Provincias: A Coruña y Pontevedra (España); Viana do Castelo, Braga, Porto, Aveiro, Coimbra y Leiria (Portugal)
Distancia: 470 km aprox.
Mapa:

Track: Descargar CaminoNorteFatima.gpx
Descripción:
Dicen que todos los caminos llevan a Santiago y en estos tiempos, cuando la popularidad del Camino de Santiago en todas sus variantes ha conseguido su práctica saturación en los tramos más cercanos a la capital compostelana, esto parece ser especialmente cierto. Los viajeros del mundo han olvidado los otros centros habituales de peregrinación y acuden en masa a las rutas jacobeas. Sin embargo, quienes hayan elegido el llamado Camino Portugués, habrán podido comprobar que además de las ubicuas flechas amarillas en los cruces existen también unas flechas similares pero pintadas en color azul y que, curiosamente, indican justo en la dirección contraria. Y es que este camino, que se dirige a Compostela desde tierras lusas, une dos centros de peregrinación de gran arraigo en la tradición cristiana. Por un lado tenemos, cómo no, Santiago. Por el otro, Fátima.

Como soy de los que aceptan pertenecer al rebaño pero presumiendo de ser una oveja negra, haré lo contrario de lo que hacen todos. Peregrinaré, sí, pero lo haré en la dirección opuesta. ¿Alguien se viene conmigo a Fátima?
Nota: Este Caminho do Norte, que entra en tierras portuguesas a la altura de Valença do Minho, esta señalizado por las mencionadas flechas azules desde Santiago de Compostela. Aquí empezaré mi ruta y la iré completando a medida que mi escaso tiempo libre y mis excesivas ideas para ocuparlo me lo permitan. Comienzo, por el momento, describiendo el tramo Santiago-Pontevedra y el que, ya dentro de Portugal, va desde el río Miño al Duero. Después ya veremos.
Dado que esta ruta coincide con el Camino Portugués a Santiago, debemos comenzarla en el lugar en el que este acaba: la seo compostelana. Partimos pues del Obradoiro por la rúa do Franco y, pasando por Porta Faxeira, bordeamos la Alameda y salimos de la ciudad por Rosalía de Castro y Santa Marta. Al coincidir con el Camino Portugués, esta ruta coincide también, durante algunos kilómetros, con la Ruta del Padre Sarmiento que ya he descrito aquí. En concreto, coincidiremos con la ruta de O Salnés en todo el tramo entre Santiago y Pontecesures, además de durante un par de kilómetros a la entrada a Pontevedra.


Al comienzo de la rúa da Volta do Castro -mencionar que el nombre de esta calle proviene del castro que existe unos metros más adelante a la derecha, donde aún se conserva un magnífico petroglifo de la Edad del Bronce- nos desviamos a la izquierda (dejamos a la derecha una tienda de bicis, por si necesitamos realizar algún ajuste de última hora) y, después de cruzar una zona de bloques de viviendas, cruzamos por un paso elevado la ronda de circunvalación de Santiago para salir así definitivamente de la ciudad. Después de un cruce junto a un grupo de casas, nuestro camino pasa a ser de tierra y pasamos bajo un enorme viaducto para ponernos en paralelo al río Sar, que queda a nuestra izquierda y hacia el que, poco a poco, vamos descendiendo. Finalmente cruzamos el río por un puente de piedra originario del siglo XII (aunque posteriormente reformado en numerosas ocasiones) y pasamos de nuevo al asfalto junto a un nuevo grupo de casas entre las que hay un bar un poco cochambroso. Pasadas las casas, dejando a la derecha el camino de acceso a una bonita fuente de piedra junto al Sar, nos desviamos a la izquierda para enfrentarnos al primer repecho serio de nuestro camino, que nos deja primero junto a la vía del tren en paralelo a la cual pedalearemos durante unos metros antes de cruzarla y, dejando a la derecha A Rocha Nova, entrar en la localidad de A Rocha Vella.


Nada más entrar en esta aldea encontramos a nuestra izquierda una calle que desciende hasta el castillo de A Rocha Forte, una fortaleza que sirvió de refugio a los arzobispos de Compostela entre los siglos XIII y XV cada vez que se metían en un lío. El castillo fue destruido durante las guerras irmandiñas y permaneció olvidado (y enterrado) durante siglos, hasta el punto de que le construyeron una vía férrea casi por encima. Hoy ha sido excavado y puede visitarse.

Visitado el castillo, cruzamos A Rocha Vella y nos ponemos en paralelo a la autovía AG-56 en pronunciado descenso para terminar cruzando bajo ella y, casi inmediatamente, pasar bajo otro viaducto. Después no nos queda otra que girar bruscamente a la derecha para recuperar parte de la altitud perdida en un solo repecho y, después de otro giro a la izquierda, continuar subiendo por una zona salpicada de casas entre tierra de labor que, después de otro repecho de tierra entre un bosque de eucalipto, nos termina dejando en O Milladoiro, pequeña aldea sin ayuntamiento propio que ha terminado convertida en una inmensa ciudad dormitorio.
Cruzando con mucha precaución la carretera que nos topamos al salir del camino, lo primero que encontramos en O Milladoiro es un gran centro comercial donde podemos reponer víveres de necesitarlo, y después llaneamos por una avenida que deja a la derecha un pabellón y otras instalaciones deportivas. Antes de abandonar la localidad por esta misma avenida, tenemos la opción de desviarnos unos metros a la izquierda para visitar una pequeña capilla consagrada a la Magdalena que sobrevive entre los bloques de viviendas.



Salimos pues de O Milladoiro por una carretera descendente para desviarnos después a la izquierda y posteriormente a la derecha para terminar saliendo del asfalto y poniéndonos en paralelo a una amplia carretera, aunque nosotros circulamos por una pista de tierra muy bacheada. Al final de esta, cruzamos el asfalto en una rotonda y desandamos unos metros, ahora por el lado opuesto de la carretera. Si estamos en temporada alta, encontraremos aquí una caravana transformada en bar que ofrece refrescos y aperitivos a los peregrinos.
Llegamos a un aserradero y giramos en angulo recto a la izquierda para encontrarnos, por primera vez de muchas, con el aún pequeño río Tinto. Circulamos algunos kilómetros en esta dirección por un camino de tierra en buen estado, aunque algo embarrado en algunos tramos, que va cruzándose en su recorrido con pequeñas carreteras asfaltadas. Tras uno de estos cruces, en la aldea Pedreira, nuestro camino se convierte en asfalto y nos adentramos en una zona bastante urbana con numerosas casas que nos indican la cercanía de la carretera nacional N-550, hasta la que podremos acercarnos si necesitamos algún servicio (bares, tiendas, farmacias, bancos…). Sin embargo, nuestro camino se aleja por ahora de ella y nos lleva un poco más a la derecha para pasar sobre la vía del tren y adentrarse en una zona más boscosa, donde el asfalto se ve rodeado por robles y pinos. Después de un descenso llegamos a una nueva localidad: Rúa de Francos. Después de pasar junto a una casa rural y restaurante llegamos a la famosa Carballeira de Francos, donde cada 11 de Noviembre (festividad de San Martiño) tiene lugar una concurrida feria equina. De continuar a la derecha pasaríamos por un bonito puente antiguo y llegaríamos al camino de acceso al Castro Lupario, pero en su lugar nos desviamos a la izquierda para llegar a una pequeña capilla dedicada a venerar a San Martiño junto a cuya puerta vemos un cruceiro. Sin embargo la verdadera joya está en la parte trasera de la ermita, pues allí encontramos un maravilloso crucero gótico de aspecto mucho más tosco del que estamos habituados a hallar en Galicia: una única pieza de piedra con forma de cruz donde se han labrado el Cristo crucificado y, a sus pies, las figuras de sendos peregrinos.






Continuamos en dirección sureste para entrar en el valle del río Tinto y pasar junto al Pazo do Faramello, del siglo XVIII, una antigua fábrica de papel que conserva sus molinos, su capilla barroca y un poco común jardín francés del siglo XIX, todo ello junto al bello cauce del río Tinto y a los pies del Castro Lupario (para más información sobre el pazo y el castro, recomiendo visitar mi entrada sobre la Ruta del Padre Sarmiento).
Dejando atrás el acceso al pazo, nos vemos obligados a incorporarnos a la N-550, transitada carretera nacional por la que circularemos con mucha precaución en un tramo de bajada que nos lleva en un momento hasta un cercano polígono industrial. Pasado este, salimos de la nacional por la carretera perpendicular a la izquierda que nos lleva hasta Areal, donde giramos otra vez noventa grados para volver a ponernos en paralelo a nacional y la vía de tren, entre ambas. Cruzamos otra aldea y poco más allá giramos a la izquierda para ascender un duro repecho que nos lleva al otro lado de la vía, donde retomamos nuestro rumbo sureste para llegar en poco tiempo a la aldea de Cruces, donde lo primero que veremos será la pequeña iglesia de Santa María rodeada de su cementerio con bonitas vistas sobre el valle del Sar.



Pocos metros más adelante, dejando a nuestra derecha el jardín botánico de la Fundación Paideia, llegamos a otra iglesia, esta vez un poco más espectacular: el Santuario de la Virxe da Escravitude, un majestuoso edificio barroco (nótese el parecido de su fachada con la del Obradoiro) ante el cual una escalinata doble con balaustrada central da cobijo a la fuente que da nombre al santuario, pues un peregrino enfermo que bebió de ella se vio de inmediato «libre de la esclavitud de su mal».




En este punto nos vemos de nuevo obligados a regresar al asfalto de la nacional durante algunos metros para después desviarnos a la derecha y compartir camino con la vía del tren (aunque camino y vía férrea comparten trazado aquí casi sin separación, la anchura permite circular sin peligro).

Volvemos a separarnos de la vía a los pocos metros para adentrarnos en una zona de estrechos caminos asfaltados que transcurren entre casas y huertos, donde algunos idílicos lavaderos, molinos y algún hórreo salpican nuestro recorrido.



Dos bruscos giros nos llevan después de nuevo a la ya conocida N-550 por donde, por tercera vez, deberemos circular con toda la precaución posible (en un tramo es posible evitarla por un sendero separado de ella). Algo más adelante habremos de abandonarla por el lado contrario para llanear por una ancha calle que termina muriendo junto a la vía del tren. No nos queda más remedio que torcer en ángulo recto a la izquierda para ascender un duro repecho y girar de nuevo a la derecha e ir descendiendo poco a poco de nuevo hasta la vía, bajo la cual pasamos. Al aparecer por el otro lado, lo primero que vemos es la iglesia -antigua colegiata- de Iria Flavia.
Lo primero que vemos es el cementerio. Si cruzamos la puertecilla que queda justo ante nosotros y caminamos unos pocos metros a nuestra izquierda veremos a nuestros pies, a la sombra de un viejo olivo, la pesada losa que cubre los restos mortales de el Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela, Marqués de Iria Flavia.

Al otro lado del cementerio, escoltada por una magnífica colección de sepulcros antiguos (s.VI-VII), la iglesia procede del siglo XI y durante algunas décadas fue colegiata, en sustitución de la antigua que había sido destruida por Almanzor pocos años antes de la construcción de esta. El edificio que tenemos ante nosotros, sin embargo, es del siglo XVIII, obra de Pedro García de Cotobade con retablo mayor de Miguel de Romay.





Frente a la iglesia, al otro lado de la carretera nacional, un conjunto de casas también del siglo XVIII (aunque, obviamente, el escudo del marquesado esculpido en uno de los frontones es muy posterior), se encuentra la Fundación Camilo José Cela, así como el museo del ferrocarril dedicado al ingeniero ferroviario John Trulock, abuelo del escritor y responsable de la primera vía férrea de Galicia, que pasaba por aquí. Inmediatamente a la derecha de estas casas, en los terrenos de una antigua azucarera, se levantó en tiempos de la guerra civil un campo de concentración en el que el bando nacional mantenía confinados a presos traídos de toda España (un solar en el que hoy podemos ver solo un bonito palacete).


Volviendo a nuestra ruta, unos metros más adelante por la carretera nacional nos desviamos a la derecha para cruzar el canal del Sar y llegar hasta un punto clave de la tradición Jacobea: la iglesia de Santiago de Padrón.
Pero antes de centrarnos en este templo, propongo que nos desviemos unos pocos kilómetros a la izquierda de nuestro camino para subir por carretera hasta Herbón donde, entre invernaderos dedicados al cultivo de sus archiconocidos pimientos, encontraremos una joya del románico: la iglesia de Santa María, construida en la segunda mitad del siglo XII por orden del arzobispo compostelano más popular del medievo, Don Diego de Gelmírez. En sus proximidades puede encontrarse también el monaterio franciscano donde se plantaron por primera vez -traídos de América- los pequeños pimientos que dan fama a esta localidad. Por el camino (ya sea en el de ida o en el de vuelta) podemos aprovechar para visitar el jardín botánico de Padrón, la casa-museo de la escritora Rosalía de Castro o, como no, para degustar una ración de pimientos y comprobar si son de los que pican o de los que «non».





