GIRO PEQUEÑO
Provincia: A Coruña
Distancia: 34 km aprox.
Mapa:

Track: Descargar XiroMontesdeCompostela_pequeno.gpx
Descripción:
Año 2020. Una pandemia asola el mundo y los ciudadanos se ven obligados a permanecer en sus casas durante más de un mes. Al acabar este duro periodo, hartos de las enrarecidas atmósferas de interior, la gente sale hambrienta de aire puro. Se multiplican los runners y se agotan las bicis en todas las tiendas. Dar un paseo por el campo deja de ser una actividad solitaria reservada a algunos bichos raros y se transforma en una actividad social que lleva a que en las ciudades te encuentres a más gente en las zonas verdes de las proximidades que en las calles del centro.
Año 2021. Los persistentes rebrotes de la pandemia hacen que algunas localidades se vean sujetas a los denominados «confinamientos perimetrales», según los cuales no es posible salir del término municipal sin causa justificada. Es el caso de Santiago de Compostela, donde este confinamiento perimetral lleva a prolongarse cerca de cinco meses entre finales de 2020 y principios de 2021 (si bien es cierto que cambiando el perímetro en varias ocasiones) durante los cuales quienes no podemos vivir sin nuestra dosis diaria de bicicleta llegamos a aprendernos de memoria las piedras de todos los caminos locales.
Vista la inhabitual invasión del domingueros urbanitas devenidos a ruralitas, los ayuntamientos se apresuran a habilitar rutas para que sus ciudadanos puedan quemar el colesterol de sus venas sin salirse del perímetro y violar la ley en el intento. Así, a mediados de 2021, el Excelentísimo (y Lentísimo) Concello de Santiago inauguró el denominado Xiro dos Montes de Compostela que, utilizando la amplia red de caminos ya existentes o rehabilitando los casi inexistentes, permite rodear la ciudad en una ruta de poco más de una treintena de kilómetros que recorre los ocho montes que conforman su orografía: Viso, Gozo, Deus, Pedroso, Vidán, Conxo, Santasmariñas y Gaiás.
Dividida en etapas (en realidad es una única ruta circular, pero se han numerado individualmente los tramos entre monte y monte), esta ruta prometía en su inauguración ser apta para caminantes y ciclistas, por lo que el que esto escribe no podía dejar de comprobar si lo segundo era cierto. Adelanto mi conclusión: sí, es viable seguir casi todo este Xiro pedaleando, si bien algunos tramos no son aptos para todos los públicos y hace imprescindible utilizar una bici de montaña y tener cierto dominio de la misma (además de una buena forma física). Al mismo tiempo, otros tramos son excesivamente urbanos y aburridos para los bikers más puros. También es interesante mencionar que este trazado ha sido bautizado como «pequeño» porque los planes del ayuntamiento incluyen señalizar una ruta similar pero más larga (que supongo que será bastante parecida al Xiro que se diseñó para la ruta 6 del Centro BTT de A Susana). Si este proyecto no queda en agua de borrajas, lo incluiré aquí en su debido momento.
Antes de comenzar a pedalear, es interesante mencionar cómo está señalizada la ruta. Hay tres tipos de carteles: los más completos, además de indicar la dirección a seguir, incluyen la distancia restante a los dos siguientes montes de nuestra ruta; otros, más sencillos, consisten solo en una flecha que nos dice hacia dónde tirar; por último, unos pequeños postes clavados a la vera del camino nos indican cada pocos metros que no nos hemos equivocado. Además, en la cima de casi cada uno de los montes hallaremos un panel informativo (donde es posible descargar el track de la ruta completa mediante un código QR) y una placa sobre el suelo. En todo caso, dado que no es de esperar que toda esta parafernalia señalizadora tenga una vida útil demasiado larga, es recomendable llevar a mano el track GPS de la ruta, pues en algunos tramos hay tantos cruces que un despiste puntual o la falta de una señal nos puede llevar a salirnos del recorrido. Incluyo en esta página por ahora el track oficial de la ruta, si bien me he percatado de que comienza en el lugar equivocado (el monte Pedroso, cuando el inicio oficial es en el Viso) y va en dirección contraria a la señalizada, por lo que pronto lo cambiaré por una versión corregida.



Empecemos pues…
El punto de partida será, como ya he mencionado, el Monte do Viso. No muy lejos, compartiendo salida de la autovía con la Ciudad de la Cultura de Galicia, encontramos un aparcamiento (que da servicio a quienes vienen a pasear por la Senda Mitológica) donde dejar el coche en caso de que lo hayamos utilizado para llegar hasta aquí. Desde él, después de subir unos metros de camino y un último tramo empedrado con un fuerte desnivel, alcanzamos la cima del monte donde, desde el vértice geodésico que la corona (a 397 metros de altura), disfrutamos de unas maravillosas vistas en todas direcciones: al oeste queda Santiago con la Ciudad de la Cultura en primer plano, el monte Pedroso al fondo y la catedral en el centro; al sudeste vemos el Pico Sacro destacarse sobre el horizonte; al este encontramos el valle al que pronto descenderemos y que nos separa del Monte do Gozo; al norte, por último, el estadio de fútbol de San Lázaro observado atentamente por el mítico rey Breogán (una de las esculturas de cartón piedra de las que forman parte de la Senda Mitológica). Como el rey Breogán nos da la espalda, hacemos lo propio y comenzamos a pedalear en dirección contraria, bajando primero por el tramo empedrado que nos trajo hasta la cima (precaución con las abundantes familias que pasean por aquí) y después tirándonos a tumba abierta por el camino que, en línea recta, desciende hacia el este.


Llegamos así a una carretera que cruzamos para tomar una nueva carretera descendente que sale frente a nosotros, ligeramente a la izquierda (a la derecha, en el caserío de San Xoás si nos interesa podemos encontrar un bonito lavadero de mediados del s.XX). Enlazamos después con un nuevo tramo de tierra que nos lleva a una nueva carretera donde repetimos la operación de antes: tomar la carretera a la izquierda durante unos metros para tomar después la nueva carreterilla descendente que aparece al otro lado. También aquí hay un lavadero, que queda en este caso a nuestra izquierda justo en el punto en el que entramos en la aldea de Lobio.


Al otro lado del casco urbano, que atravesamos siguiendo las flechas de la ruta, se acaba lo bueno y nos toca empezar a pedalear por un camino de tierra rodeado de arboleda y que transcurre paralelo al Rego de Aríns, que no llegamos a ver pero que queda algo más abajo a nuestra derecha. El camino que seguimos se pone tontorrón y empieza a zigzaguear mientras asciende. Dejamos una casa a nuestra izquierda (pasamos a la altura de su sótano, más o menos), después tomamos un nuevo camino hacia la izquierda que pasa aproximadamente a la altura del segundo piso de la misma vivienda unifamiliar y, por último, tomamos un nuevo camino a la derecha que nos permite ver desde arriba la chimenea de la casa. En todo este tramo vemos bastante suciedad en las orillas del camino, pues parece que los conductores que vienen aquí por las noches (no voy a entrar en detalles) prefieren eliminar lo antes posible de sus vehículos las pruebas de sus «cochinadas»… pero el caso es que en todas casas cuecen habas, pues también vi, entre la basura, un bidón de bicicleta tirado.
Enlazamos con un nuevo camino y algo más adelante (aquí el track oficial es un poco impreciso) las flechas que seguimos nos mandan girar a la izquierda salvando un potente escalón, subido el cual encontramos un estrecho sendero que serpentea entre los robles, alguno de los cuales nos corta el paso y nos obliga a apearnos de la bici si no somos equilibristas. Al otro lado del sendero, un nuevo escalón (este insalvable para quien no sea experto en trial) nos lleva a una pequeña carretera que tomamos a la derecha.


Tomamos poco después, a la izquierda, un caminillo de tierra que se adentra en un parque. Estamos ya en la zona del Monte do Gozo y, mientras atravesamos por un tramo de camino flanqueado por cipreses, no debemos dejar de tomar a la izquierda -fuera del track- para acercarnos al Monumento al Peregrino, donde dos grandes figuras metálicas celebran que ya ven, a lo lejos, la capital jacobea.


Volviendo a los cipreses, seguimos por donde veníamos para continuar recto pasando por la parte más alta del inmenso albergue de peregrinos (en este zona echamos de menos la señalización de nuestra ruta, pero no tiene pérdida). Pasadas las edificaciones del albergue salimos a una carreterilla por donde subimos los últimos metros que nos separan de la pequeña capilla de San Marcos, del siglo XVIII. Tras ella, podemos culminar nuestro ascenso llegando a la cima misma del Monte do Gozo, lugar desde donde los peregrinos que siguen la ruta más tradicional -el Camino Francés- ven por primera vez las torres de la catedral compostelana (hecho recogido incluso en el Códice Calixtino y de donde procede el nombre del lugar). En esta cima se levantaba históricamente un monumento al papa Juan Pablo II, quien visitó el lugar, pero ha sido retirado recientemente (sí quedan otras placas conmemorativas del evento colocadas sobre el suelo a poca distancia) por lo que nada impide que nos subamos aquí arriba con nuestras bicis, si no las hemos dejado en el aparcamiento habilitado para ello a pocos metros de la cima, y disfrutemos de las vistas.

Volvemos a la capilla de San Marcos y retomamos la carretera durante unos metros para girar después a la izquierda entre las casas de una nueva aldea. Después giramos de nuevo a la izquierda por una zona de más reciente urbanización y, al final de la calle, cruzamos con muchísima precaución la carretera que une Santiago con el aeropuerto, al otro lado de la cual un mínimo sendero abierto específicamente para esta ruta que estamos recorriendo nos permite enlazar con otra carretera que discurre un poco más abajo.
Tomamos esta carretera hacia la derecha y la seguimos hasta que se acaba, donde giramos de nuevo a la derecha. Cuando la nueva carretera por la que vamos dobla noventa grados a la derecha, nosotros hacemos lo propio hacia la izquierda (¡cuidado con seguir recto si no queremos acabar en el garaje de los vecinos de enfrente!). Tras unos metros de tierra volvemos al asfalto para cruzar, por este orden, una autovía (por debajo), un riachuelo (por encima) y una vía de tren (por debajo). A nuestra izquierda, oculta tras la vegetación, quedan los restos de una antigua curtiduría de principios del siglo XIX. Después encontramos una ancha carretera que tomamos a la izquierda para cruzar la circunvalación de Santiago (por debajo).
Nos encontramos ya en Amio, lugar donde se rumoreó que iba a construirse un Centro BTT del que no se ha vuelto a saber nada. Giramos hacia la derecha utilizando no el asfalto ni la amplia acera anexa, sino el pequeño camino que transcurre paralelo a la calzada por la izquierda de la misma. Con precaución en los cruces, pasamos bajo una nueva carretera utilizando para ello la plataforma de madera colocada a modo de acera y, por un mínimo sendero, enlazamos con la senda de tierra que nos permite rodar tranquilamente en paralelo a la transitada Avenida de Asturias.

