Una ruta para el día a día: Senda verde de Ames

Provincia: A Coruña

Distancia: 12 km aprox. (24 km i/v)

Mapa:

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Vídeo: Ver ruta completa en vídeo.

Descripción:

El rimbombante nombre de Viajes y excursiones en bicicleta por Europa puede llevar al lector a pensar que el que esto escribe solo se remanga la pernera del pantalón para recorrer las grandes rutas que atraviesan el continente. Pero mis excursiones más chic, como los paseos por las calles de París, son una excepción en mi vida y mi rutina ciclista discurre por derroteros mucho más prosaicos. Por eso, y porque las rosalianas orillas del Sar no tienen nada que envidiar a las victorhuguenses del Sena, voy a describir aquí una de mis rutas comodín que utilizo para mis salidas en bici de montaña los días en los que la meteorología adversa da un par de horas de respiro y hay que improvisar algo rápido.

Esta ruta, denominada por el Concello de Ames Senda Verde no es sino una de las opciones que, uniendo pistas forestales y carreteras poco transitadas, comunican los dos principales núcleos de población del municipio: Bertamiráns y Milladoiro. Puede por tanto realizarse en los dos sentidos, ya sea usando la misma ruta para la ida y la vuelta (lo que es sumamente sencillo debido a la escasa longitud y dificultad del trazado, perfectamente señalizado en ambas direcciones) o regresando por cualquier otra ruta alternativa de entre los cientos de opciones que podemos elegir uniendo las muchas vías que existen en esta zona. Esta última suele ser mi elección habitual ya que recorrer únicamente esta senda se suele hacer corto.

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Describiré aquí entonces únicamente uno de los sentidos: el ascendente (para que el paseo tenga algo de gracia), que parte de las afueras de Bertamiráns y llega casi hasta Milladoiro.

Para localizar fácilmente el comienzo de esta senda verde lo mejor es que nos situemos en la plazuela de Bertamiráns donde se encuentra el edificio del ayuntamiento, frente a la comisaría de la Policía Local, y llaneemos por la carretera que va en dirección sureste dejando a la izquierda el paseo fluvial. Después de cruzar el río Sar, e ignorando el primer camino que sale a la derecha, tomamos el segundo en la misma mano (pasada la rotonda desde donde se accede a la parroquia de Ortoño), que es una tranquila pista asfaltada con acceso prohibido a vehículos a motor. Justo aquí, en el cruce, encontramos un panel informativo: nos hallamos en el punto de inicio de la senda verde.

Pedaleamos por el asfalto, bastante bacheado y transitado por corredores y peatones, pero totalmente llano, que avanza paralelo al río por el conocido como Valle de Mahía -la fértil vega del río Sar- cuya riqueza se aprecia a simple vista gracias a los verdes prados que la cubren todo el año, salvo los meses de verano cuando los cultivos de maíz crecen con increíble rapidez. A nuestra izquierda, al otro lado de una cuneta por la que corre más agua que por muchos ríos castellanos, algunos chalets salpican el recorrido.

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Al final de este tramo de asfalto dejamos a la derecha la depuradora local y unos nuevos carteles informativos justo antes de girar bruscamente a la izquierda para comenzar un ligero ascenso dejando a la izquierda un denso bosque (que, salvo en los meses estivales, suele estar tan inundado que más bien parece un manglar). Un nuevo giro a la derecha y uno posterior a la izquierda nos lleva a una carretera un poco mayor.

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Por cierto, si hubiésemos tomado el camino que surgía a la derecha en la última curva habríamos llegado a la orilla del río Sar donde aún se pueden encontrar las ruinas de un viejo molino. En este lugar, a pesar de lo preocupantemente grises que bajan las aguas de forma habitual, he llegado a ver galápagos en libertad, siendo el punto más septentrional de la Península donde he llegado a ver esta especie de tortuga autóctona.

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De vuelta a la carretera a la que hemos llegado, tomamos a la izquierda, donde pronto pedaleamos entre una urbanización y el bosque. Al final de las casas que van quedando a nuestra izquierda encontramos el edificio de un centro educativo y frente a él, a nuestra derecha casi en dirección contraria a la que traemos, el camino que hemos de tomar.

Sin embargo, antes de continuar, debemos detenernos a ver el lavadero de importante tamaño que tenemos ante nosotros, en una zona -con dos rústicas mesas que casi parecen dólmenes y una bonita fuente- que podría tener su encanto si no estuviese junto a una transitada rotonda de la carretera.

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Merece la pena salirse de la senda marcada unos metros para ir por la carretera que sube frente a nosotros, al otro lado de la mencionada rotonda, por la que se llega a la iglesia de San Xoán de Ortoño, un conjunto parroquial construido entre los siglos XVIII y XIX donde destaca la rotunda casa rectoral del XVIII (aunque con elementos más antiguos). No está de más indicar que, según algunas extendidas teorías, Rosalía de Castro pasó parte de su infancia en la zona, en casa de sus tías paternas y que a pocos metros de aquí, en 1923, se fundó en honor a la escritora el Seminario de Estudos Galegos.

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Pero dejemos Ortoño para otra ocasión (quizás algún día describa aquí la ruta que sigue las pisadas de Rosalía de Castro) y abandonemos ya el asfalto por el camino de tierra que, como ya he dicho, nace junto al lavadero. Si conseguimos pasar entre los coches que aguardan su turno en el «taller» que un vecino ha montado en la parte trasera de su casa, y evitando mirar hacia el lamentable basurero irregular que han formado allí mismo acumulando trastos viejos, comenzamos a subir la primera rampa medianamente seria que encontramos hoy. Después el camino se suaviza para permitirnos pedalear relajadamente entre robles (o carballos), pinos (o piñeiros) y algún que otro eucalipto (léase sin pronunciar la p) antes de encontrar un nuevo repecho sin mayor dificultad. Llegamos así a un cruce que tomamos a la izquierda, por un camino que no tarda en convertirse en asfalto junto a unas casas entre las que vemos, hacia el sur, unas magníficas vistas del valle del Sar rodeado de montes.

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La carreterita por la que vamos ahora desemboca en otra apenas un poco más amplia que tomamos a la izquierda para llegar, poco más adelante, a una gran rotonda. Aquí, quienes hacen la senda verde caminando tienen un senderito con sus correspondientes pasos de cebra para atravesar la rotonda, pero nosotros tardamos menos en hacerla como los vehículos que somos… aunque debemos hacerlo con precaución, pues para salir por el camino que debemos tomar no nos queda otra que bajarnos de la bici para hacer una pequeña «pirula» y cruzar el último paso de cebra. Así, tomando la segunda salida de la rotonda (la que va hacia Firminstáns) y cruzando la carretera por el paso de peatones, ascendemos por el camino de tierra que nace allí mismo y cuyos primeros metros nos resultan más duros de lo que deberían por haber tenido que cruzar la carretera a pie y salvar de igual modo la profunda cuneta (aunque, si no hay tráfico y, como es habitual, la cuneta está llena de tierra, es posible hacer toda la jugada sin desmontar).

El camino en pocos metros regresa al asfalto junto a unas nuevas casas, donde giramos a la derecha y seguimos por la carretera que no tarda de morir en otra mayor. Tomando a la derecha llegamos ahora al cementerio de Bugallido, tras el cual vemos la iglesia de dicha parroquia amense, dedicada a San Pedro y construida en el siglo XVIII, tras el derrumbe en 1736 del anterior templo medieval. Al parecer su interior alberga un interesante retablo barroco firmado por Fernando de Casas.

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Continuamos nuestro recorrido por la pista asfaltada que rodea el cementerio pegada a su muro lateral. En el ascenso pasa casi desapercibido entre la vegetación un pequeño lavadero que dejamos a la derecha.

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Dejando varias casas a nuestra izquierda llegamos al punto donde el asfalto gira bruscamente en esa misma dirección, pero nosotros continuamos de frente, ya por tierra otra vez, para enfrentarnos a una subida que puede considerarse moderadamente dura. Cuando el camino se divide en dos tomamos la opción de la izquierda para continuar nuestro ascenso hacia la parte más alta del monte, desde donde iniciamos un nuevo descenso durante el que tenemos unas bonitas vistas, en esta ocasión hacia el norte (nuestra izquierda).

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Llegamos de nuevo al asfalto y lo tomamos hacia la derecha, pero no tardamos en salir de esta carretera para cambiarla por la que sale a nuestra izquierda en un descenso repentino que no tarda en cambiar el firme asfaltado por la tierra. Ahora las vistas interesantes quedan otra vez a nuestra izquierda.

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La pista de tierra nos vomita de nuevo al asfalto. Tomamos a la derecha una vez más para continuar por una carreterita que algo más adelante nos deja en otra un poco mayor. Girando a la izquierda pedaleamos por esta tan solo unos metros antes de abandonarla a la derecha por una nueva pista sin asfaltar que arranca repentinamente hacia arriba. Seguimos por ella ignorando los desvíos (e incluso la carretera que atraviesa nuestro camino) hasta que llegamos a un cruce múltiple casi bajo un viaducto. Tomamos aquí a la izquierda para cruzar bajo la carretera en descenso que, después de tomar un nuevo cruce a la derecha, nos permite cruzar el rego de Paramuiño en una zona especialmente umbrosa. Vemos que estamos pedaleando en paralelo a la vía del tren, pero esta circunstancia no durará mucho, pues en el primer cruce tomamos a la izquierda, alejándonos de ella.

Un nuevo ascenso por tierra describe una amplia curva junto a unos cables que, por soportar el peso de unas ramas derribadas, cada día que pasa están más cerca del suelo. Ignoramos el camino que sale a nuestra izquierda para pasar junto a unas casas en cuyo entorno suelen pastar varios caballos y numerosas cabras. No es raro ver aquí a los machos cabríos (también conocidos como cabrones) resolviendo sus diferencias a cabezazos, como si de un vulgar debate político se tratara.

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Pasadas estas casas aisladas, nuestra ruta nos introduce en el cuidado caserío de la pequeña aldea de Fraiz, cuyas encementadas calles abandonamos tras un brusco giro a la derecha para ascender en busca de la vía férrea que une Santiago con Pontevedra y Vigo. Tras cruzar los raíles en un paso elevado junto a una subestación eléctrica debemos seguir la carretera por la que venimos hasta dejar una casa aislada a nuestra izquierda, pasada la cual nos desviamos en esa misma dirección por una pista asfaltada que seguiremos hasta que se acabe, momento en el que giramos de nuevo a la izquierda, llegando así a la parte trasera de un colegio.

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Debemos ahora rodear el colegio, para lo que giramos a la derecha hasta llegar a una amplia carretera que tomamos a la izquierda solo unos metros antes de abandonarla a la derecha por la rampa ascendente que nos permite acceder a una pista de tierra ancha y en muy buen estado. Al final de esta, al llegar al asfalto (a pocos metros en sentido ascendente existe un bar-restaurante con un menú bufé bastante asequible), giramos ciento ochenta grados para tomar una nueva carretera que discurre bordeando un polígono industrial, aunque nosotros solo veamos los muros traseros de algunas naves).

Pasadas dichas naves, llaneamos unos metros más entre el bosque hasta llegar al punto donde vemos un gran lavadero con techumbre de madera restaurada a nuestra derecha. Los paneles que vemos a pie de asfalto nos indican que, sin pena ni gloria, hemos llegado al final de nuestra ruta de hoy. Aunque solo sea por hacer unos metros más, podemos llegar hasta el siguiente cruce donde, aprovechando un terreno muerto entre tres carreteras, existe un mínimo parquecillo con curiosas esculturas. Tomando en sentido ascendente la carretera que encontramos aquí (y que no es otra que la que vimos ante el colegio por el que no hace mucho que pasamos) llegaríamos en poco tiempo al caso urbano de Milladoiro.

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Como se puede desprender de mi descripción, la ruta no es gran cosa y, aunque no deja de tener cierto encanto y puntos de interés, esta senda verde podría ser más senda y mucho más verde, ya que en realidad nos hemos pasado mucho tiempo por asfalto, entre urbanizaciones, vías de tren y tendidos eléctricos. De hecho, entre el catálogo de rutas que ofrece el Concello de Ames, existe una verdadera senda mucho más verde que recibe el nombre de Ruta do Rego dos Pasos y que sigue el cauce de este tranquilo riachuelo que termina su vida en Bertamiráns cediendo sus aguas al padre Sar. Aprovecho aquí para lanzar una crítica a quienes, desde el Concello, no han dudado en publicitar en su web este bonito paseo diciendo que «tanto se puede hacer a pie como en bicicleta» (se ve que eso vende) pero que, a la hora de la verdad, han plantado en todos los accesos a la ruta unas vistosas señales que prohíben circular en bici. Siempre sería de agradecer un mayor apoyo al cicloturismo por parte de los organismos públicos pero, en este caso en particular, con que mostrasen un poco de coherencia sería suficiente.

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Nota 2021: En descargo del Concello de Ames debo decir que, en la versión actualizada de la descripción de la Ruta do Rego dos Pasos en su web, han retirado el texto correspondiente a la bicicleta, es decir, que ahora esta ruta «se puede hacer a pie», con lo que al menos recuperan la coherencia. Como desagravio hacia los ciclistas, que nos vemos así privados de un bonito pero corto paseo, han colocado en sus dos principales núcleos urbanos (no muy lejos del inicio y del final de la Senda Verde) dos puntos gratuitos de lavado, inflado de neumáticos y reparación de bicicletas. Estos se encuentran en Bertamiráns (en la zona de aparcamiento de A Telleira, junto al hórreo) y en O Milladoiro (frente a la Casa de la Cultura, a escasos metros del Camino Portugués). Aplaudo la iniciativa y… ¡esperemos que duren muchos años!

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Nota 2022: En algún momento entre enero y febrero de 2022 se ha cambiado la señalización de esta Ruta do Rego dos Pasos de forma que ya es posible realizarla en bicicleta a paso de peatón. En todo caso, recomiendo utilizar (aquí y en todo momento) el sentido común e, independientemente de la señalización, circular por ella respetando siempre al resto de usuarios de la senda y, por supuesto, tratando de erosionar el firme lo menos posible.

Haciéndonos los suecos: Paseo turístico por Malmö

Provincia: Skåne (Suecia)

Distancia: 11 km (aprox.)

Mapa:

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Descripción:

Cuando llego a una ciudad de la que apenas sé nada con la intención de pasar tan solo unas horas recorriéndola en bici, suele ser difícil diseñar una ruta que me permita visitar sus principales atractivos turísticos en un tiempo razonable. El boom de los paseos turísticos organizados en bicicleta podría ser de gran ayuda, pero no me siento cómodo pedaleando en el seno de un grupo de desconocidos -que generalmente suelen ser bastante patosos por no estar habituados a montar en bici y mucho menos en un entorno urbano nada familiar- al dictado de los caprichos y el ritmo de un guía que suelta su monólogo de carrerilla y cuyo mayor cometido es no dejar que ninguna oveja se despiste y abandone el rebaño (lo que yo tiendo a hacer en cuanto cualquier detalle curioso atrae mi atención)… por no hablar de los precios prohibitivos que suelen caracterizar a tales paseos organizados por empresas privadas.

Por todos los motivos indicados en el párrafo anterior, mientras planeaba una visita relámpago a la localidad sueca de Malmö tuve una agradable sorpresa al ver que una de esas empresas publicaba abiertamente en su web el recorrido de su paseo turístico. Quizás no sea del todo correcto «plagiar» la ruta sin pagar por el paseo, pero el refranero español dice que donde fueres, haz lo que vieres, de lo que se desprende que en Suecia debería comportarme como si fuese sueco y, buscando dicho término en el diccionario de la RAE, encontré que hacerse alguien el sueco significa «desentenderse de algo, fingir que no se entiende». Por tanto, hoy vamos a hacernos los suecos y, disimulando, seguir por nuestra cuenta una ruta por la que no hemos pagado.

Salvo que llevemos nuestra bici puesta desde casa, existe sin embargo algo por lo que sí deberemos pagar. Las opciones para alquilar un vehículo de dos ruedas en Malmö son diversas, desde la tiendas de bicicletas hasta el servicio de bicis públicas (que no probé, pero que tiene bastante buena pinta y cuya tarifa básica cubre 24 horas de uso por apenas 80 coronas suecas o, dicho de otra forma, un día de bici por ocho euros). En mi caso, dado que llegué a la ciudad en tren, me bastó con cruzar la calle para llegar a Travelshop, una tienda de servicios turísticos que también funciona como oficina de turismo privada (curiosamente no hay oficinas de turismo públicas en Malmö), donde alquilé una bonita bici urbana de siete velocidades para siete horas por 120 coronas.

La tercera ciudad de Suecia (sigo hablando de Malmö) está construida sobre una planicie absoluta, por lo que las siete velocidades de la bicicleta solo son un adorno salvo que nos planteemos salir del refugio que ofrecen los edificios para enfrentarnos al terrible viento que suele azotar la región, pero sí merece la pena señalar -al menos para quien no haya pedaleado nunca por el norte de Europa- que las bicis urbanas en Suecia solo tienen  una maneta para el freno delantero, mientras que el trasero se acciona pedaleando hacia atrás. La sensación es extraña pero es fácil acostumbrarse a su uso (aunque, después de haber probado ambos, yo sigo siendo partidario del freno manual de toda la vida).

Pero comencemos ya nuestra ruta. Si, como es habitual, hemos llegado a Malmö en tren y suponiendo que no hayamos tenido que alejarnos mucho para encontrar una montura, lo más lógico es arrancar desde donde nos encontramos: la Estación Central de tren, muy bien comunicada no solo con las principales ciudades suecas, sino también con la vecina Dinamarca y con el cercano aeropuerto de Copenhague.

Saliendo de la estación por cualquiera de sus puertas, la rodeamos en sentido antihorario hasta encontrar la calle paralela al canal donde se encuentran varias paradas de autobuses. Tomamos después a la derecha para cruzar por un bonito puente de piedra (Petribron) y continuamos recto (por Bruksgatan y Göran Olsgatan) hasta encontrar a nuestra izquierda una llamativa iglesia sobre la que no tardaré en escribir, pero antes debemos girar aquí en dirección contraria, a nuestra derecha, para acercarnos hasta la plaza del ayuntamiento o Stortorget, que alcanzamos en apenas unos pocos metros.

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Lo primero que llama la atención al alcanzar la explanada es la estatua ecuestre que tenemos ante nosotros, en el centro de la plaza (un tanto escondida detrás de una fuente desde nuestra posición). El orondo señor que nos contempla desde la grupa del caballo es el mismísimo Karl X Gustav, quien reinó en Suecia allá por el siglo XVII, aunque la estatua creada por John Börjeson fue colocada aquí más de dos siglos después. Pero lo más interesante de la plaza lo descubriremos al darnos la vuelta, pues a nuestra espalda hemos dejado el precioso edificio del ayuntamiento, que data del siglo XVI (al igual que la plaza, ocupando ambos el espacio de un antiguo monasterio) aunque la fachada que vemos actualmente no es la original, sino una interpretación libre realizada en el siglo XIX por Helgo Zettervall en estilo renacentista holandés.

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Salimos ya de la plaza por la misma calle por la que vinimos, cuyo nombre (Kyrkogatan) ya nos indica que nos vamos a topar de bruces con la iglesia de San Pedro por la que ya pasamos antes. La impresionante verticalidad de su estructura (aspecto exagerado por la estrechez de la calle por la que venimos), que alcanza el centenar de metros en la torre, nos lleva a sospechar que el estilo constructivo es el gótico. Así es: del siglo XIV, para ser precisos. La iglesia fue un importante centro espiritual durante los locos años de la Reforma. De su interior, además de los frescos de los siglos XV y XVI, es de destacar el retablo del altar mayor, originario del siglo XVII. De la decoración original de la iglesia prácticamente nada sobrevivió al ataque iconoclasta del reformista Claus Mortensen en 1529.

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Dejando la iglesia de San Pedro a nuestra izquierda pedaleamos por Själbodgatan y cruzamos una calle perpendicular para seguir recto por Rundelsgatan, donde en pocos metros giramos bruscamente a la izquierda para visitar una nueva iglesia, aunque ya no funcione como tal. Se trata de Caroli kyrka, un edificio de planta centralizada, tejado metálico y puntiagudas torres construido en el siglo XIX por el mismo arquitecto -Emil Viktor Langlet- que diseñó la cercana iglesia de San Pablo (por la que pasamos en otra excursión), ambas de aspecto muy similar salvo por el color de los ladrillos.

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Pasada la iglesia de Caroli giramos a la derecha por Östergatan y de nuevo a la derecha, en dirección sur por Humlegatan, pasando junto a una antiguas casas de aspecto bávaro. Un nuevo giro a la derecha nos lleva a embocar Baltzarsgatan por donde pedaleamos recto hasta la segunda calle que se cruza en nuestro camino: Kalendegatan.

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Giramos aquí a la izquierda y continuamos después recto durante un buen trecho, lo que nos lleva a cruzar un nuevo canal (en realidad el mismo que ya cruzamos antes, que rodea todo el centro de la ciudad). Más adelante dejamos a la izquierda la avenida ajardinada de nombre Kungsgatan, donde nace un carril-bici que nos lleva a la cercana localidad de Lund). Empecinados en nuestro pedalear, continuamos sin desviarnos y pasamos bajo el viaducto que soporta una avenida de dos carriles. Finalmente abandonamos nuestra rectitud girando a la izquierda al llegar a Spångatan.

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Seguimos Spångatan hasta que una amplia avenida de nombre Amiralsgatan se cruza en nuestro camino y la tomamos a la derecha durante apenas un par de metros antes de volver a girar a la derecha por la inmediata Norra Parkgatan. Estamos ahora pasando ante Folkets Park (algo así como «Parque del Pueblo»), un bonito parque creado a principios del siglo XIX como jardín de descanso privado por el empresario Frans Suell (quien, por cierto, está enterrado en la ya visitada Caroli kyrka). El inmenso jardín pasó a ser de dominio público en 1891 y se convirtió en un lugar habitual de reunión de los trabajadores, quienes llegaron a utilizarlo para manifestarse durante una gran huelga en 1909. Posteriormente se construyeron en el parque diversas atracciones como carruseles e incluso un terrario para reptiles.

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Al final de la valla que delimita el parque encontramos una rotonda que debemos cruzar para seguir recto un par de manzanas más antes de girar a la derecha por Ystadsgatan. Llegamos así a Möllevångstorget, una plaza donde -si el tiempo lo permite- encontraremos un mercadillo al aire libre rodeando la escultura de Axel Ebbe que domina la explanada.

Cruzamos la avenida y continuamos recto por una calle que se llama ahora Smedjegatan hasta que llegamos a… pero… ¿quién coño ha aparcado una nave espacial en medio de la calle? Podemos parpadear lo que queramos, pero el espejismo no se va a ir porque realmente está ahí. A la izquierda del carril-bici por el que venimos, semienterrada en el suelo de Malmö nos encontramos una inmensa nave espacial construida con materiales que se asemejan al metal y al vidrio y cuyas puertas abiertas no para de vomitar seres de aspecto humanoide. La explicación es sencilla: se trata de uno de los accesos a la estación ferroviaria subterránea de Triangeln, cuyo diseño hizo ganar a KHR Architects y Swecoy el prestigioso premio de arquitectura Kasper Salin en 2011. Si el asombro nos lo permite no debemos dejar de mirar también a nuestra derecha para alucinar (que no alunizar) con el impresionante aparcamiento de bicicletas que ocupa la mayor parte de la plaza y que cuenta hasta con talleres de reparación.

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Poco más adelante giramos a la derecha por Rådmansgatan (debemos cruzar la calle para circular por el carril-bici del lado izquierdo) y llegar hasta otra plaza donde tendremos un déjà vu: otra explanada con otro gran aparcamiento para bicicletas junto a otra extraña estructura de vidrio y metal. Se trata de la otra entrada a la estación ferroviaria de Triangeln, que en este caso tiene forma de cúpula semiesférica. A diferencia de antes, esta vez lo más interesante de la plaza tiene más años y no es otra cosa que la iglesia de San Juan (ya teníamos a San Pedro y a San Pablo, ¿nadie había echado en falta al Bautista?), un edificio de ladrillo de la primera década del siglo XX con un peculiar estilo Art Nouveau firmado por el arquitecto sueco Axel Anderberg.

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Pasada la entrada a la estación giramos a la izquierda por S:t Johannesgatan y al poco alcanzamos una avenida más amplia que tomamos a la derecha (una vez más debemos cruzar la calle para seguir el carril-bici que va por el otro lado). A la derecha dejamos el Magistratsparken y a la izquierda el edificio de la Ópera de Malmö. Seguimos la avenida pedaleando por su margen izquierda y pasamos de largo dos bibliotecas en sendos edificios a cual más impresionante antes de cruzar de nuevo el canal en una zona mucho más verde que por donde lo cruzamos las dos veces anteriores.

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Después de cruzar el canal dejamos a la izquierda lo que parece la entrada a una finca privada con un edificio al fondo. Nos colamos por ella para ver de cerca el Casino Cosmopol -inaugurado en 2001- antes de desviarnos por uno de los caminos de tierra que salen a la derecha y se adentran en el Kungsparken (Parque del Rey, en referencia al monarca sueco de la transición del siglo XIX al XX, Oscar II), el parque más antiguo de Malmö que, siguiendo cierto estilo inglés, ocupa las tierras despejadas que rodeaban el castillo de Malmöhus. En la parte trasera del casino, lo primero que vemos es una fuente de hierro fundido instalada en 1882. Merece la pena perderse un rato por los senderos del parque y descubrir por nosotros mismos las sorpresas que oculta (lo que incluye hasta un molino de viento).

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Volviendo a la avenida por la que veníamos y girando después a la izquierda (o atajando por los senderos del parque rodeando el foso exterior del fuerte) encontramos Slottsbron: el puente que nos permite acceder a la primera de las zonas fortificadas (en forma de estrella y acotada por dos canales, uno exterior y otro interior) del castillo. Al otro lado del canal interior vemos ya más de cerca el edificio renacentista del castillo de Malmöhus (ordenado construir por Fredrik I en el siglo XVI, aunque ya había previamente en este lugar fortificaciones medievales). Aunque, como ya vimos al pasar por allí, el foso exterior tiene la misma forma estrellada que la fortificación a la que rodea, el recinto interior (también protegido por su correspondiente foso) es rectangular con cuatro torreones de planta redonda en las esquinas.

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Seguimos de frente dejando a nuestra izquierda el puente de acceso a la entrada del castillo y, tras cruzar una vez más el canal, alcanzamos una rotonda donde torcemos a la derecha para pedalear bordeando el canal en dirección al mar. Cuando la carretera por cuya orilla circulamos gira a la derecha, nosotros la cruzamos para abandonarla por su lado izquierdo siguiendo el sendero que continúa a lo largo del canal. A nuestra izquierda tenemos una amplia explanada de césped que se abre al mar y permite unas vistas privilegiadas del Øresundsbron, el inmenso puente-túnel que une Suecia y Dinamarca (obviamente, desde aquí solo vemos la parte correspondiente al puente atirantado, ya que la vista del túnel está reservada a los privilegiados bacalaos). Tamaña obra de ingeniería fue inaugurada en el año 2000 y permitió por primera vez unir dos países extremadamente cercanos sin necesidad de recurrir a los abundantes ferries que cruzan de costa a costa en varios puntos. Es normal que veamos el puente desde donde nos encontramos, pues tiene cerca de ocho kilómetros de largo y una altura máxima de más de doscientos metros. Y no, antes de que alguien lo pregunte, ¡no se puede cruzar en bici!

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Las vistas son maravillosas, pero el viento que sopla en este desprotegido parquecillo no es moco de pavo, así que lo mejor es que sigamos pedaleando de vuelta a la zona urbana. Cruzamos de nuevo el canal por el último puente antes de su unión con el mar y rodeamos el puerto que tenemos a nuestra izquierda (al lado contrario queda un área dedicada a deportes acuáticos) cruzando para ello el nuevo puente que encontramos de forma inmediata. Nos pegamos al mar y circulamos por el paseo marítimo a lo largo del cual algún optimista decidió construir una especie de gradas de madera para que los temerarios bañistas (si los hubiera) puedan secarse al sol (si lo hubiese). Cuando llegamos a una plazuela que reconoceremos por un cambio en el color del pavimento, que pasa a ser rojo, nos despedimos de las vistas del puente de Ørensund y tomamos a la derecha por una calle que nos lleva derechitos, previo paso sobre otro canal, al llamativo Turning Torso.

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Este rascacielos neofuturista de hormigón, acero y vidrio, apilados hasta alcanzar una altura de casi doscientos metros, lleva la firma inconfundible de nuestro conocido compatriota Santiago Calatrava. Aunque la impresionante obra ha ganado algunos prestigiosos premios, Calatrava lo dotó de su toque personal al lograr tal sobrecoste respecto al presupuesto original que, durante su construcción (entre 2001 y 2005), los políticos implicados en el proyecto fueron cayendo uno detrás de otro.

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Arrepintiéndonos de no haber alquilado un casco junto con la bici, cogemos carrerilla y pasamos lo más rápido posible bajo el edificio más alto de Escandinavia rezando para que no se desplome sobre nuestras cabezas, pues la fama precede al arquitecto. Si sobrevivimos al arriesgado trance, al otro lado vemos un pintoresco edificio de especial interés para nosotros los ciclistas. Se trata de un complejo residencial cuyo aspecto exterior tiene cierto aire corbusierano y cuya planta baja está ocupada por el hotel Ohboy, cuyas habitaciones son apartamentos individuales con salida directa al exterior y que incluyen ¡una bici para sus huéspedes! Lamentando no tener tiempo para quedarme a dormir en Malmö, continúo la ruta girando a la derecha por Östra Varvsgatan hasta la siguiente rotonda y después a la izquierda por Stora Varvsgatan hasta cruzar un nuevo puente, dejar un pequeño y bonito faro a la izquierda y, tras un segundo puente, girar a la derecha siguiendo el puerto. Lo último que vemos antes de finalizar nuestra ruta en la Estación Central es el edificio de la antigua oficina de Correos, una bella mole de ladrillo (que actualmente alberga un restaurante) levantada en estilo romántico nacionalista por Ferdinand Boberg en el año 1900.

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Hemos completado nuestro paseo turístico por Malmö, una ciudad que esconde más tesoros de los que sospechábamos. Con ganas de haber tenido más tiempo para recorrer sus calles extremadamente agradables para el ciclista, devolvemos nuestras monturas y regresamos a la Estación Central para tomar el tren. No es un adiós, es un hasta pronto.

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En busca de la autopista ciclista perdida: Malmö – Lund

Provincia: Skåne (Suecia)

Distancia: 18 km (aprox.)

Mapa:

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Descripción:

Cuenta la leyenda ciclista que hace una década las autoridades suecas, siguiendo ejemplos de otros países, decidieron embarcarse en el proyecto de construir una «autopista» ciclista que, con dos carriles en cada sentido, protecciones para el viento, áreas de servicio y sin intersecciones con otras vías, permitiese pedalear con la mayor comodidad posible por la llanura que separa las ciudades sureñas de Malmö y Lund.

Aunque el proyecto nunca se llevó a cabo (al menos por el momento), sí existe entre ambas localidades un magnífico carril-bici que, como es habitual en casi todo el norte de Europa, permite que los ciclistas minimicen su contacto con los vehículos a motor. En espera de que se construya esa mítica autopista, recorramos lo que ya tenemos y vayamos en bici desde la costera ciudad de Malmö (la tercera población más grande de Suecia) hasta su vecina universitaria Lund.

Nuestra ruta en Malmö arranca muy cerca del canal que rodea el centro de la ciudad, concretamente en el cruce de Kaptensgatan con Kungsgatan (por donde ya hemos pasado en nuestro paseo turístico por la ciudad). Esta última es la calle que debemos seguir, una larga avenida ajardinada por cuyo centro (por el lado izquierdo de los jardines) discurre el carril-bici. Después de cruzar una ancha calle (Amiralsgatan) y otras más pequeñas y de haber dejado a nuestra izquierda el pintoresco edificio moderno que alberga una comisaria, nos topamos de frente con una bella iglesia dedicada a San Pablo. Se trata de un templo de planta central hexagonal construido en el siglo XIX. Sobre las paredes de ladrillo amarillo contrasta el tejado de aluminio (originalmente era de cobre) coronado por una cruz de oro.

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Tras rodear la iglesia continuamos por la calle ajardinada hasta que esta se acaba un poco más adelante. Al otro lado de la plazuela que encontramos, y ligeramente a nuestra derecha (cuidado en el cruce con los abundantes autobuses), encontramos la continuación natural de nuestra ruta en una calle cuyo nombre ya nos da una idea de hacia dónde se dirige: Lundavägen. Junto a la acera del lado derecho vemos un carril-bici que debemos tomar para dirigirnos hacia el noreste.

Después de cruzar una nueva calle bastante ancha (Homsgatan) y de pasar bajo las vías del tren, continuamos por una larga recta que va saliendo de la ciudad dejando a la izquierda una zona comercial donde nos llama la atención una pequeña tienda con forma de faro. Algo más adelante, entre las naves comerciales y nosotros, se cuela una autovía (para coches, por desgracia) que obliga a la calle que estamos siguiendo, que hasta ahora era impecablemente recta, a hacerse un poco a la derecha y, repentinamente, girar en ángulo recto a la izquierda para pasar bajo la autovía antes de volver a girar noventa grados a la derecha y obligarnos a subir un repecho (de los pocos que encontraremos hoy) para pasar sobre una nueva autovía y sobre un pequeño río. Pasados los obstáculos, nuestra ya familiar Lundavägen se interna en un polígono industrial volviendo a adoptar su forma recta. El carril-bici que seguimos nos obliga aquí a cruzar la calle para circular por el lado izquierdo de la calle.

Al salir del polígono industrial nuestra ruta empieza a verse cubierta de árboles al pasar junto a un templo frente al cual un cartel nos indica que pertenece a la Iglesia de la Cienciología, nada menos. Después el paisaje vuelve a ser de nuevo urbano, pues nos encontramos en el municipio de Bürlov, más concretamente en la comunidad de Ärlov. La calle (que aún conserva su nombre) tuerce ligeramente a la derecha. En pocos metros vemos a nuestra derecha la iglesia local, un edificio neogótico construido en el año 1900 en ladrillo y arenisca, con tejado de pizarra. Junto a la iglesia se encuentra el cementerio.

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Salimos de la localidad separándonos unos metros de la carretera para circular pegados a un gran centro comercial del que lo más destacable son los curiosos aparcamientos circulares para bicis, señalizados por una gran bici metálica de color rojo. Inmediatamente después debemos tomar el desvío del carril-bici hacia la derecha para cruzar una calle por un paso subterráneo y emerger al otro lado en la parte trasera de un supermercado Lidl (también vemos aquí una curiosa «urbanización» hecha de contenedores metálicos). Pasado el supermercado, nuestro carril-bici vuelve a acercarse a la carretera para pasar junto a unas pistas deportivas y, después, salir al raso. Las primeras tierras de labor que encontramos en esta excursión y que estamos atravesando ahora nos sirven para comprobar que la idea de proteger la autovía ciclista del viento no era ninguna tontería, y es que aquí cuando el viento sopla no lo hace en vano. El hecho de que las bicicletas urbanas suecas como la que he alquilado para la ocasión obliguen al ciclista a pedalear totalmente erguido (lo que puede ser muy cómodo, pero resulta escasamente aerodinámico) tampoco ayuda.

Tras pasar sobre una nueva autovía (también para coches) nos adentramos en una nueva zona de viviendas, aunque esta vez el aire es menos urbano y más rural, ya que se trata de casas bajas. Aquí nuestro magnífico carril-bici cruza de nuevo la carretera y, a la derecha de esta, se transforma en una acera amplia que debemos compartir con los peatones. Estamos en la localidad de Åkarp y a la izquierda vemos la posada que marcaba la mitad del camino entre Malmö y Lund. Al construirse el ferrocarril y dejar de ser necesaria esta parada y posta, la antigua posada se transformó en conjunto escolar en 1856, tal y como reza la inscripción en su fachada.

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Una vez pasado Åkarp nos adentramos en una nueva zona de campo abierto y el carril-bici vuelve a independizarse y se convierte en una vía separada de la calzada principal por una franja de césped. Además, como se ve en las imágenes, el carril-bici cuenta con iluminación, lo que permite utilizarlo incluso en las largas noches del invierno nórdico. A la izquierda, al otro lado de la carretera, podemos ver un miliario de piedra con inscripciones en las que destaca una corona, las siglas FRS (Fredericus Rex Sueciae, en referencia a Fredrik I) y la fecha de 1728. Mirando hacia el otro lado, hacia nuestra derecha, lo que nos encontramos es la transitada autovía (sí, sigue siendo para vehículos a motor) que transcurre en paralelo a nuestra ruta a no demasiados metros de nuestra posición. A lo lejos, más allá de la autovía, vemos ya en la distancia el campanario de la iglesia de Uppåkra destacando sobre la interminable llanura.

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A nuestra izquierda aparece un nuevo pueblo, Hjärup, por cuyo límite suroriental transcurre la carretera junto a la que pedaleamos. De hecho, antes de abandonar esta localidad nuestro carril-bici vuelve a cambiar de lado para pasar ahora a la izquierda de la calzada. Ya fuera del casco urbano cruzamos una carretera perpendicular y a continuación descendemos un par de metros (lo que en esta inmensa planicie parece un pronunciado descenso) para cruzar bajo nuestra Lundavägen y volver a pedalear por su lado derecho. Merece la pena mencionar que, por la carretera que hemos cruzado unos metros atrás, se llega a la iglesia de Uppåkra que ya hemos visto antes en la lejanía. La iglesia actual es del siglo XIX, pero lo interesante del lugar viene de siglos anteriores como se puede comprobar visitando el Centro Arqueológico de Uppåkra: en la zona existió un importante núcleo poblacional durante la Edad del Hierro e incluso se conservan varios túmulos funerarios de la Edad del Bronce.

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El carril-bici se separa ahora unos metros de la calzada hasta que vemos nuestro camino interrumpido por una nueva carretera perpendicular. Nosotros debemos seguir recto, aunque ahora no pedaleamos por un carril-bici, sino por la vía de acceso a una zona urbanizada entre cuyas casas circulamos prestando atención a los coches con los que podamos encontrarnos (tranquilidad: los conductores suecos son extremadamente sociables y no parecen tener prisa en ningún momento, lo que contrasta con lo que encontramos en otros países, donde los conductores parecen estar siempre desesperados por llegar a algún lugar).

Al terminar las casas, giramos a la derecha y a continuación, en el primer cruce, tomamos a la izquierda para retomar brevemente el carril-bici, que nos permite pasar por debajo de una carretera antes de morir poco más adelante. Ahora debemos tomar la carretera a la izquierda siguiendo las instrucciones de la pequeña señal azul para ciclistas que tenemos ante nosotros. Es interesante mencionar que a partir de aquí, como ya estamos entrando en Lund, los carteles que debemos seguir son los que indican cómo llegar a Stortorget, la plaza en la que terminaremos nuestra excursión de hoy.

Estamos en la localidad (más bien barrio) de Sankt Lars, donde lo primero que encontramos son varios edificios que acogen algunas empresas tecnológicas. Después de abandonar la carretera durante unos metros, nuestra ruta vuelve a ella para cruzar un pequeño río (no demasiado limpio, para qué engañarnos) y adentrarnos en una zona donde los edificio están ahora ocupados por centros educativos. Estas construcciones formaban parte antes de lo que fue el Hospital de Sankt Lars para enfermos mentales, inaugurado en un siglo XIX en el que las condiciones de los hospitales psiquiátricos no eran precisamente las más deseables.

La entrada a Lund nos lleva a través de numerosos cruces y constantes cambios de dirección, por lo que es importante seguir escrupulosamente los carteles que nos indican el camino correcto hacia Stortorget, siempre por carriles-bici adosados a las correspondientes calles: de Sankt Lars väg pasamos a Klostergårdsvägen, de ahí a Malmövägen y a su continuación natural Stora Södergatan. Siguiendo por esta calle llegaríamos ya a nuestro destino, pero la ruta nos desvía antes, al llegar a la entrada del Stadsparken -o Parque Municipal de Lund- (en este cruce, por cierto, encontramos una pizzería donde llenar nuestro estómago por un precio más que razonable, aunque su concepto de ensalada sea un tanto peculiar), por una vía más tranquila -Gyllenkroks allé- que rodea el parque, para después continuar recto por Grönegatan, desde donde solo nos queda girar a la derecha por Kattesund para llegar a nuestro destino: Stortorget.

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Stortorget no es sino una gran plaza adoquinada a la que se abren los principales edificios administrativos de la localidad. Si el día está soleado, unos grandes bancos nos invitan a recostarnos y descansar de nuestro peregrinaje… sí, he dicho bien: peregrinaje, pues si tomamos la callejuela que sale de la plaza hacia el norte, antes de llegar a la catedral encontraremos un cartel que nos informa de que el recorrido que hemos hecho hoy forma parte de la ruta que une Santiago de Compostela con Vadstena (Suecia) y Nidaros (Noruega). Aporto esta información debido a que asumo que nadie sabía que por aquí pasaba una ruta jacobea. De hecho, un joven estudiante con quien entablé conversación no dio muestras de haber oído tal cosa en su aún corta vida. Sin embargo, a apenas unos metros de aquí, una librería religiosa oferta en sus estantes numerosas guías para peregrinos a Santiago que tengan buen dominio de la lengua sueca.

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Por supuesto, un punto importante de esa ruta religiosa es la impresionante estructura románica de arenisca que tenemos ante nosotros y que no es otra cosa que la catedral de Lund (actualmente luterana), originaria del siglo XII y que estuvo bajo la advocación de San Lorenzo. Dejando a un lado las torres de la fachada principal y el magnífico ábside exterior, lo más interesante lo encontramos cuando atravesamos las puertas de bronce para pasar al interior, donde podemos visitar de forma gratuita la cripta original del siglo XII (con curiosas figuras aferradas a las columnas) y, entre otras muchas cosas, el interesantísimo Horologium mirabile Lundense: un reloj astronómico que data del siglo XV.

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Por supuesto, no debemos dejar de pasear por esta preciosa ciudad universitaria que guarda verdaderos tesoros tras cada esquina (aunque en la oficina de turismo se limiten a darte un plano esquemático con apenas un par de lugares señalizados). Para empezar un edificio que ya hemos visto: el Liberiet, una biblioteca del siglo XV que actualmente es un centro de acogida a peregrinos (junto a él se encuentra el cartel informativo que mencioné antes).

Prosiguiendo hacia el norte, encontramos también la Kungshuset (casa del rey) -residencia del gobernador allá por el siglo XVI-, el edificio central de la Universidad de Lund (prestigiosa universidad fundada en 1666), el precioso edificio de la biblioteca universitaria y su fachada cubierta de hiedra, así como innumerables lugares que merecen ser visitados con tiempo. Por supuesto, como recomiendo siempre, lo mejor es perderse pedaleando por las empedradas calles medievales del centro de la ciudad y, como un estudiante más, dejar que sea la propia Lund la que nos descubra sus secretos.

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Hemos llegado así al fin de esta breve pero intensa aventura sueca. ¿Fin? Bueno… la Sociedad Sueca para la Conservación de la Naturaleza (Naturskyddsföreningen, o algo así) publicó hace tiempo un folleto en el que proponía esta ruta Malmö-Lund que acabamos de realizar solo como primera etapa de un viaje en bicicleta con final en Estocolmo. Ahí lo dejo…

El paraíso del ciclista urbano: Un día en bici por Copenhague

Provincia: Hovedstaden (Dinamarca)

Distancia: 30 km (aprox.)

Mapa:

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Track: Descargar Copenhague.gpx

Descripción:

Como ciclista urbano tristemente acostumbrado a jugarme el tipo cada vez que pedaleo entre los coches de la España salvaje, cada vez que visito una ciudad del centro-norte de Europa me siento en el paraíso. La primera vez que visité Amsterdam pensé que era la ciudad ideal para moverse en bici, pero me equivoqué: Copenhague le da mil vueltas a la capital holandesa. Frente a la en ocasiones caótica Amsterdam (a lo que la presencia de los tranvías tampoco ayuda),  la red de carriles-bici que cubre todas y cada una de las calles de Copenhague se ve a diario invadida por ciclistas extremadamente cívicos que, ayudados por una completa señalización exclusiva para el tráfico de bicicletas, se mueven de forma perfectamente sincronizada. De hecho, quizás sea ese respeto a las normas de circulación la única forma en la que ese tráfico ciclista urbano pueda tener éxito (me pone los pelos de punta pensar en el caos que produciría el mismo número de ciclistas saliendo simultáneamente a las calles de cualquier ciudad española, con nuestra insana costumbre de pensar que las leyes de tráfico generales no afectan a los ciclistas). Los coches y peatones respetan también escrupulosamente a los ciclistas con quienes comparten las calles, lo que convierte a Copenhague en la ciudad ideal, ejemplo de convivencia para cualquier urbe del mundo (la única excepción sean, quizás, los despistados turistas y, sobre todo, la invasión de patinetes eléctricos que, como en todas partes, se extienden en Copenhague como una plaga).

La bicicleta es pues el medio ideal para recorrer Copenhague, aunque la meteorología no sea quizás la más agradable para el paseo pues, si bien la temperatura del verano es perfecta para pedalear, las lluvias intermitentes pero intensas no descansan ni en plena época estival en esta extensa llanura plantada en medio del mar que es Selandia (Sjælland). Respecto a la montura a utilizar, en un pasado no muy lejano Copenhague contó con un sistema de bicis pública gratuitas pero el sistema que está en marcha actualmente ha perdido mucho encanto pues no solo es bastante caro (todo en Dinamarca es caro) sino que las bicis de uso compartido son todas ellas eléctricas y no suelen encontrarse en un estado de conservación demasiado bueno (al menos en su aspecto externo, no puedo opinar sobre su funcionamiento porque no llegué a probarlas). Sin embargo, las bicicletas son uno más de los muchos atractivos turísticos de la ciudad, por lo que los lugares donde alquilar un vehículo de dos ruedas no escasean. De hecho, en la práctica totalidad de los hoteles de la capital ofrecen este servicio.

En mi caso, recurrí a la céntrica Copenhagen Bicycles, tienda que suele contar con personal de habla hispana y donde por 110 coronas danesas (en torno a quince euros) alquilé una bonita bici urbana de tres velocidades (lo que da de sobra para una ciudad totalmente plana, ya que las poco halagüeñas condiciones meteorológicas dieron al traste con mis planes de alquilar una bici mejor para hacer una ruta más larga hasta Roskilde) y donde me hicieron tragarme un corto tutorial para aprender a circular en bici… nos podemos ya ir haciendo una idea de que los cicloturistas que pedalean por Copenhague suelen tener más de turistas que de ciclo. Por supuesto, circular en bici por Copenhague es igual que hacerlo por cualquier otra ciudad del mundo (incluso más sencillo por no tener que estar todo el tiempo pendiente de los vehículos motorizados) salvo por un pequeño detalle: el giro a la izquierda. Aquí, para girar a la izquierda en un cruce no basta con señalizarlo e ir hacia allá sino que, muy al contrario, tenemos que desplazarnos a la derecha de la vía y ponernos en cabeza del grupo de los ciclistas que esperan para cruzar (siempre hay ciclistas esperando en los cruces); cuando el semáforo se ponga en verde arrancamos y ya está. Por supuesto, espero no tener que decir que todos y cada uno de los giros y paradas que vayamos a hacer en nuestra ruta deben ser perfectamente señalizados con nuestros brazos pues en esta ciudad siempre, absolutamente siempre, circularemos en pelotón. Igualmente, avisaremos con el timbre a aquellos ciclistas a los que vayamos a adelantar y, antes de hacerlo, comprobaremos que no vamos a ser adelantados nosotros a su vez por otro ciclista más rápido.

Otro detalle sobre las bicis: como es normal en el norte de Europa, el freno trasero de las bicis urbanas se acciona con un suave pedaleo hacia atrás, mientras que el delantero funciona con una maneta normal (supongo que el motivo es que la gente aquí monta en bici con la misma naturalidad con la que camina un peatón y eso se traduce en que muchas veces circulan con las manos ocupadas y alejadas del manillar, pero yo no recomiendo hacer eso por muy danés que se quiera parecer). Por último mencionar que todas las bicis (creo que hay hasta una ley al respecto) vienen dotadas de un candado básico en la rueda trasera: un giro de la llave y una barra metálica se atravesará entre los radios; otro giro y la barra desaparece y nos permite continuar nuestro camino. En una ciudad tan civilizada como Copenhague no suele ser necesario ningún sistema de seguridad extra para aparcar durante el uso diario de la bici (quizás sí lo sea durante la noche o para bicis extremadamente caras, pero no puedo opinar al respecto).

Respecto a la ruta a realizar, como ya he hecho en otras capitales europeas, recurro a la pequeña guía (en inglés) dedicada a Copenhague dentro de la serie City Cycling de la editorial Thames & Hudson, en colaboración con Rapha. En su solapa delantera detallan una ruta de poco más de treinta kilómetros que recorre gran parte de los lugares de interés de la ciudad. Esta será nuestra ruta de hoy. Para seguirla, quienes no dispongan de tiempo para pedir la guía o no la encuentren disponible en internet, en la tienda de Copenhagen Bicycles, en pleno Nyhavn, comprobé que disponían de varios ejemplares para su venta.

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Sin más, sumerjámonos en la riada de bicicletas de todo tipo (urbanas, de carretera, de montaña, cargo, fat bikes, eléctricas, christiania, pedersen…) que inunda los carriles bici de la capital danesa. Vamos a pedalear unas horas por Copenhague.

Nuestra excursión comienza en una calle con un nombre con cierto regusto andaluz: Alhambravej. El motivo para arrancar aquí, como es habitual en esta serie de guías de Rapha como la que estamos siguiendo, es que al parecer en esta calle existe un bar pijo donde poder desayunar. Pero nosotros no somos hipsters y buscamos otros objetivos turísticos de más interés, por lo que ya venimos desayunados de casa -o del hotel-, como niños buenos y aplicados que somos, y comenzamos a pedalear en dirección norte, girando inmediatamente a la derecha por Gammel Kongevej. Yendo por el carril bici que encontramos entre la acera y los coches aparcados seguimos esta avenida, dejando a la derecha el bonito edificio (con pasaje inferior incluido) que alberga Det Ny Teater, uno de los teatros más grandes del país, que fue inaugurado en los primeros años del siglo XX. Aunque durante algunos años estuvo cerrado, hoy vuelve a estar plenamente operativo (cuando pasé por allí se estaba representando un clásico: El violinista en el tejado).

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Continuando por la avenida pronto vemos a nuestra izquierda un murete de piedra continuado por uno vegetal. Si nos asomamos por la rampa que se abre en ellos podemos ver que nos encontramos en el extremo sur de lo que se suele conocer con el nombre de Los Lagos de Copenhague (Søerne), un conjunto de tres lagos rectangulares que se encuentran en pleno centro de la ciudad y que, junto con el puerto, le dan a la ciudad aspecto de tener agua por todas partes (y la abundante lluvia tampoco ayuda a borrar esa húmeda sensación). El lago más meridional de los tres, a cuya orilla nos hallamos, recibe el nombre de Sankt Jørgens Sø (o sea, lago de San Jorge). En la esquina del lago vemos un curioso edificio de una planta torreado que no es sino el planetario de la ciudad, dedicado al más grande astrónomo local: Tycho Brahe (que, sin embargo, nació en el castillo de Knudstrup, en Escania, en territorio actualmente sueco pero que por aquel siglo XVI pertenecía a Dinamarca). Este edificio, inaugurado a finales de los años ochenta del siglo pasado en el lugar donde antes había un teatro, además de las clásicas atracciones de cualquier planetario alberga también la roca lunar más grande que puede encontrarse fuera de los Estados Unidos (y de la propia Luna, claro), sustraída a nuestro satélite en 1972 por la tripulación del Apolo 17.

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Continuando nuestra ruta nos vamos adentrando en el corazón de la ciudad. A nuestra izquierda, las vías de tren desaparecen bajo nuestro pies en un túnel camino de la cercana Estación Central, pero lo que debe llamar nuestra atención, a la derecha poco después de haber pasado junto a un remedo viario del Ponte Vecchio florentino, es el Hotel Radisson que, a pesar de su nuevo nombre, es el antiguo edificio SAS (Hotel Real SAS) diseñado hasta el último detalle por el genial Arne Jacobsen en 1960. Hoy en día solo una de sus habitaciones, la 606, conserva el famoso mobiliario original creado por el propio Jacobsen.

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Los edificios interesantes se suceden. Abierta a una pequeña plazuela dominada por las torres Axel (inauguradas en 2017), a nuestra izquierda dejamos la que fuera la estación de tren hasta 1911, convertida pocos meses después en lo que continúa siendo hoy en día: el colorido cine Palads Teatret. Al otro lado de la plaza nos topamos con otro edificio curioso por su forma circular, su cúpula y el bonito friso de motivos clásicos (obra de Frederik Hammeleff) que recorre su fachada. Diseñada en estilo historicista por el arquitecto local H. V. Brinkopff, esta construcción de 1886 cumplió durante más de un siglo la función de acoger los espectáculos circenses de la capital danesa.

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Pocos metros más adelante llegamos al centro neurálgico de Copenhague: Rådhuspladsen. Inaugurada en 1905 y rediseñada noventa años más tarde (y, una vez más, en obras durante mi visita debido a la construcción de una estación de metro bajo la explanada), esta inmensa plaza de casi diez mil metros cuadrados recibe su nombre del edificio que la domina y que no es otro que el Ayuntamiento de Copenhague, una obra de Martin Nyrop en estilo romántico nacionalista que se inauguró al mismo tiempo que la plaza y que, al igual que esta, está inspirada en la ciudad italiana de Siena. La fachada principal está dominada por un relieve que representa al mítico obispo Absalón (o Axel, según se prefiera), pero lo que realmente domina el conjunto es la torre del reloj, con más de cien metros de altura. Dentro del edificio hay otro reloj, en este caso astronómico: el Reloj Mundial de Jens Olsen. En la plaza, a pocos metros del ayuntamiento, podemos ver una fuente coronada por una escultura de bronce donde un toro y un dragón llevan peleando desde 1904. Especial atención merece el edificio que marca la esquina de la plaza con Vesterbrogade donde, en función de la meteorología, la figura de una chica de color dorado sale a dar un paseo en bici, o bien se protege con un paraguas mientras pasea a su también metálico perro.

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Desde un lateral del ayuntamiento, el afamado escritor local Hans Christian Andersen, sentado en un banco tan de bronce como él mismo, mira desde 1965 hacia su izquierda donde, al otro lado de la calle, no puede estar viendo otra cosa que el Tívoli. No, después de hablar de Florencia y de Siena no me he trasladado ahora a Roma por arte de birlibirloque. Hablo de los jardines Tívoli: un parque de atracciones que, en pleno centro de Copenhague, lleva entreteniendo a los daneses desde nada menos que el año 1843 (pero, ojo, que por antiguo que sea ni siquiera es el más viejo de la región pues, un poco más al norte, el de Dyrehavsbakken lleva funcionando ¡desde el siglo XVI!). Pese a lo curioso que resulta ver a la gente subida en las atracciones rodeada de grandes avenidas y altos edificios (bueno, tampoco tan altos, que estamos en Copenhague), el motivo por el que abrió este parque no tiene nada de romántico pues, en pleno absolutismo del rey Cristian VIII, el objetivo original de la atracción era distraer a los ciudadanos de los asuntos políticos (el fútbol, que cumple hoy el mismo papel, nació oficialmente unos años más tarde que los jardines Tívoli).

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Dejando a la izquierda el ayuntamiento, pedaleamos ahora por la calle que separa a nuestro amigo Hans (podemos llamar así al genial Andersen, pues terminaremos familiarizándonos con él en nuestra ruta de hoy) del Tívoli hasta que encontramos a nuestra derecha un enorme edificio sobre cuya fachada historicista de ladrillo destaca una impresionante cúpula: estamos ante la Gliptoteca Ny Carlsberg. A apenas unos metros de la frivolidad del Tívoli, este majestuoso edificio alberga una de las más importantes colecciones de arte antiguo de Europa, lo que abarca desde el antiguo Egipto hasta la Francia del siglo XIX. El edificio, con jardín interior incluido, ya merece la pena la visita pero aquí podemos ver además el mayor conjunto de piezas procedentes de la recientemente destruida ciudad siria de Palmira (incluyendo la conocida como Bella de Palmira), además de miles de obras más.

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Girando a la izquierda justo al llegar a la Gliptoteca (tomando la calle que sale frente a esta, ligeramente escorada a la izquierda) avanzamos entre edificios de elegantes fachadas y dejamos atrás el ayuntamiento, que vemos por la bocacalle que se abre a nuestra izquierda. Al lado contrario pasamos unos largos soportales que no tendrían nada de especial si no fuera porque tras ellos, al otro lado del muro, se esconden auténticos tesoros. Toda esta manzana está ocupada por el Museo Nacional de Dinamarca, un museo de historia que contiene piezas que abarcan desde la más antigua prehistoria hasta los últimos años del siglo XX (no recuerdo haber visto expuesto en él nada del siglo XXI, pero no lo descarto). Y eso es mucho decir pues, entre otras muchas piezas interesantes (destacando especialmente la sección dedicada al mundo vikingo), podemos admirar aquí maravillas de fama mundial como el carro solar de Trundholm o el caldero de Gundestrup.