Volvemos ya al punto donde habíamos interrumpido nuestra ruta poco después de entrar a Padrón para centrar nuestra atención en la iglesia de Santiago. El edificio pasa bastante desapercibido por ser relativamente moderno -segunda mitad del siglo XIX- pero en su interior, además del púlpito de piedra originario del siglo XV (procedente del templo gótico que sustituyó al original del siglo X y que, a su vez, fue reemplazado por el que ahora vemos), en un lugar destacado tras el altar mayor encontramos el mítico pedrón. Se trata de una piedra que, además de dar nombre a toda la localidad, tiene un papel destacado en la tradición jacobea pues a ella, supuestamente, amarraron los discípulos de Santiago la barca en la que trajeron el cuerpo del Apóstol desde Oriente Próximo. Se trata, por tanto, y de forma literal de uno de los pilares del cristianismo o, al menos, de las peregrinaciones jacobeas y estaría fuera de lugar entrar aquí a discutir su credibilidad. Lo que sí sabemos es que este pedrón es un ara romana dedicada a Neptuno y que por ese motivo lo lógico es que estuviese situado originalmente junto al agua: en el puerto. Quién o qué se amarrase o dejase de amarrar a él depende ya de la fe de cada uno.

Siguiendo con la tradición jacobea, recientes prospecciones por georradar en un solar a pocos metros de aquí, al otro lado del río, han determinado la presencia bajo tierra de lo que podría ser el antiguo puerto y de la roca sobre la que, de nuevo según la tradición, fue depositado el cuerpo del Apóstol. Lo que si sabemos que está en esa misma orilla del río, en este caso bien visibles sobre la superficie de la tierra y separados de la iglesia de Santiago solo por un puente, son el convento del Carmen (neoclásico, siglo XVIII) y la bonita fuente del mismo nombre (siglo XVI, reconstruida en el XVIII). Mucho más moderna -y la menciono como curiosidad- es la escultura que encontraríamos de seguir unos metros por la carretera que aquí comienza: un gran ciclista metálico aquí erigido como homenaje a los varios ciclistas profesionales que ha dado la tierra (la tienda de uno de ellos también se encuentra a pocos metros).
De camino a Extramundi (donde se encuentra la escultura) podemos aprovechar para desviarnos y enfrentarnos a las duras rampas que ascienden por la ladera tras el convento del Carmen y que nos llevan a la pequeña ermita de Santiaguiño do Monte, lugar donde se cuenta que predicó y se escondió el Apóstol.


Volviendo a nuestra ruta, a la puerta misma de la iglesia de Santiago encontramos una estatua de la gran Rosalía de Castro (generalmente no lleva puesta la rebequita que viste en la foto) que mira directamente, a través de un largo parque de majestuosos árboles, a una escultura similar del genial Camilo José Cela que ha sido erigida con un buen par de pelotas (no es que me haya vuelto soez de repente sino que, literalmente, han colocado dos grandes bolas de granito frente al pedestal de la estatua). Si tenemos tiempo, un paseo por el casco histórico de la localidad nos recompensará con el descubrimiento de alguna bonita fuente donde aliviar nuestra sed y un buen número de cruceros.

Y, ya que hemos venido hasta aquí, si en Santiago fuimos lo bastante previsores como para hacernos con la correspondiente credencial del peregrino y de sellarla, podemos sellarla por segunda vez en Padrón y pasar por la oficina de turismo o por el albergue municipal, donde nos expedirán un diploma -la Pedronía- que podemos guardar como recuerdo de nuestro paso por esta localidad jacobea.


Es hora ya de abandonar Padrón, lo que hacemos pasando junto al mercado (buen lugar para avituallarnos) y frente al albergue de peregrinos. Continuamos después, pasando bajo una autovía, siguiendo el curso del Sar hasta que, bruscamente, nos desviamos perpendicularmente a nuestra izquierda para dirigirnos al puente que nos llevará al otro lado del cercano río Ulla.
Dado que el puente es compartido con la N-550 debemos cruzarlo con mucha precaución. Para evitar el tráfico lo mejor es esperar a que no vengan peatones y utilizar la acera que, aunque no excesivamente ancha, permite sin problemas el paso de nuestra bici. Al otro lado, ya en Pontecesures, debemos ignorar las primeras dos calles que salen a nuestra derecha -la primera de las cuales está señalizada con flechas que podrían confundirnos- ya que lo que debemos hacer es desviarnos hacia el lado contrario. Para no tener que cruzar la nacional lo mejor es meternos por el sendero que sale a nuestra derecha y, pocos metros más adelante, utilizarlo para pasar bajo la nacional. Al otro lado encontramos encontramos una calle ascendente que nos lleva directamente a la capilla de San Xulián de Requeixo.
La capilla se encuentra, como ya empieza a resultarnos habitual, rodeada por el cementerio parroquial. Su origen se remonta al siglo XII y, a pesar de las numerosas reformas posteriores, aún es posible encontrar algunos elementos de su factura románica original. Lo que más llama la atención es el gran arco -ahora ciego- que se observa en la fachada sur y cuya función es desconocida. En las proximidades de la iglesia, al pie del Camino, se encuentra el cruceiro de San Lázaro (santo al que vemos representado en el fuste), del siglo XIV y que, como se puede deducir a partir de su nombre, formaba parte de una antigua leprosería.


Seguimos pedaleando y a los pocos metros completamos la subida que empezamos poco después de cruzar el Ulla. A nuestra derecha queda un mirador que domina toda la localidad de Pontecesures pero no merece la pena que nos detengamos pues la vista queda estropeada por dos enormes complejos industriales (la maderera Finsa y una planta de Nestle). En su lugar, continuamos llaneando por asfalto, llamándonos la atención los carteles que prometen los numerosos servicios que ofrece la villa de Pontecesures como reclamo para sacar a los peregrinos del trazado del Camino y llevarlos por la carretera principal. A nosotros son las flechas azules las que nos sacan de la carreterita por la que vamos para desviarnos hacia otra aún más estrecha que sale a nuestra izquierda y, a los pocos metros, tenemos que abandonar también esta, de nuevo hacia la izquierda, para pasar a rodar por un estrecho camino ascendente que se interna en el bosque.
Terminada la subida, el camino sale del bosque y regresa al asfalto para empezar a zigzaguear entre algunas casas dispersas. Así llegamos a una carretera algo más ancha que describe una curva justo en ese punto. Continuamos por ella hacia la izquierda (casi recto para nosotros) para toparnos de inmediato con la iglesia de San Miguel, un voluminoso edificio neoclásico del siglo XVIII. Frente a la fachada principal, en el atrio, un pequeño calvario formado por tres cruces de piedra. Para los observadores, lo más reseñable es el detalle que encontramos en la fachada sur del templo: un electricista iluminado decidió camuflar una canalización eléctrica disfrazándola de bastón de peregrino, con calabaza y todo. Ya de puestos ¡le faltó tapar la caja de contadores con una concha!


Se acaba lo bueno. No a muchos metros de dejar atrás esta iglesia pasamos de nuevo del asfalto a la tierra y, después de cruzar el río Valga, nos pondremos en paralelo a él para comenzar una larga y por momentos dura subida donde lo único bueno es el frescor que se respira el la zona gracias a los abundantes árboles, además de los gritos de aliento que recibiremos de los peregrinos que vienen descendiendo. Finalmente, después de una subida de poco más de un kilómetro que se hace eterno, pasamos al asfalto y encontramos una bajada, pero no debemos confiarnos pues la carretera nos lleva directamente a la autopista AP-9 y, justo antes de cruzarla, debemos meternos por el camino que avanza paralelo a ella y que vuelve a ponerse cuesta arriba (en torno a tres kilómetros durará esta vez la subida).
Después de un trecho dejando la autopista a nuestra izquierda llegamos al asfalto de nuevo y, girando a la izquierda (a la derecha queda un bar que nos tienta con su oferta de comida), pasamos sobre la AP-9 para volver a abandonar la carretera y continuar avanzando hacia en sur dejando ahora la autopista a nuestra derecha. Más adelante la pista por la que vamos se comienza a alejar del ruidoso tráfico y dejamos a nuestra derecha el Museo Labrego, un pequeño edificio en cuyo patio se amontonan aperos tradicionales de labranza.
Nos topamos con otra carreterita asfaltada y, tomándola hacia la derecha, la utilizamos para cruzar la N-550 y poco más adelante, en el entorno de una aldea, terminamos por fin la subida que nos estaba haciendo sufrir los últimos kilómetros. Nada más comenzar el largo descenso con el que el camino nos recompensa ahora llegamos a una amplia plaza en torno a un cruceiro situado sobre un alto pedestal escalonado con otras dos cruces a sus pies. A un lado, un pintoresco conjunto de edificaciones de piedra rodea a la iglesia de Santa Mariña de Carracedo. Dando un breve paseo por entre los edificios encontraremos grandes palmeras, olivos, un sarcófago… Podemos descansar también en el parquecillo frente a la iglesia y desde allí fotografiar la fachada de esta, con una única torre barroca. El señor del chimpín es opcional.




Continuamos la bajada y al poco nos tocará volver a cruzar la nacional. Al otro lado no tardamos en volver a la tierra: una pista en perfecto estado avanza en suave pero continuo descenso por entre el bosque y la pradera que ocupa una amplia vaguada. De vez en cuando cruzamos algún diminuto regato que ayuda a que refresquemos nuestras piernas con las salpicaduras. Después de un rato de disfrute que se nos hace corto volvemos a toparnos con la N-550 que en esta ocasión pasa sobre nuestras cabezas en un alto viaducto que describe una amplia curva. Se trata de una circunvalación de la localidad de Caldas. Poco más adelante nuestro camino desemboca en la N-550 original y por ella entramos en el casco urbano de Caldas.

Después de unos metros de descenso por la nacional, la abandonamos para tomar una calle que sale de ella por la derecha, justo en el punto donde se encuentra una pequeña capilla dedicada a San Roque. Poco más adelante el río Bermaña se interpone en nuestra ruta. Un puente de origen romano (siglo I) nos servirá para cruzarlo, al igual que permitía el paso de los romanos que viajaban por la vía que por aquí venía. A nuestra derecha, en una plazuela cercana, vemos un bonito cruceiro. Al comienzo del puente, al lado derecho, una bonita fuente. Pasado el puente, a la izquierda, otro crucero.




Debemos cruzar el casco urbano por la calle (rúa Real) que vemos frente a nosotros. En mi caso eso fue imposible por la presencia de un concurrido mercadillo que entorpecía el paso. Si esto ocurre, podemos aprovechar el rodeo para visitar la localidad, ver la enorme (y fea) iglesia de San Tomé Becket y, por supuesto, pasar por las famosas fuentes termales que dan nombre al lugar. Finalmente debemos regresar a la N-550 para cruzar por ella el río Umia. Algo más adelante, nos sorprende a la derecha el testero plano del ábside de la iglesia de Santa María. Si vamos hasta su puerta occidental, bajo un pórtico y un campanario barroco, las arquivoltas de medio punto nos recordarán el origen románico de la construcción.

Desde la iglesia sale un camino que nos permite abandonar la nacional y circular en paralelo a ella de forma mucho más tranquila. Durante algunos kilómetros de llaneo esta será la tónica general: alternancia de tierra y asfalto, circulando en paralelo a la N-550 y retornando a ella en zonas puntuales, casas aisladas salpicando tierras de viñedos, albergues, cruceiros…

En uno de los puntos en los que el camino regresa al asfalto, y después de circular algunos metros por el arcén, vemos un desvío a la derecha que nos indica cómo llegar al Parque de la Naturaleza del río Barosa. Recomiendo abandonar unos minutos nuestro camino para acercarnos hasta este pintoresco lugar, a apenas unos metros de aquí, donde el mencionado río Barosa se despeña en suaves cascadas en un valioso entorno etnográfico abundante en molinos. Si la ocasión así lo requiere, varias mesas de merendero nos permiten reponer fuerzas en tan refrescante paraje.


Regresando a nuestro camino, abandonamos ahora sí definitivamente la nacional por un nuevo camino de tierra que algo más adelante nos lleva a otra carretera tranquila pero que no tarda en ponerse cuesta arriba. Primero, poco a poco, nos lleva a lo largo de la vía del tren y no se empina demasiado hasta que no se separa de ella. Algo más adelante, después de varios cruces, nos tomamos un breve descanso en forma de bajada en una zona donde algunos mojones nos indican que por aquí pasaba la vía romana XIX, que comunicaba en tiempos de Augusto Braga y Lugo (si hemos sido observadores habremos visto ya mojones similares, por ejemplo, en Iria Flavia, junto al muro del cementerio).

