Subiendo las Rías Bajas: Ruta de la costa atlántica – Galicia (EuroVelo 1)

Provincias: Pontevedra y A Coruña

Distancia: 535 km aprox.

Mapa:

Track: Descargar RutaEV1Galicia.gpx

Descripción:

En episodios anteriores de EuroVelo 1:

No, tranquilos, que no habéis viajado, por arte de birlibirloque, a una serie mala de los años ochenta. Seguís en vuestra página cicloturista de referencia y estamos a punto de iniciar una nueva aventura… pero es que ya nos hemos encontrado aquí muchas veces con la red de rutas transeuropeas EuroVelo y, más concretamente, esta EuroVelo 1 ya la seguimos durante muchos kilómetros por la costa de Portugal, además de por la orilla lusa del río Minho. También la Vía Verde Ruta de la Plata va en paralelo a esta EV1, cuando no coinciden ambas, y durante una de nuestras aventuras por Extremadura nos entrecruzamos con esta ruta en varias ocasiones.

De hecho, el tramo gallego de la ruta EuroVelo 1 es nuevo: tan nuevo que ni siquiera los propios organizadores tienen el recorrido en su web (ni en la europea ni en la española), aunque se ve que la Xunta de Galicia tenía una buena partida presupuestaria para este proyecto, porque la señalización es impecable y han hecho un auténtico derroche económico en flechas, paneles informativos y aparcabicis. Sin ir más lejos, supe de la existencia de esta ruta gracias a las flamantes señales que me encontré durante una de mis habituales rutas siguiendo la costa entre Muros y Ézaro.

Y es que esta EuroVelo 1 es una ruta que no para de crecer. Como ya hemos dicho en otras ocasiones, nace en Cabo Norte (Noruega) y atraviesa el país hasta su punto más occidental, desde donde pasa a Escocia. Un nuevo salto la lleva a Irlanda del Norte, continuando por Irlanda y volviendo a Gran Bretaña por Gales y el suroeste de Inglaterra. Llega después a Francia, donde recorre la costa desde Bretaña hasta la frontera española, país este que atraviesa desde Irún hasta Ayamonte. En Portugal sigue metro a metro la costa, sin dejarse nada, y finalmente muere en Caminha… o más bien moría, porque después se decidió hacer uso de la Ecopista do Minho para alargar la ruta hasta Valença y recientemente, como decía, se ha decidido que la ruta cruce el río hasta Galicia para seguir después el Miño en busca de nuevo del Atlántico, cuya costa recorre íntegramente después hacia el norte, hasta el Cabo de Fisterra.

Son varias las veces que hemos llegado ya a Fisterra en esta web: por el interior siguiendo la ruta jacobea (por donde ahora va también la Eurovelo 3) y por la costa norte siguiendo el Camiño dos Faros. Así que, ¿por qué no completar las opciones llegando por la costa desde el sur? ¿Os animáis a acompañarme en este último medio millar de kilómetros de la ruta que atraviesa Europa?

Quien quiera venir conmigo necesitará para ello una bici de montaña o, como mínimo, de gravel, pues aunque haremos muchos kilómetros por asfalto también abundan las pistas de tierra y hasta nos meteremos por poco recomendables andurriales. ¡Vamos allá!

El punto de partida es Tui… o Valença… o, en realidad, el punto intermedio entre ambas localidades que constituye el puente internacional de 400 metros de longitud construido en 1884 por Pelayo Mancebo y Agreda para unir los dos países separados por el Miño y durante siglos enemistados. Hasta este puente podemos haber llegado bien desde el norte o el sur siguiendo la ruta de peregrinación que une Santiago de Compostela con Fátima, o bien por el este o el oeste siguiendo la portuguesa ecopista do Minho (por aquí habremos llegado si venimos siguiendo la ruta EuroVelo 1 que ahora vamos a continuar). En todo caso, vengamos de donde vengamos, antes de continuar merece la pena emplear unas horas en conocer ambas localidades, la portuguesa y la española, de las que no voy a volver a hablar por haberlo hecho ya en las rutas antes mencionadas.

Situados en el extremo español del puente, vamos a pedalear alejándonos por ahora del río siguiendo la nacional (aunque los primeros metros los podemos hacer más tranquilos por el apartadero donde se encontraba la antigua aduana, a nuestra derecha). Seguimos la nacional en dirección a Tui hasta llegar a una gasolinera frecuentadísima por conductores portugueses que quieren aprovechar el precio de los carburantes en nuestro país, barato en comparación con el suyo. En este punto giramos a la izquierda para cambiar de carretera nacional y tomar la N-551 que va, como nosotros, hacia A Guarda. Por esta transitada carretera hemos de hacer los primeros kilómetros: pasamos primero bajo la vía del tren, después salvamos una primera rotonda y, pasando bajo la autovía, una segunda glorieta casi inmediata; después ignoramos la ancha carretera que sale a nuestra derecha seguimos nuestra nacional que, a partir de aquí, pierde su carácter y pasa a ser la simple carretera provincial PO-552. Como no nos gustan las carreteras segundonas, en la siguiente rotonda -en realidad unos tres o cuatro metros después de pasarla, frente al cementerio local- giramos a la derecha y abandonamos la carretera que nos ha traído hasta aquí.

Después de dejar atrás un «campo da festa» (explanada donde habitualmente se celebran las fiestas de las parroquias gallegas) adornado con un crucero, y atravesando entre unas casas, la carreterita que hemos elegido nos lleva a un camino de tierra donde vemos ya el primer cartel que, junto a un aparcamiento para bicis, nos informa de qué es esto del EuroVelo 1 que estamos recorriendo y cuyas abundantes flechas nos han traído hasta aquí. Siguiendo el camino, que nos lleva paralelos a la carretera por la que veníamos antes, atravesamos un primer tramo de bosque antes de llegar a un viñedo frente al que hemos de dibujar una pronunciada curva a la izquierda para rodearlo, bajando primero y subiendo después (en una de sus esquinas no hay señal, pero es fácil suponer por dónde debemos tirar y no tardaremos en encontrar la siguiente flecha que nos marque nuestro camino).

Después de girar a la izquierda para alejarnos del viñedo, la tierra da paso al crudo cemento y nos toca subir un breve repecho que nos lleva hasta una nueva zona urbana, ya en el concello de Tomiño. Aquí, en algunas paredes, vemos murales que celebran la romería del «lanzo da crus», una tradición local que se remonta al año 1500 y en la que se bendice a los barqueros del río Miño para garantizarles una buena pesca. También aquí, algo más adelante, tenemos el placer de conocer a un perro que sale desde una de las casas con la cancela abierta que nos persigue de cerca mientras comunica con sus ladridos a sus congéneres de toda la comarca que en el lugar hay un ciclista de apetitosas pantorrillas.

Por suerte, como dicen, perro ladrador poco mordedor, y en el siguiente cruce decide cambiar su interés por nuestras piernas por la esquina más cercana, que se acerca a olisquear, olvidándose de nosotros, que nos desviamos a la izquierda algo más adelante. Después de un breve descenso, giramos a la derecha y seguimos bajando para adentrarnos en un bosque de pinos y eucaliptos, donde seguimos pedaleando (ya no estamos bajando) por asfalto. Una vez más nos toca describir una amplia curva para rodear una finca, que dejamos a nuestra derecha, al otro lado de un muro, antes de que una de las flechas nos mande girar a la izquierda por un camino de tierra para descender por un umbroso bosque en dirección al río.

Bajando por este bosque encuentro a una mujer joven, de largo pelo moreno y piel muy blanca, vistiendo una falda larga y una blusa. Por un momento pienso que me encuentro ante una moura, pero los berridos que le pega a alguien que se encuentra al otro lado de su teléfono móvil pronto rompen la magia y me devuelven a la prosaica realidad. En todo caso, mi llegada al río en un entorno de gran belleza me hacen darme cuenta de que esa realidad no es para nada mala, así que me detengo un momento a disfrutar de la vida y a pensar en que debería regresar a este lugar con una caña de pescar y olvidarme del mundanal ruido mientras pesco en el Miño.

La vida es bella… pero dura. Después de seguir unos metros por el camino recientemente abierto en la hierba a golpe de guadaña para el EV1, tengo la sensación de que de repente el camino acaba en la zanja que supone un riachuelo que se nos atraviesa. Fijándome más, respiro tranquilo al darme cuenta de que han construido un mínimo puente de madera que permite cruzarlo (un poco hacia la izquierda de donde nos encontramos). Al otro lado, sin embargo, ya no hay camino sino un estrecho sendero delimitado por la alta vegetación por el lado del río y, al otro lado, por el pastor eléctrico que el ganadero de la finca aledaña ha colocado para que no se le escape el ganado hacia el río. Nos vemos por tanto obligados a extremar las precauciones para seguir, en todo un alarde de equilibrio, por el sendero sin tocar el cable que tenemos a solo unos centímetros y evitando que las ramas del otro lado nos empujen hacia él (en realidad, en teoría, los neumáticos de la bici nos deberían proteger de la descarga en caso de tocar el cable, pero no voy a ser yo, si puedo evitarlo, quien haga el experimento que demuestre esa teoría).

En esas estamos cuando un tentador y ancho camino nos invita a alejarnos del río. Sin embargo, aunque las flechas han desaparecido misteriosamente en este tramo, nuestro track nos dice que debemos seguir de frente, así que, de perdidos al río… y casi literalmente, porque lo primero que debemos hacer para seguir el Miño es salvar un nuevo riachuelo, pero esta vez sin puente y en un punto donde nuestro sendero ha desaparecido arrastrado por alguna crecida y el pastor sigue estando, amenazante, a nuestra derecha. Finalmente, después de un nuevo tramo casi sin sendero en el que seguimos el pastor eléctrico como uno de estos juegos infantiles en los que hay que seguir un circuito eléctrico sin tocar el cable (si lo tocas pierdes, como en nuestro caso), alcanzamos una pista de tierra, ancha y ascendente, que aunque no tiene señalización nos lleva, alejándonos del río, hacia el asfalto, donde nos reencontramos con nuestras queridas flechas.

Atravesamos ahora una nueva zona salpicada de casas, y llegamos a una plazuela denominada Plaza del Cristo y, si nos fijamos, detrás de los coches aparcados, entre postes eléctricos y rodeado de contadores, efectivamente, hay un Cristo. Después, sin abandonar el asfalto, dejamos atrás la zona más urbana y regresamos al bosque, aunque el cercano ruido de coches nos indica que estamos regresando de nuevo a la PO-552. Sin embargo, no vamos a pisarla por ahora: en una explanada donde vemos, a nuestra izquierda, un lavadero y donde vamos derechitos a la carretera, pegamos un manillarazo (no es posible dar un volantazo en una bicicleta) hacia la izquierda para alejarnos de nuevo de ella y, tras unos metros de campo abierto, meternos de nuevo en una zona con abundantes casas.

En realidad en esta zona no vemos casas, vemos casoplones rodeados de amplias parcelas, altos muros y pomposos portalones de acceso (alguno con preocupante parecido al del famoso rancho de Pablo Escobar en Colombia). No voy a describir todos los giros que debemos hacer (las flechas y el track se sobran para indicarnos el camino, si bien hay un par de puntos en los que discrepan ligeramente, pero sin pérdida tomemos la opción que tomemos). Ya por tierra, aunque por caminos en perfecto estado, nos metemos por el medio de una enorme plantación de aguacates (una alta valla nos separa de los árboles) y llegamos, como no, a la PO-552.

Aquí debemos hacer una maniobra peculiar, pero con mucho sentido si queremos evitar la carretera: primero nos incorporamos a ella en dirección contraria a la que esperaríamos tener que hacerlo (es decir, hacia nuestra derecha), después la abandonamos por el lado contrario al que hemos venido y nos incorporamos, a la izquierda, a la carretera secundaria que nace aquí; después de solo unos metros abandonamos también esta para meternos por un camino que sale a nuestra izquierda y que se dirige de nuevo hacia la PO-552, pegado a la cual nos permite transitar evitando el peligro de los coches. Este camino, además, nos permite cruzar el río Cereixo da Briña por un bonito puente de hechura medieval junto al que hay un molino, el de Forcadela, construido entre los siglos XV y XVI. Apenas unos metros más adelante pasamos también junto a un crucero, el Cruceiro da Ponte, que data de 1680 y que cuenta con la peculiaridad de tener una figura labrada en el fuste y de estar iluminado por dos faroles (uno colgado en su percha y otro, simplemente, abandonado en los escalones de la base).

Tras este interesante tramo de camino, regresamos a las carreteras que acabamos de abandonar: primero a la secundaria y después a la PO-552, a la que nos unimos en una curva y que debemos seguir unos metros antes de abandonarla por la izquierda (esto es más fácil de decir que de hacer, debido al tráfico y a la proximidad de la curva, por lo que tenemos que extremar las precauciones para asegurarnos de llegar sanos y salvos al otro lado).

Después de unos pocos metros en perpendicular a la carretera, giramos en ángulo recto a la derecha y comenzamos un tramo muy tranquilo, completamente llano siguiendo el cauce del Miño, alternando tramos asfaltados con otros, más abundantes, de tierra y rodeados de campos de labor, muchos de ellos dedicados al cultivo de plantas ornamentales (no nos extrañe, por tanto, pedalear rodeados de especies que pueden saltar, sin solución de continuidad, del boj a las palmeras en solo unos metros). De vez en cuando, encontramos también paneles informativos que nos cuentan cosas sobre la zona: fauna, cultivos, flora invasora…

Después de dejar a la derecha una planta depuradora, abandonamos el asfalto por el que nos toca rodar en este momento para tomar el camino que sale a la izquierda y que, pasando bajo el Puente de la Amistad (que cruza el Miño uniendo este concello de Tomiño en el que nos encontramos con la localidad portuguesa de Vila Nova de Cerveira), convertirse en un paseo fluvial que, pegado a la orilla del río, sirve de lugar de asueto a pescadores y paseantes, por lo que debemos circular con precaución y respeto a los demás. En este tramo el firme va alternando entre la tierra y las pasarelas de madera (recubiertas estas de una malla plástica que evita los resbalones indeseados). Finalmente llegamos a un pequeño puerto fluvial (el embarcadero de Goián) donde conviene hacer una pausa, y no solo para disfrutar de las inmejorables vistas que desde aquí se tienen de la orilla portuguesa, que también, sino para hacer un pequeño alto en nuestra ruta y, aunque solo sea por unos metros, salirnos del recorrido oficial del EV1.

Y es que aquí, si subimos por la carretera (o el carril bici anexo a ella) que se aleja del río, tardaremos poco en llegar a la fortaleza de San Lorenzo de Goián, un fuerte abaluartado (lo que le confiere su característica forma estrellada) construido en 1671 para proteger el embarcadero, vigilar la cercana localidad portuguesa de Vila Nova de Cerveira y, ya de paso, el fuerte enemigo de San Francisco de Lovelhe. Durante aquellos años de la Guerra de la Restauración, las escaramuzas eran constantes y la raia era una sucesión continua de fuertes, castillos y fortalezas (solo desde Monção hasta la desembocadura del Miño, son incontables los que podemos encontrar en ambas orillas), de ahí lo significativo del nombre que recibió el cercano Puente de la Amistad que desde los primeros años del siglo XXI une España y Portugal en este punto. Aunque el interior del fuerte se encuentra bastante desangelado, la visita merece la pena aunque solo sea para ver el llamativo puente de acceso, la puerta principal y otros detalles de su estructura y su muralla, desde cuyos baluartes se controla perfectamente -como era su objetivo- un buen tramo del río Miño y de la orilla «enemiga».

Y, ya que hemos subido hasta aquí, podemos aprovechar para visitar también el crucero que podemos encontrar en el cercano cruce (al lado de la zona habilitada como aparcamiento) y, a no mucha distancia al norte de aquí, la Torre de los Correa, un pazo del siglo XVII que solo podremos ver desde fuera por estar dedicado actualmente al uso turístico (y en obras, me pareció advertir, lo que no sería de extrañar teniendo en cuenta que cambió de propietarios recientemente).

Una vez cumplidas las visitas obligadas, podemos descender de nuevo hacia el embarcadero para continuar con nuestra ruta.

Escribiendo…

Explorando el norte de Extremadura: XVII Semana Europea de Cicloturismo de la UECT

Provincia: Cáceres

Distancia: Variable (18 rutas de entre 13 y 130 km aprox.)

Mapa:

Tracks: Descargar todos SECT2023.rar

Descripción:

Ya he hablado aquí en alguna ocasión de la Unión Europea de Cicloturismo y de sus míticas Semanas Europeas de Cicloturismo, por lo que no me extenderé mucho más al respecto. Solo merece la pena señalar que hubo una larga temporada en la que este evento parecía estar gafado. Después de la que tuvo lugar en Belmonte (Portugal) en 2019, se programó la de 2020 en Bosnia pero debió ser suspendida a causa de la covid-19. La de 2021 iba a tener lugar en Bélgica, pero se canceló debido a las inundaciones que asolaron la zona ese mismo año por lo que se trasladó a Holanda, si bien finalmente fue también suspendida por la pandemia. En 2022 la idea era viajar a Ucrania pero un tal Putin decidió boicotear los planes invadiendo el país por lo que, aunque finalmente sí pudo celebrarse, tuvo que ser en Meppel (Holanda), lugar que ya había sido la sede suplente del año anterior.

Es por eso por lo que en 2023 no las tenía todas conmigo cuando me inscribí en la Semana Europea que la delegación española de la UECT organizó en Plasencia (Cáceres) y no descarté hasta el último segundo que un desastre natural impidiese celebrar la prueba (no son raros los incendios devastadores en la comarca placentina) pero por suerte los astros se alinearon y ni siquiera tuvimos que soportar un calor excesivo, más allá del que es habitual en la región a principios de julio, claro. Eso sí, el día de nuestra llegada a la ciudad pudimos presenciar una manifestación de los productores de cerezas que habían perdido gran parte de su cosecha por las fuertes tormentas del mes de junio: quizás sí hubo un desastre natural después de todo…

Así, pasemos ya a describir lo vivido durante la XVII Semana Europea de la UECT y las deliciosas rutas que la FECT señalizó para nosotros que, básicamente, lo único que tuvimos que hacer fue seguir las flechas.

Día 0:

Al parecer, Plasencia fue fundada por Alfonso VIII de Castilla en 1186 con el propósito de «agradar a Dios y a los hombres» (ut placeat Deo et hominibus) y de ahí tomó su nombre la villa cacereña. Así, como buenos dioses… digo, hombres, después de pasar por el recinto ferial de El Berrocal a recoger nuestros dorsales y efectos varios, nos dedicamos a disfrutar de los placeres que la localidad ofrece a sus visitantes y que empiezan no lejos del propio recinto ferial en el futurista palacio de congresos, obra de Lucía Cano y José Selgas. Después debemos coronar el alto que nos separa del resto de la ciudad y dejarnos caer hasta el casco histórico que ya vemos ante nosotros.

Lo primero que debemos visitar (también lo más caro) es la catedral o, para ser precisos, las catedrales o, para ser precisísimos, las dos medias catedrales. Me explico: Plasencia tenía una preciosa catedral de estilo románico (y protogótico) cuya construcción había comenzado en el siglo XIII y que apenas había sido concluida cuando, en 1498, creyeron que era buena idea demolerla para construir una nueva en estilo gótico-renacentista y a ello se pusieron durante el siglo XVI los mejores arquitectos de la época aunque, por suerte, no la tiraron toda de golpe sino que lo iban haciendo a medida que avanzaban en la construcción de la catedral nueva. Y es que no llevaban ni un siglo con la obra cuando decidieron parar y darla por concluida, dejando así dos edificios solapados y separados por un muro. En todo caso, es de visita obligada para disfrutar del bello claustro o de la Torre del Melón de la catedral vieja así como del magnífico edificio de la nueva, en cuyo interior destacan un par de impresionantes puertas platerescas.

Después de la catedral, es lugar de paso obligado la plaza mayor donde hay que admirar el edificio renacentista del ayuntamiento (s. XVI) y , en su torre principal, al Abuelo Mayorga tocando la campana cada hora desde 1743 (si bien el que vemos ahora es mucho más joven, pues el autómata original fue destruido por las franceses a principios del XIX). Para verlo en acción lo mejor es que nos dirijamos a la terraza de cualquiera de las muchas cafeterías de la plaza, busquemos una mesa que esté a la sombra y nos sentemos a refrescarnos el gaznate mientras esperamos cómodamente a que el reloj entre en funcionamiento.

Es hora ya de seguir nuestro paseo y dirigirnos a las murallas, en cualquiera de los lienzos que aún conservan el mismo aspecto que presentaban en el siglo XII (otros tramos fueron derruidos en el siglo XIX) o a cualquiera de las puertas que fueron ampliamente reformadas entre el renacimiento y el siglo XVIII. También podemos visitar a la sólida Torre Lucía, a la que es posible subir y en la que hay un centro de interpretación.

Otro punto de gran interés lo constituye el acueducto del siglo XVI que fue levantado por orden de Juan de Flandes para sustituir el construido durante el medievo para surtir de agua a la recién fundada ciudad.

Y, ya que estamos de paseo, no debemos dejar de visitar tantos y tantos lugares de interés que esconde la ciudad y que empiezan en la propia oficina de turismo, insertada dentro de un antiguo monasterio. Tampoco puedo dejar de mencionar el edificio neomudéjar que alberga la universidad (antiguo Colegio de la Merced), el palacio episcopal del siglo XII, la gótica casa del doctor Trujillo, la casa de los Almaraz (s. XVII), la románica iglesia del Salvador (siglo XIII, reconstruida en el XVIII), la iglesia -hoy auditorio- de Santa Ana del siglo XVI, el palacio de los Monroy del siglo XIV, la iglesia de San Nicolás del siglo XIII, el fortificado palacio del marqués de Mirabel del siglo XV, el anexo convento de los dominicos -hoy parador- del mismo siglo, o la arruinada iglesia medieval de la Magdalena -actualmente sitio arqueológico y centro de promoción de la artesanía-, por citar solo algunos de los lugares que llamaron mi atención.

Por supuesto, antes de retirarnos a descansar no podemos dejar de dar un paseo por la orilla del río Jerte, que da vida a la ciudad e incluso, si el calor y las fuerzas nos lo permiten, subir al santuario de la Virgen del Puerto.

Día 1:

Recorrido único (75 km aprox.):

El primer día de pedaleo de esta Semana Europea de Cicloturismo consiste en una única ruta, propuesta pero sin señalizar, que sirve de aperitivo a todas las demás. Salimos temprano para evitar la dura ola de calor que estamos terminando de superar y salimos de Plasencia, cruzando el río Jerte, por la carretera EX-203 que se interna en la comarca de la Vera.

Nada más enfilar esta carretera que debemos seguir durante bastantes kilómetros vemos ya un reguero de ciclistas que se esfuerzan en el duro repecho que debemos afrontar así, de buena mañana. Lo peor de la subida quizás sea que el carril doble que facilita el adelantamiento apenas cubre el primer tramo y después quedamos expuestos al denso tráfico que sale de Plasencia en esta dirección y que adelanta de cualquier forma a los numerosos grupillos de ciclistas que se extienden durante kilómetros de carretera.

Una vez arriba tenemos que llanear durante bastantes tiempo por la misma carretera en la que, a falta de banda sonora en la línea lateral, alguna lumbrera tuvo la genial idea de fabricarla a mano picando con una excavadora. Me explico: en lugar de la tradicional pintura con bandas rugosas que solemos encontrar en las líneas laterales de las carreteras de cierta importancia (y que ya suelen resultar incómodas para el ciclista) aquí, directamente, han cogido un martillo picador y han cavado varios surcos transversales a, aproximadamente, intervalos de un metro: un metro liso, otro par de metros con diez o doce socavones marcados en el asfalto, otro metro liso, etc. Una auténtica tortura que se suma al hecho de que el arcén está impracticable por la vegetación y la suciedad y que los coches nos pasan sin mucha delicadeza por el otro lado. Si por despiste pillamos los surcos con una de nuestras ruedas, todas las partes no fijas de nuestra bici terminarán rodando por el asfalto: bidones, luces…

A pesar de todo, la carretera es encantadora y rodamos sin problema por un paisaje adehesado de roble dejando un pequeño embalse a la derecha. El antiguo trazado debía de ser muy sinuoso y eso ha dejado como resultado numerosos apartaderos en los que podemos detenernos a reponer fuerzas a la sombra.

Llegamos así a Tejeda de Tiétar, localidad que debemos cruzar de lado a lado sin abandonar la carretera principal, dejando a la derecha una pequeña ermita dedicada a San Sebastián, del siglo XVII, y un crucero plateresco del XVI (de la iglesia principal del pueblo y de su «muerte pelona» hablaré en la ruta del día 4, cuando volveremos a pasar por aquí).

Poco después de dejar atrás Tejeda, a nuestra izquierda vemos una iglesia del siglo XVI con una placa indicando que se trata del santuario de Santa María la Blanca. Adelanto a un señor en bici eléctrica que no tarda en ponerse a mi altura para entablar conversación (al parecer soy el único con pinta de hablar español de las decenas de ciclistas que se ha encontrado en su ruta de hoy). Me cuenta que ha estado ligado a varias asociaciones ciclistas locales y hablamos largo y tendido sobre las mejores zonas para montar en bici por la región y sobre la indefensión del ciclista en esta carretera. En ello estamos cuando un coche en deplorable estado nos adelante ruidosamente mientras el copiloto nos lanza diversos improperios sacando su torso desnudo por la ventanilla y agitando agresivamente el puño hacia nosotros. Los ciclistas de este país estaremos jodidos mientras existan energúmenos como este que no sepan resolver sus frustraciones sexuales en su casita. De gilipollas está el mundo lleno.

Empezamos a subir ligeramente y llegamos a Torremenga, en uno de cuyos bares dejo a mi eventual compañero de ruta, y sigo ya en solitario hasta el cercano Jaraiz de la Vera para lo que hago uso del corto carril-bici que existe a la derecha de la carretera.

Jaraiz es pueblo de cierta enjundia que debe, sin duda, a la producción de su afamado pimentón, del que cuenta hasta con un museo. A mí me interesa más el arte, por lo que callejeo hasta localizar la iglesia de San Miguel Arcángel, originaria del siglo XV, si bien la mayoría fue reconstruida en el XX. De su interior nada puedo decir pues se hallaba cerrada a cal y canto. Aprovecho para seguir pedaleando por sus estrechas calles, donde los limoneros dejan caer sus olorosos frutos sobre el empedrado y donde una vecina se afana en explicar a una cicloturista francesa que los naranjos que crecen en la calle son decorativos y no comestibles repitiendo sin parar a voz en grito «No, malas» (debo intervenir para decirle que «on ne peut pas manger», lo cual resulta claramente más efectivo que los infructuosos esfuerzos de la señora jaraiceña).

En Jaraiz abandonamos la carretera principal (que continúa su camino por Yuste y la Vera) para tomar la que lleva a Pasarón. A la salida del pueblo encontramos una fuente donde rellenar los bidones y un mirador desde donde contemplar las primeras estribaciones de la sierra de Gredos y envidiar el buen gusto de Carlos V, quien eligió estas tierras para retirarse del mundanal e imperial ruido (detrás de las vistas del mirador añado algunas fotos del monasterio de Yuste, donde murió, que se encuentra cerca de aquí y que bien merece una visita).

La subida a la que nos enfrentamos ahora es una maravilla. Con pendientes muy moderadas, avanzamos por una tranquila carreterita rodeada de robles y castaños que nos protegen del implacable sol que a estas horas empieza ya a mostrarse inmisericorde. Cuando la carretera se abre un poco, algunos cerezos (aunque ya sin frutos la mayoría) nos acompañan en el llano que hay en la parte superior y en el comienzo de la bajada.

A la izquierda dejamos un mirador desde donde podemos ver ya, a nuestros pies y sobre las higueras, el caserío de Pasarón de la Vera, a donde no tardamos en llegar descartando el desvío que, a nuestra derecha, asciende hacia Piornal.

Entramos a Pasarón con unas bonitas vistas del conjunto urbano a nuestra derecha para, después de un par de curvas, pasar a meternos en él. Como, aunque lo atraviesa, la carretera pasa por lo que serían, más o menos, las afueras del pueblo, conviene aquí adentrarse en sus empinadas callejuelas para ver, entre otros puntos de interés su interesante iglesia de los siglos XV-XVI y campanario exento pero, sobre todo, para acercarnos a un lugar del que ya hemos visto carteles anunciándolo desde hace tiempo: el Museo Pecharromán.

Ricardo Pecharromán y Morales es un artista madrileño que, en los años noventa del siglo XX, adquirió y rehabilitó una casona señorial del siglo XVI situada en el centro de Pasarón de la Vera -no lejos de la iglesia- para convertirla en su estudio y que hoy en día acoge un museo del propio autor y es, al mismo tiempo, la sede de su fundación. La entrada al museo cuesta cinco lereles, lo que no es poco, pero si llamamos a la campanilla que sirve de timbre no nos arrepentiremos, pues es el propio Pecharromán quien suele salir a atender a los visitantes y quien nos sirve de guía en nuestra visita por un edificio que, en si mismo, es una auténtica joya. Respecto a la obra pictórica del autor, las opiniones son variadas pero a mí personalmente me sorprendió gratamente y me pareció que la figura del madrileño debería ser más conocida (no deja de ser curioso lo poco conocido que es, teniendo en cuenta lo bien que sabe vender su propia carrera). La verdad es que Pecharromán es todo un personaje y nuestra conversación se alargó durante casi dos horas en las que tuvimos tiempo de hablar de todo: arte, historia, libros, viajes, y de la vida en general. De hecho, mi visita duró más de lo que las circunstancias hacían aconsejable y, cuando salí del frescor de la casona y de las callejuelas del pueblo, el sol, en todo lo alto, no tuvo piedad de mí y me devolvió de golpe a la cruda realidad (o más bien a la asada realidad, por la temperatura que había).

Poco después de abandonar Pasarón abandonamos la carretera principal para tomar una antigua vía que, según anuncia un cartel de la misma época, nos lleva a Arroyomolinos de la Vera (para lo que debemos volver a cruzar la carretera principal a los pocos metros). Nos metemos así en un terreno rompepiernas que continúa después de tomar en las afueras de Arroyomolinos la carretera que surge a nuestra izquierda y de abandonarla al poco hacia la derecha. Después de unos kilómetros de continuo sube y baja por una carreterita antigua y aparentemente abandonada (más allá de los grupillos de ciclistas rezagados que, como yo mismo, nos arrastramos con esfuerzo de sombra en sombra bajo el sol de mediodía) llegamos a una carretera algo más importante donde retomamos el descenso y por la que llegamos a Gargüera, localidad donde lo más interesante lo encontramos en la propia carretera, a la salida del pueblo: la iglesia de la Asunción (s. XV).

Desde Gargüera, y siguiendo por la misma carretera que avanza entre robles y rocas graníticas, primero subiendo y después bajando, llegamos a la EX-203 (sí, la de los socavones laterales) por la que salimos de Plasencia y por la que regresamos a ella para completar nuestra primera ruta de la semana.

Día 2:

Apertura (13 km aprox.):

Es domingo y hoy no se madruga en Plasencia. Así, un poco antes de las diez de la mañana me planto en el recinto ferial de El Berrocal para participar en la marcha ciclista que abre oficialmente la SECT 2023. Nada más llegar me encuentro a algunos viejos conocidos asturianos (que forman parte de la organización del evento pues, no en vano, uno de ellos es el presidente de la FECT) y, después de un rato charlando con ellos, me meto en el bar del recinto a desayunar algo.

A las diez, con puntualidad europea, los 445 inscritos (358 franceses, 43 polacos, 14 belgas, una decena de españoles y otros tantos portugueses, cuatro gatos de Suiza, tres británicos, una pareja de valientes ucranianos y un único alemán) ajustamos nuestros pedales y nos ponemos en marcha para dar un paseo por las calles del centro de Plasencia. Después de llenar varias avenidas de las afueras y de colapsar las callejuelas del centro histórico, descendemos al Jerte para seguir, por su orilla, la vía para ciclistas y caminantes que nos lleva río arriba hasta las proximidades el camping La Chopera, que me trae recuerdos de otro viaje cicloturista que tuvo lugar hace un par de décadas. Allí cruzamos el río por una pasarela peatonal y regresamos por la otra orilla hasta llegar al puente del siglo XVI que lleva el irónico nombre de Puente Nuevo, desde donde pasamos al parque de La Isla, lugar en el que tendrá lugar el acto de apertura oficial.

Después de un buen rato esperando a las autoridades, el presidente de la UECT (Patrice), su homólogo de la FECT (Junquera), el vicepresidente de la Federación Portuguesa de Ciclismo (con el que había hablado un rato antes y que creo que se llama Sandro) y un par de concejales locales (Belinda y Álvaro) dan los discursos de rigor delante de las banderas correspondientes y declaran inaugurada la SECT 2023, después de lo cual pasamos a la comida de apertura y que consta de un menú muy español: un vaso de gazpacho, un bocata de tortilla y refresco a elegir. Durante la comida me presentan a los dos concejales (me jacto de asocial, pero siempre termino en el meollo de todos los saraos) y charlo unos minutos con ellos del evento y del atractivo que supone para el turismo local la reciente apertura de la Vía Verde Ruta de la Plata.

Finalmente, cuando todos mis conocidos (antiguos o recientes) se han despistado, me embadurno de protector solar y me dispongo a pedalear un rato: son las dos de la tarde.

Recorrido único (55 km aprox.):

Después de ayudar a un par de franceses a orientarse de vuelta hacia El Berrocal (me temo que sin mucho éxito), tomo la anchísima avenida de circunvalación que conecta Plasencia con la autovía A-66 y que a mí me permite enlazar con la EX-370 por la que comienza la ruta sin señalizar que la organización ha propuesto para esta tarde.

Después de un ascender penosamente bajo el calor de la tarde hasta cruzar la autovía, me dejo caer por el otro lado hasta pasar bajo los arcos de un moderno acueducto por el que discurre uno de los muchos canales que dan vida a esta zona de regadío. A la derecha queda un árbol que difícilmente podría acoger más nidos de cigüeña.

Tomando en el primer cruce a la izquierda avanzamos por una zona relativamente llana donde el calor se hace más y más patente. Me doy cuenta de que si sigo bebiendo a este ritmo mis dos bidones se agotaran en nada, pero necesito reponer líquido cada pocos metros. Dios proveerá.

Dejamos a la izquierda el cruce que lleva a Pradochano y pasamos bajo una autovía para llegar a San Gil, donde tomamos hacia la derecha la carretera con la que nos cruzamos. Al poco volvemos a abandonar esta carretera en dirección a Galisteo, cuyas murallas y castillo ya vemos muy cerca.

Dejando a la izquierda las piscinas dela localidad (y descartando su bar por la desagradable señal que luce junto a la puerta, prohibiendo las bicicletas) alcanzo un bar donde arraso con todo lo que encuentro: un refresco, un helado, hielo y agua para mis bidones. Después de reponer fuerzas, asciendo hacia la muralla de cantos rodados de Galisteo pero decido dejar para otra ocasión (será el día 7) la visita turística, pues no sé si es buena idea malgastar fuerzas bajo este sol inclemente. En mi papel de cronista, no es mi objetivo vencer batallas sino, simplemente, sobrevivir para contarlas. Por eso, junto a la Puerta del Rey, continúo mi ruta por la carretera por la que he subido, sin entrar al interior de las murallas.

Eso sí, al llegar al valle sí me detengo a admirar el puente por el que hemos de cruzar el río Jerte, una obra de 1566 que muestra sobre su tajamar central el escudo de armas de quien lo mandó construir, un tal Enrique Fernández Manrique quien, al parecer, era el señor de Galisteo por aquel entonces.

Al otro lado del puente, tras ascender el corto repecho, salvamos las dos rotondas que dan acceso a la autovía y tomamos la carretera que, según las señales, lleva a un campo de golf. Un poco antes de llegar a él, un canal se pone en paralelo a la vía por la que circulamos, ocupando la cuneta de nuestra derecha. Dejamos atrás el campo de golf en una curva y proseguimos nuestra ruta siguiendo el canal que parece refrescar un poco el ambiente si bien el intenso calor sofríe de tal forma las jaras de la cuneta opuesta que su olor inunda el aire y llena nuestros pulmones.

Un pelotón de franceses aparece de repente y me adelanta sin miramientos, haciendo de del susto me vaya a la derecha acercándome peligrosamente al canal. Intento pillar el rebufo pero finalmente decido que es mejor seguir a mi ritmo si no quiero que me pase como a la vaca que veo junto a un cruce: hinchada y patas arriba no parece llevar demasiado tiempo muerta, pero el calor empieza ya a causar efecto en el cadáver.

Después de girar a la izquierda en el cruce donde se hallaba la vaca y de descender unos metros por una carretera donde algunos árboles proporcionan una maravillosa (pero insuficiente) sombra, terminamos llegando la EX-370 por la que salimos de Plasencia y a la que accedemos ascendiendo un repentino repecho donde devuelvo la jugada a los franceses adelantándolos. Ya por la carretera principal, seguimos ascendiendo bajo el sol hasta que finalmente el terreno se allana un poco y alcanzamos un cruce junto a una gasolinera donde un cartel nos dice que estamos cruzando la Cañada Real de las Merinas. Nosotros seguimos de frente e, ignorando el cruce a la derecha que va hacia Valderrosas, conseguimos llegar hasta Carcaboso, donde vemos a otros esforzados ciclistas refugiarse en la terraza de un bar.

Con un último esfuerzo seguimos recto hasta alcanzar el cruce por el que abandonamos esta carretera hace apenas un par de horas (cuando pedaleabamos hacia Galisteo) y emprendemos el duro ascenso y posterior glorioso descenso que nos llevan de vuelta a Plasencia.

Día 3:

Los tres recorridos propuestos para este lunes, primer día de rutas señalizadas, tienen como objetivo turístico el Parque Nacional de Monfragüe, un lugar cuyo solo nombre evoca la imagen de innumerables buitres sobrevolando los cortados rocosos entre los que se abre paso el río Tajo. Pero no olvidemos que su nombre aparecía también en los versos de una canción del grupo placentino Extremoduro cuyo título era una descripción perfecta de la zona por la que rodaremos hoy: «Extrema y dura».

Recorrido corto (35 km aprox.):

El primero de los tres recorridos de hoy sale, junto con las otras dos rutas, en dirección al Parque Nacional pero, justo antes de llegar al centro de interpretación y al cruce de la estación ferroviaria de Palazuelo-Empalme, se desvía hacia la izquierda (justo en el punto por el que se accede al comienzo de la vía verde que lleva el nombre del parque) para dirigirse hacia Malpartida de Plasencia y, más allá, enlazar con la EX-370 por la que rodamos el primer día y por la que hoy se regresa a Plasencia.

Recorrido medio (74 km aprox.):

Este recorrido sale por el mismo sitio que los otros dos y, cuando el recorrido corto se va hacia la izquierda, sigue de frente acompañando al más largo hasta el puerto de la Serrana. Al comenzar el descenso hacia el valle del Tajo, sin embargo, se desvía a la izquierda para pegarse al cauce del Tiétar, al que termina cruzando por la presa del embalse de Torrejón. Después hace un amago de subida que permite alcanzar un mirador sobre el Tajo pero vuelve a desplomarse en busca del embalsado Tiétar a cuya margen derecha se pega como una lapa hasta que, finalmente, en las cercanías del final de la Vía Verde de Monfragüe y justo antes de cruzar la autovía, se atreve a pasar a la otra orilla desviándose a la izquierda para dirigirse primero a Malpartida y después a Plasencia, cerrando así el círculo de hoy.

Recorrido largo (100 km aprox.):

Al acudir a El Berrocal para el control de firmas y para recoger el avituallamiento compruebo que mi número de dorsal no está en la lista. ¡Empezamos bien!

Nimiedades aparte, la ruta de hoy sale de Plasencia por el polígono industrial que se encuentra hacia el sur y, después de desviarnos a la izquierda en una rotonda, comenzamos a subir en dirección al parque de Monfragüe (sí, parece que de Plasencia se sale en todas direcciones subiendo). El ascenso es, como de costumbre, duro en algunos tramos y vamos adelantando, cuando los coches nos lo permiten, a un rosario de ciclistas que ruedan con más calma seguramente por ir a hacer alguno de los recorridos más cortos.

Superado el repecho, pasamos a llanear por un paisaje adehesado salpicado de encinas y alcornoques durante el que salvamos una carretera perpendicular a la nuestra (¡cuidado con el cruce!) y una autovía por un paso elevado. Llegamos así al punto donde la ruta corta se aleja de nosotros y donde da comienzo la Vía Verde de Monfragüe. Casi en el mismo punto pasamos bajo la vía del tren (la estación de Monfragüe está cerca) y dejamos a un lado el centro de visitantes del parque. Todo apunta a que estamos llegando ya al Parque Nacional.

Continuamos la ruta en suave descenso hasta que un mínimo desnivel positivo nos indica que estamos superando el puerto de la Serrana, puerta natural que da acceso a los valles del Tiétar y del Tajo. Merece la pena detenerse unos segundos a admirar el paisaje y quienes entiendan de geología seguramente saquen mucha información de la disposición de los estratos rocosos que tenemos ante nosotros.

Ahora sí, comenzamos el descenso que nos mete en las entrañas del parque. No tardamos en perder, por la izquierda, a quienes recorren la ruta intermedia del día. Un poco más adelante queda, también a la izquierda, la aldea de Villarreal de San Carlos, antiguo destacamento militar del siglo XVIII que hoy en día es más bien un pequeño parque temático, con sus casas remozadas, su centro de visitantes, su centro de interpretación, sus variada oferta hotelera, su helipuerto, su aparcamiento desproporcionado… solo la ermita parece sobrevivir entre tanto turismo (aunque seguramente sea ya más un auditorio que un templo).

Nosotros seguimos cuesta abajo y alcanzamos un pequeño mirador desde donde podemos ya admirar el río Tajo que acaba aquí de recibir las aguas de su tributario Tiétar y se encuentran ambos embalsados. Si el nivel de las aguas lo permite, podemos ver también el puente del Cardenal, construido en el siglo XV (y destruido en la guerra contra la tropas napoleónicas, por lo que fue reconstruido en el XIX) y sumergido en el XX. Estamos en un punto de gran importancia en la historia de la trashumancia pues por aquí pasaba la Cañada Real de la Plata o de la Vizana.

Pero ha llegado el momento de que nosotros también nos liemos la manta a la cabeza y atravesemos el Tajo, lo que hacemos poco más adelante por un moderno y feo puente que termina, en la otra orilla, en la llamada Fuente del Francés, donde podemos rellenar nuestros bidones (aunque un cartel indica que se trata de agua sin tratar, yo la bebí y no me he muerto). Después ascendemos muy ligeramente siguiendo el curso del Tajo -a nuestra derecha- y viendo ya sobre nuestras cabezas -a la izquierda- el imponente castillo de Monfragüe llegando en poco rato al espectacular paso conocido como Salto del Gitano.

Y es que, según la leyenda, un bandolero gitano que huía -cómo no- de la guardia civil, cruzó el Tajo de un salto entre las impresionantes rocas que jalonan el cortado que ahora tenemos ante nosotros y que, desde entonces, uno de sus perseguidores, convertido en cuarcita, observa pasmado la otra orilla desde Peña Falcón. Lo que si verá el decimonónico picoleto desde su posición son los numerosos buitres que anidan, sobrevuelan y descansan en el roquedo, lo que también hacen desde nuestra orilla varios aficionados a la ornitología desde sus potentes telescopios.

Continuamos nuestra ruta alejándonos del río y con el castillo, en lo alto, vigilándonos desde nuestra izquierda. No tardamos en llegar al aparcamiento desde el que asciende la carretera que lleva a hasta él (una construcción del siglo IX reconstruida en el XII y en el XV) y hasta la ermita anexa, donde se conserva la Virgen de Monfragüe, talla bizantina traída en el siglo XII desde Jerusalén. Algunos carteles indican que hay un autobús gratuito para subir desde este punto, pero el aparcamiento se encuentra desierto y, como aún nos queda mucha ruta por delante, desistimos de subir en esta ocasión.

Tras un breve ascenso y algo de llaneo, descendemos para cruzar el arroyo de la Vid (cuidado con el puente, pues está en obras y le falta algún trozo de sus alzas) y ascender al otro lado un mínimo puertecillo de poco más de un kilómetro y continuar después por una carretera más ancha hasta Torrejón el Rubio. Se trata de una localidad de no gran tamaño pero que cuenta con una importante oferta de hostelería (lo que aprovechamos para descansar en una terraza) y que tiene también, además de oficina de turismo, un centro de interpretación del arte rupestre, pues no son pocos los yacimientos de este tipo con los que cuenta Monfragüe. Por desgracia vamos sin demasiado tiempo si queremos huir de los calores vespertinos, por lo que nos conformamos con ver el inmenso mural pintado en un lateral del pabellón polideportivo que representa un ciervo en estilo realista y, junto a él, un par de representaciones esquemáticas copiadas de un panel epipaleolítico de la zona.

A la salida de Torrejón tomamos un desvío a la derecha que nos lleva por una carretera en buen estado y sin demasiado tráfico que va llaneando por la dehesa de encinas (probablemente también haya alcornoques, pero quercus en todo caso). Después tomamos un nuevo desvío a la derecha y continuamos llaneando hasta que el abismo se abre ante nosotros y descendemos en picado hacia el Tajo de nuevo.

A la salida de una marcada curva de herradura encontramos un mirador desde el que podemos ver el río y el puente por el que no tardaremos en cruzar. Durante el resto del descenso, un buitre leonado (que no Leonardo) se coloca en vuelo rasante sobre nuestras cabezas, a menos de una decena de metros de altura, y se desliza por el aire oteándonos. Es un momento de comunión mágica: el buitre sobre volándonos sin mover sus alas, dejándose llevar por las corrientes de aire y, justo bajo él, nosotros deslizándonos silenciosamente sobre el asfalto, sin pedalear, dejándonos arrastrar por la fuerza de la gravedad. Una experiencia inolvidable.

Pero no tardamos en volver a la dura realidad y nos damos cuenta de que es probable que el buitre solo estuviese valorando la calidad de nuestras magras carnes y nuestra capacidad para defendernos de un potencial ataque pues, nada más cruzar el río, las rampas de la otra orilla nos hacen sentirnos con la misma fuerza que un cadáver. No se trata de la inclinación per se, que también, sino de un fatídico microclima que hace que en esta zona no corra ni una pizca ni una meaja de viento y, al hallarse la ladera plenamente expuesta al sol de mediodía, cual sábana tendida para secarse, y sin una sola sombra que nos dé alivio, las condiciones para el ascenso son dantescas.

Retorciéndonos, vamos avanzando poco a poco bajo el calor aplastante (por suerte aprovechamos el anterior descenso para aplicarnos protector solar en toda la piel expuesta). Con un poco de masoquismo, configuramos el Garmin para que nos muestre la temperatura y la pendiente. En un momento en el que marca una pendiente del 9% y una temperatura de 45ºC adelanto a una francesa entrada en años que camina junto a su bici y que con sus últimas fuerzas se queja de que no haya ninguna sombra. Mis fuerzas llegan justitas para entender su francés, pero no para responder de forma coherente, por lo que sonrío, pongo cara de sufrimiento (no necesito fingir) y tiro para adelante, donde no tardo encontrar esperándola a su pareja (al menos llevan maillots a juego) haciendo equilibrios junto a un quitamiedos para aprovechar los pocos centímetros cuadrados de sombra que ofrece un pequeño arbusto.

Finalmente, completamos la subida (este tramo de subida, que aún nos queda otro más largo) y llaneamos un poco hasta la localidad de Serradilla, donde lo primero que veo es a otro francés en un parque metido bajo una manguera de riego. Avanzando hasta medio pueblo, me detengo en la primera tienda que veo a la izquierda de la carretera y cuyo propietario, al verme aparecer, me planta en la mano una botella de agua de litro y medio helada (se va que no soy el primero que para aquí completamente deshidratado). Después de un rato charlando el el fresco interior con los parroquianos, de trincarme una lata fría de bebida isotónica y una bolsa de gominolas (la mitad de las cuales reservo para más tarde), me tiro por encima el poco líquido caldoso que quedaba en mis bidones, los relleno con la botella fría y prosigo camino después de comprobar, con alivio, que la pareja de franceses a los que dejé atrás en la subida ha conseguido llegar hasta aquí con vida.

Por un momento me planteo la posibilidad de callejear por Serradilla en busca de lugares de interés pues sé que de su santuario del Santísimo Cristo de la Victoria se dice que:

Caminante peregrino

que llegas a Serradilla

haz un alto en el camino

contempla la maravilla

de Cristo Señor Divino.

Pero a partir de aquí ya conozco el recorrido y sé que va a ser duro por lo que, por algún motivo, la cancioncilla que no puedo quitarme de la cabeza es otra bien diferente:

Desde que tú no me quieres

yo quiero a los animales

y al animal que más quiero

es al buitre carroñero

es al buitre carroñero.

Desde que tú no me quieres

yo todos los días me muero

y alimento con mi carne

en Monfragüe buitres negros

en Monfragüe buitres negros.

Así, salgo de Serradilla sin perder más tiempo y encaro de inmediato el siguiente tramo de subida que es más larga que la que hemos dejado atrás y no menos dura (los tramos al 8% son los más habituales) pero, quizás por la leve brisa que sopla en esta zona, quizás por el refrigerio recién ingerido o tal vez por ser un tramo que ya he subido anteriormente y que aún recuerdo lo suficiente como para regular adecuadamente mi esfuerzo, parece costar mucho menos que el anterior paredón. De este modo, más pronto que tarde terminamos saliendo de este infierno que en verano es el valle del Tajo, del cual tenemos una amplísima panorámica al llegar arriba, desde la explanada a la izquierda de la carretera.

Pero conocer este terreno es una gran ventaja pues, contra lo que pueda parecer, no hemos superado aún del todo la dificultad montañosa. Esta serranía en la que nos encontramos es un curioso pliegue geológico que dejó el terreno con aspecto de sábana arrugada (y, sin duda, tendida al sol), por lo que al otro lado del puerto que acabamos de subir, y tras una bajada que merece ser disfrutada, encontramos otra subida que nos llevará, como vemos ya ante nosotros, al castillo de Mirabel.

Por suerte, esta nueva dificultad orográfica no tiene nada que ver con las anteriores ni en longitud ni en dureza, por lo que la subimos con relativa facilidad y alcanzamos el mirador del castillo de los Zuñiga (marqueses de Mirabel) o castillo de la Peña del Acero, una obra del siglo XV construida sobre una anterior y de la que aún se conserva buena parte de la estructura. Desde donde nos encontramos se sube con relativa facilidad, por si tenemos la bici adecuada y queremos acercarnos.