Cuando esta senda se acaba tomamos la carreterilla paralela a la principal y que algo más adelante, tras un giro a la izquierda, nos permite pasar bajo ella. Al otro lado tomamos el camino de grava (más bien de pedruscos) que aparece inmediatamente a nuestra derecha y que nos lleva directamente a la acera de una enorme carretera con mucho tráfico que no es sino la nacional que viene de A Coruña a su entrada ya en el casco urbano de Santiago.
Cruzamos la ancha avenida por el primer semáforo que vemos, como peatones, y tomamos durante unos metros el Camino Inglés (en contradirección) hasta que nuestras flechas nos dicen que debemos bajar por unas enormes escaleras. Aquí tenemos varias opciones: tirarnos a lo loco escaleras abajo (no lo recomiendo), bajarnos de la bici y descender a pie, hacer uso de la empinada rampa que baja de forma escalonada por un lateral de la escalera (no parece fácil), avanzar unos metros más hasta encontrar un sendero que desciende por la pendiente y bajar por él hasta que, más adelante, encontremos una rampa menos empinada (mi elección, aunque el zigzagueo de las últimas rampas llega a ser mareante) o, por último, sustituir esta escalera por la siguiente calle a la izquierda que, como su propio nombre indica -rúa do Lavadoiro- nos lleva directamente al lavadero de Salgueiriños. Si hemos optado por alguna de las opciones cercanas a las escaleras, en la parte inferior de estas cruzamos la calle para adentrarnos en un parque y seguir en dirección norte el traqueteante sendero que bordea un riachuelo hasta llegar de nuevo al asfalto en las inmediaciones del lavadero de Salgueiriños (recomiendo abandonar el sendero un poco antes de llegar al final, pues allí nos esperan unas empinadas escaleras ascendentes sin alternativa ciclable). Aquí tomamos la calle que sube hacia la izquierda siguiendo algunas señales jacobeas desfasadas que olvidaron retirar la última vez que desviaron el Camino Inglés, que antes entraba en Santiago por aquí.
Al llegar arriba de la cuesta asfaltada, seguimos recto por el camino que aquí nace y llaneamos en ligero ascenso por un camino de tierra que, poco después de dejar a la derecha una construcción abandonada, empieza a picar algo más hacia abajo y nos deja ver, a la derecha las antenas del monte Pedroso, de las que nos separa el valle del río Sarela al que no tardaremos en bajar.


Pero no adelantemos acontecimientos, pues antes debemos visitar otro de los montes compostelanos. Así pues, después de un breve descenso algo más pronunciado, llegamos de nuevo al asfalto y una flecha nos ordena girar a la izquierda y ascender por una calle que, para nuestra desgracia, es un auténtico paredón. Estamos en el monte de Dios (monte de Deus) y, quizás por intercesión suya, no tenemos que subir hasta la cima sino que a los pocos metros de ascenso encontramos un aparcamiento donde ya vemos el cartel y la placa que nos indican que hemos alcanzado nuestro objetivo número 3 (si en el Viso o en el Gozo existen carteles similares yo no los vi). Tras el cartel, las vistas sobre la capital gallega son de impresión así que merece la pena abrirnos un hueco entre los jóvenes que utilizan el aparcamiento como picadero para disfrutar de un momento de asueto (palabra cuyo significado probablemente ninguno de dichos jóvenes conocerá).



Cuando nos hayamos cansado de las vistas, comprobamos que nuestros frenos funcionan y nos lanzamos en rápida bajada por donde hemos subido para, después de estos primeros metros ya recorridos, poner los frenos a prueba porque ¡las flechas nos mandan ladera abajo por dirección prohibida! Después de acordarnos de todos los trabajadores del ayuntamiento implicados en el diseño de esta ruta (y de sus inocentes progenitores) tenemos que tomar una decisión: o nos bajamos de la bici y seguimos las flechas -la calle es muy estrecha y empinada, por lo que no recomiendo para nada ignorar la señal- o buscamos otra alternativa.
En mi caso, hallo dicha alternativa siguiendo recto por la rúa dos Cabalos para enlazar después, en vertiginoso descenso, con Vite de Arriba. Después, en un cruce donde hay que tener mucha precaución, solo hay que girar a la derecha por la calle dedicada a Gumersindo Busto Villanueva (quien, por cierto, fue el fundador de la biblioteca América que podemos visitar en el Colegio de Fonseca de la universidad compostelana) para llegar a la rotonda de Avío, donde ya volvemos a encontrar nuestras conocidas flechas.
De hecho, las flechas nos mandan ahora, en plena rotonda, bajar por unas escalerillas que salen de ella. No haremos tal, sino que en su lugar terminamos de girar en la rotonda (es decir, saliendo de ella como si fuésemos a continuar en dirección sur hacia el centro de Santiago) para inmediatamente después tomar la primera calle que sale a la derecha y que nos lleva hasta un lavadero que data de 1712 (aunque con innumerables reformas posteriores, incluyendo su techado) a cuya vera encontramos de nuevo una flecha.

Siguiendo la dirección que la flecha nos indica, continuamos por la callejuela por la que venimos que nos enfila hacia un senderillo que parece haber sido abierto específicamente para nosotros y que termina llevándonos directamente al río Sarela y a un viejo puente que nos permitirá cruzarlo. Pero antes de hacerlo, merece la pena echar un vistazo a nuestro entorno.
Lo primero que vemos es, a nuestra derecha, un molino devorado por la vegetación y, un poco más allá al otro lado del río que se salva aquí mediante una pasarela, un portón que da acceso a la Fundación Laboral de la Construcción (como se encarga de recordarnos un gran cartel colocado al efecto). La gastada inscripción que aún se lee sobre la cancela metálica nos recuerda que estas instalaciones reutilizaron una antigua fábrica: la curtiduría de Pontepedriña de Arriba, que desde el siglo XVIII operaba en este lugar y que era una de las más importantes de Galicia (y la competencia no era escasa, incluso sin salir del cauce del Sarela).


Junto al molino y la curtiduría, este lugar de Pontepedriña no estaría completo sin el propio ponte, que es precisamente el que tenemos ante nosotros: un pequeño puente de cantería y tres ojos de medio punto por el que salvamos el río a través de una doble pendiente sin baranda. Por aquí cruzaba tradicionalmente el transitado camino de Bergantiños y hoy, a pesar de la vegetación que crece entre sus antiguas piedras, el puente da servicio a varias rutas recreativas como es la que estamos siguiendo o la que -bautizada como «De Ponte a Ponte polo Río Sarela»- sigue el curso del río y con la que nos cruzamos aquí de forma perpendicular



Al otro lado ya del río, giramos hacia la derecha junto al muro trasero de la curtiduría. A nuestra izquierda queda una fuente con lavadero que data de 1903 y, a nuestra derecha, podemos aprovechar las ventanas del sólido muro para apreciar el buen trabajo de rehabilitación realizado con el edificio, que se hallaba arruinado tras casi 70 años de inactividad.

Pero se nos acaba lo bueno y hay que comenzar a subir. Eso sí, lo hacemos ahora por una zona boscosa de gran belleza que hará más llevadero el sufrimiento y es que, aunque con zonas relativamente llanas entre medias, vamos encarando ya la subida al punto más alto de nuestra ruta -el monte Pedroso- y algunas rampas nos harán sudar de lo lindo obligándonos incluso a echar pie a tierra y empujar la bici en algunas ocasiones. De hecho, al poco de empezar a subir, una gran roca gastada por el paso centenario de los carros nos invita a echar pie a tierra, especialmente si la encontramos mojada por la reciente lluvia (como en mi caso) o por la humedad propia del umbroso entorno.

Después de un primer y serpenteante tramo ascendente, nos unimos (dejando a la izquierda unas casas) a un camino algo más ancho que tomamos a la derecha e, inmediatamente después en un brusco giro, a la izquierda, para empezar a llanear por la ladera del monte a través de un sendero ancho y sin mayor dificultad que las raíces que asoman entre la tierra y que corresponden al espeso bosque que nos envuelve. Pero, ¡ay de nuestras piernas!, de pronto un giro a la derecha nos devuelve a la dura realidad y nos planta ante un rampón de los que quitan el hipo. Tras superarlo, un cartel escondido entre los helechos nos manda torcer a la izquierda y, con alivio, vemos que volvemos a llanear y, más adelante, incluso llegamos a descender unos metros.



Llegamos así a una carreterilla que sube monte arriba donde una flecha nos indica que debemos hacer lo propio, utilizando para ello la senda que transcurre por el margen derecho del asfalto a mayor altura que este. Junto a la flecha que señala nuestra ruta no podemos dejar de notar un crucero que no es sino el primero que veremos de los que marcan el vía crucis que sube hasta la cima y que fue inaugurado en 1909.

Continuamos así nuestro vía crucis o penitencia particular retomando el ascenso que habíamos dejado temporalmente aparcado. Dejamos a nuestra izquierda la rotonda que da acceso al aparcamiento del parque forestal conocido como Granxa do Xesto, donde existe una cafetería (y diversas fuentes) donde refrescarnos y tomar fuerzas para un ascenso que nos lleva bordeando esta área recreativa, que dejamos a la izquierda. La subida, asequible al principio, no tarda en hacerse dura y en algún tramo las raíces y piedras sueltas la convierten en casi imposible. Después de una curva a izquierdas, un tramo de llaneo nos permite descansar antes de girar de nuevo a la derecha y afrontar otro tramo de gran inclinación aunque esta vez, por suerte (o por desgracia, si lo que queríamos era una disculpa para echar pie a tierra) el firme es bastante bueno y no nos obligará a apearnos. Después de esta rampa, un nuevo giro a la izquierda y un repentino endurecimiento que por suerte es de tan solo unos metros nos lleva a un nuevo crucero del vía crucis y a la carretera que sube a la cima del monte.


Vamos ahora a seguir el asfalto hacia la derecha durante unas pocas pedaladas y, de nuevo junto a un crucero, la señalización nos manda seguir un camino que sale a nuestra izquierda en dirección a las antenas de la cumbre y que, esta vez sí, es duro de verdad (no solo por la elevada pendiente sino por el más que deficiente firme). A los más puristas -o religiosos- empeñados en seguir el vía crucis, les deseo suerte en su lucha contra la gravedad y los elementos. A los más pragmáticos les recomiendo continuar por el asfalto que con algo de dureza pero mucho menos sufrimiento nos llevará al mismo punto: la cima del monte Pedroso (dejando a la derecha un camino que nos permite subir a otro monte ignorado por la ruta que seguimos: Fontecova).



Ya en la cima del monte Pedroso, lo primero que llama nuestra atención (además de las abundantes antenas) es el gran monumento a la Cruz que corona el monte y que fue aquí erigido en el año 1900 por orden del cardenal Martín de Herrera, quien también solicitó al Papa que concediese 300 días de indulgencia a quienes recen un credo ante este monumento. También llama la atención, por interés más que nada, el panel con un perfil de nuestra ruta y la placa que nos indica que hemos coronado su punto más alto (tachamos así el monte número 4 de nuestra lista). Por supuesto, ya que hemos llegado hasta aquí, no debemos dejar de descansar un rato disfrutando de las magníficas vistas que de la capital gallega se tienen desde esta cima. Ya para subir nota, recomiendo buscar a pocos metros de aquí, pero mirando hacia la otra vertiente del monte (también con impresionantes vistas), el petroglifo del monte Pedroso: unos cuantos símbolos espirales que, allá por la Edad del Bronce, algún lugareño tuvo a bien dibujar en una roca que asoma entre los tojos (quizás los dioses de nuestros antepasados también concedan indulgencias a quienes recen ante este antiguo monumento, ¿quién sabe?).





Volviendo al punto donde nos habíamos quedado (donde descansábamos viendo Santiago a vista de pájaro), iniciamos ahora un descenso que según el track nos lleva hacia el puesto de vigilancia antiincendios para comenzar desde allí a descender, aunque las flechas nos mandan en su lugar comenzar la bajada directamente desde el mirador por un tramo desde donde podemos seguir admirando las vistas de la catedral compostelana prácticamente alineada con la Ciudad de la Cultura y el Pico Sacro. Un poco más a la izquierda vemos el monte Viso, desde el que venimos y hacia el que nos dirigimos como origen y final de este Giro que estamos dándole a la ciudad.



Nuestro descenso desemboca una vez más en la carretera, que esta vez cruzamos sin más para entrar en una zona de aparcamiento donde tomamos el camino central de los tres que vemos y que es precisamente el que se tira más en picado ladera abajo, en forma primero de camino más o menos ancho y más tarde transformándose en un vertiginoso sendero con algunas trampas ocultas (ojo con la curva en ángulo recto que se encuentra al final del tramo inicial y al pequeño salto de, poco después de dicha curva, nos obligará a dar una gruesa raíz). Cuando estamos a punto de superarlo, el sendero nos sorprende con su última trampa: el escalón que lo separa de la pista en la que desemboca.