Después de un nuevo cruce, un camino de tierra nos lleva hasta una nueva carretera que, ahora sí, se pone a subir en serio. Y lo hará sin descanso (salvo los que queramos tomarnos para fotografiar cruceros, fuentes, capillas y lavaderos) hasta la aldea de San Amaro. Desde aquí tomamos ya un camino descendente a través de una zona boscosa que, salvando riachuelos que -salvo alguno- no nos harán desmontar, nos deja en un paso a nivel que nos permite cruzar la vía. A otro lado, y después de unos metros pegado a los raíles, el camino continúa en dirección sur hasta que, bastante más adelante, se termina transformando en asfalto. No por ello debemos abandonarlo y, de nuevo bastante más tarde, desemboca en otra carretera bastante transitada que deberemos seguir en la misma dirección que llevamos hasta pasar bajo la vía férrea. Al otro lado tomamos la primera calle a la derecha que nos lleva, pasando junto a la iglesia de Santa María Alba (nada que reseñar salvo la curiosa escultura de piedra de un antiguo párroco), de nuevo al otro lado de la vía por un paso inferior. La carretera sigue de frente y las flechas amarillas nos indican que se trata del camino espiritual o camino del padre Sarmiento (que regresa a Santiago atravesando el Salnés -el primero- o por la costa -el segundo-). Nosotros nos desviamos por la pista de tierra que sale a nuestra izquierda en paralelo al tren y que se dirige ya directamente a Pontevedra.



Circulando por la pista dejamos una fuente a la derecha y, poco más adelante, una plataforma de madera en lamentable estado de abandono (¡ojo si la exploramos!) nos llevaría hasta un punto de observación de las aves que habitan las marismas del Alba, en el río Gándara. La pista se termina transformando en asfalto y luego en una calle que termina llevándonos al Ponte do Burgo, sobre el río Lérez, que nos permite cruzar hasta el casco histórico de Pontevedra.





Tramo Pontevedra-Redondela: Aún no disponible



Salimos de Redondela pasando junto a un bello edificio renacentista, del siglo XVI, que responde al nombre de Nuestra Señora de la Purificación de Vilavella. Como puede inferirse de tan pía denominación, originalmente era un convento, si bien hoy está más dedicado a satisfacer las necesidades físicas que las espirituales, pues es un restaurante.

Pasado el convento de Vilavella, debemos tomar la carretera nacional que, al igual que nosotros, se dirige a Porriño. Para hacerlo de forma correcta deberíamos ir hacia la rotonda que queda hacia el oeste -esto es, dejando el convento a nuestra izquierda- para coger allí esa N-550. Aunque no quiero invitar a nadie a quebrantar la ley, otra posibilidad es pasar el convento dejándolo a nuestra derecha (por donde vienen los peregrinos jacobeos) y, unos metros más adelante, incorporarnos a la nacional ignorando las señales que prohíben hacerlo. Allá cada uno con su conciencia…
Sea como fuere, seguimos pedaleando por la N-550 en dirección sur entre las típicas naves comerciales que rodean las carreteras que abandonan toda población de cierta entidad. Al poco, abandonamos la nacional hacia la derecha y proseguimos por una carreterilla de evocador nombre (Camino de los Frailes) pero por la que debemos ir atentos, pues entre los numerosos peregrinos, el abundante tráfico y los diversos socavones causados por lo que parecen unas obras de alcantarillado, no es muy recomendable despistarse, por nuestro bien y por el de los demás. Aunque vamos llaneando, es fácil percatarse de que varios montes se van cerrando a nuestro alrededor y cada vez nos quedan menos esperanzas de salir de esta encerrona sin esfuerzo.
En efecto, la carretera empieza a empinarse un poquito y, casi de inmediato, un muchito. Una primera rampa (aquí la calle se llama ya Camino Romano) nos hace fijarnos en el bar que queda a nuestra izquierda en busca de auxilio, pero está cerrado. Giramos a la derecha y una segunda y larga rampa, que incluye una curva a izquierdas y otra a derechas, nos deja tocados y muy tocados y, cuando parece que todo está a punto de acabar, aparece una nueva curva a la izquierda que nos hunde definitivamente: lo que aparece aquí es, que yo recuerde, una de las rampas más duras que he visto en mi larga vida de ciclista (al menos entre las asfaltadas, claro) y, las dos peregrinas extranjeras que bajan corriendo sin poder frenarse, así parecen confirmarlo. Teniendo en cuenta que una rampa del 100% corresponde a la diagonal, no parece que esta salvajada que tenemos ante nosotros esté muy lejos de eso. Ya desmontados de la bici y, aún así, con bastante esfuerzo subimos evitando las bellotas que caen de los robles de la parte superior de la cuesta y que la bajan rodando cual proyectiles.
Lo bueno es que, el paisaje que estamos dejando atrás es de una gran belleza y, como esta rampa es un buen mirador, tenemos una buena disculpa para detenernos las veces que necesitemos. Los únicos testigos son los pasajeros de los aviones que despegan o aterrizan en el cercano aeropuerto de Vigo-Peinador (demasiado lejanos para tener que aparentar entereza ante ellos) y los peregrinos que bajan con prudencia el desnivel y con los que podemos entablar conversación para tener otra disculpa para descansar, como hago yo con un grupo de singapurenses que se está reagrupando en el mínimo descansillo que supone la entrada a una casa que hay a media subida.

Pasada esta rampa (o rampón), el desnivel cede un poco pero, a cambio, el firme asfaltado deja paso a la tierra. Por fin llegamos al alto, donde un murete de piedra nos permite descansar unos minutos y recuperarnos, más que del esfuerzo, de la incredulidad de lo que hemos tenido que superar. Poco más adelante, un cartel nos indica que estamos junto a la «mámoa» (dolmen o túmulo) del Coto de Gran pero, por más que busco entre los robles y los helechos, allí no veo nada más que una gran losa llena de pintadas y apoyada sobre un trozo de tubería de hormigón. O mucho han cambiado los dólmenes o eso no es lo que busco, así que me voy del lugar sin haber podido ver ningún resto de apariencia megalítica.

Enlazamos con una carretera asfaltada y pedaleamos un rato por ella, rodeados ahora de pinos, antes de salir hacia la derecha por un nuevo camino de tierra que, algo más adelante, vuelve a transformarse en asfalto y nos lleva hasta un restaurante. Si no aprovechamos para reponer fuerzas, lo que hacemos frente a él es girar a la izquierda y de nuevo a la derecha para tomar una carretera algo más ancha que nos lleva a través de una zona semiurbana.
Al cabo de un rato abandonamos también esta carretera por una más pequeña que sale a nuestra izquierda. Durante unos metros ambas carreteras transcurren paralelas y vuelven a juntarse un poco más adelante, pero nosotros no vamos a llegar al punto de reunión de ambas, pues inmediatamente antes tomamos el estrecho camino que sale a nuestra izquierda. Si vamos atentos (lo que, por desgracia, no fue mi caso), veremos aquí, muy pegadito al sendero, un miliario romano, el de Santiaguiño de Antas, que nos vuelve a recordar que estamos siguiendo el milenario trazado de la Vía XIX de Antonino. Como curiosidad, decir que en la actualidad el miliario está cristianizado (es decir, cubierto de arriba abajo de cruces grabadas en su duro granito), aunque tradicionalmente tuvo un uso algo más pagano: el de propiciar la fertilidad para las mujeres que frotasen su vientre contra él.
Después, en un nuevo cruce -junto al que vemos la capilla de Santiaguiño-, tomamos la carretera que sale frente a nosotros para abandonarla poco después por el camino que sale, otra vez, a la izquierda. Ya en marcado descenso, pasamos de nuevo al asfalto, que seguirá bajo nuestros pies después de un primer desvío a la derecha. Un nuevo desvío hacia el mismo lado nos lleva de nuevo a la tierra. Al final de este tramo, regresamos al asfalto, que vamos ahora a seguir un poco más de tiempo, aunque podemos elegir entre circular por la calzada o por la anexa «senda cicloturista y peatonal» en la que el Concello de Mos, por el que transitamos ahora, se ha dejado más de un millón de euros, según nos informa el correspondiente cartel que encontramos frente a un vistoso crucero dedicado a un cristo de aún más vistoso nombre: el Santísimo Cristo de la Victoria.
Nada más pasar este crucero de 1734 -recientemente restaurado-, nos desviamos a la izquierda para seguir bajando, por asfalto, en dirección a Pazo de los Marqueses de Mos, un edificio balconado con estructura en forma de L y estilo renacentista que data del siglo XVII. En su entorno, además del obligado crucero, encontramos también la iglesia de Santa Baia (la que fuera de Galicia conocemos como Santa Eulalia), originaria del siglo XVI y de la que, dicen, lo mejor son sus retablos barrocos.



Al otro lado del aparcamiento del Pazo, en la rotonda, tomamos a la izquierda y completamos ya lo poco que nos quedaba del descenso al valle de río Louro, por el que vamos a seguir a continuación (lo que no quiere decir que no encontremos todavía algún repecho traicionero). Durante unos kilómetros, lo único que tenemos que hacer es seguir la carretera principal, sin demasiadas posibilidades de pérdida. Al llegar a una amplia explanada, único punto con posibilidad de que nos despistemos, tenemos que tomar a la izquierda, por la carretera que nace desde la capilla de ánimas que vemos a un lado de la explanada. A los pocos metros, en la bifurcación, tomamos a la derecha y después, de nuevo, nos limitamos a seguir la carretera hasta llegar a un punto en el que el talud de nuestra derecha está sujeto por viejos neumáticos reutilizados. Aquí giramos a la izquierda para descender al cauce del Louro y, después de cruzar el río, pasar bajo las vías del tren y enfrentarnos a un duro repecho que nos lleva de vuelta a la nacional N-550 que abandonamos tanto tiempo atrás. Aquí, entre un bazar chino y una tienda de fontanería, cruzamos la carretera y seguimos de frente unos pocos metros hasta una de las «moles» graníticas que dieron nombre al concello (Mos). La verdad es que este berrueco está bastante hecho polvo, el pobre: además de llevar plantado encima un poste eléctrico, también ha sido recortado por todas partes para dar cabida a una construcción, a su correspondiente zona de aparcamiento y a la carretera por la que, girando a la derecha, debemos continuar.
Cuando esta carretera dibuja una curva en ángulo recto hacia la izquierda, somos libres de elegir. El trazado original del Camino (el que yo llevo en mi track) sube un duro repecho hacia el este para salvar la autovía A-52 por encima y descender después en busca de O Porriño. La opción actual (la señalada para los peregrinos), es salir del asfalto hacia la derecha para pasar bajo un ramal de la autovía, enlazar después con la N-550 y, por su acera, pasar bajo la A-52, tomar después un camino que, por un puente, salva otro de los ramales de enlace y, finalmente, regresar a la N-550 y entrar por ella en Porriño. La tercera opción es mía, de creación propia: nos salimos de la carretera por la que veníamos, poco antes de la mencionada curva de noventa grados, hacia la derecha, para llegar a la nacional a la altura de una rotonda que hacemos casi completa para incorporarnos a la nacional en dirección sur. Por su arcén, continuamos hasta llegar a Porriño. Aunque hay un punto conflictivo justo bajo la autovía, donde debemos cambiar de carril evitando los vehículos que toman la salida, para mí es la mejor opción salvo en momentos en los que el tráfico sea especialmente denso.
Sea como fuese, llegamos a la rotonda donde da comienzo el casco urbano de O Porriño (en honor a la verdad, esta rotonda todavía pertenece a Mos, ya que el límite municipal se encuentra realmente varios metros más al sur. O Porriño es una localidad de buen tamaño cuyo casco urbano se extiende en torno a una calle principal peatonal que es por la que vamos a tener que ir nosotros. Lo más destacado de esta ciudad es que fue el lugar de nacimiento del arquitecto Antonio Palacios (debido a que, de forma un tanto similar al caso de Camilo José Cela, su padre madrileño había venido aquí a trabajar en la construcción del ferrocarril). En las calles de la localidad podemos ver varios ejemplos de su obra: además de una fuente y una farmacia, es de su mano el diseño del ayuntamiento, un llamativo edificio construido en 1918 en estilo regionalista gallego. Un poco más adelante, en un parque frente a la puerta del cementerio local, podemos admirar también el templete de acceso al metro de la Red de San Luis, originalmente emplazado en la Gran Vía madrileña y trasladado posteriormente aquí como homenaje a su arquitecto (más tarde en Madrid construyeron una réplica).


Además de todo tipo de servicios que cubrirán cualquier necesidad que podamos tener, en Porriño tenemos también varias iglesias: la más grande, del siglo XVI y dedicada a Santa María de la Concepción, y varias capillas, dedicadas al Cristo de la Agonía, a San Benito y a San Sebastián respectivamente. Todas ellas son objeto de gran devoción y llamativas procesiones y subastas.