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Dejando atrás el museo, un puente nos deja al otro lado del canal por cuya orilla debemos seguir pedaleando, pero nos encontramos en la isla de Slotsholmen y, aunque el nombre no nos diga mucho, eso merece detener nuestras monturas por un momento y concedernos un rato para pasear por la zona.

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Pero antes de adentrarnos en los recovecos de la isla, curioseemos un poco en el extraño edificio amarillo que tenemos ante nosotros, tras una fuente circular. Estamos frente al museo monográfico que recoge la obra del escultor neoclásico danés Bertel Thorvaldsen (a quien, por cierto, algunos consideran islandés). A su muerte en 1844, Thorvaldsen legó su fortuna, su colección de obras de arte y modelos de su extensa obra para abrir un museo en su honor. El edificio lo construyó Michael Gottlieb Bindesboll (en estilo neoclásico, como no podía ser menos) y sus salas se llenaron de la extensa obra del escultor, destacando el Cristo y sus apóstoles que más tarde veremos de nuevo cuando pasemos por la catedral. Los restos del propio Thorvaldsen descansan en el centro del patio del museo.

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Slotsholmen, islote en la que nos encontramos, fue el Copenhague original. Como su nombre en danés indica, aquí hubo un castillo del siglo XII (el castillo de Absalón) que fue destruido por la Liga Hanseática en el siglo XIV. En su lugar se construyó otro, el castillo de Copenhague, que aguantó en pie esta vez hasta el siglo XVIII. Esta última demolición se realizó para construir el palacio de Christianborg que tenemos ante nosotros, si bien un par de incendios importantes (1794 y 1884) cambiaron su estructura a lo largo de los siglos. La mayor parte de lo que vemos ahora terminó de construirse ya avanzado el siglo XX y es de estilo neobarroco, aunque también se conserva la capilla neoclásica del siglo XIX y un amplio recinto ferial barroco de mediados del XVIII.

Actualmente el palacio sirve de sede a los tres poderes supremos del reino de Dinamarca (incluyendo la oficina de su primera ministra, que encontraremos fácilmente siguiendo el rastro de coches blindados y guardaespaldas tamaño armario) pero también presta servicio a la Corona, como espacio ceremonial y acogiendo las caballerizas reales, motivo por el que veremos caballos por doquier en la explanada central.

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Tras el palacio encontramos otra joya: la Biblioteca Real de Dinamarca, la de mayor tamaño de Escandinavia, que fue fundada por Frederik III en el siglo XVII. El bonito edificio, que vemos aparecer tras una fuente entre jardines, es de la primera década del siglo XX, obra de Hans J. Holm. Su sala central es una copia de la capilla del palacio de Carlomagno en Aachen (ciudad alemana más conocida por los españolitos de a pie como Aquisgrán). En la parte trasera de este edificio se inauguró en 1999 un nuevo anexo construido en mármol negro y cristal, razones por las que responde al poco modesto nombre de Diamante Negro.

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Una vez explorada a nuestro gusto la zona regresamos a nuestra ruta, que habíamos dejado justo frente al museo Thorvaldsen. Dejando el edificio a la derecha, avanzamos por la orilla del canal bordeando la isla de la que estamos a punto de salir, pero no lo haremos sin antes fijarnos en otro edificio alargado de ladrillo que dejamos a la derecha (justo después de pasar ante la fachada de frontón semicircular del Ministerio de Economía). Se trata de la antigua Bolsa (Børsen) de Copenhague, levantada por los arquitectos Lorentz y Hans van Steenwinckel el Joven, en estilo renacentista holandés, durante la primera mitad del siglo XVII. Reconoceremos el edificio por su inconfundible torre en espiral formada por las colas enroscadas de cuatro dragones (aunque, teniendo en cuenta que estamos hablando de la Bolsa, lo más probable es que se trate de sabandijas). Frente a la Bolsa, al otro lado del canal, vemos la iglesia renacentista de Holmen, construida en el siglo XVI con planta de cruz griega (aunque la perfecta forma de cruz se ve desvirtuada por la alargada capilla funeraria barroca del siglo XVIII que vemos pegada al canal).

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Al llegar a la esquina donde acaba el islote en el que ya llevamos un buen rato encontramos un puente frente a nosotros pero, en vez de cruzarlo, descendemos al nivel inferior, donde giramos a la izquierda para tomar el puente perpendicular (a la izquierda, es decir, hacia el norte) que nos permite llegar al otro lado del canal y toparnos de frente con el edificio del Banco Nacional de Dinamarca, obra póstuma del ya mencionado Arne Jacobsen. Aprovechando el puente, disfrutamos de las vistas que desde él se tienen del islote que hemos dejado atrás.

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Giramos ahora a la derecha para avanzar por la explanada que se extiende a lo largo del puerto, entre este y la calle Havnegade. A nuestra derecha, al otro lado del agua, tenemos las primeras vistas de la zona de Christianshavn por la que pedalearemos dentro de un rato.

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Un nuevo canal se interpone ahora en nuestro camino. A nuestra derecha vemos un moderno puente exclusivo para ciclistas y peatones. A la izquierda, en el semisótano de la esquina, se encuentra Copenhagen Bicycles, tienda donde podemos alquilar una bici (como hice yo). Doblando la esquina donde está la tienda seguimos el canal y, si la multitud de turistas haciéndose selfies lo permite, disfrutamos de la más famosa postal de Dinamarca: el puerto de Nyhavn.

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El Puerto Nuevo (Nyhavn) tiene su origen en el siglo XVII, cuando el por entonces rey, Christian V, decidió dar un entretenimiento a los prisioneros suecos que había hecho en la recién terminada guerra sueco-danesa y los puso a excavar aquí. Cuando comenzó a funcionar, Nyhavn sirvió como puerto de entrada de las mercancías que llegaban a la ciudad, y el continuo flujo de marineros hizo el resto: los coloridos hôtels construidos a su vera se convirtieron en albergue de las más animadas tabernas y lugares de prostitución. Nuestro conocido Hans Christian Andersen vivió en la zona durante casi dos décadas.

Hoy, las fachadas de llamativos colores son el foco de los objetivos de los teléfonos móviles de miles de visitantes que se apretujan después para comer algo en las terrazas que invaden la orilla noreste del puerto, mientras un puñado de embarcaciones históricas (entre las que se cuenta un teatro flotante) se mece suavemente al ritmo de las olas levantadas por los barcos cargados de más turistas.

Pedaleando llegamos al extremo del puerto donde, entre sendas hileras de árboles, vemos una gran ancla (Mindeankeret), memorial aquí colocado en recuerdo a los marineros daneses caídos durante la Segunda Guerra Mundial. Continuación natural del puerto, la plaza Kongens Nytorv también tiene bastante interés, pero el avanzado estado de las obras que la invaden (para hacer otra parada de metro, supongo) me impidió visitarla.

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Regresamos hacia atrás, ahora por la otra orilla de Nyhavn, donde lo más probable es que la masa humana que deambula lentamente por aquí nos impida circular sobre la bici y nos veamos obligados a caminar. Al llegar a la altura del puente giramos a la izquierda (volvemos a subir ya al sillín) para alejarnos de Nyhavn por la única calle que recuerdo haber visto en Copenhague sin carril-bici. Los coches suelen ser respetuosos, pero conviene mantener los ojos abiertos por si, como me ocurrió a mí, en uno de ellos viajan ¡la mismísima reina de Dinamarca y su hijo el príncipe heredero!

En el primer cruce giramos ahora a la derecha por una calle ajardinada y, dejando a la derecha un par de edificios de interesante aspecto (incluyendo el Teatro Nacional de DInamarca, cuya arquitectura ha recibido varios premios), retomamos después nuestra dirección noreste por la orilla del puerto, al que vemos anclados varios barcos de vela con carteles explicativos de sus características. Tampoco es raro ver a algún pescador de caña desafiando las condiciones meteorológicas en busca de algún pez despistado o, quién sabe, tratando de capturar a una sirenita. Al otro lado del agua tenemos ya unas vistas privilegiadas del edificio de la Ópera, que visitaremos más tarde.

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Estamos en Amaliehavn y ese nombre nos recuerda a algo. Abandonamos nuestra ruta para cruzar unos jardines con fuente central que vemos a nuestra izquierda. Al otro lado de los mismos encontramos una inmensa plaza octogonal a cuyo alrededor se levantan las cuatro alas del palacio de Amalienborg, cuyos habitantes habituales son los dos personajes que nos hemos cruzado en su escoltado coche negro apenas unos metros más atrás. Construidos por Nicolai Eigtved a mediados del siglo XVIII como residencias para varias familias de la nobleza, estos edificios de estilo rococó pasaron a ser la residencia de la familia real danesa a finales del mismo siglo, cuando un incendio redujo a escombros el anterior Palacio Real. Desde el centro de la plaza, un laureado Frederik V a lomos de un caballo de bronce nos dirige su neoclásica mirada desde 1711.

Los cuatro palacios que rodean la plaza están guardados por soldados de llamativa casaca y elevado sombrero, al más puro estilo británico. La estrechez de sus minúsculas garitas rojas los debe de tener de mal humor, pues presencié varios encontronazos con turistas asiáticos que se intentaban fotografiar demasiado cerca del palacio.

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No puede haber dejado de llamar nuestra atención que por una de las calles que parten del simétrico palacio asoma una monumental cúpula a la que Frederik V no quita ojo desde su caballo. Y es que la iglesia que tenemos ante nosotros lleva el nombre de este rey, pues fue él quien financió su construcción (al menos el comienzo de la misma). Diseñada en estilo rococó arcaico por el mismo arquitecto que construyó Amalienborg, Frederiks kirke (también conocida por el popular nombre de Marmorkirken o iglesia de mármol) vio la luz a mediados del siglo XVIII, aunque debido a su elevado coste no fue completada hasta finales del siglo XIX. El resultado final fue un impresionante templo barroco (firmado por Ferdinand Meldahl) cuya cúpula es la de mayor tamaño de toda Escandinavia. Pese a servir al rito luterano, la iglesia está inspirada en la basílica de San Pedro del Vaticano. Si en vez de luteranos fuésemos rusos ortodoxos, en la misma manzana tendríamos también nuestra iglesia: San Alexander Nevsky, cuya construcción en estilo historicista fue sufragada en el siglo XIX por el propio gobierno ruso.

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Regresamos ya a nuestra ruta, que habíamos abandonado en el puerto, y continuamos pedaleando a lo largo de este, dejando unas magníficas panorámicas a la derecha e interesantes edificios a la izquierda. Entre estos últimos destaca un alto edificio de ladrillo del siglo XVIII decorado con dos inmensas esculturas entre las que reconocemos una reproducción del David de Miguel Ángel. Se trata, agárrense, del Den Kongelige Afstøbningssamling de cuyo nombre -si es que he acertado a escribirlo bien- se desprende de forma trivial e inmediata que en su interior se alberga una amplia colección de moldes para esculturas pertenecientes a la Galería Nacional de Arte.

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Un nuevo ancla de gran tamaño marca el final -por ahora- de nuestro recorrido por el puerto. Unos metros tierra adentro encontramos la iglesia de St. Albans, de culto anglicano y estilo neogótico, construida en el siglo XIX. En su parte trasera, construida en escalera sobre una elevación del terreno, vemos la fuente de Gefion. La escultura que corona dicha fuente representa la creación de la isla de Selandia -sobre la que nos encontramos- según la mitología escandinava, en la que se cuenta que el rey sueco Gylfi prometió dar a la diosa y vidente Gefjun (Gefion) toda la tierra que pudiese arar en una noche de trabajo, ante lo que la diosa convirtió a sus cuatro hijos en bueyes para avanzar más rápido. El terreno prometido fue entonces colocado sobre el mar (sería la isla de Selandia) y, en su lugar, en territorio sueco quedó su hueco vacío en forma de lago. La fuente, construida entre los siglos XIX y XX, fue diseñada por Anders Bundgaard.

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Vamos ahora a dar un pequeño salto temporal en nuestra ruta para visitar algo que teníamos previsto ver más tarde (el motivo lo explicaré a su debido tiempo).

Desde la iglesia de St. Albans nos vamos a adentrar en el conocido como parque Churchill para alcanzar desde allí la entrada sur al Kastellet, una fortificación barroca del siglo XVII con bastiones y la típica forma estrellada de los fuertes de la época que a día de hoy cumple al mismo tiempo funciones de parque y de instalación militar, como delatan las largas filas de barracones que vemos en su interior. Una vez hemos pasado el puente de madera que nos permite llegar a la puerta, dentro de la ciudadela nuestra ruta recorre la avenida principal que atraviesa el centro de la misma -comunicando sus dos puertas- y serpentea después por la senda elevada que dibuja el perímetro de la fortaleza donde podemos ver, además de muchos cañones y el cuidado parque que rodea el foso, un pintoresco molino de viento del siglo XIX.

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Hora de regresar a la fuente de Gefion, punto donde habíamos realizado este imprevisto salto temporal. Debemos continuar ahora por la ciclovía que va pegada al foso del Kastellet, y que encontramos pasando por un paso inferior junto a la zona más alta de la fuente. A nuestra derecha vemos, sobre una alta columna, una escultura de una Victoria alada. La obra es un homenaje al almirante Ivar Huitfeldt, que falleció junto a su casi medio millar de hombres al explotar su barco -el Dannebrog– durante la batalla de Stevns (1710), en el marco de la Gran Guerra del Norte.

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Continuamos pedaleando por la zona de Langelinie y, después de atravesar un pequeño edificio por un paso subterráneo, a nuestra derecha vemos una multitud que se agolpa junto al mar, al igual que lo hacen por su parte varios barcos repletos de turistas. El motivo de tal furor no es otro que una pequeña escultura de bronce realizada por Edvard Eriksen sobre una roca que sobresale del agua cerca de la orilla. La obra, convertida en todo un símbolo de Copenhague, fue instalada aquí en 1913 después de que hubiese sido encargada al autor por uno de los herederos de la familia Carlsberg. Aunque generalmente se cree que el mítico ser representado homenajea al personaje del cuento de Andersen La Sirenita, la realidad es que al rico heredero Carlsberg (de nombre Carl Jacobsen) quien de verdad le interesaba era la bella bailarina Ellen Price, quien representaba por entonces tal papel para el Ballet Real de Dinamarca.

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Giramos ahora a la izquierda para pedalear en ligerísimo ascenso (lo que en Copenhague es todo un puerto de montaña) mientras sorteamos la plaga de autobuses que espera a que sus respectivos enjambres de turistas regresen de rendir su inconsciente culto a la bailarina Price. A nuestra derecha, un monumento que homenajea a los marineros daneses muertos durante la Primera Guerra Mundial domina un pequeño puerto deportivo.

Un poco antes de alcanzar la «cima», nuestro libro de ruta nos dice que giremos a la izquierda para acceder al Kastellet por su entrada norte pero, como habíamos ya previsto, una larga valla metálica nos impide el acceso. El motivo, según informa puntualmente un vistoso cartel bilingüe, es que se están llevando a cabo obras para evitar que la fortaleza se vea dañada por eventuales inundaciones. Para quien no tenga la paciencia necesaria para esperar hasta 2021 cuando se reabrirá el acceso, la propuesta alternativa es rodear la ciudadela para utilizar la entrada sur cosa que, muy sabiamente, ya hicimos en su momento, por lo que podemos continuar nuestra ruta sin detenernos aquí.

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Por tanto, ignoramos el desvío a la izquierda hacia el Kastellet y recorremos los pocos metros de subida (presunta subida) que nos quedan para abandonar después la carretera hacia la derecha, en dirección a un puente peatonal y ciclista que nos permite cruzar de forma segura una ancha avenida y varias vías de tren. Al llegar al final del puente cruzamos la primera calle que vemos y entramos en la zona «diplomática» de Copenhague, es decir, donde casi cada edificio es una embajada. Si giramos ligeramente a la derecha, una de las primeras que encontramos es precisamente la española, tras la cual se halla la calle Kastelsvej, que es la que debemos tomar para desembocar, al final de esta, en Classensgade, que tomamos a la izquierda.

Pocos metros más adelante, la calle que seguimos muere en una ancha avenida (Østerbrogade) que nos separa de un lago. Se trata de nuevo de nuestros ya conocidos  Søerne, los lagos de Copenhague, solo que nos encontramos ahora en el extremo opuesto de los mismos que donde estuvimos poco después de comenzar nuestro paseo. El que tenemos ahora ante nosotros es el más septentrional de los tres y recibe el nombre de Sortedams Sø. Cerca de su centro vemos una pequeña isla poblada de vegetación (Fugleøen). Tomando Østerbrogade unos metros hacia la derecha y cruzándola posteriormente, tomamos la calle que sigue la orilla del lago, dejando el agua a nuestra izquierda.

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Pasando de largo la isla, llegamos al lugar donde un puente permite que la transitada avenida Fredensgade cruce los lagos. Tomando unos metros antes del mismo el desvío del carril bici hacia la izquierda pasamos fácilmente bajo el puente, al otro lado del cual, en lugar de seguir recto, giramos bruscamente a la derecha para subir a la avenida. Cruzando los lagos por el puente (Fredensbro) llegamos a un enorme cruce donde para girar a la izquierda, como es nuestra intención, debemos hacer gala de todos nuestros conocimientos sobre cómo circular en bicicleta por la civilizada Copenhague (ahora entendemos el vídeo que nos hicieron ver en la tienda de alquiler).

Superado el cruce y pedaleando ahora en dirección noreste, dejando el lago a nuestra izquierda, dejamos al otro lado una curiosa barriada de estrechas y largas callejuelas (concretamente once calles) que se abren entre hileras de pintorescas casas de ladrillo amarillo con jardín frontal (concretamente 480 casas). Nos encontramos ante Kartoffelrækkerne (algo así como los surcos de patatas) una barriada nacida entre 1873 y 1889 sobre lo que antiguamente habían sido campos de cultivo del conocido tubérculo. La epidemia de cólera que azotó la ciudad en 1853 matando al 3% de la población (lo que supone decir más de cinco mil muertes), hizo que los trabajadores del astillero B&W fundaran la Asociación de Viviendas Obreras para construir casas que permitiesen a los trabajadores vivir en condiciones saludables: de esa iniciativa surgió el barrio por el que nuestro libro de ruta nos invita a callejear.

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Una vez nos hayamos cansado de curiosear por la zona, debemos cruzar la calle que hay al otro lado de los surcos (Øster Farimagsgade) para tomar su perpendicular Lundsgade y, cuando esta muere frente a una zona verde, tomar Stockholmsgade hacia la derecha.

En la zona verde que vamos bordeando dejándola a nuestra izquierda (en realidad dos zonas verdes separadas por una avenida) existen numerosos museos que no podemos dejar de visitar. Personalmente creo que es imprescindible visitar el SMK -la Galería Nacional de Dinamarca-, con su magnífica colección de arte que incluye, entre muchísimas otras joyas, La raya verde Le Luxe II (por mencionar solo un par de obras icónicas de Matisse); aunque también están aquí el Museo Geológico, el de Historia Natural o el Jardín Botánico. Un poco más allá se levanta el Palacio de Rosenborg, un impresionante castillo renacentista de principios del siglo XVI en cuyos jardines colindantes podemos tumbarnos a descansar en el césped si el tiempo lo permite.

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Pero volviendo a nuestra ruta, estamos pedaleando por Øster Farimagsgade en dirección suroeste, dejando a nuestra izquierda la zona museística y a nuestra derecha algunos edificios pertenecientes a la Universidad de Copenhague. Al llegar a Vendersgade debemos girar a nuestra izquierda para cruzar primero ante la explanada de la plaza de Israel y después entre los edificios de la estación ferroviaria de Nørreport.

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Seguimos después por Nørregade hasta que vemos ante nosotros una iglesia que, a decir verdad, no llama demasiado la atención (apenas unos metros antes hemos dejado a la derecha una gótica más bonita, la de San Pedro, que es el edificio más antiguo del centro de la ciudad), pero las apariencias engañan pues nos encontramos nada menos que ante la catedral de Copenhague, Vor Frue Kirke (nada original: la Iglesia de Nuestra Señora). Aunque en el lugar ha habido toda una serie de iglesias desde el siglo XII, los incendios no se han apiadado de esta diócesis luterana y han acabado con todas ellas. El edificio actual (que esperemos que dure) es de la primera mitad del siglo XIX y solo con ver su puerta principal ya sabemos que se construyó en estilo neoclásico. Sin duda lo mejor del edificio está en el interior, del que se encargó nuestro viejo amigo Bertel Thorvaldsen con sus espléndidas esculturas de Cristo y los doce apóstoles (de las que ya hemos visto una copia en el museo monográfico del autor, pero que sin duda en este contexto religioso impresionan mucho más).

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En la misma plaza que la catedral, en el lateral norte, se encuentra el edificio principal de la Universidad de Copenhague (protegida por bustos de las principales figuras intelectuales relacionadas con ella), donde lo más interesante es su biblioteca: un edificio de ladrillo diseñado por Johan Daniel Herholdt e inaugurado en 1861.

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Cruzamos la plaza de la catedral dejando esta a nuestra derecha y la universidad a la izquierda y recorremos los primeros metros de la calle que aquí nace. De seguir de frente no tardaríamos en llegar a la Torre Redonda (Rundetårn), un observatorio astronómico del siglo XVII, pero vamos a desviarnos antes hacia la derecha, después de nuevo a la derecha y finalmente a la izquierda para pedalear por Klosterstræde en dirección a Slotsholmen.

Antes de llegar, sin embargo, hemos de atravesar la calle comercial conocida como Strøget -de la cual dicen que es la zona peatonal de tiendas más grande de Europa- donde es interesante pasear un rato aunque solo sea para ver las ostentosas fachadas antiguas de algunos edificios, además de otros lugares de interés como la iglesia del Espíritu Santo (Helligåndskirke) o, un poco más alejado de nuestra ruta, el Centro de Arte Contemporáneo Nikolaj (antigua iglesia de San Nicolás).

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Nuestro paseo urbano se topa una vez más -a la altura del Museo Thorvaldsen- con el canal que delimita el islote de Slotsholmen. Giramos a la derecha y pedaleamos para rodear la isla con las aguas del canal inmediatamente a nuestra izquierda.

Nos cruzamos con el carril bici por el que ya pasamos antes y continuamos ahora dejando el Museo Nacional a nuestra derecha e ignorando, a la izquierda, los sucesivos puentes que nos llevarían de vuelta a Slotsholmen. A nuestra derecha queda también una bonita construcción del siglo XVIII (remozada con una capa de llamativo amarillo) que, además de como almacén, sirvió de lugar de trabajo a escultores de la Real Academia Danesa de Bellas Artes. En una esquina de Slotsholmen, a nuestra izquierda, vemos también uno de los antiguos bastiones defensivos de Copenhague (de principios del XVII) que es conocido por el curioso nombre de Cervecería de Christian IV.

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Girando a la derecha pasamos ante el Centro para la Arquitectura de Dinamarca antes de girar de nuevo a la derecha y posteriormente a la izquierda para alcanzar el Boulevard Hans Christian Andersen, calle que seguiremos a la izquierda hasta cruzar al otro lado del puerto por el puente de Langebro.

Continuamos de frente siguiendo la amplia avenida y, a nuestra izquierda, vemos un nuevo lago que no es sino el foso de otra de las innumerables construcciones defensivas de la ciudad, cuyos bastiones (que dan a la fortificación la ya familiar forma de estrella) vemos ya al otro lado. Al llegar al primer puente que nos permite cruzar el foso giramos a la izquierda pero, en vez de cruzar, nos metemos a la derecha por el sendero peatonal y ciclista que aparece atrapado entre el propio foso y un minúsculo canal que hemos atravesado casi sin darnos cuenta. Esta estrecha franja de tierra -que, para no ser menos que sus colegas, también tiene sus propios bastiones y una más discreta forma estrellada- forma ya parte de Christiania (aunque serían solo las afueras de esta peculiar miniciudad) pero, por ahora, lo único que vamos a notar es un cierto aire alternativo en sus descuidadas construcciones que albergan viviendas y talleres, así como en los carteles que anuncian que está prohibido acceder a la zona en vehículos a motor (tampoco está bien vista la fotografía en esta zona, por lo que las líneas referentes a Christiania que escriba en esta entrada carecerán de ilustraciones)

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Al final de estos metros sin coches salimos a una carretera que, aunque tranquila, nos parece muy transitada después del relajado tramo anterior. La tomamos a la izquierda y, casi de inmediato, giramos de nuevo a la izquierda para -siguiendo la calle principal con sus curvas sin desviarnos- cruzar sendos puentes que nos llevan a la zona interior de la línea defensiva que hemos estado rodeando: la zona portuaria que queda justo frente al Palacio de Amalienborg.

El motivo por el que hemos venido hasta aquí, además de para dar un paseo por entre los antiguos almacenes del puerto que sirven hoy a usos muy variados, es ver de cerca un edificio que ya vimos antes desde la otra orilla: la Ópera de Copenhague. Se trata de una enorme (y carísima) obra de Henning Larsen inaugurada en 2005. Además del edificio en sí y de la interesante zona donde se levanta, merece la pena dedicar un rato a contemplar la vista panorámica de la ciudad que desde aquí se tiene.

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Regresando por donde hemos venido, salimos de la isla donde se encuentra la ópera y tomamos ahora a la derecha para adentrarnos en la carreterilla que recorre la línea intermedia de bastiones (la que queda entre la isla de la Ópera y la estrecha franja de tierra por la que vinimos antes). El destartalado asfalto y el abandonado aspecto de la zona ya nos indican que algo va a cambiar pero, cuando nos desviamos ligeramente a la izquierda para abandonar la carretera, el cambio es evidente: hemos entrado de lleno en Christiania. La Ciudad Libre de Christiania, debería decir para ser exacto.

Estamos en una antigua zona militar que, tras ser abandonada por el ejército danés en 1971, fue invadida por un grupo de vecinos en busca de un lugar donde sus hijos pudiesen jugar… y ¡vaya si consiguieron que las criaturas se entretuviesen! En los años de mayor esplendor del movimiento hippie, en la zona se formó una comunidad de residentes que no tardaron en declararse independientes del estado danés (y, subsecuentemente, de la Unión Europea). Y, con sus más y sus menos, hasta hoy.

Con sus coloridos edificios plagados de graffiti, sus tiendas de artesanía y su inconfundible aroma a comida rápida y humo de marihuana flotando en el ambiente, Christiania es todo un universo paralelo que se rige por sus propias normas. A saber:

  • Prohibidas las armas.
  • Prohibidas las drogas duras.
  • Prohibida la violencia.
  • Prohibidos los coches privados.
  • Prohibidos los símbolos de bandas moteras.
  • Prohibidos los chalecos antibalas.
  • Prohibida la venta de pirotecnia.
  • Prohibido el uso de bengalas.
  • Prohibida la mercancía robada.
  • (Prohibido tomar fotografías: esta última regla -no escrita- es de aplicación en toda Christiania, pero más rigurosamente en la denominada «zona verde» donde la venta y consumo de drogas blandas es más intensiva).

Sigamos estas «leyes» y todo nos irá bien en la «ciudad». Así podremos recorrer a nuestras anchas sus callejuelas hasta toparnos con la nave donde se construyen y venden las exitosas Cristiania Bikes (modelo de bicicletas de transporte de mercancías de gran éxito en todo Copenhague), donde también se fabrican en la actualidad las pioneras y originalísimas (aunque generalmente desconocidas) bicicletas Pedersen.

Después de reponer fuerzas -si lo necesitásemos- en cualquier puesto de comida del lugar (o de doparnos en cualquiera de los otros puestos) abandonamos Christiania para salir a Prinsessegade, donde podemos inhalar unas bocanadas de aire puro para que se nos pase el «mareo» y continuamos nuestra ruta hacia la izquierda para alcanzar en pocos metros la iglesia barroca cuya curiosa torre espiral llevamos viendo en el horizonte todo el día: Vor Frelsers Kirke. Esta iglesia de San Salvador fue construida en el siglo XVII, aunque su original chapitel espiral data de una décadas más tarde, ya en el XVIII.

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Poco más adelante llegamos a Torvegade, donde giramos a la izquierda. Según describe la ruta el libro que estamos siguiendo, ahora deberíamos tomar rumbo al sur por el sendero que trascurre dibujando todo el perímetro de los bastiones de la fortificación. Sin embargo, un cartel nos indica que no debe hacerse tal cosa en bicicleta, por lo que podemos optar por desmontar y caminar un rato o, como hice yo, atajar por la calle que traza de forma más o menos recta la línea interior de los baluartes defensivos, si bien es cierto que el primer tramo de esta -de adoquines bien poco regulares- dejará cierto incómodo recuerdo en nuestras posaderas.

Llegamos así de nuevo al puente de Langebro por el que pasamos no hace mucho. Ahora pedaleamos bajo él (cruzando perpendicularmente nuestro recorrido anterior) y nos permitimos el lujo de elegir libremente entre las dos opciones que se nos presentan: pedalear junto a los demás ciclistas por el carril bici que transcurre junto al asfalto de la calle Islands Brygge o, al otro lado de los jardines, pedalear pegados a las aguas del puerto que nos flanquean por nuestra derecha (donde apenas si nos encontraremos algún peatón o runner, además del pintarrajeado vagón de tren que han colocado en los abandonados raíles del puerto). Hagamos lo que hagamos, al otro lado del agua tenemos una bonita panorámica de los modernos edificios construidos (y aún en construcción) en la zona. En el parque que separa nuestras dos rutas alternativas, además de numerosos lugares donde descansar un rato, existen unos servicios públicos para aliviar otras necesidades que pudiesen habernos surgido a estas alturas de la ruta.

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Vayamos por los adoquines del puerto o por el carril bici terminamos llegando al puente peatonal y ciclista que llevamos un rato viendo a nuestra derecha. Por él pasamos a un pequeño islote plantado en medio del puerto y sembrado de edificios de oficinas. Lo cruzamos en solo dos vueltas de pedal y enlazamos con un segundo puente serpenteante (esta vez solo para ciclistas, pues los peatones han sido desviados a un nivel inferior) que nos permite sortear un gran centro comercial antes de llegar a tierra firme. Una vez en la orilla noroeste del puerto llegamos de forma directa al viaducto que nos permite salvar una gran avenida y desde donde, si miramos hacia atrás, vemos con curiosidad la gran puerta del aparcamiento de bicicletas del centro comercial (dentro del mismo hay varios restaurantes, por si quisiésemos aparcar aquí y comer algo).

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El viaducto sobre el que circulamos se alarga y lo aprovechamos para cruzar sobre numerosas vías férreas (la Estación Central de Ferrocarril está aquí al lado). Si no hemos elegido la hora adecuada para pasar por esta zona es probable que nos veamos inmersos en un auténtico embotellamiento de tráfico… ¡de bicicletas! Dado que estamos utilizando el único paso que atraviesa las vías de tren y el puerto de Copenhague en la zona (la siguiente opción por el norte sería rodear la Estación Central y cruzar el puerto por Langebro, y al sur habría que irse a varios kilómetros de aquí para poder atravesar), todos los ciclistas de Copenhague que quieran desplazarse del populoso barrio de Vesterbro a la enorme isla de Amager deben cruzar por aquí, y ¡parecen ser miles!

Finalizado el viaducto continuamos recto, ya más tranquilos, por Skelbækgade hasta el final de la misma, donde giramos a la derecha por la avenida ajardinada de Halmtorvet. A la derecha dejamos una amplia zona de antiguos almacenes que hoy albergan galerías de arte, tiendas, bares y restaurantes de todo tipo donde reponer fuerzas.

La ruta continúa sin embargo en dirección contraria, por lo que debemos dejar Halmtorvet hacia la izquierda por Gasværksvej hasta que vemos frente a nosotros un lugar familiar: el paso inferior que atraviesa el teatro Det Ny Teater (en los primeros metros de nuestra ruta de hoy pasamos por el otro lado del mismo). Giramos en esta ocasión, antes de llegar a él, hacia la izquierda por la avenida principal del moderno barrio: Vesterbrogade. Un poco más adelante nos desviamos a la derecha por otra amplia avenida cuyo nombre, Frederiksberg Allé, ya nos indica hacia dónde nos estamos dirigiendo. Al atravesar la plaza de Santo Tomás (poco después de haber tomado el último desvío), podemos aprovechar para comprar algún comestible en los puestecillos que se alinean a lo largo de la avenida.

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Dejamos a la derecha Alhambravej, punto de origen de nuestra excursión de hoy, y seguimos recto hasta que la avenida muere en una plaza que sirve de entrada a un inmenso parque. Se trata del jardín paisajístico romántico de estilo inglés cuyas 64 hectáreas rodean el palacio de Frederiksberg que, a su vez, es un edificio barroco de 1699 que actualmente ejerce como academia militar. En este punto, la dificultad para acceder al parque por esta entrada debido a que en ella se estaba celebrando un torneo de fútbol y el diluvio universal que llevaba sufriendo en mis carnes durante gran parte del recorrido hicieron significativa mella en el espíritu de explorador cicloturista del que esto escribe, motivo por el que decidí prescindir de la visita a parque y castillo y, en su lugar, comerme una salchicha bajo la protección del tejadillo de uno de los abundantes puestos callejeros dedicados a este manjar, completando así el cutre menú de comida rápida previamente engullido entre dos chubascos a la puerta de un 7-Eleven.

Tomamos dirección norte por Allegade, dejando a la izquierda el ayuntamiento del municipio de Frederiksberg, un edificio de ladrillo cuyo elemento arquitectónico más destacable es su torre de sesenta metros (visitable el primer sábado de cada mes). Al llegar a un centro comercial, aunque nuestra ruta según el libro sigue de frente en busca de una reconocida pizzería, nosotros (que ya tenemos el estómago lleno, para bien o para mal) tomamos a la derecha por la ciclovía rodeada de vegetación que nace frente a la entrada del centro comercial. En este punto existe, por cierto, un punto de inflado de neumáticos de los que salpican la ciudad al servicio de los ciclistas de Copenhague.

El carril bici con aspecto de vía verde que hemos tomado nos permite circular con tranquilidad alejados de tráfico a motor y rodeados de vegetación. No en vano estamos en el conocido como «sendero verde» (Den Grønne Sti), el tramo frederiksbergiano de la Nørrebroruten (una vía ciclista de una decena de kilómetros que atraviesa diagonalmente la capital danesa y que forma parte de una red que, por ahora, alcanza los cuarenta kilómetros y tiene previsto superar la centena). El tren que antes pasaba por este lugar ahora es una de las líneas de la red de metro y, por tanto, circula bajo tierra.

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Tras pasar bajo una avenida y dejando a la derecha uno de los campus de la Universidad de Copenhague, el Grønne Sti se ve obligado a cruzar una calle (un cruce regulado por semáforos, faltaría más). Aprovechamos el momento para girar a la derecha y seguir por la mencionada calle hasta que esta nos termina llevando de vuelta a nuestros ya conocidos lagos Søerne. En concreto estamos en la separación entre nuestro viejo amigo Sankt Jørgens Sø y su inmediato vecino del norte, Peblinge Sø. Aprovechando la estrecha franja de tierra, se construyó aquí a finales del siglo XIX el edificio historicista que ahora estamos viendo y que, bajo el nombre de Søpavillonen (Pabellón del Lago) es ahora un club nocturno, si bien su función original fue ser sede del club de patinaje sobre hielo que utilizaba los lagos como pista en los fríos meses del invierno nórdico.

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Sin cruzar los lagos, tomamos dirección norte por el carril bici que discurre por la orilla del Peblinge Sø hasta llegar al siguiente puente (Dronning Louises Bro, o puente de la reina Luisa, construido entre 1885 y 1887) por donde cruzamos hasta que, al otro lado de los lagos, alcanzamos el final de nuestra ruta.

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Ha sido un día intenso en Copenhague. Hemos tenido lluvia, frío, granizo e incluso algunos minutos de sol. Hemos visto arquitectura de todo tipo y objetos artísticos que abarcan desde el más antiguo paleolítico hasta la más absoluta contemporaneidad. Pero ¡si hasta nos hemos cruzado con toda una reina por el camino! Podemos darnos por satisfechos y darnos un merecido descanso así que, si la implacable meteorología nos da un respiro, no dudemos en apropiarnos de uno de los bancos que existen a la orilla de los lagos e, imitando la posición recostada que tienen Tíber y Nilo en las dos estatuas que tenemos junto a nosotros, dedicar unos minutos a ver la vida de Copenhague -y sus ciclistas- pasar ante nuestros curiosos ojos de cicloturista.

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Rutas por las Aldeas Históricas de Portugal: XV Semana Europea de Cicloturismo de la UECT

Provincias: Guarda y Castelo Branco (Portugal)

Distancia: Variable (18 rutas de entre 30 y 126 km aprox.)

Mapa:

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Tracks: Descargar todos SECT2019.rar

Descripción:

Siglo XXI. Todos los jubilados de Europa se retiran a las costas del sur de España para tumbarse al sol y darse a la buena vida… ¿Todos? ¡No! Un puñado de irreductibles galos aún resiste y, al volante de una autocaravana, recorre las carreteras de Europa para, una vez en su destino, practicar su afición favorita: el cicloturismo. Una vez al año, estos extraños personajes se reúnen en un punto aleatorio del continente para celebrar, junto con algunos pocos correligionarios llegados de otros lejanos lugares, los ritos propios de su secta.

Así, bajo el auspicio de la arcana Unión Europea de Cicloturismo (UECT para los iniciados), a finales del mes de junio de 2019 se reunieron en la histórica localidad de Belmonte (Portugal) más de un millar de franceses, cerca de un centenar de polacos, aproximadamente la mitad de ucranianos, veintitantos portugueses, en torno a una docena de belgas y otros tantos ingleses, un puñado de australianos, algunos canadienses, un par de austriacos y suizos, un búlgaro solitario y seis españolitos perdidos… entre los que, claro está, no podía faltar el que esto escribe.

La Semana Europea de Cicloturismo -que ya celebra su decimoquinta edición- propone muchas actividades que incluyen desde aquellas que no requieren bicicleta (como los conciertos nocturnos, o las planeadas para los acompañantes, quienes visitan museos y hacen excursiones en autobús) hasta una ruta de larga distancia que cubre cerca de seiscientos kilómetros. Entre ambos extremos se encuentran las rutas señalizadas (y avitualladas) organizadas a diario, que toman como referencia una aldea histórica o punto de interés cada día y constan de tres alternativas de diferente longitud, en función de las ganas de pedalear de cada uno.

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El propio planteamiento de un evento de este tipo me lleva en esta ocasión a cambiar mi forma de describir las rutas (entre otras cosas porque no las he realizado todas sino solo una cada día), por lo que pasaré de mis detalladas descripciones habituales a una más somera, limitándome a hacer una introducción general de las rutas diarias y dar un formato de crónica o bitácora a la que realicé cada día.

Las denominadas «aldeias históricas» son doce: Almeida, Belmonte, Castelo Mendo, Castelo Novo, Castelo Rodrigo, Idanha-a-Velha, Linhares da Beira, Marialva, Monsanto, Piódão, Sortelha y Trancoso. Debido a la relativa dispersión de las mismas, algunas de ellas no se visitaban en ninguna de las rutas diarias (aunque ya tuve ocasión de visitar en otras ciclistas ocasiones algunas de ellas: Almeida, Castelo Mendo, Castelo Rodrigo y Marialva). Otras solo se alcanzaban en un extremo de la ruta más larga del día, que incluía una distancia asequible pero un desnivel positivo excesivamente elevado. Solo una -Sortelha- era visitada por todas las distancias. Por último, la base de operaciones -principio y fin de todas las rutas- era otra aldea histórica: Belmonte. Empecemos por describir esta localidad y pasemos después a las rutas.

Día 0:

Pues aquí estamos: en Belmonte. Y como la programación para el día previo al comienzo de las rutas se limita a tener que dejarnos caer por el pabellón multiusos local para registrarnos y recoger la documentación correspondiente (que incluye un práctico mapa con todas las rutas dibujadas) podemos dedicar el resto de nuestro tiempo a explorar el casco urbano.

Por supuesto, la primera visita obligada es lo que, a su vez, ha sido lo primero que llamó nuestra atención al acercarnos a la ciudad: el imponente castillo que domina el caso urbano. Así, como se desprende de su nombre, Belmonte está construido casi en su totalidad sobre una elevación del terreno que no tardaremos en sufrir en nuestras piernas. Sin embargo, este mismo nombre no es tan claro cuando nos fijamos en la primera parte del mismo pues, mientras algunos dicen que se debe a la belleza del lugar (las magníficas vistas en todas direcciones así parecen confirmarlo), otros defienden que el origen de «Bel-» no es «bello», sino «bellum» -guerra-. Como las piedras siempre son neutrales, el castillo que corona el monte no parece decantarse por ninguna de las dos opciones mientras que, al mismo tiempo, las apoya a ambas dando un indiscutible extra de belleza a la localidad a la vez que nos recuerda que los tiempos pasados pudieron ser mejores, pero no más pacíficos.

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El castillo, cuyo interior es visitable (aunque se conserva poco más que la torre del homenaje y la muralla exterior), data del siglo XIII, aunque sus mejores momentos los vivió en el XV, cuando la propiedad paso a manos de la familia Cabral -su escudo de armas aún puede verse en algunos puntos del castillo-. Fue en 1466 cuando Fernão Cabral pasó a ser señor del castillo y solo un año después nacía entre estos muros su hijo Pedro Álvares Cabral, quien pasaría a la historia por una excursioncilla en barco que hizo allá por el año 1500, descubriendo en nombre de Portugal nada más y nada menos que un lugar llamado Brasil. La bandera de este ahora independizado país ondea en lo más alto de la torre del homenaje, pocos metros por encima de una bonita ventana del siglo XVI y estilo manuelino que es de lo más destacable de la construcción.

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A pocos metros del castillo, en lugar también privilegiado, se levanta el sepulcro de los más destacados miembros de la familia Cabral, en un panteón del siglo XV adosado a uno de los costados de la iglesia de traza románica de Santiago (por aquí pasa una de las variantes portuguesas del Camino Jacobeo, que transcurre por la antigua vía romana que iba de Mérida a Braga), donde podemos disfrutar de los restos de unas interesantes pinturas murales así como de una magnífica Piedad esculpida en el siglo XIV.

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Compartiendo con el castillo y la iglesia de Santiago la parte más alta del casco urbano encontramos también un par de modestas capillas dedicadas a San Antonio y al Calvario respectivamente.

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A poco que nos hayamos fijado, desde las murallas del castillo no hemos podido dejar de observar que no muy lejos, junto a un depósito de agua pintorescamente decorado, se levanta otra iglesia de importante tamaño. Se trata de la iglesia matriz de Belmonte que, aunque no sea de gran interés arquitectónico, no debemos dejar de visitar.

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A mitad de camino entre ambos lugares se abre una bonita plaza centrada en el «pelourinho» local (lo que venía siendo la picota en los tiempos en los que se ajusticiaba públicamente) y uno de cuyos laterales lo conforma el antiguo ayuntamiento (el actual es un edificio moderno frente al pabellón multiusos) que ahora sirve como sala de exposiciones. En esta plaza hay también una agradable terraza donde podemos comer unas ricas tapas con -en ocasiones- música en directo.

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En un rincón de este mismo espacio encontramos ya un indicio de otra de las peculiaridades de la historia de Belmonte y es que no puede dejar de sorprendernos la presencia de un monumental candelabro de nueve brazos típicamente judío. La solución al enigma se encuentra al final de la misma calle en forma de una casa de piedra con ventanas azules que responde al nombre de Museo Judaico. Si pasamos al interior descubriremos que en este pueblo se conserva un importantísimo foco de criptojudaísmo que ha llegado hasta nuestros días.

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En efecto, la comunidad judía de Belmonte fue creciendo a medida que en otros lugares de Europa -especialmente en la cercana España- era prohibida esa religión y cuando dicha prohibición tuvo lugar también en Portugal, los judíos de Belmonte no huyeron ni se convirtieron, sino que pasaron a llevar una doble vida religiosa: cristianos de cara al exterior, judíos de puertas para adentro. Así, las prácticas judías (si bien es cierto que algo desvirtuadas) se conservaron hasta que, ya en el siglo XX, un ingeniero judío de origen polaco que pasaba por aquí descubrió la fe de estos marranos (no soy racista: este es el peyorativo nombre que se asignaba antaño a los judioconversos que conservaban su cultura a escondidas), se ganó su confianza y los ayudó a salir del armario, lo que a la larga permitió que hoy en día en Belmonte haya una importante comunidad sefardí que cuenta con una sinagoga plenamente operativa (inaugurada en 1996 en las proximidades de la antigua judería).

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Además de lo ya mencionado, no debemos dejar de visitar el Museo de los Descubrimientos (en recuerdo a Pedro Álvares Cabral, este amplio edificio construido junto a una de las casas de su familia nos permite, mediante un importante despliegue multimedia, conocer los viajes de los antiguos descubridores y acercarnos a la cultura portuguesa de ultramar), el Ecomuseo del Zêzere (un antiguo almacén de los Cabral que hoy acoge un centro de interpretación de la vida natural del cauce de este río) y el Museo del Aceite (un lagar del siglo XIX reconvertido en centro de interpretación de las explotaciones de aceite del siglo XX y donde se pueden también adquirir algunos deliciosos productos locales).

Pero vayámonos a descansar, que mañana tenemos mucho que pedalear.

Día 1:

Nos estrenamos sobre la bici en un día dedicado a Sortelha, una aldea histórica que, por su proximidad a Belmonte, es lugar de paso para las tres rutas.

Recorrido corto (40 km aprox.):

La opción más asequible del día nos saca de Belmonte hacia el este, cruza la localidad de Trigais y emprende el ascenso a Sortelha. Desde esta aldea histórica, tras realizar parte del descenso por el mismo sitio por el que se subió, toma dirección sur para llegar a Santo Amaro y regresar después a Belmonte por Quintas do Espinhal e Inguias.

Recorrido medio (51 km aprox.):

Compartiendo recorrido con la opción corta, descendemos del castillo de Belmonte y nos adentramos en una estrecha carreterita que no tarda en demostrarnos que los repechos portugueses no son para tomárselos a broma. Superada la primera dificultad y cruzada la autovía, vamos enlazando carreteras en dirección este o sudeste. Pasado el caserío de la pequeña localidad de Olas, giramos bruscamente a la izquierda para llegar a Trigais y, en las proximidades de Bendadas, giramos a la derecha para disfrutar de un duro repecho que nos sirve de aperitivo para la principal dificultad del día: la subida a Sortelha, que aparece ante nosotros tras un giro en angulo recto a la derecha y el posterior paso por las afueras de Azenha. En una curva de herradura dejamos a la derecha el cruce por el que va el recorrido corto (en su camino de regreso de Sortelha) y nos enfrentamos a una subida corta, pero resultona, que termina dejándonos en Sortelha, previo paso por una pequeña zona de descanso decorada con esculturas y mosaicos con inmejorables vistas y refrescante fuente que nos invita a hacer una parada (aquí toca la obligatoria foto grupal de la representación española en pleno) y nos permite llegar a las primeras casas de Sortelha relativamente descansados.

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Nada más entrar en la histórica aldea (nosotros teníamos un punto de avituallamiento en este cruce) debemos dirigirnos a la derecha y ascender como podamos por la empinada calle empedrada que nos lleva directos a una elevación donde se levanta una torre campanario con reloj desde donde las vistas son magníficas, por lo que merece la pena dejar la bici y completar andando los metros de sendero que nos llevan a esta Torre Sineira.

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Continuando por el camino que llevábamos (dejando a la derecha la curiosa formación granítica que por motivos obvios recibe el nombre de Cabeça da Velha) llegamos a la antigua muralla, donde lo primero que encontramos es una de las entradas al recinto amurallado que recibe el curioso nombre de Puerta Falsa. Junto a ella, adosada a la muralla, vemos la Torre do Facho.

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En el interior de la muralla, justo frente a esta puerta, se encuentra la Rua dá Mesquita, donde destaca la Casa Árabe, una construcción del siglo XIV con la inscripción «jhvs Ave Maria» grabada en el dintel con caligrafía gótica cursiva. En la parte baja de la calle vemos ya otra puerta de la muralla: la Puerta Nueva.

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Pero no pasemos todavía al interior, pues algo más adelante siguiendo el perímetro exterior de la muralla (en el extremo oeste de la localidad) nos esperan varias construcciones que, aunque en ruinas, tienen su interés.

Lo primero que vemos es el antiguo Hospital de la Misericordia, construcción del siglo XVI (aunque algunos autores apuntan a un posible origen medieval) cuya función viene ya implícita en el nombre. Tras estos restos, encontramos también las ruinas de la iglesia medieval de la Misericordia (también conocida como Santa Rita o San Juan) y las de la capilla de Santiago. En la misma zona es posible localizar también varios sepulcros antropomorfos, situados prioritariamente en los atrios de las diversas iglesias.

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Volviéndonos hacia la muralla, nos topamos con la ya mencionada Puerta Nueva (que curiosamente resulta ser la más antigua de la ciudad). En sus proximidades se celebraba la feria en época medieval y de ahí que, para evitar problemas comerciales, la longitud de algunas de las medidas utilizadas en el mercado se encuentre, literalmente, grabada en piedra junto a la entrada.

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Ya dentro del recinto amurallado vamos por la calle que va en línea recta desde la puerta dejando a la izquierda interesantes ejemplos de arquitectura del siglo XVI, como la antigua residencia parroquial o la Casa del Gobernador. Llegamos así a la iglesia matriz, la de Nuestra Señora de las Nieves, también del siglo XVI y estilo renacentista.

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En el espacio que se abre en la parte baja de la iglesia -la plaza que nos separa del castillo-, lo primero que llama la atención es el «pelourinho» (manuelino del XVI), que como es lógico se levanta frente a la antigua cárcel (contemporánea de aquel), pero también debemos fijarnos en la Puerta del Castillo y, por supuesto, en el propio castillo del siglo XIII que podremos explorar a nuestro antojo pero extremando las precauciones, pues la seguridad del turista del futuro no figuraba entre las prioridades de Sancho I cuando ordenó construir la fortificación en tan abrupto terreno.

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Es hora ya de abandonar Sortelha terminando de cruzar su casco histórico (engalanado para celebrar la fiesta del «Beijo sem Fim») para salir de la muralla por la puerta situada más al sur de la muralla. No pretendo haber descrito en las líneas precedentes todo lo que de interés podemos encontrar en esta localidad, pero de intentar hacerlo no terminaríamos nunca y el futuro cicloturista perdería el placer del descubrimiento.

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Salimos pues de Sortelha por la carretera que, hacia el este, va hacia Sabugal. Sin embargo, después de un rato de llaneo en ligero ascenso encontramos un cruce que tomamos a la derecha y nos dejamos caer por una tranquila carretera de impecable asfalto que, a pesar de algún que otro tobogán, es mayoritariamente de descenso.

Terminamos llegando así a un pueblo de evocador nombre, Terreiro das Bruxas, donde giramos a la derecha para tomar ya la dirección de regreso a Belmonte. La carretera sigue un pequeño valle que nos lleva a Casteleiro. Dejamos a la derecha Carrola, nos unimos de nuevo al recorrido corto en Santo Amaro, cruzamos Quintas do Espinhal y nos desviamos para pasar por el caso urbano de Inguias donde (según cuentan, pues no pude visitarla) se encuentra la capilla de Nuestra Señora de la Estrella, de origen medieval, un altar romano dedicado a Júpiter en su interior y tumbas antropomorfas en el exterior.

Siguiendo en dirección a Belmonte pasamos primero por el caserío de su estación ferroviaria, donde debemos pasar sobre las vías del tren y después sobre la autovía para finalmente enfrentarnos a la subida final que nos devuelve a nuestro punto de partida.

Recorrido largo (99 km aprox.):

Esta opción, de considerable desnivel acumulado, coincide con la de distancia corta hasta algo después de pasar Sortelha, pero se dirige después, por Aldeia de Santo Antonio, hasta la bella localidad de Sabugal que, a pesar de no pertenecer a las Aldeas Históricas, cuenta con un casco histórico de gran interés donde destaca su Castillo de las Cinco Esquinas (por la forma pentagonal de su torre del homenaje) que data de los siglos XII-XIV. La ruta continúa por la carretera que va por Rendo y Vila Boa hasta las proximidades de Nave (localidades todas estas que, al igual que Sabugal, ya pertenecen a la historia de mis aventuras ciclistas por Portugal) desde donde regresa por Soito y Quadrazais, bordeando la sierra de Malcata y la localidad que le da nombre, hasta Santo Estevão, poco después de lo cual se une al recorrido medio en Terreiro das Bruxas para dirigirse finalmente a Belmonte.

Día 2:

Algo se cuece en Belmonte. Una muchedumbre vestida de licra deambula por sus calles en dirección al largo del castillo mientras los drones sobrevuelan el casco urbano y diversas pancartas y banderolas de colorines empiezan a instalarse por doquier. A media mañana (con el cambio horario eso es prácticamente mediodía en España y nos encontramos en lo peor de una ola de calor sin precedentes históricos en toda Europa), lo que empieza a cocerse es el millar de ciclistas que se agolpan en el interior del castillo para asistir a la inauguración oficial de la XV Semana Europea de Cicloturismo de la UECT. Un par de actuaciones musicales (de niños que, muy inteligentemente, se refugian en cada resquicio de sombra que ofrecen los antiguos muros), un desfile de banderas de los países participantes, unos cuantos discursos (edición bilingüe) de personalidades variopintas y, por fin, estamos listos para empezar a pedalear en una corta marcha de recorrido único (30 km aprox.) que, tras unos primeros minutos de atasco, coge algo de soltura y permite pedalear sin estrecheces.

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Después de descender al valle del Zêzere, giramos a la derecha -hacia el norte- y de nuevo después a la derecha para emprender una corta y suave subida hacia Colmeal da Torre que deja a la derecha, ante una bonita vista de Belmonte y también de la cercana Sierra de la Estrella, la misteriosa torre de Centum Cellas. De esta edificación, de más de una decena de metros de altura y originaria del siglo I de nuestra era, aún no se conoce su función y las teorías son diversas: cárcel (de ahí procede su nombre), templo, albergue, villa, pretorio… Lo que sí ha podido saberse es que las ruinas que la rodean formaban parte de la villa de un comerciante de estaño -abundante en la región- llamado Lucius Caecilius, por lo que se cree que la torre formaba parte de su residencia. Aunque rodeadas de una valla, las ruinas son visitables de forma gratuita y libre, aunque el estado de la parte superior de la torre hace recomendable no acercarnos demasiado a ella o, al menos, no quitarnos el casco para hacerlo.

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Después de un primer giro a la derecha y uno posterior a la izquierda, pasamos por encima de la autovía (cuidado con el tráfico que pueda acceder o proceder de esta) y pedaleamos hasta la cercana localidad de Maçainhas, a la que reconoceremos por el viejo tranvía que tiene plantado en su plaza principal a pocos metros del campanario.  Se trata de un modelo 546 -construido en 1931- del sistema de Carris de Lisboa que fue traído a esta aldea por un paisano que trabajaba en dicha empresa cuando esta renovó su flota. Aunque no tuve ocasión de visitarlo, en el pueblo existe también un lagar de aceite hidráulico que aún esta operativo y ofrece degustaciones de este producto.

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Pasado Maçainhas cruzamos al otro lado de la vía de tren y una pronunciada curva nos adentra en un valle abierto entre dos montes que lleva a la aldea de Olas, donde reconocemos el cruce en el que ayer mismo nos incorporamos a la carretera por la que ahora pedaleamos. Poco más adelante, donde ayer giramos a la izquierda buscando la cercana Trigais, hoy nos salimos del asfalto por la pista que sale frente a nosotros y que en pocos metros termina en un amplia área recreativa en torno a una humilde ermita dedicada a Nuestra Señora de la Estrella. Aquí la organización nos espera con carne en el asador, una pequeña charanga de acordeones y muchos litros de bebida para combatir el agobiante calor de la tarde portuguesa. Después de comer en las mesas distribuidas por las solicitadas sombras que ofrecen los pocos árboles del recinto, mientras unos pocos afortunados buscan cobijo en la fresca capilla y otros prosiguen la fiesta bajo los árboles, otros preferimos rellenar los bidones en la fuente y volver al asfalto.

Tomamos ahora hacia la izquierda (en dirección opuesta a Trigais) y, en Inguias, alcanzamos otro tramo de carretera conocida que en esta ocasión nos lleva en dirección sur hasta un cercano cruce que tomamos a la derecha y, después de un nuevo desvío a la derecha, nos deja en el también conocido Carvalhal, desde donde regresamos a Belmonte por la misma ruta por donde lo hicimos ayer.

Al completar la subida final (y después de refrescar el gaznate con una Superbock bien fría en compañía del resto de la representación española en el evento) nos topamos con una gran pancarta hinchable de la Federación Portuguesa de Ciclismo que ayer no estaba ahí. (Por cierto que, siguiendo con mis reseñas gastronómicas locales, el bar de comida rápida que se ve en la foto justo detrás y a la derecha de la pancarta es de lo menos recomendable que probé en Belmonte).

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Día 3:

El objetivo de las rutas de hoy no es ninguna de las aldeas históricas, sino un lugar igual o más interesante: el Parque Natural de la Sierra de la Estrella, un impresionante macizo montañoso que incluye dentro de sus límites el punto más alto de Portugal, la única estación de esquí del país, bellas cascadas y un espectacular valle glacial, entre otras muchas cosas que bien merecen una visita con más calma que las que nos permiten las rutas de hoy (personalmente, hice un viaje con alforjas por la zona hace un par de décadas y aún lo recuerdo con saudade).