Ahora ya sí, por fin, ha llegado la hora del descenso y lo hacemos con tantas ganas que pasamos de largo Mirabel, a pesar de que nos consta (por haber estado hace años) que tiene una apañada plaza mayor dominada por la iglesia de la Asunción, del siglo XIII, y cuyo campanario ahora nos conformamos con ver por el rabillo del ojo según pasamos por la calle principal, entre sus terrazas repletas de cicloturistas europeos a los que su temprana hora de la comida les ha sorprendido en plena ruta.

A la salida del pueblo cruzamos con precaución un paso a nivel con barreras en el que la cercanía con la estación hace que tengamos que superar nada menos que cuatro vías y, después continuamos unos kilómetros más de descenso hasta enlazar con la carretera nacional N-630, lo que viene siendo la Ruta de la Plata, que tomamos hacia la derecha.

Y desde aquí, poco más que añadir, pues los últimos veinte kilómetros del recorrido transcurren por esta nacional encajada entre la autovía y la vía del tren, que tiene bastante poco tráfico y por la que volamos de vuelta a Plasencia, aunque se hace monótona hasta decir basta.

Y así completamos un recorrido precioso pero duro. Al llegar a Plasencia e intentar liberar las calas de mis pedales, la suela se queda enganchada y se separa del resto de la zapatilla: el calor ha derretido el pegamento. Más tarde leo en la prensa que hoy ha sido, a nivel global, el día más caluroso de la historia de nuestro planeta (desde que hay registros, claro).

Día 4:

Las rutas de este cuarto día, al igual que la del primero, se adentran en la comarca de la Vera, rozando alguna de ellas la ladera del cercano Valle del Jerte. Son carreteras montañosas que esconden duras rampas, impresionantes vistas e interesantes rincones.

Recorrido corto (53 km aprox.):

El menor de los recorridos propuestos para hoy sale de Plasencia en dirección este, coincidiendo con el trayecto de vuelta de la ruta que hicimos el sábado (día 1). Después de dejar atrás Gargüera y de ascender unos kilómetros, la ruta vira a la derecha para ir en busca de Arroyomolinos. En las afueras de este pueblo vuelve a girar a la derecha para, saliéndose de lo que recorrimos hace unos días, tomar una carretera que desciende directamente hasta la EX-203, por la que se regresa a Plasencia.

Recorrido medio (71 km aprox.):

Como niños con zapatos nuevos (no en vano en día anterior tuve que comprar en una tienda local unas zapatillas nuevas para sustituir a las que sucumbieron al calor de Monfragüe) nos dirigimos a El Berrocal para el control de firmas y recoger el avituallamiento y, desde allí, bajamos al Jerte para tomar la carretera que se adentra en La Vera. La pintoresca y peligrosa banda lateral picada en el suelo continúa allí, pero se ve que hoy es un buen día para limpiar la vegetación de las cunetas, por lo que lo que nos encontramos es todo un ejército de trabajadores que, herramientas en mano, desbrozan los primeros kilómetros y dejan todos los restos vegetales tirados por el asfalto (especialmente por el arcén y la mitad exterior de los carriles) por lo que pedaleamos rezando para no pillar ningún abrojo o zarza y, al mismo tiempo, haciendo equilibrios para evitar los socavones sin meternos en la trayectoria de ningún coche.

Después de desviarnos a la izquierda y de dejar atrás Gargüera, comenzamos un duro ascenso que continúa más allá de donde la ruta corta -y el trayecto que ya conocemos- nos abandona hacia la derecha.

Tras un primer cruce que tomamos a la izquierda, continuamos por una carretera algo más ancha y plana hasta la localidad de Barrado, donde podemos tomarnos un respiro en los sofás de piedra que ocupan un pintoresco mirador o, unos metros más adelante, en el mirador que, desde el propio casco urbano y dominado por un gran letrero con el nombre del pueblo, mira hacia el largo valle que venimos de ascender.

Saliendo de Barrado dejamos irse a la izquierda a los participantes en la ruta larga del día. Nosotros tomamos el desvío de la derecha y subimos una rampa dura que después deja paso a una durísima. Y es que a partir del pueblo nuestra vida se complica bastante y lo que venía siendo un bonito paseo por el monte pasa a ser una dura etapa de montaña. A nuestra izquierda, significativamente más abajo, vemos con envidia la carretera por la que transcurre el recorrido largo pero nosotros vamos pedaleando con esfuerzo por una interminable serie de rampas que, según indica nuestro GPS, se mueven generalmente por encima del 10%. Aquí y allá vamos dejando a otros cicloturistas que se retuercen sobre los pedales o se detienen el las sombras que a estas horas de la mañana salpican los bordes de la carretera. Por suerte, las temperaturas hoy no superan todavía los cuarenta grados y, aunque se nota el calor, subimos sin sentir a cada momento que vamos a desfallecer como nos ocurría ayer.

Después de enlazar dos curvas de herradura, nos enfrentamos a una larga recta (bueno, prácticamente recta) que termina llevándonos a un cruce donde termina, por fin, nuestro calvario. Han sido diez kilómetros de subida con un desnivel medio en torno al 6%. No es el más duro de los puertos pero no está mal (sobre todo teniendo en cuenta que lo peor estaba al final).

Tomando a la derecha en el cruce (atrás dejamos, a apenas un par de kilómetros, el pueblo de Piornal, el más alto de Extremadura al estar situado a 1175 metros de altura sobre el nivel del lejano mar) emprendemos un descenso disfrutón. El primer tramo es el más suave y lo aprovechamos para comer algo sobre la bici y disfrutar de las magníficas vistas que tenemos a la derecha. Llegamos después a un apartadero a la izquierda de la carretera donde debemos detenernos para visitar, a apenas unos metros por un sendero, la espectacular cascada de la Desesperá; una caída de agua que, a pesar de la época, no está seca, lo que nos hace pensar que en invierno debe de ofrecer un espectáculo sensacional.

Después de la cascada el descenso gana en inclinación y presenta numerosas curvas amplias y nobles (un par de ellas son algo más traicioneras, por lo que no debemos confiarnos en exceso, pero tenemos margen para disfrutar de la bajada). En un santiamén llegamos a un cruce junto a un mirador que nos resulta familiar y es que por aquí pasamos el sábado camino del ya cercano Pasarón de la Vera. En el pueblo, donde algún ciclista acalorado se ha metido vestido en la fuente, abandonamos la carretera para errar un poco por la sombra que ofrecen sus estrechas callejuelas y nos planteamos la posibilidad de volver a visitar a Don Ricardo Pecharromán pero desistimos y, volviendo a la carretera, proseguimos el descenso siguiendo hoy recto donde hace unos días nos desviamos a la derecha. Tras cruzar, por tanto, la carretera que va a Arroyomolinos, seguimos descendiendo sin pausa hasta Tejeda de Tiétar donde, hoy sí, nos detenemos para visitar la pequeña ermita del Cristo (s. XVII) a la entrada del pueblo y, sobre todo, la iglesia de San Miguel (del siglo XVI y construida sobre una anterior del XIV), donde destaca la piedra conocida como «La Muerte Pelona», un ara votiva del siglo III integrada en el muro sur del templo y que, efectivamente, parece representar un personaje calvo con muy mala pinta (aunque supongo que esa misma descripción podría valer para mí mismo en este momento).

Salimos de Tejeda por la EX-203 en dirección oeste (dejamos a la izquierda en esta ocasión la ya descrita ermita de San Sebastián y su crucero plateresco) y regresamos a Plasencia siguiendo esta vía que tan bien conocemos ya y a la que tanto odiamos.

Recorrido largo (99 km aprox.):

Idéntico al recorrido medio hasta la localidad de Barrado pero después cambiamos las duras rampas de la salida del pueblo por los toboganes que nos llevan hasta Cabrero, donde comenzamos el ascenso hasta el pueblo de Piornal y, más allá, hasta coronar el puerto del mismo nombre. Una vez arriba, emprendemos un descenso repleto de curvas que nos deja en la bella población de Garganta la Olla. Después seguimos bajando hasta cruzar el arroyo del Platero o de la Cereceda y ascendemos hasta Jaraiz de la Vera, donde tomamos de nuevo la carretera que usamos el primer día de la SECT para llegar a Pasarón, desde donde regresamos a Plasencia, pasando por Tejeda de Tiétar, junto a los otros recorridos del día.

Día 5:

Hoy las rutas se dirigen hacia tierras de Granadilla, si bien solo la más larga de ellas llegará allí (y solo llegará hasta las cercanías del embalse de Gabriel y Galán, no a la bonita localidad que lleva ese nombre). Son estas tierras de continuos subes y bajas para cruzar los ríos que las atraviesan de norte a sur, aunque los largos puertos de otras jornadas brillarán por su ausencia y nuestras piernas agradecerán el descanso.

Recorrido corto (57 km aprox.):

Se dirige esta ruta hacia Carcaboso por la carretera que ya conocemos del segundo día de la SECT. Desde la citada localidad, hay que desviarse hacia el noroeste, en dirección a Valdeobispo para cruzar más tarde el Alagón por la presa que lleva el nombre de este pueblo. Después continuamos hacia el norte hasta Santibáñez el Bajo donde giramos ala derecha para cruzar de nuevo el Alagón y, después del duro repecho que nos saca del valle, descender por Oliva de Plasencia y ascender después en busca de la nacional que nos lleva de nuevo a nuestro punto de partida.

Recorrido medio (76 km aprox.):

Después del paso de rigor por el recinto ferial, y mientras pedaleo tranquilamente por las calles de Plasencia siguiendo las señales de ruta, una furgoneta que circula claramente con exceso de velocidad se pone a mi lado (ocupando buena parte del carril contrario) y, bajando la ventanilla, su conductor se pone a increparme porque, según él, me he saltado un STOP. Aunque recuerdo perfectamente haberlo respetado y haber continuado mi marcha porque la furgoneta venía todavía muy lejos (de hecho no me habría alcanzado de haber circulado a la velocidad correcta), el sentido común me dice que no es buena idea discutir con gilipollas cuyo vehículo pesa treinta o cuarenta veces más que yo, por lo que guardo silencio mientras el imbécil de turno desahoga sus frustraciones con el pobre ciclista. Siempre igual: cada día aparece un tonto dispuesto a amargarte la jornada.

Pero bueno, el caso es que hoy salimos de Plasencia ascendiendo hacia el oeste para, al otro lado de la autovía, tomar la carretera por la que retornamos el pasado domingo (día 2). Después de cruzar el Jerte llegamos a Carcaboso pero, en vez de desviarnos como hace la ruta corta, continuamos recto por la carretera por la que venimos.

Al poco de pasar el punto en el que alcanzamos esta carretera al regresar a Plasencia hace unos días comienza un breve descenso que nos permite atravesar el Alagón y, en la otra orilla, encontramos un duro repecho que debemos superar para salir del valle y que nos lleva, después de dos largas rectas unidas por alguna curva suave, hasta Montehermoso, localidad de considerable tamaño que debemos atravesar por su arteria principal hasta que, a la salida del pueblo y justo al llegar a un polígono industrial (o comercial) tomamos, a la derecha, la carretera que pasa junto al estadio de fútbol y que se dirige a Aceituna.

Esta carretera discurre dejando a la derecha un parquecillo (donde vemos, entre otras cosas una pequeña ermita dedicada a San Cristóbal) que se extiende a lo largo del arroyo del Pez. Después de cruzar este riachuelo, nos unimos a otra carretera que viene del núcleo urbano y que sigue también su cauce, que vamos dejando a nuestra izquierda hasta que, aguas arriba, alcanzamos un pequeño embalse que parece un lugar idílico para practicar la pesca.

Nos dejamos caer después hacia el arroyo de Aceituna, localidad cuya iglesia alcanzamos a ver ya en el alto detrás de, por supuesto, los extensos campos de olivos que cubren la zona. Después de un repecho de cierta dureza alcanzamos el pueblo donde lo más destacado es la ya mencionada iglesia, con un campanario exento y situado a bastante distancia del templo y un cuerpo donde destaca el inmenso ábside de sillería y la diminuta nave que, a todas luces, es fruto de una reconstrucción posterior (más bien una nueva construcción para salir del paso y poder dar uso a la iglesia). También hay en esta localidad varios bares en los que podemos reponer fuerzas y entablar conversación con los lugareños a quienes a duras penas lograremos convencer de que viven en un pueblo muy bonito.

A la salida de Aceituna tomamos un desvío hacia la izquierda que, pasado el campo de fútbol, nos lleva por una carreterita rodeada ahora de robles melojos. Desembocamos después en otra algo más grande, que tomamos a la derecha, donde el olivo vuelve a ganar terreno y más tarde, en las inmediaciones de Santa Cruz de Paniagua (al lado del cementerio local), en otra más estrecha que tomamos también a la derecha y donde lo que abundan son los alcornoques.

Después de pasar un nuevo riachuelo volvemos a ver en los márgenes de la carretera plantaciones de olivos que se van alternando con los alcornoques hasta que llegamos a Santibáñez el Bajo, localidad que debemos cruzar casi de punta a punta para tomar la carretera que se dirige a Oliva de Plasencia. A la salida del pueblo dejamos a la izquierda una preciosa fuente de piedra con bóveda de cañón semiescalonada.

Como no podía ser menos yendo de Aceituna a Oliva, el campo vuelve ahora a estar cubierto de plantaciones de olivos que nos acompañan en todo el descenso hacia el arroyo del Palomero, que encontramos embalsado (uno de los ramales del embalse de Valdeobispo). Tras cruzar a la otra orilla emprendemos una primera subida para salir del valle que termina llevándonos hasta un cruce que tomamos a la derecha para descender de nuevo, ahora para dirigirnos al encuentro del río Alagón, que en el punto en el que lo atravesamos forma parte del mismo embalse.

Al otro lado, el repecho que nos saca ahora del valle es de bastante más dureza que el anterior y nos lleva un rato largo y bastante esfuerzo llegar al alto. Después llaneamos por un paisaje adehesado salpicados de fincas dedicadas a la ganadería y de charcas en las que es raro que no alcancemos a ver un buen número de garzas, además de las cigüeñas que vemos por todas partes e incluso de alguna rapaz muerta de sed que ha bajado a beber.

Así, después de ver varias señales que indican que estamos cruzando la ruta EuroVelo 1, llegamos a Oliva de Plasencia, cuyo casco urbano encontramos decorado con laboriosos trabajos de ganchillo que parecen sustituir a los habitantes que no vemos por ningún lado (también es verdad que en julio y a mediodía la gente inteligente no está al sol). En Oliva debemos también visitar la iglesia renacentista de San Blas (siglos XVI-XVII) y el Palacio de los Condes, contemporáneo de aquella.

Salimos de Oliva descendiendo en picado hasta un barranco y, para nuestra desgracia, después tenemos que salir de él ascendiendo duramente. Durante el ascenso pasamos bajo la Vía Verde Ruta de la Plata, desde donde un grupo de cicloturistas franceses a los que ya conocemos de vista nos saludan con alegría. Después de una rotonda, pasamos sobre la autovía y, en la segunda rotonda, tomamos la carretera nacional hacia nuestra derecha lo que, después de un rato de llaneo y un breve ascenso que nos lleva a pasar ahora sobre la Vía Verde, llegamos de vuelta a Plasencia.

Recorrido largo (104 km aprox.):

Idéntico al recorrido medio en los primeros cuarenta kilómetros, hasta más allá de Aceituna. Después, en el cruce junto al cementerio de Santa Cruz de Paniagua, esta ruta se dirige a la izquierda para cruzar el núcleo urbano y cruzarlo en dirección a El Bronco. Después, un desvío a la izquierda nos lleva hacia Palomero y Marchagaz y adentrarnos en la Sierra de Santa Bárbara, donde coronamos nuestra ruta en el puerto del Gamo. Descendemos después en busca de Mohedas de Granadilla, donde nos desviamos, a la derecha, hacia el sur. Rodeamos Guijo de Granadilla e, inmediatamente después, hacemos lo propio con Ahigal para continuar hacia el sur hasta que, justo antes de cruzar el Alagón en el reculaje del embalse de Valdeobispo, nos volvemos a unir al ya descrito recorrido medio para regresar con él a Plasencia.

Día 6:

Llega el penúltimo día de la SECT y nos dirigimos al afamado Valle del Jerte, si bien eso será solo en las dos rutas más largas y solo parcialmente, pues la primera mitad de ambos recorridos (y la totalidad de la corta) se desarrolla al otro lado de las montañas que habremos de superar, en el caso del recorrido más largo, subiendo el duro puerto de Honduras.

Recorrido corto (46 km. aprox.):

Este primer recorrido ni se acerca al Valle del Jerte. Salimos por donde se regreso el día anterior, pasando por Oliva de Plasencia y dirigiéndonos hacia Santibánez pero, antes de cruzar el Alagón, tomamos el atajo que va directamente a Valdeobispo y desde allí, repitiendo también el recorrido de ayer (en sentido inverso), volvemos a Plasencia vía Carcaboso.

Recorrido medio (68 km aprox.):

La salida de hoy, desde el Berrocal, deshace los últimos kilómetros que nos trajeron ayer de vuelta a Plasencia. Una vez en Oliva, giramos a la derecha a la salida del pueblo para rodar por una dehesa por la que se rueda muy a gusto a estas horas de la mañana. Después nos incorporamos a otra carreterita que hemos de tomar a la derecha pero, antes, debemos hacer un inciso respecto a lo que encontraríamos de ir en dirección contraria y es que, no muy lejos de aquí se encuentran las ruinas de la ciudad romana de Cáparra.

Esta antigua localidad, de origen prerromano, fue una ciudad de pequeño tamaño pero de cierta importancia durante el Imperio ya que se hallaba situada sobre la Vía de la Plata, una de las principales vías de comunicación de la época. Tenía, por tanto, de todo: su cardo, su decumano, un magnífico arco tetrápilo en el lugar donde ambas calles se unían, su foro con su templo, sus termas, sus murallas, su anfiteatro… De todo eso y de muchas de las casas pueden verse hoy las ruinas perfectamente excavadas y con su debido centro de interpretación, aunque lo más espectacular es sin duda el magnífico arco de finales del siglo I que sigue aguantando en pie sobre la Vía de la Plata que, aún hoy, siguen recorriendo los peregrinos camino de Santiago de Compostela

Volviendo a la carretera en el punto donde lo habíamos dejado (al incorporarnos a la carretera que lleva a Cáparra), en esta ocasión vamos en dirección contraria, pasando sobre la Vía Verde Ruta de la Plata en incorporándonos a la nacional a la altura de una gasolinera, si bien vamos a utilizar esta vía muy pocos metros, pues de inmediato (justo al pasar la gasolinera) salimos por el otro lado para pasar bajo la autovía y continuar recto camino de Villar de Plasencia.

Al llegar a la entrada de esta localidad comienza la mayor dificultad montañosa del día, que nos sorprende, nada más torcer a la izquierda en la curva que evita el pueblo, con una primera recta larga y con más del 10% de pendiente.

Se trata sin embargo de uno de mis puertos favoritos y eso quiere decir que no es demasiado duro. Pasada esta primera recta, lo más duro de la subida con diferencia, giramos en una curva de herradura que nos permite terminar de rodear el casco urbano de Villar y ya la pendiente se suaviza para mantenerse ya a partir de aquí en torno al 5% (en total este puerto de Cabezabellosa tiene unos diez kilómetros de longitud). Voy subiendo a buen ritmo, disfrutando de las maravillosas vistas que en todo momento tenemos hacia la dehesa que acabamos de dejar atrás y adelantando casi de manera continua al rosario de ciclistas franceses a quienes parece que el puerto no gusta tanto como a mí. Así, sin darnos cuenta, hemos llegado a la localidad de Cabezabellosa, a la que no llegamos a entrar pues un par de curvas de herradura hacen que la carretera rodee el pueblo del que, sin embargo, gozamos de buenas vistas desde arriba.

Cuando por fin coronamos el puerto, varios ciclistas descansan en la orilla de la carretera. Es importante no hacer eso (y aquí es donde supone una ventaja conocer la subida) pues este puerto es un poco gamberrete y nos guarda aún una sorpresa en la forma del duro repecho que nos encontramos cuando apenas hemos comenzado a disfrutar del descenso. Es posible que el desnivel no sea especialmente duro, pero en un momento en el que las piernas han comenzado a relajarse después de la larga subida, este repecho puede atragantarse mucho.

Superada la trampa, podemos ya, si así lo deseamos, parar a descansar, aunque recomiendo hacerlo unos metros más adelante donde, a la izquierda de la carretera, encontramos el gigantesco roble melojo conocido como Roble del Acarreadero. Se trata de un añejo árbol que según cuentan, puede cobijar bajo su enorme copa a más de mil oveja (hoy está vallado para protegerlo de las vacas que pacen por la finca). Aquí dejo otros datos no menos impresionantes del árbol: 20-25 metros de altura en la copa (según fuentes), 31 metros de diámetro de copa y unos 6 metros de perímetro del tronco a la altura de nuestros ojos. Nada menos que 500 años de historia nos contemplan.

Ahora ya sí, estamos oficialmente en el Valle del Jerte y lo primero que tenemos que hacer es bajar hasta el río, pero lo haremos poco a poco. Un primer tramo de descenso nos lleva hasta la localidad de El Torno donde, nada más llegar nos incorporamos, hacia la izquierda, a la carretera que atraviesa el pueblo (justo en el cruce hay un bar donde podemos aprovechar para refrescarnos en su amplia terrazas con vistas hacia el valle).

Proseguimos después ladera adelante, teniendo que salvar en nuestro descenso un pequeño repecho (en la época adecuada dejamos a nuestra izquierda una pequeña cascada formada por las aguas que desciende por la Garganta de la Puria), y llegamos a Rebollar, una pequeña localidad que atravesamos en un plis plas. A la salida del pueblo dejamos a nuestra izquierda el desvío hacia una pequeña carreterilla que recorre la ladera del valle y termina conectando con el puerto de Honduras, por si a alguien le interesa.

Nosotros, sin embargo, seguimos descendiendo ahora de manera más marcada y no tardamos en llegar al fondo del valle donde, claro está, encontramos el río Jerte. Tras cruzarlo y subir una pequeña cuesta alcanzamos la carretera nacional que viene desde Tornavacas y por la que, tomándola a la derecha, vamos a dirigirnos hacia Plasencia.

Nos esperan ahora casi una veintena de kilómetros muy monótonos en los que solo tenemos que seguir la ancha carretera que va picando hacia abajo (lógico, al seguir el valle) encajonada entre las montañas que acabamos de dejar atrás (Rebollar y El Torno quedan a nuestra derecha) y las que nos separan de La Vera (nuestros conocidos Piornal y Barrado quedan a nuestra izquierda, junto a otros pueblos).

Poco antes de llegar a Plasencia abandonamos la nacional hacia la derecha por una carreterita que nos lleva directamente a la presa que, desde los años ochenta del siglo XX, embalsa las aguas del río Jerte aguas arriba de la capital placentina. Al otro lado, la misma carretera serpentea siguiendo el cauce del río, en paralelo también al sendero peatonal que recorrimos en la ruta de inauguración de la SECT, para finalmente dejarnos de vuelta en nuestro punto de partida.

Recorrido largo (130 km aprox.):

Salimos de Plasencia junto a los otros recorridos y, en Oliva, donde aquellos se separan, seguimos con el corto o, lo que viene siendo lo mismo, por la misma ruta de ayer en sentido inverso. Una vez cruzado el Alagón, nos dirigimos a Ahigal y Guijo de Granadilla para después volver a cruzar el Alagón por la presa del embalse de Gabriel y Galán. Pasamos por Zarza de Granadilla y, en La Granja, nos desviamos a la izquierda para coger una carretera secundaria que nos lleva a Abadía, pequeña localidad a orillas del río Ambroz donde podemos visitar el Palacio de Sotofermoso, que en su día albergó uno de los jardines renacentistas más bellos de España (lamentablemente muy deteriorado y casi perdido a día de hoy). Pasando por Aldeanueva del Camino y cruzando a nivel la Vía Verde Ruta de la Plata llegamos a Gargantilla y, posteriormente, a Hervás, localidad de gran interés que ya he descrito en detalle en otra ocasión.

Comienza aquí la subida a la principal dificultad montañosa de la zona: el puerto de Honduras. Con sus 14 km de longitud, esta vertiente es para mi gusto la más agradable de las dos pues la primera mitad de la ascensión transcurre por el interior de un espectacular bosque de castaños que, en días como hoy, ofrecen una sombra maravillosa. La segunda mitad es más abierta pero las vistas que quedan hacia la derecha ayudan a sobrellevar el esfuerzo (en mi opinión lo peor es el eterno falso llano que encontramos en la parte superior, una vez superado el puerto y que hace que parezca que nunca va a llegar la bajada). Después del largo descenso por la vertiente del Valle del Jerte (son tres o cuatro kilómetros de falso llano y unos catorce de bajada propiamente dicha) alcanzamos la carretera nacional que tomamos hacia la derecha. Después de cruzar el río a la altura de Cabezuela del Valle y de pasar por Navaconcejo, llegamos al punto en el que nos unimos a la ruta intermedia del día, con la que regresamos a Plasencia.

Día 7:

En esta última jornada seguimos cerca del río Jerte, pero aguas abajo, ya en las proximidades del Alagón cuyo valle centra las rutas del día.

Recorrido corto (45 km aprox.):

En un recorrido que ya nos empieza a resultar familiar, salimos de Plasencia en dirección a Carcaboso y, a la entrada de esta localidad, giramos a la izquierda para seguir el cauce del río Jerte que acabamos de cruzar. Pasamos por Aldehuela del Jerte y, tras pasar bajo la autovía volvemos a atravesar el río por un puente del siglo XVI que reconocemos de la segunda jornada de la SECT. Vamos después a Galisteo y San Gil para regresar a Plasencia por donde salimos la calurosa tarde del pasado domingo.

Recorrido medio (74 km aprox.):

Después de nuestra última visita al recinto ferial de El Berrocal, salimos de Plasencia por una carretera que ya nos conocemos de memoria en dirección a Carcaboso. Después de cruzar el río Jerte y justo al entrar en el casco urbano del pueblo, nos desviamos a la izquierda (coincidimos por ahora con el recorrido corto del día) por una carreterita casi recta que sigue a cierta distancia la margen derecha del río. Atravesamos de punta a punta el caserío de Aldehuela de Jerte (su pequeña iglesia está dedicada a San Blas, lo que podría ser un indicativo de la gran cantidad de cigüeñas que vamos a ver hoy) y proseguimos, cada vez más cerca del río, por una ruta que en este tramo, como vemos por las señales, coincide con el EuroVelo 1 (señales que, por cierto, tanto eché de menos en otros tramos de esa ruta que recorrí en otra ocasión).

Llegamos así a una rotonda y, después de pasar bajo la autovía, a una segunda que recordamos de hace unos días y desde donde se tienen unas bonitas vistas de las murallas y el castillo de Galisteo, así como del puente que nos separa de este pueblo y por el que se va a ir, a nuestra izquierda, la ruta corta. Nosotros, sin embargo, nos alejamos de la amurallada localidad y, en su lugar, nos vamos en busca del río Alagón y de Alagón del Río lo que no es un juego de palabras sino la localidad que encontramos nada más cruzar a la otra orilla del curso de agua.

Aunque no vamos a entrar en esta localidad sino que nos limitamos a bordearla, merece la pena mencionarla como ejemplo de los pueblos de colonización que Paquito Franco decidió crear a mediados del siglo XX en diferentes lugares de lo que hoy conoceríamos como «España vaciada». Inicialmente denominado Alagón del Caudillo (muy socorrido era eso de bautizar a estos pueblos con del nombre de Ríodeturno del Caudillo), se trata de un conjunto de casas idénticas, sin personalidad, de fachadas blancas y trazado regular. Por si nos interesa, en la localidad podemos encontrar un centro de interpretación de los pueblos de colonización donde obtener más información sobre el tema. Lo que también merece la pena señalar es la increíble cantidad de nidos de cigüeña que encontramos en los tejados delas naves industriales que dan hacia la carretera así como en el depósito de agua.

Seguimos pedaleando en paralelo a la cercana autovía hasta que, justo antes de entrar en El Batán (otro pueblo de colonización o repoblación), nos desviamos hacia el sur (a la izquierda) para descender al encuentro, una vez más, del río Alagón entre campos de regadío donde parece que lo que se cultiva es la cigüeña, por lo bien que parece crecer en toda la región.

Al otro lado del río subimos una cuesta y llegamos a Holguera, pueblo que encontramos en pleno mercado semanal y donde hemos de girar en ángulo recto hacia la izquierda para continuar después hacia la cercana localidad de Riolobos, donde giramos también, esta vez casi ciento ochenta grados justo a la entrada del caserío.

La pequeña carreterita por la que circulamos en paralelo al arroyo del Boquerón del Rivero nos lleva a otra no mucho mayor que tomamos a la derecha para regresar al encuentro del Alagón, al que ya empezábamos a echar de menos. A la derecha de la carretera dejamos una pequeña ermita de curioso nombre: Virgen de la Argamasa.

Esta vez no vamos a cruzar el Alagón sino que nos vamos a poner en paralelo a su margen izquierda, a contracorriente, para seguir rodando por la carreterita donde se deja sentir el frescor del río (y se agradece). Después de cruzar un arroyo y de subir un pequeño repecho, cruzamos una instalación de paneles solares y, al poco, avistamos ya de nuevo el conocido perfil de Galisteo. Como esta vez vamos bien de tiempo (el día no parece que vaya a ser excesivamente caluroso en comparación con los anteriores) y tenemos pendiente una visita turística a este conjunto urbano, ascendemos el duro pero corto repecho que nos lleva hasta la muralla y penetramos en su interior.

Lo primero digno de mención (de hecho, ya la he mencionado) es la muralla almohade de cantos rodados subidos desde el cercano Alagón y que conserva su trazado íntegro, rodeando la mayor parte del caserío de la localidad. También es interesante la iglesia de la Asunción, reformada en el siglo XVI pero que conserva un bello ábside mudéjar románico del silgo XIII que parece sacado de cualquier iglesia de Castilla y León. El tercer elemento del conjunto histórico que llama la atención es el castillo del siglo XIV (construido sobre el alcázar almohade anterior) del que solo se conserva la torre del homenaje, cuya peculiar configuración y puntiaguda coronación la ha hecho merecedora del apodo de Torre Picota.

Como la visita ha sido breve y seguimos yendo bien de tiempo, ya sea dentro o fuera de las murallas (para eso hay diversas puertas, a cual más bonita) ¿qué mejor forma de matar el rato que mezclándonos con los habitantes locales que juegan a las cartas en alguno de los bares?

Cuando decidamos retomar la marcha, el regreso a Plasencia no tiene pérdida, pues no tenemos más que recorrer, en sentido inverso, el camino que nos trajo a Galisteo el pasado domingo.

Recorrido largo (123 km aprox.):

En el tercero de los recorridos propuestos para el día de hoy vamos a acompañar al recorrido intermedio hasta pasar Alagón del Río. Después, cuando aquella ruta se desvía hacia el sur, continuamos recto para atravesar El Batán y después viramos hacia el norte en dirección a Morcillo. Tomamos después un desvío a la izquierda que nos lleva a Guijo de Galisteo y seguimos hacia su tocayo Guijo de Coria donde cambiamos el rumbo para dirigirnos, hacia el sur a Coria, importante localidad (algo más de doce mil habitantes) donde merece la pena hacer parada para visitar todos sus monumentos, pues el pueblo tiene de todo: muralla, castillo, catedral, puentes, palacios, etc.

Finalizada la visita cruzamos el Alagón y tiramos por la carretera que sigue a contracorriente la margen izquierda del río, donde el único pueblo que encontramos es Rincón de Obispo antes de llegar a Galisteo, donde nos unimos al resto de las rutas del día.

*** *** ***

Uno de los motivos por el que no elegimos hacer hoy la ruta larga, a pesar de las ganas que tenemos de volver a visitar Coria, fue el calor pero, además, porque queríamos regresar a una hora razonable para tener tiempo de ducharnos, comer y ponernos nuestras mejores galas para asistir a la ceremonia de clausura de la Semana Europea de Cicloturismo, para lo que se nos había citado a las seis dela tarde en el placentino Teatro Alkázar (así, con k).

Después de un buen rato de espera -primero en la calle, después en el hall del teatro- la gala empieza con retraso y con una actuación de baile flamenco por parte de una chiquilla de la escuela de danza local (no fue ninguna maravilla, pero los franceses lo fliparon). Después, los discursos, agradecimientos e intercambios de regalos de rigor, con los ya tradicionales líos en las traducciones. Los discursos corren a cargo del alcalde de Plasencia, del presidente de la UECT, del vicepresidente de la FECT (el presi tuvo que irse para asistir a otros compromisos en Asturias), del tesorero de la Federación Francesa, del presidente de la Federación Polaca (para cuya traducción hubo que hacer auténticos malabares idiomáticos) y del Presidente de la Federación Portuguesa, que nos invita a la SECT de 2024 que tendrá lugar en su país. En resumen, un batiburrillo de francés, español, inglés, portugués, polaco e incluso alemán que, aunque no parezca práctico, resulta de lo más divertido para el espectador.

Finalmente se produce un desalojo, solo medianamente ordenado, del teatro en dirección a los dos autobuses que esperan en la puerta y que llevarán a los participantes a la cena de clausura en un restaurante de las afueras. Como es un poco pronto para mí y como, conociendo mis antecedentes sociales, temo terminar siendo presentado al alcalde, me limito a esperar en la puerta para despedirme de mis conocidos, especialmente de Jesús, que ha sufrido una caída y lleva medio cuerpo vendado y con quien me emplazo para volver a vernos el año que viene en Vila Pouca de Aguiar. Así sea.

Trainspotting: Vía Verde Compostela-Tambre-Lengüelle

Provincia: A Coruña

Distancia: 38 km aprox.

Mapa:

Track: Descargar VVCompostela-Tambre-Lenguelle.gpx

Descripción:

De entre todas las Vías Verdes que conozco y he recorrido, la recientemente construida y bautizada con el complejo pero descriptivo nombre de Vía Verde Compostela-Tambre-Lengüelle es de las menos ortodoxas. Digo esto porque, si bien las Vías Verdes en general suelen construirse sobre tramos ferroviarios en desuso, la mayor parte de las que conozco (aunque no todas, claro está) se levantaron aprovechando que los convoyes dejaron de circular por muchas vías cuando, en los años ochenta y noventa del siglo XX se cerraron sus respectivas líneas, como parte de este torbellino de modernidad en el que estamos inmersos: una eterna huida hacia adelante en el que apostamos por la velocidad y la tecnología sin mirar otros detalles más importantes para la calidad de vida. Al contrario que en esos tristes casos, en el de la Vía Verde que nos ocupa, se trataba de una transitada línea ferroviaria que no podía ser clausurada por lo que, cuando la tecnología y la imperiosa necesidad de velocidad de nuestros tiempos la volvió obsoleta, se modificó el trazado y se creo una moderna vía doble casi en paralelo, dejando abierto y en desuso un sugerente corredor que atravesaba buena parte de la provincia de A Coruña con muy poco desnivel: era inevitable que Vías Verdes de España -con la financiación de los respectivos ayuntamientos y la Diputación- recogiera el guante y se hiciera cargo del proyecto con sorprendente rapidez: menos de dos décadas desde el cierre del trazado hasta la construcción de la Vía Verde, ¡todo un récord!

Por los motivos arriba mencionados, esta ruta transcurre -como ya he dicho- no muy lejos de las vías que están operativas, coincidiendo con ellas en muchos puntos en los que nos veremos obligados a desviarnos por caminos alternativos y en otras muchas ocasiones pedalearemos a escasos metros de la transitada vía, por lo que no serán pocos los trenes que nos adelantarán y con los que nos cruzaremos a lo largo de la jornada. Los amantes de los trenes que no tengan suficiente con la antigua infraestructura ferroviaria que nos toparemos a cada pedalada, con los paneles informativos que hallaremos cada poco o con los libros que algunos de estos nos recomiendas, tendrán aquí el aliciente añadido de ver pasar con cierta frecuencia los raudos vehículos que transportan pasajeros entre Vigo u Ourense y A Coruña (también circulan mercancías transportando madera, pero pocos).

Resumiendo un poco la historia de este trazado que nos ocupa, decir que no es una de las líneas más antiguas. Formando parte de la línea que une Zamora con la capital herculina, el tramo entre Santiago de Compostela y A Coruña se construyó -guerra mediante- entre 1927 y 1943, año en el que entró en un servicio que se mantuvo ininterrumpidamente hasta los albores del nuevo milenio, pues su cierre acaeció en 2003.

El rumor de que iba a construirse lo que sería la primera Vía Verde de la provincia de A Coruña y, además, la más larga de Galicia (también es verdad que la del Salnés, en Pontevedra, o la del Eo, entre Lugo y Asturias, no suponen una competencia muy seria) no tardó en llegar, aunque el proyecto, la coordinación entre administraciones y la búsqueda de financiación, que fueron llegando con cuentagotas, demoraron algo el proyecto. Así, tras un pandemia que alargó más la espera, a mediados de 2022 se anunció a bombo y platillo que la Vía Verde del Tambre-Lengüelle estaba lista para su inauguración. Y, sí, he escrito bien el nombre que, como el lector avispado habrá notado, ha perdido ahora una de sus partes. El motivo de mi omisión es que el Concello de Santiago de Compostela, siempre pendiente de otros menesteres y con la lentitud que lo caracteriza, ni siquiera había empezado su parte cuando el resto del trazado ya llevaba meses operativo. Por este motivo describo aquí solo la parte final de la Vía Verde, desde que esta cruza el río Tambre (abandonando así el término municipal de Santiago de Compostela) hasta su final en Cerceda. El tramo compostelano será descrito cuando se complete la obra, para la que me consta que ya se dispone de financiación, por lo que confío en que la espera no sea desesperante. Para entonces dejamos lugares de interés como la estación de Berdía, que los más impacientes pueden conocer realizando el Giro Grande de los Montes de Compostela que el Concello de Santiago ya señalizó después de lo que también fue una larga espera.

Antes de empezar no estaría de más dar algunas indicaciones más referidas a esta Vía Verde:

En primer lugar, decir que es apta para todo tipo de bicis, si bien, al haber un tramo de varios kilómetros de «enlace» por caminos, se hace recomendable no ir con ruedas demasiado finas pues, aunque está en muy buen estado, un camino no deja de ser un camino. En cuanto a lo que se refiere al tramo ferroviario propiamente dicho, es ancho -muy ancho- y dividido en dos franjas, una semiasfaltada cubierta de una gravilla muy fina por la que se rueda muy bien (salvo que llevemos guardabarros, lo que hará que cada chinita que levantemos monte un auténtico escándalo) y otra banda más estrecha de tierra compactada por la que también se rueda muy bien (aunque el frecuente orballo de la zona unido al polvo que se levanta de esta tierra hace que nuestras bicis puedan llegar a parecer el trapo donde Jackson Pollock limpiaba los pinceles). Ignoro el motivo de esta división, aunque sospecho que la parte de tierra está reservada a los peatones.

Otra curiosidad de la Vía Verde es la abundancia de zonas de descanso (no las mencionaré todas aquí). Lo más llamativo es que medio kilómetro antes de llegar a cada una de ellas veremos un cartel que nos indica que, en bici, tardaremos en llegar cinco minutos lo que nos resulta extraño, pues generalmente ya están al alcance de la vista. Un cálculo rápido nos indica que el tipo que instaló los carteles supuso una hipersónica velocidad promedio de 6 km/h para un ciclista… ¡a ver quién consigue alcanzarlos sin doparse!

Un último detalle de interés: todas las intersecciones están señalizadas con un cartel advirtiéndonos de que estamos llegando a un cruce peligroso. En casi todos los casos el único riesgo existente es que choquemos con una desbrozadora, pues los «caminos» con los que nos cruzamos apenas si se intuyen entre la cerrada vegetación. En un par de casos sí se trata de un cruce en el que verdaderamente debemos tener precaución pero, en tales casos, las señales que encontraremos nos advierten de que llegamos a un «paso de niños». Personalmente creo que puede haber niños en cualquier punto de la Vía Verde (de hecho, debería haberlos) por lo que debemos tener precaución con ellos todo el tiempo para evitar atropellos. Sin embargo, en los cruces así señalizados el peligro es más bien que los niños viajen en autobús y nos arrollen.

Y ya que estamos con consideraciones previas, mencionar que a partir del río Tambre casi todo el recorrido transcurre en paralelo al río Lengüelle por lo que estaremos en todo momento rodeados de un verdísimo bosque de ribera salpicado aquí y allá por los ya tradicionales pinos y eucaliptos. Algunos robles y castaños puntuales también asomarán sus ramas a la Vía. En cuanto a la fauna, lo que más encontraremos serán aves de todo tipo, desde los inevitables cuervos y pegas (urracas), pasando por tórtolas, garzas y hasta aves rapaces, además de todo tipo de pájaros de menor tamaño. Curiosamente también vi una única gaviota, muerta en el centro de la Vía Verde y con sus plumas cubriendo una amplia superficie, esparcidas por algún depredador o carroñero. Los únicos mamíferos que alcancé a ver fueron un conejo (que se refugió en la cuneta a mi paso) y un par de ardillas (una de las cuales parecía ser la reencarnación de un kamikaze y cruzó tan cerca de mi rueda que me hizo clavar los frenos). Y, en cuanto a peces, baste decir que ya el señor Ernesto Hemingway elogió a principios del siglo XX las bravas truchas del Tambre y el que esto escribe pudo comprobar que en el Lengüelle existen también buenos ejemplares y pescadores dispuestos a comprobar su bravura (aunque no tengan el caché de don Ernesto).

Dicho esto, es hora de comenzar nuestro recorrido precisamente sobre las aguas del Tambre: en el puente de permitió durante más de cincuenta años cruzar a los trenes que seguían esta vía y que sigue haciendo este servicio a los cicloturistas que hacemos los propio hoy en día. Si echamos la vista atrás vemos el tramo de vía que aún no está convertido en Vía Verde pero, aunque lo que vemos parece ciclable (en realidad solo lo es unos cientos de metros), evitamos por ahora aventurarnos entre la densa vegetación en espera de que el Concello de Santiago haga su parte.

Por tanto, después de echar un vistazo a las aguas del Tambre en busca de sus legendarias truchas y de ver pasar algún tren por el puente por el que pasa la vía moderna, paralelo al nuestro, comenzamos a pedalear hacia el norte, abandonando el término compostelano y adentrándonos en el Concello de Oroso.

Este primer contacto con la Vía Verde es efímero, pues el trazado de la antigua vía férrea enseguida converge con el de la nueva y nos vemos obligados a abandonarlo. Lo hacemos hacia la izquierda, en bajada, para enseguida tomar un camino paralelo a las vías y al Lengüelle, al que conocemos de inmediato (si no tomamos la segunda curva del recorrido de forma correcta es posible incluso que lo conozcamos demasiado de cerca, pues sus aguas llegan hasta la misma cuneta del camino por el que circularemos). Si nos fijamos con atención, podemos comprobar aquí lo que dije antes de las truchas pues, en mi caso, en menos de un minuto mirando las aguas del río pude ver varios ataques de los peces a los insectos que cubrían la superficie

El camino por el que rodamos queda aquí encajonado entre el cauce del Lengüelle y la vía de tren, que durante un breve trecho siguen sus respectivos caminos a muy corta distancia. Después se separan algo más y dejan espacio, además de a la Vía Verde, a algún que otro campo de maíz. Al otro lado de la vía por la que circulan hoy los trenes dejamos la desaparecida estación de Vilacide, que en tiempos dio servicio a la capital del municipio, Sigüeiro. Hoy, si nos acercamos al solar donde estuvo la estación a través de uno de los pasos subterráneos que encontramos en la zona, lo único interesante que podemos encontrar es un pequeño restaurante.

Nuestra Vía Verde deja por fin de parecer un simple camino de tierra para tomar su característico aspecto de doble franja (una más ancha de gravilla y una estrecha de tierra) que nos acompañará buena parte del recorrido. Precisamente los primeros metros que nos encontramos con estas características forman un mínimo repecho que deja un área de descanso a la derecha y enseguida se cruza con una carreterita asfaltada. Después, la correspondiente bajada casi imperceptible y a rodar por el terreno más llano que vamos a encontrar la provincia rodeados, eso sí, por sendas franjas de arboleda que dejan ver más allá, alternativamente, tierras de labor y bosques algo más densos.

Dejamos a la derecha una pista que nos llevaría a la pequeña ermita de San Román, en Fafián, y poco después dejamos a la derecha lo que fue la estación de Garga-Trasmonte, cuyo edificio esta vez sí encontramos en pie, si bien buena parte del mismo se encuentra cubierta de hiedra. Durante mi paso por la zona, una cuadrilla de trabajadores se encontraba limpiando la maleza de la explanada e hincando estacas de madera en los accesos a la Vía Verde, por lo que no descarto que la estación vaya a ser puesta en valor en el corto plazo.

Continuamos rodando siguiendo la tónica general del día, entre vegetación de ribera y campos de maíz y dejando a un lado, de forma más o menos paralela a nuestra ruta un camino sobre el que llegaremos a rodar unos metros en el punto en el que nos cruzamos con él. Empezamos a adentrarnos en una zona atrincherada cuando, de repente, vemos que nuestra Vía desaparece dentro de un túnel a cuya entrada han colocado una flamante placa solar de buen tamaño. Confiados por presencia dela misma y por la del cable que intuimos que se extiende por la parte superior del túnel, nos metemos sin pensárnoslo para descubrir que ¡la iluminación no funciona! Por suerte para nosotros el túnel es ancho (increíblemente ancho para haber sido retirado del uso ferroviario) y su firme impecable, por lo que no corremos el más mínimo riesgo de accidentarnos por falta de visibilidad. Por si esto fuera poco, toda la bóveda ha sido recubierta por una tela impermeabilizante, por lo que la ausencia de filtraciones de agua garantiza una durabilidad máxima en la conservación del magnífico estado del firme. Como curiosidad referida a los apartaderos que vemos a ambos lados del tramo subterráneo, mencionar que se evitaba que los niños jugasen en el túnel asustándolos con la historia del fantasma de un hombre asesinado por un tal Foucellas, que no es sino el apodo de un afamado guerrillero del maquis cuyo verdadero nombre fue Benigno Andrade y que fue ejecutado por garrote vil en 1952.

Inmediatamente después de salir al otro lado del túnel se cruza en nuestro camino el río Cabrón. Y no, no tengo nada en contra de este pequeño cauce que pasa bajo nuestros pies rodeado de vegetación y que está a punto de desembocar en un Lengüelle que ahora tenemos muy cerca. Lo de Cabrón no es sino su nombre propio y, de nuevo os equivocáis, quien lo bautizase tampoco tenía nada que reprochar al riachuelo sino que, al parecer, el origen de tan insultante nombre proviene de kar, término indoeuropeo para «roca».

Como decimos, vuelve aquí a estrecharse el cerco al que nos vienen sometiendo el Lengüelle por un lado y la vía férrea por el otro. De hecho, si mirarmos a nuestra derecha alcanzamos aquí a ver el pequeño apeadero del que dispone el municipio de Ordes, cerca de la aldea de Fosado.

Para poder comparar lo que es con lo que fue, poco después de dejar atrás este moderno apeadero (y después de tener que cruzar al otro lado de la vía de tren, seguir unos metros por un camino con bastante tierra suelta y regresar a la Vía Verde solo para que la línea ferroviaria vuelva a pasar sobre nuestras cabezas por un alto viaducto), llegamos a lo que fue antaño la estación de Ordes, esta vez en la aldea de A Pontraga: un espléndido edificio de varias plantas proyectado por el arquitecto modernista donostiarra Ramón Cortázar de Urruzola, que siguió aquí un diseño casi idéntico al de la estación de Azpeitia (Guipúzcoa), hoy convertida en Museo Vasco del Ferrócarril. Además del propio edificio de la estación, encontramos en A Pontraga variado material ferroviario (depósito de agua, aguada, el eje de un vago, agujas…), merenderos, barbacoas, un parque infantil con rocódromo y una inusitada actividad laboral, pues no hay rincón del recinto en el no veamos a uno o varios empleados municipales, ya sea limpiando la zona, cuidando la vegetación o trabajando en el vistoso invernadero.

Salimos de la estación de A Pontraga pasando bajo una carretera y poniéndonos en paralelo a otra mucho más pequeña que nos acompañará, a nuestra izquierda, durante un buen trecho. De hecho, cuando el Lengüelle vuelve a nuestro encuentro después de haberse alejado alguna distancia -no demasiada- en algún punto solo esta carreterita nos separará de sus aguas.

La carreterita se aleja de nosotros, el Lengüelle va y viene a su antojo, y nosotros seguimos nuestra ruta con la tónica habitual de bosques y maizales, si bien en este tramo pasamos bastante tiempo circulando por el fondo de una trinchera. A nuestra derecha, reaparecen los trenes de pasajeros que, en su camino a A Coruña, desaparecen raudos dentro de un túnel que se los traga sin masticar (ni eructar). La Vía Verde comienza a elevarse sobre su entorno y un pequeño grupo de casas hace su aparición a nuestra izquierda. Merece la pena mencionarlas porque entre ellas se halla uno de los escasos bares que encontramos en nuestra jornada. Al pie de la vía lo que vemos es una pequeña construcción que, más que estación, merece ser llamada apeadero (correspondiente a Gorgullos-Tordoia) y de la que lo que más destaca es su original color amarillo. La dejamos atrás y volvemos a nuestra rutina, pedaleando ahora por una zona algo más abierta que nos permite volver a ver los trenes recién vomitados por el mencionado túnel. Muy cerca de nosotros, a la izquierda pero fuera del alcance de la vista, se halla el embalse de Vilagudín, coto recreativo de pesca muy conocido por los aficionados a tirar la caña.

Sin nada más digno de mención que el cruce de varias carreteras (solo una a nivel en la que, aunque no parece muy transitada, debemos tener precaución), después de un rato de pedaleo vemos un almacén abandonado a nuestra izquierda y después una quincena de postes de cemento (correspondientes a la señalización kilométrica de un buen tramo de trazado ferroviario) alineados a lo largo de la Vía Verde. Al final de esta hilera, arranca un andén y una nueva estación hace su aparición: Queixas-Londoño, cuyo edificio principal, con soportales y amplias balconadas abiertas (cubiertas ahora con una red para evitar, supongo, la entrada de aves o murciélagos).

Dejamos atrás, una vez más, la estación para seguir nuestra ruta cuando… ¡se nos acaba la Vía Verde!