Para evitar la carretera nacional a la que irrevocablemente nos dirige nuestra ruta, tenemos de nuevo varias opciones: cruzar la vía de tren por el paso a nivel que hay a mitad del pueblo para, al otro lado, buscar el sendero que sigue el cauce del río Louro por su margen derecha, o bien buscar el paso subterráneo que, en la calle Leandro Diz, permite también cruzar la vía férrea para enlazar con el popular carril bici que nace en ese punto (o con cualquiera de los senderos que siguen ambas orillas del río Louro). Cualquiera de estas opciones nos dejará de nuevo en la ruta oficial a la salida del pueblo, donde el Camino pasa bajo la autovía (junto a un curioso edificio de 1982 que responde al nombre de Villa Xeiteiro).
De seguir la ruta oficial, la salida de O Porriño es, como ya hemos dicho, por la carretera nacional, donde lo único reseñable es la capilla de 1640 que dejamos a la izquierda y que está dedicada a la Virxe da Guía. Tomamos después un desvío a la derecha que nos permite pasar sobre la vía del tren y, después de unirnos con el carril bici antes mencionado, bajo la autovía A-55. En realidad, con este desvío estamos saliéndonos del Camino original que sigue recto para atravesar un feísimo y enorme polígono industrial, pero por suerte existe esta alternativa (Camino Complementario, lo llaman) mucho más agradable.
Después de una pequeña rotonda, donde giramos a la izquierda, pasamos ante el velódromo municipal (el único de Galicia, pero cerrado a cal y canto) y seguimos por la carretera que, tras describir una curva (que muchos conductores no aciertan a describir correctamente, a juzgar por las cruces que bordean la carretera), asciende un poco para permitirnos pasar por encima de la autopista AP-9. En este tramo, si el tráfico de peregrinos lo permite, podemos hacer uso de la amplia acera pintada de verde que facilita la vida a los que siguen el Camino Portugués. Pasamos aquí ante una nueva capilla -esta vez dedicada a San Campaio- con un crucero no demasiado bonito y, algo más adelante después de un desvío a la izquierda, dejamos en la cuneta izquierda otro crucero mucho de mayor belleza.
Seguimos, sin desviarnos, la carreterita que poco a poco vuelve a acercarnos a la AP-9 para terminar cruzándola, esta vez por debajo. Al poco, dejamos el asfalto para tomar un camino que aparece a nuestra izquierda y que se adentra en un bosque de pinos. En este tramo nuestro compañero de ruta será el regato do Folón, un riachuelo que se acerca tanto a nuestro camino que tendremos que llegar a compartirlo con él en un tramo en el que algún alma caritativa ha construido una acera de piedra algo más elevada para que los peregrinos no se vean obligados a mojarse los pies (si bien el regato no parece muy profundo, el blando suelo arenoso que se ve bajo el agua no invita a pedalear por él). Poco después de este punto (que está señalizado para que los ciclistas tengamos precaución, pero solo para los que vienen en dirección contraria) salimos de nuevo al asfalto uniéndonos a una carreterilla que transita entre casas.

Llegamos después a un nuevo desvío justo delante de un pequeño parque forestal con merendero. Tomamos la opción de la izquierda (esto es, dejando el parque a nuestra derecha), ignorando la señal que indica que esta vía no tiene salida. El asfalto deja ahora paso a la tierra a medida que descendemos hacia el río Louro, que terminamos cruzando por el pequeño puente del Baranco de Orbenlle. Es interesante notar aquí que, como el cauce en ocasiones llegaba a inundar el camino, además del puente hay una «poldra», es decir, unas piedras colocadas a modo de acera (similares a la que antes nos permitió salvar el regato do Folón) que sobresalen del agua y permiten pasar con los pies secos en caso de que el camino esté encharcado. Esto mismo lo veremos en varios otros puntos de este tramo que ahora recorremos.


Ahora volvemos a salir de camino de tierra justo en el punto donde este «Camino Complementario» se reúne de nuevo con el tradicional. Tomamos a la derecha y, tras apenas unos metros, volvemos a girar a la derecha abandonando el asfalto junto a una pared donde han realizado varias pinturas murales (sobre un soporte metálico, en realidad) de temática jacobea. Por la dirección que llevamos, intuimos que este breve descenso que estamos realizando nos lleva a reencontrarnos con nuestro ya conocido río Louro y, efectivamente, terminamos cruzándolo por un pequeño puente de un solo ojo y factura aparentemente medieval.


Al otro lado, una vez más, llegamos al asfalto y giramos a la izquierda para, poco metros más adelante, junto a un calvario de cruces de piedra, volver a girar a la derecha. No tardamos en llegar a otra carretera más grande (aquí, formando parte del cierre de la finca de la derecha, vemos otra cruza de piedra y un interesante busto femenino) que tomamos hacia nuestra izquierda para llegar, casi de inmediato, a la explanada que se abre frente al Centro Cultural de Ribadelouro, al final del cual vemos que se levanta la iglesia de Santa Comba (aunque para continuar nuestro camino no necesitamos llegar hasta ella).



Justo en un extremo de este gran «campo da festa», donde la carretera por la que hemos circulado los últimos metros describe una curva a la izquierda, la abandonamos por la derecha tomando, de las dos carreteritas que aquí nacen, la de la izquierda (la opción ascendente, para aclararnos). Pedaleamos entre casas, muchas de las cuales se ofrecen como alojamientos para los peregrinos, y un poco más adelante giramos a la derecha, justo donde uno de los vecinos ha habilitado una fuente y dos bancos de piedra para refrescarse y descansar.
Salimos ya de la zona más urbana para adentrarnos en un nuevo bosque que nos lleva de nuevo en dirección al Louro, en esta ocasión siguiendo el cauce de otro río, el San Simón, que no tardamos en tener que cruzar. Y lo hacemos en un lugar singular, como ya intuimos por las profundas rodadas de carro que las innumerables ruedas que por aquí pasaron dejaron marcadas en la piedra del puentecillo de un único ojo que aquí encontramos. Al otro lado del puente, un crucero y una mínima capilla, ambos a rebosar de ofrendas, nos muestran que aquí pasa algo raro. Efectivamente, un tercer elemento -un mojón de piedra decorado con una hexapétala- nos recuerda que el que acabamos de pasar es la Ponte das Febres (puente de las fiebres), así conocido porque un palentino de nombre Pedro González Telmo, alias San Telmo (sí, el de los marineros), enfermó súbitamente al pasar por aquí camino de Santiago. Evacuado de urgencia de vuelta a Tui, de donde venía, no hubo nada que hacer y murió a los pocos días: concretamente el 15 de abril de 1246 en el lugar donde, desde el siglo XVIII se levanta la capilla de San Telmo, que podremos visitar cuando lleguemos a Tui.





Seguimos pedaleando como si el fuego de San Telmo nos quemase las posaderas, pues hemos de remontar de nuevo la ladera del valle del Louro -río que esta vez solo llegamos a rozar, sin cruzarlo- para, muy pronto, llegar a la AP-9, que hemos de cruzar por un paso elevado (salvo que queramos atajar por el escabroso camino que sale a nuestra izquierda y por el que algunos peregrinos vienen ascendiendo esforzadamente).
En caso de cruzar al otro lado de la autopista, debemos girar inmediatamente a la izquierda por la carretera que encontramos para, siguiéndola, volver a cruzar la AP-9, esta vez por debajo, para llegar al punto en el que el sendero de tierra antes mencionado desemboca en nuestra carretera. Siguiendo el asfalto, ascendemos para pasar de forma segura sobre el nudo viario donde la AP-9 y la A-55 se juntan y, tras un breve descenso durante el que dejamos a la derecha una iglesia -dedicada a la Virgen del Camino- rodeada de un parquecillo con merendero y crucero incluidos, llegamos a la N-550 que tomamos a la derecha.

Tras apenas unos metros por la nacional, tomamos la primera carretera que sale a la izquierda y que pasa bajo las vías del tren en este punto. Una curva de casi noventa grados nos dirige después hacia el suroeste durante un breve trecho antes de tomar un desvío a la izquierda por una pequeña carreterita que pronto se transforma en un camino de tierra. De pronto, a nuestra izquierda, aparece el majestuoso puente de A Veiga, un bonito puente medieval sobre -de nuevo- el río Louro, tenido popularmente por romano pues, como nos recuerdan las señales que hemos visto con cierta frecuencia, por aquí pasaba la Vía XIX que unía Braga con Astorga y con la que ya estamos también familiarizados.

Dejando atrás el puente (a la derecha tenemos una fuente en la que rellenar nuestros bidones), cruzamos una carretera y, al otro lado, vemos que nuestra ruta nos manda directamente por un calle por la que, de obedecer la señal circular roja que marca su inicio, no deberíamos circular en el sentido en el que vamos. Que no cunda el pánico: solo tenemos que ir por esta calle unos metros, por lo que, con mucha precaución, podemos rodar pegados a la izquierda hasta el camino que aparece justo en la curva, donde abandonamos el asfalto hacia la izquierda. Ya por tierra, pasando entre dos lavaderos que dan bastante pena por las pintadas que los decoran, llegamos a la iglesia de San Bartolomeu de Rebordáns.
Aunque algo no cuadra cuando comparamos los bellos ábsides testeros (semicircular el central, rectos los laterales) que hemos visto mientras subíamos con la anodina fachada, merece la pena que dejemos las bicis un momento en el atrio ajardinado para pasar al interior de este templo procedente de un monasterio benedictino del siglo XII y entretenernos, mientras lo admiramos, en buscar lo elementos anteriores que aún se encuentran en él (una pista: varios capiteles parecen prerrománicos ¿no?). Además de ver las pinturas murales de en torno al año 1600, hay que fijarse en el santo patrón, normalmente expuesto en sus andas, bajo las que pasan los feligreses en busca de su protección. Conviene mencionar también que esta iglesia -o su predecesora- llegó a ser sede episcopal en el siglo XI, cuando la diócesis tuvo que abandonar Tui a causa de los ataques normandos.



A partir de Rebordáns ya podemos considerar que hemos alcanzado Tui y, a partir de aquí, tenemos tres opciones: seguir el Camino por la intrincadas calles empedradas y las continuas escalinatas del centro de la localidad (la ruta, por supuesto, está perfectamente señalizada en todo el casco urbano, aunque sea en la dirección contraria a la que estamos siguiendo), bordear el centro y evitar las cuestas (ya sea por la carretera nacional o por el paseo fluvial, esta opción para vagos nos impedirá visitar la ciudad), o ignorar la señalética y explorar Tui por nuestra cuenta (obviamente, esta es la opción recomendada aquí).
Como siempre que llegamos a una localidad de cierta importancia, no voy a dar aquí demasiada información. Solo conviene indicar que sería imperdonable abandonar Tui sin haber visitado la catedral de Santa María, una joya construida principalmente en el siglo XII que, con su estilo de transición del románico al gótico, ocupa la parte más alta de la ciudad (y donde, por cierto, está enterrado San Telmo, patrón local de quien hablamos hace nada). Por supuesto, el cicloturista curioso que sepa perderse por las callejuelas tudenses descubrirá escondidos numerosos tesoros que servirán de recompensa al esfuerzo físico que requiere moverse por esta urbe construida sobre una empinada colina.










Sigamos la ruta que sigamos a través de Tui, nuestro punto de encuentro es el puente internacional que, cruza el río Miño entre la capital tudense ya la cercana (y otrora enemiga) Valença. Aunque, como pasa siempre con las construcciones metálicas del siglo XIX, se diga a menudo que es un diseño de Eiffel (lo que casi podríamos considerar una trasposición temporal de la costumbre de llamar romanos a todos los puentes de piedra), en realidad este bonito puente lo diseñó un señor llamado Pelayo Mancebo y Ágreda y lleva desde 1884 facilitando las comunicaciones hispanolusas, si bien desde la construcción de la cercana autovía los usuarios mayoritarios, además de peregrinos y turistas, son los cientos de portugueses que acuden en busca de las para ellos baratas gasolineras españolas (lo que explica que la estación de servicio más cercana a la frontera esté siempre atestada).


Después de cruzar el Miño por el puente internacional, y ya en tierras portuguesas, lo primero que vamos a ver ante nosotros es una ciudad fortificada. Se trata, por supuesto, de Valença do Minho, en cuyo casco urbano debemos adentrarnos sin pérdida de tiempo para ver, cómo no, su impresionante fortaleza cuyo actual aspecto, de estilo Vauban, se remonta al siglo XVII. También encontraremos aquí bellas iglesias, bonitas calles y casas y ¡hasta un miliario romano! Pero, como ya hemos pasado por aquí en otra ocasión, no entraré aquí en minuciosas descripciones, limitándome a dejar un buen puñado de fotos y mi recomendación de dedicar un buen rato a explorar la localidad en detalle.


























Visitada la parte antigua de Valença -lo que vendría siendo el interior de la fortaleza- toca ya abandonar la localidad por su extremo sur, cruzando primero la parte más moderna y enlazando con el carril-bici que rodea el recinto ferial (más bien explanada). Al llegar al pequeño túnel que cruza bajo las vías del tren, abandonamos la vía ciclista para ir, en línea más o menos recta, hacia el sur por asfalto.
Al alcanzar una pequeña capillita y tomar sucesivamente izquierda y derecha, tomamos una calle empedrada que nos permite tomar un primer contacto con el adoquín típico del firme de las vías portuguesas de todo tipo y que -preferencias estéticas aparte- tanto llegaremos a odiar en este viaje. Pasamos junto a un crucero (dejando a la derecha la iglesia de Arão) y salimos de esta aldea pasando junto a un discreto merendero dominado por otra cruz.

