cuenta de que hemos llegado a la fatídica curva de A Grandeira, en Angrois, por la que ya pasamos en la anteriormente comentada ruta 3.

Desde aquí, después de cruzar sobre las vías férreas y bajo la AP-9 y de descender por el bonito camino rodeado de árboles que nos lleva a Piñeiro, solo nos queda retroceder por el camino jacobeo de la Vía de la Plata hasta la iglesia de Santa Lucía primero y, finalmente, hasta el Centro BTT Santiago, en A Susana.

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El olvidado Noroeste salmantino: Red de Senderos Cicloturistas del Bajo Tormes

Provincia: Salamanca

Distancia: Variable (53 km señalizados aprox.)

Mapa:

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Track: Descargar BajoTormes.gpx

Vídeos:

Descripción:

En la zona fronteriza que separa las provincias de Salamanca y Zamora de Portugal se encuentra el impresionante Parque Natural de Arribes del Duero. Todo el mundo debería visitar al menos una vez en su vida este espectacular cañón fluvial que nos separa del país vecino y, para hacerlo, una de las vías de acceso es la que nos lleva desde Salamanca hacia el oeste, vía Ledesma.

Una vez hayamos dejado atrás esta histórica villa medieval –sería también imperdonable no detenernos a explorar su sorprendente casco urbano, su muralla, sus numerosos puentes e, incluso, su menhir– nos encontraremos una serie de pequeños pueblos que aún no pertenecen al Parque y que en principio pueden pasar desapercibidos, por lo que corremos el riesgo de pasar de largo sin darles su merecida oportunidad.

Se trata de Villaseco de los Reyes (con sus anejos, El Gejo y Berganciano), Monleras, El Manzano, Sardón de los Frailes y Almendra; pequeñas poblaciones que no llegan ni a los trescientos habitantes –algunas no llegan ni a los cien– más o menos alineadas a lo largo del curso del Tormes, río convertido aquí en el extensísimo embalse de Almendra. Hace unos pocos años sus respectivos ayuntamientos se pusieron de acuerdo para señalizar la red de caminos que unen los cascos urbanos y formar lo que bautizaron como Red de Senderos Cicloturistas del Bajo Tormes, aunque lo de ”senderos” es una licencia poética, pues los caminos que componen el trazado no son exactamente lo que esperaríamos encontrar bajo tal denominación.

Lo que encontraremos, en cambio, son amplios caminos de concentración en muy buen estado que, salvo algún cortísimo repecho puntual, son totalmente planos y aptos para todos los públicos, incluso para los poco amigos del pedaleo. Son también caminos aptos para todo tipo de bicicletas y las únicas dificultades técnicas que hallaremos serán unos pocos puntos en los que la acumulación de agua y el paso de tractores puedan haber estropeado el firme en las poco frecuentes épocas de lluvia abundante. Quizás sea más habitual el problema contrario: las peligrosas zonas de arena suelta que encontraremos en épocas secas. Recomendables por tanto bicis de montaña, híbridas, gravel, de cicloturismo, de ciudad, plegables, monociclos, etc. Lo único que no recomiendo son bicis de carretera con ruedas demasiado finas, porque con ellas sería fácil resbalar en las zonas mencionadas antes y porque con ellas circularíamos tan rápido (especialmente en las zonas de asfalto) que no disfrutaríamos de nuestra excursión como la zona se merece. Tampoco conviene olvidar que se trata de una zona mesetaria situada en torno a los 750 metros sobre el nivel del mar, por lo que no debemos olvidar protegernos del frío extremo (habitualmente bajo cero) si vamos en invierno y del sol de justicia si vamos en verano. Un último enemigo a tener en cuenta –sobre todo ya avanzado el verano o a principios del otoño– es la abundancia de “abrojos” (tribulus terrestris), planta herbácea tristemente conocida entre los ciclistas de secano porque sus pequeños frutos espinosos son capaces de hacer trizas una rueda (o dos) en cuestión de segundos.

Por cierto, habéis leído bien: he hablado de asfalto. Aunque a veces lo parezca, quienes mueven los hilos económicos del progreso no han olvidado del todo esta zona y los pueblos se encuentran unidos por carreteras además de por caminos. En un par de casos los caminos señalizados nos llevarán a rodar por asfalto: entre Villaseco y Berganciano (una estrecha carreterita por la que no circulan muchos coches y que no viene siendo más que un camino asfaltado) y en parte del trayecto entre Monleras y Sardón (que, aunque no excesivamente transitada, es una carretera general sin arcén que nos obligará a circular pegados a la derecha con todos los sentidos alerta).

Además de los “senderos” cicloturistas, cada pueblo dispone además de una ruta urbana que nos invitará a recorrer los lugares más pintorescos de sus respectivos cascos urbanos. En cuanto a señalización, los principales cruces de caminos tienen postes con carteles indicando la dirección a seguir y la distancia hasta el siguiente punto; cuando nuestra ruta se cruce con otro camino encontraremos una pequeña flecha indicando el camino correcto; en los lugares de interés natural, paisajístico o etnográfico, veremos carteles con un pequeño texto explicativo; en los puntos de interés de las rutas urbanas, además de carteles informativos, nuestros teléfonos móviles nos permitirán escuchar grabaciones en los que las gentes del lugar nos cuentan cosas muy interesantes sobre lo que estamos visitando.

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Precisamente por la abundancia de información in situ trataré de no abundar en detalles en mi descripción de esta ruta. Me limitaré a lo más significativo y a pequeñas aclaraciones que creo que conviene saber. Una de ellas –quizás el único detalle que los organizadores olvidaron tener en cuenta– es que en función de vuestra compañía telefónica no sería raro que no tengáis cobertura en algunas –amplias– zonas y os quedéis sin acceso a toda la información que debería descargarse con el móvil o, peor aún, que la cobertura sea de una red portuguesa y os cobren los datos a precio de oro (aunque esto último ya no debería pasar desde que dejaron de aplicar tarifas especiales al roaming en Europa y, además, la cobertura de las redes españolas va, poco a poco, extendiéndose).

Como no se trata de una ruta lineal sino de una red, cada uno es libre de empezar donde quiera e ir hacia donde le parezca conveniente. En total hay más de cincuenta kilómetros de caminos señalizados y algunos tramos hay que hacerlos de ida y vuelta (o buscar una alternativa no señalizada), así que las opciones son amplias. También es posible salir del trazado y explorar otros caminos igual de bonitos (siempre sabiendo lo que hacemos, claro).

Y, aunque ya estaréis deseando comenzar, no puedo dejar de citar lo que escribió sobre esta zona y sus gentes alguien que las recorrió antes que nosotros, César Morán:

“[…] son albergues de vida patriarcal, de sencillez aldeana; de recuerdos antañones que desaparecen. Las viejas, formando corrillos, sentadas a la puerta para ver quien pasa, toman el sol o la sombra, según les conviene, cuidan los nietos, algunas hilan la rueca, otras, con anteojos, cosen. Una conversación con ellas es como contemplar un códice lujosamente miniado. La gente es hospitalaria y buena. Sin conocerle a uno, le invitan a pasar a casa, le sacan una silla para que se siente y hasta casi le obligan a tomar un alivio de caminantes, de parecido modo a como lo hacían los iberos en tiempos de Polibio. La gente que vive en contacto con la naturaleza es, como ella, atractiva, sencilla y generosa hasta el sacrificio por el bien del prójimo; sin embargo es altiva y recta cuando se trata del cumplimiento del deber; no se presta a enjuagues sospechosos ni se asusta ante lo grande.”

Totalmente válido. Incluso hoy en día.

Comencemos:

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Por tratarse del primer pueblo al que llegaremos si venimos desde Salamanca –y porque por algún sitio hay que comenzar–, empezaremos nuestra ruta en Villaseco de los Reyes. Se trata de la localidad más grande de las que visitaremos en nuestra excursión ya que, aunque en número de habitantes está igualada con la cercana Monleras, su ayuntamiento comprende también otros núcleos más pequeños y, con ellos, incluye una población mayor y abarca un territorio más extenso. Por tanto, no es de extrañar que disponga de todos los servicios que podamos (o no) necesitar, desde bares hasta pistas de padel.

Llegando desde Ledesma, nada más entrar en la zona urbana, encontraremos un cruce que debemos tomar hacia la izquierda, adentrándonos en el pueblo. Será aquí donde abandonemos el vehículo en el que hayamos venido y comencemos a pedalear (salvo el coche y, por supuesto, la propia bici, la única forma de llegar a estos alejados pueblos es en el autobús de línea que llega desde Salamanca pero quizás no sea esa la mejor opción ya que solo hay uno diario y no todos los días y, por si esto fuese poco los autobuses vienen aquí por las tardes y van hacia Salamanca por las mañanas, lo que no es nada práctico para hacer esta ruta de un día).

Podemos comenzar calentando las piernas por las calles del pueblo recorriendo su ruta urbana que nos llevará hasta su iglesia dedicada a la Concepción, además de a algunas casas interesantes, un puente y a varias fuentes de diversos tipos, incluyendo una cubierta con una bóveda de medio punto construida en granito (tipología de la que encontraremos numerosos ejemplos en estos pueblos). Siguiendo por la carreterita asfaltada por la que veníamos –y que, por cierto, va hacia El Gejo– casi a la salida del pueblo y a poca distancia de las piscinas, encontramos a la izquierda del asfalto una fuente (el “Caño” de la ruta urbana) y, frente a ella la carretera que va hacia Berganciano. La tomamos y salimos del pueblo pasando junto a una curiosa granja de caracoles (si es posible, recomiendo degustarlos ya que adecuadamente reparados están deliciosos). Antes de continuar nuestro camino no debemos dejar tampoco de visitar la magnífica ermita del siglo XIII que queda a nuestra derecha, dedicada a Nuestra Señora de los Reyes y, en caso de que nuestra visita tenga lugar el 8 de septiembre, ser testigos de su concurrida romería popular así como del tradicional baile y subasta de la bandera.

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Visto ya Villaseco (repito: hay mucho más que ver que lo que aquí menciono, pero no faltarán los carteles que nos lo indiquen y nos proporcionen sobrada información al respecto) continuamos por la tranquila carretera escasamente transitada, aunque asfaltada, que nos lleva en ligerísima subida hacia la población más pequeña del día: Berganciano. Poco después de abandonar Villaseco atravesaremos un pequeño humedal y dejaremos a la izquierda la planta de tratamiento que proporciona agua potable a todos estos pueblos y a gran parte de la comarca, incluyendo Vitigudino y parte del Abadengo. Se trata del proyecto “Cabeza de Horno” que, además de la planta potabilizadora, incluye varias tomas de agua flotantes sobre el embalse de Almendra (una visita interesante pero difícil de realizar, salvo que conozcamos el terreno o estemos familiarizados a tratar con toros de lidia, claro), el gran depósito que vemos en el pequeño teso que tenemos hacia el sur, y una compleja red de tuberías que iremos viendo a lo largo de nuestra ruta señalizadas con carteles azules que indican “Agua Potable” (importante tener en cuenta que solo indican el paso de la tubería, no que podamos acceder al agua en esos puntos).

Un poco antes de llegar a las casas de Berganciano, junto a una pequeña explotación porcina, llegamos a un cruce por el que volveremos a pasar más adelante. Tomamos ahora hacia la derecha, por la amplia pista de tierra que nos lleva a Monleras y que, a pesar de no estar asfaltada, suele soportar más tráfico que la carretera por la que veníamos. Pedaleando por ella, en un par de kilómetros surgirá a nuestra izquierda una pista idéntica a la que seguimos. Aunque no está incluida en la “Red de Senderos”, recomiendo tomarla durante unos doscientos metros ya que nos permitirá visitar un molino de agua de los que antaño abundaban en esta zona. Se encuentra completamente restaurado e incluso, si la rivera que lo alimenta tiene suficiente agua, es posible –aunque poco frecuente– que lo veamos en funcionamiento. Después de la visita, regresamos al camino que une Berganciano con Monleras y continuamos en dirección a esta última localidad, a la que llegaremos después de una rápida bajada y la posterior subida. Si nos interesa la ornitología, veremos también algunos carteles que nos invitan a recorrer una pequeña ruta independiente dedicada a la observación de aves.

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Entramos en Monleras dejando a la izquierda el cuartel de la Guardia Civil, el frontón municipal y el albergue (y algo más alejada, también a la izquierda, una quesería de las buenas, cuyo queso de oveja no debemos dejar de degustar). Apenas unos metros más adelante deberemos cruzar la carretera para llegar al Centro de Interpretación donde podremos obtener información (incluso un folleto impreso) de los caminos que estamos recorriendo. En caso de no encontrarlo abierto es posible informarse también en los paneles que hay frente a la puerta (similares a los que ya vimos a la salida de Villaseco). A escasos metros podemos encontrar también una panadería y un restaurante (tapas y hamburguesas altamente recomendables).

En el pueblo, de poco más de doscientos habitantes, hay también otros servicios: bares, alojamiento, tienda, farmacia, taller, biblioteca, escuela… Todos estos lugares los encontraremos a nuestro paso si, como buenos cicloturistas, recorremos la ruta urbana que nos llevará por pintorescas casas y fuentes, además de por la iglesia (construida entre los siglos XIV y XVII, con un interesante Cristo gótico del siglo XIV) dedicada a la Asunción y, junto a ella y adosado al viejo frontón de piedra, un interesante teatro al aire libre construido íntegramente en piedra gracias a la colaboración y mano de obra desinteresada de todos los vecinos -coronando el céntrico conjunto podemos ver una escultura del artista local Santiago Delgado-.

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Salimos de Monleras, con precaución, por la carretera general en dirección Oeste. Después de poco más de un kilómetro de llaneo alcanzamos un estrecho pero alto puente que nos permite cruzar la rivera del Villar, que habitualmente forma parte del reculaje del embalse de Almendra. Un poco más adelante dejamos a la izquierda la carretera que va hacia El Manzano.

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Dado que, en caso de encontrarnos con tráfico, el puente puede ser un punto conflictivo por su estrechez y porque las mínimas aceras han sido inutilizadas por un quitamiedos metálico, si el nivel de las aguas lo permite podremos evitarlo utilizando la carretera antigua y su pequeño puente que, aunque pasa largos periodos sumergido bajo las aguas, sigue siendo perfectamente utilizable en tiempos de sequía (aunque el firme no sea el mejor del mundo).

Si el nivel de las aguas es aún más bajo –como, por desgracia, es cada vez más frecuente- podremos acercarnos también a ver «la puente de Sardón», un tradicional puente de piedra que, a pesar de estar inundado de forma habitual desde hace décadas, aún permanece en pie. En sus alrededores (fuera ya del embalse) es posible también encontrar un petróglifo (un conjunto de cazoletas sin catalogar y, de momento, sin señalizar) y una especie de parque temático denominado Territorio de los Juegos donde, si nos apetece, podremos entre otras cosas recordar nuestra infancia echando una carrera de chapas en la pista construida al efecto (el camino hasta este lugar se encuentra señalizado desde el casco urbano de Monleras por las mismas señales triangulares que estamos siguiendo). Aguas abajo de la rivera es posible también encontrar ruinas de numerosos molinos que suelen estar sumergidos bajo las aguas (y por lo tanto en muy mal estado y difícilmente visitables).

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Valga decir también aquí, aunque es válido para todo el embalse, que nos encontramos ante un paraiso para los aficionados a la pesca, especialmente de ciprínidos, pero también  de especies depredadoras a spinning. Carpas, alburnos, percasoles, lucios, luciopercas y basses, entre otras especies exóticas invasoras pueblan estas aguas. Las autóctonas, como la boga, prácticamente han desaparecido y puede decirse que solo el barbo está aún presente. Como curiosidad, y aunque no sea un pez, durante el verano es posible ver en estas aguas algún galápago europeo (emys orbicularis) que baja desde los pequeños afluentes del Tormes, donde por suerte es todavía relativamente frecuente.

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Pero hoy hemos dejado la caña en casa y hemos venido a pedalear, así que continuemos al otro lado de la rivera del Villar -dejando atrás, como ya hemos dicho, el cruce con la carretera que va hacia El Manzano- para subir la ligera cuesta que nos lleva hasta el límite con el término municipal de Sardón de los Frailes, donde dejamos a nuestra derecha el acceso a la finca de El Villarejo. Desde este punto ya es posible apartarnos del asfalto por el camino abierto en paralelo a la calzada (aprovechando que, al ser una cañada, la anchura libre junto a ella es considerable). Así, por esta pista de tierra, un pequeño tramo llano o en ligero descenso es ya lo único que debemos recorrer antes de desviarnos levemente a la derecha para llegar al núcleo urbano de Sardón.

Se trata de un pequeño municipio de menos de un centenar de habitantes que dispone, sin embargo, de unas instalaciones impresionantes para una localidad de este tamaño. El motivo no es otro que las importantes cantidades de dinero que recibe su ayuntamiento como contraprestación por haber perdido la mayor parte de su territorio bajo las aguas del embalse. Aunque el motivo sea tan triste, hoy en día es posible disfrutar en Sardón de lujos tales como un frontón cubierto o una enorme piscina climatizada. Aunque más discretos, sin duda nos resultarán más útiles otras facilidades como, por ejemplo, el restaurante que encontraremos dentro del mencionado complejo deportivo.

Aunque pequeño en número de habitantes y en extensión del término, el caserío de Sardón es sorprendentemente grande y nos sorprenderá la distancia entre sus extremos: el polideportivo por una parte y la iglesia de San Pedro en la otra punta. Una vez hayamos disfrutado de los puntos de interés de la localidad siguiendo la correspondiente ruta urbana y, en su caso, nadado unos largos en la piscina, podremos continuar nuestra ruta. Para ello salimos del casco urbano cruzando el reculaje del embalse (o una pequeña rivera, en función de cómo esté el nivel de las aguas) por un pequeño puentecillo junto al que también vemos el diminuto puente de piedra antiguo y pedaleamos hasta cruzar perpendicularmente la antigua carretera que antaño llevaba a Almendra pero que yace ahora sumergida un poco más adelante. El camino que seguimos transita después unos metros en paralelo a la carretera general, que tenemos que cruzar algo más adelante, y después girar noventa grados a la derecha –hacia el Sur– para pedalear en ligero ascenso en dirección a El Manzano.

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Tanto en este tramo como en toda la Red de Senderos, si tenemos suerte, podremos disfrutar de la riqueza faunística de la zona y es habitual que alguna liebre o algún zorro como el de la imagen nos salgan al paso (personalmente me topé -en el tramo entre Monleras y El Manzano- incluso con un gran jabalí que, por suerte, tenía cosas mejores que hacer que meterse conmigo). La fauna es tan variada y abundante que no es raro toparse con un meloncillo despistado e, incluso, algún camino de la zona ha sido casi inutilizado por los tejones al construir su madriguera (a este animal nocturno solo podremos verlo si, por desgracia, algún ejemplar ha sido atropellado). En cuanto a las aves, entre las numerosas especies destacan los buitres leonados -que casi con seguridad veremos sobrevolándonos en algún momento (e incluso posados)-, las cigüenas -que en algunos prados compiten en número con las vacas-, las garzas -que permanecen estáticas, haciendo guardia en los humedales-, las perdices o varios tipos de aves rapaces -que con frecuencia veremos descender en picado sobre sus desprevenidas víctimas (especies estas también abundantes, como la preciosa culebra de collar o la impresionante culebra de escalera que capturé en las fotografías que muestro)-.

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Pedaleamos sin prisas, disfrutando del paisaje, hasta llegar al caserío de El Manzano. Se trata de otra pequeña localidad salmantina de las muchas que sobreviven por debajo del centenar de habitantes cuyo casco urbano, en el que –cómo no– destaca su iglesia dedicada a San Julián, no dejamos de visitar.

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De El Manzano salimos por la carretera que va hacia la cercana localidad de Iruelos pero al llegar a la primera curva nos desviamos por la pista que sale a nuestra derecha y que va directamente a la entrada de una finca. Pasada la puerta debemos atravesar por el camino que transcurre cerca de la casa y entre las otras construcciones que allí se levantan. Debemos circular aquí con precaución, ya que es muy habitual que los perros de la finca salgan a defender su territorio y, aunque –por lo que yo sé– no muerden, irán un buen trecho ladrando amenazadoramente a pocos centímetros de nuestros calcañales.

El camino discurre llaneando (en ligero descenso) a través de un paisaje salpicado por algunos árboles que se van haciendo cada vez más escasos a medida que avanzamos. En este tramo encontramos una puerta metálica interrumpiendo nuestro paso, por lo que debemos desmontar para abrirla, pasarla y volver a cerrarla (¡siempre hay que dejarla como estaba!). A pesar de no tener ninguna dificultad orográfica, quizás sea este el tramo más complicado de la ruta, ya que el camino tiene un firme bastante polvoriento que puede hacer patinar y donde, en caso de lluvia, tiende a acumularse el agua con la consiguiente formación de barro –pero que no cunda el pánico que no es nada grave–. Las diversas porteras canadienses nos indican que nos movemos por fincas privadas y no es raro que las vacas se interpongan en nuestro camino, por lo que es conveniente pedalear con sentido común y tratar de no asustarlas, manteniendo siempre la calma -aunque a veces no sea fácil cuando se tiene una vaca morucha con su ternero a escasos metros-. Debemos prestar atención a los detalles, como la cruz que dejamos a la vera del camino y que fue colocada aquí en recuerdo a un hombre fallecido en accidente ¡de carro! (de hecho, lleva tantos años aquí que hasta la charca que queda justo al otro lado de camino tiene desde hace décadas el topónimo de Charca de la Cruz). Finalmente salimos a un inmenso valle que hemos de atravesar de lado a lado. Al salir de él leemos en el correspondiente cartel una estimación de los millares de cabezas de ganado que podían llegar a alimentarse en este extenso prado. Simplemente impresionante.

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Una vez abandonado el valle no queda ya casi nada –apenas un corto descenso–  para llegar a la localidad de Almendra, donde vemos una tradicional fuente cubierta de piedra antes de cruzar la carretera y acceder a la ruta urbana. Además de la iglesia de San Miguel podemos ver, como en otras localidades por las que ya hemos pasado, varias de las tradicionales casas con el portalillo que protegía de las inclemencias meteorológicas a los tertulianos que, sentados en los poyos de piedra que aún se conservan, se reunían cada atardecer en los seranos. También es interesante aquí ver el «palacio», una casona rural que sirve para hacerse una idea de cómo era la vida en estos pueblos en tiempos todavía recientes, cuando los «señoritos» campaban a sus anchas por el rural español.

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Salimos de Almendra en dirección Norte hasta que un poco más adelante giramos a la izquierda para cruzar una carretera. Nos encontramos ya dentro del Parque Natural de Arribes del Duero y aunque -por supuesto- ha sido un cambio gradual, se nota que estamos en un paisaje más agreste. El camino se adentra poco a poco en el valle labrado por el río Tormes en su transcurrir durante milenios hacia el Duero. Vamos descendiendo entre robles disfrutando del paisaje y ya empezamos a ver a nuestra derecha el imponente muro de la presa de Almendra. Finalmente el camino gira a la izquierda, sube un último repecho y muere al lado mismo de donde un cartel nos indica que estamos en un mirador. Así que dejamos las bicis, nos acercamos con precaución al borde del barranco y, obedientes, miramos.

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A nuestros pies se encuentra un inmenso agujero escalonado. Se trata de la cantera de donde sacaron la mayor parte del material necesario para construir la presa y, teniendo en cuenta que, de punta a punta, el muro de ésta mide en torno a tres kilómetros, podemos hacernos una idea de la magnitud del socavón, que se encuentra en gran parte inundado y disimula así su profundidad. Algo más allá vemos la presa más grande que alguien tan pequeño como Franco pudo imaginar: un muro de unos doscientos metros de altura máxima que aguanta la fuerza que ejercen sobre él los 2.65 billones de litros de agua que caben en las cerca de ocho mil hectáreas de terreno inundadas (téngase en cuenta que el reculaje llega hasta Ledesma que, redondeando, está a treinta kilómetros de aquí). Por debajo de la presa, el profundo y desecado valle del río Tormes que, convertido en hilillo de agua, continúa tímidamente su curso separando tierras salmantinas y zamoranas. Algo más abajo cruzará el paraje de La Cicutina -con un puertecillo precioso para subir en bici entre Trabanca y Fermoselle (o viceversa)- antes de verter sus escasas aguas al gran Duero.

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El motivo por el que el curso del Tormes está tan menguado en este tramo es, obviamente, la presa pero sobre todo el ingenioso sistema de funcionamiento de sus turbinas que no están en la propia presa como suele ser habitual sino a varios kilómetros de aquí, en Villarino de los Aires. El agua viaja desde la presa por un monumental túnel hasta el pozo de nivel allí situado, desde donde la dejan caer directamente al Duero. De este modo no solo ganan varios metros más en la caida, con el incremento de producción energética que ello conlleva, sino que además las turbinas son reversibles y permiten subir agua desde el Duero directamente hasta el embalse de Almendra cuando el exceso de energía en la red lo permite. Así, este colosal ingenio cumple cuatro funciones: ganar en producción, reutilizar el agua, aprovechar el excedente de energía que de otro modo se perdería y, de propina, poder utilizar el gran embalse del Tormes como balsa de almacenamiento extra para los altamente productivos embalses que la misma empresa tiene en el Duero: Aldeadávila y Saucelle. ¡Y parecían tontos los ingenieros españoles!

Volviendo a la bicicleta, debemos ahora regresar por donde hemos venido. Aunque no esté incluido en la Red, no debemos desaprovechar la oportunidad de acercarnos a la parte superior de la presa. Para ello lo más sencillo es regresar hasta el punto donde cruzamos por última vez la carretera y girar a la izquierda. La propia carretera nos conducirá sobre la presa hasta los dos miradores desde donde podremos asomarnos, por un lado, al abismo sobre el cauce semivacío, por el otro, a la inmensidad del agua almacenada. El contraste es impresionante. Por supuesto, la visita no es completa si no paramos en el asador que encontraremos justo en el extremo salmantino de la presa, donde podremos degustar unos deliciosos pinchos morunos o uno de los ricos chorizos de esta tierra asado en lumbre de leña de encina (la combinación perfecta).

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Hora ya de regresar, como ya he dicho, por el mismo sitio por donde vinimos, pasando Almendra y atravesando de nuevo el gran valle que nos separa de El Manzano. También es posible regresar por carretera hasta Sardón o buscar nuestra propia alternativa, pero no me desviaré aquí del guion propuesto, por lo que supondremos que hemos vuelto todos juntos hasta las casas de El Manzano y que los perros de la finca no nos han devorado al atravesarla, ni a la ida ni a la vuelta. Como este pueblo ya lo hemos visitado, al llegar a la carretera la seguimos en dirección norte para atravesar el pueblo dejando a la izquierda su plaza con frontón, algo tan frecuente en estas tierras. Ya al otro lado del casco urbano, en la primera de dos pronunciadas curvas encadenadas, dejamos el asfalto hacia la derecha para bajar en dirección a Monleras. La bajada es suave, entre tradicionales muros de piedra granítica y modernas alambradas de espino que nos separan (o no) de las vacas que pacen tranquilamente entre los robles que siguen dominando el paisaje.

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Terminando ya la bajada, un cartel nos indica que para llegar a Monleras debemos girar a la izquierda. Si lo hiciésemos, un terreno de continuo sube y baja (pero suave) nos llevaría -después de cruzar una vez más el reculaje del embalse en la rivera del Villar por un estrechísimo puente de cemento en muy mejorable estado- a este pueblo por el que ya hemos pasado antes. Desde algunos puntos de este camino las vistas sobre el entorno del embalse son magníficas.

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Sin embargo no vamos a desviarnos aquí en esta ocasión (aunque, como ya he dicho, este es solo un ejemplo de las numerosas rutas que pueden diseñarse utilizando los caminos incluidos en esta Red de Senderos) sino que vamos a continuar recto y, un poco más adelante, ignorar la curva que hace el camino hacia la izquierda para subir el repecho que tenemos frente a nosotros en un camino claramente menos transitado que aquel por el que veníamos. Algo más adelante entraremos en una finca privada atravesando una portera canadiense. El camino se transforma en una simple rodera pero sigue estando en muy buen estado. De nuevo es conveniente circular con precaución para no espantar al ganado vacuno. Aquí, como en todo el recorrido, la ruta sigue estando perfectamente señalizada, si bien es cierto que un par de postes han sido arrancados del suelo, aunque continuaban en el lugar e indicando la dirección correcta.

Otra portera canadiense (no creo necesario tener que recordar que debemos cruzar con cuidado de no meter la rueda entre las barras metálicas) nos permite salir de la finca y regresar al camino público que, casi inmediatamente nos deja en Berganciano.

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Esta pequeña localidad, incluida dentro del ayuntamiento de Villaseco de los Reyes, es la menos habitada de todas las que visitaremos -con apenas un par de decenas de almas- y no dispone de la correspondiente ruta urbana. Nuestro camino nos dirige, bordeando el casco urbano, hasta la carretera que tomamos hacia la izquierda y, en apenas unos metros llegamos a un cruce que nos resulta familiar, pues ya estuvimos en él a los pocos kilómetros de comenzar nuestro paseo de hoy. En esta ocasión ignoramos  tanto la carretera de Villaseco como el camino que va a Monleras y tomamos el camino ascendente que va hacia El Gejo.

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La subida es tendida y no nos debería costar demasiado ascenderla, a pesar de los kilómetros que ya acumulamos en nuestras piernas. En la cima nos espera una recompensa. A nuestra derecha vemos el depósito principal del proyecto «Cabeza de Horno» del que ya hablé antes y en sus alrededores antaño hubo una ermita de cuyo cementerio recientemente se descubrieron varias tumbas con restos humanos (poco más que un pequeño cuadrado enmarcado con piedras de granito). La pena es que todo esto se encuentra dentro de una finca cuya puerta permanece cerrada con llave y no es posible acercarse más. Sin embargo la recompensa a nuestro esfuerzo no es esta, sino que se encuentra al otro lado del camino, a la izquierda según hemos llegado. Si seguimos el pequeño camino que aquí surge, en apenas unos metros llegamos a una supuesta área recreativa levantada en torno al agujero inundado que entre finales del siglo XIX y principios del XX fue una mina. Aunque dicen que en el fondo aún se encuentran los restos de las vagonetas, lo más interesante es lo que aún puede verse, que no es otra cosa que una vieja torreta metálica y un oxidado sistema de poleas. Lo más curioso de este lugar es que no se trataba de una cantera de granito como la que actualmente opera en la cercana Monleras ni de una mina de wolframio como las que en su momento hubo en diversas localizaciones de la zona. En este lugar, el pozo de ochenta metros de profundidad y la pequeña galería hoy inundada servían para extraer cristales de cuarzo ahumado para su posterior empleo en joyería. Si rebuscamos entre los montones de escombros que aún se acumulan por los alrededores es fácil encontrar ejemplos de este mineral. Lo que ya no es tan fácil (aunque tampoco imposible) es encontrar los característicos prismas que forma éste y que era lo que se explotaba. Si la búsqueda resulta infructuosa, lo mejor es levantar la vista del suelo y disfrutar con las amplias vistas que tenemos desde el punto más alto, donde se levanta la torreta.

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Finalizada la visita, regresamos al camino y nos dejamos caer hasta El Gejo de los Reyes, otra pedanía de Villaseco de medio centenar de habitantes y de cuyo casco urbano lo más interesante es lo primero que veremos al llegar: la iglesia de San Blas.

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Junto a la iglesia, el camino desemboca directamente en la carretera que nos llevaría en una rápida bajada hasta el cercano Villaseco. Sin embargo no vamos a circular por el asfalto sino por un camino paralelo, que alcanzamos pocos metros después de cruzar la carretera siguiendo las señales. Desde aquí ya solo nos queda dejarnos caer y disfrutar de los últimos minutos de esta magnífica jornada de cicloturismo, pues en unos tres kilómetros, tras girar noventa grados a la izquierda llegamos a Villaseco, exactamente al mismo punto de donde partimos: el Caño.

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Bordeando la Costa de la Muerte: Camino de los faros

Provincia: A Coruña

Distancia: 220 km aprox.

Mapa:

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Track: Descargar CaminoFaros.gpx

Descripción:

El Camiño dos Faros es una ruta senderista que transcurre por el litoral de la conocida como Costa de la Muerte, entre la localidad de Malpica y el cabo de Fisterra. La ruta se encuentra señalizada en su totalidad pero, al estar pensada para ser recorrida caminando, no es apta para bicicletas en gran parte de los tramos. Por suerte para los viajeros sobre dos ruedas, Os Trasnos –como se denominan a sí mismos los miembros de la asociación que creó, mantiene y difunde la ruta- diseñaron hace poco un recorrido alternativo para bicicletas de montaña. El track completo puede descargarse fácilmente en internet, desde la página oficial del camino, donde también puede encontrarse todo tipo de información sobre la ruta y los lugares por los que pasa (sin duda mucho más completa de la que pueda verter yo en este humilde blog).

Existe también un pequeño libro de Rafael Lema -que lleva por título precisamente Camiño dos Faros (publicado en la serie GuíaBurros de Editatum)- donde se recogen algunas interesantes leyendas de las tierras que visitaremos durante nuestro viaje. Su reducido precio y su escaso peso hacen de él una lectura ideal para llevar en nuestras alforjas y entretener nuestros ratos de ocio. Por último, en diversos puntos de nuestro recorrido podremos encontrar también alguno de los folletos que, distribuidos por Os Trasnos, contienen una somera descripción del camino y de sus etapas.

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En este caso se trata de una ruta apta únicamente para bicicletas todoterreno: un viaje ideal para esa modalidad tan de moda ahora del bikepacking. En caso de querer utilizar otro tipo de bici sería necesario realizar muchas más modificaciones en el recorrido. Lo remoto de algunos (la mayoría) de los lugares por los que se pasa hace que sea imprescindible planear antes mínimamente los lugares donde se pernoctará. Lo escarpado del terreno, la meteorología generalmente adversa y, lo más importante, el estar circulando por ecosistemas muy frágiles, son motivos suficientes para recomendar que NO se practique acampada libre (y además, el hecho de no llevar el par de kilos extra que supone el material de acampada será muy de agradecer en algunos de los repechitos que nos encontraremos).