Pero tranquilidad, que no cunda el pánico: que la Vía Verde acabe junto a una pequeña zona de descanso no quiere decir que haya terminado nuestra ruta de hoy (y no estoy hablando de seguir la vía muerta que, aunque sin arreglar, ha sido limpiada de maleza al menos en los metros que vemos ante nosotros). Al contrario, dejamos aquí por el momento la antigua vía de tren para tomar el camino que sale a nuestra izquierda y que nos deja en la carreterita que venía paralela a nosotros. Después de una pequeña pero empinada bajada (al menos nos lo parece después de la monótona llanura que llevamos recorriendo todo el día), salimos al encuentro del río Lengüelle al que acompañamos unos metros hasta que un pequeño puente nos ofrece la ocasión de cruzarlo por primera vez en todo el recorrido. Sin embargo no vamos a hacerlo por ahora sino que seguimos, obedientes, los carteles que nos señalan cómo llegar a Cerceda (también vemos, como en cada cruce a partir de ahora, los opuestos que nos indican cómo regresa a la Vía Verde en dirección Santiago). Seguimos de cerca el trazado de la antigua vía férrea, que vamos viendo a nuestra derecha a mayor altura que el asfalto por el que vamos. Llegamos así a un cruce en el que, descartando la posibilidad de cruzar bajo las vías, seguimos de frente para, ya por tierra, adentrarnos en un encantador bosquecillo y alejarnos por vez primera de todas las vías de tren, antiguas o modernas.

Siempre obedeciendo los carteles indicadores, confiando en que quien los puso allí sabía lo que se hacía y que no nos dejará tirados, llegamos de nuevo al asfalto en un cruce que tomamos a la izquierda. Dejamos atrás una casa aislada y acudimos a un nuevo encuentro con nuestro viejo amigo el Lengüelle al que, esta vez sí, cruzamos por primera vez.

En la otra orilla, giramos bruscamente a la derecha para emprender una breve subida por un asfalto que no tardamos en cambiar por gravilla tras torcer de nuevo a la derecha. Llegamos así a unas casas donde tomamos la alternativa de la derecha (de frente según venimos) para encarar una corta bajada a un valle después del cual empieza la subida de verdad. Durante la larga subida (de tierra, como el último tramo de bajada) aprovechamos para admirar el paisaje, aunque el bosque de pino y eucalipto coronado, allá a lo lejos por la horrible columna de humo de un centro de tratamiento de residuos no es de lo más bello del mundo.

Por suerte la subida no era larga (solo nos lo parecía por comparación con la Vía Verde) y, sin saber muy bien cómo, nos damos cuenta de que hemos coronado, que la tierra ha vuelto a convertirse en asfalto y de que estamos bajando en dirección a un pequeño grupo de casas, pasado el cual dejamos otro a un lado y, después de un cruce a derechas, cruzamos un tercer núcleo algo más grande (quizás por eso sus perros sean tan creídos y nos ladren con tantas ganas).

A la salida de esta aldea la carretera se eleva unos metros y, de repente, nos encontramos cruzando un puente. Miramos hacia abajo y ¡vemos la Vía Verde cruzando bajo nuestros pies!

Al otro lado del puente tomamos el camino que baja a la Vía Verde (cualquiera de los dos caminos laterales es válido, en realidad) y nos enfrentamos a un dilema: ¿adónde ir ahora?

Si tomamos en dirección sudeste (a la derecha según nuestra perspectiva desde el puente) nos esperan un par de kilómetros de ruta que no tienen mayor interés que el bosque que la rodea y que termina súbitamente frente a la alambrada que nos separa del trazado ferroviario moderno.

En dirección contraria, hacia el noroeste (a la izquierda según lo vimos desde el puente) la distancia que nos queda por recorrer es más o menos la misma -apenas dos kilómetros-, si bien en esta dirección tenemos como primer aliciente la presencia de la antigua estación de tren de Cerceda, donde podemos ver un depósito de agua y el edificio de la estación reconvertido en albergue, amén de otros restos de infraestructura ferroviaria. Además, una vez alcanzado el final de la Vía Verde junto a la inevitable malla metálica que nos separa de una vía férrea que desaparece en un túnel, tenemos en este caso la opción de alargar nuestra excursión siguiendo los senderos que siguen el discreto cauce del río Acevedo y que, tras bordear un polígono industrial, nos llevan a un jardín botánico y al popular parque acuático de Cerceda donde podemos, ahora sí, poner fin a nuestra ruta de hoy con un merecido chapuzón.

Buscando el norte: Vía Verde Ruta de la Plata

Provincias: Cáceres, Salamanca, Zamora y León

Distancia: 330 km aprox.

Mapa:

Descripción:

Para quienes, como el que esto escribe, crecimos en la zona norte de la ciudad de Salamanca, la ruta ferroviaria Vía de la Plata era simplemente conocida como «las vías»; y entre esas vías nos criamos, habituados a la compañía de traviesas y vagones, haciendo de todo en su cercanía y jugando, incluso, a dejar monedas (pesetas rubias, que no estaba el presupuesto para más alardes) en los raíles para que el siguiente convoy las aplastase al pasar sobre ellas. Sin ir más lejos, la primera carrera de mountain bike en la que participé siendo más joven -e infinitamente más competitivo- transcurrió por los senderos dibujados en los descampados aledaños a «las vías».

Pero esas vías eran algo más extenso que los niños que no habíamos subido nunca a un tren desconocíamos. La línea ferroviaria unía, desde 1896, la extremeña localidad de Plasencia con la leonesa Astorga y tomaba su nombre (al-Balat o vía Delapidata) de la calzada romana con la que compartía espacio geográfico: la mítica Vía de la Plata. Esa ruta operada, cómo no, por RENFE, cerró sus vagones a los viajeros nada más comenzar el año de 1985 y, aunque aguantó otra década larga como conexión para trenes de mercancías, fue abandonada definitivamente en 1997. Desde entonces, los espacios entre las traviesas fueron invadidas poco a poco por los abrojos hasta que se consiguió finalmente convertir algunos de sus tramos en una gran vía verde que, cuando se complete, tendrá nada menos que 330 kilómetros de longitud (suponiendo, claro está, que los eternos proyectos de reapertura de la línea sigan quedando en agua de borrajas como lamentablemente ha venido sucediendo una y otra vez y no se revierta la transformación para volver a dejar paso a los ferrocarriles). Por ahora, los tramos ciclables son tres: entre la propia Plasencia y Béjar (aunque el primer trozo no esté oficialmente terminado y el último se alargue casi hasta Navalmoral), entre la ducal Alba de Tormes y Carbajosa de la Sagrada (a las puertas de la capital charra) y, finalmente, entre las zamoranas localidades de Barcial del Barco y Pobladura del Valle (hasta el límite provincial con León, en realidad). Un cuarto tramo, que conectaría los dos primeros, se encuentra actualmente en su fase de diseño.

Preparemos las alforjas y vayámonos, pues, de viaje por la Vía Verde Ruta de la Plata. ¡Viajeros, al tren!

TRAMO PLASENCIA – JARILLA

Comenzamos el viaje en una localidad de cierta importancia e impresionante belleza. No voy a describir Plasencia en detalle porque no saldríamos nunca de ella y porque ya hemos estado aquí en alguna otra ocasión, así que me limitaré a decir que sería imperdonable empezar a pedalear sin perderse antes por el casco urbano de esta ciudad extremeña para visitar sus dos catedrales, sus murallas, su acueducto o algunas de sus muchas iglesias y palacios.

Una vez hayamos disfrutado de la capital placentina, es hora de cruzar el río Jerte y dirigirnos al sur, hasta la cercana estación ferroviaria: tenemos un tren que tomar… o, más bien, solo la plataforma de las antiguas vías.

En realidad, la estación de Plasencia todavía está en activo, aunque desde los años ochenta el tráfico ferroviario solo se dirige hacia el sur de la ciudad, y como nosotros vamos al norte, lo mejor es que nos dirijamos hacia el barrio de San Lázaro que, aunque no goza precisamente de una fama demasiado buena, es donde comienza nuestro camino. Para llegar allí, a no ser que queramos visitar la ermita dedicada al famoso santo zombi -que se levanta junto al puente del mismo nombre-, lo mejor es que, desde el centro de la ciudad, nos dirijamos al puente de las Tenerías, lo crucemos (sin dejar de apreciar las aceñas que vemos en el río), sigamos de frente en la rotonda e, inmediatamente después de pasar bajo las vías, tomemos a la derecha para acceder a ellas justo en el punto donde comienza oficialmente la Vía Verde Ruta de la Plata.

Escribiendo…

TRAMO JARILLA – NAVALMORAL DE BÉJAR

Distancia: 48 km aprox.

Track: Descargar VVRutaPlata_Jarilla-Navalmoral.gpx

Pues, como digo más arriba, los primeros kilómetros de Vía Verde desde Plasencia están ya terminados pero sin inaugurar (de hecho, faltan también algunos remates de la señalización que no han podido ser terminados por problemas con el suministro del material). La amable mujer que atiende la oficina de turismo de Hervás me dice que, aunque permanece vallado, ya es posible realizar todo el recorrido y que ella misma lo realizó hace poco. En todo caso, como tengo una larga jornada de bici por delante, prefiero dejar los primeros veinte kilómetros para otra ocasión en la que aprovecharé, también, para acercarme a las cercanas ruinas romanas de Cáparra que hace años que no visito.

Comenzamos así esta ruta, por ahora, en medio de la nada, al pie de la N-630 y un poco más al norte del cruce con la carretera que va desde la ya mencionada Cáparra a la localidad de Villar de Plasencia. En este punto, nuestra Vía Verde pasa una especie de túnel para pasar bajo la autovía A-66 «Ruta de la Plata» y queda por tanto encajonada entre esta y la nacional, si bien no tarda mucho en liberarse de su presidio y, tras pasar de nuevo bajo la autovía, ponerse en paralelo a la nacional que llevaremos a nuestra izquierda, a mayor o menor distancia, casi hasta Béjar.

Pedaleamos por un tramo de firme asfaltado (o algo parecido al asfalto pero más suelto, por lo que es de esperar que no tarde en perder parte de la gravilla para asilvestrarse un poco) que, aunque en continua subida, de tan suave parece llano. Nos limitamos por tanto a disfrutar del entorno y a prepararnos para lo que viene. Por tanto, nadie nos mirará mal si aprovechamos la cercanía de la poco transitada nacional para hacer uso de la cafetería, restaurante e incluso del hotel que dejamos a la izquierda a poca distancia de la antigua vía férrea por la que transitamos. A la derecha dejamos también, a apenas un par de kilómetros pero a mayor altura, la localidad de Jarilla.

El firme semiasfaltado deja pronto paso a la tierra al adentrarnos en un tramo inaugurado algún tiempo antes que el que hemos venido recorriendo hasta ahora. En los próximos kilómetros, hasta llegar al término municipal de Hervás, no son raros tampoco los tramos en los que la vegetación ha invadido la Vía Verde estrechándola considerablemente.

Por ahora lo que encontramos es un olor peculiar en el ambiente y no precisamente agradable (al menos para el gusto del que esto escribe). El aroma, con ciertos toques de materia fermentada, proviene de una fábrica que dejamos a la izquierda y que se dedica al procesamiento de las aceitunas que produce esta tierra extremeña. Pasamos así con cierta prisa la antigua estación de Casas del Monte aunque, si el viento nos es favorable y arrastra el olor en otra dirección, podemos hacer uso del área de descanso que han construido es este lugar. Merece la pena que diga aquí que Casas del Monte es una de las localidades que vamos a ir viendo colgadas en la ladera de las montañas que se nos van acercando por la derecha (más tarde serán Segura de Toro y Gargantilla) y hasta las que no pedaleé bien por ser ya viejas conocidas, bien por falta de ganas de subir las empinadas cuestas que llevan a ellas.

Nuestra ruta prosigue por el camino de tierra que a veces se estrecha por la vegetación y en ocasiones se encharca ligeramente (nada preocupante más allá de las salpicaduras de barro). Los restos ferroviarios son abundantes, y no solo por las trincheras por las que circulamos y que fueron excavadas para permitir el paso del tren o por las estructuras que antaño permitían cruzar las vías y que ahora cuelgan maltrechas sobre nuestros cascos, sino también por semáforos, mojones y otra señalización. Cruzamos de vez en cuando algún riachuelo por puentes reconstruidos y con los tablones que conforman el suelo grabados con la leyenda «Camino Natural Vía de la Plata». El paisaje adehesado cada vez se va tupiendo más de encinas y la sierra que llevamos desde el principio a la derecha parece venir a nuestro encuentro, lo que nos hace temer un duro encuentro con sus rampas cuando nuestros destinos terminen convergiendo. Como no hay mucho que decir de nuestra ruta en los próximos kilómetros (más allá de deleitarnos con el magnífico entorno que nos rodea), aprovecho para decir que, a no mucha distancia de nosotros (a apenas tres kilómetros a la izquierda), se halla la localidad de Abadía con su palacio de Sotofermoso, un edificio mudéjar que perteneció a la Casa de Alba y que fue originariamente una fortaleza templaria y una abadía cisterciense (de ahí el nombre del pueblo). Lo más destacable del palacio son sus jardines renacentistas, mandados construir por el duque de Alba Fernando Álvarez de Toledo y que fueron la envidia de la España de su tiempo aunque, lamentablemente, hoy se han perdido casi en su totalidad. Me consta que es posible visitarlo pero las pocas horas de apertura al público me hacen desistir de intentarlo.

Así, sin dejar de subir en ningún momento, alcanzamos la antigua estación de Aldeanueva del Camino, cuyas instalaciones (un almacén en pésimo estado y el propio edificio de la estación que sí parece conservarse bien) dejamos a la izquierda de la vía. Apenas unos metros más adelante llegamos a un punto conflictivo, pues hemos de cruzar una carretera en un paso a nivel con visibilidad reducida, pues la carretera describe sendas curvas cerradas a ambos lados del cruce. Por suerte, la escasez de vegetación u otros obstáculos, junto al hecho de que el tráfico no suela ser demasiado intenso, simplifica resolver la papeleta. De hecho, podemos aprovechar el cruce para, a nuestra izquierda, acercarnos a Aldeanueva del Camino, localidad que, como su propio nombre indica, siempre ha estado ligada al paso de viajeros, desde los antiguos romanos, los peregrinos jacobeos o los conductores que utilizan la N-630 o la A-66, hasta quienes hacían uso de la vía férrea o incluso de la moderna Vía Verde. Una localidad en la que, por tanto, podemos encontrar un buen número de servicios como hoteles o restaurantes. En sentido contrario -a nuestra derecha-, la carretera nos permite acceder a la cercana Gargantilla o, algo más lejos y retrocediendo, a Segura de Toro, donde el esfuerzo de llegar hasta allí se verá recompensado con las vistas de un castillo o del verraco vetón (escultura pétrea del s.VI a.C.) que da nombre a la localidad.

Seguimos adelante por una Vía Verde con un firme en inmejorable estado. Junto a la vía vamos dejando ruinas de antiguas construcciones, señalización de la vía férrea y fincas dedicadas tanto a la ganadería como a la caza. A la izquierda, al otro lado de la autovía, tenemos una amplia panorámica de Aldeanueva del Camino y del territorio que se extiende muchos kilómetros más allá, en el entorno del embalse de Gabriel y Galán, en el río Alagón. A la derecha, la cadena montañosa se acerca amenazadora y ya vemos frente a nosotros que no hay escapatoria posible: tarde o temprano tendremos que subir.

De hecho, el entorno ya ha cambiado de forma perceptible. Del paisaje adehesado dominado por las encinas y algún olivo despistado, hemos pasado a una vegetación más típica de las zonas montañosas: robles y algún que otro castaño salpicados aquí y allá por vegetación de ribera (me atrevería a decir que alisos, pero mis conocimientos de botánica no son como para presumir). El color amarillo que domina los campos si hacemos esta ruta desde mediada la primavera hasta ya casi entrado el invierno va dejando paso a un verde que se mantiene durante todo el año y solo algún campo de cultivo interrumpe el cada vez más denso bosque. Nos encontramos ya en las inmediaciones del Castañar Gallego de Hervás (podemos detenernos a respirar su frescura junto a la fuente que dejamos a la derecha, al otro lado de una pequeña carretera), espacio natural protegido de recibe su nombre de quien lo donó en 1264 a la localidad: la mujer de Alfonso X «el sabio», Violante de Aragón «la gallega». Además de castaños, dicen que también crecen aquí el rebollo, el arce y el acebo pero, como he dicho, el que esto escribe no los reconocería ni aunque chocase contra uno de ellos (bueno, quizás el acebo sí).

Rodeados de castaños llegamos a Hervás. Pero antes, pasamos bajo una carretera que debo mencionar porque se dirige al puerto de Honduras que, a 14 kilómetros de aquí (todo subida) y a unos 1440 metros de altitud (ahora estamos a menos de setecientos) separa el valle del Ambroz en el que nos encontramos del valle del Jerte. Si tenemos ganas de juerga podemos acercarnos a conocerlo y, si tenemos ganas de mucha juerga, podemos catar también su vertiente opuesta, por la que es más largo, más duro y rematado por un falso llano que se las trae (lo dice alguien que lo ha sufrido en sus propias piernas por ambas caras)

Lo primero que vemos de Hervás es su antigua estación ferroviaria, hoy albergue turístico y centro de interpretación del ferrocarril (un cartel de «vuelvo en media hora» que estuvo en la puerta más de ese tiempo me impidió visitarlo). Cabe destacar aquí, además de la casita de fachadas bellamente decoradas con tiestos y de algún que otro resto ferroviario (aguadas, depósitos, raíles, agujas, etc.), la vagoneta descarrilada que anuncia el albergue y el puesto de reparación de bicicletas que hay junto a la estación.

Pero lo mejor de Hervás está más allá de la estación y es este un buen punto para dejar temporalmente la Vía Verde y adentrarnos en esta preciosa localidad (ya he hablado antes de la amable atención que prestan además en su oficina de turismo). No muy lejos de la estación se encuentra el convento trinitario de San Juan Bautista, con una iglesia del s. XVII y fachada post-herreriana de ladrillo. Otra iglesia destacada es la de Santa María de Aguas Vivas, que se confunde con el castillo del siglo XIII sobre cuyos cimientos se edificó. Previamente había existido en el lugar una ermita templaria dedicada a San Gervasio de quien tomó el nombre la localidad (efectivamente, Hervás viene de Gervasio). Pero lo que sin duda destaca de este hermoso pueblo es su judería, barrio que creció en torno al castillo y que conforma uno de los barrios judíos mejor conservados a día de hoy. Perdiéndonos por sus callejuelas entre las bonitas casas podremos encontrar varias fuentes, llegar al puente de la Fuente Chiquita (y bañarnos en la piscina natural si tenemos suerte), probar el afamado vino de pitarra (con moderación, que lo carga el diablo y tenemos que seguir pedaleando), deleitar nuestros oídos con el acento de las gentes del lugar y adquirir y degustar productos locales, entre los que merecen mención especial las dulces cerezas (ya provengan del propio municipio o del cercano Jerte). Además, de alojamientos, restaurantes bares y otros servicios, en Hervás es posible también alquilar bicis eléctricas, por si se nos está haciendo largo el camino.

Visitado Hervás, regresamos a la estación y pedaleamos unos metros hasta el viaducto o «puente de hierro» que permite cruzar el río Ambroz y que, a su vez, constituye un magnífico mirador sobre la localidad, hacía un lado, y sobre el curso alto del río, hacia el otro. Además de la magnífica panorámica, podemos en este lugar recabar información sobre la historia de esta vía férrea gracias al panel informativo que aquí existe. Podemos también hacernos una idea de lo que opina sobre el tema la ciudadanía local gracias a los graffiti que han escrito sobre el panel y algunos de cuyos comentarios, que transcribo, comparto plenamente. Se menciona aquí, por ejemplo, que la obra del primer tramo, entre Palazuelo y Hervás comenzó en 1890 y quedó inaugurada en 1893, completándose la línea hasta Astorga tres años más tarde. Sobre el cierre de la línea, se dice que en 1984 la «mafia Juancar-Felipista de privatizadores» (Gobierno) elaboró una «excusa» (estudio) que llevó al cierre de la línea de pasajeros en 1985 y que, finalmente, en 1996 «la mafia privatizadora de Jose Mari le dio el remate» (se clausuró también la línea de mercancías). Sobre el puente, el cartel nos dice que data de 1931, fecha en la que sustituyó al anterior, y que mediante dos arcos de sillería de granito y un único vano central metálico de 32 metros salva el cauce del río Ambroz con una longitud total de 110 metros.

Pasado el puente, la cosa se pone seria pues Extremadura se nos acaba y no nos queda otra que subir a la meseta donde se encuentra Castilla y León. En realidad apenas si lo vamos a notar en las piernas pues el desnivel seguirá siendo todo el tiempo muy suave, si bien los paisajes nos irán indicando que estamos subiendo sin prisa, pero también sin pausa.

Pasadas unas trincheras, las vistas se abren al valle de un pequeño río que, además de ir lozano, se llama Balozano y, aunque no de inmediato (un pequeño monte se interpone), tendremos a la izquierda una hermosa panorámica de Hervás que nos servirá para despedirnos de esta localidad que ya vamos a dejar definitivamente atrás.

Nos aproximamos ahora a la última localidad extremeña, Baños de Montemayor, cuyo embalse vamos viendo como aperitivo a nuestra izquierda. En realidad no vamos a pasar por Baños sino únicamente por su antigua estación transformada actualmente en parque (donde hay unas mesas muy prácticas para comer, todo sea dicho), frente a la que vemos, al otro lado de las antiguas vías, una pequeña fuente con lavadero.

Pocos metros más adelante llegamos a un punto conflictivo por varios motivos. Por una parte, encontramos un paso a nivel con una carretera donde debemos tener mucha precaución para cruzar y continuar nuestra ruta. Por otra parte, esta carretera es precisamente la que lleva al centro urbano de Baños de Montemayor (en dirección contraria va hacia La Garganta, un puertecillo escalonado que la Vuelta a España ha subido en alguna ocasión y el que esto escribe en unas cuantas). Lo de conflictivo lo digo porque no me decido sobre recomendar o no acercarnos a esta localidad: si lo hacemos, podremos ver una bonita e histórica población donde, como su propio nombre indica, lo más destacable son sus baños termales que datas de época romana (termas cuyos restos aún se conservan en el interior del actual edificio del balnerario, que data del siglo XIX) y los restos de la Vía de la Plata original que aún pueden verse en un par de puntos. La pena es que la oficina de turismo local permanezca cerrada a cal y canto desde, por el aspecto, tiempos de los romanos. La contrapartida, si nos decidimos a visitar Baños, es volver a la Vía Verde, pues tendremos que ascender un tramo de carretera de unos dos kilómetros y medio al 5% con varias curvas de herradura que, si bien no es gran cosa, después de la suavidad de la subida a la que nuestra ruta nos tiene acostumbrados, nos parecerá una auténtica pared.

Volviendo a la Vía Verde, pasada la carretera nos adentramos en un tramo en el que avanzamos casi continuamente por las trincheras excavadas para dejar paso al tren y, sobre nuestras cabezas pasan algunas canalizaciones para los riachuelos que descienden la ladera. Tras pasar uno de estos arroyos (el río Garganta) que desciende casi en cascada y pasa la vía bajo nuestros pies, llegamos a un punto interesante: el túnel que permite salvar la montaña que se interpone ante nosotros. El túnel, cuya entrada parece tener una cortina vegetal, se encuentra iluminado gracias a unas placas solares que veremos a la salida y a una serie de sensores de movimiento que hace que las lámparas se vayan encendiendo a nuestro paso y nos permitan ver el suelo que, aunque en magnífico estado, sí cuenta con algunos surcos abiertos por el agua que gotea aquí y allá durante todo el trayecto. A la salida del túnel, si miramos a nuestra izquierda, podemos ver, además de la ya mencionada placa solar que le suministra energía, una bonita panorámica de Baños de Montemayor y de su pequeño embalse.

Seguimos pedaleando entre construcciones arruinadas y carteles de nuevo cuño que, entre otras cosas, nos recuerdan que estamos transitando -aunque en dirección contraria- por la ruta ciclista de larga distancia Eurovelo 1 que comienza en el Cabo Norte (en el extremo septentrional de Noruega), atraviesa dicho país nórdico de cabo a rabo, pasa a Escocia, salta a Irlanda del Norte, rodea la isla irlandesa, regresa por Gales al Reino Unido y, desde Inglaterra, recorre la fachada atlántica francesa, atraviesa España entera y termina en Caminha, al norte de Portugal (país al que ha entrado por su extremo sur, en el Algarve). Once mil kilometrillos de nada que, por ahora, dejamos para otra ocasión.

Poco después del túnel hemos abandonado Cáceres y entrado en Castilla y León (provincia de Salamanca), lo que es una buena noticia pues significa que, de momento, se acaba la subida que llevamos haciendo desde que arrancamos esta ruta. El punto exacto es la nueva estación a la que no tardamos en llegar y que daba servicio a la localidad de Puerto de Béjar. Aunque el mismo día de mi visita los periódicos locales habían publicado un artículo sobre la reconversión de este lugar en centro turístico, lo encontré completamente cerrado, aunque, eso sí, sus instalaciones se encontraban en perfecto estado de revista para acoger a futuros visitantes. Cabe aquí mencionar que en las proximidades existe un albergue de peregrinos (se indica en carteles cómo llegar) y otros alojamientos.

Precisamente uno de esos alojamientos lo veremos al llegar a una pequeña área de descanso y pasar sobre la carretera que da acceso al casco urbano de Puerto de Béjar, localidad conocida por contar entre sus menos de cuatrocientos habitantes, además de con el exciclista Santi Blanco, con el gran poeta, ganadero y hostelero Manolo Chinato, conocido por cualquier amante del rock español que se precie por sus colaboraciones con grupos como Extremoduro o Platero y tú (es posible visitar su bar lleno de recuerdos, aunque él se jubiló recientemente)

Desde aquí la ruta continua en ligero descenso entre grandiosos paisajes (aunque un poco estropeados por la cercanía de la autovía) y restos del pasado ferroviario hasta que una nueva estación se levanta ante nosotros. No es necesario ser muy listo para saber que hemos llegado a la ciudad de Béjar, pues la enorme pintada realizada en el depósito de agua de la estación nos lo recuerda y, de paso, nos da la bienvenida.

Este completo complejo ferroviario que fue la estación de Béjar (estación, almacenes, aguadas, grúas, agujas y todo tipo de parafernalia así lo atestiguan), reconvertido en complejo de ocio -con fuente, área de autocaravanas, cafetería, etc.- es un buen punto de partida para dejar temporalmente nuestra ruta y adentrarnos en el caso urbano de la antigua ciudad textil para explorar sus calles, plazas, parques e iglesias. Para ello no debemos más que tomar la carretera nacional que pasa junto la estación y dirigirnos hacia el este donde, tras una corta subida, llegaremos a la oficina de turismo (aunque sus peculiares horarios hicieron que yo la encontrase cerrada).

Con o sin ayuda de la oficina turística, lo mejor es lanzarnos a recorrer las callejuelas que conforman el centro de esta ciudad (mucho más interesantes que las avenidas de la periferia) que en ocasiones tienen un desnivel nada desdeñable. Así encontraremos de todo, incluida la tienda de bicicletas cuyo nombre -Cubino- nos recuerda que estamos en tierra de grandes ciclistas entre los que se encuentra el gran campeón Roberto Heras o el propio Laudelino Cubino, hermano de quien regenta esta tienda (me consta que Lale se dedica más al negocio hostelero y no es raro encontrárselo en la cercana Covatilla). De mi ruta autoguiada destaco las iglesias, decoradas -al igual que algunas casas- para celebrar la festividad del Corpus: la de San Juan Bautista (románica del siglo XIII con añadidos barrocos del XVI), la de el Salvador (frente al ayuntamiento, también románica del XIII, aunque un incendio la destrozó en el siglo XX), la de Santa María la Mayor (junto a la antigua judería, de estilo románico con elementos góticos, retablo renacentista y un interesante ábside de ladrillo que le da cierto aire mudéjar a su aspecto exterior) o la pequeña capilla de Santiago (una vez más, románica del siglo XIII). Tampoco hay que olvidar pasar por el impactante Palacio Ducal, construcción del siglo XVI sobre un castillo preexistente que perteneció, como su propio nombre indica, a los duques de Béjar. Tras él, las murallas medievales de la ciudad, que datan del siglo XII, se contemplan muy bien, por ejemplo, desde el Parque de la Antigua, entre otros lugares. También es interesante fijarse, junto a la iglesia de Santa María la Mayor, en la casona del siglo XV que acoge al Museo Judío David Melul. Si se dispone de tiempo (no fue mi caso en esta ocasión), es recomendable acercarse también a disfrutar de la paz de los jardines renacentistas de El Bosque, al este de la ciudad. Por supuesto, hay que tener los ojos bien abiertos para fijarse en otros detalles, como el aislamiento de teja que lucen algunas casas, o por si nos topamos con alguno de los afamados hombres de musgo que salen a pasear durante el Corpus Christi (no pude ver a ninguno por apenas un par de días) y que, en todo caso, siempre están representados por la escultura que homenajea a tan singular tradición local.

Una vez conocida la ciudad y, en su caso, habiendo hecho alguna excursión a los alrededores (recomiendo visitar la cercana localidad de Candelario y, más allá, subir al Calvitero, con sus 2401 metros de altura máxima pedaleables por carretera hasta los 1853 metros de El Travieso o, si nos gustan las emociones fuertes, ir hasta La Hoya y subir a la estación de esquí de La Covatilla con sus duras rampas y casi dos mil metros de cota final) regresamos a la estación de tren donde habíamos abandonado la Vía Verde y la retomamos para poder, con propiedad, gritar aquello de ¡tierra, trágame!

Y es que, efectivamente, la vía del tren era tragada literalmente por las entrañas de la ciudad de Béjar pues, para evitar su caso urbano, se construyó un túnel que atraviesa de punta a punta el centro de la localidad, pasando, en sus casi 400 metros de longitud, justo bajo el ayuntamiento y la iglesia del Salvador a unos 50 metros de profundidad. El túnel se encuentra perfectamente iluminado y, aunque ligeramente deteriorado por las filtraciones de agua, el suelo se encuentra en un estado más que aceptable por lo que no deberíamos tener ningún problema para rodar por él salvo, claro está, que intentemos cruzarlo de noche y nos encontremos cerrados los dos grandes portones metálicos de sus extremos.

Al otro lado del túnel nos espera el río Cuerpo de Hombre, que debemos cruzar fijándonos, al hacerlo, en la vieja factoría que, a nuestra izquierda, ha sido reconvertida en Museo Textil. De hecho, las numerosas chimeneas que salpican esta zona de Béjar aledaña con el río nos hablan que un glorioso pasado industrial pero el lamentable estado de conservación de muchas de estas construcciones nos habla de un ignominioso olvido actual.

Nos adentramos ahora en un nuevo túnel, esta vez sin iluminar, si bien el perfecto estado del firme hace que no sea imprescindible llevar luces para sobrevivir a la aventura (aunque tampoco nos perjudicarán llevarlas) siempre que evitemos acercarnos demasiado a las canalizaciones de los laterales. Así, dejando a nuestra izquierda una buena panorámica de la ciudad y sus murallas y dando la espalda definitivamente a la mole de la Sierra de Béjar, continuamos nuestra ruta por un terreno mucho más llano.

Pedaleamos ahora hacia el norte por la vieja plataforma que avanza en ocasiones elevada y en ocasiones escondida entre los muros de una trinchera. La tónica general es la misma que traíamos por tierras cacereñas y vamos dejando atrás restos olvidados de estructuras ferroviarias de todo tipo. La vegetación sigue siendo de robles, si bien ahora se empiezan a hacer cada vez más abundantes las encinas. A nuestra izquierda vamos viendo una panorámica cada vez más abierta de un paisaje que pronto reconoceremos como típico del Campo Charro y que alcanza hasta donde unas montañas conforman el horizonte: se trata de la Sierra de Francia, con la famosa Peña de Francia destacándose en el centro. En un punto de nuestro recorrido, monótono, pero de gran belleza, vemos unas señales que marcan un camino que une (que no remueve) Roma con Santiago. De hecho, y siempre según estas señales, Fisterra se encuentra a unos 650 kilómetros de aquí y Roma a aproximadamente MMCVI, aunque no indican si este 2106 se refiere a kilómetros o millas romanas.

Y así, sin más, llegamos al final de este tramo de Vía Verde al alcanzar el límite del término municipal de Béjar. Sin embargo nos encontramos con algo curioso. A pesar de que a partir de aquí los viejos raíles no han sido retirados de la plataforma, los vecinos de la siguiente localidad por la que pasaba la vía se esmeran en mantener el espacio entre los raíles perfectamente limpio de vegetación. Así, aunque el firme es algo irregular y traqueteante, es perfectamente posible seguir adelante hasta que, ya en el casco urbano de Navalmoral de Béjar, los raíles se cruzan con una carretera más allá de la cual es imposible seguir pedaleando por una vía ahora sí completamente invadida por la vegetación. En este punto o, mejor aún, a pocos metros de aquí, junto a la iglesia de San Bartolomé (finales del siglo XVIII) damos por concluido este tramo de Vía Verde y, a la espera de que finalicen las gestiones que ya están en marcha para continuar las obras, damos un salto de unos sesenta kilómetros para continuar en Alba de Tormes.

TRAMO ALBA DE TORMES – SALAMANCA

Distancia: 20 km aprox.

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Retomamos la Vía Verde a orillas del río Tormes, en lo que antaño fue la estación de tren de Alba y hoy no es más que un puñado de construcciones ruinosas comidas por una maleza que empieza ya también a hacer lo propio con los primeros metros de nuestro trayecto, junto a la pequeña explanada que sirve de aparcamiento a los que lleguen aquí en coche siguiendo la carretera que une la propia capital ducal con Encinas de Arriba. Unos metros atrás vemos una explotación ganadera que, por los sonidos que salen de ella, entiendo es de ganado porcino. Nosotros comenzamos a pedalear en dirección contraria, dejando a nuestra izquierda un semáforo que es uno de los pocos recuerdos del pasado ferroviario que encontraremos hoy.

Estás estos primeros metros del día muy poco transitados, por lo que pedaleamos con calma para ir calentando las piernas, dejando a la izquierda, rodeados de encinas, los valles de diminutos riachuelos que casi nunca llevan agua, y rara vez conservan humedad. En contraste, a la derecha dejamos la fértil vega del río Tormes que fluye pausadamente en dirección norte dejando a su paso una verde estela de frondosa vegetación de ribera. A su vera podemos alcanzar ya a ver la antigua residencia de los duques, destacando entre las casas del pueblo.

La Vía describe una amplia curva a la izquierda y comienza a alejarse de Alba de Tormes. En el momento en el que un paso elevado nos permite cruzar la carretera que se dirige a Valdemierque, donde dejamos a la izquierda los restos de un curioso edificio octogonal (¿acaso un palomar?) es buen momento de tomar del camino de tierra que sale a la derecha para alcanzar el asfalto y descender hasta Alba de Tormes, pues esta localidad bien merece una visita.

Lo primero que nos topamos al llegar es que el río que da nombre a la villa se interpone en nuestro camino y que debemos salvarlo por un magnífico puente de veintitres arcos que data de época medieval (construido sobre uno previo romano y que en su agitada vida ha sufrido serias remodelaciones debidas a los desperfectos causados tanto por riadas como por guerras)

Al llegar a la margen opuesta, es decir, al casco urbano de Alba, lo primero que llama la atención es la mayor obra arquitectónica inacabada de España (con permiso de la Sagrada Familia de Barcelona, claro está): la basílica de Santa Teresa. Se trata de una enorme mole neogótica que comenzó a construirse en el siglo XIX pero que se quedó a medias, como ahora la vemos. La idea era que el templo diese cobijo a los errantes restos de la santa abulense pero a estas alturas parece estar claro que estos no están destinados a reencontrarse en un futuro próximo. Como escribía la chicana Gloria Anzaldúa en su poema «Reliquias sagradas», dedicado a los restos mortales de la Santa:

Somos las reliquias sagradas,

los huesos dispersos de una santa,

los huesos más amados de España.

Nos buscamos unos a otros.

Más allá de la basílica merece la pena perderse por las calles de la localidad para toparnos con todo tipo de visitas interesantes que van desde una plaza de toros cubierta hasta el Torreón de la Armería (lo único que queda en pie del Palacio Ducal, sede de la omnipotente Casa de Alba), pasando por el mal conservado alcázar. Por supuesto, en Alba de Tormes lo que más abunda son las iglesias y conventos, pues en algún sitio tenían que guardar los restos mortales de la desmembrada santa. De destacar son la iglesia de San Pedro (del siglo XVI, con la fachada gótica del templo anterior y una torre de ladrillo añadida en el s.XX), el convento de los Padres Carmelitas (construido en el s.XVII en un estilo de influencia herreriana y cuya iglesia recuerda a San Juan de la Cruz, como no podía ser menos), el convento de las madres carmelitas (que, con su iglesia de la Anunciación, fue fundado por la propia Santa Teresa en 1571 y en cuyo interior se conserva el sepulcro de la Santa, así como -por separado- su brazo izquierdo y su corazón «transverberado». Úsese un diccionario o en su defecto un catecismo si se quiere entender la complejidad del concepto), la iglesia de San Juan (de ladrillo, construida en estilo románico en el s.XII) o la iglesia de Santiago (también del siglo XII y estilo mudéjar). Los precios de taquilla para visitar cada uno de estos lugares nos serán recitados en la oficina de turismo con tal sequedad que de lo único que nos quedan ganas es de sentarnos en una terraza de la Plaza Mayor para refrescarnos el gaznate con el rumor de la fuente de fondo y, después de cargar nuestras alforjas en La Madrileña con un hornazo y las imprescindibles y deliciosas yemas, huir a visitar el magnífico Museo Arqueológico del Padre Belda que se encuentra en las afueras, junto a la carretera de Éjeme.

Volvemos a cruzar el río para abandonar Alba de Tormes por la misma carretera por la que vinimos, regresando así a nuestra Vía Verde. Rodamos ahora en dirección noroeste entre campos de cereal que, si es verano, bien podrían ser de oro, tanto por su espléndido color dorado y su brillo a la luz del sol como por el precio del trigo en el mercado desde que se declaró la guerra en Ucrania. A nuestra derecha, no muy lejos, aparece el caso urbano de Terradillos. Si lo deseamos, podemos acercarnos para ver de cerca la iglesia que alcanzamos a distinguir en el extremo derecho del casco urbano (desde nuestra posición), que fue construida en pizarra durante el siglo XVI y cuenta con un interesante artesonado mudéjar. En todo caso, lo mejor de la iglesia eran las pinturas de su retablo renacentista que hoy se encuentran en un museo de la capital.

Y, si hemos hecho el esfuerzo de pedalear hasta el casco urbano, bien podemos aprovechar para reponer nuestras reservas de agua, pues la fuente que existe a la izquierda de la Vía Verde y que se anuncia a bombo y platillo con cartelería y otra parafernalia está más seca que la cantimplora de un bereber.

Después de cruzar una corta trinchera donde un par de arbustos espinosos atraen tal cantidad de pájaros que nos sentimos protagonistas de una película de Hitchcock, un camino se atraviesa en nuestras vidas. De tomarlo a la izquierda y girando después otra vez a la izquierda llegaríamos a la puerta de una finca en cuyo interior se encuentra el dolmen de las Piedras Hitas, un monumento funerario megalítico que nos decepcionará pues de él solo hallaremos su túmulo (un pequeño otero de tierra cubierto de comederos para el ganado que, de hecho, se alcanza a ver desde la propia Vía Verde). Visita por tanto solo apta para bichos raros como el que esto escribe.

Los inmaculados campos de dorado cereal poco a poco se van viendo manchados por pequeños grupos de encinas que van ganando en extensión hasta convertirse en un auténtico bosque que nos rodea por ambos lados. Entre las encinas vemos las casonas de una finca que dejamos a la izquierda y, en los claros del encinar, grupos de ganado vacuno que pace tranquilamente. Estas vistas las disfrutamos solo cuando las paredes de la larga trinchera por la que circula la vía lo permiten; cuando no, nos entretenemos contemplando las curiosas texturas que presenta la tierra en los cortados, de roca caliza blanca con trazas rojizas que deja salir aquí y allá las raíces de las viejas encinas que crecen en la superficie, junto al terraplén.

Este tipo de tierra tan peculiar hace que no nos extrañemos al encontrar a la izquierda de la vía una explotación ganadera con claras señales de haber sido en tiempos mejores una fábrica y, como deducimos de los numerosos hornos que jalonan una de sus fachadas, más concretamente una fábrica de ladrillos. El que esto escribe se aleja pedaleando lentamente mientras recuerda a Gaspar, un viejo vecino de la infancia, natural de Calvarrasa de Arriba que pasó toda su vida laboral trabajando en esta fábrica y con quien casualmente se había encontrado esa misma mañana antes de comenzar la ruta.

Apenas dejamos atrás la granja-ladrillera, desaparece el arbolado de nuestro lado izquierdo para dejar paso a una explotación porcina que olemos antes que vemos. Casi al mismo tiempo que llegamos a la altura de esta, justo al cruzar un pequeño arroyo, el encinar de nuestra derecha desaparece también y nos vuelve a dejar rodando por la despejada llanura, entre campos de cereal que abarcan tanto como alcanza la vista. Al fondo, frente a nosotros, aparecen ya dos pequeñas elevaciones del terreno que nos van a tener entretenidos un buen rato.

De hecho, la Vía Verde enfila recta hacia los dos montecillos -o arapiles– dispuesta a cruzar entre ellos. Al llegar a la altura del primero, el Arapil Grande (a nuestra izquierda) nos detenemos a recapacitar. Estamos en el lugar exacto donde el 22 de julio de 1812 tuvo lugar la histórica batalla de los Arapiles en la que el Duque de Wellington (de nombre de pila Arthur Wellesley), al mando de un conglomerado de tropas portuguesas, británicas y españolas, les dio para el pelo al mariscal Marmont y a los gabachos a su mando. Todo esto, claro está tuvo lugar en el marco de la Guerra de la Independencia. Sin entrar en mucho detalle (que para ello hay paneles informativos en la zona y un centro de interpretación en el cercano pueblo de Arapiles), baste decir que los franceses habían tomado el Arapil Grande mientras que los aliados de Wellington se habían tenido que conformar con el Arapil Chico. Un buen rato de cañonazos después, con Marmont y su segundo heridos, los franceses se vieron obligados a poner pies en polvorosa y Wellington pudo entrar triunfalmente en Salamanca, marcando un punto de inflexión en aquella larga guerra contra Napoleón.

Como recuerdo de tan memorable jornada bélica, además de los innumerables objetos (munición, armas y pertrechos de los combatientes) que yacen enterrados en la zona esperando a que algún agricultor los saque accidentalmente a la luz, hay en la cima del Arapil Grande un monumento conmemorando el acontecimiento. Para subir allí hay dos opciones: tomar el empinado senderillo que asciende directo a la cima desde la Vía Verde y que veremos nada más acercarnos a la ladera o bien tomar algo más adelante la carretera que va hacia el casco urbano de Arapiles y después torcer dos veces a la izquierda por los caminos que nos llevarán arriba. Una vez coronado el arapil, además del mencionado monumento donde siguen dejándose flores y recuerdos de forma frecuente, podemos también encaramarnos al vértice geodésico que comparte la parte alta de la pequeña meseta para examinar toda la región a vista de pájaro, pues las vistas sobre el valle del Tormes, la capital charra y su alfoz así como de la planicie que sirve de antesala al Campo Charro son dignas de dedicarles un buen rato de contemplación. Al otro lado de la Vía Verde vemos al hermano pequeño, el Arapil Chico, mucho peor comunicado y por cuya ladera, con suerte, veremos corretear a algún conejo ajeno a los devenires de la Historia de la Humanidad.

En la vaguada entre ambos arapiles, en lo que antaño fue sangriento campo de batalla, se ha levantado una pequeña área de descanso desde donde contemplar por penúltima vez el lugar antes de seguir pedaleando. Una vez en marcha, si volvemos la vista atrás para echar, esta vez sí, un último vistazo, nos daremos cuenta de que los dos arapiles son en realidad familia numerosa, pues tienen al norte a otros dos hermanos menores mucho más erosionados que los dos famosetes del grupo. Aunque escape al alcance de nuestra ruta, es interesante mencionar que algo más al norte, no demasiado lejos de aquí, en el entorno de los montes de Gargabete y de la ermita de la Virgen de la Peña, existen otros restos bélicos, en este caso de la Guerra Civil de 1936-39: el búnker antiaéreo de Pelagarcía, que al parecer sirvió de refugio al siniestro general Faupel, embajador nazi en la España nacional y líder de la Legión Cóndor.

Nuestra etapa está llegando a su fin y, para probarlo, vemos ya en lontananza las eclesiásticas torres de Salamanca sobresaliendo de entre su casco urbano. A pesar de la total ausencia de dificultades orográficas, nuestra Vía Verde parece querer hacerse la remolona para demorarse en alcanzar su fin. Bordemos primero la localidad de Carbajosa de la Sagrada, hoy casi convertida en un barrio residencial de la capital si bien conserva como símbolo de su identidad la pequeña (pero resultona) iglesia de la Asunción, y después, al lado contrario, un gran polígono industrial. Después de pasar un decorativo semáforo ferroviario, último recuerdo del glorioso pasado de esta vía férrea y cruzar bajo una ancha carretera, llegamos al final de este tramo de Vía Verde.

Pero este no es el final definitivo, sino solo relativo. Habida cuenta de la imposibilidad de continuar la Vía Verde por estar la vía férrea en uso a partir de este punto y hasta la estación de Salamanca (lo que incluye el puente ferroviario que cruza el Tormes), el Ayuntamiento de Salamanca ha tenido a bien comunicar el final de este tramo de Vía Verde con la red de carriles bici local. Por tanto, para llegar al centro de la ciudad no tenemos más que girar a la izquierda y tomar el carril bici que, atravesando el polígono nos llevará hasta el cercano río. Una vez allí me veo incapacitado para describir los múltiples atractivos turísticos de una ciudad que, así de entrada, cuenta con dos catedrales y otras tantas universidades (una de las cuales se cuenta entre las más antiguas del mundo). Guíese pues cada uno por su propio instinto cicloturista y visite todo lo que pueda visitar según el tiempo del que disponga. Semejante atracón cultural no puede sino venir acompañado por uno culinario así que, como menú propongo catar un buen hornazo con embutidos de la tierra, unos contundentes huevos fritos con farinato y, de postre, unos chochos típicos de Salamanca (y no, no estoy hablando ni de altramuces ni tampoco de lo que estará ahora mismo pasando por la cabeza de los lectores más malpensados).

TRAMO BARCIAL DEL BARCO – POBLADURA DEL VALLE

Distancia: 25 km aprox.

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Comienza este último tramo abierto hasta ahora en Barcial del Barco, localidad zamorana de algo más de doscientas almas que se encomiendan a la patrona local, Santa Marina, cuya bella iglesia del siglo XVIII no podemos dejar de visitar antes de partir. De así hacerlo, notaremos la peculiaridad de su torre cuadrangular, que deviene octogonal a la altura del campanario (terminado en 1799). Al estar colgado a escasos metros del terraplén que desciende a la fértil vega del río Esla, podemos también aprovechar la visita al edificio para acercarnos a recibir a los peregrinos y viajeros que caminan por la Vía de la Plata y que entra en el casco urbano junto a la iglesia. Como recompensa, veremos también, excavadas a los pies de Santa Marina, las primeras de las muchas bodegas que encontraremos en nuestra jornada de hoy.

Pero es hora ya de empezar a pedalear, por lo que debemos dirigirnos -con precaución al cruzar la carretera nacional- al otro lado del pueblo para encontrar los edificios de la malograda estación de ferrocarril. Allí, entre elementos ferroviarios abandonados y a los pies de uno de los inmensos silos que caracterizan a Castilla, el granero de España, vemos el amplio camino que ha sustituido a la vía férrea. Hemos hallado nuestra Vía Verde y comenzamos a pedalear por ella en dirección norte, dejando a nuestra izquierda las instalaciones de la propia estación, un almacén y el ya mencionado silo, además de un curioso palomar de planta cuadrada que está incluido en la finca de una vivienda igualmente llamativa.

A los pocos metros, cruzamos el camino que se dirige al cementerio municipal e inmediatamente después cruzamos bajo la carretera nacional (a nuestra derecha, junto a esta vía, hemos podido ver el «toro de Osborne» que aún se conserva no a mucha distancia de este lugar). Dejando a la izquierda una fea depuradora, no tardamos en ponernos en paralelo a las turbias aguas del río Esla, que describe aquí una pronunciada curva rodeado de abundante vegetación de ribera, muy poco después de haber acogido en su seno las aguas del Órbigo. De detenernos a tomar alguna fotografía del cauce, debemos cuidarnos de no acercarnos demasiado al borde del terraplén, pues la caída de varios metros hasta el agua no parece ser una experiencia agradable.

En este punto, un pequeño afluente (más bien un brazo) del río se interpone en nuestro camino, pero los ingenieros que construyeron este ferrocarril acuden en nuestro auxilio con un corto (54 metros y medio, para ser exactos) pero apañado puente que, con su impecable pintura roja, nos permite salvar el cortado en un periquete.

Pero este puente no ha sido más que en aperitivo. Tras pasar sobre un camino transversal gracias a un mínimo viaducto y repetir la proeza apenas unos metros más adelante, vemos que una extraña estructura negra nos aguarda en el horizonte. Intrigados, apenas prestamos atención a la aguada o grúa de agua y al depósito que aparecen a nuestra derecha. Cuando ya estamos encima descubrimos de qué se trata: un inmenso puente metálico (253 metros de nada) con celosía de puro acero vasco (de Sestao, para ser exactos) sobre sillería de granito que permite salvar un río Esla que, a pesar de la sequía, parece aquí siempre desbordado. Después de cruzar, un pequeño sendero que desciende hacia el río nos permite coger un poco de ángulo para contemplar esta imponente estructura (hay que estar atentos no solo a no pisar en falso y caer al río sino a otros detalles: el que esto escribe estuvo a punto de llevarse de recuerdo una garrapata que aprovechó el momento de despreocupada contemplación bucólica para escalar por una de sus piernas y a la que, por suerte, detectó antes de que «agarrase»).