Muy poco más adelante llegamos a una bifurcación donde giramos de forma que todo lo pintoresco quedará a nuestra derecha: crucero, lavadero y capilla. Después seguimos recto por una calle donde el asfalto nos da un breve descanso de los adoquines hasta, para variar, alcanzar una nueva capilla donde giramos a la derecha por, para variar, adoquines.
Esta nueva calle desemboca en una transitadísima rotonda (no merece la pena ni mencionar la fea cruz que dejamos a un lado). Aquí toca tomar a la derecha por la carretera principal que abandonamos pocos metros después a la izquierda por un ajado asfalto que no tarda en desaparecer para dejarnos en un camino de tierra que se adentra en un bosquecillo de eucaliptos. Aunque con algún tramo en mal estado, el camino no es malo del todo, pero no nos da tiempo a encariñarnos con él pues, cruzando una carretera, no tardamos en pasar una vez más al firme empedrado.
Una nueva carretera se interpone en nuestra ruta, pero nosotros seguimos, erre que erre, por el traqueteante firme de adoquín. Uno de los encantos de esta zona lo encontramos aquí mismo en la forma de un puente antiguo que cruza un fresco riachuelo en un entorno rodeado del boque de ribera original (cosa que un par de pintorescos personajes aprovechan para cazar insectos metidos hasta la cintura en el río).

No hemos hecho aún más que entrar en Portugal y ya nos vibran todas las articulaciones, pero este país no parece estar hecho para los quejicas y en todos y cada uno de los cruces (que no voy a enumerar en su totalidad) nuestra ruta elige siempre la opción empedrada… salvo que exista una alternativa peor, claro.
Dejamos a la derecha una explanada alargada al final de la cual alcanzamos a ver una capilla dedicada a San Benito (en el extremo en el que nos encontramos solo hay una fea cruz y después, por fin, nuestro track se apiada de nosotros y nos deja circular un rato por asfalto. A la derecha no tardamos en hallar un parquecillo que tiene de todo: crucero, cementerio, capilla (Senhor dos Aflitos) e iglesia (San Miguel de Fontoura), además de unas buenas vistas.




Tras un breve descenso nos toca girar a nuestra izquierda por una vía marcada por una señal de «sin salida». En honor a la verdad, tenerla la tiene, lo complicado es circular por la estrecha fila de piedras que bordea el regato que encontramos más adelante (hay una alternativa asfaltada siguiendo de frente y girando después a la izquierda).
Salvado este tramo y siguiendo por el asfalto llegamos a un templete que da cobijo a un peculiar cristo de estilo barroco pintado sobre madera. Se trata, como no podía ser menos, del Señor de los Caminos, a quien aprovechamos para pedir que el adoquín nos sea leve (¿sit tibi adoquinum levis?). No hay piedad para nosotros, por graciosillos, y enseguida se nos acaba lo bueno al llegar a una bifurcación sonde tenemos que tomar, literalmente, el camino de en medio que es precisamente un caminucho con pésimo firme y marcada pendiente ascendente. La buena noticia es que dura poco y, después de un corto descenso de adoquines volvemos al asfalto. La mala es que la pendiente de esta nueva carretera es tal que nos hace añorar el camino anterior.


Cuando la cosa parece estar mal se pone peor y el asfalto cede a un nuevo tramo adoquinado que se transforma después en algo indefinido por unas obras que se están llevando a cabo en la zona. Por suerte, el puentecillo que permite a los peregrinos cruzar sobre una carretera marca el final de esta subida y nos deja casi en la parte trasera de la iglesia de San Benito de la Puerta Abierta que, paradójicamente, encontramos cerrada (lo que en el fondo agradecemos por lo mal que, visto lo visto, se nos da rezar).

Justo en el extremo opuesto de un cruce que debemos atravesar con muchísima precaución encontramos, a la derecha de la carretera principal, una carretera mucho más tranquila por la que nos adentramos. Tras un suave curveo entramos en un caserío donde vemos un lavadero a nuestra izquierda y una capilla a la derecha, amén de otros detalles interesantes que no debemos pasar por alto, como buenos cicloturistas que somos. Un par de bruscas curvas nos sacan de la aldea hacia el oeste y nosotros reaccionamos girando a la izquierda por el camino empedrado que sale a media bajada.


En esta ocasión el factor estético gana la batalla a la comodidad y disfrutamos del empedrado como si fuese el paraíso en este tramo rodeado de vegetación (que sea en bajada también ayuda). Al final del mismo tomamos por asfalto la subida de la derecha para enlazar con una transitada y peligrosa carretera a la que debemos integrarnos unos metros para enseguida abandonarla hacia la izquierda en plena curva. Una vez salvada la papeleta de la forma más segura que sepamos y podamos (recordad que un conductor portugués nunca perderá ni un solo segundo de su atareada vida por un insignificante ciclista), nos metemos por un nuevo tramo de descenso empedrado en medio de la frescura vegetal a la que contribuye el río Coura que nos acompaña por nuestra izquierda.

No muy lejos de aquí, por cierto, a la derecha en el sentido de nuestra ruta pero a bastante más altitud, podemos visitar si así lo deseamos los restos del castro de Cossourado, de entre los siglos V y II a.C.




Volviendo a la ruta que nos ocupa, nos toca después volver a cruzar la carretera que tantos quebraderos de cabeza nos dio hace apenas un momento. Al otro lado, y tras un nuevo giro a la izquierda para encarar el Coura, encontramos un precioso puente medieval que tiene su origen en la reforma del anterior puente romano perteneciente a la vía romana XIX (según la numeración de Antonino) por la que, más o menos, estamos circulando (ya hemos visto en varias ocasiones previas carteles que nos lo indican). Disfrutemos un rato del puente y de este maravilloso paraje a orillas del río Coura porque, sintiendo ser portador de malas noticias, avanzo que lo que se nos viene encima en los próximos kilómetros se las trae.


Pero no ha llegado aún el momento de sufrir, por lo que completamos el tramo de camino que nos lleva desde el puente hasta la cercana carretera a la que nos incorporamos haciendo un giro de casi ciento ochenta grados. Por asfalto subimos con comodidad hasta llegar a un albergue decorado con un gran mural de un deportista local (y patrocinado por una marca de cerveza gallega). Aquí salimos del asfalto por el repecho empedrado que sale a nuestra izquierda y que rodea el susodicho albergue. Llegamos a una nueva carretera que tomamos y, poco después, nos toca girar a la izquierda para subir lo que se antoja un repecho de los que hacen pupa. Sin embargo, antes de subirlo, vamos a hacer una breve parada para acercarnos a la joya que tenemos, a la derecha, a pocos metros de distancia.
Y es que nos hallamos en Rubiães, junto a la preciosa iglesia románica de San Pedro, a la que podemos acceder dejando la bici junto a la pequeña fuente y descendiendo a pie las escaleras. Se trata de un edificio del siglo XIII (ampliado en el XVI) en el que la torre barroca añadida en el XVII no desentona del todo. Cabe destacar en ella su puerta principal y los canecillos que decoran el alero del tejado. Del interior, por desgracia, no puedo decir nada por haberla encontrado cerrada a cal y canto. A su alrededor, como es habitual por estas tierras, el atrio se encuentra ocupado por un cementerio donde destaca un magnífico miliario romano (de Caracalla) perfectamente conservado. Si nos molestamos en rodearlo nos daremos cuenta de que el bloque granítico ha sido vaciado con una forma vagamente antropomorfa y es que había sido reutilizado como tumba en este cementerio hasta que, en 1894, alguien se dio cuenta de lo que era en realidad.




Pero no podemos alargar la visita eternamente (aunque nos gustaría esperar a que alguien nos abra la puerta de la iglesia) así que recuperamos la bici, nos refrescamos en la fuente y volvemos a donde habíamos abandonado la ruta para enfrentarnos a nuestro destino, que ahora toma forma de pared de adoquines. Podemos aprovechar al poco de comenzar la subida para descansar un instante con la disculpa de despedirnos de la iglesia desde el bonito crucero que aquí se levanta.

Lo más duro no es la subida en sí, sino que, al completarla, nos damos cuenta de que regresamos, en ligero descenso, a la carretera que acabamos de abandonar (la que pasaba junto a la iglesia de Ribiães) y que nos habría ahorrado un buen dolor de piernas de no haberla abandonado. Nos hallamos ahora junto a una capilla dedicada a San Roque, donde nos unimos a la carretera para seguir por ella hasta una cercana aldea, donde volvemos a salir por la vía empedrada de la izquierda.

No hay mucho que reseñar en los próximos kilómetros en los que cruzamos varias carreteras y el firme de adoquín va cediendo poco a poco el paso a la tierra. De un llaneo con ligeras bajadas y un paisaje idílico de aldeas y campos de cultivo vamos pasando a un duro ascenso por un bosque de pino y eucalipto. El camino cada vez se encuentra en peor estado y en algunos tramos tenemos que desmontar, no solo por la dureza de la subida sino para dejar paso a los peregrinos que descienden en fila india en dirección contraria a la nuestra.

Finalmente, una gran obra escultórica de Dalila Gonçalves nos indica que hemos llegado arriba del alto. Inocentes de nosotros, nos congratulamos de haber coronado esta Portela Grande de Labruja y nos disponemos a disfrutar, junto a otros muchos peregrinos, de las vistas que se abren ante nosotros. Los peregrinos ya solo tienen que descender tranquilamente lo que nosotros acabamos de subir con mucho esfuerzo. Para nosotros aún queda lo peor.


Y es que nuestro descenso no va a ser un camino de rosas sino más bien de rocas. El empinado sendero por el que hemos de acarrear nuestras bicis durante los próximos kilómetros es una abrupta pendiente en la que los irregulares pedruscos configuran una especie de escalera para gigantes con escalones que pueden superar el metro de altura y por la que numerosos peregrinos se afanan por ascender. Nosotros, bici al hombro, entablamos conversaciones siempre que podemos como disculpa para poder descansar unos segundos. Dejamos atrás una cruz cubierta de banderas y otros exvotos y nos ilusionamos cada vez que enlazamos con una pista de tierra que, indefectiblemente, nos toca abandonar a los pocos metros.

Cuando finalmente una de esas pistas resulta ser la buena y nos permite circular por ella, la primera pista de adoquines nos parece el paraíso y más que rodar volamos por ella aprovechando que seguimos en descenso. Con tramos de asfalto y tramos de adoquín, cruzamos un continuo de aldeas dejando una bonita panorámica a nuestra izquierda, donde alcanzamos a contar dos iglesias de blancas paredes. cuando no estamos entre casas, nos encontramos rodeados de una frondosa vegetación que hace que este tramo de descenso por asfalto nos haga olvidar rápidamente pasadas penurias.

Llegamos finalmente junto a una capilla con su correspondiente crucero donde nos unimos a una carretera algo más grande. La seguimos hasta que hemos dejado atrás otra capilla (en Portugal no son precisamente escasas) y giramos a la derecha por un camino que sigue, a mayor altura, el curso del río Toca, cuyos remansos y cascadas vamos viendo a nuestra izquierda.



Este camino termina llevándonos bajo un viaducto que sostiene, sobre nosotros, una autovía con la que vamos a juguetear unos metros, pasando a un lado y a otro o circulando bajo ella hasta cruzar definitivamente al otro lado y seguir una pista junto a una serie de fincas, una de las cuales acoge una piscifactoría (o acogía, porque desde la terraza del albergue de peregrinos anexo solo se alcanzan a ver un par de solitarios peces nadando en las balsas).

Continuamos por esta pista de tierra -que en algún tramo amenaza con volver al adoquín-para girar después a la izquierda y, unos metros más adelante, junto a una pequeña fuente, unirnos a una asfaltada. A la derecha vamos dejando el valle del río Labruja que no tardamos en cruzar por un puente (Arco da Geia) que, al parecer, tiene origen romano. En realidad tiene sentido, pues no dejamos de estar recorriendo una antigua vía romana, pero la vegetación que cubre el cauce del río complica sobremanera obtener una panorámica digna del único arco de medio punto bajo el que pasa el Labruja.
Al otro extremo del puente tomamos el primer camino de tierra que vemos a nuestra izquierda y después, ya por asfalto, nos dedicamos a llanear por un laberinto de carreterillas rodeadas de viñedos y casas dejando, a nuestra izquierda, el cementerio de Arcozelo y la anexa iglesia de Santa Marina que tiene origen románico del siglo XII -como atestiguan sus modillones animales- con el añadido obligatorio de una torre blanca.