Llegamos así a un terreno más despejado donde llegamos a tener vistas de la ciudad y donde unos aparatos de gimnasia nos invitan a hacer algo de ejercicio por si la sesión de bici nos está sabiendo a poco. Tomamos ahora a la izquierda y ascendemos suavemente por la pista siguiendo un murete de piedra hasta que una flecha nos indica hacia la derecha en un punto donde no sospecharíamos que podría haber nada. Salvamos la vegetación y el escalón con el que este nuevo sendero nos recibe y nos adentramos en la zona conocida como Selva Negra. No será necesario recorrer más que unos pocos metros por este auténtico laberinto de senderos entre la espesura para descubrir que el nombre, lejos de ser un homenaje a Alemania, es puramente descriptivo. Debemos ser aquí muy cuidadosos siguiendo las señales (mientras permanezcan en sus correspondientes lugares) o, en su defecto, al track de la ruta para no desviarnos. Tampoco recomiendo alcanzar demasiada velocidad en este tramo para evitar caer en una nueva trampa que esta vez puede ser seria: en el punto donde un tronco caído corta el sendero y una flecha nos invita a girar a la derecha debemos ser especialmente cuidadosos, pues en apenas un par de metros el nuevo sendero acaba en un agujero de más de un metro de profundidad (justo en su borde debemos girar a la izquierda, pero esto no es fácil de hacer si no lo sabemos previamente, ya que no está señalizado y la curva es muy -pero que muy- cerrada).



Si escapamos de la trampa veremos el lado bueno de que el sendero nos haya traído hasta aquí: nos encontramos ante una monumental fuente con forma de chimenea originaria -presuntamente- del siglo XVII o más probablemente del XVIII. El idílico entorno vegetal y la frescura de sus aguas (buen lugar donde rellenar nuestros bidones) que invitan al descanso haciendo uso para ello de la bancada de piedra que recorre el perímetro, junto con las leyendas de pastores y ninfas que inspiró este lugar, hace que nos sintamos imbuidos de un espíritu romántico más propio del siglo XIX que de los ajetreados tiempos que nos ha tocado vivir. En las cercanías de la fuente pueden aún verse los restos del gabinete que el último propietario de la finca hizo construir para que su esposa se retirase a él a tocar el piano con el objetivo, se supone, de que se inspirase en el bucólico entorno (si bien el que tocase lejos del hogar familiar sin duda fue un plus).


Poco más abajo de la fuente llegamos al muro de cierre de la finca y, al otro lado, cruzamos la carretera para continuar bajando a través de la carballeira de los Asidros, siguiendo un pequeño arroyo. Enlazamos con un camino más ancho que nos lleva a través de unas casas entre las que descubrimos otra fuente de estilo neoclásico que en esta ocasión forma parte de un gran muro. Pasadas las casas, dejamos de nuevo el cemento para adentrarnos por un sendero de tierra que, atravesando primero una zona especialmente húmeda y saliendo después a un tramo más abierto, termina dejándonos en un camino de zahorra: estamos en el Camino de Fisterra y Muxía, el cual vamos a seguir brevemente.




Después de tomarlo hacia la derecha, la ruta jacobea no lleva a una pequeña carretera asfaltada por la que descendemos un corto trecho. Tras pasar unas casas, a nuestra izquierda quedan unos bancos con privilegiadas vistas a la fachada barroca de la catedral de Santiago. Entre los bancos y a un lado de estos vemos dos elementos -una placa en el suelo y un panel vertical- que nos resultan familiares y es que hemos llegado al siguiente (nº5) de nuestros objetivos: el monte de Vidán… si bien tengo serias dudas de que esto sea realmente así, pues nos encontramos en Sarela de Abaixo y tenemos aún que descender un buen tramo para llegar a las casas de Vidán.



Independientemente de que creamos o no en lo correcto que pueda ser el nombre del lugar, nos tomamos nuestro merecido descanso disfrutando de unas difícilmente mejorables vistas antes de proseguir el descenso por asfalto y continuar después hacia la derecha siguiendo nuestras conocidas señales, que coinciden en esta ocasión con las flechas amarillas jacobeas. Después de unos metros de tierra entre robles/carballos y después entre eucaliptos, nuestros destinos se separan de los de los peregrinos y tomamos, a la izquierda, un camino con aspecto de haber sido abierto recientemente a machetazo limpio. Este mismo camino llega después junto algunas construcciones (si sois asustadizos cuidado con los ladridos a traición, pues los perros que nos saludan desde las casas de la zona parecen ser alimentados con carne de ciclista cruda) donde la tierra se transforma en cemento y comienza a descender más marcadamente para, de nuevo por tierra, terminar dejándonos en el asfalto de, ahora sí, Vidán.

Debemos ahora tomar a la izquierda para continuar descendiendo junto a las ruinas de un transformador eléctrico abandonado y llegar al puente que nos permite cruzar el río Sarela en las proximidades del Hospital Clínico. Aquí debemos cruzar, con precaución, la transitada Avda. Mestra Victoria Míguez y tomar la calle ascendente que, al otro lado rodea el muro del hospital. Tras un primer repecho, tomamos hacia la derecha y nos dejamos caer por la callejuela que, de nuevo, nos aleja de la ciudad.
Tras pasar un pequeño grupo de casas, la calle que seguimos nos emboca haca un paso subterráneo bajo la carretera de circunvalación de Santiago. Al otro lado, giramos a la izquierda y después a la derecha para bajar hasta el río Sar.
Aquí, entre una nave autodenominada «Museo de Forja Artística» y un puente, seguimos ahora hacia nuestra izquierda las flechas amarillas de las rutas jacobeas en un tramo que vamos a compartir con los peregrinos que transitan por el Camino Portugués (tramo que ya hemos recorrido en otras varias ocasiones durante el camino hacia Fátima, la ruta del Padre Sarmiento o la ruta 6 del Centro BTT de Santiago). Llama la atención en este trozo de camino la existencia de un gen humano defectuoso que hace que algunos peregrinos hayan creído que era buena idea decorar los árboles del entorno con trozos de papel higiénico: puede parecer muy bonito en el momento de colocarlo pero en poco tiempo la lluvia y el viento se encargan de transformar, gracias a esta lamentable intervención «artística», lo que era un idílico paraje en un auténtico vertedero.





Por la cantidad de veces que he descrito por tanto este tramo, no creo necesario mencionar de nuevo que no muy lejos de aquí, a nuestra izquierda, queda el original petroglifo del Castriño de Conxo y, a nuestra derecha al otro lado del río, el castillo de A Rocha Forte.
Siguiendo la ruta jacobea llegamos al punto donde los conflictos económico-vecinales hacen que esta se divida en dos: la que continúa por la izquierda a través de Santa Marta hacia la catedral (que ignoramos) y la que va, a la derecha, hacia el barrio de Conxo. Seguimos esta último opción durante un par de cientos de metros hasta que nos separamos definitivamente de los peregrinos entre un nuevo grupo de casas donde nosotros nos internamos por una callejuela diferente a la marcada por las flechas amarillas que ellos siguen (en época navideña podemos visitar en una de las casas ante las que pasamos un impresionante belén).

Llegamos así a una carretera que tomamos a la derecha para internarnos después por otra calle descendente hacia el río Sar que, ahora sí, cruzamos para emprender el ascenso por carretera hacia el sur.

Después de un primer tramo recto de subida, la carretera por la que vamos describe una curva de herradura hacia la izquierda. Aquí hay una nueva discrepancia entre el track oficial y la señalización, pues mientras que el primero nos indica que sigamos la carretera, una flecha sobre un poste de casi dos metros de altura colocada entre dos eucaliptos de una altura ampliamente superior nos dice que debemos tomar el camino que salpicado de mascarillas y condones usados (entre otras basuras diversas) sigue recto a la derecha del asfalto. Ambas opciones se juntan de nuevo algo más adelante, por lo que el dilema no es demasiado grande. Tomando la opción caminera, llegamos un poco más adelante a un lugar interesante: el túnel abandonado de A Fervenza, uno de los que (junto a otros como el del Faramello del que ya he hablado en otras ocasiones) formaban parte del trazado de la primera ruta ferroviaria de Galicia que, con 42 kilómetros entre Cornes y Carril, fue inaugurada el 15 de septiembre de 1873.




A la izquierda del túnel, un sendero abierto recientemente a golpe de desbrozadora nos permite subir para enlazar con la carretera por la que veníamos. Aparte de la dureza de este tramo (por la pendiente, pero también por el poco esfuerzo hecho en compactar el firme por el que cuesta pedalear), tengo la sensación de que sin un mantenimiento adecuado la existencia de este sendero no será demasiado larga, por lo que se agradece tener a mano la alternativa asfaltada.
Una vez en carretera, la usamos para pasar sobre la autovía y, al otro lado, tomamos a la izquierda la vía de servicio que transcurre en paralelo a esta (aquí alguna avanzadilla de gamberros ya ha despojado al cruce de su señalización). Por esta vía asfaltada invadida por el rugir de los motores de explosión de circulan a toda velocidad por nuestra izquierda continuamos un rato hasta que vemos a nuestra derecha una amplia explanada abierta y enrasada por excavadoras entre los eucaliptos. Nos adentramos en ella para encontrar nuestros ya conocidos carteles y la placa correspondiente al monte número 6: el de Conxo. Aunque la cercanía de la autovía no ayuda, podemos descansar unos minutos contemplando las vistas que desde aquí se tienen del sur de la capital gallega antes de continuar pedaleando por el camino que parte desde el lugar donde se encuentran los bancos y que en un corto descenso nos lleva de nuevo a la vía de servicio por la que veníamos, cuya profunda cuneta salvamos gracias a una sencilla pasarela de madera colocada a tal efecto.


Continuamos unos metros pegados a la autovía por su lado sur, disfrutando del ruido y los olores a humo, aceite y combustible propios de los vehículos a motor. Pasamos después bajo la misma para, al otro lado, descender por asfalto unos metros en dirección a las vías de tren y, antes de llegar a estas, tomar a la derecha por un tranquilo sendero que avanza bajo los robles. Junto al punto donde pasamos del asfalto a la tierra, dejamos una bonita fuente excavada en el suelo.


Continuamos por el caminito, pedaleando a la sombra de los carballos por un recorrido que ya hicimos en sentido contrario como parte de la ya mencionada ruta 6 del Centro BTT de Santiago-A Susana. Salvo por el ruido que nos llega de la cercana autovía podríamos olvidarnos de que estamos en los alrededores de una ciudad… pero lo bueno no dura y volvemos a salir al asfalto junto a la autovía, si bien la abundancia de campanillas junto a la pista dulcifica un poco el retorno a la civilización.




Llegamos así a la zona de Castiñeiriño donde, tras circular un rato entre casas y huertos llegamos a una gasolinera. Aquí nos debemos incorporar hacia la izquierda a la carretera que se interpone en nuestro camino (si el tráfico es intenso, lo mejor para llegar al otro lado es bajarnos de la bici y hacer uso del paso para peatones regulado por semáforo que queda un poco más al sur. Una vez al otro lado y después de rodar unos metros hacia el centro de la ciudad, tomamos la primera calle hacia nuestra derecha para circular por el parquecillo que ha sido construido sobre la soterrada vía férrea. Después continuamos entre viviendas unifamiliares hasta llegar a una rotonda que nos permite cruzar bajo una transitada carretera y comenzamos a enlazar calles poco frecuentadas por vehículos que, poco a poco, nos van alejando de la zona más urbana y nos van permitiendo ganar altura sin demasiado esfuerzo. Finalmente, una flecha que, a pesar de estar colocada al revés, nos señala la dirección correcta, nos enfila hacia una carreterita que discurre a media ladera de un monte cuya «cima» no tardamos en alcanzar, o al menos el lugar que hace las veces de cima a efectos de nuestra ruta, con sus bancos, su panel informativo y su placa numerada: estamos en el monte número 7, de nombre Santasmariñas.