Sin más, comencemos esta aventura que promete ser una ruta dura, pero repleta de paisajes de impresión. Esta vez no la haremos solos: nos acompañará el simpático Traski, mascota de Os Trasnos, que nos iluminará el camino con el faro que lleva en su bastón.

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Y comenzamos precisamente con Traski, ya que al acceder al puerto de Malpica nos encontramos un panel con la forma de este simpático personaje indicando que estamos en el Km.0 de la ruta. En la parte trasera (en la «espalda» de Traski) podemos encontrar información sobre este Camino de los Faros que estamos a punto de emprender.

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En realidad, nuestro track nos dice que la ruta no comienza aquí sino unos metros más allá, en el extremo del dique de abrigo que protege el puerto. Sin embargo, un cartel de prohibido el paso y una barrera nos disuaden de llegar allí. En realidad tampoco perdemos mucho pues lo más importante (el espigón, la cofradía de pescadores, la lonja y la actividad portuaria en sí) ya lo vemos desde aquí. Así pues, nos despedimos de Traski y, dejando atrás el que fuera otrora un importante puerto ballenero, damos las primeras pedaladas de este Camiño dos Faros subiendo la rampa que nos lleva a las calles de Malpica y, más concretamente, a la Praza do Cruceiro donde, como su propio nombre indica, dejamos a la derecha un crucero, además de una fuente y unos bancos.

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Malpica de Bergantiños, ya que este es su nombre completo al llevar a modo de apellido el nombre de la comarca de la que es capital, es un pueblo de buen tamaño que se encuentra construido en el istmo de una pequeña península que termina en altos acantilados. A nosotros se nos ha hecho tarde y estamos ansiosos por comenzar la ruta, pero es sin duda una buena idea explorar sus angostas y empinadas callejuelas para encontrar, entre las casas de colores que miran al mar, rincones de gran interés.

Desde la Praza do Cruceiro, y dejando una librería a la derecha, vamos en busca del mar abierto cruzando antes la rúa Patria Galega, con su animado mercadillo de los sábados. Llegamos así al océano en el mirador de la Cerca donde un gran mural y la enorme hélice de un barco a modo de monumento nos recuerdan el carácter marinero de esta villa. Es hora ya de hacer lo que haremos durante los próximos días: seguir la línea de costa. Así lo hacemos avanzando por la calle que vemos a nuestra izquierda y que, apenas a unos metros, nos permite acceder a una rampa que nos deja bajar al Paseo do Caldeirón, por donde pedaleamos unos metros bordeando las rocas entre las mesas de una cafetería antes de vernos obligados a desmontar para subir unas cortas escaleras.

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Seguimos ahora por el paseo marítimo que deja a la derecha la playa de Area Maior, un extenso arenal animado durante todo el año (bañistas en primavera y verano, surfistas en otoño e invierno). Como será la tónica habitual en esta ruta, desde aquí ya vemos los próximos kilómetros que tendremos que recorrer (subiendo, en este caso, a la ermita de San Adrián), al igual que si miramos hacia atrás alcanzamos todavía a ver el corto trayecto que llevamos ya recorrido. Al final del paseo llegamos al pequeño aparcamiento que se encuentra junto a otra pequeña playa que lleva por nombre Canido, donde debemos tomar el pequeño sendero empedrado que bordea la playa, con una rampa bastante dura después de los primeros metros de bajada. No está de más que nos vayamos acostumbrando, pues estos repechos, y otros aún peores, nos harán la vida imposible durante los más de doscientos kilómetros que tenemos por delante. Mirando atrás, tenemos una buena panorámica de la bonita y colorida fachada atlántica de Malpica.

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Después de una curva en ángulo recto, las baldosas de piedra dan paso a un camino de tierra de estos que en todos los ayuntamientos denominan «rutas saludables» o algo parecido, como se desprende de los aparatos de ejercicio que abundan en sus márgenes y de los vecinos en chándal que lo frecuentan. Completada la subida, nos dejamos caer por él hacia otro aparcamiento y otra playa, la de Seaia. Para poder atravesar esta playa en bici sin problemas, nuestra ruta se separa por primera vez de la de los senderistas. A nosotros nos toca, justo antes de llegar al aparcamiento, tomar la carretera que asciende alejándose del mar para luego tomar el desvío de la derecha, pasar una pequeña vaguada y tomar el nuevo camino que sale frente a nosotros que vuelve a enlazar más adelante (al otro lado de la playa de Seaia) con la ruta por la que veníamos.

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Estamos ya subiendo al cabo de San Adrián y, al poco de que ambos caminos se junten, encontramos una moderna fuente junto a la cual unos paneles nos cuentan la historia de este santo. Al parecer había por esta zona una plaga de serpientes y el bueno de San Adrián (escrito con H en gallego) decidió acabar con ellas, para lo cual solo tuvo que bajar hasta la costa y pisar una que inmediatamente se transformó en piedra, lo que hizo que las demás serpientes aprendieran la lección y tomaran las de Villadiego. Como prueba de la veracidad de esta historia, cuando la marea baja, es posible ver en una de las rocas la serpiente petrificada junto a la poderosa huella del santo (y, para que no andemos bajando, en el panel que hay junto a la fuente hay foto de ambas). Por cierto, dicen los lugareños que no es recomendable beber de esta «fonte da gripe», como la conocen.

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Pero tranquilos, no pasaremos mucho tiempo sin agua pues después de unos metros más de subida tendida por este buen camino con vistas al mar llegamos a la fuente de San Adrián. Aquí las aguas sí son saludables y, aún más, milagrosas, pues dicen que es posible curar las verrugas enjuagándolas con un paño humedecido con el agua de la fuente, que deberá después dejarse a secar tendido en el árbol cercano. Como podemos atestiguar a tenor de la cantidad de trapos colgados de sus ramas, ¡hay una verdadera plaga de verrugas en esta zona!

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Desde la fuente el camino empieza a endurecer sus rampas pero, por suerte no nos queda mucho por recorrer hasta la ermita. En el camino podemos hacer un breve descanso en el mirador que encontramos a la derecha, para deleitarnos con las bellas vistas que llegan desde Malpica hasta las ya cercanas islas Sisargas.

Con renovadas energías salvamos ya el último repecho que nos separa de la ermita, un edificio originario del siglo XVI que fue reformado en el XX. Aquí, hacia mediados de junio, tiene lugar una popular romería en la que los vecinos traen desde Malpica la figura del santo a pasar el día disfrutando de las bellas vistas, de música y bailes tradicionales y hasta de una subasta de gallos en su honor.

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Continuamos nuestro viaje por la carretera que llega a la ermita por su parte más alta. No dejamos de ganar altura sin acallar con ello el incesante rumor del mar que llega hasta nuestros oídos desde las rocas de la orilla, en torno a un centenar de metros más abajo. En un cruce, junto a lo que parece una antigua cantera, damos media vuelta y continuamos el ascenso que, por suerte, no llega a ser excesivamente duro en ningún momento.

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Después de una larga recta, cuando la carretera comienza a girar en lo que es el punto más septentrional de toda nuestra ruta (prácticamente igualado con la ermita de San Adrián), recomiendo deshacer el empate saliéndonos temporalmente del trazado para ir un poco más al norte y acercarnos a la explanada que vemos a nuestra derecha, desde donde se tienen unas inmejorables vistas de las cercanas islas Sisargas, nombre que recibe el pequeño archipiélago que tenemos ante nosotros.

Lo que vemos, básicamente, son tres islotes -aunque desde donde estamos puedan parecer dos-: la Sisarga Grande (obviamente, la de la izquierda), la Sisarga Chica (a la derecha, en primer plano) y Malante (desde nuestro punto de vista, sobresaliendo detrás de la Sisarga Chica), además de otras pequeñas rocas (Chalreu, Xoceiro, Gateira…). Aunque en la actualidad se encuentran todas ellas deshabitadas, existen en la Sisarga Grande varias construcciones, además de un embarcadero. Desde donde estamos se alcanza a distinguir el faro de 1919, totalmente automatizado, aunque no hace mucho era atendido por un farero residente en la isla (en turnos de dos semanas). Antes de este, existió en la isla otro faro que, construido en 1853, fue uno de los más antiguos de esta Costa da Morte. Dicen quienes han estado en el lugar (lo que solo es posible contratando un barco privado en Malpica, pues no existe línea regular) que se conservan también algunos restos de la antigua ermita que, consagrada a Santa Mariña, existió en el lugar, si bien las fuentes discrepan en cuanto a su historia, pudiendo tratarse bien de una ermita antigua destruida en una incursión de los normandos en el s. X o bien de una capilla de 1589 arrasada por Francis Drake.

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Es hora ya de dirigirse hacia el sur y salir del cabo de San Adrián en el que nos encontramos y, para ello, debemos regresar al camino y recorrer por asfalto los pocos metros de ascenso que nos separan del radar que corona el monte. Justo frente a la entrada al recinto debemos abandonar la carreterilla para adentrarnos por un camino que va en dirección contraria a las antenas. A los pocos metros abandonamos este camino para rodar por otro bastante más irregular y cubierto de vegetación que, aunque dificulta nuestro paso, es perfectamente ciclable.

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Después de un rato de llaneo (más bien de subidas y bajadas aleatorias), nuestro camino enlaza con otro algo menos abandonado, aunque tampoco parece estar demasiado concurrido. Antes de comenzar a descender por él, merece la pena hacer una breve parada para disfrutar del impresionante paisaje que tenemos desde aquí: a la izquierda vemos el mar en torno a la localidad de Malpica; a la derecha también vemos el mar hasta el faro de Nariga hacia el que nos dirigiremos ahora; mirando de frente tenemos una no menos espectacular panorámica del interior de la comarca de Bergantiños, una sucesión interminable de montes cubiertos de bosques, prados y la eterna neblina que los difumina. Y es que una vez que emprendemos el descenso no hay tiempo para paisajitos: el camino se lanza dando tumbos con gran inclinación ladera abajo y, enlazando con otro, nos lleva directos a una pequeña carretera, a la que llegaremos tras habernos desviado por un tercer camino de firme igual de irregular que el de los anteriores.

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Al llegar al asfalto nos encontramos un breve repecho que, aunque no sea duro, nos sorprende después de llevar un buen rato bajando. Es solo un espejismo, pues la carreterilla enseguida se desploma buscando la playa y la gravedad se encarga del resto. Poco antes de llegar abajo tenemos, según el track, que desviarnos a la derecha para regresar después casi al mismo punto después de dar la vuelta a una casa. Intento obedecer pero es solo para descubrir que no existe ningún camino que permita hacerlo. Sin embargo, merece la pena acercarse por el camino inferior (por el que deberíamos volver a la carretera) hasta la casa, pues se trata de una peculiar construcción pintada de verde y decorada con motivos negros -tanto pictóricos como escultóricos-. Desconozco el nombre de su propietario quien, supongo, será un artista local (aunque el lugar está a tan solo un par de neones de parecer un club nocturno). Lo que sí pude comprobar al encontrarlo trabajando en una de las esculturas junto al acceso a la finca es su escasa simpatía pues, después de saludarlo dos veces sin obtener respuesta, a mi petición de permiso para sacar una fotografía solo pude escucharle decir en voz baja mientras se alejaba de mí: «desde ahí, sí». Tomándomelo de forma literal (aunque entre líneas se entendía una clara invitación a que me largase cuanto antes), saqué un par de fotos desde el camino público antes de despedirme sin respuesta y regresar a la carretera.

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Pocos metros de descenso nos separan del acceso a la playa de Beo, donde hay un tranquilo merendero. Después la carretera decide cobrarse los favores anteriormente recibidos, y lo hace en la forma de la pared que tendremos que escalar para llegar a las casas de la aldea (Beo). Como disculpa para detenernos a media subida, recomiendo dejar la bici junto a la escalera descendente que vemos a nuestra derecha y bajar por ella unos metros para ver la playa desde un pequeño balcón colgado en el acantilado. Después, terminamos de subir el repecho, cruzamos la aldea y giramos a la derecha  para tomar la carreterilla que conduce a la playa (o más bien a un recodo de esta). Al final del asfalto encontramos tres cosas: un lavadero con su correspondiente caño, un mínimo sendero que desciende a la arena y otro sendero que será el que tomaremos. Y lo haremos con sumo cuidado, no por tratarse de un tramo especialmente complicado, pero sí por discurrir al borde del acantilado, por lo que una mala caída hacia la derecha podría terminar con nuestros huesos rompiéndose contra las rocas que salpican la playa unos cuantos metros más abajo.

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Separándonos una vez más (serán tantas a lo largo del recorrido que lo más normal es que no lo mencione) del sendero para caminantes, nosotros tomamos ahora unas roderas que nos alejan del acantilado. Al poco, esta se transforman en asfalto y nos llevan zigzagueando tierra adentro (a la derecha dejamos el inexplorado castro marítimo de Entretorres) entre campos de maíz, que irán acompañados de alguna mancha boscosa algo más adelante, cuando abandonemos el asfalto hacia la derecha para seguir un camino de tierra.

Después de varios cruces, este camino termina escupiéndonos en una carretera con bastante tráfico. Se trata de la vía que une las localidades de Malpica y Ponteceso y que nosotros utilizamos en esta ocasión para dar un pequeño rodeo y salvar el humedal formado por el riachuelo de Esteiro en su desembocadura. Poco después de cruzar el río, abandonamos la carretera en el desvío que indica que el Faro Nariga está a 6.5 kilómetros de nosotros, hacia nuestra derecha.

Debo mencionar, por si alguien tiene interés en acercarse, que a poca distancia de aquí -apenas a un kilómetro siguiendo la carretera hacia Ponteceso- se levantan las Torres de Mens, un castillo del siglo XV (construido sobre uno anterior que a su vez se levantó sobre un castro) en magnífico estado de conservación. Dicho estado de conservación se debe precisamente a que en la actualidad es una vivienda privada, por lo que de acercarnos a visitarlo tendremos que conformarnos con ver sus torres desde la propia carretera por la que vamos.

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Volviendo a nuestra ruta, tomamos como he dicho la carretera que va hacia Punta Nariga y, cuando esta describe una pronunciada curva, la abandonamos hacia la derecha en dirección a la playa de Seiruga. Desde la carretera que nos lleva a ella alcanzamos a ver el antes mencionado humedal del Xuncal do Martelo, desde donde el riachuelo que lo alimenta solo tiene que recorrer unos metros a través del arenal de la playa para alcanzar las aguas de la ensenada de Seiruga.

Cuando casi estamos llegando al aparcamiento de la playa, giramos a la izquierda junto a un bar (puede ser buena idea comer o descansar en algunos de los negocios que encontraremos en los próximos dos o tres kilómetros, pues después tardaremos mucho tiempo en encontrar otra zona con este tipo servicios). La carretera que tomamos no tarda en morir junto a la playa no sin antes dejar a la izquierda un pequeño sendero que escala la ladera y por el que debemos empujar no sin esfuerzo nuestras bicis. Al otro lado de este complicado paso nos encontramos una nueva carretera que no es tan nueva, pues es uno de los ramales en los que se dividió la que nos conducía a la playa de Seiruga (si hubiésemos tomado el correspondiente desvío a la izquierda nos habríamos ahorrado este tramo a pie). Un par de cruces después -siempre siguiendo nuestro track– tomamos un camino a la derecha y apretamos los dientes preparándonos para el ascenso que tenemos ante nosotros. Sin embargo, a los pocos metros de haber tomado el camino y habiendo subido aún muy poco, dejamos este camino para tomar el que nos lleva llaneando a la derecha.

Cuando el camino llega a una explanada cubierta de hierba y difumina su trazado giramos levemente a la izquierda para reencontrarnos con él, ahora algo más marcado mientras bordea un bosque y se dirige en descenso hacia la parte trasera de una cetárea, dejando a la izquierda un impresionante paisaje que más parece noruego que gallego

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Llegamos así a una carreterilla que va pegada a las rocas de la costa. A la izquierda dejamos un par de restaurantes, uno de los cuales ofrece también alojamiento, si bien no creo que sea barato alojarse aquí pues el Restaurante As Garzas cuenta nada más y nada menos que con ¡una estrella Michelín!

Entre las rocas, a nuestra derecha, vemos con interés una antigua construcción triangular en ruinas prácticamente sumergida en el mar (desconozco de qué se trata) antes de que la carretera empiece a apuntar tierra adentro. Lo solucionamos girando a la derecha en el primer cruce (junto al que hay otra posada-restaurante, por si la última no nos resultó asequible) y, al final del asfalto, tomar el caminillo que comunica el aparcamiento de la playa de Barizo con la playa propiamente dicha. A la derecha, al otro lado de la ensenada, vemos el pequeño y apartado puerto de Barizo.

Nada más llegar a la playa la abandonamos por la rampa que sale frente al camino por el que llegamos y que nos lleva después a una pista asfaltada que se aleja del mar entre algunas casas dispersas. Enlazamos después con otra carretera que llanea unos metros y nos lleva a otra que vemos señalizada con un cartel que a estas alturas ya nos resulta familiar: Faro Nariga.

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Después de unos metros de rápido descenso llega el temido ascenso. Después de los primeros metros de subida, un crucero situado -precisamente- en un cruce, nos da una disculpa para detenernos unos segundos a tomar una fotografía. Después, dejando a la derecha la carretera que va hacia el puerto de Barizo, continuamos subiendo hasta que la iglesia de San Pedro nos sirve de nueva excusa para volver a descansar. Ignorando la presencia de un cuervo muerto en el caminillo de acceso a esta pequeña iglesia, vuelvo a subirme a la bicicleta. Ahora estoy convencido de que se trataba de un mal augurio: nada bueno espera en los próximos kilómetros a los cicloturistas obedientes que siguen ciegamente las instrucciones de un track malvado.

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Dejando atrás la iglesia, subimos siguiendo los indicadores del Faro de Nariga. Después de enfrentarnos a unos duros -muy duros- repechos, justo cuando alcanzamos a ver al fondo la capilla de San Nicolás (la capilla no parece muy interesante, pero junto a ella hay una fuente que nos puede resultar de interés si andamos cortos de agua) nuestro track nos pide que nos desviemos por el camino de tierra que aparece a nuestra derecha, así que así lo hacemos. Aviso: nos arrepentiremos de ello, si bien en mayor o menor medida en función de nuestras futuras decisiones.

La pista que hemos tomado nos lleva hacia el noroeste en una subida no demasiado exigente salvo, quizás, en los primeros metros. A la derecha, tras el pinar, vemos claramente la silueta del castro de Barizo, un yacimiento arqueológico sin excavar del que, además de las murallas cubiertas de helechos que ya intuimos desde aquí, poco más puede verse (y, para muestra, la foto de su interior que adjunto). Después, lo que vemos a ese mismo lado es algo que ya conocemos: las islas Sisargas y la península que recorrimos al poco de iniciar este viaje.

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Al poco de dibujar un par de curvas y cuando vemos que la pista que seguimos está a punto de terminar, empieza la diversión. Nos toca cambiar un camino de tierra en buen estado por el que veníamos pedaleando con facilidad por un sendero apenas dibujado en la inclinada ladera que tenemos a nuestra izquierda. Si somos unos aspirantes a Indurain que no sienten el dolor intentaremos subir pedaleando. No nos servirá de nada: cuando parece que la pendiente comienza a ceder, llega el turno de la vegetación y el firme, cerrándose una en torno a nosotros mientras el otro empeora de forma significativa, dificultando seriamente nuestro empeño por avanzar pedaleando. En el suelo, cuando las piedras lo permiten, vemos grabadas las huellas de quienes pasaron antes que nosotros y solo son de moto, ni una sola de bicicleta.

Llegamos finalmente a un camino algo más marcado. De seguirlo a la izquierda, nos devolvería a la carretera y tendríamos que llegar al faro por asfalto. Lo descartamos y, en su lugar, obedecemos al track y giramos a la derecha. Strike 2.

Recuperamos así nuestra dirección original hacia el noroeste y vemos ya una hilera de aerogeneradores, dándonos la sensación de que estamos pedaleando hacia el situado más a la derecha de todos, junto al que vemos un camino que, con suerte, terminaremos llegando después de alguna penuria. Y es que, cuando completamos la subida que estamos haciendo, el camino se desploma y pierde altura de forma vertiginosa en una sucesión de curvas cuyo firme deja mucho que desear. Cuando finalmente llegamos a lo más hondo de la vaguada que se ha interpuesto en nuestro camino, nos parece intuir que nos unimos a un camino algo más marcado, y puede que sea cierto, pero el marcado desnivel que adquiere ahora la subida nos dejará el cerebro sin sangre para pensar en tales nimiedades. Si nos vemos obligados a apearnos y subir empujando las bicicletas, hagámoslo sin recato, pues salvo los pájaros y, tal vez, algún vecino de Malpica provisto de un telescopio, no nos verá nadie en estos remotos parajes.

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Por fin, un camino en buen estado, de los del parque eólico, se cruza en nuestro destino. Tomamos por él a la izquierda y, ahora sí pedaleando, avanzamos hacia el generador más cercano. Si no vamos demasiado obnuvilados por las vistas (ya sean de las Sisargas y del océano, si somos de gustos paisajísticos, o de los inmensos molinos, si somos ingenieros) veremos que una de las rocas del suelo tiene pintadas de verde unas minúsculas huellas de trasnos: estamos en el buen camino… o ¡eso quieren hacernos creer! Justo debajo del aerogenerador más cercano, cuando más intenso es su eterno zumbido y sus enormes palas parecen querer cortarnos en dos (lo que, por otra parte, nos ahorraría muchos disgustos en el futuro más inmediato), el dichoso track nos pide que nos desviemos a la derecha, donde solo una maldibujada senda parece intuirse entre los altos tojos. Miramos el mapa y vemos que el camino que estamos siguiendo no tarda en desembocar en la carretera y que podríamos terminar el camino hasta el faro por asfalto, pero somos novatos y, al fin y al cabo, hemos venido a jugar, así que respiramos hondo, nos santiguamos y nos adentramos en la jungla. Strike 3: ¡eliminados!

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Los primeros metros parecen viables. Aunque no tenemos espacio para caminar en paralelo a la bicicleta, podemos empujarla sin problema y caminar tras ella evitando los pinchos de los tojos con cierta facilidad. Al poco, la cosa se complica y el paso se estrecha. Los pinchos empiezan a traspasar nuestra ropa (y eso que fui afortunado y llevaba tanto pantalón largo como manga larga) y la bici se niega a avanzar, por no hablar de lo complicado que resulta encontrar un sitio donde colocar nuestros pies tras ella. Para colmo de males, cada dos o tres pasos encontramos una tela de araña atravesando el camino y, como su fornida constructora está cómodamente instalada sobre ella y no queremos que acabe en nuestra cara, nos vemos obligados a detenernos, romper la tela con un palo y cruzar rápidamente mientras su propietaria corre a ponerse a salvo en el tojo más cercano (espero que estos grandes arácnidos no sean una especie protegida, pues obligué a rehacer su vivienda al menos a una docena de ellas). Después de lo que no son más que unas decenas de metros de descenso entre tojos pero que nos parecen más largos y duros que correr un Tour completo sin doparse, la senda intenta abrirse un poco y vuelve a adoptar un aspecto que nos recuerda remotamente al que debería tener un camino (aunque siga teniendo vegetación atravesada). Es el momento de que entren en juego los cazadores: oigo ladridos no demasiado lejanos y entre la vegetación alcanzo a distinguir varios coches con remolque aparcados en la cercana pero aparentemente inalcanzable carretera, lo que me hace temer por mi integridad física, pues calculo que, para un observador externo, mi bici y yo no somos más que un grupo de tojos moviéndose bruscamente y que así es precisamente como delatan los jabalíes su presencia. Así, cantando a voz en grito para que no nos confundan con una pieza de caza mayor, con un cuerpo digno de un ecce homo (corona de espinas incluida), y con cara de tontos por no haber tomado anteriormente ninguna de las salidas que la fortuna nos ofrecía, llegamos finalmente a la carretera por la que, ahora sí, nos dirigimos hasta el faro de Punta Nariga, que ya hemos alcanzado a ver un par de veces.

Al poco de tomar la carretera dejamos a la izquierda -futura derecha- un cartel indicando, entre otros, que por ahí se llega a la Ensenada del Lago. Tomamos nota mental, pues ese será nuestro siguiente destino una vez hayamos visitado Punta Nariga. Poco más adelante, y mientras esquivamos a los ya mencionados cazadores que se agolpan junto a sus coches en las cunetas de la carretera, dejamos a la derecha otro cartel indicando cómo llegar a una fortificación, pero no nos arriesgamos a averiguar qué es por miedo a que algún cazador rezagado nos regale un poco de plomo. No nos queda otra que dejarnos caer por asfalto hacia el faro hasta que, poco antes de llegar a él, vemos otro cartel a la derecha. Esta vez sí merece la pena acercarse por el sendero hasta las primeras rocas (a apenas unas decenas de metros) para ver, escondidas en un pequeño abrigo rocoso, unas curiosas inscripciones en la roca representando numerosas cruces, un barco de dos mástiles y un breve texto que no he conseguido descifrar. Si bien es obvio que se trata de un grabado de época histórica, su cronología no ha podido ser precisada, aunque lo más probable es que sea medieval. Lo que no es tan antiguo son los restos de papel que ha dejado algún visitante desconsiderado que, ignorando los petroglifos, ha aprovechado este aislado rincón para desahogarse. Hay seres a los que no debería permitírseles salir de casa sin correa, como los animales que son (sin ánimo de ofender a ningún animal, incluyendo a los gusanos, que me merecen más respeto que los humanos que hacen estas cosas).

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Desde las rocas cercanas a los grabados hay unas maravillosas vistas del entorno y del faro, así que no dejamos de aprovechar para sacar unas fotos antes de acercarnos a contemplar más de cerca el edificio del faro: una obra del arquitecto César Portela tan reciente como de 1995 (dos años posterior si atendemos a la inauguración oficial). Se trata por tanto del faro de más reciente construcción de Galicia y, dicen algunos, de toda España. Situado sobre una base formada por dos triángulos superpuestos, tiene una altura de 50 metros y dicen los que han navegado estas peligrosas aguas que su luz puede verse desde más de 20 millas agua adentro. Yo, que soy de secano y de lobo marino tengo más bien poco, me entretengo fijándome en otros detalles, como que la escultura del Atlante que se encuentra en el vértice del triángulo inferior -obra de Manolo Coia-, visto desde el ángulo equivocado, no parece una imagen apta para menores (antes de criticar al que esto escribe por tener la mente sucia, recomiendo que el lector vea la foto incluida más abajo y juzgue por sí mismo).

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Dejando tranquilo ya al atlante y su sospechosa «pierna», abandonamos el faro y regresamos por donde hemos venido para descubrir sin sorpresa que las cuestas en esta dirección son bastante más duras que cuando veníamos hacia el faro. Sudando la gota gorda pero comprobando con mucho alivio que los cazadores han disuelto su reunión y se han largado, llegamos al cruce ya mencionado (que lógicamente nos queda ahora a la derecha) y lo tomamos para adentrarnos en un camino que, por ahora, parece agradable.

Avanzamos así por un camino de cierta anchura con el suelo cubierto de hierba y que, salvo en un par de tramos encharcados, no presenta mayor dificultad. De hecho, el barro de estas zonas nos permite ver que no somos los primeros ciclistas que pasan por aquí, pues entre las profundas rodadas dejadas por lo que parece ser una moto o un quad descubrimos también las tímidas huellas de un par de bicis. A la derecha del camino dejamos una explanada ocupada por una lancha granítica totalmente plana que es ideal para descansar, comer algo e incluso echar una siesta antes de lo que nos espera a continuación.

Nada más pasar esta roca, encontramos una bifurcación que nos tienta invitándonos a visitar una cruz y una mámoa (dolmen) que, según el cartel, se encuentra a 400 metros. Como el camino parece hacer una dura subida, ignoramos este desvío y tomamos el que nos indica nuestro track, que comienza a descender de forma preocupante. Y es que, con cierto temor, vemos que el camino se dirige en línea casi recta hacia el mar y que los montes que terminan en la misma costa no parecen dejar ni un solo metro libre para que pasemos por él.

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Efectivamente, cuando llegamos a la orilla de la ensenada comprobamos que estábamos en lo cierto: aquí nuestro camino desemboca en el sendero que siguen quienes hacen el Camino de los Faros a pie y seguir esta ruta parece ser nuestra única opción… salvo que nosotros ¡somos ciclistas!

Pero tranquilos, que no es tan fiero el león como lo pintan, ni la Enseada do Lago tan peligrosa como nos tememos. Si bien es cierto que el sendero perfila al milímetro la costa y que tendremos que avanzar por un espacio muy estrecho a pocos centímetros del acantilado que acaba directamente en el mar, con un mínimo de prudencia conseguiremos superar esta encerrona y vivir para contarlo. De entrada, no recomiendo comportarnos como suicidas y tratar de pasar en bici, así que desmontaremos y lo haremos como personas civilizadas, caminando. Aunque el sendero no es muy amplio, en gran parte del mismo podremos caminar junto a la bici con ciertas estrecheces pero sin mayor problema. En un par de puntos el paso es bastante complicado pero tendremos que apechugar, echarnos la bici al hombro y superar el tramo de la mejor manera posible. Por suerte la ensenada es de aguas tranquilas cual piscina infantil (de ahí el nombre de Lago), límpida cual laguna glaciar (y no como una piscina infantil precisamente) y, si coincide que pasamos durante la bajamar, el mar estará algo más lejos de nosotros y no nos impresionará tanto. En todo caso, si lo peor ocurriese (Dios no lo quiera), no faltará quien acuda al rescate pues parece ser esta una zona bastante concurrida: durante mi paso por aquí conté, en estos pocos metros, dos senderistas, tres pescadores de caña y tres buzos. Aunque, la verdad, los restos de embarcaciones que vemos entre las rocas tampoco sirven de gran ayuda para tranquilizarnos.

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Superando ya el tramo conflictivo al pasar justo sobre una cueva, vemos en las rocas una pequeña grúa y una tosca escalerilla labrada en la piedra. Comienzan ya a aparecer pequeñas construcciones junto a las que hay algunos coches aparcados (supongo que pertenecen a los pescadores y buceadores que hemos visto), lo que nos indica que el sendero se ensanchará en breve, como comprobamos con alivio a los pocos pasos. Entramos a ahora en un tramo delicioso, en el que pedaleamos por una pista de tierra con impresionantes vistas de la costa al otro lado de la ensenada. Después de las penurias sufridas en los últimos kilómetros (tojos, arañas, caminos inexistentes, cazadores, repechos durísimos, descenso trampa, sendero peligroso…) deseamos ahora que este tramo dure para siempre.

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Al final de la ensenada, y después de dejar a la derecha una finca privada con árboles frutales, merendero y acceso a la playa que hace que muramos de envidia, nuestro camino nos lleva directos a la playa de Niñóns. Se trata en realidad de una playa doble pues para llegar hasta el mar desde el pequeño arenal donde nos encontramos deberíamos vadear primero la pequeña laguna salobre formada por un pequeño riachuelo que aquí desemboca. Después está la playa en sí misma y, finalmente, el mar. Incluso podríamos decir que la playa es triple, pues pocos metros más allá hay un banco de arena que, con marea baja, llega a asomar a la superficie.

Toca aquí meterse en la arena, siguiendo las huellas de las bicis que pasaron antes que nosotros. Rodeando la roca llamada Petón do Indio (así bautizada, supongo, por su parecido con la cara de un anciano piel roja que mira al mar) encontramos el riachuelo que debemos remontar, dejando a mano izquierda un molino hidráulico. El pequeño sendero no tarda en ensancharse un poco y comenzamos a subir rodeados de altos eucaliptos abrazados por la hiedra.

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Abandonando este largo tramo compartido con los senderistas (que se van a la derecha buscando seguir la costa más de cerca), la subida se endurece y vemos que han puesto cemento en el suelo de algunas rampas, lo que se agradece para mejorar algo la tracción. En todo caso, unas idílicas vistas a la derecha de la playa del Morro (que casi se comunica con la de Niñóns) nos sirven de excusa perfecta para echar pie a tierra y descansar unos minutos. Recuperado el resuello, continuamos pedaleando unos pocos metros más para unirnos a una pista de tierra que, aunque sigue subiendo, lo hace de forma mucho más asequible.

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Rodeada de un espeso bosque de eucaliptos, la pista va ganando altura a medida que se aleja de la costa, si bien lo hace con pendientes moderadas y con algún descansillo de vez en cuando. Finalmente alcanzamos el alto (punto en el que, si miramos hacia atrás, volvemos a ver el mar en vez de únicamente árboles) y terminamos de recorrer la corta distancia llana que nos separa de Niñóns, aldea cuyas casa vemos ya ante nosotros pero a la que realmente no llegamos a entrar, pues nuestra ruta describe una curva para bordear el casco urbano, que queda en su mayoría a nuestra izquierda.

Salimos de Niñóns por la carretera y, dejando unas pistas deportivas a la derecha, comenzamos un ascenso que no es muy largo ni excesivamente duro pero en el que no nos conviene gastar demasiadas fuerzas pues, cuando la carretera corona la subida, nosotros debemos tomar a la derecha por la pista asfaltada que aquí nace y que, según rezan los indicadores, nos lleva al mirador del Monte do Faro. Lo que nos queda de subida ya casi lo podemos ver desde aquí, pues se trata de una larga recta abierta entre eucaliptos y algún que otro pino con una rampita nada desdeñable. Apenas unos metros después de dejar la carretera pasamos una portera con dos placas alusivas a la historia del lugar que estamos a punto de visitar y, a media recta, un tentador cartel nos indica que a 400 metros por el camino de la derecha llegaríamos a una fuente. Aferrándonos al manillar y pisando fuerte los pedales, llegamos al final de la recta, dibujamos la pronunciada curva a la izquierda y nos enfrentamos a los dos últimos repechos viendo ya el objetivo de nuestros esfuerzos: el prometido mirador.

Lo que tenemos ante nuestros ojos, cada vez más cerca, es una alta torre pintada de blanco que, a modo de extraña chimenea industrial, se levanta sobre la cumbre del monte del faro. Se trata de un monumento al Sagrado Corazón de Jesús (figura que corona tan singular pedestal) que, sufragado por un emigrante local, fue inaugurado en 1959. Al llegar a sus proximidades, comprobamos también que a poca altura sobre su base hay cuatro esculturas más representando al omnipresente Apóstol Santiago, a la Virgen del Faro (propietaria de la capilla anexa), a San Julián (titular de la parroquia en la que nos encontramos) y a San Ricardo (onomástica del acaudalado emigrante ya mencionado).