Recorrido corto (34 km aprox.):

El recorrido de menor distancia de hoy ni siquiera llega técnicamente a pisar el territorio perteneciente al parque natural. Se baja de Belmonte en dirección al valle del Zêzere y, una vez cruzado el río, se asciende hasta Vale Formoso, donde se gira a la izquierda para tomar la carretera que va hacia Covilhã. Después de dejar atrás Aldeia do Souto y Orjais, y un poco antes de alcanzar Teixoso se toma a la izquierda en dirección a Caria. Antes de alcanzar esta localidad, sin embargo, se gira de nuevo a la izquierda para regresar a Belmonte.

Recorrido medio (52 km aprox.):

Salimos de Belmonte descendiendo al valle del Zêzere. Al llegar al fondo de este giramos a la izquierda, pasando junto al Hotel Belsol (su Restaurante Panorámico ofrece un buen lugar en el que comer un menú del día a un precio asequible, siendo muy recomendable su bacalhau à brás). Después de cruzar el río seguimos de frente emprendiendo una subida suave que dura aproximadamente un par de kilómetros y deja a la izquierda la localidad de Vale Formoso, por donde nos abandonan quienes hoy han elegido la opción corta. Descendemos después de nuevo hacia el valle cruzando el río por un puente doble (el de la propia carretera por la que vamos y el de la antigua) poco antes de alcanzar el pueblo de Valhelhas. Dejamos a la izquierda una plazuela dominada por el pelourinho local y una bonita fuente donde -mientras el que esto escribe sacaba fotos y pegaba la hebra primero con un habitante del lugar e, inmediatamente después, con otro cicloturista francés- vi llenar sus garrafas a varias personas. Al otro lado de la carretera queda la iglesia del pueblo, consagrada a Santa María la Mayor que, aunque originaria de la Edad Media, presenta actualmente un estilo barroco (al estar cerrada me limito a destacar, en su exterior, el campanario y la curiosa inscripción sobre la puerta). Sobre el río Zêzere se conserva también un antiguo puente.

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La carretera continúa remontando el cauce del Zêzere dejando algunas quintas a uno y otro lado hasta que alcanzamos el núcleo, algo mayor, de Vale de Amoreira donde, inmediatamente después del avituallamiento preparado por la organización, giramos a la izquierda (separándonos del recorrido largo) para cruzar el río y comenzar a ascender por la carretera que se enrosca por la ladera del monte que hemos de salvar para salir del valle de nuestro viejo compañero el Zêzere.

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Superada esta dificultad montañosa (no muy larga, pero endurecida por el calor del sol matutino por el hecho de estar en la ladera este del monte), tenemos un corto descenso para relajarnos antes del corto llaneo que nos lleva a la aldea de Verdelhos, donde una de las primeras cosas que vemos es un cartel que nos indica por dónde ir al Poço do Inferno (bella y recóndita cascada que bien merece una visita, a pesar de que desde Verdelhos aún nos quedaría una buena y dura tirada para llegar allí).

Después de reponer fuerzas en uno de los bares del pueblo con un café de cincuenta céntimos y lograr a duras penas rechazar la invitación del borracho local de tomarme unos vinos con él ¡antes de las diez de la mañana! (tengo la curiosa capacidad, allá donde voy, de atraer el interés de los borrachos autóctonos que inmediatamente quieren hacerse amigos míos), emprendemos una nueva subida que, en esta ocasión, es algo más larga y dura que las anteriores. Dado que esta carretera es una vieja conocida mía, me tomo la subida con calma disfrutando de las vistas y sacando fotos, sin dejar de pedalear, del valle que vamos dejando atrás. Después de una pronunciada curva, la pendiente se suaviza un poco y las vistas mejoran -en la medida en que podían hacerlo- para dejarnos vislumbrar a lo lejos la población de Sarzedo colgado en la ladera opuesta.

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Finalmente la carretera termina cediendo ante nuestras esforzadas piernas y la pendiente disminuye hasta transformarse en negativa justo cuando llegamos a la rotonda donde comienza la carretera que va a Sarzedo. Nosotros tomamos sin embargo a la derecha y nos lanzamos en un rápido (y en un par de curvas incluso peligroso) descenso que pasa de largo por Atalaia y nos lleva rápidamente a Gibaltar (así, sin r) desde donde ya vemos la cercana Covilhã. Pero no vamos a ir en esa dirección, sino que giramos a la izquierda poco después de pasar Gibaltar para, después de un kilómetro de ligera subida, unirnos a la carretera N18 por la que vemos ya venir algunos de los más rápidos participantes en la ruta larga de hoy.

Apenas unos metros después de unirnos a ella, abandonamos la N18 hacia la derecha (al igual que lo hacen los ciclistas del recorrido corto que vienen por esta carretera en sentido opuesto a nosotros) junto a una ermita consagrada a la Virgen del Carmen. Después del nuevo avituallamiento que encontramos en este lugar, emprendemos el descenso hacia el río Zêzere, que atravesamos por un bonito puente que bien puede pasar desapercibido, pues es difícil de ver sin abandonar la carretera.

Después de unos kilómetros de llaneo que van picando poco a poco hacia arriba, pasamos bajo la autovía y, de inmediato, por un paso a nivel que cruza una vía ferroviaria en obras. Pasada una rotonda, giramos después a la izquierda (estamos en el barrio de la estación de Caria, localidad que vemos a nuestra derecha con su deposito de agua y su iglesia destacando en lo alto) para dirigirnos en línea recta a Belmonte. Sin embargo, antes de cerrar el círculo de nuestra ruta de hoy, debemos fijarnos en que justo después de volver a pasar bajo la autovía dejamos a la izquierda una señal que nos indica unas ruinas romanas. Dejando nuestras bicis al inicio del sendero, debemos caminar unos metros siguiendo la valla de madera hasta alcanzar la Quinta da Fornea, restos de una extensa villa romana que, entre los siglos II y IV, se dedicó a la explotación agraria de este páramo.

Mucho habría que decir de estas ruinas pero la abundancia de carteles explicativos hace innecesario explayarse aquí en demasía. Huelga decir que no hay que pasar por alto las magníficas termas (los restos más destacables), ni las curiosas letrinas, ni la zona de almacenes ni, por supuesto, las demás ruinas entre las que no escasean las columnas.

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Visitadas las ruinas romanas solo nos queda ya recorrer los últimos kilómetros hasta Belmonte, a donde llegaremos ascendiendo la misma cuesta que en días anteriores.

Recorrido largo (77 km aprox.):

Después de separarse del recorrido de distancia intermedia tras el avituallamiento de Vale de Amoreira, esta ruta remonta el valle del Zêzere por Sameiro hasta llegar a Manteigas. Desde esta localidad continuamos siguiendo el cauce alto del río, esta vez por el fondo de un valle glacial de inigualable belleza con su característico perfil en U. El continuo ascenso que traemos no se detiene al final del valle pues, dejando a nuestra derecha el nacimiento del río, aún hemos de subir hasta los 1600 metros de altitud (como referencia, Manteigas -14 kilómetros más atrás- se encuentra en torno a los 700 metros de altura).

En el punto más alto del recorrido llegamos a un cruce. Si girásemos a la derecha, en pocos kilómetros llegaríamos al pico de Torre que, con sus 1993 metros de altitud (redondeados a dos mil mediante una torre artificial), es el punto más elevado del Portugal continental y donde encontraremos la única estación de esquí del país (con la peculiaridad de que está construida a la inversa que todas las demás estaciones que conozco, con las instalaciones de la estación en el punto más alto y los remontes destinados a regresar a ella después del descenso esquiando). Giramos sin embargo a la izquierda para pasar junto a la laguna de Viriato y llegar a los chalés de Penhas da Saúde, continuando con el vertiginoso descenso que nos lleva a Covilhã (por cierto, que en el restaurante del camping que dejamos atrás en una de las últimas curvas del descenso cené hace muchos años el mejor guiso de jabalí que recuerdo haber probado en mi vida).

Desde Covilhã -ciudad de importante tamaño que bien merece que la exploremos con calma- tomamos en dirección a Teixoso, donde nos unimos al resto de los recorridos del día para regresar a Belmonte.

Día 4:

El objetivo turístico del día de hoy es la aldea histórica de Linhares da Beira aunque, por desgracia, la distancia que separa esta localidad de Belmonte hace que solo los más esforzados cicloturistas que participan en la ruta larga consigan llegar hasta ella (recordemos que en Portugal la distancia no solo se mide en kilómetros, sino que también hay que fijarse en el desnivel acumulado que no suele ser baladí).

Quienes sí lleguen hasta dicho pueblo podrán disfrutar de los rincones que una aldea del siglo XII puede ofrecer al cicloturista curioso, destacando su majestuoso castillo -que domina el Valle del Mondego-, la iglesia de la Asunción -del siglo XII, renovada en el XVII, y con pinturas de Grão Vasco-, la Casa del Judio -con bellas ventanas manuelinas- entre otros muchos lugares de interés.

Recorrido corto (42 km aprox.):

Como ya hicimos ayer, salimos de Belmonte en descenso para cruzar el Zêzere y ascendemos después por Vale Formoso hasta pasar del distrito de Castelo Branco al de Guarda, descendiendo después hasta Valhelhas. Después de cruzar el río, pero justo antes de alcanzar esta localidad encontramos un desvío a la derecha por el que hoy nos vamos a adentrar en un nuevo valle (los que participan en el recorrido largo hacia Linhares da Beira continúan aquí de frente). Valhelhas queda a nuestra izquierda y la carretera comienza un continuo pero muy tendido ascenso que terminará llevándonos hasta cerca de los mil metros de altitud.

Sin prisa, pero sin pausa, la carretera sube por la ladera cubierta de robles y salpicada de olivos y algún que otro pino. A estas horas de la mañana pedaleamos en la sombra casi continua y no tenemos que preocuparnos por el calor -ni por el hecho de que la única fuente que vemos por el camino esté seca-, por lo que podemos centrarnos en disfrutar del valle que queda a nuestra izquierda, donde queda primero el diminuto caserío de Carapita y en cuyo fondo vemos después la aldea de Famalicão.

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Llegamos así a un pequeño puerto de montaña que separa los valles y desde donde sale una carretera a la izquierda por donde se separan de nosotros los participantes en el recorrido intermedio de hoy y dejándonos a cambio la compañía de los valientes que vienen de Linhares da Beira por el recorrido largo. Tamaña confluencia de ciclistas implica que este punto haya sido elegido por la organización para instalar un avituallamiento. Una vez repuestas las fuerzas continuamos la ruta aprovechando que la carretera nos da un descanso y es ahora llana, lo que nos permite disfrutar de las magníficas vistas que, a nuestra izquierda, se abren hacia el nuevo valle centrado a lo lejos en el embalse del Caldeirão. La vegetación también ha cambiado -siendo ahora más abundante en castaños-, pero poco a poco se va haciendo más escasa hasta que nos vemos pedaleando por un descampado expuesto al viento y donde la pendiente del asfalto vuelve a ser positiva (aunque el paraje sigue teniendo una innegable belleza).

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Llegamos así a un cruce donde nos desviamos bruscamente en dirección -según los indicadores- a Seixo Amarelo y Gonçalo. Pasamos así a la ladera opuesta a la que estábamos siguiendo hasta ahora para ascender y ya vemos ante nosotros los aerogeneradores de la cima, lo que indica que ya solo nos queda un último repecho para completar toda la subida del día de hoy.

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Cuando por fin llegamos al punto más alto de la ruta, la carretera nos premia con unos kilómetros de puro disfrute, con un descenso no muy pronunciado, de los de ir pedaleando, con amplias curvas de perfecta visibilidad en las que podemos sin miedo utilizar todo el ancho de la carretera para el descenso (¡por supuesto, comprobando que no vienen coches!). Las vistas son también magníficas, aunque los restos de troncos quemados nos indican que las olas de incendios estivales que suelen azotar Portugal han pasado también por el valle que queda a nuestra izquierda.

Poco a poco el descenso se hace más pronunciado, al igual que lo hacen las curvas, por lo que debemos tomar ya más precauciones. Pronto llegamos a Seixo Amarelo, donde el asfalto deja paso al tradicional adoquinado urbano portugués para lamento de nuestro cuerpo. El grueso del casco urbano queda a nuestra izquierda, a bastante menor altura que la carretera, por lo que nos limitamos a pasar de largo y continuar el vertiginoso descenso hasta el siguiente pueblo, que no es otro que Gonçalo. Una vez más el asfalto deja paso al adoquín y nuestros doloridos brazos nos reclaman una pausa, por lo que aprovechamos la terraza del bar que queda a nuestra derecha para tomar un café antes de abandonar el pueblo, ahora sí, otra vez por asfalto (debemos tomar la carretera que sale en línea recta frente al bar).

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Superada la larga recta descendente que pondrá a prueba nuestros frenos (por las bandas reductoras de velocidad, más que por otra cosa) cruzamos el río para regresar al distrito de Castelo Branco, donde giramos a la derecha para llanear siguiendo el valle hasta llegar a un punto conocido: el cruce que en pocos metros lleva a la torre de Centum Cellas. En esta ocasión seguimos de frente para alcanzar una gasolinera (con un restaurante muy aconsejable donde puede degustarse, por un precio ridículo, un completo menú del día sin pretensiones pero que cumple el objetivo de alimentar nuestros cuerpos) desde donde para completar el recorrido solo nos queda subir hasta el centro de Belmonte por donde salimos de él por la mañana.

Recorrido medio (66 km aprox.):

El recorrido medio del día coincide con el corto ya descrito hasta el punto de avituallamiento. Después se desvía a la izquierda en busca de las localidades de Fernão Joanes y Meios para descender después, por Corujeira, hasta el barragem del Caldeirão.  Cruzado el embalse toca subir por Maçainhas de Baixo hasta rozar el casco urbano de Guarda (por carreteras muy transitadas que me hicieron no seleccionar este recorrido). Rodeando la ciudad -otra interesante visita turística, por cierto-, la ruta alcanza Póvoa de São Domingos, desde donde regresa a Belmonte por una carretera que describiré en las rutas del día 7, pues coincide con ellas (otro de los motivos por los que no realicé este recorrido).

Recorrido largo (114 km aprox.):

El único recorrido que alcanzaba la aldea histórica de Linhares da Beira coincidía en su inicio con la ruta larga del día anterior, es decir, remontaba el cauce del Zêzere desde Belmonte, por Valhelhas (donde se separaba de los otros recorridos del día), hasta Manteigas. Tomando desde aquí en dirección contraria al día anterior, se adentraba hacia el norte en la Sierra de la Estrella, pasando por Folgosinho, Freixo da Serra y Figueiró da Serra antes de alcanzar el destino de Linhares da Beira. Después de visitar esta aldea histórica, se tomaba hacia el este en dirección a Prados y después hacia el sur, pasando por Videmonte hasta Trinta. Poco después, la ruta se encontraba con el recorrido intermedio, marchando en sentido opuesto a este hasta encontrarse con la ruta corta, cuyo trazado seguía después hasta la meta de Belmonte.

Día 5:

El objetivo turístico de los recorridos del quinto día era la aldea histórica de Monsanto. El «pueblo más portugués de Portugal» (como reza el título que le fue concedido en 1938) está construido sobre un impresionante macizo rocoso que domina toda la región y donde se instalaron los templarios. Cabe destacar, como no, su castillo y la iglesia matriz de San Salvador -siglo XV, con fachada del XVIII-, pero también la torre y la capilla de San Miguel -restos del asentamiento primitivo-. Una vez más, solo el recorrido más largo llegará a este pueblo, bastante distante de Belmonte.

Recorrido corto (52 km aprox.):

Después de salir de Belmonte en dirección sur, por donde regresamos el tercer día, los recorridos de hoy cruzan la cercana Caria y continúan primero en ascenso y después descendiendo hasta Capinha. Aquí tomamos, en un cruce, hacia la izquierda para que poco después el recorrido corto se separe de los demás girando de nuevo a la izquierda en dirección a Quintás. Pasada esta localidad, girando una vez más a la izquierda, los recorridos vuelven a unirse para enfrentarse a un breve pero duro ascenso y regresar después a Belmonte, localidad a la que entraremos por su lado este después de haberla rodeado por carreterillas muy tranquilas, alguna de las cuales recordamos de días anteriores.

Recorrido medio (82 km aprox.):

Salimos de Belmonte en dirección sur, descendiendo la cuesta que tan bien conocemos por haberla subido en jornadas anteriores. Giramos a la derecha y tomamos la carretera por la que regresamos en nuestra ruta del día 3, dejando en esta ocasión las ruinas de la Quinta da Fórnea a nuestra derecha. Llegados a la zona de la estación de Caria encontramos un cruce donde giramos a la izquierda para cruzar el río por un puente con el paso regulado por un semáforo y emprender inmediatamente después el ascenso al casco urbano de Caria (hay una fuente a nuestra derecha, nada más entrar en el pueblo).

Aunque no tuve ocasión de visitar ninguno de ellos, en Caria existen varios puntos de interés, entre los que destaca la Casa da Roda del siglo XVIII (especie de hospicio con una roda o torno donde se abandonaban los niños que no se podía o deseaba mantener), la Casa da Torre (edificio del siglo XIV reformado en el XVIII que actualmente alberga un museo arqueológico comarcal), la Casa Etnográfica (museo de profesiones antiguas), etc.

Después de un breve descenso, la carretera vuelve a ponerse cuesta arriba (a la izquierda queda una capilla dedicada a San Antonio), el asfalto está en tan mal estado que hasta hay señales advirtiéndolo, y hay un denso tráfico de camiones que siempre parecen tener prisa (o al menos no tener tiempo que perder en adelantar correctamente a los ciclistas). Lo mejor por tanto es tomárnoslo con calma y centrarnos en rechazar las tentaciones como la que dejamos a la derecha, donde un cartel nos indica que en la cercana localidad de Peraboa hay un museo dedicado al queso.

Completada la subida, en la que hemos empezado ya a ver las primeras explotaciones de árboles frutales que marcarán nuestro recorrido de hoy, un rápido descenso (por suerte con el asfalto en mucho mejor estado) nos deja en la localidad de Capinha, donde giramos a la izquierda para cruzar un pequeño riachuelo y subir un corto repecho. Después del consiguiente descenso y de dejar a la izquierda el cruce por el que nos abandona el recorrido corto de hoy (y de mañana) llaneamos por una carretera bordeada por abundantes árboles frutales y las fincas dedicadas a la explotación de los mismos. Entre las construcciones de esas fincas vemos algunos edificios antiguos cuya belleza no los ha librado del abandono.

Después de dejar a la izquierda una ermita consagrada a la virgen que responde al curioso nombre de Nuestra Señora del Incienso y a la derecha el puesto de avituallamiento con el que la organización nos ayuda a reponer fuerzas (terminaré haciéndome adicto al sucedáneo de zumo de naranja que sabe a cualquier cosa menos a naranja) llegamos a un cruce bastante importante donde el recorrido largo de hoy se va a la derecha en busca de Monsanto. De frente, la carretera se ensancha significativamente para convertirse en la circunvalación de Penamacor, localidad que vemos ya encaramada sobre el monte que se levanta a nuestra izquierda.

Y ese es nuestro destino, girar a la izquierda (por la carretera que parece ir a la cercana gasolinera) para subir hasta el casco urbano de Penamacor. Como este pueblo no pertenece a las Aldeas Históricas, la ruta marcada solo rodea la zona más antigua, pero no debemos desperdiciar la ocasión de perdernos en sus calles para visitar, aunque solo sea, su castillo.

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Después de tomar un delicioso café portugués (por 60 céntimos merece la pena doparse) bajamos por una calle empedrada que desciende casi en vertical y, después de varios cruces, nos despedimos de Penamacor y comenzamos a rodar, hacia nuestra izquierda, por la circunvalación (por donde vienen los participantes del recorrido largo), ahora convertida en la carretera N233, que parece imponente para un humilde ciclista pero que, por suerte, no tiene demasiado tráfico.

Aunque en principio esta carretera parece llevarnos en línea recta (en suave subida) a la cercana Sierra de Malcata, después de un cruce comienza a desviarse hacia la izquierda dejando a un lado esta reserva natural. Ahora pedaleamos por un falso llano que no deja de picar hacia abajo hasta llegar a Meimoa, donde abandonamos la carretera por la que veníamos tomando la que surge a nuestra izquierda. Justo en el cruce tengo que apartarme para dejar paso a un camión de bomberos con la sirena a tope que no augura nada bueno.

Pero ya tendremos tiempo de preocuparnos por la plaga incendiaria que cada verano azota Portugal. Ahora debemos fijarnos en el bonito puente que tenemos ante nosotros que, aunque anunciado en los carteles como romano, en realidad data del periodo comprendido entre los siglos XIV y XVI. Después de cruzar el río dejamos a la izquierda una bonita zona recreativa con barcas a pedales y un bar con terraza cubierta.

 

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Seguimos ahora pedaleando por la carreterita que llanea, con algún que otro repecho suave, rodeada de jara, pinos y campos de olivos hasta Benquerença. Por desgracia en este tramo lo que más llama mi atención no es el paisaje sino la columna de humo que ya empieza a verse a lo lejos, en las primeras estribaciones de las montañas que quedan a nuestra derecha (como comprobaría más tarde, el incendio no fue a más y fue controlado sin problema, pero a pocos días de comenzado el verano es preocupante el número de conatos de incendio que hay ya).

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Llegamos así a Escarigo que, junto a Quintas y Salgueiro, forma la agrupación conocida como Três Povos y donde nos unimos de nuevo al recorrido corto. Pasado el casco urbano y un nuevo punto de avituallamiento, una subida corta pero intensa nos pone en nuestro sitio y comprueba las fuerzas que nos quedan antes de emprender el tramo final a Belmonte. Después del descenso, y cuando la carretera por la que vamos está cerca ya de regresar a Caria, nos desviamos a la derecha por un tranquilo camino asfaltado (aunque con bancos de arena en algunos puntos) por el que da gusto pedalear entre viñedos y quintas dedicadas ahora a la producción de vino.

Llegamos a una carretera algo más amplia por la que giramos a la derecha e inmediatamente después a la izquierda para llegar a nuestro ya conocido Carvalhal (aprovecho aquí para detenerme a tomar una cerveza en la terraza de un bar donde, bajo el lema de «há caracóis», nos invitan a degustar una de las exquisiteces de la cocina local). Pasado este pueblo nos unimos a la carretera que viene de Inguias para ir a la estación de Belmonte pero hoy, en vez de subir por donde ya nos es habitual y por donde bajamos esta misma mañana, nos desviamos aquí a la derecha por donde las flechas amarillas nos indican que transcurre el Camino de Santiago para rodear Belmonte, al que entraremos finalmente por su lado noreste.

Recorrido largo (126 km aprox.):

El recorrido más largo del día coincide casi en su totalidad con la distancia intermedia previamente descrita, si bien en la entrada a Penamacor se desvía hacia el suroeste para ir a Pedrógão de São Pedro, donde gira hacia el este en busca de las cercanas Bemposta y Medelim y subir finalmente a Monsanto. Una vez visitada esta aldea histórica, la ruta regresa a Penamacor para unirse de nuevo al recorrido medio después de haber pasado por Salvador y Aranhas.

Día 6:

Toca hoy visitar Castelo Mendo aunque, como es habitual, solo los que se atrevan con la distancia más larga de hoy llegarán a visitar esta aldea histórica. Quienes así lo hagan podrán ver, para variar, los restos de un castillo de principios del siglo XIII (se ve que Sancho I no escatimó en gastos en esta región y protagonizó la primera burbuja inmobiliaria de la historia), un pelourinho del siglo XVI, una fuente del XV integrada en el antiguo ayuntamiento o un lagar que data nada menos que de los siglos VII-VIII (parece que a los portugueses medievales ya les iba lo de empinar el codo).

No tuve yo la suerte de poder visitar ninguno de estos puntos ni ningún lugar cercano a ellos, pues una avería mecánica al poco de salir de Belmonte me hizo perder un buen tiempo. Una vez solucionado (al menos en su mayor parte) el problema, preferí no arriesgarme con ninguno de los recorridos más largos y me limité a seguir la ruta más corta y aprovechar el día para relajarme y disfrutar de la bici.

Recorrido corto (52 km aprox.):

No hay mucho que describir aquí, pues el recorrido corto de hoy coincidía en su totalidad con su equivalente del día anterior: una vez pasado el casco urbano de Capinha (donde, basándome en el día de relax que me había planteado, me detuve a tomar un café), y siguiendo el recorrido medio descrito ayer, nos desviamos después a la izquierda para pedalear por una tranquila carreterilla rodeada de quintas, árboles frutales y olivos que nos lleva al conjunto de los Três Povos (donde me tomé con mucha calma el único avituallamiento del día). Después solo queda regresar a Belmonte por el mismo sitio por el que lo hicimos ayer.

Recorrido medio (81 km aprox.):

En el cruce que encontramos en Capinha nos desviamos, al contrario que hicimos ayer o el recorrido corto de hoy, hacia la derecha para atravesar el casco urbano. Después pedaleamos dejando a la derecha Pero Viseu y cruzando Valverde antes de girar a la izquierda en las cercanías de Donas para dirigirnos a Chãos y Alcaide, después de los cuales giramos de nuevo a la izquierda para regresar a las proximidades de Capinha, donde nos unimos de nuevo al recorrido corto.

Recorrido largo (109 km aprox.):

Seguimos el recorrido medio pero, en las proximidades de Donas, cuando aquel gira a la izquierda, nosotros seguimos de frente para ir, por Alpedrinha, hasta Castelo Novo. Después solo nos queda regresar por donde hemos venido para unirnos otra vez al recorrido medio cuando este gira a su izquierda después de haber pasado la localidad de Alcaide.

Día 7:

Es el último día de la Semana Europea de Cicloturismo y aún no hemos visitado la aldea histórica de Castelo Mendo, así que es hora de que lo hagamos o, al menos, lo hagan los más valientes, pues el recorrido largo de hoy -único que llega hasta allí- no es moco de pavo.

Quienes lo hagan (y sobrevivan) podrán contar que visitaron una bonita aldea medieval en la que nuestro viejo amigo Sancho I ordenó en el siglo XII construir una muralla sobre los restos romanos anteriores que, a su vez, se levantaban sobre el primitivo castro vetón. El castillo fue ampliado en el siglo XIII. Aunque los daños causados por el famoso terremoto de 1755 fueron considerables, la muralla aún conserva varias de sus puertas, destacando las Puertas de la Villa, originarias de entre los siglos IV y I a.C. La visita no puede darse por completada sin echar un vistazo al pelourinho del siglo XVI, al edificio de estilo manierista del antiguo ayuntamiento (s. XVI-XVII) o a la iglesia de San Vicente o de la Misericordia (gótica, pero reformada en estilo manierista entre los siglos XVI y XVII) entre otros puntos de interés.

Recorrido corto (54 km aprox.):

El recorrido más básico del día de hoy nos saca de Belmonte por las mismas carreterillas por las que salimos el primer día (el recorrido previsto era exactamente el mismo, pero a la hora de señalizar el recorrido la organización introdujo algunos ligeros cambios). Pasado Trigais, cuando el primer día giramos a la derecha para enfrentarnos a la subida a Sortelha, seguimos hoy hacia el norte en dirección a la cercana localidad de Bendada. Aquí la carretera empieza a remontar un bonito valle adhiriéndose a su ladera este en una subida larga y en ocasiones dura plagada de toboganes que, en función de nuestros gustos, la hacen más llevadera o (desde mi punto de vista personal) aumentan considerablemente nuestro sufrimiento. Dejamos a ambos lados numerosas quintas (o las carreteras que llevan a ellas) hasta que un último repecho nos conduce a lo que parece la cima. Después de un brevísimo descenso y de circular un rato por un coqueto valle donde dejamos una pequeña explotación ganadera a la derecha, subimos otro repecho para adentrarnos entre las casas de A-de-Moura.

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Giramos a la izquierda y nos lanzamos a tumba abierta por una carretera con mucha inclinación que antes de que nos demos cuenta nos lleva a João Antão donde un giro de noventa grados nos muestra que la carreterita de marras guardaba un as en la manga en forma del repecho que nos lleva a Benavente (el de Zamora no, otro). Pasada esta pequeña aldea, ahora sí, coronamos el punto más alto de la ruta a más de novecientos metros sobre el nivel del mar y empezamos un suave descenso que continúa llevándonos en dirección norte, donde ya vemos en lontananza la ciudad de Guarda. Mientras el grueso de los ciclistas continúan la ruta, yo salgo de la carretera principal tratando de ganar altura con intención de tomar alguna foto panorámica decente. Aunque no lo consigo, la parada me sirve para entablar animada conversación con una señora brasileña que habita en uno de los chalés de la zona.

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Volviendo a la carretera, pasamos sobre la autovía (que en este punto se adentra en un corto túnel). La N233 por la que vamos se cruza aquí con la M548, por donde cambiamos bruscamente de dirección, tomando ahora hacia el sur en imparable descenso, no sin antes reponer fuerzas en el último avituallamiento de la semana.

Ya en pleno descenso por impecable asfalto (la ruta coincide a partir de aquí con lo que fue el regreso a Belmonte del recorrido medio del día 4), cruzamos ahora bajo la autovía y nos situamos a media ladera de un valle paralelo a aquel por el que subimos hace unos minutos. Cruzamos fugazmente Aldeia Ruiva y no tan fugazmente Ramela pues, justo en la entrada de esta diminuta localidad, el asfalto se transforma en pavé y el descenso en vertical ascenso, lo que nos hace acordarnos de la familia del ingeniero que trabajó en estas tierras. Pero no fue tan mala gente como parece pues, como premio, al final del repecho encontramos una bonita fuente decorada con azulejos.

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El adoquín vuelve a dar paso al asfalto y cruzamos Aldeia Nova, a la salida de cuyo casco urbano encontramos una sencilla pero bonita iglesia, desde donde la bajada vuelve a ser pronunciada para llevarnos al fondo del valle.

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Después de cruzar el río, llaneamos por su orilla (cambiando de lado varias veces) y atravesamos Benespera, que no pasa desapercibida gracias al llamativo cartel con su nombre que encontramos a la salida del pueblo, delante de un parquecillo con bancos presidido por una fuente. Cruzamos de nuevo bajo la autovía y circulamos unos metros casi bajo ella antes de enfrentarnos a otra buena cuesta, coronada la cual ya todo será descenso hasta Maçainhas, localidad que reconoceremos al ver el tranvía que ya analizamos el día 2. Por la misma carretera por la que llegamos aquel día vamos hoy en dirección a Belmonte. Después de cruzar sobre la autovía seguimos siempre de frente hasta las inmediaciones del casco urbano de Belmonte, desde donde ya solo nos queda subir hasta el castillo para dar por finalizada nuestra participación en la XV Semana Europea de Ciloturismo de la UECT.

Recorrido medio (71 km aprox.):

Alargando un poco el recorrido corto, la ruta intermedia de hoy sale compartiendo recorrido con las rutas de la primera jornada justo hasta el pie de la subida a Sortelha, donde hoy se gira a la izquierda en dirección a Água da Figueira y, pasada esta, a Pena Lobo. Se gira después a la izquierda, en Pousafoles do Bispo, por una carretera que va enlazando un continuo de pequeñas localidades: Monte Novo, Lameiras, Lameiras de Baixo, Aldeia de Santa Madalena, Catraia, Adão, Monte Carreto y Vila Fernando. En esta última localidad giramos hacia el oeste para pedalear en dirección a Guarda por Vila Garcia y Quintãzinha do Mouratão, por las que pasaremos antes de unirnos al recorrido corto en el avituallamiento de Póvoa de São Domingos.

Recorrido largo (117 km aprox.):

El recorrido largo de hoy es un magnífico broche a toda una semana de cicloturismo pues, a la considerable distancia, se suma un exagerado desnivel. Yendo con el recorrido medio hasta Pousafoles do Bispo, seguimos ahora de frente en dirección noreste, casi en línea recta a Castelo Mendo. Pasaremos por pueblecillos como Carvalhal Meão, Monte Margarida, Cerdeira, Parada o Ade antes de llegar a la última de las aldeas históricas que visitaremos. Desde Castelo Mendo regresamos en paralelo a la autovía que va de España a Guarda, por Alto de Leomil hasta Pinzio, donde giramos a la izquierda para ir, por Castanheira, Pousade, Pombal y Albardo, hasta Vila Fernando, donde nos unimos al recorrido intermedio y más tarde al corto para regresar a Belmonte.

 

Las rutas de la séptima y última jornada han sido duras pero, por suerte, somos unos curtidos cicloturistas y hemos regresado a una hora razonable. Tenemos tiempo para darnos una buena ducha y descansar un rato antes de encaminarnos una última vez al largo do castelo (la explanada entre el castillo y la iglesia de Santiago) donde, a las seis y media de la tarde, tiene lugar la ceremonia de clausura. Discursos y agradecimientos varios -en versión trilingüe un poco caótica (salvo que, como en mi caso, se entiendan medianamente bien el inglés, francés y portugués)- por parte de representantes de la UECT, la FFCT, la Federación Portuguesa y las Aldeias Históricas, así como una interminable perorata del Alcalde de Belmonte, ponen fin a una semana intensa. La anécdota la pone el representante de la Federación Francesa quien, en respuesta a la mención del presidente de la Federación Portuguesa al desconocido hecho de que Portugal no tiene solo playas, respondió: «efectivamente, también tiene cuestas… ¡muchas cuestas por todos lados!». En mente nos queda una idea: la invitación a volver a descubrir estas tierras con más calma. Quien esto escribe tiene intención de hacerlo pues, a pesar de haber estado pedaleando por esta región en cuatro o cinco ocasiones, ¡aún me quedan muchas Aldeas Históricas por descubrir!

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Cicloturismo urbano en Vélib’: Un día en bici por París

Provincias: Paris, Seine-Saint-Denis y Val-de-Marne (Francia)

Distancia: 35 km aprox.

Mapa:

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Track: Descargar Paris.gpx

Descripción:

Debo reconocer que, como ciclista provinciano que soy, nunca me entusiasmó la idea de ponerme a pedalear entre el tráfico del centro de una capital de más de dos millones de habitantes. Pero, aunque soy más de campo y carreteras tranquilas (yo, como Unamuno, «intento figurarme parisiense y no me encuentro»), la idea de pasear en bici por la orilla del Sena yendo desde Notre-Dame hasta la Torre Eiffel me atraía y, además, era un asunto que tenía pendiente desde mi primera visita a París hace un par de décadas. Así que, aprovechando que a causa de un potente anticiclón el tráfico de las principales ciudades francesas estuvo restringido a los coches durante varios días, me lancé a la aventura.

Y es que, a diferencia de las rutas que describo habitualmente, lo que vamos a encontrarnos en nuestra excursión de hoy podemos resumirlo con unas pocas frases entresacadas de algunos artículos que, sobre París, escribió un poco amigable Miguel de Unamuno: «¡Ni montaña, ni desierto, ni mar, ni siquiera río, verdadero río! ¡Y por todas partes historia, historia, historia!» «Estamos enjaulados aquí en la ciudad, en la gran ciudad», «no se ve, entre los bulevares y avenidas, otra tierra que la de los jardines, ¡tierra prisionera también! Y arriba el cielo, casi siempre entoldado de nubes lluviosas, enmarcado entre tejados. ¿Es eso cielo?»

Pero lo primero es lo primero: acabamos de aterrizar en París…¿de dónde sacamos una bici sin dejarnos los ahorros en el intento? Una simple mirada a nuestro alrededor nos mostrará que en esta ciudad son extrañamente abundantes las bicicletas de un curioso modelo gris y verde/azul. Se trata del sistema de préstamo de bicicletas de uso compartido Vélib’ (unión de las palabras francesas «bicicleta» y «libertad»: veló liberté). Un servicio instaurado hace ya algunos años que, gracias a su éxito, sufre ampliaciones año tras año. Actualmente, en el centro de París, es difícil que nos encontremos a más de unos pocos pasos de un aparcamiento de estas bicicletas que, además, son de dos tipos: bicicletas normales (verdes) y de pedaleo eléctricamente asistido (azules). A riesgo de parecer un purista que se resiste al progreso, me atrevo a recomendar las bicicletas tradicionales de color verde pues, además de ser más baratas y más abundantes, la orografía de la capital francesa no es nada exigente salvo que nos aventuremos en las zonas más abruptas de Montmartre y nos encabezonemos en no poner pie a tierra. Se trata de bicis robustas y pesadas (van equipadas con todos los complementos: guardabarros, cubrecadena, timbre, cesta de manillar, candado, alumbrado delantero y trasero, cesta de manillar, pata de cabra, cuentakilómetros…) que solo disponen de tres velocidades, pero ruedan bien (salvo las bicis averiadas, obviamente) y se dejan llevar. Respecto al precio, tendremos acceso al servicio durante todo un día por la módica cantidad de cinco euritos de nada, cuantía que se verá multiplicada por tres en caso de querer disponer de bici durante toda una semana. A cambio, el único límite es que tendremos que devolver cada bici en menos de media hora (o, como mínimo, anclarla en un aparcamiento antes de volver a liberarla). En caso de no cumplir este requisito, se nos cobrará un euro por cada media hora extra, mismo extra que nos cobrarán si deseamos probar una bici eléctrica. Podemos contratar el servicio con cualquier tarjeta de crédito, tanto por internet como en los dispositivos que existen junto a casi todos los aparcamientos de Vélib’ (eso sí, nos dejarán bloqueados trescientos euros de donde descontar cualquier abuso cometido hasta que se aseguren de que hemos devuelto todas las bicis correctamente). Una vez registrados y hecho el pago tan solo tendremos que memorizar los dos números de cuatro y ocho cifras respectivamente que nos permitirán desbloquear las bicicletas… et voilá!

Debo decir que, después de seis días de uso intensivo, me pareció que Vélib’ funciona muy bien para un servicio de este tipo. Por supuesto, abundan las bicis averiadas aunque menos de lo que me temía (los usuarios tienen la costumbre de señalar las averías dando la vuelta al sillín de la bici así que basta con evitar las que lo tienen mirando hacia atrás) y la gran mayoría produce algún tipo de ruido al pedalear (lo que molestará a los más tiquismiquis) pero, en general, cumplen su cometido con gran solvencia. Eso sí, al devolver la bici conviene asegurarse de que queda bien anclada pues, en caso contrario, el reloj electrónico del manillar seguirá contando y nuestra factura subirá como la espuma (en una ocasión me encontré una bicicleta mal enganchada que marcaba nada menos que ¡38 horas de uso!). Tanto al desbloquear una bici como al devolverla recibiremos una confirmación por e-mail, pero recomiendo descargarse también la aplicación para el móvil que, además de permitirnos comprobar nuestros préstamos y las distancias recorridas, nos muestra en un mapa todas las estaciones con el número y tipo de bicicletas disponibles, así como el número de plazas de aparcamiento libres, todo ello en tiempo real.

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Una vez solucionado el tema de la bicicleta nos surge otra pregunta. En una ciudad tan grande como París, donde la densidad de monumentos y puntos de interés es increíblemente grande, ¿hacia dónde debemos pedalear una vez a bordo de nuestra montura? En mi opinión, lo mejor es no diseñar la ruta pensando en la bici sino decidir qué queremos visitar y utilizar la bici como sustituto del metro para desplazarnos (personalmente, cuando me veo obligado a meterme bajo tierra para ir de un sitio a otro considero que no conozco una ciudad). La red de carriles-bici es impresionante y rara es la calle que no dispone de uno (los principales están señalizados por carteles blancos y verdes). Los hay de todo tipo: las líneas pintadas en el suelo (frecuentes en calles con mucho tráfico, así que ¡cuidado!), los carriles-bicis separados del tráfico (una maravilla, pero cuidado con los adelantamientos y, sobre todo, con los cruces), e incluso las vías verdes (ya hablaré de ellas más adelante). En París el tráfico es una locura (y debo admitir que los ciclistas no destacan por su exceso de celo cumpliendo las normas) pero cualquiera con un mínimo de destreza al manillar puede arriesgarse a pedalear por sus calles y salir entero. Desde el punto de vista de un «paleto» recién llegado a la ciudad, creo que merece la pena mencionar dos normas de circulación curiosas: 1) en casi todas las calles estrechas de sentido único un cartel diciendo «sauf vélos» bajo la señal de dirección prohibida nos indica que está permitido circular en bici a contrasentido (normalmente hay también pintado un mínimo carril-bici en el suelo pero, si viene un coche, es recomendable quitarse de en medio lo antes posible), y 2) es posible saltarse muchos semáforos en rojo si vamos a girar con la bici a la derecha, siempre que así lo indique una pequeña señal triangular con una bici y una flecha adosada al poste del semáforo en cuestión.

Como yo siempre me baso en alguna ruta predefinida para las descripciones que hago en esta página, en esta ocasión recurrí al libro que, dentro de la serie City Cycling editada para la conocida marca de ropa y complementos ciclistas Rapha, la editorial Thames&Hudson dedicó a París. En esta guía, además de información general de utilidad para el ciclista, se cubren los principales barrios de la ciudad listando los principales puntos de interés de cada uno. Además, en la cara interior desplegable de una de las tapas del libro, se indica una ruta de aproximadamente 35 kilómetros para quienes quieran pasar el día pedaleando por las calles de la ciudad. Esta es la ruta que describiré aquí, con los lógicos desvíos a puntos imprescindibles que quedan fuera del camino principal. Dado que la guía es bastante «hipster» y busca sobre todo bares, restaurantes y tiendas de interés, yo traeré la descripción de vuelta a mi terreno fijándome en cosas que, a mi entender, pueden resultar mucho más atractivas para el cicloturista clásico.

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Sin más, empecemos a pedalear por París tratando de no ser atropellados ni terminar con nuestras bicis bajo las frías aguas del Sena. Este Sena que no es un río; este Sena que es un canal.

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El punto de partida de hoy es el Marché d’Aligre -a mitad de camino entre La Bastilla y la Plaza de la Nación-, una animada plaza de mercado con dos partes bien diferenciadas: la cubierta, un edificio de interesante arquitectura en cuyo interior destacan los puestos de productos alimenticios de todo tipo, y la exterior, donde dicen que abundan los puestos de venta de objetos usados y antigüedades (digo «dicen» porque durante mi visita estos puestos no estaban montados, aunque desconozco si por el horario o por los chubascos que estaban cayendo de vez en cuando). Ya sea en el propio mercado, ya en alguna de las panaderías o bares cercanos, tenemos en esta zona una buena oportunidad de coger fuerzas para la ruta que estamos a punto de iniciar.

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Una vez con los estómagos preparados y con una bici en nuestro poder, comenzamos ya a pedalear por la calle que sale de la plaza por su extremo redondeado -el opuesto al mercado cubierto-, es decir, siguiendo la tranquila Rue Beccaria hasta que, poco después de cruzar el Boulevard Diderot, giramos a la izquierda siguiendo la Rue de Charenton. A través de alguna de las calles que salen a nuestra derecha, pasamos después a la Avenue Daumesnil, avenida que debemos seguir, pero no debemos ignorar el hecho de que acabamos de pasar bajo unos arcos que parecen sostener una de las habituales líneas férreas parisinas… y esto es así solo hasta cierto punto: estas arcadas cuyos bajos acogen tiendas variadas (incluso alguna de bicicletas) sostienen lo que antaño -entre 1859 y 1969- fue una vía de ferrocarril que unía La Bastille con la localidad de Verneuil-l’Étang, pero que hoy en día -desde 1988- se ha convertido en la Coulée verte René-Dumont, un concurrido paseo peatonal de casi cinco kilómetros de longitud también conocido como Promenade Plantée. Merece la pena que aparquemos nuestras bicis por unos minutos y subamos por alguno de los accesos para dar un paseo a pie por esta isla de tranquilidad en medio de la gran urbe.

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Recuperadas nuestras bicis -o tomando prestadas unas nuevas- regresamos a tierra firme para seguir por la Avenue Daumesnil en dirección este, lo que nos permite pasar junto al ayuntamiento del decimosegundo distrito de París, un bonito edificio que, construido por el arquitecto Antoine-Julien Hénard en el siglo XIX, dejamos a nuestra derecha.

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Nosotros en cambio nos desviamos hacia el otro lado de la Avenida, por la Rue Brahms, para enlazar con el tramo de la Coulée Verte accesible a los ciclistas: una auténtica vía verde en pleno París que nos debería permitir circular sin mayor novedad hasta el Boulevard Périphérique de la ciudad. Sin embargo, después de un breve tramo de Coulée Verte abierto a ciclistas, algunas señales me hacen dudar de que lo siga siendo más adelante, por lo que decido apartarme de los consejos de la guía para regresar a la Avenue Daumesnil y poder visitar un lugar que ya conozco de otras visitas anteriores: el Palais de la Porte Dorée, un magnífico edificio art déco construido para la Exposición Colonial Internacional de 1931 que actualmente alberga el museo de Historia de la Inmigración junto a un interesante acuario tropical que bien merece una visita.

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Frente al palacio, casi sin darnos cuenta, pasamos al otro lado del Boulevard Périphérique para toparnos con un bucólico lago lleno de patos y cisnes. Se trata del lago Daumesnil, puerta de entrada al bosque de Vincennes, parque que, con su casi un millar de hectáreas de extensión, constituye la mayor zona verde de la capital francesa. Si estamos en la época del año adecuada podremos aquí alquilar una barca para navegar por las tranquilas aguas del lago y, si es invierno, tendremos que conformarnos con explorar sus dos islas a las que es posible acceder por puentes. Dejo que cada cual recorra el parque a su antojo y disfrute a su gusto de este extenso antiguo cazadero de los reyes de Francia e, incluso, que se acerque a la vecina localidad de Vincennes a visitar su magnífico castillo. Por mi parte, yo -y quien desee continuar acompañándome- continúo la ruta rodeando el lago por su cara sur y, esquivando niños en ponnies por los concurridos paseos del parque, llego hasta el histórico estadio del Vélódrome Jacques Anquetil, construido como pista para ciclismo allá por 1894, que fue sede de los juegos olímpicos del año 1900 -además de acoger varias pruebas de los de 1924- y que fue línea de meta de las etapas finales del Tour de Francia entre los años 1968 y 1974 (ediciones casi todas ellas ganadas por Eddy Merckx, por cierto).

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Por el lado donde el velódromo tiene su puerta principal llegamos a la Avenue de Gravelle, que tomamos en dirección oeste de vuelta al centro de la ciudad. Con solo cruzar esta calle, por cierto, nos saldríamos del departamento de París y pasaríamos a otro de los que componen la región de Île-de-France: Val-de-Marne, que recibe su nombre del río tributario del Sena que cede sus aguas a éste poco más al sur de donde nos encontramos en estos momentos.

Continuamos por tanto por la Avenue de Gravelle hasta regresar de nuevo al interior del anillo delimitado por el Boulevard Périphérique. Seguimos de frente hacia la Porte de Charenton dejando a la izquierda el cementerio de Valmy. Continuamos por la Rue de Charenton y algo más adelante, siguiendo el trazado de las vías férreas que vemos a nuestra izquierda, tomamos la Rue Coriolis por donde, permítaseme el pésimo chiste, giramos en contrasentido hasta el primer cruce, donde nos adentramos en el túnel con carril-bici que cruza bajo las vías. Salimos al exterior al otro lado en el barrio de Bercy, concretamente en la plaza Lachambeaudie, que se abre en torno a la iglesia de Notre-Dame-de-la-Nativité. Esta iglesia, de interesante fachada clásica, data originariamente del siglo XVII, aunque ha sido destruida y reconstruida muchas veces a lo largo de su historia. Frente a la iglesia no es extraño encontrar un pequeño mercadillo de objetos diversos y hay también en la zona algunos locales de comida rápida por si necesitamos reponer fuerzas.

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Siguiendo recto pasamos sobre el Parc de Bercy, un pequeño parque -de «sólo» 14 hectáreas- construido a finales del siglo pasado como proyecto personal del entonces Presidente de la República, François Miterrand. Al otro lado del parque debemos pasar por un amplio puente (Pont de Tolbiac) que nos permite llegar a la otra orilla nada más y nada menos que del río Sena. Nos detenemos a observarlo desde la gran escalinata con aspecto de grada que vemos nada más alcanzar la orilla sur. Nos encontramos en la Biblioteca Nacional de Francia, donde se conserva una copia de todos los libros que se publican en el país (aunque la institución se creó en el siglo XV, este edificio fue construido a finales del siglo XX bajo el mandato de Miterrand, de quien toma su nombre). Mirando el Sena desde las escalinatas llama nuestra atención la piscina flotante Joséphine Baker, que permanece amarrada en la orilla sur, y el estadio AccorHotels Arena que, en la orilla de Bercy, acoge los principales acontecimientos deportivos y musicales de Francia.

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Nuestra ruta continúa ahora siguiendo el curso del Sena. Seguimos para ello el cómodo carril-bici de doble sentido que discurre a la izquierda de la avenida, y nos mantiene separado del tráfico de esta (aunque no perdamos de vista que algún coche puede cruzar el carril-bici y la acera para acceder a los edificios). A la derecha dejamos la Ciudad de la Moda y del Diseño, que reconoceremos por el curioso edificio del club Wanderlust.

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No tardamos en dejar a la derecha el puente Charles de Gaulle y aparece ante nosotros el bonito viaducto de Austerlitz, que permite a los trenes acceder directamente al edificio de la estación del mismo nombre después de salvar el Sena (el viaducto metálico se construyó durante la primera década del siglo XX, penetrando directamente en el vestíbulo del edificio del siglo anterior). Inmediatamente detrás del viaducto se encuentra el verdadero puente de Austerlitz -que en este caso es de piedra y de la primera década del XIX-, uno de los protagonistas de Los Miserables de Victor Hugo.

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Es interesante recordar que, entre 1815 y 1850, el puente de Austerlitz se llamó Puente del Jardín del Rey. El motivo no es otro que el hecho de que frente a él, en la orilla izquierda del Sena, se encuentra el Real Jardín de las Plantas Medicinales (o, simplemente, Jardin des Plantes), jardín botánico fundado en el segundo cuarto del siglo XVII. No debemos pasar de largo por este punto sino que, dejando nuestra Vélib’ en el cómodo aparcamiento situado frente a la entrada del parque, recomiendo dedicar un rato a pasear a pie por el jardín que, mitad de estilo francés y mitad a la inglesa, alberga en su interior numerosos invernaderos, un zoo (la Casa de las Fieras o Ménagerie, fundado en 1794) , un par de laberintos, el Museo de Historia Natural de París y otros muchos edificios impresionantes que no voy a ponerme a describir aquí para que cada cual pueda explorar por su cuenta.

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Después del relajante paseo, retomamos las bicicletas y seguimos por la orilla del Sena, en esta ocasión por la orilla misma de los muelles, a través de la animada zona ajardinada que separa el río de la transitada avenida superior.

No tardamos en ver a nuestra derecha una cuña de tierra que se clava en las aguas dividiendo el Sena en dos. Se trata del extremo occidental de la Isla de San Luis (espero no tener que decir que el tal San Luis fue rey de Francia en el siglo XIII). Nuestra ruta sube aquí de nuevo hasta la avenida, justo en el cruce con el puente de Sully. Si no queremos pelearnos con el intenso tráfico tenemos la posibilidad de cruzar el puente del siglo XIX para circular por las tranquilas calles de la isla y pasar después a la Île de la Cité hasta Notre-Dame, pero si decidimos seguir por la orilla sur del Sena deberemos integrarnos al tráfico utilizando para ello el angosto carril-bici pintado en el suelo (creo que están construyendo uno más amplio, pero yo lo encontré aún en obras, lo que estrechaba aún más el existente). A nuestra derecha la isla de San Luis deja paso a la de la Cité y vemos ya la inconfundible construcción gótica de Notre-Dame. Llegamos a un puente saturado de turistas y…

Vale, quizás un cruce en obras saturado de coches y peatones no sea el mejor sitio para detenernos, pero aprovechando que en realidad estamos todos frente a un ordenador o un teléfono móvil, voy a permitirme el lujo de hacer aquí una pausa en nuestra ruta. Como ya dije al principio, esto no es más que una ruta al azar entre la inagotable variedad de recorridos que podríamos hacer por la capital de Francia. Sin duda en esta ciudad hay sitio para todo menos para el aburrimiento y vayamos donde vayamos encontraremos algo digno de ver, ya sea por su interés artístico o, simplemente, histórico. Por eso, aunque en breve continuaremos nuestro recorrido, no debemos pasar por alto que, desde el punto donde nos hemos detenido, tenemos todo un mundo de posibilidades turísticas a nuestro alcance. Parafraseando de nuevo a Miguel de Unamuno: «¡Ay! ¡Este empacho de civilización! ¡Y pisar siempre en losa, en encachado! ¡Pisar siempre en historia!«.

Sin ir más lejos, al otro lado del puente que tenemos a la derecha, se halla la mítica catedral parisina de Notre-Dame, que viene acumulando en sus muros y torres más y más historia cada día transcurrido desde comenzó a ser construida en el lejano siglo XII (y el lamentable incendio que sufrió un par de meses después de mi visita, a pesar de destruir parte de esa historia, no deja de ser parte de la misma). Frente a ella, una cripta arqueológica nos permite explorar la más remota historia de la ciudad. En la misma isla encontramos también un animado mercado de flores y pájaros y, a pocos metros y escondida entre los juzgados de la ciudad, la indescriptible Sainte-Chapelle, joya del gótico radiante mandada construir por el mencionado rey San Luis como relicario privado a mediados del siglo XIII.

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Más allá del río, en su orilla norte, encontramos el Hôtel de Ville, magnífica construcción de estilo renacentista que alberga el Ayuntamiento de París y preside una amplia y animada plaza. Algo más allá se encuentra el Centro Georges Pompidou donde es imprescindible ir ya sea por las obras de arte que alberga o por las impresionantes vistas que hay desde su última planta. En la misma zona, innumerables edificios y lugares de interés que sería inútil tratar de detallar, aunque no puedo pasar por alto la Torre de Santiago, campanario gótico flamígero del siglo XVI desde donde durante siglos han partido miles de peregrinos jacobeos.

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Regresando al sur del Sena (o Rive Gauche) la cosa se complica. No debemos dejar de visitar la enorme iglesia de San Sulpicio (siglos XVII-XIX) aunque sólo sea para ver las pinturas de Delacroix o el curioso instrumento astronómico denominado gnomon (aunque su funcionamiento se haya visto dañado por un incendio apenas unas semanas después de mi visita). Pasando por la mítica universidad de La Sorbona (una de las más antiguas del mundo) llegaremos al espectacular Panteón neoclásico del siglo XVIII, en cuya cripta se hallan sepultados los más importantes franceses de la historia (además debemos fijarnos en el pendulo de Foucault que cuelga de su inmensa cúpula). Tras su majestuosidad pasa casi desapercibida la iglesia de Saint-Étienne-du-Mont (San Esteban del Monte suena más vulgar que el original francés) de los siglos XV-XVII y mezcla de estilos gótico flamígero y renacentista (la reconoceremos de Medianoche en París, de Woody Allen). Frente al Panteón, siguiendo una amplia avenida con vistas a la Torre Eiffel, llegaremos a los Jardines de Luxemburgo, parque construido por la reina regente María de Medici en el siglo XVII en la parte trasera del palacio del mismo nombre, actualmente Senado de Francia. También aquí es tarea imposible describir todo lo que encontraremos en nuestro deambular por la zona (visita obligada es también el museo medieval de Cluny), por lo que me limitaré a recomendar mantener siempre los ojos bien abiertos pues París no dejará de sorprendernos.

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Antes de volver a nuestra excursión, no debemos olvidar que de seguir el curso del Sena por su orilla izquierda pasaríamos junto al imprescindible Museo de Orsay (antigua estación de tren) y cerca del hospital militar napoleónico de Los Invalidos para llegar hasta la visita obligada: la Torre Eiffel. En la misma zona, al otro lado del río, no debemos dejar de pedalear también hasta el Arco del Triunfo que corona la avenida de los Campos Elíseos. Si somos ciclistas de fondo podemos también hacer una excursión a la moderna zona empresarial de La Défense.

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Pero volvamos a las proximidades de Notre-Dame, al punto donde detuvimos una excursión que ya es hora de retomar.

Pocos metros más adelante de donde nos hemos detenido está la legendaria librería Shakespeare and Company, por la que pasaron todos los que fueron alguien en el mundillo literario de la primera mitad del siglo XX, cuando París era una fiesta (aunque ya no se encuentra en su emplazamiento original, el local sigue conservando su encanto). Tras la librería, a pocos metros, no debemos dejar de visitar la iglesia de rito melkita griego de San Julián el Pobre, una de las más antiguas de París (románica del siglo XIII).