Después de un breve descanso disfrutando de las vistas (en este caso centradas en la nueva estación intermodal tren+autobús) continuamos nuestro pedalear… o más bien nuestro no pedalear, pues ¡ha llegado el momento de poner a prueba nuestros frenos!
En efecto, después de girar a la izquierda la carretera se desploma en vertical y desciende en picado hacia Santiago. Recomiendo no dejarnos llevar por la inercia y mantener la velocidad bajo control en todo momento pues el tramo más empinado de la bajada termina bruscamente en una señal de STOP y en una calle con tráfico y al otro lado una buena pared de cemento. Si conseguimos no estamparnos contra ella (o contra un bus), debemos girar aquí a la derecha y poco después de nuevo a la izquierda para terminar de bajar a la zona de las Brañas do Sar.
En este parque, que ocupa la zona inundable a las orillas del río y que invita a perderse, tomamos a la derecha de nuevo y seguimos el sendero de tierra (respetando escrupulosamente a los peatones, por supuesto) que a través de una zona de gran frescor y saliendo después a una zona de pequeñas construcciones y huertos nos lleva hacia la rúa Ponte do Sar (a la izquierda vemos el propio puente y, algo más allá, la imprescindible colegiata de la que ya he hablado en otra entrada; a la derecha subiríamos a la zona del crucero y, no muy lejos, se esconde también un bonito lavadero octogonal). Cruzamos esta calle y subimos por asfalto -o por el sendero de tierra paralelo- hacia el parque que bordea la Ciudad de la Cultura, cuyos edificios diseñados por Eisenman ya vemos en lo alto.



Un poco más adelante, ya en llano, giramos a la derecha (si estamos circulando por el sendero eso supone cruzar la carretera) para entrar en el parque del Bosque de Galicia por una de sus puertas. Conviene recordar aquí que estas puertas permanecen cerradas durante la noche (entre las 23 y las 7). Una vez dentro, las flechas desaparecen o, al menos, yo no las vi por lo que toca recurrir al GPS para seguir el track que básicamente consiste en zigzaguear por los senderos ascendentes hasta llegar arriba. Por el camino encontraremos algunas fuentes y, sobre todo, unas magníficas vistas de Santiago centradas desde aquí en la imponente mole del Seminario Menor, un edificio de los años cincuenta del s. XX que hace las veces también de albergue de peregrinos.

Una vez arriba, merece la pena darnos una vuelta por la Ciudad de la Cultura si es que no la conocemos ya. Tremendo complejo arquitectónico -mamotreto la llaman algunos-, este fue el diseño presentado por el estadounidense Peter Eisenman al concurso abierto por la Xunta de Galicia de Fraga Iribarne en 1999. El proyecto iba a ser construido en el cima del monte Gaiás pero la retirada de la política y el posterior fallecimiento de Manuel Fraga y los inasumibles sobrecostes típicos de todos los proyectos arquitectónicos de la época llevaron a que años después de la inauguración de los primeros edificios (en 2011) se paralizara la obra dejando dos edificios sin construir: en su lugar existe ahora un inmenso agujero dedicado a diferentes usos y un nuevo edificio -diseñado por Andrés Perea- mucho más discreto que los anteriores. En un extremo del complejo destacan también las torres Hejduk (por John Hejduk, arquitecto americano correligionario de Eisenman), diseñadas originalmente como una especie de jardín botánico para el cercano parque de Belvís pero que fueron finalmente construidas aquí, donde acogen exposiciones temporales.



Desde aquí el track nos manda bordear el edificio del museo por la parte alta (si tenemos suerte y somos amantes del arte en este museo podemos visitar a menudo exposiciones interesantes) para llegar al vértice geodésico que corona el monte Gaiás y descender después hasta un parque infantil junto al que se encuentran una especie de grandes donuts de piedra que no son sino la escultura Espejos, de Manolo Paz (escultor gallego por cuyo taller pasamos a la altura de Cambados al realizar la ruta del Padre Sarmiento).




A partir de aquí nuestro destino se complica. Quizás lo más sensato sea dar por concluido nuestro paseo y volver por carretera hasta el aparcamiento del Monte Viso, al otro lado de la autovía, para recoger nuestro coche (si es que vinimos en él, o irnos directamente a casa en caso contrario). Por el contrario, si queremos llevar nuestra excursión hasta sus últimas consecuencias y cerrar el círculo por completo, el track nos manda volver a bajar desde los Espejos de Manolo Paz para callejear por los senderos sin señalizar del Bosque de Galicia (cuidado, pues ¡a veces nos manda por tramos de escaleras!) para terminar saliendo de nuevo a la rotonda que da acceso a la Ciudad de la Cultura.


En este punto recuperamos de nuevo las señales para meternos por el caminillo que baja al otro lado de la carretera en dirección al bonito lago que hay en esta zona pero, sin llegar a él, salimos de la valla que rodea el parque y cruzamos una aldea (Viso de Arriba). Después, una carretera nos lleva directamente a un paso subterráneo que nos permite llegar al otro lado de la autovía. Si el desnivel de esta pista asfaltada que estamos siguiendo nos parece duro, ya podemos prepararnos porque poco después tenemos que abandonar el asfalto hacia la izquierda y ¡sorpresa! el camino se pone vertical.

Bueno, quizás esté exagerando y no sea vertical del todo pero la verdad es que los senderos abiertos con desbrozadora entre el tupido bosque nos son precisamente amigables para los ciclistas, no solo por la pendiente sino por la materia vegetal suelta que cubre el suelo y que nos hace perder tracción hasta obligarnos a echar pie a tierra si es que no lo habíamos hecho ya antes. Aún así, las flechas se empeñan en llevarnos esquivando troncos retorcidos hasta alcanzar finalmente un camino más marcado: estamos de nuevo en la Senda Mitológica del Monte Viso. Pero no están las cosas para cantar victoria pues el desnivel sigue siendo exagerado y las zanjas abiertas para desaguar el camino en caso de lluvia parecen trincheras donde escondernos en caso de guerra (y en más de una ocasión nos obligarán a desmontar de nuevo si hemos sido tan osados como para intentar pedalear). Lo mejor es que hagamos lo mejor que puede hacerse en estos casos: relajarnos y empujar la bici cuesta arriba disfrutando de las vistas y curioseando las esculturas de cartón piedra que encontramos en nuestro camino (una lamia, una coca, un nubeiro…). Sin darnos cuenta la pendiente empieza a suavizar y nos permite pedalear de nuevo hasta que en un cruce a la derecha vuelve a aumentar el desnivel y un firme empedrado nos resulta familiar: solo nos queda ascender los últimos metros para llegar a la cima del monte Viso donde nuestro fiel amigo Breogán sigue esperándonos en la misma posición en la que estaba cuando comenzamos nuestra aventura.

Aquí, con Breogán dándonos la espalda, podemos tomarnos un último y merecido descanso sentados en el vértice geodésico o en una de las rocas cercanas viendo la inmejorable panorámica de la Ciudad de la Cultura (que desde aquí parece la maqueta de la que quizás nunca debió pasar) y, más allá, contemplar Santiago de Compostela: la ciudad que, a través de sus ocho montes, acabamos de rodear.

GIRO GRANDE
Provincia: A Coruña
Distancia: 95 km aprox.
Mapa:

Track: Descargar XiroMontesdeCompostela_grande.gpx
Descripción:
Año 2022: Después de un año sin acordarme del Xiro de los Montes de Compostela, un buen día, durante una de mis habituales rutas por el término municipal me topo con una serie de carteles que antes no estaban ahí. Mi búsqueda en internet y varias fuentes locales es infructuosa pero, unos días más tarde, la noticia se confirma: el Concello ha cumplido su promesa y en el tórrido verano de 2022 inaugura oficialmente el Xiro Grande, una ruta cercana al centenar de kilómetros que explora los límites del concello compostelano. Por supuesto, me dispongo a recorrerla de inmediato, a pesar de que gran parte del recorrido ya un viejo conocido y coincide con otras de mis rutas.
El lugar de salida, por ejemplo, es la ermita de Santa Lucía, por la que nos hartamos de pasar cuando recorríamos las rutas del malogrado Centro BTT de A Susana. Allí nos dirigimos por tanto para comenzar a pedalear.
Partimos, pues, de esta capilla dedicada a Santa Lucía, no sin antes dedicar unos minutos a contemplar el propio edificio (habitualmente cerrado), el pequeño puente anexo sobre el río del mismo nombre, el bonito crucero que se levanta a pocos metros y, si disponemos de tiempo, dar un paseo por el cercano bosque donde abundan los molinos, como ya vimos en otra de nuestras salidas.




Recomiendo pedalear con calma en estos primeros metros pues, como ya descubriremos con dolor, las suaves rampas que recorremos en este tramo -el Camino de la Plata en sentido inverso- son solo un aperitivo de lo que nos espera más adelante. Para controlar las ansias de arrancar fuerte, nos dedicamos a contemplar el paisaje que, a la izquierda, incluye el gran viaducto que permite al tren de alta velocidad salvar el valle del río Santa Lucía y, más cerca de nosotros, un pequeño alto cubierto de carballos (robles) y algún que otro eucalipto donde en tiempos se levantó el castro de Vixoi.

Al final de la carretera por la que transitamos una flecha nos manda girar a la izquierda, separándonos así del Camino de la Plata (o Camino Sanabrés o Camino de Fonseca). Nosotros pedaleamos ahora hacia el norte durante unos pocos metros, si bien no tardamos en volver a girar, junto a una parcela donde se almacena material de construcción, a la derecha, para seguir ascendiendo en dirección a la línea férrea que salvamos por un paso inferior junto a una gran fuente cuyas aguas parecen manar de las propias vías. Al otro lado del corto túnel la carretera se empina y nos toca apretar los dientes y aferrarnos al manillar para darle duro a los pedales, aliviando en parte nuestro dolor al admirar la curiosa (pero a mi gusto bonita) arquitectura del casoplón que se levanta a nuestra izquierda.

Junto a esta moderna vivienda giramos a la izquierda y aprovechamos el descansillo para recuperar el aliento disfrutando de las vistas del valle del Santa Lucía, pues en breve la carretera forma una marcada curva y vuelve a apuntar al cielo en otro corto tramo de subida que, a su vez, da paso a un nuevo giro a la izquierda y un nuevo respiro que, una vez más, se transforma a los pocos metros en un repechaco de los buenos que nos lleva, por fin, al alto: el mirador de Marrociños. Aquí, un banco a la izquierda de la carretera nos permite recuperar el resuello (nos hará bien coger fuerzas para lo que se nos viene encima) y contemplar el paisaje que se centra en esta ocasión en el viaducto que conecta los dos túneles de donde sale y desaparece el tren de alta velocidad que pasa justo bajo nuestros pies.