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Antes de nada, procedemos a reconocer el entorno. Nos encontramos en un monte situado muy cerca del mar (como todo en esta ruta) y a 231 metros sobre el nivel de este. Las privilegiadas vistas que desde aquí se tienen sobre los alrededores, tanto marítimos como hacia el interior, hacen que el nombre con el que fue bautizado este Monte do Faro caiga por su propio peso: aquí arriba se situaban vigías que, con sus lumbres, guiaban a los barcos que surcaban esta traicionera costa y avisaban también a los lugareños para que se pusiesen a salvo cuando las intenciones del navío de turno eran de dudosa honradez.

Antes de la construcción de la torre que acapara toda la atención de los visitantes del presente, ya se encontraba aquí la pequeña ermita que ya hemos mencionado y cuya titular, la Virxe do Faro, reside habitualmente en la iglesia de San Xián de Brántuas -al pie del monte, a escasos metros de Niñóns- y solo se desplaza a este chalecito el día 8 de septiembre con motivo de su popular romería. La tradición asigna a esta virgen diversos superpoderes entre los que, además de la curiosa capacidad de eliminar verrugas que parece muy extendida entre las vírgenes y santos de Galicia, se cuenta el control a voluntad de los fenómenos atmosféricos. Así, cuando el viento, la lluvia o los temporales ponen en riesgo las embarcaciones que faenan en la zona, es necesario subir hasta aquí y voltear una de las tejas de la capilla (virar a tella), lo que al parecer es suficiente para que la Virgen interprete nuestros deseos y serene el mal tiempo:

Imos xunto a Virxe

do Monte do Faro

que nos mande o vento

para que chegue o barco.

Nosa Señora do Faro

está no alto, fai que dorme

mais Ela ben veu pasar

aos mariñeiros de Corme.

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Como la figura de la Virgen no reside aquí de forma habitual, lo más normal es que nos encontremos la puerta de la ermita cerrada. Sin embargo, la que sí está siempre abierta es la del mirador así que, poniendo a buen recaudo nuestras monturas (en mi caso la dejé bajo la «atenta» vigilancia de un lugareño que trabajaba en la zona y que no mostró el más mínimo interés en nada que no fuese la rueda del remolque cargado de tojos de su tractor), nos encaramamos a la torre subiendo los 133 peldaños de su escalera de caracol y, una vez arriba, salvando los últimos metros por la escalera de mano colocada a tal efecto. Una vez a los pies del Sagrado Corazón, a 39 metros sobre la cima del monte y 270 metros sobre el mar, disfrutaremos de las vistas si el viento nos deja y, en caso contrario, regresaremos rápidamente al cobijo de los muros cilíndricos y tomaremos las fotos necesarias a través de las estrechas ventanas cuyos cristales, en su mayoría rotos, tampoco sirven para protegernos demasiado del viento. La verdad es que, si la meteorología lo permite, las vistas son de impresión, tanto hacia el interior como hacia el océano y a lo largo de la costa, donde se alinean paisajes ya recorridos (reconocemos Punta Nariga y Malpica, pero incluso puede verse más allá) y promesas por conocer (hasta el remoto Monte Branco, en tierras ya de Camariñas).

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De nuevo sobre la bici, bajamos ahora hasta la amplia explanada que dejamos a un lado en nuestra subida y que sirve de Campo de la Fiesta durante las romerías de finales de verano. Desde aquí sale el camino de tierra por el que vamos a descender, dejando atrás el Monte do Faro y teniendo siempre el mar a nuestra derecha donde, tras una franja de tierra quemada, vemos ya, entrando en la tierra a modo de fiordo noruego, la pequeña ensenada hacia la que nos dirigimos.

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Llegamos a un punto en el que nuestro track de ruta nos invita a abandonar el camino de tierra para tomar un mínimo sendero que aparece a nuestra derecha. Lo tomamos con reticencias y comprobamos que, a pesar de su estrechez y de los tojos que se pelean por acariciarnos con sus pinchos, es perfectamente ciclable. Después de un tramo no demasiado largo, el sendero desemboca en una bonita calzada de piedra rodeada de vegetación y muros de piedra seca, donde giramos a nuestra izquierda para descender de forma pronunciada. Algo más adelante, el GPS nos dice que debemos de nuevo girar a la derecha pero ahora el sendero que debería estar ahí no merece ni llamarse tal, pues ha sido invadido por la vegetación hasta el punto de que no parece posible avanzar por él. En su lugar, recomiendo aquí seguir descendiendo por la calzada por la que venimos para desembocar, apenas unos metros más adelante, en una vieja carretera que tomamos a la derecha. Al final de esta, nos incorporaremos al arcén de la carretera principal y la volveremos a abandonar en la primera salida a la derecha, a pocos metros de la cual llegaremos a un cruce donde nos reencontraremos con nuestro track. Aquí, si seguimos la pista asfaltada, «retrocederemos» en nuestra ruta (de hecho, dejamos a un lado el camino por el que deberíamos haber venido y que, por la hierba que crece salvajemente en él, no parece demasiado transitado) para hacer una visita que, por otra parte, es perfectamente prescindible.

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Como digo, el siguiente tramo es opcional (por ser de ida y vuelta) y espero que mi descripción sirva para que cada cual valore si merece la pena bajar aquí hasta el nivel del mar.

La pequeña carretera que hemos tomado se tira en picado ladera abajo con tramos casi verticales para llegar, en el extremo de la ensenada que antes hemos visto desde arriba, a la pequeña playa de la Barda: un tranquilo rincón de arena y roca donde desemboca un riachuelo y donde algunas rústicas construcciones, barcas y coches aparcados son indicio de que más que en una playa turística estamos en un apartado lugar que solo los locales conocen.

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El único problema de este lugar lo vamos a descubrir al darnos la vuelta para regresar sobre nuestros pasos. Y es que las curvas que en la bajada hicieron sufrir a nuestros frenos no van a tener ninguna piedad con nuestras piernas en la subida, con unas rampas imposibles que pondrán a prueba nuestros límites de resistencia. Si las bicicletas tuviesen embrague, es cosa segura que las nuestras dejarían de tenerlo en este momento. Valorando si ha merecido la pena bajar hasta aquí y tomando nota mental de no comprar nunca un coche de segunda mano a los pescadores y percebeiros de esta comarca, vamos poco a poco ganando altura viendo al otro lado de la ensenada la ladera quemada del Monte do Faro que ya dejamos definitivamente atrás.

Una vez hemos conseguido regresar al cruce, tomamos ahora la pista de tierra que, según los paneles informativos, se adentra en un parque eólico. Después de un breve ascenso en dos partes -con un breve tramo llano entre ellas- entre estos monstruosos aerogeneradores, llegamos por fin a nuestro merecido premio: el descenso, que hacemos siguiendo los indicadores de la estación eléctrica. Poco antes de llegar a esta, y no mucho después de habernos incorporado a una pista asfaltada, se acaba el descenso y tenemos que volver a pedalear, dejando la planta eléctrica a la derecha, para alcanzar la pequeña aldea de O Roncudo, apenas un puñado de casas de piedra y otros tantos hórreos situadas en un entorno de ensueño (a pesar del horizonte de aerogeneradores).

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Atravesamos la aldea y salimos al otro lado por una estrecha carreterilla que ha conocido días mejores. El asfalto va empeorando gradualmente hasta que en una curva lo abandonamos para seguir el camino que sale a la izquierda, hacia la siguiente hilera de la formación de aerogeneradores. Zigzagueamos por las amplias pistas del parque eólico en una zona invadida por el zumbido de las enormes palas de los molinos y donde el fuerte viento dominante nos puede servir para volar en dirección oeste (si sopla el Nordés) o para sufrir en caso contrario. Finalmente, tras superar los últimos generadores, abandonamos la pista para seguir un camino abierto en la vegetación y, a los pocos metros, giramos a la derecha por un camino en peor estado que se lanza ladera abajo en busca del mar.

La bajada es técnica y rápida, por lo que debemos permanecer atentos a las irregularidades del suelo, pero merece la pena hace de tanto en tanto una parada para relajarnos y admirar el paisaje que nos rodea, pues desde este punto se domina toda la entrada de la ría de Corme-Laxe y, por supuesto, toda la Punta Roncudo en la que nos encontramos y de la que tenemos una magníficas vistas aéreas, en especial de la zona del faro al que no tardaremos en llegar.

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Finalmente, un último escalón rocoso nos deja en una carretera que tomamos por ahora a la derecha en dirección a Faro Roncudo que, si el fuerte viento lateral que suele haber en la zona lo permite, alcanzamos en poco tiempo.

Muy tranquilo tiene que estar el mar para que no averigüemos, nada más acercarnos a él, el origen del topónimo del lugar -Roncudo-. En medio del impresionante paraje rocoso azotado por las olas, una torre blanca de once metros de altura a la que se accede a través de una rampa de cemento trata, desde 1920, de mantener a salvo a los intrépidos que se aventuran a navegar por estas aguas.

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En los alrededores del faro, varias cruces blancas salpican las rocas de la costa recordándonos que adheridos a ellas se crían los mejores percebes del mundo pero que algunos pagaron muy cara la osadía de tratar de cogerlos. Tampoco son escasos los naufragios ocurridos en la zona a lo largo de la historia. Junto a las cruces, la roca denominada Petón do Millo fue el lugar donde vino a terminar sus días un barco cargado de maíz. Algo más adelante, en un pequeño merendero que dejamos a la derecha de la calzada, un panel hace un listado de los naufragios ocurridos en la Costa da Morte y nos recuerda el caso del navío italiano (construido en Alemania en 1902) Padova, que en 1923 intentaba ir de Argelia a Bélgica sin contar con la parada final que se vio obligado a hacer en las rocas de Punta Roncudo. El mismo panel nos cuenta la historia del monumento funerario que, con una inscripción en memoria de un inglés fallecido en 1878, fue encontrado misteriosamente entre estas rocas y recuperado por los vecinos (una pieza que se puede ver aquí mismo, al pie del merendero).

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Continuamos pedaleando plácidamente por la carretera, dejando a la derecha pequeñas ensenadas cubiertas de cantos rodados y a la izquierda los cortes que prueban que en algunos tramos el espacio para construir la vía por la que circulamos fue ganado a la roca por las bravas. Finalmente, pasamos junto al dique que protege el puerto de Corme y, junto a él, el monumento que honra a los recolectores que han dado fama internacional a estas remotas tierras: los percebeiros.

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Y es que Corme, en cuyo puerto nos adentramos ahora, parece girar en torno al percebe extraído en Punta Roncudo, si bien no hace ni un siglo era el primer puerto nacional de la industria maderera. Esta pequeña localidad (surgida en torno al puerto de Corme, aldea que se encuentra a un par de kilómetros tierra adentro) rezuma ahora tranquilidad, tanto en el puerto mismo (quizás por la hora, pero con poca actividad visible) como en las terrazas y paseos que abundan entre las casas (quizás por ser otoño o por la pandemia). Junto al puerto, me cruzo con Suso Lista, polifacético personaje (actor, escritor, locutor, marino…) que, por haber sido también percebeiro conoce como pocos las historias de esta zona y está al mismo tiempo bastante ligado al proyecto de este Camiño dos Faros.

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Salimos de la localidad siguiendo la costa y dejando a la izquierda incluso un monumento al percebe mismo con forma de inmenso crustáceo de bronce (Pollicipes pollicipes broncineus subespecie metálica que, por cierto, no es comestible). Dejando atrás las últimas casas, nos desviamos de la carretera principal tomando la alternativa de la derecha.

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Pocos metros más adelante abandonamos temporalmente la carretera por la que circulamos para acercarnos, a la derecha, a la playa de la Ermida (aunque en el indicador lo ponga con una H bien grande). Enseguida llegamos al aparcamiento de esta playa, de la que nos separa un pequeño complejo dunar protegido. Junto a la playa, encontramos también un pequeño islote -la Isla de la Estrella- que con marea baja es más bien una península en la que se encuentran los restos de un castro y, como era de esperar dado el nombre de la playa, también los de una antigua ermita.

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Después de descansar en la playa tomamos el camino que sale frente al aparcamiento para, protegidos por el frescor del mismo, regresar a la carretera por la que veníamos que tomamos a la derecha. Esta vez tenemos que pedalear apenas trescientos metros antes de tener que detenernos de nuevo para admirar la curiosidad que encontramos a nuestra izquierda, a escasos centímetros del asfalto y junto a un cruce. Hemos llegado a la Pedra da Serpe.

Y es que esta Piedra de la Serpiente es eso mismo: un pequeño afloramiento granítico cuya superficie ha sido modelada en relieve para darle una forma de serpiente alada única en el mundo occidental. A pesar de las numerosas teorías y estudios, la cronología y significado de esta representación es incierta. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que la cruz que se levanta sobre la misma roca es reciente, pues la original fue destruida de forma accidental (dada la localización y nula protección de la roca lo raro es que no haya sufrido más accidentes).

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Cada uno es libre de creer en lo que más guste así que, ya sea encomendándonos a la serpiente alada o bien a la cruz que cristianiza el lugar, nos preparamos para lo que nos espera a continuación y que ya podemos ver desde aquí. Dando la espalda a la Pedra da Serpe, suavizamos el desarrollo todo lo que podamos y comenzamos a pedalear por la dura rampa que nos lleva a la cercana aldea de Cospindo, que atravesamos, y salimos de ella por una zona rica en hórreos de piedra donde el asfalto se transforma en tierra sin que el grado de inclinación se vea afectado por ello. Este ascenso por la ladera del Monte da Facha es breve pero intenso y nos hará sudar la gota gorda antes de que la pendiente se suavice y nos deje pedalear más a gusto. Después de la subida, un tramo de «llaneo a la gallega» (ligeras subidas, ligeras bajadas y algún que otro repecho traicionero) nos permite avanzar entre manchas de bosque y esporádicas vistas de la ría de Corme-Laxe a la derecha. Cuando menos nos lo esperamos, el camino decide que ya se ha cansado de nosotros y, perdiendo altura de forma vertiginosa (cuidado con los regueros causados por el agua), nos escupe de nuevo al asfalto.

Aquí tenemos la opción de tomar a la derecha, en descenso, para acercarnos a la playa de Valarés (o Balarés, según las fuentes) donde además de una tranquilísima playa y, una vez al año, un entretenido festival, pueden aún encontrarse algunos restos de Titania S.A., la empresa que, entre 1936 y 1960, se dedicó a la extracción del filón de titanio encontrado en este lugar por Isidro Parga Pondal en 1935. Lo recóndito del lugar dio después al pequeño puerto de la malograda compañía un nuevo uso en el mundillo del contrabando.

Pero toca volver a subir, así que tomamos la carretera en dirección contraria a la playa y dedicamos el siguiente par de kilómetros a luchar contra la gravedad en un ascenso por asfalto que, sin llegar a ser nada del otro mundo, no deja de tener su aquel.

Llegamos al alto dejando a la izquierda una cruz de piedra y salimos del asfalto hacia la explanada de la derecha. Estamos en el paraje conocido como Chan das Travesas, presidido por el monumento al poeta local Eduardo Pondal: un monolito de piedra con su retrato y un verso de uno de sus más bellos poemas: «escuro enigma eu son». Más conocido por haber dotado de letra al himno oficial de Galicia, el poeta pontecesán dedicó también una composición al Monte Branco sobre el que nos encontramos (así conocido por el color característico que le confiere la arena que, procedente de la ría, asciende por su ladera meridional). Ya que estamos aquí, no cuesta mucho ascender los metros que nos faltan para llegar a las cercanas antenas que vemos a nuestra derecha y junto a las cuales hay un mirador desde donde poder admirar el espléndido conjunto que conforma el río Anllóns al desembocar en la ría de Laxe-Corme, paisaje en el que nos internaremos en los próximos kilómetros.

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De regreso al monumento a Pondal, el track de ruta nos lleva derechitos al cortafuegos abierto para permitir el paso del tendido eléctrico que tenemos ante nosotros. Como ciclista obediente que soy, obedezco ciegamente antes de -a la vista de las escasas huellas que veo en el arenoso sendero- detenerme a recapacitar: dada la gran inclinación del terreno por el que estoy bajando, en caso de encontrarme en uno de los callejones sin salida que parecen abundar en la modalidad ciclista del Camino de los Faros, ¡sería muy duro darse cuenta una vez abajo! La tentación de tener una magnífica carretera que desciende en paralelo a pocos metros termina de disuadirme de continuar el descenso por el cortafuegos y, empujando la bici, regreso al Chan das Travesas para emprender desde allí el vertiginoso descenso por asfalto. Así, después de sendos giros a la derecha, llego en un santiamén al mismo punto al que me habría traído el cortafuegos de haber continuado por él. Visto desde abajo, el sendero -marcado aquí con la señalización amarilla y banca del P.R. con el que enlazó algo antes- tiene mucha mejor pinta que desde arriba y es posible que sea perfectamente ciclable.

Sea como sea, estamos ya a los pies del Monte Branco y a pocos metros del agua de la ría. Giramos a la izquierda y nos adentramos por la pasarela de madera que se abre paso entre los cañaverales y que da acceso a un bonito camino de tierra (bautizado como Paseo del Malecón) que separa la ría propiamente dicha de una extensa laguna mareal. En caso de tener viento del suroeste (el que empuja las arenas ladera arriba del Monte Branco), la hilera de arbolillos que nos separan de la ría -a nuestra derecha- nos protegerán y solo tendremos que preocuparnos de intentar distinguir las diferentes especies de aves o de observar cómo los mújoles hurgan en el lodo bajo las aguas. Si, al contrario, el viento que sopla es el temido Nordés, la amplia llanura que supone la laguna que tenemos a la izquierda nos deja completamente expuestos, por lo que tendremos que dedicar más atención al pedaleo contra los elementos que al disfrute del entorno.

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Al poco de que el caminillo empiece a mostrar síntomas de haber sido asfaltado en algún momento, llegamos a su fin a la altura de un aparcamiento desde donde ya vemos el puente de Ponteceso, para llegar al cuál solo tenemos que rodar unos metros por el paseo que, separado del asfalto, transcurre entre la carretera y la ría (mucho cuidado con las escaleras que se abren hacia el agua, que parecen cumplir también una función de trampas para despistados). A nuestra izquierda no podemos dejar de apreciar la bien conservada casona señorial de piedra en cuyo interior, tras el crucero del jardín y los blasones de la fachada, nació Eduardo Pondal el 8 de febrero de 1835.

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Aprovechando nuestro paso por la localidad podemos aprovechar para aprovisionarnos o utilizar cualquier otro de los recursos a nuestra disposición aquí: bares, restaurantes, supermercados, bancos, etc. En caso contrario, nuestro camino continúa al otro lado del puente que, aunque construido en el siglo XIX, tiene unos orígenes mucho más antiguos (algunos dicen que romanos, pues por aquí pasaba la importante vía romana XX «per loca maritima»). De hecho, es este puente el que da nombre a la localidad de Ponteceso, pues no en vano el río que estamos cruzando se llamaba Zeso antes de que en la Edad Media fuese bautizado con el nombre actual de Anllóns.

Salimos de Ponteceso, una vez cruzado el puente, por asfalto siguiendo una carretera ascendente bordeada de casas (no es raro ver alguna de las habituales furgonetas que en Galicia venden pan o pescado de casa en casa) que responde al nombre de AC-429. Al llegar a la altura de una empresa de carpintería metálica con el nombre visiblemente anunciado en un inmenso cartel vertical salimos de la carretera en dirección contraria -hacia nuestra derecha- por la calle que da acceso a algunas viviendas unifamiliares antes de morir en un estrecho sendero rodeado de vegetación. Por suerte en esta ocasión no es difícil abrirnos paso y el mínimo sendero no tarda en hacerse algo más ancho para terminar llevándonos a una amplia pista que, a la derecha, nos lleva directamente al borde del agua. Después de girar a la izquierda para evitar la ría ascendemos ligeramente por otra pista (en algún momento hemos pasado del arbolado autóctono de robles al de pinos) que debemos abandonar hacia la derecha al llegar casi al punto más alto. El camino vuelve a verse invadido por la vegetación y empezamos a ver peligrar el paso a través de él cuando, una vez más, llegamos a una pista asfaltada que seguimos a la derecha apenas unos metros hasta llegar de nuevo al borde del agua.

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En este punto finalizan -de momento- nuestros problemas con la vegetación, pues los próximos kilómetros transcurrirán plácidamente por el paseo marítimo empedrado que vemos nacer a nuestra izquierda.

Con calma para no asustar a los frecuentes transeúntes a los que alertará el ruido de las piedras mal asentadas moviéndose a nuestro paso, circulamos pegados a la ría de la que solo nos separan unos metros; metros que, enseguida, vemos ocupados por una pequeña playa -A Urixeira- a rebosar de embarcaciones ancladas. Algo más adelante llegamos a otra playa algo más turística -la de A Carballa- junto a la cual, en un parquecillo, vemos un monolito recubierto de cerámica sobre el que está representado el sol naciente junto a un texto en japonés (mis conocimientos de esa lengua son nulos, pero creo que es un haiku): se trata de un recuerdo del ayuntamiento en el que nos encontramos -Cabana de Bergantiños- a las víctimas del tsunami que asoló la costa nipona en 2011.

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Poco a poco nos vamos acercando al extremo de la curva que describe la ría en torno a la Barra (el alargado depósito de arena dejado por el Anllóns en su desembocadura). Después de un corto ascenso vemos aparecer ante nosotros, un astillero del que nos separa una pequeña ensenada y por el que no vamos a llegar a pasar, pues nuestro inseparable track no lo desea.

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Así, en el extremo de esta ensenada de Lodeiro abandonamos el paseo marítimo por el que venimos para, al otro lado de una pequeña explanada con bancos y un aparcamiento, llegar a la carretera (a la derecha tenemos una tienda, por si necesitamos reponer nuestros víveres). Vamos ahora, durante unos kilómetros, a abandonar nuestra querida orilla del mar para hacer una incursión tierra adentro que nos llevará a conocer lugares de gran interés.

Pero para empezar vamos a cruzar el asfalto a la altura del paso de peatones y tomar la pasarela de madera que vemos al otro lado. Se trata -además de un tramo compartido del Camino de los Faros a pie y en bicicleta- de la denominada Ruta do Rego dos Muiños (ruta del arroyo de los molinos) que, como se desprende de su descriptivo nombre, remonta un riachuelo sembrado de molinos hidráulicos.

Durante los primeros metros de este tramo debemos tener precaución, pues los entablados de madera que tanto gustan como firme para las sendas en la naturaleza no son para nada compatibles con la húmeda climatología gallega creándose, como contraproducente resultado de tal combinación, una pista de patinaje natural (no fue este el caso durante mi paso por allí, pues la pasarela estaba completamente seca, pero podría darse el caso). Después de este poco prometedor comienzo, la senda pasa a tener un compacto firme de tierra que permite pedalear sin problema, debiendo tener únicamente precaución en algunos puntos donde se retoma la madera -algunos puentes o pasarelas esporádicas-, en un lugar donde hay que cruzar un ramal del arroyo sobre unas piedras, o en las escalinatas de la parte final del recorrido.

Así, poco a poco, vamos ganando altitud mientras nos alejamos perpendicularmente del mar dejando a nuestro paso numerosos molinos en muy diferente estado de conservación -desde los ruinosos devorados por la vegetación hasta el que ha sido medianamente adecentado como refugio para paseantes- y otros vestigios de los mismos, como los pequeños acueductos que canalizaban el agua que los alimentaba. El rumor de las aguas nos acompaña mientras los zapateros flotan indiferentes a nuestro paso y diversas especies de aves nos sorprenden al arrancar sus cortos vuelos entre las ramas de un bosque donde, entre otras especies a las que estamos más que acostumbrados, vemos también abedules y otras especies ribereñas.

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Como ya he mencionado, ya avanzado nuestro paso por esta ruta nos encontramos con sendas escalinatas de madera y tierra que dificultan nuestra marcha. La primera se salva con relativa facilidad, como si de una pronunciada cuesta se tratase pero, un poco después, la segunda nos pondrá en mayor aprieto al aumentar la inclinación y lo pronunciado de los escalones. Superadas ambas, un tramo de llaneo por un sendero bien marcado nos lleva a una bifurcación donde, después de unos dos kilómetros y medio de idilio, debemos abandonar a nuestro amado Rego dos Muiños.

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Tomando la opción de la izquierda, nos abrimos paso por un camino ascendente en el que la vegetación se empeña en complicarnos la vida. Poco después de que un tramo embarrado se una a la fiesta, un duro repecho nos remata antes de dejarnos al pie de la transitada carretera AC-430 cuyo tráfico llevamos oyendo todo el tiempo mientras seguíamos el arroyo. Con precaución, giramos a la derecha y nos tomamos con calma el  corto trecho de ascenso por asfalto, durante el que nos podemos entretener mirando las señales: en las de la izquierda vemos pintadas las huellas de Trasnos que sirven de señalización para el Camiño dos Faros, a la derecha vemos ya indicado nuestro próximo destino: el castro de Borneiro. Merece la pena también fijarnos en el tupido bosque que cubre la ladera de nuestra izquierda: en las profundidades del mismo, hace algunos años, el que esto escribe se topo por primera -y hasta ahora única- vez en su vida con un lobo en libertad.

Dejando atrás una explanada a la derecha, atravesamos la carretera con precaución (estamos en una curva) para llegar al área de descanso que vemos al otro lado y donde hay una fuente donde refrescar nuestros esforzados gaznates. La abundancia de paneles informativos nos permite conocer los principales datos del castro de Borneiro (también conocido como A Cibdá), en cuyo aparcamiento nos encontramos. Así, pasando las instalaciones de una toma de agua potable, debemos empujar nuestras monturas por la escalinata que aparece a nuestra derecha (al otro lado del regato) para, una vez arriba, acceder al castro por su entrada principal.

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Lo primero que llama nuestra atención, antes de pasar la muralla del castro, son las construcciones que hay a nuestra derecha y que no eran sino un pequeño balneario o sauna ritual. La piedra horadada con forma de arco que aún se conserva (conocida como Pedra Formosa) constituía la entrada a la sala de vapor, a la cual había que acceder tumbado.

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Dentro de las murallas -lo que sería el recinto puramente castreño: la croa– nos encontramos una extensa superficie cubierta por muros de forma circular, restos de las viviendas y otras construcciones de este poblado de la Edad del Hierro que, según la información extraída de las excavaciones (aún por completar), estuvo habitado entre los siglos IV a.C. y I-II d.C. por una población que osciló entre las 300 o 400 personas dedicadas principalmente a la agricultura y la ganadería, además de una privilegiada clase guerrera cuya importancia nos dejan entrever los imponentes muros que formaban la muralla. Antes de abandonar el recinto por la moderna estructura de madera y metal que encontramos en uno de sus extremos, recomiendo dejar las bicis durante un rato y dedicarnos a pasear por los senderos que nos permiten explorar el castro, así como el perímetro de sus murallas.

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Completada nuestra exploración del lugar, retomamos las bicis y pedaleamos por la pista que sale al otro lado de la estructura que nos permitió pasar sobre la muralla. Unos metros más adelante, una rampa descendente nos deja de nuevo en la carretera por la que llegamos, que debemos ahora cruzar otra vez para meternos por el camino que surge justo frente a nosotros y que pasa por la trasera de la casa más cercana, no sin antes dejar a nuestra derecha un seco lavadero que ha conocido tiempos mejores.

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La carreterita por la que rodamos ahora asciende unos metros hasta pasar entre un hórreo y un gran castaño que se cierran sobre nuestras cabezas antes de doblar bruscamente a la izquierda entre un grupo de bellas casas de las que se conserva poco más que la fachada (en una de ellas, de hecho, es posible ver en su interior el típico hogar de las casas tradicionales gallegas). Numerosos hórreos flanquean nuestro paso por este barrio antes de llegar a otro conjunto de casas más modernas donde debemos girar a la derecha, por asfalto.

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Apenas unos metros más adelante dejamos el asfalto por el camino que aparece a nuestra izquierda. Tras el tramo de tierra regresamos al asfalto para girar ahora a la izquierda en dirección a unas cercanas pistas deportivas a las que, sin embargo, no debemos llegar, pues toca desviarse casi de inmediato por la callejuela que «vemos» a nuestra derecha enmarcada por sendos muros de piedra.

Las comillas que he usado no son gratuitas: el estado de abandono del camino que debemos tomar es tal que nos cuesta verlo en un primer vistazo. La vegetación que ha invadido el paso es especialmente densa en los primeros metros pero, aunque menos densa, aparece en toda su extensión dificultando rodar por un firme que, para más inri, es totalmente irregular (llegamos incluso a atravesar un sembrado). Sea como sea que logremos pasar por aquí, llegamos finalmente a una nueva carretera que debemos tomar hacia la derecha (podemos, en un principio, rodar por la acera) hasta llegar a un aparcamiento que da servicio a un conjunto de construcciones que se levantan tras un cartel que nos dice que estamos en el Centro Arqueológico Dolmen de Dombate.

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El dolmen de Dombate es considerado por muchos como «la catedral del megalitismo gallego», lo que no es poco decir en una región donde no son precisamente pocas las construcciones de este tipo que aún se conservan (dos magníficos ejemplos serían los de Axeitos y Cabaleiros pero, por su cercanía a Dombate, he de citar también los numerosos dólmenes que existen en los alrededores de la cercana localidad de Vimianzo).

La musealización actual del conjunto impide acercarse a las piedras originales -cosa que sí puede hacerse en los otros casos mencionados- pero, para solventar ese problema, el edificio más cercano al aparcamiento es un centro de interpretación consistente en un pequeño espacio donde diversos paneles nos ofrecen toda la información que podamos desear sobre la construcción megalítica y, lo más impresionante, una reconstrucción a tamaño real de la cámara donde pueden estudiarse en detalle los símbolos y dibujos (incisos y pintados) que decoran su interior. Una pequeña vitrina recoge también algunos de los hallazgos arqueológicos de las diferentes campañas de excavación. Por cierto, que la visita a todo el complejo es gratuita.

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No es la primera vez que visito este lugar, pero sí la primera que lo hago después de  la pandemia de nuestro archienemigo el covid-19, motivo por el que desconozco si siguen funcionando las visitas guiadas que se ofrecían también de forma gratuita cada poco tiempo. Lo que sí puedo decir es que en estos tiempos modernos acceder al recinto requiere del uso de mascarilla (que debemos llevar con nosotros) y desinfectante de manos (suministrado en la entrada). En todo caso, ya sea solos o acompañados, una vez desinfectados y visto ya el centro de interpretación, debemos encaminarnos al edificio  que se levanta a algunos metros y que es donde se encuentra el plato fuerte de la visita.

Lo primero que llama la atención al traspasar las puertas acristaladas es el propio edificio al que acabamos de entrar y que por fuera no parecía cosa del otro mundo: una impresionante cúpula de madera y vidrio (que no fue precisamente barata de construir) cubre en un único espacio la joya de la corona: el dolmen, que domina un montículo alrededor del cual una pasarela de madera nos permite rodearlo y apreciarlo desde todos los ángulos.

Cuando hablamos de «dolmen de Dombate» nos estamos refiriendo a un túmulo funerario de más de una veintena de metros de diámetro y casi dos de altura que se levanta en las proximidades de la localidad de Dombate. El lugar fue utilizado como lugar de enterramiento durante diferentes periodos que abarcan en total más de mil años: desde su construcción a principios del cuarto milenio a.C. hasta su abandono definitivo en torno al año 2700 a.C. La cámara del dolmen principal (pues en el mismo túmulo existió otro de menor tamaño y más antiguo) está formada por siete impresionantes ortóstatos cuyo gran tamaño puede contemplarse íntegramente gracias a que uno de los laterales del dolmen ha sido dejado por los arqueólogos al descubierto, sin enterrar de forma parcial como lo estuvieron todos originariamente. Su corredor, de tres tramos orientados como es habitual hacia el este, destaca por el hallazgo junto a su acceso de un conjunto de ídolos de piedra, una reproducción de los cuales puede verse actualmente frente al dolmen.

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Completada la visita, abandonamos el recinto y, recuperadas nuestras bicis, continuamos camino por la carretera, bordeando el Centro Arqueológico que queda a nuestra izquierda. La carretera tiene muy poco tráfico, pero podemos también rodar por la escasamente utilizada acera desde donde podemos contemplar por última vez el dolmen dentro de su millonaria cúpula de cristal. En pocos metros llegamos a una rotonda que es un puntazo (literalmente: un gran punto blanco pintado en el suelo) donde giramos a la derecha para rodar por la carretera que nos lleva, a través de maizales y un pequeño bosque de pinos y eucaliptos, hasta el pequeño caserío de A Fontefría, antes de llegar al cual dejamos a nuestra izquierda un lavadero con fuente (creo que de agua potable, pero no pude comprobarlo porque a mi paso por allí solo escupía algunas escasas gotas).

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Entre las casas de la aldea, ignoramos un primer desvío a la derecha para girar después a la izquierda y, después de unos metros de subida y ya saliendo del caso urbano, volver a torcer a la derecha. Seguimos la estrecha pista asfaltada durante un trecho hasta que un gran cartel de madera con la leyenda «Monte Castelo» señala la pista que aparece a nuestra izquierda (pintadas en el muro de nuestra derecha, las marcas del Camino de los Faros son más difíciles de localizar desde la bicicleta que el llamativo cartel).

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Nada más girar para avanzar por la tierra compactada de la pista vemos que la aventura no va a ser sencilla. Si el primer tramo ascendente que vemos desde aquí preocupa, lamento tener que decir que la cosa va a ponerse aún más fea. El ascenso al Monte Castelo no va a ser fácil puesto que tiene el honor de ostentar la cota más elevada de todo el Camino de los Faros (312 metros sobre el cercano mar). La pista por la que subimos tampoco ayuda y la tierra compactada se desprende a nuestro paso haciendo que tengamos continuos problemas de tracción en los tramos más escarpados, que no son pocos. Después de varias paradas para recuperar la respiración y mantener el pulso a raya y algún que otro trozo empujando la bici aprovechando que no nos ve nadie, llegamos a un punto donde la pista adquiere cierta horizontalidad y un panel de obra nos informa de que ha sido reformada recientemente (ya lo sospechábamos). Un pequeño sendero surge a la izquierda de la pista y asciende hasta el cercano vértice geodésico: hemos alcanzado la cima, del Monte Castelo y de nuestro viaje.