De vuelta a la ruta, nuestra Vía Verde salva otro pequeño puentecillo y continúa avanzando, elevada, por entre los campos de labor que aprovechan esta cuña de tierra que se abre entre los ríos Esla y Órbigo. No tardamos en avistar a nuestra derecha un pequeño pueblo al que, por su cercanía, no cuesta nada acercarse. Se trata de Villanueva de Azoague y, nada más llegar a él desde la Vía Verde, lo primero que nos encontramos es su iglesia parroquial, dedicada a la Virgen de la Asunción. Dicen que destaca en su interior -del siglo XVI- su rico artesonado con decoración geométrica y su coro pero, de encontrarla cerrada, su exterior nos regala también la vista con un sencillo pero bello campanario y un interesante conjunto de pórtico y sacristía de ladrillo visto.

Siguiendo nuestra excursión, y sin alejarnos mucho del casco urbano de Villanueva de Azoague (y dentro de su término municipal), después de dejar a la derecha un feo descampado lleno de escombros y basura, nuestra Vía Verde llega a la azucarera de Benavente, una fábrica todavía activa que, a falta de vía férrea, se sirve de las buenas comunicaciones por carretera que tiene Benavente para hacer acopio de materia prima y dar salida al azúcar producida. Dentro del propio recinto existe también un museo dedicado a tan dulce manjar. Y casi anexo a la azucarera vemos un curioso edificio moderno que, al parecer, es un monasterio cisterciense que data del siglo XII, si bien las monjas trapenses que lo habitan se trasladaron a este lugar en fecha tan reciente como 1976, lo que explica el poco atractivo del edificio (salvo, claro está, por los ricos dulces que producen y que compiten en dulzor con los productos de la vecina azucarera).

Cruzamos un camino, después un pequeño puente sobre un canal, pasamos bajo la carretera nacional y llegamos así a Benavente. Nuestro primer contacto con el casco urbano es una carretera que hemos de cruzar por un paso para peatones. En este punto, si giramos a la izquierda, en pocos metros habremos cruzado sendos canales -el Caño de los Molinos y el Canal de Sorribas- y, sobre el segundo, podremos ver un pequeño puente medieval (anterior al siglo XIII) del que solo queda el conocido Arco del Puente del Jardín, y del que no encontraréis foto tras estas líneas por el sencillo hecho de que desconocía su existencia (en mi defensa diré que en la Oficina de Turismo de Benavente olvidaron mencionarlo al indicarme las visitas obligadas en esta localidad zamorana).

Visto el puente (o ese único arco que aguanta en pie), continuamos pedaleando por la Vía Verde, que transcurre aquí encajonada entre una carretera y el ya mencionado Canal de los Molinos. A nuestra derecha ya empieza a llamar la atención una impresionante arquitectura que se levanta al borde mismo de un pronunciado corte del terreno. Se trata del Castillo de la Mota de Benavente, o más bien de lo que de él queda, pues la mayor parte fue destruida por los franceses durante la Guerra de la Independencia. Lo que tenemos ahora ante nosotros -sobre nosotros, en realidad- recibe el nombre de Torre del Caracol y fue construida a principios del siglo XVI por los Pimentel (a la sazón, condes de Benavente). Hoy en día es el Parador Nacional de Turismo y, si tenemos suerte, quizás podamos visitar su interior para admirar el artesonado mudéjar que se trajo aquí desde el monasterio de San Román del Valle, del que más tarde hablaremos.

Así, dominados por la impresionante silueta de la Torre del Caracol, nuestra vía llega a otro paso a nivel a la altura de una pintoresca fábrica de harinas. Antes de continuar, es este un buen momento para abandonar nuestra ruta y subir el repecho que comienza a nuestra derecha (no le vendrá mal a nuestras piernas romper la monotonía de la llanura zamorana) para acceder al casco histórico de Benavente donde, además del Castillo y de su típica plaza mayor -donde destaca el pictograma de su enlosado con los nombres de los principales ríos de la zona y, a su alrededor, el ayuntamiento (s.XIX), la casa de las Pescaderías (s.XVI, reformada en el XIX), y las casas Allén, Morán y Lesmes (las tres del s.XX)- podemos visitar la iglesia de Santa María del Azogue (construida a trompicones entre los siglos XI y XVIII y, por lo tanto, mezcla de diversos estilos, desde el románico al barroco), la iglesia de San Juan del Mercado (románica del siglo XII, donde destacan las numerosas marcas de cantero que parecen en sus muros) o la fachada renacentista del Hospital de la Piedad (actual residencia de ancianos).

Visto el casco urbano de Benavente, y después de aprovechar las comodidades y servicios que una ciudad de 17500 habitantes nos puede ofrecer, es hora de echar un último vistazo a las vistas de la vega del Órbigo que desde sus alturas de tienen y descender de nuevo a la Vía Verde donde, dejando atrás la fábrica de harinas, enfilamos el parquecillo que actualmente ocupa el antiguo espacio de la estación ferroviaria. Aquí, entre mesas de merendero, todavía podemos encontrar el antiguo edificio de la estación, maquinaria diversa abandonada o reaprovechada como adorno (grúas, aguadas, etc.), y unos ruinosos almacenes a los que, por seguridad, es mejor no acercarse.

Seguimos pedaleando, cruzamos una carretera y salimos de Benavente en imperceptible ascenso, dejando a la izquierda la arboleda que rodea el Caño de los Molinos y adentrándonos poco a poco en un bosquecillo de encinas. Las encinas se hacen más numerosas después de que hayamos cruzado, por sendos pasos elevados, otra carretera y un camino. Llegamos así a un alto donde se nos cruza un camino que vemos señalizado con la característica señal amarilla de las rutas jacobeas y desde donde, mirando atrás, tenemos una última vista panorámica de Benavente. Como en toda nuestra ruta, es destacable aquí la presencia de abundante avifauna (desde jilgueros a urracas, así como varios tipos de rapaces) además de reptiles (dos veloces culebras bastardas de más de un metro que tomaban el sol en la Vía Verde se escabulleron a mi paso).

Un mínimo descenso nos lleva ahora a cruzar bajo una autovía (cuidado con las acumulaciones de agua en este paso) y, al poco, pasamos sobre una carretera y vemos ya más adelante la aparición de un pueblo a nuestra izquierda y a nuestra derecha otro… ¿para hobbits?

No. No estamos en la Comarca sino en Villabrázaro y lo que tenemos ante nosotros son las bodegas de la localidad donde, aprovechando una mínima elevación del terreno, los viticultores han ejercido históricamente de topillos y han horadado el subsuelo para almacenar sus caldos. Al llegar al apeadero del pueblo (donde hoy encontramos un merendero), es interesante tomar el camino que, a la derecha, se adentra entre estas «casas para gnomos» en desigual estado de conservación.

Al otro lado de la vía, merece la pena también atravesar el caso urbano (poco más de doscientos habitantes) para descender hasta la iglesia de la Magdalena del siglo XVIII y, por el camino, admirar las tradicionales construcciones de adobe de las que aún quedan abundantes ejemplos y dejar también que los jóvenes que se reúnen en la plazuela nos deleiten con sus acrobacias sobre la bicicleta.

Desde Villabrázaro, la Vía Verde cambia visiblemente. De hecho, ya en el propio casco urbano, vemos un visible estrechamiento a causa de la vegetación y al escaso uso que hace que durante unos metros en vez de un amplio camino circulemos por un angosto sendero. Después, aunque mejore un poco, ya no vuelve a ser la impecable Vía Verde por la que hemos circulado hasta ahora sino que parece uno más de los caminos de la zona, de los que solo se diferencia por la característica señalización ferroviaria que aún se conserva (y parte de la cual, más adelante, incluso ha sido enterrada durante los trabajos llevados a cabo en un viñedo colindante con la vía).

Pero estamos saliendo de Villabrázaro y aquí la vía se elevaba ligeramente para ir ganando altura de cara a salvar un pequeño arroyo que cruzaremos más adelante. El desnivel nos permite disfrutar de buenas vistas lo que implica el valle del Órbigo a nuestra izquierda y una gran llanura, levemente inclinada, a nuestra derecha. Tras estos verdes (o marrones, según la estación) campos, vemos un pequeño pueblo (San Román del Valle) y, a poca distancia de él, las ruinas de una iglesia. Nos encontramos ante el otrora poderoso convento franciscano de Nuestra Señora del Valle. Este monasterio (al que es fácil llegar tomando la carretera que partía desde la iglesia de la Magdalena recientemente visitada) apenas permite ya intuir su traza tardogótica, conservándose tan solo restos barrocos del siglo XVIII. Abandonado entre los siglos XIX y XX. De aquí procede el magnífico artesonado mudéjar que mencionamos al hablar de la Torre del Caracol de Benavente.

Cruzamos, como ya dije, un riachuelo con más aspecto de leonés que de castellano y pasamos sobre un nuevo camino. Al poco, un nuevo camino se cuza ante nosotros. De tomarlo a la derecha no tardaríamos en llegar a Paladinos del Valle, diminuta localidad de poco más de una decena de habitantes de la que, lo primero que encontraríamos sería lo más destacable de su casco urbano: su iglesia. Tomando el mismo camino hacia la izquierda iríamos hacia la cercana localidad de Vecilla de la Polvorosa, pero el río Órbigo nos impediría alcanzarla.

Tras unos kilómetros más entre viñedos y otros cultivos alcanzamos una nueva estación, de la que lo primero que vemos son unas vías muertas que aún se conservan a nuestra izquierda. De inmediato nos vemos en un entorno plenamente ferroviario entre almacenes, silos, la propia estación y otros elementos abandonados y/o recuperados. No muy lejos, a la derecha, queda el núcleo urbano de Pobladura del Valle, donde además de su iglesia (reconstruida sin muchos miramientos) y un gran conjunto de bodegas, es posible visitar un par de curiosos museos (uno de botellas de whisky y otro de maquetas navales y ferroviarias) y de encontrar varios restaurantes en los que degustar la deliciosa gastronomía de la zona. A destacar que uno de dichos restaurantes se encuentra en el interior de una bodega. Como mi visita se produjo durante una pandemia que no recomendaba frecuentar recintos mal ventilados, opté por una comida al aire libre en el merendero construido en la propia estación, lo que me permitió hacerme amigos de dos simpáticos perrillos (Ducati y Rover, eran sus motorizados nombres) que, subiendo por turnos a mi regazo, insistían en que compartiese con ellos mis viandas.

Al poco de dejar atrás la estación de Pobladura del Valle y su aún activa fábrica de piensos, las flechas amarillas piden a los peregrinos jacobeos que abandonen la Vía Verde, lo que es una señal poco halagüeña para quienes seguimos la abandonada vía férrea. Así es: tras unos kilómetros más de especial monotonía en los que pedaleamos en paralelo a la autovía, una última señal nos indica que hemos llegado al límite provincial que separa Zamora de León. Y eso es todo. Apenas dos pasos más allá los raíles del antiguo ferrocarril de la Ruta de la Plata vuelven a aparecer esperando su improbable vuelta a la vida. Es el final de este tramo de Vía Verde y no nos queda otra que volver sobre nuestras pedaladas o, como única alternativa, tomar el camino que conecta con la carretera que cruza sobre las vías y continuar nuestro viaje hacia Astorga por asfalto.

Primera línea de playa: Ruta de la costa atlántica – Oporto y el Norte (EuroVelo 1)

Provincias: Aveiro, Oporto, Braga y Viana do Castelo (Portugal)

Distancia: 200 km aprox.

Mapa:

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Descripción:

Para quienes amamos viajar en bicicleta, la red EuroVelo no necesita presentación. Pero, por si acaso, lo resumiré brevemente diciendo que se trata de una red de rutas ciclistas de larga distancia que cubren de cabo a rabo el mapa del continente europeo, ofreciendo a los viajeros miles y miles de kilómetros por los que rodar.

EuroVelo nació a finales de los años noventa, si bien yo no escuché hablar de ella hasta finales del año 2000 o principios de 2001, cuando la red era gestionada principalmente por la británica Sustrans (en la actualidad lo hace exclusivamente la Federación Europea de Ciclistas), y desde entonces he rodado en numerosas ocasiones por diferentes tramos de esta red que a día de hoy cuenta con dieciocho rutas en diferentes fases de desarrollo.

La ruta Eurovelo 1, en concreto, recibe el nombre de Ruta de la Costa Atlántica y en su origen unía el Cabo Norte noruego con el portugués de San Vicente, si bien a día de hoy ha sido extendida por toda la costa lusa hasta la fronteriza Caminha e incluso se está trabajando ya en su prolongación hasta el Finisterre gallego. En todos esos kilómetros la ruta tiene tiempo de recorrer, además de Noruega y Portugal, todo el Reino Unido (Escocia, Irlanda del Norte, Gales e Inglaterra), Irlanda, Francia y España, pasando por ciudades tan emblemáticas -al menos para mí- como mi querida Bristol y mi natal Salamanca.

Al igual que me ha ocurrido con otras rutas de la red (como la 2 y la 3), he pedaleado en diferentes ocasiones por varios tramos de la Eurovelo 1 (algunos de los cuales han sido ya descritos aquí) pero, por falta de tiempo y dinero, que no de ganas, me ha sido imposible hasta ahora emprender la aventura de recorrerla en su totalidad. En todo caso, como sería inviable describir en este humilde blog describir un viaje de esa duración de un tirón, lo haré en versión despiezada. Aquí os dejo uno de los fragmentos que bautizo como lo hacen los propios portugueses en su página web del proyecto: Oporto y el Norte.

Nota: Este tramo denominado Oporto y el Norte se compone de las secciones 16, 17 y 18 de la ruta que unen Aveiro con Caminha. Por ahora describo aquí únicamente las dos últimas de las secciones indicadas, es decir, los aproximadamente 115 kilómetros que separan Vila Nova de Gaia y Caminha.

Una vez visitadas las bodegas y, si estamos en condiciones de pedalear, cruzamos el puente Luis I y, ya en Oporto, seguimos abriéndonos paso entre la marabunta turística para avanzar por la otra orilla del Douro, río abajo.

Por supuesto, no debemos dejar de aprovechar desde aquí para subir por las callejuelas que se alejan del río para adentrarnos en la segunda ciudad más importante de Portugal y descubrir sus numerosos encantos: la catedral y su claustro, la torre de los clérigos, la universidad, la estación ferroviaria, la librería Lello, un puente diseñado por Eiffel…

Cuando estemos listos, nos alejamos de la zona más masificada siguiendo la margen derecha del Duero. Como la calzada tiene demasiado tráfico y la acera suele estar atestada de peatones, casi lo mejor es pedalear siguiendo la línea del tranvía siempre atentos, claro, no solo a que pueda venir este, sino también a que ningún otro conductor o peatón haya tenido la misma idea que nosotros.

Así, pasamos por la puerta del museo del tranvía (carro eléctrico) y bajo el impresionante puente de Arrábida dejando a nuestra izquierda un Douro que vuelve a ser cada vez más marítimo hasta que, finalmente, alcanzamos el punto en el que entrega sus aguas al océano con su entrada bien protegida por varios diques de abrigo debidamente señalizados con sus correspondientes faros. También vemos en este punto, a nuestra espalda si nos encontramos mirando al mar, una de las muchas fortalezas que protegían la línea de costa portuguesa: la de São João Batista da Foz (siglo XVI).

A partir de aquí seguimos la avenida que, a su vez, sigue la costa haciendo para ello uso del carril bici que separa la calzada de la acera (no olvidemos respetar los semáforos). Si se nos hace largo podemos detenernos en cualquier punto para tomar algo en cualquiera de los chiringuitos que hay al borde de la playa o en las muchas cafeterías que vemos al lado contrario de la calle o, simplemente, para perder la vista mirando al mar. En todo caso, nuestra siguiente parada no está muy lejos ya que, al llegar a una gran rotonda decorada con una estatua ecuestre, merece la pena detenerse a visitar el fuerte de San Francisco Javier (siglo XVII), que alberga un pequeño museo de historia militar visitable por apenas medio euro.

Volviendo a las bicis, seguimos ahora pegados a la arena hasta que el carril-bici nos devuelve a la calle principal justo un una rotonda decorada por una curiosa estructura conocida popularmente como la anémona y que en realidad se llama She Changes, o al menos así la bautizó su creadora, la artista norteamericana Janet Echelman en 2005.

Estamos ya en la localidad de Matosinhos y aquí nuestro carril bici hace uso de la ancha acera que bordea una de las playas más populosas de la zona. En el otro extremo del arenal, y ya entrando en el puerto, descubrimos un monumento del siglo XVIII que, al parecer, indica el punto en el que apareció la imagen del Bom Jesus de Bouças, más conocido como Señor de Matosinhos, al lado del cual mana también una fuente.

Antes de irse de Matosinhos no debemos dejar de degustar el pescado local en cualquiera de las decenas de restaurante que encontramos en las inmediaciones del puerto o, directamente, comprándolo en el mercado por el que pasamos camino ya del puente que nos permite cruzar el río Leça para pasar a la vecina Leça de Palmeira.

Al otro lado del puente, nuestra ruta continúa por una estrecha calle que va descendiendo suavemente en busca del mar. Al llegar allí, debemos girar a la derecha para proseguir nuestro camino hacia el norte, pero antes podemos, si así lo deseamos, retroceder unos metros por la costa para ver el fuerte de Nuestra Señora de las Nieves, del siglo XVII.

Ya en las afueras de Leça, a la altura de unas inmensas instalaciones de gas, encontramos el faro de Boa Nova, construido en 1926 y situado en lo alto de una espectacular torre de 46 metros de altura que hace que sea el segundo más alto del país, por detrás del de Barra, en Aveiro. No tenemos que avanzar mucho más para encontrar nuestro siguiente punto de interés que recibe además el mismo nombre que el faro (Boa Nova), la capilla franciscana consagrada a San Juan (o a un tal San Clemente das Penhas según otras fuentes) que, al parecer, fue fundada en 1392 aunque el pequeño edificio barroco que vemos hoy junto al mar es bastante posterior.

Seguimos rumbo norte y la pegatina de EuroVelo 1 que vemos que vemos pegada en una señal nos hace ser optimistas respecto a la señalización pero es un espejismo pues poco más adelante la especie de carril bici por donde rodábamos se acaba y la plataforma de madera que sigue la costa y por donde caminan los peregrinos tiene estrictamente vetado el acceso a las bicicletas (a lo largo de nuestra ruta terminaremos alucinando dela cantidad de dinero que se han gastado en señales prohibiendo las bicicletas, partida presupuestaria de la que parece que no sobró mucho para señalizar el EuroVelo 1). Así pues, no nos queda otra que rodar por la carretera (o por su acera) que separa la depuradora de la planta de gas, lo que es de todo menos bonito.

Algo más adelante encontramos un pequeño conjunto de casas y junto a la calzada por la que vamos vemos que han tenido, por fin, la buena idea de crear un carril bici con el firme pintado de rojo, lo que nos permitirá rodar mucho más tranquilos pero que nos impide acceder a puntos que podrían ser de interés como, por ejemplo, el obelisco que vemos más adelante y al que no podemos sino fotografiar desde bastante lejos.

De repente, sin previo aviso, el carril bici se acaba dejándonos huérfanos. Por unos metros podemos seguir por la acera pero enseguida no nos queda otra que echarnos al asfalto. Hacemos una breve incursión hacia el mar para ver si podemos seguir por allí pero las señales vuelven a prohibirnos el paso y nos obligan a regresar a la carretera aunque, por suerte, el carril bici vuelve a aparecer aquí.

Después de un giro a la izquierda para acercarnos más al mar nuestro querido firme rojizo juega a aparecer y desaparecer pero nosotros vamos más entretenidos fijándonos en detalles como el antiguo molino de viento reconvertido en vivienda que vemos a la derecha.

Volvemos a unirnos a la carretera, pedaleando por el carril bici hasta que en una curva este desaparece de nuevo bruscamente. Por suerte ahora encontramos un callejón que separa los muros traseros de unas casas de las dunas y por el que podemos circular un rato hasta que, más adelante, volvemos a la carretera y recuperamos el carril para bicicletas.

La siguiente vez que desaparece nuestro carril, debemos prestar atención para no perdernos el yacimiento arqueológico que dejamos a la izquierda: unos tanques para la salazón de pescado excavados en la roca de la playa y que datan del Bajo Imperio Romano (siglos IV-V). Una vez más, no podemos llegar hasta ellos en bici, pero esta vez no están lejos y podemos caminar dejando nuestras bicis a poco distancia.

Continuamos por la misma calle, primero rodeados de casas por ambos lados y, más tarde, solo por uno, dejando nuestro flanco izquierdo abierto a la playa que cuenta de nuevo en esta zona con más tanques romanos excavados en la roca. De repente la calle por la que estamos rodando se acaba y nos queda, sí o sí, la opción de la pasarela de madera que, por suerte, aquí sí está a nuestro alcance, pues las señales no nos lo impiden.

Así lo hacemos y descubrimos que este tramo de pasarela es breve, lo justo para permitirnos cruzar el río Onda por un puentecillo de madera. Después salimos de nuevo al adoquinado unos metros y volver de nuevo a la pasarela que nos lleva ahora, sobre pilotes, varios metros sobre la arena de la playa.

Pero la vida no es fácil y la pasarela se llena ahora de tramos escalonados en los que no nos queda otra que cargar con nuestras monturas, en vez de a la inversa como sería natural. Pasamos así por un roquedo coronado por un vértice geodésico donde un buen número de peregrinos descansa disfrutando de las vistas y donde un panel nos informa de que en la zona hay grabados rupestres que, según algunas teorías podrían ser runas vikingas o normandas.

Nosotros seguimos subiendo y bajando escalinatas y, cuando ya dudamos de que una reconocida ruta ciclista transeuropea pueda trascurrir por estos andurriales, una pegatina nos confirma que estamos en el camino correcto. Se encuentra pegada, precisamente en el panel que indica que estamos al ladito mismo del castro de São Paio, un yacimiento de la Edad del Hierro (primer milenio antes de nuestra era) que constituye el único castro marítimo de la costa norte del país. Sobre las zonas excavadas, coronando el montículo, vemos una pequeña ermita dedicada al mismo santo que dio nombre al castro al ser descubierto en los años cincuenta del pasado siglo.

Pasado un chiringuito de playa, volvemos a un camino que de inmediato nos deja en nuestros añorados adoquines, que discurren aquí pegados a la pasarela. De hecho, cuando se acaba la calle por la que vamos, nos toca regresar ala pasarela para evitar el arenal y poder seguir avanzando por la costa.

Así llegamos a una pequeña aldea de pescadores donde lo primero que vemos es un pequeño jardín donde una lápida recuerda que aquí terminó durante la Segunda Guerra Mundial un bombardero inglés trataba de regresar a Gibraltar después de una misión y cuyos siete tripulantes sobrevivieron gracias a la ayuda de los pescadores locales. Los mismos pescadores cuyos descendientes tratan hoy de sacarse unos eurillos extra con obras como la que vemos unos metros más adelante: unos simpáticos monigotes creados con materiales de desecho que, a modo de photocall, invitan a los peregrinos a sacarse una foto entre ellos.

Tras un nuevo tramo adoquinado nos metemos de lleno en otra aldea pescadora donde las viviendas tradicionales aún conservan todo su encanto, si bien algún extravagante no ha escatimado en recursos artísticos para que la suya destaque sobre las demás. El pequeño puerto de esta localidad, encajado entre un faro y una capilla moderna, conserva también toda su actividad.

Subiendo un pequeño repecho nos separamos del y rodamos entre las casas de una localidad que, por lo que vemos, es más grande de lo que parecía al principio. Cuando nos parece que abandonamos ya el casco urbano, lo hacemos para meternos en otro y, cuando parecemos regresar a la playa, giramos bruscamente para volver a encerrarnos entre las casas.

Cuando por fin, después de lo que parece ya más una urbanización vacacional que una villa costera, salimos al campo, lo hacemos a lo bruto, pues el camino que tomamos se adentra en el Paisaje Protegido Regional del Litoral de Vila do Conde y Reserva Ornitológica de Mindelo y pasamos a rodar por una serie de estrechos caminos donde la arena de las dunas y la cerrada vegetación a veces complican la cosa. Después de unos metros así y de algún cruce conflictivo el camino se ensancha y mejora para cruzar un agradable bosquecillo del que salimos ya, una vez más, en pleno casco urbano de un nuevo pueblo (Areia).

Después de girar a la izquierda en un cruce regulado por semáforos (existen junto al cruce varias cafeterías donde podemos esperar sentados a que nos toque pasar), por la ya habitual carretera adoquinada abandonamos esta localidad para dirigirnos a la siguiente que, en esta ocasión, son ya los arrabales de la ciudad de Vila do Conde.

Aquí nuestra ruta es un poco confusa, pues nos lleva al encuentro de una transitada rotonda para continuar después al otro lado. Yo recomiendo desviarnos a la izquierda antes de llegar allí para acercarnos a la iglesia cuya torre ya llevamos viendo desde hace un rato y que no es otra que la de San Francisco de Azurara, en cuyo interior se guardan las reliquias de San Donato y que formó parte de un antiguo convento cuyo origen, anterior al siglo XVI, se pierde en el tiempo. Las reformas que le dieron el aspecto actual son de mediados del siglo XVII.

Desde aquí vamos a rodear el cercano cementerio y, ahora sí, vamos a cruzar la carretera principal en dirección a la otra iglesia que ya divisamos y que, al estar también en la localidad de Azurara, tiene un nombre bastante parecido a la anterior: Santa María de Azurara. Se trata de una rotunda construcción del siglo XVI que presenta una clara distribución en tres naves, estando la principal almenada en el exterior, y un bonito ábside manuelino. Frente a ella podemos ver un crucero.

Ahora nuestra ruta nos lleva, desde el ábside dela iglesia, por la calle que lleva en dirección a la ciudad pero, para nuestra desgracia, se trata de una calle de sentido único que no es precisamente el que nosotros llevamos. De seguirla, debemos hacerlo con mucho cuidado, pero podremos ver una sucesión de añejos y bellos edificios, como la Casa da Praça o la Iglesia de la Misericordia.

Pero ha llegado ya el momento de incorporarnos a la carretera principal, más que nada por es la única forma de salvar el río Ave que se acaba de poner en nuestro camino. Nada más embocar el puente las vistas ante nosotros son de impresión, con la imponente fachada sur del monasterio de Santa Clara de Vila do Conde dándonos la bienvenida a la ciudad. Para acceder a él, casi lo mejor es desviarnos a la derecha inmediatamente después de llegar a la otra orilla y subir después por la calle que se aleja del Ave hacia la izquierda y que rodea el monasterio (que, por cierto, como podemos apreciar claramente desde esta calle adoquinada, se encuentra en obras).

Al llegar arriba lo primero que vemos son otras cosas que dejan aparcado por un momento nuestro interés por Santa Clara. La primera es la iglesia del convento de San Francisco (antiguamente de la Encarnación) del siglo XVI. La segunda cosa que llama nuestra atención (más que nada porque tenemos que pasar bajo ella) es el largo acueducto de San Antonio que, iniciado en el siglo XVII y concluido en 1714, permitía abastecer de agua a las monjas residentes en Santa Clara que, cansadas de subirla desde el río Ave con una noria, prefirieron sustituirla con la traída desde una fuente situada en Terroso (a unos siete kilómetros de distancia). El acueducto era subterráneo hasta Beiriz pero desde allí venía sobre 999 arcos de medio punto (se sigue conservando la mayor parte de este trayecto de casi cinco kilómetros así que el que tenga tiempo ya sabe qué puede hacer).

Respecto al monasterio de Santa Clara (a cuyo interior no pude acceder en el momento de mi visita), decir que data de 1318, si bien todo lo que ahora vemos es muy posterior y fruto de posteriores intervenciones (la principal fue la llevada a cabo en el largo periodo entre 1778 y 1940). Debido al decreto de extinción de las congregaciones religiosas que se estableció en Portugal en 1834, este convento dejó de funcionar como tal el día que murió su última monja (en 1893) y actualmente es un hotel cuyos huéspedes pueden disfrutar desde sus habitaciones de las maravillosas vistas que nosotros, humildes cicloviajeros, solo podemos contemplar desde el exterior.

Volviendo al nivel de la ciudad, no debemos abandonar Vila do Conde sin visitar su iglesia matriz de San Juan Bautista, construida entre los siglos XV y XVI (la torre fue añadida en el XVII) y que cuenta en su interior con retablos de madera dorada del siglo XVIII.

Siguiendo la orilla del río, y ya con intención de salir de la ciudad, podemos aún ver alguna curiosidad, como la Nao Quinientista (una réplica moderna de una embarcación portuguesa del siglo XVI), la capilla del Socorro (una pequeña capilla construida entre 1599 y 1603 y que, con su cúpula esférica se asemeja a los templos orientales que su comitente, Gaspar Manoel Carneiro, había conocido en sus viajes por el mundo), el inmenso reloj de sol que ocupa la plaza de Don Juan II, la Capela de Nossa Senhora da Guia (una pequeña ermita cuyos orígenes se remontan al siglo X y que se encuentra justo en la separación entre el río Ave y el océano Atlántico) o, ya en la fachada atlántica de la ciudad, el fuerte de San Juan Bautista (del siglo XVI y similar a los otros muchos fuertes que hemos visto, y veremos, a lo largo de nuestra ruta).

Desde el fuerte hay un carril bici que sigue el borde de la playa hacia el norte. Nuestro track, sin embargo, nos indica que sigamos la calle principal, lo que carece de mayor importancia alno tener demasiado tráfico y converger ambas vías poco más adelante. La verdad es que, salvo por algún tramo un poco más agreste, parece que no hemos abandonado aún Vila do Conde, pues rodamos continuamente con la playa y sus chiringuitos a la izquierda y una interminable sucesión de casas y locales comerciales al otro lado. Cuando un campanario interrumpe la monotonía a nuestra derecha, no merece la pena detenerse más que para comprobar que se trata en efecto de un templo moderno y no de un transbordador espacial listo para el despegue. Estamos en Caxinas, en la parte trasera de la iglesia de Nosso Senhor dos Navegantes, diseñada por Manuel Gonçalves en 1928.

La siguiente iglesia que vemos en nuestro recorrido, ya en Póvoa de Varzim, también intenta pasar desapercibida haciéndose pasar, en esta ocasión, por un faro. En realidad, se trata solo de la torre trasera de la iglesia de Nossa Senhora da Lapa que, fundada por misioneros franciscanos españoles en 1772, cuenta también con un campanario propiamente dicho, de estilo barroco, en su fachada principal. Bajo la torre-faro, una imagen de la virgen preside el panel que recuerda la tragedia acaecida en el invierno de 1892, cuando un temporal sorprendió faenando a los pescadores locales matando nada menos que a 105 de ellos.

Siguiendo por nuestro carril bici, y dejando el puerto deportivo de Póvoa de Varzim a nuestra izquierda, detrás de un parquecillo, vemos a nuestra derecha una más de las ya familiares fortalezas abaluartadas (se trata ahora de la de Nuestra Señora de la Concepción, de principios del siglo XVIII) y, casi a continuación, el inmenso edificio neoclásico que, desde los años 30 del siglo XX, alberga el casino de Póvoa.

Volvemos a ponernos ahora en paralelo a un largo arenal y, alternando carril bici, acera, paseo marítimo y calzada adoquinada, vamos a comprobar que la playa de Póvoa de Varzim es, efectivamente, muy larga. De hecho, mientras el interminable arenal continúa sin más interrupciones que la desembocadura de un pequeño riachuelo, nosotros nos vemos obligados a apartarnos un poco de la costa para seguir por una carreterilla de adoquines que se abre paso entre huertos y otros solares de uso variado hasta llegar al cabo de San Andrés donde, junto al gran hotel que lleva el mismo nombre, los peregrinos siguen su ruta por la pasarela que pasa sobre las dunas mientras los ciclistas quedamos, una vez más, abandonados a nuestra suerte.

No nos queda otra que volver nuestros manillares hacia el interior, casi hasta la ermita de San Andrés, y girar allí a la izquierda para buscarnos la vida intentando mantenernos lo más pegados que podamos a la costa mientras erramos entre las innumerables casas que invaden la zona. Un buen rato después, cuando ya hace tiempo que hemos dejado atrás Barranha y rodamos entre tantos invernaderos que creemos estar en Murcia, nos sorprende volver a encontrar peregrinos compartiendo nuestros adoquines: hemos vuelto al buen camino. ¡Aleluya!

Tras haber cruzado una carretera asfaltada nos adentramos en el caserío de Apúlia (la iglesia principal de la localidad queda, no muy alejada a nuestra derecha, por si nos interesa). Como la calle por la que nos manda el track es de dirección prohibida, seguimos de frente para girar a la izquierda por la siguiente y volver casi enseguida a la ruta correcta, de lo que nos percataremos porque casi de inmediato veremos a nuestra izquierda el principal atractivo turístico local: los cinco espectaculares molinos de viento construidos sobre las dunas que nos separan de la playa y a los que se accede a través de una plataforma de madera (como siempre que hay escalones, esta vez sí nos dejan subir a ella con las bicis).

Dejando atrás los molinos, pedaleamos por una carretera adoquinada que poco a poco se va alejando del mar y adentrándose en un bosque de pinos. A nuestra izquierda, junto a la playa, queda el conjunto de casas-barco de Pedrinhas, unas curiosas y antiguas construcciones en piedra con forma de casco de barco invertido de gran valor etnográfico.

La vía por la que circulamos termina en las proximidades de la playa de Ofir, un enclave vacacional en el que hemos de girar a la derecha para remontar el curso del río Cávado, que no tardamos en divisar a nuestra izquierda. Cuando encontramos la ocasión de cruzarlo en la forma del puente de Fão (finales del s. XIX) lo hacemos para inmediatamente después girar a la izquierda y seguir las aguas por la margen opuesta gracias al carril bici que, ya en las calles de Esposende, nos devuelve a la primera línea de playa. Justo en el punto en el que el Cávado dona sus aguas al padre Atlántico encontramos un nuevo fuerte abaluartado que, en este caso, alberga también entre sus añejas piedras un faro de hierro más moderno. Se trata de la Fortaleza de San Juan Bautista, construida entre 1699 y 1704.

A la salida de Esposende arranca una ecovía que sigue la costa hacia el norte. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, nuestro track nos lleva rodeando el casco urbano hasta la cercana carretera N-13, donde empieza un verdadero infierno, pues se trata de una vía muy transitada y con un arcén inexistente, lo que nos hará disfrutar de primera mano del poco respeto que los conductores portuguesas tienen por los ciclistas.

Como pedalear por aquí es horrible, nos valdremos de cualquier oportunidad para abandonar la carretera aunque solo sea un momento, como ocurre, por ejemplo, al pasar por una pequeña capilla dedicada a San Sebastián o cuando lo hacemos a la altura de la iglesia de São Miguel das Marinhas, una construcción de 1930 cuyo origen mucho más antiguo se intuye por el retablo renacentista o por los dos sarcófagos medievales que se muestran en el jardín junto a la cabecera del templo.

Pasamos poco después por la casa-museo dedicada al arquitecto racionalista local Alfredo Viana de Lima, pero a mí me resulta más interesante el pequeño tesoro que encontramos en la parte trasera de la iglesia de São Bartolomeu do Mar (a la izquierda en nuestro sentido de la marcha) y que no es sino un interesante menhir del Calcolítico o de la Edad del Bronce (segundo o tercer milenio a.C.) que tiene forma y tamaño ligeramente antropomorfos y cuya superficie está cubierta casi por completo de un total de 19 cazoletas. Algo más adelante veremos también un indicador de otro monumento megalítico de este tipo, pero se encuentra ya algo más alejado de nuestra ruta. En cuanto a la iglesia de San Bartolomé que hemos tenido que rodear, poco que mencionar, pues no presenta un exterior excesivamente atractivo y se encontraba cerrado a cal y canto, aunque merece la pena mencionar que en el mes de agosto se realiza un curioso ritual en el que niños y jóvenes se bañan en la cercana playa, dejándose golpear por un número impar de olas y alejado así al demonio (tradición que recuerda a los ritos de fertilidad que se realizan en otras playas como la gallega de A Lanzada).

La carretera se hace más y más monótona a medida que va avanzando hacia el interior y el tráfico cada vez resulta más molesto, sin mencionar el hecho de que empezamos a subir de forma perceptible (pero poco importante). Después llegamos a un breve descenso durante el cual debemos tomar un desvío hacia la izquierda (poco antes de llegar al cruce con una autovía) para terminar de bajar y volver a girar después a la izquierda.

Acabamos de abandonar el distrito de Braga y el adyacente de Viana do Castelo nos recibe con un repecho importante que notamos nada más tomar el mencionado desvío a la izquierda. Por suerte la subida dura poco más de un kilómetro y, a la altura de Santiago de Castelo de Neiva, da paso a un descenso que nos lleva hasta una rotonda donde giramos a la izquierda para ascender de nuevo ligeramente.

Después volvemos a descender por una carretera ancha pero que dispone de un arcén envidiable. Después de salvar varias rotondas y de subir un breve repecho, llegamos a una nueva glorieta donde giramos a la derecha y, en la siguiente, a la izquierda para descender ya definitivamente hacia el río Limia, que vamos a salvar por todo lo alto: por un puente diseñado por el mismísimo Gustave Eiffel que, aunque no podamos disfrutarlo por el denso tráfico, nos deja ya en el centro de Viana do Castelo.

Nada más cruzar el río debemos torcer a la izquierda y volver atrás unos metros para bajar desde el puente al parque conocido como Jardim da Marginal, junto al puerto local, desde donde se tiene una buena panorámica del puente que acabamos de cruzar.

Siguiendo la orilla del Limia y pasando junto al Jardim da Marina, encontramos anclado el buque Gil Eannes, un antiguo navío bacaladero que ahora sirve de museo de la tradición marítima de la localidad.

Después de girar en ángulo recto por la avenida por la que pedaleamos, nos encontramos ante un gran parque que se extiende ante una nueva fortificación abaluartada. Se trata del fuerte de Santiago da Barra, que fue construido por Filippo de Terzi a finales del siglo XVI (cuando Portugal era parte de los dominios españoles) sobre una fortificación anterior (quizás del siglo XIII o del XV). Quizás sea desde las murallas de Santiago da Barra desde donde mejor se contemple el monte de Santa Lucía que, con sus 228 metros de altura domina la ciudad desde el norte y en cuya cima destaca el templo neobizantino (s. XX) que da a esta localidad portuguesa un cierto aire montmartriano. En la parte más elevada se encuentra también un castro digno de una visita que no pude hacer porque el funicular que lleva a la cumbre no estaba operativo y por no disponer de tiempo para subir en la bici (pero es una subida que merece la pena, aunque solo sea por las vistas).

Y ya que hablamos de visitas, también es este un buen punto desde el que partir a explorar la ciudad que cuenta con numerosos atractivos como, por ejemplo, la populosa Plaza de la República, rodeada de bellos edificios alrededor de una fuente monumental o la preciosa catedral del siglo XV de estilo gótico-románico y torres almenadas, entre otras iglesias, edificios y detalles de gran interés.

De vuelta al fuerte de Santiago da Barra, en el extremo opuesto del parque encontramos una iglesia del siglo XVIII y estilo barroco que es conocida por albergar a la Virgen de la Agonia, patrona local y protagonista, en agosto, de una importante romería anfibia (porque además de por las calles de la ciudad, también se celebra sobre las aguas del Limia).

Giramos aquí a la izquierda para dirigirnos derechitos a la costa, donde retomamos nuestra sana costumbre se seguirla hacia el norte. No necesitamos mucho tiempo para recuperar también otra vieja costumbre como es la de toparnos con fuertes abaluartados, esta vez en la forma del Fortim da Areosa, terminado de construir en 1701 y que da fe de lo mal que portugueses y españoles nos llevábamos antaño.

Justo donde acaba la pasarela de madera que pasa frente al fortín, y al lado mismo de una extraña escultura de un pez, tomamos el camino (podríamos considerarlo un carril bici) que continúa costa adelante y que nos lleva a pasar junto a un nuevo molino de viento (ya carente de aspas) que nos distrae del hecho de que justo al otro lado del camino tenemos una planta depuradora. No será el único de estos restos etnográficos que encontraremos en este rocoso tramo de costa pues poco más adelante, tras pasar junto al campo de fútbol local, encontraremos varios más.

En Canto Marinho, nuestro carril bici pasa ante unas bonitas casas de pescadores (galpones, más bien) y, un poco más allá, junto a unas antiguas salinas rupestres (en una zona en la que también hay petroglifos) el inmejorable firme que llevamos disfrutando en los últimos kilómetros se transforma en una dura subida empedrada que se aleja de la costa hacia un grupo de casas. Estamos en Montedor y no debemos abandonar la diminuta localidad sin acercarnos a ver el pequeño grupo de molinos de viento que, en maravilloso estado de conservación, dejamos a pocos metros a la izquierda de nuestra ruta. A la derecha, coronando el cercano monte, vemos el imponente faro de Montedor, el más septentrional de Portugal, construido a principios del siglo XX.

En este punto el firme empedrado por el que hemos cruzado el pueblo recupera su carácter de carril bici que avanza pegado a la calle de adoquines y se independiza después para internarse por su cuenta en un delicioso bosquecillo. A la salida del mismo debemos tomar la vía adoquinada que encontramos para, hacia la izquierda, dejarnos caer por ella hasta el mar en cuya orilla encontramos una pasarela de madera que nos permite continuar por la costa, pasando por delante del fuerte de Paçô, una fortificación abaluartada del siglo XVII que parece haber tenido una vida más dura que otras similares que hemos visto en nuestra ruta, encontrándose en estado de abandono (hasta un cartel publicitario le han plantado encima).

Al llegar al cercano aparcamiento, nuestra ruta se desvía del carril bici que aquí reaparece (sospecho que el track que utilizo es un poco antiguo) y nos dirige hacia el interior por una carretera adoquinada. Giramos después hacia la izquierda y seguimos hacia el norte atravesando una zona de campos de cultivo donde alcanzo a ver hasta un faisán en libertad. Después de atravesar un pequeño riachuelo junto a una casa, viramos una vez más a la derecha para pasar bajo una transitada nacional y bajo la vía férrea incorporándonos después a una carretera más pequeña que tomamos, como no podía ser menos, hacia el norte para atravesar la localidad de Afife, cuya iglesia queda al borde de la carretera por la que circulamos (a la derecha).

Desde que hemos tomado esta carretera en Afife hemos ido subiendo ligeramente y, pasado el pueblo, mantenemos la carretera y la altitud hasta que desembocamos en una carretera más ancha que no es sino la misma N-13 que tantos problemas nos ha dado en este viaje (a poca distancia de este cruce, hacia el oeste, me consta que se conserva el dolmen conocido como Mamoa da Eireira y algo más abajo, en la costa de Gelfa, podríamos encontrar también la fortificación llamada Forte do Cão). La tomamos hacia la derecha y circulamos por ella en descenso hasta que, recuperado el nivel del mar, encontramos una rotonda en la que giramos a la izquierda. Poco después nos desviamos de nuevo a la izquierda para seguir el curso del río Âncora en los pocos metros que, serpenteando a través de la playa, le quedan para desembocar en el Atlántico.

Pasada ya esta desembocadura, lo primero que vemos es un nuevo fuerte, el Fortim da Lagarteira, que fue construido en el siglo XVII para, junto con el ya mencionado Forte do Cão, proteger ambos extremos de la larga playa que hemos dejado atrás.

Siguiendo la costa por el carril bici, dejamos ya atrás esta localidad de Vila Praia de Âncora y, pasando ante una depuradora y tienda de mariscos, llegamos a una bonita ermita consagrada a San Isidoro, de cuya existencia ya se tenía constancia en el siglo XIV. En la zona, un grupo de ponis sueltos hace las delicias de los peregrinos que se desviven por fotografiarse junto a ellos.

A partir de aquí los peregrinos siguen recto buscando la vía de tren que hallarán junto al crucero de San Isidoro. Nosotros, en cambio, nos escoramos ligeramente hacia el mar, cuya costa seguimos al borde de las rocas, dejando al otro lado numerosas piedras organizadas en hileras que separan las fincas de pasto por las que pacen libremente las cabras.

Esta ecovia o carril bici por la que circulamos nos lleva a una pequeña población de viviendas vacacionales que se extiende la lo largo de la costa hasta unirse con la localidad de Moledo, cuya larga playa tenemos que bordear hasta llegar a un chiringuito con terraza haciendo esquina entre la playa y un aparcamiento. Desde aquí tenemos una magnífica vista, aunque en la lejanía, de un nuevo fuerte abaluartado al que no vamos a poder acercarnos mucho más en bicicleta, porque está construido sobre un islote que domina la desembocadura del Miño. Se trata del Forte da Insúa y, como casi todos los fuertes que hemos visto durante nuestro viaje, fue construido en el contexto de la Guerra de la Restauración de la Independencia (mediados del siglo XVII).

Salimos de Moledo siguiendo la carretera que sigue la costa y, poco después de que esta gire en ángulo recto a la derecha, tomamos un sendero que, a la izquierda, se adentra en un bosque de pinos. Seguimos en línea recta, salvando los frecuentes bancos de arena, a través de éste hasta que alcanzamos el aparcamiento de un campo de fútbol, momento en el que doblamos a la izquierda, hacia el mar y, ya cerca de la playa, giramos de nuevo a la derecha para ir a salir a la orilla del río Minho. A nuestra derecha hemos dejado una ermita que, aunque diminuta en tamaño, lleva dos nombres diferentes (Nossa Senhora do Bom Sucesso y Nossa Senhora das Areias) y que, además, está construida en homenaje a una tercera Señora, la de las Nieves, por ayudar a las tropas locales a vencer a los invasores franceses en 1809. La capilla fue prácticamente reconstruida por completo a mediados del siglo XX.

Al salir a la orilla del Minho, no serán pocos los marineros locales que salgan a nuestro encuentro para ofrecerse a transportarnos hasta la cercana A Guarda, ya en España y siguiente objetivo de los peregrinos que siguen el Camino de la Costa, cuyo famoso monte de Santa Tecla ya domina (o más bien tapa) el horizonte. Nosotros, sin embargo, declinamos las invitaciones y tomamos a la derecha para remontar el río por su margen izquierda. Después de un primer tramo tranquilo, giramos después a la izquierda para circular pegados a la N-13 por última vez hasta la cerca localidad de Caminha.

En Caminha no dejaremos de visitar la Torre do Relógio (única puerta conservada de la antigua muralla y que recibe este nombre por llevar, desde el s. XVII, un reloj incrustado en lo más alto de su fachada), la Iglesia de la Misericordia (del siglo XVI, reconstruida entre los siglos XVII y XVIII), la monumental Iglesia Matriz (construida entre los siglos XV y XVIII, por lo que muestra estilos gótico, renacentista y manuelino) y las murallas abaluartadas del siglo XVIII que serán, por ahora, la última fortificación de este estilo que veamos en esta ruta pues aquí, entre Caminha y el río acaba nuestro viaje.

En realidad, no está claro que la ruta EuroVelo 1 acabe aquí, pues en algunas guías la alargan hasta Valença do Minho (si queremos pedalear también este tramo solo tenemos que cruzar por la N-13 la desembocadura del Coura y después seguir la Ecopista del Minho) e incluso existen rumores de que pronto será extendida hasta Fisterra, donde se unirá al EuroVelo 3 que también ha sido extendido recientemente hasta alli. Pero nosotros, por hoy, vamos a aparcar las bicis en Caminha. Quien quiera llegar hasta el fin de la tierra solo tiene que rastrear esta misma página y encontrará rutas sobradas para hacerlo. ¡Buen Camino!

Confinados en Santiago: Giro de los montes de Compostela

GIRO PEQUEÑO

Provincia: A Coruña

Distancia: 34 km aprox.

Mapa:

Track: Descargar XiroMontesdeCompostela_pequeno.gpx

Descripción:

Año 2020. Una pandemia asola el mundo y los ciudadanos se ven obligados a permanecer en sus casas durante más de un mes. Al acabar este duro periodo, hartos de las enrarecidas atmósferas de interior, la gente sale hambrienta de aire puro. Se multiplican los runners y se agotan las bicis en todas las tiendas. Dar un paseo por el campo deja de ser una actividad solitaria reservada a algunos bichos raros y se transforma en una actividad social que lleva a que en las ciudades te encuentres a más gente en las zonas verdes de las proximidades que en las calles del centro.

Año 2021. Los persistentes rebrotes de la pandemia hacen que algunas localidades se vean sujetas a los denominados «confinamientos perimetrales», según los cuales no es posible salir del término municipal sin causa justificada. Es el caso de Santiago de Compostela, donde este confinamiento perimetral lleva a prolongarse cerca de cinco meses entre finales de 2020 y principios de 2021 (si bien es cierto que cambiando el perímetro en varias ocasiones) durante los cuales quienes no podemos vivir sin nuestra dosis diaria de bicicleta llegamos a aprendernos de memoria las piedras de todos los caminos locales.

Vista la inhabitual invasión del domingueros urbanitas devenidos a ruralitas, los ayuntamientos se apresuran a habilitar rutas para que sus ciudadanos puedan quemar el colesterol de sus venas sin salirse del perímetro y violar la ley en el intento. Así, a mediados de 2021, el Excelentísimo (y Lentísimo) Concello de Santiago inauguró el denominado Xiro dos Montes de Compostela que, utilizando la amplia red de caminos ya existentes o rehabilitando los casi inexistentes, permite rodear la ciudad en una ruta de poco más de una treintena de kilómetros que recorre los ocho montes que conforman su orografía: Viso, Gozo, Deus, Pedroso, Vidán, Conxo, Santasmariñas y Gaiás.

Dividida en etapas (en realidad es una única ruta circular, pero se han numerado individualmente los tramos entre monte y monte), esta ruta prometía en su inauguración ser apta para caminantes y ciclistas, por lo que el que esto escribe no podía dejar de comprobar si lo segundo era cierto. Adelanto mi conclusión: sí, es viable seguir casi todo este Xiro pedaleando, si bien algunos tramos no son aptos para todos los públicos y hace imprescindible utilizar una bici de montaña y tener cierto dominio de la misma (además de una buena forma física). Al mismo tiempo, otros tramos son excesivamente urbanos y aburridos para los bikers más puros. También es interesante mencionar que este trazado ha sido bautizado como «pequeño» porque los planes del ayuntamiento incluyen señalizar una ruta similar pero más larga (que supongo que será bastante parecida al Xiro que se diseñó para la ruta 6 del Centro BTT de A Susana). Si este proyecto no queda en agua de borrajas, lo incluiré aquí en su debido momento.