Aún no hemos hecho más que empezar y nos quedan muchos kilómetros por recorrer, así que sin más dilación proseguimos camino para salir por primera vez del asfalto y, primero por gravilla, después por tierra, adentrarnos en los montes (de eucalipto y pino principalmente) del este de Santiago. Aquí es más que recomendable guiarse por el track de la ruta pues, aunque no falta la señalización, sí es cierto que en algún cruce echaremos de menos la flecha que nos diga hacia dónde debemos dirigirnos.
A los pocos metros de abandonar el mirador de Marrociños, unos grandes bloques de piedra impiden el paso a vehículos de cuatro ruedas pero no impiden que los ciclistas pasemos sin dificultas entre ellos (a los coches tampoco parece haberles costado encontrar un camino alternativo a la izquierda del nuestro). Al otro extremo de este corto tramo «restringido», una de las piedras ha sido directamente retirada para poder pasar. Tras esta segunda barricada, giramos a la izquierda y no tardamos en hacernos una idea de lo que nos espera en los próximos kilómetros: un terreno generalmente ascendente y con rampas bastante duras en el que, sin embargo, no faltan los toboganes en los que perderemos buena parte de la altitud ganada y que deberemos recuperar con mucho sufrimiento después. Para más inri, el barro y el agua acumulados en las vaguadas nos harán casi detenernos, perdiendo toda la inercia que podríamos utilizar después en la inmediata subida donde, además, las piedras sueltas complican sobremanera el pedaleo.
Esta tónica general solo se ve interrumpida por el cruce con una carretera, después de la cual nos espera una larga recta con tramos muy duros pero con buenas vistas hacia la izquierda (cuando los eucaliptos nos permiten disfrutar de ellas, claro). Al final de la recta, y cuando nos las prometemos muy felices porque parecemos haber dejado atrás unas rocas que, a nuestra derecha, parecen coronar el monte, un brusco giro nos lleva, cómo no, hacia esas mismas rocas. Este último tramo de fuerte desnivel, además, parece haber sido ganado a los tojos por la fuerza, por lo que las innumerables piedras y la tierra suelta casi impiden pedalear. Por fin, un nuevo cartel nos indica que estamos en el mirador de Zaramacedo y, dejando las bicis en el camino y caminando unos metros campo a través, podemos alcanzar un banco (precisamente sobre las rocas que vimos antes) donde descansar unos minutos disfrutando de las impresionantes vistas que se abren ante nosotros y que incluyen, entre otros hitos, muchos de los montes que visitamos en el Giro Pequeño descrito más arriba en esta misma entrada.


La buena noticia es que hemos llegado tan alto que, desde aquí, poco más nos queda que subir. La mala es que, los pocos metros que aún podemos ganar en este monte, vamos a tener que subirlos. Así, una vez consideramos que hemos descansado lo suficiente, recuperamos las monturas y culminamos el ascenso a la altura de un cortafuegos que debemos cruzar (en realidad este tajo en la vegetación no es un cortafuegos, sino que permite el paso de una línea eléctrica).
Comenzamos por fin a vislumbrar el descenso pero (¡oh, sorpresa!) lo primero que vemos son unos señores vestidos con chalecos reflectantes y con rifles al hombro que por unos segundos nos hacen temer que todo este sufrimiento no haya servido de nada y la batida nos obligue a volver por donde hemos venido. Una breve conversación con los cazadores nos franquea el paso y, girando a la derecha sobre un muro de tierra que salvamos con precaución, alcanzamos sanos y salvos el otro extremo de la partida de caza (no corrió tanta suerte el pobre jabalí cuyo cuerpo se afanan por subir a un remolque tres aguerridos mozos). Tras un brusco descenso llegamos, irónicamente, al refugio de animales de Bando.
Giramos aquí a la derecha y, por asfalto, subimos un corto repecho antes de dejarnos caer en picado por la misma carretera. Cuando tenemos ya a la vista el caserío de Zaramacedo, debemos girar a la izquierda para, en unos metros, regresar a las pistas de tierra en un tranquilo tramo de llaneo entre campos de cultivo y plantaciones de eucalipto. Precisamente en una de esas plantaciones, a nuestra derecha, merece la pena detenernos y seguir la linde de la finca para, a unas decenas de metros del camino por el que circulábamos, encontrar los restos del dolmen de las Derramadas, bastante maltratado por el tiempo y los eucaliptos pero que aún conserva varios de sus ortostatos en pie.



Tras la visita a estos valiosos restos arqueológicos (los únicos de este tipo conocidos en todo el término compostelano) continuamos camino enlazando varias pistas que nos dejan junto a la aldea de Vilamaior, donde nos topamos con el Camino de Santiago (el Francés, el de toda la vida) que debemos seguir en sentido inverso hasta la cercana localidad de Lavacolla.
Al llegar al casco urbano lo primero que hacemos es salvar el río Sionlla por la plataforma de madera construida para tal fin (o por la carretera paralela, según gustos y tráfico de peregrinos) y, de inmediato, la carretera nacional (los coches suelen ser respetuosos por la abundancia de peregrinos, pero no está de mal andarse con ojo por si las moscas). Después haremos una parada obligada ante la iglesia de San Paio de Sabugueira que, rodeada por su correspondiente cementerio, corona una larga escalinata en cuya base podemos encontrar un crucero, conformando un interesante conjunto levantado en el siglo XIX en estilo clasicista.


Al salir de Lavacolla, siempre siguiendo el Camino Francés en dirección Roncesvalles (pero que no cunda el pánico, que no iremos tan lejos), el asfalto pasa a ser tierra y pedalearemos en suave, pero constante, subida entre la abundante vegetación y los no menos numerosos carteles de protesta contra el Plan Xeral do Camiño, lo que nos hace augurar que los resultados del actual alcalde compostelano en las próximas elecciones no serán muy buenos en esta zona del concello.
Cruzamos después bajo una carretera para llegar a la pequeña aldea de San Paio donde vemos una pequeña iglesia que, a pesar del nombre del lugar, en esta ocasión no está dedicada a San Pelayo, sino a Santa Lucía. Sin detenernos más que para la foto de rigor llegamos a una carreterilla y ¡todo un aeropuerto se atraviesa en nuestro camino!

Dicen que donde fueres hagas lo que vieres, así que imitamos a los peregrinos que vienen en dirección contraria y, tomando a la izquierda, nos aprestamos a rodear las pistas de aeropuerto Rosalía de Castro, de Santiago, de Compostela, de Lavacolla o, si no nos basta con esas denominaciones, usemos su código IATA: SCQ. Al llegar a la extraña estructura metálica que delimita el fin de su pista de despegue/aterrizaje, nos despedimos definitivamente de los peregrinos y giramos a la izquierda para, pasando bajo la autovía A-54 y haciendo dos giros consecutivos (primero izquierda, después derecha) tomar un camino de tierra bastante encharcado que nos impedirá mirar hacia los aviones que nos sobrevuelan a escasa altura.


Enlazando tranquilas carreterillas nos adentramos en el disperso caserío de la aldea de Quintás donde es obligatorio salirse del recorrido (tanto el recorrido como el temporal desvío impecablemente señalizados) para bajar unos metros hasta la iglesia de San Xulián de Carballal, una preciosa construcción del s.XII con fachada del XVIII y una sacristía adosada que la afea bastante, si bien los canecillos románicos que aún conserva bajo el alero sur salvan la chapuza barroca de forma más que satisfactoria. En su entorno, además del cementerio que la rodea, podemos encontrar un parquecillo ideal para detenernos a picar algo a los pies del crucero mientras contemplamos las hermosas praderas repletas de vacas de la zona.





Es hora de continuar viaje y para ello ascendemos los metros que nos separan de Quintás para retomar allí nuestra ruta donde la dejamos. Nos adentramos ahora en una zona de ligeros subes y bajas por pistas de tierra en aceptable estado que se encuentran casi en su totalidad rodeadas de eucaliptos y pinos que, de cuando en cuando dejan paso a un verde prado tras los que disfrutamos de amplias vistas. La señalización es, en general, abundante, si bien llama la atención que, precisamente en los principales cruces, no hay ni rastro de flechas que nos indiquen hacia donde ir. Ignoro si se trata de un fallo de distracción (de los que colocaron las señales) o de sustracción (por parte de algún graciosillo con bastante poca gracia).
De repente el camino empieza a picar hacia abajo y empezamos a coger una velocidad importante. No es momento de lanzarse a tumba abierta, pues una señal nos indica que estamos a pocos metros del mirador de Tras Vea (un pequeño banco que dejamos en una pista a la derecha) donde podemos -o no- detenernos unos minutos a disfrutar del paisaje estropeado por una poca fotogénica urbanización y por las enormes naves de un polígono industrial (ambos ya en el concello vecino de Oroso). Después del descanso, volvemos a soltar los frenos y nos dejamos caer hasta que las flechas nos indican que debemos girar a la derecha para alcanzar la aldea de César, donde nos encontramos una nueva iglesia barroca, en esta ocasión del s. XVIII y dedicada a Santa María (y tan cercana a las casas de la aldea que casi veo viable que los vecinos puedan asistir a misa sin levantarse del sofá).


Seguimos pedaleando, dejando atrás la iglesia, para girar inmediatamente a la izquierda y dejarnos caer hasta la orilla del río Tambre (ojo a la frenada si no queremos probar la temperatura del agua). Cogemos ahora hacia la izquierda la pista que, asfaltada en los primeros metros, de tierra después, avanza pegada a la orilla izquierda del río. Si estamos atentos, entre la vegetación de ribera que nos separa de las aguas, es posible vislumbrar alguna que otra ave esperando pacientemente para poder convertir en su merienda a alguna truchilla o escalo despistado. En la temporada adecuada (como en mi caso, pues pasé por aquí el día de apertura de la veda), no es raro tampoco encontrar a algún pescador humano intentando emular a sus competidores alados, especialmente en el lugar, aguas abajo, en el que una impresionante pesquera interrumpe el curso del río en uno de sus puntos más anchos. Pocos metros más adelante de la pesquera el Tambre, ahorrándole trabajo a los improbables imitadores de Moisés, divide en dos sus aguas para atrapar entre ellas la isla del Refuxio, lugar habilitado para parrilladas y picnics al cual podemos acceder a través de una pasarela bastante angosta (cualidad que impide que algún gañán intente meter el coche hasta la propia isla).


Imperceptiblemente, la pista gana unos metros de altura sobre el río (pocos) y se encuentra con otra carreterilla asfaltada. A los pocos metros se repite la jugada, aunque en esta ocasión el impecable firme sobre el que pasamos a rodar nos indica que el reasfaltado tuvo lugar no hace demasiado tiempo. A mano izquierda dejamos la iglesia de A Barciela, consagrada a San Andrés y construida en estilo modernista en el «año de 1917», como indica una inscripción plantada en medio de la fachada principal. Ante ella podemos ver también un crucero que no parece mucho más antiguo que la iglesia, si bien sí es bastante más discreto.

Nos topamos en pocos metros con la carretera N-550 (por donde pasa el Camino Inglés), que debemos cruzar para tomar un camino que surge entre las casas del otro lado, una pista totalmente llana que termina describiendo una curva casi de herradura donde se concentra todo su desnivel (el esfuerzo que requiere esta rampa se debe, más que a su dureza, a lo bien acostumbrados que nos tenían los últimos kilómetros siguiendo el cauce del Tambre).
Cruzamos después entre algunas casas dispersas y cruzamos la autopista AP-9 por un paso elevado que da paso después a un camino totalmente embarrado. Superado este tramo, la tierra vuelve a dejar paso al asfalto y los siguientes kilómetros se transforman en una eterna repetición de la cantinela llano-cruce-subida-cruce-llano-cruce-subida, dejando en la cuneta alguna que otra casa donde podemos encontrarnos cosas curiosas (lo digo porque sobre el cemento del aparcamiento de una de ellas me encontré a un tipo durmiendo plácidamente, tumbado cuan largo era, y con un bebé en el regazo durmiendo tan profundamente como su padre, aunque sin ronquidos).
Después de la subida más dura (una en la que vamos dejando a la izquierda un valle con uno de los pocos robledales que encontramos entre tanto eucalipto y pino) llegamos a la iglesia de San Vicenzo de Marantes que, como no podía ser menos, cuenta con sus inseparables cementerio y crucero (con pousadoiro y todo). Sabemos hasta cuándose celebra la romeria local, pues cuenta el saber popular (y hasta Wikipedia) que:
San Vicente de Marantes
é un santo moi galanteiro,
quere que lle fagan a festa
o vinte e dous de xaneiro.