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Y el esfuerzo, sin duda, ha tenido recompensa. Las vistas -ilustradas por un panel explicativo frente al vértice geodésico- son inmejorables. Frente a nosotros, O Roncudo y Corme por donde no hace mucho que pasamos; un poco más a la derecha, el amplio estuario del río Anllóns, que desde aquí podemos apreciar en su conjunto; a nuestra izquierda la localidad de Laxe y otras tierras que no tardaremos en descubrir; a nuestra espalda, la zona de Dombate y Borneiro de donde venimos. Si el tiempo (y las pesadas moscas) lo permite, estamos en lugar perfecto para sacar algo de comida de nuestras bolsas de viaje y, sentándonos en la base del vértice geodésico o en una de las rocas cercanas, reponer fuerzas y llenarnos del majestuoso paisaje que tenemos ante nosotros.

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Una vez llenos nuestros estómagos y nuestras almas, debemos tomar una decisión. El track de ruta nos manda seguir las marcas del Camino, por un sendero poco prometedor que baja a través de la vegetación que puebla la ladera. Dado que esa opción se une con la pista por la que veníamos unos metros más adelante y no parece aportar nada a nuestro viaje más allá de unos cuantos rasguños en nuestra piel, recomiendo continuar por la pista por la que subimos (donde, de hecho, pudimos haber dejado las bicicletas para no tener que subirlas por el escarpado último tramo de sendero que nos trajo a la cima) que, después de unos metros llaneando alrededor de la cumbre, se despeña monte abajo en vertiginoso descenso (cuidado con las curvas). Poco más adelante, el track oficial se reúne de nuevo con nosotros y nos acompaña en la bajada. Tras frenar para incorporarnos apenas unos metros a una carretera, continuamos por el camino que sigue bajando al otro lado hasta que, ya en las cercanías de algunas casas, este se transforma en asfalto.

En una corta distancia hemos perdido casi toda la altitud que tanto nos costó ganar (y es probable que hayamos perdido también buena parte de nuestras pastillas de freno). Estamos ahora en Arnela, donde una curva en angulo recto nos lleva a un cruce en el que debemos girar a la izquierda. La carretera va entre casas dispersas en una zona donde, más allá de alguna curiosidad, no hay mucho que ver. A nuestra derecha, en algunos puntos, se alcanza a ver una iglesia de extraña factura: se trata de San Martiño de Canduas, construida sobre un desaparecido monasterio benedictino del siglo XIV, que además de la peculiaridad de estar totalmente desorientada (con la fachada hacia al norte) y de la curiosa torre de su cabecera que es lo que llama más la atención desde la distancia, tiene la fachada originalmente recubierta de las dovelas del hórreo del monasterio medieval.

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Llegamos así a una carretera que nos resulta familiar, ya que es la que es la misma (AC-429) que utilizamos para cruzar el río Anllóns y que vimos por última vez inmediatamente antes de adentrarnos en la ruta del Rego dos Muiños (de hecho nos encontramos a muy corta distancia de ese mismo punto, una vez concluida nuestra aventura tierra adentro). Cruzamos la carretera y metemos el desarrollo más suave que tengamos pues el repecho que nos espera al otro lado es de los duros, más si cabe por el contraste con el largo descenso que dejamos a nuestras espaldas.

Superada la cuesta, llaneamos por una pista asfaltada que se abre paso a través de un denso bosque de pinos en dirección al mar. Justo cuando empezamos de nuevo a descender debemos abandonar el asfalto por el camino que aparece a nuestra izquierda y, poco después, el track nos manda girar de nuevo a la izquierda pero ¡no hay camino!

Si nos fijamos bien, en realidad sí lo hay… o al menos lo hubo, pues los helechos que alfombran el bosque han crecido de forma descontrolada hasta cerrarlo por completo y hacerlo intransitable (conseguí avanzar tan solo unos metros antes de darme cuenta de que la opción era inviable). Aquí una persona medianamente inteligente vería que estamos en una de las muchas ocasiones en el Camino de los Faros versión BTT en las que hacemos una incursión campo a través durante un par de kilómetros antes de regresar casi al mismo punto en el que estábamos, así que lo más lógico sería regresar a la AC-429 y continuar por ella hasta que el track vuelva a nuestro encuentro y hacer como si nada de esto hubiese ocurrido, pero yo no soy una de esas personas inteligentes y sí un explorador muy cabezota. Por ese motivo, después de avanzar unos metros más por el camino por el que venía (dejando a la derecha una curiosa finca en cuyo centro han plantado la cabina de un antiguo barco), opto por aventurarme por un nuevo camino que sale a la izquierda. Después de unos metros aceptables pero de duro ascenso, la situación vuelve a hacerse complicada por la vegetación. Sin embargo, en esta ocasión el paso no es imposible, sino solo muy difícil por lo que, a pie y empujando la bici a duras penas, consigo abrirme paso hasta que mi GPS me dice que he recuperado el track original. En ese punto el camino se muestra más abierto (pero para ir caminando, sin opción aún para pedalear) y me permite al menos ver algo de lo que tengo alrededor en vez de únicamente una pantalla de helechos. Así, finalmente, llego a una nueva pista con vestigios de haber conocido el asfalto (o al menos gravilla) que parece descender en dirección al mar. Sin embargo, una vez más el track me pide que abandone la pista en el lugar más insospechado pues, aunque aquí sí se intuye lo que antaño fue un camino, en esta ocasión el suelo está cubierto ¡de zarzas! De nuevo a pie avanzo a través de la maleza viendo ya a mi derecha la playa de Rebordelo, a cuya carretera de acceso no tardo (¡por fin!) en llegar.

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Una vez más en asfalto y en zona medianamente civilizada, recompongo mi aspecto lo mejor posible y recorro los metros de descenso que me dejan en el aparcamiento de la playa, una recóndita cala donde descansar un rato antes de proseguir la aventura.

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Después del descanso, viene cansarse: la carretera que nos saca de la playa de Rebordelo es una pista casi vertical que pondrá a prueba nuestras fuerzas. Por suerte es corta y, después de las rampas más duras y de un tramo más moderado, alcanzamos una casa junto a la que transita nuestra ya conocida AC-429. Mi consejo: esta última incursión off-road no merece la pena y venir hasta aquí por la carretera principal desde el punto donde la cruzamos la última vez habría sido un gran acierto. En caso de querer conocer la bonita playa de Rebordelo podemos seguir el sabio ejemplo de los bañistas y descender y regresar por la pista asfaltada que lleva hasta ella (en realidad son dos pistas, ambas de sentido único para que la subida y la bajada se realicen por pistas diferentes ya que dos coches pasarían apuros en caso de cruzarse en ellas).

Una vez en la carretera, la seguimos en dirección oeste durante kilómetro y medio (un breve tramo de subida seguido de un terreno casi llano con bonitas vistas entre los eucaliptos de la derecha) antes de que nuestro track oficial (al que empezamos ya a odiar en secreto) nos pida que abandonemos de nuevo el asfalto hacia la derecha justo cuando la carretera empezaba, por fin, a apuntar hacia abajo.

La pista de tierra que tomamos ahora -que nace, rodeando una casa, junto a un cartel de madera que reza «Cruz do Cabalo»- se encuentra en un estado impecable y nos lleva, en ligero descenso, en dirección al mar a través de un poblado pinar. Pocos metros después de salir al raso, el firme empeora sensiblemente y da señales de ir a acabar pronto. Es aquí donde debemos tomar el camino que sale a la derecha y que enseguida nos deja en unas rocas tan expuestas que su superficie se encuentra completamente cubierta por oquedades con forma de pilas causadas por la erosión. Estamos en Punta do Cabalo y estas rocas son un magnífico mirador -uno más- de la boca de la ría de Corme (cuyo puerto vemos frente a nosotros) y Laxe (cuyo casco urbano destaca a nuestra izquierda). Cabe destacar, a nuestra derecha, la recóndita playa de Rebordelo de la que venimos.

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Por aquí pasa la versión peatonal de nuestro Camino de los Faros y, para celebrarlo, nuestro track -después de desandar los últimos metros que hicimos desde la pista principal- decide que nos unamos a los caminantes para continuar nuestro pedalear. El sendero que se abre camino entre los tojos, aunque no es ideal para el pedaleo no presenta grandes dificultades más allá de tener los ojos bien abiertos y disponer de una mínima pericia al manillar. Sin embargo estoy ya escarmentado de las últimas trampas y tengo serias dudas de que algo más adelante, cuando los caminos de senderistas y ciclistas se separen de nuevo, los últimos tengamos vía libre para avanzar. Dado que la ruta que debemos seguir no tarda en llegar de nuevo al asfalto de la AC-429 por la que veníamos, decido ir sobre seguro y regresar al asfalto por la misma pista impecable por la que llegué.

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Una vez en el asfalto (independientemente de cómo hayamos llegado a él) giramos a la derecha y nos dejamos caer felizmente hasta el nivel del mar, donde un inmenso arenal de más de un kilómetro de longitud nos recibe: hemos llegado a la playa de Laxe, aunque para llegar al caso urbano del pueblo del mismo nombre aún debamos recorrer unos centenares de metros por el paseo que, a nuestra derecha, nos permite circunvalar la playa.

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Salimos pues de la carretera por la derecha y, después de cargar con las bicis para bajar unos escalones llenos de arena, tomamos el autodenominado paseo saludable que, abundante en bancos y fuentes, transita entre el largo arenal y una cosa con aspecto de carril bici, al que no accederemos más que nada porque no hay acceso (apareció de repente en medio de la nada y para llegar a él tendríamos que saltar un tramo de cesped con sus correspondientes bordillos, lo que no tiene mucho sentido dada su estrechez y la amplitud del paseo por el que transitamos en su lugar).

El paseo poco a poco se va metiendo en el caso urbano de Laxe y se transforma en acera, por lo que quizás sea más recomendable pasar con nuestras bicis al asfalto para no molestar a los peatones. Dado que la villa tiene buen tamaño, disfruta de numerosos servicios que podemos aprovechar a nuestro paso por aquí.

Vemos a nuestra izquierda una plazuela cuadrangular con uno de sus lados abierto a la calle por la que pedaleamos. La cruzamos en diagonal (más bien perimetralmente, pues la plaza está llena de terrazas) para pasar, en el extremo opuesto, bajo un arco abierto en uno de los edificios -Casa do Arco- y subir por la callejuela que de allí parte. Poco más delante, a nuestra derecha, vemos un bello edificio de piedra de estilo gótico marinero. Se trata de la iglesia de Santa María de la Atalaya (da Atalaia), construida en el s.XV ampliando una capilla previa del XIII. Destaca en ella su campanario que se levanta en su cabecera (y no a sus pies como es habitual) debido a que era utilizado como «atalaya» para la vigilancia de la entrada al puerto. La escalera exterior de acceso al campanario está decorada con interesantes relieves de piedra. Desde el amplio atrio, dominado por un majestuoso crucero sobre pedestal escalonado, podemos disfrutar de unas inmejorables vistas del puerto de la localidad, lo que explica el hecho de que aquí se situasen los cañones que lo defendían.

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Saliendo del atrio y continuando por la calle por la que veníamos, después de un giro a izquierdas y otro a derechas, salimos del casco urbano para encontrar justo en su borde una bifurcación. Tomamos a la derecha y pedaleamos cuesta arriba, esquivando los caballos de un picadero próximo (si nos interesa cambiar un rato de montura, ofrecen paseos para turistas), en dirección al faro de Laxe, que alcanzamos después de completar la subida y tras un breve tramo de descenso.

El faro en sí -una sencilla torre cilíndrica construida en 1920 y alimentada por paneles solares- no es gran cosa, pero sí lo es el entorno (aunque no estaría mal que lo limpiasen de vez en cuando, porque algunas zonas parecen un estercolero por culpa de los puercos que lo frecuentan). A un lado nos despedimos ya de nuestra conocida ría de Cormes-Laxe que venimos recorriendo desde el ya lejano faro de O Roncudo (que curiosamente desde aquí parece cercano), al otro un mundo aún por descubrir y que nos llevará hasta el pueblecillo que vemos en la lejanía (Camelle). Si lo deseamos, podemos sentarnos en el merendero panorámico que hay en la zona y dejar que nuestros pensamientos se pierdan un rato en el océano.

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En la zona del faro -A Insua- destaca también La Espera, una emotiva escultura de la artista Iria Rodríguez que homenajea desde este punto a todos los pescadores y marineros desaparecidos en el implacable Atlántico.

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Nuestro también implacable track nos dice que desde la estatua debemos tomar un camino que desciende hacia el mar. ¡No hagáis tal, insensatos! Aunque en un principio pueda parecer que sí hay camino, éste termina perdiéndose en un laberinto de mínimos senderos abiertos entre los afilados tojos por lo que es imposible circular en bicicleta y extremadamente complicado -y doloroso- empujarla. Por eso, lo más inteligente que podemos hacer aquí es regresar por donde hemos venido hasta el límite del casco urbano y allí, en la bifurcación antes mencionada, tomar la opción anteriormente descartada. Aunque sin salida, la visita merece la pena pues el caminito que bordea el mar nos permite llegar, en su extremo más lejano, hasta la Piedra de los Enamorados, una roca donde los amantes dejan grabados sus nombres (entre los que así hicieron destaca el del químico y geólogo Isidro Parga Pondal, sobrino nieto del poeta de Ponteceso) en un entorno donde, a poco revuelta que esté la mar, disfrutaremos del espectáculo de la Furna da Espuma (no creo necesario explicar a qué debe su nombre este lugar). De camino encontramos un lugar mucho más interesante (y turístico): la Playa de los Cristales, un mínimo arenal donde la caprichosa naturaleza ha ido acumulando los erosionados fragmentos de vidrio que, procedentes de un cercano vertedero irregular, el océano tiene a bien devolver convertidos en preciosas joyas de colores que se mezclan con la arena, las piedras, las conchas y las algas creando un increíble mosaico de color. Merece la pena acercarse a este rincón escondido a los pies del cementerio local y, abriéndonos un hueco entre los muchos turistas, entretenernos en hacer acopio de fotografías con las que alimentar nuestro hambriento Instagram (recordad que las fotografías podéis llevároslas, pero los cristales deben quedarse donde están).

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Después de la dura subida que nos saca de la playa regresamos al casco urbano de Laxe por donde hemos venido y ahora seguimos recto y tomando siempre los desvíos a la derecha para enfilar una calle encementada que asciende por la ladera. Salimos de nuevo del casco urbano y cerca de nosotros, a nuestra izquierda y ligeramente más arriba vemos una pequeña capilla construida en los años cuarenta del siglo XX en honor de Santa Rosa de Lima junto a la «cruz del navegante», crucero de piedra que ocupa este privilegiado emplazamiento con vistas sobre toda la localidad desde el siglo XVII.

Nosotros dejamos el cemento y, girando a la derecha ignorando la señal de dirección prohibida continuamos el ascenso. Si la señal no nos detuvo, tampoco lo hará el pedrusco que han colocado en medio del camino para impedir el paso de vehículos, y más si cabe ahora que el camino pica para abajo.

El camino nos deja en la playa de Soesto, de la que solo nos separa la desembocadura de un pequeño riachuelo. Más bien podríamos decir que el camino se transforma en playa y la abundancia de arena en la que nos hundimos nos obliga a desmontar y empujar la bici hasta el cercano aparcamiento al que tendremos que acceder buscando un hueco entre la gran plaga del siglo XXI: las autocaravanas y furgonetas que invaden hasta el último centímetro de espacio disponible en estos otrora solitarios parajes (no tengo nada contra este modo de viajar -al contrario: me encantaría disponer de presupuesto para poder permitírmelo- pero debemos reconocer que la saturación de estos vehículos que hay en la actualidad, unida a la general falta de modales de quienes los ocupan, empieza a ser preocupante).

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Sea como fuere, al otro lado del aparcamiento encontramos una pasarela de madera por la que avanzamos con gran estruendo de tablones vibrando a nuestro paso. Cuando la pasarela acaba -lo que coincide con el extremo oeste de la playa- ascendemos por el sendero que la prolonga hasta que, después de la corta subida, se transforma en un estrecho camino de tierra que nos permite rodar casi sin esfuerzo a pocos metros de la rocosa costa, desde la que algún pescador de caña y un gran número de gaviotas, esperan a que algún incauto pez se ponga a tiro.

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Salvo un corto trecho en el que el suelo de roca nos complica considerablemente el pedaleo, el camino se nos pasa volando y antes de darnos cuenta llegamos a una pequeña cala (playa de Arnado) donde, junto a un par de construcciones abandonadas pero rodeadas de furgonetas, el caminillo se transforma en amplia pista que nos permite avanzar por el límite del bosque de pinos que queda a nuestra izquierda. Poco después, cuando la pista comienza a alejarse de la costa, la abandonamos hacia la derecha perpendicularmente para descender unos metros en línea recta hacia el mar antes de volver a girar a la izquierda e internarnos por un estrecho sendero que se abre paso con dificultad entre la profusa vegetación. Entre los suaves helechos también abundan los tojos y zarzas que no dudarán en regalarnos sus dolorosas caricias.

Llegamos así a la siguiente playa (Traba, un arenal de más de dos kilómetros y medio de longitud) a la que accedemos, como no, a través de su aparcamiento atestado de caravanas. De hecho, poco antes de llegar a él a través del estrecho sendero que nos trae aquí, un desagradable olor delata que mi neumático ha pasado sobre un montón de excrementos de buen tamaño. Espero creer que el culpable es alguno de los perros descontrolados que vagan alrededor de los vehículos pero lo discreto del sendero oculto entre la vegetación y el hecho de que las furgonetas camperizadas carezcan de retrete me hacen temer algo peor.

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Dejando a un lado los groseros modales de los animales de bellota que conducen algunos de los vehículos, nos adentramos al otro lado del área recreativa en una nueva plataforma de madera que en esta ocasión nos permite avanzar, entre juncos, carrizos y espadañas, en busca de la cercana laguna de Traba a lo largo del estrecho canal que la comunica con el mar. Esta laguna, junto con la extensa duna que nos separa de la playa, es un espacio natural de gran valor ecológico que da cobijo a gran variedad de especies de aves, razón por la que insisto en la importancia del civismo de quienes acampan en la zona.

Al final de la plataforma, vemos aparecer a nuestra derecha una senda delimitada que nos permitiría pasar junto a la laguna y acceder a los numerosos puestos de observación de aves. En cambio, nosotros seguimos de frente, por la pista de tierra que, dejando la laguna a la derecha, nos aleja ligeramente del mar. Cuando nuestras ruedas tocan de nuevo asfalto (llevábamos sin pisarlo desde las calles de Laxe) giramos a la derecha para ir por una carreterita que atraviesa la aldea de Mordomo, dejando a la derecha un bar y un merendero (con alguna caravana pero no demasiadas) donde descansar y refrescarnos si así lo deseamos. Siguiendo recto llegamos al fin del asfalto y, tras un breve descenso por cemento, este también se acaba para dejarnos de nuevo en un camino de tierra.

Aquí, los caminos se ramifican y se separan entre los muretes de piedra por lo que, por una vez y sin que sirva de precedente, confiamos ciegamente en nuestro GPS y seguimos el track que nos interna en un paisaje nuevo: un berrocal entre cuyos berruecos de singulares formas nuestro camino se abre paso como buenamente puede. Nos basta con levantar la vista para comprobar que estas formaciones graníticas entre las que rodamos nos son sino la continuación costera de los espectaculares peñascos de caprichosa morfología que coronan los montes cercanos, destacando entre el tupido manto de pinos.

Es en estos pinares donde nuestra ruta ciclista se va a internar durante un corto trecho para permitirnos esquivar así un tramo escarpado de la costa. El sendero asciende unos metros y lo irregular del firme nos complica bastante la vida, pero a cambio podemos disfrutar unos minutos del frescor de la sombra de los pinos que llevábamos ya tiempo sin saborear. Antes de que hayamos tenido tiempo de cansarnos, el camino gira de nuevo hacia la costa volviéndose descendente y, después de atravesar un delicioso paraje donde los pinos dejan paso a los verdes laureles vuelve a llevarnos en paralelo al mar.

A la izquierda, ocultas por la vegetación, quedan las ruinas de Sabadelle, un pueblo de origen medieval que tuvo cierta importancia cuando la industria ballenera utilizaba estas calas para su negocio. Cuentan también que en las cercanías existe un petroglifo, pero me resulta imposible encontrar suficiente información como para localizarlo. Quizás sea mejor así.

Para estropear tan encantador lugar, un desagradable pero familiar olor llena de nuevo mis pituitarias: mis ruedas acaban de pisar otra mierda de no despreciable tamaño. En esta zona hay lobos, pero no son tan abundantes, por lo que una vez más decido culpar a los perros y a sus irresponsables dueños ya que me he cruzado en esta ruta con un buen número de senderistas que llevan a sus perros sueltos.

De nuevo nos toca ahora desmontar de la bicicleta para avanzar por una zona en la que el camino atraviesa la parte superior de una playa de cantos rodados, pero ya es la última dificultad que encontramos pues enseguida alcanzamos una nueva pista asfaltada que, dejando atrás alguna casa suelta, nos lleva hasta una pequeña cala que rodeamos por su paseo marítimo en dirección al casco urbano que vemos al otro lado: hemos llegado a Camelle.

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Camelle es una pequeña localidad marinera situada junto a una también pequeña bahía, en la que se encuentran su puerto y su playa (no muy apetecible para el baño, la verdad). Antes de la construcción del espigón que protege el puerto de los frecuentes temporales, se encontraban en la boca que esta bahía unas rocas donde numerosos barcos –y quienes a bordo de ellos iban- acabaron sus días de forma prematura. Esos naufragios, tan frecuentes en esta zona, pusieron históricamente a prueba la valentía de los pescadores locales que no dudaban en arriesgarse para salvar a quien pudiesen (y también tuvo aquí su origen la leyenda negra de la piratería de tierra, según la cual los habitantes de esta costa jugaban al despiste con los barcos que pasaban por aquí colocando señales luminosas falsas que los llevaban a naufragar para poder después asaltarlos pero esto, que haya podido demostrarse, solo pasó en el argumento de una de las primeras películas de Hitchcock –otra cosa es que, a posteriori, se aprovechasen los despojos que el mar devolvía a la tierra-).

Como prueba del valeroso esfuerzo de los marineros de esta población que trataron de rescatar a los tripulantes del City of Agra en 1897, la campana de este barco –donada, entre otras distinciones, por la corona británica- aún se encuentra en la iglesia local, dedicada al Espíritu Santo.

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Y fue precisamente el día de la fiesta del Espíritu Santo de 1962 cuando un joven alemán llamado Manfred  Gnädinger que se dirigía caminando a Muxía llegó a Camelle… y aquí se quedó.

Man, evocativo diminutivo con el que era conocido este artista plástico –exponente extremo del Land-Art-, fue convirtiéndose en un ermitaño que, tapado con un trapo cualquiera a modo de taparrabos (o paño de pureza, que suena más bonito), vivía en una diminuta chabola que levantó a la orilla del mar, junto al punto donde más tarde se construyó el dique de protección del puerto. Alumno aventajado del gran Thoreau, pasó el resto de sus días en esa “cabaña” de cemento y vidrio que carecía de agua corriente o electricidad y en cuyos alrededores creo su obra: grandes círculos pintados con colores básicos sobre las rocas y esculturas a base de cantos rodados y restos variopintos traídos por el océano unidos entre sí con cemento. Un “museo” que trae al espectador reminiscencias de un Gaudí salvaje que se hubiese alejado del apacible Mediterráneo para llegar al violento océano.

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Man vivía de la tierra, y de un mar en el que nadaba a menudo, y permitía visitar su museo por el módico precio de cien pesetas (más tarde, con el cambio de moneda, subió a un euro) pidiendo a cambio que el visitante dibujase alguna de sus obras. Su unión con el mar era tan íntima que el nefasto día otoñal de 2002 en el que el hombre dañó de forma irreparable al océano a través del Prestige, Man no pudo superarlo. Mientras el chapapote teñía de negro su museo –y toda la costa-, él se encerró en su cabaña y se dejó morir. Su cadáver apareció mes y medio más tarde en su cama, en su cabaña, a la puerta de la cual se enterraron años más tarde sus cenizas.

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A pesar de haber dejado una gran suma de dinero para preservar su legado, la desidia hizo que su obra cayese en un total abandono. Su amado océano hizo el resto. Hoy en día su museo no es sino una sombra de lo que antaño fue, aunque la memoria de este curioso personaje se conserva aún en un pequeño museo en el centro de Camelle que podemos visitar por el simbólico precio de un euro. Irónicamente, aún pueden verse en los alrededores de su cabaña rocas parcialmente teñidas de negro: el chapapote que Man quería que no fuese limpiado, como símbolo de la destructividad humana, aún sigue allí.

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Desde las proximidades de la cabaña de Man surge un estrecho sendero entre paredes de piedra por el que nos internaremos y que más adelante abandonaremos para ir, por carretera primero y por el paseo que bordea la playa después, hasta la cercana localidad de Arou que destaca en el paisaje por sus casas de brillantes colores y por sus bonitas y solitarias playas. Continuamos nuestro camino y comenzamos a ascender ligeramente hasta un cruce donde la subida se pone, por decirlo de forma suave, interesante. Antes de enfrentarnos a ella, continuaremos recto para dirigirnos a la playa de Lobeiras.

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Para que nuestras piernas no se amotinen, podemos concederles el capricho de no bajar hasta la playa (luego habría que volver a subir, lo cual no parece fácil). Desde  un pequeño mirador podremos ver el pequeño arenal cubierto de barcas de pesca, las casetas donde se refugian los dueños de éstas, y las rocas que se adentran en las aguas como amenazadores cuchillos dispuestos a rasgar el casco de cualquier embarcación que se arriesgue a navegar estas aguas. Así lo han hecho ya en demasiadas ocasiones como para tomarse la amenaza a la ligera. Entre otros naufragios, fue aquí donde encontraron su triste final 29 de las almas que viajaban a bordo del City of Agra mencionado anteriormente.

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Volvemos atrás hasta el cruce y, ahora sí, comenzamos la subida. El hecho de que el asfalto haya dado paso al cemento no dice mucho a favor de esta carretera que, a costa de mucho sudor, nos permite ascender por la ladera. Si todo va bien, llegaremos a un cruce donde giraremos 180° a la derecha y seguiremos subiendo, pero ya otra vez por asfalto y con pendientes más asequibles. Finalmente llega un punto donde la carretera se rinde y se vuelve llana. A nuestra derecha vemos las casas de Santa Mariña y, al frente, la proximidad de los inmensos aerogeneradores nos da una idea de lo que hemos subido en poco tiempo.

En Santa Mariña hubo en su momento un monasterio benedictino, avanzadilla cristiana en tan remotas tierras, que fue víctima de numerosos saqueos y ataques que, cómo no, vinieron desde el mar: vikingos y piratas llegaban aquí con asiduidad para hacer de las suyas. Después de varias destrucciones y reconstrucciones, el monasterio desapareció para siempre. Hoy en su lugar solo hay una pequeña iglesia.

Continuamos por la carretera que va hacia Brañas Verdes pero la abandonamos en una pronunciada curva, junto a la que se encuentra el cementerio, para tomar la amplia pista que sale a nuestra derecha, hacia el llamado Monte Blanco. El camino, de tierra pero con espacios separados para coches y peatones, sube casi hasta la cima y describe una amplia curva a la izquierda para comenzar el descenso. Cuando ya hemos bajado muchos metros, giramos hacia la derecha y es entonces cuando comprendemos el motivo por el que el Monte Blanco recibe ese nombre: por su empinada ladera oeste asciende una espectacular duna rampante de ciento cincuenta metros de altura, una de las más altas de Europa (a dos puestos de distancia de su tocayo, el Monte Blanco de Ponteceso, por el que ya pasamos y que encabeza el ranking). A sus pies, la playa do Trece, tristemente famosa por haber amanecido más de una vez sembrada de cadáveres tras un naufragio. No en vano el trayecto que estamos recorriendo coincide con el recorrido de la ruta de los naufragios, que va desde Camelle a Camariñas y de la que es fácil intuir el origen de su nombre.

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Un buen número de estos naufragios ocurrieron en la fatídica Punta Boi, a la que llegamos tras completar el descenso. Aquí encontramos una sencilla construcción compuesta por un recinto cuadrangular que contiene otro en su interior. Se trata del Cementerio de los Ingleses así llamado porque en su interior fueron enterrados los tripulantes de tres embarcaciones británicas que naufragaron en este lugar entre 1883 y 1893: el Iris Hull, el Serpent y el Trinacria. En total 239 muertos. Tan solo 11 supervivientes.

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Alrededor del cementerio, la fina arena aparece densamente poblada por caramiñas, planta que fue muy frecuente en toda la costa gallega y que lamentablemente hoy en día se encuentra prácticamente extinguida, quedando muy pocos lugares como este en el que nos encontramos. Cuidémoslo pues, y disfrutemos del momento si tenemos la suerte de ser testigos del bonito espectáculo que ofrecen a finales de verano, cuando los pequeños arbustos verdes aparecen cubiertos por perlas blancas: su fruto.

Si atravesamos (con sumo respeto y cuidado) el caramiñal y llegamos hasta las rocas de la orilla nos encontraremos entre innumerables montoncitos de piedras que los visitantes han ido levantando en el lugar sin que se sepa el motivo por el que comenzó esta curiosa costumbre (¿inspiración de Man?). No deja de ser curioso que a pesar de los fuertes vientos y los temporales que azotan siempre la zona y de que las piedras no estén unidas por ningún tipo de argamasa, sea difícil ver caída ninguna de las pequeñas y aparentemente inestables columnas.

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Entre naufragios, chapapote y otras tragedias, podría dar la sensación de que aquí, en pleno corazón de la Costa de la Muerte, la vida brillase por su ausencia. Nada más lejos de la realidad. El mar puede quitar vidas, pero es en sí mismo vida. Las caramiñas son solo el exponente más visible de la gran riqueza de fauna y flora que tiene esta zona. La vida bulle bajo las aguas y como prueba, si el tiempo lo permite, notaremos que allá donde miremos vemos a las gentes del lugar sacando del mar su sustento: pescadores de caña, barcos pesqueros, mariscadores, percebeiros…

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Asomamos ya al otro lado de Punta Boi y vemos ya a lo lejos el imponente saliente rocoso de Cabo Vilán, hacia cuyo faro nos dirigimos.

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Vamos avanzando por la costa dejando a la derecha una serie de pequeñas playas cuyo fuerte oleaje atrae a los amantes del surf (aunque yo no me atrevería a meterme en estas aguas ni hasta los tobillos, y no solo por la abundancia de fanecas bravas). Vamos dejando también a nuestro paso rocas de evocadoras formas (pedra dos namorados, pedra do oso…) e incluso el ancla de otro de los naufragios de la zona. Cerca del camino puede visitarse también una construcción de gran valor etnográfico: una trampa para lobos consistente en una especie de embudo formado por dos muros de piedras hacia el que era conducido el lobo durante las batidas para hacerlo caer en el foso construido en su vértice, donde quedaba atrapado y era abatido. Este tipo de trampas es también común en otras regiones de España aunque, por suerte para los lobos, hace décadas que no se utilizan.

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La pista se aleja ligeramente de la costa para emprender una breve subida entre un bosquecillo de pinos. Después vuelve a quedar colgada sobre los acantilados que dan al mar, pasando junto al parque de aerogeneradores que aprovecha los fuertes vientos del lugar. Llegamos finalmente a una carretera asfaltada que tomaremos a la derecha para ascender hasta el faro de Cabo Vilán.

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Nos encontramos en una pequeña y elevada península rocosa que es continuada, ya mar adentro, por el islote de Vilán de Fora, fuertemente azotado por las olas. Aquí existía ya desde mediados del siglo XIX un pequeño faro cuya luz no conseguía sobrepasar el cabo. Los numerosos accidentes marítimos que seguían sucediéndose sin descanso llevaron a la construcción a finales de siglo del faro actual, en el extremo del cabo: el primer faro eléctrico de España. La antigua vivienda, separada del faro por un túnel claramente visible, es ahora un museo donde podemos conocer la historia de este lugar previo pago del correspondiente euro de entrada.

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Regresamos, ahora en descenso, por la carretera hasta la piscifactoría donde tomamos el camino de tierra que la bordea. Al otro lado de la valla podemos ir viendo las numerosas piscinas cubiertas donde se engordan los rodaballos que comercializa esta empresa noruega.

El camino continúa por un paraje espectacular, bordeando el mar por el lado norte de la entrada a la ría de Camariñas. En la otra orilla vemos ya el santuario de la Virxe da Barca, hacia el que nos dirigimos, aunque al no tener bicis flotantes aún tardaremos un poco en llegar.

Solo una subida nos separa sin embargo de otro templo: la ermita de  la Virxe do Monte. Se trata de una única nave construida en el siglo XVIII sobre una península bastante elevada que recibe el nombre de Monte Farelo. Aunque la ermita no sea nada del otro mundo y debamos volver a bajar por el mismo sitio, merece la pena subir hasta ella solo por las magníficas vistas de toda la ría de Camariñas, Muxía y gran parte de los alrededores, desde Cabo Vilán hasta los montes Cachelmo y Punta Buitra, ya cercanos a Fisterra.

Volvemos por tanto a bajar por donde subimos, en dirección al campo de fútbol, y seguimos nuestro camino para bajar hasta la idílica y tranquila playa de Lago donde podremos refrescarnos al resguardo que ofrece la ría. Pasada la playa, el camino desemboca en la localidad de Camariñas, a la cual entra precisamente junto al Castelo do Soberano. Se trata de una fortaleza construida en el siglo XVIII para proteger la ría de las incursiones piratas. Lamentablemente los años han maltratado mucho a estas ruinas y hoy en día se conservan en muy mal estado.