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Continuando por la populosa orilla del Sena pasamos junto a los puestos de los Bouquinistes, libreros de viejo entre cuyas existencias aún es posible encontrar cosas interesantes (a pesar de su reciente enfoque hacia el turismo masivo). A nuestra izquierda nace el Boulevard Saint-Michel junto a la fuente del mismo nombre con una escultura monumental del arcángel (1860). A nuestra derecha, las aguas del Sena vuelven a reunirse en el extremo occidental de la île-de-la Cité, vigilada por la estatua ecuestre de Enrique IV. Llegamos así al edificio que alberga el Instituto de Francia, que desde 1795 agrupa las cinco grandes Academias del país (la Francesa, la de Inscripciones y Lenguas Antiguas, la de Ciencias, la de Bellas Artes, y la de Ciencias Morales y Políticas). Frente a él, un puente peatonal que responde al sugerente nombre de Puente de las Artes nos permite cruzar el Sena con preciosas vistas a ambos lados a pesar de los candados que saturan sus barandillas (además del peso extra que eso supone para el puente, lo que pone en peligro su integridad y la de quienes lo cruzan, la tradición de que los enamorados lancen las llaves al río supone un grave atentado ambiental así que, por favor, dejad de hacer estupideces por muy enamorados que estéis).

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Al otro lado del puente encontramos directamente el inmenso palacio del Louvre, museo del que creo no tener que decir que sería imperdonable pasar de largo sin entrar a admirar las principales obras de arte  del mundo que se hallan expuestas en su interior (y no solo La Gioconda que, de hecho, nos costará ver detrás de la multitud de gente haciéndose selfies). Se trata de un castillo medieval que Francisco I transformó (en realidad fue el arquitecto Lescot quien lo hizo a partir de 1546) en gran palacio renacentista al regresar a Francia tras estar prisionero en España. La puerta que se encuentra alineada con el Pont des Arts nos da acceso directo al Cour Carrée, el gran patio del palacio, de bellas fachadas renacentistas alrededor de una fuente central (que no pude ver por las obras que se estaban realizando en el momento de mi visita pero que recuerdo de visitas anteriores). Obviamente, debemos respectar las señales que impiden pasar al recinto montando en bicicleta por lo que debemos pasar sin nuestras monturas o, al menos, desmontar antes de pasar al Cour Carrée (aunque pocos meses después de mi visita, el Tour de Francia rindió homenaje al museo atravesando por este patio -ya sin obras- durante la etapa final y ¡ellos no se apearon de las bicicletas!).

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Pasando por los arcos centrales de la fachada de nuestra izquierda damos directamente  a la escalinata que se abre a la gran explanada que, protegida por sendas alas del palacio, tiene en su centro las famosas pirámides que, desde 1989 sirven de puerta de entrada al museo y cubren el gran recibidor subterráneo del mismo. Al otro lado de estas estructuras de metal y vidrio, y salvando la transitada calle que rodea la tercera pirámide (invertida en este caso), encontramos el arco de triunfo del Carrousel construido por encargo de Napoleón en 1806 para conmemorar sus victorias. Tras él se abren los jardines de Las Tullerías, que ocupan el lugar donde estuvo el palacio real de París hasta que sucumbió a las llamas tras ser incendiado en 1871 durante el gobierno de la Comuna de París. Al otro lado de los jardines (en los que, por cierto, están prohibidas las bicis) vemos alineados el obelisco de la plaza de la Concordia, los Champs-Élysées el Arco de Triunfo (el de l’Etoile, para diferenciarlo del Carrousel) y, si tenemos buena vista, el arco/rascacielos de La Défense. Ligeramente a la izquierda nos vigila, como es habitual en casi todo París, la imperturbable Torre Eiffel.

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Retrocedemos unos metros para regresar a la pirámide y salimos del recinto del Louvre por la puerta -passage Richelieu- que se abre, hacia el norte, a la pija Rue de Rivoli, alejándonos ya definitivamente del gran Sena.

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Al otro lado del Passage Richelieu salimos, como ya dije, a la turística rue Rivoli pero, en lugar de sus característicos soportales, encontramos aquí una pequeña plaza que separa esta calle de la paralela rue Saint-Honoré. Al otro lado de la cual vemos el edificio que alberga el Consejo de Estado francés. En realidad se trata del Palacio Real (otro palacio real) mandado construir por el archiconocido Cardenal Richelieu en el siglo XVII. Además de los diversos usos que se dan hoy al edificio palaciego, los jardines del mismo son hoy un recogido y coqueto parque público.

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Rodeamos el palacio por la derecha siguiendo la rue de Valois. Aparte de alguna placa que nos recuerda antiguos usos de los edificios (aquí tuvo su teatro en el siglo XVII Jean Eugéne Robert-Houdin, pionero del ilusionismo moderno) la calle podría parecer anodina e incluso un poco cutre pero solo tenemos que fijarnos un poco para ver que los nombres que aparecen en las puertas no nos son totalmente desconocidos: Stella McCartney, Jean-Paul Gaultier…

Dejamos ya atrás el Palacio Real y pedaleamos por la rue Vivienne, nombre que también recibe la galería comercial que dejamos a nuestra derecha, un buen ejemplo de las interesantes galerías comerciales cubiertas que podemos encontrar por todo París (los precursores Belle Époque de los actuales centros comerciales).

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De repente, a nuestra derecha nos sorprende un espectacular peristilo de estilo corintio. Se trata de la fachada del Palais Brongniart, construido en los primeros años del siglo XIX para la Bolsa de París, aunque en la actualidad es una especie de palacio de congresos y exposiciones. Como curiosidad, decir que las mujeres tuvieron prohibida la entrada a este edificio hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XX. Pasado el palacio, giramos a la derecha por la rue Feydeau sin dejar de prestar atención a los pequeños detalles que nos esperan en cada rincón de París.

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Al final de la calle giramos a la izquierda por la rue Montmartre y al poco cruzamos un ancho bulevar. Pocos metros a nuestra izquierda podemos visitar el conocido Teatro de Variedades y, justo frente a él, el mítico Museo Grévin donde el mago del cine Georges Melies hizo sus primeros pinitos como ilusionista. Saliendo de nuestra ruta en esta misma dirección podríamos (y deberíamos) también visitar el bello edificio de la Ópera de Garnier y el impresionante templo neoclásico de La Madeleine.

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Retomando nuestro paseo, nuestra ruta nos llevaría desde donde estamos a la derecha por Cité Bergère para tomar más adelante la rue de Trévise. Sin embargo, la calle actualmente se encuentra cortada por la reciente explosión ocasionada por un escape de gas en una panadería (los destrozos son aún claramente visibles en toda la zona), por lo que lo mejor es que en su lugar tomemos la rue Geoffroy-Marie que nos llevará directamente a la fachada art déco del cabaré Folies Bergère, inaugurado en 1869 e inmortalizado, entre otros, por las pinturas de Manet.

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Retomamos aquí la rue de Trévise que seguimos en dirección norte hasta que acaba desembocando en la rue la Fayette. A pocos metros a la derecha queda el tranquilo parque Montholon, hasta donde pedaleamos para tomar después, en su esquina noroeste, la rue Mayran y después subir por la rue de Rochechouart en dirección norte. Seguimos incondicionalmente por esta larga calle mientras nos da la sensación de que nuestra Vélib’ se hace cada vez más pesada, pues hemos abandonado ya la plana orografía de las orillas del Sena para ganar altura en dirección a Montmartre.

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Para romper la monotonía y dureza del ascenso, no debemos pasar la oportunidad de acercarnos a la zona de Pigalle, concretamente al Boulevard de Clichy para ver el mundialmente conocido club nocturno Moulin Rouge. Y, antes de terminar de alcanzar el punto más alto de nuestra subida por la rue de Clignancourt, aconsejo también hace un ascenso extra para explorar (a pie, eso sí) las empinadas callejuelas del barrio de Montmartre y respirar su famoso aire bohemio, que alcanza su máxima expresión en torno a la Place du Tertre y su mayor altura (y sus mejores vistas) en la basílica neobizantina del Sacre-Coeur. Visita obligada es también el molino de viento de La Galette, inmortalizado en la obra de los mejores artistas del París de los siglos XIX y XX.

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Tras nuestra expedición montemarciana, regresamos a la rue de Clignancourt, donde continuamos nuestra ruta ahora en descenso para penetrar en lo que, en contraste con la saturación turística que hemos vivido hasta ahora, nos parecerá el auténtico París, con gente que hace vida normal comprando en tiendas normales y donde incluso nos sentiremos extraños si paramos a tomar una foto.

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La calle que seguimos desemboca finalmente en el Boulevard Ornano, que tomamos a la izquierda para dirigirnos hacia la Porte de Clignancourt. El objetivo de venir aquí es visitar el concurrido Marché aux Puces (mercado de las pulgas), un mercadillo enorme en cuyos puestos se vende prácticamente de todo y, fuera de los puestos, también (pero en este caso seguramente todo sea robado). El mercadillo se extiende a ambos lados del Boulevard Périphérique y la zona más interesante son las calles y galerías cubiertas al norte de dicho bulevar, ya en el departamento de Seine-Saint-Denis, donde encontraremos en venta todo tipo de muebles y antigüedades. Siguiendo los consejos de nuestra guía de París en bici (aunque recomiendo que a la zona del mercadillo vengamos sin bici), podemos aprovechar para reponer fuerzas en alguno de los puestos de comida que también abundan aquí.

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Regresamos por donde hemos venido (cogiendo una nueva bici por el camino) hasta cruzarnos con la rue de Simplon, calle que tomamos hacia la izquierda hasta que acaba, punto en el que giramos a la derecha por la rue des Poissonniers y, algo más adelante, de nuevo a la izquierda por la rue Ordener. Pasamos por un viaducto sobre numerosas vías de tren, al otro lado de las cuales seguimos recto por la rue Riquet en la que, de nuevo, pasamos sobre más vías férreas que se dirigen al norte. Tras cruzar una ancha avenida (no olvidemos aquí girarnos para admirar los edificios conocidos como «los órganos de Flanders», construidos en los años 70 del siglo XX por el arquitecto Martin van Trek y cuyas cuatro torres reciben los musicales nombres de Preludio, Fuga, Cantata y Sonata), la calle gira en ligero ángulo para llevarnos finalmente hasta las mansas aguas del Canal de Saint-Martin.

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Comenzamos a pedalear por el carril-bici que sigue el canal hacia el noreste y llegamos a una plazuela presidida por un quiosco para espectáculos y por una iglesia neoclásica del siglo XIX con doble consagración: Santiago y San Cristóbal. Seguimos por la orilla del canal de Saint-Martin, pero pronto otro santo canalizado nos lo impide: se trata del canal de Saint-Denis, que habremos de seguir durante unos metros hasta encontrar un puente que nos permita salvarlo. Una vez hecho esto nos topamos con un inmenso edificio en medio de un parque no menos grande. Estamos en el parque de La Villette y lo que tenemos ante nosotros es la Ciudad de las Ciencias y la Industria, un gran espacio dedicado a la difusión del conocimiento científico y tecnológico donde, aunque sea por fuera, no debemos dejar de visitar la llamativa geoda (un cine) y el submarino que se encuentra «aparcado» a su lado.

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Siguiendo el canal (por un carril-bici construido peligrosamente cerca del desprotegido borde del agua), no tenemos más que llegar hasta el puente peatonal que nos permite cruzarlo y regresar por la orilla opuesta. Una vez al otro lado no debemos dejar de buscar las desproporcionadas piezas de bicicleta que conforman La Bicyclette ensevelie (La bicicleta sepultada) obra  de los artistas Claes Oldenburg y Coosje Van Bruggen (1990) que simula una bicicleta de magníficas proporciones semienterrada. Aquí y allá sobresalen una rueda, un pedal, medio manillar… En esta zona del parque podemos ver también otras curiosas piezas artísticas y, por supuesto, se encuentran también la Ciudad de la Música y el Conservatorio de Música de París.

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Continuamos siguiendo el canal ahora en dirección suroeste por un carril-bici sin mayores complicaciones que tener que esquivar a los otros ciclistas y algún que otro corredor (y las omnipresentes obras que cortan algún tramo del carril-bici). Más adelante el canal se desvía ligeramente a la izquierda y pierde su carril-bici, por lo que nos vemos obligados a cruzar al lado opuesto y seguir por la calle Quay de Valmy, paralela al canal. Aquí las aguas comienzan a perder la altitud que las separa del Sena gracias a las pequeñas compuertas que encontramos cada pocos metros.

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Una vez más el canal gira un poco hacia la izquierda, y nosotros seguimos por la misma calle paralela. Cada poco, un puente peatonal exageradamente elevado permite cruzar al otro lado del canal y abundan las pasarelas flotantes sobre las aguas. En una de ellas reconocemos el lugar donde Amélie Poulain (encarnada por la actriz Audrey Tautou) lanzaba piedras al canal tratando de hacerlas rebotar. Inmediatamente detrás de este, en otro puente abierto al tráfico, cruzamos el canal y nos separamos definitivamente de él siguiendo la rue du Faubourg du Temple. Dada la estrechez de la calle ascendente, el hecho de que vayamos en contrasentido y las obras -cómo no-, quizás sea buena idea aquí abandonar la bicicleta y dar un paseo recorriendo con calma esta popular y animada calle abundante en tiendas de todo tipo.

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No muy lejos, al cruzar un bulevar más amplio, es hora de conseguirnos una nueva bici, pues tenemos a nuestra disposición el carril-bici que sigue el Boulevard de Belleville y que tomaremos en dirección sudeste (hacia nuestra derecha). De nuevo, aquí tampoco podían faltar las obras, por lo que con frecuencia nos veremos obligados a invadir la calzada antes de poder regresar al carril-bici.

Desde este mismo bulevar, que más adelante recibe el nombre de Ménilmontant, cuando estemos pasando a la altura del cementerio de Père-Lachaise (que queda a nuestra izquierda y donde se hallan enterrados algunos de los más famosos parisinos que no merecieron un lugar en el Panteón, desde Honoré de Balzac al americano Jim Morrison), debemos tomar a nuestra derecha la rue de la Roquette para llegar a la plaza dedicada a la memoria de Léon Blum donde enfilamos ahora, de frente, la Avenue Ledru-Rollin desde donde tomamos finalmente, a la derecha, la rue de Charonne. En esta calle en curva nos deja nuestra ruta de hoy (el libro que estoy siguiendo continúa fiel a su línea y termina la ruta en un bar). Estamos muy cerca de la plaza de La Bastille y a pocos metros del lugar donde iniciamos nuestra aventura de hoy. Con tan sólo llegar al final de la rue de Charonne, girar a la izquierda por Faubourg-Saint-Antoine y una vez más a la derecha por la rue de Cotte habremos llegado de nuevo a la Place d’Aligre, cerrando con ello el círculo.

Sin más, acabamos aquí nuestra excursión parisina que nos ha permitido descubrir una manera alternativa y muy divertida de explorar la Ciudad de la Luz. «Y ahora a seguir soñando…»

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El Duero más sabroso: Ecopista del Sabor

Provincia: Bragança y Guarda (Portugal)

Distancia: 105 km aprox.

Mapa:

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Descripción:

Existen muchos tipos de fronteras entre países. En los mejores casos, las naciones limítrofes se limitan a colocar una línea de mojones, señales o marcas entre sus respectivos territorios, o solventan la papeleta colocando un puñado de policías malencarados en las principales vías de comunicación entre ambas. Más se lo curran los que levantan una alta valla y la decoran con afiladas concertinas para disuadir a sus vecinos de asomar sus curiosas naricillas al otro lado. Los hay también de los que sustituyen la malla metálica de la valla por un sólido muro de hormigón para tentar a Banksy a que se lo decore gratuitamente, o incluso algún optimista embaucador que sueña con que su vecino pague la factura de la construcción de dicho muro. Pero, que se sepa, nadie ha alcanzado el nivel ibérico donde, para separar España de Portugal se excavó un profundo foso que alcanza varios cientos de metros de profundidad durante la mayor parte de su extensión. El sufrido trabajador que lleva milenios excavando el duro granito responde al nombre de Duero -o Douro- y, en este tramo fronterizo, además de su ocupación como picapedrero es también el encargado de suministrar gran parte de la energía eléctrica que consumen ambos países.

Así, entre embalse y embalse (Miranda, Picote, Bemposta, Aldeadávila y Saucelle), las aguas del Duero sirven de frontera hispano-portuguesa en los ciento veinte kilómetros  largos que separan la presa del embalse de Castro (en Zamora) del muelle de Vega de Terrón (en Salamanca) y, algunos kilómetros al oeste, un desconocido río de atractivo nombre -el Sabor- le acompaña en su viaje hasta terminar uniéndose a él ya bien dentro del territorio portugués.

Entre ambos ríos, una vía férrea abandonada está siendo -tramo a tramo- transformada en vía verde o, como gustan de llamarlas nuestros vecinos portugueses, en ecopista. Bienvenidos a la Ecopista do Sabor.

Pero, antes de decir nada más, cedamos la palabra al gran José Saramago para que nos haga su presentación de la línea cuando estaba en funcionamiento:

«Esta linha férrea que vai ao lado da estrada parece de brincadeira, ou restos de solene antiguidade. O viajante, cujo sonho de infância foi ser maquinista de caminhos de ferro, desconfia que a locomotiva e as carruagens são desse tempo, objetos de museu a que o vento que vem dos montes não consegue sacudir as teias de aranha. Esta linha é a do Sabor, do nome do rio que se torce e retorce para alcançar o Douro, mas onde esteja o gosto da traquitana, isso não descobre o viajante».

Y dejemos también que Julio Llamazares nos hable de la línea, esta vez después de su cierre:

«Era la línea del tren que venía de Miranda y que seguía hacia Mogadouro y hacia Torre de Moncorvo. La Sabor, como aún la llaman la gente de estas aldeas. Aunque hoy nadie viaja ya en sus trenes de juguete. La línea cerró hace años y sólo quedan las vías. Y un letrero que aún advierte al pie de la carretera: Atención a los convoyes. Pare, escuche, mire.»

La Linha do Sabor (línea del Sabor), como era conocida esta ruta ferroviaria, fue planeada en el siglo XIX para conectar la aislada región de Miranda do Douro, en el noreste portugués, con la línea del Duero, que acababa de abrirse y que conectaba la aldea de Pocinho con España por un lado y con los puertos de la costa atlántica por el otro. El primer tramo, el más cercano a la estación de Pocinho (que incluía un gran puente sobre el río Duero), fue inaugurado en 1911, pero no fue hasta 1938 cuando entró en funcionamiento el resto de la línea que, atravesando la meseta mirandesa, llegaba casi hasta su ciudad más importante -la propia Miranda-, con la estación final en la pequeña localidad de Duas Igrejas. Así, durante medio siglo esta conexión ferroviaria -de ancho métrico- permitió explotar comercialmente los grandes recursos naturales de la región -agrícolas, ganaderos y, sobre todo, mineros- hasta que, en el transcurso de una década negra para las conexiones ferroviarias de esta región transfronteriza, la línea del Sabor fue clausurada definitivamente en 1988.

Ya en la segunda década del siglo XXI, y tras varios rumores desmentidos de reapertura, se inició el desmantelamiento de los raíles y la construcción sobre la plataforma ferroviaria de una ecopista que en un futuro no muy lejano permitirá recorrer a pie o en bicicleta los más de cien kilómetros que separan el río Duero a su paso por la estación de Pocinho (aún operativa) de la aldea de Duas Igrejas, en las cercanías de Miranda do Douro. Por el momento solo han sido abiertos al público dos tramos: unos treinta y cinco kilómetros desde el comienzo de la línea, en Pocinho, hasta los alrededores de la localidad de Carviçais, y la última docena de kilómetros de la línea, entre las estaciones de Sendim y Duas Igrejas. Así que, en espera de que abran más tramos y como dijo un famoso carnicero de nombre Juanito, vayamos por partes:

TRAMO POCINHO – CARVIÇAIS

Distancia: 35 km aprox.

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Aunque esta ecopista discurre íntegramente por el distrito de Bragança, vamos a comenzar nuestra excursión en el de Guarda, en la pequeña localidad de Pocinho, donde muere la vieja vía de tren aún activa (pero poco) que remonta el curso del Duero desde Oporto.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que esta pequeña aldea fue un núcleo ferroviario relativamente importante pues no solo los trenes llegados de la costa portuguesa continuaban camino hacia España para enlazar con el eje París-Lisboa, sino que de aquí partía también nuestra línea del Sabor en dirección a Miranda. Sin embargo, hoy en día la estación de tren es un conjunto de construcciones abandonadas o semiabandonadas que solo de vez en cuando reciben la visita de algún convoy despistado.

Unos minutos deambulando por la zona de la estación de Pocinho nos permitirán localizar también un pequeño restaurante y, lo más interesante para nosotros, la antiguas vías que se dirigen hacia el ruinoso puente que cruza el Duero. Nos encontramos en el punto de inicio de la antigua Linha so Sabor pero, debido al lamentable estado del puente ferroviario, para alcanzar la ecopista debemos dar antes un pequeño rodeo para cruzar el río.

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Dejando atrás la estación de Pocinho -frente al que vemos el curioso complejo del Centro de Alto Rendimiento que acoge los entrenamientos de los equipos portugueses de remo- nos dirigimos hacia la cercana presa que nos permitirá cruzar el Duero. A la derecha dejamos también un cartel que nos anuncia la cercanía de un lugar que no debemos dejar de visitar cuando tengamos ocasión: los grabados rupestres prehistóricos del Valle del Côa que, situados en la zona de la desembocadura de dicho río en el Duero, forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO junto a los cercanos grabados de Siega Verde (junto al cauce del río Agueda, en Salamanca).

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Cruzamos por tanto el Duero/Douro por la presa del embalse de Pocinho, inaugurada en 1983. No debemos de pasar de largo sin reparar en un pequeño detalle que observamos en el extremo del muro de la presa, junto al margen derecho del río: la gigantesca esclusa que permite, junto a las otras cuatro que existen aguas abajo, que el río Duero sea navegable en todo el territorio portugués, ayudando a los barcos a salvar los 22 metros de desnivel que tiene la presa. Si somos afortunados podremos ver utilizarla a algunos de los barcos turísticos que con frecuencia recorren el río.

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Una vez en la orilla norte (la de Bragança) del Duero continuamos por la carretera hasta que, apenas unos metros más adelante, vemos a la izquierda el desvío hacia la vieja carretera, donde ya está indicado cómo llegar a la ecopista. Esta, de hecho, comienza justo donde acaba el destrozado puente ferroviario que viene de Pocinho, el acceso al cual -muy sabiamente- está prohibido. Ignoro si está previsto recuperar el puente para la ecopista. Después de un último vistazo a Pocinho, del que tenemos desde aquí una vista panorámica al otro lado del río, comenzamos ya nuestra excursión.

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El firme de tierra compactada de este tramo de ecopista está inmaculado. El motivo no es otro que el simple hecho de que, cuando yo lo recorrí, llevaba poco más de dos meses abierto al público. Basándome en lo que vi más adelante, mucho me temo que durará poco tiempo así.

Los primeros metros -después de dejar a la izquierda la abandonada construcción que vigilaba el acceso al puente- transcurren pasando bajo sendos viaductos. Primero bajo el camino que lleva a la central eléctrica asociada a la presa de Pocinho (que queda a nuestra izquierda) y, casi de inmediato, bajo la carretera IP2 que va aquí pegada a la orilla del río. Por cierto, que el paso bajo esta carretera es también utilizado por un ganadero local para refugiar su rebaño del intenso sol estival por lo que no nos extrañemos si, a nuestro paso, varias decenas de ovejas arrancan a correr asustadas de golpe.

A continuación la ecopista comienza ya su ascenso. Por suerte, al estar construida sobre un antiguo trazado ferroviario, las pendientes son siempre suaves y, aunque la subida es considerable, es muy llevadera y con estar en un estado de forma medianamente aceptable apenas si notaremos que estamos subiendo. Las magníficas vistas que se abren a nuestra izquierda nos ayudarán también a subir sin esfuerzo.

Subimos sin prisa pero sin pausa por un trazado construido directamente sobre la ladera con algunos mínimos refuerzos allí donde son necesarios para salvar algún desnivel brusco. Bajo nuestros pies -o más bien nuestras ruedas- discurre la ya mencionada IP2 pegada al cauce del río y, al otro lado del mismo, los viñedos de la Quinta do Vale Meão, que ocupan toda la parte interior del pronunciado meandro que forma el Duero en esta zona.

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En nuestra orilla también hay cultivos de viñedos, pero únicamente salpicando una ladera más agreste, donde también encontramos algunos árboles frutales cuyos frutos podemos alcanzar con la mano sin necesidad de desmontar de la bicicleta (siempre que estemos en la época adecuada, claro). Las amplias superficies cubiertas de vides alineadas, los cuidados caminos de acceso y las zonas sin cultivar conforman un bello mosaico de colores y geometrías ordenado alrededor de la línea azul que serpentea en la parte inferior, siguiendo la cual podremos ver con cierta frecuencia los barcos que recorren el valle. Sin embargo, la belleza del lugar no debe distraernos de la conducción, pues no existe ninguna separación física entre la ecopista por la que avanzamos y los considerables barrancos que se abren hacia el Duero en algunos puntos, como las abundantes señales del recorrido se encargan de recordarnos .

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Después de una pronunciada curva que nos aleja del río para salvar un barranco (y donde un zorro despistado que se encontraba en medio de la ecopista solo se apartó de mi camino en el último momento), dejamos un par de construcciones abandonadas a ambos lados de nuestra ruta y regresamos por un momento a la orilla del Duero (que, por supuesto, vemos desde las alturas) para contemplar la desembocadura del río Sabor, junto al que vemos un par de pueblos -Foz do Sabor y Cabanas de Baixo- y una concurrida playa fluvial. En este punto abandonamos por ahora el curso del Duero, que dobla bruscamente en su meandro para continuar su camino hacia Oporto, aunque nos reencontraremos más tarde con él (aunque en esta ocasión sea aguas arriba del mismo).

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Los árboles frutales (principalmente almendros y olivos) se van haciendo cada vez más frecuentes y muestran un aspecto cada vez más cuidado a medida que avanzamos, lo que siempre es indicio de la cercanía de presencia humana. También apunta en esa dirección la aparición puntual de colmenas junto al camino (al igual que el incremento de los peatones que nos encontramos en la ecopista). No tardamos en comprobar la veracidad de nuestra intuición al ver aparecer a lo lejos el caserío, de importante tamaño, de Torre de Moncorvo al que la ecopista, siempre en suave ascenso, no tarda en llegar.

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Justo antes de llegar al caso urbano, un pequeño panel a nuestra izquierda nos recuerda que la decena de kilómetros que dejamos a nuestras espaldas conforman el tramo de ecopista más recientemente inaugurado, lo que nos abre la duda de qué encontraremos a partir de aquí, ya que nos vamos a adentrar en el primer tramo de ecopista construido.

Después de cruzar la carretera por un paso a nivel y, unos metros más adelante, pasar sobre otra calle por un diminuto puente metálico, avanzamos entre los viejos raíles (que aquí se conservan y asoman entre la tierra) hasta la estación de Moncorvo, aunque antes de llegar a ella recomiendo abandonar temporalmente el trazado de la ecopista para visitar la localidad.

Este breve desvío debería servir, como mínimo, para curiosear en torno a la magnífica estructura que llevamos viendo desde que vislumbramos a lo lejos el casco urbano del pueblo, destacando entre el caserío: la iglesia matriz de la Asunción, considerada uno de los templos parroquiales más grandes de Portugal. De estilo renacentista (como atestiguan, entre otros detalles, los medallones que la adornan), fue construida entre los siglos XVI y XVII y en su fachada destaca la torre del reloj, que no es sino un inmenso campanario coronado por una balaustrada. Esta iglesia es popularmente conocida como «de higos y miel», debido a la higuera que creció en medio de su fachada y a la colmena que las abejas instalaron en otro de sus muros. En su exterior destaca el conjunto de interesantes gárgolas y, en su interior, no debemos dejar de fijarnos en los retablos barrocos y manieristas o en sus pinturas murales del siglo XVIII.

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No debemos tampoco abandonar el pueblo sin visitar el castillo gótico (s. XIII) o los restos de la muralla medieval (incluyendo una de sus puertas) que aún se conservan. El callejeo por las empedradas calles de la localidad (aunque solo sea en busca de un bar donde refrescarnos o tienda donde aprovisionarnos) nos recompensará también con otros rincones como fuentes, capillas o bonitos parques.

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Es hora ya de regresar a la ecopista y descubrir las sorpresas que nos tiene reservadas. La habíamos dejado junto a la antigua estación, hoy correctamente recuperada y donde podemos ver, además de la estación misma y sus correspondientes andenes y almacenes, los antiguos aseos (en una de cuyas paredes hay una fuente), un depósito de agua elevado y, un poco más adelante, la aguadagrúa de agua (o, como a mí me gusta llamar a estas estructuras, el grifo gigante) que abastecía de agua a la locomotora en los viejos tiempos en los que los trenes se movían con la fuerza del vapor.

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Pasadas las instalaciones de la estación la cosa se complica, pues el firme de la ecopista se estropea bastante en este punto como si hubiese sido transitada por maquinaria pesada. El firme irregular hace que por primera vez nos demos cuenta de que estamos subiendo, aunque en realidad no hemos dejado de hacerlo desde que salimos de Pocinho. La ecopista ha conocido sin duda días mejores -la inauguración de este tramo creo que fue allá por 2005- como atestigua el hecho de que circulemos por una zona dotada de iluminación y por las numerosas zonas de descanso que dejamos a nuestro paso, cada una con un par de bancos, un aparcamiento para bicis (algunas también cuentan con fuente) y magníficas vistas, aunque bloqueadas por los árboles que han crecido desde su construcción.

Aunque el estado del suelo requiera aquí toda nuestra atención, no debemos dejar de levantar la vista de cuando en cuando pues, después de haber pasado bajo la carretera, a nuestra derecha dejamos el convento carmelita del Carmelo de la Sagrada Familia, construido en la segunda mitad del siglo XX.

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Poco después llegamos a una carretera que hemos de cruzar, dejando a nuestra izquierda la pequeña localidad de Larinho. Al otro lado de la carretera nos espera la antigua estación de tren, que se encuentra en perfecto estado de conservación y actualmente alberga un bar cuya terraza, a lo largo de la ecopista, nos invita a parar a tomar un refrigerio. Ignoro si la terraza se encuentra también aquí instalada en otras épocas del año, pero sí lo está en pleno verano que es cuando recorrí yo este tramo de ecopista, como lo prueba la columna de humo que veo a lo lejos, tras el caserío de Larinho, todo un clásico de los estíos portugueses.

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No solo los incendios muestran que es verano. Mi archienemigo tribulus terrestris, alias «el abrojo», planta rastrera estival que adora los periodos de sequía, es especialmente abundante a lo largo de toda esta ecopista y en el breve trecho que, comenzando desde la estación de Larinho rodea el polígono industrial que dejamos a nuestra derecha, sus espinosas semillas no dudaron en destrozarme sin piedad ambas ruedas (y no fueron los únicos pinchazos que sufrí en esta excursión).

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Reparados los pinchazos pasamos de nuevo bajo una carretera para continuar nuestro imparable ascenso en una zona parca en arbolado que, si el calor aprieta, nos hará aprovechar la más mínima sombra para respirar aire fresco. Ya vamos viendo que más adelante nuestra ruta describe una pronunciada curva para llegar a una nueva aldea: Carvalhal. En una de las calles que hemos de cruzar al entrar en ella vemos uno de los antiguos carteles de la línea férrea que, irónicamente, nos señala que está prohibido transitar por la vía. Otro par de carteles nos indican la distancia que llevamos recorrida desde Moncorvo y Larinho respectivamente. Un tercer cartel, en esta ocasión al otro lado de la calle, nos ofrece información sobre el recorrido de la ecopista.

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Ya saliendo de pueblo llegamos a la antigua estación de Carvalhal, desde donde se contemplan los yacimientos de hierro (Cabeço da Mua, Carvalhosa y Serra do Reboredo) que, en parte, fueron responsables de la construcción de esta estación y de toda la línea férrea, pues los mineros se servía de ella para hacer llegar el mineral obtenido hasta la Línea del Duero y, a través de esta, hasta el puerto de Leixões, desde donde zarpaba hasta las proximidades de Lisboa para surtir a la industria siderúrgica de Seixal.

De todo este esplendor minero solo queda hoy el ya tradicional depósito de agua con su gigantesco grifo junto a las vías y un par de edificios que apenas si recuerdan los buenos viejos tiempos.

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Prosigue la ecopista su trazado que ahora rodea uno de los montes de donde se sacaba el hierro triturando el mineral a mano. Los pinos (que aún se aprovechan para extraer su resina, como atestiguan las innumerables bolsas que vemos colgando de sus troncos) y los escasos alcornoques («despellejados» a su vez para el aprovechamiento del valioso corcho) demuestran que la riqueza natural de la zona sigue sin desperdiciarse a pesar de la bajada del precio y del prestigio de estos materiales. Estos mismos pinos y alcornoques nos impiden ver que estamos pasando muy cerca del casco urbano de Felgar, que queda a nuestra izquierda, ladera abajo.

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Llegamos aquí después de muchos kilómetros, al fin de la subida y comenzamos un descenso tan tímido como lo fue aquella. A nuestro paso encontramos los restos olvidados de numerosas construcciones, antiguos apeaderos (Cabeço da Mua, Souto da Velha…), que languidecen abandonados a su suerte junto a la ecopista, como lo hace esta misma, convertida aquí en un simple camino de tierra (¡cuidado con los bancos de arena suelta!). La mayoría de los antiguos postes que delimitaban la ruta y señalaban los cruces yacen ahora en la cuneta en montones de madera semipodrida en espera de que alguien recuerde venir a renovarlos. Cuando la vegetación lo permite, eso sí, vemos a lo lejos -a nuestra izquierda- el impresionante valle del río Sabor que se encuentra aquí anegado por el embalse del Bajo Sabor, controvertida obra de ingeniería que arruinó, ya en la segunda década del siglo XXI, un curso fluvial que hasta entonces era único en su especie: totalmente libre de embalses.

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Algo más antiguo, de la década de los años ochenta del siglo XX, es el diminuto embalse que estamos a punto de ver ante nosotros y que dejamos a la izquierda de la ecopista, el de Vale Ferreiros, construido para surtir de agua a las localidades cercanas y cuyas obras sacaron a la luz los restos de un poblado romano.

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Después de cruzar la carretera de acceso a la presa continuamos pedaleando por la ecopista en un tramo donde encontré a un grupo de trabajadores desbrozando la maleza, lo que me hizo albergar esperanzas de que exista un plan en marcha para la renovación de la vía, pero que al mismo tiempo me hizo temer que los abrojos de la cuneta estuviesen ahora en el centro de la pista, con el consiguiente peligro para mis ya maltrechos neumáticos.

Cruzamos una nueva carretera y continuamos en paralelo ya a la N220 que viene, como nosotros, desde Pocinho. Con esta carretera entramos en el casco urbano de Carviçais donde, como es habitual, encontramos la antigua estación, en este caso completamente arruinada aunque, además del edificio de la estación, los almacenes y los aseos, encontramos también en pie el depósito de agua y su correspondiente grifo (o aguada).

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Desde Carviçais, la ecopista continúa aún durante un par de kilómetros antes de terminar y quedar únicamente el antiguo trazado ferroviario esperando su remodelación. Sin embargo, después de intentar avanzar unos cientos de metros por estos últimos retazos de ecopista, pude comprobar que la maleza la hacía casi por completo intransitable por lo que, al llegar a una bonita fuente en un ensanchamiento de la carretera junto a la ecopista, di por terminada esta primera etapa del recorrido, en espera de que continúen las obras que comuniquen estos kilómetros iniciales de ecopista con el  ya operativo tramo final, en las cercanías de Miranda do Douro.

TRAMO SENDIM – DUAS IGREJAS

Distancia: 11.5 km aprox.

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Comienza este último tramo de ecopista -que apenas llevaba un par de meses abierto cuando lo recorrí- junto a la estación de Sendim, de rápido acceso en automóvil gracias a la cercanía de la IC5 y donde encontraremos un aparcamiento donde dejar nuestro coche en caso de haberlo utilizado para llegar hasta aquí.

Lo primero que llama nuestra atención es el propio edificio de la estación, minuciosamente restaurado, que tiene sus dos fachadas principales decoradas con bellos paneles de azulejos que representan los principales monumentos de la zona así como a gentes del lugar realizando las tradicionales labores del campo. Sobre las puertas, el escudo de Portugal centra el emblema de los «Caminhos de Ferro do Estado».

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Aunque en realidad, y siendo sinceros, lo primero que habrá llamado nuestra atención al acercarnos a la estación es sin duda la motocicleta que, casco rojo incluido, se exhibe orgullosamente en lo más alto de un alto poste que surge entre los otros edificios del área. Desconozco qué hace ahí arriba, pero sí he podido averiguar que se trata de un modelo de fabricación portuguesa y, por los focos que la iluminan, deduzco que no llegó ahí por casualidad (aunque, debido a la mala fama de los conductores portugueses, bien podríamos sospechar que lo último que dijo su propietario al dejarla sobre el poste de hormigón fuese «Ale, aparcá»).

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Otra de las cosas que nos llaman la atención si somos observadores es que en el poste que nos marca el inicio del tramo -encontraremos postes similares a cada kilómetro- junto al nombre en portugués de esta Ecopista do Sabor se puede leer también «L carril de l Praino» que no es sino el nombre de este tramo en mirandés, la lengua local.

El origen de esta denominación radica en que este mismo trazado de la vía férrea a través del Praino, como se conoce en la zona al planalto (o meseta) mirandés, fue elegido ya en el siglo II para la construcción de una vía romana con destino a Astorga que es conocida en la zona como «carril mourisco» o «carril romano». La hábil elección romana hizo que durante los casi dos milenios que han transcurrido desde entonces las nuevas vías de comunicación no se hayan apartado demasiado de la vía original. Así, a pocos metros de esta Línea del Sabor -actual ecopista- que estamos recorriendo, discurren la carretera nacional 221 y el Itinerario Complementario -una especie de vía rápida- IC5. Esto se debe a que nos vamos a mover precisamente por la línea de separación de dos cuencas hidrográficas, dejando los ríos que vierten directamente al gran Duero a nuestra derecha y los que desembocan en el pequeño Angueira a nuestra izquierda, por lo que el trazado de la ecopista evita de forma natural cualquier desnivel pronunciado o cauce fluvial que pudiese dificultar el paso o complicar las infraestructuras.

Respecto a la lengua mirandesa -o mirandés-, se trata, desde 1999, de la única lengua reconocida como oficial en Portugal además del propio portugués. Pertenece a la familia de lenguas astur-leonesas originarias de los siglos VI-VIII, siendo de raíz latina, aunque fuertemente influenciada por los idiomas hablados por otros pueblos que habitaron en la región, principalmente los astures y zoelas, pero también suevos, visigodos, árabes o judios.

Una vez hechas estas aclaraciones históricas, podemos comenzar nuestra excursión saliendo de la estación de Sendim hacia el norte para cruzar de inmediato la carretera que comunica el centro urbano con la IC5. Si tomásemos a la derecha, alcanzaríamos el caserío de la conocida como «capital de las Arribes», donde lo más meritorio es su iglesia matriz del siglo XIV. Junto a la ecopista vemos también un cartel que nos recuerda que vamos a pedalear siguiendo el límite occidental del Parque Natural del Duero Internacional, espacio natural protegido a ambos lados de la frontera hispano-lusa en torno al impresionante cañón fluvial excavado en el granito por el Duero y que bien merece que nos adentremos en él para explorarlo en profundidad y con toda la calma del mundo, aunque por ahora no me extenderé más escribiendo sobre él, pues no acabaría nunca.

Además de los ya mencionados postes que, a cada kilómetro, nos indican la distancia que llevamos recorrida y la que aún nos falta por pedalear, encontramos también en las cercanías de los cruces -como es habitual en las ecopistas- bolardos de madera que impiden el paso de coches y señales de precaución que nos avisan al llegar a los cruces más conflictivos. También veremos en nuestro recorrido un puñado de los carteles de cemento originales que advertían a los vehículos del peligro de cruzar por los pasos a nivel y aconsejaban sobre los más adecuados pasos a seguir para sobrevivir al trance: «Pare, escute, olhe». El firme de la ecopista es de tierra compactada aunque, a mi parecer, se quedaron un poco cortos a la hora de apisonarla, pues el pedalear se hace farragoso al hundirse ligeramente las ruedas en la arena y cualquier frenazo medianamente brusco deja un profundo surco (confío en que estos fallos se vayan solventando solos con el paso del tiempo, pues mi experiencia en este recorrido fue muy poco tiempo después de su apertura al público).

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Después de cruzar un primer camino de tierra, pedaleamos por un terreno llano entre tierras de labor, dejando a nuestra izquierda un camino paralelo al nuestro y, más allá, la IC5. Al poco cruzamos una nueva carretera que pasa, a nuestra izquierda, a sustituir al camino que nos acompañaba en nuestro pedalear. No tarda el asfalto en alejarse de nosotros dejando de nuevo un camino de tierra a nuestra izquierda que poco después pasa al otro lado de la ecopista para acompañarnos ahora por la derecha. Si digo todo esto no es porque sea interesante, sino porque no tengo mucho más que decir ya que, aunque el paisaje tenga su encanto, la llanura con escasa vegetación que estamos atravesando tiene poco de lo que hablar.

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Después de un nuevo cruce con un camino de tierra, la ecopista dobla ligeramente a la derecha. A nuestra derecha nos sigue acompañando nuestro ya conocido camino pero la IC5 que teníamos a la izquierda nos abandona por un rato. Entramos en una zona con más vegetación y a nuestra derecha, en una hondonada, vemos una pequeña cruz de piedra. El bosque se hace más denso por momentos y reconocemos a sus principales protagonistas como «sobreiros», alias Quercus suber (lo que vienen siendo los alcornoques de toda la vida, vamos). Estamos rozando el Cabeço da Santíssima Trindade, el mayor alcornocal de toda la región de Trás-os-Montes, que bien merece una reducción de nuestra velocidad de crucero para disfrutarlo (aprovechando, además, que la ecopista pica aquí un poco hacia arriba). Además de los alcornoques, arbustos de jara crecen por doquier en el pizarroso terreno.

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Saliendo ya de la zona boscosa, encontramos a nuestra derecha la sencilla construcción -actualmente abandonada- que servía de estación a la cercana localidad de Fonte de Aldeia. Tras pasar un par de bolardos (cuando pasé por aquí, un graciosillo había apartado uno de ellos y transitaba impunemente por la ecopista en su destartalado BMW) y cruzar un nuevo camino, nuestra ruta desemboca en una carretera asfaltada. El motivo es que la vía de tren pasaba un poco más adelante bajo el asfalto y ese paso subterráneo se encuentra actualmente cegado por completo, por lo que no nos queda otra que circular unos metros por la carretera para abandonarla después en la curva que encontramos poco más adelante y retomar aquí la ecopista. Sin dejar de prestar atención al poco amigable tráfico portugués, no debemos dejar pasar la oportunidad de aprovechar este tramo para disfrutar del magnífico paisaje que se vislumbra hacia el oeste (a nuestra izquierda), entre viñedos y muros de piedra construidos mediante la técnica de piedra seca, patrimonio de la humanidad.

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Dejando atrás la carretera, la ecopista discurre en paralelo a un nuevo camino que algo más adelante queda a menor altitud que nosotros. A su vera, junto a un cruce -como no podía ser menos- alcanzamos a ver un majestuoso crucero de piedra sobre base escalonada que alberga en su parte inferior una pequeña cavidad que en tiempos mejores debió contener una imagen. Desde la ecopista no es posible descender aquí hasta el crucero (estamos sobre un paso elevado), por lo que si deseamos acercarnos a él debemos desviarnos al camino paralelo antes o después de este punto. Por desgracia, la extrema cercanía de la IC5 afea un poco este mágico lugar.

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Una ligera curva a la derecha nos deja en una larga recta que desciende hacia un valle que da cobijo a un regatillo que desemboca en una pequeña laguna -a nuestra derecha, dentro de una finca privada pero perfectamente accesible- que responde al atractivo nombre de Lagoa das Bichas. Pasado este punto toca recuperar la altitud perdida (todo en la misma recta) en una tendida subida que poco a poco se va viendo salpicada de construcciones que nos indican que estamos llegando a un nuevo pueblo. De esta forma, pronto vislumbramos ante nosotros la estación de Duas Igrejas, aunque para acceder a ella aún debemos sortear a sus cancerberos: los dos fieros perros de la familia que habita la primera de las construcciones de la estación (aunque no muerden, ladran mucho y se cruzan en nuestro camino con el riesgo de caída y/o atropello que ello conlleva).

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Sorteado el obstáculo llegamos a lo que antaño fue estación terminal de la Línea del Sabor: Miranda-Duas Igrejas (aunque, en realidad, Miranda está todavía a unos diez kilómetros de aquí). En este caso parece ser que el presupuesto no ha llegado para restaurar los edificios, por lo que resulta triste ver la construcción de dos plantas -totalmente destartalada- que albergó en su día la estación con sus preciosos paneles de azulejos que, como ocurría en Sendim, representan los lugares y tradiciones más característicos de la región, como es el caso de las danzas de los pauliteiros típicos de la localidad (un tipo de baile similar a los paleos del folklore charro).

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Aunque lo que parecen ser una serie de almacenes ferroviarios aparentan albergar en la actualidad algún tipo de actividad industrial, el resto de edificios e instalaciones están, igual que la estación, abandonados a su suerte: galpones en ruinas donde los vecinos guarecen sus vehículos, el ruinoso depósito de agua y, a su lado, la oxidada grúa de agua y, como curiosidad, el gran dispositivo con forma de rotonda que en su momento permitía dar la vuelta a las locomotoras que habían alcanzado el final del trayecto y debían regresar por donde habían venido.

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Llegados a este punto final de la ecopista, tenemos varias opciones. La primera y más inmediata es acercarnos hasta el casco urbano de Duas Igrejas para visitar estas «duas igrejas» (la matriz, dedicada a Santa Eufemia, y la de Nuestra Señora del Monte, ya en las afueras, aunque también haya un par de capillas más repartidas entre el caserío). También es recomendable buscar una ruta no señalizada que, por tranquilos caminos, nos permita llegar hasta la cercana Miranda do Douro. Sobre ella no voy a escribir en detalle por el momento, pues esta localidad ribereña merecería uno o varios capítulos propios por la gran riqueza cultural, patrimonial y natural que posee. Imprescindible es visitar el castillo, la muralla y sus puertas, su museo, la concatedral con su Menino Jesus da Cartolinha, su numerosas iglesias, fuentes y hasta un molino, aprender un mínimo de mirandés, asistir a una actuación de sus afamados pauliteiros, ir de compras (como la marabunta de españoles que invaden a diario sus calles) y, como no, bajar a la presa a navegar por el Douro y tratar de localizar en las paredes de granito el misterioso número 2 perfectamente dibujado por los líquenes.

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De vuelta en Duas Igrejas, o si ya conocemos Miranda, o si preferimos dejar la visita para otra ocasión, podemos, por último, colocar nuestras bicicletas sobre el dispositivo giratorio antes mencionado, accionar la manivela hasta darles la vuelta como si fuesen locomotoras, y comenzar a pedalear por la Ecopista do Sabor ahora en dirección sur, como tantos y tantos trenes hicieran durante el medio siglo que duró la actividad de esta línea.

Al sur de la raia: Ecopista del Miño

Provincia: Viana do Castelo (Portugal)

Distancia: 47 km aprox.

Mapa:

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Track: Descargar EcopistaMinho.gpx

Descripción:

Los carriles bici siempre han sido una asignatura pendiente en España. De vez en cuando -sobre todo en los últimos años- a algún alcalde, en algún arrebato deportivo-ecológico, le da por hincar los codos y se deja unos euros en una estrecha pista asfaltada que da varias vueltas por la ciudad pegada al asfalto de alguna vía urbana y que termina muriendo en un punto aleatorio sin llegar realmente a ninguna parte. Pero a la hora de la verdad, la construcción de verdaderas rutas ciclistas siempre nos queda para septiembre.

En cuanto a las famosas Vías Verdes, construidas para el aprovechamiento turístico de alguna de las tristemente abundantes vías de tren abandonadas, se cuentan con los dedos de la mano y -salvo contadas excepciones- tienen distancias muy reducidas y/o son solamente aptas para senderistas o bicicletas de montaña pues su firme no va más allá de la tierra más o menos aplanada. La siempre saturada Senda del Oso da fe del éxito que pueden llegar a tener estas vías si se hacen las cosas medianamente bien, pero sigue estando muy lejos de las rutas similares que, sin darles ningún bombo, disfrutan en el resto de Europa (pongo aquí el ejemplo de la que siempre será mi ruta ciclista favorita: el Bristol and Bath Railway Path, creado hace ya casi cuarenta años por Sustrans entre estas dos localidades inglesas).

Por otra parte, cada año hay ciclistas españoles que se dejan unos buenos cuartos en pasar sus vacaciones de verano recorriendo alguno de los larguísimos carriles bici que siguen el cauce de alguno de los grandes ríos europeos. Personalmente conozco el que sigue el francés Loira, con sus castillos renacentistas; pero también es posible seguir el mítico Danubio a lo largo de casi todo su curso, atravesando varios países, o el Rin, por citar solo unos pocos. Incluso el americano Great Allegheny Passage y el Canal C&O nos permiten pedalear de Pittsburgh a Washington D.C. siguiendo en gran parte el curso de ríos y canales. En España, así a bote pronto, tengo que recurrir al olvidado (y casi abandonado) Canal de Castilla si quiero poner  un ejemplo comparable.

Pero, como decía Siniestro Total, «menos mal que nos queda Portugal». La red de ecopistas lusa (digna de explorar en profundidad, como haré en cuanto se me presente la ocasión) cuenta entre sus muchas rutas con una que, además de estar extremadamente cerca de España, sigue el curso de un río: el Miño o, como les gusta llamarlo a nuestros vecinos, o Minho. A pesar de que su distancia (apenas cuarenta kilómetros uniendo varias rutas) se queda un poco corta en comparación con las grandes rutas fluviales europeas, su firme apto para todo tipo de bicis (incluso para patines y hasta sillas de ruedas) no tiene nada que envidiar a aquellas. Además, las obras de enlace para unirla con otras rutas ya existentes y alargarla mucho más ya están en marcha.

Esta ruta se puede hacer, obviamente, en los dos sentidos: río arriba o, como describo aquí, río abajo. Comencemos:

Arrancamos, por tanto, en Monção (atrévanse a intentar pronunciarlo solo los más osados). Se trata de una freguesía de poco más de dos mil habitantes, cabeza del ayuntamiento del mismo nombre, que destaca por su tranquilidad. En comparación con las otras villas que visitaremos en nuestro viaje -mucho más concurridas-, en Monção da gusto pedalear por sus adoquinadas calles en busca de sus lugares de interés. El primero, por supuesto, es su fortaleza.

Como veremos en toda nuestra ruta de hoy, los portugueses y los españoles no siempre tuvieron una relación tan cordial como la que tenemos ahora y, en los puntos fronterizos, eso salta a la vista en forma de los numerosos castillos y fuertes existentes en ambos lados con sus cañones -por suerte hoy en día solamente decorativos- apuntándose aún mutuamente. En el caso de Monção, el fuerte que protegía la orilla sur del Miño data del siglo XIV. Fue en esta época, en el marco de las Guerras Fernandinas, cuando se hizo célebre una señora llamada Deu-la-deu Martins, figura que aparece en el escudo de la localidad y que da nombre a la principal plaza, decorada con su estatua. Al parecer, durante el sitio de la villa por parte de los castellanos en 1368, esta brava mujer (toda una portuguesa con bigote, que habría dicho mi abuelo) se las apañó para reunir la poca harina que quedaba en la famélica localidad y, haciendo con ella pan, se lo lanzó a las tropas castellanas al grito de «Si queréis más, avisad». Vista la presunta abundancia, las tropas sitiadoras se desmoralizaron y abandonaron su afán.

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Además de por su fortaleza (la que se conserva es del siglo XVII), Monção es también conocida por sus aguas termales que alimentan un moderno balneario. Este pasado termal también se barrunta en alguna bonita fuente que encontramos en el casco urbano.

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En el plano eclesiástico, es de destacar la iglesia matriz (donde, de hecho, se encuentra enterrada Deu-la-deu, aunque no pude entrar a comprobarlo porque se estaba celebrando una misa). De origen románico, lo más llamativo de esta bonita iglesia es que conserva el color original de la piedra, sin el enlucido blanco tan característico de las iglesias portuguesas (al menos no lo tiene en sus portadas principales).

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No se puede decir lo mismo de la capilla de la Misericordia, ya más moderna, que ha sido completamente pintada de blanco salvo en los elementos ornamentales, en los que se ha respetado el color de la piedra.

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Y, ya que estamos pedaleando por Monção, no debemos dejar de pasar frente a la antigua estación de ferrocarril (o de comboios, claro) por su importancia en relación con la ruta que vamos a hacer desde aquí. Tampoco debemos dejar de probar el delicioso vino verde (alvarinho) de la tierra, pero con moderación puesto que nos espera un buen trecho de pedaleo. Este vino da nombre también a un monumental pazo que se levanta en la plaza principal del pueblo, al otro lado de la cual no debemos dejar de disfrutar de los miradores abiertos al río Miño y a la cercana España.

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Si vamos sobrados de tiempo y/o fuerza, desde aquí podemos acercarnos hasta el Palacio de Brejoeira, a pocos kilómetros, un espectacular palacio del siglo XIX con magníficos jardines. Pero no hemos venido para eso y es hora de comenzar nuestra ruta, por lo que desde la plaza principal (Deu-la-deu, por supuesto) tomamos una calleja de firme especialmente irregular que está señalizada como «sin salida». En realidad sí tiene salida, y no es otra que la Porta de Salvaterra una de las cinco puertas abiertas en la muralla y que en esta ocasión nos permite descender traqueteando por el irregular empedrado hacia el río, dejando a la izquierda bonitas vistas de la fortificación.

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A la altura del Miño nos topamos ya con nuestro primer tramo de ecopista, aunque no se trata todavía de la que vamos a recorrer, sino de un corto carril-bici construido junto al río y que nos dejará en un parque justo bajo el puente internacional que comunica Monção con Salvaterra de Miño. Para los más sobrados, de nuevo recomiendo hacer unos kilómetros de más para cruzar hasta España y visitar la fortificación de Salvaterra (que ya hemos tenido oportunidad de ver desde la orilla portuguesa). Originaria de los siglos X y XI, este fuerte ha cambiado de manos varias veces a lo largo de la historia de conflictos hispano-lusos.

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Llegados a este punto, la corta ecopista de Monção se acaba y debemos adentrarnos en la estrecha callejuela asfaltada que aparece ante nosotros y que tras pasar junto a un invernadero comienza a ascender de forma significativa. Después de este corto tramo de enlace nos vamos a dar de bruces con la verdadera ecopista do Minho. Si la tomásemos hacia nuestra izquierda, en dirección Monção, llegaríamos en pocos metros al comienzo de la misma, en un polígono industrial donde destaca una hamburguesería con servicio a vehículos (por si queremos comer sin desmontar de la bici). Como este tipo de locales no nos parecen de interés turístico, que es a lo que hemos venido, tomaremos la ecopista en dirección contraria, hacia Valença.

La ecopista que vamos a seguir no es sino una vía verde construida sobre las vías de la antigua vía de tren que unía Monção con Valença do Minho (ya hemos visto antes la antigua estación de comboios de Monção). El firme es impecable, de cemento color ocre totalmente liso y, aunque en continuo sube y baja, las pendientes son tan suaves que ni nos daremos cuenta. Un terreno perfecto para rodar, aunque sin dejar de estar atentos, pues cada pocos metros encontraremos una especie de barreras de madera que impiden a los vehículos a motor entrar en la pista y a nosotros nos servirán para recordar que la ecopista se cruza a menudo con vías abiertas al tráfico. La estrechez del paso por dichas barreras puede ser complicado si utilizamos una bici de montaña de manillar ancho, pero se hace sin problemas con un manillar tipo carretera. En muchos de ellos han desaparecido alguno de los palos, ensanchando el paso, mientras que en otros hay pasos alternativos en los laterales.

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Durante los primeros kilómetros circularemos pegados a una pista asfaltada sin apenas tráfico, de la que nos separa una hilera de bolardos de madera. Después esa carretera se va a la izquierda y nos deja solos en nuestro pedalear. Circulamos rodeados de un bosque de robles y pinos que merece ser disfrutado.

Poco a poco nos vamos acercando más al río y nos adentramos en una zona de casas. El firme ha cambiado al color gris y sigue siendo igual de suave, aunque el compuesto debe de ser menos resistente y se ha agrietado en algunas zonas. Vamos tan centrados en el paisaje y la monotonía del pedalear por cemento que no nos damos cuenta de que el carril-bici se ha transformado en una auténtica carretera (que da acceso a una planta de tratamiento de aguas) pero que no tiene tráfico, por lo que no debemos preocuparnos. Después vuelve a estrecharse y un puente metálico nos permite salvar el curso de un riachuelo que desemboca en el Miño y que nos recuerda que estamos circulando por el antiguo trazado de una vía férrea. Pocos metros después, en un pequeño ensanchamiento, encontramos un merendero con vistas al río.