Desde el cruce en medio del cual está plantado el mencionado crucero tomamos una carreterilla (una más de tantas) que, después de un par de cruces (otros más de tantos) que nos deja en una pronunciada curva donde tomamos el camino de más a la derecha. Después de una corta y pedregosa subida y una algo más larga y no tan pedregosa bajada (a nuestra izquierda dejamos, no muy lejos pero fuera de la vista, Santa Cristina de Nemenzo: un nuevo conjunto iglesia barroca+cementerio+crucero), llegamos a unas pistas deportivas donde giramos a la izquierda para alcanzar el espacio conocido como Robleda de Nemenzo (sé que el bosque de marras tiene más de siete mil metros cuadrados, pero que nadie me pregunte por qué lo llaman robleda y no carballeira).
Tras un giro a la derecha vemos una amenazadora rampa frente a nosotros, pero un desvío salvador a la izquierda nos libra de subirla… a cambio de meternos de lleno en un barrizal. Salvando como podemos los charcos -casi estanques- que ocupan toda la anchura de la pista (recomiendo rodearlos a vadearlos, pero eso será solo si el nivel de las aguas lo permite) y pensando en lo que nos va a costar volver a dejar limpia la bici seguimos avanzando por varios caminos hasta que, en las proximidades de una casa, nos encontramos una nueva carretera. La cruzamos y tomamos otra que surge allí mismo y que nos permite cruzar un riachuelo (rego da Torta), al otro lado del cual tomamos la pista que sale a nuestra derecha.


Este camino nos termina dejando en una carreterilla que tomamos a la derecha para pasar rozando las casas de Berdía (o Verdía donde, por cierto, hay una nueva iglesia que en esta ocasión escapa de la monotonía barroca mostrando restos de su románico original del s. XII) y después, girando a la izquierda, cruzar por un paso inferior bajo las antiguas vías ferroviarias que unían Santiago y A Coruña y que pronto se convertirán en parte de la Vía Verde Compostela-Tambre-Lengüelle (la Vía Verde ya está inaugurada en otros ayuntamientos pero, por desidia del Concello santiagués, en este tramo ni siquiera se han comenzado las obras aún). Después de un nuevo giro a la derecha, si miramos hacia ese mismo lado de la carretera, podemos ver el edificio de la antigua estación de la localidad.

Giramos de nuevo, esta vez a la izquierda, y vemos un duro repecho ante nosotros. Por suerte no vamos a tener que subirlo, pues justo al comienzo aparece un salvador camino a la izquierda que debemos tomar para, siguiéndolo, ponernos en paralelo al cauce del río Sionlla. Después regresamos al asfalto y, girando a la izquierda, cruzamos el riachuelo a poca distancia de su desembocadura en el Tambre, río cuyo curso vamos ahora, una vez más, a seguir unos minutos.
Y es que, aunque nuestro track nos manda en breve alejarnos del río por una pista ascendente, vamos por ahora a ignorarlo y seguir por la carretera por la que venimos para seguir el río hasta un punto en el que sea posible cruzarlo. No tardaremos en llegarlo en la zona conocida como Chaián, un área recreativa popular que, en los días de buen tiempo, suele estar atestada de vecinos compostelanos que vienen al lugar a respirar aire freso, hacer barbacoas o, incluso, a refrescarse en las aguas del Tambre. Si no hay mucha gente y estamos en temporada, tampoco es raro ver por la zona a algún pescador intentando atrapar alguna de las cotizadas truchas del Tambre a las que tanto aprecio tenía Ernest Hemingway. En la orilla compostelana (la otra ya pertenece a Trazo) es posible incluso encontrar un Monumento al Pescador (en concreto a un tal Kias) que, cuando el cauce es lo bastante alto, se sumerge con sus vadeadores en el río en el que acaba de pescar la trucha que luce en sus manos.



Una vez demos por concluido nuestro tiempo de relax en el área recreativa de Chaián, es hora de regresar sobre nuestros pasos y tomar la pista mencionada anteriormente que, por un firme asfaltado pero lleno de piedras sueltas, nos aleja del Tambre y nos permite enlazar con otra carreterilla (ya más llana) que nos lleva a la aldea de Vilar de Outeiro donde, justo en el punto donde hemos de girar a la derecha, podemos detenernos a visitar un bonito conjunto de lavadero y molino cuya maquinaria, tanto superior como inferior, aún es posible examinar. En los alrededores, ya en una finca privada, podemos ver un edificio con pinta de haber sido una antigua fábrica o almacén.




Retomamos nuestro pedalear subiendo una dura rampa asfaltada y, después de girar a la derecha de nuevo, pasar a rodar por tierra sin dejar por ello de ascender. Después de una rampa bastante dura, la pendiente se suaviza e incluso llegamos a descender un poco antes de enfrentarnos a la última rampa por una pista que se encuentra en bastante buen estado general salvo que haya llovido mucho, hayan estado trabajando en la zona máquinas madereras o, lo que suele ocurrir a menudo, hayan sucedido ambas cosas a la vez.
Llegamos así al fin de la pista y enlazamos con una serie de carreterillas que nos permiten llanear un rato entre las numerosas casas que salpican la zona, mezclándose las viviendas unifamiliares de nueva construcción, moderno diseño y SUV en la puerta con las viejas casas de aldea de sólida piedra y un tractor aparcado en el galpón anexo. En este tramo lo mejor es guiarnos por nuestros GPS pues las flechas en algún punto han desaparecido por encontrarse la carretera en obras y, en otros puntos, la vegetación hace que sea complicado localizarlas a la primera.
Al llegar a una carretera un poco más ancha y con acera, la tomamos a la derecha (curiosamente en dirección a Chaián, pues allí es adonde va esta vía) para abandonarla a los pocos metros girando a la izquierda. Un nuevo giro posterior en la misma dirección nos lleva a cruzar la aldea de Escarabuña, a partir de donde regresamos a los caminos sin asfaltar (merece la pena fijarse en la bonita pared de piedra seca que, a la derecha, rodea una plantación de grelos) para enlazar varias pistas en una zona arbolada de la que terminamos saliendo a una carreterita junto a la aldea de A Peregrina.


Aquí, aunque las flechas nos manden girar a la derecha, recomiendo tomarnos unos minutos para visitar primero el conjunto de molino y lavaderos que podemos encontrar sobre el río Sarela (a los que podemos llegar en apenas unos metros tomando la carretera en dirección contraria a la flecha) y después la bonita iglesia barroca de Santa María (situada frente al camino por el que llegamos aquí), construida a finales del siglo XVIII y situada en un entorno muy agradable y pintoresco.


Una vez cumplidas las visitas, hacemos por fin caso a la flecha y seguimos la carretera que casi de inmediato da paso a unas roderas que atraviesan unos maizales (o, de no estar en temporada, un campo raso), al otro lado de los cuales salimos de nuevo al asfalto junto a un taller mecánico. Desde aquí, un giro a la izquierda, otro a derechas, otro a izquierdas (pasando entre un crucero y un hórreo en la aldea de O Bargo) y, de nuevo, otro a la derecha, nos dejan en un caminito que desciende como puede, entre rodadas de tractor y una escorrentía de agua que no tiene otro sitio por donde pasar, hasta el río Gatofero. A este curso de agua habitualmente se lo denomina «rego», lo que vendría a ser algo así, como regato o riachuelo, pero ya tendremos oportunidad de comprobar que es un río con todas las letras.
Lo primero que vemos de él es un encantador puente de factura medieval y que sin duda ha conocido días mejores (cuando formaba parte del Camino Real entre Compostela y Bergantiños) ya que no queda de él más que las piedras que conforman su único arco. En función del cauce que traiga el río podemos cruzarlo a las bravas, sin desmontar, o bien cargar con ellas y cruzar el río utilizando este olvidado puente (con todo el respeto que se merece, claro). Al otro lado del puente, tomamos el camino que aparece a nuestra derecha y nos disponemos a seguir el Gatofero.

Lo primero que vemos, a la derecha es una bonita zona donde varios molinos se agrupan en torno a una bella cascada (aunque pasamos a un nivel superior, merece la pena intentar acercarse, con precaución, a pie hasta el lugar para contemplarlo mejor). Después el camino pasa junto a una enorme roca plana hincada en vertical en el suelo y, a partir de aquí, nuestra vida se complica.



El objetivo de este tramo es, como ya dije, seguir el curso del río. Pero eso no va a ser tan fácil como suena. Tras unos primeros metros en los que debemos salvar un par de muretes que cruzan el camino, giramos a la derecha para descender acercándonos al cauce. El estrecho sendero por el que rodamos se ve continuamente atravesado por ramas y árboles caídos y, al coincidir a menudo con el canal que alimentaba los molinos de la zona, la presencia de piedras e incluso de zonas encharcadas es habitual. Los tramos en los que podemos pedalear son cada vez más cortos y tenemos que desmontar tan a menudo para salvar algún obstáculo que al final terminamos por desistir y avanzar a pie caminando junto a nuestras monturas. Lo bueno es que podemos aprovechar para disfrutar de la belleza del entorno, abundante en molinos en ruinas, pequeñas cascadas y una vegetación apabullante.


Cuando alcanzamos una curva en ángulo recto hacia la izquierda, parece que por fin podemos pedalear. Lo hacemos primero en un duro tramo ascendente que nos aleja del río y después en descenso al reencuentro de este (cuidado con la zanja que atraviesa esta pista y que habremos de salvar por una pequeña pasarela de madera). Después, una hilera de pequeños árboles que parecen bloquear el camino nos sirve de indicador para saber que debemos meternos por el pequeño sendero que, una vez más, desciende a lo más profundo del valle del Gatofero llegando esta vez al punto de que en una ocasión llegaremos a meter las ruedas en sus aguas (por suerte hay unas piedras que nos evitan mojarnos los pies si hemos desmontado a tiempo). En todo caso, y a pesar de la dificultad técnica del tramo, la belleza del lugar compensa el gasto que supone en nuestras reservas de energías (y de paciencia).




Finalmente, sin comerlo ni beberlo, llegamos a una carretera asfalta que tomamos a la derecha y que seguimos hasta llegar a la iglesia barroca que prácticamente se interpone en nuestro camino y que no es sino la de Grixoa, construida en el siglo XVIII y en cuyas inmediaciones (a la puerta del cementerio) vemos también un bonito crucero.

Visitado el entorno de la iglesia de Grixoa, debemos tomar la última pista que dejamos a la izquierda (ahora nos quedará a la derecha) para ascender unos metros y luego descender ligeramente por el camino que sale a su derecha. No tardamos en salir del bosque y encontrarnos con una carretera que debemos tomar a la izquierda, aunque habremos de abandonarla casi de inmediato para callejear por la aldea que está al otro lado en busca de una fuente del año 1834.

Volvemos a la carretera y enseguida vemos al otro lado a nuestro próximo verdugo: un caminito ascendente que está salpicado de piedras cuyo único objetivo parece ser complicar nuestro pedalear. Por suerte el tramo no es muy largo y terminamos saliendo de nuevo al asfalto que, a la derecha, nos lleva a una carretera un poco más grande, aunque solo circularemos por ella unos pocos metros antes de abandonarla por la pista ascendente que vemos al otro lado.

Por suerte esta vez la pista es de verdad una pista y nos permite rodar sin dificultad siguiendo el valle del río Oufín que terminaremos cruzando por un puente con pinta de ser bastante antiguo (aunque la maleza que rodea el cauce nos impide analizarlo en condiciones). Después, un par de giros a la derecha nos llevan de nuevo al asfalto por el que descendemos unos metros pero donde debemos estar atentos, pues hemos de tomar el camino sin señalizar que sale a nuestra izquierda. Después, un nuevo giro a la derecha por un camino alfombrado de hojas y alguna que otra silveira (zarza) traicionera nos lleva en descenso hasta las casas de Pontealbar.