Camariñas, principal núcleo de población del corazón de la Costa de la Muerte es un pueblo cuyo nombre se relaciona con dos palabras: mar y encajes (aunque en realidad el nombre solo se relacione etimológicamente con las caramiñas, planta sobre la que ya escribí unos párrafos atrás). Respecto al mar, el puerto de Camariñas es el auténtico centro de esta localidad y en torno al cual se desarrolla la vida diaria. En la fachada de una de las casas que se abren a él es posible aún ver el barómetro regalado a la localidad por los británicos en agradecimiento al apoyo prestado tras el naufragio del Serpent en 1890.

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Por supuesto, no debemos dejar de reponer fuerzas en alguna de las terrazas abiertas al puerto donde es posible degustar auténticas delicias salidas del mar (personalmente recomiendo el pulpo a feira y los chipirones a la plancha del Ave del Mar). Un paseo por las callejuelas del pueblo nos permite también encontrar algunos interesantes rincones.

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Respecto al encaje de bolillos típico de este lugar, no es necesario decir mucho, ya que el encaje de Camariñas es famoso en el mundo entero. Al parecer la técnica llegó a esta zona desde Flandes en los siglos XVI y XVII y aquí se perfeccionó hasta el grado máximo. Por todo el pueblo es posible encontrar tiendas donde adquirir alguna de estas obras maestras de la artesanía y se pueden ver también numerosas estatuas de palilleras trabajando sobre la curiosa almohada que utilizan para desarrollar su labor. Si hay suerte será posible incluso encontrar alguna de las palilleras locales trabajando al aire libre (si no hay suerte, siempre será posible visitar la localidad en semana santa para verlas durante la muestra dedicada al encaje que tiene lugar en estas fechas). Por un par de euros que cuesta la entrada, también podemos ver algunas piezas de este arte en el correspondiente museo que se levanta en un lateral de la plaza del concello.

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Salimos de Camariñas de nuevo por la orilla del mar, alrededor de una fábrica conservera reconvertida en museo. Rodeamos una pequeña playa y, tras pasar entre unas casas, una carreterita nos lleva a otra playa aún menor. Desde aquí una senda nos lleva a escasos metros de las estáticas aguas de la Ensenada da Basa. Por desgracia parece que el camino no es frecuentado más que por los pescadores que vemos con sus cañas en la ensenada, ya que se va estrechando más y más hasta que termina prácticamente desapareciendo comido por la vegetación. Si tenemos suerte y la marea no está del todo alta podremos cambiar el camino por la zona intermareal, aunque no nos quedará más remedio que caminar empujando nuestras bicis. Llegamos así a un punto donde para salvar un pequeño regato el camino baja también hasta la orilla del agua y poco después se aleja de nuevo (ahora ya podremos volver a seguirlo) al encuentro de la carretera. En todo caso, si no nos gusta demasiado la aventura, una buena opción es salir ya por carretera de Camariñas y olvidarnos de la senda.

En Xaviña la carretera cruza el Rego do Trasteiro e, inmediatamente después del puente, nuestra ruta se desvía a la derecha. De nuevo la vegetación ha reducido el camino a una mínima senda hasta el punto de que poco más adelante resulta imposible avanzar con bicicleta (ni siquiera empujándola). La alternativa más lógica es continuar ascendiendo por carretera y aproximadamente medio kilómetro más adelante girar a la derecha y tomar la pista que rodea el Monte da Insua, enlazando con la ruta que traíamos. El camino cruza después la carretera para continuar callejeando por entre las casas de algunas aldeas de la zona. Si la tentación del asfalto es demasiado fuerte, una opción a considerar para evitar rodeos y pérdidas de tiempo es recorrer todo el tramo entre Camariñas y Ponte do Porto por la carretera principal. Eso sí, extremando las precauciones, ya que la experiencia me dice que por esta carretera la gente no va precisamente despacio.

Llegamos así a Ponte do Porto donde, como su nombre indica, destaca un bonito puente originario del siglo XIII y que será el que utilicemos para cruzar el río Grande. A la salida del puente encontramos la blanquísima iglesia de San Pedro y una reproducción de la Fuente de los Leones de la Alhambra (no sé cual fue el criterio que les llevó a plantar eso aquí, pero estéticamente chirría bastante).

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Esta localidad en la que nos encontramos fue un punto neurálgico de la economía de la Costa de la Muerte, ya que era la principal conexión entre los puertos de la zona y el interior, pasando por aquí varias calzadas importantes. También tuvo gran importancia en la distribución internacional de los encajes de Camariñas y, para completar su economía, en los alrededores se levantaban varios molinos. Para conocer mejor la historia y costumbres de la zona, nada como visitar el museo etnológico de la localidad.

Continuamos nuestra ruta por el tranquilo paseo que, por la orilla de la ría, nos lleva en dirección a Cereixo.

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Al final del paseo fluvial continuamos unos metros por la carretera que avanza por la orilla de la ría para meternos después, a la derecha, por el camino que discurre entre ésta y un muro. Al otro lado del muro, en un terreno privado que pertenece a un pazo del siglo XVIII, podemos intuir la presencia de un largo hórreo y un palomar. Algunos carteles informativos nos ilustran sobre las especies animales (aves y peces fluviales) que habitan la zona y sobre los edificios históricos que estamos a punto de encontrar, como el molino de mareas del siglo XVII (que aprovechaba para moler, además de las mareas de la ría, la corriente del río Riotorto que pasa por aquí).

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Pedaleamos con cuidado por la plataforma de madera que constituye el paseo fluvial del Riotorto cuidándonos, siempre que sea posible, de rodar sobre la cinta de rejilla verde colocada, con muy buen criterio, sobre las húmedas tablas para evitar resbalones. En un punto encontraremos unas escaleras de piedra a nuestra derecha que nos obligarán a cargar con nuestras bicicletas para llegar a la iglesia de Santiago de Cereixo, del siglo XII. Por desgracia, si encontramos cerrada la puerta metálica que da acceso al recinto, no nos será posible acercarnos a ella y tendremos que contentarnos con intentar adivinar desde lejos el magnífico tímpano románico de su puerta lateral, que no es sino la primera representación en piedra del traslado en barca del cuerpo del apóstol Santiago por sus discípulos.

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Tampoco es posible acceder a las Torres de Cereixo, pazo del siglo XVI construido sobre una fortaleza del siglo X que protegía la ría de las incursiones piratas. Al encontrarse actualmente en manos privadas nos tendremos que conformar con admirar desde fuera los escudos nobiliarios esculpidos en sus paredes de piedra. Entre la iglesia y las torres, una pequeña placita alberga un majestuoso carballo (roble).

Después de este pequeño desvío cultural volvemos a salir a la carretera y nos enfrentamos a una corta pero empinada subida por asfalto. Salimos del casco urbano de Cereixo dejando atrás sus últimas casas, pasamos de largo por su cementerio y continuamos aún unos metros más subiendo junto a un arcén lleno de gravilla que parece que algún día será una acera pero que aún permanece en obras e intransitable. Llegamos así al punto donde encontraremos una carreterita que sale a nuestra derecha y que, según los numerosos carteles que hay en el cruce, nos llevará a multitud de alojamientos de todo tipo. La seguimos.

La carretera continúa ascendiendo, aunque con algún que otro descansillo y, justo al comienzo del último repecho, el track oficial de la ruta nos dice que debemos abandonar el asfalto para tomar el camino que sale a la derecha. Aunque los primeros metros del camino son prometedores es, sin embargo, una trampa. Como si de un embudo se tratase, el camino se va estrechando hasta convertirse en sendero y la vegetación lo ha invadido hasta volverlo intransitable. Suaves helechos y mimosas primero, punzantes toxos y silvas (zarzas) después, cierran el camino y no es para nada recomendable empeñarnos en avanzar por él (salvo que llevemos puesta una armadura que nos proteja de los afilados pinchos de los tojos y las zarzas). Para evitar que nuestra osadía termine convirtiéndonos en ecce homos a pedales, lo mejor es que no abandonemos el asfalto que apenas tiene tráfico y, en su tranquilo discurrir, nos llevará a Leis, donde podremos acercarnos a admirar la bonita iglesia de San Pedro de Leis de Nemancos que conserva su factura románica pese a haber sido recientemente restaurada con elementos excesivamente modernos.

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A la altura de las últimas casas de este pueblo volveremos a encontrarnos con la ruta “oficial” que seguiremos, por asfalto, en dirección al mar. Dejamos a la derecha el acceso a la playa de Barreira y un poco más adelante abandonamos el asfalto para, a nuestra derecha, tomar la pista que desciende hacia el mar. No tardaremos en abandonar esa pista para bajar por un sendero junto a una horrible casa abandonada (en venta, por si a alguien le interesa) que nos permite acercarnos al faro de la playa de Lago –para llegar hasta él deberemos cruzar una pasarela que nos da acceso a las rocas sobre las que se ubica–. Mirando hacia el mar tenemos desde aquí una panorámica magnífica de toda la ría. A nuestra izquierda la playa de Lago, rodeada de pinares. Siguiendo la costa veremos ya nuestro próximo destino: Muxía, adentrándose en el mar. Al otro lado de la boca de la bahía podemos ver la ermita de la Virxe do Monte, por la que ya pasamos y, algo más allá, el caso urbano de Camariñas. Un buen lugar para tomarse un descanso disfrutando de la vista.

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Salvo que queramos tomar un baño en la playa de Lago, volvemos a ascender por el mismo sendero por donde bajamos hasta la pista, que tomamos ahora a la derecha y después, gracias a un pequeño sendero que surge a nuestra izquierda, regresamos al asfalto que, entre casas, alojamientos y restaurantes, bordea la playa. Siguiendo esta misma carretera podremos cruzar el río Lago, junto a su desembocadura y, siguiendo a la derecha, continuamos por la orilla del mar.

Unos metros más adelante una vez más la ruta oficial sale del asfalto hacia la derecha. Aunque la salida no parece muy halagüeña, el camino que se ve más allá, primero descendiendo hacia un valle y luego remontando junto a un camping, sí parece lo suficientemente amplio como para circular por él en bicicleta. En todo caso, a estas alturas de viaje ya estoy escarmentado y, como sé que no tardará el camino en regresar al asfalto, decido no arriesgarme y continuar por la carretera hasta Merexo.

Merexo es un pequeño pueblecillo en cuyas cercanías se encuentra una gran piscifactoría y que tiene oferta tanto de alojamiento como de restauración. Lo más reseñable de mi paso por la localidad es que me dio la sensación de que ésta se encontraba invadida por gatos (mirase donde mirase solo veía mininos por doquier). Curiosamente también vi varios carteles de “Atención perro peligroso”. Interesante paradoja.

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A la salida del pueblo el Camiño dos faros se une al Camino Jacobeo que une Santiago de Compostela con Muxía (podéis encontrar mi crónica con amplia información sobre esa ruta aquí) y con el que desde este punto hasta el final de ambos, en Fisterra, compartiremos muchos tramos.

Acompañamos a los peregrinos un par de kilómetros de tranquilo asfalto, viendo y sobre todo oyendo el mar a nuestra derecha tras los árboles, hasta la localidad de Os Muiños. Al llegar al casco urbano, las flechas amarillas de la ruta jacobea marcan un giro a la derecha y las seguimos pero inmediatamente después los peregrinos volverán a girar a la izquierda y nosotros los abandonamos para seguir de frente, en pronunciado descenso hasta encontrar una empinada escalinata de piedra –toca desmontar de nuevo– que baja hacia el río Negro.

Al pie de las escaleras un pequeño merendero y una fuente –Fonte da Tella– nos permiten refrescarnos y recuperar fuerzas en un espléndido paraje natural donde el río forma pequeñas cascadas rodeadas por las ruinas de algunos molinos. Prosigue el camino aguas abajo, por el umbroso valle donde es difícil que veamos ningún rayo de sol. Nos encontramos en la conocida como Ruta dos Muiños do Río Negro y, como su nombre indica, numerosas de estas construcciones nos acompañan en nuestro pedalear. El entorno es precioso y sin duda merece la pena haber bajado hasta las profundas oscuridades del río Negro, pero debemos extremar las precauciones pues gran parte del trayecto transcurre sobre pasarelas de madera que, con ayuda las hojas caídas de los árboles, el musgo y la eterna humedad, se han transformado en un firme deslizante que hace que prefiriésemos rodar sobre una pista de hielo: el más mínimo movimiento brusco de la dirección o leve toque del freno se traducirá sin duda en caída. El que esto escribe, pese a extremar la concentración hasta el punto de no fijarse en el bello entorno para tratar de poner los cinco sentidos en la conducción e intentar sacar fuera toda su pericia al manillar, no  pudo evitar dar con sus huesos en la dura tarima de madera. Podría ser peor pues, dada la ausencia de protecciones más allá de algunos tramos de barandilla, podríamos fácilmente tanto nosotros como nuestras monturas terminar tras la caída en las muy probablemente frescas aguas del río.

Por seguridad, lo mejor es poner pie a tierra y caminar por las resbaladizas tablas (sin descuidarnos, pues incluso andando corremos el riesgo de patinar) y disfrutar de la ruta. Si se nos hace larga tomaremos la rampa que sube a nuestra izquierda o las escaleras que hacen lo propio unos metros más adelante. Una vez puestos a salvo, y tras algunos metros ya por asfalto, tomamos un desvío de tierra que abandona el asfalto hacia la derecha y descenderemos hacia la playa de Os Muiños. Recorremos el camino de arena o la pasarela de madera (esta vez seca y segura por estar expuesta al sol) hasta llegar al otro lado del arenal y nos alejaremos de él, una vez más, por asfalto.

Al momento surge a nuestra derecha una carretera ascendente que habremos de tomar. Antes de hacerlo, sin embargo, recomiendo seguir recto para reencontrarnos unos metros más adelante con el Camino Xacobeo que tomaremos –dirección Muxía– para, tras cruzar la peligrosa carretera general, visitar la joya románica que responde al nombre de iglesia de San Xulián de Moraime, y que no es sino lo que queda que un importante monasterio construido en el siglo XII. La belleza de la decoración de sus dos puertas bien merece la visita. Completan el entorno la antigua casa rectoral, del siglo XVIII, ahora convertida en hotel y un bonito palomar.

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Finalizado el desvío –salvo que hayamos decidido llegar hasta Muxía por la ruta de los peregrinos– volvemos a las cercanías de la playa de Muiños donde habíamos abandonado nuestra propia ruta.

Ascendemos por asfalto durante poco más de un kilómetro y llegamos a las casas de Chorente, a cuya salida volvemos a encontrarnos con las flechas amarillas del Camino. De nuevo entre peregrinos emprendemos un rápido descenso por el pedregoso camino rodeado de bosque que nos dejará en la playa de Espiñeirido. Una de nuestras conocidas plataformas de madera –nos vendrá bien aquí tener un timbre para advertir a los peregrinos de nuestra presencia– será la encargada de llevarnos hasta la playa de A Cruz y de dejarnos al pie de la carretera, ya en la entrada al casco urbano de Muxía.

Muxía, que llevamos viendo ya desde hace tiempo en la lejanía, se encuentra construida en torno al monte Corpiño en una península que termina en la punta de A Barca. Para llegar hasta ella no tenemos más que seguir la carretera que va por la orilla de la ensenada y pasa por el puerto pesquero de la localidad. Después nos adentramos en el caserío del pueblo (que cuenta con todo tipo de servicios de restauración y alojamiento que podamos necesitar) y continuamos por el paseo que, dejando a la derecha un tradicional secadero de congrios y a la izquierda la original iglesia románica de Santa María (siglo XII, con el campanario sobre una roca y separado del cuerpo principal de la iglesia) desemboca directamente en el santuario dedicado a Nosa Señora da Barca.

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Cuenta la leyenda que andaba algo desanimado el apóstol Santiago cuando trataba de cristianizar a las gentes de este apartado lugar y, para darle apoyo, la mismísima virgen María se acercó a bordo de una barca hecha de piedra. No debía ser la Virgen buena navegante, pues aquí quedó su peculiar nave hecha pedazos: frente a la iglesia podemos ver el casco de la embarcación –pedra dos cadrís–, su vela –pedra de abalar–  y el timón –pedra do timón–. Para celebrar este cuanto menos curioso encuentro, se construyó en el lugar la iglesia que vemos, del siglo XVIII y estilo barroco (aunque hay constancia de otras construcciones anteriores en el mismo emplazamiento). Lo que podemos ver a día de hoy es una reconstrucción de lo que el fatídico día de navidad de 2013 ardió como consecuencia de un rayo caído durante un violento temporal y que se llevó consigo lo más destacable del edificio: el retablo mayor de 1717 obra de Miguel de Romay.

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Ya que hemos llegado hasta aquí merece la pena acercarnos hasta el cercano faro y caminar entre las míticas rocas que se adentran en el mar frente a la iglesia y que, al haber formado parte de la embarcación usada por la Virgen, tienen asociados poderes milagrosos de los que podremos beneficiarnos si seguimos el ritual adecuado. Por supuesto, tanto para llegar hasta el faro como hasta las rocas, necesitaremos el permiso del caprichoso océano que suele mostrarse bastante agresivo en esta punta (no son raros los temporales en los que las aguas llegan a rodear por completo el santuario). Si nuestra visita tiene lugar en septiembre quizás podamos ser testigos de la multitudinaria romería en honor a la Virxe da Barca.

Continuando ya nuestro camino ascendemos unos metros hasta una gran escultura donde nos daremos media vuelta para contemplar por última vez la iglesia, el pequeño faro y, al otro lado del mar, el impresionante Cabo Vilán desde donde tanto esfuerzo nos ha costado llegar hasta aquí. El monumento ante el que nos encontramos, una mole granítica rajada por la mitad, recibe el nombre de A Ferida y es obra de Alberto Bañuelos-Fournier. Se trata de un homenaje a los miles de voluntarios que llegaron hasta la Costa da Morte para tratar de limpiar la mierda que, en forma de chapapote y miserable avaricia humana, dejó el Prestige tras su naufragio en noviembre de 2002. ¡Nunca mais!

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Continuamos pedaleando por el casco urbano de Muxía, ahora por la otra orilla de la península y alcanzamos a ver otro secadero de congrios sobre las rocas que nos separan del mar, a nuestra derecha. Poco a poco vamos dejando atrás las casas y circulamos por una carretera llana paralela a la orilla donde continúan rompiendo las olas. Dejamos atrás el campo de fútbol local y, podemos ver ya, al otro lado de la ensenada de Lourido, las obras de lo que pretende convertirse en parador turístico de Muxía pero que por ahora no parece sino un grave atentado estético. Llegamos así al camino que, a la derecha, nos permite bajar desde la carretera hasta la playa de Lourido.

La idea es bajar a la playa por el camino asfaltado que baja por este lado y, después de bordear el arenal, volver a subir a la carretera. Aparentemente los caminos de descenso y el del posterior ascenso están en muy buen estado y, vista desde nuestra posición actual, la conexión entre ambos no aparenta mayor complicación. Sin embargo, dado que este último sendero nos obligaría a circular sobre la frágil duna que rodea la playa, no me parece muy recomendable rodar por él con nuestros agresivos neumáticos así que mi consejo en este punto es continuar por la carretera por la que estamos circulando –que, de hecho, coincide con el camino que deben recorrer los peregrinos que van de Muxía a Fisterra–. Ignorando todos los desvíos que ascienden a nuestra izquierda (por uno de ellos se separará de nosotros la ruta jacobea), describiremos una amplia curva alrededor del arenal de Lourido que nos llevará, en ascenso, al punto al que llegaríamos si subiésemos desde la playa.

Una vez recuperada nuestra ruta, continuamos la pertinaz subida hasta la aldea de Lourido, donde dejamos a la derecha el acceso al horrible parador de turismo –en  obras– que , por fin, perderemos de vista a partir de este punto.  Ya solo nos quedan unos metros más de subida para poder darnos un breve respiro en un tramo llano y coger fuerzas para enfrentarnos al último repecho duro.

En este punto la ruta oficial sale una vez más del asfalto hacia la derecha con la intención de subir hacia el monte Cachelmo. Sin embargo a estas alturas de viaje ya somos perros viejos y olemos el peligro a distancia. Sin duda las vistas desde la cima del monte deben ser espectaculares pero el camino por el que se accede a él no tiene ninguna pinta de ser ciclable y muy probablemente nuestras piernas y brazos aún muestren las cicatrices de recientes incursiones exploradoras entre los tojos y las zarzas por lo que recomiendo no abandonar el asfalto. En breve tendremos otra ocasión de disfrutar de las magníficas vistas.

Continuando por nuestra amiga la carretera (muy tranquila, por cierto) la pendiente se suaviza y comenzamos a llanear. Pronto vemos a nuestra derecha, muchos metros más abajo, la diminuta y escondida playa de Arnela que, según cuentan, tiene historia propia en el oscuro mundo del narcotráfico. Viendo la dureza de la pista que asciende desde ella, nos alegramos de no habernos aventurado a explorar el monte Cachelmo, ya que desde él habríamos llegado a esta pista y nos habría costado muchos sudores regresar a la carretera por la que estamos rodando tranquilamente.

Apenas unos metros más adelante de donde la mencionada pista alcanza la carretera debemos estar atentos ya que, a nuestra derecha, un escondido camino se abre paso entre la vegetación. Atajando por él llegamos, después de solo unos metros, a la ancha pista que parece adentrarse en el mar. Nos encontramos en punta Buitra.

Rodamos por la amplia y relativamente llana pista de tierra disfrutando del impresionante paisaje pero sin despistarnos en la conducción ya que el viento en esta zona no suele conformarse con ser una simple brisa y, al contrario, apunta maneras de huracán. A nuestra derecha domina el paisaje el monte Cachelmo y, a sus pies, la playa de Arnela y la furna da Buserana. Más allá, el caserío de Muxía hace de puente entre la tierra y el monte Corpiño. El santuario de la Virxe da Barca destaca al final de la pequeña península. Al otro lado de la entrada a la ría, el cabo Vilán continúa siendo imponente, incluso desde la distancia.

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Llegamos así al final de la pista, en el extremo de punta Buitra, desde donde las vistas son siguen siendo de impresión. Hacia el Oeste vemos todo lo que aún nos queda por recorrer hasta el cabo Touriñán y, para desesperación de nuestras piernas, comprobamos que no parece haber ni un metro llano. Tomamos las fotos de rigor, un tentempié -si fuera necesario y el viento lo permitiese- y damos media vuelta para regresar sobre nuestros pasos hasta el asfalto. Antes de llegar a él y a la altura del punto por donde llegamos antes a la pista de tierra desde el camino, tendremos oportunidad de demostrar que tenemos las dotes de observación necesarias para ser un buen cicloturista tratando de descubrir entre los incontables tojos las raras caramiñas que sobreviven aún en esta zona.

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Regresamos pues al asfalto y emprendemos el descenso. No tardamos en encontrar una pista a nuestra derecha que tomaremos en descenso durante solo unos pocos metros para girar después a la izquierda, ya en ascenso, y adentrarnos en el caserío de Cuño (en este caso, caserío significa un par de casas y un puñado de ruinas). Lo más significativo del lugar son los dos hórreos entre los que pasamos al entrar en la aldea. Si tenemos oportunidad de entablar conversación con alguno de los escasísimos lugareños podremos comprobar lo indescifrable que es el acento del gallego que se habla por estas tierras.

Después del breve rodeo regresamos a la carretera y avanzamos a duras penas por un falso llano en ascenso en el que parece que las ruedas se hayan quedado pegadas al asfalto. Lejos de amilanarse, la carretera se viene arriba (literalmente) y se enreda en una serie de curvas de gran pendiente que nos harán retorcernos encima de la bici. Cuando parece que por fin suaviza, nos desviaremos a la derecha para, atravesando la aldea de Martineto y después de unos metros muy duros, regresar una vez más al asfalto para continuar subiendo en una larga recta.

Cuando la subida toca a su fin, nuestra ruta se desvía de la carretera por una pista que sale a la derecha para continuar subiendo hasta la cima del monte Pedrouzo. Por desgracia (o más bien por suerte, si le preguntasemos a mis piernas), durante mi paso por este punto encontré –con cierto alivio, para que negarlo– varias excavadoras trabajando en los alrededores de la pista, por lo que no me fue posible explorarla. De haberla tomado, después de coronar el monte, regresaríamos un poco más adelante a la misma carretera por la que rodamos, por otra pista que también encontré en obras. Ignoro cuál es el motivo de estos trabajos (no parecían debidos al aprovechamiento maderero), por lo que no sé en qué estado se encontrará la pista en un futuro próximo.

Hayamos podido o no llegar al monte Pedrouzo, nuestra inseparable carretera nos llevará hasta la localidad de Viseo donde encontramos, en un cruce, una señal que indica ya nuestro próximo destino: Touriñán. En un principio obedeceremos dócilmente a tan sabio cartel y tomamos esa carretera pero, algo más adelante cuando ya hayamos perdido de vista el cruce, nos salimos del asfalto por un camino que sale a la derecha y transcurre al borde de un bosquecillo de pinos. Tras unos metros por él, algo más adelante lo cambiaremos por otro caminillo que desciende a nuestra izquierda hasta que de la nada aparece ante nosotros un cementerio y, en su centro, la iglesia de San Martiño de Touriñán, del siglo XIX, considerada la iglesia más occidental de la Europa continental (al menos es una de las más occidentales). Merece la pena detenernos unos minutos para ver el templo y explorar las ruinas de la antigua casa rectoral y otras dependencias parroquiales abandonadas que se encuentran en el lugar. Llama nuestra atención el pino que crece casi en lo más alto del campanario.

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En este punto hallamos también una nueva carreterita. Hacia arriba, a la izquierda mirando desde la iglesia, vemos un cruceiro cercano. A la derecha, la carretera desciende hacia la aldea de Moreira. Aunque la ruta oficial plantea llegar hasta Moreira y, desde allí, tomar el camino que baja hacia su playa, recorrer unos metros de sendero y volver a subir otra vez por un camino hacia la localidad de Touriñán (una táctica que ya empieza a resultarnos familiar, esta de bajar hasta la orilla del mar para inmediatamente volver a subir después de abrirnos paso entre los tojos), mi opción es bajar solo unos metros por el asfalto para tomar después a la izquierda otra carreterita que me lleva directamente a Touriñán. A la altura de esta localidad giro de nuevo a la derecha por un camino que en apenas unos metros me devuelve a la ruta «buena» que, girando a la izquierda, vuelvo a seguir en un rapidísimo tramo recto de camino sin asfaltar en descenso.

Al final de la recta, tras un brusco cambio de dirección, el camino por el que vamos cruza la carretera. Antes de continuar deberemos, sin embargo, tomar el asfalto hacia la derecha para internarnos en el cabo Touriñán. Un ligero descenso nos lleva hasta el istmo que une esta pequeña península con tierra firme. Ya en el cabo propiamente dicho, la carretera asciende ligeramente y se dirige hacia el faro. Una vez más la ruta oficial nos invita a rodear la península por los caminos que la bordean y que aparentemente no presentan mayor dificultad, pero no debemos subestimar el hecho de que nos encontramos rodeados por todas partes de océano y que en estas situaciones puede pasar que no seamos nosotros quienes tomemos las decisiones sino el viento. En mi caso, el fortísimo viento del noreste convertía en toda una odisea mantener la bici vertical sobre el asfalto, por lo que ni me planteé la posibilidad de explorar el resto del expuesto saliente rocoso. Con llegar hasta el faro y regresar vivo tuve más que suficiente.

En las proximidades del faro se encuentra el punto más occidental de la España peninsular (superando por poco a la zona de Fisterra) y nada más llegar al pequeño aparcamiento vemos un cartel que nos informa que durante varias semanas en torno al equinoccio de primavera este es el último punto de Europa (islas aparte) donde se pone el sol.

Respecto al faro, fue construido originalmente en 1898 reaprovechando el viejo faro del cabo Vilán. La moderna torre que vemos actualmente en las proximidades de la casa del farero fue levantada en el año 1981. Llevamos ya muchos kilómetros recorridos por la Costa da Morte y no hemos mencionado ningún naufragio desde que pasamos por el entorno del cabo Vilán, pero haberlos haylos. Sin ir más lejos, frente al lugar donde ahora nos encontramos no son pocos los barcos que se han ido a explorar el fondo del mar.

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Si las condiciones meteorológicas lo permiten, los bancos que hay en las proximidades del faro son un buen lugar para tomar el refrigerio más occidental de Galicia y de la España no canaria. Si se tiene tan mala suerte como la de quien esto escribe, sacaremos un par de fotografías rápidas y tomaremos cuanto antes las de Villadiego o, para ser más exactos, tomaremos las de Nemiña.

Después de luchar contra el viento para regresar por la misma carretera hasta el mismo camino por el que llegamos a ella, abandonamos de nuevo el asfalto –obviamente en sentido opuesto al que nos trajo hasta aquí– y ascendemos una corta pero pedregosa subida. Al poco nos desviamos a la derecha por un sendero que parece estrecharse preocupantemente hasta que, unos metros más adelante, se cruza con otro camino y parece desaparecer entre la vegetación de –una vez más– tojos y zarzas. Varias flechas verdes pintadas en las piedras nos indican sin lugar a dudas que el camino correcto es el mínimo sendero ante el que nos encontramos así que no nos queda otra que internarnos en él y cruzar los dedos…

Falsa alarma: en solo unos metros el camino vuelve a ensancharse y se transforma en un bonito camino que transita por el monte cubierto de matorral permitiéndonos ver en todo momento el océano a nuestra derecha. En algunos puntos el camino se estrecha, en otros recupera su anchura, en unos tramos sube, en otros baja, pero salvo que tengamos algún pinchazo inoportuno nos parecerá que acabamos de llegar a él cuando, después de una breve subida, regresemos al asfalto.

La carreterita que encontramos es tan bonita o más que el camino por el que veníamos: una suave sucesión de curvas que llanean por la ladera bordeando pequeños prados colgados sobre el acantilado. A nuestra derecha vemos algunas vacas que pacen a su aire, ignorando nuestra vulgar presencia. A la derecha dejamos también un pequeño mirador con bancos dirigidos hacia el océano, pero las vistas serían sin duda infinitamente mejores si el lumbreras de turno no hubiese decidido plantar un bosque de pinos delante.

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Llegando a una pronunciada curva a la izquierda donde la carretera emprende el descenso, dejamos el asfalto por la pista que aparece a nuestra derecha para bajar tranquilamente a través de un pinar hasta la aldea de Talón. Después de zigzaguear un poco por el casco urbano salimos de él para enlazar una serie de pequeños caminos que nos llevan directamente a uno de los extremos de la playa de Nemiña.

Tan directamente nos llevan que el último de los caminos nos deja directamente en la arena. Si queremos evitar vernos obligados a caminar por la playa, el secreto está en meternos directamente en el patio trasero de la casa que hay a nuestra izquierda y que no es otra cosa que un bar. Rodeando la casa por el patio llegaremos a la parte frontal donde encontraremos un pequeño aparcamiento y el camino (con plataforma de madera anexa) que nos permitirá rodear la playa.

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Aunque no suela ser lo habitual, la pista que transcurre paralela a la playa no es en absoluto llana y nos obligará a esforzarnos en alguna rampa de cierta dureza que se alivia gracias a las magníficas vistas de la playa, en la que es muy habitual ver sobre sus tablas a los amantes del surf cuyas furgonetas vemos aparcadas en cada espacio disponible junto a la pista por la que pedaleamos. Llegamos así al final de la playa para encontrar nuestro avance interrumpido por la ría de Lires.

No nos queda otra que rodearla, para lo que empleamos la carretera asfaltada -y muy bacheada- en la que se ha transformado la pista de tierra. La enorme y extraña construcción que vemos a nuestra derecha no es sino una piscifactoría truchera que se alimenta, a través de un canal, de las aguas del río Castro. Después de apenas un kilómetro en suave ascenso por asfalto, descendemos por el camino que se adentra en el bosque de nuestra derecha. Por una vez nos sorprende gratamente que la vegetación sea la que debería ser y no una repoblación mal hecha. Por desgracia no podremos acostumbrarnos a esta bonita sensación.

Tras un rato por este tranquilo camino que, según cuentan, suele encontrarse habitualmente en buena parte encharcado (la sequía que encontré no me permitió verificar este punto) nos toparemos, en un cruce de caminos, con un gran pedrusco que nos resulta familiar por la gran flecha amarilla grabada en él: volvemos a coincidir con nuestros viejos conocidos los peregrinos. Siguiendo las flechas en dirección a Fisterra (es decir, las marcadas con una F) llegamos a una gran casa que, por si misma, conforma la aldea de Vaosilveiro. Unos metros más adelante nos topamos con un puente muy moderno que nos permite cruzar el río Castro. En este punto recomiendo desmontar y disfrutar unos minutos del precioso entorno. Si nos asomamos sobre las alzas del puente por el lado derecho (aguas abajo) podremos ver las grandes piedras que hasta hace muy poco constituían la única posibilidad de cruzar el río por este punto. ¡Gracias, Señor, por crear a los ingenieros que, a su vez, crearon este milagroso puente!

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Ascendiendo la ladera al otro lado del río llegamos, casi de inmediato, a las casas de Lires. Nada más llegar encontramos a nuestra izquierda una pintoresca bomba de mano que ha conocido tiempos mejores (yo mismo he bebido de sus aguas con regusto metálico, pero hoy en día parece seca). Además, al estar situada en plena ruta jacobea, la localidad de Lires dispone de diversos establecimientos donde pernoctar, alimentarnos o, simplemente, refrescarnos un poco y que no nos vendrán nada mal para reponer fuerzas antes de enfrentarnos a los últimos kilómetros que nos separan de nuestro destino final: el cabo de Fisterra.

Atravesamos el casco urbano en descenso hasta llegar a la pequeña iglesia barroca dedicada a San Esteban (santo a quien debe su nombre todo el pueblo, cuyo nombre completo es Santo Estevo de Lires). En el parque que hay frente a ella podemos recargas de agua nuestros bidones antes de continuar nuestro camino, ya separados de los peregrinos a quienes dejamos -temporalmente- en este punto.

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Nosotros vamos a cruzar el puente que tenemos frente a nosotros en dirección al camposanto que, al doblar hacia la derecha la carretera por la que vamos, dejamos a la izquierda. La carreterita sigue por la orilla de la ría y pedaleamos tranquilamente observando a los pescadores que tiran la caña casi desde la misma carretera. Al otro lado del agua, las inteligentes gaviotas se agrupan junto al desagüe del centro de acuicultura, ávidas de cualquier cosa que llevarse al gaznate. Más adelante vemos, por el aparente cambio de color del agua, que la composición del fondo ha cambiado del lodo que veíamos antes a la inmaculada arena blanca. Al otro lado de la ría vemos ya uno de los extremos de la playa de Nemiña sobre la cual reconocemos la pista por la que no hace mucho que pasamos.