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En breve tenemos la primera oportunidad de romper la monotonía de la ruta al llegar a la localidad de Lapela. A la izquierda de la ecopista encontramos el edificio de la antigua estación, hoy reconvertido en la sede del club cicloturista local. Desde aquí lo mejor es que abandonemos la pista y vayamos a nuestra derecha en dirección al casco urbano que estamos circunvalando, ya que en Lapela se encuentra unos de los vestigios más interesantes del conjunto de fortificaciones de Monção: la torre del castillo de Lapela. Aunque se desconocen sus orígenes, parece ser que la torre actual fue construida durante el reinado de Don Fernando (s. XIV), durante las guerras con Castilla. El resto del castillo fue demolido en el siglo XVIII debido al mal estado en que lo dejaron los ataques de artillería sufridos a lo largo de su historia. La torre, con unos treinta y cinco metros de altura y diez de lado, puede visitarse gratuitamente y su interior es una especie de centro de interpretación que nos permite conocer la historia del lugar. Eso sí, hay que tener el valor de subir la empinadísima escalera que da acceso a su única puerta, que se encuentra a seis metros del suelo. Lo mejor es que tendremos una ocasión única de ver el aspecto de nuestra bicicleta desde las alturas. A pesar de estar en Portugal, la similitud de estas tierras con la cercana Galicia española se descubre por los hórreos que se levantan junto a la torre y en otros puntos de la localidad.

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Volviendo a nuestra ecopista, casi sin darnos cuenta asistimos a un nuevo cambio del color del firme, pasando ahora al rojo típico, por ejemplo, de la tierra batida de las pistas de tenis. Estamos circulando a pocos metros de la transitada N-101 y, si estamos atentos a nuestra izquierda, veremos aparecer un bello edificio que se levanta en una explanada junto a esta carretera. Se trata de la impresionante portada barroca de la Quinta do Castro, de cuya factura original no se conserva nada más y de la que tampoco me ha sido posible obtener mucha más información. Merece la pena prestar atención a su decoración almenada, su simetría, el potente almohadillado de puerta y ventanas y, especialmente, a los «salvajes» que sostienen el escudo de armas de la familia.

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Si siguiésemos la carretera, a pocos metros de aquí encontraríamos un monumento a Charles Lindbergh. La escultura en sí no es gran cosa, pero la historia merece la pena: ¿qué pinta en una aldea perdida de Portugal llamada Friestas un monumento al aviador americano que cruzó por primera vez el Atlántico sin escalas y en solitario en 1927? Pues parece ser que, siendo ya un mito de la aviación, Lindbergh, se dedicó -junto a su mujer, Anne Morrow- a la prospección de rutas aéreas con fines comerciales. En uno de sus viajes, de Ginebra a Lisboa, el mal tiempo  que encontró al cruzar los Pirineos lo dejó sin reservas suficientes de combustible y se vio obligado a detenerse para repostar… y, como iba a los mandos de un hidroavión Lockheed, consideró que el río Miño era un buen lugar para hacerlo, lo que dejó conmocionados a los lugareños que en su vida habían visto un artilugio semejante y mucho menos conducido por una figura de renombre internacional. Por decirlo de alguna manera, y salvando las distancias, sería como si Fernando Alonso parase con su Formula 1 en la gasolinera de un pueblo cualquiera.

A pocos metros del monumento vemos también una pequeña capilla dedicada al Senhor dos Aflitos. En torno a ella se levanta un tranquilo parque preparado para todo tipo de fiestas con su quiosco y otro escenario extra.

Pero nos hemos desviado de nuestra ruta. Volvemos al cemento rojizo de la ecopista junto a la Quinta do Castro y seguimos pedaleando. Pronto abandonamos el bosque para salir a amplios campos de viñedos (ya hemos dicho que el vino es uno de los principales productos locales). A nuestra izquierda vemos la antigua estación de Friestas, reconvertida en área de descanso con un edificio de servicios, donde podremos pararnos a echar un pis si fuese menester.

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Alternando tramos de bosque y amplios campos de viñedos llegamos a la siguiente estación, en este caso la de Verdoejo, donde de nuevo se ha habilitado una zona para descansar y orinar.

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Poco a poco los viñedos se van haciendo más abundantes y a lo lejos, al otro lado del río, aparece el casco urbano de Tui. En los últimos kilómetros hemos ido poniéndonos de nuevo en paralelo a la carretera N-101 y llegamos casi a unirnos a ella antes de separarnos definitivamente para, salvando algunos derrumbes del talud de la pista, adentrarnos en las afueras de Valença do Minho.

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Llegados a Valença encontramos la última estación, que en este caso se ha convertido en un centro de interpretación de la ecopista (aunque lo reducido de su horario de apertura me ha hecho imposible visitarla) y el carril-bici muere en una escultura metálica junto a la vía del tren. Tengo entendido que es posible, girando a nuestra derecha, unir varias vías que rodean el caso urbano de Valença y enlazan con el siguiente tramo de ecopista, pero somos cicloturistas y nos encontramos a los pies de una preciosa localidad con cientos de lugares que visitar, así que salimos a la carretera principal y después de unos metros de asfalto y una dura subida de adoquines irregulares, nos encontramos al pie de la muralla de la famosa fortificación de Valença.

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Valença es una freguesía que consta de apenas mil habitantes más que Monção, pero en este caso no vamos a encontrarnos en su casco antiguo una fortaleza como nos ocurrió en Monção, sino que ¡encontramos dos! Sus orígenes se remontan a un castillo medieval y sus correspondientes murallas construidos en el siglo XIII. En el siglo XVII, en el contexto de la Guerra de la Restauración, adquirió su formato actual que responde al estilo Vauban (en honor del ingeniero militar  Sébastien Le Prestre, marqués de Vauban), es decir, una fortificación de muros de piedra y arena más bajos pero más anchos que los tradicionales para contrarrestar el poder de la artillería enemiga y repletos de bastiones o baluartes que le dan su característica forma de estrella y que permitían el fuego cruzado desde la fortificación contra el ejército aspirante a invasor. Esta posibilidad se aprecia claramente si nos fijamos en los cañones ornamentales que aún hoy se mantienen en la muralla (como curiosidad merece la pena fijarse en que uno de ellos apunta directamente a Tui).

En el caso de Valença, al contar con nada menos que cinco kilómetros de perímetro amurallado, lo mejor es que nos lo tomemos con calma y nos perdamos por el «núcleo museológico» para explorarlo en profundidad. Durante el día, pese a lo imponente de las fortificaciones, la ciudad es invadida sin piedad por un auténtico ejército de turistas españoles que ocupa el caso histórico y saquea las tiendas en busca de su botín de toallas y pijamas, pero si hemos sido afortunados -o previsores- y hemos llegado a una hora temprana, podremos recorrer sus empedradas callejuelas con relativa calma, teniendo solamente que esquivar a los comerciantes portugueses que preparan sus tiendas y tenderetes para hacer frente al invasor. Si somos expertos en el gran arte de perderse, encontraremos en la fortaleza auténticos tesoros en forma de puertas (destacando las de Coroada en la fortaleza sur y las Portas del Meio que, como se desprende de su nombre, separan ambas fortalezas), ventanas y vistas espectaculares y, como extra, tendremos otros premios, como la iglesia de Santo Estevão (del siglo XIV y fachada neoclásica), la iglesia de Santa Maria dos Anjos (originaria del siglo XIII y superposición de estilos), la capilla de la Misericórdia (barroca, reformada en el XIX en estilo neoclásico), una capilla de almas, la casa del Arco da Gaviarra (con un pasadizo inferior), la capilla del Bom Jesus… ¡hasta un miliario romano del siglo I! A modo de aperitivo dejo un puñado de fotos sin ordenar de algunos rincones de Valença para ir abriendo el apetito de futuros cicloturistas curiosos.

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Cuando nos cansemos de curiosear por Valença (o, más bien, cuando se nos eche el tiempo encima o cuando los turistas invadan la ciudad y la hagan intransitable), lo mejor es que, imitando a nuestra manera a Dorothy, sigamos «el camino de baldosas amarillas», es decir, las flechas amarillas que señalizan el Camino Jacobeo Portugués para -pasando ante el autoproclamado último bar de Portugal- llegar al puente internacional que comunica Valença con la vecina ciudad española de Tui. El puente bien merece que le echemos un vistazo pues una única estructura metálica permite, desde nada menos que 1884, que trenes, coches y peatones (y ciclistas, por supuesto) crucen el río Miño y cambien de país. Las obsoletas instalaciones fronterizas , aunque menos agresivas que la fortaleza, recuerdan también un pasado en el que ambos países no estaban tan unidos como lo están hoy.

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Una vez más, si tenemos tiempo y fuerzas, recomiendo acercarnos a Tui para visitar, aunque solo sea, su magnífica catedral románico-gótica (siglos XII y XIII). Si decidimos dejar esa visita para otra ocasión, ha llegado la hora de continuar nuestro viaje a lo largo del Minho o Miño portugués.

Por debajo del puente vemos salir un carril-bici. Se trata de nuestra abandonada ecopista que ahora hemos de retomar en dirección oeste, trepando por la colina que sustenta las murallas de Valença y disfrutando por última vez de las magníficas vistas. Dejándolas ya atrás, descendemos sobre los pasos elevados que nos llevan sanos y salvos al otro lado del cruce de varias autopistas, llegando finalmente a un animado parque con puestecillos de vendedores ambulantes, quioscos de helados, bares y restaurantes. Nos encontramos junto a la capilla de Nuestra Señora de la Cabeza (Nossa Senhora da Cabeça). Llegar al parque es fácil, pero acceder a la capilla ya es otra cosa: una empinada y considerablemente larga escalinata nos lleva a la cima de la colina sobre la que se levanta una sencilla y pequeña capilla sin demasiado interés por sí misma, aunque sí resultan curiosas las ofrendas de velas con forma de cabeza dejadas en el altar por los fieles (después de comprarlas allí mismo).

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Recuperando nuestras bicis terminamos de bajar hasta el río por cuya orilla transcurre el resto de nuestro viaje. A partir de ahora no circularemos ya por una antigua vía de tren, sino simplemente por un bonito carril-bici construido junto al río y que en muchos tramos coincide con el Camino de Santiago Portugués por la Costa (desde luego no se puede decir que no haya rutas jacobeas para todos los gustos). Si somos especialmente sensibles notaremos que el cemento es ahora menos suave que el que tuvimos en el tramo Monção-Valença pero, aún así, sigue siendo una maravilla.

Dejando atrás el diminuto puerto fluvial de Valença circulamos por un cemento grisáceo junto a un camino que nos abandona al poco tiempo. Después pasamos junto a otro muelle (en un tramo donde el cemento desaparece y nos recuerda que estamos en Portugal haciéndonos rodar sobre adoquines unos metros para regresar después al cemento de nuevo) y pronto giramos bruscamente a la izquierda para abandonar la orilla del río en un corto ascenso junto a una carreterita. Pasando bajo la vía del tren, giramos de nuevo bruscamente a la derecha para descender lo subido y circular entre la vía férrea y un camino de tierra sobre un firme que ha vuelto a adquirir su característico tono rojizo.

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Al poco se nos une a la derecha un camino (que viene, según las flechas amarillas, de Compostela) y llegamos a un pequeño puente que nos permite cruzar, junto a los peregrinos, un pequeño arroyo. Se trata del puente medieval de la Veiga da Mira, que cuenta con un arco de medio punto bastante apañado. Debo decir que, aunque la primera vez que hice esta ruta era harto complicado fotografiar este pequeño puente en condiciones debido a la maleza que rodeaba al cauce del río, el entorno ha sido posteriormente desbrozado y hoy ofrece una imagen bastante aseada.

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Inmediatamente después de cruzar el puente nuestra ruta gira a la derecha para pasar bajo la vía del tren y regresar a la vera del Miño (aunque justo aquí lo encontramos escondido tras una larga isla). Tras unos pocos metros en los que el firme de la vía ha cedido y, la última vez que pasé por aquí, estaba siendo reparado, circulamos tranquilamente entre la vegetación que crece a orillas del río hasta llegar a San Pedro da Torre, donde la ecopista deja paso a una pasarela de madera que nos permite rodear una casa y, tras unos metros más del clásico cemento rojizo, pasamos al asfalto de una calle del pueblo antes de retomar de nuevo el carril-bici. A la derecha, tras los árboles, vamos viendo cada vez más embarcaciones amarradas sobre el río.

Después de un brusco giro en forma de U para salvar el cauce de un nuevo regato, el firme vuelve a cambiar de color y pasa ahora a ser ocre. Cruzamos un parquecillo y después un nuevo giro en U nos lleva hasta un puente para salvar otro modesto tributario del Miño. A la altura de un nuevo pueblo (Carvalha, creo) los campos de cultivo que nos acompañan a la izquierda son sustituidos por el asfalto de una carretera, pero es solo por un corto trecho. El pedalear, en llano, por cemento, con árboles y el río por un lado y campos de labor y, algo más lejos, el tren por el otro empieza a hacerse aburrido por monótono pero no tardaremos en notar que el Miño se ha estrechado significativamente. En realidad es porque una nueva isla (Morraceira) nos lo oculta, dejando solo a la vista un pequeño canal. Llegamos a un parque plagado de coches, familias descansando y pescadores y nos damos cuenta de que tenemos el río a ambos lados justo a tiempo de ver como el carril-bici se acaba. En realidad lo que pasa es que nos hemos adentrado en la pequeña península da Lenta y nos vemos obligados a ir unos metros hacia atrás para poder continuar nuestra ruta río adelante (en este caso, debido a la curva que ha ido describiendo el río, estamos pedaleando hacia el sur).

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Cuando nos encontramos justo a la altura del extremo sur de la península que acabamos de abandonar, y tras pasar junto a un hotel, vemos que de la carretera que nos acompaña surge, a nuestra izquierda, una pequeña pista ascendente con firme asfaltado pero en lamentable estado. Si abandonamos nuestra ecopista y subimos por la carreterita llegaremos al fuerte de San Francisco de Lovelhe (o de Azevedo, o simplemente de Lovelhe), una fortificación muy similar a las de Monção o Valença, con la peculiaridad de que aquí no hay ninguna ciudad y puede apreciarse su estructura de cinco baluartes sin la interferencia de construcciones modernas. Este fuerte, construido en el siglo XVII, reconstruido en el XVIII y dañado y abandonado en el XIX, colaboró con la atalaya de Lovelhe (en el monte de la Encarnación de vemos tras él) y con el cercano castillo de Vila Nova de Cerveira en la defensa de este tramo del Miño.

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Regresando a nuestra ecopista y retomándola donde la dejamos, esta continúa junto a la carretera para pasar bajo el último puente internacional que conecta España y Portugal por carretera (a partir de aquí solo queda recurrir al ferry) y asciende después en paralelo a este puente hasta llegar casi hasta el fuerte de Lovelhe de nuevo. Después de un giro a la derecha desciende de nuevo, dejando a la izquierda un original edificio que alberga una piscina y a la derecha un puerto fluvial y, sin más, llegamos a Vila Nova de Cerveira.

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Para acceder al casco urbano de Vila Nova de Cerveira (que, siguiendo con nuestra referencia habitual, tiene aproximadamente la mitad de habitantes que Monção) tenemos primero que pasar por uno de los dos arcos que se abren bajo la línea ferroviaria. Al otro lado -si hemos pasado por el arco de la derecha- nos espera una subida con firme de nuestros ya familiares adoquines. Ascendiendo por ella, y dejando a la izquierda una pequeña capilla dedicada al asaeteado San Sebastián, nos adentramos en una calle comercial -con tiendas, bares y restaurantes a ambos lados- que termina llegando a la plaza de la Libertad, donde lo primero que vemos es una capilla de ánimas y, frente a nosotros, la iglesia matriz de la localidad, consagrada a San Cipriano y del siglo XVI, aunque su aspecto barroco actual se deba a las reformas del siglo XVIII.

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A nuestra izquierda queda el acceso al recinto amurallado de forma oval -típicamente gótico- del siglo XIII. En el interior de este recinto amurallado se encuentra la iglesia da Misericórdia, del siglo XVII (aunque la que vemos actualmente se construyó en el XIX en estilo neoclásico) y el pelourinho (picota).

En el recinto amurallado se encuentra también una capilla dedicada a Nossa Senhora da Ajuda, cuya festividad se celebraba casualmente durante mi visita a la ciudad, lo que me impidió acceder al recinto amurallado para explorarlo. Además de esos festejos, en la animada localidad se celebraba también una exposición de crochet al aire libre y la famosa Bienal de arte, por lo que la ciudad entera era una fiesta con todo el interés que ello implica, pero también con la desventaja de no poder visitarla con tranquilidad. Aún así me las arreglé para fotografiar la casa verde (de llamativa fachada recubierta de azulejos verdes y adornos de granito, probablemente de finales del siglo XIX o principios del XX) y alcancé a ver a lo lejos, en la cima de un monte cercano, la famosa escultura de hierro -firmada por José Rodrigues- del Cervo de Cerveira.

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Volviendo a bajar, esta vez por el otro lado de la muralla, llegamos a una amplia explanada donde los sábados tiene lugar uno de los más concurridos mercadillos del norte de Portugal, aunque mi visita tuvo lugar en domingo y, aún así, encontré algunos puestos de antigüedades y chatarras varias. Quizás sea desde este punto desde donde mejores vistas de conjunto se tengan del recinto amurallado de la localidad.

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Volviendo al otro lado del tendido ferroviario (ahora por el otro arco) regresamos a nuestra ecopista, recordando fijarnos en la orilla opuesta del Miño, donde destaca la fortificación enemiga, en este caso el castillo de San Lorenzo de Goián, en el concello pontevedrés de Tomiño (de querer acercarnos a visitarlo, lo mejor es hacer uso del puente internacional que dejamos atrás al pasar por el fuerte Lovelhe). Como todas las fortificaciones que hemos visto hoy (salvo el castillo de Cerveira y la torre de Lapela), se trata de una fortificación estrellada del siglo XVII donde lo más reseñable es el puente de acceso.

Volviendo al lado portugués del río y a nuestra ruta, la ecopista atraviesa el parque del Castelinho, con su parque acuático y rocódromo (y donde, por cierto, es posible alquilar bicis) y pasa junto al interesante Aquamuseu, con acuario y un museo donde aprender más sobre las artes de pesca tradicionales de la zona. Después regresamos a nuestro monótono pedalear por la orilla de un Miño que tiene cada vez más aire marítimo. A nuestra derecha queda la isla da Boega y, antes de haberla pasado por completo, la mucho más pequeña y boscosa isla de los Amores o del Castillo, que sirve de refugio a numerosas embarcaciones.

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Al otro lado de la isla, la ecopista nos deja en el parque de Cais da Mota -apenas una explanada con embarcaderos- donde hasta hace bien poco moría junto a las aguas del Miño. Sin embargo, en la actualidad no es este sino un lugar de paso pues, pudiendo elegir aquí entre recorrer los siguientes metros por una pasarela de madera o el poco amigable firme empedrado típico de Portugal, volvemos a encontrar al poco la continuación de la ecopista, que sigue dibujando el contorno del Miño como si nada hubiese pasado.

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Tras un rato más de pedaleo entre el río y una carreterita empedrada llegamos a un bar que marca lo que parece ser, ahora sí, el final de nuestra aventura…pero no. Dejando el carril bici para pasar al empedrado que nos lleva, en perpendicular al Miño, hacia la izquierda, cruzamos la vía férrea con precaución por un paso a nivel y, con más precaución aún, la transitada N-13 con la que nos topamos al otro lado.

Al otro lado de esta (y desplazándonos ligeramente a la derecha), subimos por la calle empedrada y, nos disponemos a seguir la ruta jacobea que viene de la costa (en realidad hay más alternativas para cruzar el casco urbano de Lanhelas, donde nos encontramos, pero esta es la más sencilla por estar señalizada para los peregrinos, aunque sea en dirección contraria a la que nosotros llevamos) hasta llegar a una bonita capilla dedicada a San Sebastián (algo más arriba en la misma calle está una iglesia algo más grande consagrada al mismo asaeteado santo) donde giramos a mano derecha para enfilar una estrecha calle que nos lleva, bajo un pequeño arco, hasta una fuente donde, torciendo levemente a la derecha, seguimos de frente y abandonamos los adoquines para pasar al asfalto unos segundos y, al regresar a los adoquines, ignorar la cercana N-13, pasar junto a la discreta capilla de San Antonio y, por asfalto y muy brevemente por tierra, alcanzar una nueva carretera descendente que tomamos a la derecha, hacia la N-13.

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Al otro lado de la carretera vemos ya la estación de tren de Lanhelas y, si nos fijamos, un cartel que nos indica ya dónde retomar nuestra ecopista perdida. Obedeciendo la señal, cruzamos de nuevo la vía férrea por un paso a nivel y, rodando unos metros por el camino de tierra que sale a nuestra izquierda, alcanzamos de nuevo el carril-bici justo en la parte trasera de la estación.

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Una vez más rodamos por nuestro añorado firme rojizo que circula en este tramo pegado a la vía del tren. A la derecha dejamos un pequeño merendero construido cerca de un lavadero donde alcancé a vislumbrar un pequeño mamífero que se escabulló nada más verme sin darme tiempo a descubrir su especie. Algo más adelante, nuestra vía se estrecha para pasar entre un grupo de casas que, a nuestra derecha esconden un bonito conjunto estropeado por el aparatoso todoterreno que aparca entre la capilla dedicada -de nuevo- a San Sebastián y el cercano crucero. A continuación salimos una vez más a la orilla del río junto al que pasamos a rodar, dejando al otro lado un bar.

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Tras dejar a nuestra izquierda varios alpendres de pescadores alcanzamos una plazuela decorada con un ancla desde donde se alcanza a ver, al otro lado de la vía, el campanario de la iglesia de San Pedro, en Seixas. La panorámica hacia el otro lado, en la orilla opuesta del Miño, está ya dominada por el monte de Santa Tegra o Tecla, sobre el núcleo urbano de A Guarda.

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Tras unos pocos minutos pedaleando al lado de la vía, nos separamos de nuevo de ella para acercarnos al río en el entorno de un restaurante y, ahora sí ya de forma definitiva, alcanzamos el final de esta ecopista del Minho que durante tanto tiempo nos ha servido de guía en nuestra aventura de hoy. Si aún nos quedan ganas de fiesta en las piernas y no tenemos miedo al tráfico portugués, podemos unirnos algo más adelante a la N-13 para, cruzando por ella la desembocadura del río Coura, alcanzar la localidad de Caminha que ya divisamos en lontananza y donde, si así lo deseamos, podemos seguir pedaleando siguiendo el Eurovelo 1. En caso contrario, tras echar un último vistazo al impresionante monte de Santa Tegra y admirar la amplia desembocadura del Minho/Miño en el Atlántico, damos media vuelta a nuestras bicis y volvemos sobre nuestros pasos hasta Vila Nova de Cerveira, Valença do Miño o Monção, según nuestras fuerzas o necesidades.

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Peregrinando a contracorriente: Camino del Norte a Fátima

Provincias: A Coruña y Pontevedra (España); Viana do Castelo, Braga, Porto, Aveiro, Coimbra y Leiria (Portugal)

Distancia: 470 km aprox.

Mapa:

Track: Descargar CaminoNorteFatima.gpx

Descripción:

Dicen que todos los caminos llevan a Santiago y en estos tiempos, cuando la popularidad del Camino de Santiago en todas sus variantes ha conseguido su práctica saturación en los tramos más cercanos a la capital compostelana, esto parece ser especialmente cierto. Los viajeros del mundo han olvidado los otros centros habituales de peregrinación y acuden en masa a las rutas jacobeas. Sin embargo, quienes hayan elegido el llamado Camino Portugués, habrán podido comprobar que además de las ubicuas flechas amarillas en los cruces existen también unas flechas similares pero pintadas en color azul y que, curiosamente, indican justo en la dirección contraria. Y es que este camino, que se dirige a Compostela desde tierras lusas, une dos centros de peregrinación de gran arraigo en la tradición cristiana. Por un lado tenemos, cómo no, Santiago. Por el otro, Fátima.

Como soy de los que aceptan pertenecer al rebaño pero presumiendo de ser una oveja negra, haré lo contrario de lo que hacen todos. Peregrinaré, sí, pero lo haré en la dirección opuesta. ¿Alguien se viene conmigo a Fátima?

Nota: Este Caminho do Norte, que entra en tierras portuguesas a la altura de Valença do Minho, esta señalizado por las mencionadas flechas azules desde Santiago de Compostela. Aquí empezaré mi ruta y la iré completando a medida que mi escaso tiempo  libre y mis excesivas ideas para ocuparlo me lo permitan. Comienzo, por el momento, describiendo el tramo Santiago-Pontevedra y el que, ya dentro de Portugal, va desde el río Miño al Duero. Después ya veremos.

Dado que esta ruta coincide con el Camino Portugués a Santiago, debemos comenzarla en el lugar en el que este acaba: la seo compostelana. Partimos pues del Obradoiro por la rúa do Franco y, pasando por Porta Faxeira, bordeamos la Alameda y salimos de la ciudad por Rosalía de Castro y Santa Marta. Al coincidir con el Camino Portugués, esta ruta coincide también, durante algunos kilómetros, con la Ruta del Padre Sarmiento que ya he descrito aquí. En concreto, coincidiremos con la ruta de O Salnés en todo el tramo entre Santiago y Pontecesures, además de durante un par de kilómetros a la entrada a Pontevedra.

Al comienzo de la rúa da Volta do Castro -mencionar que el nombre de esta calle proviene del castro que existe unos metros más adelante a la derecha, donde aún se conserva un magnífico petroglifo de la Edad del Bronce- nos desviamos a la izquierda (dejamos a la derecha una tienda de bicis, por si necesitamos realizar algún ajuste de última hora) y, después de cruzar una zona de bloques de viviendas, cruzamos por un paso elevado la ronda de circunvalación de Santiago para salir así definitivamente de la ciudad. Después de un cruce junto a un grupo de casas, nuestro camino pasa a ser de tierra y pasamos bajo un enorme viaducto para ponernos en paralelo al río Sar, que queda a nuestra izquierda y hacia el que, poco a poco, vamos descendiendo. Finalmente cruzamos el río por un puente de piedra originario del siglo XII (aunque posteriormente reformado en numerosas ocasiones) y pasamos de nuevo al asfalto junto a un nuevo grupo de casas entre las que hay un bar un poco cochambroso. Pasadas las casas, dejando a la derecha el camino de acceso a una bonita fuente de piedra junto al Sar, nos desviamos a la izquierda para enfrentarnos al primer repecho serio de nuestro camino, que nos deja primero junto a la vía del tren en paralelo a la cual pedalearemos durante unos metros antes de cruzarla y, dejando a la derecha A Rocha Nova, entrar en la localidad de A Rocha Vella.

Nada más entrar en esta aldea encontramos a nuestra izquierda una calle que desciende hasta el castillo de A Rocha Forte, una fortaleza que sirvió de refugio a los arzobispos de Compostela entre los siglos XIII y XV cada vez que se metían en un lío. El castillo fue destruido durante las guerras irmandiñas y permaneció olvidado (y enterrado) durante siglos, hasta el punto de que le construyeron una vía férrea casi por encima. Hoy ha sido excavado y puede visitarse.

Visitado el castillo, cruzamos A Rocha Vella y nos ponemos en paralelo a la autovía AG-56 en pronunciado descenso para terminar cruzando bajo ella y, casi inmediatamente, pasar bajo otro viaducto. Después no nos queda otra que girar bruscamente a la derecha para recuperar parte de la altitud perdida en un solo repecho y, después de otro giro a la izquierda, continuar subiendo por una zona salpicada de casas entre tierra de labor que, después de otro repecho de tierra entre un bosque de eucalipto, nos termina dejando en O Milladoiro, pequeña aldea sin ayuntamiento propio que ha terminado convertida en una inmensa ciudad dormitorio.

Cruzando con mucha precaución la carretera que nos topamos al salir del camino, lo primero que encontramos en O Milladoiro es un gran centro comercial donde podemos reponer víveres de necesitarlo, y después llaneamos por una avenida que deja a la derecha un pabellón y otras instalaciones deportivas. Antes de abandonar la localidad por esta misma avenida, tenemos la opción de desviarnos unos metros a la izquierda para visitar una pequeña capilla consagrada a la Magdalena que sobrevive entre los bloques de viviendas.

Salimos pues de O Milladoiro por una carretera descendente para desviarnos después a la izquierda y posteriormente a la derecha para terminar saliendo del asfalto y poniéndonos en paralelo a una amplia carretera, aunque nosotros circulamos por una pista de tierra muy bacheada. Al final de esta, cruzamos el asfalto en una rotonda y desandamos unos metros, ahora por el lado opuesto de la carretera. Si estamos en temporada alta, encontraremos aquí una caravana transformada en bar que ofrece refrescos y aperitivos a los peregrinos.

Llegamos a un aserradero y giramos en angulo recto a la izquierda para encontrarnos, por primera vez de muchas, con el aún pequeño río Tinto. Circulamos algunos kilómetros en esta dirección por un camino de tierra en buen estado, aunque algo embarrado en algunos tramos, que va cruzándose en su recorrido con pequeñas carreteras asfaltadas. Tras uno de estos cruces, en la aldea Pedreira, nuestro camino se convierte en asfalto y nos adentramos en una zona bastante urbana con numerosas casas que nos indican la cercanía de la carretera nacional N-550, hasta la que podremos acercarnos si necesitamos algún servicio (bares, tiendas, farmacias, bancos…). Sin embargo, nuestro camino se aleja por ahora de ella y nos lleva un poco más a la derecha para pasar sobre la vía del tren y adentrarse en una zona más boscosa, donde el asfalto se ve rodeado por robles y pinos. Después de un descenso llegamos a una nueva localidad: Rúa de Francos. Después de pasar junto a una casa rural y restaurante llegamos a la famosa Carballeira de Francos, donde cada 11 de Noviembre (festividad de San Martiño) tiene lugar una concurrida feria equina. De continuar a la derecha pasaríamos por un bonito puente antiguo y llegaríamos al camino de acceso al Castro Lupario, pero en su lugar nos desviamos a la izquierda para llegar a una pequeña capilla dedicada a venerar a San Martiño junto a cuya puerta vemos un cruceiro. Sin embargo la verdadera joya está en la parte trasera de la ermita, pues allí encontramos un maravilloso crucero gótico de aspecto mucho más tosco del que estamos habituados a hallar en Galicia: una única pieza de piedra con forma de cruz donde se han labrado el Cristo crucificado y, a sus pies, las figuras de sendos peregrinos.

Continuamos en dirección sureste para entrar en el valle del río Tinto y pasar junto al Pazo do Faramello, del siglo XVIII, una antigua fábrica de papel que conserva sus molinos, su capilla barroca y un poco común jardín francés del siglo XIX, todo ello junto al bello cauce del río Tinto y a los pies del Castro Lupario (para más información sobre el pazo y el castro, recomiendo visitar mi entrada sobre la Ruta del Padre Sarmiento).

Dejando atrás el acceso al pazo, nos vemos obligados a incorporarnos a la N-550, transitada carretera nacional por la que circularemos con mucha precaución en un tramo de bajada que nos lleva en un momento hasta un cercano polígono industrial. Pasado este, salimos de la nacional por la carretera perpendicular a la izquierda que nos lleva hasta Areal, donde giramos otra vez noventa grados  para volver a ponernos en paralelo a nacional y la vía de tren, entre ambas. Cruzamos otra aldea y poco más allá giramos a la izquierda para ascender un duro repecho que nos lleva al otro lado de la vía, donde retomamos nuestro rumbo sureste para llegar en poco tiempo a la aldea de Cruces, donde lo primero que veremos será la pequeña iglesia de Santa María rodeada de su cementerio con bonitas vistas sobre el valle del Sar.

Pocos metros más adelante, dejando a nuestra derecha el jardín botánico de la Fundación Paideia, llegamos a otra iglesia, esta vez un poco más espectacular: el Santuario de la Virxe da Escravitude, un majestuoso edificio barroco (nótese el parecido de su fachada con la del Obradoiro) ante el cual una escalinata doble con balaustrada central da cobijo a la fuente que da nombre al santuario, pues un peregrino enfermo que bebió de ella se vio de inmediato «libre de la esclavitud de su mal».

En este punto nos vemos de nuevo obligados a regresar al asfalto de la nacional durante algunos metros para después desviarnos a la derecha y compartir camino con la vía del tren (aunque camino y vía férrea comparten trazado aquí casi sin separación, la anchura permite circular sin peligro).

Volvemos a separarnos de la vía a los pocos metros para adentrarnos en una zona de estrechos caminos asfaltados que transcurren entre casas y huertos, donde algunos idílicos lavaderos, molinos y algún hórreo salpican nuestro recorrido.

Dos bruscos giros nos llevan después de nuevo a la ya conocida N-550 por donde, por tercera vez, deberemos circular con toda la precaución posible (en un tramo es posible evitarla por un sendero separado de ella). Algo más adelante habremos de abandonarla por el lado contrario para llanear por una ancha calle que termina muriendo junto a la vía del tren. No nos queda más remedio que torcer en ángulo recto a la izquierda para ascender un duro repecho y girar de nuevo a la derecha e ir descendiendo poco a poco de nuevo hasta la vía, bajo la cual pasamos. Al aparecer por el otro lado, lo primero que vemos es la iglesia -antigua colegiata- de Iria Flavia.

Lo primero que vemos es el cementerio. Si cruzamos la puertecilla que queda justo ante nosotros y caminamos unos pocos metros a nuestra izquierda veremos a nuestros pies, a la sombra de un viejo olivo, la pesada losa que cubre los restos mortales de el Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela, Marqués de Iria Flavia.

Al otro lado del cementerio, escoltada por una magnífica colección de sepulcros antiguos (s.VI-VII), la iglesia procede del siglo XI y durante algunas décadas fue colegiata, en sustitución de la antigua que había sido destruida por Almanzor pocos años antes de la construcción de esta. El edificio que tenemos ante nosotros, sin embargo, es del siglo XVIII, obra de Pedro García de Cotobade con retablo mayor de Miguel de Romay.

Frente a la iglesia, al otro lado de la carretera nacional, un conjunto de casas también  del siglo XVIII (aunque, obviamente, el escudo del marquesado esculpido en uno de los frontones es muy posterior), se encuentra la Fundación Camilo José Cela, así como el museo del ferrocarril dedicado al ingeniero ferroviario John Trulock, abuelo del escritor y responsable de la primera vía férrea de Galicia, que pasaba por aquí. Inmediatamente a la derecha de estas casas, en los terrenos de una antigua azucarera, se levantó en tiempos de la guerra civil un campo de concentración en el que el bando nacional mantenía confinados a presos traídos de toda España (un solar en el que hoy podemos ver solo un bonito palacete).

Volviendo a nuestra ruta, unos metros más adelante por la carretera nacional nos desviamos a la derecha para cruzar el canal del Sar y llegar hasta un punto clave de la tradición Jacobea: la iglesia de Santiago de Padrón.

Pero antes de centrarnos en este templo, propongo que nos desviemos unos pocos kilómetros a la izquierda de nuestro camino para subir por carretera hasta Herbón donde, entre invernaderos dedicados al cultivo de sus archiconocidos pimientos, encontraremos una joya del románico: la iglesia de Santa María, construida en la segunda mitad del siglo XII por orden del arzobispo compostelano más popular del medievo, Don Diego de Gelmírez. En sus proximidades puede encontrarse también el monaterio franciscano donde se plantaron por primera vez -traídos de América- los pequeños pimientos que dan fama a esta localidad. Por el camino (ya sea en el de ida o en el de vuelta) podemos aprovechar para visitar el jardín botánico de Padrón, la casa-museo de la escritora Rosalía de Castro o, como no, para degustar una ración de pimientos y comprobar si son de los que pican o de los que «non».

Volvemos ya al punto donde habíamos interrumpido nuestra ruta poco después de entrar a Padrón para centrar nuestra atención en la iglesia de Santiago. El edificio pasa bastante desapercibido por ser relativamente moderno -segunda mitad del siglo XIX- pero en su interior, además del púlpito de piedra originario del siglo XV (procedente del templo gótico que sustituyó al original del siglo X y que, a su vez, fue reemplazado por el que ahora vemos), en un lugar destacado tras el altar mayor encontramos el mítico pedrón. Se trata de una piedra que, además de dar nombre a toda la localidad, tiene un papel destacado en la tradición jacobea pues a ella, supuestamente, amarraron los discípulos de Santiago la barca en la que trajeron el cuerpo del Apóstol desde Oriente Próximo. Se trata, por tanto, y de forma literal de uno de los pilares del cristianismo o, al menos, de las peregrinaciones jacobeas y estaría fuera de lugar entrar aquí a discutir su credibilidad. Lo que sí sabemos es que este pedrón es un ara romana dedicada a Neptuno y que por ese motivo lo lógico es que estuviese situado originalmente junto al agua: en el puerto. Quién o qué se amarrase o dejase de amarrar a él depende ya de la fe de cada uno.

Siguiendo con la tradición jacobea, recientes prospecciones por georradar en un solar a pocos metros de aquí, al otro lado del río, han determinado la presencia bajo tierra de lo que podría ser el antiguo puerto y de la roca sobre la que, de nuevo según la tradición, fue depositado el cuerpo del Apóstol. Lo que si sabemos que está en esa misma orilla del río, en este caso bien visibles sobre la superficie de la tierra y separados de la iglesia de Santiago solo por un puente, son el convento del Carmen (neoclásico, siglo XVIII) y la bonita fuente del mismo nombre (siglo XVI, reconstruida en el XVIII). Mucho más moderna -y la menciono como curiosidad- es la escultura que encontraríamos de seguir unos metros por la carretera que aquí comienza: un gran ciclista metálico aquí erigido como homenaje a los varios ciclistas profesionales que ha dado la tierra (la tienda de uno de ellos también se encuentra a pocos metros).

De camino a Extramundi (donde se encuentra la escultura) podemos aprovechar para desviarnos y enfrentarnos a las duras rampas que ascienden por la ladera tras el convento del Carmen y que nos llevan a la pequeña ermita de Santiaguiño do Monte, lugar donde se cuenta que predicó y se escondió el Apóstol.

Volviendo a nuestra ruta, a la puerta misma de la iglesia de Santiago encontramos una estatua de la gran Rosalía de Castro (generalmente no lleva puesta la rebequita que viste en la foto) que mira directamente, a través de un largo parque de majestuosos árboles, a una escultura similar del genial Camilo José Cela que ha sido erigida con un buen par de pelotas (no es que me haya vuelto soez de repente sino que, literalmente, han colocado dos grandes bolas de granito frente al pedestal de la estatua). Si tenemos tiempo, un paseo por el casco histórico de la localidad nos recompensará con el descubrimiento de alguna bonita fuente donde aliviar nuestra sed y un buen número de cruceros.

Y, ya que hemos venido hasta aquí, si en Santiago fuimos lo bastante previsores como para hacernos con la correspondiente credencial del peregrino y de sellarla, podemos sellarla por segunda vez en Padrón y pasar por la oficina de turismo o por el albergue municipal, donde nos expedirán un diploma -la Pedronía- que podemos guardar como recuerdo de nuestro paso por esta localidad jacobea.

Es hora ya de abandonar Padrón, lo que hacemos pasando junto al mercado (buen lugar para avituallarnos) y frente al albergue de peregrinos. Continuamos después, pasando bajo una autovía, siguiendo el curso del Sar hasta que, bruscamente, nos desviamos perpendicularmente a nuestra izquierda para dirigirnos al puente que nos llevará al otro lado del cercano río Ulla.

Dado que el puente es compartido con la N-550 debemos cruzarlo con mucha precaución. Para evitar el tráfico lo mejor es esperar a que no vengan peatones y utilizar la acera que, aunque no excesivamente ancha, permite sin problemas el paso de nuestra bici. Al otro lado, ya en Pontecesures, debemos ignorar las primeras dos calles que salen a nuestra derecha -la primera de las cuales está señalizada con flechas que podrían confundirnos- ya que lo que debemos hacer es desviarnos hacia el lado contrario. Para no tener que cruzar la nacional lo mejor es meternos por el sendero que sale a nuestra derecha y, pocos metros más adelante, utilizarlo para pasar bajo la nacional. Al otro lado encontramos encontramos una calle ascendente que nos lleva directamente a la capilla de San Xulián de Requeixo.

La capilla se encuentra, como ya empieza a resultarnos habitual, rodeada por el cementerio parroquial. Su origen se remonta al siglo XII y, a pesar de las numerosas reformas posteriores, aún es posible encontrar algunos elementos de su factura románica original. Lo que más llama la atención es el gran arco -ahora ciego- que se observa en la fachada sur y cuya función es desconocida. En las proximidades de la iglesia, al pie del Camino, se encuentra el cruceiro de San Lázaro (santo al que vemos representado en el fuste), del siglo XIV y que, como se puede deducir a partir de su nombre, formaba parte de una antigua leprosería.

Seguimos pedaleando y a los pocos metros completamos la subida que empezamos poco después de cruzar el Ulla. A nuestra derecha queda un mirador que domina toda la localidad de Pontecesures pero no merece la pena que nos detengamos pues la vista queda estropeada por dos enormes complejos industriales (la maderera Finsa y una planta de Nestle). En su lugar, continuamos llaneando por asfalto, llamándonos la atención los carteles que prometen los numerosos servicios que ofrece la villa de Pontecesures como reclamo para sacar a los peregrinos del trazado del Camino y llevarlos por la carretera principal. A nosotros son las flechas azules las que nos sacan de la carreterita por la que vamos para desviarnos hacia otra aún más estrecha que sale a nuestra izquierda y, a los pocos metros, tenemos que abandonar también esta, de nuevo hacia la izquierda, para pasar a rodar por un estrecho camino ascendente que se interna en el bosque.

Terminada la subida, el camino sale del bosque y regresa al asfalto para empezar a zigzaguear entre algunas casas dispersas. Así llegamos a una carretera algo más ancha que describe una curva justo en ese punto. Continuamos por ella hacia la izquierda (casi recto para nosotros) para toparnos de inmediato con la iglesia de San Miguel, un voluminoso edificio neoclásico del siglo XVIII. Frente a la fachada principal, en el atrio, un pequeño calvario formado por tres cruces de piedra. Para los observadores, lo más reseñable es el detalle que encontramos en la fachada sur del templo: un electricista iluminado decidió camuflar una canalización eléctrica disfrazándola de bastón de peregrino, con calabaza y todo. Ya de puestos ¡le faltó tapar la caja de contadores con una concha!

Se acaba lo bueno. No a muchos metros de dejar atrás esta iglesia pasamos de nuevo del asfalto a la tierra y, después de cruzar el río Valga, nos pondremos en paralelo a él para comenzar una larga y por momentos dura subida donde lo único bueno es el frescor que se respira el la zona gracias a los abundantes árboles, además de los gritos de aliento que recibiremos de los peregrinos que vienen descendiendo. Finalmente, después de una subida de poco más de un kilómetro que se hace eterno, pasamos al asfalto y encontramos una bajada, pero no debemos confiarnos pues la carretera nos lleva directamente a la autopista AP-9 y, justo antes de cruzarla, debemos meternos por el camino que avanza paralelo a ella y que vuelve a ponerse cuesta arriba (en torno a tres kilómetros durará esta vez la subida).

Después de un trecho dejando la autopista a nuestra izquierda llegamos al asfalto de nuevo y, girando a la izquierda (a la derecha queda un bar que nos tienta con su oferta de comida), pasamos sobre la AP-9 para volver a abandonar la carretera y continuar avanzando hacia en sur dejando ahora la autopista a nuestra derecha. Más adelante la pista por la que vamos se comienza a alejar del ruidoso tráfico y dejamos a nuestra derecha el Museo Labrego, un pequeño edificio en cuyo patio se amontonan aperos tradicionales de labranza.

Nos topamos con otra carreterita asfaltada y, tomándola hacia la derecha, la utilizamos para cruzar la N-550 y poco más adelante, en el entorno de una aldea, terminamos por fin la subida que nos estaba haciendo sufrir los últimos kilómetros. Nada más comenzar el largo descenso con el que el camino nos recompensa ahora llegamos a una amplia plaza en torno a un cruceiro situado sobre un alto pedestal escalonado con otras dos cruces a sus pies. A un lado, un pintoresco conjunto de edificaciones de piedra rodea a la iglesia de Santa Mariña de Carracedo. Dando un breve paseo por entre los edificios encontraremos grandes palmeras, olivos, un sarcófago… Podemos descansar también en el parquecillo frente a la iglesia y desde allí fotografiar la fachada de esta, con una única torre barroca. El señor del chimpín es opcional.

Continuamos la bajada y al poco nos tocará volver a cruzar la nacional. Al otro lado no tardamos en volver a la tierra: una pista en perfecto estado avanza en suave pero continuo descenso por entre el bosque y la pradera que ocupa una amplia vaguada. De vez en cuando cruzamos algún diminuto regato que ayuda a que refresquemos nuestras piernas con las salpicaduras. Después de un rato de disfrute que se nos hace corto volvemos a toparnos con la N-550 que en esta ocasión pasa sobre nuestras cabezas en un alto viaducto que describe una amplia curva. Se trata de una circunvalación de la localidad de Caldas. Poco más adelante nuestro camino desemboca en la N-550 original y por ella entramos en el casco urbano de Caldas.

Después de unos metros de descenso por la nacional, la abandonamos para tomar una calle que sale de ella por la derecha, justo en el punto donde se encuentra una pequeña capilla dedicada a San Roque. Poco más adelante el río Bermaña se interpone en nuestra ruta. Un puente de origen romano (siglo I) nos servirá para cruzarlo, al igual que permitía el paso de los romanos que viajaban por la vía que por aquí venía. A nuestra derecha, en una plazuela cercana, vemos un bonito cruceiro. Al comienzo del puente, al lado derecho, una bonita fuente. Pasado el puente, a la izquierda, otro crucero.

Debemos cruzar el casco urbano por la calle (rúa Real) que vemos frente a nosotros. En mi caso eso fue imposible por la presencia de un concurrido mercadillo que entorpecía el paso. Si esto ocurre, podemos aprovechar el rodeo para visitar la localidad, ver la enorme (y fea) iglesia de San Tomé Becket y, por supuesto, pasar por las famosas fuentes termales que dan nombre al lugar. Finalmente debemos regresar a la N-550 para cruzar por ella el río Umia. Algo más adelante, nos sorprende a la derecha el testero plano del ábside de la iglesia de Santa María. Si vamos hasta su puerta occidental, bajo un pórtico  y un campanario barroco, las arquivoltas de medio punto nos recordarán el origen románico de la construcción.

Desde la iglesia sale un camino que nos permite abandonar la nacional y circular en paralelo a ella de forma mucho más tranquila. Durante algunos kilómetros de llaneo esta será la tónica general: alternancia de tierra y asfalto, circulando en paralelo a la N-550 y retornando a ella en zonas puntuales, casas aisladas salpicando tierras de viñedos, albergues, cruceiros…

En uno de los puntos en los que el camino regresa al asfalto, y después de circular algunos metros por el arcén, vemos un desvío a la derecha que nos indica cómo llegar al Parque de la Naturaleza del río Barosa. Recomiendo abandonar unos minutos nuestro camino para acercarnos hasta este pintoresco lugar, a apenas unos metros de aquí, donde el mencionado río Barosa se despeña en suaves cascadas en un valioso entorno etnográfico abundante en molinos. Si la ocasión así lo requiere, varias mesas de merendero nos permiten reponer fuerzas en tan refrescante paraje.

Regresando a nuestro camino, abandonamos ahora sí definitivamente la nacional por un nuevo camino de tierra que algo más adelante nos lleva a otra carretera tranquila pero que no tarda en ponerse cuesta arriba. Primero, poco a poco, nos lleva a lo largo de la vía del tren y no se empina demasiado hasta que no se separa de ella. Algo más adelante, después de varios cruces, nos tomamos un breve descanso en forma de bajada en una zona donde algunos mojones nos indican que por aquí pasaba la vía romana XIX, que comunicaba en tiempos de Augusto Braga y Lugo (si hemos sido observadores habremos visto ya mojones similares, por ejemplo, en Iria Flavia, junto al muro del cementerio).

Después de un nuevo cruce, un camino de tierra nos lleva hasta una nueva carretera que, ahora sí, se pone a subir en serio. Y lo hará sin descanso (salvo los que queramos tomarnos para fotografiar cruceros, fuentes, capillas y lavaderos) hasta la aldea de San Amaro. Desde aquí tomamos ya un camino descendente a través de una zona boscosa que, salvando riachuelos que -salvo alguno- no nos harán desmontar, nos deja en un paso a nivel que nos permite cruzar la vía. A otro lado, y después de unos metros pegado a los raíles, el camino continúa en dirección sur hasta que, bastante más adelante, se termina transformando en asfalto. No por ello debemos abandonarlo y, de nuevo bastante más tarde, desemboca en otra carretera bastante transitada que deberemos seguir en la misma dirección que llevamos hasta pasar bajo la vía férrea. Al otro lado tomamos la primera calle a la derecha que nos lleva, pasando junto a la iglesia de Santa María Alba (nada que reseñar salvo la curiosa escultura de piedra de un antiguo párroco), de nuevo al otro lado de la vía por un paso inferior. La carretera sigue de frente y las flechas amarillas nos indican que se trata del camino espiritual o camino del padre Sarmiento (que regresa a Santiago atravesando el Salnés -el primero- o por la costa -el segundo-). Nosotros nos desviamos por la pista de tierra que sale a nuestra izquierda en paralelo al tren y que se dirige ya directamente a Pontevedra.

Circulando por la pista dejamos una fuente a la derecha y, poco más adelante, una plataforma de madera en lamentable estado de abandono (¡ojo si la exploramos!) nos llevaría hasta un punto de observación de las aves que habitan las marismas del Alba, en el río Gándara. La pista se termina transformando en asfalto y luego en una calle que termina llevándonos al Ponte do Burgo, sobre el río Lérez, que nos permite cruzar hasta el casco histórico de Pontevedra.

Tramo Pontevedra-Redondela: Aún no disponible

Salimos de Redondela pasando junto a un bello edificio renacentista, del siglo XVI, que responde al nombre de Nuestra Señora de la Purificación de Vilavella. Como puede inferirse de tan pía denominación, originalmente era un convento, si bien hoy está más dedicado a satisfacer las necesidades físicas que las espirituales, pues es un restaurante.

Pasado el convento de Vilavella, debemos tomar la carretera nacional que, al igual que nosotros, se dirige a Porriño. Para hacerlo de forma correcta deberíamos ir hacia la rotonda que queda hacia el oeste -esto es, dejando el convento a nuestra izquierda- para coger allí esa N-550. Aunque no quiero invitar a nadie a quebrantar la ley, otra posibilidad es pasar el convento dejándolo a nuestra derecha (por donde vienen los peregrinos jacobeos) y, unos metros más adelante, incorporarnos a la nacional ignorando las señales que prohíben hacerlo. Allá cada uno con su conciencia…

Sea como fuere, seguimos pedaleando por la N-550 en dirección sur entre las típicas naves comerciales que rodean las carreteras que abandonan toda población de cierta entidad. Al poco, abandonamos la nacional hacia la derecha y proseguimos por una carreterilla de evocador nombre (Camino de los Frailes) pero por la que debemos ir atentos, pues entre los numerosos peregrinos, el abundante tráfico y los diversos socavones causados por lo que parecen unas obras de alcantarillado, no es muy recomendable despistarse, por nuestro bien y por el de los demás. Aunque vamos llaneando, es fácil percatarse de que varios montes se van cerrando a nuestro alrededor y cada vez nos quedan menos esperanzas de salir de esta encerrona sin esfuerzo.

En efecto, la carretera empieza a empinarse un poquito y, casi de inmediato, un muchito. Una primera rampa (aquí la calle se llama ya Camino Romano) nos hace fijarnos en el bar que queda a nuestra izquierda en busca de auxilio, pero está cerrado. Giramos a la derecha y una segunda y larga rampa, que incluye una curva a izquierdas y otra a derechas, nos deja tocados y muy tocados y, cuando parece que todo está a punto de acabar, aparece una nueva curva a la izquierda que nos hunde definitivamente: lo que aparece aquí es, que yo recuerde, una de las rampas más duras que he visto en mi larga vida de ciclista (al menos entre las asfaltadas, claro) y, las dos peregrinas extranjeras que bajan corriendo sin poder frenarse, así parecen confirmarlo. Teniendo en cuenta que una rampa del 100% corresponde a la diagonal, no parece que esta salvajada que tenemos ante nosotros esté muy lejos de eso. Ya desmontados de la bici y, aún así, con bastante esfuerzo subimos evitando las bellotas que caen de los robles de la parte superior de la cuesta y que la bajan rodando cual proyectiles.

Lo bueno es que, el paisaje que estamos dejando atrás es de una gran belleza y, como esta rampa es un buen mirador, tenemos una buena disculpa para detenernos las veces que necesitemos. Los únicos testigos son los pasajeros de los aviones que despegan o aterrizan en el cercano aeropuerto de Vigo-Peinador (demasiado lejanos para tener que aparentar entereza ante ellos) y los peregrinos que bajan con prudencia el desnivel y con los que podemos entablar conversación para tener otra disculpa para descansar, como hago yo con un grupo de singapurenses que se está reagrupando en el mínimo descansillo que supone la entrada a una casa que hay a media subida.

Pasada esta rampa (o rampón), el desnivel cede un poco pero, a cambio, el firme asfaltado deja paso a la tierra. Por fin llegamos al alto, donde un murete de piedra nos permite descansar unos minutos y recuperarnos, más que del esfuerzo, de la incredulidad de lo que hemos tenido que superar. Poco más adelante, un cartel nos indica que estamos junto a la «mámoa» (dolmen o túmulo) del Coto de Gran pero, por más que busco entre los robles y los helechos, allí no veo nada más que una gran losa llena de pintadas y apoyada sobre un trozo de tubería de hormigón. O mucho han cambiado los dólmenes o eso no es lo que busco, así que me voy del lugar sin haber podido ver ningún resto de apariencia megalítica.

Enlazamos con una carretera asfaltada y pedaleamos un rato por ella, rodeados ahora de pinos, antes de salir hacia la derecha por un nuevo camino de tierra que, algo más adelante, vuelve a transformarse en asfalto y nos lleva hasta un restaurante. Si no aprovechamos para reponer fuerzas, lo que hacemos frente a él es girar a la izquierda y de nuevo a la derecha para tomar una carretera algo más ancha que nos lleva a través de una zona semiurbana.

Al cabo de un rato abandonamos también esta carretera por una más pequeña que sale a nuestra izquierda. Durante unos metros ambas carreteras transcurren paralelas y vuelven a juntarse un poco más adelante, pero nosotros no vamos a llegar al punto de reunión de ambas, pues inmediatamente antes tomamos el estrecho camino que sale a nuestra izquierda. Si vamos atentos (lo que, por desgracia, no fue mi caso), veremos aquí, muy pegadito al sendero, un miliario romano, el de Santiaguiño de Antas, que nos vuelve a recordar que estamos siguiendo el milenario trazado de la Vía XIX de Antonino. Como curiosidad, decir que en la actualidad el miliario está cristianizado (es decir, cubierto de arriba abajo de cruces grabadas en su duro granito), aunque tradicionalmente tuvo un uso algo más pagano: el de propiciar la fertilidad para las mujeres que frotasen su vientre contra él.

Después, en un nuevo cruce -junto al que vemos la capilla de Santiaguiño-, tomamos la carretera que sale frente a nosotros para abandonarla poco después por el camino que sale, otra vez, a la izquierda. Ya en marcado descenso, pasamos de nuevo al asfalto, que seguirá bajo nuestros pies después de un primer desvío a la derecha. Un nuevo desvío hacia el mismo lado nos lleva de nuevo a la tierra. Al final de este tramo, regresamos al asfalto, que vamos ahora a seguir un poco más de tiempo, aunque podemos elegir entre circular por la calzada o por la anexa «senda cicloturista y peatonal» en la que el Concello de Mos, por el que transitamos ahora, se ha dejado más de un millón de euros, según nos informa el correspondiente cartel que encontramos frente a un vistoso crucero dedicado a un cristo de aún más vistoso nombre: el Santísimo Cristo de la Victoria.

Nada más pasar este crucero de 1734 -recientemente restaurado-, nos desviamos a la izquierda para seguir bajando, por asfalto, en dirección a Pazo de los Marqueses de Mos, un edificio balconado con estructura en forma de L y estilo renacentista que data del siglo XVII. En su entorno, además del obligado crucero, encontramos también la iglesia de Santa Baia (la que fuera de Galicia conocemos como Santa Eulalia), originaria del siglo XVI y de la que, dicen, lo mejor son sus retablos barrocos.

Al otro lado del aparcamiento del Pazo, en la rotonda, tomamos a la izquierda y completamos ya lo poco que nos quedaba del descenso al valle de río Louro, por el que vamos a seguir a continuación (lo que no quiere decir que no encontremos todavía algún repecho traicionero). Durante unos kilómetros, lo único que tenemos que hacer es seguir la carretera principal, sin demasiadas posibilidades de pérdida. Al llegar a una amplia explanada, único punto con posibilidad de que nos despistemos, tenemos que tomar a la izquierda, por la carretera que nace desde la capilla de ánimas que vemos a un lado de la explanada. A los pocos metros, en la bifurcación, tomamos a la derecha y después, de nuevo, nos limitamos a seguir la carretera hasta llegar a un punto en el que el talud de nuestra derecha está sujeto por viejos neumáticos reutilizados. Aquí giramos a la izquierda para descender al cauce del Louro y, después de cruzar el río, pasar bajo las vías del tren y enfrentarnos a un duro repecho que nos lleva de vuelta a la nacional N-550 que abandonamos tanto tiempo atrás. Aquí, entre un bazar chino y una tienda de fontanería, cruzamos la carretera y seguimos de frente unos pocos metros hasta una de las «moles» graníticas que dieron nombre al concello (Mos). La verdad es que este berrueco está bastante hecho polvo, el pobre: además de llevar plantado encima un poste eléctrico, también ha sido recortado por todas partes para dar cabida a una construcción, a su correspondiente zona de aparcamiento y a la carretera por la que, girando a la derecha, debemos continuar.