Saliendo ya de la aldea, un primer repecho traicionero lleno de piedras y palos sueltos nos avisa ya de lo que nos espera durante los próximos interminables kilómetros, si bien antes vamos a poder disfrutar de un trecho de gran belleza en el que rodamos a media altura por la ladera del valle en el que, cada vez más se va encajonando un Tambre al que hemos regresado y que vemos a nuestra derecha. Tras un recodo en el que lo mejor es que ignoremos el track (que pretende atajar por donde no parece posible) y sigamos las flechas y, más recomendable aún, nuestro instinto que nos dice que sigamos el camino principal, llegamos a la Central Hidroeléctrica de San Xoán de Fecha, cuya impresionante pesquera vemos bloqueando el río junto al blanco edificio principal.



Pasado el cruce (podemos bajar si lo deseamos) la cosa comienza a ponerse interesante. Según la página web oficial de la ruta a partir de aquí «a pendente do camiño cambia e faise máis pronunciada, con tramos abruptos e rochosos». Esto, traducido al castellano, significa «agárrense ustedes los machos, que la cosa va a ponerse muy jo**da». Tras un primer paredón lleno de ramas secas donde vemos en el suelo los pulverizados restos de la última flecha que veremos en bastante rato, empezamos a enfrentarnos a una subida continua y dura donde los pedruscos sueltos hacen casi imposible pedalear. Al llegar, a duras penas, a un cruce (creo que en el tercero que encontramos de forma casi consecutiva) nuestra única referencia -el track- nos manda por una cuesta que parece necesitar de arnés, pies de gato y un poco de polvo de magnesio. Si nuestra bici no sucumbe a los palos sueltos que no dejan de meterse en radios y cambio, y no morimos desangrados por las continuas caricias de los tojos que han ido invadiendo el camino, eventualmente llegamos al punto de inflexión donde el camino parece empezar a bajar. Nos las prometemos muy felices cuando, de repente, ¡el camino se cierra ante nosotros! Eso, en principio, no parece un gran problema al ver que la vegetación que se ha adueñado de él son helechos pero, al acercarnos, hasta los más miopes podemos apreciar que entre ellos asoman unas cuantas zarzas con ganas de hacer mimitos a nuestras piernas y brazos desnudos.
Apretando los dientes, y gracias a que los pinchazos previos de los tojos ya nos han dejado medio anestesiados, cruzamos el punto conflictivo para, casi de inmediato llegar a un cruce. A nuestra izquierda vemos una subida. A nuestra derecha, un paredón. Cruzando los dedos miramos por dónde nos manda nuestro track y comprobamos que la ruta ¡sigue de frente! Una vez descartada por completo esa opción (literalmente, no hay ningún camino ni sendero en esa dirección, en la que solo se ve vegetación cerrada), lo mejor es que tomemos a la izquierda, ya que de ese modo, en pocos metros, saldremos a una pequeña carretera que, hacia la derecha, nos llevará a reencontrarnos con nuestra ruta perdida. En mi caso, llegado a este punto, dejé la bici a un lado y, postrado en tierra, besé el asfalto, ante la atónita mirada de mi compañero de pedaladas (quién, por otra parte, estaba deseando hacer lo mismo que yo, pero dudaba de si tendría fuerzas para recuperar la verticalidad después del emotivo gesto).
Ya por asfalto llegamos a un cruce donde una flecha (en la que, de haber tenido a mano un rotulador permanente habría escrito lo que pienso de quien señalizó la ruta) nos indica que el inmenso afloramiento granítico que vemos a nuestra derecha es A Pedra que Fala, donde durante siglos nuestros antepasados se dedicaron a hacer grabados, por lo que podremos ver aquí un buen número de petroglifos (tanto prehistóricos como medievales) si dedicamos un rato a recorrer los muchos recovecos y admirar las curiosas formas que adopta el gran peñasco.




Ya nos hemos reencontrado con nuestro Xiro Grande, por lo que estamos en condiciones de seguir la ruta tomando a la derecha en el primer cruce y, de inmediato, a la izquierda, ascendiendo de nuevo (ahora por asfalto). Aquí, un breve desvío de ida y vuelta nos propone subir hasta Castromaior (o Castro de Fecha), desde donde sin duda las vistas deben de ser increíbles, pero adonde no subo para evitar que mi compañero de ruta dé rienda suelta a sus instintos asesinos que cada vez le cuesta más reprimir. Desde aquí, continuamos una subida escalonada, ya por tierra, en dirección al alto de Espiñeiras donde también tenemos unas impresionantes vistas hacia el valle del Tambre desde el vértice geodésico que se encuentra a no mucha distancia del enorme radar de navegación aérea que domina la zona.


Ahora sí, nos tiramos cuesta abajo (tampoco nos volvamos locos, que el camino tiene su aquel) durante casi tres kilómetros, primero por tierra (salvo unos metros iniciales junto al radar) y, pasada una primera aldea, por asfalto hasta un nuevo caserío, que alcanzamos tras superar un par de cruces. Desde aquí el track nos manda llanear por un sendero que, presuntamente, va paralelo al asfalto, al que no tarda en regresar. Digo que presuntamente porque me parece tan absurdo buscar ese sendero teniendo una alternativa asfaltada y sin tráfico, que decido rodar cómodamente por esta hasta alcanzar la carretera que, perpendicularmente, interrumpe nuestra ruta.
Cruzamos (con precaución) esta carretera que une Santiago con Portomouro y, más allá, con Santa Comba o Carballo. Al otro lado nos adentramos en un bosque de castaños y robles, con más eucaliptos de los que nos gustaría. La maquinaria del sector maderero tiene los caminos bastante maltratados en esta zona, en la que vamos en ligera subida y donde debemos tomar a la izquierda en todos los desvíos que encontramos. Finalmente, tras un breve repecho algo más duro, coronamos el monte (de frente, a lo lejos, asoman las antenas de los montes Pedroso y Fontecova) y descendemos unos metros algo más empinados, si bien las numerosas piedras de la zona no son suficientes como para complicar la bajada. En una zona que suele estar bastante encharcada (al lado de una estructura abandonada de hormigón), dejamos a la derecha la antigua cantera de granito de donde algunos expertos señalan pudo salir la piedra que usó el maestro Mateo para construir su glorioso pórtico.


Salimos al asfalto en una carreterilla que tomamos a la izquierda hacia las casas de Portela de Figueiras. A la derecha queda lo que fue la escuela del lugar, pero nosotros seguimos de frente para incorporarnos a una carretera un pelín más grande (pero tampoco mucho) que tomamos a la derecha y que abandonamos casi de inmediato, en la primera curva, por la senda cubierta de hierba que aparece a nuestra derecha.

Circulamos por este tranquilo caminito que hasta hace poco se encontraba comido por la vegetación (y que ha sido devorado en varias ocasiones por los incendios) que sería más bonito si no fuese por la horrenda verja metálica que bordea la finca que dejamos a nuestra derecha (aunque, en honor a la verdad, podría haber sido peor si la hubiesen pintado de otro color diferente del tono verde que han utilizado). Después salimos a una zona donde abundan los eucaliptos y donde nos encontramos un camino algo más ancho que tomamos a la derecha para llegar a una amplia encrucijada donde tomamos el camino que, casi frente a nosotros, tiene pinta de ser un cortafuegos reutilizado y que comienza un marcado descenso.

Después de un primer tramo muy ancho y cubierto de hierba por el que descendemos rodeados de tojos que nos dejan ver una impresionante panorámica (y durante el que dejamos una explotación apícola a la derecha), el camino se estrecha ligeramente, pasa a ser de tierra y empieza a verse acosado por los enormes eucaliptos que lo afean bastante. El descenso continúa siendo bastante acusado (salvo por un mínimo repecho que se salva solo con la inercia) y nos deja casi sin darnos cuenta en la diminuta aldea de Piñor, poco antes de la cual llegamos incluso a adivinar las trazas de un antiguo firme enlosado bajo nuestras ruedas.

Salimos de la aldea por su único acceso asfaltado y a los pocos metros tomamos un camino que surge a nuestra derecha y que, tras unos primeros metros casi llanos, retoma el descenso donde lo habíamos dejado. Salvando con cuidado los profundos surcos que, causados por las escorrentías de la lluvia, atraviesan el camino en numerosos puntos, terminamos llegando a una zona más llana y de árboles mucho más verdes donde ya intuimos el cauce del río Roxos a nuestra derecha.


Tras salvar el pequeño curso fluvial, llega por fin el momento de dar un descanso a nuestros frenos… y de darle un disgusto a nuestras piernas que, frías después de un buen rato sin trabajar, protestarán ahora al verse obligadas a esforzarse para sacarnos del agujero en el que las hemos metido.
Llegamos así a una nueva aldea, en este caso Reborido, desde donde podemos ver a la izquierda una buena panorámica del profundo valle del que acabamos de emerger. Aunque las flechas y el track de la ruta difieren en sus opiniones sobre cómo atravesar el núcleo urbano (dentro del cual podemos encontrar un pequeño lavadero y contemplar algunos tractores tan antiguos que nos hacen dudar si están en uso o se trata de piezas de una colección), no tardan en solventar sus diferencias y dejarnos en diferentes puntos de una misma carretera, que debemos tomar hacia la izquierda.
Tras seguir unos metros por el asfalto que nos ayudará a salvar un riachuelo, flecha y track coinciden ahora en meternos por el camino ascendente que aparece a nuestra derecha. Metemos todo el desarrollo, giramos el manillar y… nos arrepentimos profundamente de habernos dedicado al cicloturismo en vez de a algo más tranquilo como, por ejemplo, la filatelia.
Después de unos primeros metros en los que un pequeño cortado de roca cubierta de musgo nos obliga a desmontar si pretendemos llegar al otro lado sin rompernos la crisma, un pequeño descansillo nos anima y nos hace volver al sillín. Pero es entonces cuando en una bifurcación aparece una flecha que nos manda hacia arriba por un sitio que parece complicado pero viable. Es solo un espejismo. Al momento salimos al despoblado corredor que ha sido talado para dar paso a una línea eléctrica y por el que un pequeño sendero trepa campo a través casi en vertical. Es por aquí por donde los lumbreras que diseñaron la ruta pretenden que nos metamos y, siendo sinceros, no creo que ellos lo hayan hecho en bici (lo veo complicado incluso para una BTT eléctrica).
Tras un infructuoso intento de subir con la bici al hombro desisto y busco una alternativa que me permita evitar el escarpado sendero. Vuelvo a la carretera y a Reborido y, tras tres kilómetros de rodeo (durísimo el primero de ellos, aunque por asfalto) por la aldea de Montemaior, consigo llegar de nuevo a la ruta sin desmontar, apenas quinientos metros más adelante de donde la había abandonado y cerca ya de la cumbre, a la que se llega después de unos últimos metros también muy duros pero por un camino muy ancho que los hace más asequibles, aunque sea empujando la bici.
Ya en la cima de este monte Luceiro merece la pena detenerse para admirar las vistas que nos hemos ganado a pulso y que abarcan desde el radar de Espiñeiras -que ya dejamos atrás-, a todo el valle del río Roxos, los montes Pedroso y Fontecova, la ciudad de Santiago y, al fondo, el Pico Sacro, por mencionar solo algunos de los puntos más reconocibles.



Emprendemos ya la bajada y más nos vale tener los frenos a punto porque el desnivel del cortafuegos que utilizamos para descender es tal que me hizo descubrir para qué sirve la tija telescópica de la que dispone mi bici (para quitar el sillín de en medio, echar el cuerpo hacia atrás y evitar así salir disparado por encima del manillar al pillar cualquier piedrecilla). Salimos después del cortafuegos para tomar un camino más pequeño y con curvas, pero la ruta no ceja en su empeño de caer en picado, por lo que debemos redoblar nuestros esfuerzos por no hacer lo mismo, esforzándonos por no salir disparados de la bici.

Cuando a la ruta le parece que ya hemos descendido lo suficiente decide entonces empezar a subir de nuevo y lo hace en la forma de unas empinadas rampas casi imposibles que por suerte esta vez no duran mucho y vuelve después a llegar el descenso, esta vez ya definitivo, aunque por un camino lleno de pedruscos que pone a prueba nuestra destreza técnica. A la izquierda seguimos llevando el valle del río Roxos casi en paralelo, como comprobaremos si nos desviamos solo unos metros del sendero (por ejemplo, con ocasión de nuestra llegada al mirador de Os Cortellos) y pasamos también cerca de un buen número de los petroglifos de la Edad de Bronce que abundan en esta zona.