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Tras un duro pero corto repecho, dejamos un bar a la izquierda y vemos que nuestra carretera finaliza en el aparcamiento de la pequeña playa que tenemos a la derecha. De todos los caminos que parten de aquí elegimos, para mantener nuestra costumbre, el que tiene la pendiente más pronunciada (el de más a la izquierda) que, tras el breve ascenso, continua picando para arriba ya de forma más moderada abriéndose paso por entre los tojos a mitad de camino entre el mar y el bosque. En un cruce donde vemos un panel informativo sobre la zona giramos a la izquierda alejándonos del mar, en dirección al pinar. Da comienzo aquí un duro tramo en el que, al duro ascenso, se suma el accidentado firme por el que rodamos, salpicado de irregulares piedras, traicioneras raíces y resbaladiza pinaza, que hará que tengamos que echar pie a tierra más de una vez.

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Poco a poco vemos que el bosque, todo pinar en su primer tramo, va dejando paso de vez en cuando a algún roble y cada vez más eucaliptos. El camino se suaviza a medida que van apareciendo algunos maizales junto a él. Llama la atención la sintonía entre agricultura y pesca que se intuye en los cierres de algunas fincas, donde se han reutilizado redes de pesca desechadas.

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Seguimos pedaleando tierra adentro hasta que un brusco descenso nos lleva a un camino trasversal que no es sino la ruta jacobea, como deducimos fácilmente de la multitud de peregrinos que vemos circulando en ambas direcciones y por las incontables flechas que indican cómo llegar a Fisterra (hacia nuestra derecha) y a Muxía (a nuestra izquierda).

Salvo que hayamos perdido algo en Lires cuando pasamos por allí, continuamos en dirección a Fisterra girando aquí a la derecha. Llaneamos en compañía de los peregrinos durante un buen trecho hasta que tras una larga recta vemos al fondo las casas de una pequeña aldea (Padris). Poco antes de llegar a ella tomamos la pista que surge perpendicularmente a nuestra derecha y abandonamos así una vez más la ruta jacobea.

No tardamos mucho en llegar a una nueva pista perpendicular que tomamos a la derecha y que parece querer confundirnos, ya que estamos retrocediendo pero una curva en ángulo recto devuelve nuestro camino a la dirección correcta y comienza el descenso hacia un mar que ya vemos aparecer a final de la recta. Al llegar allí, vemos que el camino prosigue su descenso (cada vez más pronunciado) hacia la derecha mientras que al lado contrario vemos ya la gran playa de O Rostro, de la que hablaré más adelante. Por ahora podemos aparcar temporalmente las bicicletas donde nos parezca que el camino se complica demasiado para nosotros pues estamos, como dirían los franceses, en un cul-de-sac, es decir, que este camino no tiene salida (al menos para los ciclistas) y tendremos que recorrerlo de nuevo en dirección contraria ¡y ascendente!

Ya libres de nuestras monturas completamos el descenso hasta que vemos ante nosotros una pequeña cala rocosa rodeada por todos lados de acantilados y con un pequeño islote de color rojizo emergiendo de las aguas turquesas en su centro. Estamos en la zona conocida como Mexadoira y, aunque ya nos parece bonita vista desde arriba, si nos acercamos descubriremos que guarda aún un secreto más: un pequeño riachuelo ha elegido precisamente este bello lugar para despeñarse desde el acantilado formando una pequeña cascada que se desploma sobre las erosionadas rocas de la orilla. Si no hay ningún dominguero egoísta estropeando el paisaje exhibiendo su cuerpo-escombro sobre las rocas y el tráfico de senderistas no es excesivo -por el estrecho sendero que vemos sobre el acantilado pasa el Camiño dos Faros a pie-, estamos en un lugar único para descansar y relajarnos escuchando el sonido de la cascada entremezclado con el del mar (eso sí, seamos discretos y pongámonos en un lugar donde no estropeemos las fotos de quienes, como nosotros, quieran llevarse un recuerdo de tanta belleza). No está de más recordar, para los más intrépidos que quieran bajar a refrescarse con las frescas aguas de la cascada, que es necesario extremar las precauciones al hacerlo pues no solo las húmedas rocas son extremadamente resbaladizas, sino que el mar puede ser también un peligro en caso de no estar en calma.

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Continuamos nuestra ruta regresando por donde hemos venido. Las vistas panorámicas que desde la mitad de la subida se tienen sobre el enorme arenal de la playa de O Rostro nos sirven de disculpa para tomarnos un respiro de unos minutos. Después continuamos subiendo y, habiendo dejado a un lado el camino por el que los senderistas bajan a la playa, nosotros tomamos la pista que sale a nuestra derecha algo más adelante, que desciende hasta desembocar en el asfalto. Estamos en un cruce donde podríamos subir (a la izquierda, lo que nos devolvería a Padris y a la ruta jacobea), bajar (a la derecha, lo que nos llevaría a un pequeño aparcamiento atestado de furgoneteros, surferos y otros perroflautas y, más allá, a la playa) o llanear (de frente, aunque en realidad es una sucesión de duras subidas y bajadas). Elegimos esta última opción.

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Que la playa de O Rostro es larga lo atestigua la carretera por la que rodamos ahora y que nos permite rodearla: algo más de dos kilómetros de continuos toboganes con tramos donde nos vamos a tener que retorcer sobre los pedales si no queremos que la bici se quede clavada en el sitio y con más tráfico del que su aspecto y localización podrían hacer prever. Aprovechando los claros en los pinares que dejamos a nuestra derecha y los huecos entre ellos vemos no muy lejos el interminable arenal que nos separa del océano.

Cuando parece que estamos dejando ya la playa atrás, una pista de tierra -arena, más bien- aparece a nuestra derecha y la tomamos para volver a acercarnos al mar. Describiendo una pronunciada curva la pista desemboca en una explanada que hace las veces de aparcamiento para la playa, donde vemos aparcadas las furgonetas de los surferos que aprovechan las habituales olas del lugar. A nuestra izquierda, a pocos metros de donde nace el sendero que desciende a la playa, surge también un camino más ancho que nos permite ascender por la ladera dejando a la derecha unas privilegiadas vistas de O Rostro… vistas que podremos disfrutar incluso más de lo que nos gustaría, pues los continuos bancos de arena que conforman el firme del camino nos obligan a hacer buena parte del ascenso a pie.

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Una vez arriba debemos desviarnos a la izquierda pero, antes, no debemos dejar de acercarnos hasta la pequeña explanada donde acaba el camino por el que hemos subido pues desde ella tenemos una magnífica panorámica del acantilado que ahora vamos a bordear.

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Ahora que ya nos hemos puesto en situación viendo los acantilados, tomamos el camino que recorre su borde superior donde la tierra es aceptablemente compacta y nos permite circular pedaleando (lo que no descarta que no debamos despistarnos, pues los bancos de arena siguen ahí y reaparecerán de cuando en cuando, y siempre cuando menos lo esperemos). Dado que los acantilados están ocultos ahora de nuestra vista, nos deleitamos mirando en dirección contraria -a la izquierda- para vez una preciosas vistas que resumen perfectamente lo que es Galicia: grandes bosques que cubren las laderas de las numerosas colinas -con las inevitables manchas marrones de los característicos incendios estivales- salpicadas por algunas tierras de cultivo donde crece el maíz, casas dispersas por todas partes entre las que destaca algún laborioso aserradero, pequeñas carreteras que serpentean por el paisaje desapareciendo a tramos bajo el arbolado…

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Tomamos un desvío a la derecha que nos permite continuar pegados al cantil y, después de un abrupto descenso (¡cuidado con la arena!), proseguimos el ascenso en dirección a lo que desde nuestra posición parece una península rocosa cubierta de matojos y separada de nosotros por el cauce de un riachuelo seco que baja hacia el mar. Si miramos hacia atrás, vemos los últimos kilómetros de costa que hemos recorrido desde el faro de Touriñán. Si miramos hacia abajo no es raro que descubramos entre las rocas a alguna pareja de percebeiros ganándose el sustento a merced de las olas. Si miramos al frente (lo que recomiendo si no queremos dar con nuestros huesos en el suelo) vemos como el camino asciende, vira hacia el interior y, superado un corto tramo con el firme de sólida roca, se separa del sendero por el que seguirán los que recorren la ruta a pie y se aleja temporalmente del mar.

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Atravesamos ahora un pequeño pinar con aspecto de haber sido pasto de un incendio en un pasado no muy lejano y salimos al otro lado directamente al casco urbano de una pequeña aldea llamada Castromiñán (aunque hacemos nuestra entrada al mismo por una zona totalmente ruinosa y abandonada, a pocos metros de aquí hay un restaurante en el que reponer fuerzas de necesitarlo). Cruzamos la aldea dejando el grueso del caserío a nuestra izquierda y salimos por una estrecha carreterilla flanqueada por casas y hórreos que, muy al estilo gallego, alargan el casco más allá de sus límites. A nuestra izquierda, delante de un bonito paisaje, dejamos también un lavadero. Burros, cabras y vacas nos ven pasar con indiferencia. Los cuervos nos miran desde los cables con algo más de curiosidad.

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Giramos a la derecha para atravesar otra aldea por una serpenteante calle de cemento (cuidado aquí pues, o yo tengo muy mala suerte o la estrecha calle tiene un tráfico sorprendente). Al otro lado continuamos por asfalto hasta la siguiente aldea, justo antes de cuyas primeras casas vemos a la derecha un camino que, además de estar marcado con la flecha verde del Camino de los Faros (aquí es solo para quienes vayan a pie, así que no nos afecta por ahora), permite acceder a la pequeña playa que vemos algo más abajo y que recibe un nombre bastante común para las playas de esta zona: Arnela. Un cartel que también nos empieza a resultar familiar nos advierte del peligro para los bañistas que tiene nadar en esta zona. Nosotros seguimos unos metros más por el asfalto, aprovechando para fijarnos en que estamos ya entrando en la península que forma el cabo de Fisterra, como nos demuestra el hecho de que vemos ya mar a los dos lados de la carretera: a nuestra derecha, el océano abierto que abarca hasta el horizonte más allá de la playa de Arnela; a nuestra izquierda, la ría de Cee-Corcubión, más allá de cuyas aguas vemos levantarse la majestuosa mole granítica del monte Pindo.

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Dejamos atrás un primer grupo de casas y, de seguir por la carretera (pues hemos de abandonarla), hallaríamos el resto del núcleo urbano. Estamos en Vilar de Duio, un nombre con reminiscencias antiguas y mitológicas que nos remiten al Dugium romano que tanto protagonismo tiene en la tradición jacobea. Aunque las leyendas son numerosas y variadas, la más conocida es que a dicha ciudad fue adonde tuvieron que llegar los discípulos del Apóstol, siguiendo instrucciones de la reina Lupa, para solicitar al gobernador romano permiso para enterrar el cuerpo de su maestro; víctimas de una trampa hubieron de huir hasta que la destrucción de un puente por el que acababan de cruzar (probablemente sobre el río Tambre a la altura de Negreira) les libró de sus perseguidores. Otras leyendas hablan de una gran ciudad desaparecida bajo las aguas, lo que nos llevaría a olvidarnos del antiguo castro celta de Duio (habitado por los nerios) para situar la ciudad más abajo en el valle, sobre un lago o en la misma playa de Langosteira.

Abandonamos el asfalto por la callejuela que sale a nuestra derecha y discurre en sus primeros metros entre una destartalada construcción que antaño parece haber sido vivienda y un murete de piedra sobre el que crecen, entre otra vegetación, un par de higueras (los higos aún no estaban maduros a mi paso por allí). Superado un primer cruce en el que seguimos de frente, el camino continúa ascendiendo y se adentra en un pinar. Al poco, tomamos a la derecha un camino algo más estrecho que parece ser ascendente pero que no tarda en ponerse horizontal para llevarnos, llaneando, en dirección al mar.

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Cuando estamos a punto de salir del bosque (solo nos queda por delante un pequeño grupo de pinos que se apiñan -valga la redundancia- en torno a un montículo con aspecto de túmulo) nuestra ruta gira bruscamente a la izquierda y parece ir hacia atrás mientras asciende con convicción entre los pinos. Aún es ascenso, el camino vuelve a sacarnos del pinar para pasar a conducirnos por el límite de éste: a nuestra izquierda tenemos el tupido bosque, a nuestra derecha, unos metros de matorral bajo que nos separan del gran desnivel que cae hacia el mar. Circulamos por una especie de pistas que parecen haber sido abiertas en la vegetación a golpe de guadaña y, cuando parece que el ascenso toca a su fin, descubrimos ante nosotros el culpable de nuestros desvelos: un monte que acaba bruscamente en el océano y en cuya cima vemos un nutrido grupo de antenas. Nos dirigimos al Cabo da Nave y, para dolor de nuestras sufridas piernas, vemos que la subida ni siquiera ha comenzado aún.

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Aprovechamos pues para descansar el breve descenso que tenemos ante nosotros y donde solo necesitaremos ejercitar nuestros dedos para accionar el freno (motivados porque la inclinada rampa parece llevarnos directamente al mar). Un giro en ángulo recto a la izquierda nos lleva a un corto tramo de llaneo que apenas nos sirve de preparación para la subida que es, desde su mismo inicio, muy dura.

La pista que asciende a la cumbre del Cabo da Nave no es sino una larga recta con una inclinación más que pronunciada y que compartimos con los senderistas que siguen el Camiño dos Faros (también utilizado por peregrinos que caminan entre Muxía y Fisterra) y los que siguen la Ruta do Mar de Fora, un sendero P.R. cuya señalización llevamos tiempo viendo. Esto no es ninguna competición y nosotros no somos más que humildes cicloturistas maltratados por la dureza del camino, por lo que la presencia de este abundante público de senderistas no debe ser motivo de vergüenza si nos vemos obligados a desmontar y empujar las bicis para terminar el ascenso a pie, como hizo el que esto escribe sin ningún tipo de remilgos. Además, eso nos permite deternernos de vez en cuando para admirar la impresionante panorámica que estamos dejando atrás  y que abarca desde el lejano faro de Touriñán hasta el Cabo da Nave que estamos a punto de alcanzar.

Una vez en la cima y después de disfrutar de un merecido descanso disfrutando de las vistas y de algún refrigerio que hayamos rescatado de nuestras alforjas (si el viento lo permite), rodeamos las antenas siguiendo el camino hasta que este desemboca en el asfalto de la carretera que sirve de acceso para los coches que suben a las antenas. El panorama que tenemos ante nosotros es igual de impresionante que el que veíamos desde el otro lado de las antenas pero, al mismo tiempo, radicalmente distinto. Lo que vemos ahora es ya el final de nuestra ruta: la península que conforma el cabo Fisterra (A Insua) que no es sino un monte (O Facho) separado de tierra firme por un istmo compuesto de una playa (Mar de Fora) y un pueblo (Fisterra). Del mar, a cierta distancia de la costa junto al extremo del cabo, vemos surgir un islote rocoso (O Centolo).

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Bajamos por el asfalto hasta que, justo donde la carretera dobla hacia la izquierda al final de una recta descendente, lo abandonamos hacia la derecha para tomar del segundo de los dos caminos que aparecen a ese lado. A apenas unos metros, este camino se subdivide en dos y tomamos la opción de la derecha para atravesar un nuevo pinar que no tardaremos en dejar a nuestra izquierda, teniendo a la derecha, una vez más, la caída hacia el mar. Debemos estar atentos pues en mi caso, sin saber cómo, me salté un desvío del track y, siguiendo las flechas verdes de los senderistas, terminé en un estrecho sendero colgado en la ladera y salpicado por muchas rocas dejando poco margen para el error lo que, por miedo a una peligrosa caída, me hizo tener que caminar unos metros hasta que algo más adelante ambos caminos (BTT y senderistas) volvieron a unirse. La inmensidad del océano a nuestra derecha no debe tampoco hacernos olvidar que las vistas de la ría de Cee y el monte Pindo que tenemos a la izquierda también merecen mucho la pena.

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Nuestro camino se separa del de los caminantes una vez más para emprender el descenso por separado. Sin embargo, poco más adelante, coincidiendo con el cruce con otro camino, nuestra ruta desaparece entre la vegetación. Ante la duda, lo mejor es que nos unamos a los senderistas y bajemos -con mucha precaución- por el cortafuegos casi vertical que lleva directamente a la playa que vemos abajo. A media ladera vemos salir un camino a nuestra izquierda que será el que tomemos para separarnos de nuevo de los caminantes y reunirnos con nuestro track perdido. Una vez en el buen camino llaneamos a media ladera hasta llegar a un punto donde tres o cuatro caminos confluyen. Tomamos a la derecha la única opción descendente que nos lleva, después de rodear una planta depuradora, de vuelta a la civilización.

Dejamos atrás un par de casas y llegamos a un nuevo núcleo urbano (parte ya de Fisterra) en el que dejamos a la izquierda el edificio de un centro educativo. Por ahora solo vamos a rozar el pueblo, pues enseguida nos desviamos a la derecha por una calle asfaltada que dejamos después -de nuevo a la derecha- para tomar el camino que va hacia el mar y que, según el cartel que vemos en este punto, nos llevará a la playa de Mar de Fora.

El camino no tarda en transformarse en larga pasarela de madera que impide que pisemos las frágiles dunas (diversos carteles nos advierten de ello y de que está prohibido circular sobre la duna, lo cual no impide que veamos en la arena las huellas de vehículos todoterreno). Ya cerca de la playa, la pasarela por la que vamos se divide en dos: la de la derecha baja hacia al mar mientras la de la izquierda continúa sobre la duna bordeando la playa. Salvo que queramos descansar un rato en la arena (lo del baño no lo recomiendo pues, además de los carteles que por doquier indican la peligrosidad de la playa, cualquier revisión de la hemeroteca nos hace darnos cuenta de que el número de peregrinos despistados que se dan el último baño de sus vidas en estas aguas no es precisamente pequeño) tomamos la opción de la izquierda y continuamos pedaleando sobre el entablado hacia el sur. De querer descansar, podemos hacerlo también en el par de miradores-merendero que se abren junto a la pasarela.

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Al final de la playa, la pasarela zigzaguea y sube aferrándose al terraplén. No debemos esforzarnos de más sino reservar fuerzas para lo que ha de venir y aprovechar ahora para disfrutar de las vistas de la playa que dejamos atrás y, al fondo, el impresionante Cabo da Nave del que venimos

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La madera deja paso al adoquinado en el camino ascendente antes de bifurcarse en un punto en el que elegimos la opción de la derecha. La vegetación es profusa pero el frecuente mantenimiento (como el que llevaba a cabo una cuadrilla mientras pasé por allí) mantiene el paso franco. Si estamos en temporada, podemos reponer fuerzas picoteando las moras que crecen en las abundantes zarzas que bordean el camino hasta que entramos de nuevo en una zona urbana (uno de los barrios de Fisterra) donde lo primero que nos topamos es un taller de artesanía en cuero.

Tras un giro a la derecha junto a una mesa rodeada de bancos que nos tienta a hacer una parada vemos una pequeña tienda -junto a un par de hórreos- en cuya fachada destaca el retrato, pintado, de nuestro amigo Traski, mascota de Os Trasnos. Si necesitamos comprar algo esta es nuestra última oportunidad antes del fin de la ruta, pues en pocos metros el callejón por el que vamos subiendo deja atrás las últimas casas y se convierte en un angosto paso cortado a modo de cañón en el duro terreno. Es más que posible que necesitemos desmontar en este tramo pues la escarpada ascensión, unida a las irregulares y grandes piedras que sirven de firme, convierten este sendero en una auténtica trialera.

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Superados los primeros metros, se reduce la pendiente y mejora el firme a la vez que los cortados verticales en la roca entre los que circulábamos se convierten en muros de contención de piedra cubierta de vegetación y, algo más adelante, el camino prosigue su progresivo ensanchamiento para transformarse en un tranquilo corredor cubierto de árboles. Finalmente el camino se abre a la vez que sale del bosque (lo que nos permite recuperar las bellas vistas de Mar de Fora y Cabo da Nave) y llega a una bifurcación, donde no podemos dejar de alegrarnos de tener que tomar el camino más o menos plano de la derecha en vez de la empinada alternativa de la izquierda. A la derecha solo vemos mar y, si seguimos la linea de costa hacia adelante, vemos ya la gran roca que emerge del mar y que es conocida como O Centolo de Fisterra (si el mar está en calma puede parecer poca cosa, pero en días de temporal impresiona).

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Pero nuestra suerte no podía durar para siempre: un nuevo cruce se muestra menos compasivo con nosotros que el anterior y esta vez debemos tomar la opción de la izquierda (ascendente) en vez del camino de la derecha (aparentemente plano). Pero nuestros males no han hecho más que empezar pues, después de unos primeros metros ascendentes pero asequibles, la pendiente del camino que bordea un pinar roza la verticalidad y se pone casi imposible. Después de tantos kilómetros de ruta, nadie va a juzgarnos por ir justos de fuerzas y no tener ánimo para bravuconadas, por lo que podemos poner pie a tierra sin miedo al qué dirán. Aproximadamente a media subida hay unos metros de descansillo donde detenernos a recuperar el resuello. En medio de tan magnífico entorno, solo llega a nuestros oídos el sonido agitado de nuestra propia respiración, el canto de algunos pájaros desde el cercano pinar y, a lo lejos, el eterno rumor del mar y del motor de algún barco pesquero que regresa a puerto rodeando el cabo.

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Un último esfuerzo nos permite superar un nuevo tramo de especial dureza y nos lleva junto a unas rocas desde donde tenemos unas privilegiadas vistas del cercano Cabo de Fisterra y de su famoso faro. Podemos disfrutar de ellas el tiempo que queramos pues nos las hemos ganado: casi podemos decir que hemos terminado nuestra ruta pues a partir de ahora lo único que nos queda por hacer es vigilar el freno y tomar correctamente las curvas del camino descendente que nos llevará al faro. Además, gracias a la necesidad de mantenimiento de las antenas que vemos sobre nosotros, el firme está asfaltado a partir de este punto, lo que simplifica nuestro trabajo pero tiene como contrapartida que los turistas que visitan el faro se aventuren hasta aquí sin bajarse del coche y sin respetar mucho a los no motorizados, así que ¡cuidado! (sería una pena tener un accidente tonto tan cerca de la meta).

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Nada más comenzar la bajada, en una curva, dejamos a la izquierda un camino donde un cartel con forma de flecha reza «San Guillerme». De seguir las indicaciones llegaríamos no al propio santo, sino a las ruinas de una ermita a él dedicada construida  en el medievo aprovechando en parte una oquedad natural de un afloramiento granítico donde ya antiguamente se rendía culto al Sol. La ermita fue destruida definitivamente en el siglo XVII, pero aún se conserva la parte baja de los muros, la base del altar y, lo más destacable, una tumba antropomorfa que los locales identifican con el sepulcro del santo y al que atribuyen curiosos poderes asociados a ritos de fertilidad.

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Pero la ermita de San Guillermo está fuera de nuestra ruta que hemos abandonado a pocos metros de su final por lo que, volviendo a ella, continuamos por la pista asfaltada que desciende dejando en cada curva impresionantes vistas cenitales del faro. Ya abajo, poco después de atravesar un concurrido estacionamiento de autocaravanas, nos incorporamos hacia la derecha a la carretera que une el pueblo de Fisterra con el faro y damos las últimas pedaladas de nuestra ruta mientras atravesamos la zona de aparcamiento hasta llegar a una zona comercial (las típicas tiendecillas de recuerdos para turistas junto a una plaza-aparcamiento que fue recientemente bautizada en honor al físico Stephen Hawking) desde donde solo nos queda dejarnos caer por el paseo que nos separa de un restaurante y un poco más allá, del faro de Fisterra.

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Ahora sí, hemos llegado al final de nuestro viaje. Por supuesto, no debemos dejar -después de desmontar- de caminar hacia la parte del cabo que se abre en la parte trasera del faro desde donde, junto a los peregrinos jacobeos que han llegado también al final de su ruta, admirar el majestuoso paisaje que abarca toda la ría de Cee-Corcubión al otro lado del cual destaca el olimpo celta (O Pindo) y, sobre todo, asombrarnos con la inmensidad del océano Atlántico que nos rodea.

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Y es que, amigos, después de más de doscientos kilómetros de agreste costa, de continuas y pronunciadas subidas y bajadas, de recorrer carreteras, pistas, caminos y senderos de todo tipo y condición, de luchar contra los elementos y, en ocasiones, incluso contra nuestro propio GPS, hemos logrado lo que muchos navíos no consiguieron: hemos sobrevivido a la Costa de la Muerte y hemos alcanzado el fin de la tierra conocida. Más allá de este punto sólo podemos decir que hic sunt dracones. A partir de aquí hay monstruos.

Hierro y salmones: Ruta del ferrocarril (Vía verde del Eo)

Provincias: Lugo y Asturias

Distancia: 13 km aprox. (25 km i/v)

Mapa:

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Track: Descargar ViaVerdeEo.gpx

Descripción:

Tanto el aprovechamiento del hierro como el desarrollo del ferrocarril constituyeron dos de los pilares clave en los que se asentó la revolución industrial. De sobra es sabido que el descubrimiento en 1879 del proceso de desfosforización del hierro fue vital para la industrialización de Francia, que pudo así aprovechar los yacimientos de la región de Lorena, pero este mismo proceso tuvo también gran impacto en un pequeño rincón lucense limítrofe con tierras asturianas: Vilaoudriz (en la actualidad A Pontenova), donde en pleno cambio de siglo un promotor minero vasco comienza a explotar varios pozos para extraer este mineral.

El siguiente paso es el esperado y viene casi de forma inmediata: en 1902 comienza a construirse una vía férrea, de un metro de ancho, que permita transportar el mineral extraído hasta el puerto de Ribadeo, 34 kilómetros al norte de la explotación. Parece ser que en aquellos tiempos las obras avanzaban a buen ritmo, porque los primeros trenes cargados del preciado metal comienzan a circular ya en la primavera de 1903. Posteriormente, desde 1905, el tren comenzará a transportar también pasajeros, convirtiéndose en una importante arteria de comunicación a lo largo del valle del río Eo.

Tras sufrir numerosas vicisitudes durante las dos guerras mundiales y la guerra civil española, la explotación cerró definitivamente sus puertas en la década de los años cincuenta. El tren aún aguantó en servicio durante algunos años más pero finalmente, en 1964, las últimas locomotoras pararon sus motores, las instalaciones fueron desmanteladas y solo algunos túneles semiderrumbados y algunos otros escasos restos quedaron para recordar el glorioso pasado.

Aunque está previsto que algún día todo este trayecto se convierta en una Vía Verde que una A Pontenova con Ribadeo, ya es posible recorrer los aproximadamente doce  kilómetros iniciales de este antiguo trazado, entre A Pontenova y San Tirso de Abrés, ya en Asturias. Si alguna ventaja tiene la corta longitud del trazado es que no será necesario disponer de ninguna infraestructura de transporte para poder realizar la ruta, ya que podremos hacerla en los dos sentidos y regresar fácilmente al punto de partida, disfrutando dos veces del recorrido y sin demasiado esfuerzo ya que, salvo los dos o tres puntos en los que merecerá la pena bajar hasta la orilla del río, la ruta es prácticamente plana (al ir paralela al río hay, obviamente, un ligero desnivel descendente hacia el norte, es decir, hacia tierras asturianas). En caso de querer hacerla en un solo sentido necesitaremos disponer de un chófer que nos recoja en el extremo opuesto. La carretera nacional que va paralela a la ruta y al río simplifica la operación, aunque añade al recorrido un extra de ruido bastante molesto.

Acompañando a las aguas del río Eo y en el sentido en que era transportado el hierro, comencemos pues nuestra ruta en tierras gallegas, en el centro de A Pontenova, junto a los grandes hornos de calcinación que permitían eliminar las impurezas fosfóricas del hierro. En la misma plaza donde estos se encuentran –decorada también con vagonetas mineras- hay una fuente donde podemos recargar de agua nuestros bidones y, al lado contrario de la plaza, ver la antigua estación, reconvertida en oficina de turismo. Comenzamos desde aquí a pedalear en dirección norte siguiendo la carretera de Taramundi y, a la altura del cuartel de la Guardia Civil, nos desviamos a la izquierda para seguir la antigua vía cuyo actual trazado se encuentra asfaltado y abierto al tráfico (aunque no es frecuente encontrarse con muchos coches).

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Dejamos a la izquierda unas instalaciones deportivas  (con piscina, pistas de tenis, área recreativa, etc.) y a la derecha un pequeño merendero de piedra tras el cual se esconden  unas ruinas que nos permiten apreciar la estructura de un horno de calcinación, con sus características cuatro puertas que facilitaban la extracción del mineral. Algo más adelante, otras zonas de mesas y barbacoas nos invitan a descansar, aunque apenas si hemos comenzado a pedalear aún.

Continuamos por asfalto a la orilla del río, aunque a mayor altura que éste, ignorando los desvíos que al lado contrario nos llevan a diferentes aldeas (Veiga de Pada, Ervelle, Saldoiriña…) o el que desciende hacia el río y, cruzándolo, llega a la nacional. A la derecha, medio oculta por la vegetación vemos una pequeña construcción de piedra de las que abundaban en el recorrido y que permitían guardar el carbón para abastecer a las locomotoras o a los viajeros del tren dejar sus enseres (como sus bicicletas) hasta su regreso. También a la derecha encontraremos algo más adelante los restos del antiguo apeadero de Cairo. Cruzamos aquí una carretera que asciende por la ladera y, cuando llevamos ya seis kilómetros de ruta -la mitad aproximadamente-, abandonamos Galicia al mismo tiempo que el asfalto.

El tramo asturiano de esta Vía Verde está sin asfaltar y, aunque más incómoda para el pedaleo, gana en autenticidad. Nada más adentrarnos en el camino vemos un cartel que indica a los que hacen la ruta en el sentido opuesto que el trayecto acaba aquí y pueden darse la vuelta o bien continuar por asfalto hasta A Pontenova. No termino de ver el motivo de este cartel (salvo el meramente político de rencillas interautonómicas) ya que, a pesar de tratarse de una pequeña carretera, el tramo gallego de la ruta poco tiene que envidiar en belleza e interés al asturiano.

La principal diferencia es, como ya he dicho, la autenticidad, ya que en Asturias el firme pasa a ser un camino de tierra tan “botoso” que en ocasiones nos dará la sensación de ir pedaleando por las traviesas de la vía de tren (sensación incrementada por la presencia en varios puntos de los guijarros característicos de las vías férreas). Si bien el firme en general está en bastante buen estado, se hace recomendable utilizar una bicicleta de montaña, de gravel o híbrida (o, al menos, llevar unas cubiertas algo anchas).

También es en esta mitad del recorrido donde se concentran todos los túneles -además del único puente de la ruta-, como no tardamos en comprobar al poco de adentrarnos en Asturias. Este primer túnel cuenta con iluminación y nos hace confiarnos pero no debemos olvidar llevar una buena linterna en la bici, pues la iluminación de los diferentes túneles deja bastante que desear y la mayor parte de ellos está completamente a oscuras. Debido a las filtraciones de agua el firme en los tramos subterráneos está lleno de baches y charcos (en alguno de ellos incluso, literalmente, llueve) por lo que de no llevar unas buenas luces podría resultar algo peligroso.

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Como decía, pasamos el primero de los túneles (iluminado) y, casi de inmediato, el segundo (iluminado a medias y a veces). El trazado de la vía continúa abriéndose paso por la ladera entre la vegetación. Durante todo el recorrido, los taludes artificiales y los desmontes practicados en la roca nos recuerdan que por aquí pasaba un ferrocarril.  En esta zona podemos ver también a nuestra izquierda otro de los “casetos” de piedra descritos anteriormente y, a la derecha, un pequeño sendero nos permite asomarnos a una de las arcadas que permitía que el agua que descendía por la ladera pasase bajo la vía en su camino hacia el río.

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El tercero de los túneles nos permite pasar bajo la carretera nacional (ahora el ruido de coches vendrá desde nuestra derecha y no desde el otro lado del río como antes) y poco después de salir de él resulta interesante abandonar el trazado ferroviario para descender el abrupto camino descendente que nos lleva hasta la orilla del río y ver una de las escaleras que permiten a los salmones (y lampreas, aunque nadie se acuerde de ellas, las pobres) remontar el río en los tramos en los que las presas artificiales se lo impiden.

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Ascendemos de nuevo la dura rampa de regreso a la Vía Verde y volvemos a nuestra ruta solo por unos metros, ya que encontramos una nueva cuesta descendente que baja hasta el río, donde un pequeño puente colgante peatonal nos permite cruzarlo. Recomiendo dejar nuestras bicis y cruzar a pie hasta la otra orilla para sentir todo el puente oscilar a nuestro paso. Bajo nosotros, no es raro ver algún salmón de buen tamaño que permanece inmóvil bajo las aguas, a contracorriente, impertérrito ante las tonterías que el humano de turno hace sobre el puente unos metros más arriba.

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De regreso a la ruta llegamos a un nuevo túnel. Al salir de él, tras cruzar una pequeña carretera, nuestro camino encuentra un puente que cruza el río a bastante altura. El puente ferroviario original ha sido cubierto de planchas de rejilla metálica que se mueve al pasar con las bicicletas, produciendo un ruido que recuerda al de un tren de verdad. Si nos asomamos al río podremos ver los frenéticos movimientos de las truchas, bastante más nerviosas que sus primos cercanos, los majestuosos salmones.

Un nuevo túnel nos espera poco más adelante, esta vez tan corto que la iluminación no llega a ser necesaria, y al salir de él un cartel nos invita a tomar el sendero que a nuestra derecha desciende hacia el río para ver una pequeña central hidroeléctrica abandonada. Así lo hacemos y, contradictoriamente, varios carteles nos dicen que solo el personal autorizado puede pasar. Ante la duda, nos arriesgamos a cruzar el canal de alimentación de la central sobre una pasarela que ha conocido días mejores y que no invita a permanecer sobre ella más que el tiempo indispensable. Por el agujero abierto en la puerta del edificio podremos ver la oxidada maquinaria de esta central que fue en su día construida para alimentar una fábrica de vidrio óptico que iba a abrirse en la zona pero que, al no llegar a funcionar esta última, sirvió para abastecer de electricidad a varios pueblos hasta que fue finalmente abandonada. Ya que hemos bajado hasta aquí, sería imperdonable no terminar de acercarnos hasta la orilla del Eo para disfrutar unos minutos del maravilloso paisaje.