Cuando esta carretera dibuja una curva en ángulo recto hacia la izquierda, somos libres de elegir. El trazado original del Camino (el que yo llevo en mi track) sube un duro repecho hacia el este para salvar la autovía A-52 por encima y descender después en busca de O Porriño. La opción actual (la señalada para los peregrinos), es salir del asfalto hacia la derecha para pasar bajo un ramal de la autovía, enlazar después con la N-550 y, por su acera, pasar bajo la A-52, tomar después un camino que, por un puente, salva otro de los ramales de enlace y, finalmente, regresar a la N-550 y entrar por ella en Porriño. La tercera opción es mía, de creación propia: nos salimos de la carretera por la que veníamos, poco antes de la mencionada curva de noventa grados, hacia la derecha, para llegar a la nacional a la altura de una rotonda que hacemos casi completa para incorporarnos a la nacional en dirección sur. Por su arcén, continuamos hasta llegar a Porriño. Aunque hay un punto conflictivo justo bajo la autovía, donde debemos cambiar de carril evitando los vehículos que toman la salida, para mí es la mejor opción salvo en momentos en los que el tráfico sea especialmente denso.

Sea como fuese, llegamos a la rotonda donde da comienzo el casco urbano de O Porriño (en honor a la verdad, esta rotonda todavía pertenece a Mos, ya que el límite municipal se encuentra realmente varios metros más al sur. O Porriño es una localidad de buen tamaño cuyo casco urbano se extiende en torno a una calle principal peatonal que es por la que vamos a tener que ir nosotros. Lo más destacado de esta ciudad es que fue el lugar de nacimiento del arquitecto Antonio Palacios (debido a que, de forma un tanto similar al caso de Camilo José Cela, su padre madrileño había venido aquí a trabajar en la construcción del ferrocarril). En las calles de la localidad podemos ver varios ejemplos de su obra: además de una fuente y una farmacia, es de su mano el diseño del ayuntamiento, un llamativo edificio construido en 1918 en estilo regionalista gallego. Un poco más adelante, en un parque frente a la puerta del cementerio local, podemos admirar también el templete de acceso al metro de la Red de San Luis, originalmente emplazado en la Gran Vía madrileña y trasladado posteriormente aquí como homenaje a su arquitecto (más tarde en Madrid construyeron una réplica).

Además de todo tipo de servicios que cubrirán cualquier necesidad que podamos tener, en Porriño tenemos también varias iglesias: la más grande, del siglo XVI y dedicada a Santa María de la Concepción, y varias capillas, dedicadas al Cristo de la Agonía, a San Benito y a San Sebastián respectivamente. Todas ellas son objeto de gran devoción y llamativas procesiones y subastas.

Para evitar la carretera nacional a la que irrevocablemente nos dirige nuestra ruta, tenemos de nuevo varias opciones: cruzar la vía de tren por el paso a nivel que hay a mitad del pueblo para, al otro lado, buscar el sendero que sigue el cauce del río Louro por su margen derecha, o bien buscar el paso subterráneo que, en la calle Leandro Diz, permite también cruzar la vía férrea para enlazar con el popular carril bici que nace en ese punto (o con cualquiera de los senderos que siguen ambas orillas del río Louro). Cualquiera de estas opciones nos dejará de nuevo en la ruta oficial a la salida del pueblo, donde el Camino pasa bajo la autovía (junto a un curioso edificio de 1982 que responde al nombre de Villa Xeiteiro).

De seguir la ruta oficial, la salida de O Porriño es, como ya hemos dicho, por la carretera nacional, donde lo único reseñable es la capilla de 1640 que dejamos a la izquierda y que está dedicada a la Virxe da Guía. Tomamos después un desvío a la derecha que nos permite pasar sobre la vía del tren y, después de unirnos con el carril bici antes mencionado, bajo la autovía A-55. En realidad, con este desvío estamos saliéndonos del Camino original que sigue recto para atravesar un feísimo y enorme polígono industrial, pero por suerte existe esta alternativa (Camino Complementario, lo llaman) mucho más agradable.

Después de una pequeña rotonda, donde giramos a la izquierda, pasamos ante el velódromo municipal (el único de Galicia, pero cerrado a cal y canto) y seguimos por la carretera que, tras describir una curva (que muchos conductores no aciertan a describir correctamente, a juzgar por las cruces que bordean la carretera), asciende un poco para permitirnos pasar por encima de la autopista AP-9. En este tramo, si el tráfico de peregrinos lo permite, podemos hacer uso de la amplia acera pintada de verde que facilita la vida a los que siguen el Camino Portugués. Pasamos aquí ante una nueva capilla -esta vez dedicada a San Campaio- con un crucero no demasiado bonito y, algo más adelante después de un desvío a la izquierda, dejamos en la cuneta izquierda otro crucero mucho de mayor belleza.

Seguimos, sin desviarnos, la carreterita que poco a poco vuelve a acercarnos a la AP-9 para terminar cruzándola, esta vez por debajo. Al poco, dejamos el asfalto para tomar un camino que aparece a nuestra izquierda y que se adentra en un bosque de pinos. En este tramo nuestro compañero de ruta será el regato do Folón, un riachuelo que se acerca tanto a nuestro camino que tendremos que llegar a compartirlo con él en un tramo en el que algún alma caritativa ha construido una acera de piedra algo más elevada para que los peregrinos no se vean obligados a mojarse los pies (si bien el regato no parece muy profundo, el blando suelo arenoso que se ve bajo el agua no invita a pedalear por él). Poco después de este punto (que está señalizado para que los ciclistas tengamos precaución, pero solo para los que vienen en dirección contraria) salimos de nuevo al asfalto uniéndonos a una carreterilla que transita entre casas.

Llegamos después a un nuevo desvío justo delante de un pequeño parque forestal con merendero. Tomamos la opción de la izquierda (esto es, dejando el parque a nuestra derecha), ignorando la señal que indica que esta vía no tiene salida. El asfalto deja ahora paso a la tierra a medida que descendemos hacia el río Louro, que terminamos cruzando por el pequeño puente del Baranco de Orbenlle. Es interesante notar aquí que, como el cauce en ocasiones llegaba a inundar el camino, además del puente hay una «poldra», es decir, unas piedras colocadas a modo de acera (similares a la que antes nos permitió salvar el regato do Folón) que sobresalen del agua y permiten pasar con los pies secos en caso de que el camino esté encharcado. Esto mismo lo veremos en varios otros puntos de este tramo que ahora recorremos.

Ahora volvemos a salir de camino de tierra justo en el punto donde este «Camino Complementario» se reúne de nuevo con el tradicional. Tomamos a la derecha y, tras apenas unos metros, volvemos a girar a la derecha abandonando el asfalto junto a una pared donde han realizado varias pinturas murales (sobre un soporte metálico, en realidad) de temática jacobea. Por la dirección que llevamos, intuimos que este breve descenso que estamos realizando nos lleva a reencontrarnos con nuestro ya conocido río Louro y, efectivamente, terminamos cruzándolo por un pequeño puente de un solo ojo y factura aparentemente medieval.

Al otro lado, una vez más, llegamos al asfalto y giramos a la izquierda para, poco metros más adelante, junto a un calvario de cruces de piedra, volver a girar a la derecha. No tardamos en llegar a otra carretera más grande (aquí, formando parte del cierre de la finca de la derecha, vemos otra cruza de piedra y un interesante busto femenino) que tomamos hacia nuestra izquierda para llegar, casi de inmediato, a la explanada que se abre frente al Centro Cultural de Ribadelouro, al final del cual vemos que se levanta la iglesia de Santa Comba (aunque para continuar nuestro camino no necesitamos llegar hasta ella).

Justo en un extremo de este gran «campo da festa», donde la carretera por la que hemos circulado los últimos metros describe una curva a la izquierda, la abandonamos por la derecha tomando, de las dos carreteritas que aquí nacen, la de la izquierda (la opción ascendente, para aclararnos). Pedaleamos entre casas, muchas de las cuales se ofrecen como alojamientos para los peregrinos, y un poco más adelante giramos a la derecha, justo donde uno de los vecinos ha habilitado una fuente y dos bancos de piedra para refrescarse y descansar.

Salimos ya de la zona más urbana para adentrarnos en un nuevo bosque que nos lleva de nuevo en dirección al Louro, en esta ocasión siguiendo el cauce de otro río, el San Simón, que no tardamos en tener que cruzar. Y lo hacemos en un lugar singular, como ya intuimos por las profundas rodadas de carro que las innumerables ruedas que por aquí pasaron dejaron marcadas en la piedra del puentecillo de un único ojo que aquí encontramos. Al otro lado del puente, un crucero y una mínima capilla, ambos a rebosar de ofrendas, nos muestran que aquí pasa algo raro. Efectivamente, un tercer elemento -un mojón de piedra decorado con una hexapétala- nos recuerda que el que acabamos de pasar es la Ponte das Febres (puente de las fiebres), así conocido porque un palentino de nombre Pedro González Telmo, alias San Telmo (sí, el de los marineros), enfermó súbitamente al pasar por aquí camino de Santiago. Evacuado de urgencia de vuelta a Tui, de donde venía, no hubo nada que hacer y murió a los pocos días: concretamente el 15 de abril de 1246 en el lugar donde, desde el siglo XVIII se levanta la capilla de San Telmo, que podremos visitar cuando lleguemos a Tui.

Seguimos pedaleando como si el fuego de San Telmo nos quemase las posaderas, pues hemos de remontar de nuevo la ladera del valle del Louro -río que esta vez solo llegamos a rozar, sin cruzarlo- para, muy pronto, llegar a la AP-9, que hemos de cruzar por un paso elevado (salvo que queramos atajar por el escabroso camino que sale a nuestra izquierda y por el que algunos peregrinos vienen ascendiendo esforzadamente).

En caso de cruzar al otro lado de la autopista, debemos girar inmediatamente a la izquierda por la carretera que encontramos para, siguiéndola, volver a cruzar la AP-9, esta vez por debajo, para llegar al punto en el que el sendero de tierra antes mencionado desemboca en nuestra carretera. Siguiendo el asfalto, ascendemos para pasar de forma segura sobre el nudo viario donde la AP-9 y la A-55 se juntan y, tras un breve descenso durante el que dejamos a la derecha una iglesia -dedicada a la Virgen del Camino- rodeada de un parquecillo con merendero y crucero incluidos, llegamos a la N-550 que tomamos a la derecha.

Tras apenas unos metros por la nacional, tomamos la primera carretera que sale a la izquierda y que pasa bajo las vías del tren en este punto. Una curva de casi noventa grados nos dirige después hacia el suroeste durante un breve trecho antes de tomar un desvío a la izquierda por una pequeña carreterita que pronto se transforma en un camino de tierra. De pronto, a nuestra izquierda, aparece el majestuoso puente de A Veiga, un bonito puente medieval sobre -de nuevo- el río Louro, tenido popularmente por romano pues, como nos recuerdan las señales que hemos visto con cierta frecuencia, por aquí pasaba la Vía XIX que unía Braga con Astorga y con la que ya estamos también familiarizados.

Dejando atrás el puente (a la derecha tenemos una fuente en la que rellenar nuestros bidones), cruzamos una carretera y, al otro lado, vemos que nuestra ruta nos manda directamente por un calle por la que, de obedecer la señal circular roja que marca su inicio, no deberíamos circular en el sentido en el que vamos. Que no cunda el pánico: solo tenemos que ir por esta calle unos metros, por lo que, con mucha precaución, podemos rodar pegados a la izquierda hasta el camino que aparece justo en la curva, donde abandonamos el asfalto hacia la izquierda. Ya por tierra, pasando entre dos lavaderos que dan bastante pena por las pintadas que los decoran, llegamos a la iglesia de San Bartolomeu de Rebordáns.

Aunque algo no cuadra cuando comparamos los bellos ábsides testeros (semicircular el central, rectos los laterales) que hemos visto mientras subíamos con la anodina fachada, merece la pena que dejemos las bicis un momento en el atrio ajardinado para pasar al interior de este templo procedente de un monasterio benedictino del siglo XII y entretenernos, mientras lo admiramos, en buscar lo elementos anteriores que aún se encuentran en él (una pista: varios capiteles parecen prerrománicos ¿no?). Además de ver las pinturas murales de en torno al año 1600, hay que fijarse en el santo patrón, normalmente expuesto en sus andas, bajo las que pasan los feligreses en busca de su protección. Conviene mencionar también que esta iglesia -o su predecesora- llegó a ser sede episcopal en el siglo XI, cuando la diócesis tuvo que abandonar Tui a causa de los ataques normandos.

A partir de Rebordáns ya podemos considerar que hemos alcanzado Tui y, a partir de aquí, tenemos tres opciones: seguir el Camino por la intrincadas calles empedradas y las continuas escalinatas del centro de la localidad (la ruta, por supuesto, está perfectamente señalizada en todo el casco urbano, aunque sea en la dirección contraria a la que estamos siguiendo), bordear el centro y evitar las cuestas (ya sea por la carretera nacional o por el paseo fluvial, esta opción para vagos nos impedirá visitar la ciudad), o ignorar la señalética y explorar Tui por nuestra cuenta (obviamente, esta es la opción recomendada aquí).

Como siempre que llegamos a una localidad de cierta importancia, no voy a dar aquí demasiada información. Solo conviene indicar que sería imperdonable abandonar Tui sin haber visitado la catedral de Santa María, una joya construida principalmente en el siglo XII que, con su estilo de transición del románico al gótico, ocupa la parte más alta de la ciudad (y donde, por cierto, está enterrado San Telmo, patrón local de quien hablamos hace nada). Por supuesto, el cicloturista curioso que sepa perderse por las callejuelas tudenses descubrirá escondidos numerosos tesoros que servirán de recompensa al esfuerzo físico que requiere moverse por esta urbe construida sobre una empinada colina.

Sigamos la ruta que sigamos a través de Tui, nuestro punto de encuentro es el puente internacional que, cruza el río Miño entre la capital tudense ya la cercana (y otrora enemiga) Valença. Aunque, como pasa siempre con las construcciones metálicas del siglo XIX, se diga a menudo que es un diseño de Eiffel (lo que casi podríamos considerar una trasposición temporal de la costumbre de llamar romanos a todos los puentes de piedra), en realidad este bonito puente lo diseñó un señor llamado Pelayo Mancebo y Ágreda y lleva desde 1884 facilitando las comunicaciones hispanolusas, si bien desde la construcción de la cercana autovía los usuarios mayoritarios, además de peregrinos y turistas, son los cientos de portugueses que acuden en busca de las para ellos baratas gasolineras españolas (lo que explica que la estación de servicio más cercana a la frontera esté siempre atestada).

Después de cruzar el Miño por el puente internacional, y ya en tierras portuguesas, lo primero que vamos a ver ante nosotros es una ciudad fortificada. Se trata, por supuesto, de Valença do Minho, en cuyo casco urbano debemos adentrarnos sin pérdida de tiempo para ver, cómo no, su impresionante fortaleza cuyo actual aspecto, de estilo Vauban, se remonta al siglo XVII. También encontraremos aquí bellas iglesias, bonitas calles y casas y ¡hasta un miliario romano! Pero, como ya hemos pasado por aquí en otra ocasión, no entraré aquí en minuciosas descripciones, limitándome a dejar un buen puñado de fotos y mi recomendación de dedicar un buen rato a explorar la localidad en detalle.

Visitada la parte antigua de Valença -lo que vendría siendo el interior de la fortaleza- toca ya abandonar la localidad por su extremo sur, cruzando primero la parte más moderna y enlazando con el carril-bici que rodea el recinto ferial (más bien explanada). Al llegar al pequeño túnel que cruza bajo las vías del tren, abandonamos la vía ciclista para ir, en línea más o menos recta, hacia el sur por asfalto.

Al alcanzar una pequeña capillita y tomar sucesivamente izquierda y derecha, tomamos una calle empedrada que nos permite tomar un primer contacto con el adoquín típico del firme de las vías portuguesas de todo tipo y que -preferencias estéticas aparte- tanto llegaremos a odiar en este viaje. Pasamos junto a un crucero (dejando a la derecha la iglesia de Arão) y salimos de esta aldea pasando junto a un discreto merendero dominado por otra cruz.

Muy poco más adelante llegamos a una bifurcación donde giramos de forma que todo lo pintoresco quedará a nuestra derecha: crucero, lavadero y capilla. Después seguimos recto por una calle donde el asfalto nos da un breve descanso de los adoquines hasta, para variar, alcanzar una nueva capilla donde giramos a la derecha por, para variar, adoquines.

Esta nueva calle desemboca en una transitadísima rotonda (no merece la pena ni mencionar la fea cruz que dejamos a un lado). Aquí toca tomar a la derecha por la carretera principal que abandonamos pocos metros después a la izquierda por un ajado asfalto que no tarda en desaparecer para dejarnos en un camino de tierra que se adentra en un bosquecillo de eucaliptos. Aunque con algún tramo en mal estado, el camino no es malo del todo, pero no nos da tiempo a encariñarnos con él pues, cruzando una carretera, no tardamos en pasar una vez más al firme empedrado.

Una nueva carretera se interpone en nuestra ruta, pero nosotros seguimos, erre que erre, por el traqueteante firme de adoquín. Uno de los encantos de esta zona lo encontramos aquí mismo en la forma de un puente antiguo que cruza un fresco riachuelo en un entorno rodeado del boque de ribera original (cosa que un par de pintorescos personajes aprovechan para cazar insectos metidos hasta la cintura en el río).

No hemos hecho aún más que entrar en Portugal y ya nos vibran todas las articulaciones, pero este país no parece estar hecho para los quejicas y en todos y cada uno de los cruces (que no voy a enumerar en su totalidad) nuestra ruta elige siempre la opción empedrada… salvo que exista una alternativa peor, claro.

Dejamos a la derecha una explanada alargada al final de la cual alcanzamos a ver una capilla dedicada a San Benito (en el extremo en el que nos encontramos solo hay una fea cruz y después, por fin, nuestro track se apiada de nosotros y nos deja circular un rato por asfalto. A la derecha no tardamos en hallar un parquecillo que tiene de todo: crucero, cementerio, capilla (Senhor dos Aflitos) e iglesia (San Miguel de Fontoura), además de unas buenas vistas.

Tras un breve descenso nos toca girar a nuestra izquierda por una vía marcada por una señal de «sin salida». En honor a la verdad, tenerla la tiene, lo complicado es circular por la estrecha fila de piedras que bordea el regato que encontramos más adelante (hay una alternativa asfaltada siguiendo de frente y girando después a la izquierda).

Salvado este tramo y siguiendo por el asfalto llegamos a un templete que da cobijo a un peculiar cristo de estilo barroco pintado sobre madera. Se trata, como no podía ser menos, del Señor de los Caminos, a quien aprovechamos para pedir que el adoquín nos sea leve (¿sit tibi adoquinum levis?). No hay piedad para nosotros, por graciosillos, y enseguida se nos acaba lo bueno al llegar a una bifurcación sonde tenemos que tomar, literalmente, el camino de en medio que es precisamente un caminucho con pésimo firme y marcada pendiente ascendente. La buena noticia es que dura poco y, después de un corto descenso de adoquines volvemos al asfalto. La mala es que la pendiente de esta nueva carretera es tal que nos hace añorar el camino anterior.

Cuando la cosa parece estar mal se pone peor y el asfalto cede a un nuevo tramo adoquinado que se transforma después en algo indefinido por unas obras que se están llevando a cabo en la zona. Por suerte, el puentecillo que permite a los peregrinos cruzar sobre una carretera marca el final de esta subida y nos deja casi en la parte trasera de la iglesia de San Benito de la Puerta Abierta que, paradójicamente, encontramos cerrada (lo que en el fondo agradecemos por lo mal que, visto lo visto, se nos da rezar).

Justo en el extremo opuesto de un cruce que debemos atravesar con muchísima precaución encontramos, a la derecha de la carretera principal, una carretera mucho más tranquila por la que nos adentramos. Tras un suave curveo entramos en un caserío donde vemos un lavadero a nuestra izquierda y una capilla a la derecha, amén de otros detalles interesantes que no debemos pasar por alto, como buenos cicloturistas que somos. Un par de bruscas curvas nos sacan de la aldea hacia el oeste y nosotros reaccionamos girando a la izquierda por el camino empedrado que sale a media bajada.

En esta ocasión el factor estético gana la batalla a la comodidad y disfrutamos del empedrado como si fuese el paraíso en este tramo rodeado de vegetación (que sea en bajada también ayuda). Al final del mismo tomamos por asfalto la subida de la derecha para enlazar con una transitada y peligrosa carretera a la que debemos integrarnos unos metros para enseguida abandonarla hacia la izquierda en plena curva. Una vez salvada la papeleta de la forma más segura que sepamos y podamos (recordad que un conductor portugués nunca perderá ni un solo segundo de su atareada vida por un insignificante ciclista), nos metemos por un nuevo tramo de descenso empedrado en medio de la frescura vegetal a la que contribuye el río Coura que nos acompaña por nuestra izquierda.

No muy lejos de aquí, por cierto, a la derecha en el sentido de nuestra ruta pero a bastante más altitud, podemos visitar si así lo deseamos los restos del castro de Cossourado, de entre los siglos V y II a.C.

Volviendo a la ruta que nos ocupa, nos toca después volver a cruzar la carretera que tantos quebraderos de cabeza nos dio hace apenas un momento. Al otro lado, y tras un nuevo giro a la izquierda para encarar el Coura, encontramos un precioso puente medieval que tiene su origen en la reforma del anterior puente romano perteneciente a la vía romana XIX (según la numeración de Antonino) por la que, más o menos, estamos circulando (ya hemos visto en varias ocasiones previas carteles que nos lo indican). Disfrutemos un rato del puente y de este maravilloso paraje a orillas del río Coura porque, sintiendo ser portador de malas noticias, avanzo que lo que se nos viene encima en los próximos kilómetros se las trae.

Pero no ha llegado aún el momento de sufrir, por lo que completamos el tramo de camino que nos lleva desde el puente hasta la cercana carretera a la que nos incorporamos haciendo un giro de casi ciento ochenta grados. Por asfalto subimos con comodidad hasta llegar a un albergue decorado con un gran mural de un deportista local (y patrocinado por una marca de cerveza gallega). Aquí salimos del asfalto por el repecho empedrado que sale a nuestra izquierda y que rodea el susodicho albergue. Llegamos a una nueva carretera que tomamos y, poco después, nos toca girar a la izquierda para subir lo que se antoja un repecho de los que hacen pupa. Sin embargo, antes de subirlo, vamos a hacer una breve parada para acercarnos a la joya que tenemos, a la derecha, a pocos metros de distancia.

Y es que nos hallamos en Rubiães, junto a la preciosa iglesia románica de San Pedro, a la que podemos acceder dejando la bici junto a la pequeña fuente y descendiendo a pie las escaleras. Se trata de un edificio del siglo XIII (ampliado en el XVI) en el que la torre barroca añadida en el XVII no desentona del todo. Cabe destacar en ella su puerta principal y los canecillos que decoran el alero del tejado. Del interior, por desgracia, no puedo decir nada por haberla encontrado cerrada a cal y canto. A su alrededor, como es habitual por estas tierras, el atrio se encuentra ocupado por un cementerio donde destaca un magnífico miliario romano (de Caracalla) perfectamente conservado. Si nos molestamos en rodearlo nos daremos cuenta de que el bloque granítico ha sido vaciado con una forma vagamente antropomorfa y es que había sido reutilizado como tumba en este cementerio hasta que, en 1894, alguien se dio cuenta de lo que era en realidad.

Pero no podemos alargar la visita eternamente (aunque nos gustaría esperar a que alguien nos abra la puerta de la iglesia) así que recuperamos la bici, nos refrescamos en la fuente y volvemos a donde habíamos abandonado la ruta para enfrentarnos a nuestro destino, que ahora toma forma de pared de adoquines. Podemos aprovechar al poco de comenzar la subida para descansar un instante con la disculpa de despedirnos de la iglesia desde el bonito crucero que aquí se levanta.

Lo más duro no es la subida en sí, sino que, al completarla, nos damos cuenta de que regresamos, en ligero descenso, a la carretera que acabamos de abandonar (la que pasaba junto a la iglesia de Ribiães) y que nos habría ahorrado un buen dolor de piernas de no haberla abandonado. Nos hallamos ahora junto a una capilla dedicada a San Roque, donde nos unimos a la carretera para seguir por ella hasta una cercana aldea, donde volvemos a salir por la vía empedrada de la izquierda.

No hay mucho que reseñar en los próximos kilómetros en los que cruzamos varias carreteras y el firme de adoquín va cediendo poco a poco el paso a la tierra. De un llaneo con ligeras bajadas y un paisaje idílico de aldeas y campos de cultivo vamos pasando a un duro ascenso por un bosque de pino y eucalipto. El camino cada vez se encuentra en peor estado y en algunos tramos tenemos que desmontar, no solo por la dureza de la subida sino para dejar paso a los peregrinos que descienden en fila india en dirección contraria a la nuestra.

Finalmente, una gran obra escultórica de Dalila Gonçalves nos indica que hemos llegado arriba del alto. Inocentes de nosotros, nos congratulamos de haber coronado esta Portela Grande de Labruja y nos disponemos a disfrutar, junto a otros muchos peregrinos, de las vistas que se abren ante nosotros. Los peregrinos ya solo tienen que descender tranquilamente lo que nosotros acabamos de subir con mucho esfuerzo. Para nosotros aún queda lo peor.

Y es que nuestro descenso no va a ser un camino de rosas sino más bien de rocas. El empinado sendero por el que hemos de acarrear nuestras bicis durante los próximos kilómetros es una abrupta pendiente en la que los irregulares pedruscos configuran una especie de escalera para gigantes con escalones que pueden superar el metro de altura y por la que numerosos peregrinos se afanan por ascender. Nosotros, bici al hombro, entablamos conversaciones siempre que podemos como disculpa para poder descansar unos segundos. Dejamos atrás una cruz cubierta de banderas y otros exvotos y nos ilusionamos cada vez que enlazamos con una pista de tierra que, indefectiblemente, nos toca abandonar a los pocos metros.

Cuando finalmente una de esas pistas resulta ser la buena y nos permite circular por ella, la primera pista de adoquines nos parece el paraíso y más que rodar volamos por ella aprovechando que seguimos en descenso. Con tramos de asfalto y tramos de adoquín, cruzamos un continuo de aldeas dejando una bonita panorámica a nuestra izquierda, donde alcanzamos a contar dos iglesias de blancas paredes. cuando no estamos entre casas, nos encontramos rodeados de una frondosa vegetación que hace que este tramo de descenso por asfalto nos haga olvidar rápidamente pasadas penurias.

Llegamos finalmente junto a una capilla con su correspondiente crucero donde nos unimos a una carretera algo más grande. La seguimos hasta que hemos dejado atrás otra capilla (en Portugal no son precisamente escasas) y giramos a la derecha por un camino que sigue, a mayor altura, el curso del río Toca, cuyos remansos y cascadas vamos viendo a nuestra izquierda.

Este camino termina llevándonos bajo un viaducto que sostiene, sobre nosotros, una autovía con la que vamos a juguetear unos metros, pasando a un lado y a otro o circulando bajo ella hasta cruzar definitivamente al otro lado y seguir una pista junto a una serie de fincas, una de las cuales acoge una piscifactoría (o acogía, porque desde la terraza del albergue de peregrinos anexo solo se alcanzan a ver un par de solitarios peces nadando en las balsas).

Continuamos por esta pista de tierra -que en algún tramo amenaza con volver al adoquín-para girar después a la izquierda y, unos metros más adelante, junto a una pequeña fuente, unirnos a una asfaltada. A la derecha vamos dejando el valle del río Labruja que no tardamos en cruzar por un puente (Arco da Geia) que, al parecer, tiene origen romano. En realidad tiene sentido, pues no dejamos de estar recorriendo una antigua vía romana, pero la vegetación que cubre el cauce del río complica sobremanera obtener una panorámica digna del único arco de medio punto bajo el que pasa el Labruja.

Al otro extremo del puente tomamos el primer camino de tierra que vemos a nuestra izquierda y después, ya por asfalto, nos dedicamos a llanear por un laberinto de carreterillas rodeadas de viñedos y casas dejando, a nuestra izquierda, el cementerio de Arcozelo y la anexa iglesia de Santa Marina que tiene origen románico del siglo XII -como atestiguan sus modillones animales- con el añadido obligatorio de una torre blanca.

Mi teoría es que esta iglesia fue construida aquí para distraer a los ciclistas y que no se percaten de que, mientras admiraban su arquitectura, el firme asfaltado ha dejado paso de nuevo a nuestros amados adoquines, por los que emprendemos un traqueteante descenso. Por suerte no dura mucho pues, al poco de girar a la derecha en una rotonda, alcanzamos de nuevo el asfalto, aunque nosotros tomamos un camino de tierra.

Este camino que hemos tomado es muy agradable y después de ayudarnos a cruzar bajo una autovía nos lleva por un auténtico túnel vegetal que deja paso, aquí y allá, a muros de piedra, cruces y auténticos casoplones. Más adelante, después de atravesar una nueva carretera, el camino se estrecha y ocupa lo que parece ser el cauce de un riachuelo. Dado lo irregular de la acera de piedra, y aprovechando la pertinaz sequía, circulamos por la parte destinada al agua que ahora solo contiene polvo. Sin embargo, llegamos a un punto en el que nuestra parte del camino (la del regato) se mete por un pequeño túnel que parece estar inundado, por lo que no nos queda otra que subir a la acera para pasar al otro lado, donde podemos ya seguir por donde queramos hasta alcanzar una calle empedrada.

Aquí, a la izquierda a pocos metros, podemos visitar, si así lo deseamos, el pequeño puente de Arnado (aunque tampoco se puede ver mucho, la verdad). Nosotros seguimos de frente para rodear el parque temático del mismo nombre que ocupa la parte trasera del Museo del Juguete Portugués. Visitemos o no cualquiera de estos lugares, cuidado con la calle que ¡vamos por dirección prohibida!

Sea como fuere, el caso es que hemos llegado a Ponte do Lima, localidad con numerosos atractivos a la que bien habremos de dedicar un rato de nuestro viaje. En nuestra ruta, además del ya mencionado museo, lo primero que vemos es el espectacular puente medieval del siglo XIV (originario del siglo I, periodo del que se conservan aún siete arcos) que da nombre a la ciudad y que, por tanto, cruza el río Lima que tanto acojonaba a los romanos que venían por donde lo hacemos nosotros -y que no es sino el Limia orensano-. Pero antes de cruzarlo merece la pena visitar la iglesia de San Antonio de la Torre Vieja, del siglo XIX (al parecer la «torre vieja» de la antigua muralla fue demolida al construir el templo), la cercana capilla dedicada al Ángel de la Guarda o, simplemente, dar un paseo por la orilla del Limia (de aquí parten la vía ciclista denominada Ecovía das Laranjas y la famosa Ecovía del río Lima).

Ya al otro lado del río, y en el casco urbano de Ponte de Lima propiamente dicho, merece la pena dedicar un rato a pasear por la localidad. Aquí, además de las orillas del río, embellecidas por varias esculturas pero afeadas por la explanada que sirve de aparcamiento, hay mucho que ver. Lo primero que llama la atención es el populoso Largo de Camões (que vendría a ser algo así como la plaza mayor) con su monumental fuente del siglo XVII, pero no tenemos que buscar mucho para encontrar también restos de la muralla que Pedro I mandó construir en el siglo XIV y cuyos principales exponentes son las torres de São Paulo y la de Cadeia Velha

Por supuesto, visita obligada merece la iglesia matriz (Santa María de los Ángeles) de fachada en estilo románico-gótico aunque, a mi humilde entender, el interior es más renacentista-barroco. Al lado de ella vemos una estatua de un toro, en recuerdo de una de las tradiciones locales. En nuestro paseo por la localidad descubriremos también el Paço do Marquês (del siglo XV y reconvertido en museo de historio militar) y el torreón que alberga el Centro de interpretación del Vinho Verde, además de otros elementos como estatuas, picotas (pelourinhos) y, cómo no, más iglesias.

Es hora de proseguir camino y, para ello, pedaleamos río abajo por el tranquilo paseo cubierto por enormes ejemplares de plátanos de sombra. A nuestra izquierda dejamos una nueva iglesia y otra algo más adelante, justo antes de pasar bajo un largo puente (que precisamente debe su nombre -Nossa Senhora da Guía- a la iglesia que tiene casi debajo). A nuestra derecha, el ancho río Lima pasa imperturbable bajo el puente y supera sin esfuerzo una pesquera.

Nos despedimos de la ruta ciclista por la que venimos pedaleando (Ecovía das Veigas) casi al mismo tiempo que lo hacemos del río Lima. Cual partidos políticos «de centro» ambos se escoran irremediablemente hacia la derecha mientras nosotros, progresistas irredentos, tomamos la opción de la izquierda, a pesar de ser el camino que más piedras tiene (perdóneseme la poco sutil metáfora). Empezamos ya a estar acostumbrados a tanto bote, al igual que no nos resulta extraña la aparición de una bonita capilla en nuestro camino, en este caso dedicada a Nuestra Señora de las Nieves y que cuenta también con un parquecillo que sirve de merendero, con espacio para la banda de música y todo. Casi de inmediato, a la derecha, nos vemos abocados a sortear un riachuelo por un apañado puente de piedra con un único arco de medio punto.

En la otra orilla recuperamos de nuevo el asfalto para adentrarnos en un núcleo de población entre cuyas casas pasa casi desapercibida una pequeña capilla, al igual que encontramos algo más adelante un crucero casi oculto por una valla de obra y los coches aparcados.

La suavidad del firme hace que casi volemos en este tramo, y lo hacemos definitivamente cuando alcanzamos a un tractor al que no adelantamos para aprovechar el rebufo. Pero todo lo bueno se acaba y a nosotros nos llega nuestro sanmartín en forma de señal de stop frente a una carretera que debemos tomar a la derecha. Aunque no tardamos en abandonarla de nuevo hacia el otro lado (junto a una curiosa fachada edificio de nombre Quinta do Bom Gosto), aquí nos va a tocar ya ir recordando una sensación casi olvidada: ir cuesta arriba.

Aquí, en Seara, dejamos primero atrás una escultura de Santiago Peregrino y después, a los pocos metros, una de otro peregrino anónimo. Después la carretera se encajona entre dos muros y comienza un ascenso que nos va a ir sirviendo de aperitivo a lo que está por llegar (a la derecha dejamos una zona de descanso con una fuente que agradecemos).

Después de un corto tramo de descenso por asfalto retomamos el duro adoquín que, en esta ocasión es bastante irregular y nos hace buscar con ansia los trozos en los que ya solo queda el suelo de tierra desnuda. Así pasamos junto a una fea cruz de cemento que nos anuncia la proximidad de una nueva capilla, en esta ocasión dedicada a San Sebastián, y un pequeño nicho del siglo XIX dedicado a Santiago, cómo no.

Pedaleamos un trecho más por tierra, dejando una curiosa fuente a nuestra derecha, antes de enlazar con una nueva carretera que abandonamos de nuevo en la primera curva por la carretera ascendente que sale a la mano contraria. Después de un repecho de cierta dureza nos reencontramos con nuestro no añorado adoquín y después con la tierra, que siempre es bienvenida, hasta que nos topamos con una nueva carretera algo más adelante.

Repetimos aquí la jugada de siempre: pedalear por la carretera hasta la primera curva y salir por la izquierda por un asfalto con el que no nos da tiempo a encariñarnos, pues debemos abandonarlo también por el camino que sale a nuestra diestra.

Volvemos a nuestro habitual serpenteo por carreterillas rodeadas de un casi continuo de casas. Por suerte a estas alturas ya somos todos unos expertos en leer las flechas amarillasen dirección contraria pues, aunque cada vez más frecuentes, las azules no son todavía omnipresentes. A la derecha dejamos un crucero y, después de cruzar una carretera, nos topamos con una iglesia consagrada a San Andrés, pero no a un San Andrés cualquiera sino al mismísimo Santo André de Vitorino dos Piães, que no sé quién era pero que iba sin nombre, el chaval. Aunque parece una iglesia barroca más de las que tanto abundan en Portugal, al parecer el templo se remonta al siglo XIII y, para dar fe, junto a ella se conserva una hilera de sarcófagos medievales de duro granito. La presunta fuente , por cierto, está más seca que la mojama (o lo estaba en el momento de mi visita que, por la fecha mostrada por la estatua del santo que hay junto a ella, fue apenas un mes después de su construcción).

Al otro lado de la avenida que rodea el cementerio encontramos una carreterita que tomamos en sentido descendente. Después giramos a la derecha y, atravesando un bosquecillo de eucaliptos, tomamos a la izquierda en medio del repecho que aquí nos sorprende. Cruzamos después una carretera y pasamos junto a un albergue (donde, al no haber marcado el punto decimal en el indicador, muestran unas distancias astronómicas que nos hacen tener la sensación de estar en medio de ninguna parte) antes de tomar el camino que bordea un viñedo. Después retomamos el asfalto y giramos a la izquierda.

Estamos tan saturados de ver Santiagos peregrinos que nos sorprende encontrar a nuestra izquierda, junto a un cruce, una capilla dedicada a la otra protagonista de esta ruta de peregrinaje bidireccional: la virgen de Fátima. Después de prestar rendido homenaje, cruzamos la carretera y, poco más adelante, abandonamos el distrito de Viana do Castelo para adentrarnos en el de Braga (lo hacemos precisamente por un camino de tierra).

Ya en Braga (que no en bragas) y, concretamente, en Balugães, seguimos por asfalto dejando a poca distancia a la derecha la iglesia parroquial local. Fiándonos de nuestro GPS, vamos navegando por un auténtico laberinto de callejuelas que nos termina dejando en un descenso adoquinado. Después pasamos a la tierra y llegamos a un pequeño oasis junto al río Neiva donde, al lado de un antiguo molino y de su pesquera, encontramos el encantador Ponte das Tábuas, del siglo XVI.

Retomar la ruta después de pasar por un lugar así siempre es duro, no solo por tener que dejar el frescor del río para volver al polvo del camino sino porque tras los valles siempre suelen esperarnos varios kilómetros de subida. Ahora el camino de tierra deja paso una vez más al adoquín que nos lleva, a través de un bosque de eucaliptos, hasta un pueblo y un cruce, donde tomamos a la izquierda y después a la derecha, ambas por asfalto. Después, tras sendos desvíos a la derecha, abandonamos la carretera por un camino de tierra que sale a nuestra izquierda en una curva al lado contrario.

La tierra deja paso al asfalto ya en las calles de un pueblo donde no tardamos en encontrar nuestro paso interrumpido por las vías del tren (nos hallamos al lado de la estación de Tamel, que da servicio a esta freguesía de Aborim en la que nos encontramos). Las superamos por un paso a nivel que se encuentra pocos metros a nuestra derecha y, al otro lado, giramos de nuevo a la derecha para recuperar nuestro rumbo (y nuestros adorados adoquines) pasando junto a la iglesia local, que no reseño por ser más fea que Picio.

Enlazamos con una carretera ascendente que, poco más adelante, nos deja en una mayor y con más tráfico por la que completamos el ascenso. Ya arriba, junto a un cementerio, giramos a la izquierda para dirigirnos directamente a la iglesia que vemos al fondo, que no es otra que la de Nuestra Señora de Portela y que, crucero incluido, va a quedar a la izquierda de la carretera por la que descendemos ahora.

Las vistas ante nosotros son prometedoras (no parece haber más subidas en lontananza) cuando abandonamos el asfalto para tomar a la derecha por adoquines. El traqueteante descenso va deteriorándose y termina dejando paso a trozos en los que la tierra va ganando terreno al empedrado… hasta que, junto a un crucero, encontramos que han descargado uno o dos camiones de adoquines frescos para reconquistar el territorio perdido. Encontramos así toda esta zona cuyo epicentro parece estar en la cercana iglesia de San Pedro Fins, que rodeamos para seguir (por adoquines primero, asfalto después, tierra más adelante) por su parte trasera.

Llegamos así a un nuevo núcleo de población donde seguimos siempre de frente hasta abandonarlo por un camino. Después de cruzar una carretera, proseguimos por adoquín que, después de cruzar una nueva población, deja paso una vez más al asfalto. A nuestra izquierda dejamos una bonita capilla consagrada a la Santa Cruz y, al poco, otra más pequeña.

El camino por el que rodamos ahora vuelve a verse interrumpido por la vía férrea, motivo por el que describe una amplia curva a la derecha hasta encontrar un paso bajo los raíles. Al otro lado, subiendo un repecho y girando después a la derecha, llegamos a un amplio cruce dominado por un crucero, donde seguimos de frente. A la izquierda dejamos una pequeña fuente junto al feo lavadero que vemos junto a la basura.

La calle adoquinada alcanza una carretera que tomamos, a la izquierda, en sentido descendente, para llegar a Vila Boa, lugar que reconoceremos por tener que pasar junto a su pequeña iglesia parroquial de piedra. En la parte trasera de esta iglesia giramos a la derecha para enlazar varias carreteras que nos terminan llevando junto a dos bloques de edificios que nos indican ya que estamos alcanzando una ciudad. Giramos aquí a la izquierda y, más adelante, al alcanzar un parquecillo con pistas deportivas y mesas, a la izquierda y casi enseguida a la derecha dos veces para alcanzar una amplia rotonda que nos va a meter ya en Barcelos.

Como nos ha pasado -y pasará- con otras ciudades a lo largo de esta ruta, debemos cruzar Barcelos de punta a punta, desde el norte por el que hemos entrado hasta el sur, al otro lado del río. Por supuesto, mientras lo hacemos es obligatorio detenerse en los principales puntos de interés que, si nuestro viaje tiene lugar a principios de mayo, encontraremos animados y engalanados para la tradicional Festa das Cruzes.

Lo primero que llama la atención en esta localidad es la abundancia de gallos y es que, el archiconocido gallo de Barcelos es ya un símbolo de todo Portugal. La leyenda, muy similar a otras del camino, cuenta que un gallo que estaba ya asado y en el plato, listo para ser devorado, tuvo el detalle de levantarse y cantar para salvar así a un peregrino que había sido injustamente acusado de un robo e iba a ser ajusticiado por ello.

Lo primero que llama nuestra atención según vamos adentrándonos en el centro histórico de la ciudad es un templo barroco redondo que, con el nombre de Senhor Bom Jesus da Cruz, data del siglo XVIII. Frente a él hay un jardín barroco de la misma época y, en un lateral, una enorme explanada acoge los jueves el mayor mercado de Portugal.

También frente a esta iglesia, al otro lado del conocido como Largo de Porta Nova, se levanta una interesante torre del siglo XV que, con el mismo nombre de Porta Nova o Torre Barcelos, alberga una sala de exposiciones.

Ya descendiendo hacia el río, nos topamos con el ayuntamiento, un edificio de finales del XIX que nació de la reforma de varios edificios anteriores. Frente a él se encuentra la iglesia matriz que, consagrada a Santa María la Mayor, data del siglo XIV y contiene en su interior una bonita decoración de azulejos del siglo XVIII, así como varios retablos barrocos.

Por supuesto, no hay ciudad o pueblo en Portugal que no tenga su bello pelourinho (picota), y el de Barcelos es gótico del siglo XVI y lo encontramos ya en el último tramo de bajada hacia el río. Dominando el parquecillo en el que encontramos la picota vemos dos palacios del siglo XV. Por una parte el Palacio Solar de los Pinheiros y, por el otro lado, junto a la iglesia, el imponente -pero arruinado desde el terremoto de Lisboa- Palacio de los Condes de Barcelos, del siglo XV. Este edificio, o lo que queda de él, y sus alrededores albergan hoy en día un magnífico museo arqueológico al aire libre donde se puede ver, entre otros restos más que interesantes, el famosísimo Crucero del Señor del Gallo y que no es otro que el que se supone que mandó construir el agradecido y ya mencionado peregrino salvado por la milagrosa intervención gallinácea. En uno de los laterales de su fuste podemos ver al peregrino ahorcado y al Apóstol Santiago aguantando su peso para mantenerlo con vida en espera de que alguien acuda a liberarlo.

Pero toca ya, casi despidiéndonos de la localidad, completar el descenso hacia el río Cávado y cruzarlo por el monumental puente medieval del siglo XIV (junto al que hay también un molino). Ya al otro lado, el hecho de que la calle que hemos de tomar sea de dirección prohibida, nos sirve de disculpa para subir andando por una rampa que se antoja dura y retrasar así un poco nuestra despedida de Barcelos, cosa que hacemos irremediablemente al girar a la derecha por la carretera que se nos cruza frente a una fuente.

La carretera por la que salimos de Barcelos (o más bien de Barcelinhos, que es como se llama esta parte del conjunto urbano) tiene un tráfico bastante pesado pero, por suerte, podemos hacer uso algo más adelante de un carril bici que nos aísla un poco. Al llegar a una rotonda, debemos abandonar la carretera por la vía que sale a nuestra izquierda y que sirve de acceso al cementerio. Nosotros, sin embargo (y por fortuna), nos limitamos a rodear el camposanto y seguir por la misma carreterilla por la que vamos, la cual nos permite evitar un complejo nudo de carreteras y nos hace pasar después entre dos naves industriales, tras lo que -justo después de pasar una rotonda adornada con la escultura de hierro de, cómo no, un gallo- tomamos la opción de la izquierda para recordar lo que se siente al rodar sobre adoquines.

Dejamos atrás una capilla (Santa Cruz das Coutadas), en obras de reforma, y continuamos, tomando un par de cruces a la izquierda, hasta que llegamos a una vía más ancha justo frente a un pequeño altar de ánimas. Girando a la izquierda nos topamos con la iglesia parroquial de Carvalhal (de San Paio/Pelayo), ante la que giramos a la derecha para adentrarnos en una carretera asfaltada por la que vamos ahora a proseguir el ascenso, aunque pronto vamos a desviarnos a la izquierda para retomar nuestro adoquín de siempre.

Después de pasar bajo una autovía, seguimos subiendo sin descanso por adoquines hasta que, bastante más adelante, la pendiente nos da una tregua y comienza a descender tímidamente. Llegamos a un cruce con crucero y altar de ánimas donde hemos de seguir de frente (todavía, a estas alturas de Portugal, alcanzamos a ver un hórreo a nuestra izquierda). Cuando llegamos a una carretera asfaltada, la tomamos a la derecha y aprovechamos los pocos metros de firme suave para meter todo el desarrollo que tenemos, pues hemos de girar de inmediato a la derecha, de nuevo por adoquín y por un repecho de los que se las traen que, por suerte, es corto. Después descendemos por tierra y, ¡oh, sorpresa!, estamos de nuevo en la carretera que acabamos de dejar y que debemos, ahora sí, tomar para continuar la subida. A nuestra derecha, según subimos, queda la cuca capilla de Nossa Senhora da Guia (de mediados del XVIII) con parquecillo y fuente, que bien merece un descanso.

Nosotros seguimos, sube que te sube, por la carretera hasta que esta alcanza el punto inflexión, a partir del cual continuamos también por la misma, solo que ahora baja que te baja. Algo más adelante, yendo ya llanea que te llanea, vemos a la derecha al lado de un crucero, por primera vez, un cartel indicador del Camino de Fátima que hace que por unos instantes dejemos de sentirnos bichos raros (aunque en todo el camino que llevamos recorrido solo hayamos visto a otro peregrino que iba en la misma dirección que nosotros y que probablemente estuviese perdido). Poco después dejamos a la izquierda una iglesia con su campanario construido sobre un arco, pero el denso tráfico no nos permite cruzar la carretera para indagar.

Abandonamos ya, por fin, la carretera por una pista asfaltada que sale a nuestra derecha después de callejear entre algunas casas y muros de cierre de fincas, salimos a un camino de tierra que tomamos. Al otro lado regresamos al asfalto, que tomamos a la derecha en sentido ascendente y después a la izquierda en sentido más ascendente todavía. Un brusco cambio de dirección nos hace después, tras un descenso asfaltado, adentrarnos por un camino de tierra que se abre paso entre campos de labor, lo que nos deja amplias vistas sobre el terreno circundante.

Aunque por un momento salimos de nuevo al asfalto y después al adoquín, se trata solo de un espejismo, pues enseguida volvemos al polvoriento camino de tierra. A nuestra derecha, junto a un mínimo riachuelo, encontramos un merendero (con aparcamiento para bicis y todo) decorado, entre otros objetos variopintos, con uno de los grandes gallos de Barcelos que ya nos resultan familiares. Como curiosidad, al poco de pasar este parquecillo dejamos atrás el distrito de Braga y pasamos ya al de Oporto.

Llegamos así a una nueva zona urbana en la que la tierra vuelve a dejar paso al asfalto y al adoquín, que se van alternando. Después de un cruce dejamos a nuestra derecha una capilla y, casi frente a ella, una pastelería con terraza donde reponer fuerzas de forma más que digna.

Al alcanzar un crucero, tomamos a la derecha por, valga la redundancia, la rúa Direita para adentrarnos en el casco urbano de Rates donde nos espera más de una sorpresa.

La primera no es gran cosa, pues la fuente de San Pedro que encontramos en esta misma calle es una reconstrucción moderna y bastante fea de la que hubo en tiempos, si bien hay un bonito panel de azulejos que nos muestra cómo fue en su momento de máximo esplendor. Algo más adelante, y saliéndonos del Camino propiamente dicho, llegamos a la plaza donde se encuentra, precisamente, la capilla barroca del Senhor da Praça, además de una curiosa torre cilíndrica, si bien los amantes de los pelourinhos como el que esto escribe estarán embelesados con el de estilo manuelino que casi pasa desapercibido en una esquina de la plaza.

Pero, retomando ya el Camino, la joya indiscutible de Rates es la iglesia románica de San Pedro, del siglo XII, un magnífico ejemplo de lo que sabía hacer la gente en aquella época. Merece la pena dedicar un buen rato a admirar tanto su interior como su exterior, sus puertas, ventanas, arcos y capiteles, y, cuando demos por satisfecha nuestra curiosidad artística, todavía debemos reservar unos minutos para acercarnos, a los pies del campanario independiente y más moderno que se encuentra tras la cabecera de la iglesia, para ver la colección de sarcófagos de granito que aquí guardan.

Con nuestra sensibilidad estética plenamente satisfecha por ahora, continuamos ruta hacia el este por la ciclovía que une Póvoa de Varzim con Vila Nova de Famalicão, si bien apenas nos da tiempo a disfrutar de su comodidad pues hemos de abandonarla en el primer cruce para tomar, a la derecha, la carretera que se interpone en nuestro camino.

Por esta carretera vamos a rodar un buen rato. Incluso cuando nos toca esperar en un semáforo para atravesar una vía más ancha, nosotros tomamos la opción que tenemos de frente y que por ahora sigue estando asfaltada. Después pasamos al adoquín un rato y, cuando volvemos a encontrar asfalto bajo nuestras ruedas, tomamos en la bifurcación la opción ascendente de la derecha. Nos unimos al final del repecho a otra carretera y seguimos con el mismo rumbo dejando a la derecha una pequeñísima capilla consagrada al Señor de los Desamparados y, algo más adelante y al otro lado de la carretera, la iglesia de Arcos (que, por el nombre de la «quinta» cuya portada barroca vemos junto a la carretera, supongo que estará consagrada a San Miguel). Completamos la bajada, ya por adoquín hasta que, poco antes de cruzar el río Este, doblamos a la derecha para hacerlo con estilo y cruzar a la otra orilla por el bonito puente medieval que también lleva el nombre de San Miguel de los Arcos.

En la misma salida del puente nos encontramos una carretera a la que nos incorporamos, hacia la derecha, en plena curva (por lo que es como si siguiésemos de frente). En la siguiente curva que la carretera describe a la derecha nosotros la abandonamos hacia la izquierda por el camino de tierra que nace en este punto. Después de un tramo de suave ascenso recuperamos el asfalto para pasar bajo una autovía y, después de unos nuevos metros de tierra, volver a la carretera.

Rodamos sin mayor dificultad entre campos de cultivo (maíz, principalmente) de los que nos separan altos muros, como si temiesen que fuesen a robárselo. El firme, como de costumbre, sigue alternando sin orden ni concierto el asfalto con el adoquín. Es en uno de estos tramos de adoquín, precisamente, en los que nuestra ruta nos juega una de sus habituales trastadas, haciéndonos abandonar la carretera principal hacia la izquierda para subir un repecho repentino y descenderlo después para regresar a la misma vía por la que veníamos. En esta ocasión, el retorno a la ahora asfaltada carretera es efímero, pues lo único que hemos de hacer es cruzarla para adentrarnos en la callejuela que sale al otro lado.

En este tramo los muros que nos rodean ganan altura de forma considerable y el firme vuelve a ser de tierra que es la que se alterna ahora con el adoquín. Aquí y allá, en este auténtico laberinto rural en el que estamos inmersos, los muros desaparecen para permitirnos ver una panorámica un poco más amplia de la zona.

Guiándonos por nuestro GPS y por las flechas amarillas que ya sabemos leer como si fuesen para nosotros, terminamos saliendo a una carretera que tomamos a la izquierda, en sentido ascendente, y volvemos a abandonarla enseguida hacia la derecha por un camino adoquinado donde vemos, bajo un alcornoque, a un curioso peregrino publicitando un negocio local.

Regresamos a nuestra tónica habitual de adoquines y muros (desde algún punto muy concreto de esta zona parece atisbarse ya el mar a lo lejos) hasta que tomamos una vía asfaltada a nuestra izquierda que, a su vez, nos deja en una transitada carretera que debemos tomar a la derecha apenas unos metros para salir, por adoquines, a la izquierda.

Atravesamos ahora un bosque de eucaliptos al otro lado del cual cruzamos una aldea ya en marcado descenso. En un cruce dejamos a nuestra izquierda una iglesia dedicada a la Virgen del Socorro (Nossa Senhora da Ajuda) pero apenas nos fijamos en nuestro vertiginoso descenso hacia el cauce del río Ave, que vamos a cruzar, en un inmejorable entorno, por el puente medieval conocido como Ponte Dom Zameiro. Por supuesto, en la religión cicloturista, sería considerado pecado -y no venial precisamente- pasar de largo sin detenerse a visitar alguna de las aceñas del lugar,mojarse lospies en las aguas o, simplemente, disfrutar un rato del lugar, que ¡es gratis!

Ya redimidos de nuestros pasados kilómetros toca hacer lo de siempre después de cruzar un río: subir por la orilla opuesta. En esta caso nos llama la atención al hacerlo la monumental entrada a una finca que, olvidada, encontramos en medio de la nada a la derecha según subimos (por el buen estado de su capa de pintura blanca, quizás no esté tan olvidada, después de todo).

Finalizado el ascenso, nos incorporamos hacia la izquierda a la carretera a la que llegamos y que, tras una larguísima recta que se nos antoja interminable nos deja en una nueva localidad. Teniendo en cuenta el continuo de casas que supone pedalear por Portugal, se me perdonará aquí que no trate ya ni de ponerle nombre a los pueblos por los que pasamos. En esta ocasión, sin embargo, diré que nos encontramos en Macieira da Maia, que reconoceremos por el torreón que dejamos a la izquierda. Al otro lado vemos una pequeña iglesia frente a la que han plantado una estatua de Santiago Peregrino que parece patrocinada por Lego.

En el semáforo giramos a la izquierda y casi de inmediato a la derecha para iniciar un rápido descenso que hemos de abandonar a medias para salir por los adoquines que dejamos a la derecha. Al final del descenso tomamos el camino de tierra que, a nuestra izquierda, se adentra en un bosque.

Una vez más regresamos a la combinación adoquines abajo y altos muros laterales. Privados de toda posibilidad de disfrutar del paisaje, no nos queda otra que intentar pensar en las musarañas para evadirnos del constante traqueteo, que es lo único que nos acompaña hasta que vemos ante nosotros una capilla (Nossa Senhora da Lapa) donde debemos girar a la derecha, en ascenso. Hay, sin embargo, que detenerse antes en este punto, pues nos encontramos al ladito mismo del monasterio de San Salvador de Vairão y de su iglesia de San Benito.

Se trata de una congregación religiosa que en un principio fue mixta (s. X) pero que pasó después a ser exclusivamente femenina (s.XII). El monasterio mantuvo su actividad hasta el siglo XIX cuando, al término de la guerra civil portuguesa, con la victoria liberal, se estableció por decreto la disolución de las comunidades religiosas. El monasterio de Vairão se clausuró definitivamente cuando murió la última de sus monjas, en 1891. El edificio pasó después a ser una escuela (religiosa, por supuesto) y, en 1986, adquirió su actual carácter de albergue de peregrinos.

Después de ver el convento y su iglesia, y de alucinar con el tamaño de algunas de las tumbas del cementerio anexo, continuamos camino cuesta arriba por una calle de adoquines encajada entre dos altos muros. Alcanzado el fin de la subida, dejamos atrás una plazoleta con crucero y, cuando vamos directos hacia una señal de dirección prohibida, nos desviamos a la derecha para llegar a una explanada con un monumental crucero a nuestra izquierda y, justo enfrente, una colina coronada por una iglesia dedicada a San Ovidio. Como la por fuera la iglesia no parece nada del otro mundo y desde media rampa se alcanza a ver que la puerta está cerrada a cal y canto, continuamos camino sin malgastar energías subiendo hasta arriba.