Antes de comenzar a pedalear, es interesante mencionar cómo está señalizada la ruta. Hay tres tipos de carteles: los más completos, además de indicar la dirección a seguir, incluyen la distancia restante a los dos siguientes montes de nuestra ruta; otros, más sencillos, consisten solo en una flecha que nos dice hacia dónde tirar; por último, unos pequeños postes clavados a la vera del camino nos indican cada pocos metros que no nos hemos equivocado. Además, en la cima de casi cada uno de los montes hallaremos un panel informativo (donde es posible descargar el track de la ruta completa mediante un código QR) y una placa sobre el suelo. En todo caso, dado que no es de esperar que toda esta parafernalia señalizadora tenga una vida útil demasiado larga, es recomendable llevar a mano el track GPS de la ruta, pues en algunos tramos hay tantos cruces que un despiste puntual o la falta de una señal nos puede llevar a salirnos del recorrido. Incluyo en esta página por ahora el track oficial de la ruta, si bien me he percatado de que comienza en el lugar equivocado (el monte Pedroso, cuando el inicio oficial es en el Viso) y va en dirección contraria a la señalizada, por lo que pronto lo cambiaré por una versión corregida.

Empecemos pues…

El punto de partida será, como ya he mencionado, el Monte do Viso. No muy lejos, compartiendo salida de la autovía con la Ciudad de la Cultura de Galicia, encontramos un aparcamiento (que da servicio a quienes vienen a pasear por la Senda Mitológica) donde dejar el coche en caso de que lo hayamos utilizado para llegar hasta aquí. Desde él, después de subir unos metros de camino y un último tramo empedrado con un fuerte desnivel, alcanzamos la cima del monte donde, desde el vértice geodésico que la corona (a 397 metros de altura), disfrutamos de unas maravillosas vistas en todas direcciones: al oeste queda Santiago con la Ciudad de la Cultura en primer plano, el monte Pedroso al fondo y la catedral en el centro; al sudeste vemos el Pico Sacro destacarse sobre el horizonte; al este encontramos el valle al que pronto descenderemos y que nos separa del Monte do Gozo; al norte, por último, el estadio de fútbol de San Lázaro observado atentamente por el mítico rey Breogán (una de las esculturas de cartón piedra de las que forman parte de la Senda Mitológica). Como el rey Breogán nos da la espalda, hacemos lo propio y comenzamos a pedalear en dirección contraria, bajando primero por el tramo empedrado que nos trajo hasta la cima (precaución con las abundantes familias que pasean por aquí) y después tirándonos a tumba abierta por el camino que, en línea recta, desciende hacia el este.

Llegamos así a una carretera que cruzamos para tomar una nueva carretera descendente que sale frente a nosotros, ligeramente a la izquierda (a la derecha, en el caserío de San Xoás si nos interesa podemos encontrar un bonito lavadero de mediados del s.XX). Enlazamos después con un nuevo tramo de tierra que nos lleva a una nueva carretera donde repetimos la operación de antes: tomar la carretera a la izquierda durante unos metros para tomar después la nueva carreterilla descendente que aparece al otro lado. También aquí hay un lavadero, que queda en este caso a nuestra izquierda justo en el punto en el que entramos en la aldea de Lobio.

Al otro lado del casco urbano, que atravesamos siguiendo las flechas de la ruta, se acaba lo bueno y nos toca empezar a pedalear por un camino de tierra rodeado de arboleda y que transcurre paralelo al Rego de Aríns, que no llegamos a ver pero que queda algo más abajo a nuestra derecha. El camino que seguimos se pone tontorrón y empieza a zigzaguear mientras asciende. Dejamos una casa a nuestra izquierda (pasamos a la altura de su sótano, más o menos), después tomamos un nuevo camino hacia la izquierda que pasa aproximadamente a la altura del segundo piso de la misma vivienda unifamiliar y, por último, tomamos un nuevo camino a la derecha que nos permite ver desde arriba la chimenea de la casa. En todo este tramo vemos bastante suciedad en las orillas del camino, pues parece que los conductores que vienen aquí por las noches (no voy a entrar en detalles) prefieren eliminar lo antes posible de sus vehículos las pruebas de sus «cochinadas»… pero el caso es que en todas casas cuecen habas, pues también vi, entre la basura, un bidón de bicicleta tirado.

Enlazamos con un nuevo camino y algo más adelante (aquí el track oficial es un poco impreciso) las flechas que seguimos nos mandan girar a la izquierda salvando un potente escalón, subido el cual encontramos un estrecho sendero que serpentea entre los robles, alguno de los cuales nos corta el paso y nos obliga a apearnos de la bici si no somos equilibristas. Al otro lado del sendero, un nuevo escalón (este insalvable para quien no sea experto en trial) nos lleva a una pequeña carretera que tomamos a la derecha.

Tomamos poco después, a la izquierda, un caminillo de tierra que se adentra en un parque. Estamos ya en la zona del Monte do Gozo y, mientras atravesamos por un tramo de camino flanqueado por cipreses, no debemos dejar de tomar a la izquierda -fuera del track- para acercarnos al Monumento al Peregrino, donde dos grandes figuras metálicas celebran que ya ven, a lo lejos, la capital jacobea.

Volviendo a los cipreses, seguimos por donde veníamos para continuar recto pasando por la parte más alta del inmenso albergue de peregrinos (en este zona echamos de menos la señalización de nuestra ruta, pero no tiene pérdida). Pasadas las edificaciones del albergue salimos a una carreterilla por donde subimos los últimos metros que nos separan de la pequeña capilla de San Marcos, del siglo XVIII. Tras ella, podemos culminar nuestro ascenso llegando a la cima misma del Monte do Gozo, lugar desde donde los peregrinos que siguen la ruta más tradicional -el Camino Francés- ven por primera vez las torres de la catedral compostelana (hecho recogido incluso en el Códice Calixtino y de donde procede el nombre del lugar). En esta cima se levantaba históricamente un monumento al papa Juan Pablo II, quien visitó el lugar, pero ha sido retirado recientemente (sí quedan otras placas conmemorativas del evento colocadas sobre el suelo a poca distancia) por lo que nada impide que nos subamos aquí arriba con nuestras bicis, si no las hemos dejado en el aparcamiento habilitado para ello a pocos metros de la cima, y disfrutemos de las vistas.

Volvemos a la capilla de San Marcos y retomamos la carretera durante unos metros para girar después a la izquierda entre las casas de una nueva aldea. Después giramos de nuevo a la izquierda por una zona de más reciente urbanización y, al final de la calle, cruzamos con muchísima precaución la carretera que une Santiago con el aeropuerto, al otro lado de la cual un mínimo sendero abierto específicamente para esta ruta que estamos recorriendo nos permite enlazar con otra carretera que discurre un poco más abajo.

Tomamos esta carretera hacia la derecha y la seguimos hasta que se acaba, donde giramos de nuevo a la derecha. Cuando la nueva carretera por la que vamos dobla noventa grados a la derecha, nosotros hacemos lo propio hacia la izquierda (¡cuidado con seguir recto si no queremos acabar en el garaje de los vecinos de enfrente!). Tras unos metros de tierra volvemos al asfalto para cruzar, por este orden, una autovía (por debajo), un riachuelo (por encima) y una vía de tren (por debajo). A nuestra izquierda, oculta tras la vegetación, quedan los restos de una antigua curtiduría de principios del siglo XIX. Después encontramos una ancha carretera que tomamos a la izquierda para cruzar la circunvalación de Santiago (por debajo).

Nos encontramos ya en Amio, lugar donde se rumoreó que iba a construirse un Centro BTT del que no se ha vuelto a saber nada. Giramos hacia la derecha utilizando no el asfalto ni la amplia acera anexa, sino el pequeño camino que transcurre paralelo a la calzada por la izquierda de la misma. Con precaución en los cruces, pasamos bajo una nueva carretera utilizando para ello la plataforma de madera colocada a modo de acera y, por un mínimo sendero, enlazamos con la senda de tierra que nos permite rodar tranquilamente en paralelo a la transitada Avenida de Asturias.

Cuando esta senda se acaba tomamos la carreterilla paralela a la principal y que algo más adelante, tras un giro a la izquierda, nos permite pasar bajo ella. Al otro lado tomamos el camino de grava (más bien de pedruscos) que aparece inmediatamente a nuestra derecha y que nos lleva directamente a la acera de una enorme carretera con mucho tráfico que no es sino la nacional que viene de A Coruña a su entrada ya en el casco urbano de Santiago.

Cruzamos la ancha avenida por el primer semáforo que vemos, como peatones, y tomamos durante unos metros el Camino Inglés (en contradirección) hasta que nuestras flechas nos dicen que debemos bajar por unas enormes escaleras. Aquí tenemos varias opciones: tirarnos a lo loco escaleras abajo (no lo recomiendo), bajarnos de la bici y descender a pie, hacer uso de la empinada rampa que baja de forma escalonada por un lateral de la escalera (no parece fácil), avanzar unos metros más hasta encontrar un sendero que desciende por la pendiente y bajar por él hasta que, más adelante, encontremos una rampa menos empinada (mi elección, aunque el zigzagueo de las últimas rampas llega a ser mareante) o, por último, sustituir esta escalera por la siguiente calle a la izquierda que, como su propio nombre indica -rúa do Lavadoiro- nos lleva directamente al lavadero de Salgueiriños. Si hemos optado por alguna de las opciones cercanas a las escaleras, en la parte inferior de estas cruzamos la calle para adentrarnos en un parque y seguir en dirección norte el traqueteante sendero que bordea un riachuelo hasta llegar de nuevo al asfalto en las inmediaciones del lavadero de Salgueiriños (recomiendo abandonar el sendero un poco antes de llegar al final, pues allí nos esperan unas empinadas escaleras ascendentes sin alternativa ciclable). Aquí tomamos la calle que sube hacia la izquierda siguiendo algunas señales jacobeas desfasadas que olvidaron retirar la última vez que desviaron el Camino Inglés, que antes entraba en Santiago por aquí.

Al llegar arriba de la cuesta asfaltada, seguimos recto por el camino que aquí nace y llaneamos en ligero ascenso por un camino de tierra que, poco después de dejar a la derecha una construcción abandonada, empieza a picar algo más hacia abajo y nos deja ver, a la derecha las antenas del monte Pedroso, de las que nos separa el valle del río Sarela al que no tardaremos en bajar.

Pero no adelantemos acontecimientos, pues antes debemos visitar otro de los montes compostelanos. Así pues, después de un breve descenso algo más pronunciado, llegamos de nuevo al asfalto y una flecha nos ordena girar a la izquierda y ascender por una calle que, para nuestra desgracia, es un auténtico paredón. Estamos en el monte de Dios (monte de Deus) y, quizás por intercesión suya, no tenemos que subir hasta la cima sino que a los pocos metros de ascenso encontramos un aparcamiento donde ya vemos el cartel y la placa que nos indican que hemos alcanzado nuestro objetivo número 3 (si en el Viso o en el Gozo existen carteles similares yo no los vi). Tras el cartel, las vistas sobre la capital gallega son de impresión así que merece la pena abrirnos un hueco entre los jóvenes que utilizan el aparcamiento como picadero para disfrutar de un momento de asueto (palabra cuyo significado probablemente ninguno de dichos jóvenes conocerá).

Cuando nos hayamos cansado de las vistas, comprobamos que nuestros frenos funcionan y nos lanzamos en rápida bajada por donde hemos subido para, después de estos primeros metros ya recorridos, poner los frenos a prueba porque ¡las flechas nos mandan ladera abajo por dirección prohibida! Después de acordarnos de todos los trabajadores del ayuntamiento implicados en el diseño de esta ruta (y de sus inocentes progenitores) tenemos que tomar una decisión: o nos bajamos de la bici y seguimos las flechas -la calle es muy estrecha y empinada, por lo que no recomiendo para nada ignorar la señal- o buscamos otra alternativa.

En mi caso, hallo dicha alternativa siguiendo recto por la rúa dos Cabalos para enlazar después, en vertiginoso descenso, con Vite de Arriba. Después, en un cruce donde hay que tener mucha precaución, solo hay que girar a la derecha por la calle dedicada a Gumersindo Busto Villanueva (quien, por cierto, fue el fundador de la biblioteca América que podemos visitar en el Colegio de Fonseca de la universidad compostelana) para llegar a la rotonda de Avío, donde ya volvemos a encontrar nuestras conocidas flechas.

De hecho, las flechas nos mandan ahora, en plena rotonda, bajar por unas escalerillas que salen de ella. No haremos tal, sino que en su lugar terminamos de girar en la rotonda (es decir, saliendo de ella como si fuésemos a continuar en dirección sur hacia el centro de Santiago) para inmediatamente después tomar la primera calle que sale a la derecha y que nos lleva hasta un lavadero que data de 1712 (aunque con innumerables reformas posteriores, incluyendo su techado) a cuya vera encontramos de nuevo una flecha.

Siguiendo la dirección que la flecha nos indica, continuamos por la callejuela por la que venimos que nos enfila hacia un senderillo que parece haber sido abierto específicamente para nosotros y que termina llevándonos directamente al río Sarela y a un viejo puente que nos permitirá cruzarlo. Pero antes de hacerlo, merece la pena echar un vistazo a nuestro entorno.

Lo primero que vemos es, a nuestra derecha, un molino devorado por la vegetación y, un poco más allá al otro lado del río que se salva aquí mediante una pasarela, un portón que da acceso a la Fundación Laboral de la Construcción (como se encarga de recordarnos un gran cartel colocado al efecto). La gastada inscripción que aún se lee sobre la cancela metálica nos recuerda que estas instalaciones reutilizaron una antigua fábrica: la curtiduría de Pontepedriña de Arriba, que desde el siglo XVIII operaba en este lugar y que era una de las más importantes de Galicia (y la competencia no era escasa, incluso sin salir del cauce del Sarela).

Junto al molino y la curtiduría, este lugar de Pontepedriña no estaría completo sin el propio ponte, que es precisamente el que tenemos ante nosotros: un pequeño puente de cantería y tres ojos de medio punto por el que salvamos el río a través de una doble pendiente sin baranda. Por aquí cruzaba tradicionalmente el transitado camino de Bergantiños y hoy, a pesar de la vegetación que crece entre sus antiguas piedras, el puente da servicio a varias rutas recreativas como es la que estamos siguiendo o la que -bautizada como «De Ponte a Ponte polo Río Sarela»- sigue el curso del río y con la que nos cruzamos aquí de forma perpendicular

Al otro lado ya del río, giramos hacia la derecha junto al muro trasero de la curtiduría. A nuestra izquierda queda una fuente con lavadero que data de 1903 y, a nuestra derecha, podemos aprovechar las ventanas del sólido muro para apreciar el buen trabajo de rehabilitación realizado con el edificio, que se hallaba arruinado tras casi 70 años de inactividad.

Pero se nos acaba lo bueno y hay que comenzar a subir. Eso sí, lo hacemos ahora por una zona boscosa de gran belleza que hará más llevadero el sufrimiento y es que, aunque con zonas relativamente llanas entre medias, vamos encarando ya la subida al punto más alto de nuestra ruta -el monte Pedroso- y algunas rampas nos harán sudar de lo lindo obligándonos incluso a echar pie a tierra y empujar la bici en algunas ocasiones. De hecho, al poco de empezar a subir, una gran roca gastada por el paso centenario de los carros nos invita a echar pie a tierra, especialmente si la encontramos mojada por la reciente lluvia (como en mi caso) o por la humedad propia del umbroso entorno.

Después de un primer y serpenteante tramo ascendente, nos unimos (dejando a la izquierda unas casas) a un camino algo más ancho que tomamos a la derecha e, inmediatamente después en un brusco giro, a la izquierda, para empezar a llanear por la ladera del monte a través de un sendero ancho y sin mayor dificultad que las raíces que asoman entre la tierra y que corresponden al espeso bosque que nos envuelve. Pero, ¡ay de nuestras piernas!, de pronto un giro a la derecha nos devuelve a la dura realidad y nos planta ante un rampón de los que quitan el hipo. Tras superarlo, un cartel escondido entre los helechos nos manda torcer a la izquierda y, con alivio, vemos que volvemos a llanear y, más adelante, incluso llegamos a descender unos metros.

Llegamos así a una carreterilla que sube monte arriba donde una flecha nos indica que debemos hacer lo propio, utilizando para ello la senda que transcurre por el margen derecho del asfalto a mayor altura que este. Junto a la flecha que señala nuestra ruta no podemos dejar de notar un crucero que no es sino el primero que veremos de los que marcan el vía crucis que sube hasta la cima y que fue inaugurado en 1909.

Continuamos así nuestro vía crucis o penitencia particular retomando el ascenso que habíamos dejado temporalmente aparcado. Dejamos a nuestra izquierda la rotonda que da acceso al aparcamiento del parque forestal conocido como Granxa do Xesto, donde existe una cafetería (y diversas fuentes) donde refrescarnos y tomar fuerzas para un ascenso que nos lleva bordeando esta área recreativa, que dejamos a la izquierda. La subida, asequible al principio, no tarda en hacerse dura y en algún tramo las raíces y piedras sueltas la convierten en casi imposible. Después de una curva a izquierdas, un tramo de llaneo nos permite descansar antes de girar de nuevo a la derecha y afrontar otro tramo de gran inclinación aunque esta vez, por suerte (o por desgracia, si lo que queríamos era una disculpa para echar pie a tierra) el firme es bastante bueno y no nos obligará a apearnos. Después de esta rampa, un nuevo giro a la izquierda y un repentino endurecimiento que por suerte es de tan solo unos metros nos lleva a un nuevo crucero del vía crucis y a la carretera que sube a la cima del monte.

Vamos ahora a seguir el asfalto hacia la derecha durante unas pocas pedaladas y, de nuevo junto a un crucero, la señalización nos manda seguir un camino que sale a nuestra izquierda en dirección a las antenas de la cumbre y que, esta vez sí, es duro de verdad (no solo por la elevada pendiente sino por el más que deficiente firme). A los más puristas -o religiosos- empeñados en seguir el vía crucis, les deseo suerte en su lucha contra la gravedad y los elementos. A los más pragmáticos les recomiendo continuar por el asfalto que con algo de dureza pero mucho menos sufrimiento nos llevará al mismo punto: la cima del monte Pedroso (dejando a la derecha un camino que nos permite subir a otro monte ignorado por la ruta que seguimos: Fontecova).

Ya en la cima del monte Pedroso, lo primero que llama nuestra atención (además de las abundantes antenas) es el gran monumento a la Cruz que corona el monte y que fue aquí erigido en el año 1900 por orden del cardenal Martín de Herrera, quien también solicitó al Papa que concediese 300 días de indulgencia a quienes recen un credo ante este monumento. También llama la atención, por interés más que nada, el panel con un perfil de nuestra ruta y la placa que nos indica que hemos coronado su punto más alto (tachamos así el monte número 4 de nuestra lista). Por supuesto, ya que hemos llegado hasta aquí, no debemos dejar de descansar un rato disfrutando de las magníficas vistas que de la capital gallega se tienen desde esta cima. Ya para subir nota, recomiendo buscar a pocos metros de aquí, pero mirando hacia la otra vertiente del monte (también con impresionantes vistas), el petroglifo del monte Pedroso: unos cuantos símbolos espirales que, allá por la Edad del Bronce, algún lugareño tuvo a bien dibujar en una roca que asoma entre los tojos (quizás los dioses de nuestros antepasados también concedan indulgencias a quienes recen ante este antiguo monumento, ¿quién sabe?).

Volviendo al punto donde nos habíamos quedado (donde descansábamos viendo Santiago a vista de pájaro), iniciamos ahora un descenso que según el track nos lleva hacia el puesto de vigilancia antiincendios para comenzar desde allí a descender, aunque las flechas nos mandan en su lugar comenzar la bajada directamente desde el mirador por un tramo desde donde podemos seguir admirando las vistas de la catedral compostelana prácticamente alineada con la Ciudad de la Cultura y el Pico Sacro. Un poco más a la izquierda vemos el monte Viso, desde el que venimos y hacia el que nos dirigimos como origen y final de este Giro que estamos dándole a la ciudad.

Nuestro descenso desemboca una vez más en la carretera, que esta vez cruzamos sin más para entrar en una zona de aparcamiento donde tomamos el camino central de los tres que vemos y que es precisamente el que se tira más en picado ladera abajo, en forma primero de camino más o menos ancho y más tarde transformándose en un vertiginoso sendero con algunas trampas ocultas (ojo con la curva en ángulo recto que se encuentra al final del tramo inicial y al pequeño salto de, poco después de dicha curva, nos obligará a dar una gruesa raíz). Cuando estamos a punto de superarlo, el sendero nos sorprende con su última trampa: el escalón que lo separa de la pista en la que desemboca.

Llegamos así a un terreno más despejado donde llegamos a tener vistas de la ciudad y donde unos aparatos de gimnasia nos invitan a hacer algo de ejercicio por si la sesión de bici nos está sabiendo a poco. Tomamos ahora a la izquierda y ascendemos suavemente por la pista siguiendo un murete de piedra hasta que una flecha nos indica hacia la derecha en un punto donde no sospecharíamos que podría haber nada. Salvamos la vegetación y el escalón con el que este nuevo sendero nos recibe y nos adentramos en la zona conocida como Selva Negra. No será necesario recorrer más que unos pocos metros por este auténtico laberinto de senderos entre la espesura para descubrir que el nombre, lejos de ser un homenaje a Alemania, es puramente descriptivo. Debemos ser aquí muy cuidadosos siguiendo las señales (mientras permanezcan en sus correspondientes lugares) o, en su defecto, al track de la ruta para no desviarnos. Tampoco recomiendo alcanzar demasiada velocidad en este tramo para evitar caer en una nueva trampa que esta vez puede ser seria: en el punto donde un tronco caído corta el sendero y una flecha nos invita a girar a la derecha debemos ser especialmente cuidadosos, pues en apenas un par de metros el nuevo sendero acaba en un agujero de más de un metro de profundidad (justo en su borde debemos girar a la izquierda, pero esto no es fácil de hacer si no lo sabemos previamente, ya que no está señalizado y la curva es muy -pero que muy- cerrada).

Si escapamos de la trampa veremos el lado bueno de que el sendero nos haya traído hasta aquí: nos encontramos ante una monumental fuente con forma de chimenea originaria -presuntamente- del siglo XVII o más probablemente del XVIII. El idílico entorno vegetal y la frescura de sus aguas (buen lugar donde rellenar nuestros bidones) que invitan al descanso haciendo uso para ello de la bancada de piedra que recorre el perímetro, junto con las leyendas de pastores y ninfas que inspiró este lugar, hace que nos sintamos imbuidos de un espíritu romántico más propio del siglo XIX que de los ajetreados tiempos que nos ha tocado vivir. En las cercanías de la fuente pueden aún verse los restos del gabinete que el último propietario de la finca hizo construir para que su esposa se retirase a él a tocar el piano con el objetivo, se supone, de que se inspirase en el bucólico entorno (si bien el que tocase lejos del hogar familiar sin duda fue un plus).

Poco más abajo de la fuente llegamos al muro de cierre de la finca y, al otro lado, cruzamos la carretera para continuar bajando a través de la carballeira de los Asidros, siguiendo un pequeño arroyo. Enlazamos con un camino más ancho que nos lleva a través de unas casas entre las que descubrimos otra fuente de estilo neoclásico que en esta ocasión forma parte de un gran muro. Pasadas las casas, dejamos de nuevo el cemento para adentrarnos por un sendero de tierra que, atravesando primero una zona especialmente húmeda y saliendo después a un tramo más abierto, termina dejándonos en un camino de zahorra: estamos en el Camino de Fisterra y Muxía, el cual vamos a seguir brevemente.

Después de tomarlo hacia la derecha, la ruta jacobea no lleva a una pequeña carretera asfaltada por la que descendemos un corto trecho. Tras pasar unas casas, a nuestra izquierda quedan unos bancos con privilegiadas vistas a la fachada barroca de la catedral de Santiago. Entre los bancos y a un lado de estos vemos dos elementos -una placa en el suelo y un panel vertical- que nos resultan familiares y es que hemos llegado al siguiente (nº5) de nuestros objetivos: el monte de Vidán… si bien tengo serias dudas de que esto sea realmente así, pues nos encontramos en Sarela de Abaixo y tenemos aún que descender un buen tramo para llegar a las casas de Vidán.

Independientemente de que creamos o no en lo correcto que pueda ser el nombre del lugar, nos tomamos nuestro merecido descanso disfrutando de unas difícilmente mejorables vistas antes de proseguir el descenso por asfalto y continuar después hacia la derecha siguiendo nuestras conocidas señales, que coinciden en esta ocasión con las flechas amarillas jacobeas. Después de unos metros de tierra entre robles/carballos y después entre eucaliptos, nuestros destinos se separan de los de los peregrinos y tomamos, a la izquierda, un camino con aspecto de haber sido abierto recientemente a machetazo limpio. Este mismo camino llega después junto algunas construcciones (si sois asustadizos cuidado con los ladridos a traición, pues los perros que nos saludan desde las casas de la zona parecen ser alimentados con carne de ciclista cruda) donde la tierra se transforma en cemento y comienza a descender más marcadamente para, de nuevo por tierra, terminar dejándonos en el asfalto de, ahora sí, Vidán.

Debemos ahora tomar a la izquierda para continuar descendiendo junto a las ruinas de un transformador eléctrico abandonado y llegar al puente que nos permite cruzar el río Sarela en las proximidades del Hospital Clínico. Aquí debemos cruzar, con precaución, la transitada Avda. Mestra Victoria Míguez y tomar la calle ascendente que, al otro lado rodea el muro del hospital. Tras un primer repecho, tomamos hacia la derecha y nos dejamos caer por la callejuela que, de nuevo, nos aleja de la ciudad.

Tras pasar un pequeño grupo de casas, la calle que seguimos nos emboca haca un paso subterráneo bajo la carretera de circunvalación de Santiago. Al otro lado, giramos a la izquierda y después a la derecha para bajar hasta el río Sar.

Aquí, entre una nave autodenominada «Museo de Forja Artística» y un puente, seguimos ahora hacia nuestra izquierda las flechas amarillas de las rutas jacobeas en un tramo que vamos a compartir con los peregrinos que transitan por el Camino Portugués (tramo que ya hemos recorrido en otras varias ocasiones durante el camino hacia Fátima, la ruta del Padre Sarmiento o la ruta 6 del Centro BTT de Santiago). Llama la atención en este trozo de camino la existencia de un gen humano defectuoso que hace que algunos peregrinos hayan creído que era buena idea decorar los árboles del entorno con trozos de papel higiénico: puede parecer muy bonito en el momento de colocarlo pero en poco tiempo la lluvia y el viento se encargan de transformar, gracias a esta lamentable intervención «artística», lo que era un idílico paraje en un auténtico vertedero.

Por la cantidad de veces que he descrito por tanto este tramo, no creo necesario mencionar de nuevo que no muy lejos de aquí, a nuestra izquierda, queda el original petroglifo del Castriño de Conxo y, a nuestra derecha al otro lado del río, el castillo de A Rocha Forte.

Siguiendo la ruta jacobea llegamos al punto donde los conflictos económico-vecinales hacen que esta se divida en dos: la que continúa por la izquierda a través de Santa Marta hacia la catedral (que ignoramos) y la que va, a la derecha, hacia el barrio de Conxo. Seguimos esta último opción durante un par de cientos de metros hasta que nos separamos definitivamente de los peregrinos entre un nuevo grupo de casas donde nosotros nos internamos por una callejuela diferente a la marcada por las flechas amarillas que ellos siguen (en época navideña podemos visitar en una de las casas ante las que pasamos un impresionante belén).

Llegamos así a una carretera que tomamos a la derecha para internarnos después por otra calle descendente hacia el río Sar que, ahora sí, cruzamos para emprender el ascenso por carretera hacia el sur.

Después de un primer tramo recto de subida, la carretera por la que vamos describe una curva de herradura hacia la izquierda. Aquí hay una nueva discrepancia entre el track oficial y la señalización, pues mientras que el primero nos indica que sigamos la carretera, una flecha sobre un poste de casi dos metros de altura colocada entre dos eucaliptos de una altura ampliamente superior nos dice que debemos tomar el camino que salpicado de mascarillas y condones usados (entre otras basuras diversas) sigue recto a la derecha del asfalto. Ambas opciones se juntan de nuevo algo más adelante, por lo que el dilema no es demasiado grande. Tomando la opción caminera, llegamos un poco más adelante a un lugar interesante: el túnel abandonado de A Fervenza, uno de los que (junto a otros como el del Faramello del que ya he hablado en otras ocasiones) formaban parte del trazado de la primera ruta ferroviaria de Galicia que, con 42 kilómetros entre Cornes y Carril, fue inaugurada el 15 de septiembre de 1873.

A la izquierda del túnel, un sendero abierto recientemente a golpe de desbrozadora nos permite subir para enlazar con la carretera por la que veníamos. Aparte de la dureza de este tramo (por la pendiente, pero también por el poco esfuerzo hecho en compactar el firme por el que cuesta pedalear), tengo la sensación de que sin un mantenimiento adecuado la existencia de este sendero no será demasiado larga, por lo que se agradece tener a mano la alternativa asfaltada.

Una vez en carretera, la usamos para pasar sobre la autovía y, al otro lado, tomamos a la izquierda la vía de servicio que transcurre en paralelo a esta (aquí alguna avanzadilla de gamberros ya ha despojado al cruce de su señalización). Por esta vía asfaltada invadida por el rugir de los motores de explosión de circulan a toda velocidad por nuestra izquierda continuamos un rato hasta que vemos a nuestra derecha una amplia explanada abierta y enrasada por excavadoras entre los eucaliptos. Nos adentramos en ella para encontrar nuestros ya conocidos carteles y la placa correspondiente al monte número 6: el de Conxo. Aunque la cercanía de la autovía no ayuda, podemos descansar unos minutos contemplando las vistas que desde aquí se tienen del sur de la capital gallega antes de continuar pedaleando por el camino que parte desde el lugar donde se encuentran los bancos y que en un corto descenso nos lleva de nuevo a la vía de servicio por la que veníamos, cuya profunda cuneta salvamos gracias a una sencilla pasarela de madera colocada a tal efecto.

Continuamos unos metros pegados a la autovía por su lado sur, disfrutando del ruido y los olores a humo, aceite y combustible propios de los vehículos a motor. Pasamos después bajo la misma para, al otro lado, descender por asfalto unos metros en dirección a las vías de tren y, antes de llegar a estas, tomar a la derecha por un tranquilo sendero que avanza bajo los robles. Junto al punto donde pasamos del asfalto a la tierra, dejamos una bonita fuente excavada en el suelo.

Continuamos por el caminito, pedaleando a la sombra de los carballos por un recorrido que ya hicimos en sentido contrario como parte de la ya mencionada ruta 6 del Centro BTT de Santiago-A Susana. Salvo por el ruido que nos llega de la cercana autovía podríamos olvidarnos de que estamos en los alrededores de una ciudad… pero lo bueno no dura y volvemos a salir al asfalto junto a la autovía, si bien la abundancia de campanillas junto a la pista dulcifica un poco el retorno a la civilización.

Llegamos así a la zona de Castiñeiriño donde, tras circular un rato entre casas y huertos llegamos a una gasolinera. Aquí nos debemos incorporar hacia la izquierda a la carretera que se interpone en nuestro camino (si el tráfico es intenso, lo mejor para llegar al otro lado es bajarnos de la bici y hacer uso del paso para peatones regulado por semáforo que queda un poco más al sur. Una vez al otro lado y después de rodar unos metros hacia el centro de la ciudad, tomamos la primera calle hacia nuestra derecha para circular por el parquecillo que ha sido construido sobre la soterrada vía férrea. Después continuamos entre viviendas unifamiliares hasta llegar a una rotonda que nos permite cruzar bajo una transitada carretera y comenzamos a enlazar calles poco frecuentadas por vehículos que, poco a poco, nos van alejando de la zona más urbana y nos van permitiendo ganar altura sin demasiado esfuerzo. Finalmente, una flecha que, a pesar de estar colocada al revés, nos señala la dirección correcta, nos enfila hacia una carreterita que discurre a media ladera de un monte cuya «cima» no tardamos en alcanzar, o al menos el lugar que hace las veces de cima a efectos de nuestra ruta, con sus bancos, su panel informativo y su placa numerada: estamos en el monte número 7, de nombre Santasmariñas.

Después de un breve descanso disfrutando de las vistas (en este caso centradas en la nueva estación intermodal tren+autobús) continuamos nuestro pedalear… o más bien nuestro no pedalear, pues ¡ha llegado el momento de poner a prueba nuestros frenos!

En efecto, después de girar a la izquierda la carretera se desploma en vertical y desciende en picado hacia Santiago. Recomiendo no dejarnos llevar por la inercia y mantener la velocidad bajo control en todo momento pues el tramo más empinado de la bajada termina bruscamente en una señal de STOP y en una calle con tráfico y al otro lado una buena pared de cemento. Si conseguimos no estamparnos contra ella (o contra un bus), debemos girar aquí a la derecha y poco después de nuevo a la izquierda para terminar de bajar a la zona de las Brañas do Sar.

En este parque, que ocupa la zona inundable a las orillas del río y que invita a perderse, tomamos a la derecha de nuevo y seguimos el sendero de tierra (respetando escrupulosamente a los peatones, por supuesto) que a través de una zona de gran frescor y saliendo después a una zona de pequeñas construcciones y huertos nos lleva hacia la rúa Ponte do Sar (a la izquierda vemos el propio puente y, algo más allá, la imprescindible colegiata de la que ya he hablado en otra entrada; a la derecha subiríamos a la zona del crucero y, no muy lejos, se esconde también un bonito lavadero octogonal). Cruzamos esta calle y subimos por asfalto -o por el sendero de tierra paralelo- hacia el parque que bordea la Ciudad de la Cultura, cuyos edificios diseñados por Eisenman ya vemos en lo alto.

Un poco más adelante, ya en llano, giramos a la derecha (si estamos circulando por el sendero eso supone cruzar la carretera) para entrar en el parque del Bosque de Galicia por una de sus puertas. Conviene recordar aquí que estas puertas permanecen cerradas durante la noche (entre las 23 y las 7). Una vez dentro, las flechas desaparecen o, al menos, yo no las vi por lo que toca recurrir al GPS para seguir el track que básicamente consiste en zigzaguear por los senderos ascendentes hasta llegar arriba. Por el camino encontraremos algunas fuentes y, sobre todo, unas magníficas vistas de Santiago centradas desde aquí en la imponente mole del Seminario Menor, un edificio de los años cincuenta del s. XX que hace las veces también de albergue de peregrinos.

Una vez arriba, merece la pena darnos una vuelta por la Ciudad de la Cultura si es que no la conocemos ya. Tremendo complejo arquitectónico -mamotreto la llaman algunos-, este fue el diseño presentado por el estadounidense Peter Eisenman al concurso abierto por la Xunta de Galicia de Fraga Iribarne en 1999. El proyecto iba a ser construido en el cima del monte Gaiás pero la retirada de la política y el posterior fallecimiento de Manuel Fraga y los inasumibles sobrecostes típicos de todos los proyectos arquitectónicos de la época llevaron a que años después de la inauguración de los primeros edificios (en 2011) se paralizara la obra dejando dos edificios sin construir: en su lugar existe ahora un inmenso agujero dedicado a diferentes usos y un nuevo edificio -diseñado por Andrés Perea- mucho más discreto que los anteriores. En un extremo del complejo destacan también las torres Hejduk (por John Hejduk, arquitecto americano correligionario de Eisenman), diseñadas originalmente como una especie de jardín botánico para el cercano parque de Belvís pero que fueron finalmente construidas aquí, donde acogen exposiciones temporales.

Desde aquí el track nos manda bordear el edificio del museo por la parte alta (si tenemos suerte y somos amantes del arte en este museo podemos visitar a menudo exposiciones interesantes) para llegar al vértice geodésico que corona el monte Gaiás y descender después hasta un parque infantil junto al que se encuentran una especie de grandes donuts de piedra que no son sino la escultura Espejos, de Manolo Paz (escultor gallego por cuyo taller pasamos a la altura de Cambados al realizar la ruta del Padre Sarmiento).

A partir de aquí nuestro destino se complica. Quizás lo más sensato sea dar por concluido nuestro paseo y volver por carretera hasta el aparcamiento del Monte Viso, al otro lado de la autovía, para recoger nuestro coche (si es que vinimos en él, o irnos directamente a casa en caso contrario). Por el contrario, si queremos llevar nuestra excursión hasta sus últimas consecuencias y cerrar el círculo por completo, el track nos manda volver a bajar desde los Espejos de Manolo Paz para callejear por los senderos sin señalizar del Bosque de Galicia (cuidado, pues ¡a veces nos manda por tramos de escaleras!) para terminar saliendo de nuevo a la rotonda que da acceso a la Ciudad de la Cultura.

En este punto recuperamos de nuevo las señales para meternos por el caminillo que baja al otro lado de la carretera en dirección al bonito lago que hay en esta zona pero, sin llegar a él, salimos de la valla que rodea el parque y cruzamos una aldea (Viso de Arriba). Después, una carretera nos lleva directamente a un paso subterráneo que nos permite llegar al otro lado de la autovía. Si el desnivel de esta pista asfaltada que estamos siguiendo nos parece duro, ya podemos prepararnos porque poco después tenemos que abandonar el asfalto hacia la izquierda y ¡sorpresa! el camino se pone vertical.

Bueno, quizás esté exagerando y no sea vertical del todo pero la verdad es que los senderos abiertos con desbrozadora entre el tupido bosque nos son precisamente amigables para los ciclistas, no solo por la pendiente sino por la materia vegetal suelta que cubre el suelo y que nos hace perder tracción hasta obligarnos a echar pie a tierra si es que no lo habíamos hecho ya antes. Aún así, las flechas se empeñan en llevarnos esquivando troncos retorcidos hasta alcanzar finalmente un camino más marcado: estamos de nuevo en la Senda Mitológica del Monte Viso. Pero no están las cosas para cantar victoria pues el desnivel sigue siendo exagerado y las zanjas abiertas para desaguar el camino en caso de lluvia parecen trincheras donde escondernos en caso de guerra (y en más de una ocasión nos obligarán a desmontar de nuevo si hemos sido tan osados como para intentar pedalear). Lo mejor es que hagamos lo mejor que puede hacerse en estos casos: relajarnos y empujar la bici cuesta arriba disfrutando de las vistas y curioseando las esculturas de cartón piedra que encontramos en nuestro camino (una lamia, una coca, un nubeiro…). Sin darnos cuenta la pendiente empieza a suavizar y nos permite pedalear de nuevo hasta que en un cruce a la derecha vuelve a aumentar el desnivel y un firme empedrado nos resulta familiar: solo nos queda ascender los últimos metros para llegar a la cima del monte Viso donde nuestro fiel amigo Breogán sigue esperándonos en la misma posición en la que estaba cuando comenzamos nuestra aventura.

Aquí, con Breogán dándonos la espalda, podemos tomarnos un último y merecido descanso sentados en el vértice geodésico o en una de las rocas cercanas viendo la inmejorable panorámica de la Ciudad de la Cultura (que desde aquí parece la maqueta de la que quizás nunca debió pasar) y, más allá, contemplar Santiago de Compostela: la ciudad que, a través de sus ocho montes, acabamos de rodear.

GIRO GRANDE

Provincia: A Coruña

Distancia: 95 km aprox.

Mapa:

Track: Descargar XiroMontesdeCompostela_grande.gpx

Descripción:

Año 2022: Después de un año sin acordarme del Xiro de los Montes de Compostela, un buen día, durante una de mis habituales rutas por el término municipal me topo con una serie de carteles que antes no estaban ahí. Mi búsqueda en internet y varias fuentes locales es infructuosa pero, unos días más tarde, la noticia se confirma: el Concello ha cumplido su promesa y en el tórrido verano de 2022 inaugura oficialmente el Xiro Grande, una ruta cercana al centenar de kilómetros que explora los límites del concello compostelano. Por supuesto, me dispongo a recorrerla de inmediato, a pesar de que gran parte del recorrido ya un viejo conocido y coincide con otras de mis rutas.

El lugar de salida, por ejemplo, es la ermita de Santa Lucía, por la que nos hartamos de pasar cuando recorríamos las rutas del malogrado Centro BTT de A Susana. Allí nos dirigimos por tanto para comenzar a pedalear.

Partimos, pues, de esta capilla dedicada a Santa Lucía, no sin antes dedicar unos minutos a contemplar el propio edificio (habitualmente cerrado), el pequeño puente anexo sobre el río del mismo nombre, el bonito crucero que se levanta a pocos metros y, si disponemos de tiempo, dar un paseo por el cercano bosque donde abundan los molinos, como ya vimos en otra de nuestras salidas.

Recomiendo pedalear con calma en estos primeros metros pues, como ya descubriremos con dolor, las suaves rampas que recorremos en este tramo -el Camino de la Plata en sentido inverso- son solo un aperitivo de lo que nos espera más adelante. Para controlar las ansias de arrancar fuerte, nos dedicamos a contemplar el paisaje que, a la izquierda, incluye el gran viaducto que permite al tren de alta velocidad salvar el valle del río Santa Lucía y, más cerca de nosotros, un pequeño alto cubierto de carballos (robles) y algún que otro eucalipto donde en tiempos se levantó el castro de Vixoi.

Al final de la carretera por la que transitamos una flecha nos manda girar a la izquierda, separándonos así del Camino de la Plata (o Camino Sanabrés o Camino de Fonseca). Nosotros pedaleamos ahora hacia el norte durante unos pocos metros, si bien no tardamos en volver a girar, junto a una parcela donde se almacena material de construcción, a la derecha, para seguir ascendiendo en dirección a la línea férrea que salvamos por un paso inferior junto a una gran fuente cuyas aguas parecen manar de las propias vías. Al otro lado del corto túnel la carretera se empina y nos toca apretar los dientes y aferrarnos al manillar para darle duro a los pedales, aliviando en parte nuestro dolor al admirar la curiosa (pero a mi gusto bonita) arquitectura del casoplón que se levanta a nuestra izquierda.

Junto a esta moderna vivienda giramos a la izquierda y aprovechamos el descansillo para recuperar el aliento disfrutando de las vistas del valle del Santa Lucía, pues en breve la carretera forma una marcada curva y vuelve a apuntar al cielo en otro corto tramo de subida que, a su vez, da paso a un nuevo giro a la izquierda y un nuevo respiro que, una vez más, se transforma a los pocos metros en un repechaco de los buenos que nos lleva, por fin, al alto: el mirador de Marrociños. Aquí, un banco a la izquierda de la carretera nos permite recuperar el resuello (nos hará bien coger fuerzas para lo que se nos viene encima) y contemplar el paisaje que se centra en esta ocasión en el viaducto que conecta los dos túneles de donde sale y desaparece el tren de alta velocidad que pasa justo bajo nuestros pies.

Aún no hemos hecho más que empezar y nos quedan muchos kilómetros por recorrer, así que sin más dilación proseguimos camino para salir por primera vez del asfalto y, primero por gravilla, después por tierra, adentrarnos en los montes (de eucalipto y pino principalmente) del este de Santiago. Aquí es más que recomendable guiarse por el track de la ruta pues, aunque no falta la señalización, sí es cierto que en algún cruce echaremos de menos la flecha que nos diga hacia dónde debemos dirigirnos.

A los pocos metros de abandonar el mirador de Marrociños, unos grandes bloques de piedra impiden el paso a vehículos de cuatro ruedas pero no impiden que los ciclistas pasemos sin dificultas entre ellos (a los coches tampoco parece haberles costado encontrar un camino alternativo a la izquierda del nuestro). Al otro extremo de este corto tramo «restringido», una de las piedras ha sido directamente retirada para poder pasar. Tras esta segunda barricada, giramos a la izquierda y no tardamos en hacernos una idea de lo que nos espera en los próximos kilómetros: un terreno generalmente ascendente y con rampas bastante duras en el que, sin embargo, no faltan los toboganes en los que perderemos buena parte de la altitud ganada y que deberemos recuperar con mucho sufrimiento después. Para más inri, el barro y el agua acumulados en las vaguadas nos harán casi detenernos, perdiendo toda la inercia que podríamos utilizar después en la inmediata subida donde, además, las piedras sueltas complican sobremanera el pedaleo.

Esta tónica general solo se ve interrumpida por el cruce con una carretera, después de la cual nos espera una larga recta con tramos muy duros pero con buenas vistas hacia la izquierda (cuando los eucaliptos nos permiten disfrutar de ellas, claro). Al final de la recta, y cuando nos las prometemos muy felices porque parecemos haber dejado atrás unas rocas que, a nuestra derecha, parecen coronar el monte, un brusco giro nos lleva, cómo no, hacia esas mismas rocas. Este último tramo de fuerte desnivel, además, parece haber sido ganado a los tojos por la fuerza, por lo que las innumerables piedras y la tierra suelta casi impiden pedalear. Por fin, un nuevo cartel nos indica que estamos en el mirador de Zaramacedo y, dejando las bicis en el camino y caminando unos metros campo a través, podemos alcanzar un banco (precisamente sobre las rocas que vimos antes) donde descansar unos minutos disfrutando de las impresionantes vistas que se abren ante nosotros y que incluyen, entre otros hitos, muchos de los montes que visitamos en el Giro Pequeño descrito más arriba en esta misma entrada.

La buena noticia es que hemos llegado tan alto que, desde aquí, poco más nos queda que subir. La mala es que, los pocos metros que aún podemos ganar en este monte, vamos a tener que subirlos. Así, una vez consideramos que hemos descansado lo suficiente, recuperamos las monturas y culminamos el ascenso a la altura de un cortafuegos que debemos cruzar (en realidad este tajo en la vegetación no es un cortafuegos, sino que permite el paso de una línea eléctrica).

Comenzamos por fin a vislumbrar el descenso pero (¡oh, sorpresa!) lo primero que vemos son unos señores vestidos con chalecos reflectantes y con rifles al hombro que por unos segundos nos hacen temer que todo este sufrimiento no haya servido de nada y la batida nos obligue a volver por donde hemos venido. Una breve conversación con los cazadores nos franquea el paso y, girando a la derecha sobre un muro de tierra que salvamos con precaución, alcanzamos sanos y salvos el otro extremo de la partida de caza (no corrió tanta suerte el pobre jabalí cuyo cuerpo se afanan por subir a un remolque tres aguerridos mozos). Tras un brusco descenso llegamos, irónicamente, al refugio de animales de Bando.

Giramos aquí a la derecha y, por asfalto, subimos un corto repecho antes de dejarnos caer en picado por la misma carretera. Cuando tenemos ya a la vista el caserío de Zaramacedo, debemos girar a la izquierda para, en unos metros, regresar a las pistas de tierra en un tranquilo tramo de llaneo entre campos de cultivo y plantaciones de eucalipto. Precisamente en una de esas plantaciones, a nuestra derecha, merece la pena detenernos y seguir la linde de la finca para, a unas decenas de metros del camino por el que circulábamos, encontrar los restos del dolmen de las Derramadas, bastante maltratado por el tiempo y los eucaliptos pero que aún conserva varios de sus ortostatos en pie.

Tras la visita a estos valiosos restos arqueológicos (los únicos de este tipo conocidos en todo el término compostelano) continuamos camino enlazando varias pistas que nos dejan junto a la aldea de Vilamaior, donde nos topamos con el Camino de Santiago (el Francés, el de toda la vida) que debemos seguir en sentido inverso hasta la cercana localidad de Lavacolla.

Al llegar al casco urbano lo primero que hacemos es salvar el río Sionlla por la plataforma de madera construida para tal fin (o por la carretera paralela, según gustos y tráfico de peregrinos) y, de inmediato, la carretera nacional (los coches suelen ser respetuosos por la abundancia de peregrinos, pero no está de mal andarse con ojo por si las moscas). Después haremos una parada obligada ante la iglesia de San Paio de Sabugueira que, rodeada por su correspondiente cementerio, corona una larga escalinata en cuya base podemos encontrar un crucero, conformando un interesante conjunto levantado en el siglo XIX en estilo clasicista.

Al salir de Lavacolla, siempre siguiendo el Camino Francés en dirección Roncesvalles (pero que no cunda el pánico, que no iremos tan lejos), el asfalto pasa a ser tierra y pedalearemos en suave, pero constante, subida entre la abundante vegetación y los no menos numerosos carteles de protesta contra el Plan Xeral do Camiño, lo que nos hace augurar que los resultados del actual alcalde compostelano en las próximas elecciones no serán muy buenos en esta zona del concello.

Cruzamos después bajo una carretera para llegar a la pequeña aldea de San Paio donde vemos una pequeña iglesia que, a pesar del nombre del lugar, en esta ocasión no está dedicada a San Pelayo, sino a Santa Lucía. Sin detenernos más que para la foto de rigor llegamos a una carreterilla y ¡todo un aeropuerto se atraviesa en nuestro camino!

Dicen que donde fueres hagas lo que vieres, así que imitamos a los peregrinos que vienen en dirección contraria y, tomando a la izquierda, nos aprestamos a rodear las pistas de aeropuerto Rosalía de Castro, de Santiago, de Compostela, de Lavacolla o, si no nos basta con esas denominaciones, usemos su código IATA: SCQ. Al llegar a la extraña estructura metálica que delimita el fin de su pista de despegue/aterrizaje, nos despedimos definitivamente de los peregrinos y giramos a la izquierda para, pasando bajo la autovía A-54 y haciendo dos giros consecutivos (primero izquierda, después derecha) tomar un camino de tierra bastante encharcado que nos impedirá mirar hacia los aviones que nos sobrevuelan a escasa altura.

Enlazando tranquilas carreterillas nos adentramos en el disperso caserío de la aldea de Quintás donde es obligatorio salirse del recorrido (tanto el recorrido como el temporal desvío impecablemente señalizados) para bajar unos metros hasta la iglesia de San Xulián de Carballal, una preciosa construcción del s.XII con fachada del XVIII y una sacristía adosada que la afea bastante, si bien los canecillos románicos que aún conserva bajo el alero sur salvan la chapuza barroca de forma más que satisfactoria. En su entorno, además del cementerio que la rodea, podemos encontrar un parquecillo ideal para detenernos a picar algo a los pies del crucero mientras contemplamos las hermosas praderas repletas de vacas de la zona.

Es hora de continuar viaje y para ello ascendemos los metros que nos separan de Quintás para retomar allí nuestra ruta donde la dejamos. Nos adentramos ahora en una zona de ligeros subes y bajas por pistas de tierra en aceptable estado que se encuentran casi en su totalidad rodeadas de eucaliptos y pinos que, de cuando en cuando dejan paso a un verde prado tras los que disfrutamos de amplias vistas. La señalización es, en general, abundante, si bien llama la atención que, precisamente en los principales cruces, no hay ni rastro de flechas que nos indiquen hacia donde ir. Ignoro si se trata de un fallo de distracción (de los que colocaron las señales) o de sustracción (por parte de algún graciosillo con bastante poca gracia).