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Volvemos a la ruta (después de ascender de nuevo por el empinado sendero de la central eléctrica) y debemos tener precaución ya que poco más adelante nos aguarda la carretera nacional, que nos vemos obligados a cruzar en una zona en la que la visibilidad no es la mejor del mundo (¡cuidadín!). Un poco más de pedaleo y nos adentramos en un último túnel del que saldremos ya prácticamente en San Tirso de Abrés. Pasamos bajo las ramas de algunos árboles frutales y llegamos a una casa que, claramente, fue en otros tiempos estación de tren. Aquí acaba la ruta como tal, aunque si avanzamos unos metros por la carretera que aquí encontramos (hacia la izquierda) llegaremos a un parquecillo donde encontraremos una oficina de información con forma de vagón, sobre raíles y junto a la entrada de un túnel.

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Otra opción es tomar esa misma carretera en dirección contraria, hacia el pueblo, donde un pequeño paseo nos permite acompañar al Eo unos metros más, aguas abajo.

Una tercera opción, si no disponemos de apoyo motorizado, es dar media vuelta y recorrer, esta vez en sentido ascendente, la ruta del ferrocarril hasta el punto del que partimos: A Pontenova.

Más allá del fin de la tierra: Prolongación Jacobea (Santiago-Fisterra-Muxía-Santiago)

Provincia: A Coruña

Distancia: 210 km aprox. (i/v)

Mapa:

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Track: Descargar FisterraMuxia.gpx

Descripción:

Menos conocido que sus hermanos mayores –o, quizás, sus progenitores- que acaban en Compostela, el camino desde Santiago a Fisterra y Muxía es una interesante elección para pasar unos pocos días pedaleando por los lejanos confines del noroeste peninsular que rebosan arte, cultura y paisajes de vértigo.

Esta “Prolongación Xacobea a Fisterra e Muxía” está algo menos saturada que las rutas del Camino más publicitadas y, sin embargo, cuenta con infraestructuras más que suficientes para adentrarnos sin sobresaltos en el peculiar mundo de las peregrinaciones jacobeas. Una de las ventajas que ello conlleva es que podremos pernoctar a un precio asequible sin necesidad de acarrear la tienda de campaña, haciendo uso de la red de albergues de peregrinos que, ya sean públicos o privados, no ofrecen grandes lujos pero sí un techo firme donde resguardarnos de las frecuentes lluvias gallegas.
Para ello no debemos olvidar hacernos con la credencial del peregrino que iremos sellando en nuestro camino y que nos dará acceso a estas instalaciones (aunque debemos tener en cuenta que los públicos no admiten reservas y, en caso de que se complete el aforo, los ciclistas somos los cuartos en el orden de prioridad para acceder a los albergues, por detrás de discapacitados, caminantes y jinetes).  Igualmente encontraremos un sinfín de fuentes, bares, restaurantes, máquinas expendedoras y hasta improvisados chiringuitos donde saciar nuestra sed y nuestra hambre.

Este viaje transcurre en gran parte por caminos pedregosos y empinados senderos, por lo que a priori sería recomendable utilizar una bicicleta de montaña. Sin embargo, es posible realizarlo con una bicicleta híbrida (o de “gravel”, como se dice ahora) e incluso con una de carretera como hice yo: unas simples cubiertas del 32 me permitieron completar el recorrido integro, siguiendo escrupulosamente las señales y sin sufrir ni un solo pinchazo. En el caso de elegir esta última opción, pagaremos el precio de tener que bajarnos en tramos con firme excesivamente malo o subidas con demasiada pendiente (al viajar con carga, si no disponemos de frenos de disco también habrá que hacer a pie algunas bajadas casi verticales, ya que las zapatas no serán capaces de detener un vehículo tan pesado y corremos el riesgo de acabar aterrizando entre los abundantes tojos). A cambio, en los nada raros tramos de asfalto, ganaremos en comodidad y velocidad, compensando lo perdido en la tierra. Además, en la inmensa mayoría del trayecto dispondremos como alternativa de una extensa red de presuntas carreteras mejor o peor asfaltadas que nos permitirán evitar tramos de camino si así lo deseamos, aunque debemos ser cuidadosos al elegirlas, ya que generalmente no están señalizadas y es fácil perderse… y no debemos olvidar tampoco el hecho de que nos encontramos en Galicia y no es nada extraño encontrar por sorpresa una rampa de más del veinte por ciento en el medio de cualquier carreterita llana y aparentemente inocente.

No es mi intención dar las indicaciones exactas de la ruta a seguir (aunque pueda descargarse el track desde esta misma página, cada uno es libre de atajar, recortar, alargar o completar a su gusto, ¡faltaría más!) pero en este caso localizar el camino es sencillo: solamente hay que seguir las flechas amarillas que veremos en prácticamente cada cruce, desvío, piedra, pared o árbol que encontremos en nuestro pedalear. Los indicadores oficiales de piedra incluso muestran –o deberían mostrar- los kilómetros que quedan hasta nuestro destino. En determinadas épocas y, sobre todo, en los años santos jacobeos -cuando el 25 de julio cae en domingo- para encontrar el camino correcto basta con seguir la hilera de peregrinos (aunque, ¡ojo!, en este caso es tal el nivel de borreguismo que se ha alcanzado que basta con que un peregrino se equivoque de camino para arrastrar a todos consigo). Y como ya queda dicho, por si con las flechas no bastase, en este caso en concreto al tratarse de una ruta tan popular una búsqueda rápida en Google nos dará decenas de enlaces donde poder descargar el track detallado del recorrido para llevarlo también en nuestro GPS (aunque no resulte imprescindible nos puede dar un poco de confianza en los escasos puntos conflictivos que aparecen, casi exclusivamente, en el camino de vuelta). También es importante tener en cuenta que el trazado suele sufrir frecuentes modificaciones en su trazado, bien para evitar algún tramo complicado, para recuperar algún sendero histórico o simplemente para hacerlo pasar por el chiringuito de algún comerciante con contactos en el ayuntamiento. Un consejo extra es que montéis un timbre en vuestra bicicleta: además de ser obligatorio por ley, es muy recomendable para no asustar a los innumerables peregrinos a pie a los que nos veremos obligados a adelantar en el estrecho camino. En todo caso, por potente que sea vuestro timbre, recordad que los peatones tienen prioridad y que en muchos casos han venido caminando desde los Pirineos o incluso desde más lejos, así que ¡respetadlos! (también es cada día más común encontrar pseudoperegrinos permanentemente conectados por auriculares a su dispositivo móvil, por lo que en estos casos el timbre nos será de escasa utilidad).

Comencemos pues…

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Oficialmente la ruta comienza en la plaza del Obradoiro, frente a la catedral compostelana a la que teóricamente nos habrá traído nuestra larga peregrinación previa. Sin embargo en nuestro caso (dando por hecho que ya habremos visitado previamente este templo y tenido sobrada ocasión de disfrutar de tamaña maravilla arquitectónica), nos saltaremos este punto y, dejando atrás el Obradoiro y el Hostal de los Reyes Católicos, comenzaremos al otro lado de la rúa das Hortas, en la parte inferior de la rúa do Campo do Cruceiro do Gaio (si queremos ver el crucero que da nombre a la calle tendremos que subir la empinada cuesta que nos lleva hasta su ubicación actual, en un extremo del parque de la Alameda). El motivo de comenzar en este lugar es que aquí tenemos al alcance de la mano un par de bares, un albergue e incluso algún hotel donde sellar nuestra credencial antes de abandonar Santiago.

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Comenzamos, ahora sí, nuestra particular peregrinación siguiendo la rúa Poza do Bar (a nuestra derecha dejamos, en forma de hotel, nuestra última oportunidad de sellar la credencial) hasta la cercana Carballeira de San Lourenzo. Se trata de un pequeño pero sorprendentemente denso bosque de robles –carballos- que alberga en su interior un crucero y una fuente. Su forma es casi triangular, entrando el Camino en él por uno de sus vértices y abandonándolo por otro, y se encuentra rodeado por casas  por uno de sus lados, por el campus universitario por otro y, por el tercer lado, por el Pazo de San Lourenzo de Trasouto: magnífico ejemplo de la típica edificación gallega (pura piedra en buena parte teñida de verde) que data de la época medieval, si bien el monasterio fue reconstruido durante los siglos XV-XVI y, con la colaboración del archiconocido desamortizador Mendizábal, pasó a manos privadas y hoy en día está dedicado a la celebración de bodas, bautizos, comuniones y eventos en general.

Crucemos con calma por este lugar, uno de esos recunchos o rincones mágicos que nos ofrece Compostela, donde:

O alciprés que direito s’asoma

D’o convento tras d’o muro,

Y o lixeiro campanario

Cuberto d’herbas e musgo,

D’a devesa, c’o cruceiro

Eran cintinelas mudos.

como lo describía una de las estrofas del poema que Rosalía de Castro dedicó a esta hermosa carballeira.

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Bordeando el muro del pazo e intentando mantenernos alejados de él por su aspecto de poder derrumbarse en cualquier momento, descendemos en picado al valle del río Sarela que cruzamos, como no podía ser menos, por el puente conocido como Ponte Sarela, de origen tardomedieval. A nuestra derecha dejamos un molino y a nuestra izquierda las ruinas de una antigua -1780- fábrica de curtidos de las que antaño abundaban en la ciudad. Viendo el tranquilo transcurrir actual del Sarela cuesta pensar que sus crecidas pasadas se cobraron no pocas vidas.

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Si fuesemos algunos metros más Sarela abajo encontraríamos, aún hoy, los restos del Puente Domingos (apenas un arco de piedra escondido entre la vegetación). Este puente era la única alternativa al Puente Sarela antaño existente para quienes, como los peregrinos, quisieran ir al otro lado del río pero hoy permanece semioculto y olvidado en las proximidades del Hospital Clínico de Santiago.

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Volviendo a nuestra ruta, pisamos ya caminos de tierra y, tras desmontar brevemente para salvar un arroyo por un diminuto puente de piedra (de hecho, casi una sola piedra), nos enfrentamos a una empinada subida que nos dejará en la localidad de Sarela de Abaixo. Desde aquí, durante unos pocos metros de bajada por asfalto, tendremos una última oportunidad de despedirnos de la fachada barroca de la catedral compostelana. Volvemos a la tierra entre los imponentes eucaliptos que han vuelto a invadir la zona después de los violentos incendios que los arrasaron en 2006 y una súbita bajada nos permite por primera vez comprobar de qué son capaces los frenos del vehículo que hayamos elegido para nuestro viaje (cuidado con no llevarse por delante a ningún peregrino y, por supuesto, de no abrir un nuevo camino con nuestro cuerpo cuando el que seguimos gire 180° a la izquierda en plena bajada).

La ruta transcurre así durante varios kilómetros (casi podríamos decir que en su totalidad): un tramo de asfalto, uno de tierra; un tramo de bajada, uno de subida… Vamos adelantando peregrinos a pie –a decir verdad, por ahora no son muchos los ciclistas que recorren este camino- entre las muchas casas unifamiliares que nos recuerdan que aún estamos cerca de la ciudad y, si estamos atentos, podremos ver curiosidades como, a nuestra derecha, la elevación del castro de Marmancou o, algo más adelante, una vieja casona mostrando uno de sus muros con el tradicional recubrimiento aislante a base de conchas de vieira.

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Pasamos junto a un campo de fútbol (si tuviésemos la suerte de pasar por aquí durante el fin de semana del Corpus podremos aprovechar para un breve refrigerio en las carpas que tendrán montadas con motivo de la festividad) y cruzamos el río Roxos por asfalto. Si no nos fijamos, ni nos daremos cuenta de que estamos sobre el Ponte Brea un antiguo puente de piedra junto al que un pequeño merendero y un más que agradable entorno invitan a tomarnos un breve descanso.

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Tras el puente continuamos recto por asfalto antes de girar en ángulo recto a nuestra derecha. Los peregrinos continúan su incesante caminar y nosotros sin duda haríamos lo mismo en esta zona de aparente escaso interés si no fuese porque somos gente de gran cultura y sabemos que nos encontramos en una de las zonas de mayor interés arqueológico del área de Santiago: a pocos metros del lugar por el que pedaleamos despreocupadamente, hace unos cuatro milenios nada menos, los habitantes de esta zona se dedicaron al noble arte de grabar casi cada afloramiento rocoso con todo tipo de símbolos. A apenas un par de metros del asfalto podemos encontrar ya alguna cazoleta pero, si nos adentramos por los senderos de esta zona, podremos ver en gran concentración grabados de todo tipo (las clásicas espirales, más raras formas cuadrangulares, numerosas cazoletas, algún zoomorfo…) y variada datación (desde la mencionada Edad del Bronce hasta grabados más recientes). Por desgracia esta zona fue afectada en 2016 por un incendio que dañó algunos de los grabados (alguno fue también destruido por las maquinas que luchaban contra las llamas) pero, sin duda, merece la pena perder un rato entre los tojos de esta zona y ver cuántos de los grabados somos capaces de encontrar.

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Llegamos ya al Alto do Vento donde comienza una larga bajada. Al llegar al fondo del valle, en Augapesada, el Camino abandona el  asfalto para subir por un tramo adoquinado. Justo al comenzar la subida, sobre uno de los ramales que da origen al conocido como Rego dos Pasos, encontramos un pequeño puente medieval de un solo ojo que parece puesto allí por equivocación, ya que ningún camino pasa por él en la actualidad.

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A continuación tenemos la subida más dura que encontraremos en nuestro viaje: el Mar de Ovellas, curioso nombre cuya etimología he tratado de descifrar sin éxito (tan solo he conseguido rastrearla hasta el siglo XII, cuando era ya mencionado como Mor do Obellias o Mordouelias). La interminable subida, de gran pendiente, no es excesivamente larga pero sí dura, especialmente en algunos tramos en los que un tímido empedrado trata de echarnos una mano para que las ruedas no patinen. La alternativa de tomar la carretera asfaltada que transcurre a nuestra izquierda paralela al Camino, por Castiñeiro do Lobo, tampoco es muy prometedora ya que la pendiente no es muy inferior.

Y es que esta cuesta del Mar de Ovellas no es un repecho cualquiera. En su currículo cuenta nada menos que con ser actriz secundaria en otro de los poemas que la gran Rosalía de Castro incluyó en 1880 en su Follas Novas, obra ya citada con anterioridad:

Y a vella vay sube, sube

A costa d’o mar d’ovellas

C’un ollo posto n’o chan

Y outro ond’as casas fomegan.

Como viejos cicloturistas que somos, daremos ánimos a nuestras sufridas piernas, como hace la anciana Juana en el poema: «Valor, meu corpiño vello, / Levaim’aló miñas pernas. / Paseniño, paseniño, / Aqui para, alí te sentas / Irás chegando Ẍuana, / Adond’as casas fomegan.» De ese modo, paso a paso, tarde o temprano llegaremos al punto donde camino y carretera se unen y donde un banco de piedra nos tienta con su sola presencia. Si hemos conseguido subir hasta aquí sin apearnos nos sentiremos como héroes y desearemos que haya en el lugar numerosos peregrinos que presencien nuestra gesta. Si llegamos al lugar empujando nuestra pesada bicicleta, montaremos rápidamente en ella tratando de evitar a cualquier posible testigo. Sea como fuere, aún nos quedan unos metros de subida (más tendida y ya por asfalto) hasta coronar el monte. Si nuestras fuerzas han resultado muy dañadas, a nuestra derecha queda una fuente (fonte da Costa o do Breixo) donde descansar antes de hacer cima.

Llegados a este punto, la entrada a la aldea de Carballo, tomando la pista forestal que sale a nuestra izquierda es posible, si así lo deseamos, hacer unos pocos kilómetros extra (no señalizados) para visitar las ruinas de la magnífica fortaleza medieval de la familia Moscoso: las Torres de Altamira, en el cercano concello de Brión. Se trata de un castillo originalmente construido en el siglo IX en el emplazamiento de un antiguo castro que dominaba todo el valle de A Mahía. Destruido varias veces durante su historia (el papel protagonista que jugó durante la famosa revuelta irmandiña no es para menos), los restos que pueden verse en la actualidad corresponden en su mayoría al siglo XV, aunque las ruinas han sido bastante maltratadas desde que el castillo quedó deshabitado.

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Pero volvamos al camino de las flechas amarillas. Estamos en Carballo, desde donde un tranquilo descenso por asfalto nos espera. A nuestra derecha, sobre la pared de limita la carretera, una antigua cruz de piedra con una inscripción casi borrada recuerda a una señora que murió en este lugar allá por la mitad del siglo XIX. Un poco más adelante nos topamos con otro núcleo urbano: el de Trasmonte, donde merece la pena avanzar unos metros por la carretera que surge a nuestra izquierda para ver su iglesia y un bonito crucero con su correspondiente pousadoiro.

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Volvemos al Camino y completamos el descenso ya sin más paradas. La parada hay que hacerla abajo del todo, ya que nos encontramos en Ponte Maceira, enclave con gran encanto y miembro del selecto club de «Pueblos más bonitos de España». Lo primero que veremos según bajamos es un antiguo molino reconvertido en bar-restaurante pero, salvo que sea mediodía o ya muy tarde, lo más probable es que esté cerrado, ya que solo abre para comidas y cenas. Tras él, al otro lado de caudaloso Tambre, veremos una bonita panorámica del conjunto urbano de Ponte Maceira, con su pazo, su capilla, sus molinos y pesqueras y, ante todo, imponiendo su presencia, el puente que cruza el río.

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Esquivando peregrinos y turistas, cruzamos el majestuoso puente medieval de piedra que tan mal ha sido tratado a lo largo de los siglos por las frecuentes crecidas del Tambre. Muchas veces arrastrado por el agua y durante largos periodos impracticable, el puente permite aún hoy cruzar el río a los peregrinos. En la margen derecha del río, unos metros aguas arriba, varios molinos de agua reconstruidos hacen las delicias de los turistas ajenos a que raro es el invierno en que las aguas del Tambre no cubren hasta los tejados de estas antiguas construcciones. Tras los molinos, el Pazo de Baladrón, del siglo XX. Frente al puente, nada más cruzarlo, la pequeña capilla de San Brais (Blas), del siglo XVIII, aunque su moderno ábside de estilo neorrománico intente engañarnos (la que sí es románica es la iglesia de Santa María de Portor, a apenas un kilómetro de aquí, que data del siglo XII). Completa el bello conjunto un palomar que, visto desde el puente, asoma sobre la casa aneja a la capilla.

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Continuamos por la calle principal del pueblo, con un bonito pero incómodo firme empedrado. A nuestra izquierda dejamos el río y un crucero de principios del siglo XX. A la derecha, justo en la salida del pueblo, una fuente de doble caño nos indica que sus aguas no son potables (motivo por el que recomiendo no beber de ella, aunque el que esto escribe lo haya hecho en más de una ocasión sin consecuencias nocivas).

Abandonamos ya A Ponte Vella, como también es conocido Ponte Maceira en contraposición con A Ponte Nova, junto al puente moderno que cruza el río un poco más abajo. Primero por asfalto y luego por tierra avanzamos por la orilla derecha del Tambre hacía la villa de Negreira, no sin antes superar un último repecho que deja a la izquierda la elevación sobre la que se hallaba el castro de Logrosa y un poco más adelante, en A Chancela, el pazo de Albariña del que poco puede decirse por ser privado y hallarse rodeado de un alto muro.

A partir de este punto empezamos ya a ver carteles indicando los albergues que flanquean el camino y que ya no faltarán en todo nuestro recorrido. Así llegamos a Negreira donde lo primero que encontramos es una pequeña cabaña de madera que sirve de oficina de información al peregrino. Además de albergues, Negreira es una localidad importante que dispone de todos los servicios (bares, restaurantes, hoteles, tiendas, supermercados…), por lo que será un buen momento para hacer aquello que necesitemos (comer, beber, comprar, dormir…) y, por supuesto, un buen lugar para sellar nuestra credencial.

La señalización del Camino nos dirige hacia la izquierda y la seguiremos, pero debemos ser cuidadosos ya que un momento después, al llegar a una rotonda, las flechas nos guían por dirección prohibida por lo que tenemos la opción de desmontar unos metros o bien subir por la calle que queda a nuestra derecha y girar después a la izquierda para, después de una breve bajada, volver a encontrarnos con las flechas. De cualquiera de las dos maneras terminaremos enfilando una calle adoquinada que pasa bajo un arco. El lugar merece que nos detengamos para examinarlo con calma.

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Nos encontramos en el Pazo do Cotón, de origen medieval aunque se conserven pocos indicios de dicha época.  Lo que ahora contemplamos ante nosotros (la capilla de San Mauro y la galería que une pazo y capilla, bajo cuyos arcos acabamos de pasar) es del siglo XVIII.

Inmediatamente después de continuar nuestro camino cruzaremos el río Barcala, el cual se encuentra ya muy cerca de su desembocadura en el embalse Barrié de la Maza (río Tambre). La construcción de este embalse supuso que la lamprea –un curioso pez que apenas ha evolucionado desde tiempos remotos- dejase de llegar a esta altura del río, acabando con toda una cultura asociada. Los restos de algunas de las pesqueras utilizadas por los pescadores locales para la captura este pez a la manera tradicional aún pueden encontrarse en la zona.

Y ya que hablamos del embalse Barrié de la Maza, debemos mencionar una leyenda muy ligada al Camino que estamos siguiendo y que, presuntamente, ocurrió en un lugar ahora bajo las aguas de este embalse. Cuando los discípulos que trajeron el cuerpo de Santiago a Galicia quisieron darle sepultura en tierras de la reina Lupa, necesitaron el permiso del gobernador romano de la zona, por lo que tuvieron que ir hasta Duio (en Fisterra) para reunirse con él. Éste los hizo prisioneros pero, al parecer, lograron escapar. En su huida, los discípulos del apóstol fueron perseguidos por las tropas romanas y, a la altura a la que ahora nos encontramos nosotros, estaban ya a punto de darles alcance. Sin embargo, el puente sobre el Tambre se derrumbó tras el paso de los discípulos impidiendo que los romanos lograsen su propósito. Cierto o no, este pasaje se encuentra recogido actualmente en el escudo de Negreira (generalmente se asocia esta leyenda al puente de Ponte Maceira, que sin duda tiene un origen posterior, por lo que lo más probable es que ocurriese -supuestamente- en el lugar de Ons, que es por donde cruzaría en aquellos tiempos la calzada romana).

Unos cuantos siglos después, acabamos de cruzar con nuestras bicis el río Barcala y deseamos continuar nuestro viaje al fin de la tierra. Hagámoslo.

Tomamos en el cruce la carretera de la izquierda y después, en el siguiente cruce, la de la derecha (salvo que necesitemos ya dar un descanso a nuestros cuerpos, en cuyo caso tomaremos también aquí a la izquierda para dirigirnos al cercano albergue municipal).  La pendiente ascendente de la carretera tiene una ventaja y es que en breve ganamos unas bonitas vistas sobre el valle del Barcala que podremos disfrutar mejor cuando lleguemos a la altura de la iglesia parroquial de Negreira, la de San Xián (Julián) construida en 1799, que rodearemos dejándola a nuestra derecha (si miramos también a nuestra izquierda podremos ver un crucero y un hórreo, aunque este tipo de construcciones –ambas- son tan abundantes por las tierras que estamos recorriendo que me saltaré muchas de ellas sin mencionarlas siquiera). El motivo de que la iglesia parroquial de Negreira esté tan alejada del núcleo urbano principal es sencillo: nos encontramos ahora en la Negreira original, pero el atractivo del pazo do Cotón hizo que la localidad cambiase su ubicación, dejando la iglesia y las casas más antiguas alejadas del casco urbano.

Seguimos el Camino, que avanza paralelo a la carretera, a veces por una bonita senda en medio del bosque a veces por el mismo asfalto. La ascensión es continua pero no tan dura como para hacernos echar pie a tierra (salvo en algún caso puntual, como el de un pequeño puente de madera que salva un riachuelo y que por faltarle un trozo nos obligará a dar un salto). Las aldeas se suceden (Zas, San Vicente…) y no paramos de adelantar peregrinos. En Rapote, una fuente al lado de un lavadero junto a los que han puesto una mesa con bancos nos invita a descansar unos minutos y a rellenar nuestros bidones. En A Pena, al poco de pasar la pequeña iglesia de San Mamede, damos por concluida temporalmente la subida y aprovechamos para avanzar rápido gracias a los tramos de asfalto más largos. Pronto llegamos a Villaserío donde los peregrinos se desparraman por la terraza de un bar. Continuamos por terreno más o menos llano alternando tierra y asfalto (algún tramo incluso ha sido dotado con un moderno “carril-peregrino”): O Cornado, As Maroñas y Santa Mariña (donde tendremos que salirnos unos metros del Camino oficial si queremos ver la iglesia de origen medieval que aún conserva algún resto románico y, como recompensa, refrescarnos en la terraza del bar que hay frente a ella).

Después de unos metros por la carretera general que va de Santa Comba a Muros (precaución en este tramo), volvemos a desviarnos a la derecha para ir por una carreterita más tranquila hacia Bo Xesús, donde al parecer en la antigüedad había hasta un hospital de peregrinos, pero que actualmente no es sino una casa abandonada y, poco antes de llegar a ella, un curioso cruceiro que, entre la columna y la cruz tiene un buen pedrusco (tal cual). Enseguida llegamos a A Gueima y, unos metros después, el Camino gira bruscamente a la derecha para bordear el Monte Aro. Si las fuerzas nos acompañan recomiendo hacer una escapada hasta su cima pues allí, además de un castro de la Edad del Hierro de gran tamaño, encontraremos unas vistas impresionantes que cubren toda la conocida como Terra de Xallas.

Independientemente de si hemos subido o no a la cima llegaremos, al otro lado, a la aldea de Lago y pronto a la pequeña iglesia de San Cristovo de Corzón (hay que estar atentos para no saltársela ya que se encuentra en una rápida bajada asfaltada, inmediatamente después de un cruce y a un nivel inferior que la carretera). Se trata de una sencilla iglesia rodeada por un cementerio. La bonita espadaña se encuentra separada de la nave principal. Domina el conjunto un cruceiro y desde el lugar tenemos unas amplias vistas de la zona.

Atravesamos el caserío de Corzón y llegamos a Ponte Olveira, donde en 1809 se enfrentaron las tropas francesas y los campesinos de la zona. Aquí tomamos la carretera general hacia la derecha para cruzar por ella el río Xallas. Un momento después llegamos a Olveiroa (es difícil pasárselo de largo por el tamaño del cartel que hay a la entrada del pueblo), donde dejamos la carretera principal para pasar por el centro de la aldea y donde podremos descansar unos minutos en un bar o unas horas en un albergue. Pero no solo para descansar estamos haciendo este viaje, así que también nos conviene desviarnos unos metros del camino, hacia la izquierda, para pasar por una pequeña plazuelilla en torno a una cruz de piedra sobre pedestal escalonado en un entorno abundante en hórreos de piedra y, al fondo, la iglesia de Santiago, de origen románico.

Salimos ya de la localidad en dirección a la carretera principal pero, aunque seguiremos recorridos más o menos paralelos y terminaremos por volver a ella, esta vez nos desviamos un momento antes de llegar al asfalto, junto a un lavadero, para cruzar el arroyo de Santa Lucía (aguas arriba encontraríamos el santuario del mismo nombre con romería en el mes de mayo recomendable, como no podía ser de otro modo, para quienes padecen de la vista) y dirigirnos hacia el embalse de Ponte Olveira.

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El camino va primero paralelo al río Xallas y después de pasar un arroyo por un puentecito se separa bruscamente de él para ascender hasta la cercana aldea de O Logoso, con albergues y restaurante. Cruzamos la localidad, construida a los pies de un monte en cuya cima moraba un legendario gigante y donde se levantaba un castro, y continuamos subiendo hasta volver a la carretera general que habíamos abandonado en Olveiroa. En el punto donde volvemos a ella, en Hospital, encontramos también una oficina de información al peregrino.

Volvemos pues a la carretera en dirección Dumbría y ascendemos unos metros por ella antes de que el recorrido señalizado del Camino nos obligue a describir una amplia curva por el trazado antiguo de la carretera para evitar exponernos al tráfico de la moderna. Al final de esta curva regresamos a la carretera y encontramos una rotonda. Nos encontramos en un punto clave: los caminos que van hacia Fisterra y Muxía se separan. Vemos peregrinos ir a la derecha, hacia Muxía. Otros, como haremos nosotros, giran a la izquierda en dirección a la gran fábrica que domina (y destroza) el paisaje. Ahora sí, vamos hacia Fisterra.

Pasada la fábrica, salimos de la carretera hacia la derecha. Se trata de una zona llana y elevada en la que solo destaca, un poco más adelante, una gran roca a la derecha del camino, tapada por eucaliptos y tojos. Merece la pena dejar la bici a la orilla del camino y aventurarnos, aún a riesgo de llevarnos unos buenos pinchazos y arañazos, por los estrechos senderos abiertos entre la maleza, pues nos encontramos ante la Pedra Ancha, hogar de un mágnifico petroglifo.

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Se trata de un grabado de gran tamaño de tipo panoplia en el que sus autores trataban de dejar claramente visible un muestrario del armamento del que disponían. Al contrario que los más comunes petroglifos que representan formas geométricas que son más difíciles de asignar a un periodo concreto, los de este tipo son fácilmente fechables, pues el armamento representado es similar a armas metálicas encontradas en el registro arqueológico correspondiente a la Edad del Bronce. Mientras que este tipo de comparativa puede hacerse para los cuchillos y alabardas representados en la roca, no es tan sencillo para las formas que podrían identificarse como escudos ya que, posiblemente por estar construidos de materiales perecederos como la madera, no se han hallado en ningún yacimiento. En Santiago, relativamente cerca del punto por el que salimos de la ciudad, en Castriño de Conxo, es posible encontrar también grabadas en la piedra formas similares a estas ante las que nos encontramos, aunque en el caso compostelano, a una escala bastante inferior.

En la parte más baja del panel rupestre podemos ver en gran número cruces grabadas en la piedra, forma bastante habitual en los petroglifos y que generalmente corresponde a un intento de cristianizar el lugar. En nuestro caso, la proximidad a la vía de peregrinación podría explicar la abundancia de este símbolo religioso.

Un detalle a tener en cuenta es que, según la hora a la que pretendamos ver este petroglifo, es posible que nos resulte sumamente difícil o incluso que no seamos capaces de distinguir nada. El panel rupestre se encuentra orientado hacia el sureste, por lo que la peor hora para visitarlo será desde media mañana hasta primera hora de la tarde, que es cuando el sol incide perpendicularmente a la pared. Al contrario, ya avanzada la tarde hasta la puesta de sol, las figuras serán claramente visibles (aunque, por supuesto, el desgaste sufrido después de cuatro milenios de erosión no es baladí).

Volvemos ya al camino donde hemos dejado la bici de nuevo con precaución para no ser víctimas de las picaduras de los tojos o, esperemos que no sea el caso, de ninguno de los pequeños habitantes de la zona.

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Continuamos por un camino de tierra en relativo buen estado que transcurre por entre pinos y eucaliptos, obviamente de repoblación.

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Pronto llegamos a un cruce que dispone, como no,  de su propio crucero. En este caso, la base escalonada de la cruz se encuentra cubierta de piedras que los peregrinos han depositado allí a modo de exvoto.

Continuamos moviéndonos por las alturas de estos solitarios montes y desde algunos puntos ya es posible ver a lo lejos el mar. Si nos fijamos bien (y conocemos mínimamente su aspecto) podremos ya distinguir el cabo de Fisterra hacia el que nos dirigimos, a pesar de que oficialmente no lo veremos hasta algo más adelante. Al contrario, no es necesario ser muy detallista para distinguir la mole granítica del monte Pindo, que impone su presencia en toda la zona.

En un recodo del camino aparece ante nosotros una pequeña ermita. Se trata del santuario de As Neves en cuyo interior dicen que puede verse, grabada en un escalón de piedra, la huella de un peregrino francés que falleció en este lugar. Cuentan también que si el peregrino actual coloca su pie sobre esta huella verá renovadas sus fuerzas para poder continuar el camino (no dicen si este «dopaje» también es válido para los ciclistas). Y resalto lo de dicen porque es bastante complicado entrar en una iglesia que permanece casi siempre cerrada. Imagino que durante su romería, el 8 de septiembre, será posible acceder a ella, pero no he tenido oportunidad de comprobarlo.

Para compensar, la ermita posee un pequeño altar exterior cubierto sobre el que se encuentra una gastada representación en granito de la virgen y numerosas ofrendas que los peregrinos dejan allí a su paso (bastante más variadas y generosas que las piedras dejadas a los pies del cruceiro mencionado un poco antes). Hay también una pequeña caja incrustada en la pared conteniendo un libro donde los que por aquí pasan pueden reflejar sus pensamientos.

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Cerca de la ermita vemos un crucero y, junto a él, la Fonte Santa que da nombre a todo este lugar y a cuyas aguas se atribuye ser buenas para la fertilidad del ganado (no olvidemos que en la zona en la que nos encontramos esto es de vital importancia). Junto al camino hay también un merendero que, cosa curiosa, suele estar bastante más frecuentado que la iglesia.

A partir de aquí el camino se complica: se empina y al mismo tiempo se vuelve casi intransitable por las piedras, pero después de un buen tramo de llanos y bajadas deberíamos tener fuerzas suficientes para subir a buen ritmo e incluso para arrancar gritos de ánimo de clientes y trabajadores del improvisado chiringuito que a veces montan en esta cuesta. Superada la prueba, un cruce debidamente señalizado nos indica que estamos cerca de la capilla y fuente de San Pedro Mártir. La fuente es bastante nueva y de ella mana un potente chorro de agua que saciará nuestra sed y, si nos lavamos con ella, nos demostrará sus presuntos poderes milagrosos.