Mi teoría es que esta iglesia fue construida aquí para distraer a los ciclistas y que no se percaten de que, mientras admiraban su arquitectura, el firme asfaltado ha dejado paso de nuevo a nuestros amados adoquines, por los que emprendemos un traqueteante descenso. Por suerte no dura mucho pues, al poco de girar a la derecha en una rotonda, alcanzamos de nuevo el asfalto, aunque nosotros tomamos un camino de tierra.
Este camino que hemos tomado es muy agradable y después de ayudarnos a cruzar bajo una autovía nos lleva por un auténtico túnel vegetal que deja paso, aquí y allá, a muros de piedra, cruces y auténticos casoplones. Más adelante, después de atravesar una nueva carretera, el camino se estrecha y ocupa lo que parece ser el cauce de un riachuelo. Dado lo irregular de la acera de piedra, y aprovechando la pertinaz sequía, circulamos por la parte destinada al agua que ahora solo contiene polvo. Sin embargo, llegamos a un punto en el que nuestra parte del camino (la del regato) se mete por un pequeño túnel que parece estar inundado, por lo que no nos queda otra que subir a la acera para pasar al otro lado, donde podemos ya seguir por donde queramos hasta alcanzar una calle empedrada.



Aquí, a la izquierda a pocos metros, podemos visitar, si así lo deseamos, el pequeño puente de Arnado (aunque tampoco se puede ver mucho, la verdad). Nosotros seguimos de frente para rodear el parque temático del mismo nombre que ocupa la parte trasera del Museo del Juguete Portugués. Visitemos o no cualquiera de estos lugares, cuidado con la calle que ¡vamos por dirección prohibida!

Sea como fuere, el caso es que hemos llegado a Ponte do Lima, localidad con numerosos atractivos a la que bien habremos de dedicar un rato de nuestro viaje. En nuestra ruta, además del ya mencionado museo, lo primero que vemos es el espectacular puente medieval del siglo XIV (originario del siglo I, periodo del que se conservan aún siete arcos) que da nombre a la ciudad y que, por tanto, cruza el río Lima que tanto acojonaba a los romanos que venían por donde lo hacemos nosotros -y que no es sino el Limia orensano-. Pero antes de cruzarlo merece la pena visitar la iglesia de San Antonio de la Torre Vieja, del siglo XIX (al parecer la «torre vieja» de la antigua muralla fue demolida al construir el templo), la cercana capilla dedicada al Ángel de la Guarda o, simplemente, dar un paseo por la orilla del Limia (de aquí parten la vía ciclista denominada Ecovía das Laranjas y la famosa Ecovía del río Lima).






Ya al otro lado del río, y en el casco urbano de Ponte de Lima propiamente dicho, merece la pena dedicar un rato a pasear por la localidad. Aquí, además de las orillas del río, embellecidas por varias esculturas pero afeadas por la explanada que sirve de aparcamiento, hay mucho que ver. Lo primero que llama la atención es el populoso Largo de Camões (que vendría a ser algo así como la plaza mayor) con su monumental fuente del siglo XVII, pero no tenemos que buscar mucho para encontrar también restos de la muralla que Pedro I mandó construir en el siglo XIV y cuyos principales exponentes son las torres de São Paulo y la de Cadeia Velha





Por supuesto, visita obligada merece la iglesia matriz (Santa María de los Ángeles) de fachada en estilo románico-gótico aunque, a mi humilde entender, el interior es más renacentista-barroco. Al lado de ella vemos una estatua de un toro, en recuerdo de una de las tradiciones locales. En nuestro paseo por la localidad descubriremos también el Paço do Marquês (del siglo XV y reconvertido en museo de historio militar) y el torreón que alberga el Centro de interpretación del Vinho Verde, además de otros elementos como estatuas, picotas (pelourinhos) y, cómo no, más iglesias.








Es hora de proseguir camino y, para ello, pedaleamos río abajo por el tranquilo paseo cubierto por enormes ejemplares de plátanos de sombra. A nuestra izquierda dejamos una nueva iglesia y otra algo más adelante, justo antes de pasar bajo un largo puente (que precisamente debe su nombre -Nossa Senhora da Guía- a la iglesia que tiene casi debajo). A nuestra derecha, el ancho río Lima pasa imperturbable bajo el puente y supera sin esfuerzo una pesquera.



Nos despedimos de la ruta ciclista por la que venimos pedaleando (Ecovía das Veigas) casi al mismo tiempo que lo hacemos del río Lima. Cual partidos políticos «de centro» ambos se escoran irremediablemente hacia la derecha mientras nosotros, progresistas irredentos, tomamos la opción de la izquierda, a pesar de ser el camino que más piedras tiene (perdóneseme la poco sutil metáfora). Empezamos ya a estar acostumbrados a tanto bote, al igual que no nos resulta extraña la aparición de una bonita capilla en nuestro camino, en este caso dedicada a Nuestra Señora de las Nieves y que cuenta también con un parquecillo que sirve de merendero, con espacio para la banda de música y todo. Casi de inmediato, a la derecha, nos vemos abocados a sortear un riachuelo por un apañado puente de piedra con un único arco de medio punto.

En la otra orilla recuperamos de nuevo el asfalto para adentrarnos en un núcleo de población entre cuyas casas pasa casi desapercibida una pequeña capilla, al igual que encontramos algo más adelante un crucero casi oculto por una valla de obra y los coches aparcados.

La suavidad del firme hace que casi volemos en este tramo, y lo hacemos definitivamente cuando alcanzamos a un tractor al que no adelantamos para aprovechar el rebufo. Pero todo lo bueno se acaba y a nosotros nos llega nuestro sanmartín en forma de señal de stop frente a una carretera que debemos tomar a la derecha. Aunque no tardamos en abandonarla de nuevo hacia el otro lado (junto a una curiosa fachada edificio de nombre Quinta do Bom Gosto), aquí nos va a tocar ya ir recordando una sensación casi olvidada: ir cuesta arriba.


Aquí, en Seara, dejamos primero atrás una escultura de Santiago Peregrino y después, a los pocos metros, una de otro peregrino anónimo. Después la carretera se encajona entre dos muros y comienza un ascenso que nos va a ir sirviendo de aperitivo a lo que está por llegar (a la derecha dejamos una zona de descanso con una fuente que agradecemos).


Después de un corto tramo de descenso por asfalto retomamos el duro adoquín que, en esta ocasión es bastante irregular y nos hace buscar con ansia los trozos en los que ya solo queda el suelo de tierra desnuda. Así pasamos junto a una fea cruz de cemento que nos anuncia la proximidad de una nueva capilla, en esta ocasión dedicada a San Sebastián, y un pequeño nicho del siglo XIX dedicado a Santiago, cómo no.




Pedaleamos un trecho más por tierra, dejando una curiosa fuente a nuestra derecha, antes de enlazar con una nueva carretera que abandonamos de nuevo en la primera curva por la carretera ascendente que sale a la mano contraria. Después de un repecho de cierta dureza nos reencontramos con nuestro no añorado adoquín y después con la tierra, que siempre es bienvenida, hasta que nos topamos con una nueva carretera algo más adelante.

Repetimos aquí la jugada de siempre: pedalear por la carretera hasta la primera curva y salir por la izquierda por un asfalto con el que no nos da tiempo a encariñarnos, pues debemos abandonarlo también por el camino que sale a nuestra diestra.
Volvemos a nuestro habitual serpenteo por carreterillas rodeadas de un casi continuo de casas. Por suerte a estas alturas ya somos todos unos expertos en leer las flechas amarillasen dirección contraria pues, aunque cada vez más frecuentes, las azules no son todavía omnipresentes. A la derecha dejamos un crucero y, después de cruzar una carretera, nos topamos con una iglesia consagrada a San Andrés, pero no a un San Andrés cualquiera sino al mismísimo Santo André de Vitorino dos Piães, que no sé quién era pero que iba sin nombre, el chaval. Aunque parece una iglesia barroca más de las que tanto abundan en Portugal, al parecer el templo se remonta al siglo XIII y, para dar fe, junto a ella se conserva una hilera de sarcófagos medievales de duro granito. La presunta fuente , por cierto, está más seca que la mojama (o lo estaba en el momento de mi visita que, por la fecha mostrada por la estatua del santo que hay junto a ella, fue apenas un mes después de su construcción).




Al otro lado de la avenida que rodea el cementerio encontramos una carreterita que tomamos en sentido descendente. Después giramos a la derecha y, atravesando un bosquecillo de eucaliptos, tomamos a la izquierda en medio del repecho que aquí nos sorprende. Cruzamos después una carretera y pasamos junto a un albergue (donde, al no haber marcado el punto decimal en el indicador, muestran unas distancias astronómicas que nos hacen tener la sensación de estar en medio de ninguna parte) antes de tomar el camino que bordea un viñedo. Después retomamos el asfalto y giramos a la izquierda.

Estamos tan saturados de ver Santiagos peregrinos que nos sorprende encontrar a nuestra izquierda, junto a un cruce, una capilla dedicada a la otra protagonista de esta ruta de peregrinaje bidireccional: la virgen de Fátima. Después de prestar rendido homenaje, cruzamos la carretera y, poco más adelante, abandonamos el distrito de Viana do Castelo para adentrarnos en el de Braga (lo hacemos precisamente por un camino de tierra).
Ya en Braga (que no en bragas) y, concretamente, en Balugães, seguimos por asfalto dejando a poca distancia a la derecha la iglesia parroquial local. Fiándonos de nuestro GPS, vamos navegando por un auténtico laberinto de callejuelas que nos termina dejando en un descenso adoquinado. Después pasamos a la tierra y llegamos a un pequeño oasis junto al río Neiva donde, al lado de un antiguo molino y de su pesquera, encontramos el encantador Ponte das Tábuas, del siglo XVI.

Retomar la ruta después de pasar por un lugar así siempre es duro, no solo por tener que dejar el frescor del río para volver al polvo del camino sino porque tras los valles siempre suelen esperarnos varios kilómetros de subida. Ahora el camino de tierra deja paso una vez más al adoquín que nos lleva, a través de un bosque de eucaliptos, hasta un pueblo y un cruce, donde tomamos a la izquierda y después a la derecha, ambas por asfalto. Después, tras sendos desvíos a la derecha, abandonamos la carretera por un camino de tierra que sale a nuestra izquierda en una curva al lado contrario.
La tierra deja paso al asfalto ya en las calles de un pueblo donde no tardamos en encontrar nuestro paso interrumpido por las vías del tren (nos hallamos al lado de la estación de Tamel, que da servicio a esta freguesía de Aborim en la que nos encontramos). Las superamos por un paso a nivel que se encuentra pocos metros a nuestra derecha y, al otro lado, giramos de nuevo a la derecha para recuperar nuestro rumbo (y nuestros adorados adoquines) pasando junto a la iglesia local, que no reseño por ser más fea que Picio.
Enlazamos con una carretera ascendente que, poco más adelante, nos deja en una mayor y con más tráfico por la que completamos el ascenso. Ya arriba, junto a un cementerio, giramos a la izquierda para dirigirnos directamente a la iglesia que vemos al fondo, que no es otra que la de Nuestra Señora de Portela y que, crucero incluido, va a quedar a la izquierda de la carretera por la que descendemos ahora.

Las vistas ante nosotros son prometedoras (no parece haber más subidas en lontananza) cuando abandonamos el asfalto para tomar a la derecha por adoquines. El traqueteante descenso va deteriorándose y termina dejando paso a trozos en los que la tierra va ganando terreno al empedrado… hasta que, junto a un crucero, encontramos que han descargado uno o dos camiones de adoquines frescos para reconquistar el territorio perdido. Encontramos así toda esta zona cuyo epicentro parece estar en la cercana iglesia de San Pedro Fins, que rodeamos para seguir (por adoquines primero, asfalto después, tierra más adelante) por su parte trasera.


Llegamos así a un nuevo núcleo de población donde seguimos siempre de frente hasta abandonarlo por un camino. Después de cruzar una carretera, proseguimos por adoquín que, después de cruzar una nueva población, deja paso una vez más al asfalto. A nuestra izquierda dejamos una bonita capilla consagrada a la Santa Cruz y, al poco, otra más pequeña.

El camino por el que rodamos ahora vuelve a verse interrumpido por la vía férrea, motivo por el que describe una amplia curva a la derecha hasta encontrar un paso bajo los raíles. Al otro lado, subiendo un repecho y girando después a la derecha, llegamos a un amplio cruce dominado por un crucero, donde seguimos de frente. A la izquierda dejamos una pequeña fuente junto al feo lavadero que vemos junto a la basura.

La calle adoquinada alcanza una carretera que tomamos, a la izquierda, en sentido descendente, para llegar a Vila Boa, lugar que reconoceremos por tener que pasar junto a su pequeña iglesia parroquial de piedra. En la parte trasera de esta iglesia giramos a la derecha para enlazar varias carreteras que nos terminan llevando junto a dos bloques de edificios que nos indican ya que estamos alcanzando una ciudad. Giramos aquí a la izquierda y, más adelante, al alcanzar un parquecillo con pistas deportivas y mesas, a la izquierda y casi enseguida a la derecha dos veces para alcanzar una amplia rotonda que nos va a meter ya en Barcelos.

Como nos ha pasado -y pasará- con otras ciudades a lo largo de esta ruta, debemos cruzar Barcelos de punta a punta, desde el norte por el que hemos entrado hasta el sur, al otro lado del río. Por supuesto, mientras lo hacemos es obligatorio detenerse en los principales puntos de interés que, si nuestro viaje tiene lugar a principios de mayo, encontraremos animados y engalanados para la tradicional Festa das Cruzes.