De repente el camino empieza a picar hacia abajo y empezamos a coger una velocidad importante. No es momento de lanzarse a tumba abierta, pues una señal nos indica que estamos a pocos metros del mirador de Tras Vea (un pequeño banco que dejamos en una pista a la derecha) donde podemos -o no- detenernos unos minutos a disfrutar del paisaje estropeado por una poca fotogénica urbanización y por las enormes naves de un polígono industrial (ambos ya en el concello vecino de Oroso). Después del descanso, volvemos a soltar los frenos y nos dejamos caer hasta que las flechas nos indican que debemos girar a la derecha para alcanzar la aldea de César, donde nos encontramos una nueva iglesia barroca, en esta ocasión del s. XVIII y dedicada a Santa María (y tan cercana a las casas de la aldea que casi veo viable que los vecinos puedan asistir a misa sin levantarse del sofá).

Seguimos pedaleando, dejando atrás la iglesia, para girar inmediatamente a la izquierda y dejarnos caer hasta la orilla del río Tambre (ojo a la frenada si no queremos probar la temperatura del agua). Cogemos ahora hacia la izquierda la pista que, asfaltada en los primeros metros, de tierra después, avanza pegada a la orilla izquierda del río. Si estamos atentos, entre la vegetación de ribera que nos separa de las aguas, es posible vislumbrar alguna que otra ave esperando pacientemente para poder convertir en su merienda a alguna truchilla o escalo despistado. En la temporada adecuada (como en mi caso, pues pasé por aquí el día de apertura de la veda), no es raro tampoco encontrar a algún pescador humano intentando emular a sus competidores alados, especialmente en el lugar, aguas abajo, en el que una impresionante pesquera interrumpe el curso del río en uno de sus puntos más anchos. Pocos metros más adelante de la pesquera el Tambre, ahorrándole trabajo a los improbables imitadores de Moisés, divide en dos sus aguas para atrapar entre ellas la isla del Refuxio, lugar habilitado para parrilladas y picnics al cual podemos acceder a través de una pasarela bastante angosta (cualidad que impide que algún gañán intente meter el coche hasta la propia isla).

Imperceptiblemente, la pista gana unos metros de altura sobre el río (pocos) y se encuentra con otra carreterilla asfaltada. A los pocos metros se repite la jugada, aunque en esta ocasión el impecable firme sobre el que pasamos a rodar nos indica que el reasfaltado tuvo lugar no hace demasiado tiempo. A mano izquierda dejamos la iglesia de A Barciela, consagrada a San Andrés y construida en estilo modernista en el «año de 1917», como indica una inscripción plantada en medio de la fachada principal. Ante ella podemos ver también un crucero que no parece mucho más antiguo que la iglesia, si bien sí es bastante más discreto.

Nos topamos en pocos metros con la carretera N-550 (por donde pasa el Camino Inglés), que debemos cruzar para tomar un camino que surge entre las casas del otro lado, una pista totalmente llana que termina describiendo una curva casi de herradura donde se concentra todo su desnivel (el esfuerzo que requiere esta rampa se debe, más que a su dureza, a lo bien acostumbrados que nos tenían los últimos kilómetros siguiendo el cauce del Tambre).

Cruzamos después entre algunas casas dispersas y cruzamos la autopista AP-9 por un paso elevado que da paso después a un camino totalmente embarrado. Superado este tramo, la tierra vuelve a dejar paso al asfalto y los siguientes kilómetros se transforman en una eterna repetición de la cantinela llano-cruce-subida-cruce-llano-cruce-subida, dejando en la cuneta alguna que otra casa donde podemos encontrarnos cosas curiosas (lo digo porque sobre el cemento del aparcamiento de una de ellas me encontré a un tipo durmiendo plácidamente, tumbado cuan largo era, y con un bebé en el regazo durmiendo tan profundamente como su padre, aunque sin ronquidos).

Después de la subida más dura (una en la que vamos dejando a la izquierda un valle con uno de los pocos robledales que encontramos entre tanto eucalipto y pino) llegamos a la iglesia de San Vicenzo de Marantes que, como no podía ser menos, cuenta con sus inseparables cementerio y crucero (con pousadoiro y todo). Sabemos hasta cuándose celebra la romeria local, pues cuenta el saber popular (y hasta Wikipedia) que:

San Vicente de Marantes

é un santo moi galanteiro,

quere que lle fagan a festa

o vinte e dous de xaneiro.

Desde el cruce en medio del cual está plantado el mencionado crucero tomamos una carreterilla (una más de tantas) que, después de un par de cruces (otros más de tantos) que nos deja en una pronunciada curva donde tomamos el camino de más a la derecha. Después de una corta y pedregosa subida y una algo más larga y no tan pedregosa bajada (a nuestra izquierda dejamos, no muy lejos pero fuera de la vista, Santa Cristina de Nemenzo: un nuevo conjunto iglesia barroca+cementerio+crucero), llegamos a unas pistas deportivas donde giramos a la izquierda para alcanzar el espacio conocido como Robleda de Nemenzo (sé que el bosque de marras tiene más de siete mil metros cuadrados, pero que nadie me pregunte por qué lo llaman robleda y no carballeira).

Tras un giro a la derecha vemos una amenazadora rampa frente a nosotros, pero un desvío salvador a la izquierda nos libra de subirla… a cambio de meternos de lleno en un barrizal. Salvando como podemos los charcos -casi estanques- que ocupan toda la anchura de la pista (recomiendo rodearlos a vadearlos, pero eso será solo si el nivel de las aguas lo permite) y pensando en lo que nos va a costar volver a dejar limpia la bici seguimos avanzando por varios caminos hasta que, en las proximidades de una casa, nos encontramos una nueva carretera. La cruzamos y tomamos otra que surge allí mismo y que nos permite cruzar un riachuelo (rego da Torta), al otro lado del cual tomamos la pista que sale a nuestra derecha.

Este camino nos termina dejando en una carreterilla que tomamos a la derecha para pasar rozando las casas de Berdía (o Verdía donde, por cierto, hay una nueva iglesia que en esta ocasión escapa de la monotonía barroca mostrando restos de su románico original del s. XII) y después, girando a la izquierda, cruzar por un paso inferior bajo las antiguas vías ferroviarias que unían Santiago y A Coruña y que pronto se convertirán en parte de la Vía Verde Compostela-Tambre-Lengüelle (la Vía Verde ya está inaugurada en otros ayuntamientos pero, por desidia del Concello santiagués, en este tramo ni siquiera se han comenzado las obras aún). Después de un nuevo giro a la derecha, si miramos hacia ese mismo lado de la carretera, podemos ver el edificio de la antigua estación de la localidad.

Giramos de nuevo, esta vez a la izquierda, y vemos un duro repecho ante nosotros. Por suerte no vamos a tener que subirlo, pues justo al comienzo aparece un salvador camino a la izquierda que debemos tomar para, siguiéndolo, ponernos en paralelo al cauce del río Sionlla. Después regresamos al asfalto y, girando a la izquierda, cruzamos el riachuelo a poca distancia de su desembocadura en el Tambre, río cuyo curso vamos ahora, una vez más, a seguir unos minutos.

Y es que, aunque nuestro track nos manda en breve alejarnos del río por una pista ascendente, vamos por ahora a ignorarlo y seguir por la carretera por la que venimos para seguir el río hasta un punto en el que sea posible cruzarlo. No tardaremos en llegarlo en la zona conocida como Chaián, un área recreativa popular que, en los días de buen tiempo, suele estar atestada de vecinos compostelanos que vienen al lugar a respirar aire freso, hacer barbacoas o, incluso, a refrescarse en las aguas del Tambre. Si no hay mucha gente y estamos en temporada, tampoco es raro ver por la zona a algún pescador intentando atrapar alguna de las cotizadas truchas del Tambre a las que tanto aprecio tenía Ernest Hemingway. En la orilla compostelana (la otra ya pertenece a Trazo) es posible incluso encontrar un Monumento al Pescador (en concreto a un tal Kias) que, cuando el cauce es lo bastante alto, se sumerge con sus vadeadores en el río en el que acaba de pescar la trucha que luce en sus manos.

Una vez demos por concluido nuestro tiempo de relax en el área recreativa de Chaián, es hora de regresar sobre nuestros pasos y tomar la pista mencionada anteriormente que, por un firme asfaltado pero lleno de piedras sueltas, nos aleja del Tambre y nos permite enlazar con otra carreterilla (ya más llana) que nos lleva a la aldea de Vilar de Outeiro donde, justo en el punto donde hemos de girar a la derecha, podemos detenernos a visitar un bonito conjunto de lavadero y molino cuya maquinaria, tanto superior como inferior, aún es posible examinar. En los alrededores, ya en una finca privada, podemos ver un edificio con pinta de haber sido una antigua fábrica o almacén.

Retomamos nuestro pedalear subiendo una dura rampa asfaltada y, después de girar a la derecha de nuevo, pasar a rodar por tierra sin dejar por ello de ascender. Después de una rampa bastante dura, la pendiente se suaviza e incluso llegamos a descender un poco antes de enfrentarnos a la última rampa por una pista que se encuentra en bastante buen estado general salvo que haya llovido mucho, hayan estado trabajando en la zona máquinas madereras o, lo que suele ocurrir a menudo, hayan sucedido ambas cosas a la vez.

Llegamos así al fin de la pista y enlazamos con una serie de carreterillas que nos permiten llanear un rato entre las numerosas casas que salpican la zona, mezclándose las viviendas unifamiliares de nueva construcción, moderno diseño y SUV en la puerta con las viejas casas de aldea de sólida piedra y un tractor aparcado en el galpón anexo. En este tramo lo mejor es guiarnos por nuestros GPS pues las flechas en algún punto han desaparecido por encontrarse la carretera en obras y, en otros puntos, la vegetación hace que sea complicado localizarlas a la primera.

Al llegar a una carretera un poco más ancha y con acera, la tomamos a la derecha (curiosamente en dirección a Chaián, pues allí es adonde va esta vía) para abandonarla a los pocos metros girando a la izquierda. Un nuevo giro posterior en la misma dirección nos lleva a cruzar la aldea de Escarabuña, a partir de donde regresamos a los caminos sin asfaltar (merece la pena fijarse en la bonita pared de piedra seca que, a la derecha, rodea una plantación de grelos) para enlazar varias pistas en una zona arbolada de la que terminamos saliendo a una carreterita junto a la aldea de A Peregrina.

Aquí, aunque las flechas nos manden girar a la derecha, recomiendo tomarnos unos minutos para visitar primero el conjunto de molino y lavaderos que podemos encontrar sobre el río Sarela (a los que podemos llegar en apenas unos metros tomando la carretera en dirección contraria a la flecha) y después la bonita iglesia barroca de Santa María (situada frente al camino por el que llegamos aquí), construida a finales del siglo XVIII y situada en un entorno muy agradable y pintoresco.

Una vez cumplidas las visitas, hacemos por fin caso a la flecha y seguimos la carretera que casi de inmediato da paso a unas roderas que atraviesan unos maizales (o, de no estar en temporada, un campo raso), al otro lado de los cuales salimos de nuevo al asfalto junto a un taller mecánico. Desde aquí, un giro a la izquierda, otro a derechas, otro a izquierdas (pasando entre un crucero y un hórreo en la aldea de O Bargo) y, de nuevo, otro a la derecha, nos dejan en un caminito que desciende como puede, entre rodadas de tractor y una escorrentía de agua que no tiene otro sitio por donde pasar, hasta el río Gatofero. A este curso de agua habitualmente se lo denomina «rego», lo que vendría a ser algo así, como regato o riachuelo, pero ya tendremos oportunidad de comprobar que es un río con todas las letras.

Lo primero que vemos de él es un encantador puente de factura medieval y que sin duda ha conocido días mejores (cuando formaba parte del Camino Real entre Compostela y Bergantiños) ya que no queda de él más que las piedras que conforman su único arco. En función del cauce que traiga el río podemos cruzarlo a las bravas, sin desmontar, o bien cargar con ellas y cruzar el río utilizando este olvidado puente (con todo el respeto que se merece, claro). Al otro lado del puente, tomamos el camino que aparece a nuestra derecha y nos disponemos a seguir el Gatofero.

Lo primero que vemos, a la derecha es una bonita zona donde varios molinos se agrupan en torno a una bella cascada (aunque pasamos a un nivel superior, merece la pena intentar acercarse, con precaución, a pie hasta el lugar para contemplarlo mejor). Después el camino pasa junto a una enorme roca plana hincada en vertical en el suelo y, a partir de aquí, nuestra vida se complica.

El objetivo de este tramo es, como ya dije, seguir el curso del río. Pero eso no va a ser tan fácil como suena. Tras unos primeros metros en los que debemos salvar un par de muretes que cruzan el camino, giramos a la derecha para descender acercándonos al cauce. El estrecho sendero por el que rodamos se ve continuamente atravesado por ramas y árboles caídos y, al coincidir a menudo con el canal que alimentaba los molinos de la zona, la presencia de piedras e incluso de zonas encharcadas es habitual. Los tramos en los que podemos pedalear son cada vez más cortos y tenemos que desmontar tan a menudo para salvar algún obstáculo que al final terminamos por desistir y avanzar a pie caminando junto a nuestras monturas. Lo bueno es que podemos aprovechar para disfrutar de la belleza del entorno, abundante en molinos en ruinas, pequeñas cascadas y una vegetación apabullante.

Cuando alcanzamos una curva en ángulo recto hacia la izquierda, parece que por fin podemos pedalear. Lo hacemos primero en un duro tramo ascendente que nos aleja del río y después en descenso al reencuentro de este (cuidado con la zanja que atraviesa esta pista y que habremos de salvar por una pequeña pasarela de madera). Después, una hilera de pequeños árboles que parecen bloquear el camino nos sirve de indicador para saber que debemos meternos por el pequeño sendero que, una vez más, desciende a lo más profundo del valle del Gatofero llegando esta vez al punto de que en una ocasión llegaremos a meter las ruedas en sus aguas (por suerte hay unas piedras que nos evitan mojarnos los pies si hemos desmontado a tiempo). En todo caso, y a pesar de la dificultad técnica del tramo, la belleza del lugar compensa el gasto que supone en nuestras reservas de energías (y de paciencia).

Finalmente, sin comerlo ni beberlo, llegamos a una carretera asfalta que tomamos a la derecha y que seguimos hasta llegar a la iglesia barroca que prácticamente se interpone en nuestro camino y que no es sino la de Grixoa, construida en el siglo XVIII y en cuyas inmediaciones (a la puerta del cementerio) vemos también un bonito crucero.

Visitado el entorno de la iglesia de Grixoa, debemos tomar la última pista que dejamos a la izquierda (ahora nos quedará a la derecha) para ascender unos metros y luego descender ligeramente por el camino que sale a su derecha. No tardamos en salir del bosque y encontrarnos con una carretera que debemos tomar a la izquierda, aunque habremos de abandonarla casi de inmediato para callejear por la aldea que está al otro lado en busca de una fuente del año 1834.

Volvemos a la carretera y enseguida vemos al otro lado a nuestro próximo verdugo: un caminito ascendente que está salpicado de piedras cuyo único objetivo parece ser complicar nuestro pedalear. Por suerte el tramo no es muy largo y terminamos saliendo de nuevo al asfalto que, a la derecha, nos lleva a una carretera un poco más grande, aunque solo circularemos por ella unos pocos metros antes de abandonarla por la pista ascendente que vemos al otro lado.

Por suerte esta vez la pista es de verdad una pista y nos permite rodar sin dificultad siguiendo el valle del río Oufín que terminaremos cruzando por un puente con pinta de ser bastante antiguo (aunque la maleza que rodea el cauce nos impide analizarlo en condiciones). Después, un par de giros a la derecha nos llevan de nuevo al asfalto por el que descendemos unos metros pero donde debemos estar atentos, pues hemos de tomar el camino sin señalizar que sale a nuestra izquierda. Después, un nuevo giro a la derecha por un camino alfombrado de hojas y alguna que otra silveira (zarza) traicionera nos lleva en descenso hasta las casas de Pontealbar.

Saliendo ya de la aldea, un primer repecho traicionero lleno de piedras y palos sueltos nos avisa ya de lo que nos espera durante los próximos interminables kilómetros, si bien antes vamos a poder disfrutar de un trecho de gran belleza en el que rodamos a media altura por la ladera del valle en el que, cada vez más se va encajonando un Tambre al que hemos regresado y que vemos a nuestra derecha. Tras un recodo en el que lo mejor es que ignoremos el track (que pretende atajar por donde no parece posible) y sigamos las flechas y, más recomendable aún, nuestro instinto que nos dice que sigamos el camino principal, llegamos a la Central Hidroeléctrica de San Xoán de Fecha, cuya impresionante pesquera vemos bloqueando el río junto al blanco edificio principal.

Pasado el cruce (podemos bajar si lo deseamos) la cosa comienza a ponerse interesante. Según la página web oficial de la ruta a partir de aquí «a pendente do camiño cambia e faise máis pronunciada, con tramos abruptos e rochosos». Esto, traducido al castellano, significa «agárrense ustedes los machos, que la cosa va a ponerse muy jo**da». Tras un primer paredón lleno de ramas secas donde vemos en el suelo los pulverizados restos de la última flecha que veremos en bastante rato, empezamos a enfrentarnos a una subida continua y dura donde los pedruscos sueltos hacen casi imposible pedalear. Al llegar, a duras penas, a un cruce (creo que en el tercero que encontramos de forma casi consecutiva) nuestra única referencia -el track- nos manda por una cuesta que parece necesitar de arnés, pies de gato y un poco de polvo de magnesio. Si nuestra bici no sucumbe a los palos sueltos que no dejan de meterse en radios y cambio, y no morimos desangrados por las continuas caricias de los tojos que han ido invadiendo el camino, eventualmente llegamos al punto de inflexión donde el camino parece empezar a bajar. Nos las prometemos muy felices cuando, de repente, ¡el camino se cierra ante nosotros! Eso, en principio, no parece un gran problema al ver que la vegetación que se ha adueñado de él son helechos pero, al acercarnos, hasta los más miopes podemos apreciar que entre ellos asoman unas cuantas zarzas con ganas de hacer mimitos a nuestras piernas y brazos desnudos.

Apretando los dientes, y gracias a que los pinchazos previos de los tojos ya nos han dejado medio anestesiados, cruzamos el punto conflictivo para, casi de inmediato llegar a un cruce. A nuestra izquierda vemos una subida. A nuestra derecha, un paredón. Cruzando los dedos miramos por dónde nos manda nuestro track y comprobamos que la ruta ¡sigue de frente! Una vez descartada por completo esa opción (literalmente, no hay ningún camino ni sendero en esa dirección, en la que solo se ve vegetación cerrada), lo mejor es que tomemos a la izquierda, ya que de ese modo, en pocos metros, saldremos a una pequeña carretera que, hacia la derecha, nos llevará a reencontrarnos con nuestra ruta perdida. En mi caso, llegado a este punto, dejé la bici a un lado y, postrado en tierra, besé el asfalto, ante la atónita mirada de mi compañero de pedaladas (quién, por otra parte, estaba deseando hacer lo mismo que yo, pero dudaba de si tendría fuerzas para recuperar la verticalidad después del emotivo gesto).

Ya por asfalto llegamos a un cruce donde una flecha (en la que, de haber tenido a mano un rotulador permanente habría escrito lo que pienso de quien señalizó la ruta) nos indica que el inmenso afloramiento granítico que vemos a nuestra derecha es A Pedra que Fala, donde durante siglos nuestros antepasados se dedicaron a hacer grabados, por lo que podremos ver aquí un buen número de petroglifos (tanto prehistóricos como medievales) si dedicamos un rato a recorrer los muchos recovecos y admirar las curiosas formas que adopta el gran peñasco.

Ya nos hemos reencontrado con nuestro Xiro Grande, por lo que estamos en condiciones de seguir la ruta tomando a la derecha en el primer cruce y, de inmediato, a la izquierda, ascendiendo de nuevo (ahora por asfalto). Aquí, un breve desvío de ida y vuelta nos propone subir hasta Castromaior (o Castro de Fecha), desde donde sin duda las vistas deben de ser increíbles, pero adonde no subo para evitar que mi compañero de ruta dé rienda suelta a sus instintos asesinos que cada vez le cuesta más reprimir. Desde aquí, continuamos una subida escalonada, ya por tierra, en dirección al alto de Espiñeiras donde también tenemos unas impresionantes vistas hacia el valle del Tambre desde el vértice geodésico que se encuentra a no mucha distancia del enorme radar de navegación aérea que domina la zona.

Ahora sí, nos tiramos cuesta abajo (tampoco nos volvamos locos, que el camino tiene su aquel) durante casi tres kilómetros, primero por tierra (salvo unos metros iniciales junto al radar) y, pasada una primera aldea, por asfalto hasta un nuevo caserío, que alcanzamos tras superar un par de cruces. Desde aquí el track nos manda llanear por un sendero que, presuntamente, va paralelo al asfalto, al que no tarda en regresar. Digo que presuntamente porque me parece tan absurdo buscar ese sendero teniendo una alternativa asfaltada y sin tráfico, que decido rodar cómodamente por esta hasta alcanzar la carretera que, perpendicularmente, interrumpe nuestra ruta.

Cruzamos (con precaución) esta carretera que une Santiago con Portomouro y, más allá, con Santa Comba o Carballo. Al otro lado nos adentramos en un bosque de castaños y robles, con más eucaliptos de los que nos gustaría. La maquinaria del sector maderero tiene los caminos bastante maltratados en esta zona, en la que vamos en ligera subida y donde debemos tomar a la izquierda en todos los desvíos que encontramos. Finalmente, tras un breve repecho algo más duro, coronamos el monte (de frente, a lo lejos, asoman las antenas de los montes Pedroso y Fontecova) y descendemos unos metros algo más empinados, si bien las numerosas piedras de la zona no son suficientes como para complicar la bajada. En una zona que suele estar bastante encharcada (al lado de una estructura abandonada de hormigón), dejamos a la derecha la antigua cantera de granito de donde algunos expertos señalan pudo salir la piedra que usó el maestro Mateo para construir su glorioso pórtico.

Salimos al asfalto en una carreterilla que tomamos a la izquierda hacia las casas de Portela de Figueiras. A la derecha queda lo que fue la escuela del lugar, pero nosotros seguimos de frente para incorporarnos a una carretera un pelín más grande (pero tampoco mucho) que tomamos a la derecha y que abandonamos casi de inmediato, en la primera curva, por la senda cubierta de hierba que aparece a nuestra derecha.

Circulamos por este tranquilo caminito que hasta hace poco se encontraba comido por la vegetación (y que ha sido devorado en varias ocasiones por los incendios) que sería más bonito si no fuese por la horrenda verja metálica que bordea la finca que dejamos a nuestra derecha (aunque, en honor a la verdad, podría haber sido peor si la hubiesen pintado de otro color diferente del tono verde que han utilizado). Después salimos a una zona donde abundan los eucaliptos y donde nos encontramos un camino algo más ancho que tomamos a la derecha para llegar a una amplia encrucijada donde tomamos el camino que, casi frente a nosotros, tiene pinta de ser un cortafuegos reutilizado y que comienza un marcado descenso.

Después de un primer tramo muy ancho y cubierto de hierba por el que descendemos rodeados de tojos que nos dejan ver una impresionante panorámica (y durante el que dejamos una explotación apícola a la derecha), el camino se estrecha ligeramente, pasa a ser de tierra y empieza a verse acosado por los enormes eucaliptos que lo afean bastante. El descenso continúa siendo bastante acusado (salvo por un mínimo repecho que se salva solo con la inercia) y nos deja casi sin darnos cuenta en la diminuta aldea de Piñor, poco antes de la cual llegamos incluso a adivinar las trazas de un antiguo firme enlosado bajo nuestras ruedas.

Salimos de la aldea por su único acceso asfaltado y a los pocos metros tomamos un camino que surge a nuestra derecha y que, tras unos primeros metros casi llanos, retoma el descenso donde lo habíamos dejado. Salvando con cuidado los profundos surcos que, causados por las escorrentías de la lluvia, atraviesan el camino en numerosos puntos, terminamos llegando a una zona más llana y de árboles mucho más verdes donde ya intuimos el cauce del río Roxos a nuestra derecha.

Tras salvar el pequeño curso fluvial, llega por fin el momento de dar un descanso a nuestros frenos… y de darle un disgusto a nuestras piernas que, frías después de un buen rato sin trabajar, protestarán ahora al verse obligadas a esforzarse para sacarnos del agujero en el que las hemos metido.

Llegamos así a una nueva aldea, en este caso Reborido, desde donde podemos ver a la izquierda una buena panorámica del profundo valle del que acabamos de emerger. Aunque las flechas y el track de la ruta difieren en sus opiniones sobre cómo atravesar el núcleo urbano (dentro del cual podemos encontrar un pequeño lavadero y contemplar algunos tractores tan antiguos que nos hacen dudar si están en uso o se trata de piezas de una colección), no tardan en solventar sus diferencias y dejarnos en diferentes puntos de una misma carretera, que debemos tomar hacia la izquierda.

Tras seguir unos metros por el asfalto que nos ayudará a salvar un riachuelo, flecha y track coinciden ahora en meternos por el camino ascendente que aparece a nuestra derecha. Metemos todo el desarrollo, giramos el manillar y… nos arrepentimos profundamente de habernos dedicado al cicloturismo en vez de a algo más tranquilo como, por ejemplo, la filatelia.

Después de unos primeros metros en los que un pequeño cortado de roca cubierta de musgo nos obliga a desmontar si pretendemos llegar al otro lado sin rompernos la crisma, un pequeño descansillo nos anima y nos hace volver al sillín. Pero es entonces cuando en una bifurcación aparece una flecha que nos manda hacia arriba por un sitio que parece complicado pero viable. Es solo un espejismo. Al momento salimos al despoblado corredor que ha sido talado para dar paso a una línea eléctrica y por el que un pequeño sendero trepa campo a través casi en vertical. Es por aquí por donde los lumbreras que diseñaron la ruta pretenden que nos metamos y, siendo sinceros, no creo que ellos lo hayan hecho en bici (lo veo complicado incluso para una BTT eléctrica).

Tras un infructuoso intento de subir con la bici al hombro desisto y busco una alternativa que me permita evitar el escarpado sendero. Vuelvo a la carretera y a Reborido y, tras tres kilómetros de rodeo (durísimo el primero de ellos, aunque por asfalto) por la aldea de Montemaior, consigo llegar de nuevo a la ruta sin desmontar, apenas quinientos metros más adelante de donde la había abandonado y cerca ya de la cumbre, a la que se llega después de unos últimos metros también muy duros pero por un camino muy ancho que los hace más asequibles, aunque sea empujando la bici.

Ya en la cima de este monte Luceiro merece la pena detenerse para admirar las vistas que nos hemos ganado a pulso y que abarcan desde el radar de Espiñeiras -que ya dejamos atrás-, a todo el valle del río Roxos, los montes Pedroso y Fontecova, la ciudad de Santiago y, al fondo, el Pico Sacro, por mencionar solo algunos de los puntos más reconocibles.

Emprendemos ya la bajada y más nos vale tener los frenos a punto porque el desnivel del cortafuegos que utilizamos para descender es tal que me hizo descubrir para qué sirve la tija telescópica de la que dispone mi bici (para quitar el sillín de en medio, echar el cuerpo hacia atrás y evitar así salir disparado por encima del manillar al pillar cualquier piedrecilla). Salimos después del cortafuegos para tomar un camino más pequeño y con curvas, pero la ruta no ceja en su empeño de caer en picado, por lo que debemos redoblar nuestros esfuerzos por no hacer lo mismo, esforzándonos por no salir disparados de la bici.

Cuando a la ruta le parece que ya hemos descendido lo suficiente decide entonces empezar a subir de nuevo y lo hace en la forma de unas empinadas rampas casi imposibles que por suerte esta vez no duran mucho y vuelve después a llegar el descenso, esta vez ya definitivo, aunque por un camino lleno de pedruscos que pone a prueba nuestra destreza técnica. A la izquierda seguimos llevando el valle del río Roxos casi en paralelo, como comprobaremos si nos desviamos solo unos metros del sendero (por ejemplo, con ocasión de nuestra llegada al mirador de Os Cortellos) y pasamos también cerca de un buen número de los petroglifos de la Edad de Bronce que abundan en esta zona.

Después de un tramo de curveo en el que encontramos una flecha señalando en sentido inverso y otra que se independiza del track y nos manda por un camino que ignoro adónde va a parar (estos dos errores, por cierto, han sido corregidos en varias ocasiones y casi de inmediato las flechas vuelven a su posición incorrecta, luego resulta obvio que no se trata de un despiste involuntario), enlazamos con el Camino de Fisterra y Muxía y, pisando el límite entre Santiago y Ames, salimos a la carretera junto a un bar frecuentado por numerosos peregrinos.

Nos separamos de nuevo de esta ruta jacobea y cruzamos la carretera para seguir de frente por la calle asfaltada que inmediatamente gira a la izquierda y transita dejando casas a la izquierda y un monte a la derecha. No hace falta estar muy atento en esta zona para ver alguno de los abundantes conejos que aquí habitan y que son confiados en extremo, hasta el punto de dejarse fotografiar sin timidez alguna.

Algo más adelante, al poco de haberse acabado el asfalto, giramos bruscamente a la izquierda y encaramos un inclinado descenso entre casoplones que nos lleva derechitos de nuevo a la carretera muy cerca de una rotonda. Aquí lo más recomendable sería tomar la «senda peatonal» que, a modo de acera, circula en paralelo a la carretera que va hacia Santiago. Sin embargo, como para hacerlo debemos cruzar la carretera en un punto de visibilidad casi nula, también podemos hacer la rotonda completa e incorporarnos como vehículos a la vía, de nuevo en dirección a Santiago, pues por uno u otro lado es en esta dirección en la que debemos seguir un breve trecho.

Después, al poco de haber cruzado el río Roxos y de dejar a nuestra derecha una escuela de arte y una farmacia y, poco antes de llegar a una concurrida panadería, dejamos la vía por la que circulamos hacia la derecha por un callejón que sirve de acceso a algunas casas y que poco después se transforma en un tranquilo camino que circula entre robles, en una espesa carballeira solo mancillada de forma puntual por algún eucalipto. El camino es bonito y se circula por él sin mayores problemas más que algún estrechamiento causado por la vegetación y que se salva sin dificultad. Si tomásemos uno de los caminos que dejamos a la derecha encontraríamos, no muy lejos de aquí, el petroglifo conocido como del Souto y, algo más allá, los restos del puente Cabirta, que cruza el río Sar en un punto especialmente recóndito.

El último tramo de este camino por el que venimos puede complicarse bastante en época de lluvias, pues no solo algunas zonas tienen tendencia a encharcarse sino que durante algunos metros llega a correr el agua y nos parecerá que estamos pedaleando por el curso de un riachuelo. Más o menos embarrados y mojados, al final de un breve descenso salimos una vez más al asfalto, donde tomamos a la izquierda para llegar a una bifurcación donde la señalización se pelea con el track y nos mandan cada uno por un lado. En todo caso, la discusión es breve pues ambas opciones vuelven a unirse apenas unos metros más adelante para pasar juntas entre un colegio y un centro terapéutico. Después, sendos giros a la derecha nos llevan hacia la depuradora de Santiago, si bien un nuevo giro a la izquierda nos libra de llegar a ella.

La carretera por la que vamos cruza el Sar y, al otro lado, un corto repecho nos aleja de nuevo de él. Al final de un breve tramo recto nos topamos de frente con una casa frente a la que crece una palmera y que debemos rodear. Antes de hacerlo, en todo caso, merece la pena señalar que esta fue la casa de Raúl Viqueira, un antiguo celador del psiquiátrico de Conxo que en su tiempo libre se dedicó a decorar su jardín -anexo a la casa- con todo tipo de estructuras cubiertas de piedrecillas que traía de la playa. Y, cuando hablo de estructuras, no me refiero solo a soportes de lámparas o cruceiros, que también, sino incluso a una pequeña capilla y hasta un castillo. Este Xardín Paraíso, que sobrevivió al fallecimiento de su autor y es aún hoy mantenido en perfecto estado de revista, más allá de mera curiosidad, ha sido objeto de sesudos estudios llevados a cabo y publicados por historiadores del arte que engloban la obra dentro de la categoría de art brut, o arte marginal. El jardín no tiene valla, por lo que buena parte de puede admirarse desde la carretera a apenas un par de metros del cruce donde nos encontramos.

Rodeamos la casa tomando la carretera que surge por el lado opuesto al jardín y después giramos a la izquierda y posteriormente a la derecha para adentrarnos por una calle que, después de permitir acceder a cuatro casas, se deshace en un pequeño camino de tierra que se adentra entre los carballos. El bosquecillo esta vez es pequeño y, rodeando el cementerio de Laraño, no tardamos en aparecer al otro lado junto a una carreterilla que tomamos a la derecha en un tramo de empinada subida pero, por suerte para nuestras piernas, corto. Al llegar arriba, tomamos a la izquierda para pasar sobre las vías del tren e inmediatamente a la derecha en paralelo a ellas.

Nuestras flechas nos mandan ahora girar a la izquierda y empezar a subir, pero antes nos vamos a acercar a visitar la iglesia que tenemos ante nosotros y que es la de San Martiño de Laraño. Construida entre los siglos XVI y XVIII en estilo barroco (como no podía ser menos) cuenta, como principal detalle a destacar de su fachada, con la figura de su patrón, San Martín. El llamativo pararrayos que destaca en su campanario se explica si tenemos en cuenta que no sería la primera vez que un rayo destroza esta torre. En su atrio y en los alrededores podemos encontrar el lote completo: crucero, palco de música, fuente y lavadero.

Retomamos ya la subida y, después de un breve tramo bastante duro, giramos a la izquierda junto a un discreto lavadero y continuamos subiendo de forma ya más tendida. Cuando entramos en una zona más boscosa, una de nuestras conocidas flechas nos indica girar a la derecha por un camino de tierra para desaparecer después toda señalización durante un buen trecho. Nuestra intuición nos lleva a seguir recto en todos los cruces hasta que, en un tramo en el que vamos en contradirección por el Camino Portugués (es decir, que vamos hacia Fátima), después de un pronunciado descenso y al pasar bajo la autovía, volvemos a encontrar señales que nos indican el buen camino que no es otro que seguir el valle del Rego do Vilar hasta la entrada misma a Milladoiro en un tramo que, personalmente, conozco muy bien por hacerlo casi a diario cuando voy a trabajar en bici de madrugada.

Al llegar a un cruce regulado por semáforo giramos a la izquierda dos veces consecutivas para llegar al otro lado de la N-550. Con muy buen criterio, la señalización nos evita el uso de la rotonda (que sería casi suicida para una bici) y nos manda por el paso elevado para peatones que, por cierto, es un mirador magnífico para disfrutar como espectadores de carreras ciclistas cuando se dé el caso de que estas pasen por aquí.

Ya al otro lado de la nacional, nos apretamos los machos porque lo que viene ahora se las trae. Tomando la carreterilla que nace en la misma rotonda, emprendemos una durísima subida que, especialmente en algunos tramos, nos exprimirá de lo lindo. Después de varias curvas curvas y lo que nos parece una eternidad alcanzamos el puente que nos permite cruzar sobre la autopista AP-9 y, girando a la derecha y luego a la izquierda, continuamos la subida de forma ya mucho más asequible para pasar después a llanear y rodar por asfalto.

De pronto, track y señalización coinciden en mandarnos tirarnos a tumba abierta por una carretera que desciende en picado. ¡No hagáis tal, insensatos! Después de que el asfalto muera junto a unas casas, dando paso a un camino de tierra, el paso está completamente cortado por un árbol caído. Intentarlo no tiene sentido: el camino está en este punto totalmente bloqueado y la única salida es retroceder, lo que implica subir lo que acabamos de bajar, y ya os avanzo que no es moco de pavo. Quizás este corte sea algo puntual y se solucione pronto, pero el precio a pagar es demasiado alto como para arriesgarse a comprobarlo.

Lo bueno es que, en esta zona limítrofe con el concello de Teo, existen diversas pistas asfaltadas que nos permiten retomar nuestra ruta poco más adelante. Así, por un camino de tierra rodeados de eucaliptos llegamos de nuevo al asfalto, que no tarda en transformarse en tierra de nuevo… y así en un sinfín de caminos y callejuelas que nos llevan a la zona de Os Tilos, donde, junto a una nueva fuente con lavadero nuestros queridos track y señalización vuelve a discutir y se separan de nuevo.

En mi caso opto por seguir el track (aunque a estas alturas ninguno de los dos me inspira mucha confianza), dando por hecho que las flechas verdes nos llevan por la calle paralela a la que yo sigo y que, ambas, van a salir a una carretera que debemos cruzar. Al otro lado recuperamos la señalización que lo primero que hace es mandarnos meter por una calle en dirección prohibida. Con precaución así lo hacemos, a sabiendas de que solo serán unos metros, pues después debemos girar a la izquierda por una nueva calle asfaltada que, una vez más, termina derivando a un camino cuando se acaban las viviendas. Este camino se dirige derecho al colegio Peleteiro pero, antes de llegar, nuestro track nos dice que debemos girar a la derecha por un sendero que parece casi ni existir.

Por suerte para nosotros, después de un par de metros el sendero se ensancha y desciende por un tramo muy divertido rodeado, por desgracia, de un bosque bastante feo formado en exclusiva por eucaliptos (solo alcancé a ver un solitario castaño autóctono entre los colosos australianos). Además, es imposible abstraerse del continuo ruido de la autovía hacia la que nos dirigimos y que no tardamos en alcanzar. Aquí debemos tomar a la derecha la vía que bordea la vía rápida, con continuos subes y bajas, y que termina llevándonos a una carretera que nos permita cruzar sobre la autovía y descender perpendicularmente a esta al otro lado.

Si estamos atentos, veremos a nuestra derecha (casi frente a nosotros) una bonita iglesia enmarcada en un paisaje sorprendente si tenemos en cuenta lo urbano del entorno. Al fondo, el Pico Sacro sobresale del horizonte.

Esta ermita, construida en estilo barroco, para variar, está redundantemente consagrada a la Virgen de las Ermitas, cuya imagen se muestra tanto en la fachada principal como en la base del crucero cercano. Junto al camino de acceso también hay otro crucero más pequeño de bella simplicidad.

Pasada la ermita, giramos a la izquierda y después a la derecha para encontrar una gran casa de piedra (la primera a la izquierda), en cuyo patio exterior podemos admirar una variada colección de vehículos antiguos: un buen número de coches y tractores perfectamente restaurados (al menos en lo que se refiere a su apariencia externa) que bien merecen unos minutos de contemplación.

Pasamos después junto al local sociocultural de Bornais junto al que existe una fuente que, pese a su impecable aspecto, está más seca que la mojama. Después, en la rotonda, debemos tomar la salida frente a nosotros que tiene truco, pues se divide inmediatamente en dos y debemos tomar la de la izquierda (la vía de doble sentido de circulación que se adentra en un paso subterráneo y no la de la derecha que nos llevaría a la N-525 sentido Ourense). Al otro lado del paso subterráneo, en una nueva rotonda decorada con un mojón kilométrico de la mencionada nacional, seguimos otra vez recto para llegar al Camino Real de Piñeiro que tomamos a la derecha. y descendemos -cruzándonos con los peregrinos que recorren los últimos kilómetros de la Vía de la Plata o Camino Mozárabe o Sanabrés o de Fonseca- hasta que cruzamos un río junto a una ermita que nos resulta familiar: ambos reciben el nombre de Santa Lucía y, efectivamente, hemos completado nuestra larga excursión de hoy.

Un dulce paseo entre Caminos: Vía Verde del Salnés

Provincia: Pontevedra

Distancia: 9 km aprox. (18 km i/v)

Mapa:

Track: Descargar ViaVerdeSalnes.gpx

Vídeo: Ver ruta completa en vídeo

Descripción:

Dicen que Galicia es verde y, aunque está demostrado que esa frase como eslogan electoral es un fracaso, algo de cierto hay en ello si atendemos a la abundante vegetación alimentada por la humedad y las frecuentes lluvias de estas tierras. Sin embargo, en lo referente a las conocidas como «vías verdes» (antiguas vías férreas reconvertidas en rutas ciclistas y peatonales), hemos de reconocer que Galicia, más que verde, es un secarral.

Más allá de unos pocos kilómetros compartidos con Asturias en la Vía Verde del Eo (apenas once kilómetros repartidos más o menos a partes iguales entre ambas comunidades) no existía en toda Galicia ningún trazado de este tipo y los gallegos que querían pedalear una distancia considerable alejados del tráfico debían ir al otro extremo de la región, cruzar la frontera y recorrer la ecopista que discurre por la orilla portuguesa del río Miño. Hubo que esperar hasta los últimos meses del pandémico año 2020 para ver otra vía verde en Galicia, cuando se inauguró (a finales de verano el trazado casi completo y ya avanzado el otoño el puente que completa el trayecto) la Vía Verde del Salnés.

Y así, gracias a la cooperación de los tres municipios que atraviesa y a la tardía financiación de la Xunta (responsable de la recuperación del ya mencionado puente), ya nos es posible recorrer en bicicleta los poco más de 9 kilómetros que van desde las afueras de Vilagarcía de Arousa hasta la estación ferroviaria de Portas, atravesando por el camino parte del concello de Caldas de Reis. Después de varios intentos frustrados por las peculiares restricciones de movimiento impuestas por la Xunta para tratar de controlar la covid-19, eso es lo que finalmente conseguí hacer yo un bonito día de primavera de 2021, si bien tuve que ir embozado en todo momento durante el trayecto pues, por absurdos caprichos Feijóanos, Galicia es la única región donde es obligatorio llevar mascarilla incluso estando solo en medio del monte y realizando ejercicio físico (y no era mi intención arriesgarme a recibir una cuantiosa multa después de haber sido ya previamente desplumado en el peaje de la AP-9, la más sencilla y cara forma de acceso a esta vía verde para quienes vengan a la zona en coche).

Pero, antes de comenzar, hagamos un poco de historia…

Y esa historia nos remonta a 1873, año en el que llega a Galicia el revolucionario invento que está triunfando y poniéndose de moda en el mundo entero: el ferrocarril. La primera línea construida en Galicia enlazaba la capital, Santiago de Compostela (concretamente el lugar de Cornes), con la localidad de Carril, ya junto a la ría de Arousa y a muy poca distancia de Vilagarcía. Visto el éxito del proyecto, la compañía promotora -The West Galicia Railway Co. Ltd.- y el director de esta -John Trulock, a la sazón abuelo del Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela- decidieron extender la línea férrea hasta Pontevedra. Este segundo tramo fue inaugurado el 24 de julio de 1899.

El tren, como todo en esta vida, está en constante evolución y, con los años, la vía construida por Trulock tuvo que adaptarse a la llegada de convoys más rápidos, lo que dejó obsoletos algunos tramos del trazado. Es el caso del túnel del Faramello, cerca ya de Santiago, pero es también el caso de prácticamente todo el trazado de Vilagarcía a Pontevedra (aunque el tramo de Portas a la capital de la provincia se mantiene en uso por algunos -pocos- trenes de mercancías). Así, una decena de kilómetros de raíles quedaron abandonados y fueron poco a poco invadidos por la vegetación hasta que los ayuntamientos de la zona tuvieron la genial idea de rescatarla del olvido y ofrecer a los ciclistas y caminantes, además de una ruta para el paseo diario, una conexión casi directa entre la Ruta del Padre Sarmiento (o la Variante Espiritual del Camino de Santiago) y el Camino Portugués a Santiago que pasan, respectivamente, a poca distancia de ambos extremos de esta Vía Verde.

Y así comenzamos ya a pedalear por esta ruta cuyo perfecto estado nos permite recorrerla en prácticamente cualquier tipo de montura, si bien debemos recordar que mi descripción corresponde a una vía verde casi recién inaugurada, por lo que es difícil avanzar cuál será el efecto del paso del tiempo en su firme de tierra compactada. Dado que el comienzo de la ruta se encuentra ya fuera del casco urbano de Vilagarcía de Arousa, no voy a describir aquí el centro histórico de esta bonita villa, pero recomiendo que, antes de comenzar a pedalear o ya a nuestro regreso, bajemos hasta la orilla de la ría y nos demos una vuelta por sus calles que nos depararán más de una interesante sorpresa. Para encontrar nuestra vía verde debemos seguir la avenida de las Carolinas, tomar después la N-640A y, algo más adelante, subir hacia la izquierda bien por la rúa de San Martiño o bien por la rúa Pedral hasta llegar a un viñedo (uno de los muchos que cruzaremos hoy en esta tierra de albariño) dominado por un palomar cuyos alados habitantes deben de ser adictos a la caja tonta, a tenor de la inmensa antena de televisión que corona su estructura. Apenas unos metros más adelante llegamos a la primera zona de descanso de la Vía Verde do Salnés, donde podemos dejar la bici en el aparcamiento y sentarnos en los bancos a atisbar entre la vegetación los trenes que pasan por la nueva vía, de la que solo nos separa un breve trecho cubierto aún por las traviesas del antiguo trazado.

Tomando en dirección contraria, comienza nuestra aventura. Empezamos a pedalear en paralelo a un camino asfaltado y nos adentramos en un pequeño cañón cortado a golpe de dinamita en la dura roca. Justo aquí, al pasar bajo un paso elevado, encontramos el que hasta ahora es el único bache de la vía verde, así que tomemos precauciones si llevamos ruedas finas. Al salir del cortado, y dejando a nuestra izquierda un hórreo limítrofe con un bosque de eucaliptos, comenzamos a bordear una zona semiurbana sobre la que, a nuestra derecha, tenemos una buena panorámica del casco urbano de Vilagarcía e incluso de las aguas de la ría de Arousa.

No tarda este paisaje de nuestra derecha en transformarse en una fea carretera nacional rodeada de naves comerciales e industriales. Buscamos entonces otra cosa en la que fijarnos y la encontramos al otro lado, a nuestra izquierda, donde tras una pista asfaltada y un muro encontramos el Pazo de Rubianes, casa señorial de piedra construida por un tal García Caamaño a principios del siglo XV, sobre una torre defensiva del siglo XII. El señor Caamaño, no contento con construirse este casoplón en 1411, se vino arriba y en 1441 fundó un pueblo entero al que, en un alarde de modestia, bautizó como Villa de García, ¿os suena? Exacto, estamos ante el que fuera el domicilio del fundador de Vilagarcía de Arousa.

Volviendo al pazo, la casa que apenas logramos atisbar entre los árboles tiene un estilo afrancesado que nos recuerda que uno de sus propietarios, Jacobo Ozores, estuvo desterrado en Francia en tiempos de Carlos IV y, a su regreso a tierras gallegas, reconstruyó su mansión con ayuda de un arquitecto gabacho. Más allá de la vivienda, del pazo destacan su capilla de finales del XVI, sus afamados jardines -abundantes en camelias- y, sobre todo, sus extensos viñedos, origen de un delicioso albariño. Por suerte para nosotros, todo esto es visitable y degustable por un módico precio. Y ya puestos a visitar pazos y degustar albariños, a poco de más de un kilómetro de este Pazo de Rubianes, en dirección sur, podemos hacer lo propio con el Pazo Baión, de caldos igualmente deliciosos e historia un poco más «fariñeira», pues durante años perteneció un tal Laureano Oubiña.

Volviendo a Rubianes, frente al pazo encontramos un nuevo aparcamiento para bicis junto a una explanada de hierba que hace la misma función para los coches. Continuamos nuestra ruta para encontrarnos con una de las dos estaciones que veremos en esta vía verde, el apeadero de Rubianes (o Rubiáns), que ha sido adecentado para la ocasión y, aunque no sea más que un tejado y unos cuantos muros, bien puede servirnos como protección en caso de chubasco. El mismo uso podemos dar, poco más adelante, al área de descanso construida junto a unas ruinas al abrigo de la vía rápida VG-4.7.

Nos vamos alejando de la civilización y la vía verde nos lo hace notar obsequiándonos con una amplias vistas al verde paisaje que vamos dejando a la derecha. Aprovechando la característica planitud de las vías férreas, podemos dedicarnos a admirar la belleza del rural gallego, salpicado de pequeñas aldeas, tierras de labor, ganado solitario (que parece no dar abasto para comerse todo el pasto que cubre los prados que se abren entre los árboles) y, como no, los viñedos propios de la zona.

Una extraña casa torreada a nuestra derecha nos anuncia que hemos llegado a Godos, donde recomiendo abandonar por un momento la vía verde para, subiendo apenas unos metros por la ladera, hacia nuestra izquierda, acercarnos a la iglesia de Santa María -del siglo XVIII- rodeada de un cementerio, donde encontraremos un crucero, además de magníficas vistas sobre el entorno.

Dije al principio que el eslogan político «Galicia es verde» gozó en su momento de escaso éxito pero, de vuelta a la vía verde, encontramos una lamentable prueba de que sí tuvo cierto calado entre los más gañanes del lugar, pues algún destacado cantamañanas, seguidor de cierto partido pseudopolítico que prefiero no mencionar, ha aprovechado el lienzo que le ofrecía el cemento de uno de los accesos a la ruta para plasmar con escaso arte lo que opina del populista líder del partido antagonista (quiero dejar claro que no estoy criticando aquí ninguna ideología u opción política, sino únicamente los actos de vandalismo y violencia, sean del color que sean, que pretenden ocultarse tras esas ideologías).

Gilipollas aparte, seguimos rodando por un bello entorno de un color verde que huele a fresco y no a rancio como el otro. No tardamos en dejar a la derecha otra aldea donde de nuevo merece la pena abandonar la pista para admirar el crucero que da nombre al lugar (Cruceiro de Santiago) y, algo más abajo, ver la pequeña iglesia dedicada al Apóstol y originaria del siglo XI (aunque reformada en el XIX y totalmente reconstruida ya en el siglo XX) en cuyo atrio-cementerio destaca una piedra que, colocada sobre el muro perimetral, parece proceder de otro crucero.

De vuelta a nuestra ruta, pasamos bajo la carretera nacional N-640 y, después de describir una amplia curva (las vistas más interesantes las tenemos ahora hacia la izquierda), nos topamos con un nuevo aparcamiento para bicicletas y bancos para descansar en una zona señalizada como mirador. Si nos fijamos, por el hueco abierto entre los árboles para dejar pasar el tendido eléctrico sí se puede mirar algo, pero no es gran cosa si lo comparamos con otras panorámicas que hemos tenido antes. Lo que sí se ve siguiendo los cables es el río Umia, al que conoceremos más de cerca poco más adelante. Otra cosa que nos hace ver este mirador y las latas de refresco abandonadas que en él encontramos es que en toda la ruta hay una total ausencia de papeleras. Y, ahora que lo pensamos, tampoco hay servicios, lo que hace que en cada punto en el que es posible salir de la vía verde para adentrarse en la vegetación el suelo esté sembrado de trozos de papel y otras sorpresitas igualmente desagradables. Este tipo de campos minados ya los hemos visto antes en el propio firme de la ruta, cortesía esta de los desaprensivos que pasean con sus perros sueltos por la vía sin atender a lo que estos hacen sobre la tierra.