Respecto a la capilla, se trata de una sencilla construcción rectangular sin ventanas  de la que solo se intuye su finalidad religiosa por su pequeño campanil y la cruz que corona la fachada. Frente a ella hay también un crucero y un escenario que nos habla de las grandes fiestas que deben tener lugar en esta explanada durante las romerías.

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Volvemos al Camino y escuchamos gritos de júbilo. Los peregrinos que caminan por delante de nosotros han alcanzado un cambio de rasante y han encontrado ante ellos el mar y, al fondo, el cabo de Finisterre, donde ya se distingue claramente la ubicación del faro, lugar donde algunos acabarán su peregrinación después de meses de duro caminar.

En nuestro caso, conviene no emocionarse demasiado o, en caso de querer celebrarlo, detenerse previamente y echar pie a tierra. El camino decide suicidarse de repente y se tira a lo loco monte abajo por lo que, si no somos cuidadosos, nuestras bicis pueden tomar el control de sus propios destinos arrastrándonos a nosotros con ellas. Si vemos mal la cosa recurriremos a nuestro viejo truco: manos a los frenos, los dos pies en tierra y a caminar junto a nuestras monturas se ha dicho. Si así lo hacemos tendremos oportunidad de disfrutar con más calma del panorama que tenemos ante nosotros, con Fisterra y su mítico faro adentrándose en el océano y las localidades de Cee y Corcubión a nuestros pies (aunque afeadas las vistas por la factoría de Brens, aldea a la izquierda de Cee vista desde nuestra posición).

Una vez completado el descenso nos encontramos en Cee, pueblo de buen tamaño en el que tendremos oportunidad una vez más de hacer todo aquello de lo que hubiésemos menester: comer, dormir, sellar… En este caso tenemos un extra a nuestro favor, y es que en esta localidad existe una tienda de bicicletas donde tendremos oportunidad de comprar repuestos o arreglar aquellas averías que nos hayan podido ocurrir en nuestra aventura.

Nos adentramos en Cee por la carretera que viene siguiendo la costa desde la ría de Muros y Noia y, siguiendo las flechas, nos desviamos a la izquierda, acercándonos a la ensenada. Seguimos una estrecha calle y los indicadores nos dicen que giremos a la izquierda pero –oh, sorpresa- la calle está escalonada, por lo que tendremos que pasar el obstáculo a pie. Desembocamos así en el amplio espacio ganado a la ría a base de relleno y que da acceso a la playa. Dejamos a la derecha una insulsa iglesia, pero las indicaciones desaparecen. Sin preocuparnos, seguimos la actual línea de costa para tomar la carretera que sabemos que llega a Fisterra y, por mucho que más adelante -a la salida de Corcubión- se ponga bastante cuesta arriba, haríamos bien en no abandonarla ya más hasta Fisterra si supiésemos lo que nos conviene.

Pero no adelantemos acontecimientos y volvamos a la ensenada de Cee, donde hemos perdido la traza del Camino. Entramos en la carretera de Fisterra casi ya en el punto que separa Cee de Corcubión (punto más bien teórico, porque en realidad los dos cascos urbanos forman un continuo de casas, al más puro estilo de los pueblos gallegos) y casi allí mismo volvemos a encontrarnos con nuestras viejas conocidas las flechas amarillas. Un corto repecho para salir de la carretera y entramos en una tranquila calle rodeada de bonitas casas que merecen ser disfrutadas según pasamos ante ellas. Llegamos a una iglesia de arquitectura bastante pretenciosa y giramos a la derecha para ir a desembocar a una placita donde el Camino, muy bien marcado en el suelo, parece dirigirse ya fuera del casco urbano, hacia el cercano monte. Y así es.

¡Y menuda salida de Corcubión! El camino adoquinado se va estrechando más y más hasta llegar a un rincón donde una gran flecha amarilla nos confirma que no estamos equivocados: en lo más profundo del oscuro rincón formado por dos casas se abre un estrechísimo sendero por el que se esconde el Camino. Como buenos aventureros cogemos aire y penetramos en lo desconocido.

La senda –que seguramente se corresponda con el camino tradicional a Fisterra- no es más que el camino de paso a una serie de huertos en las afueras del pueblo. Lo malo es que está llena de grandes piedras que no pueden evitarse por lo estrecho del camino, por lo que no queda otra que ir levantando la bici a pulso cada dos por tres para salvar los continuos obstáculos. Para colmo de males, en los tramos más empinados han colocado piedras aún mayores a modo de escalones para salvar el desnivel pero, para nuestra desgracia, a nadie se le ocurrió pensar que por estos andurriales fuese a meterse ningún loco acarreando una bicicleta de veinticinco kilos alforjas incluidas. Al menos tuvieron el detalle de canalizar el agua de lluvia por un lateral para que el peregrinaje no se convierta en rafting en caso de mal tiempo.

Por suerte el peor tramo es corto: aunque se haga interminable, en realidad termina poco más adelante… pero no nos hagamos ilusiones todavía porque, aunque el firme mejore, la calle asfaltada en la que desembocamos es tan empinada que de poco nos servirá intentar volver al sillín. A nuestra izquierda algún alma caritativa ha colocado un par de bancos de los que haremos buen uso unos minutos antes de continuar con la escalada libre para, por fin, hacer cumbre en la aldea de O Vilar. Desde aquí se llega en un periquete a la carretera que viene desde Corcubión y que, en este momento, desearíamos no haber abandonado jamás (aunque debemos reconocer que el sendero por el que hemos venido es de lo más pintoresco que hemos encontrado en todo el recorrido desde Santiago).

Pero el encuentro con la carretera será muy breve, ya que solo la cruzaremos a la altura de la aldea de San Roque para empezar a jugar con ella a una especie de juego del gato y el ratón en la que iremos entrando y saliendo del asfalto, sacando rectas las curvas y cruzando la carretera sin cesar. El resultado es que sumaremos mucho más desnivel y, sin duda, pasaremos bastante tiempo bajados de las bicis por culpa de las elevadas pendientes ascendentes y descendentes.  Pasamos así A Amarela, Estorde, Sardiñeiro y otras aldeas por un tramo de Camino que no deja de tener gran belleza por las magníficas vistas y por las idílicas playitas que iremos dejando a nuestra izquierda.

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Finalmente entramos en Escaselas por el paseo que recorre la playa de Langosteira. Si el tiempo lo permite podremos descansar  en la propia arena, tomar algo en alguno de sus chiringuitos o, incluso, refrescarnos en las aguas del Atlántico. Alcanzado el extremo opuesto del arenal ya solo nos quedará recorrer un cortísimo tramo de asfalto para haber alcanzado el primero de nuestros objetivos: por fin estamos en Fisterra.

El Camino, callejeando por la localidad, nos llevará directamente a una calle ancha donde está situada la pequeña estación de autobuses. Frente a nosotros se encuentra el albergue municipal de Fisterra donde, además de ofrecernos alojamiento si lo necesitamos (no faltan albergues en Fisterra), podemos enseñar nuestra credencial debidamente sellada para obtener la fisterrana, un bonito diploma certificando que hemos llegado peregrinando a estas lejanas tierras. Recomiendo seguir de frente por la calle Real, donde se encuentra la puerta del albergue, al final de la cual (es bastante larga) llegaremos a una plazuela dominada por un bonito conjunto: la Capela da Nosa Señora do Bo Suceso (siglo XVIII), un trabajado crucero, una fuente y alguna otra casa no menos interesante. Merece también la pena bajar desde aquí hasta la cercana playa para ver, unos metros más allá, el Castelo de San Carlos. Se trata de una fortaleza construida en el siglo XVIII para defender la ría pero que tuvo una breve vida, ya que fue destruida por los franceses a principios del XIX. Posteriormente fue reformada y restaurada.

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Pero no podemos dar por finalizado nuestro viaje (aunque sea solo la primera mitad del mismo) quedándonos tan cerca del fin de la tierra, por lo que habremos de llegar a él. Volvemos por tanto a subir en dirección a la carretera que nos lleva al faro de Fisterra. Se trata de una carretera muy transitada por todo tipo de vehículos y peatones, por lo que es necesario tener precaución pero, por suerte, los conductores en este tramo suelen ser bastante respetuosos con los peregrinos y es mucho más común que bajen la ventanilla para animar al ciclista a gritos en vez de adelantarlo de forma peligrosa como estamos tristemente acostumbrados.

Salimos por tanto del casco urbano de Fisterra y, justo en este punto, debemos detenernos de nuevo a la derecha de la carretera para prestar visita a la iglesia parroquial de Fisterra, Santa María das Areas, originaria del siglo XII que aún conserva numerosos restos de su factura original aunque posteriormente ha visto su estructura ampliada con la adición de diversas capillas. Es de destacar la milagrosa imagen del Cristo da Barba Dourada, del siglo XIV, que según cuentan fue hecha por Nicodemus y llegó aquí tras tener que ser arrojada por la borda del barco que la transportaba durante un temporal. Frente a la iglesia podemos ver también un crucero de cruz gótica y bella factura.

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La subida hasta el faro es suave y constante, por lo que se sube con facilidad. Además, la majestuosidad del paisaje y la cercanía de nuestro destino son de gran ayuda. En caso de necesitar un descanso, a media subida encontraremos una fuente a nuestra derecha. Finalmente, llegamos al final de la carretera o, lo que es lo mismo, a una marabunta de coches, autobuses, turistas y peregrinos. Con precaución para no llevarnos a nadie por delante continuaremos avanzando por un tramo pavimentado hasta llegar al edificio del faro. Asomarse a la zona del cabo que está más allá del faro es obligatorio para los peregrinos (es aquí donde se han originado numerosos incendios por la arriesgada tradición de quemar una prenda en una zona tan azotada por intensos vientos) pero, debido a la aglomeración, yo recomiendo volver sobre nuestros pasos hasta pasar de regreso el aparcamiento y allí subir por la carretera que sube hacia el aparcamiento para caravanas, ya que desde el camino que nos lleva hasta allí se contemplan unas vistas igual de espectaculares del océano y lo tendremos todo para nosotros (cuidado con no irse barranco abajo, ya que no nos sacarían ni con caña de pescar).

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Y ya que hemos subido hasta aquí, propongo terminar la subida hasta lo más alto del monte para contemplar una increíble panorámica del cabo, con su faro, internándose en el inmenso océano y al otro lado de la ría el inmenso Monte Pindo, olimpo celta que nos ha venido vigilando en gran parte de nuestro viaje. Desde aquí bajaremos por el camino que lleva a Fisterra sin olvidar hacer una parada previa para internarnos por la senda que, a nuestra derecha según bajamos por la pista de tierra, nos llevará directos a la ermita de San Guillerme, en ruinas desde el siglo XVII, en un lugar relacionado con un ancestral culto al Sol y cuyas ruinas se asocian todavía con ritos de fecundidad. Además de los restos de los muros, es de destacar el sepulcro antropomorfo que aún se conserva.

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Hemos llegado pues al fin de la tierra conocida en la antigüedad, a lo más profundo de la profunda Galicia. Hemos seguido los pasos de muchos nombres ilustres que antes que nosotros llegaron hasta aquí por diferentes motivos (desde George Borrow hasta Stephen Hawking, hasta aquí viene todo quisqui). Ahora ya solo nos queda regresar.

Volvamos por tanto sobre nuestros pasos, visitando lo que de Fisterra dejásemos sin ver a la ida (imperdonable sería también abandonar Fisterra sin haber degustado el marisco de la zona). Como ya hemos tenido el placer de recorrer el camino que viene bordeando la playa, en esta ocasión saldremos del pueblo por la carretera principal hasta Escaselas para, en una larga recta y a la altura de las últimas casas, girar a la izquierda por una carreterita que se dirige al norte. No tardaremos en reencontrarnos con nuestras viejas amigas las flechas amarillas que en este tramo estarán además duplicadas: la plaquita que indica los kilómetros restantes cambia ahora por placas que ponen o bien «Muxía» (las que seguiremos) o «Fisterra» (en dirección opuesta).

Pronto el Camino se desvía a la derecha y se dirige hacia el crucero de A Rapadoira, de gran interés artístico, con  un origen que podría ser anterior al siglo XVI y en cuya base podremos observar grabadas diferentes cazoletas y cruces. En sus proximidades hay también una mámoa (término gallego que designa a los túmulos asociados a enterramientos megalíticos, abundantes en esta zona y cerca de alguno de los cuales ya pasamos en nuestro camino hacia Fisterra). Otra posibilidad es continuar pedaleando por la carretera que traíamos -ignorando las flechas- y que a partir de ahora transcurre cerca de la costa, a lo largo de la inmensa playa de O Rostro. Esta opción es más cómoda si nuestra bicicleta es de carretera pero, en todo caso, nada evitará que tengamos que enfrentarnos a un par de repechos de los que dejan las piernas tiritando. Las dos opciones volverán a juntarse pocos metros más arriba del aparcamiento de la playa.

Sea cual sea la opción elegida, es recomendable una visita al larguísimo arenal de O Rostro, si bien no debemos cometer la locura de explorar también sus aguas, ya que el océano no tendrá reparos en mostrarnos la razón por la que esta zona es conocida como Costa da Morte (no seríamos el primer ni por desgracia el último incauto que termina su Camino demasiado bruscamente, ya que muchos peregrinos cometen la terrible imprudencia de bañarse aquí o en la playa fisterrana de Mar de Fora).

Desde aquí recomiendo también seguir la línea de costa durante unos centenares de metros por la pista forestal y posterior sendero que nos conducirán al paraje de Mexadoira donde, en medio de un espectacular entorno rocoso abierto a la inmensidad del océano, un diminuto riachuelo se dirige al mar y, al ver cortado su camino por la erosión marina, se tira directamente a su encuentro en una pequeña cascada en cuya base el agua dulce termina siendo barrida por las olas.

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Desde aquí podríamos ir hasta Muxía siguiendo la costa por el largo sendero conocido como camiño dos faros pero, para nuestra desgracia, no es apta para bicicletas (aunque me consta que se ha estado trabajando en una alternativa ciclable de la que pueden descargarse los tracks en internet). Volvamos pues al punto donde habíamos abandonado el Camino y subamos desde la playa hasta el lugar de Padrís, donde tomaremos a la izquierda y nos internaremos en un bosque (pino y eucalipto, para variar) que nos cobijará con su sombra durante algunos kilómetros.

La rutina es la de siempre, alternando subidas y bajadas, tierra y asfalto. En general será una ruta de interior, aunque las frecuentes apariciones del mar a nuestra izquierda no nos dejarán olvidarnos de él. Atravesamos la aldea de Canosa y llegamos a Lires, localidad al borde de una pequeña ría en la que es posible encontrar alojamiento si lo necesitásemos. Justo antes de llegar a ella, el Camino se abre paso por un estrecho sendero comido por la vegetación y nos sentimos un poco tontos por haber elegido esa opción, ya que a apenas unos metros existe una calle paralela perfectamente asfaltada. Saliendo ya del pueblo, no podemos evitar detenernos en la fuente que encontramos a nuestra derecha para rellenar nuestros bidones bombeando manualmente, como en los viejos tiempos, un agua de sabor metálico que nos retrotrae a nuestro más rústico pasado (si tuviésemos la suerte de haber disfrutado de una infancia feliz y pueblerina).

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Abandonamos ya el pueblo para encontrar nuestro paso interrumpido por el río Castro. Por suerte podemos sortearlo casi sin darnos cuenta por un puente de reciente construcción. Merece la pena detenerse para, además de disfrutar del idílico lugar, asomarnos sobre las alzas de nuestra izquierda para ver bajo nuestros pies las piedras por las que cruzaba el Camino hasta hace poco. Al verlas sumergidas por las aguas del río y separadas entre sí por una buena distancia, asumimos que si no hubiesen tenido el detalle de construir el puente sobre el que nos encontramos nos habríamos visto obligados a dar un buen rodeo para poder cruzar en bicicleta (aunque tampoco creo que resultase fácil para los caminantes cruzar por ellas, la verdad).

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Ascendemos por la ladera en la orilla derecha del río y llegamos a Frixe, aunque apenas rozamos su casco urbano. Si tomamos a la izquierda podremos visitar la playa de Nemiña. Si no lo hacemos y seguimos recto, al poco cruzamos una carretera que, de nuevo a la izquierda, nos llevaría al remoto cabo Touriñán y a su faro. Si disponemos de tiempo podremos visitar esos lugares o, si no, continuamos nuestro camino a través de interminables pistas en medio de montes sin fin en los que en ocasiones encontramos pequeños grupos de casas sin nombre (no porque no lo tengan, sino porque pocos lo conocen).

Eventualmente encontramos a la derecha de la carretera un rinconcito con una fuente y un crucero decorado con macetas. Eso significa que en unos metros cruzaremos el caserío de Morquintián y que, si nos desviamos unos metros hacia abajo -nuestra izquierda- podremos visitar la iglesia de Santa María, que aún conserva elementos románicos. Junto a ella existe también una fuente de piedra donde podemos refrescarnos.

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Apenas nos hemos dado cuenta de que llevamos ya varios kilómetros de suave pero continua subida y la repentina bajada nos sorprende. Cruzamos Xurarantes casi sin verlo y tenemos que esforzarnos para frenar la bici en el cruce cuando nos encontramos con la carretera que nos lleva ya a Muxía. Tras una pronunciada curva, comenzamos a llanear por buen asfalto, de nuevo a la orilla del mar. A nuestra izquierda queda la playa de Lourido, dominada por la tropelía estética y paisajista que algún día será el parador de Muxía (quizás una vez terminado se integre mejor en el paisaje, pero durante las obras de construcción tiene aspecto de mina a cielo abierto). Después, la arena de la playa da paso a una costa rocosa azotada por el oleaje y, antes de darnos cuenta, estamos entrando en Muxía.

Lo primero es lo primero, por lo que atravesamos de punta a punta el casco urbano para llegar al santuario de la Virxe da Barca, en la punta de la pequeña península en la que se asienta Muxía.

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Cuenta la tradición que andaba el apóstol Santiago por estos lares dedicado a sus quehaceres habituales (que no eran otros que evangelizar a las gentes de estas remotas tierras) cuando, desde el mar, se le acercó la virgen María que venía a bordo de una barca hecha de piedra nada menos. La virgen animó y reconfortó al apóstol -quien al parecer ya estaba un poco harto de explicar la palabra de Dios a los gallegos de la época- y después se volvió a Tierra Santa. No cuenta la leyenda cómo regresó, pero el caso es que la barca quedó abandonada en la agreste costa frente a la que actualmente se levanta el santuario. Y allí sigue aún hoy en día: una piedra es el casco, otra el timón, otra la vela… Las extravagantes formas que siglos y siglos de erosión han dado a las rocas de la zona han espoleado la imaginación de los muy bien evangelizados gallegos que levantaron una bonita iglesia para conmemorar tan celebrado encuentro. Merece la pena dedicar algo de tiempo a obtener información sobre los nombres de las famosas rocas, identificarlas in situ y, si el caprichoso océano lo permite, acercarse hasta ellas para celebrar los ritos que, según dicen, permiten obtener de ellas fantásticos milagros.

El caso es que el lugar impresiona: una iglesia levantada sobre un rocoso cabo especialmente azotado por violentas olas y fuertes vientos. Cerca de ella, un faro alerta a los navegantes de lo peligroso que resulta acercarse a estos bajíos e, incluso en época de temporales, decenas de turistas y peregrinos arriesgan sus vidas por obtener un bonito selfie ante las impresionantes olas para subirlo después a sus redes sociales. En fin…

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Volviendo a la iglesia, probablemente este enclave fue ya lugar de culto en tiempos precristianos y, ya en el siglo XII o en el XIII, los monjes del cercano monasterio de Moraime levantaron aquí una ermita. La iglesia actual es de estilo barroco y fue levantada en el siglo XVIII (salvo las torres, que son del siglo XX). Pese a todo, la iglesia que vemos en la actualidad es mucho más moderna ya que el día de navidad de 2013, durante el primero de los temporales de un invierno especialmente duro, un incendio provocado por un rayo devoró prácticamente todos los materiales susceptibles de arder. Sobre la base de la construcción en piedra (que obviamente no ardió), el templo fue reconstruido con una rapidez sin precedente, pero aún faltan bastantes años hasta que deje de notarse que casi todo lo que no está hecho de piedra es nuevo. Especialmente dolorosa fue la pérdida del retablo mayor original del siglo XVIII. Por suerte la imagen gótica de la virgen que se perdió en el incendio era solo una réplica de la original que, según la tradición, se encontró entre las rocas de este lugar. Tras la reapertura del templo, nuevas maquetas de barcos han ido ocupando los lugares de los exvotos que ardieron en la tragedia. En este santuario, en el mes de septiembre, tiene lugar una más que concurrida romería.

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Abandonando ya la zona (pero no Muxía), volvemos al casco urbano para visitar, en su extremo norte, la iglesia parroquial de Santa María, de estilo románico de transición –y algo de gótico-, que llama la atención por estar construida sobre la roca, especialmente el campanario que se encuentra separado del cuerpo de la iglesia. Merece también la pena acercarse a los secaderos artesanales de congrio que pueden verse junto al mar, en el extremo más cercano al puerto del mismo paseo que lleva al santuario de la Virxe da Barca.

Y, por supuesto, en Muxía podremos encontrar un lecho donde reposar nuestros cuerpos de nuestro largo pedalear por los duros caminos de la Costa da Morte y sobrados lugares donde saciar –y saciar bien- nuestra hambre. No debemos olvidar tampoco acercarnos a la oficina de turismo local donde, presentando nuestra credencial debidamente sellada, nos darán un nuevo diploma certificando que hemos llegado hasta aquí.

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Ha llegado el momento de abandonar Muxía y volver a Santiago. Desde aquí, como también ocurría en Fisterra, salen con cierta frecuencia autobuses con destino Santiago de Compostela que en general no suelen poner pegas para subir una bici a bordo. Sin embargo lo más probable es que nuestra aventura nos haya sabido a poco y estemos deseando continuar, así que la vuelta la vamos a hacer también en bici utilizando para ello el camino señalizado que, a través de Dumbría, nos lleva a Hospital y desde allí volveremos a Santiago por el Camino que ya recorrimos cuando íbamos a Fisterra.

Pero si hemos elegido para esta aventura una bici de carretera y creemos que es ya hora de tener nuestra merecida recompensa, podemos volver por asfalto directamente desde Muxía hasta la capital compostelana con lo que, además de ganar en comodidad (a pesar del tráfico), no nos perderemos los principales puntos turísticos del Camino y tendremos también oportunidad de conocer nuevos lugares por los que el Camino no pasa. Sin embargo, de elegir esta opción, debemos tener en cuenta que no volveremos a tener albergues de peregrinos hasta Negreira, por lo que deberemos rediseñar nuestro plan de viaje en función de esto. De este modo, si preferimos usar la carretera, tendremos oportunidad de visitar dos maravillosas iglesias como son San Xián de Moraime y San Martiño de Ozón (de las que trataré más adelante) pero además, una vez hayamos abandonado ya definitivamente la ruta jacobea, podremos visitar joyas históricas variadas como, entre otros, un petroglifo con cazoletas y espirales en Boallo, numerosos dólmenes (incluidos todos en la ruta de los dólmenes de Vimianzo) o la mina romana inundada de Pozo Limideiro, además del bonito puente de Brandomil, sobre el río Xallas, de origen romano, factura medieval -aunque reforzado en el siglo XVIII- y que jugó seguramente un destacado papel en la historia de esta ruta jacobea de Muxía de la que estamos tratando. Entre tanta maravilla, no debemos dejar de prestar atención a la carretera -en la que, por cierto, encontraremos muchos otros cicloviajeros que se dirigen a Muxía por asfalto- pues prácticamente carece de arcén y es muy transitada. Sin ir más lejos, en la localidad de Brandomil se pueden ver aún las flores depositadas en el punto donde un ciclista fue arrollado perdiendo la vida en 2016.

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Pero hemos elegido la opción caminera, por lo que abandonamos Muxía por carretera pero al salir del casco urbano, pasada la playa, nos desviamos a la izquierda para seguir durante algunos metros la costa por la plataforma de madera que bordea el arenal. A continuación nos internamos en el bosque por un bonito pero duro camino ascendente que nos lleva a la aldea de Chorente. Desde aquí salimos por asfalto pero, después de girar a la izquierda y llegar a unos chalets alineados a nuestra derecha, el asfalto desaparece dejando paso a un camino de tierra que nos deja casi de inmediato en una sencilla ermita dedicada a San Roque en cuyo tranquilo entorno podremos descansar unos minutos o unas horas. No tardamos en llegar después a la carretera que sube desde Muxía, que tendremos que cruzar extremando las precauciones pues estamos en una curva. Al otro lado, una tranquila carreterita nos ayuda a recorrer la corta distancia que nos separa de unos de los lugares que, por si mismos, hacen que merezca la pena este viaje: nos encontramos en Moraime donde en el siglo XII se levantó un monasterio del que aún se encuentra en pie la iglesia románica de San Xián, que bien merece ser visitada aunque tan solo sea para admirar sus puertas principal y lateral, bellamente decoradas. Uno de los edificios del entorno es ahora un hotel y en las proximidades puede verse también un palomar.

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Una vez hayamos disfrutado a gusto de esta joya románica (cuyas pilas bautismales fueron robadas por la santa esposa de un dictador cuyo nombre, francamente, prefiero no mencionar), continuamos nuestro camino y volvemos a toparnos con la carretera general que volvemos a cruzar -en curva, para variar- para seguir una carretera paralela pero más tranquila que nos vuelve a dejar en la carretera general al llegar a la localidad de Os Muiños, poco más adelante.

De Os Muiños saldremos hacia la izquierda por una bonita carreterita que discurre paralela a la costa, aunque a mayor altura, lo que nos permitirá rodar un par de kilómetros escuchando el oleaje. por aquí pasa también, aunque en sentido contrario al que llevamos, el Camiño dos Faros que abandonamos, al igual que el asfalto, a la entrada al pueblo de Merexo. Aquí tomamos una pista de tierra ascendente que nos aleja ya definitivamente de la costa y que nos lleva, con bastante esfuerzo, hasta Vilar de Sobremonte, desde donde solo tenemos que dejarnos caer unos metros para alcanzar otro de los lugares mágicos de este tramo: el antiguo monasterio de San Martiño de Ozón y su iglesia de origen románico (aunque las reformas llevadas a cabo en los siglos XVII y XVIII apenas dejaron restos del original). Lo más llamativo del conjunto es el hórreo donde se almacenaban las rentas pagadas al monasterio, que tiene nada menos que 27 metros de largo y consta de 22 pares de pies, lo que lo convierte en uno de los hórreos más grandes de Galicia y nos habla de lo rico que llegó a ser este monasterio allá por el siglo XVI.

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Desde aquí, el camino que pasa junto al enorme hórreo y que más adelante pasa a estar asfaltado, nos lleva a la localidad de Quintáns donde cruzamos una vez más (ya es la última, os lo prometo) la carretera general Santiago-Muxía. En caso de haber agotado ya los víveres que trajésemos desde Muxía, estamos también en un buen lugar para reabastecernos.

Dejando atrás Quintáns nuestro camino vuelve a ponerse cuesta arriba, por asfalto primero y por tierra compactada después. Después de un rato de ascenso moderado pero constante, la subida nos da una tregua al tiempo que, obedeciendo tal vez a un cambio de concello, la «autopista para peregrinos» por la que circulamos deja paso a un camino más tradicional y bonito, pero aún ancho y de circulación fácil. Después de lo que nos parecerá un momento llegamos de nuevo al asfalto en una carretera que tomamos a la izquierda y, casi de inmediato, a la derecha para entrar en el casco urbano de Vilastose, donde un par de bonitos hórreos nos dan la bienvenida. Lo siguiente que vemos, a la derecha, es la iglesia de San Ciprián de Vilastose, barroca del siglo XVIII, en cuya portada destaca el extraño rosetón y el frontón triangular que corona el conjunto. En su interior se encuentra una capilla gótica del siglo XV dedicada a Nuestra Señora del Rosario. Otro detalle llamativo es que en vez de torre lo único que vemos, a la derecha de la puerta, es una especie de muñón. De hecho, para ver el campanario de la iglesia debemos continuar nuestra ruta unos pocos metros, donde lo vemos a nuestra izquierda a un nivel más elevado. Como la iglesia, también es barroco y también del siglo XVIII aunque, quizás por su situación al lado de un hórreo y frente a un crucero, parece mucho más bonito que aquella (sin duda me gustan más los frontones partidos barrocos, como el del campanario, que los triangulares de apariencia neoclásica, como el de la iglesia).

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Salimos de la localidad por la misma calle por la que entramos (técnicamente estamos en un barrio que se compone únicamente de esta calle, el resto del pueblo está algo más al oeste) y tomamos la carretera a la izquierda, donde las casas siguen sucediéndose en ambas orillas (una de ellas tiene una higuera que invade la carretera con sus ramas y es difícil resistirse a sus jugosas brevas) hasta que entramos en otro núcleo urbano, en este caso Senande, donde podemos encontrar un par de bares y tienda de alimentación. Giramos a la derecha y al momento abandonamos la carretera principal hacia la izquierda en un tramo más o menos llano que alterna bosque de eucalipto y campos de maíz.

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 Después de cruzar el apacible río Castro y su fresca rivera, retomamos de nuevo la subida -dejando a nuestra izquierda un bonito hórreo y bellas vistas- pero no tardamos en llegar a la siguiente parada: la capilla de A Virxe do Espiño, también conocida como Santiña de Trasufre. En este caso, el edificio en sí -del siglo XVIII, ampliado en el XIX y, con su desconchada pintura blanca y ruinoso tejado, aspecto de que no aguantará mucho tiempo en pie- no es gran cosa pero sí lo es la festividad que tiene lugar el 21 de septiembre y que gira en torno a las aguas de la Fonte da Santa, a las que se le atribuye el milagroso poder de curar verrugas y otras enfermedades de la piel. El ritual incluye lavarse con el agua la zona afectada y secarse con un pañuelo que debe ser después colocado sobre la zarza (silveira o espiño) donde supuestamente se apareció la Virgen. Lo descuidado del entorno hace que sea difícil rodear el edificio o encontrar la fuente, siendo bastante más fácil llegar al crucero que hay en un nivel superior.

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Continuamos la subida por la parte más alta de la aldea de Trasufre, donde parecen acumularse los mejores hórreos del lugar. Después giramos a la izquierda y nos metemos por un estrecho sendero con firme en perfecto estado -arreglado para los peregrinos- y rodeado de vegetación que sería mucho más fácil de disfrutar si no fuese todo de subida. Así lo comprobamos cuando, después de un buen rato de subida, el terreno cede al fin y comenzamos a descender. Cuando vemos ante nosotros un poco de asfalto, el camino se desvía bruscamente para evitarlo y seguimos bajando por tierra. Poco más adelante, y aún en bajada, nos topamos de nuevo con esa misma carretera, que en esta ocasión cruzamos (no es el mejor sitio para cruzar así que ¡precaución!) para seguir bajando por la carretera que sale frente al camino por el que veníamos.

Pero lo bueno no dura siempre así que, después de cruzar el río do Fragoso, empezamos un suave ascenso que en poco tiempo nos deja en Dumbría. Justo a la entrada a la localidad (donde podemos disponer de servicios como bares, resturantes, centro médico, banco, etc.) tomamos a la derecha para entrar en el casco urbano y después tomar de nuevo a la derecha para cruzarlo. Antes de abandonar Dumbría dejamos a nuestra izquierda, al fondo de una explanada que sirve de aparcamiento y donde encontramos un bar (siguiendo la ley no escrita de que frente a cada iglesia de España tiene que haber uno), la iglesia de Santa Baia, construida entre los siglos XVII y XVIII en estilo barroco.

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Por la misma carretera por la que vamos cruzamos un riachuelo e, inmediatamente después, nos salimos hacia la derecha en dirección al albergue municipal, construido entre un parquecillo y el campo de fútbol local. Después tomamos a nuestra derecha un bonito sendero rodeado de vegetación autóctona en el que recomiendo tomar aire para lo que se nos viene encima. El camino acaba junto a una casa y gira hacia la izquierda ya convertido en asfalto por el que rodamos unos metros hasta una pequeña aldea donde debemos dar un brusco giro a la izquierda y ¡nos damos de bruces con un muro de cemento!

Si hemos sido lo bastante previsores como para poner con tiempo nuestro desarrollo más suave y, después de asimilar que lo que tenemos ante nosotros no es la pared de una casa sino el comienzo de un camino, conseguiremos superar los metros de cemento, pero este no hace sino dar paso a un camino de tierra y piedra suelta con igual o mayor inclinación. Después de una curva de herradura llegamos a una carretera que tomamos a la derecha y donde respiramos por fin un poco, aunque seguimos subiendo. En la primera curva debemos cruzar el asfalto para tomar el camino que sale a la izquierda (de nuevo, ¡cuidado!) que sigue subiendo sin tregua con pendientes significativas, aunque no tan exageradas como en el primer tramo.

Lo más duro de la subida acaba cuando nos encontramos de nuevo con la carretera (que se plantea como una opción para subir más pausadamente si no nos importan los constantes adelantamientos) e incluso unos metros de bajada nos hacen albergar esperanzas, pero se trata solo del cauce de un riachuelo y después debemos seguir subiendo, aunque ya de forma mucho más asequible. La historia se repite poco más adelante, donde un pequeño puentecillo nos permite salvar otro riachuelo antes de volver a subir. Finalmente, un bestial repecho de gravilla -donde casi seguro que tendremos que desmontar para empujar la bici, más por las piedras sueltas que por la inclinación- nos deja de forma definitiva en el asfalto.

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Un último tramo de subida y un poco de llaneo posterior, dejando los imponentes aerogeneradores a nuestra izquierda (no son gigantes, sino molinos, mis queridos escuderos) y, viendo ya delante de nosotros, ligeramente a la derecha, una fea fábrica que domina el paisaje, llegamos a gran rotonda que nos resulta familiar: estamos en el cruce de Hospital donde el camino de Fisterra y el de Muxía se separan (o, si estamos ya de regreso como es nuestro caso, vuelven a unirse). Hemos completado así nuestro viaje o, al menos, nuestra descripción del mismo, pues lo que encontraremos de aquí a Santiago ya lo conocemos todos y no merece la pena repetir los detalles… aunque, por supuesto, ¡debemos aún pedalearlo!

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