Después de un tramo de curveo en el que encontramos una flecha señalando en sentido inverso y otra que se independiza del track y nos manda por un camino que ignoro adónde va a parar (estos dos errores, por cierto, han sido corregidos en varias ocasiones y casi de inmediato las flechas vuelven a su posición incorrecta, luego resulta obvio que no se trata de un despiste involuntario), enlazamos con el Camino de Fisterra y Muxía y, pisando el límite entre Santiago y Ames, salimos a la carretera junto a un bar frecuentado por numerosos peregrinos.
Nos separamos de nuevo de esta ruta jacobea y cruzamos la carretera para seguir de frente por la calle asfaltada que inmediatamente gira a la izquierda y transita dejando casas a la izquierda y un monte a la derecha. No hace falta estar muy atento en esta zona para ver alguno de los abundantes conejos que aquí habitan y que son confiados en extremo, hasta el punto de dejarse fotografiar sin timidez alguna.

Algo más adelante, al poco de haberse acabado el asfalto, giramos bruscamente a la izquierda y encaramos un inclinado descenso entre casoplones que nos lleva derechitos de nuevo a la carretera muy cerca de una rotonda. Aquí lo más recomendable sería tomar la «senda peatonal» que, a modo de acera, circula en paralelo a la carretera que va hacia Santiago. Sin embargo, como para hacerlo debemos cruzar la carretera en un punto de visibilidad casi nula, también podemos hacer la rotonda completa e incorporarnos como vehículos a la vía, de nuevo en dirección a Santiago, pues por uno u otro lado es en esta dirección en la que debemos seguir un breve trecho.
Después, al poco de haber cruzado el río Roxos y de dejar a nuestra derecha una escuela de arte y una farmacia y, poco antes de llegar a una concurrida panadería, dejamos la vía por la que circulamos hacia la derecha por un callejón que sirve de acceso a algunas casas y que poco después se transforma en un tranquilo camino que circula entre robles, en una espesa carballeira solo mancillada de forma puntual por algún eucalipto. El camino es bonito y se circula por él sin mayores problemas más que algún estrechamiento causado por la vegetación y que se salva sin dificultad. Si tomásemos uno de los caminos que dejamos a la derecha encontraríamos, no muy lejos de aquí, el petroglifo conocido como del Souto y, algo más allá, los restos del puente Cabirta, que cruza el río Sar en un punto especialmente recóndito.



El último tramo de este camino por el que venimos puede complicarse bastante en época de lluvias, pues no solo algunas zonas tienen tendencia a encharcarse sino que durante algunos metros llega a correr el agua y nos parecerá que estamos pedaleando por el curso de un riachuelo. Más o menos embarrados y mojados, al final de un breve descenso salimos una vez más al asfalto, donde tomamos a la izquierda para llegar a una bifurcación donde la señalización se pelea con el track y nos mandan cada uno por un lado. En todo caso, la discusión es breve pues ambas opciones vuelven a unirse apenas unos metros más adelante para pasar juntas entre un colegio y un centro terapéutico. Después, sendos giros a la derecha nos llevan hacia la depuradora de Santiago, si bien un nuevo giro a la izquierda nos libra de llegar a ella.

La carretera por la que vamos cruza el Sar y, al otro lado, un corto repecho nos aleja de nuevo de él. Al final de un breve tramo recto nos topamos de frente con una casa frente a la que crece una palmera y que debemos rodear. Antes de hacerlo, en todo caso, merece la pena señalar que esta fue la casa de Raúl Viqueira, un antiguo celador del psiquiátrico de Conxo que en su tiempo libre se dedicó a decorar su jardín -anexo a la casa- con todo tipo de estructuras cubiertas de piedrecillas que traía de la playa. Y, cuando hablo de estructuras, no me refiero solo a soportes de lámparas o cruceiros, que también, sino incluso a una pequeña capilla y hasta un castillo. Este Xardín Paraíso, que sobrevivió al fallecimiento de su autor y es aún hoy mantenido en perfecto estado de revista, más allá de mera curiosidad, ha sido objeto de sesudos estudios llevados a cabo y publicados por historiadores del arte que engloban la obra dentro de la categoría de art brut, o arte marginal. El jardín no tiene valla, por lo que buena parte de puede admirarse desde la carretera a apenas un par de metros del cruce donde nos encontramos.

Rodeamos la casa tomando la carretera que surge por el lado opuesto al jardín y después giramos a la izquierda y posteriormente a la derecha para adentrarnos por una calle que, después de permitir acceder a cuatro casas, se deshace en un pequeño camino de tierra que se adentra entre los carballos. El bosquecillo esta vez es pequeño y, rodeando el cementerio de Laraño, no tardamos en aparecer al otro lado junto a una carreterilla que tomamos a la derecha en un tramo de empinada subida pero, por suerte para nuestras piernas, corto. Al llegar arriba, tomamos a la izquierda para pasar sobre las vías del tren e inmediatamente a la derecha en paralelo a ellas.

Nuestras flechas nos mandan ahora girar a la izquierda y empezar a subir, pero antes nos vamos a acercar a visitar la iglesia que tenemos ante nosotros y que es la de San Martiño de Laraño. Construida entre los siglos XVI y XVIII en estilo barroco (como no podía ser menos) cuenta, como principal detalle a destacar de su fachada, con la figura de su patrón, San Martín. El llamativo pararrayos que destaca en su campanario se explica si tenemos en cuenta que no sería la primera vez que un rayo destroza esta torre. En su atrio y en los alrededores podemos encontrar el lote completo: crucero, palco de música, fuente y lavadero.


Retomamos ya la subida y, después de un breve tramo bastante duro, giramos a la izquierda junto a un discreto lavadero y continuamos subiendo de forma ya más tendida. Cuando entramos en una zona más boscosa, una de nuestras conocidas flechas nos indica girar a la derecha por un camino de tierra para desaparecer después toda señalización durante un buen trecho. Nuestra intuición nos lleva a seguir recto en todos los cruces hasta que, en un tramo en el que vamos en contradirección por el Camino Portugués (es decir, que vamos hacia Fátima), después de un pronunciado descenso y al pasar bajo la autovía, volvemos a encontrar señales que nos indican el buen camino que no es otro que seguir el valle del Rego do Vilar hasta la entrada misma a Milladoiro en un tramo que, personalmente, conozco muy bien por hacerlo casi a diario cuando voy a trabajar en bici de madrugada.
Al llegar a un cruce regulado por semáforo giramos a la izquierda dos veces consecutivas para llegar al otro lado de la N-550. Con muy buen criterio, la señalización nos evita el uso de la rotonda (que sería casi suicida para una bici) y nos manda por el paso elevado para peatones que, por cierto, es un mirador magnífico para disfrutar como espectadores de carreras ciclistas cuando se dé el caso de que estas pasen por aquí.

Ya al otro lado de la nacional, nos apretamos los machos porque lo que viene ahora se las trae. Tomando la carreterilla que nace en la misma rotonda, emprendemos una durísima subida que, especialmente en algunos tramos, nos exprimirá de lo lindo. Después de varias curvas curvas y lo que nos parece una eternidad alcanzamos el puente que nos permite cruzar sobre la autopista AP-9 y, girando a la derecha y luego a la izquierda, continuamos la subida de forma ya mucho más asequible para pasar después a llanear y rodar por asfalto.
De pronto, track y señalización coinciden en mandarnos tirarnos a tumba abierta por una carretera que desciende en picado. ¡No hagáis tal, insensatos! Después de que el asfalto muera junto a unas casas, dando paso a un camino de tierra, el paso está completamente cortado por un árbol caído. Intentarlo no tiene sentido: el camino está en este punto totalmente bloqueado y la única salida es retroceder, lo que implica subir lo que acabamos de bajar, y ya os avanzo que no es moco de pavo. Quizás este corte sea algo puntual y se solucione pronto, pero el precio a pagar es demasiado alto como para arriesgarse a comprobarlo.
Lo bueno es que, en esta zona limítrofe con el concello de Teo, existen diversas pistas asfaltadas que nos permiten retomar nuestra ruta poco más adelante. Así, por un camino de tierra rodeados de eucaliptos llegamos de nuevo al asfalto, que no tarda en transformarse en tierra de nuevo… y así en un sinfín de caminos y callejuelas que nos llevan a la zona de Os Tilos, donde, junto a una nueva fuente con lavadero nuestros queridos track y señalización vuelve a discutir y se separan de nuevo.
En mi caso opto por seguir el track (aunque a estas alturas ninguno de los dos me inspira mucha confianza), dando por hecho que las flechas verdes nos llevan por la calle paralela a la que yo sigo y que, ambas, van a salir a una carretera que debemos cruzar. Al otro lado recuperamos la señalización que lo primero que hace es mandarnos meter por una calle en dirección prohibida. Con precaución así lo hacemos, a sabiendas de que solo serán unos metros, pues después debemos girar a la izquierda por una nueva calle asfaltada que, una vez más, termina derivando a un camino cuando se acaban las viviendas. Este camino se dirige derecho al colegio Peleteiro pero, antes de llegar, nuestro track nos dice que debemos girar a la derecha por un sendero que parece casi ni existir.
Por suerte para nosotros, después de un par de metros el sendero se ensancha y desciende por un tramo muy divertido rodeado, por desgracia, de un bosque bastante feo formado en exclusiva por eucaliptos (solo alcancé a ver un solitario castaño autóctono entre los colosos australianos). Además, es imposible abstraerse del continuo ruido de la autovía hacia la que nos dirigimos y que no tardamos en alcanzar. Aquí debemos tomar a la derecha la vía que bordea la vía rápida, con continuos subes y bajas, y que termina llevándonos a una carretera que nos permita cruzar sobre la autovía y descender perpendicularmente a esta al otro lado.
Si estamos atentos, veremos a nuestra derecha (casi frente a nosotros) una bonita iglesia enmarcada en un paisaje sorprendente si tenemos en cuenta lo urbano del entorno. Al fondo, el Pico Sacro sobresale del horizonte.

Esta ermita, construida en estilo barroco, para variar, está redundantemente consagrada a la Virgen de las Ermitas, cuya imagen se muestra tanto en la fachada principal como en la base del crucero cercano. Junto al camino de acceso también hay otro crucero más pequeño de bella simplicidad.


Pasada la ermita, giramos a la izquierda y después a la derecha para encontrar una gran casa de piedra (la primera a la izquierda), en cuyo patio exterior podemos admirar una variada colección de vehículos antiguos: un buen número de coches y tractores perfectamente restaurados (al menos en lo que se refiere a su apariencia externa) que bien merecen unos minutos de contemplación.

Pasamos después junto al local sociocultural de Bornais junto al que existe una fuente que, pese a su impecable aspecto, está más seca que la mojama. Después, en la rotonda, debemos tomar la salida frente a nosotros que tiene truco, pues se divide inmediatamente en dos y debemos tomar la de la izquierda (la vía de doble sentido de circulación que se adentra en un paso subterráneo y no la de la derecha que nos llevaría a la N-525 sentido Ourense). Al otro lado del paso subterráneo, en una nueva rotonda decorada con un mojón kilométrico de la mencionada nacional, seguimos otra vez recto para llegar al Camino Real de Piñeiro que tomamos a la derecha. y descendemos -cruzándonos con los peregrinos que recorren los últimos kilómetros de la Vía de la Plata o Camino Mozárabe o Sanabrés o de Fonseca- hasta que cruzamos un río junto a una ermita que nos resulta familiar: ambos reciben el nombre de Santa Lucía y, efectivamente, hemos completado nuestra larga excursión de hoy.