Hemos entrado ahora en una zona más boscosa donde la vía verde supone un auténtico corredor abierto entre la espesa vegetación de la que con frecuencia nos separan sendos taludes cubiertos de malla metálica para evitar desprendimientos. En un claro, uno de estos taludes, a nuestra izquierda, se transforma en una gran roca con marcada pendiente donde un cartel nos indica que estamos ante la «Pedra Rañacús», nombre cuya traducción literal (piedra rascaculos) nos indica que este peñasco era tradicionalmente utilizado a modo de rústico tobogán por los niños de la zona.

Nos adentramos nuevamente en el bosque hasta que de entre los árboles (más bien sobre ellos) vemos surgir el imponente viaducto doble que permite a la autopista AP-9 salvar de una solo tacada, y sin despeinarse, la vía verde y el río Umia. Nosotros no vamos a ser para menos que los conductores que circulan por la autopista así que, sin más dilación, nos enfrentamos a la ardua tarea de pasar a la otra orilla del río.

Por suerte, los ingenieros británicos del siglo XIX vienen en nuestra ayuda y nos permiten cruzar el Umia sin mayor esfuerzo utilizando el magnífico puente que encontramos ante nosotros. Esta estructura metálica sobre pilares de piedra fue construida apenas un par de años antes de inaugurar la vía férrea -esto es, en 1897- por la empresa Joseph Westwood & Co., que era lo que quedaba a finales de siglo de la otrora prestigiosa Westwood, Baillie & Co., quienes durante la segunda mitad del siglo XIX sembraron el mundo de barcos y puentes. En este caso, el puente nos lleva del término municipal de Caldas de Reis al de Portas y lo hace concretamente a la altura de la aldea de Paraíso. Solo con asomarnos hacia el río, por cualquiera de los lados del puente, descubriremos fácilmente el origen de ese nombre.

Ya por el concello de Portas continuamos rodando tranquilamente por el bosque, entre los innumerables restos del pasado ferroviario del lugar: semáforos, marcas kilométricas y otras señales flanquean nuestro pedalear hasta que, de repente, vemos que una nueva área de descanso ha sido construida directamente sobre la pista. ¿Hemos llegado ya al final del trayecto? Bueno, no exactamente. A la derecha de la vía sale un camino donde vemos que una señal nos indica que la vía verde continúa por allí. Durante unos metros el traqueteo nos hace añorar el impecable firme que habíamos tenido hasta ahora, pero no hay mal que cien años dure y en un suspiro llegamos al final del camino y salimos al asfalto (cuidado, ¡esta zona está abierta al tráfico!).

Tenemos ahora dos opciones. La primera es girar a la izquierda, pasar bajo la vía del tren (aquí sí tiene raíles) y continuar por la pista asfaltada hasta toparnos con una carretera más ancha pero poco transitada, donde tomaremos a la derecha por la senda que nos permite rodar por un lateral de la calzada. La otra opción es seguir recto sin cruzar las vías pero tratando de mantenernos lo más cerca de estas que nos permiten las callejuelas de la pequeña aldea que atravesamos, utilizando para ello como guía la enorme chimenea cuya silueta vemos recortarse en el horizonte. Eventualmente llegamos a un camino de tierra que nos conduce inexorablemente a un angosto paso bajo la vía férrea al otro lado del cual salimos a una zona ajardinada.

En esta zona vemos columpios, bancos y hasta un auditorio al aire libre pero, sin duda, lo que más llama nuestra atención son los casi setenta metros de chimenea que se levantan ante nosotros. Hemos llegado a la azucarera de Portas.

De las muchas y amargas consecuencias que tuvo en España el Desastre del 98, quizás una de las menos conocidas sea precisamente la más amarga. Literalmente. Y es que la pérdida de Cuba ocasionó el corte del suministro de caña y, por tanto, ¡España se quedó sin azúcar! Los empresarios repatriados que se habían dedicado a ese negocio en tierras caribeñas no tardaron en reaccionar y algunos de ellos fundaron, ya en 1899, la compañía Azucarera Gallega que, con esta fábrica de Portas como punta de lanza, pretendía edulcorar la vida de los dolidos españoles utilizando remolacha como materia prima.

Sin embargo, estos empresarios no demostraron tener una gran agudeza previendo el futuro y la imposibilidad de reconvertir la producción agrícola junto con la veloz caída de los precios de importación del azúcar de caña hicieron que el negocio remolachero fuese poco o nada rentable. Así, en 1903, tan solo tres años después de haber abierto sus puertas, la fábrica azucarera de Portas fue clausurada definitivamente y abandonada a su suerte.

Hoy en día, el edificio moderno construido dentro de los centenarios muros de piedra alberga servicios diversos -desde un centro de mayores hasta una guardería-, pero lo más llamativo sigue siendo la altísima y resistente chimenea de la que cuelga una vertiginosa escalera espiral. Para los valientes que se enfrenten a ella con éxito, las maravillosas vistas de toda la comarca que les esperan en el mirador de su cima les servirán de recompensa. Para los más vagos, un ascensor interior les llevará al mismo destino y al mismo premio. Para los que, como el que esto escribe, lleguen al lugar en tiempos de pandemia, una puerta metálica de grueso candado les impedirá siquiera intentar el reto.

Pero nuestra vía verde aún no ha acabado. Ya sea a través del aparcamiento de la azucarera o cruzando el parque anexo debemos llegar a la carretera (si es que no hubiésemos llegado ya antes a ella por haber elegido la ruta alternativa mencionada anteriormente). Aquí, de girar a la izquierda y continuar por la senda de tierra que bordea el asfalto, cruzaríamos el río Chaín y a poco más de un kilómetro llegaríamos al casco urbano de Caldas de Reis, preciosa localidad termal donde podríamos enlazar con el Camino Portugués a Santiago. Pero en nuestro caso, al salir de la azucarera, vamos a girar a la derecha y seguir el asfalto unos metros hasta que, junto a una fuente, volvamos a tomar el desvío de la derecha, donde una calle empedrada nos deja frente a la estación de Portas.

A pesar de su buen estado de conservación y los raíles que pasan ante sus andenes, esta estación no es más que un bonito decorado, pues el último tren que hizo uso de ella pasó por aquí el 20 de julio de 2008. Hoy, lo único que sigue funcionando del edificio es la cantina, un bar que a falta de un uso mejor a menudo instala su terraza sobre el propio andén. A pocos metros en sentido Pontevedra, la vía muerta que pasa ante la estación está algo más viva gracias a los trenes que un par de veces por semana llegan hasta el cargadero de una cementera, cuyos grandes silos hacen compañía a su malograda compañera, la terminal de viajeros.

Señores pasajeros, hemos llegado a nuestro destino. Al menos de momento, pues el éxito que ha tenido esta Vía Verde do Salnés ha hecho que los ayuntamientos de la zona estén ya trabajando en la extensión de esta para llevarla hasta las puertas mismas de la capital de la provincia: Pontevedra.

Brentrance: Camino Inglés

Provincia: A Coruña

Distancia: 74 km aprox. (desde A Coruña) o 114 km aprox. (desde Ferrol)

Mapa:

Descripción:

Cuenta la leyenda que hubo un tiempo -allá por la lejana Edad Media- en el que la inmensa mayoría de los europeos compartían un mismo credo (el cristianismo) y una sola religión (el catolicismo). Los ingleses, a pesar de haber estado siempre peleados con el resto del continente, también eran católicos por aquel entonces y, como tales, no renegaban de las peregrinaciones, pues ellos mismos acudían de cuando en vez a la lejana Compostela a rendir tributo al recién descubierto sepulcro del apóstol Santiago. Los hoy anglicanos, como es lógico, no podían llegar a su destino a pie y no tenían otro remedio que viajar hasta la Península Ibérica en barco para, una vez allí, completar el recorrido caminando.

El lugar de desembarco podía, por supuesto, depender del viajero pero no era raro que lo hicieran en alguno de los numerosos puertos existentes en lo que se conoce como el golfo Ártabro, que engloba las rías de A Coruña, Betanzos, Ares y Ferrol. A estos puertos llegaban también peregrinos procedentes de otros lugares del norte de Europa que, curiosamente, hoy en día son también protestantes y por tanto, al igual que los británicos, poco amigos de las peregrinaciones. Una vez en las salvajes tierras hispanas, los navegantes se calzaban sus alpargatas y las usaban para recorrer las pocas millas que los separaban de su destino.

Lo que actualmente se conoce como Camino Inglés engloba dos rutas relativamente cortas: una con origen en A Coruña y la otra comenzando en Ferrol. Transitan por tanto íntegramente por tierras coruñesas y, a partir del concello de Carral, ambas comparten recorrido hasta llegar a la meta. Por motivos meramente geográficos, la ruta que parte de la capital herculina -con poco más de setenta kilómetros- es notablemente más corta que la ferrolana, que apenas llega a los ciento veinte. Por supuesto, los peregrinos que comienzan su viaje en tierras de la Gran Bretaña tienen ante ellos un reto mucho más interesante, pues buena parte de ellos toman como punto de inicio la abadía de Finchale, algo más al norte de Durham y cerca ya de Newcastle, lo que hace que tengan que atravesar caminando la mayor parte de Inglaterra (y no precisamente por su eje más corto). Mi descripción se limita aquí a la versión para cobardes, es decir, la oficial: desde el lugar de desembarco en Galicia hasta la catedral compostelana.

Comencemos, pues…

Nota: Empecé a recorrer esta ruta en un periodo en el que los movimientos por territorio gallego estaban muy restringidos debido a la COVID-19 y a las volubles decisiones de la Xunta de Feijóo. Después, cuando ambos (el virus y Feijóo) se habían alejado lo suficiente como para recuperar parcialmente la libertad de movimientos, no me fue posible retomar este Camino Inglés con la prontitud deseada. Continuaré en cuanto me sea posible pero, por ahora, tenéis disponibles los aproximadamente 37 últimos kilómetros de ruta común, desde la iglesia de San Pedro de Ardemil (Ordes) hasta la catedral compostelana.

Camino Inglés desde A CORUÑA

Distancia: 74 km aprox.

Track: Descargar CaminoIngles_Coruna.gpx

Descripción:

Supongo que nadie se sorprenderá si digo que el Camino Inglés desde A Coruña comienzo -¡oh, casualidad!- en A Coruña. Así que nos desplazamos a esta bella localidad para comenzar a pedalear. Imperdonable sería, sin embargo, comenzar a hacerlo sin disfrutar de algunos de los atractivos que tiene la ciudad: la Torre de Hércules (faro de origen romano, Patrimonio de la Humanidad desde 2009), el castillo de San Antón (del siglo XVI, actual Museo Arqueológico e Histórico Provincial), sus playas de Riazor y Orzán (y el estadio, para los futboleros), la Colegiata de Santa María del Campo (románica, del s. XII) o, justo frente a esta última, la Casa Cornide (pazo del siglo XVIII muy conocido por pertenecer, aún hoy, a cierta familia dictatorial de infausto nombre), entre otros lugares de no menos interés (podría entretenerme mencionando un par de pulperías, pero un cicloturista que se precie de serlo no necesita ayuda para descubrir estos lugares por su cuenta).

Pero hemos venido a lo que hemos venido que no es otra cosa que pedalear en dirección a Santiago y, para ello, debemos primero localizar la iglesia que está consagrada precisamente a Santiago Apóstol. Muy céntrica, y a no muchos metros de las ya mencionadas colegiata y el pazo de los Franco, encontramos esta bonita iglesia románica originaria del siglo XII. Muy recomendable cruzar sus puertas, bajo el Santiago caballero que preside el tímpano del s. XV y bajo la atenta mirada de las dos imponentes estatuas de San Juan y Santiago situadas en las jambas, para acceder al interior donde hay piezas de gran valor (incluyendo una nueva figura de Santiago, esta vez en su versión peregrina, aunque no parezca muy motivado para venirse con nosotros hasta Compostela)

Podemos salir del templo por su puerta norte, que no desmerece en nada a la principal en cuanto a decoración se refiere. Una vez fuera, vamos hasta la cabecera del templo donde, junto a los ábsides, escondido en una zona ajardinada que durante mi visita estaba en obras, encontramos el mojón que nos indica que estamos a 72 kilómetros y 804 metros de nuestro destino: el sepulcro del Apóstol. Hacemos caso a la flecha y comenzamos nuestra ruta alejándonos de la iglesia.

Los primeros metros de nuestra ruta nos llevan a través de la Plaza de Azcárraga donde, entre la frondosa vegetación, nos vemos obligados a rodear la Fuente del Deseo, que data de 1870, antes de alcanzar la calle lateral que tomamos a la izquierda, en sentido descendente (en sentido contrario llegaríamos enseguida la Colegiata y a la Casa Cornide). A donde llegamos nosotros, sin embargo, es a la plaza mayor de la ciudad, que lleva el nombre -y la estatua- de María Pita, señora esta que, a pesar de su apellido (Pita en gallego significa «Gallina») pasó a la historia por su heroico comportamiento cuando en 1589 un piratilla inglés llamado Francis Drake decidió atacar A Coruña por orden de Isabel I. Gracias a María Pita se pudo salvar la plaza y, a cambio, los coruñeses le levantaron una plaza (valga el lamentable juego de palabras) en 1877. ¡Más vale tarde que nunca!

Dentro de la plaza, lo más llamativo es el Palacio Municipal (lo que viene siendo el ayuntamiento), terminado de construir en 1914 según un proyecto del benaventano Pedro Mariño y Ortega y, fuera de la plaza, cabe mencionar la proximidad de las zonas de la Marina y el Parrote, con sus fachadas de galerías que mirar a los barcos amarrados (hacia el sur) y de la iglesia barroca de San Jorge, del siglo XVIII (hacia el norte).

Nosotros sin embargo salimos de la plaza hacia el oeste por una calle saturada de transeúntes y tiendas y que no es otra que la Calle Real (¿serán las demás imaginarias?). Pedaleamos como podemos o, mejor aún, caminamos empujando nuestras bicis, para evitar accidentes, hasta el final de la calle, donde nos topamos con un reloj subido a una alta columna que data de 1895. Justo aquí arranca un carril bici que utilizaremos para protegernos del tráfico de la transitada calzada y para proteger a los peatones de la transitada acera. Por si nos pica la curiosidad, la calle por la que circulamos se llama Cantón Grande y los jardines que dejamos a la izquierda son los de Méndez Núñez. Al otro lado de estos últimos se encuentran las instalaciones portuarias.

Sin prisa, pero sin pausa (salvo por los semáforos) pedaleamos carril bici adelante, ahora en dirección sur, un poco a ciegas pues las señales del camino inglés se encuentran en su mayoría adosadas a las viviendas de nuestra derecha y fuera de nuestra vista. Algo más adelante la amplia avenida se bifurca y la de más a la derecha (por la que seguiríamos de forma natural) comienza a ascender. El carril bici desaparece y una señal nos invita a hacer uso de la acera que a los pocos metros de ascenso, al cruzarse una calle, se estrecha y todo parece indicar que debemos regresar al asfalto. Personalmente, recomiendo no hacerlo y continuar por la acera a pie, pues solo unos metros más adelante debemos girar a la izquierda y no es posible hacerlo si nos comportamos como vehículos.

Después de cruzar como peatones por el semáforo, al otro lado encontramos una tranquila calle por la que podemos volver a pedalear durante un breve tramo. Luego, para nuestra desgracia, nos incorporamos a una transitada avenida y cruzamos una rotonda enorme. La señalización del Camino en este tramo parece conocer nuestros pensamientos y nos augura un camino hacia la muerte de seguir circulando entre tanto tráfico (si bien en realidad la calavera y las tibias forman parte del escudo de la ciudad).

Al otro lado de la rotonda de Cuatro Caminos, y tras un carril bici que disfrutamos durante apenas una decena de metros, frente al edificio González Salgueiro (un interesante ejemplo de arquitectura expresionista, afeado por el horrible campanario de la iglesia redentorista con la que comparte manzana), giramos a la izquierda para seguir, como no, por la avenida más ancha y transitada de las que se abren ante nosotros.

Escribiendo…

Y llegamos así a Ardemil, localidad que debe su nombre a una legendaria batalla contra los musulmanes y al número de ellos que terminaron chamuscados. Lo primero que vemos al llegar, a la izquierda junto a una explanada, es un crucero bastante apañado y, un poco más adelante, la iglesia que, rodeada del correspondiente cementerio, lleva el nombre de San Pedro.

Salimos de la aldea -apenas un puñado de casas- enseguida, y continuamos por la carretera salpicada de casas aisladas cada pocos metros. Vamos atravesando el típico paisaje idílico gallego rodeado de suaves colinas cubiertas de bosques, prados y algún que otro maizal y, si el tiempo es agradable, el asfalto descendente invita a la relajación hasta que… ¡un dinosaurio nos ataca!

El simpático animalito cuyas fauces abiertas asoman tras un árbol que queda a nuestra izquierda no es sino una gran escultura de cartón piedra instalada sobre un remolque para poder moverla. Si nos fijamos más, vemos que todo a nuestro alrededor tiene ahora cierto carácter surrealista: esculturas de piedra evocando la más pura tradición gallega (hórreos, cruceros y hasta un apóstol Santiago gigante), una fuente, maquinaria agrícola oxidada y formando parte de abstractos montajes (o esperando para formar parte de ellos), etcétera. Todo ello agrupado en los terrenos adyacentes a un bar con la intención, tal vez, de servir de reclamo publicitario ¡y vaya si llama la atención!

Pero la verdad es que este tramo descendente está plagado de curiosidades esperando a ser descubiertas por el viajero observador: una explotación de vacas cachenas (raza típicamente gallega), un jardín decorado con bicicletas antiguas, un hórreo totalmente oculto bajo la hiedra que asciende por sus paredes…

Interrumpe después nuestra bajada un pequeño repecho que se hace más llevadero aprovechando la fuente que hay a nuestra derecha para rellenar nuestros bidones y hacer una breve parada de refresco. La subida se acaba enseguida y retomamos el descenso dejando ahora el asfalto para adentrarnos en un frondoso sendero rodeado de vegetación que hace que la temperatura caiga varios grados en comparación con la que teníamos en el asfalto (lo que puede ser agradable o un problema si fuera ya hacía fresco). Nos dejamos caer disfrutando del entorno hasta que, tras un par de curvas entre un grupo de casas, volvemos a salir al asfalto.

Esta nueva carretera por la que transitamos ahora no tarda en llevarnos a una nueva población. Se trata de Buscás donde merece la pena hacer una breve parada para ver la iglesia de origen románico (reformada en los s.XVIII y XIX) donde lo más llamativo es la escultura policromada que saluda a los peregrinos desde la pared que da al Camino. Se trata de una obra de 1737 que representa al santo titular de la iglesia y que no es otro que San Pelayo (Paio) que porta la palma del martirio y, más explícitamente, una daga rebanándole el pescuezo. Junto a la iglesia encontramos un bar-restaurante y un albergue de peregrinos por si queremos descansar nuestros cuerpos al amparo del descabezado santo.

Tras Buscás prosigue el descenso por asfalto y, en una zona donde unas bandas nos invitan a reducir la velocidad, debemos estar atentos para seguir las flechas que nos indican que abandonemos la carretera principal para entrar en la aldea de turno (Vilariño, en este caso). No perdemos nada por hacerlo pero tampoco hay gran problema si nos saltamos el cruce, pues ambas opciones confluyen de nuevo a la salida de la localidad.

Eso sí, el cruce que no debemos saltarnos es el que encontramos pocos metros después y que nos saca del asfalto para tomar el camino de tierra que, a nuestra izquierda, desciende hasta un riachuelo donde, si somos pacientes observadores y la suerte nos es propicia, podemos tener ocasión de saludar y fotografiar a alguna rana ibérica. Inmediatamente después de cruzar este Rego do Cabo tomamos a la derecha para volver a adentrarnos en uno de esos corredores en los que la tupida vegetación se cierne sobre nosotros haciendo que en ocasiones parezca que estamos rodando por un túnel de árboles. La única pega es que en esta ocasión ya no basta con dejarnos caer disfrutando del entorno, pues el camino se pone tontorrón y nos hace pedalear de lo lindo para ascender serpenteando entre el bosque.

Después de salvar una carretera pasando por un túnel bajo ella y de dejar a nuestra derecha un nuevo albergue la vegetación se espesa aún más y apenas si deja pasar la luz, no hablemos ya de dejarnos ver la cercana iglesia románica de San Julián de Poulo que, a nuestra derecha, podemos intuir por algún agujero que queda entre las ramas de los árboles.

El Camino entra así en un nuevo tramo descendente y poco a poco vamos encontrando más claros entre la vegetación que ocuparán, si estamos en la temporada propicia para ello, grandes plantaciones de maíz. Entramos en una nueva carreterilla -en plena curva- y la seguimos a través de casas y explotaciones agrícolas aisladas que nos termina llevando a una aldea donde a nuestro paso encontramos un bonito crucero (delante de un bar adecuadamente llamado «O Cruceiro»), una marquesina de autobús que hace las veces de centro social para las señoras de la localidad (ignorando todas las advertencias de mantener la distancia, llevar mascarilla y evitar los lugares cerrados) y una iglesia que, recién revocada de pintura blanca, está consagrada a la Virgen de la Merced. Cuentan que en esta aldea de A Calle pernoctó Felipe II durante un viaje a Compostela en 1554.

Salimos de este pueblo por la calle que nace junto a su iglesia y que nos lleva en lígero descenso a través de una sucesión de campos de labor, tramos de bosque y, por supuesto -estamos en Galicia-, casas por doquier. Finalmente, en una curva donde la carretera dobla a la derecha, nosotros la abandonamos para tomar el camino que nace a nuestra izquierda y que continúa la misma tendencia de suave descenso pero en este caso por tierra.

Llegado un punto donde, salvando una pequeña canalización de agua y unos escalones que aparecen a traición en la parte izquierda del camino, dejamos un extenso merendero a nuestra derecha, nos incorporamos de nuevo a una carretera para salvar por ella un pequeño riachuelo (rego da Ponte Ribeira). Algo más adelante abandonamos de nuevo el asfalto (de nuevo lo hacemos en una curva) para tomar un nuevo sendero de los que ya empiezan a resultarnos habituales: una vez más estamos rodeados de vegetación por todas partes y, en caso de llevar gafas de sol, deberemos quitárnoslas para poder ver por dónde vamos.

Esta será la tónica habitual durante los siguientes kilómetros, saliendo y entrando de los tupidos bosques alternando senderos, caminos y asfalto. Vamos primero acumulando en las piernas metros de ascenso para después, finalmente entrar en un largo tramo de descenso suave que nos lleva, atravesando primero una pequeña aldea, a pasar bajo la autopista y tomar después el camino que se mantiene pegado a esta.

Si bien es verdad que la abundante vegetación suaviza un poco el efecto, es este un tramo feo en el que no podemos quitarnos de encima el ruido del tráfico de la vía rápida a pocos metros de la cual pedaleamos. Más o menos pegados a la autopista, pasamos de largo estos kilómetros de llaneo (ligero descenso) donde lo único reseñable es la presencia de un par de lavaderos donde podemos detenernos a descansar si el ruido del tráfico no nos agobia demasiado.

Cuando finalmente nos despegamos de la autopista, tomamos una carreterita donde una señal nos dice que es dirección prohibida salvo para residentes. Haciéndonos pasar por tales, o haciendo uso de la mínima acera que están construyendo por uno de sus márgenes, circulamos por ella hasta que, tras un giro a la derecha y unos metros llanos, el tímido descenso se transforma en una rápida bajada que nos dirige al polígono industrial de Sigüeiro.

Después de un buen puñado de kilómetros siguiendo una autopista, lo que menos nos apetece es cruzar un polígono industrial, pero esta vez tenemos suerte y, al ser cuesta abajo, no tardamos mucho en dejar atrás las feas naves y en llegar al lugar donde las flechas amarillas nos mandan saltar la acera de nuestra izquierda para adentrarnos en un parquecillo y perdernos en sus senderos. De hecho, para no hacer eso mismo -perdernos por los múltiples senderos que se abren por el arbolado parque- lo mejor es que sigamos las marcas del Camino incrustadas en el suelo, que nos llevan hasta un pequeño puente por el que cruzamos un riachuelo (rego Carboeiro) para después bordear las piscinas municipales y salir del parque justo a la altura de la comisaría de la Policía Local.

Cruzamos después la plaza del ayuntamiento, buscando un hueco entre las mesas de las terrazas y callejeamos dejándonos llevar por las flechas a través del animado casco urbano de Sigüeiro (cuidado, pues en algunos tramos vamos en dirección prohibida y deberemos recorrerlos a pie por la acera) hasta salir a la carretera N-550, a la que nos incorporamos en dirección Santiago para cruzar el río Tambre por un puente que tendría cierto encanto si no fuese por la propia carretera nacional que hace uso de él.

Para evitar la transitada carretera, antes de salir de Sigüeiro podemos hacer uso del carril de aparcamiento (separado de la vía principal) y, ya en el puente, utilizar la acera, asegurándonos antes de que al hacerlo no molestaremos a ningún peatón. Al otro lado del río, habiendo dejado atrás el término municipal de Oroso y adentrándonos ya en el de Santiago, podemos seguir rodando por la acera aprovechando que suele estar bastante vacía.

Tras unos metros de ascenso llegamos a una gasolinera en cuyo supermercado podemos comprar algún tentempié si no hemos sido lo bastante previsores como para hacer acopio de víveres en Sigüeiro, donde disponíamos de todos los servicios deseables (incluso una tienda de bicicletas en caso de necesitar algún repuesto o reparación). Justo antes de la misma, las flechas nos indican que, por fin, debemos dejar la peligrosa nacional y tomar la callejuela ascendente que sale a nuestra derecha. Después giramos a la izquierda y comenzamos a pedalear, en ligera subida, a lo largo de un tedioso tramo en el que vamos siguiendo el trazado de la nacional por carreterillas secundarias, terciarias o cuaternarias, a mayor o menor distancia de la nacional pero sin dejar nunca de oír el molesto ruido del tráfico. Dado que nos hallamos inmersos en el típico terreno gallego salpicado de innumerables casas que no llegan a constituir un casco urbano propiamente dicho, por suerte, también oiremos los sonidos de los animales domésticos (perros, gallinas, vacas, ovejas, caballos, ponis…) y podremos olvidarnos un poco de los coches y camiones.

En nuestro pedalear por este laberinto de pequeñas carreteras asfaltadas no tardamos en salvar nuestra conocidísima autopista AP-9 por un paso elevado (tranquilos, que en esta ocasión no la seguiremos más que unas decenas de metros antes de poder olvidarnos de ella ya de forma definitiva) y pasamos después a un breve tramo de camino de tierra que nos permite recordar que estamos en el campo antes de regresar al asfalto.

Un par de pronunciadas curvas nos acercan de nuevo a la nacional y parecen conducirnos inexorablemente a ella hasta que aparece una flecha amarilla que nos salva (al menos por ahora) y nos invita a adentrarnos en el bosque por un camino de tierra que, para nuestro pesar, no dura mucho y acaba junto a una nave donde giramos a la izquierda por asfalto y parece que, ahora sí, no nos quedará otra que reincorporarnos a la nacional.

Una vez más, cuando estamos ya casi con nuestra rueda delantera sobre el arcén, aparece una flecha amarilla que nos resuelve la papeleta señalando una calle que se va separando poco a poco de la nacional poniendo primero un parque y después varias casas de por medio. Cabe destacar aquí que a nuestra izquierda yace, aparentemente abandonada, una piedra de molino.

Pasado un cruce donde un tremendo casoplón de piedra hace que nos detengamos unos segundos a sacar una foto y a envidiar justamente a sus habitantes, una curva nos conduce una vez más a la nacional a la que estamos destinados.

Una flecha amarilla hace un último esfuerzo a la desesperada de librarnos de nuestro aciago destino mandándonos por un estrecho sendero de tierra. De nada sirve: el sendero va convergiendo poco a poco con la N-550 y, tras salvar un regato por la estrecha acera de un puente, llegamos a una parada de autobús donde no nos queda otra que pasarnos a rodar por el arcén de la nacional.

Hoy es nuestro día de suerte y nuestra aventura por la nacional no dura más que lo que tardamos en recorrer los metros que nos separan del primer cruce que encontramos, donde nos desviamos hacia la derecha para circular entre un colegio y el restaurante, de nombre deslocalizado y con pinta de caro, Mar de Esteiro. Pasamos después bajo las vías del tren y nos topamos de golpe con un repechaco de los que quitan el sentido (¡oh, sorpresa!… quizás no era hoy nuestro día de suerte, después de todo). Un primer tramo de dura subida asfaltada nos deja, después de un mínimo respiro, ante un corto repecho de tierra aún más duro. Después llaneamos unos metros siguiendo una ladera antes de girar a la izquierda y seguir un bonito camino de tierra flanqueado por árboles y grandes bloques de piedra que nos distraen un poco, sin llegar a conseguir disimular la dureza de la nueva subida.

Coronado es ascenso, una breve bajada nos lleva junto a una nave junto a la que debemos girar a la derecha adentrándonos aún más en el bosque. A nuestra izquierda dejamos un hotel, con cafetería y restaurante, con puerta de acceso en dos de sus fachadas para dar así servicio tanto a los peregrinos del camino como a los conductores de la N-550.

De repente, un cartel clavado a un árbol llama nuestra atención. Incrédulos, leemos en él que estamos entrando en un bosque encantado (está bien que avisen de estas cosas para no llevarnos después ningún susto al toparnos con las mouras o trasnos que lo habitan). La verdad es que el bosque es encantador (lo sería aún más sin el ruido de los vehículos pesados que transitan por la cercana carretera), pero el único ser que logramos distinguir es una bruja -o quizás una meiga- aparentemente pintada en otro gran cartel… pero ¿quién sabe? Porque el caso es que, haberlas, haylas.

De lo que sin duda estamos encantados es de circular en dirección a Santiago, pues no es moco de pavo el brutal repecho que descendemos dentro de este bosque y que no debe de ser fácil de ascender en sentido contrario. Con precaución, llegamos así a un regato (rego Salgueiro) cuyo curso seguimos unos metros antes de cruzarlo y salir al raso. Una curva, una nueva entrada en el bosque y, cómo no, un nuevo repecho del que ahora no nos libramos y en el que parece que la gravedad ha decidido aumentar localmente su fuerza.

Superado el reto, nos topamos de bruces con un grupo de naves industriales que nos vemos obligados a rodear girando a la derecha, en un tramo compartido con una de las rutas del Centro BTT de A Susana. Después giramos a la izquierda un par de veces (la segunda junto a un bar) para recuperar nuestra dirección y atravesar el polígono industrial del Tambre donde, a falta de señales, lo mejor es que sigamos todo recto por la amplia acera recientemente construida para los peregrinos hasta salir por el otro extremo.

A nuestra izquierda queda la parte trasera del cementerio municipal de Boisaca donde, si nos interesa, podemos visitar las tumbas de algunas personalidades compostelanas como, por ejemplo, Ramón María del Valle-Inclán (pero solo las de aquellos que no fueron lo bastante importantes como para reposar en el tan fránces «Panteón de los Gallegos Ilustres», en el convento de San Domingos de Bonaval). Pasado el cementerio, entre el tanatorio y una guardería infantil (tan congruente todo), la carretera se estrecha pero, aunque parezca lo contrario, no estamos alejándonos de la civilización, sino entrando ya en el casco urbano de Santiago de Compostela.

Tras incorporarnos hacia la izquierda a otra carretera, las flechas nos indican que debemos tomar otra calle a la izquierda pero, al ser esta dirección prohibida, no pasa nada si seguimos por donde vamos, pues en pocos metros ambas calles vuelven a converger. Después, en un cruce con una enorme avenida (la N-550 ya en su tramo urbano), debemos transformarnos temporalmente en peatones para hacer uso del semáforo que nos permite cruzarla y tomar la calle que sale al otro lado. Siguiendo esta (a nuestra derecha dejamos un crucero moderno) y tomando sucesivos desvíos a la derecha, vamos por una calle bastante elevada que no tarda, tras cruzar una rotonda, en ceder a la gravedad y bajar en picado. Doblando después a la izquierda junto a un lavadero vamos, por la parte de atrás de una fea gasolinera y una horrible hamburguesería, a salir a una nueva avenida que de nuevo debemos cruzar como peatones para seguir después de frente y por la acera (que no por ser ancha requiere que prestemos menos atención a los peatones).

Dejamos a nuestra izquierda un conjunto de edificios administrativos de la Xunta de Galicia y a nuestra derecha el mucho más interesante acueducto altomedieval de Puente Mantible, aún en servicio. Pasamos ante la iglesia de San Cayetano (o Caetano, que suena menos pijo) y, después de cruzar una nueva rotonda como peatones, seguimos de frente ya como vehículos una vez más.

Apenas tenemos tiempo para mirar de reojo, a nuestra izquierda, la fachada clasicista de la capilla de Pastoriza (s. XVIII) cuando ya nos tenemos que desviar a la derecha por la calle de Santa Clara, entre el monasterio del mismo nombre (s.XVII-XVIII) y el mucho más simplón convento de las carmelitas descalzas (orden a la que hace referencia el escudo que adorna su fachada principal).

La rua empedrada pasa a recibir el nombre de Loureiros, o Calle de los Laureles, y merece la pena que nos fijemos en los crípticos bajorrelieves que adornan algunas de sus casas. Entramos así ya en la zona vieja de Santiago, pasando ante la bella fachada de la iglesia renacentista del monasterio de San Martín Pinario (s.XVII) y por la pintoresca Casa da Troia antes de llegar finalmente a nuestro destino: la catedral compostelana.

Camino Inglés desde FERROL

Distancia: 114 km aprox.

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Descripción:

Próximamente…

La tranquilidad rural: SIBIT Malta Noroeste

Provincia: Isla de Malta (Malta)

Distancia: 36 km aprox.

Mapa:

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Descripción:

Perdidas en la zona central del Mediterráneo, entre las costas de Italia, Túnez y Libia, existen numerosas islas de pequeño tamaño. Muchas de ellas pertenecen a Italia pero un pequeño archipiélago, formado por tres islas habitadas y algún que otro islote despoblado, forma desde hace unas décadas su propio país desde que consiguió independizarse del Reino Unido: estoy hablando de Malta.

Meter un país entero en el escaso espacio que ofrecen las islas supone un problema: casi medio millón de malteses (y no pocos turistas) se apiñan en los pocos más de trescientos kilómetros cuadrados de tierra emergida, lo que coloca a Malta en el quinto puesto entre los países más densamente poblados del mundo. Así, en la costa este de la isla principal se agolpan las ciudades sin dejar apenas espacio entre ellas. Sin embargo, existen espacios relativamente grandes escasamente habitados y dedicados aún hoy en buena medida a la agricultura.

En nuestra excursión de hoy vamos a recorrer una de estas zonas tranquilas del noroeste de la isla principal de Malta y, para ello, vamos a hacer uso de una ruta diseñada hace unos años dentro del programa europeo SIBIT (siglas en inglés de Cicloturismo Interregional Sostenible) que se encuentra -o, más bien, debería encontrarse- perfectamente señalizada.

En esta ocasión, para no llevar hasta el archipiélago una de mis propias monturas, conseguí un vehículo en una diminuta y atestada tienda-taller de Buġibba, localidad por la que no pasamos en nuestra ruta, pero que no queda demasiado lejos de ella en algunos puntos. Por 30€ alquilé durante unos días una bicicleta híbrida que había conocido días mejores pero que cumplió su cometido a la perfección. El precio incluía un candado, una bomba, una caja de parches y, por supuesto, un casco, elemento este último del que no debemos prescindir, como comprobaremos en cuanto tengamos el placer de cruzarnos con un par de conductores malteses y descubramos que no se caracterizan precisamente por su delicadeza al volante.

Si algo debe ser tenido en cuenta por los ciclistas en Malta, además del calor criminal que azota estas islas en verano, es precisamente la técnica de conducción suicida que caracteriza a los malteses. En Los anillos de Saturno, W. G. Sebald ponía en boca de dos enfermeras una posible relación entre ambas cosas: «[…] que los malteses, con un desprecio incomprensible hacia la muerte, no conducían por la derecha ni por la izquierda, sino siempre por el lado de la calle cubierto de sombra«. Es una posibilidad, pero lo dudo: no hay tantas sombras en Malta.

Volviendo al programa SIBIT, de entre las cinco rutas incluidas en él dos de ellas discurren por la isla de Malta y ambas parten del mismo punto: la Villa Romana que se encuentra frente a las murallas de Mdina. Como ya he descrito los alrededores de este lugar de salida en la entrada correspondiente a la ruta SIBIT Malta Sudoeste, me permito el lujo de copiar aquí textualmente lo que escribí allí. Quien ya haya leído aquella entrada, puede olvidarse los siguientes párrafos y unirse de nuevo a nuestro pelotón a la salida del casco urbano de Rabat.

Nuestra ruta, como ya he dicho, tiene su punto de inicio en una de las ciudades más bellas de la isla: Mdina y, antes de comenzar a pedalear, merece la pena pasar al interior de sus murallas para conocer la antigua capital de la isla (puede hacerse en bicicleta, pero el elevado número de turistas y carruajes que pasean en todo momento por sus calles peatonales lo hacen poco práctico y peligroso).

Nos encontramos en lo alto de una colina, en la zona central de la isla de Malta, que fue fortificada ya por los fenicios y donde, en tiempos romanos, el gobernador construyó su palacio. La ciudadela que ahora podemos visitar tiene su origen en la época medieval, concretamente entre los siglos IX y XI, años en los que los árabes dominaron la isla antes de ser expulsados por los normandos.

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Paseando por sus estrechas callejuelas podemos admirar bellos edificios, coquetos rincones e impresionantes vistas de la parte este de la isla.

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Entre otras muchas cosas, no hay que pasar de largo la catedral de San Pablo, magnífico edificio barroco oculto tras una discreta fachada, levantado en la transición entre los siglos XVII y XVIII por el arquitecto maltés Lorenzo Gafà después de que un gran terremoto destruyese la iglesia del siglo XII que se erigía previamente en el lugar. Dice la tradición que la catedral se levanta en el lugar donde el gobernador de la isla, San Publio, recibió al apóstol San Pablo después de la llegada de este último a la isla a mediados del siglo I.

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Frente a uno de los laterales de la catedral, en un antiguo seminario construido a mediados del XVIII, se encuentra desde 1897 el museo de la catedral donde, tras la bella fachada barroca con balcón central sostenido por sendos atlantes, se guardan auténticas joyas entre las que destacan varias tallas de Durero.

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Saliendo ya al exterior por la puerta principal de 1724, caminamos hacia el punto de comienzo de nuestra ruta (hacia la derecha, según salimos) disfrutando de las vistas sobre la robusta muralla que demostró su utilidad en 1565, durante el sitio al que los otomanos sometieron a los habitantes de Mdina.

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Nuestro punto de partida no es otro que la Villa Romana, museo de fachada clásica levantado en el lugar donde en 1881 se descubrieron los restos de una casa aristocrática romana (cuyas ruinas excavadas podemos ver en la parte trasera). En el interior se expone una colección de mosaicos. Desde aquí, siguiendo ya las indicaciones del primer cartel que indica nuestro camino, comenzamos a pedalear por la carretera que desciende a la izquierda de la fachada del museo.

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Por esta carretera, rodamos dejando la ciudad de Rabat (nombre que recibe la urbe moderna extramuros de Mdina) a nuestra izquierda. Cuando estamos casi en el extremo sur de su casco urbano llegamos a una carretera perpendicular donde sendos carteles nos dan a elegir un número del uno al dos. En esta ocasión elegimos el 2, alejándonos así de la ciudad.

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Circulamos por una carretera relativamente ancha y bien pintada de las que se esperaría encontrar alrededor de una ciudad como Rabat, con un tráfico no exagerado (dependiendo del día y la hora, claro) y atravesando un paisaje salpicado de muros, casas, fábricas, etcétera. Aunque con subidas y bajadas, la tónica general es ascendente, pues nos estamos acercando a la parte más alta de la isla, en la costa oeste.

Llegamos así a una nueva ciudad… por llamarla de alguna forma, pues la población de Dingli apenas rebasa los tres mil quinientos habitantes. Lo más interesante de la localidad lo vemos a través de las callejuelas que conducen allí: la iglesia parroquial de la Asunción de Santa María, obra de los primeros años del siglo XX que se esconde tras una llamativa portada clásica con un pequeño frontón triangular sobre columnas corintias de fuste liso.

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Poco antes de que la carretera por la que venimos termine de atravesar el casco urbano, una de las flechas que marcan nuestro recorrido nos dice que debemos girar a la izquierda para salir de Dingli -siempre subiendo- en dirección sudoeste. Frente a las últimas casas dejamos a la izquierda la entrada a un parque, desde donde un niño metálico gigante nos observa subido a un triciclo tan grande como él.

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En el siguiente cruce giramos a la derecha para recorrer los últimos metros que quedan de carretera… ¡y de isla! Frente a nosotros, al otro lado de una rotonda, vemos una sencilla ermita que no podría haber sido colocada un metro más allá pues, desde sus mismos cimientos, la roca caliza que conforma el suelo de toda la isla de Malta se precipita de forma casi vertical hasta hundirse en las aguas del mar Mediterráneo.

Esta capilla de Santa María Magdalena data de 1646 y fue construida sobre una obra anterior -como curiosidad, decir que la inauguró un obispo que había nacido en España, Miguel Juan Balaguer Camarasa- en un estilo vernáculo de extrema sencillez tanto en el exterior (planta cuadrangular, tejado a dos aguas y una única ventana circular sobre la puerta sin ornamento) como en su interior, decorado únicamente por una pintura de Paul Camilleri Cauchi. La modesta arquitectura contrasta con la espectacularidad de su localización, casi colgada al borde de los acantilados de Dingli donde, como ya dije antes, Malta se desploma desde su punto más alto -a unos 250 metros de altura- hasta el mar. La posición de la capilla es imitada a poca distancia por un gigantesco radar instalado en 1939.

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Después de admirar las vistas desde la barandilla que rodea la capilla, de descansar en uno de los bancos que hay frente a ella, o de reponer fuerzas en la camioneta que vende bebidas y productos típicos, continuamos nuestra ruta siguiendo la costa en dirección norte según nos indica la flecha del cartel que lleva el número 2 (cuidado, pues también se indica aquí cómo llegar a la ruta 1 que pasa, no muy lejos, al sur de aquí).

Dejando a nuestra izquierda el impresionante radar del que ya he hablado antes y, poco más adelante, un restaurante a nuestra derecha, llegamos a una rotonda donde una carretera se dirige hacia el interior mientras que otra continua recto por la línea marcada por los acantilados de Dingli. A pesar de la ausencia de señales, seguimos esta segunda opción por una carretera en relativo buen estado (aunque en obras cuando pasé yo por allí) hasta llegar a unas lujosas casas que, a nuestra izquierda, cuelgan sobre el acantilado.

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A partir de aquí el asfalto se deteriora significativamente y de nuestra maltrecha bici surgen sonidos que protesta (confiamos en que tales chirridos salgan de la bici y no de los huesos del ciclista) mientras continuamos pedaleando al borde del precipicio en una zona tremendamente expuesta cuando sopla viento noroeste como sucedía durante mi excursión. Las vistas compensan el esfuerzo y nos detenemos con frecuencia para asomarnos al cantil y disfrutar del paisaje, entre carteles que ruegan no lanzar piedras a los campos de cultivo del nivel inferior.

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Llegamos así a un cruce (más bien una explanada) donde nuestra carretera sigue de frente en forma de camino de tierra, aunque a estas alturas es difícil ya encontrar la diferencia con el presunto asfalto por el que venimos. A nuestra derecha, casi en sentido contrario al que traíamos, sale una nueva carretera que debemos tomar a pesar de la ausencia de flechas (los postes que sostenían el cartel aún se encuentran en su sitio y, si nos fijamos, veremos el panel tirado en el suelo).

La carreterilla serpentea en descenso, con algún repecho, entre campos de labor sobre los que sobresalen aquí y allá torres metálicas con molinos de viento. Las tierras se ven también salpicadas de chumberas que aparecen entre los muros de piedra seca. De pronto, el desconchado y casi inexistente firme que había bajo nuestras ruedas se transforma en un negro e impecable asfalto recién echado. Casi sin tiempo para aceptar tan significativa mejora, una flecha que destaca en la esquina de un alto muro nos dice que giremos a la izquierda y, por suerte, el asfalto es también perfecto en esta dirección.

Pero lo bueno nunca dura mucho y la magnífica carretera desaparece tan de golpe como llegó, dando paso a una de firme mucho más deteriorado que continúa su recorrido entre los omnipresentes muros de piedra caliza levantados con la técnica de piedra seca. Un nuevo cruce y de nuevo nuestra carretera mejora su firme aunque, a cambio, pasa a tener más tráfico. Tomamos hacia la izquierda y seguimos sin desviarnos hasta un nuevo y amplio cruce en torno a un parquecillo, donde tomamos de nuevo a la izquierda (señalizado). Pocos metros después de una gran curva en ángulo recto hacia la izquierda (ignoramos el camino de pésimo asfalto que se une por la derecha junto a una chumbera) llegamos a otro cruce similar donde ya no está tan claro que camino debemos tomar y donde la señalización brilla por su ausencia, hecho al que haríamos bien en irnos acostumbrando. En esta ocasión debemos girar a la derecha, en dirección noroeste.

Llegamos poco más allá a un nuevo cruce sin señalizar en torno a una pequeña isleta. Tomamos ahora la carretera que mejor aspecto presenta, a la derecha, que muere en apenas unos metros en otra carretera que tomamos a la izquierda para enfrentarnos a una dura subida. Ignorando la nueva carretera que sale a nuestra derecha terminamos por fin coronando la cuesta que da paso después a una suave bajada con unas maravillosas vistas a la izquierda del asfalto: el mar es visible al fondo, en el hueco dejado en el horizonte terrestre por un valle abierto entre un cortado rocoso y una iglesia que vemos más cerca de nuestra posición.

Esta iglesia, en cuyo perfil destacan la cúpula y la torre que se recortan contra el fondo de mar y cielo, no es otra que la de Mtahleb, consagrada a la Natividad de la Virgen María y construida en 1656. Si queremos acercarnos a ella deberemos tomar el camino que sale inmediatamente antes del muro del edificio que encontramos en la parte baja de la cuesta.

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Pasado este edificio -que es, por cierto, un correccional de menores- la carretera vuelve a subir un poco. Tomamos el desvío de la izquierda para rodar por una carretera que va bordeando el cortado rocoso que hemos visto antes tras la iglesia. Las vistas ahora son precisamente las opuestas: la iglesia colgada de su correspondiente acantilado rocoso (al igual que lo hacen unas casas que vemos situadas sobre una cueva), el valle ante nosotros y, al fondo y a la derecha, el Mediterráneo.

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Pedaleamos por la serpenteante carretera que discurre por la parte alta del cortado en una zona muy expuesta a los elementos y aparentemente deshabitada hasta que, de repente, nos vemos encajonados entre dos chalés. Justo después de salir al otro lado, la carretera se divide en dos y tomamos el desvío de la izquierda en descenso hacia la zona baja del acantilado. En pocos metros, cuando la carretera describe una cerrada curva para proseguir el descenso, nosotros nos salimos por el camino que sale de la parte exterior de la horquilla (la señalización brilla por su ausencia en toda esta zona).

El maltrecho asfalto por el que rodamos ahora dibuja el contorno de la meseta a muy poca distancia del cantil, por lo que las vistas son increíbles, pero la exposición al viento es máxima lo que, en caso de vendaval, supone un desgaste elevado para nuestros cuerpos.

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Luchando contra el viento y acordándonos de todos los muertos de la gente que tira basura -e incluso cambia el aceite al coche- en tan espectacular entorno, salimos de nuevo a la «carretera» que abandonamos unos metros atrás. El asfalto es muy pobre y lo será aún más al llegar a la amplia explanada (también con abundante basura y escombros) que sirve de cruce tan solo unos metros más adelante. Tomamos a la derecha y, aunque parecía imposible, el lamentable asfalto de la carretera empeora aún más, hasta el punto de que no llegamos a tener muy claro si vamos por carretera o por un camino de gravilla o tierra.

Dejamos a la izquierda una gran tienda de campaña con pinta de estar habitada y algo más adelante, cuando el camino gira en ángulo recto a la derecha, nosotros tomamos a la izquierda (casi en línea recta desde donde venimos) por otro camino todavía en peor estado de conservación. Algo más adelante describimos una curva a la izquierda, el asfalto gana algo de enjundia y, en breve, nos topamos con una nueva carretera perpendicular que debemos tomar a la izquierda.

Estamos circulando ahora en dirección norte, y lo seguiremos haciendo después de pasar dos curvas (una a derechas compensada en pocos metros por una a izquierdas). Dejamos a la izquierda el acceso a un conjunto de casas y, algo más allá, llegamos a una nueva carretera -algo más transitada- que en esta ocasión tomamos a la derecha.

Ignorando la primera carretera que aparece a nuestra izquierda, tomamos poco más adelante la segunda en la misma dirección. Al frente, ligeramente a la izquierda, tras el azul mar, vemos asomar la isla de Comino. Ignoramos una primera carretera a la derecha y después, en el cruce, tomamos a la izquierda para emprender un pronunciado descenso por un asfalto muy agrietado que hará traquetear nuestra montura y, posiblemente, nuestros huesos. No debemos dejar que la emoción del descenso nos prive de disfrutar de las magníficas vistas que tenemos, al frente, del norte de Malta y de Comino y, a nuestra espalda, del impresionante cortado calizo.

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Pasamos entre un pequeño grupo de casas y, rodeados de viñedos, chumberas, vencidos postes telefónicos y algún que otro invernadero, vemos que delante nuestro hay una pequeña ciudad donde destaca una gran cúpula. Se trata de la localidad de Mġarr, pero una pronunciada curva a la izquierda nos aleja -por ahora- de su casco urbano.

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Tras un repecho llegamos a un cruce. De tomar a la izquierda llegaríamos, a muy poca distancia, a la bahía de Ġnejna, un popular destino turístico donde una playa de arena (una rareza en esta isla rocosa) se abre a una pequeña cala rodeada de cabañas de pescadores tradicionales. Pero debemos recordar que todo lo que baja tiene que subir, y una ajada señal donde aún se adivina un 21% nos recuerda que esa última tarea no va a ser fácil. Bajar o no bajar, esa es la cuestión: allá cada uno con sus circunstancias y sus fuerzas.