Seguimos por adoquines hasta que algo más adelante giramos a la derecha y, después de un descenso, enlazamos con la recién asfaltada EN-306 que tomamos hacia la izquierda y la cual vamos a seguir unos cuantos kilómetros que no presentan mayor dificultad más allá de unos cuantos semáforos que nos interrumpen de vez en cuando, pero que se hacen bastante pesados por el tráfico que hemos de soportar.

Cuando, finalmente, la curva dobla en ángulo recto a la derecha, nosotros la abandonamos hacia la izquierda por una amplia calle adoquinada que termina, al ser cruzada perpendicularmente por otra vía algo mayor, abocándonos a una nueva dirección prohibida. Ya continuemos por la propia calle (con mucha precaución, pues es muy estrecha y no presenta lugares en los que esconderse si viene tráfico de frente) o dando un rodeo por nuestra izquierda (que podemos aprovechar, si somos muy piadosos, para visitar la cercana iglesia de Vilar) comprobaremos que la calle se ensancha un poco algo más adelante y nos permite ya circular por ella de forma legal.

Conectando diferentes poblaciones entre las que se intercalan campos de cultivo, y dejando a nuestra izquierda el mercadillo que se organiza en Mosteiró y algo más adelante y a la mano contraria el parque de bomberos de Vila do Conde, alcanzamos un cruce, junto a la sede de un grupo folklórico, donde seguimos de frente para girar poco después a la izquierda. Al llegar, algo más adelante, a un cruce, la carretera se ensancha y el tráfico aumenta significativamente, si bien el puñetero firme sigue siendo aún de adoquín, aunque lo abandonamos casi de inmediato por la vía asfaltada que vemos a nuestra derecha.

Ahora el tráfico empieza a ser un verdadero incordio, y lo es mucho más cuando comenzamos a atravesar un polígono industrial. Cuando, en un semáforo, giramos a la izquierda, no solo empeora el tráfico sino que, para más inri, el adoquín vuelve a apoderarse del suelo sobre el que rodamos.

Nos las apañamos para sobrevivir hasta alcanzar un supermercado de una conocida cadena de origen alemán, punto en el que nos toca girar a la izquierda (lo que es más fácil de decir que de hacer, pues no existe un camionero en todo Portugal que vaya a detener su vehículo solo para evitar dejar a un ciclista pegado a los adoquines). Si logramos superar la complicada prueba, rodaremos por una vía donde el omnipresente adoquín hasta nos sabe a gloria porque, al menos, tenemos la tranquilidad de rodar casi solos.

Después de un giro a la derecha y otro a la izquierda pasamos a una calle que vamos a seguir durante un buen trecho hasta que, dejando a la izquierda un gran cementerio, desemboca en una avenida que solo con verla, a cualquier hora, mete más miedo que el cementerio visto bajo la luna llena la noche de Halloween. Para más cachondeo, nos tenemos que incorporar a ella hacia la izquierda, lo que supone atravesar dos carriles y saltarnos una doble línea continua. Puede parecer difícil hacerlo -y lo es-, pero parece un juego de niños comparado con lo que nos toca hacer en apenas unas decenas de metros al llegar a un inmenso cruce y donde nuestro track nos indica que debemos ir justo en la única dirección hacia la que no es posible girar de forma legal: la izquierda.

Lo mejor es que nos detengamos en la acera de la derecha y esperemos allí a que se abra un claro en el tráfico que vuela en ambos sentidos para atravesar la avenida de lado a lado (lleva menos tiempo esperar una conjunción astral que eso, pero no nos queda otra que armarnos de paciencia si queremos sobrevivir). Podemos aprovechar para mirar el escaparate de la tienda de bicis que hay en este cruce, si bien será desde lo lejos, porque está justo en el punto opuesto que este en el que nos encontramos.

Rodamos ahora por una carretera algo más tranquila y dejamos una capilla a la derecha donde podemos dar gracias a Nossa Senhora da Glória por haber sobrevivido al cruce que acabamos de dejar atrás. Esta vía la vamos a seguir un buen rato sin desviarnos, pasando primero bajo una autovía, después cruzando una rotonda ovalada y, finalmente atravesando un carril-bici inmediatamente después del cual nos meteremos por la calle adoquinada que asciende a nuestra derecha, pasando al lado de una nueva tienda de bicicletas.

Seguimos por un estrecho callejón hasta que la calle se ensancha al bordear un cementerio frente al que hallamos una iglesia consagrada a la que parecería ser la patrona de los oficinistas: Nossa Senhora do Bom Despacho. Después, justo antes de legar a otra capilla de curioso nombre (Senhor dos Amarrados), giramos a la derecha y poco más adelante, en una rotonda, abandonamos el adoquín girando a la izquierda por la enorme vía que tenemos ante nosotros (podemos hacer uso de la ancha acera si nos impone rodar por el asfalto).

Pasamos así sucesivamente bajo la línea de metro, por una rotonda, sobre una carretera y, al llegar a la siguiente rotonda, saltamos a la carretera paralela de nuestra derecha para girar inmediatamente en dirección sur. Tras un breve tramo de adoquín volvemos al asfalto en un cruce donde nos incorporamos a la carretera que nos permite seguir el mismo rumbo que traemos. Dejamos una pequeña capilla a la izquierda y un gran aparcamiento a la derecha para llegar a una rotonda donde giramos a la izquierda y, después de atravesar el río Leça, nos metemos en un polígono.

La inmensa planta industrial que vamos dejando a nuestra derecha desprende un peculiar olor que, a poco buen gusto que tengamos, no nos cuesta reconocer: estamos en la parte trasera de la fábrica de la riquísima cerveza Super Bock. Si bien me consta que es posible hacer una visita guiada a la fábrica por el módico precio de diez euros, yo preferí pasar de largo, pues también sé de primera mano que por ese mismo importe es posible visitar casi cualquier bar del país y beber una cantidad nada desdeñable de la cerveza aquí producida. Además, en el otro extremo de la fábrica vemos ya algo que distrae poderosamente nuestra atención: el monasterio de Leça do Balio.

Aunque, por su aspecto almenado y su torre, a simple vista pueda parecer un castillo o fortaleza estamos, efectivamente, ante un monasterio construido en el siglo XIV (transición románico-gótico) y de su correspondiente iglesia, dedicada a la Encarnación. En su interior es reseñable la pila bautismal firmada por Diogo Pires, el Moço, y en su exterior el crucero del siglo XVI y el conjunto de sepulcros medievales (por si fuesen pocos los que se conservan en el interior).

Ya de vuelta sobre la bici, la cosa se complica, y no poco. Lo primero que hemos de haceres subir la cuesta adoquinada que nos permite terminar de rodear la fábrica de cerveza y que nos deja en un cruce ya bastante complicado. Después de pasar bajo una carretera salimos a una nueva rotonda donde debemos seguir de frente, pasar bajo otra vía y emprender una subida por una carretera estrecha y con mucho tráfico.

En la siguiente rotonda giramos a la izquierda y nos adentramos en la que debe ser la calle más larga, más recta, con más tráfico y más coñazo de todo Portugal. Con los cinco sentidos puestos en los coches que nos adelantan sin miramientos y en los aparcados que pueden emprender su marcha en cualquier momento avanzamos con cuidado atentos también a los semáforos que, aquí y allá, nos hacen detenernos. Después de lo que nos parece una eternidad, al poco de haber dejado a nuestra derecha una iglesia con la fachada recubierta de azulejos, debemos abandonar la calle para meternos, a la izquierda, por una con menos tráfico. Todo muy bien, salvo porque ¡es dirección prohibida!

Al final de este tramo, la cosa se complica un poquito más al tocarnos pasar por un pasaje que atraviesa un edificio, cruzar una calle a pie y, por otro pasaje, pasara una nueva calle estrechita pero con el sentido correcto…tan solo por unos metros antes de volver a indicarnos que está prohibido seguir por donde vamos. Si lo ignoramos y seguimos con muchísima precaución terminamos saliendo a una calle de doble sentido (y asfaltada) junto a la capilla de la Ramada Alta, desde donde ya solo tenemos que dejarnos caer, siguiendo siempre de frente, para entrar en el centro de Oporto por la rúa de Cedofeita, que tampoco es que tenga nada de particular (salvo que en ella viviese tu ex, claro).

Esta calle nos termina dejando en la zona de la universidad, desde donde lo único que tenemos que hacer es esquivar coches, tranvías y turistas mientras vamos bajando hacia el Duero buscando siempre el hiperfotografiado puente de Luis I. Por supuesto, y aunque no voy a entrar en detalles, debemos hacer un tour turístico por la ciudad y sus monumentos, donde merece destacar la catedral (siglos XII-XIII, reformada en el XVIII), su claustro (siglos XIV-XV), la zona de Aliados y la animada calle de Santa Catarina, las innumerables iglesias decoradas con azulejos (al igual que lo está la estación de tren), la antigua cárcel (y hoy centro de fotografía), la archiconocida torre de los clérigos, la preciosísima librería Lello (que, por desgracia, en los últimos años ha muerto de éxito como atestiguan las largas colas que se constantemente vemos ante su puerta) o el puente de Dona Maria Pia, diseñado por Eiffel (a cosa de un kilómetro del de Luis I, río arriba), por nombrar solo algunos de los atractivos turísticos de la segunda ciudad de Portugal.

Cuando demos por conocida la ciudad (o hayamos prometido volver para terminar de hacerlo), cruzamos el Douro y pasamos a Vila Nova de Gaia, localidad donde vamos a bajar a base de vino todas las francesinhas que nos hayamos comido en la vecina Porto. Y es que aquí, además de las tradicionales barcas (rabelos) que transportaban el vino, pueden también visitarse las bodegas donde degustarlo. Por suerte, después de la cata podremos salvar en teleférico el importante desnivel que separa el río de la continuación de nuestra ruta, para que el exceso alcohólico no haga que el esfuerzo nos siente mal. Si incluso así preferimos no tener más desniveles en nuestro futuro más cercano, siempre podemos cambiar de planes y seguir costa adelante por la ruta Eurovelo 1.

Continuará…

De Pontevedra a Santiago por O Salnés: Ruta del Padre Sarmiento

Provincias: Pontevedra y A Coruña

Distancia: 190 km aprox.

Mapa:

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Track: Descargar PadreSarmiento.gpx

Descripción:

«El lunes 19 de julio salí de Pontevedra a Santiago, rodeando todo el Salnés», escribía Fray Martín Sarmiento en las notas de su Viaje a Galicia de 1745. Y partiendo de esta frase, y de los apuntes del benedictino sobre los lugares por los que pasó, los ayuntamientos de esta zona de O Salnés han reproducido su camino y lo han señalizado para quien quiera seguir los pasos del erudito gallego. Vayamos pues, desde la capital del Lérez con destino Compostela siguiendo prácticamente en todo momento la línea de costa, recorriendo una comarca muy turística, de grandes playas, impresionantes paisajes, lujosos balnearios, excelente marisco, exquisito vino y, cómo no, el regusto de la fariña siempre presente en segundo plano.

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Comenzamos nuestro particular peregrinaje en la capilla de la Virgen Peregrina, lugar emblemático de Pontevedra -como es habitual, en las ciudades importantes paso de largo por muchos sitios de interés, pues es fácil encontrar información en otros lugares y, de entretenerme en ellos, no acabaría nuca mis rutas-. Dejamos a la derecha la plaza da Ferrería con su magnífico convento de San Francisco y nos adentramos por la rúa Real con precaución para no atropellar a ningún peatón. Al final de la calle encontramos el río Lérez, que atravesamos gracias al puente do Burgo y continuamos por la rúa da Santiña. En este primer tramo seguimos las flechas amarillas que señalizan el Camino Portugués a Santiago.

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No tardamos mucho en toparnos por primera vez con un problema que nos surgirá en demasiadas ocasiones antes de llegar a Santiago: una redonda señal roja nos dice que la calle por la que nos llevan las flechas es dirección prohibida. Desmontemos o no, debemos extremar las precauciones en este tramo.

Algo más adelante, cuando la presencia de casas disminuye indicándonos que estamos saliendo de la zona urbana encontramos a nuestra izquierda una plataforma de madera en deplorable estado que se adentra en las marismas del Alba, humedal que rodea al río Gándara, para llegar hasta una plataforma de observación de aves. Pero nosotros seguimos por nuestra pista de tierra para, poco después y también a la izquierda, encontrar una fuente donde rellenar nuestros bidones, lo que nos vendrá bien para lo que nos espera en los próximos kilómetros. Desde este punto, y durante unos metros, circulamos por una pista de tierra que va dejando la plataforma del ferrocarril a la derecha. Al final de la pista regresamos de nuevo al asfalto: hacia la derecha, pasando bajo la vía, continuaríamos hacia Santiago por el Camino Portugués. Nosotros tomamos a la izquierda siguiendo ahora un nuevo tipo de señales que nos indican la Variante Espiritual del Camino (la flecha sigue siendo amarilla, pero ahora va acompañada de una concha y la cruz de Santiago).

A los pocos metros, varias señales nos preparan para cruzar un paso a nivel, pero lo que encontramos es una vía abandonada que muere en la verja que rodea una gran nave industrial. En este punto la carreterita por la que rodamos empieza a ponerse cuesta arriba, y lo hará aún más después de pasar sobre la autopista AP-9. Después de cruzar sobre otra carretera, cuando llevamos ya un kilómetro de subida continua, la carretera nos da un respiro y desciende un poco, lo que nos permite pasar bajo una nueva carretera, ahora ya rodando por tierra. Desde aquí el camino vuelve a ponerse cuesta arriba pero es asequible hasta que nos topamos una flecha amarilla incomprensible que señala a nuestra derecha. Al detenernos, sorprendidos, vemos un estrecho camino vertical que a duras penas se abre paso entre la vegetación. No queda otra que resignarse y empujar nuestras monturas por el sendero, mientras algunas señales nos observan entre los helechos, confirmándonos que estamos en el buen camino (al menos en el camino correcto, porque de bueno tiene poco).

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Por suerte el tramo complicado no es demasiado largo y no tardaremos en llegar a una nueva carretera. que nos espera junto a una iglesia. Se trata de San Pedro de Campaño y, aunque originaria de la Edad Media, fue totalmente reconstruida en tiempos de Sarmiento (siglo XVIII) y presenta un estilo barroco con portada neoclásica al que más nos vale irnos acostumbrando pues nos encontraremos muchas iglesias casi idénticas en nuestro pedalear por tierras gallegas. En la que nos ocupa, si tenemos la suerte de poder acceder al interior -no fue mi caso-, podremos contemplar una imagen gótica de la Virgen (siglo XIV) y un retablo barroco obra de Benito Rey y José Malvárez.

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Tomamos la carretera a la izquierda, hacia las cercanas casas, y nos dejamos caer entre el hotel y los restaurantes de la zona para, más adelante, abandonar el asfalto por el camino que se adentra en el bosque a nuestra izquierda. Al otro lado del bosque, sin dejar de bajar, cruzamos una nueva zona construida y nuestro camino se pone en paralelo a una carretera. La cruzamos por un paso elevado y continuamos en paralelo a ella por el camino que transcurre por el otro lado. Este camino no tarda en transformarse en asfalto y nos deja, a la altura de una rotonda, en la carretera que hemos ido esquivando. Debemos hacer la rotonda prácticamente completa para continuar por la carretera que, en pocos metros, nos deja en el monasterio mercedario de San Xoán de Poio.

Lo primero que encontramos a nuestra izquierda, junto al aparcamiento que da acceso a la hospedería, es un impresionante hórreo del que dicen que es el más grande de Galicia (aunque disimula bastante bien por la contundencia de sus volúmenes en comparación con los de, por ejemplo, Carnota o Lira, mucho más alargados). Junto a él, una pequeña construcción alberga la traída del agua de donde se abastecía el monasterio, canalizada desde los cercanos montes de Meis.

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En cuanto al monasterio en sí -cuyo acceso se encuentra al otro lado del edificio, junto a la iglesia- perteneció hasta el siglo XIX a los benedictinos, motivo por el que nuestro Padre Sarmiento realizó muchos viajes hasta aquí para consultar sus manuscritos. Su origen es oscuro, aunque se cuenta que fue fundado por Fructuoso de Braga ya en el siglo VII aunque, por supuesto, desde aquellos tiempos ha sufrido numerosas vicisitudes. La obra que ahora tenemos ante nosotros procede principalmente del periodo barroco.

Así, lo que más nos llama la atención que es la fachada de la iglesia es claramente barroca, con dos torres gemelas y la imagen de San Juan sobre la puerta principal enmarcado por dos pares de columnas dóricas que, en la parte superior dan paso a otras columnas corintias que sustentan un frontón abierto. En el interior de la iglesia (cuyo largo proceso de construcción no culminó hasta bien entrado XVIII) llama la atención el magnifico retablo churrigueresco del XVII.

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En cuanto a las capillas laterales, destacar una en cuyo interior encontramos un curioso sarcófago suevo-visigótico con un interesante relieve en la tapa que ya fue descrito por Sarmiento. Se trata del sepulcro de Santa Trahamunda. Esta santa vivió, en la alta Edad Media, en el convento de San Martiño de la cercana isla de Tambo (de la que hablaré más adelante). Parece ser que fue raptada por Abd-al-Rahman (hay discusiones sobre si fue el primero o el segundo) durante una incursión en estas tierras y llevada a Córdoba para formar parte de su harén, pero se resistió y por ello sufrió presidio durante once años. Una noche de San Juan parece ser que pidió a Dios estar en Poio al día siguiente y sus plegarias fueron respondidas con un ángel que le dio una rama de palma que la trajo volando hasta aquí, donde volvió a la vida religiosa y falleció años más tarde. Por ello, esta santa voladora es, nada más y nada menos, que la patrona de ese famoso sentimiento tan gallego conocido como morriña.

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Quienes, como yo, vengan a este monasterio durante 2018, tienen la oportunidad especial, como peregrinos, de cruzar la «Puerta Santa» (la que da acceso a la capilla donde se encuentra el sepulcro de Santa Trahamunda) lo que, junto con la confesión, la comunión, y la promesa de orar por las intenciones del Papa Francisco, les otorgará la indulgencia plenaria. Sin embargo yo no encuentro ningún cura disponible y me voy por donde he venido con todos mis pecados a cuestas.

Una de las puertas laterales de la iglesia da acceso al llamado claustro de las procesiones, del siglo XVI e impresionante bóveda de crucería que rodea un verde jardín con fuente y todo. Un poco más allá, el claustro del cruceiro, del siglo XVIII, alberga un enorme mosaico realizado, ya en el siglo XX, por la escuela de mosaicos que tiene aquí su sede. Su diseño corrió a cargo de Antonio Machourek artista checo afincado en Poio que representó en él el largo camino de los peregrinos a lo largo del Camino Francés, desde París a Santiago. Junto a este claustro se encuentra también un pequeño museo donde pueden verse otras obras de Machourek junto a una representación de las obras más interesantes de la biblioteca del monasterio -la biblioteca privada más grande de Galicia- entre las que destacan varios cantorales procedentes del monasterio, también mercedario, de Conxo, en Santiago, o algunos de los libros más pequeños del mundo.

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Es hora de continuar camino y lo hacemos, como no, por dirección prohibida en una bajada empedrada (si vamos con cuidado podemos dejarnos caer por la acera para evitar así a los tontos de coche tuneado que me consta que circulan por este lugar) que nos deja en una carretera a la que recurriremos mucho en los próximos kilómetros: la muy transitada (insoportable en verano) PO-308.

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En esta ocasión la tomaremos hacia nuestra derecha hasta una rotonda cercana, donde giraremos trescientos sesenta grados para desandar una decena de metros y tomar la primera calle que sale a nuestra derecha, en el lado de la carretera opuesto a aquel por el que hemos llegado a ella. Una breve sucesión de callejuelas nos terminan dejando en un sendero que nos lleva a una explanada junto a unas pistas deportivas (invadidas por los feriantes si realizamos nuestro viaje en fechas cercanas al solsticio de verano). Al otro lado del campo de fútbol nos encontramos con el mar, en este caso la orilla norte de la ría de Pontevedra, en una ensenada centrada en la isla de Tambo.

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Esta boscosa isla, que ya mencioné antes, tuvo en tiempos un convento y, por lo que cuenta el Padre Sarmiento, un sarcófago antropomorfo donde yacían los religiosos para meditar. Quizás por ese motivo trata nuestro amigo Martín de relacionar el nombre de Tambo de la isla con el término de «tumba».

Atravesamos un riachuelillo por un pequeño puente y continuamos por un camino que nos permite atravesar primero un aparcamiento y después un parque diseñado nada menos que por el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, en el que destaca un conjunto escultórico con los rostros de algunos de los grandes nombres de la literatura gallega acompañados de frases de varios premios Nobel. Al otro lado de este Parque de la Memoria, como se llama, regresamos a la carretera PO-308 por la que hemos de circular ahora durante un trecho hasta que la abandonamos para entrar a la playa de Pinela, a través de la cual accederemos a la bonita localidad de Combarro. Es interesante mencionar aquí lo que ya tendremos tiempo de comprobar en toda la ruta y es que, al recorrer este camino en bicicleta nos veremos obligados a cruzar continuamente la transitada carretera, pues por ella deberemos circular siempre por nuestra derecha y todos los caminos que nos permitirán acercarnos al mar saldrán a nuestra izquierda.

Bordeando la playa por una pequeña acera y dejando a nuestra izquierda un crucero y los primeros hórreos, entramos en las calles de esta pintoresca (y excesivamente turística) localidad de antiguas casas de piedras que miran al mar -las de los marineros- o hacia el interior -las de los campesinos-. Si queremos disfrutar más de la localidad y perdernos por sus tranquilas calles deberemos arreglar nuestro viaje para pasar por aquí un día de diario a primera hora de la mañana, antes de que los comerciantes llenen las calles de puestos de recuerdos, pues más tarde y especialmente los fines de semana el pueblo se convierte en un enjambre de turistas que hacen muy difícil caminar por las calles, y más aún si empujamos una bici cargada.

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Otro detalle interesante es que a partir de aquí nos separamos también del Camino Espiritual, el cual se aleja de la costa para ascender hacia el interior, buscando el monasterio de Armenteira, pasando en su recorrido cerca de varios petróglifos de la Edad del Bronce y de un interesante bosque de secuoyas (cuyos indicadores ya vimos a la altura de Poio) plantado aquí para conmemorar el descubrimiento de América, pues una de las carabelas recaló en estos parajes a su regreso. Nos reencontraremos con este camino más adelante. Mientras tanto seguiremos un nuevo tipo de flechas, una vez más amarillas, pero ahora sobre una placa de fondo azul, también con la cruz de santiago y, además, con la figura de un peregrino -Martín Sarmiento, supongo- en negro.

La única pega que se le puede poner a este bonito lugar -además del exceso de turismo- es que las vistas panorámicas quedan estropeadas por la polémica fábrica de celulosa que domina la orilla opuesta de la ría, detrás de las bateas -plataformas flotantes en cuya parte sumergida se crían los deliciosos mejillones de la zona- que empiezan ya a acompañarnos en nuestra ruta.

Cuando nos cansamos de callejear por la zona antigua de Combarro salimos a una plaza abierta al mar y continuamos siguiendo la costa para atravesar el moderno puerto de la localidad, por un paseo con varias fuentes que nos permitirán rellenar los bidones. Al otro lado regresamos, una vez más, a nuestra conocida pero poco querida PO-308, que debemos seguir de nuevo.

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Circulando por esta carretera vamos dejando a nuestra izquierda bonitas playas como la de Chancelas o la de Ouriceira hasta que la abandonamos para bajar a la playa de Covelo y seguir avanzando por la calle que bordea la costa. Al final de la misma , en el puerto de Covelo, vemos que los carteles nos indican que debemos continuar por un sendero pegado a la costa pero, al mismo tiempo, una señal nos prohíbe hacerlo en bicicleta. En mi caso, para más inri, coincidió que un coche patrulla de la Policía Local había decidido detenerse en este punto. Desmontados -en mi caso- o en bici debemos seguir por este caminito que enseguida da acceso a una serie de plataformas de madera que siguen la línea de costa dando acceso a varias playas, desde la diminuta de Caeiro hasta la mucho más larga de Samieira. Cerca del final de esta última, el camino nos devuelve a la PO-308.

Seguimos por tanto por carretera, que en este punto va muy pegada al mar, hasta abandonarla de nuevo en la localidad de Raxó. Una vez más dejamos que la carretera vaya por el interior y nosotros nos pegamos a la costa, por la calle que separa la playa de las casas del pueblo. En esta ocasión más que en las anteriores recomiendo disfrutar del paseo pues, al final de la última playa la calle que seguimos se adentra entre las casas en lo que parece un repechito pero es todo un señor repechón. La calle zigzaguea entre las casas para ascender unos setenta metros de desnivel en menos de un kilómetro (depende del recorrido que elijamos para llegar arriba, pues la señalización no está nada clara). Lo único que nos ofrece consuelo durante la subida son las magníficas vistas sobre la ría de Pontevedra que vamos ganando con la ascensión. En el punto más alto, ya en la PO-308 de nuevo, el mirador de A Granxa nos dejará disfrutar de estas vistas mientras recuperamos el resuello refrescándonos con las aguas de su fuente.

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Ahora debemos descender lo que hemos subido y lo haremos en parte por la PO-308 hasta que, después de la primera curva pero antes de llegar a la segunda, la abandonemos por un camino que sale de entre dos casas y que parece intransitable por la vegetación. Por suerte son solo unos metros y, sin tener que llegar a desmontar siquiera, llegamos a un camino más amplio que se abre paso por un tranquilo bosque de pinos: estamos en Punta Festiñanza. Después de disfrutar de las vistas del mar que vamos teniendo entre los pinos terminamos saliendo a una calle asfaltada que da acceso a unas casas -auténticas mansiones- con aspecto de ser más lujosas de lo que jamás llegaremos a poder permitirnos pisar siquiera. Describiendo una pronunciada curva hacia la izquierda entre estas casas llegamos a un pequeño mirador, desde donde un corto paseo nos lleva hasta la cercana playa de Areas.

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A la altura del aparcamiento de la playa nos desviamos a la izquierda para tomar una plataforma de madera que rodea el arenal y que en ocasiones nos obligará a echar pie a tierra por hallarse cubierta de la fina arena de la playa. Rodeando una zona de dunas y pasado un restaurante salimos de la playa por una calle que surge a nuestra derecha y que nos devuelve, para variar, a la PO-308. Esta vez no abandonaremos ya la carretera hasta llegar a la localidad más turística de la zona: Sanxenxo.

En este archiconocido pueblo salimos de la carretera una vez más hacia la izquierda para ir en busca del mar. Después de descender unas empinadas escaleras con la bici al hombro llegamos a una playa desde donde una plataforma de madera construida sobre el mar, a la altura del puerto, permite circular sin interferir con las terrazas de los innumerables locales de hostelería. Si nos asomamos a nuestra izquierda, sobre las aguas, podemos ver grandes bancos de mújoles nadando tranquilamente mientras se alimentan de lo que encuentran.

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Llegamos así a la zona del puerto deportivo, lugar de grandes eventos festivos donde una piedra nos recuerda que de aquí partió una Vuelta Ciclista a España. Sin embargo no somos ciclistas, sino cicloturistas (cosas muy diferentes, aunque algunos se nieguen a verlo) e ignoraremos el puerto para acercarnos, entre las casas, a ver la sencilla iglesia marinera de San Ginés de Padriñán, originaria del siglo XV aunque por su aspecto parezca haber sido construida anteayer. La sencilla portada, con una sola torre y una puerta coronada por la Virgen del Carmen y un pequeño rosetón da acceso a una única nave rectangular sustentada por llamativos arcos de sillería. Merece la pena recordar que estamos en la parroquia que dio origen al pueblo pues San Ginés no es otro que el famoso San Xenxo, a pesar de que muchos foráneos lo traduzcan como San Jenjo (santo, este último, de cuya existencia no tengo constancia).

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Desde aquí continuamos por la calle que rodea la inmensa y concurrida -atestada- playa de Silgar hasta que, al final del arenal, la calle se ponga cuesta arriba. Después de unos metros de subida, vemos que nuestras queridas flechas nos mandan hacia la izquierda, hacia el parque que ocupa la punta do Bicaño. Podemos hacerlo pero las vistas no son nada del otro mundo (en comparación con lo que ya hemos visto o con lo que vamos a ver) y los caminos de tierra del parque nos devolverán a la calle por la que vamos tan solo unos metros más adelante.

Eso sí, al otro lado del parque debemos tomar hacia la izquierda para descender hasta la playa de Portonovo, donde una nueva pasarela de madera nos permite rodear todo el arenal y nos deja en el paseo marítimo de esta otra localidad turística limítrofe con Sanxenxo. Después de pasar por el puerto y dejar a nuestra izquierda la lonja, debemos ascender unos metros hasta un pequeño mirador con un gran ancla y una escultura que ocupa la conocida como Punta Cepelo. Unos metros más adelante, a la altura de la playa de Caneliñas, nos separamos de la costa para subir un repecho y, después de girar bruscamente, regresar a la costa junto a la playa de Canelas.

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En esta playa el camino nos abandona en pleno arenal. Debemos pues desmontar y caminar hasta el aparcamiento donde podemos regresar a nuestras monturas para tomar el camino que surge a nuestra izquierda y que asciende pegado a uno de los extremos de la playa. Aquí la cosa se pone interesante porque, después de circular unos metros por un sendero entre un pinar dejando la costa rocosa a nuestra izquierda, el sendero se va estrechando más y más hasta llegar casi a desaparecer a la vez que el descenso se transforma en ascenso. Una vez más nos toca empujar e incluso llegar a cargar con las bicis para finalmente alcanzar la punta Cabicastro, donde un mirador nos espera para recompensar nuestros esfuerzos (aunque habríamos podido llegar hasta aquí por caminos más tranquilos si la ruta estuviese mejor señalizada, la verdad).

El caso es que las vistas de la boca de la ría de Pontevedra son fantásticas: la orilla opuesta desde la localidad de Marín hasta Bueu y las islas Cies en un extremo y las Ons casi en primer plano. Estamos además en un buen punto para observar cetáceos por lo que, si somos afortunados, podremos ver algún grupo de delfines entrando o saliendo de la ría (aunque yo hasta ahora solo he conseguido ver delfines un par de rías más al norte, en Lariño, cerca de la desembocadura de la ría de Muros).

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Pasado el mirador, un corto camino de tierra y una calle asfaltada que se abre paso entre hoteles y apartamentos turísticos nos lleva, una vez más, a la onmipresente PO-308.

Apenas unos metros más adelante volvemos a abandonar la carretera pero, después de rodear un camping por un camino de tierra y pasar junto a la larga playa de Montalvo, regresamos a ella de nuevo.

Al poco volvemos a abandonar la carretera, esta vez por algo más de tiempo. Salimos otra vez por la calle de acceso a un grupo de campings y apartamentos varios. Después de sucesivos descensos y ascensos cortos pero empinados terminamos saliendo a un camino que busca el litoral. Después de describir una cerrada curva que dibuja la forma de la Punta de Montalvo regresamos a zona urbanizada pero, justo antes de hacerlo, nos toca adentrarnos en un brusco descenso por un estrecho sendero que se abre paso a duras penas entre la vegetación. Lo más probable es que nos toque bajar a pie para poder controlar la bici y así podremos mirar la playa hacia la que nos dirigimos y nos daremos cuenta de que ¡nadie lleva ropa!. En efecto, se trata de la playa nudista de Bascuas y vamos directos hacia ella. Si no llevamos bañador en nuestro equipaje este es un lugar inmejorable para refrescarnos en las frías aguas atlánticas sin llamar demasiado la atención.

Después del baño pasamos de largo por el aparcamiento de la playa y pedaleamos por el camino que sigue la línea de costa hasta otra playa, esta vez textil: la de Pragueira (que más delante recibe el nombre de Magor). Desde el aparcamiento de esta tomamos el camino que, a lo largo del muro de una finca, sube casi en vertical hasta nuestra ya familiar PO-308. Dejando un parque a nuestra izquierda y una pista de karting a nuestra derecha avanzamos por el arcén de la transitada carretera que, después de una rotonda con pinta de llevar construida muy poco tiempo, empieza un ascenso. Apenas unos metros después de empezar la subida nos toca una vez más salir de la carretera para tomar la pista asfaltada que da servicio a un camping. Después, una sucesión de caminos de tierra nos permite rodear varias fincas hasta que sale de nuevo a campo abierto y nos lleva hasta la orilla del mar, en una zona desde donde se dominan perfectamente las islas Ons. Aquí, en pocos metros encontramos una especie de tumba erigida sin duda en memoria de alguien que perdió la vida en estas aguas, un banco que parece haber sido puesto aquí solo para subir fotos a las redes sociales (hasta tiene grabado el hashtag correspondiente en el respaldo) y una pequeña escultura con forma de puerta con muy buenas vistas.

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Aquí un nuevo cartel nos indica que debemos seguir a lo largo de la costa… y entramos de lleno en la polémica pues, como ya nos ha pasado otras veces anteriormente, las flechas nos mandan ir por un sendero impracticable y después desaparecen por completo hasta que, después de que con mucho sufrimiento hayamos atravesado el tramo complicado, vuelvan a reaparecer ya en el asfalto. Pues eso mismo ocurre aquí: siguiendo las flechas nos adentramos en un estrechísimo sendero no ciclable en el que nos tocará empujar la bici pero, al no haber sitio para ambos, nos llevaremos nuestros buenos raspones en las piernas gracias a los tojos que bordean, implacables, el sendero. Llegamos así a una zona donde una serie de postes de cemento parecen indicar que nos estamos colando en una finca privada. Ante la falta de señales tomamos aquí la mejor opción, que es tomar un camino más ancho que aparece a nuestra derecha y que, por suerte, nos deja pocos metros más adelante en una pista asfaltada. Siguiendo esta, no tardamos en llegar de nuevo a nuestra PO-308 donde nos entra la risa floja al ver los carteles que nos habían abandonado metros atrás, cuando tanta falta nos hacían.

Descendemos ahora sin más novedad por asfalto hasta llegar a una explanada a nuestra derecha que da acceso a la ermita de A Lanzada. Lo primero que encontramos a nuestra izquierda al entrar en esta pequeña península es una excavación arqueológica en cuyo interior podemos ver los restos del castro y necrópolis de A Lanzada que se remonta al siglo VIII a.C. (aunque se han encontrado restos de numerosos periodos desde el Bronce Final y, además, se sabe que fue un importante enclave comercial hasta ya el siglo VI de nuestra era).

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Pasado el castro, vemos junto al centro de una explanada un cruceiro y un pequeño pozo y, más allá de los puestos de los vendedores ambulantes de recuerdos, un puentecillo da acceso a otra explanada. Pero, para llegar a ella, antes habremos de pasar junto a los restos de un gran muro perteneciente a la Torre da Lanzada, restos de una fortaleza medieval (siglo X) que se levantaba aquí (junto a otras que iremos viendo más adelante) como defensa ante las frecuentes incursiones normandas. Se cree que antes de esta torre existió ya aquí un faro romano o incluso fenicio y, después de siglos de uso, la fortaleza fue finalmente destruida durante las guerras irmandiñas del siglo XV.

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Y al otro lado de la torre, en una explanada donde una fuente nos permite un merecido refresco, la ermita de Nuestra Señora de La Lanzada, una pequeña capilla románica originaria del siglo XII. En su interior hay un retablo románico que podremos ver si tenemos la suerte de encontrar abierto el templo, porque lo turístico del lugar hace que haya que pagar hasta para poder mirar a través de una minúscula mirilla abierta en la puerta principal. Un pequeño deambulatorio nos permite también pasar por detrás de dicho retablo y, de desearlo, dejar el suelo como los chorros del oro haciendo uso de una de las varias escobas que allí encontramos a nuestra disposición:  se trata de un rito para alejar de nosotros el mal (hay también un cartel con las instrucciones, por lo que no me alargo más con el tema). Ya al borde de la península, unas pequeñas escaleras de piedra nos permiten bajar al mar y, si la marea lo permite, cruzar hasta un cercano islote como vemos hacer a los percebeiros. No es, sin embargo, necesario cruzar al islote para ver la «cama de la Santa», una oquedad en la piedra donde, según cuenta la tradición, es conveniente hacer cosas bastante impúdicas en caso de desear tener una descendencia que se resiste cuando se la busca en otros lugares (el famoso baño de las nueve olas que se realiza en la playa de al lado tiene también el mismo fin).

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Desde aquí regresamos a la carretera y vamos por ella -dejando a la derecha una gran piedra sobre la que vemos una escultura en homenaje a un cormorán que, según la leyenda, salvó a unos pescadores de perderse en la niebla- hasta uno de los aparcamientos de la popular y larguísima playa de A Lanzada. Aquí debemos cruzar por la pasarela de madera que traviesa todo el arenal y permite evitar, en la medida de lo posible, que se produzcan daños en la sensible duna. Sin embargo, lo primero que vemos al entrar en la plataforma es una señal gigante que prohíbe el paso de ciclistas. Así, salvo que sea invierno y no haya nadie en la zona, no nos queda otra que desmontar y darnos un largo paseo por la playa.

Después de cruzar un segundo aparcamiento (este es enorme debido a que su finalidad original en el momento de su construcción -allá por 1954- era la servir como pista de aterrizaje para el gran aeropuerto intercontinental que algunos ministros del franquismo quisieron plantar aquí) y acceder a una nueva pasarela de madera, esta nos deja junto al edificio de un hotel. Rodeándolo, llegamos finalmente a una carretera (estamos justo en una curva) que debemos tomar hacia nuestra izquierda. Aunque la carretera suele tener un tráfico considerable, cuenta a cada uno de sus lados con un híbrido de acera y carril-bici que hará nuestra vida mucho más fácil. Pasamos ante un restaurante donde, si así lo deseamos, podremos comer en una terraza con magníficas vistas de la playa y continuamos pedaleando con el mar a nuestra izquierda y la ladera de un monte cubierto de pinos a nuestra derecha. Finalmente, al poco de haber dejado a la derecha otra carretera que ignoramos, tomamos la calle que sale a nuestra derecha y que, según los carteles, nos lleva al camping Sol y Mar. No tardamos en dejar atrás el camping y nos adentramos en una zona vacacional de pequeñas viviendas y cabañas. Llegamos así a una nueva carretera que tomamos a la izquierda para abandonarla de nuevo a los pocos metros, esta vez por el otro lado. Pedaleamos ahora por un camino de tierra en aceptable estado que nos lleva entre pinos, eucaliptos y algún que otro loureiro (laurel) hasta una nueva zona de viviendas donde, en los alrededores de un lavadero, cambiamos la tierra por una carreterita que no tarda en ponerse tontorrona, haciéndonos sudar de lo lindo en su ascenso a través del bosque hasta que finalmente alcanzamos la cima, de nuevo entre casas. Llegamos a una nueva carretera que tomamos a la izquierda y, una vez más, abandonamos a los pocos metros por la derecha, en esta ocasión siguiendo el cartel que nos indica dónde están las «praias»… y es precisamente de playas de lo que pronto nos vamos a hartar.

La carreterilla por la que circulamos serpentea en descenso entre bosques y casas aisladas hasta llegar a un ensanchamiento que sirve de aparcamiento y que significa el fin del asfalto, aunque el camino de tierra continúa en dirección al mar. Finalmente, en un entorno abundante en berruecos graníticos modelados por milenios de erosión, llegamos a un nuevo aparcamiento a pocos metros de las aguas atlánticas (el acceso a la zona de aparcamiento tiene tendencia a encharcarse, por cierto). Si nos fijamos en los postes de madera que proponen interesantes rutas por la zona, podemos comprobar que, de seguir la costa en torno a un kilómetro en dirección sur, encontraríamos la abandonada batería militar que se encuentra en la zona de O Conchido, en San Vicente, lugar donde en 1936 se instalaron tres cañones -posteriormente se añadió uno más- para la defensa costera y donde hoy en día un puñado de búnkeres languidece frente a la isla de Ons. Pero volviendo a donde nos encontramos, en nuestro aparcamiento playero junto al saliente rocoso conocido como Petón do Con Negro, la isla que tenemos frente a nosotros no es Ons, sino Sálvora, y las flechas que debemos seguir no indican al sur, sino al norte, así que sigámoslas y enfrentémonos a nuestro arenoso destino.

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Tras unos pocos metros de aceptable camino alcanzamos una playa cuya arena no parece dispuesta a dejarnos avanzar sobre la bici. Superado, por las buenas o por las malas, este primer obstáculo, otro tramo de camino medianamente ciclable nos deja en otra playa con un arena aún más fina y profunda que la anterior (y con un riachuelo cruzándola, para mayor diversión). A otro lado de la playa ganamos un sendero donde el arenal adquiere un mínimo de consistencia, pero enseguida hemos de abandonarlo y los afilados tojos se cierran a nuestro alrededor cuando descendemos en dirección a una nueva playa. Por suerte, o por desgracia, en esta playa no hay tanta arena, pues estamos en una zona rocosa a pie de mar donde no nos quedará otra que cargar con nuestras bicis para saltar entre los numerosos pedruscos que siembran la playa mientras con el rabillo del ojo vigilamos el caprichoso Atlántico, siempre dispuesto a darnos un remojón en cuanto nos despistemos (nota importante: recomiendo especial atención, e incluso buscar un recorrido alternativo a este tramo, si hay alerta marítima durante nuestro viaje. Durante mi paso por aquí había activada una alerta naranja por olas de más de cinco metros, lo que obviamente no es ninguna broma, aunque gracias a un buen madrugón pude evitar este conflictivo tramo antes de que llegase lo peor del temporal).

Al otro lado de la playa -sin necesidad de llegar a la torre metálica que vemos más adelante- las flechas nos mandan ascender por el empinado camino que, por ahora nos aleja del mar. Al poco de empezar la subida, escondido a la derecha en un recodo del camino, encontramos un bonito lavadero de piedra. En un panel informativo que vemos un poco más adelante al borde del camino, aprendemos -entre otros valiosos datos- lo que la sabiduría popular gallega recomendaba a las sufridas mujeres de antaño:

Non te cases cun ferreiro

que ten moito que lavar,

casate cun mariñeiro

que ven lavado do mar.

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Finalizada la subida llegamos de nuevo al asfalto y, girando en primer lugar hacia la izquierda y después a la derecha (a la izquierda llegaríamos a la torre metálica que hemos visto y mencionado antes y a un mirador), descendemos a la playa de O Carreiro a la que llegamos dejando a la izquierda una pintoresca casa marinera. Frente a nosotros, las numerosas bateas cubren la superficie de la ría de Arousa.

P1050520Giramos a la derecha al llegar a la carretera y casi de inmediato nos topamos, dentro de un recinto vallado entre la playa y la carretera por la que circulamos, con lo más interesante del lugar: la necrópolis de Adro Vello. En realidad no se trata solo de una necrópolis, sino de un yacimiento arqueológico bastante completo donde, en capas superpuestas, se han documentado: una factoría de salazón (s.I-III), una villa romana (s.III-IV), una iglesia visigótica (s.VII), una torre defensiva medieval (s.XII) y, cómo no, la mencionada necrópolis (largamente utilizada, desde el s.V hasta el XVIII). Merece la pena dedicar unos minutos a tratar de identificar alguno de estos restos en el puzzle de piedras que vemos a través de la verja metálica.

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Avanzando por la carretera unos metros dejamos un quiosco (más bien chiringuito) a la izquierda y, casi de inmediato, tomamos el camino que abandona la carretera justo cuando esta comienza a ascender hacia la iglesia de San Vicente. Rodamos por el borde del bosque, entre este y las playas, dejando a ambos lados algunas construcciones dispersas y viéndonos obligados a desmontar de vez en cuando por culpa de la arena que encontramos bajo nuestras ruedas. Finalmente llegamos a la explanada que sirve de aparcamiento a la playa Mexilloeira donde, muy a nuestro pesar, ignoramos la tentadora carretera asfaltada que aparece a nuestra derecha. Siguiendo por el camino que continúa playa adelante no tardamos en alcanzar la laguna Bodeira, una extensión (hectárea y media, aproximadamente) de agua dulce -con puntuales aportaciones del cercano mar- rodeada de juncos que da cobijo a una gran variedad de fauna, especialmente a aves migratorias, aunque en cualquier momento del año es posible observar ánades y fochas sobre su superficie.

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Un poco más adelante, ahora sí, tomamos la vía asfaltada que asciende hacia el núcleo rural de Reboredo, una vez alcanzado el cual y girando a la izquierda, una nueva calle descendente nos lleva de nuevo a la playa para continuar bordeando la ría por un camino aunque, por suerte, esta vez mucho más transitable que los anteriores. Nos encontramos ya en la punta Moreiras, donde podemos ver junto al camino algunas esculturas que miran al mar y una pequeña torre-mirador que nos permite hacer lo propio también a nosotros si así lo deseamos. En el extremo de esta punta Moreiras, frente al cercano puerto de Porto Meloxo, encontramos un interesante espacio cultural compuesto por varios museos e instalaciones al aire libre. El primero que encontramos es el museo da Salga, donde además de una exposición etnográfica dedicada a las artes de pesca y la historia marinera de O Grove podemos encontrar también un espacio explicativo del proceso de la salazón del pescado según se realizaba entre los siglos XVIII y XIX (no debemos olvidar que el nombre de toda la comarca que estamos recorriendo, O Salnés, proviene de las salinas que abundaban en la zona, por lo que no son extrañas las recurrentes referencias al proceso que la salazón que estamos encontrando en nuestra ruta). Frente a estos dos espacios museísticos, en una zona sembrada de viejos barcos, anclas y otras referencias marineras, se encuentra el acuario de O Grove donde podremos ver de cerca ejemplares representativos de la variada ictiofauna de la ría. En sus veintiocho tanques hay un poco de todo: desde un tiburón toro hasta un humilde mejillón, sumando más de un centenar de especies diferentes.

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Continuando por la orilla de la ría nos adentramos en la desembocadura de un riachuelo que nuestro camino cruza por un llamativo puente. Al otro lado el sendero se complica y se ve salpicado por numerosas rocas que obstaculizan nuestro avance, más si cabe teniendo en cuenta que cualquier traspiés podría terminar en una dolorosa caída hacia nuestra izquierda, que supondría terminar varios metros más abajo bajo las aguas de la ría después de varios rebotes sobre las duras piedras. Así que recomiendo paciencia y empujar nuestras bicis en espera de circunstancias más favorables, que no tardarán en llegar en la forma del asfalto que nos permite deslizarnos suavemente hacia las casas de Porto Meloxo.

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Desde el parque que da acceso a la playa local (donde por cierto hay varias tabernas donde tomarnos un merecido descanso) tomamos una calle que nos conduce a la carretera que, a la derecha, nos lleva ya sin dificultad hasta O Grove, una de las localidades más importantes y turísticas de la comarca (no creo necesario señalar la obviedad de que abandonar esta zona sin haber catado los mejillones locales se considera pecado capital sin perdón posible y, si nuestro viaje se desarrolla los primeros días de octubre, la popular fiesta del marisco nos pondrá difícil abandonar voluntariamente esta localidad). La carretera desemboca directamente en O Esteiro, una pequeña bahía rodeada íntegramente por un magnífico carril-bici que nos lleva cómodamente hasta el centro de la ciudad. Al final de este, nos vemos obligados a regresar al asfalto para callejear en torno al puerto y alcanzar el paseo marítimo, donde podremos ya circular -con precaución, por supuesto- por la amplia acera. (Si queremos dejar de ser viajeros y, durante un par de horas, convertirnos en vulgares turistas, es este un buen sitio para tomar uno de los innumerables barcos que zarpan del puerto sin cesar cargados de una marabunta de gente que escucha de fondo las explicaciones del guía sobre la cultura del marisqueo mientras centran toda su atención en ponerse las botas con los mejillones y ostras que, regados con abundante vino, se sirven a bordo). Así, sin mayor esfuerzo, alcanzamos el puente que nos va a permitir acceder a la mítica isla de A Toxa (o La Toja, como dirán aquellos que llaman Sangenjo a Sanxenxo).

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Por supuesto, no podemos dejar de visitar la isla por lo que nos adentramos en el puente y lo cruzamos. Nada más llegar al otro extremo encontramos un primer indicio del postín que en su momento tuvo (y, en cierta medida, sigue teniendo aún) esta isla: una garita de seguridad. Continuamos recto, dejándola a nuestra derecha, y avanzamos por una de las avenidas de la isla, rodeada de viviendas vacacionales por la derecha y un gran parque por la izquierda. Al final de este parque-bosque llegamos al centro neurálgico de la isla. Pero comencemos por el principio…

Cuenta la leyenda que un vecino de O Grove era propietario de un burro, al que tenía en gran aprecio, que se encontraba muy enfermo. Pese a estar por completo desahuciado, su dueño se resistía a sacrificarlo, por lo que decidió llevarlo hasta la cercana isla y abandonarlo allí. Tiempo después regresó a la isla y, allí donde esperaba hallar los despojos del pobre rucio se encontró un lozano asno retozando en el lodo. Fue así como las milagrosas propiedades de los lodos de la isla supuestamente se dieron a conocer. Y es por esto por lo que en la isla existe un cercado donde pace un buen grupo de asnos y por lo que junto a la ermita podemos ver también la escultura de un simpático burrete revolcándose.

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Sea como fuere, el caso es que ya desde época prerromana se conocen los manantiales termales de agua dulce que existen en medio de esta pequeña isla rodeada de agua salada (parece ser que su propio nombre, A Toxa, deriva de un vocablo preindoeuropeo que significa lugar fangoso). Ya en el siglo XIX se decidió sacar provecho de esta riqueza geológica comunicando esta isla de aprovechamiento ganadero con el pueblo de O Grove, lo que permitió transformarla en todo un lujoso complejo residencial donde destacan el campo de golf y el casino. Por supuesto, en su centro se construyó un balneario y, no podía faltar, un hotel de lujo que se convirtió en el lugar de veraneo habitual para mucha gente de postín. La vieja ermita originaria del siglo XII que existía en el lugar también se llevó una parte de la transformación de la isla. Actualmente, como centro del parquecillo que separa el hotel del balneario y el casino, podemos observar la curiosa iglesia en la que fue convertida en el siglo XIX: un pequeño templo con el exterior completamente recubierto de conchas de vieira (un magnífico aislante de la humedad marina) conocida como Capilla de las Conchas y donde se rinde culto a la marinera Virgen del Carmen y a un desconocido San Caralampio, aunque su nombre oficial sea el de Ermita de San Sebastián. En los alrededores de la iglesia podremos entretenernos en regatear con las señoras que venden recuerdos, en su mayoría fabricados con conchas.

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El regreso en dirección al puente lo hacemos siguiendo la orilla de la ría, rodeando un aparcamiento y atravesando un bosquecillo de pinos que nos permite evitar un turístico centro comercial (con servicio de alquiler de bicis, por si deseamos ser infieles por un rato a nuestras monturas). Volvemos a cruzar el puente y, salvo que queramos tomar uno de los cruceros turísticos con degustación de mejillones que se ofrecen por doquier, salimos de O Grove por la carretera que se dirige al suroeste, en dirección de nuevo a La Lanzada.

Al poco de haber superado la primera rotonda y haber girado en ella hacia la izquierda vamos, sin embargo, a abandonar la carretera para subir por una calle que sale a nuestra derecha junto a una parada de autobús. Después de pedalear unos pocos minutos entre casas en paralelo a la carretera principal regresamos a ella para, de inmediato, volver a abandonarla hacia el mismo lado y tomar otra calle que al poco se transforma en camino ascendente. Atravesamos un bosque de eucalipto y laurel dejando a nuestra izquierda un bonito lavadero al que un cartel denomina «Río do Vilar». Poco más adelante encontramos una pista asfaltada que, hacia la izquierda, nos devuelve en descenso a la carretera que hace poco hemos abandonado.

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Sin embargo no vamos a llegar a pisarla, pues en su lugar vamos a tomar una vía de servicio que nos permite pedalear con mayor seguridad hasta que más adelante nuestros queridos carteles azules nos indiquen que debemos dejar de nuevo el asfalto para tomar el camino que discurre por nuestra derecha. Los carteles desaparecen cuando este camino regresa al asfalto pero nuestro instinto nos dice que aquí se acaba lo bueno: después de encadenar dos o tres cruces a la derecha que nos permiten girar ciento ochenta grados, nos vamos a enfrentar a las primeras rampas de la subida al monte  de A Siradella, el punto más alto de la península de O Grove.

En un principio la subida es medianamente llevadera, viéndonos obligados a desmontar de cuando en cuando por dificultades técnicas tales como rocas o ramas caídas (e incluso algún árbol completo), pero pronto la dureza aumenta y la ruta del Padre Sarmiento nos recuerda que no fue pensada para ciclistas sino para senderistas. Con tramos verdaderamente duros, empujamos nuestras bicicletas hacia la cumbre (no tiene pérdida aunque algunos de los cruces no estén señalizados: es siempre hacia arriba).

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Subió a este lugar el Padre Sarmiento en busca de una misteriosa higuera de frutos rojos. La historia viene de la Galicia feudal, pues cuenta la leyenda que un mujeriego señor de estas tierras (Juan de Meca, «o Meco») gustaba demasiado de ejercer el derecho de pernada hasta que topó con un recién casado que decidió devolverle la broma ahorcándolo en una higuera que crecía -y aún crece- en este monte. Cuando la justicia fue en busca del autoproclamado verdugo y preguntó quién había matado al Meco, los vecinos de O Grove, en un arrebato fuenteobejuniano, protegieron al justiciero respondiendo que «ao Meco matámolo todos». Otras fuentes -entre las que se encuentra el propio Sarmiento- dicen que O Meco era un religioso madrileño (concretamente de Meco, al lado de Alcalá) muy dado a abusar de las mujeres hasta que, destinado a estas tierras, estas lo cazaron y lo colgaron de la susodicha higuera. Sea como fuere, el caso es que desde entonces, los grovenses conservan el gentilicio extraoficial de «mecos» y se dice que los higos empezaron a crecer rojos en este árbol por culpa de la sangre del Meco.

Aunque no pretendamos comprobar el color de los higos, el esfuerzo de coronar el monte se verá recompensado por las esplendidas vistas que hay desde los dos miradores de madera construidos en el lugar. La panorámica incluye las islas atlánticas y el istmo que actualmente une a tierra firme la antaño isla de O Grove. No podemos tampoco dejar de visitar el centro de interpretación de ocupa la cabaña construida en este lugar y donde, ya sea en forma de audiovisual, de carteles o de las piezas reales expuestas, podemos hacer un repaso de la riqueza natural, histórica y etnográfica de estas tierras.

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Nos toca ahora descender, lo que hacemos por asfalto los primeros metros para, una vez alcanzado un aparcamiento, abandonar el asfalto hacia la izquierda para seguir un impecable camino de tierra. Después los carteles que guían nuestros pasos nos mandan girar a la izquierda en el mismo punto donde una valla y varias señales nos indican que se trata de un área natural protegida de acceso restringido. Con el mayor respeto y precaución para no dañar el terreno descendemos por el empinado sendero que más adelante tiene tramos de cemento y termina convirtiéndose en un arenal. Ya estamos de nuevo cerca del nivel del mar e, incorporándonos a la carretera hacia la derecha (preferiblemente haciendo uso de uno de los dos carriles-bici que la flanquean), pedaleamos en un momento hasta el hotel Samar, en cuya parte trasera encontramos de nuevo la pasarela de madera que rodea la playa de A Lanzada, por la que accedimos a esta península de O Grove y por la que la abandonamos ahora, en esta ocasión girando a la izquierda por otra pasarela antes de alcanzar el segundo aparcamiento de la playa.

Salimos de la zona de dunas y, abandonando también a nuestra compañera la plataforma de madera, llegamos a un semáforo para peatones que utilizamos (a pie, por supuesto) para cruzar por última vez la que fue nuestra eterna compañera de viaje, la PO-308. Al otro lado, un camino asfaltado nos lleva hasta una zona urbana formada, como es habitual en la zona, casi en exclusiva por alojamientos turísticos. Entre bloques de viviendas cruzamos otra carretera (en esta ocasión responde al nombre de PO-550) y, al otro lado, seguimos por asfalto por una zona salpicada de viviendas unifamiliares para, después de girar a la izquierda, llegar a un pequeño bosque en el que nos adentramos.

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Al salir de entre los árboles nos encontramos en una zona de marismas por la que vamos a circular durante algunos kilómetros. La sensación de estar en medio de un pantano es aún mayor si, como en mi caso, pasamos por aquí con marea baja yen un día primaveral de mucho calor y abundancia de mosquitos. En esta zona, como digo, avanzamos por un camino en buen estado entre tierras de labor y lagunas dispersas alimentadas por el mar cuando sube la marea (numerosas barcas permanecen amarradas en la zona). Aunque la señalización (ni los tracks GPS oficiales) no es demasiado estricta, es relativamente fácil seguir nuestra ruta, aunque no es raro meterse por un camino sin salida que nos deje a la orilla de la fangosa orilla y nos obligue a desandar unos metros. Manteniéndonos fieles al principio de seguir la orilla de la costa llegamos finalmente, de frente, a una gran fábrica de cerámica, anticipo de los numerosos tejares tradicionales que encontraremos en los próximos kilómetros.