Lo primero que llama la atención en esta localidad es la abundancia de gallos y es que, el archiconocido gallo de Barcelos es ya un símbolo de todo Portugal. La leyenda, muy similar a otras del camino, cuenta que un gallo que estaba ya asado y en el plato, listo para ser devorado, tuvo el detalle de levantarse y cantar para salvar así a un peregrino que había sido injustamente acusado de un robo e iba a ser ajusticiado por ello.

Lo primero que llama nuestra atención según vamos adentrándonos en el centro histórico de la ciudad es un templo barroco redondo que, con el nombre de Senhor Bom Jesus da Cruz, data del siglo XVIII. Frente a él hay un jardín barroco de la misma época y, en un lateral, una enorme explanada acoge los jueves el mayor mercado de Portugal.

También frente a esta iglesia, al otro lado del conocido como Largo de Porta Nova, se levanta una interesante torre del siglo XV que, con el mismo nombre de Porta Nova o Torre Barcelos, alberga una sala de exposiciones.



Ya descendiendo hacia el río, nos topamos con el ayuntamiento, un edificio de finales del XIX que nació de la reforma de varios edificios anteriores. Frente a él se encuentra la iglesia matriz que, consagrada a Santa María la Mayor, data del siglo XIV y contiene en su interior una bonita decoración de azulejos del siglo XVIII, así como varios retablos barrocos.





Por supuesto, no hay ciudad o pueblo en Portugal que no tenga su bello pelourinho (picota), y el de Barcelos es gótico del siglo XVI y lo encontramos ya en el último tramo de bajada hacia el río. Dominando el parquecillo en el que encontramos la picota vemos dos palacios del siglo XV. Por una parte el Palacio Solar de los Pinheiros y, por el otro lado, junto a la iglesia, el imponente -pero arruinado desde el terremoto de Lisboa- Palacio de los Condes de Barcelos, del siglo XV. Este edificio, o lo que queda de él, y sus alrededores albergan hoy en día un magnífico museo arqueológico al aire libre donde se puede ver, entre otros restos más que interesantes, el famosísimo Crucero del Señor del Gallo y que no es otro que el que se supone que mandó construir el agradecido y ya mencionado peregrino salvado por la milagrosa intervención gallinácea. En uno de los laterales de su fuste podemos ver al peregrino ahorcado y al Apóstol Santiago aguantando su peso para mantenerlo con vida en espera de que alguien acuda a liberarlo.




Pero toca ya, casi despidiéndonos de la localidad, completar el descenso hacia el río Cávado y cruzarlo por el monumental puente medieval del siglo XIV (junto al que hay también un molino). Ya al otro lado, el hecho de que la calle que hemos de tomar sea de dirección prohibida, nos sirve de disculpa para subir andando por una rampa que se antoja dura y retrasar así un poco nuestra despedida de Barcelos, cosa que hacemos irremediablemente al girar a la derecha por la carretera que se nos cruza frente a una fuente.



La carretera por la que salimos de Barcelos (o más bien de Barcelinhos, que es como se llama esta parte del conjunto urbano) tiene un tráfico bastante pesado pero, por suerte, podemos hacer uso algo más adelante de un carril bici que nos aísla un poco. Al llegar a una rotonda, debemos abandonar la carretera por la vía que sale a nuestra izquierda y que sirve de acceso al cementerio. Nosotros, sin embargo (y por fortuna), nos limitamos a rodear el camposanto y seguir por la misma carreterilla por la que vamos, la cual nos permite evitar un complejo nudo de carreteras y nos hace pasar después entre dos naves industriales, tras lo que -justo después de pasar una rotonda adornada con la escultura de hierro de, cómo no, un gallo- tomamos la opción de la izquierda para recordar lo que se siente al rodar sobre adoquines.
Dejamos atrás una capilla (Santa Cruz das Coutadas), en obras de reforma, y continuamos, tomando un par de cruces a la izquierda, hasta que llegamos a una vía más ancha justo frente a un pequeño altar de ánimas. Girando a la izquierda nos topamos con la iglesia parroquial de Carvalhal (de San Paio/Pelayo), ante la que giramos a la derecha para adentrarnos en una carretera asfaltada por la que vamos ahora a proseguir el ascenso, aunque pronto vamos a desviarnos a la izquierda para retomar nuestro adoquín de siempre.

Después de pasar bajo una autovía, seguimos subiendo sin descanso por adoquines hasta que, bastante más adelante, la pendiente nos da una tregua y comienza a descender tímidamente. Llegamos a un cruce con crucero y altar de ánimas donde hemos de seguir de frente (todavía, a estas alturas de Portugal, alcanzamos a ver un hórreo a nuestra izquierda). Cuando llegamos a una carretera asfaltada, la tomamos a la derecha y aprovechamos los pocos metros de firme suave para meter todo el desarrollo que tenemos, pues hemos de girar de inmediato a la derecha, de nuevo por adoquín y por un repecho de los que se las traen que, por suerte, es corto. Después descendemos por tierra y, ¡oh, sorpresa!, estamos de nuevo en la carretera que acabamos de dejar y que debemos, ahora sí, tomar para continuar la subida. A nuestra derecha, según subimos, queda la cuca capilla de Nossa Senhora da Guia (de mediados del XVIII) con parquecillo y fuente, que bien merece un descanso.

Nosotros seguimos, sube que te sube, por la carretera hasta que esta alcanza el punto inflexión, a partir del cual continuamos también por la misma, solo que ahora baja que te baja. Algo más adelante, yendo ya llanea que te llanea, vemos a la derecha al lado de un crucero, por primera vez, un cartel indicador del Camino de Fátima que hace que por unos instantes dejemos de sentirnos bichos raros (aunque en todo el camino que llevamos recorrido solo hayamos visto a otro peregrino que iba en la misma dirección que nosotros y que probablemente estuviese perdido). Poco después dejamos a la izquierda una iglesia con su campanario construido sobre un arco, pero el denso tráfico no nos permite cruzar la carretera para indagar.

Abandonamos ya, por fin, la carretera por una pista asfaltada que sale a nuestra derecha después de callejear entre algunas casas y muros de cierre de fincas, salimos a un camino de tierra que tomamos. Al otro lado regresamos al asfalto, que tomamos a la derecha en sentido ascendente y después a la izquierda en sentido más ascendente todavía. Un brusco cambio de dirección nos hace después, tras un descenso asfaltado, adentrarnos por un camino de tierra que se abre paso entre campos de labor, lo que nos deja amplias vistas sobre el terreno circundante.

Aunque por un momento salimos de nuevo al asfalto y después al adoquín, se trata solo de un espejismo, pues enseguida volvemos al polvoriento camino de tierra. A nuestra derecha, junto a un mínimo riachuelo, encontramos un merendero (con aparcamiento para bicis y todo) decorado, entre otros objetos variopintos, con uno de los grandes gallos de Barcelos que ya nos resultan familiares. Como curiosidad, al poco de pasar este parquecillo dejamos atrás el distrito de Braga y pasamos ya al de Oporto.


Llegamos así a una nueva zona urbana en la que la tierra vuelve a dejar paso al asfalto y al adoquín, que se van alternando. Después de un cruce dejamos a nuestra derecha una capilla y, casi frente a ella, una pastelería con terraza donde reponer fuerzas de forma más que digna.


Al alcanzar un crucero, tomamos a la derecha por, valga la redundancia, la rúa Direita para adentrarnos en el casco urbano de Rates donde nos espera más de una sorpresa.

La primera no es gran cosa, pues la fuente de San Pedro que encontramos en esta misma calle es una reconstrucción moderna y bastante fea de la que hubo en tiempos, si bien hay un bonito panel de azulejos que nos muestra cómo fue en su momento de máximo esplendor. Algo más adelante, y saliéndonos del Camino propiamente dicho, llegamos a la plaza donde se encuentra, precisamente, la capilla barroca del Senhor da Praça, además de una curiosa torre cilíndrica, si bien los amantes de los pelourinhos como el que esto escribe estarán embelesados con el de estilo manuelino que casi pasa desapercibido en una esquina de la plaza.




Pero, retomando ya el Camino, la joya indiscutible de Rates es la iglesia románica de San Pedro, del siglo XII, un magnífico ejemplo de lo que sabía hacer la gente en aquella época. Merece la pena dedicar un buen rato a admirar tanto su interior como su exterior, sus puertas, ventanas, arcos y capiteles, y, cuando demos por satisfecha nuestra curiosidad artística, todavía debemos reservar unos minutos para acercarnos, a los pies del campanario independiente y más moderno que se encuentra tras la cabecera de la iglesia, para ver la colección de sarcófagos de granito que aquí guardan.








Con nuestra sensibilidad estética plenamente satisfecha por ahora, continuamos ruta hacia el este por la ciclovía que une Póvoa de Varzim con Vila Nova de Famalicão, si bien apenas nos da tiempo a disfrutar de su comodidad pues hemos de abandonarla en el primer cruce para tomar, a la derecha, la carretera que se interpone en nuestro camino.

Por esta carretera vamos a rodar un buen rato. Incluso cuando nos toca esperar en un semáforo para atravesar una vía más ancha, nosotros tomamos la opción que tenemos de frente y que por ahora sigue estando asfaltada. Después pasamos al adoquín un rato y, cuando volvemos a encontrar asfalto bajo nuestras ruedas, tomamos en la bifurcación la opción ascendente de la derecha. Nos unimos al final del repecho a otra carretera y seguimos con el mismo rumbo dejando a la derecha una pequeñísima capilla consagrada al Señor de los Desamparados y, algo más adelante y al otro lado de la carretera, la iglesia de Arcos (que, por el nombre de la «quinta» cuya portada barroca vemos junto a la carretera, supongo que estará consagrada a San Miguel). Completamos la bajada, ya por adoquín hasta que, poco antes de cruzar el río Este, doblamos a la derecha para hacerlo con estilo y cruzar a la otra orilla por el bonito puente medieval que también lleva el nombre de San Miguel de los Arcos.



En la misma salida del puente nos encontramos una carretera a la que nos incorporamos, hacia la derecha, en plena curva (por lo que es como si siguiésemos de frente). En la siguiente curva que la carretera describe a la derecha nosotros la abandonamos hacia la izquierda por el camino de tierra que nace en este punto. Después de un tramo de suave ascenso recuperamos el asfalto para pasar bajo una autovía y, después de unos nuevos metros de tierra, volver a la carretera.
Rodamos sin mayor dificultad entre campos de cultivo (maíz, principalmente) de los que nos separan altos muros, como si temiesen que fuesen a robárselo. El firme, como de costumbre, sigue alternando sin orden ni concierto el asfalto con el adoquín. Es en uno de estos tramos de adoquín, precisamente, en los que nuestra ruta nos juega una de sus habituales trastadas, haciéndonos abandonar la carretera principal hacia la izquierda para subir un repecho repentino y descenderlo después para regresar a la misma vía por la que veníamos. En esta ocasión, el retorno a la ahora asfaltada carretera es efímero, pues lo único que hemos de hacer es cruzarla para adentrarnos en la callejuela que sale al otro lado.
En este tramo los muros que nos rodean ganan altura de forma considerable y el firme vuelve a ser de tierra que es la que se alterna ahora con el adoquín. Aquí y allá, en este auténtico laberinto rural en el que estamos inmersos, los muros desaparecen para permitirnos ver una panorámica un poco más amplia de la zona.

Guiándonos por nuestro GPS y por las flechas amarillas que ya sabemos leer como si fuesen para nosotros, terminamos saliendo a una carretera que tomamos a la izquierda, en sentido ascendente, y volvemos a abandonarla enseguida hacia la derecha por un camino adoquinado donde vemos, bajo un alcornoque, a un curioso peregrino publicitando un negocio local.

Regresamos a nuestra tónica habitual de adoquines y muros (desde algún punto muy concreto de esta zona parece atisbarse ya el mar a lo lejos) hasta que tomamos una vía asfaltada a nuestra izquierda que, a su vez, nos deja en una transitada carretera que debemos tomar a la derecha apenas unos metros para salir, por adoquines, a la izquierda.
Atravesamos ahora un bosque de eucaliptos al otro lado del cual cruzamos una aldea ya en marcado descenso. En un cruce dejamos a nuestra izquierda una iglesia dedicada a la Virgen del Socorro (Nossa Senhora da Ajuda) pero apenas nos fijamos en nuestro vertiginoso descenso hacia el cauce del río Ave, que vamos a cruzar, en un inmejorable entorno, por el puente medieval conocido como Ponte Dom Zameiro. Por supuesto, en la religión cicloturista, sería considerado pecado -y no venial precisamente- pasar de largo sin detenerse a visitar alguna de las aceñas del lugar,mojarse lospies en las aguas o, simplemente, disfrutar un rato del lugar, que ¡es gratis!