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A la derecha, continuamos el recorrido señalizado en dirección a Mġarr. Antes de llegar a la ciudad, sin embargo, es imposible no fijarse en la casa fortificada de estilo victoriano -ahora un restaurante- que queda a nuestra derecha. Construido a principios del siglo XIX inspirado en la Torre de Londres, este Castello Zammitello es origen de numerosas leyendas (algunas de ellas basadas en la teoría de que el edificio data de 1675). Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que el asesinato de su propietario, el barón Francis Sant Cassia, ocurrido en 1988 en el lugar en el que nos encontramos -frente al edificio-, no se dio por resuelto hasta bien entrado el siglo XXI.

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Llegamos, ahora sí, a Mġarr y la propia carretera por la que venimos nos deja sin novedad en el principal punto de interés de esta tranquila ciudad de menos de cuatro mil almas: la iglesia de la Asunción, construida durante toda la primera mitad del siglo XX e inaugurada en 1946.

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Desde la plazuela que se abre frente a la iglesia y permite contemplar su majestuosa fachada (que recuerda a la de la Rotonda de Mosta que visitaremos más adelante), una flecha casi pegada a la pared de un edificio nos manda girar a la izquierda para continuar nuestro recorrido.

Pedaleamos así en dirección norte, saliendo de la ciudad, disfrutando de los pequeños detalles que la naturaleza maltesa nos ofrece y, si lo necesitamos, parándonos a descansar en el pequeño parquecillo que vemos a nuestra izquierda.

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Llegamos a un nuevo cruce donde, una vez más, podemos elegir si seguir nuestra ruta, a la derecha, o acercarnos a la cercana Għajn Tuffieħa. Ambas opciones son descendentes, por lo que la orografía no ayuda a optar por una u otra opción, si bien de tomar la alternativa de la izquierda nos veremos obligados a regresar a este cruce después de bajar hasta la costa.

En caso de optar por acercarnos hasta el mar, debemos saber en primer lugar que, poco después de iniciar el descenso, dejamos a la izquierda los restos de unos baños romanos (no nos cuesta nada visitarlos, pues están cerca de la carretera, pero lo que se adivina en medio de la excavación es bien poco) y, también, que el punto de la costa al que llegaremos es el aparcamiento que, separando la playa de rojas arenas de Għajn Tuffieħa y la turística playa dorada de Golden Bay, permite acceder a pie hasta la torre de Għajn Tuffieħa (1637) una de las trece fortificaciones costeras construidas por el Gran Maestro Lascaris.

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Ciñéndonos a nuestro recorrido, que habíamos abandonado al llegar a un cruce, giramos a la derecha y emprendemos un descenso que pronto nos lleva a pasar ante el acceso que, a nuestra derecha, permite llegar a Iż-Żebbiegħ, uno de los barrios de Mġarr (separado del nucleo principal donde ya estuvimos). Existen aquí, entre la maleza cercana a las primeras casas, unas tumbas púnicas subterráneas, pero no están señalizadas y son difíciles de encontrar si no se sabe cómo (debido a la falta de información previa yo no pude hacerlo pero, como recuerdo de mi búsqueda, me llevé unas bonitas vistas de la iglesia de la Asunción de Mġarr).

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Pero si no nos hemos desviado de la carretera principal llegaremos también a Iż-Żebbiegħ donde, nada más llegar a las primeras casas, vemos un cartel que nos pide que giremos a la izquierda para abandonar el casco urbano tan rápido como lo alcanzamos, no sin antes llegar a vislumbrar a nuestra derecha la iglesia parroquial de Santa Ana que es, para que engañarnos, bastante feucha (la iglesia, no la Santa).

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Volvemos a salir al campo y pedaleamos por una carretera zigzagueante, ignorando un primer desvío descendente y los dos accesos a una pequeña zona residencial. La tónica general es de tierras cultivadas separadas entre sí por los pintorescos muros de piedra caliza unida sin argamasa. Una flecha nos indica que debemos girar bruscamente a la izquierda para enfrentarnos a un corto repecho. Recomiendo, al hacerlo, que miremos hacia nuestro lado izquierdo para disfrutar del idílico paisaje agrícola de esta poco transitada zona de la isla.

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Un nuevo pueblo nos aguarda un poco más adelante. Se trata de Bidnija, con apenas trescientos habitantes, y lo más interesante del lugar es casi una de las primeras cosas que vemos al llegar: la bonita iglesia de la Sagrada Familia, diseñada por Salvu Zahra y construida entre 1920 y 1922.  En mi caso, tuve también oportunidad aquí de comprobar que en Malta hasta los bomberos viven una vida tranquila y relajada pues, habiendo realizado un considerable despliegue frente a un restaurante, se limitaron a palpar la puerta para ver si estaba caliente, golpearla para ver si alguien abría y, como último recurso, hurgar en la cerradura de la verja metálica. No me quedé a ver el desenlace de la situación y emprendí el descenso dejando la iglesia a mi izquierda, pero el camión de bomberos y el coche de policía que lo acompañaba no tardaron en adelantarme una vez cumplida su arriesgada misión.

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Llegamos a un nuevo cruce (puesto de fruta disponible al otro lado de la carretera, para quien vaya ya escaso de fuerzas) donde debemos incorporarnos a una transitada carretera para seguir recto respecto a la dirección que traíamos. Conviene ser precavidos en el cruce, no solo por tener que cruzar toda la carretera en plena curva, sino por el hecho de que lo primero que vamos a encontrar al incorporarnos a la nueva vía es una pendiente ascendente que nos ralentizará bastante y, sobre todo, porque los coches que nos adelantarán lo harán inmediatamente después de salir de una curva casi ciega, lo que impide que nos vean con antelación (aunque, siendo sincero, dudo que eso sirviese de mucho teniendo en cuenta el poco aprecio que los conductores malteses tienen a reducir la velocidad).

Como con el estrés producido por el denso tráfico no tendremos oportunidad de fijarnos, conviene mencionar que estamos circulando por el borde de la Gran Falla (en la foto, vista desde la parte inferior de carretera que hemos dejado a la izquierda), una inmensa barrera geológica que atraviesa de lado a lado la isla de Malta y que ha sido históricamente utilizada como línea defensiva, teniendo que ser para ello reforzada en algunos tramos para conformar las denominadas Líneas Victoria.

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Por si no hubiésemos tenido coches suficientes llegamos a una rotonda donde debemos seguir de frente, intentando mantenernos vivos (mis reflejos y los chirriantes frenos de mi maltratada bicicleta de alquiler me salvaron por los pelos de que un psicópata motorizado decorase conmigo su capó), para adentrarnos en una ciudad de tamaño relativamente grande -algo más de veinte mil habitantes- y tráfico desproporcionado y caótico.

Estamos en Mosta, donde enfilamos una larga avenida que, tras cruzar el valle Speranza (profunda garganta con bellas vistas en algunos tramos) sin poder apenas apreciarlo debido a que movernos entre el denso tráfico requiere de toda nuestra atención, nos lleva directamente al símbolo de la ciudad: la basílica de la Asunción de Nuestra Señora o, para que nos entendamos todos, la Rotonda de Mosta.

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La Rotonda de Mosta es una gigantesca iglesia neoclásica inspirada en el Panteón romano. Obra del arquitecto Giorgio Grognet de Vassé, fue levantada a mediados del siglo XIX sobre la iglesia renacentista anterior. Y cuando digo «sobre la iglesia anterior» lo digo de forma literal, pues la nueva basílica fue construida alrededor de la antigua mientras esta última seguía en uso, siendo finalmente demolida cuando la nueva ya estaba casi finalizada. Las columnas jónicas que soportan el frontón triangular de la fachada son impresionantes, pero si hay algo que destaca en la Rotonda es su cúpula: un monstruo de casi cuarenta metros de diámetro que presenta gran resistencia a pesar de su tamaño. La prueba más clara se tuvo a media tarde del día 9 de abril de 1942 cuando, durante un bombardeo alemán, cayeron tres grandes bombas sobre la iglesia. Dos de ellas rebotaron sin llegar a estallar mientras que la tercera horadó limpiamente la cúpula y cayó encima de la multitud que asistía a misa. Por suerte para los feligreses esta bomba tampoco estalló y, en lugar de un error de la industria armamentista alemana unida a la buena maña del arquitecto, el hecho fue considerado un milagro. La inmensa gotera causada fue reparada y el proyectil desactivado y arrojado al mar, si bien hoy en día es posible ver una bomba similar en la sacristía de la iglesia (lo que viene siendo la tienda de recuerdos, vamos).

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Como Mosta era un objetivo habitual de los alemanes (la razón de esta obsesión bombardera la explicaré más tarde), a los pies de la Rotonda se construyó un gran refugio aéreo para la población. Este refugio aún puede visitarse (incluyendo visita a la Rotonda y subida a su cúpula, 5€) y, además de sus tétricas galerías, puede verse dentro una exposición de los útiles tradicionales de las profesiones más comunes de la época.

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Retomando las bicicletas, tomamos la calle que sale frente a la Rotonda (cuidado con la flecha, pues algún graciosillo la ha puesto al revés) y continuamos nuestro viaje por una calle cuya superficie ondulada nos hará pensar que vamos montados sobre un caballo desbocado. Llegamos a una rotonda (esta vez es una glorieta, no una basílica) donde giramos a la derecha y, después de unos metros por una transitada avenida, giramos a la izquierda para dirigirnos a los suburbios de Mosta. En la calle que hemos tomado, a nuestra derecha destacando en la parte frontal de un amplio solar sin construir, vemos una interesante casa torreada, pintada de lo que antaño debió ser un tono rojizo, que aún muestra sobre el dintel un prominente escudo de armas. Por el sonido que parece proceder de su interior, hoy en día sus habitantes son ¡gallinas! (quizás me equivoque y el sonido viniese de la parte trasera, pero parecía venir de dentro del edificio).

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Giramos a la derecha al final de la calle y enfilamos una carretera bastante ancha pero sin pintar. A la derecha, poco después de pasar el cementerio local, vemos una nueva torre cuadrangular que en esta ocasión pertenece al edificio conocido como Torre Cumbo por el apellido de su antiguo propietario. De origen pretendidamente medieval, la Torre Cumbo cuenta en su haber con una larga y en ocasiones siniestra historia (desde haber servido como centro de captación de prisioneros de la ciudad en el siglo XVI o de cantina para oficiales durante la Segunda Guerra Mundial, a la romántica y feliz leyenda de la hermosa Marianne, el apuesto Toni y el malvado sirviente turco Haggi). Frente al recinto que rodea la torre, que actualmente es un depósito de agua, oímos los furiosos motores de los karts que usan una pista cercana.

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Continuamos por la carretera y, a la primera oportunidad, giramos a nuestra izquierda para toparnos de frente con los cuidados viñedos de las bodegas Meridiana. Tomando ahora a la derecha, apenas recorremos unos metros antes de cruzar lo que parece una pista de aterrizaje. En efecto, estamos sobre el antiguo aeródromo de la RAF Ta Kali, que vivió sus años de máximo esplendor -y mayor sufrimiento- durante la Segunda Guerra Mundial. El nombre de la base aérea se debe a la adaptación británica del nombre del pueblo donde se asienta, Ta’ Qali, y la proximidad de este a Mosta fue el motivo principal por el que la cercana ciudad fue tan intensamente bombardeada por los alemanes. La pista de aterrizaje ha visto recientemente invadido parte de su asfalto por el inmenso Parque Nacional y, en el extremo opuesto al que nos encontramos, se halla la embajada estadounidense.

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Pero Ta’ Qali no es conocido solamente por la base aérea, sino también por sus estadios. No tardamos, después de una pronunciada curva, en llegar al aparcamiento de los mismos y, tras él, vemos ya el Estadio Nacional. Doblando ligeramente a la izquierda llegamos antes, sin embargo, al Estadio del Centenario, que alberga entre otros los partidos de la selección sub-21 maltesa. Terminando de dar la vuelta llegamos al Millenium Stand, la parte más moderna del Estadio Nacional, sede de la Selección Nacional de Malta (no, no voy a hacer referencia aquí al famoso 12-1… ¡ups!).

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Frente al Millenium Stand, a solo unos metros, encontramos el Pabellón de Baloncesto de Ta’ Qali. ¡Aquí todos los deportistas están en el mismo gueto! Tomamos a la derecha y enseguida pasamos frente al hangar del Museo de la Aviación que, aprovechando las instalaciones de la antigua base aérea, recorre en su exposición de aeronaves toda la historia de la aviación del archipiélago.

Llegamos a un cruce que parece dar acceso a un polígono industrial, pero nos vamos en dirección contraria -a la derecha- para alcanzar el cementerio militar de Imtarfa e, inmediatamente después, llegar a una rotonda donde el tráfico va a empezar a incordiarnos seriamente.

Con mucha, muchísima precaución, cruzamos la rotonda para seguir recto (por si no lo he dicho antes, el hecho de que parezca que hay un carril bici pintado de verde en el suelo no nos ofrece ninguna garantía más allá de saber de qué color será el lugar donde seremos aplastados). Al otro lado encontramos una carretera de dos carriles para cada sentido por cuya acera izquierda recomiendo que nos subamos, por seguridad y para poder así relajarnos un poco y disfrutar de las inmejorables vistas de la majestuosa ciudadela de Mdina que desde aquí vemos en todo su esplendor, destacando tras los viñedos.

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Ignorando (por ahora, pues luego enlazaremos con ella) la carretera que sale a nuestra izquierda, llegamos a una nueva rotonda donde giramos a la izquierda para tomar una nueva carretera con un tráfico aún más pesado si cabe que el que teníamos hasta ahora. Por ello, recomiendo seguir por la ancha acera -lo que nos permitirá fijarnos en las localidades de Mtarfa, a nuestra derecha, Rabat, al frente, y Mdina, a la izquierda- hasta que vemos una de nuestras conocidas flechas que nos pide que giremos a la izquierda.

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Ahora sí, abandonamos la seguridad de la acera para retomar el asfalto en un tramo de carretera muy recto, demasiado recto para que sea casual. El motivo de tal rectitud no es otro que un engaño. Nos han engañado: hemos oído decir que Malta no tiene ninguna línea de ferrocarril cuando eso no es correcto o, al menos, es incompleto. Sí es cierto que Malta no tiene ninguna línea de ferrocarril en activo, pero sí la tuvo en el pasado. El Ferrocarril de Malta fue una única línea férrea que, construida en 1883, unió Valetta con Mdina. En el año 1900 esta línea fue ampliada gracias a un túnel que permitía pasar bajo Mdina y llegar hasta la cercana Mtarfa. Este es el tramo por el que estamos rodando ahora, muchos años después de que fuese cerrado al tráfico ferroviario en 1931 para ser reconvertido en carretera.

La primera prueba de la veracidad de esta historia la vemos en forma de puente: el que ya veníamos viendo cuando veníamos hacia aquí y que nos permite ahora salvar un pequeño valle. La segunda prueba no tarda en llegar: la propia estación que se encuentra aún en pie (una tercera prueba, la entrada al túnel que pasa bajo Mdina, se encuentra a pocos metros de aquí, pero no es sencillo acceder a ella).

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Pasada esta Museum Station la carretera empieza a picar hacia arriba y lo hace muy en serio, y es que Mdina se encuentra a solo unos metros de nosotros y aún debemos salvar un fuerte desnivel para llegar hasta ella. Por suerte, a los pocos metros de subida tenemos una disculpa maravillosa para detenernos: unos baños públicos de tiempos de los caballeros que, aunque muy deteriorados e ignorados por turistas y locales, aún conservan todo el encanto que unos baños pueden tener.

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Pasado lo más duro del repecho alcanzamos la base de las murallas de Mdina y, girando a la derecha y atravesando una zona de aparcamiento, vemos la boca de un túnel, al otro lado del cual nos espera algo que nos resulta familiar: la Villa Romana. Enhorabuena, hemos finalizado nuestro recorrido de hoy.

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La bulliciosa isla turística: SIBIT Malta Sudoeste

Provincia: Isla de Malta (Malta)

Distancia: 28 km aprox.

Mapa:

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Track: Descargar SIBITMaltaSO.gpx

Descripción:

La primera vez que estuve a Malta fue durante un caluroso verano de hace ya muchos años (tantos que incluso el Costa Concordia flotaba aún sobre las aguas del puerto de Valetta en uno de sus últimos cruceros). Tuve entonces ocasión de visitar los principales atractivos turísticos del país: su capital renacentista y las antiguas ciudades de su alrededor, los templos de Tarxien, el bello puerto pesquero de Marsaxlokk (con sus embarcaciones protegidas por impresionantes ojos pintados), la desaparecida Azure Window (en la isla de Gozo), la idílica -pero saturada- Laguna Azul (en la diminuta Comino)… Tengo en mi archivo fotográfico bonitas imágenes de todos esos lugares que prueban que estuve allí, pero en mi recuerdo solo quedaba una sensación: CALOR. Un terrible calor que derretía hasta las piedras mientras yo trataba de arrastrarme a duras penas -y sin perecer en el intento- entre un punto y otro, siempre intentando cumplir los rigurosos horarios malteses (todos los museos cierran antes de las cinco de la tarde) en su por entonces lamentable sistema de transporte público.

Nunca he sido persona de conceder segundas oportunidades, pero creía que el pequeño archipiélago mediterráneo lo merecía, por lo que decidí hacer con él una excepción… eso sí, tomando mis medidas: ir en pleno invierno y fuera de periodos vacacionales, limitar esta vez mi viaje a la isla principal del país y, por supuesto, utilizar para mis desplazamientos el medio de transporte más fiable que existe (si alguien necesita que aclare de cuál estoy hablando ¡ya puede ir saliendo de esta página!).

Dado que el tráfico de la isla es intenso y salvaje (no por el hecho de que se deba circular por la izquierda, algo a lo que ya estoy acostumbrado, sino más bien porque cada conductor circula por donde y como le da la realísima y soberana gana), decidí también evitar las zonas más pobladas del país, que vienen siendo la zona este y la costa sudeste de la isla de Malta. Esto dejaba fuera de mi alcance algunos objetivos turísticos (que, por otra parte, ya había visitado), pero me daba vía libre para rodar enlazando otros muchos puntos interesantes incrementando mis probabilidades de no ser atropellado en el intento.

Curioseando en internet descubrí que los omnipresentes fondos FEDER de la Unión Europea (aunque en inglés se refieran a ellos como ERDF) sufragaron hace tiempo un programa para fomentar el cicloturismo en las principales islas del Mediterráneo central. Así, bajo el nombre genérico de Programa SIBIT (siglas en inglés de Cicloturismo Interregional Sostenible), se diseñaron y señalizaron hace ya más de un lustro ocho rutas para realizar en bicicleta: cinco en Sicilia (en realidad una sola dividida en cinco etapas), dos -interconectadas- en la isla de Malta y una última circunvalando Gozo. De todas, voy a describir aquí la bautizada como Malta Sudoeste (y señalizada por carteles con el número 1), que pasa por los principales objetivos turísticos de la mayor isla del país. (La otra ruta de la isla, señalizada con el número 2, la describo en mi entrada correspondiente a SIBIT Malta Noroeste).

Y una vez listos para pedalear solo nos falta una cosa obvia: los pedales. Después de una ardua búsqueda (no es que sea difícil alquilar una bici en Malta, lo complicado es hacerlo en invierno) localicé un pequeño y caótico taller en Buġibba, junto a la Bahía de San Pablo, donde por un precio asequible (30€) pusieron a mi disposición durante unos días una bicicleta híbrida aceptablemente apañada, aunque bastante maltratada ya por la vida (a juego con el ciclista en este sentido). Las únicas pegas de Ecobikes Malta, como se llama la tienda, son dos. A saber: que no abre los domingos (lo que puede -o no- afectar a nuestros planes) y que está relativamente separada del punto de inicio de nuestra ruta (no muy lejos en distancia, pero para llegar tendremos que ascender un buen puñado de metros por una carretera de tráfico enfermizo que sería agradable poder evitar).

Una vez discutidos los detalles empezamos a pedalear…

Bueno, mejor vamos a esperar un poco más aún. Y es que nuestra ruta tiene su punto de inicio en una de las ciudades más bellas de la isla: Mdina y, antes de comenzar, merece la pena pasar al interior de sus murallas para conocer la antigua capital de la isla (puede hacerse en bicicleta, pero el elevado número de turistas que pasean en todo momento por sus calles peatonales lo hace poco práctico y un tanto peligroso).

Nos encontramos en lo alto de una colina en la zona central de la isla de Malta que fue fortificada ya por los fenicios y donde, en tiempos romanos, el gobernador construyó su palacio. La ciudadela que ahora podemos visitar tiene su origen en la época medieval, concretamente entre los siglos IX y XI, años en los que los árabes dominaron la isla antes de ser expulsados por los normandos.

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Paseando por sus estrechas callejuelas (con cuidado de evitar los carruajes que pasean a los turistas) podemos admirar bellos edificios, coquetos rincones e impresionantes vistas del lado este de la isla.

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Entre otras muchas cosas, no hay que pasar de largo la catedral de San Pablo, magnífico edificio barroco oculto tras una discreta fachada, construido en la transición entre los siglos XVII y XVIII por el arquitecto maltés Lorenzo Gafà después de que un gran terremoto destruyese la iglesia del siglo XII que se erigía en el lugar. Dice la tradición que la catedral se levanta en el mismo lugar donde el gobernador de la isla, San Publio, recibió al apóstol San Pablo después de la llegada de este último a la isla a mediados del siglo I.

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Frente a uno de los laterales de la catedral, en un antiguo seminario construido a mediados del XVIII, se encuentra desde 1897 el museo de la catedral donde, tras la bella fachada barroca con balcón central sostenido por sendos atlantes, se guardan auténticas joyas entre la que destacan varias tallas de Durero.

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Saliendo ya al exterior por la puerta principal de 1724, caminamos hacia el punto de comienzo de nuestra ruta (hacia la derecha según salimos) disfrutando de las vistas sobre la robusta muralla que demostró su utilidad en 1565, durante el sitio al que los otomanos sometieron a los habitantes de Mdina.

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Nuestro punto de partida no es otro que la Villa Romana, museo de fachada clásica levantado en el lugar donde en 1881 se descubrieron los restos de una casa aristocrática romana (ruinas que podemos ver en la parte trasera). En el interior se expone una colección de mosaicos. Desde aquí, siguiendo ya las indicaciones del primer cartel que indica nuestro camino, comenzamos ya a pedalear por la carretera que desciende a la izquierda de la fachada del museo.

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Por esta carretera rodamos dejando la ciudad de Rabat (nombre que recibe la moderna urbe extramuros de Mdina) a nuestra izquierda. Cuando estamos casi en el extremo sur de su casco urbano llegamos a una carretera donde sendos carteles nos dan a elegir un número del uno al dos. Por ahora elegimos el 1 y, consecuentes con nuestras decisiones, giramos a la izquierda y pedaleamos hacia el centro de la ciudad. En pocos metros nos topamos de frente con la fachada de una iglesia que, bajo la advocación de Santo Domingo y la Virgen, da servicio al monasterio dominico que se encuentra junto a ella y que fue reconstruido en el siglo XVII después de haber sido utilizado como cuartel por las tropas otomanas. Lo más reseñable de la iglesia es la talla en mármol de la Virgen que existe en su interior y de la que cuentan que llora sangre (y parece que a nadie se le ha ocurrido llevarla al oculista para hacérselo mirar).

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Girando a la derecha salimos de Rabat y pedaleamos hacia el sur por una ancha carretera por la que no será extraño que adelantemos -o nos adelante- algún carricoche tirado por caballos de los que abundan en la isla.

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A nuestra izquierda, sobre una boscosa elevación del terreno, no tardan en aparecer las torres calizas del Palacio Verdala, construido en 1586 -en estilo renacentista- por orden del Gran Maestro de la Orden de San Juan Hugues Loubenx de Verdalle, ampliando el pabellón de caza que ya existía en el lugar. Actualmente es la residencia de verano del Presidente de Malta y no es visitable, por lo que ignoramos la entrada al mismo que aparece a nuestra izquierda. Lo que no debemos ignorar es el puesto de venta ambulante de frutas que suele haber en la explanada frente a la reja de las puertas del palacio y que, como los muchos que encontraremos en nuestro pedalear por Malta, nos puede servir para aprovisionarnos.

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A continuación la carretera se divide en dos y, tomando la opción de la izquierda, llegamos a un punto donde un nuevo cartel nos hace desviarnos en ángulo recto a la izquierda para adentrarnos en la masa boscosa que ya hemos ido intuyendo en el último tramo. Se trata de los Buskett Gardens, una de las escasas zonas arboladas de la isla que fue replantada en la época del Gran Maestro Lascaris (esto es, en el siglo XVII) como área de caza y para la práctica de la cetrería (en tiempos más antiguos Malta estuvo cubierta por bosques, pero fueron talados para dejar espacio a la agricultura y para la obtener madera para la construcción de embarcaciones). Además de turistas, es frecuente encontrar en la zona a multitud de malteses refugiándose del cálido clima mediterráneo en el frescor creado por el bosque. A nuestra espalda, el siempre visible Palacio Verdala vigila sus jardines.

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Después de dejar atrás la zona de aparcamiento de Buskett Gardens (hay unos servicios públicos a pocos metros, por si la necesidad apretase) ascendemos para salir del bosque y giramos a la izquierda. Inmediatamente después una señal nos indica que sigamos de frente, pero vamos a permitirnos el lujo de ignorarla por ahora para dirigirnos a nuestra izquierda donde, después de pedalear un par de minutos, vemos un cartel a nuestra derecha que nos dice que hemos llegado a Clapham Junction. Aunque la entrada para vehículos está cerrada, desmontamos y, haciendo uso del paso para peatones abierto en la pared de piedra a la izquierda del camino de acceso, pasamos al interior del recinto para avanzar unos metros por asfalto y después girar a la derecha por el camino de tierra (más bien piedra). Recomiendo dejar aquí nuestras bicis y continuar a pie.

Clapham Junction -nombre popular que recibe este lugar y que yo voy a utilizar para evitar tener que escribir cada vez Misraħ Għar il-Kbir, que es como realmente se llama- no es sino una gran explanada de roca caliza con una peculiaridad: su pétrea superficie está completamente surcada por profundas roderas. No se trata de las únicas huellas de este tipo que pueden encontrarse en Malta, pero sí del lugar donde se hallan en mayor número. Nadie sabe cuál es su origen. Se especula que fueron creadas por las ruedas de madera de los carros que circulaban por este terreno fácilmente erosionable al principio de la Edad del Bronce (sobre el 2000 a.C.), pero también hay quienes dicen que en realidad fueron trineos los causantes de las huellas e incluso que se trataba de canales para el regadío. Por último hay quien opina que son mucho más recientes, concretamente del período fenicio (s. VII a.C.). Sea como fuere, las roderas se cruzan una y otra vez, convergen o divergen por toda la zona. Recorriendo estas marcas milenarias podemos dejar volar nuestra imaginación y hasta elaborar nuestra propia teoría: ¿serían realmente primitivas bicicletas las que pasaron por aquí?

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Pero Clapham Junction está en Londres y ya he dicho que este lugar se llama realmente Misraħ Għar il-Kbir, que significa «la gran cueva». ¿Por qué un nombre como ese para una explanada así? Para responder a esta pregunta solo tenemos que caminar unos metros más, con cuidado de no caernos… ¡en la cueva!

Nos hallamos al borde de un inmenso agujero: una dolina formada por el derrumbe del techo de una gran caverna que ha dejado a la intemperie la entrada a las ocho cuevas más pequeñas que la rodean. Si descendemos y nos abrimos paso a través de la densa vegetación del fondo podremos acceder a las cuevas (distribuidas en dos niveles) para hallar signos de ocupación humana -muros, nichos, alacenas…-, pues este lugar estuvo habitado durante muchos años por auténticos trogloditas malteses que las utilizaron para refugiarse de las inclemencias meteorológicas hasta el reciente siglo XIX. Y, si el temor a toparnos con alguna alimaña nos reprime el deseo de explorar las cuevas, es bueno recordar que el bueno de San Pablo tuvo el detallazo de quitar el veneno a todas las serpientes de estas islas.

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Debemos ahora recuperar nuestras bicis y deshacer los últimos metros para regresar al punto donde decidimos ignorar la señalización al poco de haber abandonado los Buskett Gardens. Obedecemos, ahora sí, a la flecha con la precaución de haber puesto antes un desarrollo suave, pues toca subir. Y toca subir porque la isla principal de Malta es básicamente un plano inclinado de roca caliza. Así, mientras en el lado este las ciudades descienden suavemente hasta tocar el mar en bonitos paseos marítimos, la costa oeste consiste en una larga sucesión de acantilados que se precipitan hacia el mar desde alturas que superan con creces los doscientos metros. Es hacia ese punto hacia el que nos dirigimos: hacia los acantilados de Dingli.

Nuestra carreterita desemboca en otra transversal al otro lado de la cual parece no haber nada más que azul. Estamos en los acantilados. Aunque aquí haya desaparecido el cartel que nos debería decir qué hacer, debemos girar a la izquierda y seguir la línea del precipicio. A la izquierda, tras una pequeña franja de hierba, queda la cantera de roca caliza que ya estropeó hace un rato nuestras vistas desde Clapham Junction (donde, por cierto, se encuentra Ta’Dmejrek, el punto más elevado de Malta a 253 metros sobre nivel del mar). A la derecha tenemos múltiples oportunidades de acercarnos al borde del cantil a disfrutar de las espectaculares vistas.

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Un poco más adelante la carretera parece doblar ligeramente hacia el interior. Vemos a la derecha, sin embargo, un camino bastante frecuentado por turistas y gente local. En función del tipo de montura que llevemos podremos tomarlo o desmontar para internarnos en él a pie, pues merece la pena acercarse hasta el saliente rocoso que vemos en la lejanía y donde en la lejana Edad del Bronce hubo un asentamiento humano del que apenas quedan algunos restos de muros y, lo más interesante, unos curiosos agujeros excavados en la roca del suelo de los que cuentan cumplían el papel de silos. En todo caso, las vistas desde este lugar son impresionantes.

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Una amable señora me informa, en impecable maltés -hasta que se da cuenta de que no hablo ese idioma y se ve obligada a repetir otra vez la información en inglés-, de que existe un camino que desciende unos metros para, ya por asfalto, permitirme atajar en mi recorrido de hoy. Esa ruta concuerda con la propuesta en el libro electrónico Cycling Malta, de J. Henwood y E. McMahon, para visitar las capillas de Nuestra Señora del Monte Carmelo y la de la Anunciación (ambas del s. XVIII) que se encuentran en la zona, pero yo he venido aquí a hacer mi propia ruta (o más bien la del programa SIBIT) y mi bici híbrida no da para andarse saliendo mucho del asfalto con ella, por lo que regreso por donde he venido hasta la carretera y pedaleo hacia el interior siguiendo escrupulosamente los carteles.

Descendemos por una estrecha carretera que atraviesa nuestra ya conocida cantera y, al otro lado y después de un par de pronunciadas curvas, se adentra en un amplio valle. A la derecha dejamos el camino de acceso al palacio Girgenti, del siglo XVII, otrora residencia veraniega del inquisidor de Malta y hoy una de las residencia del presidente del país (quien, por cierto, poco antes de mi visita a la isla acababa de dimitir tras verse salpicado por el asesinato con coche bomba de una periodista que investigaba un caso de corrupción). Ignoro si es posible visitar el palacio pero a mi paso por allí estaba cerrado a cal y canto, por lo que continué camino sin detenerme más que a disfrutar unos minutos de las vistas del valle y, poco más adelante, a tomar una foto de una pequeña capilla que descubrí junto al asfalto.

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Llegamos así a un cruce donde nuestras queridas señales pueden conducir a error por el sencillo hecho de que nuestra ruta pasa por aquí dos veces. Ignoramos la carretera que surge a nuestra izquierda en la rotonda y, en su lugar, continuamos recto tan solo unos metros para tomar después el desvío a la derecha en una nueva carretera que empieza de inmediato a subir. A nuestra izquierda tenemos el alto muro que rodea el viñedo de unas bodegas por cuya puerta no tardamos en pasar. A la derecha, en lo alto de un monte cercano, vemos una ermita y, sobre todo, una gran cruz metálica que llevamos ya un rato viendo en lontananza y que nos servirá de referencia durante gran parte de nuestro recorrido de hoy. Pasamos de largo por un cruce donde, desde una hornacina en la esquina de una casa, nos observa una escultura de Cristo. A la izquierda, una escultura blanca mucho peor integrada en el paisaje muestra un cartel según el cual un antiguo obispo maltés nos otorga cuarenta días de indulgencia si rezamos un credo. Récelo quien lo sepa y continuemos.

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Si hace buen tiempo es un placer pedalear por esta maltrecha carretera flanqueada por pequeños muros de piedra seca (en mejor o peor estado de conservación) que nos separan de las tierras de labor. Llegamos más adelante a un cruce donde la carretera parece dividirse en dos: una opción elevada que gira a la derecha (por donde llegaríamos aquí de haber tomado el atajo desde los acantilados de Dingli del que hablé hace ya unos kilómetros) y una a menor altura que desemboca en pocos metros en una carretera recién asfaltada. Tomamos esta segunda opción y, ya en el impecable asfalto, nos desviamos a la izquierda, hacia el este.

Apenas llevamos unos metros de esta nueva carretera recorridos cuando algo llama nuestra atención en las tierras a la derecha del asfalto. Estamos viendo el acueducto de Fawwara, una canalización de aguas construida en la época victoriana (s. XIX) después de un largo periodo de sequía. Y es que, como ya habremos notado, los ríos de Malta que merezcan ese nombre son más bien poquitos… por no decir ninguno.

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Llegamos a la intersección con una nueva carretera que debemos tomar a la derecha. Notamos que una tercera vía que sale casi frente a nosotros (ligeramente más a nuestra izquierda) es llamativamente recta y ancha. Y es que, a pesar de las apariencias, lo que vemos no es una carretera (aunque lleve muchos años sirviendo como tal) sino la pista de aterrizaje de una base de la RAF de la Segunda Guerra Mundial (de breve vida, fue construida en 1940 y dejó de utilizarse en 1945).

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Pedaleamos ahora hacia el suroeste, de vuelta a la costa, no sin antes disfrutar de una vista mucho más cercana del acueducto de Fawwara, que parece morir bajo el asfalto sobre el que transitamos (en realidad sus restos continúan todavía unos metros más hacia el otro lado).

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Con la velocidad del descenso no tardamos en llegar a una rotonda donde giramos a la izquierda. Nos ponemos ahora en paralelo al mar y comenzamos una subida tendida por una carretera que no tarda en doblar ligeramente hacia el interior en una zona dominada por las canteras dedicadas a la explotación de la roca caliza de la que está compuesta toda la isla. Al fondo a la derecha ya alcanzamos a vislumbrar nuestro próximo destino en forma de gran carpa blanca (pero tranquilos, que por ahora no vamos a ir al circo).

La carretera vuelve a picar hacia abajo en un tramo que se va poblando cada vez más de turistas. El motivo no es otro que la proximidad de un par de lugares reconocidos por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad: los templos prehistóricos de Ħaġar Qim y Mnajdra. El acceso a los mismos queda a nuestra derecha, así que abandonamos nuestra ruta por un rato y recorremos los pocos metros que nos separan de su centro de visitantes, frente al que encontramos un práctico aparcamiento para bicicletas (y un puestecillo ambulante de comidas y bebidas).

Después de pasar por taquilla para abonar religiosamente los diez euros que cuesta la entrada al recinto (en el piso inferior existe una consigna donde podemos dejar gratis nuestros cascos y/o alforjas si no queremos andar paseándolos durante nuestra visita) nos encaminamos a pie hacia el templo más cercano, el de Ħaġar Qim, desde el cual se accede posteriormente al de Mnajdra (ambos están separados por un paseo de varios cientos de metros y no poco desnivel).

Se trata, como ya he dicho, de dos templos megalíticos de roca caliza (existen muchos de este estilo en Malta, destacando el subterráneo Hipogeo de Ħal Saflieni) que se remontan al periodo Ġgantija, que se corresponde, grosso modo, al cuarto milenio a.C., es decir, que estamos hablando de monumentos que ya estaban construidos cuando otros como las pirámides egipcias o el Stonehenge británico no eran aún más que piedras tiradas por el monte. Su estado de conservación es más que aceptable teniendo en cuenta la fragilidad de la roca caliza de la que están hechos, pues tan solo el perímetro exterior del templo de Mnajdra es de roca coralina, un poco más dura que la globigerina de la que está construido el resto. Merece la pena recorrerlos con calma, fijándose en los detalles y leyendo los carteles informativos que nos darán mucha más información de la que yo pudiese aportar aquí (razón por la que no voy a extenderme mucho). Sorprende conocer la precisión con la que alinearon en Mnajdra la entrada principal del templo con los principales eventos solares del año, lo que nos lleva a asombrarnos ante el alto grado de conocimientos astronómicos que tenían estas gentes «primitivas».

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Después de este inigualable viaje de la imaginación a los siempre sorprendentes tiempos prehistóricos, emprendemos el camino ascendente de vuelta al centro de interpretación, no sin antes darnos un paseo por los senderos de una zona de privilegiadas vistas sobre el islote deshabitado de Filfla donde, entre los siglos XIV y XIX, existió una pequeña ermita en una cueva (destruida por un terremoto) y que durante la Segunda Guerra Mundial se convirtió en blanco de las prácticas de tiro de la RAF. Su diminuta vecina, la roca de Filfoletta, apenas es visible desde aquí, escondida tras su hermana mayor. Aunque parezcan cercanas, se encuentran a unos cinco kilómetros de distancia, así que espero que a nadie se le ocurra acercarse a nado ya que, además, se trata de una zona protegida de acceso restringido.

Abundancia de turistas aparte, en medio de este desolado y agreste paisaje las enormes estructuras que protegen los templos de la intemperie parecen extraños ingenios plantados aquí por extraterrestres.

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Recuperando nuestras bicis y demás efectos personales, es hora de retomar también nuestra ruta durante tan solo unos minutos. Saliendo del aparcamiento, regresamos a la carretera por la que veníamos (girando para ello a la derecha) y descendemos un tramo hasta que uno de nuestros ya conocidos carteles nos ordena girar a la izquierda. Haciendo uso de nuestro libre albedrío, lo ignoramos, pero nos detenemos solo unos metros más adelante en el mínimo aparcamiento atestado de turistas que, a la derecha de la carretera, da acceso a un balcón colgado sobre el mar (al circular por la izquierda, debemos ser muy precavidos para cruzar la carretera, pues estamos en medio de una curva y en una vía muy transitada).

Dejamos nuestras bicis en el aparcamiento y descendemos unos escalones hasta el pequeño parque que ocupa la parte alta del acantilado y que sirve de mirador a uno de los grandes espectáculos naturales de Malta (quizás el mayor de ellos tras el derrumbe hace unos años de la Azure Window de Gozo): Blue Grotto. La Gruta Azul.

Reprimiéndonos las ganas de colaborar con la selección natural dando un pequeño empujoncito a los cantamañanas que se hacen selfies en precario equilibrio sobre el muro de protección (y que en muchos casos son los mismos que momentos antes pusieron en riesgo nuestras vidas adelantándonos peligrosamente cerca con sus lujosos deportivos), podemos admirar desde aquí esta monumental estructura geológica donde la erosión del mar ha ahuecado la roca creando un espectacular arco (las cuevas marinas abundan en Malta pero, como ya he dicho, desde el colapso de Azure Window esta es la estructura de este tipo más impresionante del país). Vemos que los marineros locales hacen su dinero paseando a los turistas en sus embarcaciones por la cueva y sus alrededores por lo que, si así lo deseamos, podemos descender hasta el pequeño puerto desde donde embarcar en uno de estos botes.

Nosotros, sin embargo, nos contentamos con admirar desde aquí el paisaje (con Filfla al fondo) que cubre toda la ensenada formada por el relativamente profundo valle que tenemos a un lado y donde no es raro ver a escaladores practicando. En el balcón donde nos encontramos es posible también que encontremos a un aficionado a la cetrería disfrazado para la ocasión y exhibiendo sus aves rapaces (y que nos permitirá fotografiarnos con ellas por una módica propina).

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Después del baño de multitudes del mirador de la Gruta Azul salimos con precaución del aparcamiento y ponemos un desarrollo suave para enfrentarnos a la rampa que nos espera al comienzo de la carretera que sale de la vía principal casi frente a nosotros. Superada esta primera cuesta, disfrutamos de las bonitas vistas sobre el valle que ya mencioné unas líneas más arriba y nos preparamos para disfrutar de un tramo muy tranquilo que discurre con continuas curvas entre los característicos muros de caliza construidos mediante la técnica de piedra seca. Aquí y allá, algún árbol frutal asoma sus ramas al asfalto.

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Pronto llegamos a la parte trasera de una pequeña capilla que honra a San Mateo. Pese  a que no puede negársele un cierto encanto, lo más interesante lo encontramos en este caso en uno de sus laterales, tras descender los irregulares peldaños de una empinada escalera de piedra: hemos llegado a la dolina de Il-Maqluba, un profundo socavón que se formó durante la noche del 23 de noviembre de 1343 (no es que lo recuerde, es que está documentado) cuando el techo de una caverna subterránea se derrumbó a causa de una tormenta y/o terremoto (en este punto la documentación no es tan precisa como en la fecha). El agujerillo que se formó supera con creces los cincuenta metros de diámetro, con unos quince de profundidad, y el fondo del mismo es una reserva ecológica por derecho propio, con una amplia variedad de especies vegetales que, a su vez, acogen a otras animales. Todo esto lo podemos contemplar desde un mirador (protegido por una alta valla) en su parte superior pues las «escaleras» labradas en la roca que permitían descender hasta la parte más baja no inspiran mucha confianza (antes de que ninguna alma de cántaro intente descender, creo preciso recordarle que debe tener siempre en mente el camino de regreso, que no parece nada sencillo). Yo, que carezco de instintos suicidas, me abstuve de arriesgarme.

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Antes de abandonar el lugar creo interesante recordar que la tradición oral propone que en este lugar habitaba una comunidad de vida poco ejemplar cuyo comportamiento quiso corregir Dios mediante la mujer de vida ejemplarizante a la que envió a vivir junto a ellos. Dado que los incorregibles hippies medievales no desistieron en su actitud, el Todopoderoso decidió dejarse de tonterías e hizo que se los tragara la tierra, literalmente. La nueva vecina, que seguía portándose correctamente pese a las malas influencias, sobrevivió ilesa aunque -y esto lo supongo yo, pues la tradición no dice nada al respecto- el susto debió ser de aúpa.

Después de disfrutar de un merecido descanso en el parquecillo frente a la iglesia, retomamos nuestro pedalear adentrándonos en el casco urbano de Qrendi. Dado que no pude encontrar aquí ninguna señal, informo de que lo correcto es tomar unos metros a la izquierda (dejando atrás la portada de la capilla) y en la primera calle girar en ascenso a la derecha, por donde seguiremos recto hasta volver a ver alguna de nuestras conocidas flechas.

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Llegamos así a una plaza presidida por la iglesia parroquial de Qrendi, dedicada a la Asunción y construida en estilo barroco entre 1620 y 1712. Como no podía ser menos, el diseño de la iglesia lleva la firma de Lorenzo Gafà.

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Sin salir de la propia plaza vemos un edificio coronado por la bandera local que tiene aspecto de ser una institución oficial pero cuya verdadera función de club es delatada por el volumen de la música que sale de su interior. Siguiendo las señales tenemos oportunidad, antes de abandonar este pueblo de apenas tres mil habitantes, de atravesar gran parte de su casco urbano y disfrutar del ambiente maltés alejado de las multitudes turísticas, con los vecinos sentados al serano a la puerta de sus casas.

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Decimos ya adiós a Qrendi girando a la derecha a la altura del último edificio del pueblo y, después de cruzar otra pequeña carretera, nos unimos a otra de mayor tamaño y relativamente transitada para pedalear por ella en dirección oeste entre los muros y tierras de labor que ya empiezan a sernos familiares. Estamos cerca de una de las pistas de aterrizaje del Aeropuerto Internacional de Malta, por lo que no es tampoco raro que algún avión nos pase cerca (aunque no rozándonos, como sí es preocupantemente frecuente que hagan los coches).

Con la salvedad de una estatua de la Virgen que dejamos a nuestra izquierda y que es casi mejor olvidar (por la carreterita que sale frente a ella encontraríamos a pocos metros una pequeña capilla mucho más bonita), llegamos sin novedad a una rotonda ovalada donde giramos a la derecha para toparnos de inmediato con otra que da acceso a una ciudad. Estamos a punto de entrar en Siġġiewi o Città Ferdinand, como tambien se conoce a esta ciudad de aproximadamente nueve mil habitantes.

En la rotonda seguimos de frente, por la carretera de circunvalación que abandonaremos tan solo unos metros más adelante por una ancha calle en subida que aparece a nuestra izquierda y que, después de un giro a la izquierda, nos deja en una amplia plaza dedicada a San Nicolás y presidida por una estatua del mismo. En la plaza vemos también una iglesia dedicada a San Juan Bautista, pero lo que más llama la atención lo vemos un poco más arriba y es la gran iglesia de San Nicolás, construida en el siglo XVII sobre las ruinas de una iglesia anterior (ruinas del siglo XV que aún se conservan en su interior). El estilo de la iglesia es, como corresponde a su época de construcción, barroco y su arquitecto fue -jamás lo adivinaríais- un tal Lorenzo Gafà, cuyo nombre quizás os suene de algo.

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Dejando la iglesia a nuestra derecha, callejeamos por Siġġiewi hasta abandonar el caso urbano por la carretera del cementerio, el cual dejamos a la derecha. Algo más adelante, también a la derecha, distinguimos entre los muros que bordean el asfalto lo que queda de lo que parece la portada de una pequeña capilla, con una serie de hornacinas conteniendo esculturas religiosas sobre un arco de medio punto hoy tapiado.

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Dejamos a la izquierda una carretera que nos resulta familiar, y el motivo no es otro que el hecho de que ya hemos pedaleado antes por ella. Nos encontramos en el punto que sirve de enlace central al lazo que compone nuestro recorrido de hoy. Ignorando ese desvío llegamos a la rotonda ya mencionada más arriba, donde tomamos ahora a nuestra derecha después -en caso de necesitarlo- de avituallarnos en el camión dedicado a la venta ambulante de frutas que a veces se instala en el cruce.

Tomando a la derecha, como digo, nos adentramos en una carretera similar a la mayor parte de las que ya hemos recorrido hoy: asfalto aceptable, sin cunetas, rodeado de muros que nos separan de las tierras de labor y con un tráfico fluido pero continuo que nos adelanta sin miramientos. A nuestra izquierda dejamos una pequeña ermita de finales del siglo XVII, dedicada a San Blas, cuyo entorno muestra un lamentable estado de abandono.

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Estamos ya en la recta final de nuestra excursión de hoy y, como prueba, vemos frente a nosotros la colina coronada por la ciudadela de Mdina. En otra elevación del terreno, a nuestra izquierda, alcanzamos a ver el palacio de Tal-Virtù y la iglesia redonda del mismo nombre, construida a principios del siglo XVIII bajo la advocación de la Asunción.

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La carretera, que ya habíamos notado que venía picando para arriba, se quiere hacer notar en estos últimos metros del recorrido y se empina más de lo que a nuestras piernas les gustaría. Un último esfuerzo (en realidad es aún el penúltimo, pero no nos conviene que nuestras piernas se enteren) nos permite salir de la carretera hacia el aparcamiento que vemos a la izquierda, con un bonito edificio acastillado a la derecha y dominado por una extraña estructura que desde lejos parece una fuente pero que, al acercarnos, se desvela como un palco (debemos tener cuidado si subimos a él por la escalerilla metálica, pues uno de sus dos tramos está asentado sobre el suelo de forma un tanto precaria). Esta logia fue construida -¡cómo no!- por Lorenzo Gafà en 1696 con un propósito un tanto curioso: que el Gran Maestro de la Orden de San Juan presidiese las carreras de burros que tenían lugar en este lugar con motivo de la festividad de San Pedro y San Pablo.

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Las flechas nos indican que pasemos por el callejón que asciende a la izquierda de la estructura y llegamos así a un tramo de acera que nos permite ascender unos metros separados del transitado asfalto. Pero lo bueno nunca dura mucho y nuestro carril muere unos metros más adelante bajo una señal de tráfico. Saltando el bordillo, no nos queda otra que buscar un hueco entre el denso tráfico para terminar el duro ascenso. Desde la zona elevada al otro lado de la calle, los clientes de las terrazas observan nuestras arriesgadas maniobras.

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En pocos metros, habiendo dejado a la derecha una monumental fuente, entre otros bellos edificios, llegamos a un cruce donde, frente a una gasolinera, debemos girar a la derecha para adentrarnos en el caso urbano de Rabat. El cruce, inmediatamente después de la rotonda que acabamos de pasar, es complicado, por lo que recomiendo tomar todas las precauciones para evitar acabar bajo las ruedas de un coche (insisto, ningún conductor maltés se rebajará a pisar el freno porque una miserable bicicleta se interponga en su camino). En mi caso, arreglándomelas para sobrevivir al intento de atropello de una joven rubia que debía de llevar los ojos cerrados bajo sus grandes gafas de sol, conseguí llegar sin contratiempos al otro lado.

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Ya en Rabat, circulamos por la calle (Triq) il-Kbira hasta que una de las últimas flechas nos pide que giremos a la derecha. Al lado contrario, tras un parque dominado por una estatua del santo, dejamos la Colegiata de San Pablo, un templo barroco completado en 1683 por un tal Lorenzo Gafà (no se aburría el tío, no).

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Pegada a la colegiata existe otra pequeña iglesia que, dedicada a San Publio, fue reconstruida por última vez en 1726 por Salvu Borg (sí, habéis leído bien: esta vez no fue Gafà, pero es que para entonces nuestro amigo ya había muerto). En los bajos de San Publio (con perdón) se halla la gruta donde se dice que San Pablo vivió y predicó durante su estancia en Malta en el año 60 de nuestra era.

Volviendo a nuestra ruta… nos damos cuenta de que no nos queda ruta a la que volver, pues el último giro que hemos dado nos deja en la calle de San Pablo, que muere en la rotonda -frente a las murallas de Mdina y la Villa Romana- donde comenzamos nuestra excursión de hoy. No hace de eso ni treinta kilómetros, pero hemos tenido el placer de conocer parte del centro-sur de la isla de Malta además de, por supuesto, un buen tramo de su costa oeste, y hemos visitado puntos turísticos de gran interés, incluyendo -quizás alguien lo recuerde- un par de obras de un tipo llamado Lorenzo Gafà.

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