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Desde esta fábrica tomamos a la derecha, de nuevo por asfalto, hasta llegar a una carretera más ancha que tomamos a la izquierda durante unos pocos metros para volver después a girar a la derecha, atravesar un bosquecillo y, ya por tierra otra vez, llegar a una nueva fábrica donde encontramos ya los restos de la tradición cerámica de O salnés. Lo primero que vemos al costado de una nave es una alta chimenea que, por los años que aparenta, desentona en su posición junto al muro del moderno edificio. Al otro lado de la construcción, en medio de una explanada de tierra que hace las veces de aparcamiento, una de las telleiras artesanales de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX que abundan en la zona, rica en arcillas y con fácil acceso al transporte marítimo (generalmente a pocos metros del horno). De hecho, el moderno edificio que hemos visto es el centro de interpretación de estas telleiras.

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Continuamos por una amplia pista en perfecto estado que avanza por la orilla de la ensenada y que, después de rodear una depuradora de aguas residuales, llega a un parque donde un puente nos permite cruzar por asfalto el río da Chanca justo en su desembocadura. Abandonamos el asfalto justo al otro lado del puente para continuar por la orilla de la ría. Los viñedos, que hasta ahora hemos ido encontrando de forma puntual en nuestro recorrido se convierten ahora en amos y señores del lugar, pues no en vano nos encontramos en las tierras de origen del rico vino albariño que, por supuesto, tendremos oportunidad de degustar durante nuestro viaje (preferentemente lo haremos al final de nuestras etapas, antes de ir a dormir y cuando ya no hayamos de pedalear, pues no creo necesario tener que recordar aquí que somos conductores, aunque solo tengamos dos ruedas). Pocos metros más adelante, ya entre viñedos, dejamos a nuestra derecha un nuevo horno -en esta ocasión con forma de pirámide cónica escalonada- y vemos frente a nosotros otra alta chimenea, justo en el punto en el que giramos hacia la derecha de nuevo por asfalto.

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A los pocos metros llegamos a un cruce donde, antes de girar a la izquierda, un parquecillo con una fuente nos permite rellenar nuestros bidones antes de un buen trecho sin más fuentes (al menos yo no las encontré). Seguimos pedaleando por asfalto entre campos de parras y algún eucaliptal esporádico y, como no, terminamos llegando a una bodega donde grandes depósitos metálicos recogen el preciado néctar obtenido de las uvas. Inmediatamente, un par de giros, primero a izquierda y luego a derecha nos devuelven a un camino de tierra para recorrer un corto tramo durante el que, si miramos a nuestra izquierda podremos ver un nuevo horno-chimenea enmarcado por un verde viñedo y con el fondo, tras las aguas de la ensenada, de la península de O Grove.

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Volvemos al asfalto para seguir la costa pasando junto a un campo de fútbol y, cuando la carretera se aleja del mar, nosotros continuamos por el sendero que se adentra en el bosque. Pocos metros más adelante llegamos a una recogida playa y nos toca desmontar para empujar la bici por la arena -más bien pequeñas piedras- hasta que, al otro lado, podamos tomar el camino que rodea una piscifactoría. Pedaleamos ahora por un tranquilo bosque dejando el mar a nuestra izquierda. Dependiendo de la hora, de la temporada y de las mareas, es posible que veamos a los lugareños recogiendo algas o marisco (también es posible encontrarse con los vigilantes que guardan las playas de los  mariscadores furtivos). Tras cruzar un regato por una pasarela de madera, aún dentro del bosque, salimos a un camino más amplio que, ya al raso, avanza por la costa bordeando tranquilas playas donde algunos «bañistas» (más bien tomadores de sol, si es el caso meteorológico) empiezan a tomar posiciones de cara al verano.

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Llegando a la aldea de O Facho encontramos otro antiguo horno ladrillero, del mismo tipo cuadrangular que el que vimos en Vilalonga, otra alta chimenea casi metida en el mar y, poco más adelante dentro de una finca con aspecto de abandonada, otro más pequeño con forma de cúpula. En pocos metros vamos a ir dejando atrás una buena representación de lo que durante décadas ha sido la economía de la zona: después de las telleiras dejamos a nuestra derecha una marisquera, al lado de la cual vemos un nuevo campo de viñas y, poco más adelante, unos astilleros que, en este caso concreto además, son tristemente conocidos por haber servido de tapadera al narcotraficante más conocido de la ría de Arousa que responde al nombre -abreviado- de Sito. De los tejares hice fotos; de la marisquera y los viñedos no lo consideré necesario; ante los astilleros fariñeros, la verdad, no hubo huevos de echar mano a la cámara (aunque las puertas suelen estar abiertas de par en par y sigue trabajándose en ellos… ¡espero que haciendo barcos!).

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Entramos en un nuevo bosque por un camino estrecho pero sin dificultades técnicas de importancia, más allá de un par de puntos. Pequeñas pasarelas de madera nos permiten pasar sobre puntuales cursos de agua que se interponen en nuestro camino. Aunque la señalización tiene algunas deficiencias, un mínimo sentido de la orientación sirve para no perder la ruta correcta. Alejándonos -pero no demasiado- del borde del agua salimos del bosque y tomamos una carreterilla que nos deja en Quintáns, entre cuyas casas giramos a la izquierda por una calle que pasa junto al pequeño museo que muestra la obra del artista contemporáneo local Manolo Paz. Unos metros más de camino de tierra nos llevan de nuevo al asfalto que nos lleva, más adelante, a la PO-550 que, con mucha precaución, utilizamos para cruzar el río Umia y entrar en Cambados.

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Sin embargo, para entrar en esta importante localidad a orillas de la ría de Arousa, abandonamos antes la carretera para tomar a la izquierda una calle que, entre viñedos donde ya se barrunta el futuro albariño, nos lleva al barrio de San Tomé. Llegando a la orilla de la ría tomamos el paseo que avanza a la vera del mar hasta llegar a una pasarela de piedra que permite acceder a un islote donde unas maltrechas ruinas desafían con su verticalidad al paso de los siglos. Se trata de la isla de San Sadurniño y de la torre del mismo nombre. Al igual que nos pasó en A Lanzada, aquí vemos que solo se conservan un par de muros de la fortaleza que, al igual de la anterior, servían para proteger la ría de las incursiones normandas. También como en el caso anterior es una obra de origen incierto, probablemente romano o fenicio, que fue destruida y reconstruida en numerosas ocasiones hasta que -en este caso ya en el siglo XVIII- fue abandonada.

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Continuamos por la orilla del mar en dirección al centro de Cambados pero, antes de abandonar San Tomé, mientras dejamos a la izquierda el puerto y una diminuta playa, es interesante volver la mirada a la derecha para ver el pazo de Montesacro, bello edificio barroco del XVIII que se aúpa a lo alto de una magnífica escalinata. Junto a la fachada , donde destaca el escudo de la familia Zárate y Murga, vemos también la capilla anexa dedicada a la Virgen de la Valvanera. No menos interesante que el edificio en sí es el uso que tiene el mismo pues, por deseo expreso de la familia que fue su propietaria, es ahora una residencia de ancianos.

Nuestra ruta nos lleva ahora, siguiendo el mar, frente hasta la estación de autobuses desde donde atravesaremos un parquecillo y nos meteremos, para variar, por una calle en dirección prohibida. Sin embargo yo recomiendo que ignoremos las señales y dediquemos un rato a callejear por esta preciosa localidad donde numerosos pazos, restos históricos o simples casas con gran encanto nos sorprenderán a cada paso (sin olvidarnos de los innumerables bares donde catar los mejores albariños).  No voy a pararme aquí a enumerar todo los lugares de interés que podemos visitar antes de abandonar Cambados, pero tarde o temprano nuestro deambular nos llevará a la plaza de Fefiñáns, una amplia explanada empedrada en la que, por un lado veremos la iglesia de San Bieito (Benito, para los no gallegos), de origen románico, remodelación del siglo XV y prácticamente reconstruida por completo en el XVII. Los estilos arquitectónicos son variados, con exterior neoclásico, torres barrocas e interior gótico.

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El atrio elevado de la iglesia es un buen lugar para observar, siguiendo con la variedad de estilos, el edificio renacentista del pazo de Fefiñáns (siglo XVI) que, con su forma de L, da cobijo a la plaza del mismo nombre en la que nos encontramos. En su planta baja el edificio alberga también un par de bodegas. Si subimos unos metros por la calle que parte bajo el pasadizo del pazo llegaremos a la conocida como Torre del Homenaje, también del siglo XVI. Pero he dicho que no me detendría más en este bonito pueblo y no lo haré, pues de hacerlo no continuaría jamás el viaje y privaría a los demás de hacer sus propios descubrimientos.

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Volvemos a la orilla de la ría y continuamos por ella nuestro pedalear hacia el norte haciendo uso del carril-bici que pasa junto al estadio de fútbol local (también bastante conocido en la particular historia del narcotráfico local).

Al final del carril-bici seguimos por el camino de tierra que sale a la izquierda del mismo. Llegamos por él a un muro de piedra que atraviesa un ramal de la ría y al otro extremo del cual vemos una sencilla construcción. Se trata del molino de mareas de A Seca y de la presa que le daba servicio. Se trata de una construcción relativamente habitual en tierras gallegas cuyo funcionamiento es similar al de cualquier molino hidráulico con la particularidad de que lo que mueve sus piedras no es la fuerza del agua de un río sino la de las mareas marinas en su imparable subir y bajar. Si cruzamos por la propia presa para llegar al edificio del molino tendremos oportunidad de visitar su interior, pues en la actualidad funciona como un museo que explica de dónde salía antaño la auténtica fariña de Arousa.

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Continuamos por el camino de tierra hasta llegar una vez más al asfalto, donde tomamos primero hacia la derecha y luego a la izquierda, en un punto junto al que vemos una pequeña tienda de ultramarinos. Aquí, al detenerme para comprar suministros, la propietaria me hizo una demostración práctica del significado de la expresión gallega «e ti, de quén ves sendo?» en su modalidad interrogatorio (lo que en el resto de España llamamos «y tú, ¿de quién eres?». Una vez satisfecha su curiosidad me compensó con un meticuloso repaso a su historia familiar para finalmente, dejarme continuar mi viaje con muchos más conocimientos de la zona de los que habría adquirido en ninguna biblioteca.

Después de un nuevo giro a la derecha, un nuevo camino de tierra a la izquierda nos conduce otra vez hacia el mar que habíamos abandonado. A los pocos metros de habernos reencontrado con la orilla volvemos a dejarla por la carretera que nos lleva hacia la derecha. Siguiendo el asfalto y tomando tres desvíos consecutivos a la izquierda volvemos a la orilla (poco más adelante de donde la habíamos dejado pero habiendo superado un pequeño regato). Atrás dejando también unas nuevas bodegas de albariño).

Seguimos por un camino de tierra dejando a la izquierda una playa y a la derecha un cocedero de mariscos. Cada vez vemos menos diferencia entre el firme por el que rodamos y la arena de la playa hasta que llegamos a una zona llena de coches que sirve de aparcamiento a una concurrida playa (según las fechas y la meteorología) que se extiende a ambos lados de un enorme puente que la divide en dos . Se trata del puente de acceso a la Illa de Arousa y debemos subir por el camino, a la derecha, que nos permite subir hasta él y utilizarlo para llegar a la isla.

Este puente es más largo que el que nos permitió tiempo atrás acceder a la isla de A Toxa y no es totalmente plano, sino que tiene la parte central algo más elevada que los extremos. Por suerte sus amplias aceras cumplen también la función de carril-bici, por lo que podemos cruzar sin mayor peligro y, una vez en la isla, bajar del puente y seguir por él a lo largo de la calzada, aunque separados de ella de forma segura. Cuando llegamos a una rotonda tomamos la carretera de la derecha (aún por carril-bici) y más adelante, a la altura de punta Ximeliño giramos a la derecha separándonos del asfalto para pedalear por el camino que bordea la costa en la zona de la punta do Aguilón.

Más adelante nuestro camino (puntualmente obstaculizado por algún coche e incluso por algún barco) vuelve a colocarse al lado de la carretera y pasa ante un pequeño muelle antes de separarse otra vez del asfalto, recorrer la punta do Furado y regresar una vez más a la carretera. No debemos dejar de disfrutar, entre las ramas de los pinos que rodean el camino, de las privilegiadas vistas de Vilanova de Arousa que tenemos desde aquí.

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Cruzamos una rotonda y no nos queda otra que pisar el asfalto por primera vez desde que estamos en la isla, aunque solo por unos metros, pues aún podemos mantenernos separados un poco más gracias a un pequeño camino paralelo. Regresamos, ahora sí, al asfalto y lo utilizamos para rodear el puerto do Xufre, en la ensenada de San Julián. Nos encontramos en el caso urbano de A Illa de Arousa del que no tardamos en salir (regresaremos más tarde) por un camino poco definido, siempre siguiendo la línea de costa.

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Al poco regresamos a un paseo de tierra apisonada en perfecto estado que utilizamos para relajarnos mientras pedaleamos por el perímetro de esta maravillosa isla, con el bosque a la izquierda y el agua a la derecha, en la zona de Punta Campelo. El camino nos lleva directamente a una pasarela de madera que nos permite rodar sobre las rocas de la costa sin los problemas que hemos tenido para salvar este tipo de obstáculos en otros puntos de nuestro viaje. Al final de la pasarela regresamos a la tierra y uno de nuestros conocidos carteles azules intenta jugarnos una mala pasada, pues nos indica a la izquierda cuando, de hacerle caso, evitaríamos pasar por punta Cabalo lo que implicaría perdernos su pintoresco faro con vistas, al otro lado de la ría, a Pobra do Caramiñal y Cabo da Cruz.

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Volviendo al redil una vez visitado el faro, le hacemos ahora caso al cartel y volvemos al camino que se dirige al casco urbano pero tomamos después un sendero que aparece a nuestra derecha que nos lleva hasta una carreterita de cemento con bandas sonoras de piedra que desciende de nuevo hacia el mar dejando a la derecha unas bonitas vistas sobre el faro de Punta Cabalo y de la ría de Arousa. Pasado el aparcamiento de una zona de playas encontramos una nueva plataforma de madera que nos conduce, a través de un pinar, al otro lado de la punta de Barbafeita, donde abandonamos la pasarela para tomar la carretera de profundas cunetas que asciende hasta un cercano campo de fútbol, al llegar al cual giramos a la derecha para continuar, esta vez por tierra, a través de un nuevo bosque de pinos. Algo más adelante tomamos la carretera que nace a nuestra izquierda y ascendemos por ella adentrándonos en zona urbana hasta llegar a un parquecillo coronado, al final de unas escalinatas de piedra, por un estatua del Sagrado Corazón de Jesús. Estamos en el mirador de Con do Forno, punto más elevado de la isla de Arousa y, por lo tanto, no debemos dejar de subir junto a «El Santo» para comprobar que las vistas son tan buenas como corresponde a la altitud (aunque tan solo sean 63 metros sobre el mar).

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Decir, como curiosidad, que las piedras empleadas para construir la estatua en 1962 proceden de la cantera de Noia y que las cinco piezas que conforman la imagen fueron subidas a este lugar a bordo del que fue el primer vehículo motorizado que hubo en la isla: una camioneta Renault perteneciente a Conservas Goday -que fue a su vez la primera conservera de Galicia- y que respondía al popular nombre de «A Cachonda» (algo así como «la tía buena», apodo que recibió porque todo el mundo se volvía para mirarla a su paso).

Desde Con do Forno nos dejamos caer por las calles del núcleo urbano de A Illa hasta toparnos con el edificio del Ayuntamiento, donde giramos a la derecha para alcanzar el cercano muelle y continuar por el paseo que rodea la preciosa ensenada (de nuevo vemos aquí una de las altas chimeneas tan características de la comarca). Nos separamos un poco del borde de la ría para salir del casco urbano y continuamos por una carretera de impecable asfalto reciente sin apenas tráfico que se dirige al sur.

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Tras un rato por esta carretera giramos a la derecha y después a la izquierda para continuar pedaleando por las tranquilas carreteritas del oeste de la isla. Finalmente llegamos a una carretera algo mayor que termina pocos metros más a la derecha de donde nos encontramos en una rotonda desde donde podría accederse a un molino de mareas si no fuese porque un muro, una puerta cerrada y un cartel nos impiden el paso. Vamos, por tanto, en dirección opuesta para algo más adelante girar a la derecha en dirección al camping El Edén. Pasado este llegamos al istmo que divide la isla en dos partes y que vemos cerrado por una valla de madera. Se trata del acceso al Parque Natural de Carreirón y, como entre las restricciones de acceso no vemos ninguna referencia a las bicicletas, pasamos por la puerta.

Esta zona protegida es un área de especial protección para las aves por lo que debemos circular por ella con precaución, siempre respetando los vallados que impiden el paso a los espacios más delicados. Para qué negarlo, pedalear por aquí es duro por los omnipresentes bancos de arena y las zonas encharcadas, pero merece la pena rodear esta parte de la isla deteniéndonos en sus numerosas playas y visitando su laguna. El propio perímetro de la península de O Carreirón nos devuelve al istmo, desde donde un paseo empedrado (o la alternativa del camino que va pegado al él) nos lleva hasta un amplio aparcamiento y de regreso al puente que nos permite salir de esta isla.

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Antes de abandonar la isla no puedo dejar de mencionar dos detalles. Uno de ellos es la posibilidad que tenemos aquí de alquilar varios tipos de embarcaciones para dar un paseo por la ría, la más curiosa de las cuales son unas simpáticas bicis flotantes consistentes en dos grandes flotadores y un ingenioso propulsor que nos permitirán pedalear literalmente sobre las aguas (aunque son adaptables a cualquier montura los alquilan ya con bici, para no arriesgarnos a perder las nuestras bajo las aguas de la ría en caso de naufragio). La segunda cosa digna de mención es uno de los sitios que, a apenas un kilómetro de la costa, podremos visitar en caso de alquilar uno de estos artilugios: el islote de Areoso, una pequeña isla consistente en unas nueve hectáreas de fina arena y vegetación herbácea que alberga en su seno un dolmen (en realidad son varios los monumentos megalíticos que allí se conservan en mejores o peores condiciones). Por desgracia los cambios en las mareas y la presión de las numerosas visitas que soporta han puesto este lugar en peligro crítico de desaparecer para siempre.

De nuevo en tierra firme salimos del puente por la derecha para volver a la playa por la que ya pasamos antes de ir a la isla. Pasamos bajo el puente y continuamos por la orilla de la ría bordeando las playas que quedan a nuestra izquierda y dejando a la derecha restaurantes, campings y otros chiringuitos. Varias playas más adelante (no voy a enumerarlas todas, pues seguramente algunas no tengan ni nombre) llegamos a un gran dique de abrigo y, dejando a nuestra derecha un campo de fútbol, llegamos a una pasarela peatonal que cruza un brazo de la ría (O Esteiro). Pasamos al otro lado (cuidado con las piedras que impiden el paso de vehículos) y estamos en Vilanova de Arousa.

Nada más cruzar la pasarela las flechas amarillas nos mandan a nuestra derecha. Estas flechas dirigen a los peregrinos directamente al albergue municipal pero, de no querer hacer uso de sus servicios, nuestra ruta continúa en dirección contraria, siguiendo como de costumbre la línea de costa. Sin embargo, no debemos abandonar la localidad sin visitar la casa-museo del escritor nacido en la localidad, Ramón María del Valle Inclán (edificio originario del siglo XVI) y, en sus cercanías, la arruinada capilla románica de San Amaro frente a la inmensa mole neoclásica (siglo XX) consagrada en honor a San Cibrán (Cipriano). Como es mi costumbre, recomiendo dar una vuelta por el casco urbano para tratar de descubrir otros lugares interesantes que yo no pude o supe ver.

De Vilanova salimos por carretera pero fieles a nuestra costumbre de seguir la costa. A nuestra izquierda se suceden las playas y a nuestra derecha los hoteles, bares y restaurantes. En la zona denominada As Sinas la carretera, obedeciendo la idiosincracia de la costa, dobla en ángulo recto y dejaremos de pedalear en dirección norte para hacerlo hacia el este.

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Por momentos la carretera se aleja del agua y nos lleva a otra carretera más transitada que tomamos a la izquierda. A la derecha de la carretera, dentro de un inmenso jardín, podemos alcanzar a ver las torres del pazo de O Rial construido -en estilo barroco- en el siglo XVII sobre los restos del malogrado castillo de Lobeira. Pasada una rotonda cruzamos la carretera para tomar un bonito paseo con firme de tierra que bordea una ensenada llamada, no por casualidad, como el pazo. Al salir de camino nos hallamos en una zona industrial donde la mayoría de las empresas se dedican a la comercialización de mejillones, almejas o mariscos varios. Si queremos saber el motivo nos basta aquí con mirar a nuestra izquierda, hacia las aguas plagadas de bateas entre las que, si nos fijamos, no es difícil ver los botes a bordo de los cuales se afanan los mariscadores con sus largas pértigas.

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Entre marisqueras, pequeñas playas, lonjas y puertos avanzamos por asfalto los metros que nos separan de Vilaxoán, donde merece la pena desviarse unos metros hacia el interior para visitar la iglesia románica (siglo XII) de San Martiño de Sobrán. Volviendo a la ruta, el asfalto deja paso a un carril-bici que lo flanquea y por el que circulamos hasta que vemos a nuestra derecha la entrada a un parque. Cruzamos con precaución la carretera para entrar en él.

Estamos en el conocido como Parque do Castriño y es que, de hecho, existe un castro en su interior del que hablaré más adelante, pero el nombre actual de este auténtico bosque es el de Parque Botánico Enrique Valdés. Este farmacéutico asturiano a cuya memoria se dedicó el parque aún no había nacido cuando, en los años treinta del siglo XX, los Duques de Terranova y de Medina de las Torres crearon en sus tierras un jardín donde plantar ejemplares exóticos traídos de todo el globo por vía marina. Este jardín llegó a convertirse en lugar de recreo de la alta sociedad de la época, donde se celebraron concurridas fiestas por las que pasaron hasta reyes como Alfonso XII o Alfonso XIII quienes incluso se plantearon la posibilidad de construirse aquí una residencia. En la actualidad nos encontramos en un parque municipal ideal para pasear. Eso haremos con nuestras bicicletas y, entre gran la gran variedad de árboles, iremos subiendo por la ladera que va hacia O Montiño, a cuya cima llegaremos por una pasarela metálica.

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En esta cima hubo en tiempos una ermita de la que actualmente no queda ningún vestigio. De lo que sí quedan restos es del anejo (y añejo) castro Alobre, emplazamiento que dio lugar a la actual localidad de Vilagarcía de Arousa. Se trata de un castro de la Edad de Hierro (siglo I a.C.) donde, además de numerosos restos de la época, se han hallado otros muchos vestigios de la ocupación romana, pues el lugar estuvo habitado, al menos, hasta el siglo V. Actualmente pueden verse sus restos gracias a las excavaciones arqueológicas que se están llevando a cabo aunque, como yo soy gafe, encontré el acceso cerrado y no pude confirmarlo.

Salimos del parque para entrar en el casco urbano de Vilagarcía y lo primero que encontramos al bajar de O Montiño es el muro del convento agustino de Vista Alegre, construido en el siglo XVII por orden de Fernando de Andrade Soutomaior y Caamaño (cuyos escudos, supongo, son los que vemos destacados en la pared). Desde la iglesia neoclasicista del convento surge un pasadizo en arco que la comunica con un grandioso edificio que no es sino el pazo de Vista Alegre, mandado construir en el siglo XVI por Rodrigo de Mendoza, abad de Teverga y capellán del emperador Carlos I. Un arco almenado abre todo este conjunto pazo-convento al cercano río.

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Nuestra ruta continúa por una calle peatonal por la que, cómo no, está prohibido circular en bicicleta. Dependiendo de las ganas que tengamos desmontamos para dar un paseo a pie por el centro de Vilagarcía o buscamos una alternativa abierta al tráfico rodado que nos permita continuar pedaleando hasta el cercano parque Miguel Hernández que atravesaremos, al igual que haremos con la carretera y posterior aparcamiento que hallaremos al otro lado, para alcanzar el tranquilo paseo marítimo que avanza a lo largo de la playa de la Concha (no, no estamos en San Sebastián: seguimos en Vilagarcía). Al otro lado de la larga playa (que, por cierto, creo que cambia de nombre en algún lugar indeterminado) llegamos a una nueva zona urbana: estamos en Carril.

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Pasada la lonja y el puerto, ya en el centro de la localidad, veo que las flechas me llevan directamente a otra estrecha calle que es dirección prohibida. Empiezan a confirmarse mis sospechas de que quien señalizó esta ruta del Padre Sarmiento odiaba a los ciclistas y, para evitar que pueda reírse de mí, decido ignorar las flechas y continuar por la carretera que sigue la costa. Poco más adelante, esta describe una curva en ángulo recto y comienza a ascender hacia el interior. Casi al momento veo una rotonda y, para evitarla, me meto por la carreterilla que sale a mi derecha, donde me reencuentro con las flechas amarillas y un paso subterráneo me permite salir al otro lado de la rotonda conflictiva, a la altura de una gasolinera desde la que, en vez de tomar la carretera por la que venía, más transitada, la ruta nos manda por una mucho más tranquila que asciende hacia una nueva zona urbana.

Al poco de entrar entre las casas vemos a nuestra derecha, en la ladera, un pequeño prado salpicado de afloramientos graníticos. Este lugar merece ser visitado, para lo que tendremos que ir hasta la puerta de la finca que está en su parte más alta (para ello no tenemos más que tomar la carretera que sale a nuestra derecha y subir unos pocos metros). Allí, un gran panel nos informa que estamos en los petróglifos de los Ballotes, un conjunto de grabados  donde podemos ver una pequeña representación de buena parte de la tipología que caracteriza al arte rupestre gallego de la Edad del Bronce: cazoletas, dibujos geométricos y zoomorfos, destacando entre estos la presencia de ciervos dibujados con estilos muy diferentes (¿diferentes épocas?).

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Volvemos a bajar hasta donde nos salimos de la ruta y continuamos llaneando por la tranquila carretera durante un buen trecho, por una zona semiurbana donde no faltarán bares donde saciar nuestras necesidades. Finalmente, la carretera desemboca en la otra más importante que hasta ahora habíamos conseguido evitar transitando paralelos a ella. Sin embargo, tomamos a la derecha para describir una pronunciada curva que rodea un pequeño parque en torno a un riachuelo. De vuelta a la carretera principal, la cruzamos y nos adentramos por un camino estrecho y casi cerrado por la vegetación por el que, sin embargo, se puede circular sin grandes dificultades y, algo más adelante, pasa a convertirse en una calle de cemento. Llegamos a un cruce entre varias casas y las flechas nos mandan seguir de frente por otro camino. El camino vuelve a estrecharse al cerrarse sobre él la verde y suave vegetación… ¡ortigas!. A estas alturas, después de haber sido asaeteados por los tojos a lo largo de media ruta nos creíamos curtidos para sobrevivir a cualquier batalla, pero esto es demasiado. Lo mejor es, en el cruce entre las casas, tomar a la derecha para llegar a la carretera principal.

Debo decir que, en este punto de la carretera, vemos una señal indicando cómo llegar a los petróglifos de la Pedra das Tixolas. Solo deberemos intentar llegar a ellos si vamos sobrados de fuerzas, pues se encuentran a bastante distancia de aquí y a mucha más altura, en la ladera de la sierra del Xiabre. Si subimos hasta allí, lo que encontraremos será una roca granítica salpicada de dibujos de lo que, en efecto, parecen tixolas (sartenes): una línea recta en uno de cuyos extremos hay un círculo con un punto en su centro.

Nosotros, sin embargo, seguimos la carretera principal hasta que, en una cercana curva, la dejamos para irnos a la derecha en dirección al tanatorio (no quiere eso decir que vayamos ya al límite de nuestras fuerzas). Desde aquí sale una tranquila carreterita (tan tranquila que podremos ver hasta conejos en las cunetas) que nos permite pedalear cómodamente en paralelo a la ruta «oficial». Si lo deseamos podemos intentar buscar el camino pero yo ya he escarmentado después de haber sufrido tantas encerronas.

Rodando por esta carretera empezamos a ver ya el enorme viaducto construido para permitir al tren cruzar hasta el otro lado de la ría. Como curiosidad, si tomásemos el último camino que encontramos a la derecha antes de cruzar bajo el viaducto, podríamos ascender por la ladera hasta encontrar una auténtica rareza en Galicia: un conjunto de molinos de viento (aerogeneradores no: molinos de viento de verdad, como los de La Mancha). Siguiendo por nuestra carretera, después de pasar bajo el viaducto nos desviamos a la izquierda para bajar, rodeando una conservera, hasta el río Catoira, por cuya orilla pasamos bajo la vía de tren. El carácter salobre de las aguas lo podremos comprobar por la presencia de abundantes mújoles en ellas.

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Después de girar a la derecha junto a unas construcciones abandonadas que en tiempos parecen haber sido molinos y un posterior giro a la izquierda que nos lleva unos metros sobre una pasarela de madera, tomamos un camino de tierra que avanza por la orilla de la ría. Así llegamos a una explanada con funciones de playa fluvial donde no es raro ver a los lugareños practicando actividades acuáticas de todo tipo. Lo más interesante para nosotros, sin embargo, esta en el pequeño muelle que hay al otro lado y donde encontramos amarrado ¡un barco vikingo!

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Después de mirar con suspicacia a uno y otro lado y comprobar con alivio que no hay en las cercanías ningún tipo con casco de cuernos continuamos nuestro camino (ya explicaré lo del barco en unos instantes). Al fondo, bajo un feo viaducto que cruza la ría, vemos ya las Torres de Oeste.

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Tomamos una pasarela de madera que nos permite rodar sobre el humedal (existen puestos de observación de aves a lo largo de la misma) y, algo más adelante, giramos a la izquierda por una nueva pasarela, en esta ocasión de piedra, hasta llegar a las primeras ruinas de esta antigua fortaleza donde, entre los restos de los muros, todavía aguanta en pie un antiguo arco. Desde aquí, ya sea caminando sobre un antiguo muro de piedra o en bici por el camino que va bajo la cercana carretera, llegamos al núcleo principal de las ruinas cerca de las cuales vemos también otros barcos vikingos.

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Ha llegado el momento de aclarar el misterio. Estas Torres de Oeste son, como la de A Lanzada y la de San Sadurniño, fortificaciones medievales destinadas a proteger la ría de las incursiones vikingas que sufría con frecuencia la zona. Como en los casos anteriores, su origen sea probablemente romano, pues ya Pomponio Mela hablaba de la existencia en la desembocadura del río Ulla de las Turris Augusti. Ya en el siglo X, los ataques normandos empezaron a poner en evidente riesgo la diócesis compostelana, por lo que el arzobispo de la época, a la sazón un tal Sisnando que murió en una de las batallas, encargó la reparación de las defensas. La estructura actual data del siglo XII, cuando también se construyó, por orden de Gelmírez, la bonita capilla de Santiago que aún vemos. Las torres fueron finalmente destruidas en el siglo XVI.

Respecto a las embarcaciones vikingas, no son más que las que se utilizan a principios de agosto en la romería con la que en Catoira rememoran la defensa de la localidad contra una incursión vikinga.

Volvemos, circulando bajo el viaducto, hasta una pequeña rotonda junto a un edificio, desde donde tomamos el paseo que avanza por la orilla del agua. Este tranquilo camino avanza, con la ayuda de plataformas de madera cuando es necesario a lo largo del humedal que ocupa toda la desembocadura del Ulla. A nuestra izquierda vamos dejando la marisma -y algún que otro cruceiro- y a nuestra izquierda un bosque  con todo tipo de árboles (me alegra ver que están repoblando con carballo y no con el omnipresente eucalipto).

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El bonito camino nos termina alejando de la orilla de la ría y va hacia el interior, pasando para ello por debajo de la vía férrea. Después se transforma en asfalto y nos lleva hasta un pueblo -Vilar- que cruzamos. Inmediatamente después vemos señalizado un paso a nivel pero, justo al llegar a él, nos desviamos sin cruzarlo hacia la derecha para tomar una carretera rectísima, larguísima y planísima que, salvo un rápido zigzag a la altura de Vilarello para salvar una carretera que se cruza y un leve desvío a la izquierda para cruzar al otro lado de la vía por un paso a nivel, no presenta nada que nos saque de la monotonía del pedalear.

Ya al otro lado de la vía y después de dejar a la derecha una empresa de aluminios, nos desviamos a la izquierda para entrar a la aldea de Eirexe, donde podemos ver la pequeña iglesia románica de Santa Cristina de Campaña.

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Desde aquí, después de cruzar el estrecho río Valga, vamos hasta otra pequeña aldea -A Devesa- que cruzamos y donde empezamos a ascender un duro repecho que nos lleva hasta el campo de fútbol local. Al otro lado solo tenemos que dejarnos caer hasta la orilla del Ulla, remontando cuyo curso (hacia la derecha, entre las plantas industriales de Nestle y Finsa) encontramos un paseo que seguimos y donde, por fin después de mucho tiempo, encontramos una fuente donde rellenar nuestros secos bidones, aunque la inusitada potencia con la que sale el agua requerirá de todo nuestro ingenio para poder hacerlo.

Ulla arriba llegamos a la carretera nacional N-550 por cuyo puente debemos cruzar, uniéndonos a los peregrinos que siguen el Camino Portugués a Compostela y cuyo destino compartiremos a partir de ahora. Para cruzar recomiendo esperar a que no haya peregrinos y hacerlo por la acera de nuestra izquierda, pues así evitaremos cruzar la carretera a ambos lados del puente. En la otra orilla del río abandonamos la carretera hacia la izquierda para ir por una pequeña carreterita que nos lleva hasta el cercano río Sar, que será ahora nuestro compañero durante los pocos metros que nos separan de Padrón.

Dejando un par de albergues y un campo de fútbol a nuestra derecha, pasamos ante el mercado de abastos de la localidad (buen lugar donde acopiar víveres) y entramos en el paseo del Espolón junto a una estatua del Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela (lo que no entiendo son las dos grandes bolas de granito que han puesto ante la escultura y que, desde cierta distancia dan a la obra un preocupante aspecto fálico (que, por otra parte, seguro que habría resultado muy del gusto del escritor). Al otro lado del paseo, otra estatua, en esta ocasión de Rosalía de Castro, nos flanquea el paso a la iglesia de Santiago de Padrón.

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Panorama

A pesar de no parecer gran cosa (edificio de la segunda mitad del siglo XIX), esta iglesia alberga un púlpito de piedra del siglo XV procedente de la iglesia que había originalmente en este lugar. Pero si por algo es conocido este templo es por la curiosa piedra que vemos en lugar privilegiado tras el altar mayor y no es otra cosa que el famoso pedrón, un ara romana dedicada a Neptuno a la que presuntamente fue amarrada la barca en la que los discípulos del apóstol Santiago trajeron a estas tierras el cuerpo de su maestro. Se trata por tanto de todo un símbolo jacobeo y de ahí su importancia, más allá de lo meramente arqueológico. A poca distancia de aquí, al otro lado del Sar, recientes prospecciones con georradar han localizado otro símbolo enterrado: la piedra donde fue depositado el cuerpo del Apóstol tras ser desembarcado.

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Por cierto que, ya que esta ruta del Padre Sarmiento no es lo bastante larga -por poco- como para permitir a los cicloturistas obtener la ansiada Compostela, a modo de premio de consolación podemos conformarnos con solicitar en Padrón, a cambio de haber sellado la correspondiente credencial en cualquier lugar anterior de nuestra ruta, un bonito diploma para nuestra colección de peregrinos: la Pedronía.

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Antes de abandonar Padrón, es también buena idea darse una vuelta por una localidad donde, además de numerosos cruceros y fuentes, es posible visitar la casa-museo de la escritora local (Rosalía de Castro) y un magnífico jardín botánico. Si nos vemos con fuerzas, podremos subir hasta la cercana localidad de Herbón donde, si es la temporada adecuada, podremos degustar in situ los deliciosos pimientos traídos desde América al monasterio franciscano de este lugar. Entre los invernaderos dedicados actualmente a su cultivo podemos visitar también una joya románica: la iglesia de Santa María de Herbón, construida en el siglo XII por mandato de el arzobispo Gelmírez.

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En dirección contraria a Herbón, salvando el puente que cruza el Sar junto a la iglesia de Santiago, merece la pena también que dediquemos algo de tiempo (y mucho más esfuerzo) a subir al lugar conocido como Santiaguiño do Monte, donde cuenta la leyenda que predicaba y se escondía el Apóstol (a quien con tan cariñoso diminutivo se refiere el topónimo). De camino podemos también visitar el  convento neoclásico del Carmen -del s. XVIII- y, a sus pies, la fuente del mismo nombre construida en el siglo XVI (reconstruida en el XVIII), con una representación en relieve de la Translatio (el viaje del cuerpo del Apóstol por mar hasta estas tierras). Algo más lejos -pero no mucho-, como curiosidad, podemos encontrar al borde de la carretera una escultura de un ciclista, levantada en la parroquia de Extramundi en honor a los varios ciclistas profesionales de la zona (uno de los cuales tiene una tienda de bicis casi al lado).

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Volviendo a Padrón, rodeando la Iglesia de Santiago y siguiendo siempre las flechas amarillas, atravesamos una pequeña plazuela y continuamos por una serie de calles peatonales que nos sacan de Padrón por una carreterita paralela a la concurrida N-550. Finalmente, tras cruzar el canal del Sar, que desvía parte del río y lo lleva directamente hasta el Ulla, abandonamos definitivamente Padrón para entrar en Iria Flavia.

Casi de inmediato nos vemos obligados a cruzar la carretera nacional -cosa que haremos con gran precaución, como nos piden las señales- y al otro lado encontramos una estrecha calle que al momento nos lleva hasta un pequeño muro que nos separa del cementerio de la Iglesia de Santa María la Mayor de Iria Flavia. Antes de continuar nuestro camino, recomiendo girar a la izquierda siguiendo el muro para llegar a un pequeño parque (si es que se puede llamar así a este ensanchamiento de la nacional) presidido por un rotundo busto de Camilo José Cela. Desde aquí podremos acceder, por una parte, a la fundación que lleva el nombre del Premio Nobel de literatura aquí nacido. Por otra, a las escaleras que conducen al recinto de la iglesia. Si nos fijamos, al pie del muro del cementerio adornado por bellas esculturas, un cartel nos indica que por este lugar pasaba también una calzada romana.

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La iglesia, antigua colegiata, fue sede episcopal y construida en el siglo XI, apenas unas décadas después de que Almanzor destruyese la antigua sede, situada más cerca del embarcadero del río Sar. La gloria fue efímera, pues a finales de ese mismo siglo XI la sede fue trasladada a Compostela, aunque poco después, ya en el siglo XII, el arzobispo Gelmírez declaró esta iglesia como segunda seo compostelana. Después de sucesivas reformas y reconstrucciones, el edificio que hoy vemos es de comienzos del siglo XVIII y es obra de Pedro García de Cotobade, con retablo mayor de Miguel de Romay. Además de varios sepulcros de piedra de gran antigüedad (s.VI-VII), en el cementerio anexo se halla la tumba de Camilo José Cela y en él estuvo enterrada también Rosalía de Castro, hasta que sus restos fueron trasladados al Panteón de Gallegos Ilustres, en Santiago.

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Frente a la iglesia, en el conjunto de finales del XVIII formado por las Casas de los Canónigos y la Casa del Capellán, encontramos la fundación que lleva el nombre del Premio Nobel de Literatura y sobre una de cuyas puertas podemos ver el escudo de su marquesado, en el que destacan los dos unicornios y el lema «El que resiste gana». En los mismos edificios se encuentra también el Museo del Ferrocarril, situado aquí en honor al abuelo del escritor, el inglés John Trulock, responsable de la primera línea férrea gallega, entre Cornes y Carril. ¡Mucho cuidado con la carretera si decides cruzarla! En el solar contiguo a este conjunto de casas, donde hoy se levanta únicamente un bonito palacete, hubo antiguamente una fábrica azucarera y más tarde, en tiempos tristemente belicosos, un campo de concentración franquista.

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Volviendo a nuestra ruta, las flechas amarillas nos llevan al otro lado de las vías del tren en uno de los característicos «desvíos provisionales» que parecen llevar así desde siempre. Al cabo de un rato, después de un par de giros bruscos, nuestra ruta desemboca en la carretera nacional y no nos queda otra que rodar por ella hasta pasar una rotonda, tras la cual ya podremos circular por un pequeño camino que transcurre paralelo a la calzada por su izquierda, pero separado de esta.

Poco más adelante, otro par de pronunciadas curvas nos alejan de la carretera principal para pedalear por estrechas carreteras y calles asfaltadas que transcurren entre pequeños grupos de casas, lo que será la tónica general de todo este tramo. En esta zona, tras un giro de noventa grados a la derecha, vemos un lavadero restaurado que es el más interesante que veremos de los muchos que quedan cerca de nuestro camino.

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P1040759Después de algunos kilómetros más con la sensación de ir callejeando por el rural gallego, nuestro camino se une al trazado ferroviario (precaución pues, aunque no se trata de un tramo especialmente peligroso, no existe separación física) y poco más adelante nos vemos obligados a regresar a la carretera nacional por la que volvemos a tener que circular durante un trecho.

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Por la nacional y con mucho cuidado llegamos a la localidad de Escravitude, donde encontramos el santuario dedicado a la virgen de ese nombre y cuya fachada barroca, con sus torres gemelas y escalinata de acceso, nos trae reminiscencias ya de nuestro destino final: el Obradoiro. Bajo la escalinata, casi en el arcén de la nacional, se ubica la fuente de aguas milagrosas que dio origen la templo (cuentan que un peregrino, curado de su hidropesía tras beber de ella, exclamó: «Grazas, Virxe, que me libraches da escravitude do meu mal», y de ahí el nombre de la Virxe da Escravitude). En un lateral del edificio un pequeño parque alberga un bello crucero y, tras él, podemos encontrar el jardín botánico de la Fundación Paideia.

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Tan solo unos metros más adelante -que recorremos ya separados de la N-550- encontramos la iglesia de Santa María de Cruces, bastante más discreta que la anterior y en cuya fachada vemos un pequeño frontón triangular cobijando una escultura de la virgen flanqueada por sendas volutas. Esta vez la torre es solo una  y desde el cementerio que rodea al edificio tenemos unas amplias vistas del valle del Sar que estamos recorriendo.

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Después de Cruces nuestra ruta continúa por pistas con y sin asfalto por la ladera del monte hasta que algo más adelante se desvía del que debía ser su recorrido original para descender bruscamente por una amplia pista de reciente construcción que nos permite pasar bajo las vías de tren antes de desembocar en otra carreterita asfaltada que tomamos a la derecha para entrar en Angueira de Suso y, casi inmediatamente después, llegar a Areal.

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En esta pequeña aldea nuestro camino gira en ángulo recto para llegar de nuevo, en A Picaraña, a la carretera nacional a la altura de un horrible polígono industrial. Es una verdadera pena que no hayan decidido llevar el Camino en la dirección que llevábamos pues a pocos metros de aquí se encuentra un túnel perteneciente a la primera línea férrea de Galicia -ya mencionada antes- que, fuera de servicio desde hace tiempo, es atravesado por un camino y aún hoy es posible pasar por su interior. Los ciclistas aventureros y con sentido de la orientación pueden intentar buscar este Túnel do Faramello y regresar al camino más adelante, visitando así un curioso resto de nuestro pasado y salvando al mismo tiempo de forma agradable uno de los tramos a mi parecer más peligrosos de toda esta ruta (la nacional la habremos podido cruzar por un paso elevado).

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Si somos de los que seguimos las flechas amarillas hasta sus últimas consecuencias, habremos llegado, como dije, a un polígono industrial donde nos toca volver a la nacional. Los primeros metros podemos salvarlos cruzando al otro lado para circular por una especie de acera abierta entre el polígono y la carretera, desde la que pasamos a un ensanchamiento de la nacional a la altura de un restaurante que nos permite circular a cierta distancia de los coches (¡aunque en sentido contrario!). Por desgracia estas opciones se acaban al llegar a la altura de una gasolinera. Si fuésemos peatones deberíamos circular por el arcén izquierdo hasta poder abandonar la carretera más adelante pero, como somos ciclistas, debemos regresar al lado derecho de la calzada y circular, como muchísima precaución, por el estrecho arcén. A los pocos metros, la presencia de una exitosa tienda de jardinería hace que el arcén esté invadido por coches peligrosamente mal aparcados (al menos así lo estaba cuando pasé por allí), lo que nos obliga a jugarnos el pellejo y ponernos con nuestras bicis en medio del carril de una nacional muy transitada.

Si salimos enteros de esta emboscada todavía nos aguarda otra sorpresa pues a los pocos metros, al poco de haber comenzado a subir una cuesta que parece ser larga, debemos tomar la carretera descendente que sale por el lado contrario de la nacional… ¡en medio de una curva! Para ello, siguiendo escrupulosamente la señalización horizontal, tomamos el carril de giro que aparece a nuestra derecha hasta llegar a la señal de stop. Nos detenemos allí y esperamos pacientemente el tiempo que haga falta hasta que se alineen los astros y dejen de venir vehículos. No recomiendo precipitarse pues desde nuestra izquierda vienen los coches en ascenso acelerando para llegar bien situados al carril de aceleración que comienza justo aquí, mientras que por nuestra derecha vienen coches en caída libre después de una larga bajada y en una curva que, aunque amplia, limita nuestra visibilidad. Podemos emplear el tiempo de espera en rezar lo que sepamos, como buenos peregrinos, y confiar en que el Cielo nos ayude a cruzar.

Una vez al otro lado abandonamos definitivamente -¡por fin!- la nacional y tomamos una carretera más estrecha que serpentea por el valle del río Tinto, afluente del Sar. A nuestra izquierda queda el acceso al Pazo do Faramello. Aunque no estemos celebrando ninguna boda, cometido actual del pazo, merece la pena acercarnos a visitar este edificio barroco del XVIII que tuvo su origen en la fábrica de papel aquí abierta en 1710 y cuyos molinos aún se conservan. La finca, a orillas del precioso río Tinto y al pie del la colina coronada por el mítico Castro Lupario (del que hablaré brevemente más adelante) es una magnífica carballeira -robledal- de gran riqueza faunística que alberga un interesante jardín francés del siglo XIX y una capilla del 1727 con retablo barroco de madera construido por José Gambino, maestro de la catedral compostelana que nació en este pazo. Como curiosidades históricas decir que fue este un lugar de importancia estratégica en la lucha contra los franceses en 1808, que los reyes se alojaban aquí durante sus visitas a Santiago y, por último, que el Señor del Paramello tiene el privilegio real de entrar, si así le place, en la catedral compostelana a caballo aunque, por lo que se sabe, nunca lo ha hecho.

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Respecto al Castro Lupario, o castro de Beca, que corona la colina próxima, decir que es un poblado celta del que aún pueden verse restos de sus murallas (aunque, a decir verdad, hasta hace bien poco los tojos siempre me habían impedido acercarme a su interior). La leyenda jacobea dice que era en este castro donde vivía la mitológica Reina Lupa. Según se recoge en el Códice Calixtino, esta importante señora intentó en varias ocasiones quitarse de encima a los discípulos de Santiago cuando estos aparecieron por sus tierras con el cuerpo del apóstol buscando dónde enterrarlo. Al fracasar en sus intentos por culpa de los milagros que salvaban siempre a los discípulos de Santiago, decidió cambiar de bando y convertirse al cristianismo, ayudando ella misma a construir la tumba del apóstol. (Parte de esta historia la cuento ya en la entrada correspondiente al Camino de Fisterra).

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Dejando atrás el Pazo do Faramello y algunos albergues cuya abundancia nos indica ya la cercanía de Compostela, llegamos a Rúa de Francos donde nos recibe un original cruceiro altomedieval con el Cristo crucificado y lo que parecen un par de peregrinos esculpidos en un monolito granítico. A pocos metros vemos también una sencilla capilla dedicada a San Martiño y otro cruceiro más convencional.

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Continuamos por la carretera de nuestra izquierda y, si siguiésemos por ella, podríamos ver el bonito puente de Paradela o de los Mouros que, con su único ojo salva el río Tinto en un inmejorable paraje natural. No está bien determinado si su origen es romano o medieval, pero lo que es indiscutible es que se encontraba en bastante mal estado y, por eso mismo, actualmente está siendo restaurado. Al otro lado del río Tinto y después de superar un duro repecho encontraríamos el camino que, a nuestra izquierda, nos permitiría -con permiso de los tojos- acceder al Castro Lupario.

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Pero, volviendo a la carretera que hemos tomado en Rúa de Francos, no debemos seguirla durante más que unas decenas de metros desde el cruceiro gótico pues, tras pasar junto a un lavadero, nos desviamos a la derecha para pasar junto a una casa rural y restaurante y salir de esta localidad cuyo nombre proviene de los peregrinos franceses aquí asentados en época medieval y donde, por cierto, se celebra una popular feria equina anual (el día, precisamente, de San Martiño).

Después de unos metros de tierra llegamos a un cruce donde debemos seguir de frente subiendo un corto pero duro repecho que nos deja junto a unas pistas deportivas. Siguiendo recto no tardamos en llegar a las vías del tren y a un puente que nos permite pasar sobre ellas por penúltima vez en nuestra ruta. Al otro lado callejeamos entre las casas de la zona -ya la mayor parte del recorrido que nos queda por hacer se hará con viviendas a la vista-  hasta llegar a un lavadero, donde giramos a la izquierda para ponernos en paralelo a la nacional que nos sigue acompañando en nuestra ruta. En caso de necesitar cualquier tipo de servicio (supermercado, cajeros automáticos, bares o farmacia), solo tendremos que tomar durante unos metros cualquiera de las calles que salen a nuestra derecha para llegar a la transitada carretera y a los negocios que la flanquean.

Siguiendo nuestro camino no tardamos en llegar a un estrecho puente que, a pesar de sus horteras barandillas modernas y la carretera que aún circula sobre él, aún conserva parte de su encanto original. Algo más adelante, tras un cruce, pasamos de nuevo a un camino de tierra que ayudará a que volvamos a tener la sensación de estar en el campo, a pesar de las abundantes viviendas que vemos en cualquier dirección en la que miremos. Durante varios kilómetros esta será la tónica general: un camino relativamente ancho de tierra y generalmente ascendente, aunque sin excesiva dureza (en este tramo alguien se ha tomado la molestia de colgar unas papeleras improvisadas para que los peregrinos no ensucien en entorno así que, por favor, respetemos su esfuerzo). Después de varios cruces con carreterillas con tan poco tráfico como visibilidad llegamos a un punto donde cruzamos un pequeño riachuelo -que no es otro que el río Tinto del que tanto hemos hablado hasta ahora-  y giramos a la derecha pasando por la puerta de un aserradero. Al poco, una pequeña caravana y unos bancos portátiles nos ofrecen, en temporada alta, la posibilidad de tomar un refrigerio antes de tomar otro «desvío provisional» que lleva estando así desde los tiempos de la reina Lupa, o casi. El motivo de dicho desvío es en esta ocasión una carretera relativamente moderna que se interpone en nuestro camino. La opción que nos dan para salvarla es llegar la casi hasta la N-550, donde encontraremos una rotonda y que vamos a tener que cruzar ¡saltándonos todas las normas de tráfico conocidas!

Al otro lado encontramos unos metros de pista de tierra tan bacheada que parece un queso gruyere y que, girando a la derecha, nos deja en un nuevo tramo asfaltado que nos lleva casi hasta O Milladoiro. De hecho, si siguiésemos recto hasta llegar a un gran supermercado y tomamos la pista de tierra que allí nace llegaríamos directamente a este localidad, pero las flechas nos desvían antes a la derecha y de nuevo a la derecha para llegar hasta el mismo punto, aunque por asfalto y con una subida más dura. En todo caso, terminamos llegando a esta pequeña aldea convertida en gran ciudad dormitorio a la que vamos a entrar girando a la izquierda en una curva con muy poco visibilidad.

Nos encontramos ante una larga recta que deja a la derecha una cuca ermita dedicada a María Magdalena y que parece fuera de lugar, por su aspecto de antigua parroquia rural en una diminuta plaza rodeada de grandes bloques de edificios modernos y centrada en la pequeña capilla exterior que custodia la imagen de la santa. A la izquierda de la recta queda un complejo polideportivo y unos metros más adelante un gran centro comercial que será lo último que veamos de O Milladoiro, pues lo abandonamos tras cruzar la siguiente calle (cuidado con el cruce, pues los vehículos que vienen por nuestra derecha apenas tienen visibilidad debido a lo empinado de la cuesta que están subiendo).

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A partir de aquí el camino original continuaba recto por asfalto llegando a un marcado cambio de rasante que permitía a los peregrinos una primera panorámica de la capital compostelana dominada por el templo de peregrinación. Después cruzaba sobre la autovía de Brión y enlazaba caminos y senderos hasta cruzar sobre la vía de tren. Sin embargo hoy en día, nada más salir de Milladoiro, las flechas nos desvían a la derecha por un camino descendente que no tarda en dejarnos en una pista asfaltada que serpentea entre pequeñas casas hasta toparse con la autovía. Torciendo a la derecha bajamos en picado casi hasta la nacional -de nuevo- para pasar bajo un par de grandes viaductos que nos dejan al otro lado del nudo de autovías. Aquí no nos queda otra que subir una dura rampa asfaltada para recuperar la altitud perdida, cosa que haremos al llegar a la rotonda que constituye el centro de la localidad de A Rocha Vella.

A pesar de lo absurdo del desvío y de la dura cuesta que hemos tenido que sufrir, lo mejor de pasar por A Rocha Vella es sin duda la posibilidad de descender por la última calle que sale a la derecha de nuestra ruta antes de abandonar la localidad. Allí, casi bajo los raíles de la cercana vía férrea, podemos visitar los restos del castillo de la Rocha Forte, fortaleza que vivió sus mejores tiempos entre los siglos XIII y XV y que ofreció refugio a los beligerantes arzobispos compostelanos hasta que fue finalmente destruido durante las guerras Irmandiñas. Hoy en día, casi borrado del mapa por la vía, su estado es bastante deplorable, aunque ha sido medianamente restaurado y su aspecto actual es mucho mejor sin duda que el que presentaba apenas unos años atrás.

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Volviendo después otra vez a nuestra ruta, tomamos la siguiente curva a la derecha para cruzar sobre las vías (última vez, lo prometo) en el mismo punto en el que lo hacía la ruta antigua de la que hablaba unas líneas atrás. Después de describir dos pronunciadas curvas a izquierda y derecha respectivamente, descendemos una empinada cuesta hasta un nuevo cruce. Si necesitamos rellenar nuestros bidones, por las escaleras que descienden frente a nosotros llegaremos a una bonita y antigua fuente de ricas y frescas aguas situada a la orilla misma del Sar. Si no necesitáis agua y mis criterios estéticos no os interesan lo suficiente como para acercaros hasta la fuente solo para verla, podéis girar aquí ya a la derecha como mandan las flechas.

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Pasamos junto a un bar de dudoso aspecto (estamos aquí en un tramo por el que pasa una de las rutas del Centro BTT de Santiago) y cruzamos el Sar por un puente de piedra que nos deja en un cruce en el que desgastadas flechas amarillas indican hacia la empinada cuesta que sube a la izquierda, junto a una herrería artística. En esta ocasión el cambio de ruta ha sido para mejor, pues el nuevo Camino que indican las flechas más recientes nos adentran en un tramo de bosque por camino de tierra que remonta el Sar a mayor altura y que nos permite cruzar bajo la N-550 mucho más transitada aquí que todo lo visto hasta ahora. Al otro lado vamos poco a poco entrando en el entorno urbano, pero llegamos a un cruce donde en vez de una flecha amarilla vemos dos que apuntan en direcciones opuestas. A la derecha, el Camino da un pequeño rodeo para entrar en Santiago por el barrio de Conxo, conocido por el popular banquete que aquí, a orillas del Sar, tuvo lugar en 1856 y que tiene gran importancia para el nacionalismo gallego y donde lo más interesante es su iglesia de Nuestra Señora de la Merced. Cada uno es libre de entran en Santiago por donde quiera. Yo tomaré aquí la otra opción, para entrar en la ciudad por el barrio de Santa Marta salvando el paso elevado sobre la carretera de circunvalación.

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Nada más pasar el puente dejamos a la derecha una pista que llega hasta la cercana carretera de entrada a la capital, al otro lado de la cual encontraremos el camino de acceso al Castriño de Conxo, restos de un castro del que prácticamente lo único que se conserva es un impresionante petroglifo de tipo panoplia originario de la edad del bronce con un magnífico conjunto de grabados representando puñales y escudos de la época.

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Volviendo al puente que acabamos de cruzar, seguimos desde él las flechas amarillas que, después de salvar una zona de edificios de reciente construcción y cubrir por una pista de cemento la corta subida que separa a esta del resto de la ciudad (aquí encontramos una tienda de bicis con taller; en caso de haber tomado la opción de Conxo también habríamos encontrado un taller de bicicletas nada más cruzar la circunvalación), llegamos a una larga calle que va adentrándose en la ciudad, dejando a la derecha la pequeña capilla dedicada a Santa Marta y a la izquierda un par de hórreos que han conocido tiempos mejores. Ya en el caso antiguo, solo debemos unirnos al río humano que habitualmente recorre la rúa do Franco en dirección a la plaza del Obradoiro para llegar a nuestro destino final: la catedral compostelana.

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