Ya redimidos de nuestros pasados kilómetros toca hacer lo de siempre después de cruzar un río: subir por la orilla opuesta. En esta caso nos llama la atención al hacerlo la monumental entrada a una finca que, olvidada, encontramos en medio de la nada a la derecha según subimos (por el buen estado de su capa de pintura blanca, quizás no esté tan olvidada, después de todo).

Finalizado el ascenso, nos incorporamos hacia la izquierda a la carretera a la que llegamos y que, tras una larguísima recta que se nos antoja interminable nos deja en una nueva localidad. Teniendo en cuenta el continuo de casas que supone pedalear por Portugal, se me perdonará aquí que no trate ya ni de ponerle nombre a los pueblos por los que pasamos. En esta ocasión, sin embargo, diré que nos encontramos en Macieira da Maia, que reconoceremos por el torreón que dejamos a la izquierda. Al otro lado vemos una pequeña iglesia frente a la que han plantado una estatua de Santiago Peregrino que parece patrocinada por Lego.


En el semáforo giramos a la izquierda y casi de inmediato a la derecha para iniciar un rápido descenso que hemos de abandonar a medias para salir por los adoquines que dejamos a la derecha. Al final del descenso tomamos el camino de tierra que, a nuestra izquierda, se adentra en un bosque.
Una vez más regresamos a la combinación adoquines abajo y altos muros laterales. Privados de toda posibilidad de disfrutar del paisaje, no nos queda otra que intentar pensar en las musarañas para evadirnos del constante traqueteo, que es lo único que nos acompaña hasta que vemos ante nosotros una capilla (Nossa Senhora da Lapa) donde debemos girar a la derecha, en ascenso. Hay, sin embargo, que detenerse antes en este punto, pues nos encontramos al ladito mismo del monasterio de San Salvador de Vairão y de su iglesia de San Benito.
Se trata de una congregación religiosa que en un principio fue mixta (s. X) pero que pasó después a ser exclusivamente femenina (s.XII). El monasterio mantuvo su actividad hasta el siglo XIX cuando, al término de la guerra civil portuguesa, con la victoria liberal, se estableció por decreto la disolución de las comunidades religiosas. El monasterio de Vairão se clausuró definitivamente cuando murió la última de sus monjas, en 1891. El edificio pasó después a ser una escuela (religiosa, por supuesto) y, en 1986, adquirió su actual carácter de albergue de peregrinos.


Después de ver el convento y su iglesia, y de alucinar con el tamaño de algunas de las tumbas del cementerio anexo, continuamos camino cuesta arriba por una calle de adoquines encajada entre dos altos muros. Alcanzado el fin de la subida, dejamos atrás una plazoleta con crucero y, cuando vamos directos hacia una señal de dirección prohibida, nos desviamos a la derecha para llegar a una explanada con un monumental crucero a nuestra izquierda y, justo enfrente, una colina coronada por una iglesia dedicada a San Ovidio. Como la por fuera la iglesia no parece nada del otro mundo y desde media rampa se alcanza a ver que la puerta está cerrada a cal y canto, continuamos camino sin malgastar energías subiendo hasta arriba.

Seguimos por adoquines hasta que algo más adelante giramos a la derecha y, después de un descenso, enlazamos con la recién asfaltada EN-306 que tomamos hacia la izquierda y la cual vamos a seguir unos cuantos kilómetros que no presentan mayor dificultad más allá de unos cuantos semáforos que nos interrumpen de vez en cuando, pero que se hacen bastante pesados por el tráfico que hemos de soportar.
Cuando, finalmente, la curva dobla en ángulo recto a la derecha, nosotros la abandonamos hacia la izquierda por una amplia calle adoquinada que termina, al ser cruzada perpendicularmente por otra vía algo mayor, abocándonos a una nueva dirección prohibida. Ya continuemos por la propia calle (con mucha precaución, pues es muy estrecha y no presenta lugares en los que esconderse si viene tráfico de frente) o dando un rodeo por nuestra izquierda (que podemos aprovechar, si somos muy piadosos, para visitar la cercana iglesia de Vilar) comprobaremos que la calle se ensancha un poco algo más adelante y nos permite ya circular por ella de forma legal.

Conectando diferentes poblaciones entre las que se intercalan campos de cultivo, y dejando a nuestra izquierda el mercadillo que se organiza en Mosteiró y algo más adelante y a la mano contraria el parque de bomberos de Vila do Conde, alcanzamos un cruce, junto a la sede de un grupo folklórico, donde seguimos de frente para girar poco después a la izquierda. Al llegar, algo más adelante, a un cruce, la carretera se ensancha y el tráfico aumenta significativamente, si bien el puñetero firme sigue siendo aún de adoquín, aunque lo abandonamos casi de inmediato por la vía asfaltada que vemos a nuestra derecha.
Ahora el tráfico empieza a ser un verdadero incordio, y lo es mucho más cuando comenzamos a atravesar un polígono industrial. Cuando, en un semáforo, giramos a la izquierda, no solo empeora el tráfico sino que, para más inri, el adoquín vuelve a apoderarse del suelo sobre el que rodamos.
Nos las apañamos para sobrevivir hasta alcanzar un supermercado de una conocida cadena de origen alemán, punto en el que nos toca girar a la izquierda (lo que es más fácil de decir que de hacer, pues no existe un camionero en todo Portugal que vaya a detener su vehículo solo para evitar dejar a un ciclista pegado a los adoquines). Si logramos superar la complicada prueba, rodaremos por una vía donde el omnipresente adoquín hasta nos sabe a gloria porque, al menos, tenemos la tranquilidad de rodar casi solos.
Después de un giro a la derecha y otro a la izquierda pasamos a una calle que vamos a seguir durante un buen trecho hasta que, dejando a la izquierda un gran cementerio, desemboca en una avenida que solo con verla, a cualquier hora, mete más miedo que el cementerio visto bajo la luna llena la noche de Halloween. Para más cachondeo, nos tenemos que incorporar a ella hacia la izquierda, lo que supone atravesar dos carriles y saltarnos una doble línea continua. Puede parecer difícil hacerlo -y lo es-, pero parece un juego de niños comparado con lo que nos toca hacer en apenas unas decenas de metros al llegar a un inmenso cruce y donde nuestro track nos indica que debemos ir justo en la única dirección hacia la que no es posible girar de forma legal: la izquierda.
Lo mejor es que nos detengamos en la acera de la derecha y esperemos allí a que se abra un claro en el tráfico que vuela en ambos sentidos para atravesar la avenida de lado a lado (lleva menos tiempo esperar una conjunción astral que eso, pero no nos queda otra que armarnos de paciencia si queremos sobrevivir). Podemos aprovechar para mirar el escaparate de la tienda de bicis que hay en este cruce, si bien será desde lo lejos, porque está justo en el punto opuesto que este en el que nos encontramos.
Rodamos ahora por una carretera algo más tranquila y dejamos una capilla a la derecha donde podemos dar gracias a Nossa Senhora da Glória por haber sobrevivido al cruce que acabamos de dejar atrás. Esta vía la vamos a seguir un buen rato sin desviarnos, pasando primero bajo una autovía, después cruzando una rotonda ovalada y, finalmente atravesando un carril-bici inmediatamente después del cual nos meteremos por la calle adoquinada que asciende a nuestra derecha, pasando al lado de una nueva tienda de bicicletas.

Seguimos por un estrecho callejón hasta que la calle se ensancha al bordear un cementerio frente al que hallamos una iglesia consagrada a la que parecería ser la patrona de los oficinistas: Nossa Senhora do Bom Despacho. Después, justo antes de legar a otra capilla de curioso nombre (Senhor dos Amarrados), giramos a la derecha y poco más adelante, en una rotonda, abandonamos el adoquín girando a la izquierda por la enorme vía que tenemos ante nosotros (podemos hacer uso de la ancha acera si nos impone rodar por el asfalto).

Pasamos así sucesivamente bajo la línea de metro, por una rotonda, sobre una carretera y, al llegar a la siguiente rotonda, saltamos a la carretera paralela de nuestra derecha para girar inmediatamente en dirección sur. Tras un breve tramo de adoquín volvemos al asfalto en un cruce donde nos incorporamos a la carretera que nos permite seguir el mismo rumbo que traemos. Dejamos una pequeña capilla a la izquierda y un gran aparcamiento a la derecha para llegar a una rotonda donde giramos a la izquierda y, después de atravesar el río Leça, nos metemos en un polígono.
La inmensa planta industrial que vamos dejando a nuestra derecha desprende un peculiar olor que, a poco buen gusto que tengamos, no nos cuesta reconocer: estamos en la parte trasera de la fábrica de la riquísima cerveza Super Bock. Si bien me consta que es posible hacer una visita guiada a la fábrica por el módico precio de diez euros, yo preferí pasar de largo, pues también sé de primera mano que por ese mismo importe es posible visitar casi cualquier bar del país y beber una cantidad nada desdeñable de la cerveza aquí producida. Además, en el otro extremo de la fábrica vemos ya algo que distrae poderosamente nuestra atención: el monasterio de Leça do Balio.

Aunque, por su aspecto almenado y su torre, a simple vista pueda parecer un castillo o fortaleza estamos, efectivamente, ante un monasterio construido en el siglo XIV (transición románico-gótico) y de su correspondiente iglesia, dedicada a la Encarnación. En su interior es reseñable la pila bautismal firmada por Diogo Pires, el Moço, y en su exterior el crucero del siglo XVI y el conjunto de sepulcros medievales (por si fuesen pocos los que se conservan en el interior).







Ya de vuelta sobre la bici, la cosa se complica, y no poco. Lo primero que hemos de haceres subir la cuesta adoquinada que nos permite terminar de rodear la fábrica de cerveza y que nos deja en un cruce ya bastante complicado. Después de pasar bajo una carretera salimos a una nueva rotonda donde debemos seguir de frente, pasar bajo otra vía y emprender una subida por una carretera estrecha y con mucho tráfico.
En la siguiente rotonda giramos a la izquierda y nos adentramos en la que debe ser la calle más larga, más recta, con más tráfico y más coñazo de todo Portugal. Con los cinco sentidos puestos en los coches que nos adelantan sin miramientos y en los aparcados que pueden emprender su marcha en cualquier momento avanzamos con cuidado atentos también a los semáforos que, aquí y allá, nos hacen detenernos. Después de lo que nos parece una eternidad, al poco de haber dejado a nuestra derecha una iglesia con la fachada recubierta de azulejos, debemos abandonar la calle para meternos, a la izquierda, por una con menos tráfico. Todo muy bien, salvo porque ¡es dirección prohibida!
Al final de este tramo, la cosa se complica un poquito más al tocarnos pasar por un pasaje que atraviesa un edificio, cruzar una calle a pie y, por otro pasaje, pasara una nueva calle estrechita pero con el sentido correcto…tan solo por unos metros antes de volver a indicarnos que está prohibido seguir por donde vamos. Si lo ignoramos y seguimos con muchísima precaución terminamos saliendo a una calle de doble sentido (y asfaltada) junto a la capilla de la Ramada Alta, desde donde ya solo tenemos que dejarnos caer, siguiendo siempre de frente, para entrar en el centro de Oporto por la rúa de Cedofeita, que tampoco es que tenga nada de particular (salvo que en ella viviese tu ex, claro).
Esta calle nos termina dejando en la zona de la universidad, desde donde lo único que tenemos que hacer es esquivar coches, tranvías y turistas mientras vamos bajando hacia el Duero buscando siempre el hiperfotografiado puente de Luis I. Por supuesto, y aunque no voy a entrar en detalles, debemos hacer un tour turístico por la ciudad y sus monumentos, donde merece destacar la catedral (siglos XII-XIII, reformada en el XVIII), su claustro (siglos XIV-XV), la zona de Aliados y la animada calle de Santa Catarina, las innumerables iglesias decoradas con azulejos (al igual que lo está la estación de tren), la antigua cárcel (y hoy centro de fotografía), la archiconocida torre de los clérigos, la preciosísima librería Lello (que, por desgracia, en los últimos años ha muerto de éxito como atestiguan las largas colas que se constantemente vemos ante su puerta) o el puente de Dona Maria Pia, diseñado por Eiffel (a cosa de un kilómetro del de Luis I, río arriba), por nombrar solo algunos de los atractivos turísticos de la segunda ciudad de Portugal.




































Cuando demos por conocida la ciudad (o hayamos prometido volver para terminar de hacerlo), cruzamos el Douro y pasamos a Vila Nova de Gaia, localidad donde vamos a bajar a base de vino todas las francesinhas que nos hayamos comido en la vecina Porto. Y es que aquí, además de las tradicionales barcas (rabelos) que transportaban el vino, pueden también visitarse las bodegas donde degustarlo. Por suerte, después de la cata podremos salvar en teleférico el importante desnivel que separa el río de la continuación de nuestra ruta, para que el exceso alcohólico no haga que el esfuerzo nos siente mal. Si incluso así preferimos no tener más desniveles en nuestro futuro más cercano, siempre podemos cambiar de planes y seguir costa adelante por la ruta Eurovelo 1.




Continuará…